Extrema derecha 2.0 - Steven Fori - E-Book

Extrema derecha 2.0 E-Book

Steven Fori

0,0

Beschreibung

La extrema derecha está dejando de raparse la cabeza y cada vez emplea menos el saludo romano; ahora se pone traje y Corbata, y, junto al emoji de carita sonriente y el de la taza de café, continúa la cadena de fake news y comparte los titulares con mayor clickbait que le han llegado a través de sus redes sociales para dar los buenos días. Aunque aquella resulta clara y llanamente amenazadora, la nueva versión encierra peligros que pasan fácilmente inadvertidos.Steven Forti, en su Extrema derecha 2.0, señala que, alejada de los fascismos que asolaron Europa y desde el estilo populista que permea nuestro presente, la nueva extrema derecha está alcanzando una dimensión de fenómeno global. Disfrazada de democrática, la extrema derecha no solo ha entrado en las instituciones y comienza a tener un mayor peso, sino que pulula por internet y gangrena las redes sociales –normalizando así su discurso e ideología– para corroer la democracia desde dentro.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 519

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Siglo XXI / Ciencias sociales

Steven Forti

Extrema derecha 2.0

Qué es y cómo combatirla

Prólogo de Enric Juliana

La extrema derecha está dejando de raparse la cabeza y cada vez emplea menos el saludo romano; ahora se pone traje y corbata, y, junto al emoji de carita sonriente y el de la taza de café, continúa la cadena de fake news y comparte los titulares con mayor clickbait que le han llegado a través de sus redes sociales para dar los buenos días. Aunque aquella resulta clara y llanamente amenazadora, la nueva versión encierra peligros que pasan fácilmente inadvertidos.

Steven Forti, en su Extrema derecha 2.0, señala que, alejada de los fascismos que asolaron Europa y desde el estilo populista que permea nuestro presente, la nueva extrema derecha está alcanzando una dimensión de fenómeno global. Disfrazada de democrática, la extrema derecha no solo ha entrado en las instituciones y comienza a tener un mayor peso, sino que pulula por internet y gangrena las redes sociales –normalizando así su discurso e ideología– para corroer la democracia desde dentro.

«Si no les gustó la extrema derecha del siglo XX, tampoco lo hará su versión 2.0, aunque pueda ser difícil de identificar. La obra de Steven Forti señala y describe este fenómeno a escala mundial.»

GUILLEM MARTÍNEZ

«La aportación de Steven Forti es muy valiosa para reconocer las nuevas formas que toma la extrema derecha que amenaza nuestras democracias. Solo así podremos adoptar las herramientas apropiadas para combatirla y vencerla.»

ADA COLAU

«Este excelente libro del historiador Steven Forti señala cuál es el dispositivo que ha puesto en marcha la reencarnación de la derecha autoritaria y nos invita a reflexionar qué hay de eterno en el fascismo.»

ENRIC JULIANA

Steven Forti es investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidade Nova de Lisboa y profesor asociado en la Universitat Autònoma de Barcelona. Sus investigaciones se centran en los fascismos, los nacionalismos y las extremas derechas en la época contemporánea. Entre sus publicaciones destacan El peso de la nación. Nicola Bombacci, Paul Marion y Óscar Pérez Solís en la Europa de entreguerras (2014); con Enric Ucelay-Da Cal y Arnau Gonzàlez i Vilalta (eds.), El proceso separatista en Cataluña. Análisis de un pasado reciente (2006-2017) (2017); con Francisco Veiga, Carlos González-Villa y Alfredo Sasso, Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, posfascismo y nazbols (2019).

Es miembro de los consejos de redacción de CTXT, Política & Prosa, Il Mulino y Spagna Contemporanea.

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota editorial:

Para la correcta visualización de este ebook se recomienda no cambiar la tipografía original.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Steven Forti, 2021

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2021

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-2038-5

A Esther Béjarano (1924-2021)

la «chica con el acordeón»,

superviviente del Holocausto

e incansable luchadora.

LA GRIPE TRAJO EL FASCISMO

El periodista italiano Benito Mussolini dirigía un diario digital muy atento a la amargura de los soldados que habían salido lisiados y traumatizados de los duros combates de la Primera Guerra Mundial, la gran carnicería europea del siglo XX. Los aduló, los organizó y los convirtió en fuerza de choque contra el sindicalismo agrario. Gracias a ellos, alcanzó el poder a finales del 1922, pronto hará cien años. Gracias a ellos, la palabra fascismo todavía nos persigue.

La gripe española alguna cosa tuvo que ver con el triunfo de aquel tribuno que tan bien manejaba la magia de la comunicación. La devastadora epidemia (llamada española porque los diarios digitales españoles eran los únicos en informar libremente de ella, puesto que en todos los países implicados en la Gran Guerra regía la censura militar) mató a más de 40 millones de personas en todo el mundo entre 1918 y 1920, contagiando a casi un tercio de la humanidad. En Italia, la gripe llevó a la tumba a unas 600.000 personas, casi tantas como soldados dieron la vida combatiendo a las tropas del Imperio Austrohúngaro en los Alpes orientales, en el Adriático y en los Balcanes. La pandemia mató a tanta gente en Italia como civiles causaron baja como consecuencia de los combates y escaramuzas (589.000 fallecidos).

La gripe y la guerra eliminaron, por tanto, a unos 1,8 millones de italianos. El Réquiem de Verdi. Cinco de cada cien habitantes del más joven Estado nacional de la Europa occidental cayeron fulminados. Esa fue la primera cuna del fascismo. Imaginemos que una suma de desgracias se hubiese llevado por delante en los últimos tres años a 2,3 millones de personas en España.

Todo balance trágico debe considerar también a los heridos. La Primera Guerra Mundial dejó en Italia a 450.000 soldados con invalidez permanente: ciegos, mutilados, lisiados y trastornados, en una época en la que aún no se había afinado el diagnóstico del estrés postraumático. El Estado no les compensó bien y mucha gente les dio la espalda, por uno de esos movimientos de péndulo que producen las guerras. El pueblo estaba hastiado. La victoria había sido muy costosa, puesto que Italia fue humillada por los austriacos en la batalla de Caporetto (1917), un pavoroso desastre militar que obligó a cambiar a todo el Estado Mayor. Los altos oficiales se habían defendido acusando a la tropa de cobardía. Esa debilidad provocó la marginación de Italia en la foto de los vencedores. El joven reino de los Saboya no consiguió en la Conferencia de París de 1919 las compensaciones territoriales pactadas en el Tratado de Londres de 1915, con el que se había sumado a los intereses de Inglaterra y Francia. Después de la gran matanza en los Alpes, apenas hubo botín territorial. «Una victoria mutilada», dijo el poeta nacionalista Gabriele D’Annunzio a sus millones de seguidores en las redes sociales. Lisiados y desquiciados, los veteranos de guerra se sintieron aún más humillados.

Los socialistas, que se habían dividido dramáticamente a consecuencia de la guerra, no tuvieron la perspicacia de acoger cálidamente a los antiguos combatientes, campesinos sin tierra y sin pierna muchos de ellos. El alma pacifista del movimiento socialista sacaba pecho: «¡Teníamos razón!». Muchos de ellos miraban a los lisiados con despecho. No les tendieron la mano cuando formaron asociaciones para exigir honores, gloria y un poco más de pensión.

