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El deporte es uno de los signos de nuestro tiempo, pero cabe reconsiderar cómo incide en nuestras vidas y someterlo a una reflexión crítica para extraer conclusiones éticas. El universo deportivo es multiforme, ambivalente y presenta abundantes claroscuros. Demasiado a menudo es una forma de canalizar patologías, disfunciones y contravalores de nuestras sociedades posmodernas. Examinar sus miserias nos permitirá apreciar la brecha entre lo que es y lo que debería ser; y analizarlo desde la perspectiva moral nos permitirá identificar tanto sus problemas como sus potencialidades humanas. Bien orientada, la praxis deportiva atesora un gran potencial formativo y axiológico. El auténtico homo deportivus encarna importantes valores morales. Gracias a ellos nos enriqueceremos como personas y avanzaremos en nuestro camino vital. En suma, se trata de explorar la dimensión moral del deporte y vindicar su grandeza humanista.
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Seitenzahl: 285
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Guillem Turró Ortega
ÉTICA DEL DEPORTE
Una aproximación humanista
Herder
Diseño de la cubierta: Caroline Moore
Edición digital: José Toribio Barba
© 2015, Guillem Turró Ortega
© 2016, Herder Editorial, S.L., Barcelona
ISBN DIGITAL: 978-84-254-3785-4
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)
Herder
www.herdereditorial.com
ÍNDICE
CONSIDERACIONES PRELIMINARES
APROXIMACIÓN ALHOMO DEPORTIVUSPOSMODERNO
LA AMBIVALENCIA MORAL DEL DEPORTE
LAS MISERIAS DEL DEPORTE
Mercantilización deportiva
Corrupción
Instrumentalización política
Alienación deportiva
Dopaje
Racismo y xenofobia
Discriminación sexista
Discriminación homófoba
EL ESPÍRITU COMPETITIVO
ELETHOSDEPORTIVO
EL LEGADO DE COUBERTIN
COMPORTAMIENTOS EJEMPLARES
REFLEXIONES CONCLUSIVAS
BIBLIOGRAFÍA
A la meva mare,
pels seus valors morals,
per una vida exemplar,
per ser-hi sempre.
A la Belén,
una dona meravellosa
que m’ha mostrat el camí de la felicitat.
Sempre estaràs en el meu cor.
CONSIDERACIONES PRELIMINARES
Son muchos los que siguen viendo en el deporte una muestra de barbarie, algo que debería ser relegado a la marginalidad teórica. De hecho, abundan los intelectuales renuentes a tratarlo en serio. Fácilmente podemos asociar el deporte a masas enardecidas por pasiones burdas. Esta podría ser una de las razones por las cuales ha sido subestimado en ámbitos académicos. Entre sus más conspicuos detractores se encuentran eminentes hombres de letras: todos ellos lo han asociado con la ramplonería social o el embrutecimiento moral. Así, por ejemplo, Oswald Spengler lo vinculó con la decadencia nihilista de los tiempos modernos. Los guardianes de la alta cultura tienden a referirse al deporte en términos apocalípticos, no entienden que pueda producir un interés ético o educativo. Todo ello está vinculado con una tradición filosófica —muy marcada por un dualismo espiritualista— que ha postergado y silenciado nuestra dimensión corporal.
Son pocos los pensadores que han valorado el deporte en su justa medida. José Ortega y Gasset fue uno de ellos. De hecho, el divorcio entre la teoría y el deporte ha sido uno de los distintivos de nuestra civilización. Con muchísima frecuencia ocurre que los estudiosos pasan de largo ante el deporte, al mismo tiempo que sus protagonistas no reflexionan sobre su actividad. La verdad es que no es fácil encontrar intelectuales en el mundo del deporte y deportistas entre los intelectuales. Como dijo Pasolini: «Los deportistas están poco cultivados, y los hombres cultivados son poco deportistas. Yo soy una excepción». Sin embargo, a pesar de todas las invectivas que pueda haber recibido, algunos nos declaramos deportófilos. De hecho, uno de mis ideales consiste en cultivar la mente y el cuerpo. Addison escribió: «Leer es para el cerebro lo que el ejercicio es para el cuerpo».
El punto de partida de mi relación filosófica con el deporte fue la Ética a Nicómaco. Tras leerlo, me percaté de que el deporte es una formidable metáfora de la vida. Aristóteles nos dice que vivir humanamente exige plantearnos una meta final, un télos. De un modo muy parecido al del arquero que apunta a determinado blanco, debemos proponernos un fin para así dirigir nuestra conducta. Esto significa que nuestra vida supone un esfuerzo permanente, algo muy similar a una noble disciplina deportiva que puede resumirse en el siguiente imperativo: «¡Hombres, sed buenos arqueros!».
