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La "Operación Dupont" es proteica: su trabajo consiste en detectar modos de pensamiento que, a fuerza de redundancia, se han transformado en clichés. Sus presas son pequeños quijotes ávidos de ilusión en un mundo sin quimeras, a los que Dupont les aplica, sin distinciones ideológicas, una ironía méchante que centellea como acero quirúrgico. Dupont no "critica" tales o cuales lenguajes –sea la filosofía, el psicoanálisis, la lógica, etc.–, los embosca, los espera agazapado en un cruce de caminos, allí donde la cultura los transforma tediosamente en lo que Flaubert llamó ideas recibidas, ese conjunto de lugares comunes que hacen a la vida vegetativa de los sujetos, perpetuándose en ellos: los sujetos "cuestionados" de Dupont, simultáneamente trágicos héroes de nuestro tiempo y cómicos payasos ignorantes de su fatum, no logran ver el elefante que tienen en las narices, encerrado en su propia habitación. Estas extraordinarias Figuras de Dupont son un sistema móvil que –a diferencia de la línea Maginot, un sistema fijo de defensa ante una guerra de movimientos que el general Patton llamó "un monumento a la imbecilidad"– nos ayuda a no ser asfixiados por la época y a eludir ese viento letal que, soplando más allá de los tres monoteísmos, la cultura actual celebra como la primavera misma.
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Seitenzahl: 166
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Mariano Dupont
Dupont, Mariano
Figuras / Mariano Dupont. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Editores Argentinos y hnos., 2023..
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descargaISBN 978-987-3876-22-6
1. Literatura. 2. Literatura Argentina. I. Título.
CDD A860
Dupont, Mariano
Figuras / Mariano Dupont
1a ed. Ciudad Autónoma de Buenos Aires :
Editores Argentinos, 2023.
Ilustración de tapa: Mariano Dupont
© 2023, Editores Argentinos.
Editores Argentinos: www.eeaa.com.ar
Contacto: [email protected]
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
ISBN edición digital (ePub): 978-987-3876-22-6
Tenía el vicio de los intelectuales, era fútil.
CÉLINE
Gilles: Empiezo como los niños pequeños, hablando de mí, digo: A Félix lo conocí hace quince años, en un simposio. Me llamó la atención su inteligencia portentosa. Él, por su lado, conocía, claro, mi obra, y esperaba cosas de mí. Empezamos a hablar y enseguida nos entendimos. Al minuto salió el tema del psicoanálisis. “Años y años de psicoanálisis te van idiotizando”, me dijo. “Cada vez peor, cada vez peor. Al final ya no ves nada”. Me enamoré de él inmediatamente. A partir de ahí, nos tiramos juntos a la pileta. Y nadamos. Nuestros cuerpos se inflaron. “Somos máquinas deseantes”: esa fue otra de las cosas que me dijo Félix ese día. Una frase como tantas. La tiró al pasar, se le cayó. Después vino la cosa de la máquina, de los esquizofrénicos, del inconsciente. Yo tenía la impresión de que era él el que iba adelante, y yo atrás, lejos. Félix es brillante. Sin embargo, nos trenzábamos en discusiones interminables. Pero Félix… Félix es también un tipo macanudo, afable. Así, mágicamente, por momentos tenía la impresión de que yo era él, Félix, y no yo. Todo se mezclaba, era un despelote fenomenal… Solo con el inconsciente ya teníamos como para cinco libros. Después Félix empezó a introducir la palabra “falo” en las conversaciones (y en los textos), y a mí no me gustó. Sobre todo al principio. Después