El resentimiento de los veteranos se lo quedó el periodista Musso­lini. Ese hombre de cabeza contundente y mirada penetrante conocía el paño, puesto que primero fue socialista pacifista, radical entre los radicales, y después socialista intervencionista, hasta que lo echaron del partido. Al frente de su diario digital (que no se llamaba OK.Giornale) organizó políticamente aquella corriente de odio que embargaba a los hombres que habían ido a la guerra y que ahora pedían caridad por las calles o malvivían en los suburbios. Primero jaleó a las asociaciones de excombatientes con los expresivos titulares de Il Popolo d’Italia. Después les ofreció un hogar político: los Fascios de Combate. Después los uniformó con la tradicional camisa negra de los campesinos romañolos. En primera línea colocó a los arditi, los audaces, antiguos combatientes de las tropas de asalto, hábiles con el cuchillo y los explosivos, corajudos, desquiciados. Una de sus primeras acciones consistió en lanzar bombas de mano contra manifestaciones sindicales. Esa milicia negra empezó a trabajar como servicio de orden de los grandes propietarios agrarios de la inmensa llanura del río Po, hartos de la presión de un sindicalismo campesino muy bien organizado. Empezaron a arder las casas del pueblo. Asesinatos, palizas y secuestros. Los fascios empezaron a gustar a la gente de orden asustada por las reverberaciones revolucionarias que venían de la recién creada Unión Soviética.

En aquella áspera posguerra, los socialistas alcanzaron una notable fuerza electoral, pero no supieron muy bien qué hacer con ella. Ganaron las elecciones legislativas de 1919 y 1921, destrozando al viejo partido liberal, y se ahogaron en sus contradicciones. Quedaron primeros, pero no pudieron sumar una mayoría para gobernar. De nuevo estaban divididos, esta vez entre maximalistas, revolucionarios con gaseosa y reformistas; amigos de la Unión Soviética y críticos con el experimento ruso. En 1921 se escindieron y nació el Partido Comunista Italiano. Además de sagaz periodista, Benito Mussolini era brutalmente inteligente. Conocía bien a sus antiguos compañeros de partido. Sabía cuáles eran sus debilidades. Elaboraba consignas perfectamente comprensibles. Pronunciaba discursos ardientes. Cultivaba con esmero la leyenda de macho insaciable, que admiraba a los hombres y magnetizaba a las mujeres. Fue de los primeros en entender que el líder era el mensaje. Algo que hoy se da por descontado en las democracias mediáticas. Los socialistas habían ganado las elecciones, pero el diario digital de Mussolini empezaba a marcar el paso de la política italiana. A medida que iban quemando casas del pueblo, los fascistas ganaban prestigio entre las clases medias asustadas por el avance del comunismo como posibilidad histórica.

El parlamentarismo liberal se estaba quedando agarrotado y M., que solo disponía de una treintena de diputados, se la jugó. Marchó sobre Roma para intentar tomar el poder y el rey Víctor Manuel III le dejó pasar. El ejército italiano podía haber frenado fácilmente aquella aventura, pero recibió órdenes de quedarse quieto. Golpe de Estado bendecido por la monarquía italiana y por los principales poderes económicos del país.

A finales del 1922, Italia vivió el envés del golpe bolchevique de 1917 en Rusia. El asalto al Palacio de Invierno fue protagonizado por soldados rebeldes y obreros en armas, después de haber tomado estaciones de tren, centrales eléctricas y estaciones telefónicas, en medio de un colosal hundimiento del orden institucional. La procesión de camisas negras hacia Roma para obtener el encargo de formar Gobierno fue protegida por el ejército y aplaudida por industriales y banqueros. Un año después, un antiguo cabo del ejército alemán llamado Adolf Hitler intentó emular la marcha sobre Roma en la ciudad de Múnich al frente de las milicias del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y otros grupos nacionalistas, pero las camisas pardas fueron rechazadas a tiros por las fuerzas del orden leales al Gobierno federal alemán. Hitler fue detenido y sometido a juicio ante un tribunal que le era claramente favorable. Podía haber sido fusilado y la sentencia fue muy benigna. El aparato del Estado alemán le invitaba a hacerlo mejor la próxima vez. Y así fue. M. y H. acabaron triunfando. Una vez en el poder suprimieron el Parlamento. Y una vez suprimido el Parlamento, encaminaron sus países a la guerra. El final lo conocemos todos.

Evidentemente, Benito Mussolini no dirigía un periódico digital, puesto que esa tecnología no existía en los años veinte del siglo pasado. Dirigía un periódico impreso de gran tirada, que llegó a tener una enorme influencia. La prensa movilizó muchas pasiones políticas en los siglos XIX y XX. La letra impresa era tremendamente poderosa en ausencia de imágenes animadas. La prensa llevó a mucha gente a la guerra. Cuando a la letra impresa se le sumó la voz radiada, las puertas del templo se abrieron para los nuevos césares histriónicos. Y cuando aparecieron los primeros noticiarios filmados, el Duce italiano alcanzó su cenit de popularidad. Benito Mu­ssolini se convertía en el primer jefe de gobierno de la era moderna que aparecía con el torso desnudo ante sus ciudadanos: un cincuentón musculoso trabajando en la cosecha: la batalla del grano. Un político ultramoderno. En todos los países aparecieron imitadores.

Una ola de admiración recorrió Europa y América. La revista Time le dedicó varias portadas. Churchill le admiraba. Aquel tipo parecía haber encontrado el remedio mágico para frenar la onda bolchevique. Tenía a su país en el bolsillo, solo se le resistían los comunistas, algunos socialistas, algunos liberales, y algunos católicos fieles a Don Sturzo, fundador de la Democracia Cristiana. Destruido el sindicalismo agrario, solo se le resistían algunos núcleos sindicales de las fábricas del norte. Mussolini lo estropeó todo entrando en guerra, pero ese destino era inevitable. La psicopatía social que había puesto en marcha el fascismo conducía inexorablemente a la guerra. El delirio imperial necesitaba la prueba de las armas y cometieron el error de formar una alianza que quería disputarle el Pacífico a Estados Unidos mientras intentaban invadir la inmensa Rusia. Los arditi se metieron esta vez en una aventura que les venía demasiado grande. Mussolini acabó siendo ejecutado por partisanos comunistas y su cadáver apareció colgado una mañana del poste de una gasolinera de Milán. Abril de 1945.

El fascismo fue severamente derrotado, pero desde los años setenta del siglo pasado parece querer regresar. En Italia, donde la constitución republicana prohíbe expresamente la reconstrucción del Partido Nacional Fascista, pronto surgió un movimiento nostálgico del fascismo «social», flanqueado por pequeños grupos violentos, que llegaron a obtener la protección de un sector de los servicios secretos durante los duros años de plomo posteriores a Mayo del 68. Ese rebrote parecía haber quedado estancado con el hundimiento de la Unión Soviética en 1991, hace treinta años, y el espectacular triunfo de la democracia liberal.

Ahora, en plena crisis estructural del neoliberalismo, asistimos a un segundo rebrote, más fuerte, más intenso, más panorámico. «La historia no se repite, pero rima», se le atribuye Mark Twain. Fijémonos bien, porque hay algunos versos que no riman en esta segunda estrofa histórica. El Fascio de Combate nació para romperle las piernas al colectivismo socialista. Surgió para frenar la onda expansiva de la Revolución de Octubre. Esa fue su coartada cuando las escuadras de camisa negra se ofrecieron como servicio de orden de los ricos propietarios agrarios del norte y centro de Italia. Esa fue la coartada de Hitler y las SA cuando recabaron el apoyo financiero de la gran industria alemana. El socialismo revolucionario cuestionaba entonces la propiedad privada. Los comunistas europeos querían seguir los pasos de la Unión Soviética y algunos socialistas reformistas se sentían atraídos por esa idea. Los sindicatos querían tomar el poder y organizar la economía. Cien años después, la máxima aspiración de la izquierda en un país como España es subir 15 euros al mes el salario mínimo, intentar apaciguar la escalada del precio de los alquileres, moderar el disparo del precio de la luz, atenuar la pre­cariedad de los jóvenes, dictar leyes a favor de la igualdad de derechos de la mujer, y proteger la dignidad humana de gays, lesbianas y transexuales. La izquierda del siglo XXI denuncia cien injusticias al día, de las cuales solo puede resolver una o dos al año, porque los principales engranajes del mundo ya no están a su alcance. Ninguna fuerza política con un mínimo de representación parlamentaria en las democracias liberales propone hoy en día la colectivización de los medios de producción. Por el lado izquierdo, la historia no se repite.