Según Lledó, la flecha es la vida cuya andadura dibuja el sentido de una trayectoria. Lo importante es el impulso que mueve nuestra existencia, la orientación que perfila el recorrido y la energía que la constituye. Télos no significa tanto «finalidad» como «cumplimiento», «plenitud», «consumación», «madurez».1 Aristóteles nos invita a trazar nuestro camino (homo viator) de acuerdo con un fin último o bien supremo (felicidad o eudaimonia). No en vano la vida humana es, en esencia, un proyecto dinámico (de dynamis, «fuerza», «poder» o «capacidad»).
Para disparar el arco debemos ser capaces de empuñarlo con una mano y tensarlo con la otra. Sin buen pulso y mucha fuerza nunca lo conseguiremos. Si no aplicamos potencia al disparo, malograremos nuestra misión. Claro está que debemos apuntar bien, fijando nuestra mirada en el blanco. Por supuesto, previamente tendremos que fijarnos un propósito para conseguir que nuestra existencia alcance su mejor versión. La única manera de realizarnos como personas es que nuestra vida tenga un sentido moral certero.
Es evidente que la sociedad en que vivimos no invita a la meditación filosófica. La inmensa mayoría están demasiado ocupados en sus quehaceres cotidianos como para detenerse y plantearse determinadas preguntas. Lamentablemente abundan las ideas equivocadas acerca del valor y el sentido de la filosofía. Con cierta frecuencia se asocia a tópicos desafortunados: improductiva, aburrida, etérea, rebuscada, desconcertante, intempestiva. Por otra parte, podemos asegurar que muchos de los que nos dedicamos al oficio filosófico alguna vez hemos sido inquiridos por la utilidad de nuestra profesión, y hemos compartido una sensación de incomodidad cuando alguien nos ha interpelado por la finalidad de nuestra ocupación. En muchos sentidos, no corren buenos tiempos para la filosofía.
Desde Sócrates sabemos que una de las grandes finalidades de la filosofía es sopesar con rigor nuestras creencias, clarificar los principios rectores de nuestro comportamiento. Muchos siglos después, Nagel escribía que la primera tarea de la filosofía es cuestionar y aclarar con detenimiento algunas ideas muy comunes que todos usamos sin razonar sobre ellas.2 Por ejemplo, algunas nociones morales sin las cuales la vida no sería digna de ser vivida. Nos referimos a la felicidad, la libertad, la responsabilidad, la justicia, la solidaridad o el bien. La filosofía nos enseña a tomar conciencia del carácter problemático de la sociedad, a repensar el mundo donde desarrollamos nuestra vida. También consiste en mirar la realidad con una perspectiva radical y sinóptica, en preguntarnos por las cosas más allá de lo que se supone que son. Cuanto más vulgar es un ser humano, menos enigmático le resulta todo.
Los antiguos nos enseñaron que toda existencia genuinamente humana es bidimensional, que abraza la vita contemplativa y la vita activa. Nuestra actuación será apropiada gracias a una conciencia lúcida. La mejor forma de no errar es adoptar un distanciamiento crítico, una dilucidación sustentada en principios antropológicos y éticos. Desde sus orígenes griegos, la filosofía ha intentado revelar la senda de la vida buena. También nos ayuda a comprender el mundo donde vivimos, a tomar decisiones rectas, responsables y libres, a involucrarnos a favor de una sociedad más justa, solidaria y humana. Necesitamos razonar para saber cómo debemos vivir y convivir. El pensamiento filosófico es una invitación a mejorar nuestra existencia. Se trata de ser inteligentes ateniéndonos a la etimología de esta palabra: saber escoger entre diferentes opciones (inter-legere). Como dijo Aristóteles, el anthropos es una inteligencia deseosa que aspira a la felicidad.
En contra de una opinión muy difundida, lo idóneo es distinguir entre ética y moral. La primera es aquella rama de la filosofía que aborda la condición moral desde una perspectiva racional. Kant afirmó que uno de los grandes interrogantes filosóficos es «¿qué debo hacer?». Ser humano es mantenerse en la tensión entre el ser y el deber ser. Podemos entender la ética como una reflexión para evaluar por qué debemos actuar correctamente. También es un saber que ilumina los fines últimos de la vida, que nos guía en el camino de la justicia y la felicidad. Gracias a la ética nuestras acciones podrán estar de acuerdo con unos principios y valores loables. Su misión es dotarnos de puntos de referencia con el fin de dirigir nuestro comportamiento. Mientras que la moral estipula las reglas que debemos aplicar en un espacio social particular, la ética es una disciplina que explora los principios e ideas que estructuran, sistematizan y fundamentan la moral. El deber de la ética es determinar, desde un plano teórico, la bondad de nuestras acciones. Están en lo cierto aquellos que identifican la ética con la filosofía moral. En esta misma línea Aranguren estableció la distinción entre moral vivida y moral pensada.
