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No me puedo creer que sacara el nombre de mi jefe para el regalo anual del amigo invisible… Ese capullo irritante y engreído, la reencarnación misma del diablo, nunca nos da días libres en Navidades, y espera de verdad que le estemos agradecidos por la generosa alternativa que nos ofrece: una fiesta de empresa. Se trata de un viaje obligatorio, con todos los gastos pagados y de dos semanas de duración, a un resort de lujo desconocido donde todavía tendremos que seguir trabajando de doce a quince horas al día. Estoy tan hasta las narices… Así que lo que hago es poner cero interés en su regalo. Le quito la etiqueta a lo que sea que me ha comprado mi hermana, añado un cheque regalo de Amazon por valor de cinco dólares y se lo hago llegar. No me entero de la terrible decisión que he tomado hasta que mi hermana me envía un mensaje: Georgia: ¿Por qué no te has partido de la risa con el último vibrador que te he regalado? De verdad espero que te imagines la cara de tu jefe cuando lo uses, igual que pongo en la nota. :-) Por si eso no fuera poco, el "viaje de lujo" de este año será a mi ciudad natal, el lugar que he estado evitando durante años. Y mi abuela es la propietaria del resort… Si consigo salir viva de esta, no volveré a "re-regalar" nada a nadie nunca más…
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Seitenzahl: 122
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Título original: The Office Party
Primera edición: agosto de 2021
Copyright © 2020 by Whitney G.Published by arrangement with Brower Literary & Management
© de la traducción: Lorena Escudero Ruiz, 2021
© de esta edición: 2021, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-18491-47-4
BIC: FRD
Diseño de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: LightField Studios/Shutterstock
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
Nota de la autora
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1B
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Epílogo
Agradecimientos
Contenido especial
Para ti.
Tenías razón…
Queridísimo lector:
¡Muchas gracias por escoger Fiesta de empresa! Se trata de una novela navideña con tintes eróticos, ¡y estoy deseando que conozcáis a Savannah y Garrett!
Si queréis ser los primeros en enteraros de las próximas novedades, ofertas y precios especiales que solo ofrezco a mis lectores, apuntaos a mi lista exclusiva F. L. Y. (del inglés «“Effin” Love You», o, lo que es lo mismo, que os requeteadoro. Porque tanto si amáis como si odiáis esta historia, ¡os sigo queriendo por darle una oportunidad!).
Atentamente
Whitney G.
Las navidades pasadas
Urgente
Circular interna de West Media
Estimados y valiosos empleados:
Las Navidades están de nuevo a la vuelta de la esquina, y me gustaría recordaros personalmente que nuestra empresa no concede días libres, ni siquiera por enfermedad, en esta época del año.
Puesto que algunos de vosotros ya habéis presentado solicitudes a Recursos Humanos para que se os concedan en Navidad, permitidme reiterar lo que os dije cuando os contraté: no existen «días libres» en diciembre.
Mi definición de Navidad es «día laborable de catorce horas».
Y la fiesta de empresa es un evento de obligatoria asistencia.
No hay excepciones a estas reglas, que se aplican tanto a mis ejecutivos superiores como a mí.
Estoy ansioso por veros en la ceremonia de presentación, donde la agencia de viajes nos informará del destino de este año para nuestro retiro de dos semanas con gastos pagados.
Y no os olvidéis de traer el regalo que habéis comprado este año para vuestro amigo invisible.
A menos que queráis que se os despida.
Atentamente
Garrett West
Director General de West Media International
p. d.: No es necesario que me deis las gracias por las generosas oportunidades que os ofrezco.
~La industria del espectáculo nunca duerme, y, por lo tanto, nosotros tampoco~
Punta Cana, República Dominicana
Las Navidades pasadas
Savannah
—¿Estás segura de que tu jefe está de acuerdo con esto? —Mi hermana pequeña, Georgia, se desabrocha el cinturón de seguridad en cuanto el avión aterriza—. Habría jurado que dijiste que nunca le concede a nadie días libres en Navidades.