¿Si el enemigo revolucionario ya no existe, cuál es el dispositivo que pone en marcha esta segunda reencarnación de la derecha auto­ritaria? ¿Si la historia no rima por el lado izquierdo, por qué rima por el lado derecho? Estas son dos de las preguntas que afronta este excelente libro del historiador Steven Forti, en el que invita a reflexionar sobre lo que hay de eterno en el fascismo. Más allá de la eco­nomía, los valores. Más allá de la política nacional, la geopolítica. Más allá de la propaganda, las redes. Más allá de las masas, la atomización de las multitudes digitales. Más allá de la nostalgia, una enorme capacidad de mutación capaz de seducir a sectores de la izquierda que añoran las viejas soberanías.

La extrema derecha 2.0 se ofrece como administradora de la ira y como tecnóloga del miedo en un mundo ilegible. Un mundo muy difícil de entender, puesto que la confusión es el precio que pagamos para no ir a la guerra. Por ahora.

Enric Juliana

«El fascismo, como el comunismo, es una idea muerta. Son fenómenos que se deben estudiar, pero ninguno de los dos volverá. […] Creo que las etiquetas de izquierda, derecha, fascista y comunista están superadas. Me defino italiano, ni de derecha, ni de izquierda. […] Estoy fascinado por los pensadores y los políticos del pasado, más allá de cuál fue su afiliación política: Gramsci, Einaudi, D’Annunzio… Gramsci contestó la indiferencia, la falta de participación y además subrayó la importancia de la cultura, la presencia en las escuelas, las fábricas y los tribunales. Es un modelo de presencia y penetración política.»

Matteo Salvini, entrevista en el periódico francés Le Point,octubre de 2019

«Soy un leninista. Lenin quería destruir el Estado y ese es mi objetivo también. Quiero llevar todo a derrumbarse y destruir todo lo establecido hoy.»

Steve Bannon, declaración recogida por Ronald Radosh,abril de 2017

«No seas demasiado dramático sobre eso, Chuck. Lo que […] estás diciendo es que es una mentira. […] Sean Spicer, nuestro secretario de prensa, dio hechos alternativos sobre eso.»

Kellyanne Conway, consejera del presidente Donald Trump,contesta al periodista de NBC Chuck Todd, 22 de enero de 2017

«En consecuencia, lo que está ocurriendo hoy en Hungría puede interpretarse como un intento de los respectivos dirigentes políticos de armonizar la relación entre los intereses y los logros de los individuos […] con los intereses y los logros de la comunidad, y de la nación. Es decir, que la nación húngara no es una simple suma de individuos, sino una comunidad que necesita organizarse, fortalecerse y desarrollarse, y en este sentido, el nuevo Estado que estamos construyendo es uno iliberal, un Estado no liberal. No niega los valores fundacionales del liberalismo, como la libertad, etc. Pero no hace de esta ideología un elemento central de la organización del Estado, sino que aplica en su lugar un enfoque específico, nacional, particular.

Viktor Orbán, discurso en el XXV Bálványos Free Summer University and Youth Camp, 26 de julio de 2014

INTRODUCCIÓN[1]

Las distopías representan los miedos presentes en una sociedad y los trasladan al futuro. En Metrópolis (1927) Fritz Lang convertía las angustias sobre las transformaciones del capitalismo y la introducción del sistema taylorista en una ciudad-Estado de 2026 en que una elite de propietarios y pensadores vive separada de la casta de los trabajadores encerrada en unos subterráneos. El control de los cuerpos y de las mentes de los totalitarismos se transformaban en las distopías dibujadas por Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932) y George Orwell en 1984 (1948). La paranoia anticomunista del maccartismo era personificada en La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), la película dirigida por Don Siegel, en unos extraterrestres, ocultos e invisibles, que reemplazaban a los humanos. Los cambios anunciados por el Concilio Vaticano II se convertían en el escenario apocalíptico dibujado por el escritor Guido Morselli en la Roma senza papa (1974) en una Iglesia católica que a finales del siglo XX tenía un papa turco que abandonaba la ciudad eterna para mudarse al pueblo de Zagarolo. El mundo posterior a la Guerra Fría, la globalización y los avances tecnológicos de la década de los noventa se mostraban en el futuro de Matrix (1999) donde la tetra realidad era escondida a los humanos que vivían en un estado de cautiverio y explotación.

Ahora bien, ¿cuáles son los miedos de nuestra época? Black Mirror (2011) nos ofrece toda una serie de relatos futuristas centrados en los riesgos ante los que nos sitúa la tecnología. El cuento de la criada (2017), basado en la homónima novela de Margaret Atwood, pinta un futuro oscuro en que la crisis de la natalidad y el auge de una especie de fascismo teocrático se unen al intento de controlar la sexualidad femenina. Years & Years (2019) dibuja un futuro distópico para Gran Bretaña en que la política ultraderechista Vivienne Rook, interpretada por Emma Thompson, se hace con el gobierno del país, tras sus primeros pinitos como tertuliana populista sin pelos en la lengua. En los mismos meses en que salía la serie dirigida por Russell T. Davies, en Italia se publicaban dos novelas, 02.02.2020. La notte che uscimmo dall’euro (2018) de Sergio Rizzo e Il censimento dei radical chic (2019) de Giacomo Papi. En la primera se imagina que en febrero de 2020 el gobierno del Partido Soberanista Italiano sacaba el país del euro provocando un cataclismo económico, mientras que en la segunda se describe un futuro en que extranjeros, gitanos, homosexuales e intelectuales acaban linchados en las calles, instigados por un gobierno nacionalpopulista. Podríamos seguir.

No cabe duda, pues, que uno de los miedos recurrentes en los últimos años en el mundo occidental es el de un futuro marcado por gobiernos autoritarios y populistas, el declive de las democracias liberales, el fin del Estado de derecho e, incluso, el regreso del fascismo. En realidad, si contemplamos el panorama existente no debería extrañarnos: el populismo se ha convertido en una marca de nuestra época, la extrema derecha avanza por doquier y gobierna o ha gober­nado en diferentes países, mientras que en otras latitudes el autoritarismo es ya un modelo de gobierno aceptado, desde Rusia a India, pasando por Filipinas, China o Turquía. Las distopías del futuro son, en buena medida, una parte de la realidad que nos ha tocado vivir.

Este libro no habla de literatura, ni de cine, ni de series. Tampoco trata sobre distopías: habla del pasado y del presente. Y, sí, de nuestros miedos. Es un libro que se mueve entre la historia y la ciencia política, y que intenta explicar qué es y de dónde viene la nueva extrema derecha, cuáles son sus relaciones con el populismo, qué diferencias tiene con el fascismo de la época de entreguerras y cuáles son sus tácticas, estrategias y objetivos. Alguien se preguntará, quizá, porque le doy supuestamente tanta importancia a la ultraderecha de las dos primeras décadas del siglo XXI. La respuesta es doble. Por un lado, porque la percepción que tengo es que en muchos casos no hemos aún entendido bien qué es. Fijémonosen las citas que preceden a esta introducción: no parecerían de líderes de extrema derecha, ¿verdad? En síntesis, si no sabemos qué es esta nueva extrema derecha va a ser imposible tomar medidas para frenarla y combatirla. Y evitar esos futuros distópicos que dibujan Rizzo, Papi, Atwood o Davies. Por otro lado, porque, por mal que nos pese, los Salvini, las Le Pen, los Trump, los Bolsonaro, los Orbán y los Abascal han venido para quedarse. La ultraderecha, en suma, no desaparecerá de un día para otro porque las razones que explican su surgimiento y avance dependen de los cambios profundos que han vivido, están viviendo y vivirán nuestras sociedades.

