Estupidez ilustrada - Luis Alberto Ayala Blanco - E-Book

Estupidez ilustrada E-Book

Luis Alberto Ayala Blanco

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Beschreibung

Me quedo con dudas luminosas luego de leer esta potente selección de ensayos breves, aforismos y máximas. Se necesita de mala leche, desparpajo y una "ironia trágica" con la que Max Aub definió sus Crímenes ejemplares. Del mismo modo, Estupidez ilustrada contiene una fuerte carga de dinamita cerebral en cuanto a las formas y una vena liberadora y libertaria que hace trizas la pedantería habitual del "pensador" literario, allanando el camino para reflexionar sin prejuicios sobre nuestro inadmisible fracaso ontológico. Practicante fallido de la ataraxia, disciplina mental que exige la negación de los temores y los deseos, en su "Comentario" introductorio, Luis Alberto Ayala Blanco confiesa sus contradicciones entre el hastío que le provoca escribir a la vez que sufrimiento y placer. Esto le permite renunciar al pensamiento sostenido y emprende una exploración azarosa entre los socavones del humanismo y su engendro más querido, las masas empoderadas por el voto. "No olvidemos que uno de los vicios de la democracia, como bien dice Cioran, es permitir que cualquier imbécil pueda gobernar." Tal para cual. Estupidez ilustrada es un arsenal de ideas provocadoras que estalla en nuestras convicciones como entes ilustrados. A contracorriente de los ayatolas del deber ser que atiborran el mercado editorial, las redes sociales y los medios de comunicación y entretenimiento, Luis Alberto Ayala Blanco asume su condición de proscrito, cuestiona los principios de la originalidad y la erudición impostadas, coyunturales, huecas. Estupidez ilustrada se zurra en la mentalidad del rebaño en la que se cobijan los intelectuales mediáticos, los nuevos sacerdotes, los "iluministas" que describe Roberto Calasso.

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Seitenzahl: 127

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana.

Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.

Primera edición: mayo de 2021

Primera edición digital: agosto 2021

© Luis Alberto Ayala Blanco

© J. M. Servín

© 2021 Bonilla Distribución y Edición S. A. de C. V.

Hermenegildo Galeana 111

Barrio del Niño Jesús, Tlalpan, 14080

Ciudad de México

[email protected]

www.bonillaartigaseditores.com

ISBN: 978-607-8781-33-1

ISBN ePub: 978-607-8781-62-1

Coordinación editorial: Bonilla Artigas Editores

Diseño editorial y diseño de portada: d.c.g. Jocelyn G. Medina

Realización ePub: javierelo

Hecho en México

Contenido

Ataraxia fallidaJ. M. Servín

Comentario

Roberto Calasso y La ruina de Kasch

Toda creación es un plagio

Arte

Algunas reflexiones sobre El cazador celeste

Estupidez ilustrada

El Lay de Aristóteles

Música

Cuento

Aforismo

Zen

Epístola

Suicidio

Desasosiego

Esparta

Ciencia

Tiempo

Entrevista con el diablo

Satanás embaucado

Prefiero ver la tele

Ataraxia

Amor

Eterno retorno

¿Dónde buscar el centro?

Residuos

Sobre el autor

Ataraxia fallida

J. M. Servín

Me pregunto en qué momento se le ocurrió a Luis Alberto Ayala Blanco, filósofo, editor visionario y, por más que reniegue de su oficio, escritor iconoclasta, pedirme prologar su libro.

Uno que desde el título nos advierte de una batalla cuchillo en mano contra lo que, con menos refinamiento, mi padre advertía con una máxima demoledora durante mi juventud de “intelectual” en formación: es más fácil aceptar ser pendejo que demostrar no serlo.

Lichtenberg dice que todo prólogo es un pararrayos. ¿Cómo escapar de la estupidez como rasgo que caracteriza a la especie humana? El humanismo pretende fallidamente demostrar lo contrario.

Me quedo con dudas luminosas luego de leer esta potente selección de ensayos breves, aforismos y máximas. Se necesita de mala leche, desparpajo y una “ironía trágica” con la que Max Aub definió sus Crímenes ejemplares. Del mismo modo, Estupidez ilustrada contiene una fuerte carga de dinamita cerebral en cuanto a las formas y una vena liberadora y libertaria que hace trizas la pedantería habitual del “pensador” literario, allanando el camino para reflexionar sin prejuicios sobre nuestra inadmisible fracaso ontológico.

