Ética de la libertad - Francesco Emmolo - E-Book

Ética de la libertad E-Book

Francesco Emmolo

0,0

Beschreibung

Es la experiencia personal del autor lo que nutre esta reflexión en torno a la libertad. Desde esta categoría interpreta el evangelio como un camino pedagógico, siempre dinámico y creativo, para ser auténticamente nosotros mismos. El encuentro con este anuncio cristiano se vuelve horizonte de acción. La ética no se constituye, entonces, solo por la determinación de principios que deben seguirse, sino por la propia necesidad de accionar a partir de esa experiencia liberadora. ¿Qué significa construir una ética en la que la libertad moldee la relación con el mundo? Este libro de Francesco Emmolo nos abre al entorno y, al mismo tiempo, nos ayuda a volver sobre el evangelio. El cristianismo no es, desde esta perspectiva, un modo de pensar u obrar con  formas fijas o preconstituidas, sino una pedagogía de la libertad que suscita una experiencia diferente de la realidad, y es en ella misma que escudriña la Verdad, consciente de la transitoriedad de los propios instrumentos interpretativos. Resuena en estas páginas el carácter meditativo de las reflexiones del cardenal Martini, impulsando al lector al encuentro con Dios en la vida misma. "Es necesario creer en la vida para poder creer en Dios. Es este, y no otro, el núcleo de la ética: tomarse en serio la vida, la encarnación".

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 259

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ÉTICA DE LA LIBERTAD

UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA

AUTORIDADES

Rector

Ing. Rodolfo Gallo Cornejo

Vicerrectora Académica

Mg. Prof. Lilian Constanza Diedrich

Vicerrector Administrativo

Dr. Darío Eugenio Arias

Vicerrector de Formación

Pbro. Dr. Cristian Arnaldo Gallardo

Vicerrector de Investigación, Desarrollo e Innovación

Mg. Lic. Daniel R. Sánchez Fernández

Vicerrector de Tecnología y Educación Digital

Ing. Lic. Daniel Torres Jiménez

Vicerrector de Extensión e Integración

Ing. Alejandro Patrón Costas

Secretaria General

Mg. Lic. Silvia Milagro Álvarez

EDITORIAL EUCASA

Directora

Lic. Rosanna Caramella

Comercialización

Lic. Mariana Remaggi

Administración

Lic. Agostina Joaquín

ÉTICA DE LA LIBERTAD

FRANCESCO EMMOLO

Traducción de CARLOS DANIEL LASA

Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Al lector
Introducción
I. ÉTICA CRISTIANA: Escritura y tradición
1.1 Exergo
1.2 Ética evangélica entre Escritura y Tradición
1.3 La ética de Jesús
II. ÉTICA DEL REINO: La curación del mundo
2.1 El futuro hecho presente
2.2 La corporeidad del reino de Dios
2.3 El tiempo se ha cumplido
2.4 Ética del reino
III. TRES VARIACIONES SOBRE LA ÉTICA EVANGÉLICA
3.1 Según Marcos
3.2 Según Mateo
3.3 Según Lucas
3.4 Ética como seguimiento
IV. DYNAMIS Y ERGON
4.1 Los milagros: dynamis y ergon
4.2 Curaciones
4.3 Exorcismos
4.4 Sordos, mudos, impuros en la fe
4.5 Ética taumatúrgica
V. DE CANÁ A JERUSALÉN
5.1 Las bodas de Caná
5.2 Un maestro adúltero: la ética joánica
5.3 Del paradigma nupcial al paradigma filial (y retorno)
VI. EL DIOS LATENTE
6.1 Deus latens y Deus absconditus
6.2 Encarnar el tiempo, transfigurar lo real
6.3 Salvación y redención
VII. VIVIR COMO REDIMIDO
7.1 Redención de Dios
7.2 Redimir al hombre, redimir al mundo
7.3 Ética para hombres libres
Bibliografía

Emmolo, Francesco

Ética de la libertad / Francesco Emmolo. - 1a ed. - Salta : EUCASA-Ediciones Universidad Católica de Salta, 2022.

Libro digital, EPUB - (EUCASA Identidad)

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Carlos Daniel Lasa.

