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Tenían poder y privilegios. Vivían en un mundo de guerra, secretos y deberes sagrados: la Antigua Roma. Las vírgenes vestales, las veneradas sacerdotisas de Vesta, diosas del fuego y del hogar, cuidaban de la Llama Eterna que protegía la Ciudad Eterna. La sacerdotisa Pomponia, obligada a servir durante treinta años a Vesta, se encuentra envuelta en una trama de intriga, violencia, política y enredos de sábanas de la élite romana: Julio César, Marco Antonio, Cleopatra, Octavio y su manipuladora esposa Livia. Mientras tanto, luchará por guardar el secreto que reina en su corazón. Pero cuando la acusan de incesto, una grave ruptura del voto de castidad, la sombra del castigo se cierne sobre ella: la enterrarán viva hasta la muerte. En Esposas de Roma, Debray May Macleod recrea el mundo de la Antigua Roma sin escatimar un ápice de brillo y brutalidad, haciendo que la legendaria historia del Imperio romano desfile entre sus páginas. Una novela tan ingeniosa como convincente, una lectura obligada que rescata la orden vestal, resucitándola como nunca nadie lo había hecho hasta ahora. Esta ambiciosa saga presenta un relato literario desesperadamente necesario sobre las adoradas vírgenes vestales y el importantísimo papel que tuvieron en la historia romana, al tiempo que sumerge al lector en episodios emotivos de ritmo vertiginoso, adentrándolo en los acontecimientos más cautivadores y significativos de aquella era.
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Seitenzahl: 469
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Nota de la autora
Foro Romano ilustrado por Ana Rey
Prólogo. El Campus Sceleratus(El Campo de los Desalmados)Roma. 113 a. C.
Capítulo I. Veni, Vidi, Vici(Llegué, ví, vencí)Roma. 45 a. C.
Capítulo II. Ut Sementum Feceris, Ita Metes(Recoges lo que cosechas)Roma. 44 a. C.
Capítulo III. Timeo Danaos Et Dona Ferentes(No me fío de los griegos, ni cuando traen regalos)Grecia. 43 a. C.
Capítulo IV. Adversae Res Admonuerunt Religionum(Las adversidades nos hicieron acordarnos de la religión)Roma. 43 a. C.
Capítulo V. Fuego, mujer y mar son tres cosas. poderosasEgipto. 41 a. C.
Capítulo VI. Aeterna Flamma Vestae(La llama eterna de Vesta)Roma. 40 a. C.
Capítulo VII. El altar de JunoRoma. 40 a. C.
Capítulo VIII. Audentis Fortuna Luvat(La fortuna sonríe a los audaces)Roma. 39 a. C.
Capítulo IX. Aut Viam Inveniam Aut Faciam(Encontraré el camino, o yo mismo haré uno)Roma. 39 a. C.
Capítulo X. Plutoni Hoc Nomen Offero(Este nombre ofrezco a Plutón)Roma. 39 a. C.
Capítulo XI. Vestalis Maxima(Suma Vestal)Roma. 38 – 37 a. C.
Capítulo XII. Militiae Species Amor Est(El amor es una especie de guerra)Roma. 36 – 33 a. C.
Capítulo XIII. Auribus Teneo Lupum(Tengo al lobo agarrado por las orejas)Egipto y Roma. 32 a. C.
Capítulo XIV. De Fumo In Flammam(Huir del fuego para caer en las brasas)Roma. 31 a. C.
Capítulo XV. La historia de la vestal LiciniaRoma. 31 a. C.
Capítulo XVI. Mus Uni Non Fidit Antro(El ratón tiene más de un agujero)Roma. Febrero-marzo, 31 a. C.
Capítulo XVII. Aequitas Enim Lucet Ipsa Per Se(La justicia brilla por sí misma)Egipto y Roma. 31 a. C.
Capítulo XVIII. Multa Ceciderunt Ut Altius Surgerent(Algunas cosas caen solo para resurgir más alto)Roma. Julio, 31 – 30 a. C.
Capítulo XIX. Damnatio Memoriae(Condena de la memoria)Egipto. Agosto, 30 a. C.
Capítulo XX. Ecce Caesar Nunc Triumphat(Contemplad al triunfante César)Roma. 29 a. C.
Capítulo XXI. Triginta Annis(Treinta años)Tívoli. 25 a. C.
Epílogo. Volentum Fata, Nolentum Trahunt(El destino conduce al que se somete, y arrastra al que se resiste)Siria. 24 a. C.
Dramatis personae
Dioses romanos y personajes mitológicos
Glosario de términos y lugares latinos importantes
Imágenes
Epílogo de la autora
Créditos
Al principio del libro, encontrarás una ilustración simplificada del Forum Romanum, así como de los edificios que aparecen en la historia.
Al final del libro, he incluido un dramatis personae, o elenco de personajes. También encontrarás referencias de fácil lectura: los nombres de los dioses y figuras míticas mencionados en el libro, un glosario de palabras latinas y otros términos importantes, y varias ilustraciones relacionadas con la trama, que creo que te resultarán fascinantes.
Gracias por leer.
Licinia probó la amenaza de vómito agrio que ascendía por su garganta. Los cipreses verdes salpicaban el paisaje, y el cielo azul nadaba entrando y saliendo de su campo de visión mientras luchaba por mantener el equilibrio. Tragó con fuerza, pero tenía la boca seca por el denso calor veraniego y su propio terror. Sentía como si le hubieran perforado la parte posterior de la garganta con una espada.
Una espada. Había suplicado a la diosa que le diera una espada. Hasta a los criminales y los gladiadores se les permitía una muerte rápida propiciada por el filo de una espada o una daga, mientras que, a ella, una venerada sacerdotisa de Vesta, se le había negado aquella merced. Sus guardias habían sido tan amables como el puesto se lo permitía, pero ninguno de ellos se atrevió a introducir una espada de contrabando en su habitación, por mucho que les rogó.
Ninguno de ellos se había arriesgado a darle lo que necesitaba para acabar con aquel sufrimiento de inmediato, incluso cuando en los peores momentos de pánico se había llegado a ofrecer a deshonrarse a sí misma y a su virginal servicio a la diosa complaciéndoles y dejándoles hacer lo que quisieran con ella, a cambio de los más sórdidos cuchillos de cocina.
Sin duda habían visto a su supuesto amante desollado en el Forum.
Las manchas de sangre roja empapada a través de la estola de lino blanco aferrada a su cuerpo, el azote agarrándose a su espalda, abriéndose una vez más. El Pontifex Maximus la agarró del brazo y la arrastró hacia un enorme agujero negro del suelo.
A su alrededor se hallaban varios sacerdotes sombríos y dos de sus compañeras vestales, la dócil Flavia y la obediente Suma Vestal Tullia, con los ojos húmedos y las palmas de la mano trenzadas en súplica a la diosa.
Se encontraba en la boca del agujero negro. Licinia miró al vacío y sintió una rancia neblina de frío, aire húmedo elevándose desde sus profundidades, aferrándose a su cara. Constreñida de terror y llena de una macabra fascinación, parpadeó ante la oscuridad. Apenas podía distinguir el primer peldaño de la escalera que se extendía hacia abajo, hasta el final de su vida.
—Protege me, Dea —se oyó gritar a sí misma—. ¡Protégeme, diosa!
—Que la madre Vesta sea contigo.
Fue Tullia quien habló. Iba contra las normas que hablara por una vestal condenada a muerte por incesto —rompiendo su voto de castidad— pero el Pontifex Maximum no estaba de humor para recordar a la austera Vestalix Maxima las reglas del decoro. Aquel asunto feo acabaría pronto, pero todavía tenía trabajo que hacer. No tenía sentido empeorar las cosas.
