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En este libro, los autores examinan, desde diferentes aspectos teóricos y metodológicos, algunos temas de investigación social, histórica y cultural sobre el Estado de México. Por su carácter multidisciplinar, esta obra se conforma por tres partes, la primera es nombrada "La perspectiva arqueológica" y está integrada por tres capítulos sobre la arqueología del Estado de México, uno es una investigación a partir de materiales arqueológicos del Valle de Toluca, y los otros dos versan sobre importantes contribuciones al desarrollo de la arqueología en el Estado de México. La segunda parte del volumen, con "El enfoque etnohistórico", se compone de cuatro capítulos: tres sobre la historia prehispánica y uno sobre la historia indígena colonial. Si bien se refieren a aspectos sociopolíticos y religiosos, tienen en común sustentarse en los aportes de la arqueología, pero en mayor medida en fuentes escritas y códices del periodo colonial. La tercera parte, sobre "Perspectivas históricas y antropológicas", aborda trabajos con propuestas explicativas de aspectos devocionales y políticas del periodo colonial; la participación de individuos y comunidades en las pugnas políticas y luchas armadas a finales del siglo XIX y principios del XX; aspectos sobre la rebelión cristera en el Estado de México y, finalmente, un acercamiento al pensamiento holístico en una localidad de Texcoco. Estos trabajos se apoyaron en fuentes como la documentación de archivo, bibliografía, hemerografía antigua, fotografías y testimonios etnográficos.
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Seitenzahl: 421
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Dr. César Camacho Quiroz
Presidente
Dr. José Antonio Álvarez Lobato
Secretario General
Dr. Raymundo C. Martínez García
Coordinador de Investigación
301 JHMC 1KLCM
Estrechando lazos. Perspectivas multidisciplinarias sobre el Estado de México /Clementina Battcock, Raymundo C. Martínez García, coordinadores. — —Zinacantepec, Estado de México: El Colegio Mexiquense, A.C., 2022.
234 p.: ilustraciones; cuadros y mapas. Incluye referencias bibliográficas. ISBN: 978-607-8836-12-3 (edición impresa) ISBN: 978-607-8836-40-6 (edición electrónica)
1. Arqueología — México (Estado) — Historia y descripción. 2. Etnohistoria —México (Estado) — Historia y descripción. 3. Antopología — —México (Estado) —Historia y descripción. I. Battcock, Clementina, coordinadora. II. Martínez García, Raymundo C., coordinador.
Edición y corrección: Hugo A. Espinoza RubioDiseño y cuidado de la edición: Luis Alberto Martínez LópezFormación y tipografía: Fernando Cantinca CornejoDiseño de portada: Luis Alberto Martínez López
Primera edición: 2022
D.R. © EL COLEGIO MEXIQUENSE, A.C. Ex hacienda Santa Cruz de los Patos, s/n, Col. Cerro del Murciélago, Zinacantepec 51350, México, MÉXICO Ventas: [email protected] Página-e: <http://www.cmq.edu.mx>
Esta obra fue sometida a un proceso de dictaminación académica bajo el principio de doble ciego, tal ycomo se señala en los puntos 31 y 32, del apartado V, de los Lineamientos Normativos del Comité Editorial de El Colegio Mexiquense, A.C.
Queda prohibida la reproducción parcial o total del contenido de la presente obra sin contar previamentecon la autorización expresa y por escrito de los titulares de los derechos patrimoniales, en términos de la LeyFederal de Derechos de Autor, y en su caso de los tratados internacionales aplicables. La persona que infrinjaesta disposición se hará acreedora a las sanciones legales correspondientes.
Hecho en México/ Made in Mexico
ISBN: 978-607-8836-12-3 (edición impresa) ISBN: 978-607-8836-40-6 (edición electrónica)
A manera de introducción. Perspectivas multidisciplinarias sobre el Estado de MéxicoClementina Battcock y Raymundo C. Martínez García
Primera parte. La perspectiva arqueológica
Arqueología en el Alto Lerma: estudio de la vida lacustre prehispánicaYoko Sugiura
Viviendo entre ollas, cazuelas y cajetes: uso de vasijas cerámicas en el sitio arqueológico de Santa Cruz Atizapán desde el Clásico tardío hasta el Epiclásico (ca. 450-900/1000 d. C.)Gustavo Jaimes Vences
“Estudiando lo pasado se aprende lo nuevo”: experiencias y anécdotas de una vida dedicada a la Arqueología. Homenaje a la doctora Yoko Sugiura YamamotoRubén Nieto Hernández y Gustavo Jaimes Vences
Segunda parte. El enfoque etnohistórico
Tetzcoco: el modesto origen de una esplendorosa ciudadMaribel Aguilar Aguilar
Territorio y paisaje en el Valle de Toluca prehispánico: algunos problemas para su estudioClementina Battcock y Alma Laura Magaña Abarca
Coltzin o Tolotzin: notas acerca de la identidad del dios de los matlatzincasRaymundo César Martínez García
Uso, itinerario, características y contenido del Códice Techialoyan de Santa María Tepexoyucan y San Jerónimo Acazulco Susana Poleth Sánchez Ramírez
Tercera parte. Perspectivas históricas y antropológicas
Doctrina y política en la devoción guadalupana en los siglos xvi y xviiAdolfo Yunuen Reyes Rodríguez
La historia de su patria corre por sus venas. Liberalismo y mormonismo en la tierra fría de los volcanesMoroni Spencer Hernández de Olarte
Guanajuato queda al norte: algunas pistas historiográficas para pensar la rebelión cristera en el Estado de MéxicoJhonnatan Alejandro Zavala López
Ideas e identidad en Texcoco: los escenarios del pensamiento holístico en San Jerónimo AmanalcoJaime Enrique Carreón Flores
¿Quien no vé que verdades se traslucenentre neblinas no pueden representarse á la vista sino con negras manchas?
Carlos de Sigüenza y GóngoraTeatro de Virtudes Políticas
Clementina BattcockDirección de Estudios Históricos, inah
Raymundo C. Martínez GarcíaEl Colegio Mexiquense, A.C.
ESTE LIBRO TIENE COMO característica principal examinar, desde diferentes aspectos (téoricos y metodológicos), algunos temas de investigación social, histórico y cultural en el Estado de México. Sin embargo, referirnos a esta entidad soberana desde nuestro siglo xxi puede causar algunas confusiones al lector(a), ya que, como mapa político fue creado en 1824, con una composición territorial diferente, la cual ha mutado a través de la tensa construcción de estabilidad política del Estado mexicano (Jarquín y Herrejón, 1995), siendo delimitado definitivamente en su geografía administrativa por la restauración republicana posterior al Segundo Imperio, en 1871, dándole su extensión actual (Pimienta-Lastra, 2015).
