Este grupo se llama R.E.M. - Peter Ames Carlin - E-Book

Este grupo se llama R.E.M. E-Book

Peter Ames Carlin

0,0

Beschreibung

A finales de los años 70, algo se estaba fraguando en la ciudad universitaria de Athens (Georgia), donde empezó a emerger un sustrato de jóvenes con inquietudes artísticas que no tardarían en formar grupos de rock. De este entorno surgieron The B-52's o Pylon, y poco después una de las bandas que alcanzaría el cénit del rock: R.E.M.  Michael Stipe (voz), Peter Buck (guitarra), Mike Mills (bajo) y Bill Berry (batería) tomarían las riendas de los precursores, pero llegarían mucho más lejos. Tras los inicios en el sello independiente I.R.S., donde publicaron algunos singles y álbumes que forjaron una comunidad de fans acérrimos, ficharon por Warner, multinacional para la que grabaron discos fundamentales como Green, Out of Time y Automatic for the People, y temas como "Losing My Religion" o "Shiny Happy People", entre muchos otros hits, que vendieron millones de copias en todo el mundo. Pero, a pesar del éxito, R.E.M. consiguieron mantenerse a flote entre el vendaval de la fama y las interminables y multitudinarias giras, y preservar una libertad creativa que forjó canciones memorables y los encumbró como uno de los grandes grupos de rock de los últimos tiempos. Esta es su historia.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 746

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ESTE GRUPO SE LLAMAR.E.M.

Peter Ames Carlin

Traducción de Tito Pintado

The Name of This Band Is R.E.M.: A Biography

© 2024, Peter Ames Carlin

Todos los derechos reservados. Publicado en Estados Unidos por Doubleday,

una división de Penguin Random House LLC, Nueva York

Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho

Diseño: Carles Murillo

Maquetación: Endoradisseny

Composición digital: Pablo Barrio

Primera edición: Febrero de 2025

Primera edición digital: Febrero de 2025

© 2025, Contraediciones, S.L.

c/ Elisenda de Pinós, 22

08034 Barcelona

[email protected]

www.editorialcontra.com

© 2025, Tito Pintado, de la traducción

© Paul Natkin/Getty Images, del retrato de R.E.M. de la cubierta, Athens, 8 de abril de 1985

ISBN: 978-84-10045-21-7

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.

Para Claire, muchísimo.

Índice

Introducción: Lo que nunca harían

PRIMERA PARTE: LA MÚSICA DE LOS DISIDENTES

1. La hostia de famoso

2. Birdland

3. Bad Habits

4. Un oasis para artistas e inadaptados

5. Dance This Mess Around

6. Formemos un grupo

7. ¡Nada de rock and roll, no!

8. Una fiesta en la iglesia

SEGUNDA PARTE: «NOS SEGUIMOS RIENDO. ES UN AUTÉNTICO SHOCK»

9. Imagina a James Brown liderando a los Dave Clark Five

10. Estábamos distanciados por muchas razones

11. ¡Eh, este tío controla!

12. Un poco caóticos

13. Intenta cobrarte la gran pieza

14. Una maqueta con varias canciones impresionantes

15. Lobos en la puerta

16. Una ciudad crónica, un póster arrancado

17. Murmurando

18. R.E.M. claudican

19. Un puño colectivo

TERCERA PARTE: ESTA VA PARA…

20. Aquí estamos

21. Mi alma engrandece al señor

22. Shadowfax

23. So You Want to Be a Rock ’n’ Roll Star

24. La gravedad me arrastra

25. Un reino mágico, con los brazos abiertos

26. ¿Y si nos rendimos?

27. Las ricas exigencias de la vida

28. Ocurrieron cosas que pensamos que nunca ocurrirían

29. La conquista

CUARTA PARTE: EL MONSTRUO

30. Hola, hola, hola, hola

31. ¿Listos para el rock and roll?

32. La fiebre

33. Un respiro, esta canción

34. Cerca del cielo salvaje

35. Brilla feliz

36. Nadie se esperaba que tuviésemos tanto éxito

37. These Are Days

38. ¿Queremos todos seguir en esto?

39. Entra el monstruo

40. ¿Nos han echado una maldición?

QUINTA PARTE: ESTE GRUPO SE LLAMA R.E.M. Y ESTO ES LO QUE HACEMOS

41. How The West Was Won…

42. … And Where It Got Us

43. Me largo de aquí

44. Los hombres del aeropuerto

45. Este grupo se llama R.E.M.

46. Los Murmuradores

47. Vamos a meter mucho ruido

48. Fue lo que fue

49. Sigamos adelante

Agradecimientos

Bibliografía

Fotografías

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Dedicatoria

Índice

Comenzar a leer

Agradecimientos

Notas

INTRODUCCIÓNLo que nunca harían

Ya desde el principio se los conocía por lo que nunca harían.

Empezaron a decir que no incluso antes de empezar a tocar juntos: Peter Buck, un obseso del rock and roll que adoraba tocar la guitarra, decidió que nunca entraría en un grupo. «Los que tocan en grupos son gilipollas», decía, y no quería ser como ellos. Siendo un adolescente, el batería Bill Berry estuvo a punto de irse de una jam session cuando descubrió que su compañero de clase Mike Mills, que le había caído mal al instante, iba a tocar el bajo con él. Los jóvenes Mike y Bill acabaron haciéndose muy amigos, y así Bill pudo convencer al cantante Michael Stipe para que finalmente aceptase hacer música con Mike, que estaba borracho como una cuba cuando se conocieron. Cuando el cuarteto se formó en la ciudad universitaria de Athens, Georgia, en el invierno de 1980, en un principio no quiso actuar en la fiesta de cumpleaños en la que hizo el famoso debut. Pronto se los conocería por su nombre, R.E.M., y por otras cosas que nunca harían.

Además, se consolidaron como una banda artística y única, tanto que esa misma primavera consiguieron conciertos en salas de Athens. Después les saldrían bolos en otras ciudades universitarias de Atlanta y de todo el sureste. El grupo solo tardó dos años en firmar un contrato con el prestigioso sello independiente I.R.S. Records, y con ello llegaría una nueva e interminable lista de opciones y oportunidades que rechazar.

Aquello formaba parte de la identidad de R.E.M. y de su filosofía con respecto a la música, el arte y la vida. Todo aquello que la gente quería, esperaba o insistía que hiciesen era justo lo que ellos no tenían ninguna intención de hacer. Nada. Ni hablar. No. Y no es que fuesen incapaces de cambiar de opinión. Sí podían, pero a su ritmo, a su manera, cuando estuviesen listos. Por eso se los pudo convencer de que teloneasen a The Police en el Shea Stadium de Nueva York en agosto de 1983. No fue algo con lo que se sintiesen cómodos, y no lo disfrutaron ni por un momento, según dijeron. Pero así consiguieron aparecer en un programa de televisión nacional en otoño.

Peter Buck y Mike Mills participaron en el programa de entrevistas Live at Five de una televisión de Nueva York antes del concierto en el Shea, y allí conocieron al equipo del programa de la NBC Late Night with David Letterman, un show de entrevistas muy exitoso que se grababa en el estudio de al lado. Resultó que en Late Night eran fans de R.E.M., y les preguntaron si querían aparecer en el programa. «Dijimos que sí, siempre que no tuviésemos que hacer playback y esas cosas», le contaría Peter a un periodista de Athens Night Life meses más tarde. «Así que les dijimos con quién tenían que hablar». Semanas después, la solicitud oficial les llegó por medio de la discográfica.

