Figuras ocultas - Jason Rekulak - E-Book

Figuras ocultas E-Book

Jason Rekulak

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Beschreibung

Toda casa tiene sus secretos. Recién salida de rehabilitación por su pasada adicción a las drogas, Mallory Quinn acepta un trabajo como niñera para Ted y Caroline Maxwell. A Mallory de inmediato le encanta su trabajo, le da justo la estabilidad que buscaba. Y adora a Teddy, un niño tímido que va a todas partes con su cuaderno de bocetos y su lápiz. Sus dibujos muestran cosas normales: árboles, conejos, globos... Bueno, y a veces también a una mujer de aspecto extraño, su amiga imaginaria. Pero un día en el cuaderno aparece algo diferente: un hombre que va arrastrando un cuerpo en medio de un bosque. Poco a poco, los dibujos de Teddy se vuelven cada vez más siniestros y sus figuras de palo se convierten en ilustraciones realistas, cuya destreza supera la de cualquier niño de cinco años. Es entonces cuando Mallory empieza a preguntarse no solo por el contenido de las ilustraciones, sino también por el autor. Porque ¿y si realmente no es Teddy quien las está haciendo? ¿Y si se trata de... alguien más? Con este thriller sobrenatural, Jason Rekulak da una ingeniosa vuelta de tuerca a la clásica historia de terror con una casa llena de secretos escalofriantes y tal vez una narradora no muy fiable. ¿O sí?

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Seitenzahl: 461

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Título original: Hidden Pictures

HIDDEN PICTURES, © 2022 by Jason Rekulak, with illustrations by Will Staehle and Doogie Horner

© de la traducción: Ana Isabel Sánchez, 2022

© de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L.

c/ Corazón de María, 39, 8.º C, esc. dcha. 28002 Madrid

[email protected]

www.nocturnaediciones.com

Primera edición en Nocturna: noviembre de 2025

ISBN: 979-13-87690-26-7

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

A Julie

FIGURAS OCULTAS

1

Hace unos años, me estaba quedando sin dinero, así que me presenté voluntaria para un estudio de investigación en la Universidad de Pensilvania. Las indicaciones me llevaron al centro médico del campus, en West Philly, y a un enorme auditorio lleno de mujeres, todas de entre dieciocho y treinta y cinco años. No había sillas suficientes y fui de las últimas en llegar, de modo que tuve que sentarme en el suelo, tiritando. Había café y dónuts de chocolate gratis, además de una televisión grande que emitía El precio justo, pero casi todo el mundo estaba mirando el móvil. El ambiente era muy parecido al del Departamento de Tráfico, con la diferencia de que allí a todas iban a pagarnos por horas, así que a nadie le importaba tener que esperar todo el día.

Una médica con una bata de laboratorio blanca se levantó y se presentó. Dijo que se llamaba Susan o Stacey o Samantha y que era miembro del programa de Investigación Clínica. Leyó todas las limitaciones de responsabilidad y advertencias habituales y nos recordó que la remuneración se daría en forma de tarjetas regalo de Amazon, nada de cheques ni de dinero en efectivo. Un par de personas refunfuñaron, pero a mí me dio igual; tenía un novio que me compraba las tarjetas regalo por ochenta centavos el dólar, así que lo tenía todo solucionado.

Cada pocos minutos, Susan (creo que era Susan, ¿no?) decía un nombre de los del portapapeles y una de nosotras abandonaba la sala. Nadie volvía. Pronto quedaron muchos asientos libres, pero seguí sentada en el suelo porque no me creía capaz de moverme sin vomitar. Me dolía el cuerpo y tenía escalofríos. Pero al final se corrió la voz de que no hacían exploración previa —es decir, de que nadie iba a hacerme un análisis de orina ni a tomarme el pulso ni a hacer ninguna otra cosa que pudiera inhabilitarme—, así que me metí una de 40 en la boca y la chupé hasta que la capa amarilla y cerosa desapareció. Luego me la escupí en la palma de la mano, la machaqué entre los pulgares y me esnife alrededor de un tercio. Lo justo para volver a activarme. El resto fue a parar a un trozo diminuto de papel de aluminio, para más tarde. Y, después de eso, dejé de tiritar, y esperar en el suelo ya no me parecía tan horrible.

Unas dos horas más tarde, la médica al fin dijo mi nombre —«¿Quinn? ¿Mallory Quinn?»— y, arrastrando mi pesada parca de invierno por el suelo detrás de mí, recorrí el pasillo hasta donde ella me esperaba. Si se dio cuenta de que estaba colocada, no lo dijo. Se limitó a preguntarme mi edad (diecinueve años) y mi fecha de nacimiento (3 de marzo) y luego comparó mis respuestas con la información del portapapeles. Y supongo que decidió que estaba lo bastante sobria, porque me guio por un laberinto de pasillos hasta una sala pequeña y sin ventanas.

Había cinco hombres jóvenes sentados en una hilera de sillas plegables; todos tenían la mirada clavada en el suelo, así que no podía verles la cara. Pero decidí que eran estudiantes de medicina o residentes: llevaban un pijama de médico como recién sacado de la bolsa, aún arrugado y de un azul marino brillante.

—Muy bien, Mallory, colócate en la parte delantera de la sala, por favor, de cara a los chicos. Justo ahí, en la X, perfecto. Vale, antes de ponerte la venda, deja que te cuente lo que va a pasar.

Y me di cuenta de que la mujer tenía un antifaz negro en la mano, uno de esos de algodón suave, como los que mi madre se ponía a la hora de acostarse.

Me explicó que, en ese instante, todos los hombres estaban mirando al suelo, pero que en algún momento a lo largo de los próximos minutos, me mirarían el cuerpo. Mi función consistía en levantar la mano si sentía «la mirada masculina» sobre mi persona. Me dijo que mantuviera la mano alzada durante todo el tiempo que durara la sensación y que la bajase cuando esta desapareciera.

—Lo haremos durante cinco minutos, pero, cuando terminemos, puede que necesitemos que repitas el experimento. ¿Alguna pregunta antes de empezar?

Empecé a reírme.

—Sí, ¿habéis leído Cincuenta sombras de Grey? Porque estoy casi segura de que esto es el capítulo doce.

Fue un intento de hacer un poco de humor ligero y Susan sonrió para ser educada, pero ninguno de los chicos me estaba prestando atención. Todos estaban jugueteando con sus respectivos portapapeles y sincronizando los cronómetros. El ambiente en el aula era muy profesional. Susan me colocó el antifaz sobre los ojos y luego ajustó la tira para que no me apretara demasiado.

—De acuerdo, Mallory, ¿está bien ajustado?

—Perfecto.

—¿Y estás preparada para empezar?

—Sí.

—Pues comenzaremos cuando cuente tres. Caballeros, preparen los relojes. Y… un, dos, tres.