me acostumbré. “Etcétera”, en el contexto de la estructura, era nuestra piedra de toque, mucho más que “desterritorialización”, que a mí me encanta. Uno de nuestros mejores hallazgos conceptuales. Lo importante… No sé… Y acá entra Lacan. Lacan decía que Félix tenía una deuda con él, lo cual era mentira, una vil mentira. Que después te cuente él. Una historia bastante oscura que nos sirvió para darnos cuenta de quién era en realidad el señor del moñito. Pero bueno. Y entonces, como Félix tenía ese problema con Lacan, no quería usarlo cuando escribía sus cosas. Una estupidez. Yo se lo dije, le dije: “Vos estás loco, Félix, dejate de embromar, Lacan es fundamental”. Y lo entendió, lo convencí. Porque estábamos con eso de Lacan, con esa frasecita inocente que aparece en uno de sus seminarios: “Nadie ayuda”. Entonces nosotros decidimos ayudarlo. ¿Cómo? Con su propia medicina. Se lo tenía bien merecido. Me explico. Dejamos de lado los conceptos. Conceptos como “clivaje”, “forclusión”, etc. Decidimos, en cambio, jugar con las ideas, ideas importantes (pero “malas”) que el mismísimo Lacan había dejado de lado porque no le interesaban. Ideas muy buenas que, por la misma época, estaban en la cabeza de pensadores como Charles S. Balaá. A partir de un momento nos pusimos a trabajar sobre los totales: total a mí qué, si total, totalmente, y así. De golpe, la carta robada: todo estaba sobre la mesa, con obviedad. ¡Y nadie lo veía! En ciertas ocasiones nos escuchábamos, pero la mayoría de las veces Félix me ignoraba y yo a él. Así y todo nos entendíamos. Nos entreteníamos haciendo agujeros en todo lo que encontrábamos. A menudo, una idea, nos venía una idea, cualquier cosa. Y enseguida la perforábamos, le quitábamos el relleno, nos quedábamos con la cáscara vacía. Hasta que Félix un día propuso algo muy interesante. No me acuerdo qué, pero era algo que nos iba a permitir salir del pensamiento, abrir el juego hacia otras realidades. De la conciencia… Propuso esto, y aquello, y esto de allá, y así. Félix es un tipo hiperimaginativo. Trabajamos un mes, y de golpe, ¡zas!, estábamos ya en otro contexto, otra forma, o sea. Leímos para eso una cantidad enorme de libros sobre los temas más dispares, de todo. Mucha basura, sí, pero muy interesante. Y así volvimos a dar otro salto. El objetivo era desarmar al mismísimo Oedipus, el rey de Tebas. Mostrar la miseria del psicoanálisis: su discurso coercitivo. Leímos, leímos, nos armamos hasta los dientes. Y nos pusimos a escribir, como locos, día y noche… Félix ve la esquizofrenia como un ciclo. Un ciclo épico, digamos. Tuercas, tornillos, clavos, pinzas, picos de loro, martillos, etc. Toda una ferretería. Esa serie, que a primera vista no parece encerrar ningún interés, nos sirvió para encauzar el trabajo. De ahí surgieron iridiscencias, resonancias, precipitaciones, líneas de fuga… ¡Todo un libro! Y las larvas, que nunca faltan, claro, siempre hay larvas, estados larvarios que nosotros supimos aprovechar porque somos muy curiosos: a Félix y a mí todo nos interesa. Y ahí vamos… ¡Félix y Gilles! ¡Gilles y Félix! Él me da cosas y yo le doy a él. Terminamos escribiendo a cuatro manos, él una frase, yo otra, él una frase, yo otra, él una frase, yo otra, y así. Después mezclamos todo porque era muy simple y no nos convencía: queríamos ir más allá, ¡más alto! Tiramos por la borda el trabajo idiota de esos meses. Y volvimos a empezar. Hasta que de eso algo quedó: esa fue la génesis de la primera versión.
