Esto no es amor (o sí) - Luciana Maggio - E-Book

Esto no es amor (o sí) E-Book

Luciana Maggio

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Beschreibung

Andrés tiene treinta y pico, una relación que ya no respira y una familia que lo marcó más de lo que quisiera. Vive con un novio al cual no sabe si ama o cuida, con una madre que nunca aceptó quién es y con la certeza incómoda de que el amor, tal como se lo enseñaron, no funciona. Entre un romance fallido con un famoso y la complicidad inesperada de su amiga Silvia, Andrés empieza a sacarse capas: las de hijo obediente, las de pareja ideal, las de hombre perfecto. Esto no es amor (o sí) es una novela sobre lo que duele romper, lo que libera soltar y lo que significa, al fin, elegir(se).

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Seitenzahl: 311

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Esto no es amor (o sí)Luciana Maggio

Legales

Esto no es amor (o sí)

© de los textos: Luciana Maggio, 2025

© de esta edición: Editorial Tequisté, 2025

Corrección: M. Fernanda Karageorgiu

Diseño gráfico y editorial: Alejandro Arrojo

1ª edición: octubre de 2025

ISBN: 978-631-6704-07-8

Editorial Tequisté:

[email protected]

www.tequiste.com

AR +54 9 11 6154 5552

ES +34 657 20 65 99

Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, auditiva, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

Maggio, Luciana

Esto no es amor : o sí / Luciana Maggio. - 1a ed. - Pilar : Tequisté. TXT, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6704-07-8

1. Novelas. 2. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Título.

CDD A860

Dedicatoria

A mi primer amor, Leandro, gracias por acompañar con cariño, por mirar con orgullo y por sostener aún en pequeñas discordias.

A Rosario, Antonio y Manuela, gracias por el amor infinito y sabio, por la risas y las lágrimas, por los berrinches y los abrazos.

Gracias a mis padres y a mis adorados hermanos.

Y a mi querida Anita, que hubiera polemizado con la historia de punta a punta, te extraño.

Índice

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

I

Soy Andy

Nací el 5 de agosto de 1989, extendiendo tres semanas la gestación en el vientre de Mirta. Este hito, que en cualquier familia podría haberse erigido como una anécdota graciosa o particular, en la mía y con mi madre, signó la amargura de su dulce espera y el anclaje del conflicto entre nosotros para siempre. Alguna vez intenté desmarcarme del evento o sugerir si acaso no podría haber habido un error en los cálculos, pero la mirada fulminante del entorno callaba mis débiles argumentos y terminé por asumir la responsabilidad resignado. Varias veces la oí a Mirta sentenciar que ella sabía que tenía que nacer antes y que cree que la causa de todo lo que soy empezó ahí: a semanas del parto. Aquí mi madre está diciendo subrepticiamente que les cagué la vida desde nonato y esto, sin dudas, debe ser un récordolímpico. Todo lo que soy para ella es en esencia mi orientación sexual. Que soy gay, bah. Y los soy sin dudas, pero soy otras cosas también, aunque para mamá la etiqueta de la homosexualidad sea absoluta y lapidaria, y ande con esa en la mano para sampármela cuando no le gusta alguna actitud propia o comentario. Para mí es más de lo mismo. Esto no me molesta ya. Antes sentía culpa cuando lo señalaba, culpa porque la veía sufrir con la situación, no culpa por ser gay, claramente. ¿Acaso tengo opción de no serlo?

Pasé años intentando lavar mi identidad para mendigar su aceptación, pero realmente ya no me importa y creo que las denominaciones ayudan a comprender el mundo y yo soy homosexual, abrazo la etiqueta con orgullo porque para mí no es una reducción identitaria, sino que es mucho más profundo que eso. Creo que, en algún punto, cuando empecé a descubrir de qué se trataba esto de sentirme atraído por hombres siendo hombre y lo pude empezar a hablar, me sentí tan aliviado de entender que solo soy gay, que la denominación pasó a un segundo plano para siempre.

Discuto seguido esto con Diego y me torra. Él se escandaliza con mi postura, lo aborda desde la fuerza de la palabra y lo que aporta, o no, rotular a la gente en términos de sentirnos libres, de desarrollar quiénes queremos ser. Yo lo veo desde lo pragmático, saberme gay y entender quiénes lo son también, me permitió, históricamente, conocer el ceñido mercado de pases disponible. Entiendo a lo que se refiere y adhiero a su postura cuando pienso en ejemplos como el de mi amiga Carola que sintió universal la etiqueta y ser la gorda funcionó como sesgo para ojos ajenos y para los propios. Se instaló ahí, la instalaron también, y se cristalizó el mote. Pero esto no aplica a mí ni a mi identidad, la verdad, y nada me importa menos hoy. Es más, ninguna penuria de la adolescencia ni comentario de Mirta se compara con la reflexión de anoche: sin darme cuenta, después de discutir con Diego, supe que ya me pesan estos intercambios. Me angustian, me agotan, me pudren, me agobian… todo eso. Cuestión, que nos escupimos las diferencias de mal modo otra vez, cenamos abstraídos en nuestros pensamientos —terreno conocido para él— y nos fuimos a dormir separados. Fue ahí donde, en un esfuerzo por conciliar el sueño, pensé:

“Si se muere es más fácil”.

