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En Fábulas argentinas Godofredo Daireaux traslada la sabiduría de la vida que encierra la moraleja de toda fábula a un escenario para él cercano. Conocedor de los relatos de La Fontaine, Daireaux los adapta a los pasajes de la pampa argentina. Así desfilan, página por página, la fauna, la flora y las sencillas y humildes gentes criollas. A través de sus fábulas conocemos animales tan notables como el teruteru, de la vizcacha a la comadreja, de la lechuza al cóndor, del perro cimarrón al colibrí, y también humanos sencillos de innegable simpatía. Estas Fábulas argentinas son narraciones breves, de estructura sencilla y de prosa diáfana. Fluctúan entre la inocencia, el humor y la ironía, dejando sentada, casi siempre, la intención pedagógica del autor de mostrar alguna reflexión moral.
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Seitenzahl: 193
Veröffentlichungsjahr: 2012
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Godofredo Daireaux
Fábulas argentinas
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: Fábulas.
© 2024, Red ediciones S.L.
Diseño cubierta: Red ediciones S.L.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-175-3.
ISBN rústica: 978-84-9816-758-0.
ISBN ebook: 978-84-9897-809-4.
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Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 11
La vida 11
Al lector 13
El hombre y la oveja 15
La mariposa y las abejas 16
El tigre y los chimangos 17
La gaviota 17
El arroyo y el cañadón 18
La hormiga y la cucaracha 19
El perro fiel 20
El terú-terú 21
El hurón y la gata 22
La cigüeña 23
El mono y la naranja 24
El ombú 24
La vizcacha y el pejerrey 25
El mosquito 26
Los pavos y el pavo real 27
Flor de cardo 28
El gato montés 29
El trigo 30
Las palomas 30
El caballo asustadizo 31
Cambio de política 32
Concurso de belleza 32
Los carneros y el capón 33
Patrón rico 34
El guacho 35
El caballo y el buey 36
El zorro y el avestruz 37
El caracol 38
El avestruz y la perdiz 38
El zorro y la vizcacha 39
El toro y el hornero 40
La cotorra y la urraca 40
El tigre y sus proveedores 41
El chancho gordo 42
Flores quemadas 42
El médano y el pantano 43
Maledicencias 44
La mulita indiscreta 44
Vae soli! 45
La gran conejera 46
Los zánganos en la colmena 47
La gallina y el cuchillo 47
Flores marchitas 48
Interesante sesión 48
La oveja merina y las ovejas criollas 49
Las dos manos 49
El gato blanco 50
El entierro del perro 50
El chajá y los patos 51
La ostra madreperla y la ostra común 52
La babosa 52
Cóndor y chingolo 53
La vizcacha inexperta 54
Amor sincero 54
Pelea de gallos 55
El hornero y la palma 55
Las colmenas 56
El escarabajo y el picaflor 57
La lechuza y el zorro 58
El zorrino manso 58
La rosa, el picaflor y la mariposa 59
El gato montés y la nutria 60
Los gatitos en la escuela 61
El toro y la argolla 61
Los dos carneros 62
El capón flaco 62
La araña 63
La víbora y el zorro 64
El perro y el zorro 64
El cuis y la lechuza 65
Los dos gallos y la polla 66
El oso hormiguero 67
Jerarquía 67
El mono y la cinta elástica 68
La hormiga y su fortuna 69
Los dos perros y el ladrón 70
La comadreja y el zorro 70
El triunfo del zorro 71
La gallina y la perdiz 72
El pato 73
El nido del carancho 74
El cisne y la garza mora 75
El pato y las gallinas 76
El perro y el cabrón 76
Mucho ruido, pocas nueces 77
El zorro y el puma 77
La armadura del peludo 78
La sequía 79
El mono y el perro 79
Las voraceadas del tigre 80
El vizcachón previsor 81
El pavo y el gallo 81
Las vizcachas 81
El pavo real, la urraca y el hornero 82
La araña y el sapo 83
Caridad 84
El hurón y el zorro en sociedad 84
El ruiseñor y los gansos 85
El burro 86
La vizcacha y el zorrino 86
El loro muerto 87
Maniobras militares 87
El perro, el cimarrón y los guanacos 87
La vaca empantanada 88
Las pértigas y la barrica 88
¡Ya no soy poeta! 88
La cúspide y el valle 89
El ñandubay la paja 90
El picaflor enojado 90
La hormiga alada 91
Las opiniones del gallo 91