—Precisamente esa es la cuestión —le respondo—. He planeado este viaje a la perfección. Cuando hayamos pasado las dos primeras noches aquí, será demasiado tarde como para que pueda evitar que me pierda la fiesta de empresa. Lo peor del temporal se habrá acercado a la costa, y todos los vuelos estarán cancelados. En especial porque se supone que Teresa sería un huracán de la categoría cuatro.
—Perdona, ¿qué? —Los ojos se le abren como platos—. Me aseguraste que la temporada de huracanes se pasó en noviembre.
—Llegado ese momento, tratará de enviarme un correo, estoy segura. —No puedo parar de hablar. Estoy demasiado emocionada ante la perspectiva de salirme con la mía.
Perder de vista a Garrett West.
Comencé a planificar este viaje hace seis meses, y este huracán sorpresa que va a llegar fuera de temporada debe de ser un regalo del universo. Es mi recompensa por haber logrado la subida más rápida de la empresa en tres años y por haber conseguido aguantar las ganas de estrangular a Garrett West hasta matarlo.
Soy su principal consejera, y conozco su rutina como la palma de mi mano. Sé que en estos momentos se encontrará en su avión privado de camino a Hawái. Estará recostado en su asiento, con esa arrogante sonrisa suya, mientras le da sorbos a su marca favorita de whisky escocés. Dentro de unos minutos empezará a analizar los informes que le he enviado y después me enviará por correo un montón de «cambios sugeridos» sin otro motivo más que hacerme la vida imposible.
—Estoy segura de que, tarde o temprano, se preguntará adónde me he ido —digo en voz alta, sonriendo—. Pero no voy a dejar que me torture con su ridícula fiesta de empresa de este año. He configurado un sistema automático de respuesta para cualquier tipo de pregunta que pueda hacerme, así que no notará mi ausencia durante un tiempo.
—¿Puedes rebobinar y explicar un poco mejor lo malo va a ser el huracán? —me pregunta Georgia—. Eso es lo que quiero escuchar en estos momentos.
—Nunca he trabajado para nadie que esté tan obsesionado con su trabajo —continúo—. Por la forma en que nos habla, parece que haya inventado la cura para una enfermedad. Ya te he contado lo de su política de días libres, ¿verdad?
—El huracán, Savannah… —Me mira con los ojos entrecerrados—. Empieza a hablar sobre el huracán.
—O sea, ¿quién quiere pasar el día de Navidad con las personas que te están haciendo la puñeta durante el resto de la semana? —Niego con la cabeza—. A algunos de nosotros nos gusta ir a casa a ver a nuestra familia.
—Me rindo. —Se levanta y coge su bolso del compartimento superior—. ¿Sabes? Para ser justos, casi nunca vienes a casa en Navidades. Y si quieres que te sea completamente sincera, tú también eres un poco adicta al trabajo. Todavía no te he perdonado que te trajeras el portátil a mi ceremonia de graduación.
—Tenía que acabar un trato urgente, y ya me he disculpado contigo un millón de veces.
—Te has disculpado dos veces.
—Eso no quiere decir en absoluto que me parezca a Garrett West. —Cojo mi bolso y la sigo por el puente móvil—. Soy perfectamente capaz de desconectar del trabajo y tomarme un descanso.
Como tratando de demostrar que digo la verdad, apago el móvil y me lo meto en el bolsillo trasero. Después me pongo una alarma en el reloj para que me avise de cuándo tengo que volver a encenderlo de nuevo.
Seguimos las indicaciones hasta llegar a la zona de aduanas. Esperamos media hora a que los agentes comprueben nuestros pasaportes, vamos a recoger las maletas de la cinta de equipajes y nos dirigimos a la salida del aeropuerto.
Hay un hombre con una camisa de manga corta y estampado floral que lleva un cartel que dice:
«¡Bienvenidas al paraíso, Savannah y Georgia Grey!».
—¡Buenos días y bienvenidas a Punta Cana, señoritas! —Sonríe—. Soy Emilio, y estaré encantado de acompañarlas a The Excellence Resort. ¿Necesitan…? —Se detiene cuando el rugido de unos truenos suena desde lejos. Le sigue la luz de varios rayos.