El origen de la palabra ética es el término griego ethos, cuyo primer significado remite al hábitat o lugar donde vivía una familia. De ahí derivó en carácter o costumbre, manera de ser o hábitos de una persona. El sitio habitual donde se desarrolla la vida se convierte en carácter; como personas, nuestro carácter está vinculado con el lugar donde hemos nacido y crecido. De hecho, aquello que es exterior nos forma interiormente, configurándonos y habituándonos en un sentido determinado.
El ser humano es un animal que deviene moral gracias también al ambiente en el cual se ha criado. Recordemos que morada sigue siendo el sitio donde se habita y que nuestro cometido moral consiste en la adquisición de una manera de ser. De hecho, la palabra moral proviene del latín mos/moris, que traducimos por «costumbre» y «carácter». Citemos a Cortina: «Labrarse un buen carácter, un buen ethos, es lo más inteligente que puede hacer una persona para aumentar sus posibilidades de llevar a cabo una vida buena, feliz».3
Nuestra condición estructural nos incita a devenir seres morales.Somos capaces de asumir como propias nuestras acciones. Depende del bien querer y del bien hacer que la vida humana se conduzca rectamente. El camino de la virtud pasa irremediablemente por la capacidad de preferir de modo correcto. Cuando lo conseguimos, provocamos los elogios de otros. Si fracasamos, merecemos su amonestación, vituperio o castigo. Aristóteles nos dijo que la misión de la ética es forjar el carácter o conjunto integrado de las virtudes. Como consecuencia de repetir actos en un mismo sentido adquiriremos hábitos buenos que sedimentarán en forma de personalidad moral. Está en nuestras manos apropiarnos de un carácter que nos permita obrar según la virtud. Recordemos la significación que el Estagirita otorgaba a esta noción: una tendencia a actuar de una forma determinada. Estos hábitos operativos buenos recibían el nombre de areté, vocablo griego que significa «excelencia», «perfección» o «mérito» y que los latinos tradujeron por virtus («valentía», «fortaleza», «fuerza», «virtud»). Muchos siglos más tarde, Spinoza identificará la virtud con la potencia (conatus).
La única manera de humanizarnos es encarnando virtudes y valores. Nadie nace solidario, alegre, perseverante, voluntarioso, paciente, disciplinado, valiente, cooperativo, humilde o generoso. Se trata de virtudes y valores que debemos infundir mediante la educación. Sin ellos no podríamos colmar nuestra humanidad y conformar nuestra entraña moral. Nuestra musculatura moral debe configurarse a lo largo de un proceso muy parecido a un entrenamiento deportivo. Citemos a Cortina:
Para ganar músculo ético es necesario quererlo y entrenarse, como el deportista que intenta día a día mantenerse en forma para intentar ganar limpiamente competiciones y anticiparse a los retos que estén por venir.4
Se debe tener en cuenta que la palabra inglesa training significa tanto «entrenamiento» como «educación». Como decía Aristóteles, nos hacemos justos, moderados y valientes practicando la justicia, la moderación y el coraje. Ejercer el oficio de ser hombre o mujer exige perseverar en un proceso de aprendizaje moral.
El binomio filosofía-deporte puede suscitar perplejidad. Podría pensarse que se trata de dos áreas sin ninguna conexión. Pero la ética del deporte es una rama de la filosofía moral y, particularmente, de la ética aplicada. Según López Frías, nace de un proceso mucho más amplio dentro de la filosofía del siglo XX: el surgimiento y desarrollo de las éticas aplicadas. Estas aparecieron debido a que la realidad social necesitaba la intervención de una filosofía práctica y hermenéutica.5 De hecho, debemos exigirle a la filosofía que preste atención a diversos problemas humanos. Esto supone la aplicación de ideas generales en las prácticas e instituciones sociales.
Son tres las funciones de la ética: 1) aclarar qué es la moral; 2) fundamentar la moral y 3) aplicar a los distintos ámbitos de la vida social los resultados de las dos primeras. La tercera función compete a las éticas aplicadas o éticasespeciales, que deberán iluminar cuáles son los bienes internos que cada una de estas actividades debe proporcionar a la sociedad, qué metas deben perseguir y qué valores y hábitos necesitan incorporar para alcanzarlas.6
La filosofía no puede ser un divertimento especulativo que trata de desatar nudos gordianos. La filosofía debe ser mucho más que una divagación superflua en torno a asuntos inextricables. Tiene que aspirar a ser una reflexión de gran utilidad humana, social y profesional. Entre sus misiones está dotarnos de herramientas para resolver los interrogantes que plantea el mundo del deporte. También suministrar principios valorativos para abordar los problemas morales del deporte. Pensamos con el fin de obtener una concepción penetrante, consistente y equilibrada del deporte. Solamente si partimos de una crítica acertada podremos aspirar a una buena praxis deportiva.