Félix: por mi parte, vengo de la voie communiste. Y años, años de resistencia izquierdista, attenti: antes de Mayo del 68 escribí las “Nueve tesis de la izquierda”. A mis enemigos los aplasté. Agitaba mucho. También trabajé en la famosa clínica La Borde, en Cour-Cheverny. Jean Oury la fundó, fundó la clínica, en 1953. Su objetivo era continuar las experiencias de Tosquelles. A mí me atrajo particularmente una de las ideas de Jean: la transversalidad. “Agrupar, agrupar, agruparnos, juntos, juntos, reunidos, juntos”. Ese era su lema, o algo así. También Lacan había dicho sus cosas sobre el tema… Ay, Lacan. Por esa época, el prestigioso autor de El Seminario me empezó a acosar por una plata que él decía que yo le debía, lo cual no era cierto, esa plata yo se la había devuelto. Intimidaciones, cartas documento. Terrible. Una historia nefasta… No quiero revolver esa sentina. Sigamos con la transversalidad de Jean Oury, hermana de los puntos de fuga de Gilles, que a mí me parecen muy estimulantes para pensar el pensamiento y muchas otras cosas, como los universales o las categorías a, b y c. Así que bueno, me hice pasar por enfermero y entré a trabajar en la clínica. ¡No sabés la cantidad de esquizofrénicos que había! Pequeños esquizofrénicos, pero esquizofrénicos al fin. Yo aspiraba a una suerte de antipsiquiatría, a una cura que no curara, a algo totalmente inútil, programáticamente inútil, y por eso mismo, muy necesario. ¡Artístico! Lo hablé con Gilles: él me alentó. Me dijo: “Félix, vos sos Félix, no te olvides de eso”. Y eso me dio el impulso necesario. Yo amo a los esquizofrénicos, te lo aclaro por si no lo sabés, siempre me han atraído. Hay que vivir con ellos, dormir con ellos, hablar con ellos. Tienen muchas verdades para enseñarnos. Los problemas de los esquizofrénicos son problemas auténticos, no como los nuestros que no son problemas de verdad, son falsos problemas de burgueses, de neuróticos acunados por las mieles del capitalismo. Bueno. La cosa es que entro como enfermero. Empecé a establecer un vínculo con uno de estos locos. Y lo grabé, lo registré. Con el magnetófono. Pero hagamos fast-forward. Mayo del 68. Gilles y yo. Mitmann. ¿Quién es Mitmann? Alguien que ya conocía nuestro libro. ¡Y eso gracias a Mayo del 68! Para los que dicen que el Mayo no sirvió para nada. Ahí tienen: Mitmann leyéndonos. Sin embargo, Mitmann no es Gilles, tampoco es Félix. Carecía de nuestro talento. Y así la psicosis le dio una paliza. Se metió con “el otro”, pobre infeliz. ¡El otro!, ¡el otro! ¡Cómo rompieron las guindas con el otro! Y siguen, todavía siguen… También Levinas, sí, el bueno y soporífero Levinas, el tiempo y el otro… Vuelvo… Sí. Sigo. El trabajo de Gilles es mi trabajo: cuando trabajamos juntos tenemos un solo cerebro. Eso es lo que me gusta de trabajar con Gilles. Gilles es impresionante, no sabés lo que es, un bocho, tiene unas ideas geniales todo el tiempo, yo a veces no lo puedo seguir, empieza con algo, agarra el hilo y lo sigue, lo sigue, lo sigue, y te perdés, se va a la mierda: es un poeta. Inventó un montón de cosas: cuerpos, órganos, puntos de fuga. O: el cuerpo sin órganos, sin orden, en fuga constante. Es un honor trabajar con él. En nuestro libro, las operaciones lógicas no existen, no sé si sabés eso. Lo que nos interesa es la intensidad. Nada más. La intensidad y el doblez. El envés de la trama, de las tramas. La pseudoliteratura, por ejemplo. O la pseudofilosofía. Falsos ofrecimientos, falsas continuidades. Nuestros libros… Nuestros libros no hablan de lo que sale en los diarios… ¡La pestilente coyuntura! No. ¡No! En ciertos aspectos, Freud tenía razón. A veces da en el clavo. ¡Conciencia! Ese es el material clínico verdadero. Después vino la psicosis, Bleuler y las juventudes hitlerianas. Y esto es así hasta el final: toda novedad psicoanalítica no es tal. De Melanie Klein al bluff de Lacan. Nada nuevo. Siempre, siempre, siempre la psicosis y la psicosis y la psicosis y la psicosis ad nauseam. Por otro lado, ¡el cajón de Tausk! Es posible que Freud, al confrontar sus ideas analíticas, se haya asustado y entonces esa sea la causa de su fracaso. Puede ser. No sé, quién sabe. ¡Cómo saberlo! Más tarde entró Schreber. Para él todo es ambigüedad. Y está bien. O no. La ambigüedad de los esquizofrénicos. ¡El vaivén! Hay temas que son sumamente desagradables de tratar. Ahora bien, ¿vos estás seguro entonces de que Freud entendió algo de la maquinaria del deseo? Yo no. El deseo, la maquinaria del deseo, no es un descubrimiento del psicoanálisis. No nos confundamos.
