Esto no es normal - Joel Salatin - E-Book

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Joel Salatin

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Beschreibung

Salatin es el granjero más polémico y activo de los Estados Unidos. Defiende apasionadamente las pequeñas granjas, las cooperativas locales, y el derecho a tener a otra opción fuera del paradigma de la agricultura industrial. Nos presenta un manifiesto de ideas prácticas y filosóficas sobre cómo hacer agricultura y ganadería sostenible y poder alimentar a un gran sector de la población. Destaca la importancia de consumir alimentos sanos, ecológicos y estacionales, la necesidad de apoyar la agricultura local, el respeto al medio ambiente y el valor de vivir cerca de la naturaleza y de las personas que amamos, entre muchas otras recomendaciones.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Esto no es normal

Recomendaciones de un granjero que ama a los animales

Joel Salatin

Edición original: Folks this ain’t normal: A Farmer’s Advicefor Happier Hens, Healthier People, and a Better World.Center Street, Nueva York, USATraducción del inglés: Mónica Fernández Perea

Publicado por:Editorial Diente de León,Avenida Luis Salvador Cilimingras, s/n.07170 Valldemossa (Illes Balears)www.editorialdientedeleon.com

© Joel Salatin, 2011© de la traducción: Mónica Fernández Perea, 2017© Editorial Diente de León, 2017

Diseño de cubierta: Jaime CruzFoto de portada: shutterstock.com

ISBN eBook: 978-84-946224-7-2

Reservados todos los derechos en lengua castellana. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra, ni su tratamiento o transmisión por ningún medio o método sin la autorización por escrito de la editorial.

La editorial DDL está comprometida con la ecología y la salud, lo que significa reducir al máximo nuestro impacto medioambiental.

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:[email protected]

Joel Salatin es un pionero del siglo XXI con los pies en el suelo, uno de esos pensadores inconformistas difíciles de encontrar, cuyas palabras y trabajo tienen el poder de transformar el pensamiento de una generación. Esto no es normal contribuirá a sembrar el nuevo movimiento natural y a inspirar a las personas en cualquier lugar, en especial a los jóvenes que necesitan un poco de esperanza práctica. Y este es el incentivo adicional: el libro es increíblemente divertido. Vacas sagradas, tengan cuidado.

Richard Louv, autor de Volver a la naturaleza y Last Child in the Woods.

En Esto no es normal, Joel Salatin dice que ha llegado la hora de dejar de dar por sentado nuestro sistema alimentario industrializado y, en su lugar, empezar a considerar la producción local y sostenible de alimentos como la norma. Buen plan. Estés o no de acuerdo con su afirmación de que todos estaríamos mejor si el gobierno dejara de regular los alimentos, sus ideas están escritas de forma cautivadora, son divertidas y, sin duda, merecen tenerse en consideración.

Marion Nestle, profesora del Departamento de Nutrición, Estudios Alimentarios y Salud Pública, Universidad de Nueva York, y autora de Food Politics.

Salatin se describe alegremente a sí mismo como un ‘cristiano libertario ecologista capitalista lunático’. Su libro es extremadamente revelador, especialmente para aquellos que no se sienten cómodos en ninguna de esas categorías.

Kristin Ohlson, autora de The Soil Will Save Us y escribe para The Plain Dealer.

Viviendo en la granja que han cultivado cuatro generaciones de su familia, Joel está en sintonía con el suelo, la lluvia, las estaciones y el glorioso hedor de los animales. Él lo ama todo y cree en esta manera sencilla, la manera no industrial, de producir alimentos como nuestra vía de escape del embrollo alimentario que depende de los monocultivos y los productos químicos.

Sandy Bauers,Philadelphia Inquirer.

A través de una mezcla de sabias anécdotas personales y ocurrentes, de su experiencia directa como granjero y como padre y de un conjunto de trucos e ideas provocativos, Salatin nos anima a todos a convertirnos en sanadores de la tierra, la comida, la economía y la cultura.

Helen Jupiter,Bellingham Herald.

[…] los tipos de personas que sin duda se beneficiarían de leer Esto no es normal incluyen: vegetarianos, carnívoros, ecologistas, los que compran en McDonald’s, los que compran en los mercados de productores, los que compran en Chipotle, conservadores radicales, liberales, cristianos, científicos, ateos, políticos, grandes agricultores, pequeños agricultores, habitantes de ciudades, habitantes de pueblos, el noventa y nueve por ciento y el uno por ciento. En pocas palabras: todo aquel que coma.

Doctora Darya Pino,The Huffington Post.

ÍNDICE

Prefacio a esta edición

Prólogo, por Allan Nation

Introducción

1. Niños, quehaceres, humildad y salud

2. Un gato es una vaca, es un pollo, es mi tía

3. La matanza y la despensa

4. Envoltorios, envases y papel de aluminio

5. Granjas de césped y pollos de cocina

6. Los nuggets con forma de Dino, el dinosurio, no crecen en los pollos

7. Solo servimos carne blanca

8. Etilendiaminotetraacetato disódico, ¡qué rico!

9. Sin compost no hay digestión

10. La caca, toda la caca y nada más que la caca

11. Aparca el coche, cultiva la tierra y genera energía

12. Casas de ensueño subterráneas sin tejado

13. Oda al agua

14. Fertilización a base de carbono lignificado capturado por conversión solar a altas cargas ganaderas

15. Hagamos una granja repugnante

16. Mitología científica: centauros y sirenas disponibles en supermercados

17. Lo barato sale caro

18. Aparta tus sucias manos

19. Caquita estéril y otros objetivos culturales de mal gusto

20. Por la presente te libero de ser responsable de mí

21. Soy del gobierno y estoy aquí para ayudarte —Sí, claro

22. La impía Inquisición alimentaria de la Iglesia industrial

Agradecimientos

Listado de siglas

Índice analítico

PREFACIO A ESTA EDICIÓN

Quizá la lección más importante que he aprendido mientras impartía seminarios por todo el mundo es cuánto nos parecemos. Puede que nuestros políticos, nuestro clima y nuestras tradiciones sean diferentes, pero todos tenemos palabras para definir las mismas emociones, todos comemos y todos dependemos por completo de una tierra productiva para sobrevivir. Todos necesitamos agricultores.

Otra similitud que compartimos es la edad avanzada de los agricultores. Esta es más acusada en Japón, donde la edad media ha llegado a los setenta años, pero es similar en la mayoría de los países desarrollados. En Estados Unidos ahora mismo la media está en sesenta años, prácticamente igual que en toda Europa. Por lo tanto, a lo largo de las próximas dos décadas, más o menos, la mitad del patrimonio agrícola (tierras, edificaciones y maquinaria) cambiará de manos.

¿A manos de quién? ¿Quién controlará este cambio? Esta transición es tan aterradora como emocionante. Significa que aquellos que saben cómo ganarse la vida trabajando la tierra tendrán una oportunidad sin precedentes. El paradigma actual altamente capitalizado y basado en monocultivos de alimentos de primera necesidad tiene poco que ofrecer a la próxima generación. De ahí la falta de sucesión.

Pero los nuevos modelos de producción diversificados, centrados en lo local y en la densidad nutricional de los alimentos, ofrecen a la siguiente generación una puerta de entrada a la más sagrada de todas las vocaciones. Si sabes cómo ganarte la vida trabajando la tierra, si puedes gestionar el paisaje para lograr belleza estética y aromática, si entiendes cómo se construye una tierra fértil, entonces te irá mejor que a cualquier otra generación agraria.