De nuevo: “Si se muere es más fácil”.

Esto es perturbador. 

Bueno, a ver, se entiende: no es que quiera que se muera ni que se muera ya. No le deseo ningún mal, nunca tuve sentimientos negativos hacia él, ni en las más horrendas discusiones ni cuando lo esperé o lo acompañé o lo contuve porque por décimo cuarta vez tuve que rescatarlo de algún melodrama apocalíptico. No le deseo un mal, no es eso. Solo necesito resolver el círculo nefasto en el que nos encontramos y parece que Diego no está ni cerca de mirar el problema de frente. Yo sí, lo miro, lo analizo y resuelvo como en la novela de las tres de la tarde: muerte repentina, fin del tema. Me río histérico y no me animo a mirarme al espejo, me desconozco. ¿Será que me estoy volviendo loco? O sea, sé que no… o creería que el loco es loco de otra manera, no así.

Nunca me pasó esto y juro que no tiene que ver con el daño, tiene que ver con lo que siento adentro. Es inexplicable desde la lógica, pero lo voy a intentar: en lo concreto, sería más fácil que Diego desaparezca —se muera— a tener que enfrentar una separación. No sé si quiero separarme, pero el punto es que pensarlo me estresa. La charla, las dudas: ¿lo iré a extrañar?, ¿hago lo correcto?, ¿es realmente el final?, ¿estoy listo para estar solo?, ¿me alcanza el sueldo para vivir? Fantaseo con la idea de manejarme con libertad, y me gusta. Especulo con eso de andar de voluntad suelta para hacer lo que quiero sin evaluar lo que estará pensando, sin considerar su sufrimiento, sin seguir priorizando su enfermedad y sus padecimientos por sobre los míos… ¡Ay! ¡Qué tentador suena todo esto! Y es que siempre fue igual. Siempre estuvo él primero porque yo no tengo nada, no estoy enfermo, solo sufro por cuestiones mundanas de la vida. ¿Y él? Él sí, él tiene más derechos que yo y, por ende, su sufrimiento es más justificado. Inconscientemente creo que esto también me pesa. Y lo peor, lo peor, peor de todo, es que encima ni siquiera sé si realmente lo quiero hacer. Quiero putear fuerte, me siento frustrado. Están las grandes cosas como tomar la decisión y asumir la culpa de abandonar a una persona enferma, y están las pelotudeces prácticas como, ¿qué hacemos con el gato? Estoy teniendo un pico de estrés. Mi cadena de pensamientos se está yendo a la mierda y esto me torturó toda la semana. ¿Hay tenencia compartida de mascotas? Él no va a querer dejármelo; yo tampoco, dárselo, no estoy dispuesto a que se quede con lo único que sí es mío. Es un gato de mierda y lo puteo más de lo que lo disfruto, pero lo quiero y es mi gato. Si voy a estar solo, al menos que sea con él.

Me duele la cabeza hace días. Ayer llegué agotado del hospital y me derretí en la cama. Hoy, cuando me levanté, Diego no estaba. Seguro se fue a correr. Eso lo calma. Esta vez no me contó qué le pasa. A mí ya me pudre un poco, siempre lo mismo, así que elegí no preguntar. La rutina se volvió una danza muda en donde yo sé que le pasa algo, él sabe que sé, yo sé que él sabe que sé y así, sin fin, miramos para el costado. Me encantaría decir que funciona, pero a juzgar por mi pensamiento macabro de anoche, podría afirmar, sin riesgo a equivocarme, que esto estaría tomando facetas siniestras.