Gilles: El blanco de nuestros ataques no es la ideología del psicoanálisis sino el psicoanálisis como práctica coactiva y ortopédica. Entendámonos. En esto no hay contradicción: al pan, pan y al vino, vino, ¿me seguís? Al principioparece que sí, pero no. A la larga no lleva a ninguna parte. Esto es lo que Félix y yo llamamos el idealismo del psicoanálisis, su sistema de absurdas proyecciones. El análisis debería conducir a reducir, e incluso a anular, no solo el deseo sino todas las configuraciones simbólicas del “sujeto deseante”. Pero no. Va para otro lado, apuntala, quiere entender, ¡interpreta! Por eso Félix, como enfermero de la clínica, orientó su trabajo a devenir esquizofrénico. Porque él también quería entender. Y devino, sí, y deviniendo, pudo ver. Porque ¿qué mejor manera de entender a un loco que volverse loco? Si no: seguimos afuera. En esto, el inconsciente es clave. Es clave porque desmonta, pulveriza, vacía. Pero vayamos a Oedipus. La catexis. ¿Qué cuernos es la catexis? Te explico: la reducción de las catexis sociales de la libido (de ciertas catexis) es una desviación del deseo, una suerte de distracción momentánea, algo así. Félix define ese proceso como un “desfamiliarismo coordinado”. No hay nada librado al azar. Y acá entra Oedipus otra vez, pero por otra puerta. El psicoanálisis no inventó a Oedipus. Por eso nosotros hablamos de fascismo. Cualquier vínculo concebido edípicamente es una apropiación, una interpretación, y como tal, falsa en el peor sentido. Hay que suprimir de una vez por todas la llamada “máquina deseante”, la omnipresente razón, y dar lugar a las formaciones inconcientes, plurales y despersonalizadas. Atacar a Oedipus, sí, pero no para demostrar alguna cosa. No a un modelo proyectivo de perfección superior. Ese fue nuestro lema. La esclavitud, las deudas infinitas. Basta. ¡Basta! Desintegrar a Oedipus. De padres a hijos: un pasaje. Tropiezo con muchas estupideces. En todos lados: Oedipus, Oedipus. Si hay que entablar un combate, debe dirigirse contra la psiquiatría materialista, contra la producción versada del deseo. Insisto con esto, es fundamental. El delirio. El delirio es muy importante. Ocupar el campo social histórico y, rizomáticamente, dinamitar. Dinamitar las máquinas deseantes y parlantes, la mierda fascista. Circulaciones represivas de sentidos, la muerte misma, aburrimientos mayúsculos. Por eso, el esquizofrénico como punto de partida, como emblema para desmantelar esas usinas. Foucault dijo que el psicoanálisis es sordo a las voces irracionales. Sí, no las lee, no sabe leerlas. No puede leerlas. El psicoanálisis se apropia, descifra, quiere entender. Anula lo rizomático de las relaciones intersubjetivas. De ahí su peligro, ¡su nocividad!
