Fantasmas rojos - Ernesto Bohoslavsky - E-Book

Fantasmas rojos E-Book

Ernesto Bohoslavsky

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Beschreibung

Este libro parte de la certeza de que el anticomunismo tuvo –y parece tener todavía– un lugar mucho más significativo en la vida política argentina de lo que en general se asume. Impregnó prácticas, discursos y formas de entender el conflicto social en el país, marcó a fuego las políticas públicas, definió y persiguió enemigos, y llevó a formas extremas de la contienda política. Más aún, el imaginario anticomunista es responsable de buena parte de la violencia estatal y paramilitar vivida en la Argentina.  Fantasmas rojos es el primer intento por elaborar una historia de largo aliento de las ideas y las prácticas contrarias al comunismo, que va desde la ley de residencia de 1902 hasta el triunfo de Javier Milei en 2023. A través de análisis de filmes, historietas, textos legales, organigramas del Estado, documentos de la Iglesia católica, informes secretos de los aparatos de inteligencia, boletines policiales y debates parlamentarios, Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco logran mostrar que la ideología anticomunista ha estado presente sin interrupciones desde inicios del siglo XX.

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Seitenzahl: 282

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Este libro parte de la certeza de que el anticomunismo tuvo –y parece tener todavía– un lugar mucho más significativo en la vida política argentina de lo que en general se asume. Impregnó prácticas, discursos y formas de entender el conflicto social en el país, marcó a fuego las políticas públicas, definió y persiguió enemigos, y llevó a formas extremas de la contienda política. Más aún, el imaginario anticomunista es responsable de buena parte de la violencia estatal y paramilitar vivida en la Argentina. Fantasmas rojos es el primer intento por elaborar una historia de largo aliento de las ideas y las prácticas contrarias al comunismo, que va desde la ley de residencia de 1902 hasta el triunfo de Javier Milei en 2023. A través de análisis de filmes, historietas, textos legales, organigramas del Estado, documentos de la Iglesia católica, informes secretos de los aparatos de inteligencia, boletines policiales y debates parlamentarios, Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco logran mostrar que la ideología anticomunista ha estado presente sin interrupciones desde inicios del siglo XX.

Ernesto Bohoslavsky

Es profesor de la Universidad Nacional de General Sarmiento e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Se especializó en historia transnacional e historia comparada de grupos e ideas derechistas del Cono Sur americano. Fue profesor invitado en universidades europeas y latinoamericanas. Es autor, entre otros, de El complot patagónico (2009) e Historia mínima de las derechas latinoamericanas (2023), y coeditor de los dos tomos de Las derechas argentinas en el siglo XX (2021 y 2023).

Marina Franco

Es profesora de la Universidad Nacional de San Martín e investigadora del CONICET. Se especializó en procesos de violencia política y represiva de la historia reciente argentina y del Cono Sur americano. Fue profesora invitada en universidades europeas y latinoamericanas. Es autora, entre otros, de Un enemigo para la nación (2012), El final del silencio (2018) y 1983. Transición, democracia e incertidumbre (2023), y coeditora de ESMA. Poder y desaparición en el centro clandestino más emblemático de la última dictadura (2022).

Colección: Conocimiento y discusión pública

Directores: Mario Greco, Leandro Losada

Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX

Ernesto Bohoslavsky; Marina Franco

1a edición - San Martín, UNSAM EDITA, 2024.

Edición digital, EPUB (Conocimiento y discusión pública / Mario Greco, Leandro Losada)

ISBN 978-987-8938-93-6

1. Historia Argentina. 2. Comunismo. 3. Política. I. Título.

CDD 320.532

Esta obra se realizó en el marco del Programa Titshonhy perteneciente a la Secretaría de Investigación, Desarrollo e Innovación de la Universidad Nacional de San Martín, destinado al estímulo de la investigación académica.

© 2024 Ernesto Bohoslavsky, Marina Franco

© 2024 UNSAM EDITA de Universidad Nacional de San Martín

UNSAM EDITA

Edificio de Containers, Torre B, PB

Campus Miguelete

25 de Mayo y Francia, San Martín (B1650HMQ), provincia de Buenos Aires, Argentina

[email protected]

www.unsamedita.unsam.edu.ar

Créditos fotográficos

Marina Franco: imágenes 11 y 13.

Vicente Gil da Silva: imagen 9.

Leandro Pankonin: imágenes 3, 4, 5, 6 y 8.

Diseño de tapa: María Laura Alori

Conversión a epub: Javier Beramendi

Queda hecho el depósito que dispone la Ley 11.723. Editado e impreso en la Argentina. Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de sus editores.