El sumo sacerdote retrocedió un paso y asintió gravemente ante el verdugo, un Hércules devastado por la Guerra cuyo cuerpo ocupaba el espacio de dos hombres. Dudó durante un instante —después de todo, estaba ante una sacerdotisa de Vesta—, y luego extendió una mano cierta hacia ella, urgiéndola a descender por la escalera y rezando a Marte para que se fuera voluntariamente.
Ella le atacó verbalmente:
—No me toquéis —dijo escupiendo las palabras—. Sirvo a la diosa inmaculada.
Él apartó la mano.
—Has servido bien a la diosa —dijo la Vestalis Maxima. Que continúes haciéndolo.
Licinia sintió que su garganta se tensaba, pero inhaló bruscamente para detener las lágrimas. Miró a Tullia a la cara —sin inexpresiva ante el sol deslumbrante— y luego se recogió los bajos de la estola en el brazo, sujetando la tela para poder bajar por la escalera sin pisársela.
Deslizó un pie enfundado en su sandalia en el vacío negro y sintió el aire fresco y húmedo sobre la piel desnuda hasta la espinilla. Un escalofrío subió por su columna vertebral cuando el pie encontró el primer peldaño de oscuridad. Su otro pie la siguió. Bajó el segundo peldaño, sintiendo las crudas heridas de la espalda azotando y sangrando una vez más. Se encontró frente a frente a con la negra suciedad, manchándose los dedos de tierra al aferrarse a la tierra. A la vida.
Era tan extraño estar en aquel ángulo: viendo las sandalias de la gente que, al cavar su deber, volverían a Roma en sus literas con el aire fresco todavía en sus pulmones, para continuar con su día, hablando, comiendo, durmiendo y despertando a la luz del amanecer de una nueva mañana. Cuán extrañas e imposibles les parecían aquellas cosas ahora.
Con el cuerpo sumergido hasta el cuello en el Hades, Licinia apartó la vista. No quería que su última imagen fueran las sandalias mal atadas y torcidas de un sacerdote. Qué esclavos tan idiotas debía tener. O eso, o despreciaban secretamente a su amo.
Abrió los ojos de par en par, hambrienta de luz, conforme iba descendiendo, peldaño a peldaño, por la escalera de aquella fosa cada vez más oscura, hasta que sus pies aterrizaron en tierra firme. Miró hacia arriba. La apertura del mundo superior parecía el disco de una luna llena brillando contra el cielo negro.
El corazón le latía tan fuerte que la espalda y el pecho le dolían por la presión. No podía respirar hondo: era como si tuviera una cuerda atada alrededor del tronco. Se encontraba en pie, como una estatua en mitad de la oscuridad, sintiendo las piernas flacuchas de un insecto invisible correteándole por el pie, y aterrorizada al mirar a su alrededor. Aquello lo hacía todo demasiado real. Todavía no estaba preparada.
De repente retiraron la escalera desde la superficie, tan rápido que ya no hubo posibilidad de que pudiera agarrarse a ella. La vio ascender para desaparecer después en la deslumbrante levedad de arriba, y luego, vio una canasta pendiendo de una cuerda descendiendo hacia ella. Se estiró para cogerla con los brazos y cogió los objetos que contenía, tan rápido como ellos con la escalera.
Una hogaza redonda de pan. Una pequeña ánfora de agua. Una lámpara de aceite que ardía con una pequeña pero firme llama.
Al mirar la llama, oyó un sonido chirriante desde arriba y notó que le llovía una fina arenilla sobre la cabeza velada. Acaban de sellar su tumba.
Alzó la mirada. La luna llena que había visto arriba dio lugar a una media luna, después a un cuarto creciente conforme la última tira de luz se desvanecía, dejándola a solas con su miedo latente y su llama parpadeante. Tullia tenía razón —Vesta estaba con ella. La Vestalis Maxima debía haber encendido la lámpara de aceite con la Sagrada llama del templo.
Acunó la lamparita en su alma y se giro lentamente, como si sintiera la presencia de un fantasma tras de sí, para contemplar el silencioso agujero negro.
El hoyo era más grande de lo esperado, y más o menos rectangular, con paredes de tierra lisas. A su izquierda, a pocos pasos de ella, había un pequeño diván y frente a él, en el suelo… Gritó. ¡Un cuerpo!
Iba vestido con una estola final similar a la suya, pero desaliñada y ajada, recortándose contra la carne podrida y los huesos expuestos a la vista. Tenía los brazos y las piernas separados, y se le veía el cráneo y un mechón de cabello largo. La boca estaba abierta.
Sintiendo que la sangre dejaba de llegarle a la cabeza, Licinia fue lentamente inclinándose sobre sus rodillas. Si se desmayaba —y le faltaba poco— derramaría la lámpara de aceite y se quedaría sin la única fuente de luz que tenía.
Inhaló el aire estancado unas cuantas veces y sintió que se le pegaba a las fosas nasales como una película asquerosa.
A su derecha, algo le llamó la atención. Había dos cuerpos más contra la pared. Aquellos estaban colocados en una pose más Digna, con las estolas ajadas enrolladas cuidadosamente, y los velos cubriéndoles los rostros. Se podía apreciar el hueso seco a través de la tela.
Las palabras de la suma sacerdotisa vestal resonaron en su mente. «Has servido bien a la diosa. Que continúes haciéndolo.»
Depositó cuidadosamente la lámpara de aceite sobre el suelo de tierra y se arrastró hacia el cuerpo partido de la vestal. Colocó cuidadosamente los brazos huesudos, dobló el torso, y dio forma a las piernas descompuestas.
Tiró cautelosamente de la vieja tela delicada para cubrir el cuerpo, haciendo lo que pudo para envolver a la vestal de dignidad. Tras ello, hizo rodar el cuerpo hacia el lugar en que descansaban las otras sacerdotisas. Luego cubrió el rostro de la vestal difunta con el lino amarillento de su velo.
Volvió con determinación hasta donde se encontraban el agua y el pan, llevándolos hacia la lámpara de aceite, y se sentó frente a ella con las piernas cruzadas. Arrancó un pequeño trozo de la hogaza recién hecha y lo desmenuzó sobre la llama.
—Madre Vesta, tu humilde sacerdotisa, quien te ha servido durante quince años con pureza y reverente deber, te honra con esta ofrenda. Por favor, ilumina mi camino hacia el más allá.
El calor del verano era ya un recuerdo lejano ahora que la piel de sus brazos desnudos hormigueaba al contacto con el aire frío de la fosa negra. El silencio ensordecedor de su tumba le taladraba la cabeza, pero incluso a través del estruendo, fue capaz de oír las palabras de Anaxilao, su médico griego.
«No prolongues el sufrimiento bebiéndote el agua que te den. Muéstrale al Hades que estás listas para que te lleve cuanto antes. Incluso él puede ser piadoso…A su manera.»
Inclinó el ánfora y observó el agua derramada filtrándose en la tierra de camino al inframundo.
«Perdóname, diosa», pensó, «pero mi última ofrenda debe ser para Hades».
Un legionario de capa roja situado bajo el Aquila, la dorada Águila de Roma suavemente posada sobre el alto báculo militar. Hizo sonar el cuerno y gritó.
—¡Abrid todos paso al general Cayo Julio César!
El Forum Romanum era centro de la vida política, económica y religiosa de Roma. Podía estar abarrotado y ser una locura incluso en el curso del más tranquilo de los días, pues todo el mundo, desde senadores con su mejor toga blanca hasta esclavos de sandalias destrozadas, deambulaban de aquí para allá ocupados con sus asuntos.
