Eutanasia: falacia de morir con dignidad - Gilberto Gamboa Bernal - E-Book

Eutanasia: falacia de morir con dignidad E-Book

Gilberto Gamboa Bernal

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Colombia es el país donde por primera vez se legisló sobre eutanasia en América Latina y el Caribe, en el sentido de despenalizar o legalizar su práctica. La novedad del caso colombiano está en la vía jurídica mediante la cual se despenalizó el "homicidio por piedad", denominación tipificada en el Código Penal para la eutanasia. La eutanasia en Colombia se despenaliza mediante una sentencia de la Corte Constitucional, máximo organismo del poder judicial del país, sin pasar antes por el Congreso de la República (rama legislativa). Este artilugio jurídico fue el mismo que se utilizó en los EE. UU., en la década del setenta del siglo pasado, para hacer ver el aborto como si fuera un derecho derivado de la Constitución (caso Roe vs. Wade), que sin embargo fue corregido por la misma Corte Suprema de ese país en 2022. En la sentencia Dows vs. Jackson se indica que el aborto no es un derecho constitucional y que los organismos judiciales no son competentes para regular sobre esa materia y sobre otras análogas. Una de ellas es la eutanasia. El presente estudio incluye los siguientes elementos. Una introducción donde se expone parte de la historia de la eutanasia, y se explica la terminología relacionada con ella. Algunos argumentos a favor de la eutanasia son examinados para mostrar lo que hay detrás de cada uno y concluir por qué su práctica no es una buena idea. En la parte central del libro se hace una reflexión sobre la valoración ética que se puede hacer del acto eutanásico. Posteriormente se ofrecen unas reflexiones sobre la cultura de la muerte, pero sobre todo del sentido que el sufrimiento puede tener para el ser humano. Antes de las conclusiones el lector encontrará dos ensayos sobre la eutanasia en el mundo y en Colombia, que procuran aportar datos para una mejor comprensión de la situación. En el último capítulo se incluye un estudio breve sobre lo que dicen las religiones de la eutanasia. Las conclusiones se aprovechan para mostrar cómo la medicina paliativa y los cuidados paliativos son el mejor recurso médico que hace innecesario el que alguien pueda plantearse la aplicación de la eutanasia. Además, se explica qué son las voluntades anticipadas y la objeción de conciencia.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Editorial NUN

Es una marca de Editorial Notas Universitarias, S. A. de C. V.

Xocotla 17, Tlalpan Centro II, alcaldía de Tlalpan, C. P. 14000, Ciudad de México

www.editorialnun.com.mx

D. R. © 2023, Editorial Notas Universitarias, S. A. de C. V.D. R. © 2023, Gilberto A. Gamboa Bernal

Versión impresa ISBN: 978-607-59598-7-0Versión digital ISBN: 978-607-59598-8-7

El contenido de este libro es responsabilidad de los autores

Comentarios sobre la edición a [email protected]

Derechos reservados conforme a la ley. No se permite la reproducción total o parcial de esta publicación, ni registrarse o transmitirse, por un sistema de recuperación de información, por ningún medio o forma, sea electrónico, mecánico, fotoquímico, magnético o electro-óptico, fotocopia, grabación o cualquier otro sin autorización previa y por escrito de los titulares del Copyright.La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 229 y siguientes de la Ley Federal de Derechos de Autor y arts. 242 y siguientes del Código Penal)

Dirección editorial y diseño de portada: Miryam D. Meza RoblesCuidado de edición: Felipe G. Sierra BeamonteLectura de pruebas: Esteban Manteca AguirreCorrección de estilo: Óscar Díaz ChávezFormación: Carlos A. Vela TurcottVersión digital: Daniel P. Estrella AlvaradoImagen de portada: Shutterstock Vector DE: 2217257003 de Max Engine

Impreso en México

Índice

Prólogo

Introducción. Un poco de historia

1. La cuestión de los términos

2. Lo que hay detrás de los argumentos a favor

3. Por qué la eutanasia no es una buena idea

4. Valoración ética del acto eutanásico

5. La cultura de la muerte en el gremio médico y el sentido del sufrimiento

6. La eutanasia en el mundo

7. La eutanasia en Colombia

8. La religión y la eutanasia

Conclusiones

Anexos

El Royal College Physicians aclara su posición sobre la muerte asistida

Declaración de la Junta Directiva y el Consejo de Presidentes de la Federación Médica Colombiana sobre la Eutanasia