—Voy a volver a subirme al maldito avión —anuncia Georgia—. Me niego a morir hoy.
—No se preocupe por eso, señorita. —Emilio tiende la mano para coger su equipaje—. Volveremos a tener un cielo azul en tan solo unos minutos. Solo es una tormenta pasajera.
Ella duda durante unos segundos antes de darle la maleta.
Él sonríe, abre la puerta del maletero del todoterreno negro y mete nuestras cosas con cuidado.
Antes de arrancar, llena dos copas de champán y le ofrece a Georgia un plato de fresas con chocolate.
Durante el trayecto, cierro los ojos y repaso mentalmente todos los preparativos para asegurarme de que no se me ha escapado ni una:
-Entregar un informe médico falso: hecho.
-Asegurarme de que mi equipo tiene preparado el proyecto con dos meses de antelación: hecho.
-Decirle a la vecina que cuelgue globos y un cartel que diga «Recupérate pronto, Savannah» en la puerta de mi casa mañana por la mañana: hecho.
—¡En absoluto, señorita! —La risa gutural de Emilio me saca de mis pensamientos—. Nuestro resort se ha construido de manera que pueda soportar los huracanes más fuertes, y lo peor de esta tormenta no se nos llegará ni a acercar.
Miro a Georgia, que no parece aliviada en lo más mínimo. Se aprieta el bolso contra el pecho y se mece hacia delante y hacia atrás, como si nos quedaran tan solo unos segundos de vida antes del fin del mundo.
—Lo he comprobado todo varias veces —le susurro—. Vamos a estar bien. Confía en mí.
Ella me ignora y sigue atormentando al conductor con preguntas sobre el tiempo.
No pasa mucho hasta que el cielo vuelve a ponerse de color azul, tal y como había prometido Emilio, y para cuando las nubes grises han desaparecido del mapa, ya hemos llegado al final de un camino.
Las enormes puertas de madera de The Excellence Resort se abren y la mandíbula se me desencaja. El exuberante follaje que nos espera no se parece en nada a la jungla de asfalto de Manhattan.
Enciendo el móvil para hacer fotos, pero antes de que pueda echar ninguna, aparece un mensaje en la pantalla.
El capullo de mi jefe (No responder): He oído que has contraído una infección y que no podrás venir con nosotros a Hawái… ¿Es eso cierto?
Sé que no debería responder, que debería ignorarlo hasta que vuelva a Manhattan, pero no puedo evitarlo.
Yo: Sí. El peor dolor que he sentido nunca.
El capullo de mi jefe (No responder): Siento escuchar eso, señorita Grey. Qué mala suerte, espero que te recuperes pronto.
Yo: Muchas gracias por tu interés, señor West. De verdad espero que «la fiesta» de Hawái vaya bien sin mí. (Para que lo sepas, estaba deseando poder ir. ¡Parecía un resort fantástico!).
Me envía otros tres mensajes más, pero no los abro.
En su lugar, silencio las notificaciones y echo todas las fotos que puedo al paisaje por el que vamos pasando.
—Vale, estás perdonada por haberme traído aquí —dice Georgia—. Este lugar es toda una maravilla.
Cuando el conductor se detiene delante del resort, el conserje nos recibe con flores.
—Les hemos asignado una habitación mejor, señorita Grey —anuncia—. Nuestro director esperaba poder saludarlas en persona, pero les envía saludos. Por favor, síganme; el botones se encargará de su equipaje.
Lo seguimos a través de un laberinto de palmeras altas y edificios de piedras blancas. Cada dos minutos nos tropezamos con jardines y piscinas de un azul resplandeciente hasta llegar a un chalé independiente.
—Esta es la mejor suite de todo el resort —informa mientras abre la puerta y nos muestra todo un mundo de opulencia.
Casi no puedo ocultar la emoción que siento cuando nos enseña todos los servicios de los que dispone.
Piscina privada integrada con vistas al mar.
Mayordomo personal y sábanas de lujo.
Postres y alcohol ilimitados.
Ningún Garrett West.