ISBN 978-950-623-279-5

1. Filosofía de la Religión. 2. Teología. I. Lasa, Carlos Daniel, trad. II. Título.

CDD 230.01

Para citar este libro:

Emmolo, F. (2022). Ética de la libertad (Trad. C. D. Lasa). Salta: EUCASA (Ediciones Universidad Católica de Salta).

© 2022, por EUCASA (Ediciones Universidad Católica de Salta)

Colección: EUCASA Identidad

Resolución Rectoral

Diseño de interior: [email protected]

Arte de tapa: Flavio Burstein STEREOTYPO (www.stereotypo.com.ar)

Domicilio editorial: Campus Universitario Castañares - 4400 Salta, Argentina

Web: www.ucasal.edu.ar/eucasa

Tel./fax: (54-387) 426 8607

e-mail: [email protected]

Depósito Ley 11723

ISBN: 978-950-623-279-5

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Primera edición en formato digital: enero de 2023

Traducido del libro: Etica della libertà di Francesco Emmolo

ISBN 978-88-16-30683-7

@2021 Editoriale Jaca Book Srl, Milano

All rights reserved

Este libro no puede ser reproducido total o parcialmente, sin autorización escrita del editor.

AL LECTOR

Este trabajo lleva consigo no solo el signo de algunos destellos intelectuales, sino también la marca de una vivencia personal.

Si bien mi primer amor (todavía no superado) fue la liturgia, ha sido el encuentro con la Escritura, develada por las palabras de Martini, el amor que me ha cambiado. La Escritura me ha permitido abandonar con el tiempo aquella idea del cristianismo como “deber ser” que todavía permanece en una cierta vulgata cristiana.

Con el correr de los años, he advertido con inquieta claridad que, en la medida en que profundizaba en el Evangelio, su mirada incluía más mi experiencia. Al inicio era una sensación instintiva, una vivencia absolutamente evidente, mi vida, incluso los aspectos más “objetivamente” lejanos de la ética cristiana eran instrumentos preciosos de mi experiencia de fe, al punto que, al no ser inmune al sentido de la culpa, muchas veces me he preguntado si no me estaba engañando a mí mismo o si no estaba buscando una fácil adaptación del Evangelio a mi gusto. Pero la “sensación” de que mi vivencia no fuese extraña al Evangelio, no obstante los escrúpulos, inseguridades, sufrimientos, incomprensiones de personas queridas, no solo no cesaba, sino que era reforzada por el hecho de que, a medida que más dialogaba el Evangelio con mi vida, más me sentía “reconciliado”. Y a medida que más me “reapropiaba” de la belleza de mi vivencia y más explotaba el cristianismo, me enriquecía, hacía surgir matices y detalles que antes no estaba en condiciones de intuir. Mientras más leía mi vivencia a la luz del Evangelio, más advertía la profundidad de la vida, la belleza de la naturaleza, la riqueza de las relaciones. Todavía ahora me sorprendo de la riqueza de los textos bíblicos, de su sentido inagotable; y frente a la delicadeza de algunos pasajes, a la verdad de algunas imágenes, al poder de algunos acontecimientos, en suma, frente a la capacidad que la Palabra tiene de describir lo vivido por los hombres, aprendo en eso la revelación de la gracia, me conmuevo.

Cuando me encuentro frente a las imágenes poderosas, advierto cuán profundamente verdaderas son (al menos para mí), y me quedo sin aliento. Me pasa con los Evangelios, con Martini, con mi maestro Sini, con Nietzsche, con Adriana Zarri y con tantos otros (no muchos). Son mis maestros de la libertad.

Puesto que los jóvenes (en mi caso, por así decirlo) tienen siempre grandes ideales, he decidido que esta riqueza del Evangelio, que vivo desde hace años, no podía callarla. Si bien el Evangelio, así como su comprensión (también en mi caso), se realiza siempre dentro de una tradición (por fortuna, en ciertos aspectos); esto es diferente para la Iglesia, para la religión, inclusive en cierto sentido para el propio cristianismo; y, no pocas veces, “ardo de sacro celo” (¡que es el modo teológico-poético con el cual el Evangelio describe la cólera de Jesús!) cuando escucho lecturas del Evangelio simplistas, fabulosas, incluso cuando no sombríamente oportunistas. ¡El Evangelio! Ya este decir es reductivo: debemos comenzar a hablar de Evangelios y reapropiarnos de todas las tradiciones que la experiencia de Jesús ha generado, a contextualizar nuestro discurso, así como el dicho evangélico, a distinguir la teología, así como la catequesis, de la expresión evangélica, porque a menudo no son la misma cosa, y mucho más.

