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La noche ha sido un espacio de libertad y libertinaje, despensa de creatividad, donde no existían las agendas ni las prisas. Hasta hace poco constituía también el vivero de parejas, las formales y las otras. La devoción por la salud y el deporte, el auge de las redes para crear relaciones sentimentales y sexuales, la ha cambiado radicalmente. Joaquín Luna, columnista y corresponsal de amplia trayectoria, "decano de los periodistas divorciados de Cataluña", esboza con humor y experiencia personal una crónica de la vida nocturna, en Barcelona y en distintas capitales del mundo, desde los años ochenta hasta hoy. La noche es una obra colectiva, dice el autor, en la que todos hemos aportado nuestro grano de arena. Luna la describe en toda su variedad, con sus anécdotas, su magia y también sus historias inconfesables.
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Seitenzahl: 103
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Esta ronda la pago yo
Una crónica personal de la noche: auge, agonía y fauna
Joaquín Luna
Esta ronda la pago yo
Una crónica personal de la noche: auge, agonía y fauna
Índice
Prólogo Empiezo yo
Capítulo 1 El hombre nocturno vale mucho
Capítulo 2 Las alegres divorciadas
Capítulo 3 El Rodríguez, ave estival
Capítulo 4 La fauna nocturna, especie en extinción
Capítulo 5 El triunfo de la madrugada
Capítulo 6 Tokio de día, Tokio de noche
Capítulo 7 Las saunas de Bangkoky otros mitos
Capítulo 8 El Paral·lel, capital Bagdad
Capítulo 9 Up&Down, ver y ser vistos
Capítulo 10 Ratas, chacales y buitres
Capítulo 11 Los jueves sale hasta la Luna
Capítulo 12 Perversión, erotismo y algo de gimnasia
Capítulo 13 Las revoluciones empiezan de noche
Capítulo 14 Y con la pandemia, la puntilla
Sobre el autor
Sobre el libro
Créditos
Prólogo Empiezo yo
Si fuese millonario sería un filántropo, un mecenas de las artes plásticas o un playboy pero, como solo soy un periodista que ha invertido su plan de pensiones en el ocio nocturno, lo justo es que devuelva a la sociedad todo lo que me ha dado y me llevaré por delante. Este libro fue un atraco, perpetrado por personas que estimo –Ana Godó, Miquel Molina, Sergio Vila-Sanjuán– y con la colaboración de profesionales como Anna Belil, Florenci Martínez y Toni Merigó, con el fin de alegrar el año aciago del 2022 a base de cuatro tonterías sobre la noche de Barcelona y otras ciudades, más o menos exóticas, antes de que la vida saludable acabe con lo poco que resta de la llamada vida nocturna, que es como la diurna pero con gente sin prisas ni agendas. ¡Qué personajes! Desde una noche de junio del 1982, en vísperas de la inauguración del Mundial de Fútbol de España en el Camp Nou, hasta hoy, he procurado trasnochar todo lo posible y madrugar lo mínimo, virtudes que, modestia aparte, me convierten en una autoridad de los gatos pardos.
La intención es describir la noche que heredé en 1982 y la que dejamos a nuestros hijos, educados en los valores diurnos, la vida saludable y las salas de máquinas de los gimnasios donde queman las energías que tantos derrochamos en las barras de los bares, las pistas centrales de las discotecas y cuantos garitos sin guardia prometían un lugar para la última copa.
¿Quién no ha escuchado alguna vez “¡Esta ronda la pago yo!”, frase señera del animal noctámbulo, en boca de un tipo al que acabas de conocer y sufre uno de esos arranques de generosidad que jamás se dan a plena luz del día? Si ustedes me lo permiten y se dejan, esta ronda la pago yo porque me apetece y son ustedes formidables, como decía aquel.
Capítulo 1 El hombre nocturno vale mucho
Los noctámbulos tienen mala fama en cuanto a prestaciones laborales se refiere, sobre todo en Catalunya, la tierra que más exalta las presuntas virtudes del madrugador, a pesar de que ha producido grandes trabajadores que se acostaban muy tarde, caso de Josep Pla, fecundo hombre de letras.
Todo tiene una explicación, y vamos a tratar de hallarla. Si España ha sido una potencia internacional de la noche no es porque sus habitantes nazcan predestinados a trasnochar sino porque el clima, la pésima calidad de las viviendas y el tedio hogareño han empujado a generaciones de hombres de provecho a salir de noche, a diferencia de Suecia, las islas Feroe o la península de Jutlandia donde se está, claramente, más calentito en casa que en las calles a determinadas horas.
