Las veladas del tropero - Godofredo Daireaux - E-Book

Las veladas del tropero E-Book

Godofredo Daireaux

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Beschreibung

Las veladas del tropero son una serie de relatos de Godofredo Daireaux ambientados en haciendas de la Argentina del siglo XIX. Son cuentos narrados con vivacidad narrativa y humor ligero. Godofredo Daireaux hace una descripción de los personajes y el ambiente criollo con maestría, introduciendo elementos fantásticos del campo, un género que él dominaba magistralmente. En Las veladas del tropero evoca a un tropero que conoció, oriundo del Azul. El autor no transcribe los cuentos de este singular personaje en el lenguaje propio que usaba el gaucho, sino en su propia manera de hablar sencilla y coloquial. A lo largo de estos relatos se mezclan las experiencias vividas con la fantasía de los gauchos para evocar los misterios y secretos de la noche.

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Seitenzahl: 282

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Godofredo Daireaux

Las veladas del tropero

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: Las veladas del tropero.

© 2024, Red ediciones S.L.

e-mail: [email protected]

Diseño de cubierta: Michel Mallard.

ISBN rústica: 978-84-9816-573-9.

ISBN ebook: 978-84-9897-810-0.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 7

La vida 7

Prólogo 9

El buey corneta 11

El poncho de vicuña 18

Pulpería modelo 27

El sobrante 33

La bombilla de plata 40

Cuerocurtido 46

Don Calixto, el dadivoso 53

La estancia del dormilón 59

La piedra de afilar 67

El hombre que hacía llover 75

Los huevos de avestruz 80

El hombre del facón 86

La olla de Gabino 93

Siempre conforme 103

El rebenque de Agapito 111

Las hazañas del travieso 116

Vivir como un conde 122

Quien sueña, vive 129

La guitarra encantada 136

El rancho de los hechizos 145

Libros a la carta 155

Brevísima presentación

La vida

Godofredo Daireaux (París, 1849-Buenos Aires, 1916). Argentina.

Hijo de un normando que había hecho fortuna con el café en Brasil, Geoffroy Francois Daireaux se estableció como hacendado en la Argentina en 1868 y en 1883 poseía tres estancias en Rauch, Olavarría y Bolivar.

Participó de la fundación de la ciudad de Rufino en la provincia de Santa Fe y Laboulaye y General Viamonte en la provincia de Córdoba.

En 1901 fue Inspector General de Enseñanza Secundaria y Normal. Enseñó Francés en el Colegio Nacional. Trabajó en La Nación, colaboró en Caras y Caretas, La Prensa, La Ilustración Sudamericana, La Capital de Rosario, y dirigió el diario francés L’Independant. Su casa fue centro de encuentro de artistas como Fader, Quirós, Sivon e Yrurtia.

Daireaux escribió relatos de costumbres y tratados como «La cría del ganado» (1887), «Almanaque para el campo» y «Trabajo agrícola».

Las veladas del tropero son una serie de relatos ambientados en haciendas de la Argentina del siglo XIX.

Prólogo

A Eduardo Sívori

¡Miren que sabía de cosas ese hombre...!

Vecino del Azul, desde cuando era pueblo fronterizo, capataz de un resero, durante veinte años, había recorrido con él, incansablemente, toda la pampa del Sur, y de todo lo visto, oído o adivinado en sus viajes, le daba por sacar unas historias tan interesantes, tan lindas, que conseguía mantener despiertos a los compañeros toda la noche, si así lo exigía la seguridad de la hacienda.

Gracias a él, siempre encontraba su patrón peones para sus arreos, con menos trabajo y a menor precio que cualquier otro tropero; pues todos sabían cuán lindo era viajar bajo sus órdenes, y se le ofrecían, de todas partes, los aficionados. No ignoraban que para el trabajo, nadie era más delicado, y que tendrían que pasar más de una noche en vela, pero también sabían que la velada se la pasarían —fuera de sus horas de ronda— escuchando alguna historia entretenida o alguna conseja maravillosa, de esas que hacen olvidar al más pobre las asperezas de la vida, arrebatan en sueños dorados al más desgraciado y borran, por un rato, de su memoria la más triste realidad; capaces hasta de infundir calor de abrigado hogar a las espaldas, azotadas por el viento, del peón acurrucado en la paja mojada, bajo el poncho empapado.