Aquel, sin embargo, no era un día tranquilo. Era un día histórico. El día en que las masas iban a poder ver por fin a su nuevo gobernante pasando por la Via Sacra de la Curia, la Casa del Senador de Roma, de camino al Templo de Vesta, con los altísimos templos multicolores de mármol y la enorme basílica de dos plantas, cuya larga arcada de tiendas se extendía calle abajo.
La multitud se había echado a las calles para verle pasar por el empedrado del Forum, al amparo del Águila, como si fuera el dueño del mundo. De hecho, era suyo. Los poderes que le investían así lo confirmaban.
Flanqueado por sus guardaespaldas lictores y rodeado por lo que parecía un pequeño ejército de soldados legionarios armados de pies a cabeza, César saludaba entre la muchedumbre a los que lanzaban flores a su paso, e ignoraba a los que no lo hacían.
Algunos le amaban. Otros le odiaban. A la mayor parte de la gente le daba igual; mientras tuvieran el estómago lleno y hubiera vino para beber, mientras los malditos galos barbudos no berrearan gritos de guerra a las puertas de la ciudad, podía decirse que llevaban una buena vida.
A medida que la robusta procesión de César pasaba por la Basilica Aemilia, varios soldados bien situados iban desplegando banderas escarlatas desde los arcos y las columnas de la arcada. Los estandartes caían como cortinas de teatro, cada una con un medallón de oro de Venus en el centro, la diosa de la que César decía descender.
—¡Verdaderamente, César está dando todo un espectáculo! —dijo una impresionada mujer a su amiga.
Esta se inclinó hacia ella.
—¿Has oído la canción que sus soldados cantan sobre él?
—No, pero me la puedo imaginar…
—Dice así: «A casa traemos al galán calvo. Romanos, encerrad a vuestras esposas. Todo el oro que le prestaste, lo dilapidó en revolcarse con diez mujerzuelas».
Las mujeres rieron al unísono, abriéndose paso entre la multitud, chocando con los cuerpos y levantando sus estolas para evitar que se mancharan en el suelo empedrado hasta que llegaron a la parte frontal del templo circular de mármol blanco de Vesta. Coronas de laurel verde colgaban de cada una de las veinte columnas estriadas que lo rodeaban.
Dentro del santuario, donde solo a las vírgenes vestales se les permitía estar, ardía la llama de Vesta, diosa de la casa y el hogar. La suya era la Llama Eterna protectora de la Ciudad Eterna. Mientras ardiera el fuego, Roma viviría; así que las sacerdotisas de Vesta cuidaban el fuego día y noche.
Intrincados pedestales de mármol tallado se erigían a lo largo de la sinuosa Via Sacra y alrededor de la zona sagrada cerca del templo fuertemente custodiado. En la parte superior de cada uno de ellos yacía un cuenco de bronce en cuyo interior ardía el fuego candente de la llama eterna del santuario. Las mujeres se abrieron paso entre la muchedumbre hasta llegar a uno de los cuencos ardientes. Era un agradable día de febrero, pero cuando las nubes cubrían el sol helaba. Seguro que a la diosa no le importaba que se calentaran las manos mortales sobre su llama inmortal.
La que había cantado volvió a cantar.
—«Julio César sabrá cómo complacerla…».
Pero se detuvo a mitad de canción nada más abrirse una de las puertas de bronce en relieve del templo y ver salir a una majestuosa mujer vestida con una estola blanca y la cabeza cubierta por un velo, descendiendo por la escalinata. Ambas sabían quién era. Todo el mundo sabía quién era. Era la suma sacerdotisa Fabiana, quien había servido como Vestalis Maxima, la cabeza de la orden vestal de las últimas décadas. Las mujeres y todos los presentes se arrodillaron. Nada más llegar la jefa vestal al final de la escalera, la flanquearon dos centuriones armados, cada uno a un lado, con sus capas rojo escarlata enmarcando la estola blanca de la vestal.
El soldado de mayor rango se quitó el caso de plumas rojas e inclinó la cabeza.
—Gran señora —dijo—. ¿Nos permitís acompañaros?
—Sí —respondió ella. Su voz pesaba menos que sus setenta y seis años—. Gracias.
El espléndido trío se dirigió hacia el pórtico de columnas de la adyacente Casa de las Vestales, el gran y lujosa mansión situada a pocos pasos del templo donde vivían las sacerdotisas durante sus años de servicio en Roma. Al paso de la vestal, hombres y mujeres se postraban ante ella sobre el empedrado, mostrando las palmas de las manos vacías. Un coro de murmullos se elevó en el aire.
«Por favor, Madre Vesta, protege a mi hijo que está sirviendo en Galia…».
«Cuida de mi familia, suma sacerdotisa…».
«Bendice el matrimonio de mi hija…».
«Mi niño está enfermo. Por favor, dile a la diosa que lo salve…».
La vestal se remangó la palla de lino enrollada alrededor de sus hombros revelando un puñado de obleas sagradas en la palma de la mano, la ofrenda tradicional de harina salada que se le solía hacer a la diosa. Conforme se deslizaba entre los suplicantes arrodillados, todavía acompañada por sus centuriones resplandecientes, fue depositándolas en las manos que se abrían ante ella.
—Hace vuestras ofrendas a la viva flama —instruyó—. A la llama viva.
Los suplicantes se levantaron y fueron hacia los cuencos para realizar sus ofrendas.
Un cuerno volvió a sonar cuando la impresionante procesión de César llegó al pórtico de la Casa de las Vestales al mismo tiempo que la sacerdotisa.
—¡Abrid paso al general Cayo Julio César! —ordenó un soldado, aunque la vestal entornó los párpados, como diciendo «sí, ya lo hemos visto todos».
Entraron más soldados haciendo retroceder a la multitud mientras César, vestido con una toga blanca de borde púrpura como símbolo de su estatus y poder, extendía sus brazos hacia la vieja vestal. Sus ojos entrecerrados se suavizaron hasta transformarse en una sonrisa seguida por un abrazo. Para ella no era un dictador. Era de la familia.
Las adornadas puertas de madera de la Casa de las Vestales —de color rojo intenso, con rosetas blancas y azules— se abrieron y los centuriones montaron guardia mientras César y la vestal las cruzaban a través del vestíbulo.
Al hacerlo, uno de los centuriones se giró para guiñarle un ojo a las dos mujeres que seguían compitiendo por hacerse con el mejor puesto entre la multitud de la calle. Su peto ajustado reverberaba al sol, mientras él sacaba pecho.
—Mea Dea —suspiró una de las mujeres—. ¿Quién necesita a esos gladiadores sudorosos reptando por la arena? —Dio un codazo a su amiga—. Me imaginaré a este brillante par de centuriones cuando mi marido se me acerque esta noche.
***
Julio César descansaba en un banco de mármol acolchado en el exuberante patio abierto al cielo de la casa de varias plantas en la que vivían las vestales. Sonrió para sus adentros ante la impresionante reunión de senadores, sacerdotes de alto rango y otros invitados patricios, quienes habían aceptado su invitación para encontrarse con él en los jardines vestales, a fin de celebrar el nuevo poderoso estatus.
—Contadme, Julio —dijo Fabiana—. ¿Debo llamaros rey ahora?
Él sonrió con aires de superioridad.
—¿Pretendéis que me maten, Gran Tía?
—Si os quisiera muerto, estarías muerto. Pasadme una copa de vino, por favor.