Declaración de la Academia de Bioética Santiago de Cali sobre Eutanasia

Pronunciamiento de la Fundación Colombiana de Ética y Bioética contra el adelantamiento de la muerte de cualquier miembro de la familia humana

Declaraciones de la Academia de Medicina de Medellín sobre Eutanasia

Academia de Medicina de Medellín

Referencias

Prólogo

Colombia es el país donde por primera vez se legisló sobre eutanasia en América Latina y el Caribe, en el sentido de despenalizar o legalizar su práctica. A partir de esta afirmación se pueden exponer algunas cuestiones, en concreto dos, que pueden servir de prólogo de este trabajo de investigación y reflexión: ¿por qué es importante conocer el “caso colombiano” sobre la eutanasia en el contexto continental y mundial? Y ¿por qué se afecta la cultura con prácticas que a primera vista son contrarias a ella?

La eutanasia hace su aparición como práctica regulada jurídicamente, primero despenalizada y luego legalizada, en los Países Bajos en la década de los ochenta del siglo xx.[1] Con cierta rapidez la iniciativa regulatoria se extendió a Inglaterra, Luxemburgo, Francia, Italia, España, Suiza y algunos estados de los EUA. En América Latina y el Caribe, Colombia es el primer país donde se inicia este empeño de hacer legal algo que los médicos no deben hacer,[2] esto ocurre en 1997.

La novedad del caso colombiano está en la vía jurídica mediante la cual se despenalizó el “homicidio por piedad”, denominación tipificada en el Código Penal para la eutanasia. Como se explicará en el capítulo correspondiente, la eutanasia en Colombia se despenaliza mediante una sentencia de la Corte Constitucional, máximo organismo del poder judicial del país, sin pasar antes por el Congreso de la República (rama legislativa).[3]

Este artilugio jurídico fue el mismo que se utilizó en los EUA, en la década del setenta del siglo pasado, para hacer ver el aborto como si fuera un derecho derivado de la Constitución (caso Roe vs. Wade), que sin embargo fue corregido por la misma Corte Suprema de ese país en 2022. En la sentencia Dows vs.Jackson[4] se indica que el aborto no es un derecho constitucional y que los organismos judiciales no son competentes para regular sobre esa materia y sobre otras análogas. Una de ellas es la eutanasia.

Las iniciativas que se han presentado al Congreso de la República de Colombia desde 1998 (18 en total)[5] han naufragado, pues en su Constitución Política hay postulados claros que son violentados de manera frontal por esa pretensión; incluso se desea modificar la Carta Magna mediante una sentencia judicial y no por vía legislativa, al introducir una excepción a lo indicado en su artículo 11, que asegura de manera tajante que “el derecho a la vida es inviolable”.

La capacidad de una Corte Constitucional no puede ir más allá de lo que en la Constitución está consignado; por eso, la Corte colombiana extralimitó sus funciones cuando legisló y creó reglas que no están en la Carta Magna. La actividad de una Corte Constitucional está justificada cuando existen reglas constitucionales que se impugnan, contradicen, objetan o que simplemente es necesario, con fundamento real, mejorar o reemplazar. En el caso de Colombia no existe en su Constitución esa regla que justifique causar la muerte, previa petición del paciente terminal: la Corte presumió la existencia de un derecho constitucional a la eutanasia, e incluso lo tipificó como derecho fundamental.

Además, la Corte Constitucional colombiana ha venido modificando su propia jurisprudencia en lo relacionado al derecho a la vida, que se centraba en la primacía, inviolabilidad e indisponibilidad de este derecho que sí es fundamental, ya que no le es lícito a nadie realizar actos positivos de destrucción consciente de la vida de un semejante, incluso la suya propia. La sentencia sobre el homicidio por piedad fue al menos inequitativa ya que liberó al médico de la pena por el homicidio cometido a solicitud del enfermo que cursa una fase terminal de enfermedad, pero penalizó a cualquier otra persona que realice el procedimiento.

