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Los autores contraponen dos formas radicalmente opuestas de comprender la realidad y vivir la vida: una centrada en el ego; otra, en el alma. La primera es fuente permanente de confictos individuales y colectivos. La segunda constituye un remanso de paz individual y armonía social. Sostienen que, para alcanzar la deseada paz en nuestra sociedad, los seres humanos debemos espiritualizarnos. Espiritualizarse signifca verse desde las profundidades del ser humano, es decir, desde el alma, y enraizarse allí para siempre. Exige, primero, perfeccionar y, luego, trascender el ego. La espiritualidad afecta a todos los ámbitos de la vida humana, desde el modo de vivir en familia o tratar a una persona, hasta la manera de resolver un conficto mediático o gestionar una empresa multinacional. La física cuántica, la inteligencia artifcial, la epigenética y la antropología, entre otras ciencias, nos están mostrando la multidimensionalidad del ser humano y del universo, y su necesaria interconectividad. A la espiritualidad corresponde dar pleno sentido y unidad a la realidad.
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Seitenzahl: 430
Veröffentlichungsjahr: 2025
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RAFAEL DOMINGO OSLÉ GONZALO RODRÍGUEZ-FRAILE DÍAZ
ESPIRITUALIZARSE
Segunda edición aumentada
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2025 byRafael Domingo Oslé y Gonzalo Rodríguez-Fraile Díaz
© 2025 by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Primera edición: noviembre 2024
Segunda edición aumentada: noviembre 2025
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-7235-9
ISBN (edición digital): 978-84-321-7236-6
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7237-3
ISNI: 0000 0001 0725 313X
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Nota a la segunda edición
Prólogo a la primera edición
introducción
PRIMERA PARTE. INFORMACIÓN NECESARIA PARA RESOLVER LOS CONFLICTOS INTERNOS
1. Una realidad que nos invita a la paz
1. Unidad de la realidad
2. Distintos ojos para ver la realidad
3. Errores categoriales y conflictos dimensionales
4. Realidad básica y realidad relevante
5. Existencia y presencia de Dios
6. La voluntad de Dios
7. Las leyes universales
8. La cuestión del mal
2. El ser humano como ser multidimensional
1. Multidimensionalidad del ser humano
2. Cerebro, mente y consciencia
3. Instinto, razón e intuición
4. Aprender a situarse en el alma
5. El ego y sus exigencias
6. Emociones y sentimientos
7. Amor incondicional y cariño egoico
8. Niveles espirituales o de consciencia
9. Despertar del alma y comprensión espiritual
10. Mapa de la línea cognitiva
11. Purificación, misión y ocupación
12. Síntomas de crecimiento espiritual
3. Espiritualidad y valores espirituales
1. Espiritualidad y contexto mental
2. Espiritualidad y ciencia
3. Espiritualidad y ecología
4. Espiritualidad y pertenencia
5. Espiritualidad y trabajo
6. Aceptación y abandono
7. Pureza de intención
8. Paz y gozo
9. Humildad
10. Solidaridad
11. Espíritu de servicio
12. Desprendimiento
13. Sentido del humor
14. Silencio y contemplación
15. Oración
16. Meditación
17. Esperanza
SEGUNDA PARTE: HERRAMIENTAS PARA LA GESTIÓN DE CONFLICTOS
4. La gestión de conflictos personales
1. La gestión del ego
2. La gestión del pensamiento
3. El conflicto de la rigidez mental
4. La gestión del trauma psicológico
5. El conflicto del victimismo y la autorresponsabilidad
6. El conflicto del voluntarismo
7. La gestión de la libertad
8. La gestión del perdón
9. La gestión del orden y el conflicto del control
10. La gestión del tiempo
11. La gestión del enfado
12. La gestión de la sexualidad
13. El celibato espiritual como don o como conflicto
14. Los conflictos de vestimenta
15. El conflicto de la escasez
16. El conflicto del apego a la riqueza
17. El conflicto del sentimiento de soledad
18. El conflicto de la frustración
19. El conflicto del envejecimiento y la ancianidad
20. La muerte como conflicto
5. La gestión de conflictos familiares, religiosos y sociales
1. El conflicto con Dios
2. El conflicto del ateísmo científico
3. El conflicto de las amenazas a la vida
4. El conflicto en las relaciones humanas
5. El conflicto de pareja
6. El conflicto de la violencia doméstica
7. El conflicto con los hijos
8. Los conflictos entre hermanos
9. El conflicto generacional
10. Los conflictos en las instituciones religiosas
11. La rigidez mental en el gobierno de instituciones religiosas
12. El conflicto de la adscripción emocional a instituciones religiosas
13. El conflicto entre religiones
14. El conflicto Iglesia-Estado
15. El conflicto del ego de las naciones
16. El conflicto de los partidos políticos
17. El conflicto de los medios de comunicación
18. El conflicto migratorio
19. El conflicto de la inteligencia artificial43
20. El conflicto de las guerras
Conclusión
Apéndice I: Diferencias útiles para resolver conflictos desde la espiritualidad
Apéndice II: Máximas espirituales que facilitan la paz
Cubierta
Portada
Créditos
Índice
Comenzar a leer
Notas
Nos llena de sorpresa y alegría que Espiritualizarse haya agotado su primera edición en Rialp en menos de un año. Nunca imaginamos que nuestro libro recibiría una acogida tan entusiasta por parte de un público tan diverso y con cosmovisiones tan dispares. Cada día, nos llegan conmovedoras historias de personas de todos los rincones del mundo que han encontrado en estas páginas un camino hacia el cambio y la mejora en sus vidas. Muchas de ellas se han abierto a una nueva perspectiva espiritual que ha transformado su percepción de la realidad y generado una renovada experiencia vital.
En un mundo cada vez más tecnificado y dominado por la inteligencia artificial, la humanidad se enfrenta a una disyuntiva crucial: espiritualizarse o esclavizarse. Espiritualizarse implica conectar con lo más profundo del ser, priorizando el amor, la contemplación y la creatividad, y valorando el ocio como un espacio para la regeneración personal. Por el contrario, esclavizarse significa caer en la trampa de la dependencia tecnológica y la deshumanización, donde la productividad y la eficiencia desplazan el bienestar humano. Este libro invita a los lectores a redescubrir el valor de lo espiritual en su vida cotidiana y a reflexionar sobre su propia relación con la tecnología.