El dictador cogió una copa dorada de la bandeja de una esclava y se la pasó a la Vestalis Maxima, quien permanecía sentada junto a él.
—Sacerdotisa Fabiana, necesito vuestra ayuda.
—Lo sé —dijo Fabiana con naturalidad—. Habéis sido nombrado o, mejor dicho, habéis conseguido nombraros a vos mismo, como dictator in perpetuum. Dictador perpetuo. Felicidades, emperador. —Le miró por encima del borde su copa mientras bebía, los ojos negros mostrando una chispa de la temeridad con la que era conocida. Siempre era así con la suma sacerdotisa. Era amable, pero la embargaba un filo de impaciencia y franqueza, como resultado de tantas décadas tratando con demasiada gente y personalidades.
—Es por el bien de roma —dijo César—. Ya sabéis cómo son los del Senado —habló en voz baja—. Un puñado de ricachones viejos cantando loas sobre las virtudes de la República, y sin otra razón que echarse más dinero a sus bolsas y malgastar tierra. Bajo mi mando, Roma será de verdad una república, más de lo que ha sido en décadas.
—Algunos no están tan seguros. Dicen que sois el rey Tarquinio renacido.
El centurión que hacía guardia junto al dictador abrió los ojos y apretó los labios. Si cualquier otra persona hubiera pronunciado aquellas palabras ante el general, su cabeza estaría ya colgando del palo mayor.
—Tarquinio, con toda su arrogancia, habría sido mejor senador que rey. Ya veréis, suma sacerdotisa… —Miró distraídamente por encima del hombro de la vestal mientras una floritura de susurros y una tenue excitación recorrían la reunión—. Ah, basta ya de hablar de reyes. Por ahí viene una reina.
Cleopatra VII Filopátor. La notoria reina de Egipto llevaba un año viviendo en Roma, en la cada de campo de César, junto a su joven hijo Cesarión, suscitando un manantial de chismorreos de lo más escandalosos y jugosos, de aquellos que la flor y nata de Roma llevaba generaciones sin disfrutar.
César no había reconocido —ni lo haría— al niño como suyo públicamente. La nariz aguileña del niño, los ojos pequeños, resultaban un reconocimiento en sí mismos. Eran un espejo del propio general romano.
Cleopatra entró en el patio como si le perteneciera, tal y como hacía allá donde iba, dibujando una franja de superioridad entre las camarillas de matronas y patricios romanos. El largo vestido dorado se aferraba a su delgada cintura, curvándose sobre sus caderas y extendiéndose por las piernas, emplumando el suelo. Llevaba los brazos desnudos, salvo por los brazaletes de oro que los serpenteaban.
Llevaba el cabello negro recogido en un moño en la parte posterior, la cabeza coronada por una diadema de oro con el símbolo de su monarquía en el centro, una cobra de ojos rubí. La cobra miraba al mundo como ella, regia y preparada para atacar en cualquier momento. Las pulidas perlas blancas y deslumbrantes piedras preciosas anidadas en su cabello le otorgaban el llamativo contraste que la caracterizaba.
No era una gran belleza exótica, con aquella nariz aguileña y sus grandes ojos; aún así, sus esclavas sabían cómo acentuar sus encantos y ocultar sus defectos. Se movía con la gracia de una gata y ronroneaba al hablar.
César y Fabiana se levantaron, y él tomó la mano de la reina cuando esta la extendió, como flotando, hacia él.
—Majestad —saludó—. Me alegra que os hayáis podido unir a nosotros.
—Hoy es tu gran día, mi amor —dijo ella—. Me siento honrada de poder compartirlo contigo. —Se giró hacia Fabiana, los ojos humeantes perfilados de kohl negro y los labios pintados de rojo entrecerrándose en una sonrisa—. Y en compañía de la suma sacerdotisa, nada menos.
—Me alegra volver a veros, reina Cleopatra —dijo Fabiana, sin molestarse en sonar convincente. Se estaba haciendo vieja para eso.
—¿Os ha contado César sus planes para construir una gran biblioteca aquí en el Forum? —le preguntó Cleopatra—. Se hará siguiendo el modelo de la Biblioteca de Alejandría. Miles de pergaminos para estudiar, un museo, jardines públicos…
—… y un edificio especial para la orden vestal, por supuesto —añadió César.
La vieja sacerdotisa estalló en carcajadas.
—El sacerdote Lucio me dice que también habéis prometido construir un enorme templo dedicado a Marte. ¿De dónde vais a sacar todo ese mármol?
—Bueno, si rehusáis pedírselo a Vesta de mi parte, se lo pediré a mi ancestro, Venus. O puedo decirle a Cleopatra que se lo pida a Isis.
—Las inmortales os quieren tanto como las mortales —sonrió Fabiana—. Tendréis el mármol, dadlo por seguro. Y me alegraré por ello, Julio. El conocimiento pertenece a los templos.
—En eso estamos totalmente de acuerdo, gran señora —dijo Cleopatra—. Sacerdotisa Fabiana, decidme la verdad: ¿qué opináis de la dictadura de César? Sois familia, le conocéis mejor que yo. ¿No es por el bien de Roma? Llevo tan solo un año en esta ciudad, pero ya he visto muchas mejoras. Las fuerzas policiales de César han hecho que las calles sean más seguras. Ha bajado los impuestos del pueblo llano. La amistad entre Egipto y Roma ha llenado los estómagos romanos de grano egipcio. Incluso habéis adoptado nuestro calendario…
—La reina Cleopatra nos ha dado mucho —interrumpió Fabiana—. ¿Quizás su majestad debería ser dictadora de Roma, además de faraón de Egipto?
César dio una palmadita en la pierna de su tía.
—Pues sí, también podría serlo. —Cogió una oliva rellena de la bandeja de un esclavo que pasaba por allí y se la llevó a la boca, abriendo los ojos al ver a una joven vestal familiar.
Como todas las vestales de la fiesta, iba vestida con la estola blanca y el velo cubriéndole el cabello. Su esclava personal, una belleza griega de cabello castaño cinco o seis años mayor que ella y vestida con un ligero vestido verde, permanecía de pie, obedientemente, detrás su ama.
—Ah, sacerdotisa Pomponia —dijo César—. Acercaos. Vos también estáis de celebración hoy, ¿verdad?
—Sí, César, me sorprende que os acordéis de algo así.
—¿Cómo podría olvidarlo? —Hizo un gesto a una sirviente para que le pasara a Pomponia una copa de vino—. Cleopatra, esta joven sacerdotisa cumple hoy diez años como vestal.
—¿Y eso es importante? —preguntó la reina.
—Las vestales sirven a la diosa durante treinta años, majestad —dijo Pomponia—. Nos dedicamos a estudiar durante nuestros primeros diez años como novicias. Después, nos volcamos de lleno a atender la llama sagrada y a ejecutar los rituales públicos.
A pesar de ser unos cuantos años menor que Cleopatra y de estar hablando ante una reina, no había rastro de subordinación en su voz.
César dio un trago a su copa de vino.
—La señora Pomponia y yo tenemos un vínculo especial —explicó de forma casual a Cleopatra—. Fui yo, como Pontifex Maximus, quien la recomendó para entrar a formar parte de la orden cuando apenas era una niña de siete años. —Se giró hacia Pomponia—. Recuerdo el día que tomasteis los votos —dijo—. Después de que la sacerdotisa Fabiana os cortase el pelo para poneros el velo, cogí los mechones, los llevé al árbol Capillata, y los colgué de las ramas. Todavía puedo verlos ondeando en la brisa.