El tipo de agricultura que defiendo en este libro sustituye las grandes inversiones de capital, energía y productos farmacéuticos por grandes inversiones en personal y gestión. Es un intercambio positivo y una promesa para las sociedades con altas tasas de desempleo. Además, la agricultura ofrece una vocación noble y sagrada para los millones de personas que no quieran pasar su vida enjauladas en cubículos y sentadas delante de un ordenador. Somos muchos los que adoramos trabajar con las manos, tener callos y mantenernos vitales con un trabajo intenso. La participación visceral en la naturaleza a través del trabajo físico nos otorga sentido común y una satisfacción que reafirma el alma. Esto no es ganarse la vida, esto es vida.

El tipo de agricultura promovida en este libro es tan aplicable en las zonas costeras del Mediterráneo como lo es en el País Vasco, en América Central o en el extremo sur del continente americano. El alcance de la lengua española, legado de una cultura visionaria, llega ahora hasta mi corazón y nos conecta con la esperanza de una tierra sanada y un impulso agrario emprendedor. Me siento agradecido y afortunado sabiendo que estas ideas encontrarán ahora un lugar en los corazones de muchas más personas.

—Gracias, muchas gracias a todos.

Joel Salatin

Polyface Farm, 2017

PRÓLOGO POR ALLAN NATION

Durante veinticinco años he visto como Joel Salatin y su familia han luchado para ganarse la vida con las cuarenta hectáreas de espacios abiertos que poseen en el norte de Virginia. Además de sufrir los caprichos del clima igual que cualquier otra iniciativa empresarial basada en la agricultura, Joel, a la par que otros productores a pequeña escala como él, ha tenido que luchar con normativas y regulaciones gubernamentales que, intencionadamente o no, le han negado el acceso al mercado. Nos dicen que la finalidad de la mayoría de estas normativas es asegurar que los consumidores estadounidenses obtengan alimentos saludables, pero en realidad lo que hacen es justamente lo contrario. Una normativa que se aplique de forma universal a todos los productores puede ser una pequeña molestia para una gran industria y un obstáculo insalvable para un granjero dedicado a la venta directa.

Como Joel explica claramente en este libro, estas normativas están diseñadas principalmente con el objetivo de dificultar el acceso al mercado, no de regular la calidad o la salubridad de la comida. No existen normativas que se apliquen a los alimentos servidos en una fiesta privada o en un evento eclesiástico, donde la comida se regala. Las normativas solo entran en juego cuando la comida se vende. Una pregunta clave en el libro es, ¿qué tienen las iniciativas privadas para que el gobierno considere de pronto la producción de alimentos a pequeña escala como algo tan peligroso?

En un momento en el que la comida local está de moda, las normativas federales, estatales y locales obstaculizan enormemente el crecimiento de esta alternativa frente a la comida industrial. Sin duda, muchos consumidores urbanos se asombrarán al leer acerca del acoso hostil y la intimidación que sufren los productores de alimentos a pequeña escala por parte de los inspectores del gobierno que Joel apoda “la policía de la comida”. ¿En qué otro ámbito eres considerado culpable hasta que se demuestre que eres inocente? ¿En qué ámbito, cuando se demuestra que eres inocente, no se piden disculpas o se emite una declaración de prensa exculpatoria? Tras varias ocasiones de sufrir este tipo de trato, ¿seguirías intentando vender alimentos directamente a los consumidores?

Desgraciadamente, esta guerra financiada con el dinero de los contribuyentes en contra de la producción local de alimentos está llevándose a cabo sin la cobertura de los medios de comunicación. Con suerte, este libro conseguirá que los consumidores de alimentos producidos de manera sostenible la tengan en mente. Sin embargo, en esta batalla hay algo más que la mera lucha contra los burócratas del gobierno enloquecidos de poder. En ella también están los menús de los restaurantes, los emporios de la comida rápida, las políticas de compra de los supermercados ecológicos como Whole Foods e incluso los consumidores solidarios como tú.

El gran problema es que todo lo nuevo tiene que empezar siendo pequeño y bajo un prototipo de producción que sea simple y barato. Pocos granjeros autofinanciados tienen los recursos suficientes como para empezar a la escala que requiere la mayoría de los clientes corporativos. Los pequeños productores venden sus horas de trabajo a través de sus productos. En consecuencia, buscan sistemas de producción que requieran mucha mano de obra y poca inversión de capital, igual que hacían los granjeros hace cien años. Pero el mercado no es tan flexible como lo era hace un siglo. Un restaurante que solo quiera un tipo de corte de carne beneficia muy poco al productor a pequeña escala, ya que este también tiene que vender el resto de la carne del animal. De igual modo, obligar a una granja, cuya plantilla consiste en un matrimonio, a rellenar toneladas de papeleo y formularios antes de poder vender un solo bocado de comida a una franquicia es un castigo cruel y extraordinario.

Además, pedirle a un sistema de producción “natural” que funcione los doce meses del año es un contrasentido. Para que una granja funcione con poco capital de inversión, el modelo de producción ha de estar sincronizado con la temporada natural de producción. Por ejemplo, no puedes criar pollos, que son animales tropicales, en el exterior cuando hay un metro de nieve. Obligar a que un granjero a pequeña escala produzca todo el año como si fuera una industria es una fórmula asegurada para el agotamiento y la bancarrota, además de ser una receta para que fuera de temporada tú, el consumidor, tengas una experiencia culinaria insípida. Como dicen en Suiza, “el queso de invierno es un queso aburrido”. En los productos de origen animal, los matices de sabor únicos de la carne y la leche tradicionales provenían del hecho de que los animales habían estado consumiendo pastos verdes y vivos. Estos sabores desaparecen cuando los animales se alimentan exclusivamente a base de heno o silo. La ventaja competitiva de un granjero a pequeña escala está en producir un alimento estacional que sea realmente sabroso, cuya producción requiera de una serie de habilidades y que pueda venderse a través de una cadena de distribución corta y barata. La venta local no solo cumple estos requisitos, sino que normalmente es imprescindible para que una granja pequeña pueda ser rentable y autosuficiente.

Para que la producción local de alimentos continúe creciendo, el sistema regulatorio y comercial va a tener que hacer algunas concesiones y encontrarse con el granjero a medio camino. No soy el tipo de persona que piensa que “o lo hacemos a mi manera o nada”. Como Joel, no deseo normativas que conduzcan al fracaso de la agricultura industrial. Solo deseo que el consumidor tenga más opciones. Los que defendemos la agricultura sostenible no nos oponemos a que existan normativas de sanidad. Nos oponemos a que las normativas requieran grandes inversiones cuando existen alternativas asequibles. Pedimos que nos digan cuáles son los requerimientos y que nos dejen idear una manera de cumplirlos. El diseño de alternativas de bajo coste es nuestra especialidad y lo hacemos realmente bien. Dadnos un poco de cuerda.

Joel Salatin es un ejemplo excelente de esta creatividad para desarrollar prototipos de producción barata. Sin ninguna ayuda creó la industria norteamericana del pollo criado en pastos, con sus refugios móviles de bajo coste. Desde utilizar cerdos para airear su compost en primavera, hasta gallinas libres de verdad para controlar la población de moscas en sus pastos, Joel ha descubierto maneras de producir alimentos con un mínimo de inversión y sin sustancias químicas tóxicas. Durante los veinticinco años que lleva escribiendo una columna mensual en nuestra revista Stockman Grass Farmer, Joel ha compartido sus ideas, sus éxitos y sus fracasos con todo aquel que ha querido leerlos. No tiene absolutamente ningún miedo a la competencia. Excelente orador, ha viajado por todo el mundo con su mensaje acerca de la necesidad de revivir una concepción jefersoniana, es decir, intelectual, de la agricultura. Sorprendiendo a la mayoría de sus audiencias, aparece en sus conferencias vestido con un traje de negocios, con camisa y corbata, para aclarar que es un empresario con titulación universitaria, no el paleto de pueblo o el neohippy que estaban esperando. Sin importar la audiencia, no se muerde la lengua a la hora de discutir sus creencias libertarias en lo referente a la economía, su conservadurismo social o su fe religiosa. Ni qué decir tiene que esto desconcierta por completo a los que piensan que todos los productores de alimentos ecológicos son de izquierdas.