Me resultó muy extraño quedarme ahí plantada durante cinco minutos, con los ojos vendados, en una sala sumida en el más absoluto de los silencios, sabiendo que unos tíos podían estar mirándome las tetas o el culo o lo que fuera. No había ni ruidos ni pistas que me ayudaran a adivinar lo que ocurría. Pero, sin duda, sentí que me miraban. Subí y bajé la mano varias veces y me pareció que los cinco minutos duraban una hora. Cuando terminamos, Susan me pidió que repitiera el experimento y volvimos a hacerlo desde el principio. ¡Y luego me pidió que hiciese el experimento por tercera vez! Cuando por fin me quitó la venda, todos los chicos se pusieron de pie y empezaron a aplaudir, como si acabara de ganar un Óscar.

Susan me explicó que llevaban toda la semana haciendo aquella prueba con cientos de mujeres, pero que era la primera que obtenía una puntuación casi perfecta, la primera que informaba de la mirada tres veces con un 97% de precisión.

Les dijo a los hombres que se tomaran un descanso y luego me hizo pasar a su despacho y empezó a hacerme preguntas. En concreto: ¿cómo sabía que los hombres me estaban mirando? Y no pude expresarlo con palabras, simplemente lo sabía. Era como una sensación de aleteo en la periferia de mi atención…, una especie de sentido arácnido. Diría que hay muchas probabilidades de que tú también lo hayas sentido, de que sepas justo a qué me refiero.

—Además, hay una especie de sonido.

Abrió los ojos como platos.

—¿En serio? ¿Oyes algo?

—A veces. Es muy agudo. Como cuando un mosquito te zumba demasiado cerca de la oreja.

Cogió el portátil tan rápido que casi se le cae. Escribió un montón de notas y me preguntó si estaría dispuesta a volver al cabo de una semana para hacer más pruebas. Le dije que, por veinte dólares la hora, volvería todas las veces que quisiera. Le di mi número de móvil y me prometió que me llamaría para concertar una cita…, pero esa misma noche cambié mi iPhone por cinco pastillas de oxicodona de 80, así que no tuvo forma de localizarme y nunca volví a saber de ella.

Ahora que estoy limpia, me arrepiento de un millón de cosas, y haber utilizado mi iPhone como moneda de cambio es de la que menos. Pero a veces me acuerdo del experimento y empiezo a hacerme preguntas. He tratado de localizar a la médica en internet, pero, como ya ha quedado claro, ni siquiera recuerdo su nombre. Una mañana cogí el autobús hasta el centro médico de la universidad e intenté dar con el auditorio, pero ahora el campus es totalmente distinto; hay un montón de edificios nuevos y todo está revuelto. He intentado buscar en Google frases como «detección de la mirada» y «percepción de la mirada», pero todos los resultados dicen que esos fenómenos no existen: no hay pruebas que demuestren que alguien tenga «ojos en la nuca».

Y supongo que me he resignado al hecho de que en realidad el experimento no sucedió, de que es uno de los muchos recuerdos falsos que adquirí mientras consumía oxicodona, heroína y otras drogas. Mi padrino, Russell, dice que los recuerdos falsos son habituales entre los adictos. Dice que el cerebro de los adictos «recuerda» fantasías felices para que evitemos obsesionarnos con los recuerdos reales: todas las cosas vergonzosas que hicimos para colocarnos, todas las mierdas con las que dañamos a las buenas personas que nos querían.

—Tú solo escucha los detalles de la historia —me señala Russell—: llegas al campus de una prestigiosa universidad de la Ivy League. Estás puesta hasta el culo de pastillas y a nadie le importa. Entras en una sala llena de médicos jóvenes y guapos. Luego se pasan quince minutos mirándote el cuerpo ¡y estallan en una ovación cerrada! ¡Venga ya, Quinn! ¡No hay que ser Sigmund Freud para verlo!

Y tiene razón, por supuesto. Una de las cosas más difíciles de la recuperación es aceptar el hecho de que ya no puedes fiarte de tu cerebro. De hecho, tienes que entender que tu cerebro se ha convertido en tu peor enemigo. Te llevará a tomar malas decisiones, invalidará la lógica y el sentido común y deformará tus recuerdos más preciados hasta convertirlos en fantasías imposibles.

Pero aquí van unas cuantas verdades absolutas:

Me llamo Mallory Quinn y tengo veintiún años.

Llevo dieciocho meses en recuperación y puedo afirmar con sinceridad que no tengo ningún deseo de consumir alcohol ni drogas.

He seguido los Doce Pasos y he entregado mi vida a mi señor y salvador Jesucristo. No me verás repartiendo biblias por las esquinas, pero rezo a diario para que Él me ayude a mantenerme sobria, y hasta ahora está funcionando.

Vivo en el noreste de Filadelfia, en Safe Harbor, un hogar municipal para mujeres en fases avanzadas del proceso de recuperación. Lo llamamos «hogar de requeteinserción», en lugar de «hogar de reinserción», porque todas hemos demostrado nuestra sobriedad y nos hemos ganado muchas libertades personales. Nos hacemos la compra, nos preparamos las comidas y no tenemos muchas normas agobiantes.

De lunes a viernes, soy maestra auxiliar en la Escuela Infantil de la Tía Becky, una casa adosada infestada de ratones y con sesenta pequeños alumnos de entre dos y cinco años. Dedico buena parte de mi vida a cambiar pañales, repartir galletitas saladas con forma de pez y poner los DVD de Barrio Sésamo. Después del trabajo salgo a correr y luego asisto a una reunión, o me limito a quedarme en Safe Harbor con mis compañeras de piso y a ver con ellas películas del Hallmark Channel como Rumbo al amor o En mi corazón para la eternidad. Ríete si quieres, pero te garantizo que en una película del Hallmark Channel jamás verás a una prostituta esnifando líneas de polvo blanco. Porque no necesito que esas imágenes me ocupen espacio en el cerebro.

Russell aceptó ser mi padrino porque yo antes era corredora de fondo y él tiene un largo historial como entrenador de velocistas. Fue segundo entrenador del equipo de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de 1988. Más tarde, llevó a los equipos de Arkansas y Stanford a los campeonatos de atletismo y atletismo en pista cubierta de la NCAA. Y más tarde aún, atropelló a su vecino de al lado mientras iba colocado de metanfetaminas. Russell cumplió cinco años de condena por homicidio involuntario y después se ordenó pastor. Ahora es padrino de cinco o seis adictos a la vez, la mayoría de ellos atletas descarriados como yo.

Russell me motivó para empezar a entrenar de nuevo (él lo llama «correr para recuperarse») y todas las semanas me prepara entrenamientos personalizados en los que alterna las carreras largas y las carreras cortas y rápidas a lo largo del río Schuylkill con las pesas y el acondicionamiento físico en el YMCA. Russell tiene sesenta y ocho años y una cadera artificial, pero todavía levanta noventa kilos y los fines de semana se viene a entrenar conmigo, me aconseja y me anima. Se pasa la vida recordándome que las atletas femeninas no alcanzan su máximo apogeo hasta los treinta y cinco años, que todavía me queda mucho tiempo para llegar a mis mejores años.

También me anima a planificar mi futuro, a empezar de cero en un entorno nuevo, lejos de los viejos amigos y de las viejas costumbres. Por eso me ha concertado una entrevista de trabajo con Ted y Caroline Maxwell, unos amigos de su hermana que acaban de mudarse a Spring Brook, Nueva Jersey. Están buscando a una niñera que cuide a su hijo de cinco años, Teddy.

