Esto no es una guerra - Isabel Serra - E-Book

Esto no es una guerra E-Book

Isabel Serra

0,0

Beschreibung

"Esto no es una guerra, porque es mucho más que una guerra. El genocidio palestino, el rearme en Europa o el creciente poder y expansión colonial de la OTAN responden a la decisión de un Occidente en llamas que ha apostado por el régimen de guerra para sobrevivir. Un proyecto de sociedad belicista, militarizada y en pánico constante que impone su voluntad frente a las con­quistas sociales, las resistencias populares o el poder de los feminismos que vinieron a transformarlo todo. Como feministas en la encrucijada, creemos que la trinchera más urgente es la que nos sitúa frente a un régimen de guerra que necesita de las imposiciones de género, del racismo y del colonialismo para existir. Este libro toma partido, llama a la ac­ción y apuesta decididamente por un proyecto en favor del con­junto de la humanidad. No creemos en un feminismo encorsetado en las mismas insti­tuciones que hoy demuestran su fracaso. No creemos en los males menores ante la mayor de las amenazas. No creemos que haya tiempo que perder. Nosotras no somos ni pacientes ni pa­cíficas, sino pacifistas, insumisas y militantes que seguimos convencidas de que podemos y debemos cambiar el mundo."

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 288

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



akal / pensamiento crítico

129

Diseño cubierta: RAG

Motivo de cubierta: Antonio Huelva Guerrero

Instagram: @sr.pomodoro

Queda prohibida la reproducción, plagio, distribución, comunicación pública o cualquier otro modo de explotación –total o parcial, directa o indirecta– de esta obra sin la autorización de los titulares de los derechos de propiedad intelectual o sus cesionarios. La infracción de los derechos acreditados de los titulares o cesionarios puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (artículos 270 y siguientes del Código Penal).

Ninguna parte de este libro puede utilizarse o reproducirse de cualquier manera posible con el fin de entrenar o documentar tecnologías o sistemas de inteligencia artificial.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Las autoras, 2025

© Ediciones Akal, S. A., 2025

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

[email protected]

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@ediciones_akal

@ediciones_akal

@AkalEditor

ISBN: 978-84-460-5759-8

Isabel Serra e Irene Zugasti

Esto no es una guerra

Feminismo insumiso frente al rearme y al genocidio

Prólogo de Olga Rodríguez

Epílogo de Laura Arroyo

Esto no es una guerra, porque es mucho más que una guerra. El genocidio palestino, el rearme en Europa o el creciente poder y expansión colonial de la OTAN responden a la decisión de un Occidente en llamas que ha apostado por el régimen de guerra para sobrevivir. Un proyecto de sociedad belicista, militarizada y en pánico constante que impone su voluntad frente a las conquistas sociales, las resistencias populares o el poder de los feminismos que vinieron a transformarlo todo.

Como feministas en la encrucijada, creemos que la trinchera más urgente es la que nos sitúa frente a un régimen de guerra que necesita de las imposiciones de género, del racismo y del colonialismo para existir. Este libro toma partido, llama a la acción y apuesta decididamente por un proyecto en favor del conjunto de la humanidad.

No creemos en un feminismo encorsetado en las mismas instituciones que hoy demuestran su fracaso. No creemos en los males menores ante la mayor de las amenazas. No creemos que haya tiempo que perder. Nosotras no somos ni pacientes ni pacíficas, sino pacifistas, insumisas y militantes que seguimos convencidas de que podemos y debemos cambiar el mundo.

Isabel Serra estudió la licenciatura de Filosofía y un máster de Economía Internacional y Desarrollo en la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido diputada en la Asamblea de Madrid (hasta que fue condenada e inhabilitada en un proceso judicial por intentar parar un desahucio), eurodiputada en el Parlamento Europeo y ha asumido diferentes responsabilidades de dirección en Podemos desde sus inicios hasta la actualidad. También formó parte del Ministerio de Igualdad en la XIV legislatura, donde ejerció de asesora y jefa de Gabinete. En su actividad institucional se ha centrado en derechos humanos, igualdad y feminismo, políticas sociales, libertades civiles o desarrollo. Se considera sobre todo militante por las causas justas, ya que desde sus años de universidad ha participado activamente en diferentes movimientos sociales.