Ernesto Bohoslavsky Marina Franco

Fantasmas rojos

El anticomunismo en la Argentina del siglo XX

UNSAM EDITA colección Conocimiento y discusión pública

De los fantasmas también hay que ocuparse, y eso exige poner mucha atención, ya lo creo. Yo ignoraba, y sin embargo, debería haberlo sospechado, que un fantasma no aspira más que a una sola cosa: a revivir. Laurent Binet, HHhH

Agradecimientos y dedicatoria

Agradecemos al comité del concurso Titshonhy, de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), por haber elegido nuestro proyecto de libro y haber confiado en que podríamos escribirlo en un tiempo apretado. Nuestro agradecimiento se extiende muy especialmente a Leandro Losada y Mario Greco, por la iniciativa de incluirlo en la colección Conocimiento y discusión pública, de UNSAM EDITA, lo cual es motivo adicional de alegría y orgullo. Damos las gracias a las y los colegas del Núcleo de Historia Reciente, de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (EIDAES-UNSAM), por sus comentarios a uno de los capítulos del libro. Muy especialmente queremos agradecer a Daniel Lvovich, quien ha sido, como tantas otras veces, nuestro lector para la obra terminada. Sus sugerencias fueron muy productivas para afinar ideas y elaboraciones.

La generosidad de numerosos colegas para facilitarnos fuentes y bibliografía ha sido invalorable: Gustavo Balzanelli, Viviana Barry, Martín Bergel, Juan Luis Besoky, Magdalena Broquetas, Juan Califa, Hernán Camarero, Maximiliano Ekerman, Vicente Gil da Silva, María Paula González, Fedra López, Mercedes López Cantera, Ana Sánchez Troillet, Elena Scirica, Guadalupe Seia y Francisco Teodoro. De la misma manera, Isabella Cosse nos ayudó a precisar datos sobre la tira Mafalda aquí incluida, y Guillermo Lavado nos autorizó desinteresadamente su reproducción. La gente de La Izquierda Diario tuvo la gentileza de cedernos una fotografía que aquí incorporamos. Agradecemos también a Leandro Pankonin, quien se encargó de fotografiar algunas de las imágenes que hemos incluido en este libro.

Al momento de presentar la propuesta para el concurso, usamos como apodo ViAPLuS, siglas que reponían las iniciales de los nombres de nuestra prole: Violeta, Amalia, Pedro, Lucía y Sofía. A ellas y a él quisiéramos dedicar este libro, con la esperanza de que vivan en una Argentina menos poblada por odios y deseos de exterminio que los que aquí retratamos.

Índice

Introducción

Definiciones y puntos de partida

La historia que cuenta este libro

1. El gran miedo rojo (1902-1932)

El anticomunismo antes del comunismo

La naciente escena democrática y los nuevos temores (1916-1922)

Estabilidad, prevención y golpe (1922-1930)

Reflexiones finales: el anticomunismo en el primer tercio de siglo

2. De la “Sección Especial” a la Secretaría de Informaciones del Estado (1932-1958)

Vigilar y legislar (1932-1943)

Nacionalistas, fascistas y católicos en las calles y la prensa (1932-1943)

¿Un anticomunismo popular? Peronismo y clase obrera (1943-1955)

La Guerra Fría desembarca plenamente en la Argentina (1955-1958)

Reflexiones finales: el anticomunismo en el segundo tercio de siglo

3. Guerra Fría, anticomunismo y antiperonismo (1958-1973)

Anticomunismo y antiperonismo: la construcción de enemigos internos (1958-1966)

El anticomunismo como proyecto político (1966-1973)

De la escena política a la vida cotidiana

Reflexiones finales: el anticomunismo en tiempos antiperonistas

4. Un anticomunismo de aniquilación (1973-1983)

El tercer peronismo contra los comunismos de adentro y de afuera (1973-1976)

El consenso exterminador (1976-1983)

La guerra por las almas

Reflexiones finales: el anticomunismo y la antisubversión

A modo de cierre. El anticomunismo en la Argentina

Los tiempos del anticomunismo

Un anticomunismo argentino

Apéndice documental

Referencias y fuentes históricas

Introducción

El 19 de noviembre de 2023 la Argentina eligió un presidente, Javier Milei, que se declaró abiertamente anticomunista y que encontraba en el marxismo el origen de muchos de los problemas del país y del mundo contemporáneo. Durante la campaña, Milei indicó que en caso de acceder a la Presidencia iba a romper relaciones comerciales con China, porque era un país “comunista”, y con Brasil, porque su presidente Lula era “corrupto y comunista”. En la misma senda, definió su activismo político como parte de la lucha contra el “marxismo cultural”, entendido como el cambio climático y la “ideología de género”. El 22 de agosto de 2023, en el marco de la misma contienda electoral, el joven tiktoker Iñaki Gutiérrez, quien tenía a su cargo el armado de la campaña en las redes sociales, se definió como un hombre de “derecha anticomunista”. Ante la pregunta de por qué usaba ese adjetivo que sonaba un tanto perimido, respondió: “creo que la derecha es totalmente anticomunista, y es para reforzarlo, es como si dijera derecha-derecha” (Tenembaum, 2023).