Toda alma ingenua necesita cuentos, lo mismo que toda criatura necesita leche; alimento liviano y sutil de la primera edad, que mantiene sin cansar. Y por esto es que todos los pueblos primitivos han tenido sus leyendas, sus fábulas, sus relaciones de aventuras, de viajes extraordinarios, de combates heroicos, de amores célebres; sus tradiciones mitológicas, sus historias milagrosas, religiosas o profanas; y nuestro capataz seguramente pensaría que, como cualquier otro, bien podría el gaucho tener las suyas.

Por lo demás, era cosa de creer que hubiese tenido ocasión de comunicarse personalmente con algunos seres sobrenaturales, de los muchos que existen en la pampa, y que éstos le habían confiado sus secretos, pues bien se conocía, al oírlo, que no eran mentiras lo que estaba contando. Si bien en sus cuentos solían aparecer personajes harto misteriosos y suceder acontecimientos incomprensibles para cierta gente, no tenía esto nada de extraño, pues todos saben que hay en la pampa muchas cosas ocultas y seres invisibles cuyos actos nadie podría explicar, pero que tampoco nadie puede negar.

No se puede asegurar que, de vez en cuando, no agregase a la verdad algo de lo suyo; pero, ¿quién no comprenderá que, en las largas horas de ronda y de arreo, puedan nacer en el alma embelesada por los misteriosos conciertos del nocturno silencio pampeano y por los maravillosos espectáculos de la naturaleza sobreexcitada por las grandiosas y terribles manifestaciones de sus repentinas iras, mil figuras extrañas, de dudosa realidad quizá, pero que la imaginación cree verdaderas?

Por lo menos, ninguno de los auditores nunca se hubiera atrevido a dejar entender a ese hombre que le quedara una sombra de duda por todo lo que él narraba, de miedo de perturbar la palpitante relación y de cegar, quizá para siempre, el fantasmagórico manantial de sus invenciones ingeniosas.

¿Invenciones? ¡Claro! ¿Quién, sino él, las contó jamás?

Lo que, inconscientemente, por lo demás, gustaba sobremanera a su auditorio es que en todos los cuentos solo actuaban personajes netamente criollos, en ambiente pampeano puro. Otros que él, por supuesto, les habían, a veces, alrededor del fogón, contado cuentos prodigiosos, pero en ellos hablaban de reyes y de príncipes, de reinas y de princesas, de monstruos y de bellezas encantadas, de tesoros fabulosos y de pedrerías, como si jamás hubiese habido en la llanura gente de esa laya, ni mayores riquezas que modestos aperos de plata y buenos caballos. Los santos y la Virgen peleaban, en ellos, a menudo, con Mandinga, y siempre lo vencían y lo maltrataban; ¡como si hubieran sido mejores gauchos que él y le hubieran podido enseñar a domar y a manejar el lazo!

Cantidad de otros personajes, procedentes quién sabe de dónde, cruzaban por aquellas historias, divertidas, sin duda, pero con un tufo exótico que impedía que ni por un momento se pudiese creer en su veracidad. ¿Qué necesidad había de ir a pedir prestados seres y figuras, hadas y genios, espíritus y fantasmas a todos los países habidos y por haber, teniéndolos en la pampa, criollazos, innumerables y lo más dispuestos a responder en el acto a su evocación?

¡Y qué lindamente los evocaba nuestro tropero...!

Sucedió que, una noche, después de haber dejado con tres hombres la tropa que conducía, de novillos tan ariscos que no se atrevía la gente a prender un cigarro, de miedo de asustarlos, se había agachado con los demás peones entre las pajas, para contarles un cuento. Y apenas empezaba, cuando se vieron relucir en las tinieblas los ojos redondos de los mismos novillos del arreo, que rodeaban, inmóviles y silenciosos, al grupo y escuchaban al narrador con profunda atención.

G.[odofredo] D.[aireaux]

El buey corneta

«Nunca falta —dice el refrán— un buey corneta»; y la verdad es que, tanto entre la gente como entre la hacienda, nunca falta quien trate de llamar sobre sí la atención, aunque no sea más, muchas veces, que por un defecto.

A pesar del refrán, don Cirilo, en su numeroso rodeo de vacas, y entre los muchos bueyes que siempre tenía para los trabajos de su estancia, o para vender a los chacareros, no tenía, ni había tenido jamás, ningún buey de esa laya. Tenía para con ellos antipatía instintiva, y cuando, por un capricho de la naturaleza o por algún accidente, uno de esos animales salía o se volvía corneta, en la primera oportunidad lo vendía o lo hacía carnear.

Y por esto fue que, una mañana, al revisar su rodeo, extrañó ver entre sus animales un magnífico buey negro, con una asta torcida. «¿De dónde habrá salido éste?» —pensó—, y aproximándose a él, para mirarle la marca, se quedó estupefacto al conocer la suya propia, admirablemente estampada y con toda nitidez en el pelo renegrido y lustroso del animal.