Cuando yo nací, el último día del año 1958, los barbudos de Fidel tomaban La Habana y lo más natural del mundo ibérico era ambicionar vivir de noche porque de día la vida parecía gris, pacata y dominada por las llamadas buenas costumbres, como por ejemplo el orden, la laboriosidad, la urbanidad y otras mandangas del estilo.
Como sería la cosa, que el franquismo se sacó de la manga un anuncio televisivo –en tiempos de canal único, TVE– que emitían a eso de las ocho y media de la noche para que todos los niños se fuesen a la cama (y de paso crecieran en la obediencia). La letra de la cancioncilla de los Telerines decía así: “Vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar”. ¿Madrugar para qué?, ¿para ir al cole y encima, cornudo y apaleado, contento?, me preguntaba yo, niño afortunado porque el anuncio nunca tuvo predicamento entre mis padres. La España diurna era una suerte de celda de la que se podía escapar por la noche, cuando sucedían cosas inesperadas, estimuladas –seamos sinceros– por la ingesta del alcohol y la llamada de la carne, los dos grandes ganchos del anochecer. ¡No todo en esta vida tiene que ser saludable y cultural!
¿Madrugar para qué? Para trabajar, claro está. El problema es que la mayoría de personas que admiraba –futbolistas incluidos– eran noctámbulas y, sin embargo, muy productivas, con el añadido de que parecían pasarlo muy bien e incluso disfrutaban con su trabajo.
Sin caer en la cuenta, todos los tipos que admiraba por su talento y obra mantenían una gran actividad nocturna y no se acostaban pronto ni a tiros. Esa impresión me llevó muy pronto a desconfiar de la mala prensa de la noche y de las supuestas virtudes del hombre diurno, dominado por los horarios, las rigideces y unas caras largas que, por ejemplo, nunca he visto de madrugada.
Horacio Sáenz Guerrero, Julio Camba, Josep Pla, Fernando Fernán Gómez, la tropa de la gauche divine de la Barcelona de finales de los sesenta… todos cultivaron la noche y se acostaban tarde. ¿Qué tenían en común? Un sello creativo propio. ¿Nacieron con él? Lo dudo. Bebían de algún sitio y quiero creer que era de la noche y su fauna, más estimulante que la luz del día. Hay otro factor, personal, muy decisivo en mi defensa de la noche aunque sea una causa perdida: el periodismo de papel estaba ligado a los horarios nocturnos y a unos picos de productividad –disculpen la cursilada– a partir de las siete de la tarde, cuando media humanidad ya está cenando mientras comenta una jornada inevitablemente calcada a la del día anterior, lo cual suena a rutinario.
El primer noctámbulo de provecho que conocí resultó decisivo para colmar mi vocación: ser periodista de La Vanguardia –y no de otro diario–, viajar por el mundo como tal y llegar a fin de mes. Esa persona decisiva se llamaba Horacio Sáenz Guerrero, el director entre 1969 y 1982, quien me contrató tras un singular proceso de selección por lo arbitrario y lo alejado de los usos actuales. Tras enviarle por correo un artículo sobre el pa amb tomàquet como quintaesencia de la fast food, me invitó a conocerle en su imponente despacho de calle Pelai n.º 28, a la hora de recibir a las visitas menores. ¡Entre medianoche y la una! Después de la cena, don Horacio, fresco como una lechuga, volvía a la redacción para repasar todas y cada una de las páginas del diario a fin de detectar errores en los textos y afinar algunos titulares, de modo que la obra efímera de un diario fuese lo más aseada posible. Tan decisiva tarea se desarrollaba entre la penumbra de una lámpara de mesa, un café corto –la redacción tenía bar con sus camareros– y las volutas de humo del cigarrillo, vicio del que abominó con los años.
¡Los manguitos! El gran consejo paternal de don Horacio en aquellos encuentros breves previos a mi contratación fue que nunca, nunca, me convirtiese en un periodista que se limita a sentarse en una mesa de tal a tal hora y despacha el trabajo fríamente en manguitos, el símbolo de la burocracia, tan enemiga a su buen entender del oficio de periodista. El manguito, prenda desaparecida, protegía los codos y estaba asociado a funcionarios, burócratas y chupatintas, gente toda ella de vida diurna. Sin rubor alguno, todo lo contrario, aquel maestro del periodismo me contó que al salir de la redacción, cuando ya las linotipias rugían –¡en plena Barcelona, en una calle habitada y céntrica!–, a eso de las tres de la madrugada, se iba para casa –-o vaya usted a saber dónde–, leía y se acostaba al filo de las siete de la mañana para despertarse a las dos del mediodía. Semejantes horarios eran compatibles con el trabajo, el trabajo de calidad, en contra de la mala prensa dominante sobre la gente que se despierta tarde.