Estoy pensando en agarrar más horas en el hospital, necesito tomar distancia y el trabajo siempre calmó todo. Si tomo más guardias, voy a poder poner la mente en blanco, ver si lo extraño, alejarme… Lo pienso y me consuelo un rato, pero como un bumerang mi cabeza vuelve a lo mismo: si por un momento pudiera desaparecerlo para traerlo más tarde, no lo dudo, lo haría. De esa manera podría probar si realmente es lo que quiero o no. Estoy exhausto, siento que pasaron mil horas, pero voy por el primer mordisco de la tostada que me preparé recién. Vuelvo, ok, lo entiendo, no puedo desaparecerlo. Me di cuenta de que no lloré esta vez. En otras crisis sí, pero en esta no. ¿Será una señal? Capaz es porque hoy estoy preparado. Pienso y sigo pensando mientras miro un punto fijo en la pared. A esa pared hay que pintarla. Pero ¿para qué? Si Diego se queda con el departamento, que lo pinte él… ¿Y si me lo quedo yo? Mejor pinto ahora y compartimos gastos. ¡Ay, no! Soy realmente un sorete de persona. La culpa se filtra con violencia. Miro hacia arriba ya con desesperación, no me soporto más. ¡Qué mierda es esto! Me siento sucio, turbio, infiel. ¿Infiel? En serio que capaz me estoy volviendo loco, si nunca fui infiel. ¿Qué me pasa? Jamás en la vida lo cagué y eso que tuve chances. Chances y excusas. Porque mis amigos lo saben, mi hermana también: convivir con Diego es complejo. Obvio que nadie me puso una pistola en la cabeza, ya lo analicé en mil sesiones de terapias. “¿Por qué me metí en una relación así?” “¿Por qué no me fui a tiempo cuando vi las señales?”. Y mirá que no fueron sutiles, fueron mega señales. ¿Habrá sido lástima?, ¿falta de amor propio? Ni idea, lo cierto es que van cuatro años de relación, un alquiler, un gato, tres plantas y sigo firme acá. Bueno… ¿firme, firme? No, firme no, pero sigo acá, medianamente firme.

Diego no vuelve. Pasé de la cama al living y sigo igual. Quiero extirparme la cabeza. Realmente es una tortura. ¿Es esto lo que le pasa a él? De repente lo sé. Claro, ¡es esto! Ay, pobre… es un horror. Siento que estoy preso de ideas horribles que irrumpen con violencia en mi cabeza, no puedo desconectarme de los pensamientos, hace días que me levanto así, pero entre ayer y hoy fue peor. Ahora estoy dándole vueltas a la felicidad. Me pregunté mil veces si soy feliz y, en serio, sigo sin poder responderme. Nunca. Entro a filosofar estupideces para evadir la respuesta, ¿qué es la felicidad? Dios, soy tan idiota que me doy bronca. Quisiera decir que me doy vergüenza ajena también, pero sería una contradicción, ya desearía que la vergüenza fuera ajena, y cuando pienso eso me doy cuenta de que me estoy riendo solo. Listo, estoy loco. Lo firmo.

Mientras me hago el segundo té de la tarde, el gato se me trenza en las piernas. Me acerco a tocarlo y hunde la panza para evadirme. ¡Qué gato de mierda! Vuelvo a la felicidad. Decía, no sé si soy feliz. Pero ahí está el problema, tampoco creo ser infeliz. Entonces, no soy feliz ni infeliz. Necesito volver a terapia. Siempre oscilando, siempre la duda, siempre en un gris. Mi psicóloga me decía que uso los grises para no hacerme cargo de las decisiones. Fácil decirlo. ¿Qué haría ella en esta situación? Claro, no tiene mucho sentido preguntárselo así. Cierro los ojos y es como si la escuchara. Ella, siempre dulce y atenta detrás de la pantalla formulándome preguntas como: ¿en quién pensás cuando decís que querés endeudarte para irte de viaje?, ¿es en vos o en Diego? Y yo, siempre negador, porque en eso sí me mantengo firme, le decía: en mí, obvio, en mí.

En fin, sé que esto de no ser feliz ni infeliz mucho tiene que ver con que sea gay. Encontrar pareja estable homosexual, incluso en ciudades grandes y libres de prejuicios como Buenos Aires, es realmente difícil. Entonces, la hipótesis cerraría de la siguiente manera: renuncio a la felicidad por la estabilidad. Quiero pegarme un tiro. No puedo ser tan tarado. Y lo peor es que tuve mis noches rabiosas, mis historias breves. A veces las pienso y las saboreo. Qué loco, porque en ese momento no las disfrutaba tanto creyendo que quería ponerme de novio. Hoy siento que, en comparación con mis amigas —todas hetero— tuve mil experiencias y aprendí a valorar lo bueno y lo malo de estar solo y de estar con alguien. Pero en ese momento, creo que en ese momento no me liberé como lo haría hoy. Apa, estoy entrando en un terreno menos gris, Lic. Rabuffetti. Ojalá pudiera echártelo en cara.  