Como autores, es cierto que mantenemos diferencias en temas importantes. Sin embargo, esta realidad no solo no obstaculiza nuestra colaboración, sino que enriquece nuestro diálogo, permitiéndonos compartir reflexiones con respeto, generosidad y una amplia perspectiva. Nuestra conversación sigue dando frutos abundantes, como esta nueva edición que ahora se presenta. En esencia, parte de la idea de que la espiritualidad y la ciencia deben complementarse, dada la unidad de la realidad. Esta unidad es cada vez más defendida, no solo desde la contemplación, sino también desde la misma ciencia. ¿Quién iba a imaginar que, en pleno siglo xxi, la ciencia y la espiritualidad se abrazarían de nuevo?
Casi todas las mejoras introducidas en el libro son el resultado de las preguntas y críticas constructivas que hemos recibido de nuestros lectores. Nos sentimos inmensamente orgullosos de este proceso colaborativo, ya que consideramos que la crítica sincera es una de las herramientas más valiosas para el crecimiento y la mejora continua. Cada comentario y sugerencia nos ha permitido reflexionar, innovar y, en última instancia, ofrecer un contenido más enriquecedor y relevante.
Agradecemos profundamente esta participación activa a nuestros lectores, y a Ediciones Rialp, especialmente a su consejero delegado Santiago Herraiz, su valiente apuesta por este libro, cuya única pretensión es ayudar a las mujeres y hombres de nuestro planeta a vivir unidos y en paz.
Rafael Domingo y Gonzalo Rodríguez-Fraile
Madrid, 22 de agosto de 2025
Este libro nació modestamente, en formato autoeditado, pero pronto alcanzó gran notoriedad e incluso se tradujo al inglés con el título Spiritualizing Humanity. Esto explica que Rialp se haya interesado por él y que los autores hayamos aprovechado la oportunidad para revisarlo a fondo teniendo en cuenta las sugerencias de millares de lectores repartidos por todo el mundo.
El libro pretende ayudar al lector a alcanzar la paz interior y a recuperarla con prontitud cuando la haya perdido. En él se proponen distintas herramientas para resolver con destreza los conflictos internos que con frecuencia nos generamos, sea por falta de información adecuada, sea por una gestión interna ineficiente del conflicto.
Se trata de un libro de opinión, de carácter netamente espiritual, y dirigido a un público amplio, también al de la llamada, por Jonathan Haidt, la generación ansiosa1. El lector no se encuentra ante una obra de antropología, ni de psicología, ni de teología, ni de filosofía, ni de física, ni de management, ni de autoayuda, por más que algo tenga de todo ello. La espiritualidad unifica las ciencias y, a través de la contemplación, da alas al conocimiento, que transforma en sabiduría. Desde esa dimensión espiritual en la que el ser humano se halla despojado de sí mismo, se han querido escribir nuestras palabras.
El libro va contracorriente y es políticamente incorrecto: hace presente lo espiritual en un mundo centrado en la materia; habla de Dios en una sociedad posmoderna y postsecular, y afirma sin tapujos que, para alcanzar la paz, el ser humano debe verse más desde la cima de su alma que desde el valle de su cuerpo. Además, el libro enseña a pensar adecuadamente. “Piensa mal y acertarás”, dice el refrán, pero, en realidad, debería decir “piensa mal y enfermarás”. La calidad de nuestra vida está fuertemente condicionada por la calidad de nuestros pensamientos. Pensar bien no es solo razonar conforme a las normas impuestas por la lógica. Pensar bien exige también que la conclusión del proceso produzca un sentimiento interno de paz.
Nuestro proyecto es ambicioso. Pero ¿acaso no lo es tratar de comprender al ser humano, trabajar por unir a la humanidad, o adentrarse en el mundo de lo trascendente? Como decía Goethe: «Vivir en una gran idea significa tratar lo imposible como si fuera posible»2. Por lo demás, cuando los conocimientos parciales no se integran en una realidad espiritual más amplia, no pasan de ser una forma de cualificada ignorancia.
El libro es resultado de diez años de conversación ininterrumpida entre los autores, de un diálogo sincero que fluyó de manera espontánea cuando nos conocimos en febrero de 2014, en Miami, a través de un buen amigo común. Al hecho de ser ambos españoles y haber vivido muchos años en los Estados Unidos se unía un ardiente deseo de buscar la verdad, así como de ayudar a los demás a resolver sus conflictos y hallar la paz interior. Nada más lejano a nosotros que pretender tener la razón, y menos todavía tratar de imponerla.
El aprendizaje dialógico, en su sentido más genuino, constituye la esencia del libro. Nos parece que hablando se entiende la gente y que el diálogo ha sido capaz de dar vida a dos de las más relevantes instituciones creadas por el ser humano: el parlamento, donde se dialoga sobre los asuntos públicos, y la universidad, donde se dialoga sobre el conocimiento. El libro es también profundamente experiencial, porque transmite un conocimiento común validado por la conversación amigable con más de cinco mil personas de las más variadas edades, profesiones, razas, culturas, religiones y filosofías. Y es que, por muchas diferencias que haya entre las lenguas, profesiones y colores de la piel, el ser humano es el mismo en Roma, Singapur, Sídney y Bamako.
El libro parte de una concepción teísta, pues nuestra experiencia de Dios ha sido transformativa, pero está dirigido a un público más amplio, teísta o no teísta. Nuestro argumento es espiritual, no propiamente religioso, en el sentido de que no exige la profesión de ninguna fe, ni la adhesión doctrinal a ningún credo, ni se basa en ninguna verdad revelada, aunque contenga muchos elementos cristianos, especialmente enseñanzas de los Evangelios. La abundancia de citas a los clásicos cristianos se debe, sobre todo, a que Rafael está familiarizado con ellos. Siempre hemos procurado que tengan un carácter universal. No faltan, con todo, referencias importantes a otras tradiciones religiosas y espirituales.
La espiritualidad que aquí se explica es, por así decirlo, natural, de sentido común, resultado de una experiencia humana universal de búsqueda de la comunión con Dios, los demás y el universo que nos rodea3. Esta espiritualidad, que no es sino apertura humana hacia adentro y hacia afuera, está fundada en el hecho de que todo ser humano ha sido creado a imagen de Dios (Tzelem Elohim) y está llamado a vivir en Él, a divinizarse4. La experiencia espiritual facilita el diálogo y la comunicación humana a escala global. Por eso, el propósito del libro es universal, unitivo y de utilidad para personas de cualquier cultura espiritual, religiosa, filosofía o credo, incluso para agnósticos y ateos que busquen la paz.
