Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Entre el ensayo riguroso y la intimidad del diario personal, Fibra lectora propone un recorrido caleidoscópico y diverso por los múltiples dispositivos y escenarios de la lectura, para sentir las mutaciones de nuestro vínculo con los libros y con la técnica. Alejado de las profecías apocalípticas y la nostalgia de un pasado idealizado, Martín Jali elige concentrarse en las angustias de nuestro presente para revelar preguntas sobre lo que vendrá y el rol de los lectores en el mundo del futuro. El viaje comienza con códices antiguos y continúa hacia plataformas semi conscientes; se escurre entre algoritmos predictivos y memorias de verano; viste outfits para manifestantes en librerías experimentales y se detiene en la antigua biblioteca familiar. Así se mueve la prosa al organizar la red social dispersa que es nuestra literatura contemporánea. Mientras el placer de la lectura se aproxima al libro como mercancía y rige la segmentación de audiencias como principio organizador de la vida, una pregunta se revela: ¿compraremos libros soñados aún antes de encarar nuestro propio deseo?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 85
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Jali, Martín
Fibra lectora : el futuro de la lectura en la era del deseo digitalizado / Martín Jali. - 1a ed.
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Neural, 2023.
Libro digital, EPUB - (Ensayo)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-88-7995-6
1. Ensayo Literario. 2. Lectura. 3. Afición a la Lectura. I. Título.
CDD 306.488
▬
Neural
Editores: Martín Jali, Matías Buonfrate
Diseño de portada: Sergio Calvo
1a edición en Argentina: Marzo de 2023
www.literaturaneural.com
El viaje comienza con códices antiguos y continúa hacia plataformas semi conscientes; se escurre entre algoritmos predictivos y memorias de verano; viste outfits para manifestantes en librerías experimentales y se detiene en la antigua biblioteca familiar. Así se mueve la prosa al organizar la red social dispersa que es nuestra literatura contemporánea.
Mientras el placer de la lectura se aproxima al libro como mercancía y rige la segmentación de audiencias como principio organizador de la vida, una pregunta se revela: ¿compraremos libros soñados aún antes de encarar nuestro propio deseo?
►◄
Dar vueltas sobre este problema, que es un problema que nos remite a nuestro pasado, a los orígenes y la fundación misma de la lectura, pero que al mismo tiempo nos sumerge dentro de un presente cuyas estructuras parecen temblar a punto de derrumbarse o de cambiar para siempre, es también una pregunta sobre la textura familiar, la escolarización y los primeros libros que leímos o nos narraron, y un punto central: nuestra experiencia colectiva del tiempo y del ocio, antes de que existieran, o mejor dicho, antes de conocer la existencia de las industrias del entretenimiento y de los mercados culturales. Por mi parte tengo la sensación de que en la época de las primeras lecturas –aquellos libros que, más allá de regalos o lecturas compartidas, verdaderamente se apropiaban por completo de mi atención, mi imaginario y mi deseo– existía una percepción del tiempo sumamente extendida y plácida, aunque a veces gobernada por una obsesión que me llevaba a releer una y otra vez un párrafo, quizás para entender o absorber con desesperación el universo que abría cada frase, o bien para demorar el placer un poco más y así dosificarlo. Se trataba al mismo tiempo de una operación de reducción, de apretar el sentido muy fuerte y muy profundo para hacerlo propio, con un nivel de desesperación que me generaba un dolor bastante particular, como el que se siente cuando se aprietan muy fuerte los dientes y retumban por un rato los oídos; pero también de una operación de extensión: la lectura y por lo tanto la novela duraban más y en un punto podían volverse infinitas. Tal vez en esta percepción del tiempo se esconda cierto sentido de la inacción: leer es no estar haciendo otra cosa, es quedarse quieto o detenido, sin hablar, sin estar en este mundo, habitando otro. Creo que esta inacción y el desvarío hacia otra temporalidad son los elementos principales que le otorgan poder y calidad a una experiencia de lectura. La inacción suele asociarse con la melancolía, el desgano, la depresión, o la espera. Todo esto, por buenos motivos, es poco anhelado por casi todos, pero especialmente porque la inacción se ha convertido en el gran pecado de nuestra era. De ahí el imperativo del multitasking y, como respuesta, el sabio consejo que brinda el poeta norteamericano Ron Padgett: Hacé una sola cosa a la vez. Pero detrás de esta aparente inmovilidad se ocultan decenas de procesos que operan de manera simultánea a medida que se lee; la mente recombinando recuerdos, citas, ecos, personajes de otros libros, enlaces con autores y texturas que lejos de ser estáticas se recombinan una y otra vez generando nuevas secuencias: una acción que retrocede pero que también se permite imaginar el futuro y otras alternativas posibles. Incluso, en la era del fitness, los cuerpos saludables y la búsqueda de la longevidad, podemos pensar a la lectura como el deporte absoluto de nuestra mente. O, si avanzamos en otra dirección, también como ejercicio espiritual, cercano a la meditación y el conocimiento de nuestro propio Yo. Se trata al fin de caminos que se expanden para resignificar la práctica de la lectura en nuestra época, incluso revalorizando al libro en papel frente a otros soportes y disciplinas.