La invocación al “marxismo cultural” como gran conspiración tuvo su predecesor en el expresidente Jair Bolsonaro y sus ideólogos unos años antes (Robinson, 2019). De hecho, a escala global, el gran retorno paranoide del “peligro comunista” se produjo con las restricciones impuestas por muchos Estados a causa de la pandemia de COVID-19, como ilustra con claridad la imagen 1 (ver Apéndice documental). Las medidas sanitarias fueron vistas en diversos puntos del globo como acciones disciplinantes propias de un régimen totalitario, y esta posición vino de la mano de la negación de la enfermedad –y a veces de la redondez de la Tierra–. Así, a nivel mundial, la denuncia del comunismo como culpable universal reapareció con fuerza en 2020, en un contexto de grandes temores e incertidumbres, cuando todo el orden social parecía en peligro. En la Argentina, sin embargo, ya venía creciendo desde un tiempo antes.

En junio de 2019 el senador Miguel Ángel Pichetto, candidato a la Vicepresidencia de la nación por Juntos por el Cambio, advirtió a los votantes peronistas que debían reflexionar sobre el hecho de que el kirchnerismo llevaba como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires “a un hombre del Partido Comunista”, en referencia al economista Axel Kicillof (Clarín, 2019). En esa elección Kicillof estuvo acompañado por el peronista Fernando Espinoza como candidato a intendente de La Matanza. El propio Espinoza, cuatro años atrás, en un acto de campaña en Merlo, había preguntado: “¿Acá no hay ninguno que sea de la Federación Comunista, no?”, evocando a su contrincante en la pelea interna, Martín Sabbatella, quien había militado en su juventud en el comunismo (Cuervo, 2015). Todas estas reacciones se produjeron más de un cuarto siglo después de la caída del bloque soviético y del aplastante triunfo del capitalismo sobre su contrincante, tras lo cual los partidos comunistas devinieron parte minoritaria de las fuerzas políticas en América Latina y Europa occidental y actualmente no representan una amenaza electoral al neoliberalismo. Con el fin de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se cerró gran parte de la historia del siglo XX: la desaparición del horizonte del socialismo, y de los recursos económicos, militares y diplomáticos aportados por la URSS y/o por Cuba, indicaba el final del peligro comunista. Sin embargo, la representación del comunismo como el mal absoluto no desapareció, sino que sobrevivió y se recicló entre fuerzas y líderes de derecha, y en menor escala dentro del peronismo para el caso argentino. Esta pervivencia, sin duda, muestra el poder movilizador de los actores anticomunistas y sus imaginarios, así como su capacidad de transformación en el tiempo.

¿Por qué invocar la vieja pertenencia comunista de un dirigente sirve como argumento político atemorizante o condenatorio? ¿Por qué un ultraliberal fanático del libre mercado como Milei colocaría pruritos ideológicos al comercio con una nación de 1500 millones de personas? En síntesis, ¿por qué está vivo el anticomunismo cuando ya no hay más comunismo? ¿Por qué los fantasmas rojos aún perturban las mentes y los corazones de quienes ven en ello grandes acechanzas? ¿Qué expresa ahora y qué ha expresado el anticomunismo en la Argentina en el siglo XX?

El presente libro recorre estas preguntas siguiendo una certeza de la que espera convencer a sus lectoras y lectores: que el anticomunismo tuvo –y parece tener aún– un lugar mucho más significativo en la escena política nacional de lo que en general se asume. A lo largo de todo el siglo XX el anticomunismo impregnó prácticas, discursos y formas de entender el conflicto social en la Argentina; marcó el diseño y la aplicación de políticas públicas; condicionó fuertemente a distintos actores sociales y políticos; definió y persiguió enemigos y llevó a formas extremas del conflicto político. Más aún, el imaginario anticomunista es un fenómeno político central para entender buena parte de la violencia vivida en el país. Dada la vastedad de problemas que abre la indagación sobre este fenómeno, no aspiramos a ofrecer una versión definitiva del tema, sino a contribuir a un campo de discusiones políticas e históricas que recién comienza a configurarse.