El libro que el lector tiene entre sus manos está estructurado en cuatro capítulos. En los dos primeros se explicará qué es la nueva extrema derecha. Será necesario, por tanto, afrontar la cuestión de cómo definir este fenómeno, teniendo en cuenta el debate que se ha dado en los últimos tiempos a nivel académico y en la opinión pública. Consecuentemente, en el primero, se intentarán superar los dos principales escollos que dificultan su comprensión: el del populismo y el del fascismo. Para realizar esta operación, es imprescindible no solo analizar las principales interpretaciones que se han ofrecido hasta ahora, sino también volver a los orígenes; es decir, entender el populismo y el fascismo como fenómenos históricos.

Superados o, por lo menos, circunnavegados estos dos enormes obstáculos se podrá ofrecer, en el segundo capítulo, una definición de la extrema derecha 2.0, haciendo hincapié en sus características principales y mostrando cómo, más allá de las divergencias, a veces supuestamente insalvables, que tienen las distintas formaciones y movimientos acerca de temas como la economía, los valores y la geopolítica, se trata de una gran familia internacional. Con todo, no se podrá evitar hablar de las causas de sus avances –sobre las cuales existe también un intenso debate en el ámbito académico– y su organización a escala europea.

En el tercer capítulo se profundizará en las analogías y las divergencias con el fascismo histórico para mostrar que la nueva ultraderecha no representa sencillamente unas viejas ideas cubiertas de nuevos ropajes. Si bien no faltan elementos de continuidad con el pasado, se mostrará la radical novedad de este fenómeno bajo al menos dos puntos de vista. En primer lugar, la capacidad para utilizar las nuevas tecnologías digitales ha permitido a la extrema derecha 2.0 salir de la guetización del neofascismo y difundir o, mejor dicho, viralizar su discurso y sus ideas, convirtiéndolas en muchos casos en aceptables o, más aún, de sentido común para buena parte de la población. En la era de la posverdad, la ultraderecha se ha adueñado de unas nuevas armas de destrucción masiva que supuestamente no provocan estragos materiales y humanos, como las de antaño, y ha desarrollado unas estrategias bien definidas para conquistar la hegemonía cultural y política en el mundo occidental. En segundo lugar, se abordará la renovación ideológica de la cual ha podido beber la extrema derecha 2.0: se profundizará en el aggiornamento que diferentes intelectuales, como el francés Alain de Benoist, hicieron del fascismo a partir de la década de los sesenta del siglo pasado. Se prestará así atención al parasitismo ideológico de la nueva ultraderecha y a fenómenos que, aun siendo minoritarios como el rojipardismo, son sintomáticos de una época de confusión ideológica como la actual. La relación entre los conceptos de clase y nación, bien representada bajo la etiqueta del rojipardismo o nacio­nalbolchevismo, nos llevará también a ahondar en la vexata quaes­tio del voto obrero a la nueva extrema derecha.

El escritor cubano Alejo Carpentier decía que antes que escritor era ciudadano. Lo mismo debería decirse de cualquier profesión, incluida la de historiador. Si nuestros conocimientos se quedan en las revistas académicas y no llegan a la sociedad, de poco servirán. Asimismo, si tras haber estudiado un fenómeno que amenaza a nuestras democracias, como el fascismo y la extrema derecha 2.0, no se intenta dar un paso más y reflexionar sobre cómo es posible frenarlo, combatirlo y derrotarlo, creo que como ciudadano le haría un flaco favor a la sociedad. Por esto, el capítulo cuarto se presenta como un cierre propositivo: después del análisis e interpretación del fenómeno, se propondrá una especie de breve manual de instrucciones para combatir la extrema derecha. Se delineará, en síntesis, una posible respuesta poliédrica y multinivel que se podría desarrollar y poner en práctica para frenar su avance, prestando especial atención a las medidas que se deberían implementar desde las instituciones, los partidos democráticos, los medios de comunicación, la sociedad civil y los movimientos sociales.

En la canción Anthem [Himno], Leonard Cohen escribió

There is a crack, a crack in everything.

That’s how the light gets in[2].

Espero que este libro y estas propuestas sean, en pocas palabras, una pequeña grieta que permita que la luz entre en nuestro presente y que los fantasmas del pasado no se conviertan en los monstruos del futuro.

* * *

Un libro es siempre el resultado de muchas cosas, empezando por las lecturas, la observación, las conversaciones y las sugerencias de las personas con las cuales compartimos una parte del camino que se llama vida. Muchas son las deudas que he contraído en estos años en que he estudiado los fascismos de entreguerras y las nuevas extremas derechas cuyas conclusiones principales se encuentran en estas páginas. En primer lugar, quiero recordar a los profesores Valerio Romitelli, Luciano Casali y Pere Ysàs gracias a cuyas enseñanzas, consejos y apoyos he podido convertirme en historiador. En segundo lugar, quiero agradecer al profesor Francisco Veiga con el cual he debatido y reflexionado mucho sobre un fenómeno de difícil categorización a lo largo de seminarios, congresos y charlas informales, además de las actividades de un proyecto de investigación universitario que se ha concretado en la publicación del libro colectivo Patriotas indignados. Sobre la nueva ultraderecha en la Posguerra Fría. Neofascismo, posfascismo y nazbols (2019). En tercer lugar, no puedo no mencionar al Instituto de História Contemporânea de la Universidade Nova de Lisboa y el Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona que me han permitido disponer del tiempo para investigar y compartir los resultados de mis estudios con unos alumnos atentos e interesados.

En cuarto lugar, quiero remarcar la importancia de los espacios de encuentro, aprendizaje y debate que son los consejos editoriales y de redacción de CTXT,Política & Prosa, Pasos de la Izquierda y la revista Il Mulino, de los cuales tengo la suerte desde hace un tiempo de formar parte. Especialmente la primera, dirigida heroicamente por los amigos Miguel Mora, Mónica Andrade y Vanesa Jiménez, ha sido un lugar en el que he aprendido mucho y, al mismo tiempo, he podido desarrollar algunas de las primeras reflexiones contenidas en este libro en formato de artículo. Quiero mencionar, además, el taller Cómo combatir a la extrema derecha que con CTXT hemos organizado en los meses de febrero y marzo de 2021, en el cual parti­ciparon Martin Gak, Nuria Alabao, Alessandro Orlowski y Pastora Filigrana. Algunas de las ideas que leerán en las siguientes páginas son también fruto de sus contribuciones. Asimismo, quiero agradecer a las muchas asociaciones, organizaciones y fundaciones que en estos años me han invitado a seminarios y conferencias para hablar de la nueva ultraderecha: esto me ha permitido organizar mejor las ideas y ponerlas a prueba de un público interesado cuyas aportaciones y críticas he intentado asumir y elaborar.