Don Horacio coleccionaba figuritas de búhos, el ave que simboliza el conocimiento y cuyos ojos luminosos en la oscuridad sintetizan el meollo de esta obra: la noche no es oscuridad sino luz, no es vicio –que también– sino la mejor forma de ver con claridad, sin las distracciones que tanto se prodigan durante el día.
¿Y Josep Pla? Menudo pájaro nocturno, el más prolífico defensor del acostarse tarde y dormir de día, un cáustico que no desaprovechaba ocasión para ironizar sobre los hombres diurnos y su interés por ganar dinero. ¡Nunca encontrarán un noctámbulo como dios manda interesado en hacer dinero sino más bien en gastarlo, que para eso está!
En sus impagables conversaciones con el periodista radiofónico y televisivo Joaquín Soler Serrano, recogidas en un libro menor, el escritor ampurdanés se choteaba del prestigio del madrugador en aquel tramo postrero y aún lúcido de su vida. Reproduzco, por su interés –y por mi comodidad para justificar un libro sobre mis noches y las de unos cuantas bandarras–, el siguiente fragmento, que principia con un comentario de Soler Serrano:
–Una vez me contaba don Pío Baroja que dormía muy mal y le habían recetado unas pastillas, pero que las pastillas le ponían muy nervioso y tragarse una cosa redonda le parecía nauseabundo. En vista de lo cual se compró unos alicates y hacía polvo la píldora antes de tomársela.
–No cabe duda de que es una fórmula más cómoda… Verá usted, amigo mío, a mí me parece que hay dos tipos de hombres: el diurno y el nocturno. Hay gente que se levanta por la mañana y la primera cosa que hace es ponerse a cantar. Entran en el cuarto de baño, toman el baño o no lo toman, se afeitan y se peinan, siempre cantando. Son tipos optimistas que en cuanto sale el sol se ponen muy contentos y cantan sin parar.
–El hombre solar…
–El hombre solar, el hombre diurno, el hombre que generalmente aprovecha todo el día. Y cuando se trabaja, el día es muy largo. Cuando uno se levanta por la mañana temprano y aprovecha todo el día, puede ganar mucho dinero porque hay muchas horas para hacer cosas.
–¿Y el hombre nocturno?
–Es otro tipo de persona, más melancólica, que va por el mundo tratando de que pasen las horas buenamente o haciendo tertulia. Ahora, en estos momentos, dado que no hay tertulias, porque la gente se va a su casa cuando llega la noche, el hombre (nocturno) no tiene realmente el menor porvenir en este país. No se le considera bien en la vida social, se considera que no sirve para nada. Y yo, sinceramente, creo que el hombre nocturno vale tanto como el diurno. Canta menos, está menos alegre, está menos metido en la sociedad corriente y moliente. Durante el día suele estar de pésimo humor, sobre todo si se tiene que levantar temprano. Mire: hay una serie de cosas que la gente quiere tener cuando se levanta y una de esas cosas es el periódico, que se hace a base del hombre absolutamente nocturno.
El lector diurno me dirá que los periódicos impresos ya no son imprescindibles para empezar el día pero convendremos –vamos a llevarnos bien el rato que usted invierta en esta lectura– que tampoco hoy los madrugadores se levantan cantando, la mar de contentos. En esto, todos hemos perdido.
El actor, director de cine y teatro, escritor, mujeriego y devoto “de mis adorados cabarets de la noche” Fernando Fernán Gómez, de cuyo nacimiento en Lima se cumplieron cien años en el 2021, ha ganado en prestigio y admiración con el tiempo porque habiendo hecho todo eso y más –doscientas películas como actor, veintiséis como director, por ejemplo– siempre defendió en multitud de entrevistas su capacidad de no hacer nada y de prolongar la noche como fuese, con moral de resistencia churchilliana, hasta el punto de que cuando ya no quedaban locales abiertos en Madrid remataban las juergas en el bar del aeropuerto de Barajas, donde los viajeros transoceánicos topaban con unos tipos muy raros, en el imaginable estado de revista, o bien en las cafeterías de los tanatorios de la capital, muy propicias para abrir de buena mañana ya que, como todos sabemos, a quien madruga, dios le ayuda.