Un hecho notable es que el anticomunismo ha sido muy estudiado en otros países, dato que contrasta con la escasa atención que recibió en la Argentina.1 El tema ha interesado a quien investiga períodos específicos –como la década de 1930– o temas particulares –como las doctrinas militares de los años setenta–. Pero su impacto e importancia han quedado relativamente ocultos por el peso de otras tensiones político-partidarias, como las derivadas de las pujas entre conservadores y radicales en el primer tercio del siglo o entre peronistas y antiperonistas en las décadas siguientes. Por eso, este libro aspira a mostrar y pensar varias dimensiones nodales del anticomunismo.

La primera apuesta es mostrar la continuidad del anticomunismo como un fenómeno de largo plazo y de efectos relevantes en la historia argentina. Descubrir su omnipresencia e importancia permite entender, bajo otra luz, diversos procesos políticos del siglo. La gran virulencia de muchos de ellos –de la “Semana Trágica” a la “Revolución Argentina”– solo se explica por los viscerales temores a la ruptura del orden social acumulados en el tiempo. Además, esa continuidad de prácticas y representaciones permite entender mejor ciertos procesos y reponer las relaciones históricas entre la primera y la segunda parte del siglo XX. Ello contribuye a dejar de lado una idea muy habitual según la cual la caída del gobierno peronista, en 1955, constituyó un auténtico parteaguas que separó de manera diáfana las dos mitades de la última centuria en lo referido a las formas del conflicto y la violencia política.

La segunda apuesta es señalar que se trató de un fenómeno a la vez local y global, dado que muchos de los agrios conflictos del país no fueron solo el resultado de tensiones internas, sino que fueron percibidos y reconfigurados a la luz de dinámicas de alcance mundial, como la Guerra Fría después de 1946. Los anticomunistas argentinos tuvieron la capacidad para articular y resignificar tensiones locales en una dimensión internacional, así como para identificar actores locales con preocupaciones, identidades y problemas de orden mundial. Es por ello que utilizaremos simultáneamente múltiples escalas –local, nacional, regional y transnacional– para abordar el estudio del anticomunismo argentino.

Como consecuencia de este enfoque, nos servimos de una periodización atenta a esos dos escenarios principales. Por un lado, el orden internacional durante cerca de un siglo –el impacto de la Revolución rusa, el ascenso de los fascismos, la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la Revolución cubana, el fin del experimento soviético, etc.–. Por el otro, el análisis de procesos y coyunturas específicas de la Argentina que muestran distintos momentos, prácticas y discursos de sectores del Estado, la política y la sociedad civil.

Vale la pena recordar que también existió un anticomunismo de izquierdas, aquel que fue alimentado, primero, por el anarquismo y el sindicalismo revolucionario y, después, por el socialismo reformista, el trotskismo, el maoísmo y un segmento del mundo católico, convencidos de que el estalinismo era un enemigo igual o peor que el capitalismo. No obstante, en este trabajo no nos ocuparemos de esa tradición de anticomunismo fuertemente enfocada en la crítica al Partido Comunista, a la Tercera Internacional y a la URSS. Esa variante tuvo algún impacto en el mundo de la cultura y fue crucial para la constitución de la llamada “nueva izquierda” en la década de 1960, pero su peso sobre los grandes derroteros y conflictos de la historia nacional del siglo XX ha sido muy menor. El anticomunismo que está en el corazón de nuestra historia contemporánea no surgió de ahí, sino de las derechas argentinas.

Definiciones y puntos de partida

¿Qué entendemos por anticomunismo? Se trata de un conjunto variado, pero bastante estable, de representaciones sociales y de prácticas políticas centradas en la idea de que el país, sus elites y la población en general están bajo alguna forma de amenaza social y política. Esta amenaza provendría de un otro ideológico difusamente definido como “rojo”, comunista, marxista, “subversivo”, “bolche” o “zurdo”. Cualquiera de los sujetos, grupos o ideas así definidos es considerado como un peligro para la continuidad del orden social y nacional. Estos sujetos o grupos buscarían imponer una sociedad colectivista, autoritaria y/o totalitaria, ligada a los valores ideológicos y al marxismo, representados por la URSS durante buena parte del siglo XX, o por otras experiencias revolucionarias comparables. De hecho, el anarquismo, anterior al comunismo como fuerza política, también fue considerado una ideología amenazante sobre la que se libró una persistente persecución que puede considerarse parte del fenómeno del anticomunismo. A partir de 1959, la Revolución cubana también pasó a ser parte de ese modelo y de esos valores tan temidos en el espacio específico de América Latina.