Como señala John Gray en Perros de paja, reflexiones sobre los humanos y otros animales, “En sus peores momentos, la vida humana no es algo trágico, sino carente de significado. El alma está rota, pero la vida prosigue. Cuando la voluntad falla, cae la máscara de la tragedia. Sólo queda el sufrimiento. No hay modo de explicar la última pena. Pero si los muertos pudieran hablar, no los entenderíamos. Tenemos la prudencia de mantener la apariencia de la tragedia: de sernos revelada, la verdad no haría más que cegarnos.”

Practicante fallido de la ataraxia, disciplina mental que exige la negación de los temores y los deseos, en su “Comentario” introductorio, Luis Alberto Ayala Blanco confiesa sus contradicciones entre el hastío que le provoca escribir a la vez que sufrimiento y placer. Esto le permite renunciar al pensamiento sostenido y emprende una exploración azarosa entre los socavones del humanismo y su engendro más querido, las masas empoderadas por el voto. “No olvidemos que uno de los vicios de la democracia, como bien dice Cioran, es permitir que cualquier imbécil pueda gobernar.” Tal para cual.

Nuestro gran ideal es la mediocridad, perdernos entre la masa para no ir a ninguna parte por más que pretendamos construir nuestros destinos de manera individual. Discrepar es un ejercicio de alto riesgo, por lo que aceptamos el consenso de las mayorías sobre todo cuando enarbolan la bandera de las causas justas en aparente rebelión contra sus tiranos. En realidad, la historia nos lo demuestra, tal y como el autor lo plantea a lo largo de la obra, la masa sólo busca venganza y tripa llena. Vivimos condenados a la búsqueda del placer en lugar de evitar el dolor de la existencia. Queremos distracción, no salvación.

Estupidez ilustrada es un arsenal de ideas provocadoras que estalla en nuestras convicciones como entes ilustrados. A contracorriente de los ayatolas del deber ser que atiborran el mercado editorial, las redes sociales y los medios de comunicación y entretenimiento, Luis Alberto Ayala Blanco asume su condición de proscrito, cuestiona los principios de la originalidad y la erudición impostadas, coyunturales, huecas. Estupidez ilustrada se zurra en la mentalidad del rebaño en la que se cobijan los intelectuales mediáticos, los nuevos sacerdotes, los “iluministas” que describe Roberto Calasso.

Me deleito con ideas preclaras, he aquí una de ellas como muestra de lucidez furiosa que sacude las páginas de este libro: “tengo muy claro que hay una cierta estupidez infinitamente más atroz y superior a todas las demás: la estupidez ilustrada, convencida de su ausencia total de estupidez, y empecinada en demostrarlo a toda costa. El mundillo intelectual, enfermo de democracia, que se expande como el cáncer, es el ejemplo más nítido en estos días, días de participación ciudadana, de conciencia cívica”. De todo lo que huela a pensamientos sin discrepancia.

Nos convertimos en parias en la medida en que no comulgamos con la corrección política que alimenta el activismo, incluso el radical. El grito de la democracia de las hordas.

La idiotez nos gobierna y pretende conducir nuestras decisiones por el camino de lo que considera equilibrio igualitario, como si no bastara con la abundancia de políticos y opinólogos para comprobar que vivimos tiempos de una pandemia de estupidez más letal que cualquier virus.

El vigor reflexivo con esbozos autobiográficos de Luis Alberto Ayala Blanco se sustenta en la práctica del fisicoculturismo tal y como la entendían los espartanos como disciplina guerrera, sobria y austera, que mantiene en forma la mente y el cuerpo. Conjugación de fuerza y saber. Luis Alberto Ayala Blanco experimenta consigo mismo para negar la vida y encontrar en la renuncia a la originalidad y esperanza en el humanismo, un láudano que alivie la inutilidad de la existencia, a pesar del joie de vivre propagado como catecismo del modelo neoliberal a través de su culto a la salud y el hedonismo mercantil. Estupidez ilustrada hace añicos la blandenguería intelectual que hoy en día encuentra sus mejores argumentos en la corrección política: “El individuo de la posthistoria. Ese híbrido de última promesa y absoluto desencanto [...] Pero ¿a qué se refiere Calasso con posthistoria? A la inversión del mundo, la absorción de todo en una sola entidad: la sociedad.”

