Familia - Mario Sergio Cortella - E-Book

Familia E-Book

Mario Sergio Cortella

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Beschreibung

Hoy en día existen una serie de urgencias y turbulencias, en torno a la cuestión familiar, que no pueden ser aplazadas. Es mejor actuar rápidamente antes de que sea tarde. Los adultos deberemos situarnos como una fuerza-tarea para no perder a esta nueva generación, que es exuberante en muchos aspectos, capaz de acciones maravillosas, pero también capaz de producir flaquezas éticas y distorsiones en la convivencia. La relación afectiva, la relación de formación es, en esencia, una relación de amor. En la relación de padres y madres o de responsables de niños y jóvenes, existe un amor que visibiliza el esfuerzo realizado y las horas invertidas a lo largo de la trayectoria. Y es en ese momento cuando la familia se siente orgullosa de su capacidad de generar vida y de permanecer. Seamos hombres. Seamos mujeres. "Levántate, sacúdete el polvo y sigue adelante". El hombre que es hombre, la mujer que es mujer, "reconoce la caída y no se desanima". La finalidad de este libro es que seamos capaces de seguir adelante y llegar a un lugar en el que nos sintamos felices y satisfechos por el trayecto recorrido.

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Seitenzahl: 119

Veröffentlichungsjahr: 2019

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MARIO SERGIO CORTELLAha publicado en NARCEA

•Convivencia, ética y educación. Audacia y esperanza

•Escuela, docencia y educación. Nuevos tiempos, nuevas actitudes

EL AUTOR

MARIO SERGIO CORTELLA es un filósofo, pensador, escritor, educador, conferenciante y profesor universitario, de los más conocidos en Brasil e internacionalmente. Analiza los problemas sociales relacionados con la filosofía y la educación en la sociedad contemporánea.

Nacido en Londrina, en el interior de Paraná, concluyó su graduación en 1975 en la Facultad de Filosofía Nuestra Señora Mediadora. En 1989 completó su Maestría en Educación en la Universidad Católica de São Paulo (PUC-SP). En 1997, bajo la dirección del Profesor Dr. Paulo Freire, concluyó su doctorado también en Educación en la PUC-SP. Ocupó el cargo de Secretario Municipal de Educación de São Paulo (1991-1992) y fue miembro asesor del Consejo Técnico Científico de Educación Básica CAPES/MEC (2008/2010). Es profesor en el Departamento de Teología y Ciencias de la Religión y la Educación en la PUC-SP, y profesor visitante de la Fundación Dom Cabral desde 1997. Formó parte de la Fundación Getúlio Vargas entre 1998 y 2010.

Es autor de numerosas publicaciones en el campo de la filosofía y de la educación. Ha participado y participa habitualmente como ponente y conferenciante en numeroso eventos nacionales e internacionales.

Índice

PRESENTACIÓN.Urgencias y turbulencias

1. Angustias por una crianza turbulenta

2. El cuidado en una ciudad turbulenta

3. ¿Comercio de afectos turbulentos?

4. Turbulencias en la autoestima

5. Ocupaciones y desocupaciones turbulentas

6. La turbulencia del “todo y ahora”

7. La turbulencia de las razones y las sinrazones

8. Conductas turbulentas, espacios peligrosos

9. Enfrentar la turbulencia. ¡Todo tiene un límite!

10. Turbulencias y consecuencias. El Bullying

11. Las turbulencias digitales. ¿Está el niño seguro en casa?

12. Las turbulencias de la adolescencia

13. Las turbulencias de la orientación sexual. Actuar con sensatez

14. En medio de las turbulencias del deseo

15. Turbulencias de la culpa. Formar no es moldear

16. ¿Y la turbulenta elección de la escuela?

CONCLUSIÓN.El deber cumplido: una obra amorosa y gratificante

Presentación

Urgenciasy turbulencias

 

Existen hoy en día urgencias y turbulencias en torno a la cuestión de la familia. Y algunas de estas urgencias no pueden ser aplazadas. Necesitamos recordar que, en muchas situaciones, es mejor actuar antes de que sea demasiado tarde.