Los músicos estaban entusiasmados. En otoño de 1983 el grupo cumplía tres años en activo. Su primer LP, Murmur, llevaba tan solo unos meses en la calle. Pasaban la mayor parte del tiempo en la carretera, en una vieja furgoneta Dodge Tradesman, viajando de un club de rock a otro. Late Night no era solamente el programa de entrevistas más moderno de la televisión; también era la vía para llegar a millones de jóvenes televidentes amantes de la música. Para R.E.M., un cuarteto de postpunk de una pequeña ciudad universitaria del noreste de Georgia, suponía una oportunidad enorme. Lo que nadie se esperaba es que el cantante decidiese que no iba a responder ninguna pregunta del famoso presentador, David Letterman.

Al convertirse en artistas de una discográfica a tiempo completo, el grupo tuvo que enfrentarse a una nueva serie de expectativas con las que no iban a transigir. No iban a escribir canciones con estructuras tradicionales, o letras que se pudiesen interpretar de manera literal. Y eso suponiendo que pudieses entender las letras, cosa que probablemente no podrías hacer. Porque R.E.M. no mezclaban la voz por encima de los instrumentos, y tampoco incluían en los discos las letras de las canciones. Tampoco trabajaban con productores que quisiesen convertir las canciones en algo más radiable. Cuando llegó el momento de promocionar los discos en una gira, el grupo se negó a telonear a la mayoría de bandas de éxito que les ofrecieron tocar ante un público más amplio. Lo hicieron en contadas excepciones, como cuando se pasaron una semana dando conciertos breves en estadios como teloneros de la gira de The Police de 1983. Pero la experiencia los horrorizó, y juraron no repetirla nunca más. Otros grupos se lo pidieron, y los ejecutivos de I.R.S., conscientes de las ventajas promocionales que suponía, intentaron convencer al grupo. R.E.M. se mantuvieron firmes: no, no y no.

Cuando empezaron a hacer vídeos promocionales, Michael Stipe se negó a hacer playback ante la cámara, aunque fuese la práctica habitual en casi todos los vídeos de éxito. El exestudiante de arte convertido en cantante comenzó a supervisar los vídeos musicales del grupo, pero en vez de hacer vídeos parecidos a los que emitía la MTV, optó por crear películas artísticas de vanguardia, a menudo tan abstractas que parecían carecer de forma, lo que garantizaba que nunca se emitirían. Era otro tipo de negativa, pero una negativa a fin de cuentas.

David Letterman era un fan de la música que disfrutaba conversando en directo con los artistas que llevaba al programa. Por lo general, el cantante de un grupo suele hacer de líder en el escenario y de portavoz en las entrevistas, así que en Late Night dieron por hecho que el presentador dirigiría las preguntas al cantante de R.E.M. Pero Michael decidió que no quería hablar. Tenía motivos para ello. El cantante era tímido; creía que no tenía nada más que decir que no estuviese ya en las letras. A los productores de Late Night les sorprendió aquello, pero el guitarrista se ofreció a contestar por él, y el programa accedió. Cuando terminasen de tocar el tema, Peter se sentaría con Letterman junto a la mesa, desde donde hacía gran parte del programa. Pero había un problema: Peter no se quería sentar solo. ¿No podría acompañarlo el bajista Mike Mills? Pues no, porque a Letterman no le gustaba nada entrevistar a dos personas a la vez. Le ponía nervioso, no sabía adónde mirar. El equipo del programa llegó a un acuerdo con Letterman: cuando empezase la entrevista, el presentador se acercaría al grupo para hacerle allí las preguntas. A Peter le pareció aceptable.

Tenían sus motivos para ser tan testarudos. La música rock, como el resto de la cultura, estaba en declive a comienzos de los ochenta. Sonidos sintéticos, ideales corrompidos, un catálogo de gestos y poses diseñado para aparentar rebelión, pero que en realidad reforzaba un conformismo estricto impuesto por las distintas autoridades sociales, políticas y de la industria. R.E.M. no querían tener nada que ver con aquello. Eran demasiado inteligentes, creían demasiado en lo que hacían, lo amaban demasiado, no iban a cambiarlo para poder avanzar. De ahí todas las negativas; y la gente que los entendía, los que sabían que era importante decir no a la cultura predominante, supieron valorarlo.

El día del programa de Letterman, los miembros de R.E.M. se pusieron muy nerviosos. Tras hacer una prueba para las cámaras, volvieron al camerino y sintieron todo el peso de la presión del momento. ¡Iban a salir en la televisión nacional! Para un grupo de una ciudad pequeña, con un solo álbum y un EP publicados en un sello independiente y sin un solo éxito en su haber, aquello era un salto enorme. Iban a verlos millones de personas. En el camerino tenían a varios amigos y cerveza de sobra, así que se pusieron a beber, pensando que así se calmarían. De pronto se abrió la puerta y se asomó David Letterman para saludar, y de paso preguntarles de qué podían hablar en la entrevista. Se mostró simpático y acogedor, y eso los tranquilizó un poco. Pero cuando Bill salió a buscar el baño de caballeros y vio a la superglamurosa actriz italiana Sophia Loren sentada en un camerino y fumando, pensó que el corazón se le iba a salir por la boca. Meses más tarde, Bill recordaría el momento en que la actriz lo miró: «Casi vomito allí mismo».

Durante la grabación, un par de horas después, Letterman miró a la cámara y empezó a hablar de aquel grupo de la pequeña ciudad de Athens, Georgia. En sus manos tenía una copia del nuevo álbum, Murmur. Los Angeles Times acababa de elegirlo uno de los cinco mejores discos del año, le dijo al público. «Nos encanta que estén con nosotros esta noche, debutando en la televisión nacional», continuó. «Un aplauso para R.E.M.». El público gritó emocionado, y el grupo empezó a tocar «Radio Free Europe», lo más parecido que tenían a un hit. La canción era sencilla, rápida y apasionada, como los músicos. Tras cuatro golpes de caja, los músicos entraron a toda pastilla; Peter rasgueando y haciendo punteos con su Rickenbacker blanca y negra, dando saltos como si fuese el muñeco de una caja sorpresa, y Mike sacudiendo el bajo. Ambos músicos no paraban de moverse, pero Michael se mantenía casi inmóvil, con las manos en el micrófono y la cara escondida tras una cortina de rizos castaños, como si le entrasen ganas de desaparecer ante la perspectiva de que su voz y su imagen se transmitiesen a millones de televisores de todo el país.

En 1983 no hacía falta salir en televisión para querer desaparecer. Para muchos jóvenes de Estados Unidos, los primeros ochenta no pudieron ser más deprimentes; no solo por el rock and roll descafeinado y el fetichismo por la riqueza al estilo de la serie Lifestyles of the Rich and Famous que se extendía por la cultura, sino por todo lo que aquello implicaba. El presidente Ronald Reagan estaba al mando de un gobierno que estaba destruyendo la red de protección social, que señalaba como cabezas de turco a los necesitados y a los diferentes y que ignoraba la propagación del sida, con la única excepción de usar la enfermedad para atacar a los gais. Si eras pobre, gay o simplemente diferente —con inquietudes artísticas, original, o si estabas cabreado, o te asaltaban visiones de cómo deberían ser las cosas, o añorabas cómo habían sido—, te sentías terriblemente solo. La música de la radio no te decía nada. Tenías que buscar puestos de avanzada en los que la gente como tú pudiese hablar libremente, en vuestro idioma. Si tenías suerte, vivías cerca de una universidad o de una comunidad con una emisora de radio alternativa. Había ciudades con tiendas de discos especializadas, o librerías, un café, un bar con una jukebox chula y una clientela que no quería ver deportes o atizarte por tener un aspecto peculiar.