También la sentencia primigenia de esa Corte es arbitraria, ya que no se procede jurídicamente de la misma manera en el caso de que el profesional no cuente con el consentimiento del paciente porque no quiere, o no puede, expresar su voluntad. Por otro lado, un consentimiento para que sea válido debe ser expresado libremente, pero en una situación de dolor no controlado, de enfermedad terminal o incurable tal consentimiento está viciado de nulidad, pues carece de uno de sus presupuestos fundamentales, ya que el enfermo en esas circunstancias no es libre para tomar una determinación razonable: puede estar acosado y coaccionado por su enfermedad y sus efectos, por su entorno y por la presión social que lo considera un estorbo o un sujeto que consume unos recursos que se podrían emplear en pacientes con mejores perspectivas de vida, etcétera.

Esta manera antijurídica de proceder fue desenmascarada y corregida en el caso del aborto en los EUA. En la sentencia Dobbs vs. Jackson[6] se dejó claro que la Corte Suprema carece de autoridad para decidir sobre determinados asuntos (entre ellos el aborto), que corresponden a los representantes de los ciudadanos, en los poderes legislativo y ejecutivo. En el texto de esa sentencia se indica que el aborto no está sustentado por precepto constitucional ninguno, tampoco es parte de la tradición del país, ni se soporta en un derecho más amplio. También quedó manifiesto que las sentencias precedentes en el caso del aborto (Roe vs. Wade y Planned Parenthood vs. Casey) fueron extralimitaciones de las competencias de la Corte Suprema, pues lo propio de ella no es inventarse derechos que no están en la Constitución. Con la eutanasia ocurre exactamente lo mismo.

Este ejercicio de malabarismo jurídico, que se dio en los EUA y en Colombia, es muy aleccionador y debe ser conocido ampliamente para que otras democracias no incurran en los mismos errores y legislen por vías espurias, sobre la base de argumentos o pseudoargumentos con apariencia jurídica, pero que en el fondo están inficionados de ideologías antihumanas.[7]

Ahora es posible pasar a la segunda cuestión: ¿por qué se afecta la cultura con prácticas que a primera vista son contrarias a ella?

A lo largo de este libro se utiliza el término “cultura” y distintas denominaciones, como “cultura de la vida”, “cultura de la muerte”, etc., que requieren de algunas precisiones previas.

Por eso es necesario indicar qué se entiende por “cultura” y lo que significa un cambio en este terreno. Y es que después de la pandemia de covid-19, de la que hasta ahora la humanidad está saliendo parcialmente, se ha planteado que el mundo no será el mismo y que con ella se precipitaron unas transformaciones que llevan a pensar que no sólo se están produciendo cambios culturales, sino que el mundo está en un proceso de cambio de cultura.

“Cultura” es un término polisémico con el que se designan varias cosas. Según el diccionario de la rae las dos principales son: “Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”, y “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.”. En el fondo estas definiciones son complementarias en el sentido de que hace falta un conocimiento previo sobre algo, para luego enfocar el actuar del ser humano, y a las sociedades que conforma, en un contexto temporal de costumbres y manifestaciones humanas de todo tipo: laborales, artísticas, culturales, lúdicas, etcétera.

Esto implica que con el término cultura se entrelacen varios elementos: un conocimiento (de la propia realidad y del entorno), y unas acciones humanas (libres y ojalá responsables), que se producen en un marco temporal y social, las cuáles se plasman en modos de vivir que establecen costumbres. Es decir, cultura es el conjunto de lo producido por el ser humano y parte de los elementos que determinan su producción. Por tanto, toda cultura implica un ethos que hace posible la existencia humana y la coexistencia.

La cultura es pluriforme sobre una base común: la naturaleza humana; es una expresión comunitaria de conocimientos y valores que refleja otra característica clave del ser humano: su trascendencia (de lo individual a lo comunitario, de lo humano a lo divino, de la biografía a la historia). Por eso la cultura es dinámica y variada, nunca estática o uniforme, pero esto no quiere decir que prescinda de lo esencial y existencial del ser humano: o se fundamenta en ellos, o se hace una cultura antihumana o alienante. Ese dinamismo incluye también la capacidad de la cultura de ser dialogante, de asimilar cosas nuevas para cambiar y enriquecerse y así promover y ampliar lo verdaderamente humano.