Los burros y el eco 92
El carnero filósofo 93
La luciérnaga y las arañas 93
El cordero negro 94
El águila y el gorrión 94
El tutor y la planta 94
Los patos caseros y los patos silvestres 95
El chajá y los mensajeros 96
El águila, el chimango y las urracas 97
El zorro y la vizcacha 97
El perro gritón 97
El cisne y la gallareta 98
Los cimarrones y el tigre 98
El bien-te-veo y la comadreja 99
La fiesta del águila 100
El novillo 101
El caballo enriquecido 101
El perro y las pulgas 102
El chajá 102
La perdiz y la gaviota 103
Las dos plantas 103
El águila 103
El caballo y el burro 104
Las abejas en sus comicios 104
El pavo real y sus admiradores 104
El gaucho y el potro 105
Zorro viejo 105
Las hormigas 107
Parentesco póstumo 107
Los tres durazneros 108
El bien-te-veo 108
El cuis en el entierro del perro 109
El ganso 109
Justas quejas 110
La chicharra y la rana 111
Gallos y gallinas 111
El mal tropero 112
Decreto moralizador 112
El avestruz y el ganso 113
Los dos tigres y el zorro 113
El caballo y la mula 114
El cencerro y la campana 114
Los pajaritos y la luciérnaga 115
Ayuda oportuna 115
La selva 116
Invasión de hormigas 116
El lagarto 117
La burra y el potrillo 118
Los escarabajos 118
El cimarrón y el zorro 118
La nutria y la gallareta 120
Aves de rapiña y mosquitos 120
Libros a la carta 123
Brevísima presentación
La vida
Godofredo Daireaux (París, 1849-Buenos Aires, 1916). Argentina.
Hijo de un normando que había hecho fortuna con el café en Brasil, Geoffroy Francois Daireaux se estableció como hacendado en la Argentina en 1868 y en 1883 poseía tres estancias en Rauch, Olavarría y Bolivar.
Participó de la fundación de la ciudad de Rufino en la provincia de Santa Fe y Laboulaye y General Viamonte en la provincia de Córdoba.
En 1901 fue Inspector General de Enseñanza Secundaria y Normal. Enseñó Francés en el Colegio Nacional. Trabajó en La Nación, colaboró en Caras y Caretas, La Prensa, La Ilustración Sudamericana, La Capital de Rosario, y dirigió el diario francés L’Independant. Su casa fue centro de encuentro de artistas como Fader, Quirós, Sivon e Yrurtia.
Daireaux escribió relatos de costumbres y tratados como «La cría del ganado» (1887), «Almanaque para el campo» y «Trabajo agrícola».
Al lector
(«El hombre dijo a la oveja...»)
Godofredo Daireaux
A medida que uno envejece, le entran como loca picazón las ganas de dar consejos. ¿Será que, no pudiendo ya sacar provecho de su tardía experiencia, el hombre la ofrece de regalo a los que todavía la pueden utilizar?
Puede ser.
Pero los consejos, y más todavía las críticas, a que también da la experiencia cierto derecho, tienen que ser envueltos en algo muy dulce para que el paciente consienta en tragárselos, y que del remedio se pueda esperar algún efecto. Y por esto es que, desde tantos siglos, se ha imaginado el apólogo. Con él, ha podido un pobre esclavo, como el gran fabulista frigio Esopo, cantar verdades a su amo sin ser muerto a azotes; con él, ha podido Rabelais, el jovial cura francés, mofarse de los clérigos viciosos de su tiempo, sin acabar en la hoguera; por él, Lafontaine ha popularizado tantas máximas de moral y tantas reglas prácticas de conducta, que sus fábulas han contribuido más al progreso de la humanidad que cien tratados de filosofía.
Estos maestros y muchos otros han dejado tan trillado el campo del apólogo, que poco queda que espigar en él; y por mi parte, no me habría atrevido a hacerlo, si, durante muchos años, no hubiera sorprendido entre los animales que pueblan la Pampa, mil conciliábulos que sería lástima dejar perder, pues no desmerecen sus lecciones de las que nos han venido de allende los mares.
Es de sentir, por cierto, que no hayan tenido por intérprete de sus gestos graciosos y de sus conversaciones instructivas a algún inspirado poeta, capaz de traducirlos en versos lapidarios, pero no pude yo sino tomar fieles apuntes de lo que vi y oí, y reducirlos a simple prosa corriente para los que ignoran el idioma de los bichos pampeanos.