Criticar consiste en ejercer nuestra capacidad de juzgar o discernir, de interpretar y aprehender el valor de las cosas a partir de criterios correctos. Mi propósito es que muchas de las ideas que contiene esta obra puedan plasmarse de manera concreta. Según Aristóteles, la prudencia (phronesis) es la virtud que nos da la capacidad de deliberar con rectitud. Solo así sabremos actuar convenientemente en una situación particular.
En nuestro país abundan los estudios que enfocan el deporte desde una perspectiva fisiológica y biomecánica. La ética del deporte es, por el contrario, una disciplina que sigue sin encontrar el tratamiento y el reconocimiento académico que merece. Son muchos los planes de estudio de las facultades españolas de Ciencias de la Actividad Física y el Deporte (CAFE) de los cuales está exenta. Sigue tratándose de un sector intelectual inmerecidamente desatendido.
Es un craso error no tomar conciencia de la enjundia moral del deporte. Cualquier reflexión filosófica del deporte tiene que mostrar su relación con la condición humana. Entonces resultaría clara la razón por la cual el deporte interesa a tantas personas. Aranguren afirma que el deporte es una forma de acción y de comportamiento humano, por esta razón forma parte del ámbito de la ética.7 De hecho, esta es la materia más relevante de la filosofía del deporte; los problemas éticos son indisociables de la existencia y de la práctica del deporte, de una preocupación esencialmente filosófica.8
El deporte plantea un amplio espectro de problemas antropológicos, morales y sociales. Es necesario recordar que la moral y la praxis humana están enlazadas y que, por lo general, las actividades deportivas implican interacciones personales. En nuestra cotidianidad proliferan las conversaciones que giran en torno a debates de esta índole. Del mismo modo que ocurre con todas las prácticas sociales, el deporte presenta temas morales de gran interés. En contra de una opinión muy extendida, la dimensión moral del deporte no es un asunto baladí. Se trata de un campo social donde se mediatizan relevantes desencuentros éticos. En él se discuten las fronteras entre lo lícito y lo ilícito, lo aceptable y lo inaceptable. El deporte es algo más que un mero instrumento para obtener fama y fortuna o una actividad relativamente trivial para divertirnos. Como muestran los titulares periodísticos, el deporte plantea trascendentes disputas morales.9 Sin duda, el mundo del deporte contiene demasiadas conductas inmorales. Tenemos motivos de sobra para enjuiciar con severidad los derroteros que ha seguido una parte de nuestro sistema deportivo. A menudo existe un acusado trecho entre los valores declarados y la actuación de los agentes deportivos. A juzgar por los hechos, algunas de sus múltiples facetas merecen nuestra desaprobación moral. Por esta razón, valoramos positivamente la creación de un Observatori Crític de l’Esport por parte de la UAB.
Mi labor consiste en pensar el deporte a partir de un ideal moral. Esto implica analizar con mirada crítica aquellas formas deportivas que responden a causas reprochables. También se trata de discernir las condiciones que hacen del deporte una praxis humanizadora. Pretendo dilucidar qué es el buen deporte con el fin de que nos enriquezca moralmente. Su legitimidad social reposa en valores morales. Sófocles nos mostró —en su Antígona— que la legitimidad y la legalidad a veces no COInciden. Como bien sabemos, no pocas veces las leyes son injustas. Citemos a Attali:
El deporte jamás suscitó tantas dudas y tantas esperanzas, inspiró tantos despechos y ofreció tantas promesas. Jamás tampoco la afirmación de sus valores pareció tan fuerte. Nunca como ahora el análisis pareció tan necesario en un momento donde el discurso no proporciona otros argumentos que la única repetición de los eslóganes.10
Por este motivo, la filosofía debe trazar los límites éticos que todos los integrantes del mundo deportivo tienen que conocer y respetar. Su misión es dibujar el horizonte que guía nuestra praxis deportiva. En suma, se trata de aprender a vivir el deporte de forma inteligente.