Sin embargo los lectores también nos aburrimos; hay cantidad de libros con pasajes tediosos, y eso no habla mal del libro, en ocasiones al contrario. Cada vez valoro más ciertos pasajes espesos o difíciles de digerir de los textos que leo, como si fueran a contramano del vértigo que nos exige el día a día, como si todo debiera ser veloz, divertido e inquietante, y tal vez en lo que está de más, en lo que sobra, se esconde un valor que no alcanzamos a dimensionar en su verdadera complejidad. Un exceso que parece estar a contramano de una época que nos pide velocidad, consumo y placer, mientras la lectura funciona como una droga con efectos retardados y casi invisibles, difícil de cuantificar, un submundo que incluso a veces decide revelarse cuando abrimos el libro por segunda o tercera vez. ¿Quizás por eso los lectores poco a poco disminuyen?, ¿por eso se venden menos libros en todo el planeta? ¿Y si en vez de guardar una relación directa con la caída en los niveles de ingresos de la clase trabajadora, el aumento del precio del papel y por ende, de los libros, la disminución de las capas medias de la sociedad, una caída en el nivel de los best sellers, exceso de horas de trabajo o un desplazamiento hacia otras esferas del entretenimiento, en realidad tiene que ver con la imposibilidad de adaptar la práctica de la lectura a las características del mundo que habitamos? ¿O quizás por estos mismos motivos la práctica lectora permanece vigente a pesar de los embates y las transformaciones, volviéndose un espacio de encuentro, una práctica espiritual, un corte ante nuestra temporalidad habitual o un ejercicio colectivo?
Lo que está claro es que con los años el aburrimiento se convirtió en un paisaje disponible para su conquista. Ninguna generación como la nuestra vendió tan barata su ausencia de tiempo. Nos llega un mensaje a nuestro teléfono, alguien le puso like a la foto que acabamos de subir, tres amigos están mirando nuestra historia, llegó un paquete de MercadoLibre a casa, un nuevo mail a nuestra casilla, alguien escrolea con sigilo nuestro feed de IG, hay un evento virtual que nos puede interesar. Nos autoexplotamos en función de una recompensa futura e imprecisa, simplemente porque todavía somos jóvenes, dormimos poco y deslizamos nuestros dedos sobre la pantalla una y otra vez, incluso en la cama, al borde de un sueño repleto de imágenes que no nos pertenecen. ¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos despertamos? Nos sumergimos como anfibios, para poder respirar, en la pantalla táctil de nuestros teléfonos, que guardamos todas las noches debajo de la almohada. En una buena porción del día leemos y escribimos sin entender demasiado bien qué es lo que estamos haciendo, nos espacio en el que hoy se producen de manera compulsiva los textos y las imágenes, por fuera de cualquier institución, desjerarquizados unos de otros, sin relación de autoridad ni de verdad en plataformas que son gigantescos imperios transnacionales cuyos agentes sintéticos nos arrancan, como si fuera piel, pedacitos de información personal con anestesia. Creo que nunca estuvo tan claro: nuestra propia corporeidad digital se alimenta de una nueva forma de adicción que nos mantiene expectantes y energizados.