—Hasta hace poco vivían en Barcelona. El padre trabaja en el sector de la informática. ¿O en el del comercio? En algo en lo que se gana mucho, no recuerdo bien los detalles. El caso es que se han mudado aquí para que Teddy, el niño, no el padre, empiece el colegio en otoño. Educación Infantil. Así que quieren que te encargues de él hasta septiembre. Pero ¿y si las cosas van bien? ¿Quién sabe? A lo mejor se quedan contigo.

Russell se empeña en llevarme en coche a la entrevista. Es uno de esos tipos que siempre se visten para ir al gimnasio, incluso cuando no van a hacer deporte. Hoy lleva un chándal negro de Adidas con rayas blancas a los lados. Ahora mismo estamos en su todoterreno, circulando por el carril izquierdo del puente Ben Franklin, adelantando un montón de coches, y yo me aferro a la agarradera del uf-mierda y me miro el regazo para intentar no perder los nervios. No me gustan mucho los coches. Voy a todas partes en autobús y en metro, y esta es la primera vez desde hace casi un año que salgo de Filadelfia. Solo nos hemos adentrado unos quince kilómetros en los barrios de la periferia, pero me siento como si hubiera despegado hacia Marte.

—¿Qué te pasa? —me pregunta Russell.

—Nada.

—Estás tensa, Quinn. Relájate.

Pero ¿cómo voy a relajarme cuando hay un autobús enorme adelantándonos por la derecha? Es como el Titanic sobre ruedas y está tan cerca que podría sacar la mano por la ventanilla y tocarlo. Espero hasta que el autobús avanza y soy capaz de hablar sin gritar:

—¿Qué sabes de la madre?

—Caroline Maxwell. Es médica del hospital de veteranos en el que trabaja mi hermana Jeannie. Por ahí me llegó su nombre.

—¿Cuánto sabe de mí?

Se encoge de hombros.

—Sabe que llevas dieciocho meses limpia. Sabe que cuentas con mi recomendación profesional sin reservas.

—No me refiero a eso.

—No te preocupes. Le he contado toda tu historia y tiene ganas de conocerte. —Debo de parecer escéptica, porque Russell insiste—: Esta mujer se gana la vida trabajando con adictos. Y sus pacientes son veteranos militares, miembros de las fuerzas de operaciones especiales con traumas de la guerra de Afganistán, muy jodidos. No me malinterpretes, Quinn, pero, comparada con la de esa gente, tu historia no da tanto miedo.

Un imbécil tira una bolsa de plástico por la ventanilla de su Jeep y no tenemos hueco para maniobrar, así que chocamos contra la bolsa a cien kilómetros por hora y se oye un ¡POP! estruendoso, de cristales rotos. Es como la explosión de una bomba. Russell tan solo estira la mano hacia el aire acondicionado y lo sube dos números más. Sigo mirándome el regazo hasta que oigo que el motor reduce la velocidad, hasta que siento la suave curva de la rampa de salida.

Spring Brook es una de esas pequeñas localidades del sur de Jersey que existen desde la época de la Revolución Estadounidense. Está llena de antiguas casas de estilo colonial y victoriano con banderas de Estados Unidas colgadas en el porche delantero. Las calles están bien pavimentadas y las aceras, inmaculadas. No hay ni una pizca de basura en ningún sitio.

Nos paramos en un semáforo y Russell baja las ventanillas.

—¿Lo oyes? —me pregunta.

—No oigo nada.

—Exacto. Es un lugar tranquilo. Perfecto para ti.

El semáforo se pone en verde y entramos en un tramo de tres manzanas con tiendas y restaurantes: un local de comida tailandesa, una tienda de batidos, una pastelería vegana, una residencia de día para perros y un estudio de yoga. Hay una academia de refuerzo escolar —el Liceo Matemático— y una pequeña librería café. Y, por supuesto, hay un Starbucks con un centenar de adolescentes y preadolescentes delante, todos ellos toqueteando su iPhone. Parecen los protagonistas de un anuncio de Target, llevan ropa colorida y calzado nuevecito.

Entonces Russell gira hacia una calle secundaria y circulamos ante una sucesión de perfectas casas de clase media. Hay árboles altos y majestuosos que dan sombra a las aceras y llenan la atmósfera de color. Hay carteles con letras grandes que dicen: aquí viven niños, ¡baja la velocidad! y, cuando llegamos a un cruce de cuatro carriles, un guardia de tráfico sonriente y con un chaleco de seguridad fosforito nos hace señas para que pasemos. Todo está tan perfectamente detallado que parece que estemos atravesando un plató de cine.

Al final, Russell se detiene en el arcén y aparca el coche a la sombra de un sauce llorón.

—Vale, Quinn, ¿preparada?

—No lo sé.

Bajo la visera y contemplo mi reflejo en el espejo. Por sugerencia de Russell, me he vestido de monitora de campamento de verano: llevo una camiseta verde con cuello de barco, unos pantalones cortos caqui y unas inmaculadas zapatillas de loneta blanca. Antes tenía el pelo largo hasta la cintura, pero ayer me corté la coleta y la doné a una organización benéfica contra el cáncer. Lo único que queda es un corte bob negro e informal y ya no me reconozco.

—Aquí van dos consejos gratuitos —dice Russell—: primero, asegúrate de decirles que el niño es superdotado.

—¿Cómo sabré si lo es?

—Eso da igual. En esta ciudad, todos los niños son superdotados. Solo tienes que encontrar la forma de introducirlo en la conversación.

—Vale. ¿Cuál es el otro consejo?

—Bueno, ¿si la entrevista va mal o si crees que no terminan de verlo claro? Siempre puedes ofrecerles esto.

Abre la guantera y me enseña algo que la verdad es que no quiero llevarme al interior de la casa.

—Uf, Russell, no sé.

—Llévatelo, Quinn. Considéralo un as en la manga. No es obligatorio jugarlo, pero puede que lo necesites.

Y durante la rehabilitación me han contado las suficientes historias de terror como para saber que lo más probable es que tenga razón. Cojo el estúpido chisme y lo embuto en lo más profundo de mi bolso.

—Muy bien —asiento—. Gracias por traerme.

—Oye, te espero en el Starbucks. Dame un toque cuando termines y te llevo a casa.

Insisto en que no es necesario, le digo que volveré a Filadelfia en tren y le repito que se marche ya, antes de que el tráfico empeore.

—Vale, pero llámame cuando acabes —replica Russell—. Quiero que me cuentes todos los detalles, ¿entendido?

2

Fuera del coche, la tarde de junio es calurosa y húmeda. Russell toca el claxon mientras se aleja y me doy cuenta de que ya no hay vuelta atrás. El hogar de los Maxwell es una gran casa victoriana clásica, de tres plantas, con revestimientos de madera amarilla y molduras blancas de pan de jengibre. Tiene un enorme porche que la rodea por completo, con muebles de mimbre y macetas llenas de flores amarillas: margaritas y begonias. La parte trasera de la propiedad da a un bosque grande —¿o tal vez una especie de parque?—, así que los trinos de los pájaros reverberan en la calle y oigo los zumbidos, los chirridos y los cantos de los insectos.