Debemos reconocer que el deporte puede reportarnos lecciones magistrales, alimentando nuestro espíritu con savia moral. La filosofía del deporte plantea cuestiones que van más allá del deporte en sí mismo. Por ejemplo, recapacitar sobre el valor concedido al énfasis en ganar puede permitirnos esclarecer el sentido moral de la competitividad en el mundo laboral o universitario. Por otro lado, la investigación sobre la condición del juego limpio en el deporte ayudará a mejorar nuestra intelección del papel de la justicia a nivel social. De hecho, porque muchos de nuestros valores más esenciales —como la imparcialidad y la honestidad— a menudo son absorbidos mediante la práctica deportiva, las implicaciones de un estudio sobre la axiología del deporte van más allá del interés intrínseco relativo a los participantes y aficionados.11
Muy lejos de ser una actividad neutra o aséptica, el deporte nos permite entender mejor la moralidad. Desde hace años asistimos a una creciente tendencia a plantearnos preguntas relativas a su dimensión moral. ¿Cómo puede contribuir la filosofía a pensar el deporte y sus valores morales? La filosofía del deporte examina la naturaleza de los valores, principios y normas que deben regir la praxis deportiva, es decir, evalúa lo que esta debería ser. Así, por ejemplo, analiza el modo en que el deporte atenta contra la dignidad humana. También elucida las razones por las cuales se ha convertido en una de las grandes expresiones de nuestras sociedades. Debemos reconsiderar su función psicosocial, cómo incide en el sentido de nuestras vidas. Al fin y al cabo, se trata de contribuir a que la población tenga una adecuada comprensión y vivencia del deporte.
El deporte es un buen pretexto para hablar de la sociedad y del ser humano. De hecho, mi reflexión ética estará acompañada de elementos procedentes de la historia y la sociología, ciencias sociales que aportarán un complemento descriptivo y explicativo necesario a mi perspectiva desiderativa y prescriptiva. Esto significa que la aproximación que propongo al deporte tendrá un carácter interdisciplinar. Examinar nuestra realidad sociodeportiva será un paso indeclinable para apreciar la brecha entre lo que es y lo que debería ser. Solo podremos identificar los problemas que afectan al deporte si lo iluminamos moralmente. Al fin y al cabo, todo fenómeno político, económico y social entraña una cuestión moral, a saber: todos los estudiosos del hombre y de la sociedad llevan a cabo un acto moral e incluso político.12
No quiero finalizar este capítulo sin expresar mi gratitud a una serie de personas. En primer lugar a mi padre y a mi abuela. Por supuesto a Francesc Torralba, que me propuso escribir esta obra. También a Santi Bravo, Conrad Vilanou, Meritxell Bellatriu, Miquel Saumell, Adriana Bernet, Josep Palau, Alicia Flores, F. J. López Frías, Martí Turró, Clàudia Turró, Marc Pepiol, Xavier Garriga, Pere Garriga, Daniel Genís, Luisón Gómez, Mònica Oriol, Antoni Bosch-Veciana, Eugeni Remartínez y Francesc Sauquet.
GUILLEM TURRÓ ORTEGA
Les Botigues de Sitges
Enero de 2016
APROXIMACIÓN AL HOMO DEPORTIVUS POSMODERNO
Sería una insensatez desdeñar el peso del deporte en nuestros días. Se trata de una realidad que tiene que reclamar nuestra atención reflexiva. No debemos olvidar que es uno de los signos de nuestro tiempo, un espacio donde se escenifican muchos símbolos, creencias y sueños que articula nuestra Weltanschauung. De hecho, desempeña un papel destacable en la vida de millones de personas en todo el mundo. No solo ha influido en nuestro modo de ver las cosas, también ha puesto de relieve valores sociales, políticos y económicos relevantes. El deporte es un «hecho social total» (Mauss), un subsistema social enlazado con muchos subsistemas. Está presente en todos los dominios de la sociedad, revistiendo destacadas implicaciones ideológicas, económicas, culturales, físicas o tecnológicas.