La salud mental corresponde a los enfermos musculosos y lúcidos que resisten a los enemigos de la heterodoxia.

Agudo lector de Calasso, a quien dedica un perfil ensayístico y se convierte en referencia omnisciente, Ayala Blanco opta por la brevedad diacrónica en su exploración por el pensamiento zen —“un necesario respiro de paz e inteligencia”—, el aforismo y la epístola, el cine, la pintura, el pensamiento literario y la filosofía atenea. Entrevista a Satanás, quien se reconoce un simple subalterno de Dios —que es mujer—, en tiempos del #Metoo apuesta por la atracción sexual entre hombre y mujer devolviéndoles su genitalidad, ¿o sería más propio decir su animalidad que nos hace diferentes pero complementarios? Universo infinito y paradójicamente acotable, como propuesta situacionista de una deriva que conduce a la Nada. Al vacío. El nihilismo como exégesis. En su diálogo con Calasso como artífice de la divagación argumentativa, apunta sobre el poder de la pluma del erudito florentino: “se encuentra lejos de la transparencia y la caricaturesca autonomía de lo moderno, más bien es una fuerza que emana de un saber críptico”.

Toda idea que vale la pena escribirse es una prueba de la búsqueda inútil de inmortalidad. El oxímoron que exhibe nuestra insignificancia hace más evidente nuestra fallida condición de especie superior.

Como diatriba contra la democracia y la inutilidad de la existencia, Estupidez ilustrada goza de libertad estilística atendiendo un factor que en su esencia nos lleva de nuevo al pensamiento de Max Aub: “siempre que pude evité la monotonía, que es otro crimen”. Para Luis Alberto Ayala Blanco es otro ejemplo de estupidez intelectual. Como Talleyrand, a quien dedica un ensayo, es un descreído. De su libro inclasificable se pueden reconocer los vicios de la moral ilustrada tal y como Lichtenberg señala en uno de sus punzantes aforismos: “Se puede inferir que el hombre es la más noble de las criaturas por el simple hecho de que ninguna otra criatura ha puesto en duda tal afirmación.”

Pues bien, aquí les dejo Estupidez ilustrada, ojalá y sirva este pararrayos.

Primavera del Coronavirus 2020

Estupidezilustrada

Comentario

Estupidez ilustrada surgió inesperadamente del hastío que me embarga, desde hace años, cada vez que escribo o intento escribir algo. Considero pretensioso llamarme escritor, aunque tengo varios libros publicados. Afrontar la desgastante tarea de concebir un libro, hasta hace poco, me parecía imposible. Sin embargo, la pasión por la escritura jamás me ha abandonado, y a pesar de sufrirla, pocas cosas en la vida me producen tanto placer. Este libro es un intento sacrificial por reunir los pedazos dispersos de algo ya presente, pero inadvertido. El punto que articula todo es lo “irrepresentable”, “el vacío”, “lo divino”, “la nada” o como lo quieran llamar. Ya sea narrativa, ensayo o aforismos, todos ellos, en su irreductible peculiaridad –y en su aparente inconexión–, hablan de lo mismo: expresiones de lo “irrepresentable”. La forma en que lo despliegan puede ser el humor, el asco, el amor, el puro placer por el lenguaje, pero invariablemente se experimenta algo fuera del alcance del logos, más allá de los fenómenos, alejado de la “estupidez ilustrada”, la nueva piel que cubre el cuerpo ajado de nuestro tiempo.

Roberto Calasso y La ruina de Kasch

Siempre se trata de un suicidio, cuando algo auténtico muere.

Nicolás Gómez Dávila

El pensamiento de Roberto Calasso representa el último destello del poder que dejaron los dioses… al retirarse; esboza la silueta del orden divino, hoy olvidado, aunque presente en cada uno de nuestros actos. La manía por los objetos y datos comprobables ha obcecado nuestra mente.

El poder de la pluma de Calasso se encuentra lejos de la transparencia y la caricaturesca autonomía de lo moderno, más bien es una fuerza que emana de un saber críptico. Él habla a través del mito, imágenes metamórficas cuya lectura puede pasar del simple regocijo en el lenguaje, al sentido insinuado en sus múltiples variantes. El mito sólo es digerible mediante un proceso iniciático, de otra forma acaba por devorar la razón de quien lo contempla.