Pero puesto que la juventud (quien me conoce lo sabe) es un dato biográfico que no me pertenece, mis propósitos fundacionales, gracias a Dios —es apropiado decirlo—, han sido superados muy rápido.

¿Qué confiere autoridad a mi escrito? Nada más que mi experiencia. ¿Dónde descansa la legitimidad de mi lectura? En ningún lugar y en todas partes, en cada vida que he encontrado y que ha dejado marcas dentro de mí. Podría casi parecer que este recorrido surge de la comparación de diversas posiciones; en realidad, descansa en el hecho de que vidas y experiencias aparentemente diferentes yacen dentro de mí en una singular convivencia.

¿Quién confiere autoridad a mi lectura? Lo vivido por los lectores que se sentirán, en alguna medida, reflejados en este escrito. No podía hacer más que esto: mostrar la encarnación que soy, la sedimentación precaria y errante que el cristianismo (y las otras experiencias infinitas que he encontrado directa e indirectamente) ha tenido dentro de mí con la esperanza de que alguno pueda reflejarla y modificarla, variarla, corregirla, rechazarla, y todas las infinitas cosas libres que el hombre puede hacer.

Sería para mí insostenible, a la luz de mi experiencia, imaginar la fe como un esfuerzo de conformación a una verdad fija, inmutable; quien piensa de este modo ha transformado a Dios en un fetiche y lo vivido en algo insignificante. Así, estoy persuadido de que la “voluntad de Dios” es aquella que estamos dispuestos a hacer con la realidad, no aquello que de modo fatalista sucede en nuestra vida.

Estoy convencido de que resulta fundamental, en la experiencia de la fe (como de la cultura, de la política, etc.), pasar por una adquisición personal (no individualista), que, por no ser banal o “supersticiosa”, debe estar constantemente acompañada por el esfuerzo de una sistemática reflexión sobre los modos y las implicaciones de esta “personalización”. Esta es una de las enseñanzas más luminosas que he obtenido del maestro Carlo Sini y que se ha convertido para mí en una elección ética.

Es necesario que, más allá de la consonancia o disonancia con el sentir común, con las instituciones, etc., lo que vivimos sea realmente vivido como nuestro. Este es para mí el primer núcleo de la experiencia de la libertad, ciertamente, no un banal e ilusorio “hacer eso que quiero”, sino un paciente devenir “sujetos de” nuestras prácticas, como diría Carlo Sini, y espero no banalizar demasiado.

Estas son para mí algunas líneas de interpretación que considero profundamente evangélicas, precisamente porque derivan también de otra cosa: el Evangelio es aquello que me da el marco completo, como si, reflejándome en él, los colores esparcidos sobre el papel adquiriesen progresivamente una forma (estoy pensando cuando se pinta una acuarela).

Creo que estoy en condiciones de decir, sin retórica, que el primer núcleo de la libertad que estoy aprendiendo a vivir lo respiré de mis padres. Mi madre era una psiquiatra creyente, mi padre es un poeta no creyente, con una curiosidad inagotable por la vida. Pero aquí está la cosa: si lo que somos, lo que hacemos no es una simple etiqueta, sino, cómo decirlo, el camino que hemos encontrado para andar por la vida, entonces, ¡el encuentro es posible! Yo he tenido la fortuna de crecer en una familia no ideológica, con padres despreocupados por el significado (abstracto) de las cosas. Este es el primer núcleo de mi experiencia de la fe: se puede confiar en la vida. Es necesario creer en la vida para poder creer en Dios. Esto y no otra cosa, en el fondo, es el núcleo de mi (personal) ética: tomar seriamente las vidas, las encarnaciones.

Concluyo con una breve oración escrita hace algunos años cuando había comenzado a ver la posibilidad de vivir, yo mismo, inscripto en la experiencia de la gracia.