No podemos tardar más en prestar atención y cuidados a algunos ámbitos de la familia. Unos cuidados relacionados con las responsabilidades del mundo adulto con aquellos que debemos cuidar, y también cuidados con nosotros mismos, ya que debemos prepararnos para esta misión.

Muchas personas, entre ellas me incluyo, nos cansamos de oír quejas, de ver que alguien se queda lamentándose y se pregunta: “¿qué puedo hacer yo?”, “ellos son así”, “la vida es así”. O de oír expresiones nostálgicas de lamento: “ah, en mi época…”, “los chicos de ahora ya no son lo que eran”. No podemos entender estas urgencias o turbulencias como una fatalidad, pero tampoco como la admisión del fallo de nuestros esfuerzos. Debemos entenderlas como un hecho que, si es consentido o producido por nosotros, puede ser también reconstruido, reinventado o rehecho de otro modo.

Refuerzo la idea, que ya he tratado anteriormente en otras ocasiones, de que nuestra tarea no es hacer autopsias sino, más bien, biopsias. La autopsia es el procedimiento en el que se constata la causa mortis. Nosotros necesitamos adoptar el principio de la biopsia, en el que se coge una estructura viva, se identifica el problema y se ayuda a corregirlo para que la vida sea preservada.

Actualmente existe una desaparición de las condiciones de formación y crianza de los niños y jóvenes. Mucha gente desiste de hacer el esfuerzo que, con inteligencia, es necesario para formar a alguien. Es decir, es necesario que nosotros, los adultos, nos estructuremos casi como una fuerza única para no perder esta nueva generación, que es exuberante en varios aspectos; capaz de acciones maravillosas, pero también de producir horrores, debilitamientos éticos y distorsiones en la convivencia.

No basta con que el padre, la madre o la persona que tenga a su cuidado al niño considere ofensivas ciertas actitudes. No puede observar su conducta como una acción ofensiva de alguien insolente. Es preciso buscar las raíces de esa insolencia, de esa eventual falta de educación en el trato. Al identificar el origen de ese comportamiento seremos capaces de afrontarlo.

Si consideramos la vida un valor estupendo, si vemos la posibilidad de la convivencia y de los afectos como algo que no puede ser banalizado, es necesario que tomemos una dirección. Y eso requiere dos movimientos: el primero consiste en identificar la fuente del mal y observar las urgencias y turbulencias que conlleva; el segundo movimiento consiste en actuar en vez de quedarnos tan solo en el campo del lamento y la melancolía.

Existe hoy en día, por parte de los adultos de las familias, un territorio melancólico en el que se suele decir: “efectivamente, esto no funciona”. Y así las personas se van entristeciendo. Una parte de la tristeza de los padres y las madres no proviene de la imposibilidad de ofrecer condiciones materiales a sus hijos. Procede exactamente porque esas condiciones materiales parece que no bastan, que no son fuente de alegría y de placer, sino vistas como una obligación.

Es en ese momento cuando es necesario que observemos los orígenes de esa situación, analizando el estado actual, y cambiemos el rumbo en dirección a un futuro más prometedor. Que el escenario dentro de 10, 20 o 30 años nos produzca alegría y orgullo por haber hecho lo que debía ser hecho, en lugar de arrepentimiento y frustración. No nos acobardemos. Es preciso identificar las causas y buscar la solución.

Admitir la quiebra de nuestra capacidad de cuidado disminuye la dignidad y es una forma de flaqueza ante aquello que es necesario que sea hecho.

Seamos hombres. Seamos mujeres. Como dice la samba Volta por cima, de Paulo Vanzolini (1924-2013), “levántate, sacúdete el polvo y sigue adelante”. El hombre que es hombre y la mujer que es mujer reconoce la caída pero no se desanima. Se levanta, se sacude el polvo y sigue adelante.