Recorro el camino de losas y subo los escalones que llevan a la parte delantera del porche. Llamo al timbre y me abre un niño pequeño. Tiene el pelo rojizo anaranjado y totalmente de punta. Me recuerda a un muñeco Troll.

Me pongo en cuclillas para que quedemos a la misma altura.

—A ver si lo adivino…, ¿a que te llamas Teddy?

El niño me dedica una sonrisa tímida.

—Yo me llamo Mallory Quinn. ¿Está tu…?

Se da la vuelta, sube corriendo las escaleras hasta el primer piso y desaparece.

—¿Teddy?

No sé muy bien qué hacer. Delante tengo un vestíbulo pequeño y un pasillo que lleva a la cocina. Veo un comedor (a la izquierda) y una sala de estar (a la derecha) y unos preciosos suelos de pino (por todas partes). Me llama la atención el aroma fresco y limpio del aire acondicionado central, mezclado con un toque de limpiador para madera de la marca Murphy Oil, como si alguien acabara de fregar a fondo los suelos. Todos los muebles parecen modernos y nuevos, como recién llegados de la sala de exposiciones de Crate and Barrel.

Llamo al timbre, pero no suena. Lo aprieto tres veces más. Nada.

—¿Hola?

En el extremo opuesto de la casa, en la cocina, veo la silueta de una mujer que se percata de mi presencia al volverse.

—¿Mallory? ¿Eres tú?

—¡Sí! ¡Hola! He intentado llamar al timbre, pero…

—Ya, perdona. Tenemos que arreglarlo.

Antes de que me dé tiempo a plantearme cómo se habrá enterado Teddy de que había llegado, la mujer echa a andar hacia mí para recibirme. Tiene los andares más elegantes que he visto en mi vida: se mueve sin hacer ruido, como si apenas rozara el suelo con los pies. Es alta, delgada y rubia, tiene la piel clara y unos rasgos suaves que parecen demasiado delicados para ser de este mundo.

—Soy Caroline.

Le tiendo la mano, pero ella me saluda con un abrazo. Es una de esas personas que rezuman calidez y compasión y me estrecha contra sí un segundo más de lo necesario.

—Me alegro mucho de que hayas venido. Russell nos ha hablado maravillas de ti. ¿Es verdad que llevas dieciocho meses limpia?

—Dieciocho y medio.

—Increíble. ¿Después de todo lo que has pasado? Es extraordinario. Tienes que sentirte muy orgullosa de ti misma.

Y ahora me preocupa ponerme a llorar, porque no esperaba que me preguntara por la recuperación tan de inmediato, nada más llegar, incluso antes de pisar el interior de su casa. Pero también es un alivio quitármelo ya de encima, poner mis peores cartas sobre la mesa desde el principio.

—No ha sido fácil, pero cada día es más sencillo.

—Eso es justo lo que les digo a mis pacientes. —Da un paso atrás, me examina de arriba abajo y sonríe—. ¡Y mírate ahora! ¡Rebosas salud por todos los poros!

Dentro de la casa hay una agradable temperatura de veinte grados, un bienvenido descanso del bochorno exterior. Sigo a Caroline cuando pasa ante la escalera y por debajo del rellano de la primera planta. Su cocina está llena de luz natural y parece el escenario de un programa de cocina de Food Network. Hay un frigorífico grande y otro pequeño, y la cocina de gas dispone de ocho fuegos. El fregadero es una especie de abrevadero, tan amplio que requiere de dos grifos distintos. Y hay decenas de cajones y armarios, todos de diferentes formas y tamaños.

Caroline abre una puerta minúscula y me doy cuenta de que se trata de un tercer frigorífico, este en miniatura, lleno de bebidas frías.

—A ver, tenemos agua con gas, agua de coco, té helado…

—Un agua con gas, por favor. —Me doy la vuelta para maravillarme ante el ventanal que ocupa toda una pared y da al jardín trasero—. Esta cocina es preciosa.

—Es enorme, ¿a que sí? Demasiado para tres personas. Pero nos enamoramos del resto de la casa, así que nos lanzamos a por ella. Tenemos un parque justo detrás, ¿te has fijado? A Teddy le encanta ir a corretear por el bosque.

—Debe de ser divertido.

—Pero nos pasamos el día mirando si tiene garrapatas. Estoy pensando en comprarle un collar antipulgas.

Acerca un vaso al dispensador de hielo, que emite un tintineo suave —igual que el carrillón de viento que tiene en el porche— y suelta decenas de diminutas perlas de hielo cristalino. Me siento como si acabara de presenciar un truco de magia. Llena el vaso de agua con gas y me lo da.

—¿Te apetece un sándwich? ¿Te preparo algo?

Niego con la cabeza, pero aun así Caroline abre el frigorífico grande y revela todo un festín de comida. Hay jarras de leche entera y de leche de soja, cartones de huevos marrones de gallinas criadas en libertad, tarros de medio kilo de pesto y de humus y de pico de gallo. Hay cuñas de queso y botellas de kéfir y mallas blancas a reventar de verduras de hoja verde. ¡Y la fruta! Envases gigantes de fresas y arándanos, de frambuesas y moras, de melón blanco y melón verde. Caroline coge una bolsa de zanahorias baby y medio kilo de humus y luego cierra la nevera con el codo. Me fijo en que hay un dibujo infantil pegado a la puerta, un retrato tosco e inexperto de un conejito. Le pregunto si el responsable es Teddy y Caroline asiente.

—Llevamos seis semanas en esta casa y ya nos está soltando indirectas de que quiere una mascota. Le he dicho que tenemos que terminar de deshacer las cajas.

—Parece superdotado —le digo, y me preocupa que las palabras suenen forzadas, haber ido demasiado lejos demasiado pronto.

Pero ¡Caroline me da la razón!

—Sí, desde luego. Va muy avanzado respecto a otros niños de su edad. Nos lo dice todo el mundo.

Nos sentamos a una mesa pequeña situada en un rincón con banquetas y me pasa una hoja de papel.

—Mi marido te ha impreso unas cuantas pautas generales. Nada exagerado, pero así ya nos lo quitamos de encima.

NORMAS DE LA CASA

Nada de drogas.

Nada de alcohol.

Nada de tabaco.

Nada de palabrotas.

Nada de pantallas.

Nada de carne roja.

Nada de comida basura.

Nada de recibir visitas sin permiso.

Nada de colgar fotos de Teddy en las redes sociales.

Nada de religión ni supersticiones. Enseña ciencia.

Debajo de la lista impresa, hay una undécima regla escrita a mano con una delicada caligrafía femenina:

¡Diviértete!

Caroline empieza a disculparse por las normas antes de que haya terminado siquiera de leerlas.

—La verdad es que la número siete no la cumplimos. Si quieres hacer magdalenas o comprarle un helado a Teddy, no pasa nada. Pero nada de refrescos. Y mi marido ha hecho mucho hincapié en la número diez. Es ingeniero. Trabaja en el campo de la tecnología. Así que la ciencia es muy importante para nuestra familia. No rezamos y no celebramos la Navidad. Si una persona estornuda, ni siquiera le decimos «Jesús».