—Es una tradición que favorece más a los pájaros que a las jovencitas —sonrió Pomponia—. Seguro que algún gorrión hizo un bonito nido con mi pelo. Desde entonces ha crecido, ya vuelve a estar largo. —Se retiró el velo hacia atrás para mostrar el cabello castaño y luego preguntó informalmente y sin pensar—: César, ¿dónde está la señora Calpurnia? —Se arrepintió inmediatamente de la pregunta. Todo el mundo sabía que la esposa de César, Calpurnia, evitaba los actos públicos cuando se daba la posibilidad de que la amante de su marido acudiera a los mismos.
Pomponia tragó saliva tan ruidosamente que Quinto, un joven sacerdote de Marte que estaba a un brazo de distancia levantó las cejas y la miró, regañándola con la mirada.
—Me temo que Calpurnia se encuentra indispuesta —informó César.
—Haré una ofrenda a la diosa por su salud —dijo Fabiana.
—Gracias —dijo César—. Qué amable. —Su mirada se dirigió hacia la esclava de Pomponia, quien permanecía en pie tras su ama, en silencio, la cabeza gacha y las manos juntas. Era más alta que Pomponia, con un bello rostro angular y rasgos marcados que impresionaban sin el toque de los cosméticos. —¿Y tú cómo estás, Medousa?
—Estoy bien, emperador.
Los labios de Cleopatra volvieron a apretarse en una sonrisa forzada.
—No sabía que tenías tanta familiaridad con las esclavas, César.
—Esta es especial. Yo mismo la compré en el Graecostadium la mañana que la sacerdotisa Pomponia tomó sus votos. Me pareció una esclava elegante para una vestal. Físicamente inmaculada y bien educada. —César se acercó para tocar el colgante de Medusa, una Gorgona con pelos de serpiente, que colgaba del cuello de la esclava—. La llamé Medousa, por el colgante que llevaba —explicó—. Medusa, para protegerse del mal. —Sus dedos trazaron un círculo alrededor del colgante.
A Pomponia la dio la impresión de que Cleopatra se estaba tensando de cuerpo entero, aunque no estaba segura.
—Tempus fugit —suspiró César dirigiéndose a Fabana—. El tiempo vuela. Qué no daría yo por volver diez años atrás. Estaba guerreando, pero la armadura no me estaba tan justa.
—Diez años atrás yo todavía podía subir las escaleras del templo sin que mis rodillas crujieran más fuerte que el fuego sagrado —dijo Fabiana.
Todos rieron.
Pomponia suspiró y miró por encima del hombro, intentando evitar el contacto visual de sus compañeros. Se fijó en el gran abogado y senador de Roma Marco Tulio Cicerón, quien se encontraba hablando con algunos hombres junto a uno de los estanques decorativos del patio. La saludó amablemente y ella correspondió con sus brillantes ojos de color avellana y las facciones de su rostro de aspecto relajado.
Le gustaba Cicerón. Había defendido exitosamente al hermano de una vestal años atrás, y se había pronunciado a favor de conceder todavía más privilegios y protecciones a la orden. Ella se había sentado junto a él en el durante una espectacular cacería de animales, siendo ella joven. Los juegos eran para celebrar una importante victoria militar de Pompeyo el Grande, e incluían la matanza de veinte elefantes. Pomponia todavía podía oír sus gritos. Alaridos, en realidad. Las gigantescas bestias tardaron un buen rato en morirse, y los mayores protegieron a los pequeños hasta el final.
Cuando Pomponia apartó la mirada, Cicerón le dio una palmadita en la mano.
«Estamos de acuerdo, jovencita Pomponia», le había susurrado Cicerón. «Los juegos tienen su propósito, pero a mí tampoco me gustan. De hecho, a menudo sospecho que los animales tienen mucho en común con la humanidad. Yo creo que esta carnicería no es del agrado de los dioses».
Cicerón, animal político de pies a cabeza, era uno de los senadores que había aceptado la invitación de César para asistir a aquella recepción. Como la mayoría de los senadores, veneraba la República romana y despreciaba el arribismo al poder de César, pero a diferencia de los otros, él estaba más que dispuesto a beber y cenar con el dictador de Roma con tal de seguir en el juego.
Pomponia se tensó cuando Marco Antonio —el brillante pero grosero general de César— se pavoneó ante el senador rodeándole con el brazo. Era un hombre inusualmente musculoso, de cuello grueso, una cabeza de pelo castaño oscuro rizado y una cara curtida por años de marcha bajo el sol en las campañas militares.
—Oye, Cicerón —gritó Marco Antonio—. ¿Qué es eso que he oído por ahí de que Cleopatra se niega a mandar unos libros que prometió devolver? ¡No se habla de otra cosa! Dioses, cualquiera diría que esta ciudad tiene problemas más grandes. ¿Qué hay de nuestro nuevo dictador y todo… —Tocó el hombro de Cicerón con el dedo y luego miró al otro lado del patio para ver si Cleopatra estaba escuchando.
—Un malentendido —dijo Cicerón. Echó la cabeza hacia atrás para esquivar el aliento a vino del general y sus ganas de armar camorra.
—Eso sí que es ser un buen hombre —ladró Marco Antonio—. Perdona y olvida, ¿eh?
—La elección de los sabios —dijo Cicerón, sabiendo que Antonio jamás perdonaba ni olvidaba. Mea sententia, general.
Pomponia se giró hacia sus acompañantes. Fabiana, César y la reina Cleopatra estaban inmersos en la cháchara política, el vino y la astronomía, así que decidió que era un buen momento para retirarse silenciosamente. La política era muy cansina.
Se refugió a través de los jardines, con Medousa a la zaga, y se refugió en el peristilo de columnas que circundaba el patio. Permaneció en un rayo de sombra proyectado por una estatua alta de una sacerdotisa vestal fallecida tiempo ha.
Y aunque no le dio el gusto de devolverle la mirada castigadora, sabía que los ojos críticos del joven sacerdote Quinto seguían observándola.
***
El último de los invitados ya se había marchado. Las sacerdotisas Fabiana y Pomponia estaban sentadas en el patio mientras las esclavas merodeaban limpiando en silencio, colocando las mesas y los sofás en su lugar y sacando la basura de los estanques del jardín.
—Está empezando a refrescar —dijo Fabiana, visiblemente cansada—. Creo que, por esta noche, me retiro.
—César jamás me perdonará —dijo Pomponia—. Pensará que me he pasado de lista.
Fabiana alisó el velo alrededor del tierno rostro de la joven vestal.
—César te conoce desde que eras una niña. Conoce tu corazón. Y ha corrido bastante mundo como para saber distinguir entre la juventud y la malicia.
—¿Por qué ha querido que la reunión tuviera lugar aquí? ¿Por qué no en su casa?
La anciana sacerdotisa suspiró antes de contestar.
—Estaba enviando un mensaje a la gente y al senado. Quiere que sepan que cuenta con nuestro apoyo. Debes recordar, Pomponia, que la llama eterna de Vesta es lo sostiene a Roma, y nuestra tarea es mantenerla encendida. Qué mas da lo que venga o vaya, qué importan los dictadores que asciendan o caigan, qué más dan las enfermedades o catástrofes que asolen nuestras calles. Podrán cambiar las cosas, pero el fuego seguirá ardiendo. Su fuego conforta a la gente. Les tranquiliza saber que la diosa sigue ahí, protegiéndolos, a ellos y a Roma. Es la única constante en un mundo cambiante. Por eso ha venido a pedirme ayuda. Quiere que la gente sepa que su mundo no va a cambiar bajo su dictadura.
—¿Qué quiere? —preguntó Pomponia.