Estudiar el deporte equivale a conocer mejor nuestras palpitaciones sociales. Es otra manera de sondear las transformaciones de las últimas décadas y, especialmente, el tránsito de la modernidad a la posmodernidad. El deporte encarna aspiraciones tan importantes como el prestigio meritocrático, la igualdad de oportunidades, el ascenso social, el éxito individual o la competitividad. Su popularidad radica en su capacidad de expresar grandes ideales de nuestras sociedades democráticas. Son muchos los campeones que han saboreado las mieles de la gloriaa pesar de proceder de un entorno socioeconómico desfavorable.13
Como escribe Durán:
El deporte reflejaría el avance de una sociedad cada vez más abierta, que valora a los individuos más por los méritos y esfuerzos personales que por las ventajas que nos llegan regaladas por nacimiento y herencia.14
Las estrellas deportivas personifican una serie de valores morales y sociales; sus triunfos son interpretados como la combinación de dos elementos, a saber: un talento natural especial y un mérito personal cimentado en el sacrificio. Los dones de Roger Federer, LeBron James y Lewis Hamilton nos fascinan por su excepcionalidad. Pero sus aptitudes naturales son condiciones necesarias aunque no suficientes para alcanzar el cénit de su gloria. Su estatuto de campeones ha sido conquistado después de muchas horas de entrenamiento.15
Ante todo, el deporte es un tipo de actividad física que ejecutamos individual o colectivamente. Consiste en afrontar determinadas dificultades mediante un esfuerzo físico, mental y espiritual, y tiene como gran incentivo la satisfacción de conseguirlo. Así pues, conviene impedir que la imagen general del deporte quede absorbida por el deporte-espectáculo. La figura del deportista de élite y mediático no debería ser el único punto de referencia para todos aquellos que desean iniciarse en el deporte. El continente deportivo no es unidimensional, presenta un sinnúmero de matices y tonalidades. De hecho, engloba un amplio espectro con perfiles tan dispares como el ejecutivo que practica BTT, la señora que asiste a las sesiones de Body Pump, la chica que compite en una liga de hockey sobre hierba o el jubilado que juega a la petanca.
Los hábitos deportivos evolucionan en consonancia con una sociedad en la que los valores son mudables. Después de haber adquirido un determinado estándar de prosperidad material y de seguridad física, el individuo posmoderno modifica sus prioridades axiológicas. Es decir, van consolidándose los valores posmaterialistas, aquellos relacionados con el bienestar, la autoexpresión y la autorrealización, que acentúan el individualismo de los ciudadanos de las sociedades industriales avanzadas (Inglehart). El deporte es un elemento importante en nuestro estilo de vida, una praxis abierta y dinámica que cada vez tiene más adeptos. Encaja con las sensibilidades, aspiraciones y necesidades de los individuos posmodernos.
Al margen de distinciones de edad, sexuales, étnicas, religiosas o sociales, el deporte nos ofrece la oportunidad de mejorar nuestra calidad de vida. Habida cuenta de que el cuerpo humano está predispuesto al movimiento, el deporte nos permite desarrollar nuestras posibilidades funcionales; aún más cuando nuestros hábitos son sedentarios y, por lo tanto, poco higiénicos. El deporte también contribuye a reducir de forma considerable las consecuencias del envejecimiento. Todos los informes sociológicos corroboran el aumento del número de personas que practican deporte en su tiempo de ocio. Evidentemente, nos referimos a aquella esfera vital que los griegos denominaban skholé y los latinos otium, en la cual el ser humano —exonerado de las constricciones del nec-otium— busca su mejor versión. Cagigal escribe:
El deporte como ocio activo es una ocupación, una diversión, un esfuerzo y a la vez un descanso principalmente psíquico. Todas ellas actividades —y, con su repetición, hábitos— frente a la frustración del tedio, de la masificación, del gregarismo, del hacinamiento.16
No hacen falta capacidades psicofísicas portentosas para ser deportista. El deporte no es un patrimonio exclusivo de una minoría de hombres y mujeres superdotados. A sabiendas de los beneficios que les puede reportar, son muchos los españoles que realizan asiduamente actividades físicodeportivas. Durante 2014 dirigí un estudio para la cátedra Ethos de la Universitat Ramon Llull centrado en el capital social y moral de los usuarios de los centros deportivos municipales de Barcelona. La información recogida corrobora nuestras hipótesis. Un porcentaje elevado de los entrevistados reconocía que su salud psicofísica y social había mejorado. Incluso alguno ponderaba las cualidades relajantes del aquagym aduciendo que se reconciliaba con su estado intrauterino, cuando vivía inmerso en una bolsa de líquido amniótico en estado de ingravidez.
Es innegable el carácter poliédrico del deporte posmoderno, entretejido con algunos elementos de las sociedades actuales. Hacemos deporte por motivos muy diversos: la necesidad de esparcimiento al aire libre, el deseo de expansión física y psicológica, el espíritu aventurero, una sana condición psicofísica, una sensibilidad hedonista, el refinamiento estético y la apariencia corporal, el cultivo de la sociabilidad, la cultura narcisista, el interés turístico, el deseo de integración, etc. El deporte tiene una función desrutinizadora (Elias), nos rescata de una agobiante maraña hecha de ataduras y crispaciones. Muy a menudo, nos permite oxigenarnos y descargar las tensiones acumuladas, recuperándonos del cansancio laboral. Inmersos en una sociedad tan compleja como opaca, el deporte nos ofrece la posibilidad de revitalizarnos gracias a la sencillez y la autenticidad.