Late Night with David Letterman ofrecía un respiro a los televidentes. Una dosis nocturna de carreras de ascensores, monos con cámaras y personajes estrambóticos como Larry «Bud» Melman, un anciano bajito y con gafas cuya ineptitud ante las cámaras parodiaba a los aduladores de famosos que copaban el resto de programas de entrevistas. Y puede que Late Night tan solo fuese una versión distinta de la misma basura mediática, pero Letterman, un humorista treintañero del Medio Oeste con los dientes separados, no podía resistirse a hacer comentarios irónicos o a mirar a la cámara con una media sonrisa, dando a entender que era consciente de lo ridículo de la situación. Venía a decir que era todo una gilipollez. «Pero al menos lo sabemos, así que divirtámonos mientras la cadena nos deja jugar un rato».

Cuando terminó la primera canción, Letterman se acercó a darle la mano a Michael, y después hubo un corte publicitario. Cuando término, Michael se había esfumado, y Letterman le hizo unas preguntas a Peter. Para empezar, el guitarrista negó que R.E.M, comúnmente el acrónimo de Rapid Eye Movement, fuesen las siglas de «movimiento rápido del ojo». «Puede significar lo que quieras», dijo. Después, Letterman le preguntó por la escena musical de Athens. Estaban saliendo muchos grupos nuevos, ¿no? Peter asintió, soltó una retahíla de grupos de amigos: Pylon, Love Tractor, The Method Actors, y explicó por qué salía tanta música de una ciudad tan pequeña: «Es lo único que se puede hacer allí». Después, Letterman pasó a conversar con Mike sobre el precio de Murmur, dos dólares más barato que la mayoría de los álbumes. «¿Por qué no cuestan todos menos?», se preguntó el presentador. El bajista frotó el pulgar contra los dedos índice y corazón, el signo internacional del dinero. «El dinero manda, amigos», comentó secamente Letterman.

El grupo tocó un segundo tema. Eso ya era bastante extraordinario para un grupo desconocido en un programa de entrevistas nacional, pero todavía más increíble era que la canción elegida no fuese del nuevo álbum, ni siquiera del EP que habían sacado el año anterior. Era un tema nuevo; de hecho, era tan nuevo que cuando Letterman preguntó por el título, Mike dijo: «No tiene, es demasiado nuevo», y a Letterman se le escapó una risita. «Demasiado nuevo para tener título, vale». El presentador se marchó y el grupo empezó a tocar: unos golpes secos de batería dieron paso a un medio tiempo. Michael volvió a ponerse ante el micrófono, con su melena tapándole la cara, evitando la mirada intensa de la cámara mientras empezaba a cantar. «Did you never call? I waited for your call»1. Como en la primera canción, la letra se componía de imágenes y alusiones, frases que sugerían más que decían. Hablaba de tormentas y desconexiones, inundaciones y cables caídos. La música brillaba y tintineaba, el bajo se imponía sobre la guitarra con una contramelodía que desaparecía con el inicio de la siguiente estrofa. Los músicos tocaban en perfecta sincronía, y el cantante continuaba con su quejumbroso relato, que finalmente se titularía «So. Central Rain (I’m Sorry)». «These rivers of suggestion are driving me away»2, cantaba a través de la cortina de pelo.

Salir en televisión puede que no te cambie, pero sí cambiar de forma drástica la forma en que te ve la gente. Peter lo descubrió semanas después del programa de Letterman, cuando pasó por delante de una planta de embotellado de Coca-Cola en Athens cuyos trabajadores lo insultaban cada vez que lo veían. Un chico new wave con una trenca, gafas de sol y un corte de pelo raro. El joven músico era un blanco fácil que ridiculizar. «Me decían: “Eh, maricón, chúpamela”», recordaría Peter al escritor Anthony DeCurtis. Pero todo cambió después de Late Night. «Los mismos que me gritaban: “Eh, maricón”, ahora decían: “¡Eh, te vi en David Letterman! ¡Bravo, tío!”». Peter no se sentía halagado: «Me gustaba más cuando me llamaban maricón». Pero ni él ni sus compañeros de grupo podían ignorar el poder mágico de los medios de comunicación mayoritarios.

A pesar de las cosas que no querían hacer, o quizás porque no las hacían, el público de R.E.M. fue creciendo durante los ochenta. Michael comentó en 1986 que nadie en el grupo tenía el más mínimo interés en hacer discos que resultasen atractivos para la radio comercial. «Creo que la radio no es digna de mí. Todavía», le dijo a la MTV. Esa última palabra, «todavía», resultaría crucial. El público de R.E.M. siguió creciendo, y en 1986 habían empezado a negarse a actuar en estadios o en cualquier recinto en el que hubiese demasiada distancia entre público y grupo. Y cada vez tenían más fans. En 1987 el grupo publicó «The One I Love», una furiosa canción sobre una ruptura, con una inolvidable melodía de guitarra que los catapultó al Top 10 de Billboard y provocó que Document, el último álbum que grabaron para I.R.S., vendiese más de un millón de copias. Al descubrir que la radio sí era digna de ellos y que no tenía nada de malo que su música la escuchase la mayor cantidad posible de gente, ficharon por la multinacional Warner Bros. Records y publicaron Green, que vendió el doble de copias que el anterior álbum gracias al éxito del single «Stand» y a que el público de R.E.M. creció a pasos agigantados, por lo que en la gira mundial casi solo tocaron en los recintos en los que antes se habían negado a actuar. Aquello era solo el principio.

Las cosas que no soportaban terminaron eclipsadas por las cosas que querían. Querían que se los escuchase, que se los viese. Que su música estuviese en todas partes, que entrase con fuerza en el mainstream para comprobar hasta dónde podían llegar. Porque su música era un conjunto de valores e ideales que chocaban con todas las ideas preconcebidas y reglas impuestas por la cultura dominante. A comienzos de los noventa habían cogido tanto impulso como para decir que sí a todo tipo de cosas que jamás se habrían imaginado hacer. Y vieron cómo diversos factores aumentaron el éxito y la fama.

Su primer álbum de la década, Out of Time (1991), los catapultó al superestrellato. El single «Losing My Religion» entró en el Top 5 de las listas y se mantuvo allí durante casi todo el verano. Llegó a vender más de un millón de copias. Como resultado, las ventas del álbum se dispararon, y se mantuvieron por todo lo alto cuando el siguiente single, «Shiny Happy People», también entró en el Top 10. El grupo estaba quemado de tanto tocar para promocionar Green, así que decidió no salir de gira con el nuevo disco. Por suerte, los dos singles desataron tanto interés por Out of Time que sus ventas globales ascendieron a casi veinte millones de copias. El siguiente álbum del grupo, Automatic for the People, publicado tan solo diecinueve meses después del anterior, vendió cantidades igual de colosales. Monster, el álbum de 1994, también se vendió estupendamente, y la muy esperada gira de presentación de 1995 recorrió los más grandes escenarios de Europa, Asia y Estados Unidos.

Algunos fans, seguidores y amigos creían que el giro comercial de R.E.M. era un error. O incluso una traición a los valores que habían defendido. Desde el principio se habían mantenido unidos, viviendo, trabajando y cantando en oposición a la cultura dominante. Gritaban «no» juntos. ¿Qué fue de aquella banda alternativa y valiente cuyo cantante hablaba con acertijos y nunca miraba a América a los ojos?