A veces creo que me conformé con esta relación por miedo a quedarme solo; otras veces, en días mejores, miro a Diego y lo respeto, lo quiero, lo siento cerca. Pero están esos otros días, los peores. Son días oscuros en que no encuentro excusas que poner en el trabajo para rescatarlo de alguna situación en la que queda atrapado por su enfermedad. Porque el problema no es Diego, acá la cuestión es la mente de Diego. Esa misma que en ocasiones me deslumbra con argumentos o ideas inteligentes; otras veces, cuando gobierna la ansiedad, su cabeza es el enemigo invisible, intangible, inaccesible. Esas veces quisiera entrar ahí y hacerle una lobotomía. ¡Me pudre! Estamos bien y de repente lo huelo, se asoma, comienza con contestaciones de mierda, con algún enojo infundado y me miento. Digo tiene un mal día, le pasó algo en el trabajo. Luego, aparece otro indicio, comemos en silencio, le hablo y no me contesta y lo sé. Sé que volvió, sé que Diego deja de ser mi novio Diego y pasa a ser Diego en crisis. Y ahí, ahí mis días se ensombrecen. Ahí sé que me va a necesitar. Sé que tengo que poner el cuerpo. Sé que empiezan las interconsultas, que se va a quejar de que nadie lo entiende, que nadie lo ayuda. Pero yo lo entiendo, sé que sufre. La pasa horrible. Pero ¿y yo? ¿Será que a mí me entiende? En general, cuando la crisis va cediendo y vuelve de a poco a ser él, le agarra como un ataque de amor y agradecimiento, y termina en declaraciones románticas que ni Jane Austen supo escribir. La Lic. Rabuffetti insiste en que es más de lo mismo y la última vez que la vi me dijo algo terrible. En esa sesión, me explicó que lo que padece mi novio es crónico. Por definición, crónico es que se sufre por un largo período de tiempo y que no tiene miras de terminarse, de curarse. Cuando lo conocí tenía la fantasía de la cura, me duró un montón de tiempo, y creo que fue la mentira que permitió que la relación se arraigara. Sé que es contra fáctico, pero entiendo que, si me hubieran dicho que los días malos llegaron para quedarse forever, probablemente hubiera salido espantado.

Pienso eso y me río. ¡Qué tipo contradictorio que soy! A veces me asusto de mí mismo. Es incomprobable eso de que lo hubiera dejado antes. Estaba tan desesperado y tan casi virgen cuando nos conocimos que creo que si Diego me decía que era un unicornio, firmaba ese día. Bueno, decía, el punto es que la psicóloga me aclaró que la enfermedad no se iba a curar, solo podía atenuarse la sintomatología, y que esta consistía en hilos de pensamientos eternos y perturbadores, eso, con una pizca de fobia social y un toquecito de ataque de pánico. Listo, tachame la doble. Entonces, cuando pasamos cenas en silencio, no es que no me quiere, como fantaseaba yo, sino que hay alguna idea de mierda, idea de autoflagelo, de desvaloración, que lo está castigando en silencio. No importa la cantidad de veces que le enumere sus virtudes, no alcanza, no las cree, no soy nadie para decírselas. No hay voz autorizada que venza la batalla contra la horrible conciencia interna que tiene de sí mismo. Sé que él intenta hacerle frente, salir victorioso y emerger con un suspiro a fuerza de hechizo mágico de esa interminable tortura que lo desgasta y le quita horas, días, años de vida. Diego sufre, en serio sé que sufre, lo entiendo. Él se queja de esto, dice que no se lo desea a nadie, que me cuenta el treinta por ciento de las cosas que piensa porque no se anima a decirme las otras; que, si yo supiera lo que piensa, lo dejo enseguida. Bueno, a riesgo de ser un forro otra vez, capaz que, en vez de morirse, me puedo ir adentrando en su mundo oscuro y ya… pero no, eso tampoco resolvería nada porque se lo dije a él y realmente lo siento así. Sé que no va a haber idea que me asuste porque a mí me dan cagazo otras cosas. Tengo miedo a subirme a una aerosilla, cierro los ojos cuando entro por el acceso norte a la General Paz, ahí donde se da esa curvita medio en el aire… ah qué mal la paso en ese momento. En fin, me dan miedo las alturas, los desastres naturales, las historias reales de violencia con asaltos y golpes, pero las ideas de Diego no me mueven un pelo. Siento que sus pensamientos lo amedrentan solo a él, a mí me hinchan las pelotas, pero ¿miedo? No, miedo definitivamente no.