Señor,

siento que caminas a mi lado,

siento que esta vida que estoy viviendo no te resulta extraña.

Siento que debo vivir mi vida para encontrarte, para conocerte,

incluso en la lejanía y en la traición.

El error es también un camino hacia ti.

Sé que tú me sostienes, que eres quien pone, paso a paso, en mi camino, a las personas y las oportunidades que vivo,

aun cuando puedan parecer absurdas o lejanas a la fe (de la mayoría).

Por mucho tiempo te he buscado como una alternativa

a mi vida.

Por mucho tiempo pensé que me debía superar, transformar,

debía cambiar, ir más allá, para encontrarte.

Pero ahora veo que este ir más allá de lo que buscaba estaba ordenado

a alcanzar una mejor imagen de mí.

Solo ahora entiendo que debo buscarte y sentirte presente en esta vida mía, con las posibilidades que tengo, y que solo tú puedes colocar en mi corazón.

Cuando me pongo a pensar en las personas que tengo al lado mío,

en las experiencias que vivo,

quién si no tú podías quererlas para mí,

quién si no tú podías otorgarme tanta riqueza.

Solo ahora veo que la vida del Espíritu no tiene nada que ver

con el autoperfeccionamiento

ni con el adherir a una forma.

Solo ahora siento y comprendo aquello que tantas veces me he dicho:

nuestra vida ya está salvada, nuestra vida ya ha sido acogida por

medio de Jesús, en Dios.

La belleza, la salvación no son cosas que puedan conquistarse, debemos, por el contrario, volverlas reales, debemos hacerlas estallar.

Amén.

INTRODUCCIÓN

Si consideramos seriamente la redención, ¿quéética cristiana resulta de ella? Dicho en otros términos, ¿cómo se configura una ética de la gracia?

Es a partir de estos interrogantes que se inicia el recorrido propuesto en este libro.

Creo que la ética, para la mayoría, es entendida como el conjunto de los principios que regulan el comportamiento humano con el propósito de alcanzar un fin (sea sacro o laico).

A lo largo de los siglos, la ética cristiana, pero también se podría decir el cristianismo como ética, ha asumido muchos aspectos: la “preparación”, si no directamente la “conquista” de una vida plena proyectada hacia el futuro; un ejercicio de autoperfeccionamiento ordenado hacia la realización de una figura de humanidad conforme a la voluntad de Dios, y más.

Si bien el cristianismo siempre ha tenido viva la conciencia de que la ética tiene que ver con la “edificación del reino de Dios”, y que el ejercicio del cristianismo se ordena a hacer efectiva la enseñanza del Maestro en el presente, a menudo se ha perdido la dimensión dinámica de la ética cristiana que ha terminado por transformarse en una ética “anticuaria”: preservar algunas actitudes o, como se suele decir, “valores” que garanticen el respeto a la voluntad del Maestro y que realicen en el presente su plan de salvación. Luego qué decir de algunos pilares de la ética cristiana que han penetrado en la conciencia del hombre occidental hasta llegar a convertirse (más o menos inconscientemente) en parte de su percepción del mundo e incluso de su autocomprensión: el sacrificio, el altruismo, la “renuncia a nosotros mismos”, el sentido de la culpa, etc. Queramos o no, esta herencia ha plasmado y continúa plasmando nuestra cultura en diversos niveles.

Este trabajo se propone seguir (y perseguir) una sugerencia: el mensaje cristiano, el Evangelio es, en su naturaleza más profunda, no solo un “anuncio de liberación”, sino una pedagogía de la libertad. Eso que nosotros llamamos “ética cristiana” es el intento de educar en la libertad de Dios, en una visión del hombre y de la realidad que vea, con “los ojos de Dios”, que soy libre. La perspectiva dentro de la cual ubicar la ética cristiana, en la configuración que he adoptado aquí, es la redención como realidad operante en el presente, que, tal vez, incluso más que la creación, es el principio cardinal de la antropología cristiana. La acción de Dios es liberar, la esencia profunda del ser humano es la libertad; el terreno dentro del cual se juega la posibilidad de la relación entre el hombre y Dios es la libertad. Es al menos singular que, teniendo el cristianismo su eje en la obra redentora de Cristo, entre las virtudes cristianas la más descuidada sea propiamente la libertad. Sin embargo, la obra redentora de Jesús tiene como objetivo restablecer la relación del hombre con Dios a partir del descubrimiento de su (del hombre y de Dios) libertad.