Asimismo, queremos dejar en claro que, si bien contamos con distintos textos referentes a la investigación aplicada de forma constante en torno a los acervos históricos del estado (Jarquín, coord., 2015; McGowan, 1991; Narváez, 2001), esta obra de carácter colectivo tuvo su origen en dos actividades desarrolladas durante el transcurso del año 2019: la primera de éstas, la instauración del Seminario permanente “Miradas interdisciplinarias sobre el Estado de México. Estudios, perspectivas y propuestas”, organizado por iniciativa del Centro inah Estado de México, y su director general, el arqueólogo Luis Antonio Huitrón Santoyo, y la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah); la segunda, el reconocimiento y homenaje a la doctora Yoko Sugiura Yamamoto, por sus aportes y estudios pioneros sobre el Valle de Toluca. Ambas actividades estuvieron ligadas íntimamente, ya que el homenaje a la destacada académica fue la sesión inaugural del seminario que dio así su primer paso.
A lo largo de los fructíferos encuentros, se entablaron diálogos y discusiones entre distintos académicos de diversas instituciones: El Colegio Mexiquense, A. C., la Universidad Autónoma del Estado de México, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Guadalajara, la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, la Escuela Nacional de Antropología e Historia, el Centro regional inah Estado de México, así como de estudiantes, investigadores y público en general que asistió.
La discusión teórico-metodológica entre los diferentes trabajos y posturas no tuvo como objetivo construir una estrategia única de análisis de ese seminario en particular, sino que buscó nutrirse abundantemente de las voces y perspectivas de cada uno de nuestros trabajos, sometidos a la revisión cuidadosa y crítica de quienes asistimos. En ese sentido, consideramos pertinente ordenar por bloques disciplinarios las versiones retroalimentadas que surgieron después de un rico análisis multifactorial y de cruces interesantes en torno a la composición cultural de lo que conocemos como regiones, bajo la lupa de conceptos que han sido trabajados en infinidad de reflexiones sobre la teoría social contemporánea (Burke, 1997), pues para presentar este trabajo debemos explicar que la distribución poblacional, sus redes culturales, las formas de vivir y resolver el conflicto humano, así como los espacios coyunturales de lo social que subsisten en la conformación de esta entidad política, adquieren matices sumamente relevantes, dependiendo de su colindancia con otras regiones que forman parte del estado mexicano, forjando un entreverado de historias y procesos que no pueden homologarse bajo un solo marco de criterios. Es decir, no puede resultar “lo mismo” de entretejer procesos reflexivos del cambio social en torno a los municipios impactados por el desarrollo histórico de la urbanización de la Ciudad de México y el desecamiento de los lagos de Texcoco, Chalco y Zumpango, que abordar los territorios matlatzincas y mazahuas próximos a los pueblos purépechas michoacanos, o de aquellos que se encuentran bajo el proceso histórico de las poblaciones otomíes, impactadas por la apertura de caminos hacia los nortes chichimecas o huastecos; además de los centros poblacionales que crecieron bajo el cobijo de las intrépidas dinámicas culturales próximas a los volcanes orientales. Es decir, como investigadores de lo social, fuera de las ocupaciones que demandan nuestras especialidades temporales, estamos bajo miradas que asumen pluralidad y que no son reductibles a esquemas tradicionales de homologación categórica.
Precisamente de todas esas intervenciones, preguntas e hipótesis reformuladas, este libro recoge y ahonda en las diferentes problemáticas que surgieron durante tantos meses de productivos intercambios. Resulta importante agradecer también el invaluable apoyo logístico de Humberto González, Galilea Trejo Cervantes, Bruno Rico Valdés y la licenciada Daniela Tovar, del área de Difusión y Comunicación del Centro inah Estado de México, quienes fueron fundamentales en la realización de dichas jornadas mensuales. Asimismo, se debe reconocer a El Colegio Mexiquense, A. C., que albergó en su sede, de Casa Toluca, varias de las reuniones, así como a la uaeméx, que de igual manera fue sede del seminario en sus facultades de Antropología y Humanidades.
Esta obra está conformada por tres partes, las cuales permiten al lector dialogar en dos niveles: por un lado, entre los capítulos que componen cada apartado, o bien con los de las otras partes, es decir, a nivel general como libro. La primera parte, “La perspectiva arqueológica”, está integrada por tres capítulos sobre la arqueología del Estado de México, uno es una investigación a partir de materiales arqueológicos del Valle de Toluca, y los otros dos versan sobre importantes contribuciones al desarrollo de la arqueología del Estado de México.
El capítulo “Arqueología en el Alto Lerma: estudio de la vida lacustre prehispánica”, de Yoko Sugiura, es un recorrido que abarca más de medio siglo de la vida académica de la doctora Sugiura y, a la vez, del itinerario y vetas de investigación explorados por ella en el proyecto arqueológico Valle de Toluca. Hacia 1965, Yoko Sugiura arribó a México para prepararse académicamente, y años más tarde egresó de la enah. Ya en 1974 tuvo contacto con el área toluqueña, que entonces trabajaba el prestigioso arqueólogo Román Piña Chan con un proyecto en Teotenango. Poco después, emprendió el “Proyecto arqueológico Valle de Toluca”, que con innumerables temporadas de campo y gabinete ha sido terreno fértil para la investigación, la formación de recursos humanos especializados, el trabajo multidisciplinario y la colaboración con la sociedad civil y las autoridades locales.
La autora reseña en su texto los trayectos de su investigación a lo largo del tiempo, los objetivos y problemáticas que han sido explorados. Comenzó con el reconocimiento de superficie de los 1,400 km2 del valle, para establecer un patrón de asentamiento regional y un panorama general de la historia del Valle de Toluca. Continuó con el análisis del paisaje del Alto Lerma, sus ciénagas, volcanes y ríos para determinar su importancia en el desarrollo de asentamientos humanos a través de los siglos. Décadas más tarde, realizó una investigación etnoarqueológica para conocer la forma de interacción de la gente del Alto Lerma con su entorno lacustre, registrando datos de treinta y tres comunidades contemporáneas, y así pudo documentar el origen y transformación del modo de subsistencia lacustre y la vida cotidiana que lo caracteriza.
El capítulo “Viviendo entre ollas, cazuelas y cajetes: uso de vasijas cerámicas en el sitio arqueológico de Santa Cruz Atizapán desde el Clásico tardío hasta el Epiclásico ( ca. 450-900/1000 dC)”, de Gustavo Jaimes Vences, ofrece (como el título lo indica) una visión general e integral del uso que los pobladores de Santa Cruz Atizapán dieron a las vasijas cerámicas en tiempos prehispánicos. El autor destaca que este propósito es posible, ya que se apoya en el conjunto de investigaciones previas hechas sobre esta zona y en la Base de Datos de Atributos Generales del Proyecto Arqueológico Santa Cruz Atizapán que los concentra y permite analizar, más eficazmente, el enorme cúmulo de materiales cerámicos.
El análisis de Jaimes Vences analiza dos conjuntos de atributos: primero, la pasta, sus características macroscópicas, composición química y mineral, distribución y datación. Después procede a tratar la forma de las vasijas, imprescindible para la comprensión de su uso y función. Determina la distribución temporal y espacial de las vasijas; después, interpreta su morfofunción, advierte sus huellas de uso y muestra su patrón de distribución. Así logra caracterizar los siete grupos de pastas identificados en Santa Cruz Atizapán, con apoyo en numerosos tipos de análisis y herramientas interdisciplinarias.