La finalidad de este libro es que seamos capaces de seguir adelante y llegar a un lugar en el que sintamos gusto y satisfacción por el trayecto recorrido.

1

Angustias poruna crianzaturbulenta

 

Siento que, hoy en día, en las familias, especialmente en aquellas con padres y madres con menos de 50 años, existe un malestar ante la convivencia intergeneracional. Son personas que viven angustias relacionadas con la crianza de los hijos y también derivadas de las preocupaciones por sus mayores, los abuelos.

En este contexto, el dato más preocupante es la incapacidad que parte de esta generación demuestra en la confrontación de cuestiones relacionadas con las nuevas generaciones. Queriendo ser muy amigos de los hijos, los padres y las madres promueven un clima de camaradería excesivo que roza la complacencia y puede ser peligroso, en cuanto que rompe algunos vínculos de autoridad. Se observa una dificultad por llegar a una situación de equilibrio, en la que se dé una vida armónica pero disciplinada. Una vida con libertad de convivencia pero que no descuide la ética del esfuerzo. Que no sea opresiva, pero tampoco desordenada.

Mis padres —es decir, los padres de los padres para la generación actual— no se preocupaban por estas cuestiones porque los modelos eran más obvios, bastaba con repetirlos. Mis padres hicieron lo que hicieron mis abuelos. La lógica era que el niño u obedece o se queda castigado. Mis padres vivieron esto sin tanto peso. Las actividades paternas y maternas se regían por la idea de cuidar con disciplina. En mi generación, en cambio, fue el turno de formar a los hijos con más derecho a la libertad: el niño o el joven podía dar su opinión. Este hecho retiró de la palabra “infantil” su sentido original, puesto que infante, en latín, es “aquel que no puede hablar”. Por lo tanto, disminuyó la infantilización de la infancia y se abrió un espacio para que el hijo o la hija tuvieran voz. Aunque no toda la voz.

En la generación de mis abuelos era “ninguna voz”; en la de mis padres era “quizás alguna voz”; mi generación crió a sus hijos pensando que “sí, ellos tienen derecho a alguna voz”; la generación actual les da “toda la voz”. Cuando hablo de “voz” no estoy hablando de libertad de expresión sino de la posibilidad de escoger de manera autónoma, a veces incluso soberana.

Estas angustias son compartidas por las generaciones que conviven de modos diferentes. La actual generación de padres en la franja de los 50 años tiene nostalgia de algunas prácticas: “A mi padre le bastaba con solo mirarnos para que nosotros obedeciéramos”, “mi madre decía ‘basta’ y bastaba”. Un tipo de nostalgia quejumbrosa.

Este malestar que genera angustia es el resultado del desconocimiento de saber cómo lidiar con las nuevas generaciones. Proviene más de la falta de formación para hacer frente a este nuevo modo de convivencia que de una cuestión de principios.

No se trata de “yo no sé qué hacer” en el sentido de desistir, sino de puro desconocimiento.

Una de las frases que más oigo últimamente en boca de los padres y de las madres (cabe aclarar que en este libro “paternidad” y “maternidad” se refieren a los responsables de la formación de alguien, y no exclusivamente a los padres biológicos) es “estos chicos son así” o “esta juventud es de esta manera”, como si los chicos de hoy fueran una fatalidad, como si hubieran sido concebidos en otro lugar y no de nosotros. Existe una caída de la expectativa y, en consecuencia, de la acción, en una conformidad muy dañina. Es la suposición de que “ellos son así, ¿qué puedo hacer yo?”. Los padres se convierten casi siempre en rehenes. “Si no se lo doy, llora”, “si no lo hago, grita”, “si se lo prohíbo, se enfada”. Como si esos niños y jóvenes fueran poseedores exclusivos de derechos continuos. No es que no tengan derechos, pero no los tienen ni todos ni de manera continuada.