Y la señal, de horqueta en una oreja y muesca de atrás en la otra, confirmaba la propiedad.

Quedó don Cirilo caviloso, tratando de acordarse en qué circunstancias podría haberlo perdido, y sobre todo, de adivinar por qué casualidad podía haber vuelto a la querencia un buey de esa edad, que seguramente faltaba del rodeo desde ternero. No pudo hallar solución y quedó con la pesadilla; pesadilla, al fin, fácil de sobrellevar.

Y siguió ocupándose de lo que tenía que hacer en el rodeo, es decir, de «agarrar carne», lo que para don Cirilo significaba carnear alguna res bien gorda, vaca, vaquillona o novillo, poco importaba, con tal que no fuera de su marca. Y como los campos todavía no estaban en ninguna parte alambrados, nunca dejaban de ofrecerse al lazo animales de la vecindad.

Echó pronto los puntos a una vaquillona gorda, en la cual ya, dos o tres veces, se había fijado, y desprendiendo el lazo —pues le gustaba operar él mismo—, la anduvo apurando con un peón para que saliera del rodeo. Ya estaban en la orilla, cuando la vaquillona, dándose vuelta de repente, se vino a arrimar al buey corneta que, lo más pacíficamente, estaba allí rumiando y mirando con sus grandes ojos indiferentes y plácidos.

Al dar vuelta para seguirla, el caballo de don Cirilo resbaló y pegó una costalada tan rápida que, si no hubiera sido éste buen jinete, sale seguramente apretado.

Volvió a montar y a perseguir; pero solo fue después de unas chambonadas, como nunca le había sucedido hacerlas, que logró enlazarla; y ya se iba acercando el capataz para degollarla, cuando reventó el lazo, haciendo bambolear el caballo, mientras que la vaquillona, muy fresca, se mandaba mudar trotando, con la cola parada en señal de triunfo, llevándose la armada en las aspitas, y la mitad del lazo a la rastra.

Derechito se fue adonde estaba parado el buey corneta, como para contarle las peripecias por que acababa de pasar, y el buey parecía escucharla con interés, mirando con sus grandes ojos indiferentes por el lado de don Cirilo, quien, apeado en medio de los peones, contemplaba con rabia los restos de su lazo trenzado, sin poder explicar cómo se había podido cortar semejante huasca con el esfuerzo de un animal tan pequeño.

Renunció por ese día a carnear la vaquillona, y volviendo a las casas, entró en el corral de las ovejas, las que todavía no se habían soltado por el mucho rocío; arrinconó la majada en una esquina del corral, y con el cinchón quiso enlazar un animal cuya señal cantaba claramente que era de un vecino. Pero era día de tan mala suerte, que el cinchón, no se sabe cómo, detuvo por el pescuezo un capón de propiedad del mismo don Cirilo, mientras el otro disparaba brincando.

Don Cirilo, ya disgustado por demás, se contentó con lo que, sin querer, había agarrado, y sacando afuera del corral el capón de su señal, lo degolló, renegando.

Al levantar la cabeza, vio a cien metros de él al buey corneta que, mirándolo con sus grandes ojos indiferentes, comía, con mil precauciones para no pincharse, y con toda la atención de un goloso que prueba un bocado elegido, la alcachofa de uno de los pocos cardos de Castilla que, todavía escasos, crecían cerca de las poblaciones.

Don Cirilo, al ver el animal, volvió a pensar que presentaba éste un caso singular de vuelta a la querencia, sobre todo que, estando gordo, y siendo, como parecía, muy manso, era extraordinario que no hubiese encontrado por allá quien lo aprovechase para toda una rica serie de pucheros. Pero de ahí no pasó en sus reflexiones, y se fue para su casa, dejando que los peones desollasen la res sacrificada.

Al día siguiente, don Cirilo, apenas en el rodeo, vio, detrás del buey corneta, la vaquillona que le había valido una rodada y la pérdida de un lazo.