El capítulo “‘Estudiando lo pasado se aprende lo nuevo’: experiencias y anécdotas de una vida dedicada a la Arqueología. Homenaje a la doctora Yoko Sugiura Yamamoto”, es un trabajo en coautoría de Rubén Nieto Hernández y Gustavo Jaimes Vences, quienes, como especialistas en arqueología del Valle de Toluca y ex alumnos de la doctora Sugiura, realizan un recuento de su larga y muy destacada trayectoria académica. Recalcan como una de las principales contribuciones de la doctora a la escuela mexicana de Arqueología, que, contraria a la tendencia prevaleciente de preferir la intervención en sitios monumentales, ella se ocupó de estudiar el universo de los asentamientos menores, que no por ello son de menor relevancia científica para explicar el devenir social; asimismo, su labor ha permitido que las poblaciones actuales cuenten con información esencial acerca de su origen y fortalezcan su sentido de identidad.
Nieto y Jaimes presentan una semblanza biográfica de la doctora Sugiura, considerando su vida en Japón y su trayecto a México, su formación académica, su paso por la enah, su ambiente intelectual, su trabajo y contribuciones a la Arqueología mexicana, su trabajo con la sociedad civil, su prolífica labor docente dentro y fuera del aula, para concluir con sus proyectos de investigación en el Valle de Toluca y su extensa producción académica. Este capítulo finaliza revelando a la doctora Sugiura como una académica y humanista integral: una mujer inteligente, generosa y con gran amor por este país y su gente.
La segunda parte del volumen, “El enfoque etnohistórico”, la conforman cuatro capítulos: tres sobre la historia prehispánica y uno sobre la historia indígena colonial. Si bien se refieren a aspectos sociopolíticos y religiosos, tienen en común sustentarse en los aportes de la arqueología, pero en mayor medida en fuentes escritas y códices del periodo novohispano.
El capítulo “Tetzcoco: el antiguo origen de una esplendorosa ciudad”, de Maribel Aguilar Aguilar, aborda distintos factores que hicieron de Tetzcoco una de las más importantes ciudades de la Cuenca de México en el Posclásico. Aguilar comienza su exposición destacando el potencial de recursos existentes en torno a la zona del asentamiento humano donde prosperaría esta urbe, el Acolhuacan; se trató de un área rodeada de montañas, bosques y lagos, fuente de múltiples recursos naturales, como agua, madera y sal, además de rocas y minerales. Su localización resultó también estratégica para las rutas de comunicación e intercambio, tanto por agua como por tierra.
El capítulo abarca el origen del asentamiento humano, en las inmediaciones de lo que sería Tetzcoco, con la llegada de los chichimecas de Xólotl; más tarde, la fundación de Tetzcoco en una zona que las fuentes refieren como “un monte espeso, lleno de toda suerte de bestias”, otras como “un pequeño cerro que antiguamente se llamó Tetzcotl” y las distintas versiones sobre el origen de su topónimo. Después procede a escudriñar las noticias del desarrollo de la ciudad, en las que aparece constantemente la referencia a Nezahualcóyotl y el momento de máximo esplendor y hegemonía, tras el triunfo, en 1427, de los mexicas, los tetzcocanos y una facción de los tepanecas sobre Azcapotzalco. En este contexto, la imagen de Tetzcoco se proyectó como un centro irradiador de cultura.
El capítulo “Territorio y paisaje en el Valle de Toluca prehispánico: algunos problemas para su estudio”, de Clementina Battcock y Alma Laura Magaña Abarca, fue realizado de manera exclusiva para este libro, es decir, no participó del intercambio académico del seminario permanente como todos los demás. Sin embargo, consideramos pertinente incluirlo, ya que sentimos la necesidad de presentar una panorámica del entorno geográfico y de los recursos del Valle de Toluca, además de un recuento del proceso histórico de esta región desde el Preclásico hasta el Posclásico mesoamericano, destacando sus centros poblacionales tempranos, así como sus vínculos con Teotihuacan durante el periodo Clásico y la emergencia de numerosos señoríos otomianos para la época previa a la guerra de conquista, proceso durante el cual se sostuvo una fuerte relación de esta región con los centros tepanecas, para finalmente tener una caracterización como tributarios ante la expansión de México-Tenochtitlán y sus aliados de la “Triple Alianza”.
Otro apartado del trabajo se atiende, de forma sincrónica, a la enumeración y características culturales de los pueblos originarios del Valle de Toluca, a partir de las fuentes etnohistóricas; es decir, los matlatzincas, mazahuas, otomíes y ocuiltecas, además de los nahuas. Para concluir, las autoras señalan la relación que estos pueblos originarios entablaron, a partir del modo de vida lacustre y el aprovechamiento de otros nichos ecológicos, con el territorio y el paisaje del Valle de Toluca, gestando una particular cosmovisión y vida ritual.
El capítulo “Coltzin o Tolotzin: notas acerca de la identidad del dios de los matlatzincas”, de Raymundo César Martínez García, presenta los informes de las fuentes coloniales tempranas sobre el dios de los matlatzincas, así como un recuento historiográfico sobre su identidad, según diversos autores modernos.
Uno de los problemas que esboza el autor es el grado de afinidad que hay entre Coltzin y Tolotzin, nombres que se atribuyen con frecuencia a la principal deidad de los matlatzincas. Se trata de la revisión de las propuestas sobre el dios patrono de los matlatzincas, a partir de las fuentes alfabéticas y pictográficas del periodo colonial, incluyendo textos en lengua náhuatl. El capítulo concluye con una propuesta sobre la identidad de la deidad matlatzinca y el posible ámbito de acción que se le atribuyó, a partir de forma en que se dio su culto.
El capítulo “Uso, itinerario, características y contenido del Códice Techialoyan de Santa María Tepexoyucan y San Jerónimo Acazulco”, de Susana Poleth Sánchez Ramírez, trata sobre un manuscrito colonial con pinturas y glosas en náhuatl, procedente de localidades ubicadas en lo que ahora es el municipio de Ocoyoacac, Estado de México. Se trata de un documento perteneciente al grupo de códices Techialoyan, que tuvo una amplia distribución en el centro de México, hacia fines del siglo xvii.
La autora ubica geográficamente a Tepexoyucan y Acazulco, indaga en las noticias sobre el empleo e itinerario del documento desde el periodo colonial hasta el siglo xx, describe las características del manuscrito, comenzando con los aspectos materiales de sus 19 folios y enseguida su texto e imágenes; posteriormente, realiza un análisis de su contenido, que enfatiza la implantación de un santo católico, el adoctrinamiento religioso, la presencia de un cabildo indio, la asignación de tierras corporativas y el pago puntual del tributo, así como la representación del paisaje local.