Irene Zugasti es licenciada en Periodismo y Ciencias Políticas, y tiene un máster de Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática de España. Ha combinado el trabajo en el sector público con proyectos de investigación, formación y periodismo de investigación sobre violencia política contra las mujeres, mujer y conflicto armado, municipalismo feminista o políticas de igualdad. Formó parte del equipo del Ministerio de Igualdad en la legislatura en la que se aprobaron leyes como la del «Sólo Sí es Sí». Escribe en varios medios de comunicación y trabaja como analista y redactora en Canal Red, un medio digital para construir una alternativa crítica desde la comunicación política. Es autora de #SeAcabó. La doble victoria de las campeonas del mundo de fútbol (2023) y ha editado Enemigos íntimos. Cómo entender la derechización de España a través de sus personajes clave (2025), un libro sobre el fenómeno de la derechización de España en diálogos con Pablo Iglesias.

Prólogo

Un grito de pensamiento y de rebelión

(Olga Rodríguez)

Cualquier persona honesta del futuro que narre la Historia de nuestro presente tendrá que subrayar hasta qué punto nuestra actualidad está atravesada por la normalización del belicismo, presentado como vía necesaria e inevitable. Discursos y posiciones políticas en diferentes sectores del arco parlamentario europeo legitiman y defienden proyectos de rearme a través de ofensivas comunicativas que intentan estigmatizar y tergiversar a quienes alertan de las consecuencias.

El periodismo que ejerce como correa transmisora de los mensajes del poder contribuye a reforzar lo que las autoras de este libro llaman la opinión sincronizada –precocinada en los grandes despachos y difundida a través de los medios– facilitando un contexto en el que el crimen parece ser la defensa de la paz y las advertencias contra la guerra. En estos últimos años, la apuesta por lo bélico viene cargada, en sí misma, de desprecio y señalamientos contra los colectivos que cuestionan la militarización de la política y de las mentes.

El régimen de guerra abre espacios a la agresividad cotidiana. Voces tradicionalmente pacifistas se han visto obligadas a justificarse y a explicarse constantemente ante campañas que descalifican la crítica al belicismo. Apenas hay espacio para un debate público y honesto en el que se pueda analizar con seriedad cómo perjudica a las mayorías sociales el aumento del gasto militar y la apuesta por la guerra –¡más armas!– «el tiempo que sea necesario».

En 2003 algunos sectores afirmaban, con grandes dosis de hipocresía, que decir «No a la guerra» de Irak era defender a Sadam Hussein. Hoy ese tipo de trampas dialécticas no son exclusivas de la derecha. En múltiples espacios se jalea la guerra y se ridiculiza el pacifismo feminista, antirracista y anticolonial, mientras las empresas armamentísticas y tecnológicas se frotan las manos. Cuentan para ello con ejércitos de tertulianos europeos que les hacen el trabajo propagandístico. La militarización es lo que necesitamos para la paz, aseguran.

Las guerras siempre han sido justificadas con «nobles» objetivos. En la Edad Media había que evangelizar. Posteriormente, era necesario civilizar a las sociedades «bárbaras». En este siglo las operaciones militares se aprueban con la excusa de democratizar, proteger, poner orden, liberar, garantizar la seguridad internacional, modernizar o incluso «salvar» a las mujeres.

En nombre de ellas se declaran guerras, se invaden países, se justifican ocupaciones y se crean condiciones muy desfavorables para su existencia. Pero no importa, porque en ese momento la narrativa del capitalismo belicista patriarcal ya las ha olvidado, tras usarlas como argumento de quita y pon. Nada como una buena ronda de bombardeos y destrucción. Luego, llega la reconstrucción, la otra cara del negocio.

En 2025 el gran aumento de gasto militar exigido por Washington y acatado por la OTAN supone un paso más en la tensión global y también en el ritmo de la sobreacumulación a través de la industria armamentística. En vez de plantear un modelo alternativo a esta profunda crisis ecosocial, el único plan parece ser una huida hacia delante. Para ello la guerra –de alta intensidad o de baja intensidad, en las fronteras, en forma de control coercitivo o de represión– es una de las grandes apuestas económicas.

La militarización sirve como medio para el acceso a territorios, a recursos naturales, a rutas para transportarlos y a clientes, pero también como objetivo en sí mismo, como negocio con el que una élite podrá seguir sumando beneficios. La trampa es que, para que funcione, para mantener el ritmo de producción y consumo, las armas no pueden permanecer eternamente en un almacén, porque envejecen: tienen que ser usadas o vendidas. Ambas opciones suponen una escalada y más riesgo de guerra en algún lugar del mundo. Unos hacen los negocios jugando con fuego y los pueblos ponen los muertos.