No tuvo necesidad esa vez de echarla del rodeo para poderla enlazar, pues ella le ganó el tirón, y mientras el buey corneta miraba a don Cirilo con sus grandes ojos plácidos, éste echó a correr con dos peones para alcanzarla. Pero el animal parecía galgo; en su vida don Cirilo había visto disparar tan ligero, correr tanto tiempo y dar tantas vueltas, ningún animal vacuno; sin contar que ya que iba cerniéndose en su cabeza la armada traidora, como relámpago, daba media vuelta, cayendo el lazo en el vacío, o bien se paraba de golpe, dejando que pasase por delante. Nunca, ninguno de los guachos allí presentes había visto cosa igual, y no dejaba de empezar a cundir entre ellos cierta sospecha que les hacía a veces errar el tiro adrede. Don Cirilo, sin embargo, acabó por meterle lazo, y la pudieron degollar. Pero era carne tan cansada, que durante cuatro días todo el personal de la estancia —menos un peón viejo que prefirió no comer más que galleta— y toda la familia de don Cirilo, incluso él, por supuesto, que había comido más que ninguno, todos anduvieron enfermísimos y como envenenados.

Para desquitarse, don Cirilo cortó el cuero de la vaquillona, y aunque fuera algo delgado, pudo sacar de él muchos cabestros buenos, que hacían justamente mucha falta en la estancia. Pero salió tan fofo el cuero, que bastaba que se atase un caballo con uno de los dichosos cabestros para que lo cortase y se mandase mudar; y costó esto tres o cuatro recados, desparramados entre los cañadones por caballos que dispararon ensillados. Iba saliendo cara la vaquillona.

El buey corneta, él, seguía comiendo con precaución alrededor de las casas las alcachofas espinosas de los cardos de Castilla, mirando con sus grandes ojos indiferentes a don Cirilo, cada vez que con él se encontraba.

Una mañana de neblina cerrada, que don Cirilo había salido solo, no se sabe a qué diligencia misteriosa, de repente dio con el buey corneta. Entre la espesa gasa de la cerrazón, le pareció enorme el animal; y su silenciosa masa, sus grandes ojos indiferentes clavados en los suyos, hicieron sobre don Cirilo, emparedado a solas con él entre la flotante humedad de la neblina, una impresión de tan invencible inquietud, casi de terror, que por poco le hubiera dado explicaciones, como a un juez, para excusarse, y demostrarle que tampoco los vecinos eran santos, pues a menudo le pegaban malones, comiéndole las mejores vacas y los capones más gordos.

Al tranco, pasó cerca del buey corneta, sin que éste se moviera ni dejara de mirarlo con sus ojos, que, de grandes, parecían los de la conciencia; hasta que, enojándose contra sí mismo, contra el buey, y contra las ideas locas que éste le había hecho brotar en la cabeza, quiso don Cirilo emprender otra vez la carrera hacia el punto de cita que había indicado a su gente para llevar a cabo la diligencia misteriosa a que iba. Pero en este momento, el caballo hundió la mano de modo tan terrible en una cueva de peludo, que antes que pudiera pensarlo estaba tendido en el suelo don Cirilo, como cualquier maturrango, y con la muñeca recalcada.

Tuvo a la fuerza que descansar unos cuantos días, durante los cuales, más de una vez, pasó por su memoria la figura del buey corneta, enorme, renegrido, con su mirada fatídica. Y como, justamente, mientras se estaba acordando de él, le viniera el capataz a avisar que, desde dos días, faltaban del campo, sin que se les pudiera encontrar en ninguna parte, unos caballos ajenos que, desde mucho tiempo ya, se tenían para los trabajos más penosos, don Cirilo no pudo dejar de exclamar que ya, para él, sin duda alguna, el buey era algún mandado de Mandinga.

—De otro modo —dijo—, ¿cómo será que desde que anda por mi campo, sin que se sepa de dónde ha salido, no se puede carnear a gusto ni utilizar un ajeno?

Y entre sí resolvió que no pasarían muchos días sin que le viera el cuero al revés al maldito animal, y esto, a pesar de ser de su marca.

Mientras tanto, y como las malas mañas nunca se van así no más, en un abrir y cerrar de ojos, ya que se le compuso la mano lo bastante para poder trabajar, pensó en contraseñalar unas diez o doce ovejas ajenas que, desde días atrás, andaban mixturadas con su majada. Eran de una vecina, viuda, con bastantes hijos y comadre de don Cirilo: de una mujer que, si le hubiera pedido cualquier servicio, se lo hubiera prestado, no solo con gusto, sino hasta sacrificándose, pero la tentación de apropiarse animales ajenos era para don Cirilo tan fuerte, que ni en este caso la resistió.

Y mientras trataba de modificar artísticamente la señal de la primera oveja que encontró a mano, se le resbaló el pie, no se sabe cómo; el animal sacudió la cabeza y don Cirilo se plantó la punta del cuchillito de señalar en la mano izquierda. Se levantó, echando pestes, y al aproximarse a la puerta del corral para ir a las casas a hacerse curar la herida, casi tuvo, para pasar, que hacer retirar al buey corneta, que, plácidamente, se rascaba la paleta contra un poste.