Los hay entre éstos, llenos de picardía, de envidia, de ingratitud, de egoísmo, de orgullo, de avaricia, de ignorancia, de mala fe y de muchas otras cosas feas, cuya enumeración sería mucho más larga que la lista de sus virtudes; y no hay duda que el hombre es muchísimo mejor que esos seres inferiores. Pero podría suceder ¿no es cierto? por una gran casualidad, que también se encontrasen hombres que no fueran modelos de lealtad, de desprendimiento, de gratitud, de modestia, de generosidad, de buena fe, y para enseñarles a corregirse, el apólogo es y siempre será de gran resultado; por lo menos podrá servir de desahogo al que sienta la imperiosa necesidad de reprender sin herir, y si por sus alusiones y sus indirectas, las fábulas hacen cosquillas al que las oiga... ¡que en silencio se rasque!
Bien raras veces, por lo demás, se da uno por aludido: cuando, en un círculo de muchachos, algún travieso ha pegado con alfiler colas de papel a dos de sus compañeros, todos, por supuesto, se ríen, pero, más que los otros, siempre los dos que llevan la cola.
La fábula no hace personalidades; y su gran poder, justamente, consiste en que a nadie choca, ya que siempre puede cualquiera desconocer en ese espejo las arrugas de la propia cara y aplicar a otro la semejanza; pero no por esto deja de ser siempre más eficaz la sonrisa indulgentemente burlona del fabulista que la voz severa y los ojos redondos del pedante.
• • •
También te diré, lector, el porqué del título.
Estábamos un día en un corral de ovejas arreando despacio los animales al chiquero, y nos hablaba un compañero de un sujeto a quien habían explotado muy feo los mismos que, bajo forma de habilitación, parecían ayudarle, cuando lo interrumpí diciendo: «¡claro! pues: el hombre dijo a la oveja...»
Y un gaucho, un peón, que caminaba algunos pasos delante de nosotros, al momento dio vuelta la cabeza y alargó el pescuezo, prestando con interés el oído en espera del resto. No seguí ese día, porque no había tiempo, pero la mirada hambrienta de cuentos de ese hombre había bastado para que me decidiera a juntar todos los que andaban sueltos en el cajón de mi mesa y también en mi cabeza, haciendo de ellos el modesto lío que aquí te ofrezco.
Y si también las llamé Fábulas argentinas, es que, aunque lo mismo pueden ser de aplicación en cualquier otro país, me han sido inspiradas, casi todas, por acontecimientos y personajes argentinos, o por sucesos e incidentes acaecidos aquí, entre gente radicada en esta tierra; y que sus actores son, con muy pocas excepciones, animales pertenecientes a la fauna argentina.
G. D.
El hombre y la oveja
El hombre dijo a la oveja:
—¡Te voy a proteger!
Y a la oveja le gustó.
—Apenas —dijo el hombre— tienes en las espaldas, para resistir al frío, algunas hebras de gruesa lana. Vives en rocas ásperas, donde tienes que brincar a cada paso, con riesgo de tu vida, para buscar el escaso alimento, el pobre pasto que allí crece. Los leones no te dejan en paz. Crías hijos flacos con tu poca leche, y da pena ver en semejante miseria a ti y a toda tu familia. Ven conmigo. Te daré rico vellón de lana fina y tupida, perseguiré a tus enemigos, curaré tus enfermedades, tendrás parques seguros y prados abundantes. Verás, tus corderos, ¡qué gordos serán! Ven, pues; te voy a proteger.
Y fue la oveja, balando de gozo.
El hombre, primero, la encerró en un corral. Quiso ella salir; un perro le mordió el hocico.
Le hirieron en la oreja con un cuchillo y la metieron en un baño, frío, de olor muy feo.
Por fin, de compañero, le dieron un carnero que a ella no le gustaba nada.
En vano protestó.
—Es para tu bien —dijo el hombre—: ¿no ves que te estoy protegiendo?
Poco a poco se fue acostumbrando.
Sus formas agrestes cambiaron por completo; sus mechones cerdosos se volvieron lana, y se hinchó de orgullo al ver su hermoso vellón.
Entonces, el hombre la esquiló.