—Que esté con él en la Rostra durante el discurso de mañana —contestó Fabiana.
—¿Lo harás?
—No.
—¿Por qué no? Si la gente nos necesita, ¿qué mal hay en ello? ¿No es César como de la familia para ti? Siempre ha apoyado nuestra orden.
—Nuestro deber es con la diosa, no con César —dijo Fabiana—. Debes recordarlo siempre. —Se retiró el velo con un suspiro, revelando los canosos cabellos cortos que había debajo. No era algo que la conservadora Vestalis Maxima hubiera hecho diez años antes, pero el patio era lo suficientemente privado, y la edad había ablandado su severa adhesión a la tradición—. La orden vestal es el sacerdocio más antiguo y venerado de la historia de Roma —continuó—, pero eso no ha impedido que algunas personas hayan querido utilizarla para sus propios intereses. —Dobló el velo en el regazo—. Jamás debemos permitir que se aprovechen de nosotras. Debemos proteger la llama sagrada… Y a los demás. —Hizo una pausa antes de proseguir—. Algún día te contaré la historia de la vestal Licinia y lo entenderás. —Fabiana se levantó lentamente—. Y ahora, me llevo mis viejos huesos a la cama. Bonam noctem, querida.
—Bonam noctem, suma sacerdotisa.
Pomponia se envolvió en la palla con más fuerza. Ya helaba. Echó un vistazo alrededor, en busca de Medousa, pero la esclava no estaba a la vista. Debía estar limpiando la cocina, o más bien supervisando el trabajo de limpieza de las otras esclavas. La vestal se levantó, cansada. Se quitó el velo y agradeció a la diosa por no tener que hacer guardia en el templo hasta la mañana siguiente.
Se marchó por los verdes de los hermosos jardines a través para deslizarse, a través del peristilo, y adentrarse en el grandor del hogar de las vestales, una residencia que rivalizaba en opulencia con cualquier domus de Roma.
Se agachó un momento para desabrocharse las sandalias, y luego siguió caminando descalza por los frescos y blanquecinos mosaicos naranjas del suelo de mármol, subió por las escaleras y, por fin, arrastró los pies hacia la privacidad interior de sus habitaciones, donde, nada más entrar, sintió el abrazo cálido del hipocausto caldeando la estancia amueblada. Entraron dos esclavas tras ella, cargadas con palanganas y ropa de cama limpia, y empezaron a desnudar y lavar a su ama.
En el exterior de la Casa de las vestales, en la ahora silenciosa calle empedrada del sombrío Forum, la gran lectica flotante de Julio César permanecía ociosa, con varios centuriones haciendo guardia a su alrededor y ocho portadores de basura esperando pacientemente. Las gruesas cortinas estaban bien cerradas.
Medousa yacía dentro, desnuda sobre un suave almohadón, con los ojos fijos en la rica tapicería que cubría el techo y el medallón de oro de Venus que la miraba desde arriba.
La parte posterior de su cuello ardía al contacto del collar de Medusa, clavándosele en la piel. César agarraba el colgante con las manos, retorciéndolo cada vez más con los dedos. Y entonces aquel dolor fue reemplazado por un dolor más fuerte entre sus piernas.
César incitó a la esclava de la vestal a abrir las piernas más, y ella obedeció, apretando los ojos cerrados para no gritar, mientras el dictador de Roma empujaba hacia dentro, descubriendo otra forma más de disfrutar de los placeres del poder único.
La mañana del 15 de marzo del 44 a. C. —los idus de marzo—, había empezado como cualquier otra. Desayuno. Vestimenta. Rezos. Lavar el pedestal de mármol del altar del templo con agua pura de manantial y ofrenda al fuego sagrado que ardía en lo alto del mismo. Llevar el inventario de documentos de las oficinas vestales y las cajas de caudales del templo.
A media mañana, la estola de Pomponia se empapó de un sudor repentino y temeroso. Una línea de sudor se formó a lo largo de su velo, goteándole en los ojos. Parpadeó para que se le pasara el picor.
«El dictador Julio César estaba muerto.»
Un mensajero del templo había aporreado con tanta fuerza la puerta de la Casa de las vestales que parecía que el propio Júpiter había lanzado un rayo.
—¡César ha sido asesinado! —gritó desde la calle, inclinándose con las manos sobre las rodillas y jadeando. Había corrido sin parar desde la Curia de Pompeyo, el edificio que estaban usando de forma provisional para celebrar las reuniones del Senado mientras remodelaban la antigua Curia del Forum con mármoles y mosaicos nuevos.
Pomponia lo llevó al atrio e, impaciente ante los intentos del muchacho por recuperar el aliento, le dio una bofetada en la cara.
—Habla con sentido común, maldito tonto.
—Sacerdotisa —dijo el mensajero—. Lo vi con mis propios ojos. Le han apuñalado en la Curia de Pompeyo. El senador Cimber le agarró de la toga tratando de hacerle caer. César se sorprendió. Se defendió gritando: «Ista quidem vis est!». Pero el senador Casca intentó apuñalarle la garganta. —El mensajero tomó aire.
Pomponia volvió a pegarle en la cara.
—¿Y luego?
—César agarró el brazo de Casca, pero los otros senadores le ayudaron, y acabaron atacándole todos. No quedó uno sin apuñalarle, hasta Casio y Bruto. César salió de la cámara tropezando de allí, y una vez fuera cayó escalones abajo.
—¿Estás seguro de que está muerto? —preguntó Pomponio—. ¿Dónde estaba el general Marco Antonio?
—César está muerto, sacerdotisa. Eso seguro. Vi a Marco Antonio correr hacia el cuerpo de César, pero huyó en cuanto vio a los asesinos.
Pomponia hizo un gesto con la mano para indicar al mensajero que podía marcharse y el muchacho salió por la puerta. De inmediato, aparecieron sus dos guardias, Caeso y Publio, para escoltarla a la salida del templo. Sus ojos hicieron diana por doquier, a los gritos de «¡César ha muerto!» elevándose por el Forum.
Y luego el silencio cayó como una piedra. La gente corrió a encerrarse en casa con sus familias dejando las calles vacías.
¿Quién mandaba ahora en Roma?
Pomponia se unió a otras cuatro vestales en el interior del templo circular de Vesta. Se colocaron alrededor del fuego sagrado que ardía en el fogón, con las palmas de las manos abiertas en oración a la diosa. «Madre Vesta, tus fieles sacerdotisas te piden que protejas Roma.»
El crepitar del fuego respondió a sus oraciones en voz baja resonando en las prístinas paredes de mármol blanco. Pomponia cerró los ojos y sintió el calor de la llama eterna lamiendo el dorso de sus manos.
La suma sacerdotisa Fabiana irrumpió en el templo.
—Ve a por el testamento de César —dijo—. Entiérralo en el patio, cerca de la estatua de la suma sacerdotisa Tullia. Planta algunas flores encima. —Depositó un pergamino en manos de Pomponia—. Y pon esto en la bóveda, en su lugar.
Pomponia corrió hacia el penus, la bodega secreta del templo oculta en una zona de la pared interior.
Con manos temblorosas, abrió una gruesa puerta de mármol perfectamente disimulada en la arquitectura de la pared y sacó la última voluntad y testamento de Julio César, encerrado en un tubo de pergaminos, depositando en su lugar la copia como señuelo, un pergamino vacío, pero de aspecto oficial, al llevar el sello de César.
«Los asesinos no entrarán al templo», pensó. «Sería un sacrilegio tremendo, un escándalo. Perderían el apoyo de la gente».