No dijo nada don Cirilo, pero miró al buey como para matarlo con los ojos.

Y con todo, no se atrevió a dar orden de carnearlo; y, cosa quizá más rara, durante ocho días pareció no acordarse que hubiera ajenos en el rodeo y en la majada, y mandó carnear de la marca del establecimiento. El capataz y los peones extrañaban, por supuesto, pero no tanto como se hubiera podido creer, porque también ellos le tenían singular recelo al corneta negro.

La carne le pareció algo dura a don Cirilo durante una temporada, y vigiló —lo que antes nunca había soñado en hacer— que su señora no la dejase malgastar en la cocina, lo que le valió el excelente resultado de acostumbrarla a evitar desde entonces todo derroche.

No hubiera sido muy prudente, en esos días, de parte del capataz, el pedirle huascas nuevas, pues lo mismo que la carne, parecía que los cueros hubieran tomado un valor extraordinario.

Cuando se le hubo sanado la herida, y pudo volver al rodeo, lo primero que buscó fue, por supuesto, al buey corneta; pero tuvo, para verlo, que mirar lejos en el campo. Andaba solo entre las pajas y parecía tener pocas ganas de acercarse.

Don Cirilo lo contempló largo rato, y el fruto de sus reflexiones fue, sin duda, que, estando tan retirado el testigo indiscreto de sus hazañas, se podía, sin inconveniente, carnear algún ajeno, pues empezó a buscar la presilla del lazo. No la pudo desprender; parecía endurecido el cuero, y ya, mirándolo con sus grandes ojos indiferentes, estaba a su lado el buey corneta.

—¡Brujo maldito! —rezongó don Cirilo; pero enlazó una vaca vieja de su marca.

De vuelta a las casas, despachó un chasque a su comadre, avisándole que en su majada tenía algunas ovejas de ella; y pasaron días y días sin que le viniera la idea —por lo menos al parecer— de carnear ningún animal que no fuera de él. Durante todo este tiempo, dio la casualidad que ni una sola vez se encontrara con el buey corneta, ni en el campo, ni en el rodeo. ¡Qué cosa particular!, y aunque fuera suyo, no tenía gana alguna de volverlo a encontrar. No le tenía miedo, por supuesto, pero se encontraba, como quien dice, más a gusto sin él.

—Mejor, hombre, mejor; que no haces falta ninguna por aquí —decía entre sí don Cirilo.

Pero una mañana que justamente iba a acabarse la carne en casa, como andaba cruzando por el campo en un fachinal espeso, salió disparando delante de él una vaquillona gorda de la hacienda de su vecino don Braulio. Desató el lazo, y apurando el caballo, ya la iba a alcanzar, cuando, pesadamente, entre dos cortaderas, se levantó, como un monumento, el enorme buey corneta, renegrido e impasible.

—¡Al diablo! —exclamó don Cirilo— con el intruso —y recogiendo el lazo, se volvió para su casa. Nada dijo a nadie, pero desde ese día nunca permitió que se carnease sino de su marca; y aseguran que, desde entonces, no volvió a ver al buey corneta en su campo.

Y pasaron así unos meses, firme don Cirilo en su buena resolución, pero renegando siempre de los vecinos que seguían, ellos, aprovechando las ocasiones. Particularmente, su antigua víctima, don Braulio, quien parecía mantenerse únicamente de la hacienda de don Cirilo.

Un día que había mandado pedir rodeo a ese vecino, para ver si apartaba los animales de su propiedad antes que se los comiese todos, le llamó inmediatamente la atención al entrar entre la hacienda un buey corneta renegrido, metido entre ella. No tuvo la menor duda que fuera el famoso buey de su marca que tan buenos y contundentes consejos le había dado; pero quedó muy perplejo. ¿Lo llevaría, ya que era de su marca, o lo dejaría, no más, como olvidado? Y pensándolo, se aproximó al animal, mirándole maquinalmente el anca. Se quedó profundamente sorprendido: el buey llevaba, perfectamente pintada, la marca de don Braulio.

Como quien no quiere la cosa, le dijo entonces a éste don Cirilo:

—¡Qué lindo buey oscuro! Lástima que sea corneta.

—¡Hombre! —exclamó don Braulio—, me pasa con ese animal una cosa singular. Lo he visto aparecer de repente en mi rodeo, sin poder averiguar hasta el día de hoy de dónde me sale ese buey con mi marca y mi señal, y sin que me pueda acordar cuándo ni cómo lo habré perdido. No me acuerdo haber tenido jamás un animal de esa laya.