Personalmente, hace tiempo que pienso que la granja Polyface de Joel Salatin es un excelente ejemplo de cómo las granjas de venta directa y gran valor como la suya podrían ser un estímulo para el desarrollo económico del mundo rural. En la actualidad, Joel tiene catorce empleados, compra localmente todo el pienso suplementario que comen sus pollos y cerdos criados en pastos y todos sus animales se procesan en el entorno local. A base de sudor equitativo, ha construido un negocio alimentario que genera dos millones de dólares al año sin ningún tipo de préstamo, asistencia o subsidio del gobierno. Para mí, este es el tipo de historia que tendría que aparecer en la portada del Wall Street Journal.

Y su granja es realmente hermosa, con pastos ultraverdes fertilizados con el estiércol de miles de pollos criados a base de pasto. En las zonas boscosas, la vegetación del sotobosque se ha despejado gracias a la intervención controlada de los cerdos, creando un entorno abierto similar al de un parque. Una serie de estanques escalonan la ladera de la montaña detrás de su casa, proporcionando agua a la fauna salvaje, además de un sistema de riego por gravedad para los pastos. Si quisieras darle un empujón a la economía del agroturismo, nada lo conseguiría mejor que cien granjas como la de Joel. Más puestos de trabajo, un paisaje más bonito, comida más sana, todo creado sin ningún gasto para el gobierno. ¿No suena esto a lo que Estados Unidos está buscando en este momento? Aquí encontrarás cómo ayudar a conseguirlo.

El compromiso con el granjero también se extiende a ti, el consumidor. La mayoría de nosotros estamos tan condicionados por el sistema alimentario industrial que no nos damos cuenta del conflicto entre nuestro sistema de creencias y nuestras expectativas. Por ejemplo, no esperes encontrar carne de pasto fresca de vacuno o pollo, sin congelar, en mitad del invierno, en la tienda o el restaurante local. Intenta aprender lo suficiente acerca de la producción ganadera como para que no te engañen con falsos sistemas naturales, como pollos de pasto criados sobre cemento en un edificio que tiene una puerta diminuta a un patio. Date cuenta de que la etiqueta de certificación ecológica de la USDA1 no te asegura que se hayan utilizado métodos de producción que imiten a la naturaleza. Por ejemplo, la mayoría del vacuno con certificación ecológica viene de cebaderos de tipo industrial y la leche ecológica producida en invierno utiliza los mismos prototipos de confinamiento que la industria lechera. La etiqueta “USDA Natural” no significa absolutamente nada en lo que se refiere a los métodos de producción utilizados. Los productos que parecen o suenan como productos naturales, pero que no lo son, son una manera de que la industria se beneficie económicamente del duro trabajo de divulgación que hacen los productores a pequeña escala, que realmente tienen algo diferente que ofrecer. No te dejes engañar por esos charlatanes mientras te gastas más dinero en comprar la misma basura de siempre con una etiqueta nueva.

Como consumidor comprometido, tienes que estar dispuesto a responsabilizarte por lo que comes. No delegues esa labor a la USDA o a la FDA2, para que aprueben a los granjeros por ti. Hazlo tú mismo. Intenta comprar el máximo de tu proteína animal y lácteos a un granjero al que visites ocasionalmente, e intenta producir muchas de las verduras y huevos que comes. Este camino puede empezar de una forma tan modesta como plantando una tomatera en un tiesto.

Si tienes un médico y un dentista de confianza, también necesitas tener un granjero como Joel Salatin en tu equipo. Esa es la verdadera revolución alimentaria local que se está extendiendo a lo largo de Estados Unidos. Súmate.

1. [N. de la T.] Departamento de Agricultura de Estados Unidos, por sus siglas en inglés.

2. [N. de la T.] Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos, por sus siglas en inglés.

INTRODUCCIÓN: CÓMO ME VOLVÍ NORMAL

Mi familia y nuestra granja, Polyface, parecen en muchos aspectos un anacronismo. Todavía no tenemos tele en casa. Producimos prácticamente toda nuestra comida y creo que si encontráramos la forma de cultivar papel higiénico y pañuelos faciales, podríamos emanciparnos de la sociedad.

Teresa, mi maravillosa y hermosa pareja de más de treinta años, pasa muchos días del año elaborando y embotando puré de manzana, congelando maíz dulce, fermentando pepinillos y almacenando tarros, por centenares, en la despensa del sótano. Bebemos leche cruda, a veces adquirida legalmente y otras veces no. Aunque nuestra granja produce cientos de cabezas de vacuno, cientos de cerdos, muchos miles de pollos y huevos, pavos, conejos, verduras y productos del bosque y, quizá, para cuando leas esto alguna que otra cosa más, nada entra en los canales de la industria alimentaria para ser clorado, amalgamado, prostituido, irradiado, ni adulterado. Vendemos directamente a familias, a restaurantes y a unos pocos comercios de venta al por menor.

En medio siglo, no hemos comprado un solo kilo de fertilizante químico y no aplicamos pesticidas, herbicidas, insecticidas ni ningún otro ‘-cida’ a nuestras plantas y animales. Nuestros animales no se drogan. En su lugar, los movemos casi a diario de pastizal a pastizal, en un baile coreografiado con delicadeza. No están confinados en instalaciones concentradas de cebo. Los herbívoros no reciben cereales y los omnívoros reciben cereales suplementarios locales y no transgénicos (nada de organismos genéticamente modificados, OGM).

No participamos en ningún programa gubernamental, punto. No aceptamos subvenciones, ni ayudas para cultivos ni acuerdos de custodia del territorio3, sean públicos o privados. Nuestra infraestructura es en gran medida portátil y casi invisible.

En invierno, alojamos a las gallinas, los cerdos y los conejos en invernaderos, todos juntos. Este exquisito minizoológico confunde a los patógenos y los desarticula sin necesidad de utilizar medicamentos ni desinfectantes tóxicos.

Mi madre, Lucille, es una ágil octogenaria llena de energía que todavía agota a muchas mujeres con la mitad de su edad si intentan seguirle el ritmo. Vive a quince metros de mi casa en una vivienda de alrededor de 1750, construida con troncos de castaños americanos, gloria de los bosques de Norteamérica hasta cerca de 1900 y extintos hoy en día. Calentamos tanto la casa de mamá como nuestra vieja casa con una estufa de agua supermoderna ubicada en el exterior, utilizando como combustible la madera que recolectamos en nuestra propia granja.

Mi padre, Bill, falleció en 1988 después de servir en la fuerza naval durante la Segunda Guerra Mundial, obtener un título en económicas y trabajar para Texas Oil como contable bilingüe en Venezuela durante cerca de una década, antes de comprarse allí una granja. Cuando se conocieron, mi madre hacía un máster de salud y educación física en la Universidad de Indiana y mi padre se sacaba su diplomatura con una beca de retiro militar. Se casaron y comenzaron su vida como agricultores en Venezuela, pero no pudo ser. La agitación política en el país desencadenó en la expropiación de la finca en 1960 y perdieron los ahorros de toda su vida junto con el sueño de montar una granja en un país en vías de desarrollo. A su vuelta a Estados Unidos se pusieron a buscar tierras a menos de un día de distancia en coche de Washington D.C ., mientras esperaban a que los vientos políticos cambiaran y les permitieran regresar a su querida granja de cuatrocientas hectáreas, esa tierra rodeada por un ancho río y situada sobre el ecuador en las tierras altas de Venezuela.