Nos conocimos en una fiesta. Yo gay, él gay, fue flechazo de falta de oferta a primera vista. El embudo se achica en ambientes “normales” y los que naufragamos estas aguas nos manoteamos rápido en los contextos diversos. Antes de Diego, solo una vez me enamoré. Me enamoré y me rompieron el corazón. Un combo hermosamente económico. Fue un compañero de trabajo. Obvio que cuando se terminó todo, tuve que renunciar. Empezamos con señales claras de entender en qué vereda estamos, te gusto y me gustás, pero… él vivía con su novia. Sí, novia, femenino. Confuso, pero real. Bueno, en este caso, Lautaro estaba viviendo con su novia, pero me miraba con ganas en el almuerzo. Le di rienda suelta y empezamos a tener encuentros sexuales esporádicos en lugares públicos como el baño de la oficina, mi auto en un estacionamiento, espacios al aire libre… todo un sainete magnífico. La pasamos increíblemente bien, lindas charlas y mucho sexappeal, siempre y cuando no habláramos de su novia y la convivencia. En un momento este globo grande y rosa de felicidad empezó a desinflarse y fui más incisivo con las preguntas, cuestiones tan básicas como “¿qué pensás hacer con esta superposición momentánea de parejas?”. Soy puto, pero no boludo. Al principio él dio vueltas, me dijo que la iba a dejar, que le diera un tiempo, que le daba lástima la mina. Y le creí. Conoció a mis papás y ellos chochos porque, después de la noticia bomba de que tenían un hijo homosexual, no creían posible que tuviera intenciones de formar pareja estable. Creo que los tranquilizaba saberme de novio y soltaron por fin, la fantasía de por gay, entonces promiscuo. Pero bueno, tampoco estaba de novio en este caso. En una contradicción evidente y patológica, empezamos a tener una relación formal mientras yo pensaba con bastante atino que esto que estaba viviendo no iba a terminar bien. Duraron poco mis dudas, un día me mandó un mensaje diciendo que no nos íbamos a ver más, que no podía dejarla, y que mucha suerte para mí, que yo era un tipazo y esa sarta de pelotudeces que te dice la gente cuando te deja. Al otro día lo tenía que ver en el trabajo. Un horror todo. El viernes presenté mi renuncia y salí desesperado a buscar otra cosa para no tener que pedir mensualidad como a los quince años. Después de todo, el trabajo no me gustaba y a los dos meses conseguí uno mucho mejor, así que, en algún punto, puedo encontrarle el lado positivo a lo que pasó: estaba con el corazón roto, pero había mejorado el sueldo, la prepaga y tenía tres semanas de vacaciones.

Fueron dos historias de amor, entonces, dos historias en treinta y cinco años. Así que, repasado este dato, podría afirmar otra vez, sin riesgo a equivocarme, que si Diego me decía que tenía algunos temillas el mismísimo día en que nos dimos el primer beso, esa tarde nomás, sellaba nuestro pacto de amor para siempre.

Y acá estamos: frente a una nueva crisis que espero agazapado y ansioso. No sé cuán profunda será, no sé cuánto va a durar y no sé qué resto me queda para sostenerla. Siento que ya no quiero explicarle a mi jefe lo que le pasa a mi novio. Ya no quiero cagadas a pedo porque no me tomo mi trabajo en serio, porque sí lo hago. Amo mi profesión y soy muy responsable en mi laburo, pero tampoco puedo dejarlo tirado en la calle con un ataque de pánico. Entonces, mi dilema hoy es que sé lo que se viene, pero no sé si podré otra vez. Me da culpa saber que él no sabe que estoy pensando esto, pero en serio no sé si puedo enfrentar todas las consecuencias laborales y sociales de sus crisis, otra vez.

Hace unos años, se me ocurrió festejar mi cumple en casa con amigos. Yo no soy de ponerme en el centro de nada, pero tenía ganas y Agustina me volvió loco con la organización y la necesidad de celebrar. Cosa osada esto de festejar teniendo un novio con fobia social, pero él conocía a la mayoría y la situación andaba bien cuando eran pocos y el ambiente le resultaba familiar. Bueno, la cuestión es que Agustina quería joda y yo tenía ánimos de festejo, así que nos lanzamos de lleno a preparar todo. Una semana antes empezamos con el menú, los tragos y las invitaciones. Venía todo encaminado y Diego estaba en una fase de ausencia, así que lo dejé escaparse de todo, pero mirándolo de reojo porque sabía que podía pasar lo que pasó. Llegó el día. Comenzaron a venir los invitados, éramos doce en un departamento de cincuenta y cuatro metros cuadrados. Estábamos en la sobremesa, algunos parados, otros sentados, otros en el living, un par fumando en el balcón. Entonces lo miro, logro el contacto visual, y enseguida lo sé. Ya sé que está por explotar. Ya sé que se viene una escena que me va a perseguir días, semanas y meses. Sé que estoy por pasarla como el orto y sé que no voy a poder evitarlo. Sé que él se va a exponer, me va a exponer, nos va a exponer. Sé que me van a mirar con lástima y que voy a tener que sostener esas miradas tratando de no hacerlas propias. Sé que después se va a arrepentir, sé también que me va a pedir sinceras disculpas, que me va a explicar que intenta evitarlo, que quiere estar bien, que toma seis pastillas por día entre antidepresivo, antipsicótico, ansiolítico e hipnótico. Sé todo eso, pero sé también que me va a doler. Entonces me mira, intenta contener los ojos desencajados y larga un llanto profuso. Profuso, ruidoso, extremadamente gesticulado e histérico. Y entonces sucede: la gente que desconocía la situación se le acerca, le pregunta cómo ayudar y él no reacciona; los demás intentan seguir la escena incómodos sabiendo de qué se trata, pero desconociendo cómo resolverlo. Yo, parado en la esquina del living me quedo estático contemplando la escena. Siento la carga de la mirada lastimosa de todos, me pesa, miro para abajo, sacudo la cabeza, se me llenan los ojos de lágrimas, elevo la vista al techo de mierda que también necesita pintura, vuelvo a observar la escena, tengo una bola de angustia en la garganta, la dejo atorarse ahí y vuelvo a la petrificación inicial.