Los grupos e ideologías anticomunistas establecieron siempre una distancia moral infranqueable entre el orden social y político vigente y los “rojos”. Estos no eran considerados actores políticos ilegítimos o adversarios, sino, directamente, enemigos que ponían en riesgo la pervivencia del orden social. El anticomunismo es, así, una ideología negativa constituida en el antagonismo contra el comunismo –o lo que se considere como tal–. Esto es un aspecto clave para entender el fenómeno, porque en ningún país llegó a formar un corpus de ideas positivas específicas o a constituir un modelo de sociedad, más allá de algunos puntos comunes muy vagos. Como señala Mercedes López Cantera, una de las pocas especialistas argentinas en el tema, el anticomunismo expresa un conjunto de diagnósticos maniqueos sobre la conflictividad social de cada época, y en esas lecturas quedan impugnadas de una manera frontal y absoluta las tentativas revolucionarias –reales o potenciales– y también las posibilidades de cambio y cuestionamiento al orden político, social o moral (2023: XXIII-XXXI).

Otro aspecto clave es la heterogeneidad constitutiva del anticomunismo (Berstein y Becker, 1987). Los anticomunistas no acuerdan sobre la sociedad por crear o restaurar ni sobre las metodologías para enfrentar el comunismo (Patto Sá Motta, 2019). Abrevan en fuentes ideológicas diversas e incluso contradictorias, como el liberalismo político o económico, el fascismo, el catolicismo ultramontano o el sindicalismo corporativista. Bajo ese imaginario pueden encontrarse grupos muy distintos, como empresarios, sacerdotes, campesinos, amas de casa, profesionales y trabajadores, mujeres y hombres por igual.

Ahora bien, ¿esta descripción general se aplica a la Argentina? En principio, la respuesta es que sí y que en nuestro país tuvo intensidades particulares. La ideología anticomunista ha estado presente sin interrupciones en variados momentos de la historia nacional a lo largo del siglo XX y, por lo tanto, en ámbitos muy distintos, a veces de manera difusa y otras explícita; en algunos momentos a la luz del día, y en ocasiones a través de maniobras menos visibles. En gobiernos electos o dictatoriales; en sectores de la sociedad civil y del Estado; en las fuerzas policiales y de seguridad; en los más diversos y opuestos bloques políticos; en la Justicia y el Parlamento; en gobiernos nacionales y provinciales; entre el empresariado y los intelectuales; en la prensa; en la Iglesia católica; en varios sindicatos; y en organizaciones sociales y profesionales de la más diversa índole. Por la misma heterogeneidad y diversidad de origen, las representaciones sociales y las actividades del anticomunismo no siempre fueron coordinadas: fue usual que los anticomunistas compitieran para mostrar más celo en su tarea, para exhibir pureza ideológica y para captar adhesiones y recursos de los potenciales beneficiarios de la persecución a los comunistas.

Tal vez el rasgo más sobresaliente del anticomunismo argentino haya sido el que da título a este libro: “fantasmas rojos”. Con ello queremos proponer que el comunismo, ese enemigo al que los anticomunistas temían, agigantaban y perseguían, era una amenaza más grave en el campo imaginario que en la realidad política. Se trataba de fantasmas y fantasías, cuasi caricaturas en muchos casos, construidos por los actores anticomunistas, que veían en sujetos, grupos o acciones concretas el peligro de la destrucción del orden capitalista. Ello fue independiente de que, en ciertos momentos, como los primeros años de la década de 1970, algunos grupos revolucionarios adquirieran verdadera presencia política o de que las cárceles estuvieran atiborradas de comunistas en 1943. La amenaza comunista fue percibida con sentidos y contenidos distintos en cada coyuntura a lo largo del siglo.

La dimensión político-simbólica de la persecución del comunismo es fundamental para entender el fenómeno, porque, aunque fuera aplicada sobre los más diversos sujetos, grupos o fenómenos, su efectividad residía en nombrarlos como “comunistas”. El término generaba la sensación inmediata de peligrosidad y amenaza, y también de permanencia en el tiempo de esa conspiración. En contraste con esta construcción, lo que históricamente hubo fueron conflictos políticos y sociales, distintos y cambiantes: en algunos momentos estos conflictos fueron con sectores explícitamente comunistas –como en los años treinta y cuarenta– o con las izquierdas revolucionarias en la primera parte de 1970, pero en otros momentos, los actores involucrados –anarquistas, peronistas, hippies, sacerdotes tercermundistas, etc.– no eran ni querían ser comunistas.