Fingió admirarse don Cirilo, pero guardó para sí sus reflexiones.

Como un mes después, ni quizá tanto, recibió de don Braulio un chasque, avisándole que en su rodeo había una punta de animales que se habían mixturado con los suyos y que haría bien de venirlos a apartar.

Si don Cirilo no hubiera visto el buey corneta en la hacienda de don Braulio, quizá se hubiera muerto de admiración en presencia del caso tan inaudito; ¡mire quién, para semejante aviso!, pero la presencia del buey corneta en el campo de don Braulio todo se lo explicaba. «Le habrá sucedido lo mismo que a mí —pensó—; y habrá tenido que acabar por rendirse.»

Había acertado. Don Braulio, cansado de pegar rodadas, de reventar lazos, de cortarse con el cuchillo, de enfermarse con carne cansada, y todo, siempre con anuencia, al parecer, del buey corneta, se había convencido de que no había más remedio, para no verlo más, que dejar de carnear ajenos.

Y así lo había hecho, y ya se iba retirando el buey, alejándose cada vez más del rodeo y de las casas, hasta que desapareció del campo.

Cuentan que así fue pasando de estancia en estancia, durante largo tiempo, el buey corneta renegrido, siempre cambiando de marca, sin que se le pudieran conocer las anteriores; admirándose los dueños de ver de repente aparecer en su hacienda este extraño animal tan desconocido, a pesar de ser de su propiedad, y poco a poco se volvieron todos los vecinos de aquellos pagos tan delicados para la carne ajena como si hubieran vivido en las costas del Gualichú, en tiempo de Rosas.

No hay duda que el mismo buey corneta sigue en alguna parte, haciendo de las suyas. Muchos creen que anda ahora muy cerca de la cordillera; otros dicen que en la pampa; no falta quien lo haya visto en el Sur, ni tampoco quien haya oído hablar de él en el Norte. ¡Vaya uno a saber por dónde anda!... Pero lo mejor es evitar su presencia y no hay cosa más fácil.

El poncho de vicuña

Un gaucho muy viejo y muy pobre, viendo aproximarse el fin de sus días, llamó a sus tres hijos y les dijo:

—Me queda poco tiempo que vivir; como no tengo más que ese poncho de vicuña que sea de algún valor, quiero que pertenezca después de mi muerte al que lo haya sabido utilizar mejor. Saldrán ustedes por turno, llevándoselo; irán lo más lejos que puedan por el campo, y después de una semana justita cada uno, volverán y me contarán en detalle lo que hayan hecho.

Jacinto, el mayor, hombre ya de treinta años, un perdido que se había pasado toda la vida matrereando por todas partes, salió, al día siguiente, a las tres de la tarde, con caballo de tiro, el poncho de vicuña terciado en el brazo, y rumbeó al poniente.

No se daba muy buena cuenta de lo que había querido decir el viejo al hablar de «utilizar» la manta de vicuña, pero poco costaba probar y, como por otra parte, la manta era de precio, y con ella puesta era fácil darse corte, iba con la idea de lucirse en algunas reuniones, hasta acabar los pesitos que llevaba, y después volver a casa.

Siendo el día muy templado, no se puso el poncho sino a la oración, cuando empezó a refrescar, y poco después llegaba a un rancho donde pensaba pedir licencia para hacer noche. Llamó al palenque; contestó una voz y salió a la puerta una mujer. El gaucho le pidió permiso para desensillar, y como esperaba la contestación para apearse, vio que la mujer, asombrada primero, espantada después, temblando se dirigía hacia su marido, ocupado en el patio en componer un apero. Vino éste, miró hacia el palenque, y con un gesto de fastidio, exclamó:

—Pero mujer zonza, ¡si no hay nadie!

—¿Cómo nadie? —dijo entonces en voz alta Jacinto.

Y al oírle empezó a temblar el marido, teniendo fuerzas para preguntar:

—¿Quién habla?

El gaucho, sospechando que algo pasaba que no se podía explicar, les dijo:

—Pero, ¿no me ven ustedes? —y la contestación, después de corta vacilación, fue la disparada rápida del matrimonio, y su desaparición en el rancho cuya puerta se cerró con estrépito.