¿Qué significa construir una ética en la que la libertad moldee nuestra relación con el mundo? Ética de la libertad podría sonar como una afirmación contradictoria, ya que el primer término recuerda a la mente las reglas y los principios que plasman la acción, y el segundo término recuerda a la mente la exigencia de huir de reglas y principios. El cristianismo no es una educación de la libertad, una enseñanza sobre cómo aprovechar la libertad a través de reglas y principios para que sea fructífera, sino una educación para la libertad. Una ética semejante no puede más que ser una pedagogía mayéutica, que tiende no a “plasmar” un cierto modo de obrar o pensar con formas preconstituidas, sino a suscitar una experiencia diferente de la realidad. Esta no puede más que utilizar formas e instrumentos transitorios y educar en la transitoriedad de los propios instrumentos interpretativos, porque es propiamente en la superación, en la transformación de lo existente, en la “liberación” del prejuicio, que se manifiesta, a modo de filigrana, que el hombre es libre.

No se trata, por lo tanto, de contraponer la libertad a la norma, sino de repensar tanto la función de las normas como la fisonomía de la libertad. La libertad de la norma sería una libertad virtual que remite a la realización de sí a un horizonte hipotético: si no existiese la norma, entonces, podría ser y hacer determinadas cosas. La libertad cristiana, que educa en habitar las normas como realidades transitorias, es una libertad concreta que educa en encarnar la realidad que somos, configurándose como libertad de ser y de hacer. Son fórmulas que he querido utilizar con la intención de hacer surgir la diferencia expuesta por el cristianismo en la lectura de la libertad y que confío que se clarificarán con la lectura del texto.

El texto, cuyo inicio podría parecer un poco técnico, se divide en dos partes. En los primeros capítulos, busco delinear, a grandes trazos, lo que podría definir como una genealogía de la ética cristiana. Un intento por mostrar cuál puede ser el origen de los principios que regulan el comportamiento cristiano. En la segunda parte, presento algunas líneas posibles de reflexión que surgen de la recomprensión de la ética, que trato de proponer.

Mi contribución no quiere, en modo alguno, configurarse como una suerte de “disputa teológica” sobre la ética cristiana: no tengo intención de “demostrar” nada ni mucho menos de “tener razón” o de decir cosas más exactas que otros. Creo que ha llegado el momento de encarnar radicalmente el estallido de la verdad sobre el que tanto se ha escrito. Pero esto no puede significar, en modo alguno, abandonarse a una suerte de “indiferencia” que acepta acríticamente todas las posturas posibles. Creo que lo que se puede hacer es contar la propia experiencia, esperando que se convierta en un espacio de encuentro. De este modo, ansío que mi lectura pueda hacer de espejo a experiencias semejantes o “liberar” nuevas reflexiones.

Encaminarse en el sendero de la libertad no solo es un hecho intelectual; en este ámbito, me resulta grato confiar al lector algunas vidas que han sido preciosas en la realización de este libro. Así, sin olvidar a los otros, quiero agradecer a Mónica Romano, por su mirada atenta y acogedora que ha dado coraje a mis palabras; a David D’Elia y Susana Cattaneo, que con su amistad han custodiado y preservado el espacio de este trabajo; a mi papá, Ricardo, por nuestras conversaciones que nutren mis pensamientos; a Miguel Modica, por la forma en que mira mi vida, que en sus ojos está plena de matices y de colores, a él debo también la idea del título, que siento profunda y completamente mío.

F. E.

I

ÉTICA CRISTIANAEscritura y tradición

1.1Exergo

Barcelona, febrero de 1928. Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) llega a España para desempeñar la función de vicario en la comunidad de lengua alemana. Dirige a los fieles dos conferencias centradas sobre la ética cristiana (1). Los términos en los cuales Bonhoeffer plantea la cuestión son el punto de partida del recorrido que aquí me propongo exponer.