Pues que decidieron hacerse con el poder. Hacer una música tan vigorosa que el mainstream se viera obligado a aceptarla. Conseguido este objetivo, el grupo decidió ir todavía más lejos, incluso a pesar del temor del destino que deparaba a los ambiciosos que volaban demasiado cerca del sol. Pero cuando cogían los instrumentos, solo podían hacer una cosa: encender los amplificadores, iniciar la cuenta de la siguiente canción y hacer ruido.

¿Todos listos? Como decía Michael al comienzo de sus conciertos: «Este grupo se llama R.E.M., y esto es lo que hacemos».

PRIMERA PARTELa música de los disidentes

1La hostia de famoso

Hay varias cosas que a posteriori tienen todo el sentido, después de todo lo que ha hecho y cómo lo ha hecho:

Pues claro que el adolescente Michael Stipe era fan de The Rocky Horror Picture Show.

Pues claro que era uno de los fanáticos que asistían a los pases semanales de medianoche de aquella película de terror satírica y musical en el cine Varsity, junto a otros jóvenes outsiders de San Luis con inclinaciones artísticas, teatreros y marginados sociales, punks, empollones y fans del glam. Toda esa gente que los deportistas adolescentes de finales de los setenta calificaban con desprecio como «maricones».

Y ni que decir tiene que el joven Stipe se vestía para la ocasión de la forma más extravagante, imitando al héroe/villano de la película, el dulce travesti de Transexual (Transilvania), el doctor Frank-N-Furter, con cazadora de cuero, bustier, medias, un collar de perlas de su madre, pintalabios rojo oscuro y rímel extremo y aplicado con mucho arte.

También llevaba una chapa con el logotipo masculino/femenino de una banda de rock de los setenta algo transgresora, Blue Öyster Cult.

Esa primavera, un equipo del telediario se acercó a ver a los fans de Rocky Horror para informar sobre aquellas extrañas reuniones que tenían lugar una noche a la semana en el cine del distrito universitario. ¿Quién se iba a imaginar que todos aquellos chavales disfrazados y bailones se juntaban todas las semanas, repitiendo a coro y en perfecta sincronía frases clave de los diálogos de la película, cantando las canciones y poniéndose en pie para bailar el «Time Warp» una y otra vez?

Mike Stipe, estudiante de último año en el Instituto Collinsville, era uno de ellos. Y cuando llegaron los de las noticias con los focos y cámaras, se acercó a ver qué pasaba.

Allí había un montón de chavales, lo normal cuando se abre un portal a la fama, pero el reportero se centró en una joven que, emocionada, explicaba que ya había visto la película sesenta veces e iba a volver a verla. El reportero, experto en burlarse de los demás, le tomaba el pelo de forma amable pero clara.

—La devoción tiene sus límites —le dijo—. Sesenta veces es suficiente. ¿Por qué una vez más?

Mike Stipe tenía dieciocho años y no se pudo contener. No iba a conformarse con ser un simple espectador cuando se estaba hablando de The Rocky Horror Picture Show. Así que intervino. Interrumpió al entrevistador y a la entrevistada y aprovechó la ocasión.

—Es una película excelente, en serio —dijo Mike—. Y somos todos muy normales.

El reportero no se lo creía.

—¿Cómo van a ser normales estos chavales? —dijo señalando a aquella manada de adolescentes con pelucas disfrazados de mujer.

Mike reflexionó unos instantes. ¿Qué llevan los adolescentes normales de San Luis? Casi todos los zopencos que se paseaban por los pasillos del instituto llevaban las mismas camisetas de la misma emisora de rock convencional, así que… Mike hablaba a ráfagas rápidas, pensando en voz alta sobre cómo debería comportarse un adolescente estándar:

—Vente mañana por la noche… con una camiseta con el logo del cerdo de la cadena KSHE y tejanos.

Los chavales que rodeaban al periodista se echaron a reír con complicidad.

—¿Eso sería lo normal? —insistió el periodista.

—Supongo que sí… Si eres fan de la KSHE de San Luis, sí —contestó Mike, provocando más risas.

Las risas, cada vez más fuertes, se convirtieron en aplausos.

Aplaudieron a Mike. O quizás se estaban aplaudiendo a sí mismos. Los ojos de Mike se desviaron del reportero hacia algo que le había llamado la atención. Algo que estaba fuera de plano pero más cerca de lo que parecía.

Hablando con otro periodista décadas más tarde, Michael Stipe recordaba cómo se sentía siendo tan joven. Cuántas cosas le bullían por dentro, lo desesperado que estaba por expresarlas, lo decidido que estaba a que la gente lo escuchase. Ver, sentir, querer tantas cosas, saber que era algo bueno y necesario por muchos motivos. Ser una voz. Ser la voz. Para la gente adecuada, por las razones adecuadas. Y puede que por un par de razones equivocadas también.

—Me moría de ganas de ser la hostia de famoso.

2Birdland

Muchos años después, casi al final de un concierto más en una sala abarrotada, Michael Stipe se fijó en un par de estudiantes que estaban en primera fila. El grupo acababa de terminar una canción y estaba a punto de empezar la siguiente, pero entonces Michael señaló al público. «¡Chaval! Eh, chaval, sube aquí. Y tú también. Subid».

R.E.M. estaba grabando el concierto para la serie de la televisión pública Austin City Limits. El escenario era bajo, y los chavales, uno de unos once años y el otro puede que de trece, subieron las escaleras corriendo para ponerse a su lado, sonriendo emocionados. Después de preguntarles cómo se llamaban (Simon y Elliott), Michael les dio la mano y les preguntó si era la primera vez que veían a R.E.M. en directo. Ambos dijeron que sí, y Michael les preguntó qué opinaban. Simon, el más pequeño, no se mostró nada tímido ante los mil asistentes al concierto, una legión de cámaras de televisión y los millones de televidentes, y contestó sin dudarlo. «Me parecéis geniales», afirmó, y Elliott asintió. «Exacto, eso es». Ocurrió en 2008, cuando Michael llevaba casi treinta años de carrera musical que lo habían convertido en algo más que una persona normal y corriente, en todo un héroe al que adorar. Pero el cantante no solo se sorprendió ante los elogios, sino que parecía un poco aturdido. Le brillaban los ojos, y se echó a reír. «¡Sois majísimos!», dijo, y volvió a estrecharles la mano. Los chavales volvieron con el público y Michael se quedó frente al micrófono, todavía riendo, feliz. «No sé», dijo. «Me siento genial».

La infancia nos afecta durante el resto de nuestra vida como adultos, y, aunque ser hijo de militar supone estar siempre en movimiento, Michael recordaba los primeros años como muy gratificantes y agradables. En 2001 le preguntaron por la primera vez que se sintió parte de algo, y no dudó en contestar: de niño. «Durante toda mi infancia sentí que formaba parte de una familia unida», dijo.

John Michael Stipe, nacido el 4 de enero de 1960, era hijo de John Wesley Mobley Stipe Jr., un prometedor militar del Ejército de los Estados Unidos, y de la ya fallecida Marianne Hatch, ambos de pequeñas ciudades de Georgia.

John, un joven de mandíbula cuadrada de Augusta, estudió en la Universidad de Georgia del Norte, una institución militar donde entraba con frecuencia en el cuadro de honor mientras estudiaba Física y Matemáticas. Ambicioso y rebosante de energía, también practicaba deporte y participaba en nobles organizaciones como la sociedad militar de honor Scabbard and Blade, el claustro forense, el club militar, el club NCO, el club de radio y el club de física. En la Universidad de Georgia del Norte conoció a Marianne Hatch, otra estudiante de Hapeville, una pequeña ciudad al sur de Atlanta. La pareja se casó en 1956 y se instaló en Decatur, cerca de la base aérea de Bainbridge, donde John se formó como piloto de helicópteros y empleó su talento para las matemáticas ayudando a calcular las fluctuaciones de armamento y mercancía de la cadena de suministros del Ejército. Cyndy, la primera hija de la pareja, nació en 1958. Michael llegó dos años después, y Lynda, la pequeña de la familia, nació en 1962, justo antes de que asignasen a John a una base de Texas.