La inoculación de la doctrina del shock se aplica con la instrumentalización del miedo y con una narrativa que asegura que no nos queda otra opción que posponer avances en derechos para priorizar el rearme. La exigencia de un aumento inmediato del gasto militar en 2025 fue rápidamente obedecida sin que apenas surgiera un debate sobre los recortes que eso iba a suponer en políticas sociales. Nunca se han aprobado semejantes partidas extraordinarias en Bruselas para erradicar la precariedad en las sociedades de la Unión Europea, para garantizar el derecho a una vivienda y una vida dignas o para cubrir las necesidades de las personas dependientes.

Todo esto ocurre cuando se despliegan crímenes masivos en Gaza desde hace dos años. Cuando escribo estas líneas el Gobierno británico de Keir Starmer, laborista, ha recibido al presidente de Israel, Isaac Herzog, nombrado en el informe de la Comisión de Investigación asignada por la ONU como uno de los incitadores del genocidio en Gaza. Un día antes de este encuentro entre ambos mandatarios, las fuerzas de seguridad arrestaron en Londres a más de ochocientas personas que protestaban pacíficamente contra el genocidio en Gaza y contra la prohibición de la organización Palestine Action.

La criminalización de la protesta contra el genocidio ha llegado a cotas en las que un colectivo de activistas pacifistas –integrado bajo el nombre de Palestine Action– ha sido designado terrorista por llevar a cabo acciones de sabotaje contra bases militares o contra instalaciones de empresas armamentísticas británicas que abastecen a Israel. En EEUU y Europa se recortan derechos y libertades a los ciudadanos antes que sancionar la impunidad israelí.

El engranaje de control coercitivo y represión es enormemente rentable para una élite capitalista transnacional que conquista espacios de impunidad y busca clases populares sometidas y miedosas. La estructura y el negocio de la guerra, en todas sus formas, demanda sumisión y desigualdad en nombre de la seguridad. La acumulación de riqueza a través de la militarización utiliza narrativas que apelan a la excepcionalidad. Hay que seguir contaminando, discriminando, matando, extrayendo, porque los peligros se multiplican, nos dicen.

Los derechos de los pueblos pueden seguir posponiéndose indefinidamente. La crisis ecológica es también una crisis de reproducción social. Una parte de la humanidad no tiene cómo sobrevivir, pero apenas es objeto de debate en los medios. En las líneas del inconsciente hegemónico se asume que hay grandes masas de población que no entran en los planes políticos y económicos, porque solo tienen permiso para existir en los márgenes. El marco narrativo de la inseguridad y del rearme facilita su invisibilidad y la aplicación de la represión en caso de que se quejen.

Irene Zugasti e Isa Serra escriben este libro pensando en ellas, en nosotras, en los pueblos del mundo. Frente a las exigencias totalitarias que nos quieren calladas y sometidas, las autoras lanzan un grito de pensamiento y de rebelión, riguroso, impecable, inteligente, certero y desobediente. Saben que la guerra no se detiene con susurros y que la paz no se obtiene solo con bonitas palabras. Ante aquellos que nos llaman ingenuas, ellas explican que no hay mayor ingenuidad que pensar que la vía del rearme y de la guerra mejora el mundo.

Las últimas décadas demuestran las consecuencias devastadoras del belicismo. Tras los entusiasmados tambores de guerra llegan los resultados. Cuando eso ocurre ya es tarde, las víctimas desaparecen de los titulares y no hay rendición de cuentas. No importa que la estructura del belicismo europeo nos haya mentido en repetidas ocasiones. La confianza de una parte importante del periodismo en la narrativa oficial se mantiene. El desprecio por los hechos –o, en el mejor de los casos, la desmemoria– refleja una connivencia entre los poderes políticos, militares y mediáticos.

La hipocresía de los despachos del poder en nuestro continente arroja una mirada desde el privilegio que percibe la denuncia de las víctimas como algo molesto y exagerado. Esa falta de madurez y de voluntad para ver y analizar contrasta con el conocimiento y la memoria de quienes sufren las consecuencias de operaciones militares lanzadas en nombre de la democracia y la libertad. En varios países del llamado Sur Global he conocido a hombres y mujeres con un conocimiento de la historia reciente muy superior al de cualquier europeo medio. La razón es que la geopolítica se ha escrito sobre su propia piel, sobre su propia vida.

Durante la invasión ilegal de Irak en 2003, en una noche de intensos bombardeos estadounidenses contra población civil, una mujer recibió el cuerpo inerte de su hija adolescente. La recuerdo en la morgue, besando su cadáver, sosteniendo la masa encefálica que salía de un orificio en la cabeza. Al otro lado de mi teléfono, mientras esperaba a entrar en directo en la radio, sonó la voz de la entonces ministra de Exteriores de España, Ana Palacio: «Las bolsas han subido, el petróleo ha bajado: eso son datos», dijo, en defensa de aquella operación militar ilegal.