Las anteriores características muestran con claridad que no se puede hablar de cultura en especies distintas del Homo sapiens: sólo el ser humano es capaz de cultura y de manifestaciones culturales; es un distintivo suyo y una cualidad que lo refleja y de alguna manera lo define. Aquello que es propiamente humano se manifiesta en la cultura y las manifestaciones culturales muestran lo humano, pero sólo cuando se corresponden a su naturaleza, también social.

Pero es patente que hay culturas y expresiones culturales que van en contra del ser humano o que no lo manifiestan verdaderamente, cuando esas expresiones y ese individuo actúan en contra de su esencia, de lo que es. Esto ocurre cuando se admiten ideas y creencias desvinculadas de la filosofía, de la antropología filosófica, dependientes sólo del interés individual, de las sensaciones y las emociones, que se traducen en prácticas deshumanizadoras, deshumanizantes o antihumanas. El libro gira en torno a dos tipos de cultura contrapuestos, que en algunos sectores no se reconocen como tales: la cultura de la vida y la cultura de la muerte.

Cultura de la vida

Antes de la revolución francesa, y en general del movimiento ilustrado, se tenía un concepto adecuado de lo que es la libertad en el ser humano. A partir de allí la libertad se desdibujó y fue paulatinamente reemplazada por la autonomía, y además hipertrofiada. Cuando se sumó este hecho a la idea malthusiana de la supuesta necesidad de controlar la población se empezó a poner la vida humana en peligro.

Estas ideas fueron convirtiéndose poco a poco en ideales para salvar el planeta de la “bomba de la población o explosión demográfica” y más recientemente para contrarrestar el cambio climático. La difusión del aborto como método de control natal y los efectos de la distribución global de la píldora anticonceptiva, como consecuencia de la revolución sexual en la década del sesenta del siglo xx, hicieron que floreciera la necesidad de defender al ser humano, proceso que cristalizó en la llamada cultura de la vida.

La defensa de la vida humana se ha fortalecido en las últimas décadas como consecuencia de varios factores que impactan al ser humano, a la sociedad, a la familia y a los gobiernos en todo el mundo: el evidente envejecimiento de la población; la disminución global de la fertilidad, que lleva a una crisis demográfica suicida; el incremento en el número de abortos, a pesar de su legalización en muchos países; la extensión del feminismo radical y de la llamada ideología de género. Es decir, a partir de volver a considerar el valor de cada vida humana se han realizado iniciativas privadas y públicas de defensa de la vida, que desembocan en la llamada cultura de la vida, que se yergue con valentía frente a la corrección política y mentalidad dominante (muchas veces hegemónica), casi siempre impulsada por gobiernos e instituciones multilaterales, que caracterizan desde hace algún tiempo a la cultura occidental.

Cuando se habla de cultura de la vida se hace referencia al aprecio por el don de la vida en general y de la vida humana en particular, que se traduce en acciones a favor del matrimonio y de la familia, de la mujer y de los más débiles y vulnerables, así como también de la protección del medio ambiente.

Otros ámbitos que caracterizan a la cultura de la vida son recordar verdades y certezas, señalar las manifestaciones del escepticismo y el relativismo que tienden a desdibujar los fundamentos de la filosofía y de la ética; desenmascarar engaños y eufemismos, denunciar los atropellos que el ser humano sufre por parte de sus semejantes cuando minan su dignidad e irrespetan su condición creatural. La cultura de la vida lleva también a promover iniciativas de servicio directo a las personas que lo necesitan y al medio ambiente: ayuda a madres cuyo embarazo supone un problema, acompañamiento a ancianos y enfermos, acogida a menores sin hogar o con familias disfuncionales, labores de enseñanza en distintos niveles, también protección ambiental con campañas de reciclaje, de recolección de basuras, etcétera.

Cultura de la muerte

Por “cultura de la muerte” se entiende una manera de ver al ser humano y al mundo, que fomenta la destrucción de la vida humana y se plasma en realidades sociales. El progreso científico y tecnológico, pero no sólo éstos, han hecho surgir nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, que delinean y consolidan una nueva situación, inédita y preocupante: amplios sectores de la opinión pública justifican atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual. Es un fenómeno que se fortaleció en el siglo xx, caracterizado por un profundo desprecio por la vida humana, que no se quedó sólo en los millones de muertos ocasionados por las dos guerras mundiales y por los conflictos armados en diversas latitudes del globo.