Como siempre suele pasar, habría muchas más personas que me gustaría recordar. Seguramente me dejaré a alguien, por lo que pido disculpas por adelantado, pero, al menos, me gustaría mencionar aquí a Pablo Stefanoni, Xosé M. Núñez Seixas, Enric Ucelay-Da Cal, Carme Molinero, Ferran Gallego, Carlos González-Villa, Alfredo Sasso, Manuel Loff, Alfonso Botti, Guillermo Fernández-Vázquez, Paola Lo Cascio, Miguel Ángel Del Arco Blanco, Javier Aristu, Guillem Martínez, Anna López Ortega, Guillermo García Crespo, Miquel Ramos, David Karvala, Jónatham Moriche, Giacomo Russo Spena, Bobo Craxi y Ramon Mantovani con quien he tenido fértiles conversaciones –no sin divergencias, obvia­mente– sobre estas cuestiones. Last but not least, un agradecimiento va a Siglo XXI de España y, en especial, a Alejandro Rodríguez Peña, sin cuyo atento y paciente trabajo de edición este libro nunca habría visto la luz. Tampoco habría podido concluirlo sin el amor de Atenea que me ha guiado como si fuese Odiseo en busca del camino de regreso a Ítaca.

Obviamente, no hace falta decir que la responsabilidad de todo lo que aparece en este libro es solo y únicamente de quien lo firma. Como ha apuntado el escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa, «la única responsabilidad de quien escribe es dudar, no tener certezas. Pero tampoco estoy seguro de eso». Así es.

Barcelona, 20 de septiembre de 2021

[1] Este trabajo ha estado financiado por los fondos nacionales portugueses a través de la FCT – Fundação para a Ciência e a Tecnologia, I. P., en el ámbito de la Norma Transitória (DL 57/2016/CP1453/CTOO30) y se ha desarrollado en el marco del proyecto PID2020-112679 GB-IOO (Ministerio de Ciencia e Innovación/FEDER).

[2] Hay una grieta, una grieta en todo.Es así cómo entra la luz.

I. EXTREMA DERECHA 2.0.

¿DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO?

Adaptando por enésima vez la frase de Karl Marx, podemos afirmar que «un fantasma recorre Europa»: el fantasma de la ultraderecha. Ya no cabe duda de ello, por lo menos desde 2016. Ese año se debe interpretar como un claro punto de inflexión debido a dos grandes acontecimientos: en Reino Unido ganó el Leave en el referéndum del mes de junio y menos de cinco meses después Donald Trump se hacía con la victoria en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Aunque en una fase de incertidumbre sobre su proyecto imperial y cada vez más amenazada por nuevas potencias como China, la principal superpotencia mundial era gobernada, por primera vez en la historia, por un líder que un número nada desdeñable de analistas no dudaron en tachar de fascista. A estos dos eventos deberíamos sumar también el golpe de Estado fracasado en Turquía del mes de julio que dio pie a un marcado giro autoritario de Recep Tayyip Erdoğan. A partir de aquel entonces, en todo el mundo occidental el avance de partidos de extrema derecha se hizo cada vez más tangible.

En 2017 Marine Le Pen conseguía el 34 por 100 de los votos –unos 10 millones de sufragios– en la segunda vuelta de las presidenciales francesas y el Partido de la Libertad Austriaco (FPÖ) acce­día al gobierno del país alpino en coalición con los populares, tras haber estado muy cerca, el año anterior, de hacerse con la presidencia de la República con su candidato, Norbert Hofer. En la primavera de 2018 la Liga de Matteo Salvini formaba un Ejecutivo nacionalpopulista con el Movimiento 5 Estrellas (M5E) en Italia y a finales de año Jair Bolsonaro se convertía en presidente de Brasil. Además, por esas mismas fechas, la entrada en escena de Vox en Andalucía, seguida al año siguiente por la de Chega! en Portugal, ponía fin a la que se definió con ingenuidad la «excepción» ibérica. En la primavera de 2019 el ultraderechista Partido Popular Conservador de Estonia (EKRE), tras haber obtenido casi el 18 por 100 de los votos, entraba en un Ejecutivo de coalición de derecha en Tallin y en las elecciones europeas del mes de mayo los partidos ultraderechistas obtenían su mejor resultado tanto en votos como en escaños: en cinco países –Francia, Gran Bretaña, Italia, Polonia y Hungría– la ultraderecha fue el partido más votado. Podríamos seguir con esta panorámica a vista de pájaro mirando también al norte y, sobre todo, al este del Viejo continente, donde tanto Jaros­ław Kaczyński como Viktor Orbán han dado pasos de gigante hacia un modelo de democracia iliberal en Polonia y Hungría, respectivamente. El país magiar, en realidad, se ha convertido en un verdadero régimen autoritario en el corazón de la Unión Europea. Y Eslovenia, tras la vuelta al gobierno a principios de 2020 de Janez Janša, el «discípulo dilecto» de Orbán, parece que está tomando el mismo camino[1]. Las nuevas extremas derechas, pues, son hoy un actor político de primer plano en todo el mundo occidental, se sientan ya en todos los Parlamentos nacionales europeos –las únicas excepciones son Irlanda y Malta– e incluso gobiernan algunos Estados.

A esta sombría escena, bastante eurocéntrica a decir la verdad, debemos añadir también lo que pasa en otras latitudes. Desde 2014 India está presidida por Narendra Modi, cuyo partido, el nacionalista hindú Bharatiya Janata Party (BJP), dispone de mayoría absoluta en el Parlamento del segundo país más poblado del mundo. En 2019 Modi ha revalidado la presidencia, mejorando sus resultados. Tres años antes, Rodrigo Duterte, conocido con el apodo de El Castigador por su mano dura contra la criminalidad en la larga etapa en que ostentó la alcaldía de Davao, se hizo con la presidencia de Filipinas: durante su mandato, la guerra contra el narcotráfico ha sido la justificación para la aprobación de medidas autoritarias, los asesinatos y el recorte de derechos. Benjamín Netanyahu fue nombrado presidente de Israel en 2009 y solo en junio de 2021, tras más de doce años interrumpidos ejerciendo el cargo, fue sustituido gracias al acuerdo entre todos sus opositores después de cuatro elecciones legislativas en tan solo un bienio y una etapa marcada por una profunda inestabilidad política. El giro ultraderechista de la política israelí en las últimas dos décadas es una evidencia: los partidos progresistas no suman ni un cuarto de los escaños de la Knesset. Hoy en día Putin lleva ya más de dos décadas en el poder en Rusia: tras la última reforma constitucional podría quedarse en la presidencia hasta 2036. Algo similar puede decirse de Turquía donde Erdoğan lleva en el poder desde 2003, entre los cargos de primer ministro y de presidente de la República. Y podría quedarse hasta 2029 o 2034 después del giro presidencialista de la reforma de la Constitución de 2017[2]. No hace falta mencionar el caso chino, sin duda muy distinto comparado con todos los anteriores, pero también sintomático de la que podemos definir como la ola autoritaria global que nos está, literalmente, sumergiendo.

Sin embargo, tampoco se trata de algo totalmente nuevo o que debiera sorprendernos. Fijémonos en el caso europeo. En 1994, tras el final de la llamada Primera República a raíz del escándalo de corrupción de Tangentópolis, Italia, país fundador de la Comunidad Económica Europea (CEE) y por aquel entonces cuarta economía del continente, tuvo durante casi un año como presidente del Consejo a un empresario populista sui generis, Silvio Berlusconi, quien forjó una coalición electoral junto a los posfascistas del Movimiento Social Italiano (MSI) y a los etnorregionalistas de la Liga Norte (LN): la República italiana, nacida de la lucha antifascista, tenía por primera vez a unos cuantos ministros posfascistas sentados en el Palacio Chigi. No sería la única vez en el siguiente ventennio berlusconiano, al contrario. Seis años más tarde, el FPÖ liderado por Jörg Haider entraba en un gobierno de coalición con los conservadores del Partido Popular Austriaco (ÖVP) tras haber obtenido más del 26 por 100 de los votos en las elecciones legislativas de octubre de 1999. Dos meses más tarde moría el presidente croata Franjo Tuđman que a lo largo de la década anterior, y en medio de las guerras que desmembraron a la antigua Yugoslavia, había convertido Croacia en la práctica en un régimen autoritario. En 2001 los ultraderechistas del Partido Popular Danés obtenían el 12 por 100 de los votos y empezaron a apoyar al gobierno de centroderecha, una colaboración que duraría una década. Al año siguiente, Jean-Marie Le Pen pasaba a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales francesas, dejando atónitos a la mayoría de los ciudadanos del Hexágono, y la xenófoba Lista Pim Fortuyn obtenía el segundo puesto en las legislativas holandesas del mes de mayo con el 17 por 100 de los votos.