—¿Y qué le decís?

—Gesundheit. O «salud». Significa lo mismo.

Percibo un deje de disculpa en su voz y veo que le lanza una mirada a la crucecita de oro que llevo colgada al cuello, un regalo de mi madre el día de mi primera comunión. Le aseguro a Caroline que sus «Normas de la casa» no serán un problema.

—La religión de Teddy es asunto vuestro, no mío. Yo solo estoy aquí para proporcionarle un entorno seguro, afectuoso y enriquecedor.

Parece aliviada.

—Y para divertirte, ¿no? Esa es la regla número once. ¿Que alguna vez te apetece planear una salida especial a un museo o a un zoológico? Lo pagaré todo encantada.

Hablamos un rato sobre el trabajo y las responsabilidades que conlleva, pero Caroline no me hace muchas preguntas personales. Le cuento que me crie en South Philly, en la calle Shunk, justo al norte de los estadios. Vivía con mi madre y mi hermana pequeña y trabajaba de canguro para todas las familias de mi bloque. Asistí al Instituto Central y acababan de concederme una beca deportiva completa para la Penn State cuando mi vida descarriló. Y Russell debe de haberle contado a Caroline el resto, porque no me hace repetir las cosas desagradables.

En realidad se limita a decir:

—¿Vamos a buscar a Teddy? Así vemos cómo os lleváis.

La sala de estar está justo al lado de la cocina. Es una habitación familiar acogedora e informal, con un sofá esquinero, un baúl lleno de juguetes y una mullida alfombra de pelo largo. Las paredes están forradas de estanterías y de marcos con carteles de la Ópera Metropolitana de Nueva York: Rigoletto, Pagliacci y La Traviata. Caroline me explica que son las tres producciones favoritas de su marido, que iban mucho al Lincoln Center antes de tener a Teddy.

El niño está tirado en la alfombra con un cuaderno de espiral y varios lápices amarillos del número dos. Al verme, levanta la vista y esboza una sonrisa traviesa… Luego vuelve enseguida a su obra artística.

—Vaya, hola otra vez. ¿Estás haciendo un dibujo?

Se encoge de hombros con un gesto muy exagerado, todavía demasiado cohibido para responderme.

—Cariño, cielo —interviene Caroline—. Mallory acaba de hacerte una pregunta.

Teddy vuelve a encogerse de hombros y acerca la cara al papel hasta casi rozar el dibujo con la nariz, como si estuviera intentando desaparecer en su interior. Entonces estira la mano izquierda para coger un lápiz.

—¡Anda, veo que eres zurdo! —le digo—. ¡Yo también!

—Es un rasgo común en los líderes mundiales —apunta Caroline—. Barack Obama, Bill Clinton, Ronald Reagan… Todos son zurdos.

Teddy cambia de postura para que no me asome por encima de su hombro, para que no vea en qué está trabajando.

—Me recuerdas a mi hermana pequeña —le comento—. Cuando tenía tu edad, le encantaba dibujar. Tenía un táper gigante lleno de lápices de colores.

Su madre mete la mano debajo del sofá y saca un táper gigante lleno de lápices de colores.

—¿Como este?

—¡Justo!

Caroline tiene una risa ligera y agradable.

—Una anécdota curiosa: cuando vivíamos en Barcelona, éramos incapaces de hacer que Teddy cogiera un lápiz, no lo conseguimos ni una sola vez. Le comprábamos rotuladores, pintura de dedos, acuarelas… Daba igual, no mostraba ningún interés por lo artístico. Pero ¿en el momento en que regresamos a Estados Unidos y nos mudamos a esta casa? De repente, es Pablo Picasso. Ahora dibuja como un loco.

Caroline levanta la parte superior de la mesa de centro y veo que también hace las veces de algo parecido a un baúl. Saca un fajo de papeles de unos tres centímetros de grosor.

—Mi marido se burla de mí por guardarlos todos, pero no puedo evitarlo. ¿Quieres verlos?

—Desde luego.

En el suelo, Teddy ha dejado de mover el lápiz. Ha tensado el cuerpo. Me doy cuenta de que nos está escuchando con detenimiento, de que toda su atención está centrada en mi reacción.

—Oooh, este primero es una preciosidad —le digo a Caroline—. ¿Es un caballo?

—Sí, eso creo.

—No, no, no —dice Teddy, que se levanta del suelo de un salto y se coloca a mi lado—. Es una cabra, porque tiene cuernos en la cabeza, ¿ves? Y barba. Los caballos no tienen barba.

Luego se me sienta en el regazo y pasa la página para que me fije en el siguiente dibujo.

—¿Es el sauce llorón de ahí delante?

—Sí, exacto. Si lo escalas, se ve un nido de pájaros.

Sigo pasando páginas y Teddy no tarda en relajarse entre mis brazos y apoyarme la cabeza en el pecho. Me siento como si estuviera acunando a un cachorro enorme. Su cuerpo desprende calor y huele a ropa recién salida de la secadora. Caroline está sentada a un lado, observando nuestra interacción, y parece satisfecha.

Todos los dibujos son bastante típicos de un niño de su edad: muchos animales, mucha gente sonriente en días soleados. Teddy analiza mi reacción a cada uno de ellos y absorbe mis elogios como una esponja.

Caroline se sorprende al encontrar este último dibujo en la pila.

—Tenía intención de apartarlo —admite, pero ahora ya no tiene más remedio que explicármelo—. Estos son Teddy y su… amiga especial.

—Anya —explica el niño—. Se llama Anya.

—Eso, Anya —dice Caroline, que me guiña un ojo para animarme a seguirle el juego—. Todos queremos mucho a Anya porque juega con Teddy mientras mamá y papá están trabajando.

Entiendo que Anya debe de ser una especie de compañera de juegos imaginaria y algo rara, así que intento decir algo agradable:

—Seguro que es genial tener a Anya en casa. Sobre todo si eres un niño pequeño en un pueblo nuevo y todavía no conoces a nadie más.

—¡Justo! —Caroline se siente aliviada de que haya comprendido la situación tan de inmediato—. Eso es justo lo que pasa.

—¿Anda Anya por aquí ahora? ¿Está en esta habitación?

Teddy echa un vistazo en torno a la sala de estar.

—No.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿La verás más tarde, esta noche?

—La veo todas las noches —responde Teddy—. Duerme debajo de mi cama para que la oiga cantar.

Entonces nos llega un tintineo desde el vestíbulo y oigo que la puerta delantera se abre y se cierra. Una voz de hombre grita:

—¿Hola?

—¡En la sala de estar! —grita a su vez Caroline, que después mira a Teddy—. ¡Papá está en casa!

Teddy se levanta de un salto de mi regazo y sale corriendo a saludar a su padre. Le devuelvo los dibujos a Caroline.

—Son… interesantes.

Ella niega con la cabeza y se ríe.

—No está poseído, lo juro. Es solo que está pasando por una fase muy rara. Y muchos niños tienen amigos imaginarios. Mis colegas de pediatría dicen que es muy común.