Su extensión en el tiempo y en el espacio, consecuencia de la resonancia de los medios de comunicación, hacen que esa forma de percibir la vida humana y la posibilidad de instrumentalizarla o de intervenir sobre ella se refleje en conductas proclives a la supresión de seres humanos por considerarlos como innecesarios, enemigos, sobrantes, excluidos, sin dignidad, sin calidad de vida, etc. Estas conductas están soportadas por varias ideologías.

Cuando, al inicio del siglo xxi, Donald de Marco y Benjamín D. Wilker escribieron el libro Arquitectos de la muerte, tuvieron en el panorama varias realidades que eran evidentes en el final del siglo xx y lo siguen siendo al inicio del actual: aborto, eutanasia, técnicas de reproducción asistida, fabricación de embriones humanos, utilización de éstos para congelación y experimentación, maternidad subrogada, etc. Ellos visualizaron la cultura de la muerte como un criterio unitario que lleva a interpretar la realidad de una manera particular.[8]

Lo llamativo de esa manera de mirar el mundo es que, por influencia del poder político y de los medios de comunicación, tal cultura ha procurado justificarse e imponerse por la vía jurídica, reinterpretando los derechos humanos y creando otros nuevos, estableciendo leyes sin el suficiente soporte racional, impulsando políticas y cambios sociales, y condicionando ayudas económicas para que esas políticas sean asumidas por los países del tercer mundo.

Otra característica particular es que quienes enarbolan esas doctrinas que constituyen la cultura de la muerte muchas veces no son conscientes de las argumentaciones peregrinas que intentan darle piso racional, sino que se dejan llevar sólo por buenas intenciones (muchas veces sinceras) y se convencen de estar prestando un gran servicio a la humanidad y al planeta.

Para construir la cultura de la muerte se dan cita unas ideas sobre el ser humano y sobre el mundo que se pueden resumir en las siguientes: el ser humano no es una realidad creatural; la voluntad es una facultad omnímoda; el sufrimiento es intrínsecamente inhumano; el evolucionismo es una verdad científica; la alienación humana se supera con la utopía, donde el individuo está al servicio de la sociedad; la existencia está por encima de la esencia; la maternidad y la familia son mitos que deben ser destruidos; el placer sexual es un fin y no un medio; el sexo no es una realidad biológica y debe desligarse de la procreación; el deseo de morir justifica cualquier medio para terminar con la vida.

Otro aspecto nocivo de esa forma de ver al ser humano y al mundo, que además es sumamente preocupante, es el desorden que se instaura en la vida conyugal cuando los padres pierden el horizonte de ser colaboradores en la transmisión de la vida, con la consecuente disolución del binomio entrega matrimonial y procreación. Y es muy preocupante porque esa forma de ver la vida lleva necesariamente a la destrucción de la institución familiar, base de toda sociedad.

Éstas y otras ideas muestran que en la base de la cultura de muerte hay un vacío enorme de realismo antropológico: si el ser humano no es capaz de percibirse como es en realidad (y percibir a sus semejantes), no puede conducirse con respeto, ni tratar con dignidad a él mismo y a quienes tiene a su alrededor. Tal vez es ésta la consecuencia más nefasta de una cultura que, como la de la muerte, se construye sobre bases filosóficas falsas, erróneas o ambiguas.

El presente libro se centra en la eutanasia. Luego de una introducción donde se expone parte de la historia de la eutanasia, se pasa a la terminología relacionada con ella. Algunos argumentos a favor de la eutanasia son examinados para mostrar lo que hay detrás de cada uno y concluir por qué su práctica no es una buena idea. En la parte central del libro se plantea una reflexión sobre la valoración ética que se puede hacer del acto eutanásico. Posteriormente se ofrecen unas reflexiones sobre la cultura de la muerte, pero sobre todo del sentido que el sufrimiento puede tener para el ser humano.

Antes de las conclusiones el lector encontrará dos ensayos sobre la eutanasia en el mundo y en Colombia, que procuran aportar datos para una mejor comprensión de la situación. En el último capítulo se incluye un estudio breve sobre lo que dicen las religiones acerca de la eutanasia. Las conclusiones se aprovechan para mostrar cómo la medicina paliativa y los cuidados paliativos son el mejor recurso médico que hace innecesario el que alguien pueda plantearse la aplicación de la eutanasia. Además, se explica qué son las voluntades anticipadas y la objeción de conciencia.