Basten estos ejemplos para poner de relieve cómo en las últimas tres décadas se ha dado un aumento exponencial –no sin altibajos– del consenso a las formaciones de extrema derecha, impensable en la Europa occidental de los «treinta gloriosos» (1945-1975). En esas décadas, la ultraderecha, más o menos fascista, estaba considerada como una patología normal de la democracia occidental, es decir, un fenómeno premoderno apoyado por una parte muy reducida de la población. A finales de la década de los ochenta, a partir de la pionera intuición de Klaus von Beyme, los politólogos empezaron a hablar de diferentes olas ultraderechistas para intentar explicar y clasificar la evolución de la extrema derecha tras la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial[3]. La primera abarcaría la década que va de 1945 a 1955, y estaría marcada por el intento del fascismo de reubicarse en el nuevo contexto democrático, tanto a través de la vía partidista, como el MSI en Italia, así como a través de la vía asociacionista con la creación de grupos de apoyo a excombatientes y sus familias. La segunda ola ultraderechista abarcaría los años que van desde 1955 hasta 1980 con la creación de partidos y movimientos políticos que se movían entre un populismo en oposición al nuevo orden de posguerra –como el poujadismo en Francia o los Partidos del Progreso en Dinamarca y en Noruega– y una reformulación del fascismo –como el Partido Nacionaldemócrata de Alemania o el Frente Nacional británico–. La tercera ola marcaría un antes y un después: a lo largo de los ochenta una serie de nuevos partidos, fundados en algunos casos ya en la década anterior, obtuvieron resultados electorales inesperados como consecuencia de la crisis económica debida al cambio de modelo tras el fin del consenso keynesiano y el aumento de la inmigración en la mayoría de los países europeos. Encontramos aquí formaciones como el Vlaams Blok en Flandes, el Frente Nacional francés, el FPÖ austriaco o el Partido Popular Suizo que conseguirían en muy poco tiempo afianzarse en sus sistemas políticos nacionales. En la década de los noventa, además, tras la caída del Muro de Berlín y la transición poscomunista en la Europa oriental, la ultraderecha surgió también en diferentes países del Este del continente, como fueron los casos del Partido Croata de los Derechos, el Partido Nacional Eslovaco o el Partido de la Gran Rumanía.

Según Cas Mudde, con el nuevo milenio habría empezado una cuarta ola caracterizada por un importante aumento de los consensos de las formaciones ultraderechistas y su desmarginación, es decir, la aceptación de las ideas propias de la que Mudde define derecha radical populista por parte de los partidos tradicionales de la derecha que, además, consideran a estas formaciones como socios de coalición aceptables. De patología normal, la ultraderecha habría pasado a ser, según el politólogo holandés, una «normalidad patológica», esto es, «una radicalización de las posturas del sistema político establecido»[4]. Una sencilla muestra de los resultados electorales pone de manifiesto el cambio de escenario de las últimas décadas: si entre 1980 y 1989 el promedio de voto de los partidos de ultraderecha en las elecciones legislativas de los diferentes Estados miembros de la Unión Europea era del 1,1 por 100, en la década siguiente pasó a ser del 4,4 por 100 y entre 2010 y 2018 llegó al 7,5 por 100[5]. Obviamente, estamos hablando de promedio: no olvidemos que, en la última década, ha habido partidos ultraderechistas que, como se recordaba al principio de estas páginas, se han convertido en la primera o la segunda fuerza en su país, superando en algunos casos también el 25 por 100 de los votos.

En los últimos años, y aún más en el último lustro, se han vertido ríos de tinta para intentar describir e interpretar este fenómeno. Monografías científicas, libros colectivos, ensayos o artículos en diarios y revistas han propuesto desde posiciones distintas, y a veces distantes, análisis históricos, politológicos y sociológicos, como, entre otros, el de Mudde ahora citado. Si sobre las causas del avance de las nuevas ultraderechas parece que se pueda llegar, más allá de las diferencias, a un cierto consenso, estamos aún lejos de llegar a él en lo que respecta a cómo llamar este fenómeno. Hay quienes proponen llamarlo populismo de derecha radical, otros se decantan por nacionalpopulismo, hay quienes abogan por posfascismo y quienes defienden la utilización del término fascismo a secas. Parece evidente que existe una cierta confusión. Además, hay divergencias también sobre si tiene sentido o no utilizar una macrocategoría en la cual incluir todos estos partidos y movimientos que, además de tener unas notables analogías, cuentan también con unas diferencias nada desdeñables. ¿Vox o Ley y Justicia serían algo distinto a Alternativa para Alemania o la Liga? ¿El trumpismo es algo incomparable con Fidesz, el partido liderado por Orbán? ¿El bolsonarismo y el lepenismo pueden ser considerados miembros de una misma familia política global? ¿Cómo interpretar los movimientos identitarios o las subculturas radicales alternativas como la Génération identitaire francesa o la Alt-Rightestadounidense? ¿Y qué decir de partidos de la derecha tradicional que han virado hacia posiciones claramente ultraderechistas, como los Tories británicos? ¿Entran en esta misma categoría o no? Nada nuevo bajo el sol, por otro lado: tras más de medio siglo de investigaciones y debates aún no hay consenso en la historiografía sobre cuáles regímenes deben considerarse fascistas en la Europa de entreguerras, empezando por el franquismo.

No se trata de una cuestión baladí, ni, aunque pueda parecerlo, de un debate terminológico tan solo académico, enclaustrado, por así decirlo, en la angosta torre de marfil de los intelectuales. Definir un fenómeno es el primer paso para poder entenderlo. En este primer capítulo del volumen mi propósito es el de hacer un repaso de las diferentes interpretaciones existentes, poniendo de relieve sus virtudes, sus defectos y, a veces, sus contradicciones y, posteriormente, ofrecer una serie de elementos para explicar por qué sostengo una definición aparentemente sui generis de este fenómeno, la de extrema derecha 2.0.

EL «ESCOLLO» DEL POPULISMO

No se puede reflexionar sobre las nuevas extremas derechas sin antes abordar el concepto de populismo que, de alguna forma, se presenta como un «escollo» interpretativo. Aparte de unas pocas excepciones, a la ultraderecha de esta segunda década del siglo XXI se le pone generalmente la etiqueta de populista hasta el punto de considerarla una característica crucial para su misma definición, como en el caso de aquellos que se decantan por la fórmula de nacionalpopulismo o la de populismo de derecha radical o derecha radical populista. Pero, si no cabe duda de que todas estas formaciones son populistas o utilizan un estilo populista, ¿tiene sentido definirlas así? De hecho, llevamos más de dos décadas preguntándonos qué es el populismo y hoy en día no tenemos –ni muy posiblemente tendremos en los años venideros– una respuesta satisfactoria que ponga de acuerdo a todo el mundo.