Por suerte Agustina activó. Entendió que de mí no podía esperar nada e invitó a todos a retirarse. Habló de darnos aire y de nuestra necesidad de estar solos y no sé cuántas cosas más para sacar de forma polite a todos de ahí. Veía que ella se movía enérgica mientras Diego seguía llorando —¿en serio tenías tantas lágrimas?— y yo ahí, en la esquina, con el vaso de cerveza caliente observando inmóvil. Agus se me acercó, me habló y, como seguía sin reaccionar, me dio una cachetada. Conecté con mi amiga mientras observaba a Diego que seguía sollozando. 

—También me voy. Llamame mañana y hablamos de esto, ya no da para más, Andy.

No sentí presión con el comentario, sabía a qué se refería, pero tenía ante mí otro problema más urgente. Le dije que estaba bien, que se fuera, que ya podía ocuparme. Me senté al lado de mi novio. No estaba enojado, solo me concentré en recorrer la bola de angustia que tenía en la garganta con el pensamiento: fui pensando en su rugosidad, en cómo golpeaba las paredes de mi laringe, fui haciendo consciente los ribetes, imaginándome contornos, buscándole una forma amorfa, la mensuré y contemplé propioceptivamente su crecimiento, cerré los ojos y la divisé. Cuando al fin pude tener una imagen clara, me levanté. Siempre fui un tipo muy moralista, de decir lo que pienso, pero en ese momento juro que ni siquiera podía pensar. No le hablé, no lo toqué. Solo empecé a moverme en silencio. Él se fue calmando. Los dos estuvimos callados un rato largo. Yo no tenía fuerzas para nada, ni para putearlo por dentro. Todavía en silencio, me puse a limpiar la casa. Fui a guardar unas cosas en la heladera y encontré la torta. Torta que nunca corté, no me cantaron el Feliz cumpleaños, no celebré. Bueno, celebré una hora y cuarto. Ahí sí, ahí me dio bronca. Pasé de estar en una pasividad prodigiosa a moverme decidido y apoyar las cosas con ruido. Él se dio cuenta. Empezó a limpiar también, pero no podíamos hablar del tema, no podíamos estar solos después de lo que había pasado en esos cincuenta y cuatro metros cuadrados. Yo estaba profundamente dolido, enojado, frustrado, pero ¿qué le iba a decir? ¡Vos y tu enfermedad de mierda se pueden ir bien al carajo! Sí, le quería decir algo de eso, pero no podía. No quería arrepentirme y no podía mirarlo, tenía tanta pero tanta ira adentro que decidí irme para no hacer cagadas. Agarré mi campera de jean y salí a caminar.

Estuve boyando por Buenos Aires dos horas y media. Había dejado mi celu en casa así que pude liberarme de todos, sacudir el malestar y pasar de la calentura a la impotencia, gradualmente. Desatoré la bola y empecé a llorar con fuerza. Sentí dolor físico en la garganta. El llanto arremetió por mis ojos pero la molestia se impregnó por dentro. Fueron treinta cuadras desesperantes. Por él, porque entiendo su dolor, porque sé que sufre, porque sé y me consta el esfuerzo que hace por controlar esto que no sabe de dónde viene. Pero lloré mucho por mí también, por estar ahí al lado sin derechos. No tengo el mismo derecho que él a quejarme, a angustiarme, a maldecir, que me pasen cosas tan pelotudas como no soplar las velitas en mi cumpleaños. Seguro es peor que te agarre una crisis de fobia social a no poder celebrar con amigos como habías planeado. Y pensando en esto lloré con más intensidad, con más angustia. En esa caminata solitaria entendí que siempre voy a ser el del sufrimiento secundario en esta relación. Ese día lo supe. Supe que, para mí, para él y para los que saben esto que nos pasa con la enfermedad de Diego, yo soy una especie de mártir en silencio destinado a aguantar estoico y a amortiguar sus dolencias. Esa noche, con ese enunciado tatuado en mi frente, terminé de entender acerca de roles, destinos y lugares en los que uno elige estar. Porque esto lo elegí yo. En algún momento, hace cuatro años, elegí conscientemente inmolarme por esta relación y ahí estaba: llorando desconsolado por las consecuencias de esa decisión. Por supuesto, y como siempre, mi no cumpleaños terminó en reconciliación y mil pedidos de disculpas. Sinceras disculpas porque él tendrá lo que tendrá, pero no me miente. Siguió llorando un poco más —¿WTF?— y pasamos el capítulo. Esto quedó enterrado como un evento desagradable del que nadie quiso volver a hablar, ni siquiera Agustina.