La tercera parte del libro se intitula “Perspectivas históricas y antropológicas”, abarca trabajos sobre aspectos devocionales y políticos del periodo novohispano; la participación de individuos y comunidades en las pugnas políticas y luchas armadas a finales del siglo xix y principios del xx; aspectos sobre la rebelión cristera en el Estado de México y, finalmente, un acercamiento al pensamiento holístico en una localidad de Texcoco. Además de las propuestas explicativas que se proponen en estos trabajos, sus fuentes son documentación de archivo, bibliografía, hemerografía antigua, fotografías y testimonios etnográficos.
El capítulo “Doctrina y política en la devoción guadalupana, en los siglos xvi y xvii”, de Adolfo Yunuen Reyes Rodríguez, presenta un aspecto de la dimensión política de la devoción guadalupana hacia el siglo xvii, a partir del estudio de la imagen del indio Juan Diego, ante quien —según la tradición— se apareció la Virgen de Guadalupe. Específicamente, se trata de indagar cómo caracterizaron a este personaje los indios de la zona noroeste de la Ciudad de México, particularmente de Cuautitlán, Tlalnepantla y la zona del Tepeyac.
La investigación parte de las discusiones a las que fue sometida la tradición guadalupana y atiende el estudio de ciertos símbolos, a partir del análisis de una investigación canónica sobre esta devoción, hecha hacia 1666, en la que testificaron indígenas que aseveraban haber recibido noticias directas de personas que habrían conocido a Juan Diego. De esta manera, se construye una aproximación a la manera en que los pueblos indios de la región recuperaron, hacia el siglo xvii, los símbolos guadalupanos, a partir de elementos que les eran propios.
El capítulo titulado “La historia de su patria corre por sus venas. Liberalismo y mormonismo en la tierra fría de los volcanes”, de Moroni Spencer Hernández de Olarte, es un acercamiento a la historia local y sus vínculos con los procesos nacionales. En el caso estudiado, el devenir del pueblo de Atlautla y su región dio pie al autor para ahondar en la participación de su población, y de algunos personajes emblemáticos, en apoyo al liberalismo decimonónico, así como el papel de los mormones en la Revolución mexicana.
Personaje principal en el pasado liberal de la región de Atlautla fue el coronel Silvestre López Torquemada, quien, al estallar la Guerra de Reforma, reunió voluntarios para la lucha a favor de los liberales en comunidades como Ayapango, Temamatla, Atlautla, Ozumba, Amecameca, Ecatzingo y Tepetlixpa. Este grupo apoyó el movimiento armado y, hacia 1861, entraron con el grueso del ejército republicano vencedor a la Ciudad de México. Años más tarde, ante la invasión francesa, Silvestre López nuevamente reunió hombres y mujeres para la defensa del país en el Batallón que tomó el nombre de Ocampo. Más adelante, al estallar la revolución, figuras como Madero y Zapata también se apoyaron en la población de la región de los volcanes; en esa ocasión, se incorporaron los miembros de la Iglesia mormona.
El capítulo “Guanajuato queda al norte: algunas pistas historiográficas para pensar la rebelión cristera en el Estado de México”, de Jhonnatan Alejandro Zavala López se inscribe en el análisis de la contraposición, por un lado, del sistema de creencias y prácticas religiosas, de la tradición católica romana, presentes en las comunidades y, por el otro, las nuevas relaciones políticas derivadas de la Revolución mexicana, que promovieron al Estado como el censor de las actividades eclesiásticas. En 1926, con la promulgación de las reformas al Código Penal, impulsadas por el presidente Plutarco Elías Calles, dicha contraposición derivó en un conflicto armado con una multiplicidad de rebeliones.
Zavala sostiene que este conflicto detonó miedos colectivos, presentes en ambas facciones. La apertura hacia este tema se presentó varias décadas después, con la recuperación de testimonios y el inicio de una historiografía del movimiento. En este contexto, la indagación en archivos históricos de la Ciudad de México y Guanajuato dieron pie al autor para dar seguimiento a sujetos que incidieron en la conformación de las vías de tránsito, por el Estado de México, entre “el corazón político de la nación” y los campos de batalla del Bajío. Así se refiere la participación en la entidad o en su cruce por ésta de figuras claves como Abundio Gómez, Manuel Reyes, José León Toral, Manuel Trejo y José León Jiménez. La propuesta recalca la necesidad de no indagar sólo este proceso a nivel nacional, sino en sus variantes regionales.
En el capítulo “Ideas e identidad en Texcoco: los escenarios del pensamiento holístico en San Jerónimo Amanalco”, de Jaime Enrique Carreón Flores, se describe el conjunto de ideas en torno a la concepción de la persona, en la localidad de San Jerónimo Amanalco, en Texcoco. El interés de analizar el concepto de persona es que éste motiva una adscripción identitaria en distintos contextos o escenarios relacionales. Es en esta variación de circunstancias donde aparecen el individuo o el grupo orientados, según su interés, hacia la cooperación o la competencia dentro o fuera de la comunidad.
Tras enunciar los elementos teóricos de partida, el autor procede a esbozar la condición actual de los pueblos de raíz mesoamericana en el Estado de México y, más puntualmente, los de la zona de Texcoco. Posteriormente, examina los escenarios relacionales de individuos y grupos en este municipio. De ahí procede a señalar el sistema de ideas o pensamiento holístico, con apoyo en el trabajo etnográfico. Se trata de un acercamiento a los rasgos generales de esta particular manera de ver el mundo, a las personas y al cuerpo mismo.
Por último, esperamos que este conjunto de contribuciones sirva para un mayor conocimiento y reflexión sobre la cultura, devenir y patrimonio de la población mexiquense, así como a otros propósitos de los distintos lectores potenciales de esta obra.
Fuentes consultadas
Burke, Peter (1997), Historia y teoría social, México, Instituto Mora.
Jarquín Ortega, María Teresa (coord.) (2015), Voces indígenas en cuatro archivos parroquiales de la orden franciscana: Calimaya, Metepec, Toluca yZinacantepec, Zinacantepec, El Colegio Mexiquense.
Jarquín Ortega, María Teresa y Carlos Herrejón (1995), Breve historia delEstado de México, México, Fondo de Cultura Económica-Fideicomiso Historia de las Américas-El Colegio de México (colec. Breve historia de los Estados).
McGowan, Gerald L. (1991), El Estado del Valle de México 1824-1917, Zinacantepec, México, El Colegio Mexiquense, A. C.-Gobierno del Estado de México.
Narváez, Pedro Antonio (2001), Atlas histórico del Estado de México, México, Universidad Autónoma del Estado de México.
Pimienta-Lastra, Rodrigo (2015), “Evolución histórica de la población del Estado de México”, Quivera, vol. 17, núm. 2, pp. 109-138.
Yoko SugiuraEl Colegio Mexiquense, A.C.