Al igual que Calasso dice que La República de Platón es un texto iniciático donde “los muchos que no lo entendieron, y no debían entenderlo, pensaron que tenían un tratado sobre el Estado perfecto”,1 se puede afirmar que sus libros también deben ser leídos bajo una cierta óptica iniciática, de no ser así, los muchos que no lo entienden, y no deben entenderlo, pensarán que están leyendo solamente un despliegue inigualable de erudición. Hay momentos en que no basta tener una gran cultura para vislumbrar el secreto oculto en su pensamiento, de alguna forma es necesario ser un iniciado para poder reír junto con él, al igual que él lo hace con los dioses. La fuerza de Calasso radica en su capacidad de evocación divina, conversa con Atenea de la misma forma en que Odiseo lo hacía. No olvida que el poder proviene de la “posesión”: cada acto realizado por los hombres participa de un juego divino.

Calasso explica cómo lo divino decide sacrificarse a sí mismo para ser dos, y así dar inicio a la existencia. El motivo de este suicidio tal vez fue el aburrimiento ‒no debe de haber nada más insoportable que el tedio divino‒, ¿quién sabe?, lo importante es comprender que toda creación se funda en un asesinato. Desde ese momento, el mundo vive una existencia que, sin dejar de estar atada a lo divino, goza de cierta independencia. El sacrificio es el vaso comunicante de ambos mundos. El hombre lo olvidó ‒o quiso olvidarlo‒ y con ello perdió la relativa libertad que tenía. Vive un estado de indiferencia con respecto a lo divino. Pero la indiferencia no garantiza la muerte del sacrificio. El hombre continúa ejecutándolo, sin saberlo. Hoy en día su presencia se percibe en la “producción”. La sociedad se produce a sí misma, es decir, se sacrifica a sí misma mediante un gasto desmesurado de energía ‒como señala Bataille‒, aunque ahora se trata de un sacrificio onanista, referido a sí mismo.

El pensamiento de Roberto Calasso difícilmente puede ser etiquetado. No responde a ninguna de las escuelas ni corrientes de pensamiento actuales. Es un escritor peculiar. Contamos con pensadores que han leído todo, pero no saben qué hacer con ello, a lo mucho utilizarlo como somnífero. Por otro lado, están aquellos que destacan por su inteligencia. Calasso posee una cultura desmesurada y una inteligencia devastadora: es un monstruo.

En la obsesión por catalogarlo, se le ha tratado de ligar al pensamiento postmoderno. En algún momento, alguien le preguntó si consideraba Las bodas de Cadmo y Harmonía un libro postmoderno (en la presentación en Nueva York a cargo de Susan Sontag y Joseph Brodsky). Él se limitó a contestar: “Nunca he sentido en mi vida la necesidad de usar la palabra postmoderno”.2 En todo caso apuesta por un pensamiento “fuerte”, en contraste con el “pensamiento débil” encabezado por Gianni Vattimo.

La formación de Calasso dista mucho de la manía moderna por la especialización. Más bien, a la manera clásica, posee un saber múltiple. Conoce perfectamente Grecia, la India Védica, el budismo, a los franceses del XIX, a Plotino, Nietzsche, Marx, Stirner, Heidegger, Adorno, Kraus, Freud, Benjamin, Walser, Canetti, Kafka, Baudelaire… por nombrar sólo algunos.

Calasso es un iniciado que juega con el saber, no intenta proponer ningún sistema, eso se lo deja a la ciencia. Al igual que tampoco podemos decir que sus libros tengan una forma determinada. Lo más aventurado, sin desvirtuar su pensamiento, sería decir que utiliza un método mítico-analógico. Pero en realidad, como alguna vez dijo de La ruina de Kasch: “Siempre pensé que la forma no podía ser más que lo esencial. No se trataba de recoger los fragmentos, páginas sobre temas más o menos ligados, sino de inventar una forma que debía nacer y desaparecer con el libro”.3

“Roberto Calasso nació en Florencia en 1941 y hoy en día vive en Milán. Se licenció en literatura inglesa en la Universidad de Roma con el profesor Mario Praz, con una tesis titulada: Los jeroglíficos de Sir Thomas Brown. Es director editorial y consejero delegado de la editorial Adelphi, con la cual ha colaborado desde su fundación en 1962”.4