No pudo ser. En su lugar mis padres encontraron esta granja en el valle Shenandoah en Virginia, de lejos la tierra más erosionada, decrépita y llena de zanjas (¿he dicho que era la más barata?) que te pudieras encontrar. Pidieron una hipoteca para comprarla en el verano de 1961 y se mudaron con sus dos hijos, Art de siete años y Joel (yo) de cuatro y con mamá muy embarazada de mi hermana Loretta.

Cuando llegué a la madurez en la que mis padres tuvieron que empezar de nuevo, su determinación incansable y su perseverancia me inspiraron con más fuerza de lo que ningún sermón podría haberlo hecho. No puedo imaginarme llegar a esa edad y tener la energía para comenzar de nuevo. Sin embargo, eso es lo que hicieron. Descubrirás más cosas sobre esta granja y su proceso de sanación a medida que te adentres en el libro. Es una historia hecha a base de carbono, de construir tierra fértil, de innovaciones ecológicas y de una vida entera de nadar a contracorriente.

No recuerdo mucho de Venezuela, excepto algunos momentos traumáticos del final, cuando escapamos de la rebelión y el caos que se adueñaron de las zonas rurales. Me gustaría haber conservado el español que entonces hablaba con fluidez, pero ay, en aquellos tiempos la gente en Swoope, Virginia, pensaba que hablar español era cosa de tontos o de locos, así que mamá y papá decidieron, a regañadientes, no pelear esa batalla. Ya manteníamos otras batallas como el menosprecio hacia los forasteros, hacia los del norte y hacia los granjeros que producían hierba en lugar de maíz y que no echaban DDT, ni el resto de brebajes milagrosos salidos de la mismísima despensa del diablo. Ah, ¿he mencionado que el Ku Klux Klan quemó una cruz y unas balas de paja en la carretera de casa para que nos enteráramos de que la gente sabía que éramos espías comunistas? Bienvenidos a Swoope.

Ahora, cincuenta años después, no creo que nadie en Swoope piense que somos espías comunistas, pero en la era del macartismo, los prejuicios contra los forasteros estaban bastante arraigados. Hoy en día somos buenos amigos de algunos vecinos y otros todavía nos rehúyen. Pero así es la vida cuando nadas a contracorriente.

Durante mi infancia y adolescencia yo era un niño que verdaderamente adoraba el campo. Mi hermano mayor se marchó para dedicarse a la mecánica aeronáutica y fue durante quince años piloto misionero en Indonesia, hasta que uno de sus hijos contrajo una enfermedad que les obligó a volver al país para obtener una mejor atención médica. Su familia volvió a la granja en 1996 y él puso en marcha su propio negocio como mecánico de avionetas. Mi hermana se casó con un contable y se mudó a Texas, cerca de Dallas, donde ella y su marido han criado a sus dos niños y donde ahora trabaja orgullosamente en las oficinas administrativas de los Boy Scouts de América. Yo fui el único que escogió ser granjero de profesión.

¿He dicho que quería ser granjero? Tienes que entenderlo, lo único que quería era ser granjero. Me encantaba el campo. Me encantaba cortar cardos, cuando aún los teníamos. Me encantaba el huerto. Me encantaba darles el biberón a los corderos y a los terneros. Me encantaba ordeñar. Cuando tenía diez años puse en marcha un gallinero y repartía huevos a los vecinos y miembros de la iglesia. ¿He dicho que me encantaba el campo? Teresa y yo fuimos novios desde el instituto y nos casamos al terminar la universidad, ella, con un título en economía doméstica, y yo, con un título en lengua inglesa que obtuve en la escuela cristiana de artes liberales de la Universidad Bob Jones, donde me especialicé en técnicas de debate. ¿Te sorprendería que te dijera que me encantaban las competiciones de debate? Participé en ellas durante todos los años de instituto y de universidad. Cualquier cosa que tuviera que ver con la comunicación, allí estaba yo, ya fueran competiciones de ensayo, oratoria, drama o debate.

Todos mis compañeros han hecho carrera como prestigiosos abogados, políticos o como oradores motivacionales. ¿Yo? Yo solo quería ser granjero. Ni en mis sueños más descabellados pensé que escribiría libros y me convertiría en unos de los principales propulsores de una ola en defensa de la comida producida con integridad que está inundando el paisaje norteamericano. A menudo, la gente le pregunta a Teresa: “¿erais conscientes de lo que estabais haciendo?”. Mi eterna mejor amiga se ríe y contesta: “no, yo pensé que me casaba con un granjero”. Teresa creció en una familia de granjeros, la única chica de cuatro hermanos. Sabe cómo apañárselas sola, te lo aseguro.

Mi padre y mi madre tuvieron que trabajar fuera de la granja para poder pagarla, ella dando clases de salud y educación física en el instituto y él como contable. Pero fueron experimentando. Papá era un genio, estoy convencido. Desarrolló un sistema de cercados eléctricos móviles a principios de la década de los sesenta, entendía cómo se construye la tierra fértil, el compostaje y la importancia de la densidad nutritiva. También comprendía el significado de deuda y rentabilidad, los márgenes y la comercialización de productos de valor añadido. Aunque mis padres nunca vivieron de la granja, sentaron unas bases, una ética, de hecho una visión, lo suficientemente grandes como para atrapar mis sueños más alocados.

Habiendo trabajado a tiempo parcial en el periódico local durante mis años de instituto, al terminar la universidad volví allí con un puesto a tiempo completo. Teresa y yo nos casamos y con el apoyo de mis padres convertimos el ático de la casa en un espacioso apartamento abuhardillado. Vivimos allí durante siete años hasta que nació nuestra hija. Mi abuela, que se había mudado a una casa prefabricada, instalada en nuestro patio cuando yo era un adolescente, había fallecido y mis padres decidieron intercambiar casas. Se mudaron a una vivienda más grande y estilosa, y Teresa y yo nos mudamos a la parte de abajo de la casa donde yo crecí. Y aquí me he quedado.

El 24 de septiembre de 1982, en contra del consejo de todos mis amigos, tanto jóvenes como mayores, volví a la granja a trabajar a tiempo completo. Abandonar un sueldo fijo y un trabajo que me gustaba parecía una locura. Pero yo quería ser granjero.

Educamos en casa a nuestros dos hijos, Daniel y Rachel, en una época en la que muchos padres que decidían educar así a sus hijos eran arrestados por absentismo escolar mientras la policía les arrebataba a sus pequeños para meterlos en casas de acogida. Afortunadamente, esos días pertenecen al pasado gracias a la Asociación para la Defensa Legal de la Educación en Casa (HSLDA, por sus siglas en inglés) y, desde luego, no gracias a las instituciones educativas gubernamentales. Nuestros dos hijos montaron sus propios negocios y crecieron sacrificando pollos, cultivando huertos, recogiendo huevos, embotando verduras y atendiendo a los cientos de clientes que venían a comprarnos carne, pollo y huevos.

En 1996 nos visitó una familia de Texas, una de las miles que querían ver la granja y aprender a procesar pollos. Su impresionante hija adolescente, Sheri, terminó casándose con nuestro hijo Daniel y ahora tienen tres hijos, Travis, Andrew y Lauryn. Construyeron su propia casa en la granja utilizando madera que cortamos en nuestro aserradero, de los árboles de nuestros bosques. Mientras escribo estas palabras, Daniel se encarga de gestionar el día a día de la granja y me dice lo que tengo que hacer. Así es como me gusta que sea.