Como anexos, el libro trae algunos de los pronunciamientos que sobre la eutanasia han hecho la Asociación Médica Mundial, el Royal College Physicians, la Federación Médica Colombiana, la Academia de Bioética Santiago de Cali, la Fundación Colombiana de Ética y Bioética (Fuceb), y la Academia de Medicina de Medellín.[9]

El autor

[1] R. Cohen-Almagor, “‘Culture of Death’ in the Netherlands: Dutch Perspectives”, Issues in Law and Medicine, 2001, 17(2): 167-179.

[2] Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid, “La objeción de conciencia en la profesión médica”, 2023. Disponible en <https://www.icomem.es/adjuntos/adjunto_4310.1672836071.pdf> Consulta: 16 de enero de 2023.

[3] G. Gamboa-Bernal, “Itinerario de la eutanasia en Colombia. Veinte años después”, en Persona y Bioética, 2017, 21(2): 197-203. DOI: 10.5294/pebi.2017.21.2.1

[4] G. Gamboa-Bernal, “Derogada la sentencia Roe vs. Wade”, en Persona y Bioética, 2022, 26(2): e2621. DOI: 10.5294/pebi.2022.26.2.1

[5] <https://congresovisible.uniandes.edu.co/proyectos-de-ley/eutanasia>

[6] Jackson Dobbs vs. “Women’s Health Organization”, Oyez. Disponible en <www.oyez.org/cases/2021/19-1392>. Consulta: 30 de junio de 2022.

[7] J. R. Ayllón, El mundo de las ideologías, Madrid, Homo Legens, 2019.

[8] B. Wilker y D. de Marco, Arquitectos de la muerte, Madrid, Ciudadela, 2007.

[9] Aunque la Academia de Medicina de Medellín forma parte de la Academia Nacional de Medicina, tiene una postura diametralmente opuesta a este organismo nacional: la Academia Nacional de Medicina de Colombia promueve activamente la eutanasia con el mal llamado “derecho a morir dignamente”.

Introducción

Un poco de historia

El siglo xx se caracterizó por un incremento sin precedentes de lo que podría denominarse “la cultura de la muerte”. Las dos guerras mundiales y los conflictos armados que diariamente se han hecho presentes en distintas latitudes y que se reflejan con una celeridad cada vez más vertiginosa en los titulares de los medios de comunicación, marcaron ese siglo. El primer cuarto del siglo xxi va por el mismo camino.

La opinión pública, zarandeada hasta el mareo, se va acomodando casi sin darse cuenta a realidades que golpean frontalmente la dignidad de la persona humana. Y esto porque tales informaciones tocan las fibras interiores de la sensibilidad, de la emotividad, del sentimiento. Sin embargo, es un hecho que se tiende a acostumbrarse frente a esas realidades.

Dentro de este clima proporcionado por la cultura de la muerte ha incursionado con gran fuerza, desde mediados del siglo xx, una realidad que haría palidecer a los pensadores más progresistas de antaño, porque no sólo existe una cultura de la muerte, sino también una cultura antivida.

Es cierto que en los siglos antiguos se han dado muestras palmarias de la barbarie humana, pero es difícil encontrar en la historia de la humanidad ideologías tan lesivas para el hombre mismo como las que han surgido a la luz en los últimos dos siglos y que han influido en las matanzas y vejámenes a los que se ha visto sometido el hombre de los últimos tiempos.

El progreso de la biotecnología haría pensar que el hombre ha mejorado sustancialmente, pero sus efectos se muestran cada vez más contrarios a su propio artífice. El hombre no se ha hecho mejor; la tecnología ahora es usada casi sin ningún control y sin las orientaciones que bien pueden proporcionar la ética y la bioética.

A la par con estos fenómenos se ha desarrollado otra anticultura que pretende conformar una civilización del bienestar, en la que el hombre alcanza una posición privilegiada cuando produce y consume y en la que conceptos tan profundos como dignidad, sentido, libertad, humanidad, etc., se desdibujan irremisiblemente.