Me da la impresión de que se siente avergonzada y me apresuro a asegurarle que, por supuesto, es perfectamente normal.

—Seguro que es por la mudanza. Se la ha inventado para tener a alguien con quien jugar.

—Sí, pero ojalá no tuviera una pinta tan rara. ¿Cómo voy a colgar esto en el frigorífico? —Caroline pone el dibujo bocabajo y lo entierra entre el resto de la pila—. Pero el caso es, Mallory, que estoy convencida de que en cuanto empieces a trabajar aquí se olvidará de ella. ¡Estará pasándoselo demasiado bien con su nueva niñera!

Y me encanta cómo habla, como si la entrevista ya hubiera terminado, el trabajo ya fuese mío y ahora solo estuviéramos aclarando los detalles.

—Seguro que los parques infantiles de la zona están llenos de niños —le digo—. Me aseguraré de que Teddy tenga montones de amigos de verdad antes de que empiece el colegio.

—Perfecto —contesta. Unos pasos se acercan por el pasillo y Caroline se acerca más a mí—. Una cosa, quería advertirte sobre mi marido. No se siente muy cómodo con tu historia. ¿Por lo de las drogas? Así que buscará razones para rechazarte. Pero no te preocupes.

—Entonces, ¿qué tengo que…?

—Y otra cosa: llámalo señor Maxwell. No Ted. Eso le gustará.

Sin darme la oportunidad de preguntarle qué significa todo eso, Caroline se aparta y su marido entra cargando con un sonriente Teddy en brazos. Ted Maxwell es más viejo de lo que esperaba, como mínimo diez o quince años mayor que Caroline, alto y delgado, con el pelo gris, gafas de montura oscura y barba. Lleva unos vaqueros de diseño, unos zapatos Oxford arañados y un blazer encima de una camiseta de cuello de pico: uno de esos atuendos que parecen informales, pero que cuestan diez veces más de lo que te imaginas.

Caroline lo saluda con un beso.

—Cariño, esta es Mallory.

Me pongo de pie y le estrecho la mano.

—Hola, señor Maxwell.

—Siento llegar tarde. Me ha surgido un imprevisto en el trabajo. —Caroline y él intercambian una mirada y me pregunto si le surgen imprevistos a menudo—. ¿Cómo va la entrevista?

—Muy bien —responde Caroline.

—¡Muy muy bien! —exclama Teddy. Se escabulle de entre los brazos de su padre y vuelve a sentarse en mi regazo, como si yo fuese Papá Noel y él quisiera contarme lo que ha escrito en su carta esta Navidad—. Mallory, ¿te gusta jugar al escondite?

—Me encanta jugar al escondite —le digo—. Sobre todo en las casas grandes y antiguas con muchas habitaciones.

—¡Como la nuestra! —Teddy mira la sala de estar con los ojos muy abiertos—. ¡Tenemos una casa grande y antigua! ¡Con muchas habitaciones!

Le doy un apretón suave.

—¡Perfecto!

Ted no parece cómodo con el rumbo que ha tomado la conversación. Agarra a su hijo de la mano y lo baja de mi regazo.

—Oye, peque, esto es una entrevista de trabajo. Una conversación muy seria entre adultos. Mamá y papá tienen que hacerle a Mallory unas cuantas preguntas importantes. Así que ahora tienes que ir arriba, ¿vale? Ponte a jugar a los LEGO o…

Caroline lo interrumpe:

—Cielo, ya lo hemos hablado todo. Iba a llevarme a Mallory fuera para enseñarle la casita de invitados.

—Tengo varias preguntas más. Dame cinco minutos.

Ted le da un empujoncito a su hijo para que se vaya. Después se desabrocha la chaqueta y se sienta frente a mí. Ahora veo que no está tan delgado como me había parecido —tiene un poco de barriga—, pero el peso extra le sienta bien. Le da aspecto de estar bien alimentado, bien cuidado.

—¿Has traído una copia de tu currículo?

Niego con la cabeza.

—No, perdón.

—Tranquila. Debo de tenerlo por aquí, en alguna parte. —Abre su maletín y saca una carpeta repleta de documentos. Mientras rebusca en ella, me doy cuenta de que está llena de cartas y currículos de otras aspirantes. Habrá unos cincuenta—. Aquí está, Mallory Quinn. —Y cuando saca mi currículo del montón, veo que está cubierto de anotaciones manuscritas—. Fuiste al Instituto Central, pero no a la universidad, ¿verdad?

—Todavía no —le digo.

—¿Vas a matricularte en otoño?

—No.

—¿Primavera?

—No, pero espero poder hacerlo pronto.

Ted mira mi currículo y luego entorna los ojos y ladea la cabeza, como si no terminara de encontrarle sentido.

—Aquí no dice que hables ningún idioma extranjero.

—No, lo siento. A no ser que cuente el de South Philly, claro. ¿Qué pasa, tíos, nos manducamos un Philly cheesesteak?

Caroline se echa a reír.

—¡Qué gracia!

Ted se limita a marcar sus notas con una X negra y pequeña.

—¿E instrumentos musicales? ¿Algo de piano o violín?

—No.

—¿Artes visuales? ¿Pintura, dibujo, escultura?

—No.

—¿Has viajado mucho? ¿Has estado en el extranjero?

—Fuimos a Disney cuando tenía diez años.

Marca mi currículo con otra X.

—¿Y ahora trabajas para tu tía Becky?

—No es mi tía. Solo es el nombre de la escuela infantil: Escuela Infantil de la Tía Becky.

Revisa sus notas.

—Cierto, cierto, ahora lo recuerdo. Es una empresa que recibe subvenciones por emplear a personas en proceso de recuperación. ¿Sabes cuánto les paga el estado por ti?

Caroline frunce el ceño.

—Cariño, ¿crees que es relevante?

—Solo tengo curiosidad.

—No me importa responder —le aseguro a Caroline—. El estado de Pensilvania paga un tercio de mi salario.

—Pero nosotros lo pagaríamos entero —observa Ted, y empieza a garabatear cifras en los márgenes para llevar a cabo algún tipo de cálculo elaborado.

—Ted, ¿tienes alguna pregunta más? —interviene Caroline—. Porque Mallory lleva aquí mucho rato. Y todavía tengo que enseñarle la parte de atrás.

—No, ya está. No necesito saber más. —No puedo evitar fijarme en que pone mi currículo en el ultimísimo lugar del montón—. Ha sido un placer conocerte, Mallory. Gracias por venir.

—No le hagas caso a Ted —me dice Caroline apenas unos instantes después, cuando salimos de la cocina por las puertas correderas de cristal que dan al jardín de atrás—. Mi marido es muy inteligente. Es un mago de los ordenadores. Pero, socialmente, es torpe y no entiende nada del proceso de recuperación. Cree que contigo correríamos un riesgo demasiado elevado. Quiere contratar a una estudiante de Penn, una niña prodigio con unas notas espectaculares. Pero lo convenceré de que mereces una oportunidad. No te preocupes.

Los Maxwell tienen un jardín trasero grande, cubierto de césped verde y exuberante, rodeado de árboles altos y de arbustos y macizos de flores rebosantes de color. La atracción principal del jardín es una magnífica piscina con tumbonas y sombrillas alrededor, algo parecido a lo que te encontrarías en un casino de Las Vegas.