Quedó Jacinto vacilando por largo rato; y quitándose el poncho para cerciorarse de lo que sospechaba, llamó otra vez. La puerta del rancho se entreabrió despacio, y con el susto todavía pintado en la cara, le dio el dueño de casa las buenas tardes. Jacinto, sin bajarse, le pidió un jarro de agua, y mientras se lo iba a buscar el otro, rápidamente se volvió a poner el poncho. En este mismo momento, el puestero, siempre desconfiado, se daba vuelta para mirarlo, y seguramente vio algo estupendo, pues tiró el jarro al suelo y el balde en el pozo, y de un salto se encerró y se atrancó en el rancho.

Jacinto se alejó, sabiendo ya que el poncho de vicuña era prenda de inestimable valor, pues al ponérselo en los hombros, quedaba uno invisible.

Para probar mejor y de un modo más práctico su virtud, se fue de un galope hasta la pulpería próxima, donde todavía había mucha gente, y sin quitárselo entró en el despacho. Fue como si no hubiera entrado nadie; pues ninguno le hizo caso, ni lo miró, ni le habló. Por la puerta interior pasó hasta el mostrador, vació el cajón, llenándose el tirador con el dinero en presencia del patrón y de los mozos que ni siquiera se movieron; y, sin que un perro ladrara ni lo detuviera nadie, volvió al palenque, desató su caballo y se fue al tranco.

Y empezó a dar rienda suelta a sus malos instintos hasta entonces sofrenados por el temor al castigo. Pareciéndole asegurada la más completa impunidad, se volvió Jacinto terrible azote para toda la comarca.

Robó de puro gusto, sin necesidad; mató familias enteras con el único objeto de burlarse de los desesperados esfuerzos de la policía para dar con los asesinos. Amanecían quemadas en una sola noche tres o cuatro casas en la vecindad, quedando los negociantes arruinados y las familias sin hogar; el estanciero encontraba en los galpones muertos sus animales más finos, desjarretado su mejor toro, malamente herido algún parejero de valor.

Todos acudían a la policía, acusándola de negligencia y hasta de complicidad. Contaban horrores de lo que pasaba, refinamientos de crueldad hacia cristianos y animales, como si una bandada de tigres se estuviera cebando en esos pagos.

Y, todo, sin que nadie pudiera dar el dato más vago sobre la filiación de alguno de los bandidos que tantas tropelías cometían, ni siquiera el menor indicio que pudiera facilitar en algo las indagaciones.

Uno solo pudo decir algo; fue el puestero a quien Jacinto una tarde había pedido un jarro de agua, desapareciendo súbitamente de su vista, al ponerse en los hombros un poncho de vicuña que llevaba en el brazo. Pero, por supuesto, al oír el cuento todos se echaron a reír y lo trataron de loco.

Pasaron algunos días, un siglo para los vecinos aterrorizados, sucediéndose las desgracias repentinas como en tiempo de las más sangrientas guerras, llenándose la campaña de ruinas y de lutos.

Por suerte, ya tocaban a su fin las hazañas del extraño malhechor.

Estando por vencer el término fijado por el padre para la vuelta, pensó Jacinto que mucho más seguro sería quedarse con el poncho maravilloso que devolverlo al viejo para que lo probasen sus hermanos; y aunque tuviera la convicción de haberlo utilizado como ninguno de ellos sería seguramente capaz de hacerlo, mejor le pareció no arriesgar la parada y guardárselo.

Y el mismo día en que hubiera debido volver a casa del padre, se fue con la manta puesta a una gran pulpería, donde siempre se solía juntar mucha gente, quedándose allí sin que nadie lo viera, en espera del momento en que sin peligro podría renovar su provisión de pesos.

Iban a dar las tres, hora en que había salido con el poncho una semana antes, y el juego estaba en su apogeo, cuando entró el puestero que lo había visto desaparecer de tan misteriosa suerte al ponerse la manta.

Jacinto, al ver a este hombre, el único que pudiera conocerlo si se le antojara quitarse el poncho y volverse visible, sintió irresistible deseo de deshacerse de él, y abalanzándose, cuchillo en mano, le tiró un terrible puntazo. Por suerte, el puestero, interpelado en ese mismo momento por un amigo, se daba vuelta, de modo que solo recibió la puñalada en el brazo. Gritó, al sentirse herido; al mismo tiempo, daban las tres, y Jacinto no pudo renovar la embestida, embargados que fueron sus movimientos en los pliegues del poncho, arrancado con violencia inaudita de sus hombros por una mano invisible, sin que lo pudiera detener más que un ratito; pero este rato fue lo suficiente para que la concurrencia viese desaparecer por los aires la prenda maravillosa; y quedó él, azorado, a la vista de todos, con el cuchillo ensangrentado en la mano, sin fuerza para usarlo.

El puestero herido ya lo había conocido y denunciado en un grito de terror; y todos bien convencidos esta vez de que el pobre no era loco, y de que tenían por fin agarrado al tigre asolador de la comarca, lo mataron a puñaladas.

Mientras la historia del poncho de vicuña se difundía con mil comentarios en toda la campaña, la prenda mágica había vuelto sola a manos de su dueño. El viejo comprendió que su hijo mayor había malogrado su suerte y dejándose de quejas inútiles y de advertencias contraproducentes, entregó la manta a su segundo hijo, Honorio.

Este salió, ignorando, lo mismo que Jacinto, la virtud del poncho de vicuña; pero lo mismo que él, pronto pudo conocerla por la observación de algunos detalles que le llamaron la atención. Había salido con tropilla, llevando el poncho en el brazo, y los animales iban perfectamente arreados. Cuando refrescó, se puso el poncho y la tropilla empezó a darle mucho trabajo, pues era como si los caballos no le hubieran hecho caso. Dejando maneada la yegua y la tropilla arrollada, se dirigió hasta una casa de negocio situada como a diez cuadras; y por el camino se fijó en que los teruteros, aunque casi los pisase, no se levantaban, ni le gritaban; que de una majada que estaba allí paciendo, no se movió ni una sola oveja cuando pasó, y que ni los mismos perros le hacían caso, pues ni uno de ellos ladró cuando llegó.

Algo sorprendido, se apeó en el palenque y ató el caballo, mezclándose con la gente que allí estaba.

Había varios conocidos de él; pero vio que ninguno lo miraba, ni le hablaba, lo que le pareció por demás singular. Empezó a sospechar que la manta de vicuña, celosamente conservada por su padre, tendría alguna virtud desconocida, y saliendo al patio, se la quitó, para ver. Los perros, en el acto, empezaron a ladrar; dos o tres gauchos miraron quién llegaba; uno de ellos lo conoció y lo saludó, y todas estas circunstancias casi le quitaron las dudas que aún le quedaban sobre el valor de la prenda.

Para quedar del todo seguro de la suerte que le había tocado, aprovechó un momento en que nadie lo miraba para volverse a poner el poncho; y aproximándose a un grupo de gauchos que jugaban a la taba, perfectamente conoció que ninguno de ellos lo veía; a tal punto que, colocándose por detrás del que iba a tirar y que estaba haciendo saltar al aire la taba, se la cazó de un manotón; se quedaron todos asombrados, y si la buscaron en el suelo, fue solo con la esperanza de convencerse, encontrándola, de que no eran víctimas de una brujería.

Honorio quedó quizá tan asombrado como los demás, pero loco de contento al pensar en el inmenso poder que le había caído en suerte.

Buen muchacho, pero de poco alcance, no pensó por supuesto, ni por un momento, sino en el provecho propio que de él podía sacar.

No tenía, por suerte, los instintos perversos de su hermano Jacinto y ni pensó en crímenes, pues no era de aquellos a quienes el poder vuelve tiranos, pero tampoco pensó en hacer bien a nadie más que a sí mismo. Era haragán y vividor, y aprovechó la ocasión para vivir bien y de arriba; para él hubo ya siempre y en todas partes buenas camas y abundante comida, cigarros finos y copas de lo mejor. Penetraba en cualquier casa como en la propia, tomaba lo que quería y se mandaba mudar sin que nadie lo pudiera ver. No abusaba, por lo demás, porque no era malo, contentándose con quitar a algún rico algo de lo que le sobraba, sin perjudicar nunca a la gente pobre.

En ocho días se puso gordo; pero cuando se trató de cumplir con lo prometido y de volver a la casa paterna para entregar a su dueño el poncho de vicuña, no se pudo conformar. Dejó pasar medio día, vacilando; y en el mismo momento en que ya tomaba la resolución de guardárselo, y de mandarse mudar con él, una fuerza irresistible se lo arrancó tan violentamente, que su caballo se encabritó, mientras que caía en el suelo su sombrero y casi se caía él también. Por suerte, andaba solo por el campo en aquel momento y nadie lo vio, pero quedó muy desconsolado.

Tuvo que trabajar, el pobre, para comer; adiós vida fácil y sin riesgo, a costillas ajenas; adiós los cigarros de a veinte y las copas de lo mejor, de arriba; y sin el recurso siquiera de ir a descansar por temporadas a la casa del viejo, ante quien ya no hubiera tenido la osadía de presentarse, se tuvo que conchabar de peón en una estancia.