Nuestra hija, Rachel, después de estudiar empresariales durante dos años y diseño de interiores durante otros dos, se fue a trabajar a la gran ciudad, pero ahora ha vuelto a la granja, donde aporta su creatividad y conocimientos de diseño para ayudarnos a hacer que este hermoso lugar sea aún más hermoso. Ella es la que hace todas las fotografías para mis presentaciones de PowerPoint, mantiene la colección de tarjetas de Polyface, crea mapas, y, la verdad, estamos entusiasmados con todas sus capacidades artísticas y manuales. Durante muchos años hemos sido sencillos. Ahora Rachel lo convierte todo en elegante.

Probablemente la mayor bendición de mi vida sea tener a cuatro generaciones viviendo en esta granja. Rodeados de esta tierra esmeralda, joya de la creación divina, rodeados de abundancia en los campos, en los huertos y en la despensa del sótano, deleitándonos con alimentos cultivados en compost y con carne de animales criados en pastos, todo ello mínimamente procesado en nuestra cocina, viviendo en comunidad con la familia: esto es normal. Esto es conexión, fundamento, herencia, tradición.

Y, aun así, la mayoría de los estadounidenses modernos no puede concebir vivir así.

En este momento en Estados Unidos hay tan pocos granjeros que ni siquiera aparecemos en el formulario del censo nacional. Como cultura, no se cocina en casa. No tenemos una despensa bien provista. Estamos sintonizados, enchufados y enganchados a aparatos electrónicos hasta excluir el trino de un pájaro en medio del verano o el rebaño de vacas recostadas felizmente en el sotavento de una pendiente, señalando la llegada de una tormenta. La mayoría de los estadounidenses modernos no puede concebir una época sin supermercados, sin refrigeración, sin acero inoxidable, plástico, códigos de barras o patatas fritas de bolsa.

Los citadinos me preguntan siempre: “¿qué haces en la granja? No vas al cine, no pides comida a domicilio, no vas a los bares, no pasas la mayoría de las tardes viendo partidos de fútbol, ¿qué narices haces?”. Ah, deja que te lo cuente. Cada mañana camino sobre pastos moteados con gotas de rocío, cada gota es un diamante remachado a un arcoíris que adorna el pasto ovillo, el trébol rojo, el trébol blanco, el llantén, la achicoria, un buffet de ensaladas deslumbrante a plena luz matutina. Tengo miles de animales expectantes, esperando su buffet de ensaladas frescas. Ellos me aman.

Yo les amo. Amo todo esto. El olor del heno recién cortado. La magia de un ternero al salir en la última contracción de su madre, que inmediatamente comienza a emitir un suave murmullo gutural mientras lame al ternero y lo empuja tambaleante hacia sus ubres hinchadas para que mame. Me pregunto qué quieren decir con “¿qué narices haces?”. ¿Qué es lo que no puedes hacer? Este círculo de la vida lleva funcionando mucho tiempo. Mucho más que los supermercados. Más que los criaderos de pollos Tyson. Más que los iPhones y los videojuegos.

Cada vez más, me apremia esta tensión cultural entre mi vida y la vida de los estadounidenses modernos. Desde luego que no quiero volver a los tiempos en que se bañaban una sola vez en todo el invierno, se calentaban con una hoguera y trabajaban el heno con la horca. En este libro he escogido ciertas “normalidades”, siendo muy consciente de que la erosión del suelo ha existido desde el comienzo de los tiempos. Ha habido enfermedades desde el comienzo de los tiempos. La esclavitud ha sido “normal” en la mayoría de las culturas. Sí, soy muy consciente de todo ello. Pero han existido multitud de normas culturales positivas y maravillosas que desde mi punto de vista proporcionaron el fundamento para la sostenibilidad y la regeneración de la civilización.

Ciertamente, la nuestra no es una cultura antigua. Y, aun así, en las últimas décadas, hemos utilizado más energía, destruido más tierra fértil, creado más patógenos (aunque también hayamos destruido temporalmente algunos), mutado más bacterias y vertido más sustancias tóxicas en el planeta que todas las culturas que vinieron antes que nosotros juntas. Yo amo a los Estados Unidos, pero no cierro los ojos ante nuestros errores. No deseo vivir en ningún otro lugar, pero eso no significa que crea que todo lo que hacemos deba hacerse o pueda mantenerse.

A muchos niveles, me sorprende la increíble anormalidad de nuestra situación. Con este libro, quisiera que pensáramos de forma amplia y profunda sobre cómo restaurar la normalidad, cómo reincorporar esos fundamentos que sostienen a las culturas y utilizar lo que sabemos y lo que tenemos de manera que honremos y respetemos a los gigantes sobre cuyos hombros nos alzamos. Al identificar y honrar la normalidad histórica, presentamos un legado amoroso por aquellos que se fueron antes que nosotros. Creo que les debemos ese regalo. Que comience la normalidad.

3. [N. de la T.] Joel Salatin hace referencia con este término a un tipo de acuerdo entre un propietario de tierras y una institución pública o privada mediante el cual se restringen algunos de los derechos del propietario con el objetivo de conseguir determinados objetivos de conservación medioambiental.

NIÑOS, QUEHACERES, HUMILDAD Y SALUD

“Nuestros jóvenes necesitan tener algo que hacer” es una frase habitual en los círculos de adultos de hoy en día. No comprendo los artículos en las noticias acerca de adolescentes que deambulan haciendo travesuras a las tantas de la madrugada. Cada vez que veo que un grupo de jóvenes ha montado alguna trifulca a las dos de la madrugada, me pregunto: “¿quién tiene tiempo y energía para andar tonteando a esas horas?”.

Nuestros hijos se iban a la cama a las nueve o diez de la noche y daban las gracias por poder hacerlo. Normalmente, nuestros aprendices y trabajadores en prácticas se despiden de nosotros para irse a la cama tan pronto como pueden tras la puesta de sol.

El hecho de que los jóvenes de hoy en día, al menos cuando no están en la escuela, pasen el día holgazaneando por ahí, dando una vuelta con sus amigos, y después estén hasta las tantas de la madrugada quemando el exceso de energía, es aberrante hasta el extremo. Añade a eso el pasatiempo de jugar a los videojuegos, donde ejercitan solamente los pulgares y las puntas de los dedos y, créanme, estamos ante una situación que sencillamente no es normal.

Cuando lo más emocionante de la vida es volverse lo suficientemente competente jugando a un videojuego como para alcanzar el nivel cinco, ¿qué clase de entorno estamos creando para los futuros líderes del país? Cuando me siento en un aeropuerto y observo a estos chicos rezumando testosterona, con los hombros encogidos y esos dedos que parecen los de E.T., todo el rato con sus ordenadores portátiles, me doy cuenta de que para ellos esto es normal. Esto no ocurre porque estén sentados en un aeropuerto intentando entretenerse un rato. De hecho, esta es la manera en la que pasan muchas, si no la mayoría, de sus horas. Recreo, entretenimiento y jugueteo.

Compara esto con lo que históricamente ha sido normal. Aquí tienes una lista de los quehaceres que desde tiempo inmemorial se han asignado a los jóvenes:

1. Talar, cortar y recoger leña. En los tiempos en que no había petróleo ni electricidad, todo el que fuera físicamente capaz contribuía a mantener la casa caliente durante los meses de invierno. El acopio de madera requiere un conocimiento del bosque y de qué tipos de árboles arden bien. No todas las especies arden igual. La madera resinosa, como la de los árboles perennes, recubre el interior de la chimenea y, a no ser que se mezcle mitad y mitad con madera no resinosa, produce una acumulación excesiva de hollín en las paredes de la chimenea. Este residuo altamente combustible puede llegar a convertirse en un riesgo de incendio. Por eso, siempre que talamos un pino, buscamos al menos una cantidad igual de otras maderas provenientes de árboles de hoja caduca, para equilibrar el combustible de la chimenea o la cocina de leña. La madera verde, recién cortada de árboles vivos, contiene al menos un 30% de agua, y esta humedad retarda la combustión porque el agua tiene que evaporarse antes de que la madera pueda arder.