El libro contiene una primera parte teórica y una segunda parte de carácter práctico. Pedimos al lector un poco de paciencia en la lectura de la parte teórica, a veces algo ardua, pues su comprensión es imprescindible para la correcta aplicación de la segunda. El libro está concebido para ser leído y releído varias veces y para que cada persona pueda aprovecharlo de una manera diferente, aceptándolo parcialmente, en su conjunto, o rechazándolo de plano tras una crítica que de seguro nos enriquece. Una empresaria agnóstica o un ama de casa budista se sorprenderán de la familiaridad con la que hablamos de Dios, y la lectura de este libro podrá fijar el inicio de una relación personal con Él. Un abogado positivista, disciplinado y gruñón, podrá desesperarse por la falta de método, pero beneficiarse de las herramientas que ofrecemos para evitar los enfados. Una maestra católica echará en falta una serie de elementos centrales en su fe, como los sacramentos, pero el libro le podrá ayudar a superar una crisis matrimonial provocada por la rigidez mental de su intolerante marido.
Los autores vamos a compartir con el lector solo nuestras consonancias; no nuestras discrepancias, en bastantes ocasiones, de cierto calado. Con frecuencia, coincidimos de forma intuitiva y fulgurante; otras, el acuerdo es el resultado final de horas de lecturas y conversación. A veces, el acuerdo no es completo, sino contenido y discreto, pero sí suficiente como para querer compartir la idea con el lector y abrirla a debate. Así sucede, por ejemplo, en la sección de espiritualidad y ciencia o en la aproximación a la consciencia, en la que Gonzalo, quizás por sus mayores conocimientos en la materia, se muestra más firme que Rafael, quien mantiene ciertas reservas críticas. También sucede en la definición de ser humano, en la que Rafael otorga más relevancia al cuerpo que Gonzalo, o en la relación entre espiritualidad y religión, que Rafael encuentra más próxima e intensa que Gonzalo. Cada uno de los autores hubiera escrito el libro de una manera muy distinta, quizás más precisa, pero, sin duda, no hubiera sido este libro, que se beneficia de la complementariedad y el mutuo enriquecimiento que todo diálogo sereno y crítico produce.
No podemos terminar este prólogo sin agradecer a tantas personas amigas, de las más variadas creencias, culturas y profesiones, la lectura atenta y la revisión crítica del original en las distintas fases de producción. Sus comentarios y sugerencias nos han servido de estímulo constante y han contribuido a mejorar sustancialmente el manuscrito final que ahora presentamos. También queremos agradecer a Santiago Herraiz su interés por el libro y todas sus atenciones durante la producción del manuscrito en Ediciones Rialp.
Los autores
Madrid, 31 de agosto de 2024
En la era de la globalización y la inteligencia artificial, nuestro nuevo modelo social debería ayudarnos a vivir en paz y felicidad, disfrutando de las maravillosas oportunidades que nos brindan la convivencia con otros seres humanos y el vasto universo que nos rodea. No parece ser el caso. La Organización Mundial de la Salud nos muestra la cruda realidad: más de 300 millones de personas en el mundo sufren depresión y más de 260 millones padecen trastornos de ansiedad. Si todas las personas deprimidas y ansiosas viviesen juntas en el mismo país, este sería el tercero más poblado del planeta, muy por encima de los Estados Unidos, Indonesia y Brasil, incluso de la Unión Europea, y solo superado por China e India.
Si algo falta en la humanidad es paz: paz en el corazón de cada ser humano, paz en los hogares, en las empresas e instituciones, en los foros y mercados, en los pueblos y metrópolis, en las naciones y continentes. Vivimos en permanente situación de conflicto a nivel personal, familiar, profesional y social. A diario, las guerras, la cultura woke y las divisiones ideológicas nos lo ponen de manifiesto. Y así es imposible alcanzar la deseada paz de la humanidad por más que sigamos ampliando las listas de los derechos humanos y las declaraciones oficiales a favor de la concordia de los pueblos. La paz no se impone por decreto, ni se aprueba en Parlamentos, ni se negocia en los mercados de valores, ni está asegurada en los países democráticos más avanzados. La paz es obra de cada uno; por eso, la humanidad no tendrá paz mientras no la alcance cada mujer y cada hombre que habita nuestro planeta.
A veces, identificamos la paz con la satisfacción de comprobar que las cosas en la vida suceden de acuerdo con nuestros planes y gustos. Otras veces, la equiparamos con la tranquilidad que sentimos cuando hemos logrado evadirnos de las circunstancias que nos alteran. Pensamos que la paz se consigue trabajando para que todo vaya bien y no se tuerza. Y cuando, por ventura, las cosas se complican, tratamos de huir de la situación de conflicto para que nos afecte lo menos posible.
Pasarse la vida esquivando conflictos produce un gran desgaste de energía vital, que frena el proceso de adquisición de la paz. Es como conducir, durante toda una vida, un coche por el carril contrario. Todo es estrés y tensión, cuando no choque y accidente. No se puede vivir de esta manera, o mejor dicho, no se debería. Sin embargo, lamentablemente, esta es la realidad de hoy a la que se enfrenta la mayor parte de la humanidad.
En este libro, abordamos el tema de la paz desde una perspectiva espiritual, más profunda y estable, con el fin de aprender a mantenerla ante cualquier circunstancia adversa o de conflicto. Nuestra tesis es que, para alcanzar la paz, hay que ver la voluntad de Dios en todo y aceptarla; para aceptarla, hay que espiritualizarse, y para espiritualizarse hay, primero, que perfeccionar el ego y, luego, aprender a trascenderlo. Solo desde las profundidades del alma, la vida cobra su completa plenitud y se puede llegar a comprender por qué todo cuanto sucede es lo mejor para nuestro propio desarrollo personal y podemos llegar a aceptarnos plenamente a nosotros mismos1. Entonces, y solo entonces, la paz deviene imperturbable.