Afrontar la cuestión de la ética cristiana en los términos de Bonhoeffer

no significa “introducir en las cuestiones éticas del presente normas absolutamente válidas para un cristiano”, porque “no existen normas y principios cristianos de tipo ético ni se pueden dar”, ya que “bien” y “mal” son determinaciones que existen “solo en el cumplimiento de una acción”. Ética y cristianismo son dos palabras “intrínsecamente incompatibles”. Ante todo, porque la ética, lejos de ser “algo que simplemente llovió del cielo sobre la tierra, es más bien hija de la tierra”: la ética es “cuestión de sangre e historia”, el resultado de una sedimentación de hábitos. Los conceptos bien y mal no se pueden determinar de manera unívoca, están ligados a los acontecimientos de un determinado pueblo, a la cultura, a la tradición, a la geografía. Contrariamente, para el cristiano la acción por realizar se impone como algo no negociable, no referida a categorías preestablecidas. Desde esta perspectiva, es imposible concebir la cuestión del obrar cristiano como algo que tiene que ver con los contenidos, con las normas, que son siempre relativas a la cultura, a la situación histórica, etc.

Otro elemento, intrínseco esta vez al cristianismo, determina que este sea “fundamentalmente amoral”, o sea, que cristianismo y ética se excluyen entre sí: “en el mensaje cristiano se habla de la gracia, y en la ética de la justicia”. La argumentación bonhoefferiana sigue la línea paulina de la crítica a la ley. Una ética entendida como una “serie de preceptos bien ordenada” sonaría como una nueva ley (mientras que el Evangelio habla de una nueva alianza) y quitaría la responsabilidad al hombre que está siempre en una situación concreta que exige ser asumida en su singularidad y univocidad.

La perspectiva, por lo tanto, debe invertirse. La pregunta no debe referirse a cuáles contenidos prescribe el cristianismo en materia de comportamiento, sino de qué modo el cristianismo puede iluminar nuestro modo de entender el comportamiento, todavía demasiado ligado, para Bonhoeffer, a un paradigma intelectualista. El objeto polémico de Bonhoeffer es “el espíritu griego” que, con su intelectualismo ético, ha permeado el cristianismo y ha generado la idea de que el comportamiento cristiano es adhesión y realización de preceptos fijados de manera inviolable.

Bonhoeffer dedica algunas páginas a las aporías en las cuales se cae si se consideran los mandamientos bíblicos desde el punto de vista de su contenido, son todo menos unívocos o claros en lo que prescriben, a no ser que se fuercen y adapten a esta o a aquella posición (teórica) (2).

Para el cristiano no existen principios éticos sobre cuya base él podría quizás llegar a ser éticamente sensible. Existe solo el momento de la decisión, y precisamente cada momento que puede convertirse en éticamente valioso. Sin embargo, aquello que ayer valía jamás puede transformarse en decisivo para mi obrar de hoy. Es necesario, más bien, buscar siempre de nuevo la relación inmediata con la voluntad de Dios; y no porque ayer algo me parecía bueno, debo repetirlo hoy también, sino porque hoy la voluntad de Dios me indica este camino (3).

La revolución introducida por Jesús en el ámbito ético es la “liquidación de los principios, de los fundamentos, dicho con las palabras bíblicas, de la ley”. Si existiesen principios o leyes universalmente válidas, el obrar cristiano estaría privado de su “relación inmediata con Dios”, pero lo que resulta más grave es que el hombre sería esclavo de sus propios principios, lo que terminaría por sacrificar su libertad: “Jesús restituye a la humanidad el don más grande que había perdido, la libertad. El obrar ético cristiano es un obrar con libertad”.

Quien renuncia a la libertad renuncia a su ser cristiano. El cristiano es libre delante de Dios y del mundo, sin que ninguno le cubra las espaldas […]. Sin embargo, a través de esta libertad, el cristiano se convierte en creativo en el obrar ético. El obrar según principios es improductivo, es imitación, copia de la ley. El obrar con libertad es creativo. […] No existe un obrar en sí malvado […] sino solo […] llevar la propia responsabilidad delante de Dios y delante de sí mismo (4).