Siendo brutos, pero también francos, es indudable que el populismo se ha convertido en un cajón de sastre donde poner todo lo que no encaja en el pensamiento y la práctica política tradicional en una época que ya no es líquida, como dijo Zygmunt Bauman, sino más bien gaseosa. Todo objeto político no identificado, desde Trump al chavismo venezolano pasando por Podemos y el M5E, acaba siendo tachado de populista. Incluso al presidente galo Emmanuel Macron o al expremier italiano Matteo Renzi se le puso la etiqueta de populistas, en este caso de «extremo centro». Quizá el únicoconsenso existente al respecto es justamente la «natura proteiforme» del populismo y su ser «un concepto esencialmente controvertido» y «polémico políticamente»[6]. De hecho, desde la ciencia política, la sociología y la historia se han desarrollado diferentes aproximaciones teóricas: hay quien lo considera una ideología –más bien «delgada» que se mezcla con otras más «gruesas»–; quien prefiere definirlo como una lógica o estrategia política utilizada por unos líderes carismáticos para conseguir o ejercer el poder; y quien se centra en la naturaleza discursiva o performativa del fenómeno.

El enfoque que ha tenido más éxito es quizá el «ideacional» del ya mencionado Cas Mudde a quien se debe en 2004 una de las más citadas definiciones del populismo[7]. En una obra más reciente, el politólogo holandés junto a Cristóbal Rovira Kaltwasser retoma su ya clásica definición, según la cual el populismo es «una ideología delgada, que considera que la sociedad está dividida básicamente en dos campos homogéneos y antagónicos, el “pueblo puro” frente a la “eli­te corrupta”, y que sostiene que la política debe ser la expresión de la voluntad general (volonté générale) del pueblo»[8]. En oposición a este enfoque encontramos otras propuestas: por un lado, Ernesto Laclau considera el populismo una lógica marcada por la lucha por la hegemonía; por otro, Ferran Sáez Mateu explica que es sencillamente el lenguaje de adulación de las masas; y, finalmente, Benjamin Moffitt y Sebastian Tormey lo definen como un estilo político caracterizado por la apelación al pueblo como portador de la soberanía y su oposición respecto a una elite corrupta, por la asunción de que hay una situación de emergencia debido a la percepción de crisis o amenaza y por la incorrección política[9].

Si intentamos huir de encasillamientos demasiado teóricos, que a veces pecan de querer moldear la realidad en vez de describirla, en realidad estos enfoques no son de por sí excluyentes. Más bien se yuxtaponen. También porque en sus acciones y su comunicación los distintos partidos y líderes utilizan en diferentes grados una amplia variedad de rasgos populistas. Así, si tenemos en cuenta las interpretaciones propuestas hasta la fecha y relativizamos el enfoque idea­cional reteniendo de todos modos algunos de los elementos señalados por sus defensores, encontramos otras características del populismo que resultan útiles para definir las nuevas extremas derechas. En la estela de los trabajos de Pierre Rosanvallon, Nadia Urbinati apunta que el populismo establece una relación parasitaria con la democracia representativa y «defineex ante la sustancia [del pueblo] para oponerlo a lo que no es el pueblo», decretando una «exclusión ontológica e inmutable». La politóloga italiana subraya también que el líder populista quiere «una identificación emotiva más que una demanda de accountability»[10]. Por su lado, Jan-Wer­ner Müller añade que todo populismo es «una forma de política identitaria» cuyo postulado principal es «una forma moralizada de antipluralismo»[11]. Asimismo, Mudde y Rovira Kaltwasser recuperan en su análisis la noción de heartland acuñada por Paul Taggart –«la idea populista de comunidad y territorio que retrata una identidad homogénea supuestamente auténtica e incorruptible»– y el elemento del «estilo paranoico en la política» –la creencia populista de que el poder no reside en los líderes elegidos democráticamente, sino en ciertas fuerzas en la sombra– puesto de relieve hace décadas en el contexto norteamericano por Richard Hofstadter[12].

En la categorización de los fenómenos populistas también se suele diferenciar entre un populismo inclusivo y otro excluyente a partir de la interpretación del concepto de pueblo como plebs o populus. Según Yves Mény e Yves Surel, serían al menos tres las definiciones de pueblo: el pueblo-soberano, basado en la idea de que la co­munidad política debe tomar decisiones en plena autonomía defendiendo sus intereses; el pueblo-clase, identificado con los explotados del sistema económico dominante; y el pueblo-nación, fundado en una visión más cultural e identitaria que considera la co­mu­ni­dad de referencia como un conjunto de personas que ha desarrollado un sentimiento de pertenencia conectado con un determinado territorio, una lengua o una etnia[13]. A este respecto, Koen Abst y Rudi Laermans diferencian tres manifestaciones principales de populismo en el actual contexto europeo: el populismo de derecha radical, el populismo neoliberal y el populismo social o de izquierdas[14]. Poniéndole cara a estas categorías, Le Pen, Berlusconi y Tsipras vendrían a representar las tres manifestaciones del populismo actual.

Ahora bien, de forma similar a lo que hemos visto para la ultraderecha en el periodo posterior a 1945, también para el populismo tanto historiadores como politólogos suelen hablar a menudo de olas. La primera ola populista se habría dado a finales del siglo XIX cuando apareció por primera vez este término entre los naródniki –es decir, populistas– rusos, el Partido del Pueblo estadounidense y el movimiento boulangista en la Francia de la Tercera República. La segunda ola se habría dado a mediados del siglo XX: además de movimientos peculiares en Europa, como L’Uomo Qualunque (El Hombre Cualquiera), llamado comúnmente qualunquismo, en la Italia de finales de la década de los cuarenta y el poujadismo en la Francia de los cincuenta, esta ola tuvo su epicentro esencialmente en América Latina, con las experiencias de los gobiernos de Getúlio Vargas en Brasil y Domingo Perón en Argentina, los primeros casos en que el populismo se convirtió en una fuerza de gobierno. La tercera ola se habría dado en el último cuarto del siglo pasado y abarcaría fenómenos tan diferentes como las primeras formaciones de la nueva ultraderecha –el FPÖ o el Frente Nacional francés–, los etnorregionalismos identitarios –la Liga Norte de Umberto Bossi–, algunos líderes neoliberales –desde Margaret Thatcher y Ronald Reagan hasta Silvio Berlusconi–, toda una serie de políticos surgidos del espacio postsoviético –desde los rusos Boris Yeltsin y Vladímir Zhirinovski al serbio Slobodan Milošević, pasando por los polacos Lech Wałęsa y Stanisław Tymiński– y varios de los líderes latinoamericanos de los ochenta y los noventa, como el peruano Alberto Fujimori o el argentino Carlos Menem, sin olvidar a algunos políticos estadounidenses, como Ross Perot[15].

El caso latinoamericano, además, ha dado pie, sobre todo en las últimas tres décadas, a toda una serie de estudios y análisis que han llevado a hablar de unas olas populistas centradas en el subcontinente. Así, por ejemplo, además de un populismo histórico representado por Perón y Vargas (primera ola) y del neopopulismo de Menem y Fujimori (segunda ola), Susanne Gratius reconoce una tercera ola puramente latinoamericana representada por el llamado socialismo del siglo XXI lanzado por Hugo Chávez en 1999 y continuado en la década siguiente por líderes como Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua o Fernando Lugo en Paraguay[16]. Más recientemente, además, se ha hablado de fenómenos como el telepopulismo o el cyberpopulismo, reconocidos en el peculiar laboratorio político italiano en el berlusconismo o el M5E, respectivamente[17], e incluso de tecnopopulismo, es decir, de populismo tecnocrático, para describir experiencias híbridas como la de Emmanuel Macron en Francia o Andrej Babiš en República Checa[18].