***

Yo sé dónde estoy, sé dónde me metí. Y sé también que ya no nos une el amor. Nos une la rutina, la costumbre, la convivencia tolerable; nos unen los sueldos para pagar las cuentas, el conformismo, el cagazo, pero ¿el amor? Ni idea a dónde se fue el amor en estos años. Pasamos de buscar prendas eróticas y salidas románticas, a calcular el rendimiento de los víveres hasta los miércoles que tenemos descuento en el supermercado. La sorpresa de cocinarle su cena favorita se vio desplazada por la espera en silencio de que salga con un plan, así ceno cualquier cosa y me voy a la cama. Yo no sé si esto les pasa a todas las parejas y el ejemplo que tengo encima tampoco ayuda mucho. 

Vengo de una vivienda fundamentalmente explosiva en donde la gente, o sea los miembros adultos de la familia, cuando se enojan por algo, evidencian su crispación y dicen cualquier cosa. Cualquier cosa, es cualquier cosa. Mi mamá tiene dosis bajas de instinto materno y mi papá es un tipo desregulado, por ser amable. Mi hermana no es homosexual, gracias a Dios, porque no sé si el sistema hubiera sobrevivido a dos hijos gays. Lucía siempre fue prolija, centrada, de novia desde hace años con el muñeco Ken de Barbie: buenísimo, socialmente impecable, lindo, de esos que llevás a las reuniones y quedás bien. Se quieren. No sé si son el uno para el otro o si mi cuñado le vuela la peluca —o la bombacha— a mi hermana, pero la relación camina. Ella siempre fue la hija buena y cargó con eso, pobre santa. No tuvo nunca un desliz, cumple con los compromisos familiares, visita a mis padres con frecuencia, llama a mi abuela todas las semanas… en fin. Siempre, frente a semejante estandarte de conducta, estoy en falta. La última vez que fui a visitar a mi abuela a la residencia, pasé la puerta y me dijo: “Andrés, ¡sos vos! ¿Dónde está Lucía?”. ¡Pero la puta madre! Yo como un boludo esperé cuarenta minutos en la cola de la panadería que a ella le gusta para comprar los alfajorcitos del orto que siempre pide, ¿y todo para qué? Si ya sé que cuando pase la puerta me va a preguntar por mi hermana. 

La abuela se mantiene fiel a dos comentarios cuando la voy a ver: el primero, en donde me traslada su inquietud acerca del paradero de la santa; y el segundo, más polémico y algo escalofriante, siempre dice algo así como “Qué dientes grandes tenés, Andrés”. ¿En serio? O sea, ¿qué hago para ahorrarle el avistaje de mis dientes? Por un tiempo intenté largar la media sonrisa, así, tipo los labios entreabiertos a ver si zafaba de la crítica no constructiva e imposible de resolver que ella dispensaba. Pero se daba cuenta. Me miraba fijo, de manera punzante. Creo que tenía algún poder oculto para abrirme la boca. Sé que suena raro, pero juro por mi conciencia yoica homosexual que mi abuela Rita tiene poderes para que le termine mostrando los dientes y así soltar el segundo comentario del guion de la visita. En fin, lo creativa que se vuelve mi familia para el insulto es insólito. Y siempre termino igual, con los dientes al viento y treinta y nueve grados, sosteniendo la bandeja de alfajorcitos para que la vieja desalmada me pregunte por qué no fue mi hermana. Por supuesto que habla de los dientes porque no sabe que soy gay. Mi mamá piensa que no lo va a entender y que me va a maltratar si lo sabe. No sé a qué se refiere mamá con maltrato. Capaz esto que cuento es amor y la abuela Rita maltrata cuando contrata a un sicario para que te arroje a las vías del tren. 

A veces pienso que se identifica con su propio proceso. Mi mamá, digo. Porque papá lo tomó un poco mejor. No sé si es que lo suponía, se lo imaginó o entendió que no había vuelta atrás, pero no me pasó factura cuando les conté lo que me pasaba. Mamá, sí. Me lo hizo sentir, me trasladó su desaprobación. Puedo ponerme en su lugar y comprender la frustración de dejar ir su sueño de verme estabilizado en una familia tradicional cristiana. Incluso, quisiera poder perdonarla cuando me paro en esa perspectiva, pero no soy lo suficientemente noble, bueno o Lucía para hacerlo. Siento que mi hermana nunca hubiera sido lesbiana porque eso la haría imperfecta ante los valores familiares, y no sería ella, pero, si fuerzo la proyección y la pienso, también sé que Lucía la hubiera perdonado a mamá; un perdón de corazón y genuino por entender su sufrimiento, ese perdón que ansío y no me sale. No tengo el gen. Me da mucha culpa porque me siento más roto aún de lo que estoy, pero no puedo ablandar mi resentimiento. Aún hoy, sé que mamá sufrió mucho por mí. Todavía no puedo soslayar que yo también por ella. Ese día entendí que no estaba de acuerdo con mi elección sexual, que la horrorizaba saberme gay, y me llevó años de terapia saber que se me había escapado la tortuga. Pero ese era el punto también, saberme homosexual me costó horrores. Si mamá supiera lo difícil que fue entender que no tenía nada malo adentro, que no estaba enfermo ni errado, ¿habría sido más indulgente? Saber que yo sufría mucho por entender mi homosexualidad, ¿hubiera hecho que empatice conmigo y controle sus caras? Voy a concederle el beneficio de la duda. En el momento fue una tortura, lo recuerdo y me amargo profundamente. Pero ahora sé que no hubo ni había algo malo en mí, yo soy lo que soy y estoy bien con eso.