A partir de entonces, la familia Stipe se fue mudando de una base militar a otra a medida que John progresaba en su carrera y aumentaban sus responsabilidades. De Texas a Alabama, luego a Alemania y de vuelta a Texas, donde Marianne y sus hijos vivieron mientras John servía en Vietnam, volando en misiones de reconocimiento en busca de posiciones enemigas. Los helicópteros sobrevolaban la selva a baja altura, y, cuando localizaban las defensas del Vietcong, la burbuja de plástico en la que volaban el comandante Stipe y la tripulación disparaba balas, granadas a propulsión y armas antiaéreas. Las patrullas de helicópteros de reconocimiento combatían casi a diario, recibían impactos con frecuencia y a menudo eran derribadas. Los pilotos que sobrevivían los seis meses de peligroso servicio solían regresar a casa o eran trasladados a misiones mucho menos peligrosas lo antes posible. Algunos descubrieron algo importante durante el combate: la intensa sensación de vivir al límite. Al concluir el servicio de reconocimiento, Stipe se alistó seis meses más en el frente.

Mientras tanto, en Texas, Marianne y los pequeños hacían su vida. Desayunos, timbres escolares, clases, libros ilustrados, episodios de la serie de dibujos animados Los Picapiedra, aventuras cómicas del grupo de pop prefabricado The Monkees y todos los dibujos animados que pudieran ver al acabar las clases. Por necesidad, y al tener edades muy parecidas, Cyndy, Mike y Lynda eran inseparables compañeros de juegos. Cuando a Cyndy le regalaron un transistor por su décimo cumpleaños, en 1967, los hermanos empezaron a escuchar el Top 40 y las emisoras de country que sonaban en las ondas de Texas. Con siete años, Mike se decantaba por las canciones más pop: «Sugar, Sugar» de los Archies, un grupo de músicos que se ocultaban tras los personajes del cómic Archie, junto con los éxitos de los Monkees y las canciones que sonaban las mañanas de los sábados en el programa Banana Splits.

La música country que escuchaban también parecía salida de unos dibujos animados: las ondas se llenaban de canciones como la excéntrica «A Boy Named Sue» de Johnny Cash, el ataque enfurruñado a los hippies de Merle Haggard «Okie from Muskogee» y el himno prefeminista de Tammy Wynette «Stand by Your Man». Un carrusel de voces extrañas, serias y tontas, alegres y lastimeras, girando en torno a las cabezas de unos niños de una familia marcada por la ausencia de un padre del que no podían imaginar cómo era su día a día.

El periodo de servicio del comandante Stipe finalizó en 1972, y recibió un nuevo destino en una base militar cerca de San Luis (Misuri). En aquella ocasión la familia decidió no instalarse en la base y compró una casa en Collinsville, una ciudad en los límites de Illinois, a solo 25 kilómetros del centro de San Luis. La casa de dos plantas y cuatro dormitorios del 408 de Camelot Drive estaba en una calle de viviendas de mediados de siglo, cerca de la autopista interestatal 55. Tenía un jardín delantero en pendiente y un patio separado por una pequeña valla de la piscina del Town & Country, un club del barrio que atraía como un imán a los jóvenes de Collinsville en los meses más calurosos. Mike tenía trece años cuando se instalaron allí, un estudiante de octavo curso que llegaba a un colegio nuevo de una ciudad nueva, lleno de niños a los que no conocía, y con un padre al que apenas había visto desde que iba a la guardería.

Para reforzar los vínculos con su hijo y ayudarlo a hacer amigos en la nueva ciudad, John Stipe lo apuntó a los Boy Scouts en la categoría de novato, y el mismo John hizo lo propio como jefe de exploradores. Bill Dorman, que entabló amistad con Mike cuando coincidió con él en el campamento de scouts de Misuri, se quedó impresionado al instante con los Stipe, padre e hijo. Dorman recuerda que Stipe padre, por entonces teniente coronel del Ejército, casi parecía la caricatura de un militar. Empezando por el sombrero de caballería de ala ancha que le hacía parecer todavía más alto, y siguiendo con su prominente bigote, la pipa en la boca y el traje de aviador rojo que llevaba siempre, parecía que se acababa de bajar de un helicóptero. Cuando Dorman vio Apocalypse Now años después, se preguntó si el personaje de Robert Duvall, el campechano teniente coronel Bill Kilgore, de sombrero de caballería de ala ancha y maneras de ultramacho, estaba inspirado en el teniente coronel Stipe, que se le parecía en todo salvo en la bravuconería. Las contadas ocasiones en que Stipe padre hablaba, lo hacía en voz tan baja que no lo escuchabas si no lo tenías justo al lado.

Mike Stipe no tenía problemas en hablar claro. Cuando compartió tienda con Dorman en una acampada, aterrorizó a su compañero una lluviosa noche hablándole de la carrera armamentística nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y de la teoría de que, aunque ambos habían prometido destruirse mutuamente, ninguno empezaría una guerra nuclear cuando los dos sabían que el otro tenía armas de sobra para aniquilar al rival. A Dorman aquello no le resultó muy agradable, pero lo peor estaba por llegar. Una ráfaga de viento derribó la tienda, y tuvieron que cargar con las mochilas hasta la ranchera de los Stipe para guarecerse de la tormenta. Cuando Dorman empezó a quitarse los vaqueros para meterse en el saco de dormir, Mike se apartó. «¡Eh! No te quites los pantalones. ¡Van a pensar que somos homosexuales!». Mike estaba muy bien informado sobre la cultura gay. Mientras se disponían a dormir, le habló a Dorman sobre la vida en la antigua Grecia, donde algunos hombres adultos adoptaban a jóvenes como protegidos y compañeros sexuales. «Hoy en día suena de lo más convencional, pero en 1974 era un tema bastante fuerte», dice Dorman. «Tenía trece años y aquello me dejó flipado».

Con los años, Michael le fue pillando el gusto a escandalizar a los compañeros de clase. Tenía dos pares de zapatillas Converse de colores distintos, y se ponía una de cada color. Si se aburría en mitad de una conversación, se alejaba un poco y empezaba a hablar con un árbol. Si otro chico se acercaba a escuchar, Michael se inclinaba y empezaba a susurrar. «Vivía en su mundo, y se la sudaba lo que los demás pensasen de él», dice Dorman.

Craig Franklin vio por primera vez a Mike Stipe en el verano de 1975, mientras estaba con unos amigos en la piscina del Town & Country. El chico nuevo hizo una entrada de lo más llamativa: salió de su casa y saltó la valla que separaba ambas propiedades. Llevaba un bañador y una camisa de manga larga y botones, con el faldón de la camisa enrollado y atado a la cintura. Un estilo popular en aquel momento, pero entre las mujeres. Mike reconoció a uno de los amigos de Franklin, un chico con el que había coincidido en los Boy Scouts. Lo saludó con la mano y se acercó, sonriente. Pero el chico no tenía muchas ganas de confraternizar. «Vámonos», murmuró. «Ese tío es un bicho raro». Varios chicos, Franklin incluido, se quedaron. Empezaron a hablar con Mike, sobre todo de música, y se hicieron amigos.