Un recolector de madera que tenga experiencia en leña sabe buscar madera seca de árboles caídos para la quema inmediata, al mismo tiempo que hace acopio de madera verde para el futuro. Pero no toda la madera caída está igualmente seca. Si la madera se encuentra a cierta distancia del suelo, será perfecta. Un tronco que se haya enganchado quedándose en pie es casi siempre ideal. Algunas veces ya se habrá podrido y convertido en polvo, algo que les ocurre comúnmente a los árboles de hoja caduca como el chopo o el arce rojo.

Si la madera caída está en el suelo, puede que esté demasiado podrida como para quemarse. Esencialmente, quemar madera no es más que un proceso de putrefacción extremadamente rápido: lo que los microbios del suelo hacen en un periodo de tiempo prolongado, el fuego lo hace en un momento. Si el carbono que hace de combustible ya se ha descompuesto por la putrefacción, entonces no queda nada que quemar.

Todos los tipos de madera proporcionan más o menos la misma cantidad de calorías por kilo, pero diferentes maderas tienen un peso por metro cúbico distinto. Maderas pesadas como la del roble blanco y el nogal americano proporcionan dos veces más calor por metro cúbico que las maderas ligeras como la del chopo y el pino blanco.

Por lo tanto, para recoger madera correctamente hacen falta bastantes conocimientos. Más allá del conocimiento, está la habilidad para recogerla de forma eficiente. Obviamente, si vamos al bosque a recoger leña, llevaremos herramientas como la sierra mecánica (que es moderna), el serrucho o la sierra de bastidor (que son premodernas), o el hacha (que es antigua). O imagínate a los nativos americanos que, o bien usaban hachas de piedra, o prendían fuego alrededor de los árboles grandes para tirarlos abajo. Esto requería todo un conjunto de habilidades adicionales, habilidades que yo no poseo.

Pero yo sí que sé cómo usar una sierra mecánica, una invención moderna maravillosa. También sé cómo usar un hacha, afilarla, y reemplazar el mango, conjunto de habilidades que aprendí en mi juventud. Cuando la madera está cortada, hay que cargarla en algún recipiente: un remolque, la parte de atrás de una camioneta, la caja de la cosechadora de heno, lo que sea. Cuando voy al bosque, nunca deja de asombrarme cuánto tengo que enseñarles a nuestros aprendices y trabajadores en prácticas acerca de cómo recoger leña de forma eficiente. Primero, apilamos las ramas con la base mirando hacia el mismo lado y cuesta arriba, porque la parte superior abulta más y tiende a ganar más altura. Si amontonas las ramas de cualquier manera, la pila crece demasiado rápido. Si colocamos las ramas con cuidado, podemos apilar más.

Cuando empezamos a recoger los troncos de madera cortados, nos interesa que el remolque esté lo más cerca posible de la pila. Que no haga falta caminar, solo lanzarlos. Por supuesto, si el trozo de madera es demasiado grande como para lanzarlo, entonces puede que sí tengas que caminar, pero nos interesa seguir acercando el recipiente de carga a la pila de madera cortada para minimizar la distancia que andamos. Obviamente, si lanzamos la madera hacia el contenedor, nos interesa colocarnos entre el contenedor y la pila. De esta manera podemos reducir la distancia a la que hay que lanzar la madera en una cantidad equivalente a la anchura de nuestro cuerpo y la longitud de nuestros brazos, normalmente casi metro y medio.

Al pivotar de esta manera, conseguimos cargar la madera el doble de rápido que si nos colocamos detrás de cada pieza para lanzarla. Y tres veces más rápido que si la cogemos en brazos y la llevamos hasta el remolque. Sé que mucha gente estará leyendo esto y pensando: “Hala, eso es mucho trabajo. Me alegro de no tener que hacerlo y de que con solo encender el termostato se ponga en marcha la calefacción”.

Ahora llegamos al propósito de esta historia: pocas actividades pueden proporcionar más satisfacción al corazón de un joven que regresar a casa montado sobre una enorme pila de leña. Esta tarea ofrece la oportunidad de entrar en contacto con el bosque, pero no como lo haría un “cerebrito” académico. Más bien, se trata de un entendimiento visceral y saludable de la abundancia del bosque, de la diversidad de las especies que lo habitan y sus diferentes propiedades, y del hecho de que algunos especímenes han muerto, mientras que otros han sobrevivido un día más.

Algunas de las experiencias más satisfactorias de mi juventud tuvieron lugar mientras recogía leña con mi padre. Normalmente hacíamos este tipo de trabajo en el otoño, cuando las hojas se tornaban en brillantes colores, y el aire tenía el frescor justo para vigorizar el cuerpo. Posiblemente, aún hoy, mi trabajo favorito sea el del bosque. Encuentro pocas cosas más gratificantes que meterse en ese revoltijo desordenado, sacar los árboles torcidos, los “crea viudas” (árboles muertos que se apoyan en árboles circundantes), los árboles caídos, y salir al cabo de un par de horas habiendo restaurado un orden hermoso y liberado a los árboles buenos para que puedan crecer mejor y más sanos, como cuando quitamos la mala hierba del huerto.

Lo considero la multitarea por excelencia. No solo hemos revitalizado los árboles sanos, y restaurado la belleza y el orden, sino que al mismo tiempo hemos acumulado nuestro combustible para la calefacción. Cada vez que lanzo la última pieza de madera al remolque, me gusta tomarme unos minutos, en silencio, y examinar el lugar donde he trabajado. Las ramas cuidadosamente apiladas proveerán de cobijo a topos, ardillas y conejos durante varios años. A veces las trituramos para usarlas en las camas del ganado. Los árboles sanos, de pie, rectos y vigorosos, alzándose hacia el cielo, crecerán mejor ahora, sin el estorbo de los árboles torcidos, enfermos, o de los matorrales que les arrebatan suelo y sol. El lugar donde hace dos horas casi no se podía caminar es ahora un lugar espacioso, abierto, organizado, parecido a un parque.

El espíritu triunfante y exuberante de nuestros residentes cuando cabalgan sobre la carga de leña recién recogida es un testimonio de la profunda satisfacción física, emocional, espiritual y personal que este trabajo genera. Un trabajo visceral como este, con un claro propósito, hace que cualquier espíritu se alce con sensaciones de autoestima y éxito. Es la autorrealización definitiva. No encontrarás esa sensación al terminar un videojuego, juegues las veces que juegues.

Espero que este análisis ayude a ilustrar la profundidad y amplitud de la normalidad en la que los jóvenes han vivido históricamente. Y es que, en general, recoger leña es algo que se hace con, al menos, otra persona. El tiempo en compañía, los lazos y la camaradería que forman parte del proceso son la guinda del pastel. Sí, es trabajo, pero también lo es tratar de averiguar qué hacer con las rebeldes hormonas juveniles a las dos de la madrugada. Históricamente, el desarrollo normal de la juventud conllevaba una contribución significativa en el hogar familiar. El trabajo define a los individuos. ¿Cuál es una de las primeras preguntas que hacemos cuando conocemos a alguien?: “¿y tú qué haces?”. Eso quiere decir, “¿qué haces para ganarte la vida?, ¿cuál es tu vocación?, ¿cuál es tu profesión?, ¿qué te define cómo persona?”. La vocación nos da pistas sobre una persona: un ingeniero, un abogado, un ceramista, un empresario, un ministro, un terapeuta.