Félix: Gilles enseguida se acalora, ja, ja, ja… ¡Y yo también! Nos propusimos denunciar, porque a veces hay que denunciar. El fascismo generalizado de los enunciados taxativos. La tara apodíctica. Estamos en la prehistoria pero vamos a llegar, vamos a llegar, a algún lado vamos a llegar. ¿Adónde? No lo sé. Hay que seguir para ver. El fascismo está en su salsa, por eso hay que seguir. Primero que nada hay que escuchar. Nadie escucha. Una máquina archirrevolucionaria que termine de una vez por todas con la estafa del deseo. Que no quede nada. Es el precio que hay que pagar. Una contramáquina, mejor. Revolucionaria, propia, ácrata, y que cada uno aprenderá a manejar… En fin. Pero volviendo a las catexis de las que recién hablaba Gilles, hay dos: la catexis de la pérdida y la catexis del logro. La catexis de la pérdida puede ser muy pero muy revolucionaria. Desarticular el discurso psicoanalítico en su totalidad. Y los intereses de este discurso, ya sean económicos o políticos. Frustrar, cortar, anular el deseo, el imperio. Despertar a las clases oprimidas. O que el deseo asuma una actitud revolucionaria. Hay que entender que el deseo está en el origen de la infraestructura. Con Gilles coincidimos: no confiamos en las ideas. Basta de ideas. ¡La maldita ideología! Los aparatos antirrevolucionarios hay que hacerlos estallar en mil pedacitos, hacerlos puré. De un nuevo paradigma estamos hablando. La culpa la tienen los moralistas, hay que exterminarlos. Ellos son los responsables de la sumisión, trajeron la obediencia, inventaron las jerarquías, la televisión, las computadoras, la telefonía celular. Realimentaron la opresión, idearon las fronteras para las clases pisoteadas. Para chupar y engordar. A este fascismo onmipresente, nos oponemos, Gilles y yo, ambos. Sin embargo, hay que esperarse lo peor, por supuesto, se vienen tiempos difíciles. Y no dejar de investigar, de seguir investigando las máquinas del deseo, las organizaciones del campo social. Abrir los abscesos, hacerlos supurar. Por orden. Proponemos la fiesta de la resistencia. En contra del consumo, no consumir nada, ni pan. Si es necesario, morirse de hambre.
Gilles y Félix (a dúo): Una escuela de esquizofrenia sería una idea excelente. Liberar las corrientes, ir un poco más lejos. Este dijo que no puede ser, pero aquel sí, y a ese escuchamos. Al insujetable autor del disparate: recientemente fue publicado en el Observateur un artículo terrible de un psiquiatra nazi. ¡No sabés lo que era! El tipo daba pruebas de no se qué. Salimos a la calle. A cagarlo a piñas. Después nos tranquilizamos. Y volvimos a nuestras respectivas casas. Decidimos esperar. Si denunciamos las corrientes modernas de la psiquiatría y la antipsiquiatría, es por algo. Algo de eso. Es el momento de actuar: demoler los hospitales psiquiátricos, no dejar ni uno en pie, pasar a cuchillo a los freudianos, y sobre todo a los lacanianos, a estos últimos les tenemos una tirria tremenda. Terminar con el negocio de la transferencia. No es difícil. Un loco, ¿qué es? Poner la esquizofrenia sobre le mesa. Mostrar cómo son las cosas. Y congelamos el debate. Arrivederci! ¡Somos vencedores! No es tan difícil. Esa es nuestra propuesta, más claros no podemos ser. Al esquizofrénico le atrae el hospital, y al hospital, a su vez, le atrae el esquizofrénico. Se imantan. Pero en cuanto el esquizofrénico pisa el hospital, enseguida entiende. El loco es loco pero no boludo. El hospital anula el devenir revolucionario del esquizofrénico. La maquinaria clínica ordena, interpreta, ¡cercena! Pero la esquizofrenia no se puede atrapar. No hay decodificación posible, nada de qué agarrarse, nada. De ahí que nosotros decimos: capitalismo y psicoanálisis, psicoanálisis y capitalismo: con ese matrimonio hay que terminar. La paranoia capitalista, la productividad. El esquizolibro no entra en ese flujo, es así. No hay posibilidad de asirlo, se escapa por todos lados. Sade, Artaud. Mugidos de hombres libres. Dos mástiles tiene la nave del delirio: el mástil fascista paranoico y el mástil esquizoide revolucionario. Elegimos el segundo. Oponiéndonos con palos. Palos a diestra, a siniestra, a troche y moche. En cuanto a la responsabilidad o la irresponsabilidad de nuestros actos, no hay nada que decir: se las dejamos a la policía, a los psiquiatras, ¡a los teóricos de la literatura!