Es necesario tener la misma mirada radical en relación con el Evangelio:

El malentendido más grande es el de hacer de los mandamientos y del Sermón de la Montaña nuevamente una ley, refiriéndola literalmente al presente. No solo es absurdo, en cuanto impracticable, sino que también va en contra del espíritu de Cristo que hace nacer la libertad de la ley. […] en el NT no existe ninguna prescripción ética que nosotros debamos o podamos retomar literalmente. La letra mata y el espíritu vive, dice notoriamente Pablo; esto significa que el espíritu definido, de una vez por todas, no es más espíritu. Por lo tanto, también la ética existe solo en el cumplimiento de la acción, no en la letra, es decir, en la ley. […] por este motivo los nuevos mandamientos de Jesús no pueden jamás ser concebidos como principios éticos, deben ser comprendidos en su espíritu, no literalmente (5).

Si, en efecto, considerásemos toda regla singular de conducta de Jesús como vinculante, dice Bonhoeffer, no seríamos libres, sino esclavos de su imitación.

Bonhoeffer afirma, de modo repetitivo, que el cristiano debe renunciar a toda pretensión sobre sí mismo. No debemos pensar que se refiere a un “fatalista abandono a Dios” que obraría en su lugar y a través de él, usándolo como si fuese un instrumento inerte. Debemos, más bien, referirnos a la pretensión del hombre de concebir su propia vivencia espiritual como un ejercicio de autoperfeccionamiento. Bonhoeffer nombra al conde Tolstoi, creo que se refiere a La Confesión (6). Tolstoi cuenta cómo había malinterpretado profundamente el significado de su fe identificándola con el esfuerzo de convertirse en perfecto, de mejorar su modo de ser.

La argumentación de Bonhoeffer nos plantea algunas cuestiones: ¿qué significado atribuir a las prescripciones éticas (o presuntamente tales) contenidas en el Evangelio? ¿Qué rol atribuir a la educación? Si es verdad que los principios no nos pueden hacer “éticamente sensibles” y que la cuestión del obrar se cumple en la verticalidad de la relación con Dios, ¿qué sucede con la educación? ¿Cómo se “forman” los cristianos? ¿Liberándolos de las ataduras que les son impuestas y entregándolos a la libertad de la relación con Dios? Así parecería.

Según Bonhoeffer, la característica del cristiano es la posibilidad de crear los lugares y las formas de su obrar, su tarea no es conservativa (preservar) sino creativa: “De todo esto se sigue que, en realidad, en la perspectiva cristiana no se podría en absoluto hablar de problemas éticos de contenidos […]”, por lo tanto, “no podemos tomar ninguna decisión válida universalmente, haciéndola pasar, tal vez, como exclusivamente cristiana”. Lo que podemos hacer es

… más bien buscar entrar en la situación concreta de la decisión y mostrar una de las posibilidades que surgen de ella. Cada uno debe tener la libertad, en la situación concreta misma, de realizar la decisión que es exigida por la realidad (7).

Para Bonhoeffer, apelar a la voluntad de Dios y considerarse libre de la ética de contenido no equivale a estar desinteresados, “desacoplados” de la realidad, por el contrario. Propiamente, en cuanto libre de la ley, el cristiano puede y debe “entrar en la complejidad del mundo”, no puede tomar más una “decisión a priori” sino solo estando en la situación sobre la base de lo que la situación exige. Él debe “permanecer ligado a la tierra si quiere permanecer ligado a Dios; […] debe sentir la dura contraposición entre el modo en el cual quería obrar y el modo en el cual debe obrar”. El ethos existe solo en la situación concreta, en el momento en el cual el hombre debe “responder” al llamado de la realidad, de la necesidad concreta. Por lo cual, para Bonhoeffer, la elección es siempre respuesta a una situación concreta, y “el bien” y “el mal” son las cualidades que la acción imprime sobre la realidad con su obrar. “Ligado a la situación concreta mediante Dios y en Dios, el cristiano obra con la autoridad de un hombre que se ha convertido en libre”.

Más allá de los desarrollos y de los resultados a los cuales llega la argumentación de Bonhoeffer, para mí el aspecto valioso es la indicación que su posición del discurso ético me ha sugerido: el punto fundamental no es “si resulta posible una ética cristiana” o qué debe prescribir ni, como se cree erróneamente, cómo se hace para ser bueno, sino qué quiere decir para el cristiano obrar, cómo el cristianismo imagina la acción.