Desde entonces he visto muchas escenas similares, en Palestina, en Afganistán, en Libia, en Irak. Alfombras de cadáveres, regueros de sangre, destrucción masiva, dolor que dura generaciones, empobrecimiento profundo, contratistas que buscan negocio en la guerra. ¿Cómo explicarlo en esta Europa en la que todo parece un videojuego sin consecuencias, un mero concurso de oratoria en prime time? Zugasti y Serra lo hacen, ofreciendo herramientas frente a la mirada colonial del «jardín europeo» que sigue observando el mundo desde su atalaya. Han escrito un libro necesario y valioso, un llamamiento feminista, pacifista y antirracista, un diagnóstico y una guía que nos proporciona inteligencia y oxígeno, que nos recuerda que podemos ser y existir, aunque no nos den permiso para ello.

Introducción

Ni pacíficas ni pacientes: pacifistas

«ReArmar Europa». Ya era oficial. La pasada primavera de 2025, Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, anunciaba que se movilizarían 800.000 millones de euros para militarizar Europa en nombre de la seguridad y la defensa de nuestro continente. Para ello, se emitirían eurobonos, se flexibilizarían las sacrosantas normas de disciplina fiscal y se estimularían los créditos financieros y la colaboración público-privada. Por ponerlo en perspectiva, los Fondos Next Generation para mitigar las consecuencias de gestión de la pandemia en la Unión Europea (UE) entre 2021 y 2026 ascendieron aproximadamente a 750.000 millones de euros y su nuevo fondo de rearme los superaría con creces y en mucho menor tiempo. Es decir, por no darle demasiadas vueltas: que en Europa vale más la guerra que la vida.

Poner «la vida en el centro» ha sido una máxima feminista fundamental. Frente al lucro capitalista, nosotras luchamos por construir las bases éticas y políticas, las condiciones materiales, para que todas las vidas –entendidas como vulnerables, interdependientes y diversas– puedan ser vividas con dignidad, en lugar de subordinarlas a la acumulación de capital, la explotación de los cuerpos y de los recursos naturales o la lógica voraz de los mercados. Y no hay nada que atente de forma más directa y estructural a la vida que el régimen de guerra. Lo explicaremos con detalle en estas páginas, pero, simplificando el clásico eslogan pacifista, sí, más gastos militares son menos colegios y menos hospitales.

La guerra, pues, ya está aquí. Y la guerra nunca es solo una guerra. No es una abstracción, sino la realidad de millones de personas en el mundo, y en Europa –la siempre cómoda, engreída y segura Europa– ahora también regresa para llevarse por delante todo por lo que peleamos. No hay pues causa más urgente para el feminismo que oponerse a esta deriva genocida y belicista que se ha convertido en retórica y en práctica. Lo personal es político, lo internacional es personal, y es urgente conectar las macroestructuras –una guerra, un tratado de libre comercio, un megaproyecto extractivista– con tu factura de la luz, el centro de salud cerrado por las tardes, el desahucio de tu vecina, las fresas del lineal del supermercado que recogen las esclavas del Sur, la violencia sexual en tu frontera, la precariedad silenciosa de quien limpia en la oficina y tu hijo fantaseando con los tercios de Flandes. Nosotras, las feministas, expertas en politizar lo cotidiano, conectamos las macroestructuras (como esos tratados de libre comercio o megaproyectos extractivistas) con el bienestar encarnado de las personas. Siempre hemos ido un paso por delante.

Pero apenas hay tiempo para pensar. La guerra está en nuestro felpudo y nos apremian: ¡ciudadanas, a las armas! Este ensayo, pues, nace de una preocupación genuina y urgente, la de invocar a los feminismos de este lado del mundo (pues escribimos desde Europa) a salir de su ensimismamiento y ponerse en pie de guerra contra el régimen de guerra, el colonialismo, el genocidio y el rearme que se ha impuesto sobre nosotras, pero que desde siempre algunas han sobrevivido.