El comunismo de los anticomunistas parecería ser, así, un significante vacío (Laclau, 2005), disponible y maleable, una representación del mal rellena con los más diversos temores de cada época. Fue, y sigue siendo, una forma de designar lo amenazante: obreros e inmigrantes que reclamaban mejoras laborales, mujeres que disputaban nuevos espacios políticos y sociales, peronistas que reclamaban el derecho a votar a su partido, jóvenes que exigían nuevas libertades, monjas que decidían vivir en un barrio de emergencia u organizaciones políticas y sindicales de izquierda. El “comunismo” fue la designación automática del mal venido de afuera e instalado en el país para amenazar el orden político, social o moral.

Por ello, en este libro usaremos el término anticomunismo en un sentido analítico, para designar las prácticas, identidades y representaciones descriptas. Sin embargo, no siempre fue utilizado por los propios contemporáneos, si bien, desde ya, hubo muchos actores que se dieron ese nombre en distintos momentos –por ejemplo, la Federación Argentina de Entidades Democráticas Anticomunistas o la Alianza Anticomunista Argentina–. Pero muchos otros grupos que no dudaríamos en llamar anticomunistas no adoptaron esa denominación. En su lugar, estos se identificaban a sí mismos como “nacionalistas”, “demócratas”, “defensores del orden”, “católicos” o “peronistas”, solo por mencionar algunos. Lo que significa que el anticomunismo podía ser, además, una característica o rasgo importante de su ideología o sus acciones, pero no necesariamente el centro de su identidad. Así, se podía ser nacionalista, peronista o radical y albergar preocupaciones y recelos anticomunistas, sin que ello fuera el nudo de la identificación política.

Por otro lado, el anticomunismo fue una fuerza y una ideología transnacional con muchos orígenes. Estados Unidos fue una fuerza importante de irradiación e influencia anticomunista sobre la región desde los años cuarenta, pero de ninguna manera fue su único impulsor: también el Vaticano acompañó esa ideología, con su propia versión sobre el comunismo, sus principales males y cómo debía ser combatido. Además, hubo fuentes extranjeras y clandestinas que financiaron las redes locales del anticomunismo, como las embajadas de los Aliados en 1919 y las asociaciones internacionales anticomunistas, y suministraron insumos ideológicos y recursos organizativos a los anticomunistas de la Argentina.

Aunque estos datos son indudables, más bien interesa prestar atención a los procesos locales de adaptación y resignificación de esas ideas, a los intereses de quienes importaban la ideología o montaban eventos alusivos, a quienes iban más allá de lo que prescribían las doctrinas militares estadounidense o francesa y se lanzaban a la tarea un poco más original de interpretar la realidad nacional con ojos propios. En todo caso, la invitación de este libro es a pensar la escala global del anticomunismo con las particulares tonalidades que tuvo en esta parte del planeta.

Para aventurarnos en esa tarea haremos hincapié en dos dimensiones confluyentes. En primer lugar, en su dimensión represiva, veremos a los sectores anticomunistas desplegar sus acciones más conocidas y visibles, como fueron la persecución, la instigación a la violencia y la represión de variada naturaleza e intensidad. Ello pudo ser ejecutado desde el Estado, desde sus bordes grises, o desde la sociedad civil: la doctrina y la práctica antisubversiva de las Fuerzas Armadas en los años setenta, las bandas paramilitares –como la brigada de la Liga Patriótica formada en Santa Cruz en 1922– son algunas de esas expresiones violentas. Todas ellas, en general, sostenían que existía una agresión foránea, comunista o marxista, que debía ser repelida por medios no tradicionales, porque la supervivencia del país y del orden estaba en peligro.

Pero el anticomunismo también se expandió en una segunda dirección: su dimensión integradora y productiva a través de iniciativas socioculturales y políticas orientadas a evitar el “contagio” del comunismo, templar el ánimo de los dubitativos y convencer de las ventajas del capitalismo y la armonía de clases. En definitiva, se trataba de generar, a través de políticas públicas o privadas, propaganda y mensajes preventivos y seductores, una serie de sentidos comunes, sensibilidades y concepciones de mundo que se opusieran a las lecturas promovidas por las izquierdas y sus modelos sociales. Esto no siempre significaba proponer otra ideología precisa u otra alternativa política, sino, ante todo, eliminar el atractivo de las izquierdas entre la población. Mientras la acción en el primero de los campos –la represión– apuntaba a excluir y castigar, en el segundo –la integración– buscaba sumar al cuerpo nacional a la población potencialmente conquistable por el comunismo.