Estas anticulturas van postulando pautas de acción y criterios que establecen qué vidas merecen la pena de ser vividas, cuáles tienen derecho a nacer y cuáles deben morir, cuáles son los estándares de felicidad y cuáles son las metas que debe trazarse el hombre.

Se ha reemplazado el fundamento por el fenómeno, la dignidad por la eficacia, la libertad por la autonomía, la cognición por la sensación; el bienestar se identifica con el consumo y con el placer, y en último término se renuncia al ser por el tener. Por todo esto, y mucho más, algunos autores han llamado a esta situación que vive el hombre actual el nuevo racionalismo irracional[1] (el primero fue inaugurado por Descartes), que tiene una necesaria consecuencia: la zoologización de toda la sociedad.[2]

En este ambiente surge con renovada fuerza una práctica que ya se observaba en la antigüedad, pero que ahora se procura justificar y hasta legitimar jurídicamente: la eutanasia.

Un repaso a la historia de la humanidad evidencia que en algunos pueblos se han practicado diversas formas de eutanasia.[3] Basta recordar la disposición que se hacía en la antigua Esparta de aquellos recién nacidos deformes; la costumbre era arrojar desde lo alto de la Roca Tarpeya, en la Roma Imperial, a los niños que sufrían algún tipo de tara –práctica que se extendió hasta su prohibición por el emperador Valente–. En aquellas épocas el suicidio era de buen recibo y se alababan las costumbres celtas de acelerar la muerte de sus ancianos, enfermos y heridos de guerra. Se han encontrado vestigios en tribus más primitivas que practicaban la eutanasia: los Bataki de Sumatra, los Aracán en la India, e incluso en Indochina y Brasil.

También, teóricamente, los clásicos de la cultura griega y latina justificaban con diversos argumentos la práctica de la eutanasia: Platón, en La República, dejó escrito: “Establecerán en el Estadio una disciplina y una jurisprudencia que se limite a cuidar de los ciudadanos sanos de cuerpo y de alma; se dejará morir a quienes no sean sanos de cuerpo”; y, cuando la utilidad política estaba de por medio, Aristóteles también aprobaba la práctica de la eutanasia.

Sin embargo, coetáneos suyos, Pitágoras, Hipócrates, Galeno y Cicerón, defendieron un respeto íntegro de toda persona humana, atribuyéndole un carácter sacro.

Algunos pensadores occidentales posteriores revelan en sus escritos, con algunas afirmaciones –por lo menos ambiguas–, justificaciones para la eutanasia, como es el caso de Bacon y de Locke. Pero la postura más radical frente a este tema la adopta a finales del siglo xix Nietzsche, quien señala la necesidad de liberar a la sociedad de todas las personas inválidas e incapaces, con lo que se constituye en el precedente próximo de las ideas y prácticas nazis.[4]

En el siglo xx empiezan a proliferar instituciones “proeutanasia”. En 1932, el presidente de la Society of Medical Officers of Heat, el doctor Millar, exigió la legalización del mercy-killing (“muerte por piedad”) y para intensificar esos esfuerzos se fundó la asociación exit en 1935, en la presidencia de Lord Moynihan, presidente del Real Colegio de Cirujanos. Esta misma asociación, luego con el nombre de Voluntary Euthanasia Society (ves), sigue impulsando en Inglaterra la legalización de la eutanasia y cuenta con unos 8 000 miembros. Desde 2005 toma el nombre de Dignity in Dying, para evitar que la eutanasia sea percibida como la única manera de alcanzar la dignidad en el morir.[5]

En 1938 se creó en los Estados Unidos de América una sociedad similar con el nombre de Euthanasia Society of America, que –como la inglesa– redactó sin éxito un proyecto de ley en 1974. Una de las asociaciones más activas del mismo género es la nvvve holandesa, creada en 1973, y que en 1993 logra la despenalización de la eutanasia en ese país.

En los Estados Unidos de América, en la década del setenta, empezó a extenderse una práctica que años antes había sido propuesta en la Gran Bretaña, el “living will” (o “testamento biológico o vital”): una declaración firmada delante de varios testigos en la que el interesado manifiesta que, en caso de padecer una enfermedad incurable y dolorosa, no se le deben aplicar medios terapéuticos extraordinarios para prolongar su existencia. Poco a poco, en diversos estados norteamericanos se fue aceptando la validez legal del “living will” y California fue el primer estado, en 1976, que aprobó una ley con la que se abrió paso al reconocimiento legal de algunas prácticas de eutanasia, aunque su intención inicial haya sido evitar el encarnizamiento terapéutico.