En el instituto, Mike seguía sus propias reglas estéticas: cubría con un sombrero de fieltro los rizos que le llegaban a los hombros y complementaba las camisas de botones y vaqueros con un chaleco, un pañuelo que le colgaba del bolsillo o una fila de imperdibles. Se unió al reparto de una producción del instituto de Un golpe de gracia, una sátira sobre la Guerra Fría, interpretando a Benter, el líder de la oposición que encarnaba Leo McKern en la película de 1959. Así conoció a Melanie Herrold, una chica algo andrógina con la que compartía una visión alternativa del colegio y la vida en general. Algo que no gustaba a sus compañeros de clase. «Éramos los típicos marginados de instituto», recuerda Melanie. «Como no encajábamos, nos ponían etiquetas. Yo era la bollera o la puta, y él el gay, o simplemente el rarito».

Los dos inadaptados se hicieron amigos enseguida, sobre todo cuando descubrieron su pasión común por la música y un intenso deseo por convertirse en estrellas del rock. Después de las clases, pasaban horas en la habitación de uno de los dos escuchando a Aerosmith, Led Zeppelin y Pink Floyd, ojeando revistas y discutiendo sobre quién de los dos saldría primero en las páginas de Creem. Por su cumpleaños, Michael le regaló a Melanie la parte superior de un kimono, y él se compró otra a juego. Era el tipo de camisas de seda con cinturón que llevaba Robert Plant en los escenarios. Se turnaban para combinarlas con unos pantalones plateados que la madre de Melanie le había hecho a su hija, y posaban para la cámara como si fuesen estrellas de revista. «Éramos muy andróginos los dos», dice Melanie. «Siempre nos intercambiábamos la ropa».

Más adelante, Melanie consiguió un trabajo en el cine Varsity de San Luis y avisó a Mike en cuanto las sesiones de medianoche del Rocky Horror se convirtieron en fiestas de disfraces para jóvenes inadaptados que disfrutaban cantando en grupo, bailando y haciendo bromas cómplices. Mike se convirtió al instante a aquel culto, adoptando la imagen del personaje más libertino de la película, el carismático travesti del espacio exterior que cantaba y bailaba, el doctor Frank-N-Furter, interpretado por Tim Curry. Una noche que se dirigía al cine, Mike pasó corriendo delante del teniente coronel Stipe, que levantó la vista del periódico y vio a su hijo vestido con un bustier rojo, cazadora de cuero, medias de rejilla y maquillaje chillón: rímel, lápiz de ojos, polvo facial y colorete. «No irás a salir así, ¿verdad, hijo?». Mike sonrió. Sí, iba a salir así. Stipe padre, que seguía llevando el uniforme del Ejército, había visto demasiadas cosas en los campos de batalla de Vietnam como para preocuparse por la forma de vestir de su hijo. Se encogió de hombros y siguió con la lectura. «Vale, pásalo genial».

El teniente coronel Stipe hizo todo lo que pudo para que Mike se interesase por asuntos más tradicionales. Unas Navidades le regaló varios libros de Foxfire, la popular colección que enseñaba técnicas anticuadas de vida autosuficiente en los montes Apalaches, como la matanza del cerdo, la fabricación de muebles o cómo cocinar zarigüeyas. Fue un buen intento, pero a Mike le interesaba mucho más la vida urbana y moderna, especialmente el submundo bohemio de Nueva York.

Las puertas se le abrieron cuando Cyndy encontró una oferta de Publishers Clearing House para suscribirse a un montón de revistas por muy poco dinero. Mike se suscribió a The Village Voice, el semanario de arte y cultura del centro de Nueva York. Cada semana se llevaba el periódico a su dormitorio del sótano y se quedaba maravillado. Las historias sobre nuevos artistas y escritores, las críticas de exposiciones en el Guggenheim, el Whitney, el Museo de Arte Moderno y el palaciego Metropolitan, los listados de galerías del centro, los cines de arte y ensayo, las numerosas funciones nocturnas en Broadway y off-Broadway, tan off-Broadway que se representaban en callejones… Mike estaba embelesado. Los anuncios por palabras eran igual de emocionantes: un desfile interminable de personas buscando trabajo, compañeros de piso, amigos e incluso amantes. En las páginas de anuncios de películas aparecían El coloso en llamas, El exorcista o La última noche de Boris Grushenko de Woody Allen junto con Kyoto in Bondage y Heavy Leather, cuyo anuncio hablaba de «cuatro estupendas escenas sadomaso».

Cuando le enseñó todo aquello a Craig Franklin, este se quedó boquiabierto. «Le dije: “¿Qué es todo este rollo gay?”». Mike se encogió de hombros y le señaló las páginas musicales. No necesitaba escuchar una sola nota; bastaba con los nombres y las fotos de los grupos para desatar su imaginación. Los Ramones, Television, Talking Heads, los Cramps, Richard Hell, New York Dolls: artistas que eran tan salvajes como atrevidos en lo artístico, que rebasaban los límites del rock and roll, que no solo ignoraban, sino que desafiaban abiertamente las reglas sobre la decencia, el género y el sexo.

Mike siempre había sentido atracción por la música que se dejaba llevar por los impulsos más transgresores del rock and roll. La pequeña oleada de hits de glam rock que bañó el Top 40 entre 1972 y 1973 —«Get It On» de T. Rex, «All the Young Dudes» de Mott the Hoople, «Rock On» de David Essex y «Ballroom Blitz» de Sweet— coincidió con el comienzo de su adolescencia, y aquello, amplificado por la imagen y la actitud de los artistas del género, avivó su imaginación. Tampoco hacía falta salirse del rock and roll convencional para ver a hombres poniendo a prueba los límites del género. Una década antes, los melenudos Beatles habían desatado la furia de los conservadores con sus peinados andróginos… ¡El pelo les tapaba las orejas! A finales de los sesenta, las melenas a la altura del hombro eran casi obligatorias para los músicos pop, y Mick Jagger se presentó en el multitudinario concierto de los Rolling Stones en Hyde Park vestido con una túnica vaporosa que parecía el vestido blanco de una virgen. Cuando se la quitó, debajo llevaba unos ceñidos pantalones blancos y una camiseta sin mangas que le realzaba los bíceps. David Bowie fue todavía más allá en la androginia, y Robert Plant de Led Zeppelin marcaba la diferencia combinando blusas femeninas con vaqueros tan ajustados que dejaban clara su masculinidad incluso a los fans que estaban al fondo del estadio.

La transgresión, o al menos aparentarla, estaba de moda. Pero Mike tenía ansias de lo auténtico, y con el Village Voice como corresponsal semanal desde la línea del frente empezó a familiarizarse con aquellos nombres y a estar al tanto de sus aventuras y hazañas. Un nombre recurrente en 1975 era Patti Smith. En las fotos aparecía una mujer de una delgadez extrema con melena negra al estilo de Keith Richards, una imagen andrógina que atraía a Mike. Y la amplitud de su obra, que englobaba literatura, rock and roll, performance y arte visual —esto último a través del objetivo de su novio, el fotógrafo Robert Mapplethorpe, igualmente andrógino y sexualmente divergente—, ensanchaba el horizonte artístico. Pero lo que más llamaba la atención de Michael era su música, o lo que la gente opinaba de ella. La crítica de Greil Marcus de Horses, el primer álbum de Smith, en la que describía los temas e influencias del disco —rock and roll anticuado, vanguardia neoyorquina, surrealismo de comienzos de siglo xx, poesía beatnik, punk— cautivó a Mike al instante. Las palabras de aquella crítica sonaban como el rock and roll de los sueños de Mike: música cruda y desnuda, letras más cercanas a la poesía que al pop, narrativas fracturadas en escenas de ensueño que bebían más de los versos libres del poeta romántico francés del siglo xix Arthur Rimbaud que de cualquier otro autor del canon rock/pop.