Ambas dimensiones del anticomunismo, la represiva y la integradora-preventiva, convivieron y tomaron forma en distintos momentos y ámbitos de la vida social, con mayor intensidad una y otra. Ambas fueron impulsadas desde la esfera estatal y desde la sociedad civil. En el primer caso, los instrumentos legales –y muchas veces los ilegales– fueron fundamentales en sus efectos coercitivos y persecutorios. Pero esos mismos elementos institucionales y normativos también ayudaron a construir alteridades negativas y a construir un otro –el comunista o el sospechoso de serlo– como un criminal o un enemigo de la nación. En otros momentos, los menos, los actores en el Estado se inclinaron por políticas de integración social, en buena medida motivados por el interés de sustraer de las masas los atractivos del comunismo.

En la esfera de la sociedad civil, el anticomunismo circuló de manera más sofisticada y compleja, con iniciativas preventivas e integradoras orientadas a influir en la vida sociocultural. Diversas figuras y grupos religiosos, sindicales, empresariales, intelectuales y estudiantiles promovieron formas de organización, estilos de vida, códigos morales, ideas y discursos basados en el anticomunismo. Pero también hubo momentos en que desde la propia sociedad surgieron reacciones abiertamente coercitivas, como ejecutar acciones violentas por mano propia o exigir que el Estado lo haga. En todo caso, cualquiera sea su manifestación y ámbito, es necesario considerar que el anticomunismo es “un fenómeno político” (López Cantera, 2023: XXXI), porque coloca en el centro de sus propósitos evitar la disolución del orden social que cree amenazado.

La historia que cuenta este libro

Este trabajo pretende llegar a un público amplio, interesado por el pasado nacional y por la vida política argentina actual, sus tensiones, puntos ciegos e ideologías en juego. En muchos aspectos es un libro de síntesis, y fue posible escribirlo gracias a las muchas investigaciones acumuladas, propias o de colegas, sobre la historia de las fuerzas de derecha, el Ejército, la Iglesia católica, los grupos empresariales, los movimientos sociales y sindicales, las corrientes ideológicas e intelectuales, y sobre algunos gobiernos y momentos históricos particularmente relevantes. Esos aportes están reconocidos en las referencias bibliográficas finales. El libro incluye resultados, fuentes y materiales novedosos provenientes de nuestras propias investigaciones inéditas.

El libro está organizado en cuatro capítulos. Cada uno de ellos cubre un período de nuestra historia contemporánea y fue recortado según rasgos particulares de los imaginarios y sujetos anticomunistas. El primero aborda las tres décadas iniciales del siglo XX, sobre todo el tiempo posterior a las primeras noticias sobre la revolución en la Rusia zarista de 1917. El análisis se centra en la creación y expansión de episodios de lo que se llamó “miedo rojo” y el incremento de las respuestas represivas, severas y desmesuradas ante conflictos sociales entre el capital –los empresarios y propietarios– y el trabajo –el mundo obrero y popular–, por ejemplo, la “Semana Trágica” de 1919, en Buenos Aires, o los fusilamientos de la Patagonia en el verano de 1921 y 1922.

El segundo capítulo se concentra en el tiempo que se abre con la creación de la Sección Especial de Represión al Comunismo de la Policía de la Capital Federal, en 1932, y se cierra con el diseño del Plan de Conmoción Interna del Estado durante la presidencia de Arturo Frondizi en 1958. Este período está marcado por una novedad: la fuerte y permanente presencia del anticomunismo en los ámbitos del Estado a través de distintos gobiernos, como el de Agustín Justo (1932-1938), el peronista, con su promoción de la integración social (1946-1955), y, posteriormente, la dictadura antiperonista (1955-1958).

Un tercer momento se ubica entre 1958 y la llegada del tercer gobierno peronista, en 1973. Se trató de un período de gran obsesión anticomunista, enmarcada en la Guerra Fría. Fueron años de una mayor intensidad en la difusión de creencias anticomunistas entre diversos sectores sociales y agentes estatales, en los que confluyeron antiperonismo y anticomunismo y el conflicto político alcanzó una particular virulencia. Asimismo, los impactos de la Revolución cubana tornaron más intensas y verosímiles las preocupaciones por la potencial “infiltración marxista”.

El cuarto y último capítulo se refiere al período de mayor despliegue de prácticas represivas centradas en el temor a la “subversión marxista” y la obsesión por su eliminación. Este se inicia con el tercer gobierno peronista (1973-1976) y finaliza con el régimen dictatorial posterior (1976-1983) y el atroz despliegue del terrorismo de Estado.

En las conclusiones retomamos las características particulares de cada uno de estos períodos, la continuidad del anticomunismo a lo largo del siglo y, sobre todo, su importancia en el desarrollo de la conflictividad política en nuestra historia. Por último, incluimos un apéndice documental con imágenes que constituyen un soporte visual de los procesos relatados.