La piedra. Empecemos por la piedra, ente pasivo, no-ser, ni gustable ni odorable: percibe la vista, y por esa misma potencia visiva, comprende el entendimiento el color y la figura de la piedra. El hombre, cerrados los ojos, no ve la piedra, no la ve, no ve nada. ¡Pero la imaginación la imagina! Imaginamos la piedra, forma, color, etc. La piedra tiene pasiones, y el afato la nombra. (¡Ploc! ¡Ploc! ¡Ploc! ¡Piedras me tiran! ¡¡¡No!!! ¡¡No!!). La piedra. Si la tenemos en la mano, sentimos su dureza, su frialdad, su peso, su ligereza, etc. Vuelve a descender el entendimiento a la piedra. La piedra. En la piedra hay agua, hay tierra, es elemento movible con movimiento violento y natural: violento cuando se la arroja y natural cuando cae. (¡Ploc! ¡Me las tiran! ¡Ay! ¡No! ¡Duele, bárbaros, duele!). La piedra hace parábolas, bellas parábolas. La vista ve que el imán subyuga al hierro, así como lo perfecto atrae a lo imperfecto, y lo mezcla con él, confunde todo, y el hierro, tocado así, se dirige al Norte o tramontana o septentrión, hacia regiones frías o húmedas u hostiles. Duda el entendimiento si esto es verdadero o falso, porque la piedra es ladina, se escabulle, está y no está. (¡Ploc! ¡Ploc! ¡Auch! ¡¡Porquerías!! ¡Esa sí que dolió!). La piedra. La vista ve que si mezclamos una cosa blanca (cal) con una cosa negra (carbón), el color que resulta es gris (y no rojo, azul, etc.). Esto el entendimiento lo sabe. La potencia tactiva en todas sus cualidades de la piedra, en diferentes números, en un mismo sujeto que oye, toca, ve, etc., no es más que eso que pronuncia el afato cuando, percibiendo a la piedra, asciende su entendimiento y así, estando satisfecho de su ascenso, por medio de esas cosas que le son naturales, desea alcanzar el conocimiento del ente metafísico, y, descendiendo a lo sensible, conoce que por los sentidos o la imaginación puede alcanzarlos, por ser insensible e inimaginable. A veces le repugna lo que el afato ha proferido.
Vamos ahora a la llama. ¿Qué es la llama? Ve la vista la llama y dice el sujeto: esto es una llama. La llama. (¡Ploc! ¡Ploc! ¡Ay! ¡Ploc! ¡Asesinos! ¡Auch! ¡¡Bárbaros!!). Toca el tacto la llama, entonces, y, sintiendo en ella calor, el afato pronuncia que el calentar es acto de la llama, y como tocando la mano el hierro ardiendo no solo siente calor sino que se quema y dolor siente, del mismo modo dice el afato que el quemar y causar dolor son también actos de la llama. (No siento, empiezo a no sentir. ¡No me importan estas piedras! ¡Tiren nomás, tiren, animales! ¡Brutos! ¡No van a acallarme!