Preámbulo
En 1965, pisé la tierra de México, con la enorme esperanza de convertirme en una arqueóloga mesoamericanista. En toda la extensión de la palabra, México era un país lejano para el Japón de ese tiempo. En el círculo de la Arqueología del Nuevo Mundo, la andina es la que predominaba siempre en mi país natal, mientras que la antropología mexicana, a pesar de su reconocimiento mundial, era ajena para los arqueólogos japoneses de los años sesenta. El único libro que conocí, antes de mi salida de Japón, fue Mesoamérica de Román Piña Chan, cuyo nombre apenas comenzaba a conocerse entre los especialistas de la arqueología andina. México me cautivó por su enorme encanto, su energía y su gran logro civilizatorio; no obstante, nunca imaginé que este país se convertiría en mi segunda patria. Ya ha pasado más de medio siglo desde entonces, y sigo encantada por el trabajo arqueológico que aquí realizo.
Después de haber tenido, como estudiante de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (enah), una serie de experiencias académicas en diversas partes de México, bajo la dirección del doctor Román Piña Chan, mi maestro en la arqueología, en 1974 tuve la oportunidad de trabajar una pequeña muestra cerámica procedente del sitio Ojo de Agua, que formaba parte del gran Proyecto de Teotenango, dirigido por el mismo doctor Piña Chan. Estaba entonces buscando un material arqueológico para el Seminario de la doctora Evelyn Rattray, en el Doctorado en Antropología en la Universidad Nacional Autónoma de México (unam). Dicho material despertó de inmediato en mí la inquietud por conocer por qué Teotihuacán tuvo tan fuerte interés e influencia en la gente asentada en el área de Teotenango. Así fue como inició mi trabajo en la región del valle de Toluca que, después de casi medio siglo, aún me tiene atrapada.
A pesar de ubicarse justo al occidente de la cuenca de México, este fértil valle, que ha desempeñado un papel importante en la historia de México, permaneció olvidado por el mundo de la arqueología, después de la exploración de Calixtlahuaca por García Payón, hacia la primera mitad del siglo xx. Así, durante décadas, el Valle de Toluca no atrajo el interés de los especialistas nacionales ni extranjeros, pues las investigaciones del Altiplano Central habían estado siempre centradas en la vecina cuenca de México, donde se encuentran grandes sitios arqueológicos, como Teotihuacán y Tenochtitlan.
En mi medio siglo de recorrido en la arqueología, he participado en las exploraciones de sitios prehispánicos de gran escala, aun así, siempre he considerado importante investigar los pequeños asentamientos, que han sido morada de gente común durante siglos, como los que predominan en el Valle de Toluca. Sin entenderla, la historia del México antiguo tendrá un grave sesgo hacia la vida de las élites (gobernantes y sacerdotes), mientras que la verdadera historia de los pueblos mesoamericanos, que son el sostén de la sociedad, no es cabalmente comprendida. Aunado a lo anterior, y compartiendo la misma preocupación manifiesta por Parsons (1989), considero pertinente mencionar que las pequeñas huellas de la historia son las primeras en destruirse o desaparecer. De hecho, día con día, minuto a minuto, se van borrando de nuestra vista (Sugiura y Nieto, 2014). Es ésta la razón primordial del inicio de una larga historia de mi peregrinar por el Valle de Toluca, región de singular belleza, que antaño se conocía como el valle matlatzinca.
Reconocimiento de superficie, patrón de asentamiento regional y su implicación en la historia del Valle de Toluca
El objetivo de mi primer acercamiento a la región fue obtener un panorama regional del desarrollo histórico, que aún no se tenía. Así, en la segunda mitad de los setenta, decidí realizar un estudio prospectivo, caminando la planicie, subiendo los cerros y cruzando las barrancas. Tardamos cuatro años (de 1977 a 1981) en cubrir, de milpa en milpa, unos 1 400 km2 del Valle de Toluca, y localizamos más de 680 huellas de los antiguos asentamientos, que comprendían la historia de más de tres mil años. Los resultados de reconocimiento intensivo de superficie permitieron establecer, por primera vez, una secuencia cultural de ocupación a nivel regional, que comprendía desde el Formativo temprano hasta el Posclásico tardío (Sugiura, 2009).
Los datos del patrón de asentamiento apuntaban claramente a que, con el paso del tiempo y el crecimiento poblacional paulatino, se fueron poblando diversas zonas geográficas que iban desde arriba de los 3 000 msnm hasta aquellas ubicadas en los 2 570 msnm, al interior de la actual ciénaga del Alto Lerma (González, 1998; Sugiura, 1996; 1998a; 2005c; 2006; 2009).
Asimismo, los datos en el reconocimiento recuperaron firmes evidencias de que, durante milenios, la cuenca del Alto Lerma, como parte de la región de Anáhuac, mantuvo una estrecha relación con el vecino Valle de México, no sólo en el ámbito político y económico, sino también en lo cultural y social. Dicho vínculo queda manifiesto desde el Formativo temprano, tiempo en que se fundaron las primeras aldeas pequeñas y dispersas en el valle. No obstante, a diferencia de la cuenca vecina, el ritmo de desarrollo hacia la complejidad política y social ha sido más pausado en esta región toluqueña.
Debo señalar que los primeros aldeanos de la región del Alto Lerma eran un claro ejemplo de que formaban parte de la esfera cerámica propia del Altiplano Central de México. En este panorama, conviene subrayar también que la presencia de materiales cerámicos depositados en Ojo de Agua, municipio de San Antonio La Isla, es un testimonio claro de que estos antiguos moradores mantenían un estrecho vínculo “espiritual” con el elemento acuático. Probablemente sugiere que ya se manejaba una cosmología o pensamiento mágico en torno al agua mediante ritos y ceremonias.
Entrado ya el Clásico ( ca. 150-550/600 d.C.) y el Epiclásico ( ca. 550/600-900/1000 d.C.), la relación entre ambas regiones se fue fortaleciendo notablemente. Todo parece indicar que, conforme Teotihuacán adquirió su fuerza hegemónica como el Estado panmesoamericano, el Valle de Toluca quedó incorporado a su gran sistema político-económico, fenómeno que se manifestaba en todos los aspectos de la sociedad toluqueña (Sugiura, 1981; 1998b; Sugiura et al., 2010); incluso, podría suponerse que fungía como hinterland de esta metrópoli, proveyéndole los productos básicos y necesarios para el mantenimiento de su statu quo. No obstante, y a pesar de esta atadura, el declive y posterior ocaso de Teotihuacán no provocó una involución en el Valle de Toluca. Al contrario, los datos arqueológicos apuntan a un crecimiento considerable en el número de asentamientos hacia finales del Clásico. Aparentemente, la cuenca del Alto Lerma fue adquiriendo su importancia propia como una región estratégica dentro del Altiplano Central de México, estableciendo activamente redes de intercambio propio de pequeña y mediana escalas, con zonas de corta y mediana distancia (Jaimes etal. , 2019; Kabata, 2010; Sugiura et al., 2018; Sugiura et al., 2019; Sugiura et al., 2015).