Era costumbre que los hombres más importantes de Roma, generales, dictadores, ciertos senadores y cónsules, guardasen sus testamentos en la caja fuerte de la Casa de las Vestales o, en el caso de los hombres más importantes, en el mismísimo templo. Los tratados y otros documentos políticos vitales también se guardaban allí, así como los objetos más sagrados de roma, incluyendo la antigua estatua de Palas Atenea que Eneas había salvado durante la caída de Troya. No había un espacio más seguro ni más sagrado en el mundo romano. El Aedes Vestae llevaba en pie la tira de siglos, pero jamás hubo una sola violación de la tradición y santidad del templo.
Y teniendo en cuenta el violento pasado de Roma, ya era decir mucho.
Pomponia envolvió el testamento en la palla. Se movió apresuradamente por el templo, oyendo las instrucciones que Fabiana le estaba susurrando a las otras vestales que todavía permanecían alrededor del fuego. Se giró para mirar hacia atrás. Fabiana asintió secamente. «Hazlo. Deprisa.»
Empujó una de las puertas de bronce del templo y bajó corriendo los escalones de mármol, topándose de bruces con el sólido pecho del sacerdote Quinto.
—No me toquéis. —Frunció el ceño. Lo último que necesitaba era tener que lidiar con su impredecible desaprobación. En cada ritual público, en cada ceremonia o festival, siempre igual: Quinto, sacerdote de Marte, encontrando algún motivo para regañar a Pomponia, sacerdotisa de Vesta. No estaba de humor para que le levantara el dedo—. Apartad —dijo—. Tengo un encargo de la Vestalis Maxima.
—Sacerdotisa Pomponia —dijo Quinto—. Tenía el rostro desencajado por una tensa palidez, pero seguía siendo el mismo bicho prepotente—. Yo os acompañaré, es por vuestra propia seguridad.
—Tengo mi propia escolta —le reprendió—. No os necesito.
—Tengo permiso de vuestra escolta —replicó—. No hay tiempo para discutir. Haced lo que os digo.
Ella alzó la vista. Además de la habitual guardia de soldados romanos bien armados y los escoltas personales de cada vestal —dos soldados por sacerdotisa—, el templo estaba custodiado por una veintena de sacerdotes de diferente rango y distintas órdenes religiosas.
El superior de Quinto, el Flamen Martialis, sumo sacerdote de Marte estaba presente. También se encontraban el Flamen Dialis, el sumo sacerdote de Júpiter, así como el Rex Sacrorum, rey de los ritos sagrados. Todos iban armados con dagas.
Un número adicional de legionarios romanos hacía guardia. Los hombres de César. De momento, no tenían amo. César estaba muerto. Pero el deber los había llevado al Templo de Vesta para velar por el testamento de su general. Debían nombrar a su heredero. Si sus asesinos le ponían la mano encima, nada de eso sucedería.
Aferró la caja de pergaminos que llevaba bajo la palla y corrió hacia la Casa de las Vestales con Quinto pegado a su hombro, siguiendo el ritmo de sus pasos.
Ahora que se daba cuenta, no iba vestido con el atuendo sacerdotal, ni llevaba puesta la toga, sino una simple túnica abrochada que le llegaba por las rodillas. Había salido con prisas.
Caminaba junto a ella sin soltar la daga que llevaba en el cinto, a la altura de su cadera izquierda, inspeccionando con la mirada el Forum. Un niño corriendo con un perro ladrando, persiguiendo algo; fruta rodando por el suelo de una cesta que alguien había dejado caer, sin molestarse a recogerla; unos pocos hombros de aspecto sospechoso escondiéndose tras las columnas, esperando noticias o una oportunidad para sacar provecho de la anarquía.
Roma era una bestia con la cabeza cortada, una bestia que convulsionaría destructivamente hasta que, como a la Hidra, le creciera una nueva cabeza.
Pomponia y Quinto corrieron a través de la Casa de las Vestales e irrumpieron en el patio donde, increíblemente, había conseguido entrar un esclavo desarrapado. Estaba bebiendo de los estanques, las manos ahuecadas llevándose el agua a la boca, el líquido salpicándole la cara.
Quinto desenvainó la daga. Se precipitó sobre el hombre y alzó la espada para asestar la puñalada, cuando el esclavo se giró. Era Marco Antonio.
Quinto bajó la espada al momento.
—General —suspiró aliviado—. ¿Qué está pasando?
Marco Antonio se sentó dificultosamente en uno de los bancos que había junto al estanque. Llevaba la cara de alguien que estaba pensando mil cosas a la vez.
—Futuo —juró—. Todavía sigue allí tirado, como una cabra degollada. —Hizo una mueca de desdén—. Qué sacrilegio. —Alzó la vista hacia Pomponia, los ojos inyectados de sangre—. Manda a las esclavas del templo a por su cuerpo. Está en las escaleras de la Curia de Pompeyo. —El recuerdo de la imagen del cuerpo de César, el cuerpo de su amigo, el cuerpo del gran general de Roma tirado en un charco de sangre en lo alto de las escaleras inflamó su rostro—. Que lo lleven a su casa. Calpurnia estará esperando…
—Enviaré a Medousa —dijo Pomponia. Al susurro de su nombre, Medousa emergió de detrás de una columna del peristilo. Asintió ante su ama antes de correr como un rayo para pedir ayuda. Pomponia la vio marchar. «¿Había visto una sonrisa en su rostro, o se lo había parecido? No, seguramente era miedo…»
Marco Antonio entrecerró los ojos y sacudió la cabeza con gesto de incredulidad.
—Y yo que me reí de Calpurnia esta mañana —dijo—. Me reí de ella. Es una vieja pájara supersticiosa, lo reconozco, pero estaba tan segura de sí misma. Le advirtió que no fuera hoy… Dijo que había soñado con su muerte. —Miró directamente a Quinto—. ¡Un sueño! Dioses, ¿no es absurdo?
—Eso ya no importa —dijo Quinto—. Le llevarán el cuerpo. Ella se ocupará de él. Debéis esconderos.
Marco Antonio se levantó tan rápido que Quinto se sobresaltó, la mano empuñando instintivamente su daga. El general romano extendió la mano hacia Pomponia, señalando con la mirada el objeto cilíndrico que llevaba envuelto en la palla.
—Dadme el testamento de César.
Ella vaciló, pero Quinto asintió con la cabeza, instándola a hacerlo. Se esforzó por no fruncir el ceño. El joven sacerdote no parecía saber cuál era su sitio, como siempre. ¿Quién era él para darle órdenes? Y aunque odiaba hacerlo, obedeció.
***
Carmión, consejera y sirviente de Cleopatra, entró en estampida a la alcoba de la reina en la casa de campo de Julio Cesar, prescindiendo del protocolo y arrastrando sin gracia al niño de tres años que la seguía, Cesarión. Estaba en medio de una rabieta real, pero no le estaba prestando ninguna atención.
Lanzó un montón de ropa sucia sobre la cama de la reina.
—Su majestad debe ponerse esto de inmediato —dijo—. Y el príncipe también.
—¿Qué pasa? —preguntó la reina, conteniendo la respiración.
—César ha muerto —dijo Carmión—. Asesinado.
Cleopatra dejó caer el frasco de perfume de su mano. Se rompió en pedazos sobre el mosaico dorado del águila romana que se extendía por el suelo. Se sacó el vestido de seda por la cabeza y se dirigió, desnuda, al montón de ropa mientras Carmión vestía al travieso príncipe. Dos túnicas de lana áspera, sucias y apestando a estiércol.