Si hay algo por lo que las feministas nos hemos caracterizado es por ejercer esa «epistemología de la sospecha», cuestionando los relatos dominantes, esos que, como bien sabemos, nos han hecho invisibles de forma sistemática en la Historia y en la vida cotidiana. Por lo tanto, una aproximación feminista a una guerra implica un acercamiento crítico, partiendo de nuestros conocimientos situados, sí, pero también comprendiendo los intereses geopolíticos, el papel de los actores en disputa, las relaciones de poder y los recursos materiales y simbólicos que los sostienen: gas, armas, tierra, cuerpos. En fin, esas cosas de las que se nos ha excluido durante tanto tiempo, que suenan tan «de señores», pero que también son nuestras.

Este libro es una consecuencia de asumir nuestra responsabilidad como feministas ante el tiempo que vivimos. Para tomar posición, porque es una obligación ética, militante, política, personal; para pensar en común sobre la deriva que están imponiendo las élites, con consecuencias que van mucho más allá de una guerra y también mucho más allá del genocidio en Palestina; para ofrecer ideas, herramientas, que nos ayuden a pensar la crisis internacional; y sobre todo para llamar a la movilización y a la acción de quienes nos sentimos interpeladas por los feminismos, y con ello para mover al conjunto de la sociedad. No podemos estar ausentes en este debate ni en este tiempo, porque no podremos librarnos del resultado. Ni nosotras ni la sociedad a la que aspiramos.

Huimos aquí de enarbolar un «no a la guerra» de brocha gorda, ñoña, pasiva y desmovilizadora. Tampoco apostamos por impugnaciones totales y esencialistas que reducen los conflictos armados a una guerra de sexos. La guerra, o las guerras, en tanto que la herramienta política, económica y militar de las clases dominantes para controlar las condiciones del capital, reproducen las estructuras patriarcales y también las coloniales que le son útiles para controlar territorios y poblaciones. La fabricación de armas, la expropiación y devastación de territorios, el negocio de la reconstrucción después de los conflictos, las migraciones forzadas, el hambre o la ausencia de servicios públicos están inevitablemente atravesados por el género.

Por mucho que ahora sea una fecha disputada y se desdibuje su origen, el ocho de marzo (según el calendario gregoriano) se escribió en la historia con la marcha de las trabajadoras de Petrogrado en 1917 contra la guerra, contra el hambre, contra el racionamiento, contra la miseria que había movilizado a sus vecinos, a sus familias, y las condenaba al trabajo miserable y esclavo de las fábricas. Nos sabemos la historia: el éxito de la movilización de las mujeres arrastró a otros trabajadores y al partido bolchevique y desembocó en una revolución que hizo abdicar al zar. Meses más tarde, estallaría la Revolución de Octubre. No deberíamos negarle a la nostalgia ni al olvido esta genealogía pacifista, que es de todas. Que en la actual coyuntura, el pan y la paz, la vida puesta en el centro, no estén en el centro de las demandas feministas es frustrante, pero para nada incomprensible. Apenas se encuentran columnas críticas en los medios, ni grandes cuestionamientos a las grandes políticas comunitarias, ni a los mandatos de la OTAN de disparar el gasto militar de la alianza a expensas del dinero de Europa. Es más, a menudo se ha arrinconado las posturas pacifistas enarboladas sobre todo por voces de mujeres como ingenuas, idealistas o trasnochadas. Pero nada hay más crudo y real que el genocidio, ni nada más claro que los presupuestos de rearme y sus compromisos adquiridos, no hay abstracción ni ingenuidad ninguna en las consecuencias terribles y evidentes de este capitalismo caníbal, como lo llama Nancy Fraser, de esta era de la fuerza bruta que tan bien describe Olga Rodríguez. Lo hemos visto en Palestina: han abierto el pecho a bombazos a las gazatíes mientras nosotras, con impotencia, con rabia, con dolor, contemplábamos cómo, una a una, se iban atravesando las líneas rojas del derecho internacional, de los consensos más fundamentales sobre derechos humanos, en la bancarrota ideológica y ética de tantos líderes occidentales.

Todo ello nos arroja la certeza, cruda, de que no hay protección ni amparo posible en un orden internacional injusto, ni barrera moral que no pueda ser atravesada, ni muertos que levanten la rabia, si existe el conveniente consenso político, mediático y económico para imponer el shock… o el silencio en el «jardín» de Europa, como lo llamó hace no tanto tiempo el que fuera alto representante de la Unión Europea para la política exterior, Josep Borrell. Lo hemos comprobado con Ucrania, desnudada de toda épica gracias a los modos salvajes del trumpismo, que ha levantado la tramoya de una década de intervencionismo e injerencia en la región, donde queda claro que lo que menos importaba eran los derechos humanos. Y podríamos enumerar así decenas de tierras arrasadas y sacrificadas a los altares del capitalismo de guerra desde aquellos años del No A la Guerra: Afganistán, Irak, o la propia Siria, desactivada ya como «amenaza» ahora que los yihadistas la gobiernan.