Esta tendencia, mediante la cual el Valle de Toluca fue fortaleciendo su identidad y su papel como región estratégica de circulación de bienes de intercambio interregional, dio un nuevo aliento a la región del Alto Lerma. Así, coincidiendo con el ocaso de Teotihuacán y la aparición de la cerámica Coyotlatelco, que es un elemento representativo del subsiguiente periodo, el Epiclásico, se registró no sólo un incremento poblacional súbito, sino también una mayor complejidad en el patrón de asentamiento, así como la fundación y desarrollo de centros regionales en lugares estratégicos.
Mapa 1. Sitios Coyotlatelco en el Valle de Toluca (Proyecto Arqueológico del Valle de Toluca. Sugiura: 1977-1981).
El paisaje del Alto Lerma: ciénagas, Volcanes y ríos
Como es de común conocimiento, el Valle de Toluca no se caracteriza por bienes exóticos ni de prestigio, pues, salvo una mala calidad de obsidiana en la zona nororiental, no se localizan yacimientos de serpentina, ni pizarra, ni de sílex, menos aun de jadeíta y otros materiales de prestigio; a pesar de ello, es altamente reconocida como una región rica en diversos recursos (naturales y agrícolas), que provenían de la zona boscosa, de la lacustre y de la fértil planicie aluvial. Se trata, sin duda, de un valle con características particulares.
El inconfundible sello del Valle de Toluca es su paisaje: hacia el occidente, se yergue majestuoso el volcán, el Nevado de Toluca, conocido también como Xinantecatl (Arce et al., 2009; Vázquez Selem citado por Arce et al., 2009; Arce et al., 2003; Heine, 1988; Macías et al., 1997a). Como menciona Clavijero (1964), este volcán representa el “paisaje” sagrado más sobresaliente, y autores recientes destacan su importancia para la identidad de los pueblos mexiquenses (Montero, 2001; Thomas, 2001; Tilley, 1994). Circundan el valle otros cuerpos volcánicos de menor altura; en la planicie fluía el agua cristalina del río Lerma, conocido, a su vez, con otros nombres, como el de Matlatzinca o el Grande.
Este río nace a la altura del actual municipio de Almoloya del Río y surca el valle hacia el norte. Desde tiempos prehispánicos, hasta hace apenas algunas décadas, éste ha desempeñado un papel importante, como una arteria fluvial a través de la cual no sólo se transportaban diversos productos naturales y agrícolas, sino que también comunicaba de un poblado a otro; a su alrededor, se extendían las tres ciénagas del Alto Lerma, alimentadas por caudalosos manantiales, que brotaban en diversos lugares del valle, arroyos y ríos que descendían de las laderas circundantes (García de León y McGowan, 1998; Sugiura, 1998a; 1998d; 2015). Juntos, forman la región donde nace la cuenca Lerma-Chapala-Santiago, la más extensa de México.
Este paisaje ha dado no sólo la identidad, sino también innumerables bondades y retos a los antiguos pobladores para su supervivencia. Además, cultivaban la riqueza del pensamiento cosmovisional en torno a lo acuático y las actividades rituales, que les conferían percepción o sentido de pertenencia (Núñez, 2019; Silis, 2005; Sugiura y Silis, 2009; Sugiura et al., 2003). Así, el paisaje ha sido uno de los ejes centrales que les ha permitido forjar una historia propia en este frío Valle de Toluca. Ciertamente, este paisaje tiene múltiples facetas que interactúan con los moradores de la región y que, por lo tanto, deben abordarse desde ángulos distintos. Empero, se considera importante puntualizar que el presente estudio se enfoca, primordialmente, en la interacción entre la gente y el medio acuático circundante, base sobre la cual se ha construido la gran parte de la vida cotidiana de la sociedad toluqueña.
Cambios en el paisaje del río Matlatzinca o Lerma de 1936 (anónimo, Almoloya del Río) al siglo xxi (archivo personal de Sugiura).
A lo largo de milenios, se han registrado fluctuaciones climáticas (Caballero et al., 2002; Cuna et al., 2015; Lozano et al., 2009; Lozano et al., 2005; Metcalfe et al., 1991) en el Alto Lerma, las cuales, sin duda, repercutieron en las condiciones ambientales de las tres ciénagas y, por ende, en el curso de la vida cotidiana de los lugareños. No obstante, dichas ciénagas, la de Chignahuapan, Chimaliapan y Chiconahuapan, no han dejado de tener importancia central en el desenvolvimiento histórico de la región, dejando huellas imborrables en múltiples aspectos de la vida de los toluqueños. Una de éstas se refiere a su eficiente y particular forma de acoplarse con su entorno lacustre, que tiene una historia milenaria y ha comprendido desde el nivel más elemental, hasta el ámbito simbólico-ritual de su cotidianeidad.
Cabe señalar, además, que esta larga convivencia con el medio lacustre del Valle de Toluca es parte de la idiosincrasia de la región denominada lagos y volcanes del Anáhuac, ubicada en el Altiplano Central de México, donde se han registrado numerosos testimonios arqueológicos, evidencia de una vida en torno de estos cuerpos de agua. Un ejemplo ampliamente reconocido que representa uno de los sitios más tempranos del desarrollo histórico es el caso de Zohapilco, Tlapacoya (Niederberger, 1976; 1987). Así, el vínculo entre los grupos humanos y el medio lacustre no sólo comparten una historia remota, sino que también ha dejado profundas huellas en la vida cotidiana, como se observa en Terremote-Tlaltenco (Serra y Sugiura, 1979), Xico (García y Martínez, 1993), en el Valle de México, Pátzcuaro (Pollard, 1983), Cuitzeo (Filini, 2007), Zacapu (Arnauld et al., 1993), entre otros. Desafortunadamente, en los casos de Santa Cruz Atizapán y San Mateo Atenco, al igual que muchos otros sitios ubicados en esta región de los lagos y volcanes del Anáhuac, antaño de condición lacustre, hoy en día no se encuentran, debido a la destrucción de su ecosistema. Sin embargo, cabe reiterar que las ciénagas y el río Lerma han instaurado (y cimentado), en la memoria colectiva de sus moradores, el sentido de identidad y pertenencia a la región lacustre del valle de Toluca.
La etnoarqueología, Punto de partida de la arqueología del modo de subsistencia lacustre
A mediados de los noventa, se realizó la investigación etnoarqueológica con la finalidad de conocer cómo interactuaba la gente del Alto Lerma con su entorno lacustre y se recuperaron datos de treinta y tres comunidades lacustres. En ese momento, las actividades directamente relacionadas con las ciénagas ya se habían reducido en términos no sólo de tiempo, sino también de importancia, en la vida cotidiana de los pueblos ribereños, que se resistían a renunciar por completo al modo de subsistencia que venía practicándose desde siglos atrás: aún se encontraba gente pescando, recolectando y cazando los recursos de las ciénagas (Carro, 1999; García, 1998; García y Aguirre, 1994; Sugiura, 1998d; Sugiura y Serra, 1983). Así, lo que se presenciaba en ese entonces estaba muy distante del esplendor que dio a los lugareños una identidad innegociable, así como el orgullo de pertenecer a las ciénagas. A pesar de las condiciones lamentables en las que se encontraba la zona lacustre del Alto Lerma, se obtuvieron testimonios de que, antaño, la vida estaba estructurada, en gran medida, alrededor de las bondades de este medio lacustre.