En la tradición judía, los chicos se convierten en hombres a los trece años. La lectura de cualquier biografía escrita durante las colonias norteamericanas revela una intrepidez inaudita entre los adolescentes. De hecho, el término “adolescente” no apareció hasta la Revolución Industrial, cuando la contribución social significativa de este grupo de edad comenzó a declinar. Hasta ese momento, eran adultos jóvenes. Muchos de los jinetes del Pony Express4 eran adolescentes. Estos chicos sabían cabalgar, manejar una pistola, reaccionar con rapidez, detectar peligros y ser responsables.

Aprovisionarse de leña, recogiéndola en los bosques, era, por regla general, una tarea comunitaria. Esta tarea diaria también implicaba cortar la madera en trozos más pequeños y meterla en casa.

2. Cortar leña era necesario para mantener la casa caliente. Esta tarea, que normalmente se hacía con un hacha, requiere su propio conjunto de destrezas. Ser capaz de interpretar la forma de los extremos de un trozo de madera precisa experiencia y una observación cuidadosa. A medida que la madera se seca, la humedad de los extremos se evapora antes que la humedad interior. Esto provoca marcas, o grietas. Cuando colocas el bloque de madera que quieres cortar, estas marcas te indican la inclinación natural para el corte de la pieza. Si haces uso de esas pequeñas grietas, la tarea será mucho más fácil.

3. Después de cortarla, había que meter la leña en casa para que el leñero estuviera lleno. En este punto, la conexión entre el aprovisionamiento y la necesidad se hace evidente. Sin leña, no hay calor. Recuerdo muy bien que durante mi adolescencia hacía el pipí de la mañana en el baño del piso de arriba, y veía como el chorro salpicaba contra el hielo de la taza del inodoro. Eso sí que te motiva a mantener el fuego encendido, a traer leña, y a recogerla, la secuencia inagotable de tareas que mantiene agradable una casa.

Esta tarea me enseñó tanto a ser responsable como a que se pudiera confiar en mí. Si yo tenía frío no era culpa de nadie salvo de mí mismo. Si no me encargaba de que hubiera suficiente leña como para pasar la noche, yo era víctima de mi propio descuido. Tenía que planear por adelantado, y estar al tanto de la temperatura exterior, que determinaba cuánta leña quemaríamos durante la noche. Tenía que fijarme en el tipo de madera. Si era madera de combustión rápida, necesitaba más volumen que si era madera de combustión lenta. Necesitaba una combinación de piezas grandes para mantener el fuego, y de piezas pequeñas para conseguir un área superficial suficiente para que el fuego siguiera encendido. Todo esto era responsabilidad mía.

Pero en última instancia, que dependía de la naturaleza para calentarme era patente día a día. El calor no venía de una tubería. Yo participaba en el esfuerzo de hacer crecer los árboles. Después, la lluvia y el sol hacían el resto. Participar en este intenso trabajo nos guía hacia nuestra dependencia de la “matriz ecológica”. Romper esta responsabilidad y dependencia históricas puede parecer bueno durante un tiempo, pero si usamos el ocio resultante para convertirnos en seres absorbidos por nosotros mismos, o en adictos a los famosos de Hollywood, ¿ganamos algo? ¿Acaso liberarnos de esas tareas nos hace mejores personas? ¿Somos más responsables? ¿Somos más conscientes de nuestra dependencia ecológica? No estoy diciendo que calentarse con gas natural o con electricidad sea un pecado. Sin embargo, creo que debemos esforzarnos más por recordar nuestra responsabilidad y dependencia con el medio ambiente, incluso si no participamos en estas actividades tradicionales.

He aquí una tarea doméstica poco conocida:

4. Asegurarse de que haya algo de proteína animal en el corral de las gallinas una vez a la semana durante el invierno. Una de las primeras tareas “para hombres” que hacían los chicos de granja era proporcionar algún tipo de bicho muerto para que comieran las gallinas ponedoras durante el invierno, mientras los saltamontes y los grillos están hibernando. Como los pollos y gallinas son omnívoros, necesitan proteína animal, que es difícil de encontrar durante los fríos meses invernales.

Consecuentemente, los chicos jóvenes tenían a su cargo la tarea de conseguir algo para las gallinas. Normalmente era una ardilla, mofeta, comadreja, mapache, conejo, cualquier cosa pequeña. Esto requería disparar o poner trampas, y es una de las razones por las que los manuales para jóvenes escritos durante el siglo XXI y principios del XX estaban repletos de trampas de fabricación casera. A menudo aquellos chicos no eran lo suficientemente mayores como para usar armas, así que tenían que ser ingeniosos para poder conseguir bichos de un modo u otro.

Afilar el ingenio contra los animales que corretean por la casa acarreaba más de una discusión jovial y alguna que otra noche haciendo, montando y afinando trampas a la luz de la hoguera. Ocupaba conversaciones sociales, formando el tejido de verdaderas colaboraciones. Y era el trabajo perfecto para jóvenes que buscaran el sabio consejo de aquellos adultos que ya habían pasado por esto de atrapar o disparar para lograr la cuota de proteína invernal para el corral de las gallinas.

Ahora, queridos lectores, os pido por favor que cerréis los ojos y meditéis sobre esta tarea doméstica durante unos minutos, comparándola con esa ruidosa, antisocial, totalmente aberrante pasión juvenil desatada en forma de respuestas dactilares taladrantes sobre una pantalla. ¿Cuál de ellas creéis que preparará a los jóvenes para que ocupen su lugar como líderes en la sociedad? ¿cuál de esos procesos sienta las bases del ingenio, la persistencia y la autorrealización, para ofrecernos líderes mundiales que no dependan de nadie y que sean capaces de resolver un problema considerando todos sus matices?

En el caso de jóvenes de ciudad, construir y poner en marcha maquetas de cohetes, coches de carreras y un sinfín de otras manualidades ayuda a desarrollar estas habilidades tradicionales. Y sin duda dará lugar a grandes anécdotas. ¿Cuántas veces puedes contar la historia de aquella vez que conseguiste cien mil puntos jugando al Crazy Maniac Highway Destructo? Sin embargo, siempre puedes contar la de aquel súper cohete que se fue de lado a lado.

Esta es una tarea doméstica que me precede alrededor de una década:

5. Recoger estiércol del redil de las vacas. Cuando yo era joven, un vecino de la vieja guardia me contó que esta tarea constituía uno de los primeros rituales de iniciación de los chicos. Las carretillas se inventaron hace mucho tiempo. Hoy en día tienen neumáticos, pero antes las ruedas eran sencillamente de metal. Antes de los fertilizantes químicos y de que los expertos en agricultura dijeran que el estiércol no valía ni el esfuerzo de llevarlo a los campos, los granjeros conocían sus beneficios.

No conocían todos los nombres científicos de los nutrientes, ni los elementos que contiene, ni sabían de enzimas completamente saturadas, pero sí sabían que el estiércol era mágico. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Para que quede constancia, aunque ahora sabemos mucho más acerca del estiércol que hace un par de décadas, todavía nos queda mucho por aprender. Cuanto más sabemos sobre la naturaleza, más conscientes somos de lo poco que sabemos.

Durante siglos, los agricultores intentaron averiguar cómo aprovechar mejor el estiércol. En una época, antes de que hubiera cercados eléctricos, palas de carga frontal, esparcidores de estiércol y trituradoras de madera, recoger estiércol requería trabajo manual. Gene Logsdon, en su maravilloso libro Holy Shit [Santa mierda]5, describe la tradicional cama estática de estiércol. Se hacía en invierno cuando las vacas y las ovejas apenas salían a los pastos; el estiércol del establo y estas camas constituían una de las pocas concentraciones de nutrientes en una granja. Durante la temporada de pastoreo, los animales esparcían su propio estiércol, pero estaba tan disperso que sus efectos no eran tan notorios. Esta cama de estiércol era tan apreciada que los granjeros llegaban incluso a recoger por las noches las bostas repartidas por el patio del establo para colocarlas dentro, bajo la protección del techo y en contacto con la paja absorbente: lo que yo llamo el “pañal carbonoso”.