La oveja tuvo magníficos hijos, rebosantes de salud y redondos de gordura.
El hombre se los llevó, sin decirle para donde.
La oveja quiso saltar el corral para seguirlos, y rompió un listón de madera. El hombre, furioso, asestándole un golpe en la cabeza:
—¡Vaya! —dijo—, ¡métase uno a proteger ingratos!
La mariposa y las abejas
De flor en flor iba la mariposa, luciendo sus mil colores, más linda que las mismas flores, más divina que un pétalo de rosa.
A cada paso, en sus revoloteos, encontraba a las abejas, atareadas siempre, siempre afanadas. Asimismo, como sabía dejarles el paso, saludándolas afablemente, las abejas le habían criado cariño, y de cuando en cuando se dignaban algunas de ellas conversar un rato con ella.
Así se enteró la mariposa de cómo las abejas edificaban su colmena, la proveían de todo lo necesario para el invierno, tenían sus depósitos llenos y hasta podían dedicarse a un negocio lucrativo de intercambio de productos con otros insectos.
Se le ofrecieron mucho, poniendo sus casas a su disposición, prometiéndole mil cosas, rogándole que las ocupara, sin cumplimiento.
La mariposa, llena de imaginación, se figuró que con semejante ayuda, podría también ella poner negocio. No había trabajado, hasta entonces, en recoger la miel, sino para su consumo personal; pero, como las abejas, sabía juntarla, y lo mismo que ellas, podría muy bien hacer fortuna.
Solo le faltaba un poco de cera para empezar y algunos otros materiales para formar la colmena.
Fue a ver a sus amigas las abejas, a pedirles la cera.
Una, desde el umbral de su casa, le contestó que, justamente en este momento, acababa de disponer de la poca que tenía guardada, y que de veras sentía mucho no poderla favorecer.
La segunda entreabrió la puerta, y le dijo que todavía no tenía cera disponible; y la tercera, por la ventana, le gritó que recién al día siguiente la iba a tener.
Otra, con mucha franqueza, le contestó que, realmente, tenía, pero que la iba a necesitar y no se la podía prestar.
Y la mariposa volvió a sus flores, convencida de que de los mismos que se ofrecen, muchos han tenido, muchos tendrán, muchos van a tener, muchísimos tienen y se lo guardan, y que, si los hay, bien pocos deben ser los que tienen y dan.
El tigre y los chimangos
Un tigrecito, joven y de poca experiencia, se había fijado que cuando volvía de la caza, los chimangos se juntaban por centenares alrededor suyo, saludándolo con su simpática gritería, mientras devoraba la presa.
—Nosotros los tigres —pensaba—, como príncipes que somos, pocos amigos leales solemos tener. Adulones no nos faltan, por cierto, que siempre tratan de sacar de nosotros alguna tajada, o miedosos y cobardes, que con tal de alejar de sí nuestra ira, serían capaces de las más bajas vilezas. Pero estos chimanguitos no son ni uno ni otro. Se conoce a la legua que sus gritos son de sincera y pura alegría, de felicitación desinteresada, pues nunca vienen, estando uno de nosotros, a pedir siquiera una lonjita de carne. Tampoco nos pueden tener mucho miedo, pues son tan flacos que no valen un manotón, y bien lo saben ellos, por cierto. ¡Éstos, sí, pues, son verdaderos amigos!
Un día, volvió sin haber podido cazar ninguna presa.
Como siempre, muchos chimangos había alrededor de la guarida paterna; pero calladitos.
—Tristes están los pobres —pensó el tigrecito—, porque ven que vengo sin nada y les da lástima verme pasar hambre. ¡Qué buenos amigos!
Enternecido, contó el hecho a su padre, quejándose solo de no poder conocerlos a todos uno por uno, para quererlos más.
—¿Quieres saber cuántos son? —le dijo el viejo—. Pues, hazte el muerto, no más, y pronto se van a juntar todos.
Así hizo nuestro tigrecito. Al rato, empezó la gritería, y venían chimangos, y más chimangos; demasiados eran para poderlos contar, ¡y casi lloraba de gusto el tigrecito al verse rodeado de tantos amigos!...
De repente sintió que dos de ellos, creyéndolo muerto de veras, le empezaban a picotear los ojos, y conoció su error.
La gaviota
La gaviota, como lo sabe cualquiera, nunca se queda muy atrás para ganarse la vida. De gañote algo ancho, de apetito insaciable, poco delicada, le mete pico a cualquier bocado, caiga del cielo o sea pura basura.