1.2 Ética evangélica entre Escritura y Tradición

Siguiendo a Bonhoeffer, podemos afirmar que incluso la expresión “ética evangélica” resulta contradictoria si por ética se entiende la determinación (a priori) de los principios (contenidos) a los cuales debe conformarse el obrar para realizar el Evangelio. Entonces, ¿qué hacemos con todos esos pasajes evangélicos en los cuales Jesús prescribe comportamientos vinculantes respecto del ejercicio del Evangelio? ¿Deben ser entendidos como agregados posteriores, atribuibles a la cristalización de la experiencia cristiana, a la progresiva organización y jerarquización del cristianismo, al punto de poder relativizar su alcance? ¿O bien, basta con afirmar que ellos no preceden, sino que vienen después de la experiencia de la gracia?

Se suele afirmar que las indicaciones prácticas del cristianismo no son preceptos que hay que poner en práctica, sino los comportamientos que brotan del haber vivido interiormente la experiencia de la gracia: “el árbol se ve por los frutos”(8). ¿Cómo entender esta expresión? Si pretendemos establecer de manera preliminar cuáles signos manifiestan el advenimiento de la gracia, ¿no corremos el riesgo de recaer en el error sobre el cual nos pone en guardia Bonhoeffer? ¿No nos limitamos a trasladar el problema, por decirlo así, desde el principio hasta el fin, desde el presupuesto hasta la consecuencia? Por otra parte, continuando con la imagen del árbol, afirmar que cada fruto debe ser considerado por sí mismo, y que no existen parámetros de referencia, ¿no nos expondría a una “ética casual”, “ocasional” o “situacional”, que poco se concilia, según algunos, con la experiencia de la fe y que correría el riesgo de abandonarnos, como se suele decir, a un “peligroso individualismo”?

No existe mejor camino para disipar nuestras dudas que retornar al fundamento de la experiencia cristiana: el Evangelio. Y es propiamente aquí donde empiezan los problemas.

Si se nos propone afrontar la cuestión de la ética a la luz del Evangelio, no se puede (más) prescindir de la naturaleza cuadriforme de esta experiencia fundante. Ya no resulta posible abstraer las palabras y los gestos de Jesús del contexto histórico, político, cultural, así como de la fisonomía de las comunidades cristianas en las cuales han sido transmitidos.

Esta operación de recontextualización no está en contra ni más allá de la Tradición, puesto que los ojos de quien lee, estudia y escribe están inmersos en una tradición ilimitada sin la cual sería imposible, incluso, plantearse el problema de una “ética cristiana”, de un cristianismo como ética. Toda contraposición entre Escritura y Tradición debe ser rechazada firmemente, ya que nada tenemos sin una “transmisión traidora”, ni siquiera nuestra propia mirada (9). Y, sin embargo, debemos hacer una precisión (terapéutica): a la tradición entendida como lo que nos ha sido transmitido, debemos agregar la tradición en que nos encarnamos. No solo los discípulos y los creyentes de la primera hora tenían su mirada interpretativa sino también nosotros. Frecuentemente pensamos en la tradición como “una cosa”, un conjunto de datos, de teorías, de interpretaciones a las cuales podemos recurrir. No vemos, por el contrario, la tradición encarnada que somos nosotros: nuestra mirada está moldeada por esta transmisión milenaria, a tal punto de no poder ver más allá, sino solo a través de ella.

A esta historia viviente del cristianismo, en cuyo cauce nos insertamos también nosotros, debemos agregar la “tradición laica”: todo ese trabajo interminable de vidas y de operaciones “insignificantes” que permitió a nuestros ojos desarrollar nuestra visión. Nosotros miramos el Evangelio como texto y nos parece casi una cosa obvia abrir, leer y entender. Interrogamos “las fuentes”, y nuestro operar nos parece casi un resultado inevitable.

La exigencia de volver a la fuente, a aquello que es originario en la experiencia cristiana, ha recorrido todas las épocas, y de vez en cuando se ha concebido de una manera diferente. Cada época determinó cuál fue el inicio y el fundamento de la experiencia cristiana, para decirlo en los términos de la Cristología: cada época ha buscado definir cuál era la verdad