El lanzamiento de Horses fue todo un hito para Michael Stipe. Años más tarde describiría el momento en que compró y escuchó Horses como algo tan emotivo y fantasmagórico como las canciones del álbum. Tuvo que pedirle al dueño de una tienda de discos de su ciudad que encargase el disco, y lo compró el mismo día que salió. «Me pasé toda la noche escuchándolo una y otra vez con auriculares, mientras me comía un bol de cerezas enorme», contó en Interview en 2011. «Por la mañana vomité y me fui a clase».

La cronología de esta historia no cuadra. Horses se publicó el 10 de noviembre de 1975. La crítica del álbum firmada por Greil Marcus no apareció en el Village Voice hasta el número del 24 de noviembre. Y Melanie Herrold recuerda que una de las hermanas de Michael le regaló Horses por Navidad, el mismo año en que su padre le compró el libro de Foxfire. Además, es probable que noviembre ya no fuese temporada de cerezas en San Luis. Pero la veracidad del relato de Michael importa menos que la verdad emocional de la experiencia: la oscuridad de la noche, la música llenándole, una sensación abrumadora. Las cerezas vomitadas simbolizan una especie de renacimiento, y la vuelta a la luz del día y la vida normal completó la transformación.

Mike convirtió aquel disco en un talismán, una señal, una vara de zahorí. Todos sus amigos recuerdan que Mike les hizo las mismas preguntas: «¿Sabes quién es Patti Smith? ¿Has escuchado Horses?». Llamó a Craig Franklin y le dijo que se pasase por su casa lo antes posible para escucharlo. Franklin le pidió a su madre que le llevase a Camelot Drive, y allí se encontró a su amigo esperándolo en el patio delantero, comiendo bolas de queso cubiertas de nueces, sosteniendo una en la mano como si fuese una manzana. Fue la primera cosa extraña que sucedió. Entraron en casa, Michael sacó el disco de la funda, lo colocó en el tocadiscos, dejó caer sobre él la aguja y se sentó para valorar la reacción de su amigo. Franklin, que estaba acostumbrado al rock duro convencional de Styx, Kansas y el resto de grupos AOR, se quedó desconcertado por la instrumentación mínima y la poesía inquietante de aquel disco. «Le dije: “¿Qué es esto?”». Michael se encontró con unos oídos más receptivos cuando llevó el disco a casa de Michael Edson. «Fue como: buf, esto es un mundo totalmente distinto», recuerda Edson.

A Michael le impresionó especialmente una canción en concreto: «Birdland», un épico tema de nueve minutos inspirado en un sueño de Peter Reich tras la muerte de su padre, el psicoanalista Wilhelm Reich. En el sueño, Reich padre regresaba con su hijo montado en una nave espacial. Invitaba a Reich hijo a subir a bordo, y el muchacho rebosaba felicidad: el padre había vuelto para llevarlo a las estrellas, para estar juntos por toda la eternidad. Pero al volver a la Tierra, el padre se marchaba sin él y Peter rompía a llorar. En palabras de Patti:

Take me up, daddy, to the belly of your ship

Let the ship slide open and I’ll go inside of it

Where you’re not human, you are not human.3

Un momento de gran intensidad que resulta comprensible que emocionase a aquel adolescente que todavía no había superado lo que sintió de niño, imaginando el destino que le podría esperar a su padre sobrevolando Vietnam en helicóptero. El teniente coronel Stipe nunca hablaba de la guerra cuando volvía a casa, pero su silencio le vino a la mente a Michael al escuchar «Birdland». Aquello reforzó su conexión con la música y le hizo comprender la función de la poesía en el contexto de una canción pop. Le hacía sentir como si volase por el aire. Y fantaseaba con la vida que le gustaría llevar en un futuro.

«Era como si el suelo no existiese», comentaría años más tarde. «Y en aquel momento decidí lo que quería hacer con mi vida, con la arrogancia propia de un quinceañero que todavía no había escrito una sola canción».

Cuando Mike y Melanie Herrold estaban juntos, siempre terminaban cantando. En el coche, a pleno pulmón con la radio, o caminando de vuelta a casa tras el colegio. Reunían dinero para comprar libros con las partituras de sus discos favoritos, y después se iban corriendo a casa de uno de los dos y ponían la música a todo volumen para escuchar bien las canciones, aprenderse las letras y los fraseos y sacar las armonías vocales. Led Zeppelin, los Who, Aerosmith. A veces se grababan en casete para escucharse después. Melanie todavía conserva una cinta en la que cantan «Fistful of Love» de Black Oak Arkansas, imitando a Jim Dandy y Ruby Starr en su álbum Live! Reading ’76. Con los años, los gustos de Mike fueron evolucionando hasta llegar a «Pissing in a River» y «Radio Ethiopia» de Patti Smith y otros temas de artistas de Nueva York como Television y Talking Heads. Pero el interés cada vez mayor por el punk y la new wave de aquellos adolescentes no desplazó el rock and roll clásico de sus gustos, y cuando unos compañeros de colegio invitaron a Melanie a cantar en su grupo de versiones, aceptó sin dudarlo. Avatar, como se hacían llamar, versionaban a sus grupos favoritos: Led Zeppelin, Rush, Deep Purple, un par de temas de Bob Seger y varios originales que no se alejaban en exceso de las canciones que todos conocían.

Al principio, Mike se quedó maravillado con el atrevimiento de Melanie. La acompañaba a los ensayos, y también a las fiestas y concursos en los que actuaban, y todo aquello lo embelesaba: la interacción entre los músicos, la forma en que su amiga dejaba a un lado la vergüenza. Melanie tenía muy buena voz, gutural y ardiente. No solo afinaba bien; también pronunciaba las palabras con una pasión que te disparaba las canciones directamente al pecho. Mike no estaba tan convencido de tener buena voz, aunque se atrevía a cantar a grito pelado al son de la radio. Una noche iba en coche con unos amigos cuando empezó a sonar «Dream On» de Aerosmith. Alguien subió el volumen y todos se pusieron a cantar, hasta que llegó al momento en que Steven Tyler repetía «dream onnn, dream onnn, dream onnn» subiendo una octava, la más alta de su registro. Nadie más se atrevió con aquella parte, pero Mike pasó al falsete con facilidad, para gran sorpresa de sus amigos. «¡Caray, qué bien cantas!». Mike se encogió de hombros: no era para tanto. Pero aquello lo marcó. Aunque seguía sin atreverse a hacer una prueba para entrar en un grupo… por mucho que Melanie le insistiese en hacerlo.

3Bad Habits

Entonces un grupo vino en su busca. Era el comienzo de la primavera de 1978, el último año de instituto de Mike Stipe, y se puso a hablar con otro fan de Rocky Horror, otro imitador de Frank-N-Furter que, al igual que Stipe, tenía suficiente melena para el rock and roll. Joe Haynes era varios años mayor y ya había tocado la guitarra en un par de bandas locales. Quería montar un grupo nuevo y estaba buscando cantante. ¿Se animaría Mike a intentarlo? «Mmm… Quizás». Le pidió consejo a Melanie, que le insistió en que probase suerte: «¡Inténtalo! ¡Lo harás genial!». Y Mike le dijo Haynes: «Venga, vamos a probar». Haynes ya tenía claro que iba a ser fantástico. «Me llamó un día y me dijo: “He conocido a un tío genial, es el mejor, tenemos que hacer algo con él”», dice Jim Warchol, el otro miembro del grupo, que tocaba la batería. Haynes organizó una reunión en una hamburguesería cercana, y los tres se pasaron un par de horas hablando de música y del tipo de grupo que querían montar. «Mike no tenía mucha experiencia», recuerda Warchol, «pero estaba claro que era un rockero, que sabía cantar y que tenía la actitud y la determinación necesarias».