Con esto, algo doctora: y si deja de comer un rato, no por ello cierra el pico, pues también le sirve para charlar. ¡Dios nos libre de sus gritos cuando habla de política!
A pesar del pelaje, es prima hermana, dicen, del ave negra, que llaman, en los pueblos de campaña.
Por allá, busca a los que andan por pleitear; atiza el fuego; los manda a su primo que vive en el pueblito, y éste se las sabe componer de tal modo que todos salen perdiendo, menos él, por supuesto.
Son dos diablos muy vivos, muy útiles en día de elección, y muy amigos del juez.
Un día, se quejaban todos los animalitos que viven en la campaña, de la invasión de la langosta. Los que más habían trabajado eran los más afligidos.
—¡Pensar todo el año —decían—, y no cosechar ni Cristo! Ni un grano va a dejar esta maldita langosta, ni una hebra de pasto. ¡Si el gobierno, siquiera, bajase el impuesto!
—Al contrario —dijo uno—; han votado otro más para matar la langosta.
Y todos se callaron, deplorando su miseria. Sola, la gaviota parecía más bien risueña. Uno le preguntó por qué.
—Amigo —le contestó—, el que sabe vivir, hasta de la langosta vive.
El arroyo y el cañadón
Angosto y transparente, corría el arroyo, con su incesante cuchicheo, sobre su hermoso lecho de piedritas, en mil saltos alegres, entre sus riberas floridas.
Extendido en todo lo ancho de la llanura, reflejando las nubes espesas, mudo, dormía el cañadón perezoso, tapado en partes por su sábana de juncos y duraznillos.
El primero brindaba, con amable generosidad, a las haciendas sedientas el cristal de sus aguas.
—Pocas, pero buenas —les decía, sonriéndose, con su vocesita cantante—; tomen sin cuidado. Son limpias y sanas. No teman que se les acabe; vienen de a poco, pero para todo y para todos alcanzan. No se secan nunca: siempre corren renovadas.
—¿Qué diré yo, entonces —dijo el cañadón—, si este pobre tonto se alaba? Aunque corras y trabajes toda la vida, nunca pasarás de lo que sois, encerrado entre tus barrancas. Enriquecido yo, de todas las aguas que de ti y de tus semejantes puedo detener, no necesito moverme para vivir. ¿Ves estas nubes negras? algo destruirán, pero aumentarán mi caudal. También sé ser generoso a mis horas y no impido que las haciendas prueben mis aguas.
—Rico sois, es cierto, cañadón mío —le contestó el arroyo—, rico de lo que nos quitas, y tienes agua más bien por demás. También les das a los animales sedientos; pero les tapas el pasto bueno. Tus aguas barrosas, sucias y cálidas, no fecundan la tierra y solo producen gérmenes de muerte para los que, apremiados por urgente necesidad, se atreven a probarlas.
No seas orgulloso por tu extensión; los sapos, los escuerzos y los mosquitos, son los únicos que cantan tu gloria; y si, cansado de tu insolencia, te llega a secar el Sol, ¡qué olor, señor!
Mal puede alabar su generosidad el usurero.
La hormiga y la cucaracha
Al pie de una bolsa de arroz se encontraron un día la hormiga y la cucaracha.
La primera, con cuidado, agarró un grano de los que salían por la costura de la bolsa y con gran trabajo lo llevó hasta su cueva. Volvió, tomó otro, y se lo llevó también; y así siguió sin descanso.
La cucaracha subió hasta la misma boca de la bolsa, probó un grano, lo tiró, probó varios, probó muchos, mordiéndolos apenas y tirándolos en seguida. Una vez llena, se durmió entre el mismo arroz y lo ensució todo.
Al bajar, horas después, volvió a ver a la hormiga que seguía trabajando, llevando sin descanso los granitos a la cueva.
Se burló de ella, la trató de avarienta y se fue a pasear sin rumbo por los techos del granero. La hormiga se fue para su casa, a comer y dormir.
Días después, la cucaracha, en una hora de hambre, se acordó de la bendita bolsa de arroz y corrió a donde había estado parada, pero la habían quitado de aquel sitio, justamente por haberla ella ensuciado tanto.
—No importa —dijo—, la hormiga tiene.
Y fue en su busca.