—Se irá a caballo —dijo Carmión—. Una cuadrilla de caballos la está esperando a unos kilómetros de aquí. Debemos regresar a Egipto sin demora. Todos. —Carmión enrolló una cuerda deshilachada alrededor de la cintura del príncipe para sujetarle la túnica.
Cleopatra se agarró a la columna de la cama.
—¿Cuándo sucedió? ¿Cuánto tiempo tenemos?
—Ha sido esta mañana, tal vez hace un par de horas. Tenemos apenas unos minutos. Sus asesinos vendrán a buscarla.
La puerta de la alcoba se abrió de par en par. Ambas se pusieron tensas; pero era Apolonio, otro de los consejeros de confianza de la reina.
—El príncipe y vos cabalgaréis con Apolonio —dijo Carmión—. Yo iré en la litera real, como señuelo, para despistarles.
Un trazo de emoción emergió por fin en el rostro de Cleopatra. Miedo.
—No —dijo la reina—. Tú te vienes con nosotros.
Pero por primera vez en veinticinco años de servicio al faraón de Egipto, la esclava conocida como Carmión, no obedeció a su reina.
***
Las muchedumbres agolpadas en el Forum Romanum se separaron para abrir paso a la lectica de la vestal. Se trataba de un diván portátil llevado a hombros por ocho o incluso más esclavos —dependiendo del número de ocupantes—, y era el medio de trasporte privilegiado con el que las vestales y otras personalidades importantes se desplazaban por las calles del Forum de forma cómoda y privada. Apartarse para dejar pasar a una vestal no era solo una cuestión de respeto, sino de ley. Cualquiera que se negara a dar paso a una sacerdotisa, ya fuera a pie, en lectica o en un carruaje tirado por caballos, podía ser azotado y ejecutado públicamente. El mismo castigo se aplicaba si alguien osaba tocar a una vestal sin su permiso.
La lectica vestal recorrió la Via Sacra —la calle central que serpenteaba a través del Forum—para ir a parar junto a la gran Rostra de mármol, la alta plataforma de oradores, cerca de la Casa del Senado. Era en aquella amplia y decorada plataforma donde se habían pronunciado los discursos y anuncios históricos más célebres de Roma.
Medousa descorrió la cortina de la lectica de Pomponia para permitir que la vestal diera el primer paso con gracia.
—Podríamos haber ido andando, a pesar de las molestias —susurró la esclava—. Habría sido más rápido.
Flanqueada por sus dos guardias, Pomponia se paró sobre el suelo empedrado, apartándose un mechón de cálido pelo castaño de la cara dulcemente redondeada.
—La Vestalis Maxima quiere un espectáculo ceremonial para hoy —le dijo a Medousa—, pero si los crees prudente, puedo pedirle que consulte con mi esclava la próxima vez.
—Como vos queráis, domina. —A pesar de haber usado el apelativo deferencial de Domina, el nombre con el que los esclavos llamaban a sus amas femeninas, Medousa le propinó una expresión insolente.
Pomponia estudió su rostro.
—Medousa, estamos aquí por los rituales funerarios de César. Se supone que estamos pasando un mal momento, ¿no? Y tú llevas todo el día sonriendo como si el mismísimo Apolo te hubiera regalado secretamente la libertad y te hubiera pedido la mano en matrimonio.
—Estoy muy afligida, Domina. Disculpad mi comportamiento.
Una esclava con pinta oficial se inclinó ante Pomponia y la condujo a una plataforma elevada junto a la Rostra, sobre la cual estaban sentadas la suma sacerdotisa Fabiana y otras dos vestales, Nona y Tuccia, en sus respectivas sillas con almohadones rojos.
La vieja Nona permaneció, pero Tuccia, la mejor amiga de Pomponia dentro de la orden, le brindó un cálido saludo con la mano. Pomponia agradeció en silencio a Vesta por haberla elegido para asistir a la ceremonia, dejando a otras dos vestales atendiendo el fuego sagrado en el templo.
La orden vestal estaba compuesta un mínimo de seis sacerdotisas, así como por varias novicias. La regla, por largo tiempo establecida, estipulaba que siempre debía haber, por lo menos, dos vestales en el templo, día y noche, para mantener el fuego, ejecutar los rituales en honor a Vesta sobre las llamas y enseñar a las novicias a hacer lo mismo. Eso dejaba a las otras cuatro vestales libres para dedicarse a otros deberes religiosos y oficiales.
Pomponia se acomodó junto a Fabiana. Estaba a punto de decirle algo cuando vio los ojos rojos de la suma sacerdotisa. Para ella, aquello no era tan solo el funeral de un dictador. Para Fabiana, se trataba del funeral de un miembro de la familia, su sobrino nieto. César siempre había sido como una especie de mascota para ella, y todos sabían del afecto que el general le profesaba. Pomponia le apretó la mano, y la sacerdotisa apretó la suya en respuesta.
Miró alrededor. No podía recordar la última vez que había visto a tanta gente embutida en la plaza del Forum. Hombres y mujeres, vestidos con las estolas y togas más elegantes, así como las túnicas más raídas, permanecían de pie, hombro con hombro, asomándose a mirar por encima de las cabezas de los demás, los ojos fijos en la Rostra. Los más ambiciosos, creyeron erróneamente que podían trepar por los altos monumentos situados alrededor la Casa del Senado, solo para ser arrastrados por los tobillos por los soldados malhumorados a los que se les había encomendado mantener el orden.
Por encima de la expansiva Rostra de mármol, colgaban banderas rojas con la inscripción SPQR blasonada de oro en el centro: Senatus Populusque Romanus. El Senado y el pueblo romano. Era la frase que expresaba la filosofía de Roma: una gran ciudad, un gran poder, gobernado por la gente y para la gente.
En lo alto de la Rostra, yacía el cuerpo de Julio César, sobre una carroza labrada en marfil, cubierto por un manto púrpura oscuro que ondeaba silenciosamente con la brisa ligera. Cerca de la cabeza, había una efigie de cera del dictador, más grande de lo que había sido en vida, encumbrando un amplio pedestal. Habían tallado en la cera una veintena de puñaladas. Salía sangre de cada uno de los orificios.
«Marco Antonio habrá encargado hacerla con prisas», pensó Pomponia.
Sin embargo, a pesar de las imágenes dramáticas y de la ocasión, la multitud reunida en el Forum estaba demasiado callada. Reinaba un extraño silencio. La incertidumbre y expectación viajaban en el aire fresco de marzo. Roma no estaba tanto en un estado de violenta agitación, sino más bien en un estado de verlas venir sin compromiso.
Pero entonces sonó el cuerno y el segundo al mando de César, el general Marco Antonio, hizo acto de presencia. Cruzó la plataforma de la Rostra como si fuera el escenario del mundo y él su actor principal, envuelto en una ancha toga oscura, brazaletes de oro rodeando sus muñecas.
Para Pomponia, no era el mismo hombre que había estado el día anterior en el patio vestal, disfrazado con la sucia túnica de un esclavo, sorbiendo agua del estanque como un perro callejero.
En la Rostra, los sacerdotes ataviados de negro, servidores de Plutón, dios del inframundo y divino hermano de Vesta, se apartaron solemnemente de Marco Antonio. El humo flagrante de sus quemadores de incienso se elevó hacia los dioses, dando la sensación de que la plataforma de mármol era un gran altar de sacrificio. César era un inocente. Una víctima.
Acercándose al cuerpo de César con paso lento y grave, Marco Antonio, extendió de súbito los brazos, arrodillándose, estrujando el manto mortuorio entre sus manos y mirando al cielo con ojos húmedos.