Esperamos que todo ello ayude a entender cómo y por qué el anticomunismo estuvo presente en múltiples formas del enfrentamiento político, construyó enemigos que debían ser suprimidos y, en muchos casos, consiguió esa eliminación.

1. Existen historias del anticomunismo en varios países sudamericanos: para Uruguay, Broquetas (2021); para Chile, Casals (2016); para Brasil, Patto Sá Motta (2019); y para Perú, Drinot (2012); en Estados Unidos, Ceplair (2011); Hendershot (2003) y Schrecker (1998); en Italia, Giovannini (1997) y Lepre (1997); en Francia, Berstein y Becker (1987). El trabajo más extenso y de referencia para la Argentina es el de Mercedes López Cantera (2023), que abarca el período 1917-1943.

1. El gran miedo rojo (1902-1932)

En 1918 el Partido Socialista Internacional, que pocos meses después tomaría el nombre de Partido Comunista Argentino (PCA), adhirió al “gobierno de los soviets de Rusia”. Entonces, la Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires declaró con un tono tan irónico como preocupado: “pretenden tomar al mundo entero por un salón de baile y hacernos bailar a todos la danza maximalista. […] De cualquier modo, la cosa sirve para que nos enteremos qué clase de gentecita tenemos en casa” (1918: 886).

Según los conservadores, ese mismo año el maximalismo había aterrizado en Buenos Aires. Ese miedo a la sovietización de la clase trabajadora argentina perduró por varias décadas. Detrás de él se anudaba la convicción de que conflictos llegados de afuera se habían instalado completamente “en casa”, pero su existencia no era legítima ni justificada. Como veremos, esas creencias expresaban un temor a la ruptura de un orden social, justo cuando ese orden comenzaba a ser puesto en cuestión.

El anticomunismo antes del comunismo

A fines del siglo XIX, muchos años antes de que se fundara el PCA, las primeras huelgas y los procesos de organización de los obreros ya generaban fuertes reacciones de los empresarios, los propietarios y los gobiernos. Por entonces, la economía crecía a un ritmo que producía vertiginosas transformaciones, especialmente en la actividad agroexportadora y el desarrollo urbano. Según muestran los censos de la época, entre 1895 y 1914 la población se duplicó: pasó de 3.954.900 a 7.884.900 habitantes, en buena medida porque entre 1906 y 1910 ingresaron al país 1.200.000 inmigrantes. La inmigración masiva y el incremento acelerado de la actividad económica en condiciones de extrema precariedad laboral estimularon los reclamos de las y los trabajadores y el surgimiento de las primeras formas de organización obrera. Esos grupos eran, en general, socialistas y anarquistas de origen europeo –italianos, españoles y alemanes– que empujaron la formación de gremios entre trabajadores gráficos, ferroviarios, portuarios y de distintos oficios en Buenos Aires y las principales ciudades del litoral del país.

El anarquismo comenzó a ganar peso como fuerza política entre las asociaciones de trabajadores, especialmente, y de manera más amplia entre los sectores populares. Mucho más que una tendencia dentro del ámbito laboral, el anarquismo era una visión de mundo que estructuraba la vida de una parte de los sectores populares a través actividades culturales, educativas, publicaciones, bibliotecas y grupos feministas. La primera central de trabajadores del país, la Federación Obrera Argentina (FOA), siguió esta tradición anarquista desde su creación en 1901. Luego, en los años siguientes, cambió su nombre por Federación Obrera Regional Argentina (FORA) e impulsó sucesivas huelgas generales y reclamos populares (Suriano, 2001).

Poco antes, en 1896, se había fundado el Partido Socialista, que reivindicaba el ideario del marxismo y convocaba a la clase trabajadora. En contraste con el anarquismo, el socialismo pronto adquirió un carácter menos combativo y más dispuesto a la integración política dentro de la democracia liberal, más como partido político y menos como fuerza sindical u obrera. Fue el impulsor de sucesivas leyes laborales en el ámbito parlamentario, donde tuvo presencia desde 1904 debido a su peso electoral en la ciudad de Buenos Aires.

Por entonces fue creciendo en el mundo otra corriente de izquierda que rápidamente alcanzó fuerza y preponderancia: el sindicalismo revolucionario. A diferencia del socialismo, al que consideraba una fuerza burguesa y reformista, este movimiento se concentró en las reivindicaciones obreras y la acción directa con objetivos revolucionarios. En la Argentina, esta línea se distanció definitivamente del Partido Socialista en 1906 y, desde entonces, amplió su influencia como organización sindical hasta llegar a ser la segunda gran fuerza, junto con el anarquismo, a comienzos del siglo.