—¡Esto es precioso!

—Nuestro oasis privado —comenta Caroline—. A Teddy le encanta jugar aquí fuera.

Caminamos por el césped y noto la hierba firme y elástica, como la superficie de un trampolín. Caroline señala un camino minúsculo al final del jardín y me dice que baja hasta Hayden’s Glen, una reserva natural de ciento veinte hectáreas entreverada de senderos y arroyos.

—No dejamos que Teddy vaya solo, por los riachuelos. Pero tú puedes llevarlo siempre que quieras. Solo hay que tener cuidado con la hiedra venenosa.

Ya hemos cruzado casi el jardín cuando al fin veo la casita de invitados, que está medio escondida detrás de los árboles, como si el bosque estuviera en proceso de devorarla. Me recuerda a la casita de chocolate del cuento de Hansel y Gretel; es un chalé suizo en miniatura, con revestimientos de madera rústica y el tejado en forma de A. Subimos tres escalones hasta un pequeño porche y Caroline abre la puerta principal.

—El propietario anterior guardaba aquí el cortacésped. Lo utilizaba como cobertizo para las herramientas del jardín. Pero te lo he arreglado.

Por dentro, la casita consiste en un solo espacio, pequeño pero inmaculadamente limpio. Las paredes son blancas y el armazón del tejado queda a la vista: unas gruesas vigas marrones que se entrecruzan en el techo. Los suelos de madera están tan limpios que me entran ganas de quitarme las zapatillas. A la derecha hay una cocina diminuta; a la izquierda, la cama de aspecto más cómodo que he visto en mi vida, con un edredón blanco y mullido y cuatro almohadas enormes.

—Caroline, esto es increíble.

—Bueno, sé que no es muy grande, pero pensé que, después de pasarte todo el día con Teddy, agradecerías la privacidad. Y la cama es nueva. Tienes que probarla.

Me siento en el borde del colchón, me recuesto y es como caer en una nube.

—Madre mía.

—Es el sobrecolchón Brentwood. Con tres mil muelles que se te adaptan al cuerpo. Ted y yo tenemos uno igual en nuestro dormitorio.

En el otro extremo de la casita hay dos puertas. Una da acceso a un armario poco profundo forrado de estanterías; la otra es el baño más diminuto del mundo, con una ducha, un inodoro y un lavabo con pedestal. Entro y descubro que tengo la altura justa para caber bajo la alcachofa de la ducha sin tener que agacharme.

La visita completa no dura más de un minuto, pero me siento obligada a dedicar algo más de tiempo a inspeccionarlo todo. Caroline ha equipado la casita con decenas de pequeños y ponderados detalles de diseño: una lámpara de lectura junto a la cama, una tabla de planchar plegable, un cargador USB para móviles y un ventilador de techo para hacer circular el aire. Los armarios de la cocina están abastecidos de los utensilios básicos: platos y vasos, tazas y cubiertos, todo ello de la misma calidad que los que utilizan en la casa principal. También hay algunos ingredientes sencillos para cocinar: aceite de oliva, harina, bicarbonato sódico, sal y pimienta. Caroline me pregunta si me gusta cocinar y le digo que todavía estoy aprendiendo.

—Yo también —reconoce entre risas—. Podemos intentarlo juntas.

Entonces oigo unos pasos pesados en el porche y Ted Maxwell abre la puerta. Se ha cambiado el blazer por un polo de color aguamarina, pero, a pesar de la ropa informal, sigue resultando una figura intimidante. Tenía la esperanza de terminar la entrevista sin volver a verlo.

—Teddy te necesita para una cosa —le dice a Caroline—. Ya termino yo de enseñarle esto.

Y es incómodo, porque ya he visto todo lo que hay que ver, pero Caroline sale por la puerta antes de que me dé tiempo a abrir la boca. Ted se queda ahí plantado, mirándome, como si pensara que voy a robar las sábanas y las toallas.

Sonrío.

—Es todo precioso.

—Es un apartamento para una sola persona. Nada de recibir visitas sin permiso. Y, por supuesto, nada de invitar a gente a pasar la noche. Sería demasiado confuso para Teddy. ¿Te supone algún problema?

—No, no estoy saliendo con nadie.

Niega con la cabeza, molesto porque no he entendido lo que me quería decir.

—Legalmente, no podemos prohibirte que salgas con alguien. Pero no quiero que haya extraños durmiendo en mi jardín.

—Lo comprendo. Me parece bien. —Y quiero creer que esto es un avance, que hemos dado un pasito más hacia establecer una relación laboral—. ¿Tiene alguna inquietud más?

Sonríe con arrogancia.

—¿Cuánto tiempo tienes?

—Todo el que sea necesario. Quiero este trabajo.

Se acerca a la ventana y señala hacia un pino pequeño que hay fuera.

—Deja que te cuente una historia. El día en que nos mudamos a esta casa, Caroline y Teddy encontraron una cría de pájaro bajo ese árbol. Debía de haberse caído del nido. A lo mejor lo empujaron, ¿quién sabe? El caso es que mi esposa, que tiene un corazón enorme, buscó una caja de zapatos, la llenó de trozos de papel y comenzó a alimentar a la cría de pájaro con un cuentagotas lleno de agua azucarada. Mientras tanto, yo tengo a los de la mudanza en la entrada, estoy intentando desembalar toda la casa para que podamos empezar una vida juntos, pero Caroline le está diciendo a Teddy que van a cuidar al pajarito hasta que se ponga bueno y un día pueda echar a volar sobre las copas de los árboles. Por supuesto, a Teddy le encanta la idea. Le pone al pájaro el nombre de Robert y va a verlo cada poco rato, lo trata como a un hermanito. Pero, al cabo de cuarenta y ocho horas, Robert está muerto. Y te juro, Mallory, que Teddy se pasó una semana llorando. Estaba destrozado. Por un pajarito. Así que la moraleja es que debemos tener mucho cuidado con la persona a la que invitamos a vivir con nosotros. Y, dado tu historial, me preocupa que seas una apuesta demasiado arriesgada.

¿Y cómo puedo discutírselo? Es un trabajo bien pagado y Ted tiene una carpeta llena de solicitudes de mujeres que nunca han sido drogadictas. Podría contratar a una saludable estudiante de enfermería formada en RCP o a una mujer hondureña con cinco nietos que da clases de español mientras prepara enchiladas verdes caseras. Con opciones así, ¿por qué arriesgarse conmigo? Me doy cuenta de que ahora mi mejor opción es jugar el as que tengo en la manga, el regalo que Russell me ha hecho a última hora, antes de salir de su coche.

—Creo que tengo una solución. —Rebusco en mi bolso y saco una cosa que parece una tarjeta de crédito de papel con cinco lengüetas en la parte inferior—. Esto es un test que detecta los rastros de droga en la orina. Cuestan un dólar en Amazon y los pagaré con gusto de mi propio sueldo. Detectan la metanfetamina, los opiáceos, las anfetaminas, la cocaína y el THC. Los resultados tardan cinco minutos y me someteré de manera voluntaria a ellos todas las semanas, en días aleatorios de su elección, para que nunca tenga que preocuparse por ello. ¿Eso le tranquilizaría?