Lo vemos también en las fronteras racistas del sur, esas a las que no llegó la solidaridad que sí tuvimos con Ucrania. En las mujeres que se ahogan atravesándolas y en las que llegan y llevan la guerra a cuestas allá donde recalen, porque qué guerra hay más vieja que la guerra contra las pobres y las desheredadas del mundo que vayan donde vayan, no encuentran la paz.

¿Qué consecuencias tendrá para todas una Europa militarizada, pertrechada de armas de última generación, torres vigía, muros y concertinas, cámaras de vigilancia en cada esquina, en este estado policial permanente, de infiltradas policiales, software de espionaje y reconocimiento, militancias criminalizadas a golpe de tecnologías y de represión? ¿Acaso la ceguera occidental cree que este delirio va a detenerse en nosotras y en nuestros europeos cuerpos?

Si la hegemonía occidental está en crisis y aspira a destruirlo todo en sus estertores, los feminismos liberales –entendiendo liberal en el amplio espectro desde las mujeres del conservadurismo europeo a las feministas del partido verde alemán o la socialdemocracia española– también han demostrado que se agotan y que no sirven para explicar ni para atacar las bases de este régimen patriarcal de guerra: militarismo, racismo y necropolítica que nos condena a vivir vidas indignas o a morir en el intento de defenderlas. No cabe esperar nada de las y los que a estas alturas siguen pidiendo guerra. Que sean mujeres las que mejor están encarnando el supremacismo colonial europeo, la histeria antipacifista y los intereses de la élite económica continental es buena muestra de ello. Los hijos de Úrsula no irán a la guerra, los nuestros, las nuestras, sí. Una consigna que parecía irreal hace un par de años hoy se torna posible. Si el orden internacional euroatlántico se ha dinamitado a sí mismo y el Sur Global marca el paso, en ese claroscuro de los monstruos, la contradicción principal emerge clara: el pacifismo es el único camino feminista posible.

Hay alternativa feminista al régimen de guerra. Llevamos a nuestras espaldas teoría y praxis, análisis y acción. Tenemos los números y las manos, la memoria y el qué hacer. «Los capitalistas siempre dicen: “¡Debemos armarnos porque la guerra nos amenaza!” Y nos enseñan sus símbolos sagrados: el militarismo por tierra, mar y aire. Instrumentalizan el fantasma de la guerra para ponerlo entre ellos y el fantasma rojo. Llaman a la guerra para liberarse del fantasma de la revolución social». Escribía Kollontai en 1912. Impugnar el rearme y el genocidio abre las puertas a poder transformarlo todo. Ni pacíficas ni pacientes: pacifistas.

Capítulo 1

Régimen de guerra y orden de género: ¿por qué la guerra necesita a las mujeres?

«¿Quién se beneficia de esta guerra? Solo una pequeña minoría en cada nación: los fabricantes de rifles y cañones, de placas de blindaje y torpederos, los dueños de astilleros y los proveedores de las necesidades de las fuerzas armadas. En interés de sus ganancias, han avivado el odio entre los pueblos, contribuyendo así al estallido de la guerra. Los trabajadores no tienen nada que ganar con esta guerra, pero corren el riesgo de perder todo lo que les es querido».

Clara Zetkin, 1915

Hace un par de años, en febrero de 2023, asistí por motivos laborales a una fiesta de Carnaval que se celebraba en un parque de Madrid. Llamaba la atención la cantidad de hombres jóvenes, adolescentes y niños que habían elegido como disfraz para ese día indumentaria militar: ropa de camuflaje, botas, mochilas tácticas, rifles de imitación o chalecos antibalas. En Carnaval, en el día en el que se puede jugar a ser cualquier cosa, y en el que casi cualquier disfraz está permitido, la elección performativa de todos aquellos chavales madrileños era vestirse para una guerra, o mejor dicho, para lo que ellos consideraban que debe ser un guerrero.