La hormiga la recibió muy bien, y consintió, sin mayor dificultad, en prestarle cien granos de arroz, pero con la condición que le devolviese ciento diez al mes.
Agradecida, la cucaracha se comió los granos sin contar, y cuando no tuvo más, fue a visitar otra vez a la hormiga.
Pero no consiguió nada hasta no haber cumplido con su anterior compromiso. ¡Y qué trabajo le costó! Habían escondido la bolsa de arroz en un rincón oscuro, lejos de la cueva de la hormiga, y tuvo que hacer viajes y viajes.
La hormiga almacenaba los granos a medida que venían llegando. Puso aparte ocho de los diez que le correspondían por rédito, y como la cucaracha le preguntase por qué hacía así, le contestó:
—Estos ocho los comeré yo; los otros dos quedan de reserva; y son ellos los que me permiten trabajar para mí sola, y también hacer trabajar a los demás para mí.
Con la economía se conserva la independencia propia y hasta se compra la ajena.
El perro fiel
Un perro llevaba en una canasta, para la casa de su amo, un buen pedazo de carne.
Por el camino encontró a su pariente el cimarrón, quien entabló con él conversación amistosa. No comía todos los días el pobre, y de buena gana hubiera mascado un poco de lo que llevaba el perro. Hacía mil indirectas; ofrecía sus servicios para cualquiera oportunidad; proponía ciertos cambiazos muy ventajosos, según él, enumerando con énfasis las varias reses que decía tener guardadas.
—Dame la canasta —decía al perro—; te la voy a llevar hasta casa, y allí verás cosa buena. Podrás elegir a tu gusto la presa que más te parezca debe ser del agrado de tu amo, a quien tanto deseo conocer, y así se la ofreces de mi parte.
El perro, sin desprender los dientes, medio le contestó que no tenía tiempo, que dispensara, y para evitar compromisos, se apretó el gorro.
Algo más lejos, dio con un puma flaco, hecho feroz por el hambre.
El perro, en otra ocasión hubiera disparado; pero el deber lo hizo valiente. Puso en el suelo la canasta, enseñó los colmillos y esperó el ataque. El puma se abalanzó más a la canasta que al enemigo, pero antes que la pudiera agarrar, el perro lo cazó de la garganta y lo sacudió de tal modo que se volvió el otro para los montes, sin pedir el vuelto.
Trotando, seguía el perro con la canasta, cuando se vio rodeado, sin saber cómo, por cuatro zorros. Se paró; se pararon ellos. Volvió a caminar; se volvieron a mover: pero como se le venían acercando mucho, y que si soltaba la canasta un solo rato, para castigar a alguno de ellos, los otros aprovecharían la bolada, optó por quedarse al pie de un árbol, y esperar con paciencia que le vinieran a ayudar. Pasaban las horas; los zorros no se atrevían a atacarlo, pero, pacientes, espiaban un descuido del fiel guardián. Ni pestañeó siquiera, y cuando lo atormentó el hambre, no se quiso acordar de lo que llevaba, pues era ajeno.
Al fin, vino el amo, inquieto, buscándolo. Dispararon los zorros; el perro fue acariciado como bueno.
Pues había sabido tener, para conservar, más astucia que el astuto para adquirir, más fuerza que el fuerte, más paciencia que el paciente.
•
De otro perro cuentan que, también llevando carne, se vio de repente atacado por uno mayor que él y más fuerte. Puso en el suelo la carne, y sin vacilar, peleó, como guapo y fiel que era; pero se juntaron otros perros y entre todos, ya lo iban a obligar a ceder y a robarle lo que llevaba.
Se le ocurrió entonces que, ya que no podía salvar la carne, siquiera él también debía tomar su parte de ella: arrancó un pedazo y con él se mandó mudar, dejando que los demás siguiesen disputándose el resto.
Hay héroes que solo son héroes, y hasta el fin; pero son pocos.
El terú-terú
El terú-terú, alegre, dispuesto, conversador, entrometido, burlón, lo mismo le hace los cuernos al gavilán que al buey, pero es amigo de todos, en la Pampa, y su principal oficio es avisar a cualquier bicho, de sus compañeros, de los peligros que corre o podría correr.
Si cruza un perro, solo, por el campo ¡pobre de él!
¡Lo que le dirán de cosas los terús, a la pasada!, ni las ganas le dejarán de volver a pasar por allí.