Le ofrezco la tarjeta a Ted y él la sostiene a cierta distancia, como si le diera asco, como si ya goteara orina amarilla y caliente.

—No, verás, este es justo el problema —dice—. Pareces una buena persona. Te deseo lo mejor, de verdad. Pero quiero una niñera que no tenga que hacer pis en un vaso todas las semanas. Lo entiendes, ¿verdad?

Espero en el vestíbulo de la casa principal mientras Ted y Caroline discuten en la cocina. No oigo los detalles de la conversación, pero está bastante claro quién defiende qué. La voz de Caroline es paciente y suplicante; las respuestas de Ted son cortas, duras y abruptas. Es como escuchar un violín y un martillo neumático.

Cuando por fin regresan al vestíbulo, ambos tienen la cara enrojecida y Caroline fuerza una sonrisa.

—Nos sentimos mal por tenerte aquí esperando —dice—. Seguiremos hablando y ya te llamaremos, ¿vale?

Todos sabemos lo que significa eso, ¿verdad?

Ted abre la puerta y prácticamente me empuja hacia el calor sofocante del verano. En la parte frontal de la casa hace mucho más calor que en el jardín trasero. Me siento como si estuviera en la frontera entre el paraíso y el mundo real. Hago de tripas corazón y les doy las gracias por la entrevista. Les digo que me encantaría que me tuvieran en cuenta para el puesto, que me gustaría muchísimo trabajar con su familia.

—Si puedo hacer cualquier otra cosa para que se sientan más cómodos, espero que me lo pidan.

Y están a punto de cerrar la puerta cuando el pequeño Teddy se cuela entre las piernas de sus padres y me entrega una hoja de papel.

—Mallory, te he hecho un dibujo. Es un regalo. Puedes llevártelo a casa.

Caroline se asoma por encima de mi hombro y la oigo coger una gran bocanada de aire.

—¡Ay, Teddy, es muy bonito!

Sé que solo son un par de figuras de palo, pero el dibujo rezuma una dulzura que me llega al corazón. Me agacho para mirar a Teddy a los ojos y esta vez no se encoge ni huye.

—Me encanta este dibujo, Teddy. En cuanto llegue a casa, lo colgaré en mi pared. Muchas gracias.

Me acerco para darle un abrazo rápido y él me da uno grande, me rodea el cuello con los bracitos y me entierra la cara en el hombro. Hace meses que no mantengo un contacto físico tan prolongado y me doy cuenta de que estoy empezando a emocionarme; se me escapa una lágrima por el rabillo del ojo y me la enjugo entre risas. Puede que el padre de Teddy no crea en mí, puede que piense que no soy más que otra yonqui condenada a recaer, pero su adorable hijito cree que soy un ángel.

—Gracias, Teddy. Gracias, gracias, gracias.

Me tomo con calma el trayecto hasta la estación de tren. Paseo por las aceras sombreadas, entre niñas que dibujan con tiza en el suelo, adolescentes que lanzan a canasta en los caminos de entrada y aspersores que hacen ¡fiz!, ¡fiz!, ¡fiz!, ¡fiz! Atravieso la pequeña zona comercial, paso ante la tienda de batidos y ante la multitud de adolescentes de la puerta del Starbucks. Imagino lo agradable que debe de ser criarse en Spring Brook, en un pueblo donde todo el mundo tiene dinero suficiente para pagar las facturas y nunca pasa nada malo. Y me gustaría no tener que irme.

Entro en el Starbucks y me pido una limonada de fresa. Como adicta en recuperación, he decidido evitar todo tipo de estimulantes psicoactivos, incluida la cafeína (aunque no estoy loca del todo: sigo haciendo una excepción con el chocolate, que solo contiene un par de miligramos). Estoy ensartando la tapa con la pajita cuando reconozco a Russell en el otro extremo de la sala, tomándose un café solo y leyendo las páginas de deportes del Philadelphia Inquirer. Debe de ser el último hombre de Estados Unidos que aún compra el periódico impreso.

—No tendrías que haberme esperado —le digo.

Cierra el diario y sonríe.

—Tenía el presentimiento de que harías una parada aquí. Y quiero saber cómo te ha ido. Cuéntamelo todo.

—Ha sido horrible.

—¿Qué ha pasado?

—Tu as en la manga ha sido un desastre. No ha funcionado.

Russell se echa a reír.

—Quinn, la madre ya me ha llamado. Hace diez minutos. En cuanto has salido de su casa.

—¿Ah, sí?

—Tiene miedo de que alguna otra familia le robe la oportunidad de contratarte. Quiere que empieces cuanto antes.

3

Tardo diez minutos en recoger mis cosas. No tengo muchas pertenencias, solo algo de ropa, unos cuantos artículos de aseo y una biblia. Russell me regala una maleta de segunda mano para que no tenga que llevármelo todo en una bolsa de basura. Mis compañeras de piso en Safe Harbor me organizan una triste fiesta de despedida, con comida china a domicilio y una tarta rectangular de ShopRite. Y solo tres noches después de la entrevista de trabajo, dejo Filadelfia y regreso a Fantasilandia, lista para empezar mi nueva vida de niñera.

Si Ted Maxwell sigue albergando dudas sobre mi contratación, se le da muy bien disimularlas. Teddy y él van a recogerme a la estación de tren y el niño lleva un ramo de margaritas amarillas.

—Las he elegido yo —dice—, pero las ha pagado papá.

Su padre insiste en llevarme la maleta hasta el coche y, durante el trayecto hasta la casa, me dan una vuelta corta por el barrio para enseñarme dónde están la pizzería, la librería y una antigua vía ferroviaria muy frecuentada por corredores y ciclistas. No queda ni rastro del antiguo Ted Maxwell, el ingeniero incapaz de sonreír que me sometió a un interrogatorio sobre lenguas extranjeras y viajes internacionales. El nuevo Ted Maxwell es alegre e informal («¡Por favor, llámame Ted!») e incluso su ropa parece más relajada. Lleva una camiseta de fútbol del Barcelona, unos vaqueros anchos y unas New Balance 995s impecables.

Esa misma tarde, Caroline me ayuda a deshacer la maleta y a instalarme en la casita. Le pregunto por la abrupta transformación de Ted y se ríe.

—Ya te dije que entraría en razón. Ve lo bien que le caes a Teddy. Mejor que cualquiera de las demás personas que entrevistamos. Ha sido la decisión más fácil que hemos tomado en la vida.

Cenamos todos juntos en el patio embaldosado del jardín trasero. Ted prepara su especialidad —brochetas de gambas y vieiras a la parrilla—, Caroline sirve té helado casero y Teddy corretea por el césped dando vueltas como un derviche, todavía alucinado de que haya ido a vivir con ellos a tiempo completo, todos los días, durante todo el verano.

—¡No me lo creo, no me lo creo! —exclama, y luego cae de espaldas al césped, delirantemente feliz.

—Yo tampoco me lo creo —le digo—. Me alegro mucho de estar aquí.