La principal angustia es la sensación de fracaso. “Mis padres me formaron bien, para trabajar, para ser autónomo, y yo no estoy consiguiendo hacer lo mismo”. “Mi hijo no quiere estudiar, se pasa el día entero en internet y no hay nada que yo pueda hacer”.

Claro que existen causas para que se dé esta situación, y la principal es la disminución de la convivencia. Los padres gastan parte considerable de su tiempo en el trabajo, incluyendo las horas que pasan en los desplazamientos, principalmente en las grandes ciudades, y en el trabajo que se llevan a casa. Esta reducción drástica del tiempo de convivencia hace que las personas no se conozcan. Y, de manera general, aquel que tiene la responsabilidad de formar a otro, al no conocer a aquel con quien está tratando, se aleja de él. Tengo la sensación de que algunos padres y madres quedan limitados a algunos espacios de la casa. Es como si prácticamente todo el territorio de la familia perteneciera a los hijos, que llevan a los amigos, que hacen lo que quieren, que, cuando quieren, también se encierran en sus “castillos” que son sus habitaciones.

Es como si la familia fuera apenas un criadero, no un lugar de formación, de aprendizaje, de convivencia, de alegría, de afecto.

Mira qué frase curiosa: “Ellos tienen su vida”, usada predominantemente por padres de adolescentes. Es como si “tener su propia vida” significara que ellos pudieran seguir sin ningún tipo de control, de supervisión, esto es, padres y madres renunciando a la responsabilidad que tienen. Esto hace que quedemos marcados por la angustia, ya que corremos el riesgo de minar la formación ética de las nuevas generaciones. Y esta generación perdió un poco la capacidad de entender que la vida colectiva es una construcción que exige esfuerzo, dedicación y, por lo tanto, requiere también de normas.

La generación que está criando a la actual ha establecido la libertad como un valor. Libertad de pensamiento, de conducta, de llevar la ropa que quiera: “Me hago un piercing y un tatuaje si quiero, mi cuerpo es mío”. Esta idea de ser dueño de uno mismo es muy fuerte. Sin embargo, es una regresión cuando de formar personas se trata, porque la ausencia de fronteras puede transformarse en algo absolutamente dañino, esto es, la incapacidad de tener límites, de contenerse.

La vida es también renuncia. La vida y la convivencia también demandan contención. Cuando Sigmund Freud escribe El malestar en la cultura (1930) habla de las potencias internas, lo que él llamaría “impulso”. Lo que hace que, en última instancia, piense tan solo en mí mismo. Mi gran temor en relación a las nuevas generaciones es que se refuerce el individualismo en exceso. Como ya he dicho en varias ocasiones, deseos no son derechos.

¿De dónde proviene esa angustia? De la fuerte sensación de que “no sé qué hacer”. Angustia porque refleja la ruptura de la responsabilidad de un adulto sobre los suyos. Existe una confusión sobre este no saber qué hacer, que no procede únicamente del hecho de no tener claridad en el asunto, sino también porque los modelos existentes vienen de un pasado que no está tan alejado si contamos en años, pero que lo está si contamos en velocidad de la vida. Los modelos son, de hecho, del siglo pasado. Tenemos una generación que durante este siglo se convertirá en adulta con 17 a 18 años. El siglo XXI, que para muchos parecía un tiempo lejano y distante, ha llegado. Ahora es el siglo XX el que parece alejado, pero todavía despierta cierta añoranza entre muchos padres, por haber sido el tiempo en el que la autoridad se ejercía sin miedo, sin desespero.

Actualmente, habita entre nosotros la percepción de que ser amigo de los hijos implica una camaradería excesiva. Se observa un asambleísmo en relación a la toma de decisiones familiares, en que todo tiene que ser decidido conjuntamente, con igualdad de fuerzas. Esta disolución de las energías relacionadas con la disciplina, la autoridad y la organización puede estar anunciando una condición de colapso.