Las guerras sostienen el orden de género, lo refuerzan y alimentan su reproducción. Una guerra necesita soldados, hombres dispuestos, valientes y preparados –o forzados– para combatir en el frente, sí. Pero también necesita «mujeres y niños», sujetos vulnerables, víctimas a las que proteger y por las que merece la pena morir. La guerra necesita viudas llorosas y madres abnegadas que romantizan la épica del sacrificio, así como necesita enfermeras entregadas, novias pizpiretas o mujeres cuidadoras y resistentes que cocinan bajo las bombas, básicamente, porque no les queda otra. Las guerras necesitan héroes, tipos duros, curtidos en la adversidad, y también la carne de los mártires que llenen los cementerios. Así podrán visitarles todos esos prohombres de estado, diplomáticos y generales para lamentarse por lo ocurrido y preguntarse cómo pudo ser. La guerra necesita hombres traumatizados y disfuncionales, deformados por la violencia, que puedan ser carne de cañón en la próxima trinchera porque tampoco tendrán alternativa. La guerra necesita prostitutas que sean alivio del guerrero y esposas que carguen con el estrés postraumático del combatiente, ese que vuelve a casa y las muele a ostias. También necesita de la fuerza de trabajo de refugiadas, migradas y supervivientes cuyas historias de vida sirvan de relleno a algún telediario que olvidar después, y cuyos cuerpos puedan ser mano de obra mucho más barata lejos de casa, arrasadas, exiliadas y sin hogar al que volver.

Todos esos roles se representan en las epopeyas clásicas y en las contemporáneas, en el cine y en la ficción bélica, pero sobre todo, se reproducen en las instituciones que rodean a una guerra. Alimentan las narrativas periodísticas sobre los conflictos armados contemporáneos y sirven para que cada cual se coloque a sus puestos. Los heroicos muchachos que combaten en Ucrania, las llorosas madres que abrazan cadáveres en Gaza, las inocentes niñas secuestradas por Boko Haram, los salvajes terroristas de Hamás o las frágiles refugiadas a las puertas de Polonia. Todos ellos son relatos de género que colocan mujeres y hombres en ese orden de guerra, diciéndoles lo que pueden o deben ser para que la guerra sea. Las guerras del capital, como el capital mismo, necesitan del orden de género y de la reproducción de las estructuras patriarcales para lograr sus fines. En tiempo de guerra es mucho más sencillo imponer ese orden y mucho más difícil cuestionarlo. Por eso, romperlo es también quebrar la lógica del actual régimen belicista y desafiar a quienes se benefician de él.

Los ejemplos de cómo el orden de género sostiene al régimen de guerra, tanto metafórica como literalmente, se nos presentan continuamente en escenarios bélicos de todo el mundo. Emergen en cuanto nos planteamos la clásica pregunta de Cynthia Enloe[1], ¿dónde están las mujeres? Sin irnos demasiado lejos en el tiempo, para justificar el genocidio israelí en Gaza, como en su día se justiticaron las invasiones ilegales en Irak o Afganistán, fue necesario construir una mirada orientalista y colonial sobre sus mujeres. Se les despojó de agencia política y se le convirtió en ese pack indisoluble de «mujeres y niños» víctimas de un «otro», un enemigo bárbaro y salvaje, el hombre árabe. Ellas no tenían gran elección en el relato que se hacía de sí mismas: bien «paridoras de terroristas», bien sujetos pasivas que salvar. Las mujeres de Asia Occidental (o el mal llamado Oriente Medio, un término originado en el colonialismo británico que ponía a Europa como centro del mundo) se instrumentalizaron como justificación de la narrativa necesaria para intervenir sus países en nombre de un Occidente salvador, civilizador y cargado de valores. Sirva otro ejemplo: el del mercado sexual colonial de las bases estadounidenses en Corea o Vietnam durante las guerras de descolonización en el Sudeste Asiático. Las llamadas «mujeres de confort» construyeron un imaginario sexual y étnico-racial que circulaba entre las propagandas de alistamiento de los jóvenes de las clases más bajas de Estados Unidos y se presentaba como una forma más de sometimiento al enemigo. Follarse a una vietnamita era follarse al Vietcong mismo. No en vano, en los sesenta, Corea del Sur era conocida como el paraíso de los G.I.s (los soldados estadounidenses) con decenas de miles de prostitutas a disposición de los soldados norteamericanos, una prostitución militarizada fundamental para el sostenimiento del conflicto en el terreno. Y si nos vamos a un tercer ejemplo algo más contemporáneo, tendríamos las medidas coercitivas unilaterales, comúnmente llamadas sanciones, que se imponen desde el norte global a aquellos estados entendidos como enemigos geopolíticos del orden internacional euroatlántico. Es bien sabido que estas medidas afectan desproporcionadamente a las mujeres y disparan las desigualdades y vulnerabilidades preexistentes: apagones, falta de suministros básicos de comida, medicamentos o divisas. Bajo estos desabastecimientos inducidos –en Cuba, Venezuela, Siria, Irán o Zimbabwe– el castigo colectivo cae sobre ellas: son las mujeres las que deben cargar sobre sus espaldas el sostenimiento de sus comunidades, privadas de lo más básico para existir. Y eso también es una guerra; económica, sí, pero una guerra.