Las bondades deportivas nos ofrecen la regeneración mental y una vida más llevadera. Mediante la descarga de endorfinas, dopamina y serotonina contrarrestamos estados de depresión, de estrés o de ansiedad. Temporalmente nos liberamos de la jaula de hierro (Max Weber) en la que muchos estamos atrapados. Es también una forma de ver reconocidas nuestras capacidades en una activida voluntariamente elegida. Gracias al deporte podemos sentirnos protagonistas de nuestra vida, experimentarnos como individuos activos y con iniciativa.
El deporte puede devenir un espacio de creatividad y realización personal, valorando nuestra particular forma de ser. En otros casos también funciona como un medio de escape ante situaciones vitales conflictivas. Son muchos los que lo utilizan para huir de algunos de sus problemas, ya sean familiares, laborales o existenciales. Es mucho más fácil e ilusionante invertir energías en el running que plantar cara a los sinsabores de la vida. Tal actitud quedaría reflejada en el título del libro de Chema Martínez, No pienses, corre. Este fondista es un gran referente para muchos runners españoles.
En este sentido, podemos referimos al galopante incremento que están experimentando deportes aeróbicos como el mismo running, el ciclismo, la natación o el triatlón. Una miríada de personas ha hecho de estas prácticas un estilo existencial e incluso el centro de su proyecto felicitario. Derrochan esfuerzos psicofísicos buscando mejorar su rendimiento, consiguiendo lo que tiempo atrás era inimaginable, especialmente aquellos que con anterioridad no habían practicado ningún deporte de forma regular y continuada. Según su parecer, la mejor manera de crecer como persona es venciendo el miedo y avanzando hacia nuevas metas. Vivir intensamente significa para ellos atreverse a trascender las propias limitaciones y alcanzar la cúspide de sus propias posibilidades; se imponen nuevos desafíos con el fin de superarse y obtener una recompensa en forma de honda satisfacción; su éxito es plantearse nuevos hitos para los cuales se entrenarán con ahínco. En su caso, el deporte configuraría un ethos como horizonte de plenitud, una parte nuclear de su identidad personal. Su fervor competitivo —más o menos pronunciado— los llevará a participar en pruebas, algunas de las cuales pueden ser de extrema dureza (pensemos en las de ultraresistencia como las ultratrails o los ironman). No olvidemos cómo Coubertin definió el deporte: «Culto habitual y voluntario del ejercicio muscular intensivo, apoyado en el deseo de progreso y pudiendo llegar hasta el riesgo».
Con estas prácticas pueden cultivar o reforzar valores como el esfuerzo, el sacrificio, la firmeza mental, el trabajo duro, la tenacidad y la confianza, todos ellos imprescindibles para alcanzar determinados objetivos vitales. De acuerdo con este desiderátum, Reebok apostó, en una de sus campañas publicitarias, por el espíritu de superación. Su intención era homenajear a la voluntad de aquellos que convierten su actividad deportiva en un esfuerzo agónico. El lema de la campaña era toda una declaración de principios: «Be More Human».Nos decía que hacemos deporte para mejorar como líderes, como padres y madres, al fin y a la postre, para mejorar humanamente, para ser más fuertes y decididos, personas preparadas para todo; también para honrar el potencial de nuestro cuerpo y afilar nuestra mente para alcanzar una mejor versión de nosotros mismos. Como bien sabemos, el deporte nos prepara para andar por la vida fortaleciendo nuestro cuerpo y nuestra alma. Cortina ha escrito:
Recuperando el significado deportivo del término castellano, el individuo alto de moral es el que sigue un entrenamiento, el que a lo largo de su vida va ejercitándose para poder responder con gallardía a los retos vitales.17
Son muchos los que practican deporte con el fin de sentir emociones excepcionales y conocerse mejor. Se trata de una forma diferente de vivir que incide directamente en nuestros hábitos cotidianos, ya sean alimenticios o de ocio nocturno. Rivalizando consigo mismos, echan un pulso a sus límites físicos y mentales. Invirtiendo energías con la mirada puesta en un reto, aspiran a modificar el curso de su existencia. Mediante la superación de estos desafíos podrán inyectar sentido a su vida. En cualquier caso, tratan de demostrarse que son capaces de conseguir algo excepcional.
En El hombre en busca de sentido, Frankl escribe que la tensión de esforzarse y luchar por una meta valiosa es inherente al ser humano. Si para muchos de nosotros la salvación está en nuestro yo, convertirse en finisher de una maratón puede ser un punto de inflexión en nuestro camino existencial. Emil Zátopek, una de las leyendas de la historia del atletismo, dijo: «Si quieres correr, corre una milla. Si quieres cambiar tu vida, corre un maratón». O como escribió Thoreau: «Lo que consigues con el logro de tus metas no es tan importante como aquello en lo que te conviertes con el logro de tus metas».