Llamamos ego al modo de percibir la realidad y reaccionar ante ella desde las dimensiones inferiores del ser humano —la física, la emocional y la mental-sentimental—, y llamamos alma al espíritu que informa el cuerpo y sobrevive a la muerte física. Lo físico, lo emocional, lo mental-sentimental y lo espiritual constituyen los cuatro centros operativos que el ser humano, como unidad corpóreo-espiritual, debe gestionar. Cuanto más alto se halle el centro desde el que el ser humano opere, mayor será su paz interior. Y es que el ser humano es más alma que cuerpo físico, por más que ambos estén integrados. El cuerpo físico, como explicaremos, es lo más básico, pero lo menos relevante; el alma, en cambio, es lo más relevante del ser humano pero lo menos básico. Por eso, no podemos vivir en esta tierra sin hidratar el cuerpo (¡esto es básico!), pero sí negando la existencia del alma, es decir, lo relevante. Cuanto decimos en modo alguno resta importancia al cuerpo, pero sí lo contextualiza adecuadamente.
La auténtica paz se vuelve inquebrantable cuando operamos desde el alma, utilizando nuestros centros operativos inferiores para interactuar con el mundo, sin dejarnos dirigir ni dominar por ellos, y mucho menos quedar atrapados en su influencia. El alma es la hoguera del ser humano, que calienta e ilumina los restantes centros operativos. Desde la atalaya del alma, se puede resolver cualquier conflicto generado en un centro operativo inferior, por complicado que parezca. Los conflictos instintivos no se solucionan en el instinto, sino trascendiendo el instinto. Los conflictos emocionales no se pacifican con emociones, sino trascendiendo las emociones; los conflictos sentimentales no se apaciguan en el ámbito mental, sino fundamentalmente en el alma, purificando la intención. El alma ha de erigirse en la torre de control del ser humano, que irradia paz, armonía y luz a todos los cuerpos inferiores.
Hemos dividido el libro en dos partes. En la primera, subdividida a su vez en tres capítulos, se ofrece una explicación de la tesis que acabamos de formular. Somos conscientes de que cada epígrafe de la primera parte merecería un largo tratado y de que su lectura puede resultar trabajosa, pero pensamos que cualquier esfuerzo de asimilación crítica merecerá la pena. En la segunda, subdividida en dos capítulos, se aplica esa tesis a conflictos concretos y se muestran herramientas específicas para resolverlos de forma efectiva. Por eso, el libro, aunque con un contenido teórico, es eminentemente práctico.
Invitamos al lector a verificar los frutos que pueden ofrecer las ideas presentadas. Al igual que la ciencia valida sus teorías a través de experimentos, la espiritualidad también debe someter sus postulados e intuiciones a un proceso de verificación. Por ejemplo, se pueden verificar los excelentes frutos de amor y solidaridad derivados de la actuación del personal sanitario durante la gestión de la pandemia del coronavirus, pero también los nefastos frutos espirituales que el racismo causa en tantas sociedades, incluso en aquellas que alardean de haber sido capaces de crear democracias multiseculares.
Nuestra sociedad ha arrinconado a Dios y, como consecuencia, se ha olvidado del alma, que es precisamente donde se produce el encuentro más íntimo con Dios2. La existencia de Dios ha sido reducida a una mera hipótesis científica, imposible, por lo demás, de validar empíricamente. El cientifismo reduccionista, todavía dominante, ha quedado atrapado por la materia y, por eso mismo, no es capaz de entenderla ni definirla. El alma es considerada por muchos una compleja y absurda abstracción de filósofos empeñados en defender la existencia de lo trascendente. Pero, ¿dónde radica, si no es en el alma, la capacidad de amar, de ser libres, de contemplar, de ver lo esencial, así como la intención última de cada persona? ¿Dónde radican, si no es en el alma, aquellas facultades espirituales del ser humano a las que no tiene acceso, ni de lejos, la inteligencia artificial?
Al alejarse la sociedad de Dios y del alma, el ser humano ha perdido su espiritualidad y se ha reducido a una existencia puramente material. Al enfocarnos en la materia, hemos tratado de perfeccionarla, lo cual ya es valioso en sí mismo, pero hemos olvidado la necesidad de trascenderla. Hemos hecho mejoras en nuestra prisión egoica, pero no hemos logrado liberarnos de ella. Solo a través de un cuerpo trascendido puede el alma obtener las llaves de esta celda y abrir las puertas a la libertad que define al espíritu. A esto nos invita Basilio de Cesarea: «Descubrirás finalmente que el mundo […] es realmente la escuela donde las almas racionales se educan, el campo de entrenamiento donde aprenden a conocer a Dios; ya que, a través de las cosas visibles y sensibles, el alma es conducida, como de la mano, a la contemplación de las cosas invisibles»3.
La paz es el estado interior que se produce cuando vivimos en comunión con Dios y en armonía con nosotros mismos, con los demás y con el universo. Este estado no depende de la polaridad de los sentimientos ni de las emociones, como tampoco de los acontecimientos externos. Por eso, con la gracia de Dios, la paz puede y debe llegar a ser duradera e incluso inalterable.
Para alcanzar la paz, no necesitamos que todo lo que nos suceda esté alineado con nuestros planes ni que los demás actúen según nuestros deseos. Tampoco se requiere que nuestra salud sea perfecta. Lo que realmente hace falta es una comprensión espiritual que nos permita aceptar y entregarnos plenamente a la voluntad de Dios. Desde esa profunda paz del alma que surge de este abandono, podemos proyectar y experimentar pensamientos, sentimientos y emociones positivas de manera voluntaria y sostenida, sin importarnos las circunstancias desfavorables.
Tomás Moro no perdió la paz en la Torre de Londres aun sabiendo que iba a ser decapitado; tampoco Edith Stein en el campo de concentración mientras se preparaba para ser asfixiada en una cámara de gas. Sí parece que la perdió, en cambio, el famoso ensayista y pensador húngaro Arthur Koestler, cuya idea de holón utilizaremos en este libro. Él decidió suicidarse con una sobredosis de drogas y alcohol porque no aceptó verse consumido por un cáncer unido a su párkinson. Su lógica fue aplastante: para no vivir así, debo quitarme la vida; pero su pensamiento no fue el adecuado. No comprendió que la experiencia de la enfermedad era esencialmente transformadora y conveniente para él4.
Nuestro punto de partida es la unidad de la realidad. Esta idea ha sido validada por casi todas las tradiciones espirituales y hacia ella apuntan los avances científicos más vanguardistas. La realidad es una; y en esa unidad es precisamente donde se puede y debe vivir en paz. Más: la realidad está pensada para vivir en paz. La paz se pierde cuando fragmentamos la unidad de la realidad mediante conflictos individuales o colectivos, cuando la golpeamos (este es el origen de la palabra latina conflictus), cuando colisionamos con ella, pero la realidad en sí misma no es conflictual.
Accedemos a la realidad a través del conocimiento. Este conocimiento nos muestra una realidad creada y nos abre las puertas a una realidad increada. Al Ser increado y omnipotente fundante de la realidad lo llamamos Dios. Ayuda a alcanzar la paz comprender, pero sobre todo experimentar, que ese Dios creador es, Él mismo, un ser personal, Padre, Amor y Paz, así como que todo lo creado es una manifestación expansiva de ese amor infinito. Por lo demás, ese Dios no es un dios justiciero, ni vengativo, ni se muestra desinteresado por su obra. No. Dios es infinitamente misericordioso y está mucho más que presente en cada uno de nosotros que nosotros mismos y mucho más presente en el universo que el universo mismo. Por eso, la verdadera paz y la fuente de todo amor se encuentra al vivir en Dios, con Dios y para Dios, en plena armonía con sus hijos y el universo creado.
Si Dios es paz y fuente de paz, debemos interpretar la realidad desde la paz, no desde el conflicto. La principal pérdida de paz en el ser humano se produce por la divergencia entre el plan que Dios ha diseñado para cada uno de nosotros y el que cada uno traza para sí mismo desde su propio ego. Tantas veces, los conflictos que nos creamos en la mente son fruto de nuestra ignorancia, de nuestro estrecho contexto mental, de nuestra distracción, de una intención poco noble y de nuestra falta de comprensión de la realidad. Más que culpar a la realidad, cuando no a Dios, por lo que nos pasa, parece preferible comprenderla, aceptarla y disfrutarla en paz.
Pero aun aceptando la idea de la conveniencia de aliarse con los planes divinos, cabe la pregunta: ¿cómo saber cuáles son estos? La respuesta que damos en el libro e intentamos justificar con sólidos argumentos es esta: debemos ver la voluntad de Dios detrás de todo: lo excelente, lo bueno, lo regular, lo malo, lo pésimo y lo nefasto, por más que nos cueste entenderlo. Obviamente, como explicaremos en su momento, el ser humano puede rechazar el amor de Dios o no cooperar con su voluntad divina (el llamado mal moral), pero no puede impedir ni que Dios le ame eternamente ni que todo cuanto suceda sea voluntad de Dios, sea directa o permisiva. Así lo afirma Alfonso María de Ligorio: «Debemos estar íntimamente convencidos de que todo cuanto acontece, acontece por voluntad divina»5. Y lo repite por si quedara alguna duda: «Debemos mirar todo cuanto nos sucede y haya de suceder como dimanado de la mano de Dios»6. También lo afirmó con contundencia, entre otros, el filósofo Manuel García Morente: «El hecho más propio y verdaderamente humano es la aceptación libre de la voluntad de Dios»7.
Desde esta perspectiva, la pregunta tan frecuente de por qué pasan cosas malas a gente buena tiene fácil respuesta si se comprende la vida desde el alma y no desde el ego: Maximiliano Kolbe, quien murió voluntariamente en lugar de un desconocido en el campo de concentración de Auschwitz, nos dejó escritas estas bellas palabras: «Todo lo que ocurre dentro o junto a nosotros, ocurre con el conocimiento y el permiso de Dios. Y porque Dios es infinitamente bueno, Él no permite mal alguno que se acabe en sí mismo. Por eso, si un alma posee buena voluntad y está unida a la voluntad de Dios puede estar en paz, porque todo acabará bien»8.
Estar dispuestos a aceptar y cumplir la voluntad de Dios no es solo un consejo piadoso que busca la recompensa después de la muerte, sino también la forma más inteligente de vivir la vida en la práctica. Si voy, por vez primera, a una ciudad para visitar a un familiar que ha vivido en ella más de treinta años, lo normal es que me ponga en sus manos y me deje guiar sin cuestionar en cada momento los modos de proceder dentro de esa localidad. Lo mismo sucede con Dios. Si habitamos en este vasto universo, lo más sensato es confiar en su creador, especialmente si consideramos la paternal hospitalidad que nos ofrece. Este abandono total en la providencia divina es, sin duda, el camino más directo hacia la paz interior.
La voluntad de Dios se comprende mejor si vivimos espiritualizados y desprendidos, que materializados y apegados. Es más fácil comprender la voluntad de Dios, escuchar su voz en nuestra alma, si oramos, meditamos, contemplamos e intuimos, que si discutimos, nos enfadamos, nos peleamos o nos atemorizamos. Ayuda también utilizar adecuadamente los llamados tres ojos con los que conocemos la realidad: el ojo físico de los sentidos, el ojo de la razón y el ojo de la contemplación. Al hacer un buen uso de ellos, seremos más eficientes en la comprensión de la realidad y dejaremos de cometer el error categorial de usarlos para lo que no han sido diseñados.
Con la intención de ayudar a mejorar el conocimiento sobre nosotros mismos, tratamos de las diferencias entre la mente y la consciencia y entre la mente y el cerebro, así como entre las emociones y los sentimientos; el amor y el apego o cariño egoico; el instinto, la razón y la intuición; y la mente y el alma. Analizaremos también las diferencias entre la insensibilidad, la sensibilidad y la metasensibilidad o santa indiferencia, que nada tiene que ver con la insensibilidad. Esta comprensión es fundamental para las personas dedicadas al servicio de los demás (médicos, maestros y educadores, psicólogos, consejeros espirituales, etc.).
Para ayudar a situarse en el alma, incluimos una explicación de lo que llamamos niveles de consciencia o capacidad espiritual, que sirven a modo de mapa en el camino individual hacia la consecución de la paz. Nos ocupamos también de la oración y la meditación como dos métodos diferentes, aunque interconectados, de elevar la energía espiritual. La oración es a la espiritualidad lo que las palabras son a la poesía, o los colores a la pintura. Toda oración, sea vocal, mental o contemplativa, exige un profundo recogimiento interior y exterior orientado hacia Dios. La meditación ha sido frecuentada por las religiones orientales ancestrales: hinduismo, budismo, taoísmo, confucionismo o jainismo, entre otras. También por el cristianismo oriental, al que nos referiremos.
En la segunda parte del libro, se aborda la gestión interna de los conflictos con el fin de aprender a recuperar la paz perdida y evitar su reaparición. Algunos de estos conflictos son de naturaleza personal, relacionados con aspectos como la gestión del pensamiento, el ego, la libertad, el victimismo, la falta de autorresponsabilidad y la administración del tiempo. Otros, en cambio, se refieren a circunstancias sociales que afectan la vida humana y las instituciones, como los conflictos derivados de la migración, el impacto de los medios de comunicación, la identificación emocional con instituciones religiosas y el ego de las naciones.
Debido a su unidad, la división de esta parte en dos capítulos solo responde a las necesidades de composición del libro. En el fondo, todo conflicto social tiene una dimensión individual y viceversa. Desde la unidad de la realidad, la distinción entre lo social y lo individual, aunque básica, no es excesivamente relevante. El esquema dentro de cada sección es bastante similar: identificamos el conflicto concreto y luego aplicamos las herramientas de comprensión necesarias. De lo que se trata, en definitiva, es de que cada lector sea capaz de resolver sus propios conflictos utilizando las herramientas que ofrecemos u otras de su propia elaboración.
El más radical de todos los conflictos a que nos referimos es el de la propia muerte. Desde la perspectiva de este libro, en cambio, este conflicto tiene una fácil solución: con la muerte, el ser humano pierde lo básico, el cuerpo físico, pero no lo relevante, el alma, por ser espiritual e inmortal.
Aunque cada conflicto se gestiona de una forma distinta, existen elementos comunes. Por ello, no pretendemos agotar todos los conflictos posibles, sino tan solo analizar unos cuantos como muestra. Cualquier tipo de conflicto, por muy diverso que sea, puede ser resuelto de raíz con pureza de intención, comprensión espiritual de la realidad, espíritu de servicio y utilizando las herramientas de sabiduría aplicables al conflicto específico. Y siempre contando con la gracia de Dios.
En un apéndice, explicamos unas diferencias que pueden servir de ayuda en el entrenamiento personal para adquirir la paz interior, y recogemos unos axiomas espirituales que sintetizan de forma viva pero desordenada cuanto hemos tratado de decir en este libro: la vida en paz es posible y esta se alcanza viviendo desde el alma, no desde el ego, y aprendiendo a gestionar el pensamiento adecuadamente. En última instancia, se trata de habitar en el plural del ‘nosotros’, en comunión con Dios y con los demás, plenamente integrados en el grandioso diseño de la obra creadora, en lugar de quedar atrapados en el limitado horizonte del ego y su proyecto individualista.
Llamamos realidad a la totalidad de cuanto existe, con sus distintas dimensiones, naturalezas, órdenes, grados, fluctuaciones cuánticas, intensidades, modos y matices. Esta realidad engloba todo lo que tiene una existencia física o material, pero también lo virtual o incluso posible, lo que es necesario y lo meramente contingente, lo inmanente y lo trascendente, lo sensorial, lo racional y lo espiritual. Tan real es Napoleón como el Quijote o un ángel, un pensamiento, una mascota o un logaritmo: eso sí, cada uno participa de la existencia de un modo diferente.
La idea de la unidad de la realidad está presente y ha sido aceptada, desde concepciones completamente dispares, por las principales tradiciones espirituales, así como por filósofos y místicos a lo largo de los siglos. La ciencia moderna apunta también en esa misma dirección1. Esta unidad tiene su importancia para nuestro tema de la paz porque significa que, si la realidad es una, hay armonía y, por tanto, es posible alcanzar la paz en ella. Si existiesen realidades fragmentadas, en conflicto entre ellas, la consecución de la paz sería una empresa impensable e imposible, pero no parece que sea así.
En el hinduismo, se considera que todas las cosas han recibido su ser y su vida de la verdadera realidad, es decir, del principio interno espiritual eterno Atman-Brahman: la energía o alma primaria individual (Atman) es el alma cósmica o realidad divina última (Brahman)2. En el budismo, la imagen de la red de Indra describe y simboliza la interconexión del universo y su origen interdependiente. El budismo insiste en que aprender a ver la realidad tal y como es, es condición esencial para el bienestar y la salud mental. Por eso, se esmera en buscar la visión correcta y auténtica de la realidad, resolviendo cualquier disparidad entre la visión particular de cada individuo y el estado real de las cosas. En el taoísmo, el Tao, tanto trascendente como inmanente, es la fuente de vida y la fuerza cósmica que actúa sobre toda la realidad.
En las religiones abrahámicas, Dios, el Absoluto, es el único dador de vida y creador del universo. Pero la distinción esencial entre un Dios creador y trascendente y la misma obra creadora no excluye en modo alguno la unidad de la realidad. La plegaria judía Shemá Israel alaba a Dios como uno (echad). Él impregna toda la existencia celestial y terrenal3. En el islam, el místico y erudito medieval andaluz Ibn al-Arabi y su escuela apoyaron la doctrina de la unidad del ser (Wahdat al-Wujūd). En su obra Los sellos de la Sabiduría, Ibn al-Arabi, afirma que Dios y la creación son, en última instancia, uno, ya que todo lo creado fue preexistente en el conocimiento de Dios y volverá a Él. Solo Dios es la realidad eterna y que todo lo abarca4.
En el cristianismo, san Pablo explica la culminación de la creación diciendo que Dios es «todo en todos»5. Y en su famoso discurso en el Areópago de Atenas, el apóstol de las gentes afirma la íntima unión de todo lo creado con su Dios: «Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos»6. A esta unidad de la realidad se refirió recientemente Benedicto XVI, quien afirmó: «… entonces Dios no está en alguna parte, sino que Él es la realidad. La realidad que soporta toda la realidad»7. También mencionó la unidad de la realidad, aunque referida más a la unidad de lo creado y de las ciencias, el papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti: «Hoy existe la convicción de que, además de los desarrollos científicos especializados, es necesaria la comunicación entre disciplinas, puesto que la realidad es una, aunque pueda ser abordada desde distintas perspectivas y con diferentes metodologías»8.