Tengo cosas que agradecerle también mamá. Esas las pienso a menudo y me generan mucha confusión. Sé que heredé de ella el amor por la cocina, por comer bien, por ser piropeado como anfitrión de lujo. Ligué de Mirta, y de la abuela Rita, la distinción y buen gusto para vestirme acorde a pesar de lo barato. Obtuve el don de disimular la escasez y mostrar agrado, me supe capaz de aprender y de sacarle el jugo a una buena educación. Entendí de grande el esfuerzo unipersonal de mamá en que progresáramos, supe que ahí estaban sus sueños truncos, los de brillar y ser millonaria a pesar de haber nacido en un cuerpo de clase media baja argentina, y que ahí quizás también estaba su amor. Puedo recordar cómo de chico sufría con sabor amargo el rechazo frente a mi identidad no solo de género, sino a mi esencia, a todo lo que soy. Fue confuso también, que mamá rechazara a las personas con las que tercerizaba la crianza, esa crítica permanente y lacónica, incluso a papá, al que a veces amortiguaba cuando se ponía muy heavy, y otras, criticaba con una descalificación agobiante.

Me cuesta aún integrar estas cosas buenas con las tantas otras difíciles de Mirta. Por momentos siento que fue dos personas, los recuerdos se separan, no logro unirlos: los malos van por un lado y los buenos, por el carril rápido, avanzan y salen velozmente de mi memoria. Tengo que hacer un esfuerzo tan grande y sobredimensionado para pensarlos, que ahí es donde reparo que soy injusto con ella, a pesar de no poder evitarlo. También me sé inmaduro. Entiendo que cuando le echo la culpa por lo malo que soy, lo que no me gusta de mí, lo que me avergüenza de mis acciones, es más ¿fácil? decir que es por ella y sus mierdas, que por mí y mis pedos. Ahí reflexiono y me siento un cobarde, pero no me da culpa culparla. Hoy siento que se lo merece. No la soporto a Mirta y, sinceramente, tendrá que ser culpa de ella. ¿Yo qué tengo que ver?

***

En los tiempos de revelación sexual, me ayudaron mucho Agus y su familia, sobre todo su mamá, Marina. Nos conocemos de chicos, desde el jardín. Ella siempre estuvo atenta a nosotros. Siempre supo que era homosexual. Eso, y el dato de que era yo el gay y no su hija, fueron clave para que esté disponible para mí en el proceso de descubrimiento de mi sexualidad. Yo venía elaborándolo, masticando la ola de emociones, de sensaciones, las calenturas cuando veía a un chico que me gustaba. Marina me hablaba. Me leía libros, buscábamos información en internet. Pudo contener mi angustia y mis dudas, pero hizo algo más. Hizo algo que fue fundamental para mí: me preparó para el rechazo de mi mamá. Obvio que ella la conocía, sabía cómo iba a reaccionar. Marina me habló del shock de la noticia y el proceso de asimilar la información para mis padres; me dijo que en ningún momento iban a dejar de quererme, aunque yo lo sintiera: me explicó los valores tradicionales de mi familia y lo difícil que pueden ser estas cosas para los adultos. Marina me advirtió y con eso me salvó del abismo.

Es difícil describir la desaprobación en la expresión de mi madre cuando lo supo. Era mezcla de asco con repulsión y desdén. Dije poco al principio, pero cuando vi esa cara me puse verborrágico, empecé a argumentar que nada iba a cambiar para ella, que no le íbamos a decir a nadie, que si quería me ponía de novio con alguna chica para despejar sospechas. Entré en un torbellino desesperado en donde sentí que me retiraba de su corazón para siempre. Tenía trece años. Me quedé en silencio y las palabras de Marina vinieron como un bálsamo amable y tibio a darme un abrazo: “Andy, no importa lo que insinúen, no importa lo que te digan ni cómo te miren, nunca van a dejar de quererte”. Lo miré a papá, me miró y supo verme adentro. Me dijo que iba a estar todo bien, que los deje procesar la información y la mandó a Mirta a descansar al cuarto.