En 1984 se crea en Colombia la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente (dmd). En 1997 la Corte Constitucional resolvió declarar exequible el artículo 326 del decreto 100 de 1980 (Código Penal), pero advierte que el médico autor del homicidio por piedad no tendrá responsabilidad, pues su conducta estaría justificada. Además, exhortó al Congreso de la República para que, en el tiempo más breve posible, regule el tema de la muerte digna. Hasta el momento, los proyectos de ley para reglamentar esta práctica no han progresado en el Senado de la República.

Sin embargo, en 2015, el Ministerio de Salud, a instancias de la Corte Constitucional mediante la Sentencia T-970 cuya nulidad solicitó la Procuraduría,[6] emite la resolución 1216 de 2015, mediante la cual se dan “directrices para la organización y funcionamiento de los Comités para hacer efectivo el derecho a morir con dignidad”. Esta decisión fue a su vez demandada por la Procuraduría General de la Nación[7] y no ha tenido buen recibo por parte del cuerpo médico colombiano.[8]

Luego de esta brevísima y necesariamente incompleta reseña histórica pasaremos a exponer algunos puntos relacionados con la eutanasia, que panorámicamente serán los siguientes: algunas precisiones terminológicas, los elementos que constituyen un acto de eutanasia, los argumentos que se esgrimen a favor de ella y el hombre frente al sufrimiento y a la muerte.

[1] C. Troncoso Barría, “Racionalismo crítico e irracionalidad”, en Cuadernos de Filosofía, 2021, 27: 85-98. H. Marcuse, Ideologia da sociedade industrial, Río de Janeiro, Zahar, 1969. J. Maritain, De Bergson a Tomás de Aquino, Buenos Aires, Club de Lectores, 1983.

[2] A. Fogel, M. Lyra y J. Valsiner, (eds.), Dynamics and Indeterminism in Developmental and Social Processes, Nueva York, Psycology Press, 2014.

[3] A. Heidenreich, “Evolución de las ideas en Medicina”, en Revista de la Asociación Médica de Argentina, 2010, 123(2): 16-30.

[4] S. Schuster, “Reseña de Los que sobraban. Historia de la eutanasia social en la Alemania nazi, 1939-1945, de Götz Aly”, en Memoria y Sociedad, 2015, 19(38): 109-112.

[5] “New Pro-euthanasia Group Name row”, en BBC News, 23 de enero de 2006. Disponible en <http://news.bbc.co.uk/2/hi/health/4638766.stm>. Consulta: 24 de julio de 2022.

[6] La Procuraduría General de la Nación solicitó la nulidad de una sentencia de la Corte Constitucional que le ordena al Ministerio de Salud reglamentar la eutanasia. Disponible en <https://apps.procuraduria.gov.co/portal/Procuraduria-General_de_la_Nacion_solicit__la_nulidad_de_una_sentencia_de_la_Corte_Constitucional_que_le_ordena_al_Ministerio_de_Salud_reglamentar_la_eutanasia.news>. Consulta: 24 de agosto de 2022.

[7] El procurador Alejandro Ordóñez Maldonado demandó la resolución que reglamentó la eutanasia en Colombia. Disponible en <https://apps.procuraduria.gov.co/portal/Procurador-Alejandro_Ordonez_Maldonado_demand__la_resoluci_n_que_reglament__la_eutanasia_en_Colombia.news> Consulta: 24 de agosto de 2022.

[8] C. A. Gómez-Fajardo, ¿Y el deber de cuidar? Disponible en <http://www.periodicoelpulso.com/ediciones-anteriores-2018/html/1505may/opinion/opinion.htm>. Consulta: 24 de agosto de 2022.

1. La cuestión de los términos

El origen etimológico de “eutanasia” puede prestarse a no pocas ambigüedades y contrasentidos. Las raíces griegas éu (“buena”) y thánatos (“muerte”) aportan a la palabra eutanasia un significado que puede designar varias realidades. Es por esto que los diversos tratadistas se han puesto en la tarea de hacer una serie de distinciones que, aunque bien intencionadas, pueden llevar a la confusión.