También se recuperó la información relevante acerca de su vivencia con las ciénagas, que permanecía en sus recuerdos y memoria, que en muchos de los casos fueron sus experiencias propias y, en otros, transmitidas por generaciones anteriores. De acuerdo con este ejercicio, las tareas para la obtención de los recursos eran flexibles y de carácter más bien individual, sin que estuvieran programadas en horas ni lugares fijos. A diferencia de antaño, cuando aún se practicaban trabajos colectivos, las actividades de subsistencia dependían principalmente de saberes empíricos del comportamiento de los recursos bióticos, saberes que se adquirían a través de sus experiencias y de las prácticas heredadas.
De esa investigación, conviene destacar los siguientes puntos propuestos para vincular los datos del presente con los del pasado (Sugiura, 1998d): mientras existieron las ciénagas y las condiciones lacustres, se obtenía gran diversidad de recursos bióticos. La práctica subsistencial en este medio se ajusta a las condiciones específicas de su medio, las cuales repercuten, en cierta medida, en la forma adaptativa del hombre. Por su parte, para su aprovechamiento, se requiere de un conjunto de instrumentos o artefactos que facilitaban la realización de estas actividades, que se conforma por una base sencilla, no especializada, pues la gran mayoría de ellos era elemental, y algunos tenían funciones múltiples (Sugiura, 1998d).
Esta forma de adaptación se caracteriza por una práctica flexible que se denomina estrategia generalicista o “de uso múltiple”, concepto que define el modo de subsistencia lacustre, sustentada en un conjunto de conocimientos basados en la praxis, acumulados y transmitidos a lo largo de milenios por los habitantes ribereños de las ciénagas del Alto Lerma. Funcionaba mediante el principio de reciprocidad, basado en una relación de respeto, pues cualquier desequilibrio en aquélla, provocado por la acción humana o por algún factor del medio lacustre, se traduciría en una disfunción concatenada y, finalmente, en su virtual destrucción (Sugiura et al., 2010). Así, los habitantes han ido acoplándose a este medio particular, sensible a cualquier cambio ambiental, mediante la constante observación y el aprendizaje, así como el manejo consciente de la riqueza lacustre; pues la pérdida de los recursos naturales también significa pérdida para el hombre que los explota.
De esta manera, el estrecho vínculo entre los seres humanos y su entorno lacustre sirvió de base no sólo para desarrollar y mantener un modo particular de vivencia cotidiana, sino también para mantener una cultura lacustre. La historia del Valle de Toluca, por lo tanto, es difícil de comprender sin tomar en consideración dicha forma de interdependencia, que ha forjado la particularidad de la región del Alto Lerma.
Esta reflexión, aunada a los datos de sondeos arqueológicos obtenidos en uno de los “bordos” en Santa Cruz Atizapán en 1979, y los resultados del estudio paleoambiental de las ciénagas (Caballero et al., 2001; 2002; Lozano, 2004; Lozano et al., 2005; Lozano et al., 2009; Macías et al., 1997b; Metcalfe et al., 1991; Newton y Metcalfe, 1999), permitió recalcar la pertinencia de la etnoarqueología como la metodología idónea para la primera etapa de acercamiento a los pueblos lacustres, dado que los estudios del presente, desde una perspectiva arqueológica, recuperan los datos en aquella parte de la cultura material frecuentemente ignorada o considerada como intrascendente en otros campos disciplinares como la etnografía. Así, la etnoarqueología permite vincular las conductas humanas con la cultura material. Se trata de un camino alterno que representa un potencial particular que, a través de la analogía etnográfica, permite aproximarse a los registros arqueológicos.
En efecto, los datos del modo de subsistencia de treinta y tres comunidades, recuperados por el Proyecto de Etnoarqueología, aunados a los de registros paleoambientales, repercutieron en el desarrollo de nuestras investigaciones posteriores, pues el estudio etnoarqueológico permitió abrir nuevos horizontes en el acercamiento hacia el pasado arqueológico.
Los resultados de la investigación plantearon una serie de problemáticas por estudiar, en torno a este modo particular de subsistencia, como, en primer lugar, el principio de su estrategia adaptativa, que se basa fundamentalmente en los saberes empíricos en torno al medio lacustre, que se ha transmitido de generación en generación en su memoria colectiva. Por consiguiente, dicho principio pervive a través de los siglos si existen las condiciones necesarias, supuesto que indica que se remontaría al contexto de antaño.
En otras palabras, pese a que la vida cotidiana y, por ende, la lacustre, es dinámica y contingente con la condición social, política y económica, mientras exista la condición cenagosa o acuática, es posible atribuir el concepto de vida lacustre sustentada en las actividades de apropiación, sin que el factor tiempo o la cronología sean condicionantes para ello. Así pues, la investigación etnoarqueológica en torno al modo de subsistencia lacustre sirve de fundamento, mediante un razonamiento analógico, para acercarnos a la vida cotidiana de antaño. En segundo lugar, la base artefactual de esta modalidad de subsistencia consiste, principalmente, en un conjunto de instrumentos elementales y multifuncionales. La característica de los instrumentos para las actividades subsistenciales sugiere que es posible encontrar dicha base artefactual con rasgos similares en tiempos pretéritos.
Por último, las actividades extractivas requieren de saberes tradicionales acerca de cambios estacionales que repercuten en los recursos lacustres, de lugares idóneos y tiempos requeridos para ejecutar las actividades extractivas, así como de ciclos biológicos de los recursos bióticos, entre otros, pues los cambios en las condiciones ambientales se traducen en la continuidad o discontinuidad de la forma de las prácticas subsistenciales. En ello radicaba la idiosincrasia de las actividades subsistenciales en las ciénagas (Sugiura, 1998d).
A partir de la propuesta anterior, iniciaron, en 1997, las intervenciones arqueológicas en el sitio de Santa Cruz Atizapán, localidad ubicada en la margen nororiental de la ciénaga de Chignahuapan (Sugiura, 1997). Este proyecto tiene, entre otros, dos propósitos principales: primero, comprender cómo los habitantes mantuvieron una relación estrecha y duradera con su paisaje acuático, en este caso concreto, de un medio inestable que se convierte, súbitamente, de una condición lacustre en una cenagosa, como la ciénaga de Chignahuapan y, el segundo, de escudriñar la complejidad de la vida cotidiana de antaño.
Desde entonces, y con la finalidad de ampliar el conocimiento en torno a la búsqueda de la cotidianeidad pretérita, continuaron las investigaciones en otras localidades, como San Mateo Atenco, San Antonio La Isla y Santa María Rayón (Nieto, 2011), cuya ocupación comparte la misma temporalidad con Santa Cruz Atizapán, aunque están ubicadas en diferentes condiciones ambientales. Además, conviene subrayar que, conforme a nuestro interés en enfocar las investigaciones de los contextos habitacionales, los sitios arqueológicos ya mencionados corresponden a los de escala menor y de carácter fundamentalmente doméstico, salvo el caso del Ojo de Agua de San Antonio La Isla, un lugar primordialmente ritual.
Mapa 2. Investigaciones arqueológicas en sitios del Epiclásico (Proyecto Arqueológico del Valle de Toluca. Sugiura 1977-1981).
Un reto: la Vida en la ciénaga de ChignahuaPan
Con la finalidad de que los datos etnoarqueológicos sobre el modo de subsistencia lacustre funcionen como puente entre el presente y el pasado —que en este caso concreto se trata de una trayectoria diacrónica que comprende la vida cotidiana de un lapso milenario de la historia prehispánica de la región del Alto Lerma— es necesario, primero, contar con los contextos arqueológicos adecuados. A partir de los niveles de análisis, adoptados por el estudio etnoarqueológico del modo de subsistencia lacustre en el Alto Lerma (García y Aguirre, 1994; Sugiura, 1998d), se categorizan básicamente en dos niveles: el primero, o más bajo, conformado por una casa habitación, que constituye la unidad básica de análisis; el segundo consiste en el conjunto de casas que forman un asentamiento o un poblado.
Una de las razones principales para realizar el estudio etnoarqueológico del modo de subsistencia lacustre fue su gran viabilidad como medio analógico para acercarse al mundo pretérito. Teniendo en cuenta este potencial, y con base en tres problemáticas ya señaladas, se inició en 1997 (Sugiura, 1997) la investigación arqueológica en torno a la vida cotidiana en la ciénaga de Chignahuapan y, posteriormente, en 2009, en la de Chimaliapan (Nieto, 2011).
La vida cotidiana es, en realidad, todo lo contrario de lo llano y sencillo que esta frase dice, pues múltiples tramos que la constituyen se entretejen de manera compleja. Cabe recalcar que, entre los sustentos requeridos para su supervivencia, en este caso concreto de la cotidianidad en las ciénagas, se destaca la importancia del modo de subsistencia lacustre, el cual implica la interdependencia entre la gente y su medio circundante. En los casos de las ciénagas de Chignahuapan y de Chimaliapan, donde se ubican los sitios de Santa Cruz Atizapán y Espíritu Santo de San Mateo Atenco, el medio lacustre se ha caracterizado siempre por su agua somera. Dada la particularidad de su modo de vida, todo tipo de fluctuación ambiental implicaba la continuidad o abandono de aquél. Así, la vida diaria, tanto en el caso de la antigua gente de Santa Cruz Atizapán, como en el de San Mateo Atenco, estuvo directamente ligada con las variaciones ambientales, ya sea de los cambios climáticos de larga duración, o de los estacionales, que provocaban incrementos y descensos del nivel de agua, que podían conllevar a la vida o muerte del ecosistema lacustre.
A lo largo de la historia, la relación de los toluqueños con su ambiente lacustre ha tenido manifestaciones dinámicas y variadas, de acuerdo con las condiciones ambientales preponderantes. En algunos tiempos, cuando el nivel de agua era lo suficientemente alto, se podía obtener parte importante de los recursos requeridos para el sustento diario desde las riberas de la ciénaga; mientras que, en otras épocas, cuando descendía el nivel del agua, se tenían que adentrar en la zona cenagosa para lograr lo mismo. Quizá, en tiempo del Formativo, cuando apenas aparecieron los asentamientos sedentarios en el Valle de Toluca, gran parte del aprovechamiento de los recursos lacustres podía realizarse desde la zona ribereña, pues los registros paleoambientales indican que las ciénagas mantenían el nivel de agua suficientemente alto. Sin embargo, hace casi 1 500 años, se registraron fluctuaciones paleoambientales, las cuales indicaban un tiempo de mayor sequía y descenso del nivel hídrico. Seguramente, los cambios obligaron a los lugareños a ensayar una nueva estrategia adaptativa, que consistiría en adentrarse en la zona cenagosa para obtener los recursos (Sugiura, 2005a). Quizá este fenómeno climático fue uno de los factores que propiciaron el proyecto de la colonización de la zona cenagosa, como el caso de Santa Cruz Atizapán y San Mateo Atenco (Caballero et al., 2001; 2002; Lozano et al., 2005; Lozano etal., 2009; Metcalfe et al., 1991; Valadez, 2005), respuesta plausible que les permitiría enfrentar oportunamente ese nuevo reto. Cabe recordar que los testimonios de la colonización de la zona pantanosa se encuentran no sólo en la cuenca del Alto Lerma, sino también en el Valle de México, como el caso de Xico, donde se localizan vestigios similares, correspondientes a esa misma época (Parsons, comunicación personal, en Sugiura, 2015: 196).
De esta forma, el descenso del nivel del agua, provocado por un ambiente de menor humedad y precipitación, convirtió parte de la zona lacustre de Chignahuapan en suelo pantanoso o expuesto, condición que permitió a los antiguos habitantes de Santa Cruz Atizapán abrir un espacio habitable, mediante la construcción de “islotes”, que los lugareños llaman “bordos”. No sabemos, a ciencia cierta, la verdadera razón que los motivó a colonizar una zona poco propicia para vivir, pero por lo menos saltan a la vista dos factores que brindaron las condiciones necesarias para la realización de este gran proyecto: primero, el cambio paleoambiental que permitió a los antiguos atizapanenses a explotar la posibilidad de colonizar el medio cenagoso y, segundo, contar con saberes técnicos capaces de resolver múltiples inconveniencias del suelo inestable de su entorno fangoso.
Al inicio de la intervención arqueológica, aún no se contaba con el uso cotidiano de drones, como hoy en día, para obtener un mapa topográfico con cotas de cada 10 cm, que se requerían para visualizar la imagen precisa de la distribución de los “bordos”. La mejor alternativa es realizar un vuelo bajo, que cubriera unos tres kilómetros de superficie. Los datos obtenidos, rectificados en campo, identificaron alrededor de cien bordos, la mayoría de los cuales tienen una altura menor a 50 cm y una extensión muy reducida, donde apenas cabe un par de casas-habitaciones (Sugiura, 1998c). Los datos cartográficos, en conjunto con las imágenes arqueométricas, superpuestas sobre las fotografías aéreas publicadas en fechas anteriores, permitieron obtener una imagen clara que indica que la distribución de esos bordos se centra en un área inmediatamente al occidente del sector cívico-religioso, conocido en la actualidad como La Campana-Tepozoco, del centro regional prehispánico Santa Cruz Atizapán (Barba et al., 2009; Blancas et al. 2018; Covarrubias, 2015; Sugiura et al., 2000).
Si bien no todos los bordos se construyeron simultáneamente, ni tuvieron el mismo historial, los materiales arqueológicos recuperados por excavaciones indican claramente que el lapso de ocupación de esa área comprende del Clásico tardío ( ca