Las distintas concepciones de la realidad reclaman distintos modos de armonizarse con ella y por tanto ofrecen distintas maneras y grados de alcanzar la paz. El camino para alcanzar la paz es sustancialmente distinto en una concepción no teísta que en una teísta, y en una concepción panteísta, que identifica a Dios con el cosmos, que en una concepción creacionista, que exige una distinción entre Dios y lo creado. Pero esto no impide que existan también elementos comunes, de validez universal, y que muchos modos de alcanzar la paz sean compartibles. Por eso, el diálogo entre las diferentes concepciones de la realidad es siempre interesante y enriquecedor.
En el budismo, por ejemplo, la paz se busca intentando alcanzar el estado de iluminación espiritual llamado nirvana. Para ello, el ser humano ha debido liberarse de todo deseo egoico y, por lo tanto, del sufrimiento mental. Alcanzado el nirvana, cesa el ciclo de reencarnaciones. El nirvana es el estado de perfecta unión con el todo, paso previo necesario para la unión también con lo trascendente que se busca en el hinduismo, raíz del budismo. El budismo no entiende que sea necesario creer en Dios para alcanzar el nirvana, lo que no significa que niegue su existencia. Simplemente considera que discutir sobre si existe o no, sobre sus cualidades, sobre su nombre, no ayuda necesariamente a la liberación del sufrimiento. Buda propone recorrer el camino divino, no discutir sobre él. En el hinduismo, al estado de nirvana lo llaman samadhi, y tiene varias etapas o niveles como en el budismo9.
En el cristianismo, en cambio, que marca la alteridad entre Creador y criatura, la paz es un fruto del Espíritu de Dios, un verdadero don divino, y se consigue mediante la unión de la criatura con su Creador, es decir, mediante el completo abandono y la plena identificación de la voluntad humana con la divina. Para el cristianismo, hablar de unión con la realidad es hablar en definitiva de unión con Dios, con un Dios encarnado, Jesucristo, que une a Dios con el mundo y da la paz al mundo: «Mi paz os dejo, mi paz os doy»10. Esto explica que san Pablo afirme que «para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia»11 y, pocos años después, todavía en el siglo i, san Juan repita que «sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna»12.
Sabemos, además, que la realidad es holónica. La palabra holón, acuñada por Arthur Koestler, se refiere a algo que es al mismo tiempo un todo y una parte13. De la misma manera que una célula incorpora y trasciende las moléculas que la componen, las moléculas incorporan y trascienden los átomos, que, al mismo tiempo, incluyen y trascienden sus partículas.
Cada dimensión tiene existencia propia, como si fuera un todo, pero a la vez se integra como parte en una realidad mayor: lo físico en lo químico, lo químico en lo biológico, lo biológico en lo social, y así hasta lo espiritual. Ser holónico implica que los conflictos dimensionales deben resolverse en una dimensión superior y, en última instancia, en el ámbito espiritual holístico, que proporciona la unidad al todo. Ninguna teoría política explica completamente la política, como ninguna teoría matemática da perfecto sentido a las matemáticas y nada dentro de la física podrá aclarar plenamente lo físico.
Tanto en Oriente como en Occidente, se ha acudido a la metáfora de los ojos para designar los modos de ver o conocer, siempre de manera incompleta, esta realidad holónica. En el budismo, entre otros, lo hizo Nagarjuna (c. 150 – c. 250), uno de sus más importantes filósofos. En su obra Maha-Prajnaparamita-Sastra, Nagarjuna diferencia al menos cinco tipos de ojos: los ojos de la carne, los ojos de la sabiduría, el ojo del dharma, el ojo divino, y por último el ojo de Buda, que conoce con absoluta libertad y sin obstáculos14.
En el cristianismo, se acudió desde el principio a la metáfora de los ojos. Teófilo de Antioquía, Juan Casiano, Agustín de Hipona, Gregorio Magno, entre otros, son algunos ejemplos de pensadores que así lo hicieron. Dos grandes luminarias del Medievo, Hugo de San Víctor y, siguiendo sus enseñanzas, san Buenaventura, utilizaron la metáfora con especial maestría15. Abundantes testimonios a lo largo de los siglos se encuentran en la Filocalia, una colección de textos escritos por grandes maestros espirituales del cristianismo ortodoxo de los siglos iv al xiv16.
Cada ojo ve en una dimensión diferente: el ojo de la contemplación ve en la dimensión trascendente; el ojo de la razón ve en el mundo de las ideas y el pensamiento; el ojo de la carne, en el ámbito de las cosas materiales que son accesibles a los sentidos. Con el ojo de la contemplación, se puede ver la unidad de la realidad, pero no es el más adecuado para ver que la molécula del agua consiste en dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. El ojo de la razón permite ver el concepto de contrato, que, sin embargo, no es percibido por los ojos de los sentidos, que tan solo ven un papel escrito. La ciencia empírica utiliza los ojos de la razón, pero subordinados a la medición y a la verificación de los ojos de la carne. Las matemáticas, en cambio, no necesitan los ojos de la carne: el número 3 es un puro concepto que se utiliza para explicar la realidad.
Cada ojo hace referencia a un tipo de luz distinta. Los ojos del cuerpo físico detectan la luz física, que nos permite percibir los objetos. Los ojos de la razón captan la luz de la inteligencia humana, que nos ilumina sobre nuestra existencia y el mundo que nos rodea. Ambas luces, natural e intelectual, son creadas. Los ojos de la contemplación se abren a una luz divina e inefable.
Lo afirmado hasta ahora no significa que no haya influencias o interdependencias entre los tres ojos, y tampoco significa que no pueda haber otros modos aún más excelsos de conocimiento en lo creado, pero sí significa que los ojos contemplativos son los más elevados a los que el ser humano pueda tener acceso. También significa que influencia mutua o interdependencia no es lo mismo que sustituir el ojo adecuado por uno que no lo es para afrontar ciertas cuestiones.
Todo conocimiento, como toda visión, constituye una experiencia. Tanto el mundo sensible, como el mundo racional o el espiritual son experienciales y por ello cognoscibles. Para poder alcanzar un conocimiento amplio y cabal de la realidad se debe hacer un esfuerzo visual por integrar todos los conocimientos, sean empíricos, racionales o espirituales. Esto exige un entrenamiento de los distintos ojos del conocimiento. De otra forma, es fácil errar por miopía o cualquier otra enfermedad de la vista y desfigurar la realidad.