Pierre-André Taguieff considera que en esta saturación de la utilización del concepto de populismo influye también la confusión entre dos términos rusos, narodnicestvo y popoulizm: el primero haría referencia al «populismo-tradición», es decir, una cultura política y una orientación ideológica, mientras el segundo haría referencia al «populismo-retórica», esto es, un modo moderno y «democratomorfo» de la demagogia[19]. Posiblemente esta distinción ayuda a aclarar un poco el panorama, aunque es dudoso que pueda aplicarse fácilmente fuera del contexto ruso. Así que, visto lo visto, parece bastante fácil compartir estas palabras del mismo Taguieff acerca de una categoría que

aplicada a todo o a casi todo, a la popularidad como a la demagogia de los líderes, al éxito electoral, así como a la violencia del discurso, al estilo de protesta como a las ambiciones autoritarias (expresamente neofascistas), al nacionalismo clásico así como a los separatismos (dominados por el elemento étnico o no), a la xenofobia en contra de los inmigrantes como al racismo (en todas sus formas), […] no identifica ya nada[20].

MÁS ALLÁ DEL POPULISMO

Las causas de la fase populista

Dicho lo cual, ¿nos sirve de algo una categoría tan amplia que abarca desde Podemos, la Liga o el peronismo, pasando por el Peo­ple’s Party estadounidense de finales del siglo XIX, Orbán, Syriza o Trump, hasta Fujimori, los Demócratas Suecos, el M5E o incluso Macron y Renzi? ¿Tiene sentido hablar del populismo como de una ideología, ya que no dispone de un verdadero corpus doctrinal ni tiene detrás a grandes figuras intelectuales? Quizá la solución, como sugiere Enzo Traverso, es la de considerar el populismo no como un sustantivo, sino como un adjetivo: no se trataría pues de una ideología, sino de un procedimiento retórico que consiste en exaltar las virtudes «naturales» del pueblo para movilizar a las masas contra el sistema[21].

El populismo vendría a ser entonces más bien una fase –o un momento, como vino a afirmar uno de los padres de la nueva ultraderecha europea, el filósofo francés Alain de Benoist[22]– que dibuja la época actual marcada por una crisis sistémica del mundo tal como lo conocíamos[23]. Una crisis que es el fruto de procesos que venían dándose, con desigual intensidad según los diferentes países, como mínimo a partir de las décadas de los ochenta y los noventa del siglo XX. No es casualidad, de hecho, que la llamada tercera ola populista tuviese lugar entre mediados de los setenta y los noventa, con la aparición de fenómenos como el berlusconismo y la Liga Norte en Italia o una serie de partidos de extrema derecha en el resto de Europa, como se recordaba más arriba. La razón principal se encuentra en la conclusión de los «treinta gloriosos» –es decir, del modelo keynesiano– a partir de la crisis del petróleo de 1973 y su progresiva sustitución, acelerada tras el final de la Guerra Fría, por el modelo neoliberal. Por un lado, el declive del fordismo implicó la consolidación de nuevas formas de organización productiva que conllevaron la reducción y la dispersión en el territorio de la presencia de la clase obrera industrial. Por el otro, el proceso de globalización sin reglas de la economía y liberalización de los mercados –caracterizado por la financiarización de la economía, las concentraciones empresariales, las privatizaciones, la deslocalización de las empresas y la precarización del trabajo– que comenzó en los ochenta, junto a las transformaciones tecnológicas de la llamada cuarta revolución industrial, ha tenido como consecuencia a medio y largo plazo un debilitamiento de la soberanía política. En el Viejo continente, estas dinámicas se han solapado con el proceso de integración europeo que, tras dos décadas de generalizado optimismo, empezó a entrar en crisis a partir del fracaso del referéndum sobre la Constitución Europea en 2005 y, sobre todo, del estallido de la crisis económica entre 2008 y 2010. A todo esto, debe sumarse el aumento de las migraciones –que ha conllevado, de una u otra forma, un replanteamiento de lo que es la identidad– y la crisis de las democracias liberales con los corolarios de la desconfianza hacia los políticos y las instituciones, y del desalineamiento, es decir, el debilitamiento de los lazos entre los partidos mayoritarios tradicionales y la ciudadanía[24].

Como han mostrado Roger Eatwell y Matthew Goodwin, en el caso estadounidense la confianza de los ciudadanos en las principales instituciones había caído al punto más bajo a comienzos de la década pasada: cerca del 35 por 100 de los estadounidenses confiaban por aquel entonces en la Corte Suprema y en la Presidencia, solo el 21 por 100 en los bancos y apenas el 12 por 100 en el Congreso. No hace falta ir muchos años atrás para darse cuenta de la diferencia abismal respecto al pasado: es cierto que en los sesenta la confianza en todas estas instituciones era, como mínimo, del 60 por 100, pero aún a finales de los noventa se movía entre un mínimo de un 28 por 100 para el Congreso y un máximo de un 52 por 100 para la Presidencia, pasando por un 40 y un 50 por 100 para los bancos y la Corte Suprema, respectivamente[25]. Sin embargo, no se trata solo de Estados Unidos: la «sociedad de la desconfianza», como la definen Ilvo Diamanti y Marc Lazar, es una realidad en todo el mundo occidental. El barómetro de la confianza política elaborado por el Cevipof en Francia mostraba que en 2018 solo el 29 por 100 de los ciudadanos del Hexágono tenía confianza en la Asamblea Nacional, el 30 por 100 en el gobierno, el 32 por 100 en la Unión Europea y el 33 por 100 en la Presidencia[26].

No por casualidad, intentando definir el populismo contemporáneo, Marco Revelli habla de «revuelta de las periferias» y «fibrilación de los márgenes»: «una especie de rencoroso desapego y hostilidad hacia las elites de gobierno y los actores institucionales» por parte de los que «se sienten olvidados» que, por su situación material y la percepción de «haber caído fuera del relato colectivo» y haberse convertido en invisibles, buscan frenéticamente a alguien «que pueda representar su inseguridad». Se trataría del «síndrome del forgotten man», conectado con la idea de la existencia de unos ganadores y unos perdedores de la globalización, un tema repetido hasta la extenuación para explicar la victoria de Donald Trump en 2016[27]. Según Christophe Guilluy, que para el caso galo ha acuñado el concepto de «Francia periférica», todo lo que no son las grandes áreas urbanas globalizadas en proceso de gentrificación, se trata de un «sentimiento de relegación cultural y geográfica» que se conecta al menguamiento de la clase media occidental[28]. Justamente en el Hexágono, el estallido en otoño de 2018 del movimiento de los chalecos amarillos, surgido de esa Francia periférica, sería una prueba de ello. No por casualidad el escritor Hervé Le Corre los definía como «los hijos olvidados o abandonados»[29] de la Presidencia de Emmanuel Macron, un político considerado, por su experiencia en el banco Rothschild y sus políticas neoliberales, como el presiden­te de «los muy ricos», en palabras de su antecesor, François Hollande, o «el líder del libre mercado», según la revista norteamericana Forbes[30].

En el estudio de los resultados del referéndum británico de junio de 2016 y de la victoria de Trump del siguiente mes de noviembre, Marco Revelli mostraba que el clivaje geográfico –es decir, la oposición ciudad-campaña– se entrelazaba con el clivaje social. En Reino Unido no fue solo el campo a votar a favor del Leave, sino también «muchas ciudades de medias y grandes dimensiones, aquellas con un mayor asentamiento industrial, y sobre todo las áreas con mayor sufrimiento social, más marcadas por el declive de la old economy y el sector manufacturero». Así, en el caso de Estados Unidos, la otra América que no votó por Hillary Clinton representaría, en palabras del mismo Revelli, la «venganza de los deprivados», es decir, de los que han perdido algo: