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Recuerdos de un hacendado es una obra literaria de Godofredo Daireaux, escritor y educador francés, quien vivió en Argentina durante una gran parte de su vida. Este libro, publicado cerca del final de su vida, es en esencia una autobiografía que documenta su experiencia como hacendado en las vastas llanuras de La Pampa en el siglo XIX. A lo largo de Recuerdos de un hacendado, Daireaux traza una descripción detallada de la vida rural y agrícola de esa época. Pinta un cuadro del paisaje desolado pero cautivador de La Pampa, y narra sus experiencias en la gestión de su hacienda, desde la crianza de ganado hasta la siembra de cosechas. Daireaux también ofrece una mirada perspicaz a la vida social en La Pampa durante este período. Narra sus interacciones con los gauchos, los trabajadores rurales de la Argentina, y proporciona una perspectiva única sobre sus costumbres y formas de vida. Además, la obra tiene una dimensión reflexiva, donde Daireaux pondera sobre la vida, la humanidad y su papel en ella. A través de su lente, los lectores pueden obtener una comprensión más profunda de la Argentina del siglo XIX y su gente. Recuerdos de un hacendado es una crónica personal y contemplativa de la vida de Godofredo Daireaux en la Argentina rural del siglo XIX. La obra es un retrato valioso y vibrante de la vida y la cultura de La Pampa en esa época, y un testimonio del espíritu humano frente a las pruebas de la vida en la inmensidad de la llanura.
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Seitenzahl: 336
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Godofredo Daireaux
Recuerdos de un hacendado
Barcelona 2023
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: Recuerdos de un hacendado.
© 2023, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica: 978-84-9816-240-0.
ISBN ebook: 978-84-9897-811-7.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Recuerdos de un hacendado 9
El mayordomo 9
Dicha breve 11
Vacas al corte 14
Gorro blanco 17
El pecado favorito 20
La libreta 23
Funeraria 26
Lo criollo 29
El gaucho 32
El alcalde 35
Pesquisa 37
El parejero 41
Ropa de abrigo 44
Campos anegadizos 46
¡4032! 49
Campeada 53
La manada 57
El rodeo 62
La majada 66
Vida sencilla 70
Mixturas 74
Bodas campestres 76
Los clientes del comisario 81
Las embrollas de gusanillo 87
Abuelita 91
El pan y la sal 93
Día de reunión 95
Usted es dueño, patrón 98
Cosas de antaño 103
Juegos de azar 106
Acriollado 108
Jirones de Pampa 111
Patriarca 114
Apodos 117
Riqueza de pobre 119
Recién llegado 122
Elección pacífica 125
Sueño realizado 128
Mayordomos modelos 131
Policía patriarcal 134
Desastre 138
Diversiones amenas 141
¡Mañana! 144
Ramal en construcción 146
Partición de herencia 149
Intrusos 152
Mañas 154
Vuelta al pago 157
Autoridades rurales 160
En viaje 162
El rubio 166
Transformaciones 169
Protección eficaz 172
Buen peón 174
Saber trabajar 178
Piedras que ruedan 180
Libros a la carta 185
Brevísima presentación
La vida
Godofredo Daireaux (París, 1849-Buenos Aires, 1916). Argentina.
Hijo de un normando que había hecho fortuna con el café en Brasil, Geoffroy Francois Daireaux se estableció como hacendado en la Argentina en 1868 y en 1883 poseía tres estancias en Rauch, Olavarría y Bolivar.
Participó de la fundación de la ciudad de Rufino en la provincia de Santa Fe y Laboulaye y General Viamonte en la provincia de Córdoba.
En 1901 fue Inspector General de Enseñanza Secundaria y Normal. Enseñó Francés en el Colegio Nacional. Trabajó en La Nación, colaboró en Caras y Caretas, La Prensa, La Ilustración Sudamericana, La Capital de Rosario, y dirigió el diario francés L’Independant. Su casa fue centro de encuentro de artistas como Fader, Quirós, Sivon e Yrurtia.
Daireaux escribió relatos de costumbres y tratados como «La cría del ganado» (1887), «Almanaque para el campo» y «Trabajo agrícola».
Recuerdos de un hacendado
El mayordomo
Está vendida la estancia. Han venido a recibirse de ella dos hermanos, rubios, jóvenes, con muchas pecas en la cara, polainas en las piernas y gorrita de paño a cuadros en la cabeza.
Ellos son, al mismo tiempo, los dueños y administradores. Hablan español con mucho acento inglés, pero se hacen entender bien, por lo demás, hablan poco.
Al mayordomo viejo, un criollo nacido en ese mismo campo, cuando los indios todavía pegaban a menudo sus malones, y que ha plantado por su mano los sauces más viejos que dan a la casa su sombra, le han declarado que no necesitan sus servicios, y que, ya que se han contado las haciendas e inventariado el material, se puede él retirar con la familia, cuando guste.
No le han negado, hasta le han ofrecido algunos días para buscar su comodidad, y el viejo les ha dado las gracias.
Bien sabía él, hacía tiempo, que la estancia estaba vendida; que el patrón viejo había muerto que estaba medio embarullada la testamentaría y que los hijos no habían podido guardar esta propiedad. Pero, mientras iban desarrollándose con lentitud los mil trámites de ley, allá, en la ciudad, él seguía cuidando los intereses como siempre lo había hecho.
Un sueldito, una habitación pequeña, sus modestos gastos de vida pagados; si necesitaba cien pesos, jamás se los negaba el patrón, sobre todo que las cuentas nunca se arreglaban del todo. ¡Había tanta confianza entre el patrón y él! Él le decía «patrón», porque al fin la estancia era de él; pero habían sido compañeros siempre.
¡Cuántas veces habían ido juntos, cuando muchachos, a los apartes, a las hierras, a los bailes! Juntos habían disparado de los indios, en pelo, de noche, cruzando en sus parejeros, como relámpago, cañadones y lomas, huncales y bizcacherales. Habían vueltos junto a campear las haciendas desparramadas y a fortificar el rancho.
En aquel tiempo, no había más mesa que el fogón, con el asador parado, y cada cual, con el cuchillo, sacaba tajada.
Hombre de poca instrucción, sin más ambición que la de dejar al patrón contento, había vivido allí su vida, sin pensar en el porvenir. ¿Y para qué?, el patrón no lo había de dejar en la calle, ¿no es cierto? ¿Entonces?
Y había formado familia, y sus hijos, mozos ya, lo ayudaban en sus trabajos, sin pedir más, como en herencia propia.
Poco a poco, el campo había tomado valor; lo habían cercado; los animales criollos habían desaparecido, algunos años después de los indios. El ferrocarril acercó la estancia a la ciudad, y a cada rato, ahora, el patrón mandaba carneros finos o algún toro que era una flor.
Y el rancho de antaño se había cambiado por un palacete, donde venía a pasar el patrón una temporada en la primavera; otra en la Semana Santa, a cazar; y los muchachos a domar petizos, y los mayores a cansar la caballada.
Días felices aquéllos, cuyo recuerdo se iba perdiendo ya, envuelto en las neblinas del tiempo que corre.
¡Y siempre tan bueno con él, el patrón viejo! Cierto es que cada uno de ellos ahora comía en su casa; pero él tenía un comedor lindo, con su buen aparador y sillas de esterilla. Hasta lujo le habían dado.
¿Y ahora?
Ahora, ¿qué le hemos de hacer? Pasaron los tiempos aquellos. Murió el patrón viejo y se vendió la estancia...
—¿Pero, con qué queda usted?
—Con unos caballitos, señor, de mi marca, y unas vaquitas, hijas de las que siempre sabía regalar a mi señora el patrón viejo, cuando me nacía un hijo. Varias veces, habló de darme en propiedad unas cien cuadras de campo; pero pasó el tiempo; y después, no se habrá acordado...
A los dos días, ensilló y puso en las varas de un carrito prestado el overo negro, caballo de confianza, viejo compañero de muchos años y muy capaz de comprender todo lo serio de su misión; el picazo en la cadena y el petizo zaino de ladero. En el carro se cargaron dos cajas grandes de madera, unas bolsas de ropa, varios cachivaches y tres sillas, y subió la señora del mayordomo con sus dos hijas solteras.
El hijo mayor manejaba los caballos, y después de dejar a la familia en una casa amiga donde la esperaban, volvería a buscar los trastes.
Él, de saco negro, de bombacha y bota, con el chambergo en la cabellera larga y canosa, rebenque en mano, con su crédito ensillado, esperaba para despedirse, que saliera el carro.
Salieron, al fin. Un apretón de manos al inglés que allí estaba (el otro había salido a revisar su campo); y despacio, al tranquito, se alejó.
Dicen que al pasar el palenque, dejó correr por su mejilla tostada una lágrima.
Dicha breve
Todo en él era largo: la nariz, el pescuezo, la cabeza, el cuerpo, las piernas y los brazos; hasta el nombre y el apellido también eran regulares, pues se llamaba Saturnino Llaureguiberry; pero como pertenecía a la variedad de los vascos flacos, lo conocían exclusivamente por el nombre de Bacalao, y esto a tal punto que si a alguno se le hubiera ocurrido llamarlo Llaureguiberry, es muy probable que no se hubiera acordado de contestar.
En todo, era anguloso y huesoso, menos en el genio; muy bonachón, capaz de soportar con alegre resignación los titeos más porfiados y las bromas menos delicadas, y de reírse el primero de ellas, con tantas más ganas cuanto menos las había entendido.
Ocupaba un puestito, donde cuidaba una majada que le había dado a interés un compatriota suyo, y ahí, solo en su rancho, sin más compañeros que sus perros y su inseparable pito de barro, de caño largo y de hornillo chico, pasaba la vida sin sobresaltos cocinando él mismo su pucherito, cebando su mate, cuidando su ropa, no sintiendo, probablemente, la necesidad, a los cuarenta y cinco años que por lo menos tenía, de formar familia, ni de complicar su vida tranquila con elementos de afuera.
Los domingos se empaquetaba; se ponía boina nueva, bombachas y camisa limpias, reemplazaba las alpargatas por botas engrasadas, y, completamente afeitado, como lo acostumbran los vascos, iba a dar una vueltita a la pulpería, a charlar con los amigos, tomar unas copas y hacer ese intercambio de pensamientos elevados que distingue las reuniones de campesino. Por lo demás, hablaba el español como un vasco francés que, probablemente, era, pues interrogado al respecto, había contestado: «Uí, musiú», todo lo que sabía del idioma de su patria legal.
Y después de este rato de inocente solaz, transformación inconsciente de la misa dominical del villorio nativo, se volvía a sus ovejas, pastor fiel, asiduo, diligente, celoso; y si las dejaba, a veces, al cuidado de algún vecino, era para ir a ganar algunos pesos cavando un jahuel o erigiendo artísticamente una parva de pasto.
Una tarde, al volver del campo y después de haber encerrado la majada en el corral, encontró, sentada en una de las dos cabezas de buey que formaban el juego de asientos del único cuarto del rancho, cerca del fogón, en el cual había dejado cantando sobre las brasas la pava para el mate, una mujer, joven, no mal parecida, vestida pobremente, pero ni más ni menos que la generalidad de los habitantes del campo.
Bacalao no le preguntó de dónde venía, ni a dónde iba, ni ella se lo dijo tampoco. Él le dio las buenas noches, como si todas las tardes, a la misma hora, después de haber desensillado, la hubiera encontrado sentada en su cuarto; ella le pidió permiso para pasar la noche en el rancho, a que accedió buenamente, como que, entre pobres, no hay mucho cumplimiento.
No se excusó mayormente por la falta de comodidades, pensando probablemente —y con razón— que no había de haber dejado ningún palacio para venir, de modo tan singular, a pedirle hospitalidad.
Y la mujer cebó mate, aprontó en la olla la carne, el arroz, una tajada de zapallo y la sal, y echó leña al fogón.
Bien pensaba Bacalao, el día siguiente, que al volver de repuntar la majada, no la encontraría más en la casa, y no dejó de quedar algo sorprendido, pero de ningún modo disgustado, al verla parada debajo de un sauce, delante de una batea y lavándole los trapos, lo mismo que si hubiera sido la dueña de casa.
Pasaron así los meses; el rancho parecía más alegre; algunas aves vagaban por el patio, la ropa lavada lo embanderaba, los perros se habían hecho más sociables, y, al ver que en el rancho había quién los atendiera, algunos transeúntes solían pararse en el palenque a pedir un vaso de agua o alguna indicación.
Mejor que nunca, el vasco cuidaba sus ovejas; tenía que suplir el gasto ahora mayor de la casa, y no perdía ocasión de hacer algún trabajo suplementario para aliviar la situación.
Una noche, desató de prisa el mancarrón atado a soga detrás del rancho, saltó en pelo y agarró a todo correr para la casa de doña Simona. Una hora después, volvía con ella; en el cuarto se oían lamentos: la matrona se apeó y entró en él majestuosamente, cerrando sobre sí la puerta y dejando a Bacalao soñar en el patio con los nuevos deberes que le iban a corresponder. Medio azorado el pobre por tanta felicidad, no sabía muy bien si debía renegar de su suerte o bendecir al Cielo. De rato en rato, un grito de dolor llegaba a su oído, y entonces dejaba de mandar al demonio a la mujer esa, que se había metido en su vida sin ser llamada, y al hijo que también iba a venir a duplicar el trastorno, para tenerle compasión a la pobre, y enternecerse a la vez con la idea de su tardía e inesperada paternidad.
Doña Simona abrió por fin la puerta y le anunció que era padre de un varón, agregando:
—Es una monada, y se parece mucho a usted —lo que, a pesar de su modestia nativa, no dejó de gustarle algo al vasco; y, orgulloso, ensilló para ir a visitar a su vecino y amigo don Pedro Belloque, ofrecerle ese nuevo servidor y pedirle de ser su compadre.
Cerca de tres años, vivieron así; él, cuidando sus ovejas, con el chico, muchas veces, sentado por delante; ella, cuidando la casa, cocinando, lavando, sin salir más que para visitar de cuando en cuando a una vecina, cuyo rancho quedaba bastante cerca para ir de a pie.
Una tarde, salió Bacalao a repuntar la majada. Cuando volvió, a las dos, no estaba la mujer; el chiquilín dormía. Pensó que estaba en casa de la vecina y no hizo caso. Volvió al campo, quedándose con la majada hasta encerrarla, y, al desensillar, encontró al muchacho dormido en el suelo, con lágrimas a medio secar en las mejillas; lo puso en la cuna que colgaba del techo; buscó, en el rancho y afuera, las huellas de la desaparecida, y por ciertos indicios inequívocos, empezó a sospechar que lo mismo que había venido, lo mismo se había ido.
Pasó la noche, pasaron los días, las semanas y los meses; no supo, ni quiso saber nada de la desconocida que así había cruzado su vida, más bien que brillante meteoro, caprichoso candil, de luz empañada; ni se informó siquiera de lo que hubiera sido fácil indagar, conformándose con vivir como lo había hecho antes, pero no tan solo, ya que tenía un compañerito; aceptando con su jovial indiferencia de siempre las bromas sobre sus pasajeros amores, su paternidad y su viudez, cuidando como madre cariñosa a la pobre criatura que la suerte burlona le había regalado.
Y no era risible, sino conmovedor, el ver a este hombre tan alto, doblado en forma de Z mayúscula hasta la altura del chiquilín, para sonarle las narices.
Vacas al corte
Cundió la noticia de que don Filemón Urquiola, para aliviar el campo, quería vender quinientas vacas al corte, de las dos mil que tenía; y como las vacas para cría eran algo buscadas, porque iban poblándose muchos campos afuera, don Filemón no tardó en recibir la visita de varios interesados. Su rodeo, sin ser de lo mejor, era algo mestizo; tenía buena novillada, buena proporción de vaquillonas y vacas de vientre; los terneros nacidos en la primavera ya tenían sus seis meses; solo, pues, quedaba saber el precio y las condiciones de pago.
A don Filemón, como a cualquiera, le gustaba conversar, y cuando veía acercarse al palenque algún jinete desconocido, se apresuraba en convidarlo a pasar para las casas. Y mientras iba y venía el mate, servido por un par de ojos negros que parecían tomar el más vivo interés en lo que se decía, se cambiaban preguntas y contestaciones sobre esto, aquello y lo otro, dando rodeos y vueltas el forastero, como para evitar de hablar de las vacas, lo único que le importaba, y dejándolo, por su parte, don Filemón, enredarse en charlas sin rumbo, cortadas de silencios molestos, hasta que cansado de tantas partidas, ya largaba el otro:
—¿Será cierto, don Filemón, que quiere vender vacas?
—Hombre, según. Hice la conversación; pero no tengo muchas ganas, sabe. Está subiendo mucho la hacienda.
—No crea, don Filemón. Muchos son los que quieren vender, y no es tan fácil encontrar comprador.
—Pues a mí, señor, me han venido a ver una punta, y supongo que con alguno ha de cuajar, a menos que hayan venido solo a tomar mate.
—¿Pedirá mucho, don Filemón?
—No, señor. Dieciocho pesos.
—...¿A rebenque? —preguntó el forastero haciéndose el inocente.
—Pues no, y con cría —contestó, sonriéndose, don Filemón.
—¿Y cuántas son las que vende?
—Quinientas, a cortar de las dos mil del rodeo, con diez por ciento de novillos garantidos, libre de entecadas, y los terneros del mes, por muertos —y agregó como quien no quiere la cosa—: plata al contado —sabiendo que para muchos, ese era el escollo.
Tanteadas para conseguir plazos; ofrecimientos de cambiar ovejas por vacas; combinaciones ingeniosas para evitar de dar seña, de todo le habían metido por los ojos, pero el viejo no era lerdo, y mientras esperaba la contestación del forastero, el par de ojos negros reflejaba intensa ansiedad.
Con algún trabajo, todo se arregló, previa vista del rodeo, y a recibir a los diez días; y como, del precio, solo había tenido que rebajar don Filemón, peso y medio, en vez de los dos que hubiera consentido en ceder, le pudo decir a su mujer, refregándose las manos:
—A éste le hice pagar la yerba.
El día siguiente, don Filemón hizo parar rodeo, aprovechando los vecinos para sacar las ajenas, y pudo ver el comprador, que si cortaba con tino, el negocio no le podía salir malo.
Firmó el boleto, pagó la seña, y notó que el par de ojos negros estaba muy risueño.
A los diez días, vino a recibir la hacienda, con bastantes peones, para evitar que, en la recogida, por uno de esos descuidos involuntarios que al más honrado le suceden, quedasen olvidados entre las pajas, justamente los mejores novillos y las vaquillonas más mestizas.
Y cuando, despertado por la bulla que metían en el campo, los perros con sus aullidos y los peones con sus gritos, se apresuró el Sol a saltar de la cama, envuelto todavía en los violetos jirones de su colcha de nubes deshechas, y asomó la cara en el horizonte, por todos lados, vio surgir de los pajonales y de los huecos, trozos de hacienda que corrían a juntarse en el rodeo, trotando las vacas, galopando, mugiendo, balando, corneándose, dando de cabezazos a los perros, trepándose unas encima de otros, parándose a veces un toro, para hacer volar con fiereza la tierra por el aire; llegando por fin todas, en largas filas, al rodeo, donde se mezclan, remolinean un rato, y poco a poco se sosiegan, juntándose por familias, buscando cada cual su sitio acostumbrado, esperando, tranquilas, bajo la custodia de los jinetes, lo que disponga el patrón.
Al comprador le gusta mucho la novillada, medio amontonada en una orilla del rodeo; pero también le gustan las vaquillonas de aquellas otra, y vacila. ¿Dónde cortará? Por su parte, don Filemón está algo inquieto: ¿le sacará los novillos más grandes o las mejores vaquillonas? Y acaban por resolver, ambos de común acuerdo, de remover despacio el rodeo y de mezclar los animales, antes de cortar.
El comprador, de repente, levanta en silencio el rebenque, para que sus peones lo sigan, y abre con ellos en la hacienda, al tranco largo, un surco que corta del rodeo, más o menos, el trozo convenido de quinientas cabezas.
El surco se ensancha, las vacas caminan: las enderezan al viento, donde queda parado el señuelo, y al grito de: «¡Vaca! ¡Fuera buey!», cien veces repetido, las apuran de golpe para que no puedan tener ya tiempo de volverse al rodeo.
El comprador y el vendedor envuelven la hacienda cortada en la misma ojeada escudriñadora. Corte lindo para cría, piensa el primero: muchas vacas y vaquillonas lindas; y como ya son de él, cada minuto que pasa se las hace parecer mejores. Don Filemón también se serenó; cierto es que se le van algunas buenas vaquillonas y uno que otro novillo grande, pero se consuela pensando que va a recibir buenos pesos, que le quedan novillos para el matadero; y después de una vueltita al rodeo, que despacio, a paso lento, se va desgranando por el campo, queda del todo conforme.
En un momento, se desternera la punta cortada; se sacan dos animales ajenos, una lechera de la patrona, un buey, un novillito rengo, y ¡a contar! y se forma la gente, se corta y se aleja el señuelo, al viento simpre, y por un embudo de jinetes, pasan de a una, de a dos, de a cinco, deshilándose despacio a veces, y otras, a todo correr, las vacas y los toros, los novillos y los terneros, las rosillas y las coloradas, las blancas y las negras, las moras y las overas saludándose cada cincuenta con un grito y una tarja.
«¡Cincuenta en la negra!...» Se acabó. Queda la hacienda bajo el cuidado de los peones del comprador, que la van marchando despacio, atajando la punta delantera, hasta pasar la tranquera del alambrado.
El comprador se fue para las casas con don Filemón, a quien entregó los pesos; y cuando se retiró, notó en el par de ojos negros tanta alegría, al mirar a un buen mozo que parecía ser de la familia, y una sonrisita tan llena de inconsciente gratitud, al mirarlo a él, que comprendió que con la venta de las vacas, no solo el viejo aliviaba el campo, sino que también adquiría los medios de apurar la felicidad de una simpática pareja; y sintió de veras no haber tenido que tratar el precio con la enamorada niña, pues ella, seguramente, le hubiera soltado las vacas, aun por doce pesos.
Gorro blanco
Mucho gauchaje se había juntado, en la pulpería de don Manuel Fulánez, aquel día, y todos se entretenían, jugando a la taba o al choclón, corriendo carreras y mamándose como cabras. El pulpero, que no había pedido policía ni dado a las autoridades del pueblito aviso de la reunión, había tenido la precaución de exigir que cada uno le remitiese, al llegar, el cuchillo, para evitar que algún zafarrancho repentino le valiese una buena y bien merecida multa.
Y con esto, les había dado rienda suelta, a que se divirtiesen a su gusto, pensando que sería más que casualidad que les viniese a sorprender alguna de las escasas comisiones encargadas de recorrer el extenso partido.
Es que había contado sin Gorro Blanco, recién incorporado a la policía de la localidad, y de quien todavía no había oído hablar; si no, no se atreve.
Gorro Blanco no era más que un oficial de la policía rural, como hay o podría haber muchos, nacido y criado en el campo, sabiendo más o menos leer y escribir, conocedor de todos los trabajos rurales, lícitos y clandestinos, y de todas las mañas del gaucho.
Incansable galopador, sufrido, paciente, sin miedo, de mucha sangre fría y de una fuerza muscular bastante para darle en sí mismo la mayor confianza, no hacía más proezas, al fin y al cabo, que de cumplir con su deber.
Pero cumplía con él de cabo a rabo, ligero, fuerte y bien, sin miramientos personales, sin tergiversación, sin demora, sin más cálculo que obedecer a la ley y hacerla respetar.
No había para él partido político, ni pobres, ni ricos, y lo mismo hubiera prendido al estanciero poderoso, por haber cortado un alambrado para dar paso a su break lujoso, que a un vago, por haber carneado de noche, o al pulpero, por haberle comprado el cuero.
Un bruto, decían muchos; una gran cosa, decían los vecinos en general.
No solía andar con los milicos de las comisiones que mandaba. Les daba cita a tal hora, tal día, en tal parte, y tampoco faltaban ellos a la cita, pues, desde el primer día, le habían tomado un olor a paliza, capaz de hacer adivinar la hora al más dormilón, y de dar patas de acero al mancarrón más bichoco.
La sola vista de su rebenque les infundía, a los pobres soldados, un apego insólito a todas las virtudes: ¡adiós!, repetidas copas que turban la vista, convites que tapan el horizonte, mientras desaparece el fugitivo; ¡adiós!, amores furtivos, que, en las noches oscuras, propias a las carneadas subreptucias, desaciertan la vigilancia; ¡adiós!, bailecitos improvisados, en los ranchos, y siestas prolongadas, en las frescas ramadas de las estancias.
Con el gesto de Temístocles, rechazando los presentes de Artáxerces, atenuado solo por una ojeadita de sentimiento, tienen ahora que desairar al compañero de otros tiempos, que, generosamente, ofrece algún maneador ancho, largo y fuerte de los muchos que tiene, sin ser hacendado, o para la familia, un cuarto de carne de vaca, demasiado gorda para ser propia.
Infeliz que se atreva, el policía, a no denunciarlo, pues Gorro Blanco no admite amistades entre su gente y el paisanaje, considerando con razón que pronto se volverían complicidad.
Mientras las milicias se venían al sitio, de antemano fijado, al tranco o al galope, según la hora señalada, pues no debían llegar ni antes ni después, Gorro Blanco, vestido de particular, de sombrero gacho, cabizbajo, recorría el campo, sin llamar en nada la atención; vigilaba, miraba, escuchaba, poniéndose su gorra de vasco blanca, su distintivo predilecto, solo en las grandes ocasiones, y para hacerse conocer de sus ayudantes.
A las dos en punto, ese día, se apearon en el palenque de la Colorada, de don Manuel Fulánez, un sargento y un soldado de policía, en el mismo momento en que se iba a correr la carrera principal.
Entre la concurrencia, había uno de esos vagos temibles, conocidos por gauchos malos, que, imbuidos en la idea que la gloria consiste en pelear a cualquiera, y especialmente a la policía, no desperdician ocasión de provocarla, a ver si la hacen reventar o disparar.
De facón en la cintura —pues a él no se había animado Fulánez a pedirle las armas—, arrogante, lo primero que hizo fue convidar al sargento y al soldado a que tomasen la copa.
¡Cómo no que la iban tomar!, con Gorro Blanco mirándolos, recostado en el mostrador. Todavía andaba de chambergo, pero, no por eso dejaba de ser, para ellos, el terrible Gorro Blanco, y con una rigidez, al parecer estoica, insistieron en su negativa.
Irritado el gaucho, después de insistir, él también, un momento, reculó, dándose cancha, y sacó el facón, amenazando a los milicos, insultándolos, tratándolos de cobardes y otras cosas, poniéndolos «como trapo de cocina» decía doña Ciriaca, la mujer del pulpero, al contar el hecho, el día siguiente; hasta que, sin saber cómo, él ni nadie, se encontró frente a frente con un hombre de bigote, algo petiso, morrudo, de gorra de vasco blanca, el poncho de vicuña en el brazo, y bien enroscada en la mano la lonja de un rebenque de cabo de fierro.
—¡Dése preso! —dijo el hombre.
El gaucho lo miró con sorpresa.
—¡Tire el facón! —ordenó Gorro Blanco.
Y en su voz, en su mirada había tanta autoridad, que casi, casi obedece el matrero. Pero la imagen de su fama de gaucho malo empañada pasó por sus ojos y, rápido, alargó un puntazo al oficial. El cabo de fierro del rebenque detuvo la mano, y la muñeca, casi quebrada, dejó caer el puñal.
El soldado alzó el arma, el sargento le pasó las esposas al gaucho, y media hora después, la larga comitiva de los jugadores que iban a pagar la multa, con el pulpero a la cabeza, desfilaba al galopito, seguida por el preso, a quien iba acompañando Gorro Blanco.
Pronto se hicieron legendarias las apariciones de Gorro Blanco. Era el cuco de los malhechores. Los matreros preferían dejarle el campo libre, y se mandaban mudar más afuera; pues era su pesadilla el dichoso gorro ese, y no podía uno, decían, estar carneando una ajena, en noche oscura, o arreando hacienda... extraviada, sin verlo surgir del suelo como alumbrando.
Estaba uno entregando cueros en la pulpería, donde no había más que un forastero, comiendo nueces. ¡Zas!, de repente, el forastero asomaba la cara en el depósito, de gorra blanca, y revisaba las señales. Ya no era vida.
Y los vecinos cantaban glorias de Gorro Blanco; pues, durante meses, no hubo casi robos, ni hubo muertes. Pero, bien decían que era un bruto. ¿No se le metió entre ceja y ceja, en unas elecciones que hubo, que no haría más que conservar el orden, dejando que cada cual votase a su antojo? Naturalmente, lo despacharon. ¿Y qué más iban a hacer?
El pecado favorito
Cuando don Augusto Bouret vino a tomar posesión de sus dos suertes de estancia, adquiridas del Gobierno, convino con don Pedro Agüero, en testimonio de simpatía, que, en vez de pedirle campo, como a los demás intrusos, le completaría la majada, como para hacer sociedad.
Don Pedro, cordobés aporteñado, cuyo rancho ocupaba, desde hacía veinte años, la mejor loma del campo, apreció, como lo merecía, la excepción hecha a su favor, que le permitía quedar en la querencia, donde había vivido tantos años, con la finada su mujer, y donde dejaba correr despacio los días, cuidando, con sus dos hijos, las pocas ovejas que le había dejado lo que él llamaba la mala suerte.
Por su lado, don Augusto, extranjero, nuevo en el oficio, sacaba de sus conversaciones con don Pedro, mil pequeños secretos de la vida del campo, aprendiendo a conocer las vivezas instintivas de los animales para defraudar la vigilancia del hombre, y los medios criollos de contrarrestarlas; el modo de hacer tal o cual trabajo, de salir airoso en sus tratos y de evitar las trampas, frecuentes en los negocios de hacienda.
Se estableció la estancia, dejando independiente, aunque a poca distancia, el rancho de don Pedro, y todo andaba a las mil maravillas, sin que nada viniese a confirmar los augurios de los vecinos que habían anunciado tempestades, para cuando don Pedro, decían, «tomase su primera tranca».
Y, ¿cómo creer semejante cosa? si todo, en su conducta, era de tanta corrección que no podía haber, aseguraba don Augusto, otro gaucho en la Pampa, mejor educado, ni más instruido.
—Sí, sí —contestaban los vecinos—, cuando no está ebrio. Instruido y educado, lo es.
Y con cierto misterio, susurraban:
—Dicen que, en Córdoba, ha estudiado para fraile.
Hospitalario y generoso con cualquier paisano que le viniera a pedir un servicio, don Pedro inspiraba a todos cierto respeto como hombre bueno y de bien, que era incapaz hasta de comer una oveja ajena extraviada en su majada. Su relativa superioridad, por benévola que fuese, no dejaba de dar lugar a cierta envidia, pronto disimulada con los ayes de lástima que todos concedían a los arrebatos locos de vicio que, de vez en cuando, venían a empañar sus excelentes cualidades.
—Usted verá, usted verá. ¡Es una lástima!
El tiempo pasaba; don Pedro seguía cumpliendo regularmente con sus obligaciones; y cuando, por la mañana, después de haber atado en el palenque su caballo, bien rasqueteado y con la crin cuidadosamente tusada, se venía —caminando, al parecer, ligero, pero a pasitos tan cortos y menudos que su apuro era más ficticio que real— a saludar al patrón, con afectuosa humildad, su cara, de facciones distinguidas, realzadas por un cuadro de pelo negro ondulado y de barba toda rizada, recordaba esos hermosos tipos semíticos, cuya sumisa gravedad deja traslucir en los ojos, a la vez serios y risueños, algo como cierto desprecio burlón para la humanidad en general y para el interlocutor en particular.
Su seriedad atenta, cuando le hablaba el amo, su política aprobación habitual de las ideas del patrón, solo restringida, a veces, por el sacramental y prudente: «Usted es dueño», que tan hondamente significa lo que quiere decir; los consejos, dados en forma de mera y modesta indicación, como quien no quiere la cosa, y con ese tacto peculiar del subalterno que no quiere parece saber algo mejor que el superior; su comedimiento en ofrecerse para cualquier trabajo, todos sus modales hacían de este cordobés, barnizado sin acabar de pulir, un lunar entre el paisanaje porteño que le rodeaba, más activo, pero más rudo.
Es cierto que su ayuda era algo platónica, y cuando, viendo al patrón con una herramienta cualquiera en la mano, se le acercaba, diciendo: «Preste, patrón», y se la quitaba con gesto resoluto —como si fuera deshonra para él dejar un momento que el patrón se cansara en trabajar, en su presencia—, era generalmente puro ademán; ¡pero lo hacía tan bien y con tanta sinceridad aparente!
Seguramente, cuando joven, había sobresalido en todos los trabajos de campo; hoy, se contentaba con dar indicaciones a los muchachos para lo que era domar, o enlazar, o cualquier otro trabajo pesado; pero para un trabajo delicado, tenía fama merecida de hombre hábil, y si algún estanciero vecino quería que se le adiestrase un caballo para la silla de la señora, o se le amansase un petizo para los chicos, no buscaba sino a Pedro Agüero.
Tampoco había peligro de que Mandinga se llevase al padrillo hecho potro por él, cuando le había dibujado con la punta del cuchillo, en la faz interna de la cola, la señal de la Santa Cruz.
Fatalista, como los árabes a quienes parecía, perdonaba a la suerte sus errores, pero no por esto dejaba de tratar de evitarlos, y como su mayor superstición era que todo trabajo hecho un sábado tenía que salir bien, poco a poco, llegaba a no trabajar más que el sábado... cuando no llovía, o que lo permitía el estado de la Luna.
Y por el conjunto de sus cualidades y de sus defectos, resultaba, para don Augusto, entre muy útil y casi inservible.
...Hasta que un día de viento norte muy feo, se oyeron en el puesto gritos desaforados, vociferaciones, insultos soeces: «a ese gringo que se le había venido a meter aquí, quién sabe con qué derecho»; y sonó un tiro de revólver, que fue a herir en el brazo al hijo mayor, quien había querido pedir al padre que se moderase.
Y, siguiendo la farra, volvió a la pulpería, donde, con un tono chocante que contrastaba con su finura habitual, convidó a los concurrentes, hablando, con altanería sin par, de medir con cualquier facón su «capadora» y de castigar a rebencazos a esos cobardes, que lo miraban como zonzos, sin atreverse a decirle nada.
Y ¿por qué no le decían nada?, ¡porque bien sabían que él era gaucho!
—¡Soy gaucho! —repetía—, ¡soy gaucho!
Lo que menos era, el pobre; pero no solo lo sabían inofensivo, sino que pocos eran, en la vecindad, los que no habían tenido ocasión de ir a buscarlo a su casa, encontrándolo siempre dispuesto a venir, a cualquier hora, a cristianar a un recién nacido, en peligro de muerte, o a rezar, en un velorio, las preces de los difuntos.
Al rato, le dio por cantar, y compró una guitarra; con ella, se fue para su casa, y de allí, mandó a su hijo menor a buscar otro porrón de ginebra.
Cuando volvió el chiquilín, le salió al encuentro, bamboleándose, emponchado, y desafinando a raja y cincha con la guitarra y con la voz; el mancarrón, un viejo servidor bichoco, se asustó y volteó al muchacho; don Pedro no vaciló, sacó la cuchilla, y degolló al caballo.
La vista de tanta sangre lo calmó; arrojó lejos de sí el arma; la guitarra fue a dar violentamente contra el suelo, hendida, estertorosa, y don Pedro, dejándose caer en la cama, se durmió profundamente.
¡Pobre don Pedro Agüero!
La libreta
La pulpería de don Juan Antonio Martínez, poéticamente denominada por su dueño: «La Nueva Esperanza», quizá en homenaje a anteriores descalabros, era la más acreditada de todas las casas de negocio brotadas a veinte leguas alrededor.
Muchos eran los bolicheros, y bastantes también los comerciantes de regular capital, que se habían gastado las uñas en la infecunda tarea de hacerle competencia. Don Juan Antonio, regordetón y risueño, hijo de las costas cantábricas, se reía de esos inútiles esfuerzos, conteniendo con admirable diplomacia a los clientes buenos que hubieran podido tener veleidades de saldar definitivamente sus cuentas, y dejando irse sin un gesto, a los clientes dudosos a quienes La Verde de Espinosa, o La Blanca; de Lissagaray, o La Colorada de Fulánez ofrecían libreta...
¡Tener libreta!, es decir, cuenta abierta en la casa de negocio; poder —sin dar un peso en efectivo, durante todo el año, de esquila a esquila— sacar de la casa todo lo necesario a la manutención de la familia y a la administración del rebaño: comestibles y maderas, vacios, ropa, calzado, remedios, muebles y utensilios, y el antisárnico para curar las ovejas, y las tijeras para esquilarlas, o las herramientas para mover la tierra, y los aperos y monturas, todo, en fin; y también, de cuando en cuando, poder girar contra la casa un valecito por algunos pesos: para sueldo de algún peón conchabado en un momento de apuro, o para algún viaje al pueblito y hasta platita para satisfacer los caprichos de la patrona, loca siempre por comprar al mercachifle, napolitano o turco ambulante, despreciado y odiado más que temido competidor de la casa establecida, algún cachivache de lata niquelada, o cinco metros de género estrambótico.
¡Si lo viniera a saber don Juan Antonio!... ¡Vaya!, venirle a pedir plata prestada para gastarla con mercachifles: capaz de cerrar la libreta y de dejarlos plantados; y, entonces, ¿cómo esquilamos? Pues, en tiempo de la esquila, la pulpería es el banco que adelanta dinero para todos los gastos.
¡No tengan ese cuidado! Don Juan Antonio Martínez, puede ser que se haga el enojado; pero no es tan tonto como para cerrar una libreta segura, en medio del año, cuando ya le deben mucho y que se viene acercando justamente la esquila; pues sería lindo que, por una nimiedad, permitiese que viniera otro a quedarse con el diente y con la lana, teniendo él, después, que correr detrás de su plata. No; él sabe que hay que dejarle soga al redomón, para que no corte, y que, si el nudo es bueno, la huasca fuerte y el poste seguro, no hay peligro.
Y el palenque de don Juan Antonio es seguro, pues es el de la necesidad. La soga es la libreta.
En el patio interior de la pulpería se ha parado un carrito; lo maneja el hijo mayor de misia Tomasa, buen muchacho, quien, hace poco, ha dejado sus estudios en la escuela del pueblito; ha aprendido a leer y ya puede escribir —orgullo de sus padres— unas cartas que, por lo claro, parecen una conversación por gestos. Algo se ha olvidado del lazo, pero pronto lo volverá a conocer.
Don Juan Antonio se precipita; a gritos, llama a los dependientes; pide un banco, un cajón, para que se bajen del carrito misia Tomasa, una señora muy gorda, y dos de sus hijas: Ceferina, en toda la flor de sus diez y siete años, cuyos morenos encantos no sufren de la ausencia de corsé, siéndoles, sí, fatales, el corte tosco del vestido de percal muy relavado, las medias mal estiradas en los botines a la crimea, enormes y sin lustrar, y el pañuelo de algodón floreado que le tapa toda la cabeza, dejando apenas pasar el relampagueo de sus ojos; y Concepción, una niña de trece años, pintona, como dicen entre dientes, allá en un rincón, dos viejos gauchos mirones.
Trabajoso, el desembarco de doña Tomasa, mientras los perros que han venido con ella, empeñan con los de la pulpería una conversación a rezongos y ladridos roncos, precursores de cercanas luchas.
Don Juan Antonio, con amable sonrisa, remite a misia Tomasa una libreta nueva, que lleva, para no desperdiciar nada, su propio precio en el primer renglón, y al haber, una bonita cantidad de pesos: sobrante del importe de la lana que compró él y ya realizó.
Y empieza el delicado trabajo de volver a atar suavemente la soga al bozal, sin hacer corcovear al cliente.
—¿A cómo me vende el azúcar? —pregunta, antes de todo, doña Tomasa, instalada en una silla, cerca del mostrador.
—Se lo pondremos a 0,45 el kilo, este año, señora. Hacemos este nuevo sacrificio para nuestros clientes.
Y aunque parezca mentira, es un sacrificio; pero, en trampa sin cebo, no se caza pajarito.
Y después de conquistada así la buena voluntad de doña Tomasa, hace bajar de los estantes los artículos que pide, y otros muchos que no necesita; le llena los ojos con el relumbrón de las piezas de percal y de los pañuelos de seda, la abomba con incesante palabreo, y le hace rebajas, y, galante, le regala un abanico japonés de diez centavos, y otro a Ceferina, y a Concepción un paquetito de caramelos, y apunta, apunta, apunta.
Ahora, cada dos o tres días, vendrá el muchacho, con las maletas, a buscar las mil cosas que, para comer y vestirse, necesita la familia.
El marido de doña Tomasa no dejará de venir, él también, de vez en cuando, a jugar un partido y convidar a los amigos; y en la duda de cuántas copas son, siempre se apuntan algunas más, y la libreta se va llenando de garabatos, de manchas sangrientas, y de sumas cada vez más abultadas.
Cada mes, es cierto, el carro de la pulpería pasa por el rancho, a alzar los cueros o la cerda, y también se apuntan en la libreta; pero don Juan Antonio apunta entonces lo menos posible; y como el muchacho, aunque diga, no revisa nada, los cueros resultan casi todos de epidemia o pelados.
De modo que la libreta tan bien se hincha que, por poco que pinte mal el año, le empieza a entrar recelo al mismo pulpero. El cliente, él, no se asusta por tan poca cosa.
Por su parte, los competidores ofrecen al esposo de doña Tomasa precios altos por la lana; y don Juan Antonio, para no perder un parroquiano que, al fin, no está todavía fundido del todo, y para asegurar su crédito, no vacila en comprarla a cualquier precio.
Queda, asimismo, una cola que solo se podrá liquidar con la venta hipotética de novillos o capones que, quizás, engorden; y cuando, poco a poco, la libreta se haya comido, después de lo gordo, los animales al corte; después del rédito, el capital, entonces llegará el momento oportuno del ahorcamiento final; pues, siempre se debe degollar con tiempo la oveja moribunda, para que siquiera el cuero resulte un poco mejor.
Y al cliente arruinado que le venga a decir humildemente:
—¿Podremos seguir con la libretita, patrón? —contestará don Juan Antonio Martínez:
—Amigo, vea; ¿por qué no lo ve a Fulánez?
Funeraria
—¡Ave María! —gritó desde el palenque el muchacho; y antes que don Agustín hubiera tenido tiempo de espantar los perros y de invitarlo a apearse—: Don Agustín —le dijo—, manda decir mi tío si usted puede venir hasta casa, para hacer un cajón.
—¿Un cajón?, ¿para qué?
—Para el finado Patricio.
—¡Cómo!, ¿murió Patricio?
—¡Sí, señor!
—¿Y de qué?
—Lo mató Suárez.
—¡Hombre!, ¿y cómo fue la cosa? Bajate pues, hombre, y mientras me visto, me cuentas.
El caso era muy sencillo. Patricio era un mestizo inglés, compadrón y chocante como él solo, cuando estaba mamado, cosa que le sucedía, en término medio, cinco días por semana. En su calidad de compositor de los dos parejeros de la pulpería, era admitido detrás del mostrador, y ahí se daba mucho tono con los clientes, doctoreando de conocedor en caballos y de carrerista, sin admitir réplica.