Cuando nos enseña otra piscina adicional en la terraza, Georgia abre una botella de champán y yo salto a un flotador con forma de flamenco.
—¿Qué tal si brindamos? —sugiere ella—. La primera va por ti.
—No. —Espero a que me llene la copa—. La primera va por librarme de la asistencia obligatoria…
Al día siguiente, como de costumbre, me giro en la cama a las cuatro de la mañana. Mi cerebro está conectado a la agenda para las Navidades de West Media, con lo que abro el portátil y comienzo a comprobar mis correos.
Para mi sorpresa, el señor West no ha enviado ni un solo mensaje, y lo único urgente que tengo que hacer es darle las gracias a quien le he tocado de amigo invisible: Jerry, de marketing. Me ha regalado un cheque de regalo de Starbucks con una nota que dice: «Espero que te guste la lectura», además de un ejemplar en papel de Cómo tratar con un jefe controlador.
Ya tengo tres ejemplares de ese mismo libro, y he escuchado la versión en audiolibro un montón de veces, pero le respondo que estoy «deseando» leer un libro nuevo.
Mi mirada se desvía hacia otro correo, una tarea por la que sé que el señor West perderá la cabeza, y antes de darme cuenta ya estoy llamando al servicio de habitaciones para pedir café mientras me ocupo de los proyectos, y los minutos se transforman en horas.
—¿Ya estás trabajando en vacaciones? —Georgia entra en mi habitación a eso de las diez con un biquini de un color rojo vivo—. ¿Hay otro asunto «urgente» del que tengas que ocuparte?
—No. —Cierro el portátil y lo tiro a la cama—. Estoy lista para relajarme cuando tú lo estés.
—Demuéstralo. —Se cruza de brazos.
Bajo su mirada vigilante, me pongo un bañador, me recojo el pelo en un moño y cojo unas cuantas toallas antes de seguirla hasta la playa.
Cuando colocamos las sillas cerca de la orilla, el conserje del resort se acerca a nosotras con un sobre blanco.
—¿Señorita Grey? —pregunta—. Acabo de recibir un mensaje urgente para usted.
—El director está exagerando un poquito. —Le sonrío—. No pasa nada por no habernos recibido en persona, se lo prometo.
—No es del director, señorita. Es de un tal señor Garrett West.
—¿De quién? —Se me quiebra la voz—. ¿Qué nombre acaba de decir?
—Señor Garrett West, de West Media. —Lee la parte frontal del sobre—. Dice que se trata de una urgencia, y que debe leerlo.
Todo mi mundo se detiene y yo meneo la cabeza, incrédula. Es totalmente imposible que se haya enterado de que estoy aquí, así que o bien estoy soñando o el universo me está gastando una broma muy pesada.
—No conozco a ningún Garrett West —replico—. Debe de haber otra Savannah Grey aquí, lo siento.
—Usted y su hermana son las únicas huéspedes de esta parte del resort, señorita Grey. —Estira la mano un poco más para tratar de entregarme el sobre.
Yo no lo cojo.
—Por motivos de seguridad, le hicimos verificar un par de cosas —afirma—. Incluso le pedí que la describiera.
—¿Y cómo la ha descrito entonces? —pregunta Georgia, que se coloca junto a mí—. Es decir, yo tampoco conozco a ningún señor West, así que ese tipo tiene que ser un acosador o algo por el estilo.
Él nos mira sin parpadear.
Me entran ganas de echarme en la silla y disfrutar del resto del día, pero el conserje se saca un Post-it arrugado del bolsillo.
Se aclara la garganta y comienza a leer.
—Cito textualmente… «Es una jodida visión, pero ya que tengo que concretar más, tiene los ojos de color almendra y unos rizos castaño oscuro que le enmarcan la cara y complementan el color de su piel. Si está cerca del agua cuando le dé mi mensaje, probablemente lleve el pelo recogido con un lazo de lunares rojos y negros, porque, sea por el motivo que sea, solo compra esos colores».
Me quito el pañuelo de la cabeza y me lo escondo detrás de la espalda.
—No llevo pañuelo hoy.