Como toda ignorancia, la deformación de la realidad, por excesivo materialismo o racionalismo, implica siempre una pérdida de paz. En cambio, cuando volvemos los tres ojos sobre nosotros mismos y nos escudriñamos, comenzamos a conocer lo que somos, sentimos la presencia de Dios en nuestra alma y aumenta nuestra paz, así como el deseo de servir a los demás.
A lo largo de la historia, diversas culturas y corrientes de pensamiento han otorgado mayor importancia a un ojo sobre el otro. Así, por ejemplo, el empirismo, al privilegiar la experiencia y la evidencia, ha remarcado el importante papel de los ojos de los sentidos, aunque naturalmente no se haya olvidado de los de la razón. El racionalismo, sin ignorar los demás, ha antepuesto los ojos de la razón. Los deportistas o diseñadores de moda tienden a ver con los ojos de los sentidos; los intelectuales, con los ojos de la razón; los místicos, con los ojos de la contemplación. Un balance preferencial hacia uno de los ojos puede ser positivo y fructífero, siempre que se logre una visión integradora. De lo contrario, se corre el riesgo de adoptar una perspectiva desenfocada de la realidad, lo que conlleva una pérdida de información y, en consecuencia, de paz.
La visión de la realidad se nubla y distorsiona cuando el ojo de una dimensión trabaja en las otras dimensiones sin coordinarse adecuadamente con el ojo específico de cada dimensión (error categorial o dimensional), o cuando el ojo de una dimensión opera como si fuera el único, negando carta de naturaleza a los restantes ojos (exclusivismo dimensional). Estos errores son comunes, ya que entre las dimensiones no existen límites fronterizos ni demarcaciones materiales claras. Paradigmático fue el error categorial cometido en el siglo vi por Cosmas Indicopleustes. En su Topografía cristiana, este monje bizantino se empeñó en enseñar a los cristianos de su tiempo, con fundamento en la Biblia, que la tierra era plana, en contra de lo que la mayoría de ellos pensaban basados en el pensamiento griego17.
En 1992, Juan Pablo II rindió homenaje a Galileo, padre de la ciencia moderna y defensor del heliocentrismo, quien fue condenado por el tribunal del Santo Oficio en 1633. La historia del proceso es más compleja de lo que suele pensarse18. Pero el pontífice polaco reconoció el error categorial de ciertos teólogos católicos de la época consistente en pensar que el conocimiento de la estructura del mundo físico venía, en cierta forma, impuesto por el sentido literal de la Sagrada Escritura. Se trataba, por tanto, de una invasión de los ojos de la contemplación y la razón sobre los ojos de la carne: una imposición del razonamiento deductivo, basado en premisas, sobre el inductivo, fundado en la observación de la realidad: «Con frecuencia, más allá de dos visiones parciales y contrastantes, hay una visión más amplia que las incluye y va más allá de ambas»19.
En nuestros días, un buen puñado de científicos y filósofos positivistas han incurrido en el exclusivismo dimensional al defender erróneamente que el único conocimiento auténtico es aquel que surge del método científico, solo aplicable válidamente a lo empírico y verificable. Esta visión de la realidad rechaza la metafísica y cierra los ojos de la contemplación.
Aunque es cierto que cada ojo es válido en su ámbito de aplicación, la necesidad de reconocer la existencia de los demás ojos del conocimiento es condición necesaria para un conocimiento integral de la realidad y adquirir la paz integradora. Para no distorsionar la realidad, cada ojo (investigación científica, razón lógica e intuición contemplativa) debe aportar su visión específica y hacer de filtro de las demás para ofrecer conjuntamente una imagen integrada de la única realidad.
Debido a la estructura holónica de la realidad y a la gradación del conocimiento, las realidades de las dimensiones inferiores son más básicas o fundamentales que las de las superiores, pero estas son más relevantes o significativas, es decir, contienen una información más cualificada.
La materia que compone cualquier cosa es más básica que su propia forma, pero esta es siempre más relevante porque aporta más información, más valor, en definitiva. En el ámbito de la naturaleza, los átomos son más básicos o fundamentales que las moléculas ya que las moléculas están compuestas por átomos y sin ellos no podrían existir. Sin embargo, las moléculas son más relevantes, ya que incluyen los átomos y los trascienden añadiendo algo más: la formación de un grupo eléctricamente neutro y suficientemente estable en el marco de una configuración definida.
En al ámbito de la dimensión racional, es más básica una letra que una palabra, porque sin letras no hay palabras; pero es más relevante una palabra que una letra porque una palabra aporta más significado que una letra. Es más básica una palabra que una frase, porque sin palabras no hay frases, pero es más relevante una frase que una palabra porque la frase encierra más conocimiento.
Lo mismo sucede a nivel multidimensional. El cuerpo físico y el cerebro son más básicos o fundamentales que la mente, ya que, sin estos, la mente pierde su anclaje y no puede operar. Sin embargo, la mente es más relevante que el cuerpo físico, cerebro incluido, ya que los incorpora a la vez que los trasciende, aportando una mayor información. Compartimos cuerpo físico con el reino animal pero no mente racional. A su vez, el alma es más relevante que la mente, ya que el alma incluye, y a la vez trasciende, la dimensión racional. El alma puede operar separada de la mente y del cerebro; la mente, en cambio, para operar, necesita del cerebro20.
Desde el ojo de los sentidos se advierte lo que es más básico; desde el ojo de la contemplación, lo que es más relevante. Así, la salud es básica en el ser humano, pero su paz interior es más relevante. Cuanto decimos también vale para las instituciones. Por ejemplo, en el matrimonio lo más básico es la unión sexual, pero lo más relevante es la comunidad de amor permanente que da origen y estabilidad a una familia. En el caso de una nación, lo más básico es su estructura institucional, pero lo más relevante es el desarrollo y la felicidad de sus habitantes.
Quienes niegan validez al ojo de la contemplación suelen confundir lo básico y lo relevante. Esta distinción solo quiebra al aplicarla a Dios, puesto que Dios es necesariamente ambas cosas, por ser origen y fin de todo lo creado. Por ser lo más básico, podemos encontrar a Dios escondido en todas las realidades materiales. Por ser lo más relevante, es el fin último del conocimiento contemplativo.
Esta importante distinción entre básico y relevante o entre fundamental y significativo es un buen punto de partida para cualquier labor mental de categorización21.