Iban a tocar canciones de otras bandas, pero, a diferencia del resto de grupos de versiones de San Luis en 1978, se dedicarían a tocar temas punk y new wave. Todavía no tenían bajista, pero los tres miembros comenzaron a ensayar de todas formas, reuniéndose una o dos noches a la semana para tocar en el sótano de una casa vieja desde la que el tío de Warchol dirigía una compañía de seguros. Prepararon una lista con las canciones que se veían capaces de tocar. La versión de «I Fought the Law» de los Clash, la que los Who hacían de «Shakin’ All Over» de Johnny Kidd, «I’m Eighteen» de Alice Cooper y temas de los Sex Pistols, Tuff Darts, los Damned y varios más. Encontrar bajista no fue tarea fácil. Warchol cree que Haynes y él probaron a doce como mínimo, y ninguno parecía adecuado.

Todavía no tenían bajista cuando consiguieron su primer bolo: la puesta de largo de la hija de un vecino de Haynes. Montaron el equipo en el salón, y Haynes subió a tope los graves de su amplificador para crear una base lo suficientemente sólida durante la hora de concierto. Warchol recuerda que no causaron sensación entre los asistentes. «Creo que no nos hicieron ningún caso». Daba igual: era un comienzo. Poco después encontraron bajista —un chico con bigote y dedos veloces llamado Buddy Weber— y siguieron ensayando.

Por su parte, Craig Franklin y unos amigos montaron un grupo para actuar en el concurso anual de nuevos talentos del Instituto Collinsville. Franklin tocaba la guitarra, y los hermanos Andrew y Danny Gruber se encargaban del bajo y la batería, respectivamente. Pero ninguno cantaba, y no conocían a nadie del instituto que lo hiciese. Desesperado por encontrar cantante, Franklin pensó en Mike Stipe. Sobre todo pensó en su imagen: rizos que le llegaban a los hombros, pañuelos colgando de los bolsillos de los pantalones de campana y camisas abiertas que mostraban un pecho adolescente muy velludo. Una tarde, Franklin se encontró a su amigo junto a la taquilla del instituto y le preguntó si quería cantar en el grupo. Mike, que había mantenido sus aventuras musicales al margen de la vida estudiantil, se encogió de hombros. «No sé cantar», le dijo. Pero Franklin, que no sabía nada de las actividades extraescolares de su amigo, lo animó. «Pues pareces un tío muy rockero». Aquello hizo reír a Mike; dedicó unos instantes a valorar la perspectiva de convertirse en estrella del rock ante todos los compañeros de instituto y aceptó. «Vale, venga».

Mike se pasó por casa de Franklin un par de días después con varios de sus libros de partituras con canciones de los Rolling Stones y los Who. Se barajaron varias ideas. Franklin y los hermanos Gruber ya habían tocado un par de canciones de Rush, y habían elegido la agobiante «Working Man». Mike abrió el libro de los Stones y les enseñó «Gimme Shelter». ¿Podrían aprendérsela? Los acordes no parecían muy complicados, así que Franklin le dijo que sin problema.

Ensayaron varias veces y, cuando la fecha del concierto se acercaba, Michael empezó a proponerles nombres para el grupo. ¿The Dirty Habits? ¿The Bad Habits? A él le parecían muy rock and roll, pero los otros no lo veían claro. Michael siguió intentándolo: ¿Qué tal The Jotz? Lo había sacado de unos dibujos animados. Jot era un personaje infantil, una especie de punto sonriente que aprendía lecciones sencillas sobre la vida y la moral, por cortesía de los baptistas del sur. A todos les pareció un nombre gracioso para un grupo. Pero, cuando estaban a punto de subirse al escenario la noche del concierto, alguien preguntó a Franklin el nombre del grupo; le entró el pánico y contestó algo sin sentido: «Nos llamamos The Band», dijo. Por lo visto, Franklin se olvidó de que ya existía otro grupo de rock bastante famoso que se llamaba así, pero a nadie pareció importarle. Los Gruber, Franklin y Mike recibieron calurosos aplausos por las dos canciones, y el panel de jueces, compuesto por profesores, eligieron a The Jotz/The Band como el segundo mejor grupo del cartel. El trofeo se lo llevó un grupo de baile, The Dancing Shoes.

Mike también siguió ensayando con la otra banda. El ya entonces cuarteto había preparado un repertorio de versiones, mayormente de punk y new wave, más algún que otro tema comercial que les gustaba. El grupo se había bautizado como The Bad Habits, uno de los nombres que Michael había propuesto para los Jotz, y se hicieron una foto divertida en la que cada miembro representaba una mala costumbre: Haynes se mordía las uñas, el bajista Buddy Weber fumaba un cigarrillo, Warchol salía con una cerveza en la mano y Mike sonreía de forma traviesa mientras se metía un dedo en la nariz.

Para publicitarse un poco de cara al verano, Mike consiguió que tocasen un par de canciones en la fiesta de fin de curso de la promoción del 78 del Instituto Collinsville. Un grupo se situaba en un extremo del gimnasio, y el otro en el otro extremo. Las bandas se iban alternando tocando canciones mientras sus compañeros de clase socializaban, firmaban los anuarios de los demás y se despedían. Mike no podía resistirse a la idea de terminar el instituto cantando rock and roll al frente de su grupo, pero cuando Melanie Herrold le pidió encargarse de la voz en «Eighteen», le dijo que sí. Empezaron con el tema de Alice Cooper. Melanie atacó la canción con una seguridad descarnada y se hizo a un lado cuando el otro grupo empezó a tocar. Mike ocupó su sitio tras el micrófono, esperando a que la otra banda terminase su primer tema. Pero nunca llegó a cantar: el segundo grupo empezó inmediatamente una segunda canción, y después una tercera, y siguió tocando hasta que un profesor desconectó la corriente y declaró que la parte musical de la fiesta había terminado. Melanie se acercó a Mike, horrorizada. ¡Le había robado la oportunidad de una gran despedida! Pero Mike se echó a reír. «¡Que le den al instituto! Larguémonos de aquí».

Justo cuando las cosas empezaban a irle bien a Mike en Collinsville, volvió a pasar lo de siempre. Finalizado el periodo de alistamiento, y habiendo llegado a la edad de jubilarse, el teniente coronel Stipe decidió poner fin a la carrera en el Ejército. Al dejar de estar vinculado a una base militar, él y Marianne decidieron volver a los orígenes, a la Georgia rural. Lynda, que seguía en el instituto, y Cyndy, que se había graduado, se iban a mudar con sus padres a Athens, una pequeña ciudad a unos 110 kilómetros al este de Atlanta. Daban por hecho que Mike también querría irse con ellos, porque se acababa de graduar en el instituto y en Athens estaba la Universidad de Georgia (UGA). Podía vivir con ellos e ir a clase durante el día. Era el momento perfecto. Iban a mudarse en verano, en cuanto terminase el curso escolar en Collinsville. Pero había un problema: Mike no quería irse. Tras conocer la noticia, se presentó muy triste en casa de Melanie Herrold.