En cualquier caso se trata de un fenómeno no exento de ambigüedad, susceptible de ser interpretado —al menos en parte— como un ascetismo posmoderno con ciertas dosis de narcisismo y vanidad. A esta situación contribuye directamente la gran influencia que tienen las redes sociales. Exhibiendo sus logros (sin que falten las famosas selfies), buscan compartir su evanescente gloria con sus compañeros telemáticos a fin de singularizarse y alimentar su ego. Gracias al reconocimiento de sus méritos podrán reafirmar su dignidad, respeto, autoestima o reputación social. Resulta moralmente cuestionable, es evidente, que una parte de estos deportistas se rijan más por una motivación extrínseca que intrínseca.
El auge de la actividad deportiva tiene considerables repercusiones económicas. No dejan de multiplicarse las carreras y la participación en ellas. Las grandes compañías de productos deportivos —como Nike, Adidas o ASICS— han engrosado ampliamente su facturación. Así, por ejemplo, la explosión del running ha representado que la marca japonesa ASICS venda millones de zapatillas cada año. Incluso existen carreras coorganizadas por marcas como Nike. Este sería el caso de las dos pruebas de 10 km urbanos más multitudinarias del calendario hispánico: la San Silvestre Vallecana (Madrid) y la Cursa Bombers (Barcelona). De lo que no estamos tan seguros es de que estos runners prediquen con el lema que forma el acrónimo ASICS: anima sana in corpore sano.
No podemos soslayar los efectos negativos que algunas de estas prácticas pueden acarrear para la salud de quienes las practican, sobre todo si se llevan a cabo sin supervisión médica y técnica. Una situación que se verá agravada debido a que algunos de ellos consumen sustancias nocivas con el fin de mejorar su rendimiento. Sería el caso de todos aquellos que persiguiendo sus límites asumen desafíos descomunales para los cuales no están preparados. En el transcurso de los últimos años la cifra de muertos empieza a ser preocupante. No podemos descartar que algunos de ellos —cautivados por las gestas de Kilian Jornet— soñaran con emular sus proezas, como tampoco que aquello por lo que merece la pena vivir sea también un motivo para dejar de hacerlo.
En el microcosmos deportivo se teatralizan aspectos muy significativos de nuestro Zeitgeist. Hace años Adidas lanzó una campaña de publicidad con el eslogan «Impossible is nothing». Su éxito comercial respondió en gran medida a expresar una filosofía de vida y deportiva compartida por muchas personas. Como nos dijera Durkheim, uno de los rasgos de nuestras sociedades es soñar con lo imposible. Fue Oswald Spengler quien distinguió entre el alma apolínea y el alma fáustica. En esta misma línea encontramos a Josef Ajram, triatleta y coach, que ha explicado las claves de su éxito en obras como Prepárate para triunfar. Las cifras de seguidores en las redes sociales y de lectores indican que Ajram se ha convertido en un referente para muchas personas. Entre sus tatuajes hay dos que resumen su leitmotiv vital: una frase en el pecho, «no sé dónde está el límite, pero sí sé dónde no está», y el símbolo de π en el brazo, un número irracional que contiene infinitas cifras. En solo un año el libro ¿Dónde está el límite? ya había agotado trece ediciones. Según esta filosofía de vida, nada puede impedirnos conseguir lo que nos propongamos.
Fijémonos también en la proliferación de los deportes de aventura y de riesgo practicados en toda clase de medios, ya sean terrestres, aéreos o acuáticos. En muchos casos estos deportistas —adictos a las descargas de adrenalina— son sujetos que no retroceden ante el riesgo y las situaciones extremas, incluso explorando las misteriosas fronteras entre la vida y la muerte. Actividades que les proporcionarán sensaciones intensas, algo muy parecido a una sustancia que convierta la vida en una experiencia vibrante. Lacroix afirma que estas modalidades deportivas son un exponente del culto posmoderno a las emociones:
De la misma manera que el que se droga huye del mundo real en un viaje narcótico, nos intoxicamos con experiencias emocionales. O bien nos lanzamos a los deportes de riesgo. Existen muchos signos que indican que los aficionados a estos deportes obedecen a la necesidad de movilizar su coraje hacia alguna cosa heroica.18
En algunos casos expresan una actitud temeraria, impropia de una persona sensata. Aristóteles dijo que la temeridad consiste en exponerse a peligros y riesgos innecesarios.