Sin salir de Europa: Ucrania como guerra existencial

No obstante, no hace falta salir de Europa –desde donde escribimos este ensayo– ni evocar conflictos de otras épocas y latitudes para ilustrar la crudeza con que se despliega este orden de género patriarcal inherente al régimen de guerra. Es más, nuestro continente se ha convertido en el ejemplo más perfecto si se quiere, si ponemos la mirada sobre el escenario bélico ruso-ucraniano. En esta guerra en el corazón de Europa, devenida «existencial» para el establishment de Bruselas, se han desplegado con fuerza todas las narrativas sobre qué se espera de una mujer y de un hombre durante un conflicto armado, y sus lógicas han ayudado a reforzar jerarquías de género, tradicionalismo e identidades que, sea cual sea el desenlace, quedarán enquistadas en sus sociedades tras el conflicto y perpetuarán las estructuras de desigualdad generadas. Todo para gloria de los señores de la guerra y en detrimento de un pueblo, el ucraniano, sacrificado como proxy y escenario de un conflicto global.

En el momento en que redactamos este texto, han pasado algo más de tres años desde la invasión rusa y quince desde el inicio de la guerra civil en Donbass. El desgaste en el frente, sumado al secreto a voces de las deserciones de soldados que huyen del alistamiento y la crisis demográfica del país, urgieron al gobierno ucraniano a impulsar la movilización juvenil para cubrir la falta de efectivos en combate, pese a que cualquier hombre en edad militar tiene prohibido salir del país. Esa realidad evidente –una ley marcial que viola y restringe derechos humanos– fue obviada por la propaganda de guerra europea, centrada en combatir «hasta el último ucraniano». Los hombres que pudieron marcharse a partir de febrero de 2022 lo hicieron bajo cuerda, con chantajes y pagos para poder atravesar la frontera, y muchos se enfrentaron después con restricciones consulares y amenazas de deportación. «Cobardes» les llamaban las autoridades competentes. Los vídeos de redadas y persecuciones a los reclutas, las denuncias del maltrato y las condiciones precarias en los acuartelamientos se convirtieron en un clamor entre la opinión pública ucraniana. Así, ¿cómo atraer la carne de cañón masculina a la batalla? Pues activando todas las narrativas de género: «Ser un hombre», ser un patriota, que era no ser un traidor, ni un cobarde. Presionado por varios de sus socios en la OTAN, Kiev optó por rebajar la edad mínima de reclutamiento de los 27 a los 25 años. En primavera de 2025 llegaría una reforma normativa que buscaba ofrecer incentivos financieros para aquellos hombres –y mujeres– aún más jóvenes, de 18 a 25 años, que quisieran unirse a sus fuerzas armadas ofreciendo salarios anuales por encima de los veinte mil euros, una fortuna en un país con un SMI de 2.184 euros al año. También se prometían varias ventajas fiscales, hipotecarias, médicas o de estudios superiores, en suma, un estatus de ciudadanía superior que pasaba por asumir la militarización y el patriotismo, por ser leal y no un traidor, por ser valiente y no un cobarde. La agresiva campaña en redes y medios para promocionar estas medidas se basaba en la banalización total y absoluta de la guerra, presentada como una salida económica en medio de la precariedad, la incertidumbre y la pobreza, y como acceso a privilegios que no estaban disponibles en la vida civil. Esta lógica sexual de la guerra y la militarización en clave nacionalista de las generaciones más jóvenes no es exclusiva de Ucrania, por supuesto, sino del espacio post-soviético en general. En Rusia, un anuncio comercial del Ministerio de Defensa sobre «de qué está hecho un hombre de verdad» ridiculizaba las masculinidades que no representaban el ideal militar de sus Fuerzas Armadas –ojos maquillados, looks intelectuales, banderas arcoíris–, y los folletos promocionales para alistarse al ejército se reparten en las paradas de metro de Moscú mientras las chicas son bombardeadas con publicidad sobre marcas de lujo, tratamientos estéticos y maternidades idealizadas en el seno del hogar conservador. Y es que la vuelta a la tradición de las sociedades post-URSS tuvo en las mujeres a sus principales víctimas.

El reclamo es el sexo, y también el amor, en esa misma lógica conservadora. El Washington Post