De ahí la tarea de darse una vuelta con la carretilla y la horca, recoger con cuidado esas bostas que se habían quedado fuera y acarrearlas hasta el establo donde se cubrirían con paja y se almacenarían hasta la primavera. Aunque esta no fuera una de las tareas domésticas favoritas, era un indicativo del paso a la edad adulta, porque un chico que podía utilizar la carretilla en el establo estaba a la vuelta de la esquina de convertirse en un hombre. Recuerdo bien el momento en que enseñamos a nuestros hijos a usar la carretilla, viendo cómo intentaban equilibrarla mientras les decíamos “¡Sí, tú puedes! ¡Tú puedes!”. Cuando finalmente llegó el día en que fueron capaces de manejarla con destreza, les entregué el testigo.

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que mi hijo, Daniel, condujo el tractor él solo. Tenía unos ocho años y necesitábamos recoger una carga de balas de heno en un campo llano y grande. El campo de cinco hectáreas era amplio, y como yo estaba recogiendo las balas a mano, él tenía que conducir despacio, a mi paso. El accesorio que llevaba era el remolque del heno, que es un accesorio bastante inofensivo, al contrario que una empacadora o una segadora.

Por supuesto, Daniel había crecido viéndome con el tractor, así que sabía dónde estaba todo: el embrague, el acelerador, el freno, la palanca de cambios y el volante. Le metí la marcha, solté el embrague, y salí de un salto, dejándole de pie frente al asiento, agarrado al volante. Empecé a cargar las balas de heno y él condujo con pericia a mi lado, avanzando despacio y con estilo al ritmo del viejo motor. Cuando terminamos, pisó el embrague para dejarlo en punto muerto y yo me subí al tractor para llevarlo hasta el establo. Seguro que algún agente de seguros está alucinando ahora mismo. Confía en mí, no te imaginas la de anécdotas que tenemos.

Eso era un sábado, y al día siguiente, en la reunión de la iglesia, Daniel deslumbró a todo el mundo contándoles lo que había hecho. Fue la única vez que se quejó por haber sido educado en casa: “Cómo me gustaría ir a la escuela mañana para poder contar esto”. Fue un ritual de paso.

Recuerdo cuando, con más o menos la misma edad, trabajaba con mi padre. Un invierno estábamos dando de comer a un rebaño de vacas y teníamos el remolque grande lleno de balas de heno. Papá necesitaba repartirlas y yo era todo el personal disponible. Cuando alimentas con heno directamente en el campo, te interesa colocarlo a lo largo de una línea en lugar de apilarlo. Esto permite que todas las vacas lleguen a la vez al heno y también evita que lo pisen y se desperdicie. La forma más fácil de hacer esto es ir lanzando las balas con el remolque en marcha. Así que papá metió la marcha y soltó el embrague, y yo me puse de pie sobre el asiento mientras movía el volante. El camión, un International de 1951, tenía el acelerador en el tablero de mandos, así que no era necesario apretar el pedal del acelerador para que se moviera. Estábamos sobre una cresta larga y plana. Primero, mi padre puso una marcha corta, y después se subió a la parte de atrás para ir lanzando el heno. Cuando terminó, me felicitó por haber hecho tan buen trabajo.

Cuando nuestra hija Rachel tenía ocho o nueve años, empezó a hornear pan de calabacín y bizcochos para los clientes de nuestra granja. No solo era una excelente pastelera, sino que, como vendedora, ¿quién podría resistir esa cara angelical y su expresión impaciente? “Sí, claro que te compraré uno”, le decían las señoras del club de jardinería. A la semana siguiente, las clientas volvían y, agachándose a la altura de Rachel, le pellizcaban cuidadosamente la mejilla y le decían con entusiasmo: “Ah, llevé tu bizcocho a la merienda del club y a las señoras les encantó. Estaba delicioso”.

¿Qué influencia tiene algo así en la personalidad de un niño? Todos ansiamos aprobación, especialmente cuando se reconocen de forma auténtica nuestras contribuciones a la sociedad. Ser capaz de conmover a otros a un nivel profundo con nuestros dones y talentos genera una aprobación recíproca. Y a riesgo de ofender a algunas personas, creo que esta aprobación tiene una calidad e intensidad diferentes de las que se derivan del mero elogio por ganar un partido. Quizá actuar en una obra de teatro pueda acercarse un poco. Pero cuando creamos algo que podemos experimentar con los sentidos, y que representa nuestro ingenio, el aprecio de aquél que lo recibe llega a los niveles más profundos de nuestro ser.

En los primeros años de su adolescencia, el negocio de pastelería de Rachel creció. Entonces montó un servicio de limpieza, y a los quince años ya tenía empleados. Gracias a que educamos a nuestros hijos en casa y nunca tuvimos una televisión, había tiempo para dedicarse a actividades emprendedoras. En contra de la opinión general, yo diría que esta fue la mejor preparación para la madurez que mi hija pudo tener, mucho mejor que una adolescencia de caprichos y entretenimientos sin fin.

Cuando tenía ocho años, nuestro hijo Daniel puso en marcha un proyecto de cría de conejos. Unos amigos se mudaron a la ciudad y su nuevo contrato de alquiler no permitía animales. Tenían tres conejos que necesitaban un nuevo hogar y Daniel los acogió. Construimos un refugio portátil para conejos, que al moverlo por el patio fertilizaba y segaba. Conociendo la fama de estos animales, decidimos añadir “CONEJO” a nuestra oferta de productos en el formulario de pedidos de la siguiente temporada. Supusimos que no mucha gente comía conejo, pero esperábamos que fueran suficientes como para que Daniel pudiera vender alguno.

En las dos primeras semanas tras publicar el formulario de pedidos, Daniel recibió ciento cincuenta pedidos de conejo. Esto constituía un pedido importante, incluso tratándose de conejos. Comenzó su negocio y gradualmente lo desarrolló, hasta que se convirtió en una actividad de tamaño considerable que recientemente hemos traspasado a unos trabajadores independientes en nuestra granja.

Creo firmemente que los niños deberían tener sus propios negocios autónomos. Les enseña el valor de un dólar, a ser persistentes, a ser ahorradores y a tener buenas habilidades matemáticas. Cuanto antes aprendas la diferencia entre beneficios y pérdidas, mejor. Recuerdo muy bien a Daniel con unos doce años bajando a la tienda agropecuaria a comprar media tonelada de pienso granulado natural para conejos. Su nariz apenas libraba la superficie del mostrador y los tíos de la tienda bromeaban: “¿sólo media tonelada? ¿Por qué no compras una tonelada entera?”.

Daniel les respondía como si nada: “no tengo suficiente dinero para comprar una tonelada”. ¿Cuántos adultos hay que no han aprendido esa lección? Nuestros dos hijos llegaron a los veinte años con veinte mil dólares en el banco. Yo no creo en las pagas, ya que nadie debería recibir dinero a cambio de respirar. Esto no era dinero por hacer las tareas domésticas. Era dinero que ellos mismos habían ganado, ingresos ahorrados de sus negocios que les proporcionaron un estupendo colchón para futuros proyectos. Eso, amigos míos, te libera y te eleva.

Nuestro nieto Travis tenía tan solo cinco años cuando vino conmigo por primera vez a subir y bajar la pala del tractor. Lo único que tenía que hacer era manejar el joystick