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El libro Filosofía de la ciencia, problemas contemporáneos, busca hacer una modesta contribución al campo de la filosofía de la ciencia, la cual esperamos tenga una relativa resonancia nacional y, de ser posible, internacionaL La obra también representa el segundo aporte conjunto de los miembros del grupo de investigación Episteme: Filosofía y Ciencia a este campo de la filosofía, después de la compilación de artículos publicada en 2008 bajo el título Entre ciencia y [ilosofia; Algunos problemas actuales, con el deseo de mantener una reflexión constante acerca de temas clásicos y actuales, y un vínculo con la comunidad nacional de filósofos de la ciencia. El libro recoge la producción filosófica reciente de los profesores y los estudiantes de filosofía del doctorado, la maestría y el pregrado vinculados al seminario de investigación del grupo, El seminario se ha convertido en el espacio de investigación por antonomasia del grupo, pues allí confluyen los avances y resultados de las investigaciones, lo que ha permitido que cada uno de los artículos aquí publicados haya tenido un proceso de maduración lento y gradual: cada uno de ellos fue expuesto, sustentado, criticado y revisado en el seminario. La idea general que ha cohesionando al grupo, desde su creación, es que hay una amplia zona de problemas filosóficos interesantes, algunos tradicionales y otros nuevos, en los que ciencia y filosofía pueden hacer causa común para adelantar soluciones. En el grupo existe un marcado interés por promover el trabajo interdisciplinar entre la filosofía y las ciencias particulares, el cual se materializa en la presente compilación a través de, por una parte, las contribuciones de investigadores, con intereses filosóficos, provenientes de otros campos del saber como física, epidemiología, biología, economía y enseñanza de las ciencias; y, por la otra, la diversidad de temáticas tratadas por los veinte artículos, agrupados en siete subtemas: Inducción, racionalidad y filosofía de la ciencia; Causalidad y explicación científica; Filosofía de la ciencia y enseñanza de las ciencias; Problemas históricos de la filosofía del espacio físico: Realismo científico y concepciones de teoría; Filosofía de la biología y Filosofía del lenguaje y epistemología.
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Seitenzahl: 757
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Guerrero Pino, Germán
Filosofía de la ciencia: problemas contemporáneos / Germán
Guerrero Pino, Luz Marina Duque Martínez.-- Santiago de Cali:
Programa Editorial Universidad del Valle, 2015.
404 páginas; 24 cm.— (Colección Artes y Humanidades)
Incluye índice de contenido
1. Filosofía de la ciencia 2. Sociología de la ciencia 3. Teoría del conocimiento científico I. Duque Martínez, Luz Marina II. Tít.
III. Serie.
501 cd 21ed.
A1494223
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: Filosofía de la ciencia. Problemas contemporáneos
Compiladores: Germán Guerrero Pino, Luz Marina Duque Martínez
ISBN: 978-958-765-166-9
ISBN-PDF: 978-628-7617-26-1
ISBN-EPUB: 978-628-7617-27-8
DOI: 10.25100/peu.7651669
Colección: Artes y Humanidades-Filosofía
Primera edición
© Universidad del Valle
© Autores
Diseño de carátula: Hugo H. Ordónez Nievas
Diagramación: Dany Stivenz Pacheco Bravo
Corrección de estilo: María Isabel Victoria
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Esta publicación fue sometida al proceso de evaluación de pares externos para garantizar altos estándares académicos. El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es el responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación, razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Prohibida la reproducción total o parcial en cualquier forma, o por cualquier medio, sin autorización escrita de la Universidad del Valle.
Cali, Colombia, julio de 2015
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
La filosofía y la ciencia son productos humanos con un origen común en el pensamiento antiguo griego de los siglos IV y III antes de nuestra era, pero que desde entonces se han desarrollado a la par en forma independiente, aunque en ocasiones con una fuerte influencia mutua. Filósofos como Pitágoras y Platón integraron de manera sustantiva las matemáticas en sus reflexiones sobre el conocimiento de la naturaleza: la estructura última de la realidad debe estar gobernada por relaciones matemáticas y geométricas. En la modernidad, este ideal será retomado, a su manera, por pensadores como René Descartes, convirtiéndolo en columna vertebral de su sistema filosófico, y Galileo Galilei, quien lo hará pieza clave de su metodología científica. Aristóteles, el gran pensador griego, se opondrá a tal reduccionismo: la naturaleza, dada su complejidad y variedad, no puede reducirse por completo a las formas matemáticas. De modo que desde muy temprano nos hemos encontrado con las dos respuestas opuestas a la pregunta ¿cuán matemática es la realidad?, que aún hoy sigue sin una respuesta definitiva, por parte de científicos y filósofos.
Podríamos decir que el filósofo alemán Immanuel Kant fue quien inauguró la filosofía de la ciencia como campo de indagación particular, al convertir la pregunta ¿qué es la ciencia?, y por supuesto también su respuesta, en la cuestión central de su propuesta filosófica, en su importante obra Crítica de la razón pura (1781/1787). La propuesta que Kant adelantó allí fue que las ciencias que se reconocían como tales en su época, las matemáticas, la geometría y la física, aunque diversas en muchos aspectos, compartían algo que las hacía ser científicas: el estar construidas sobre juicios sintéticos a priori.
Entre tanto, la perspectiva filosófica conocida como Positivismo o Empirismo lógico, que floreció en la segunda década del siglo pasado, se desarrolla en oposición directa a la epistemología kantiana, bajo el absoluto rechazo de los juicios sintéticos a priori. De acuerdo con los empiristas lógicos, son bien distintos los fundamentos sobre los que reposan el conocimiento de las ciencias formales conformadas por las matemáticas, la geometría abstracta y la lógica, y el de las ciencias empíricas como la geometría física, la física, la química y la biología: el fundamento de las primeras es puramente conceptual, en tanto que el de las segundas es por completo empírico, su conocimiento se basa en la experiencia que nos proporcionan los sentidos. El problema persiste actualmente: ¿en qué medida y en qué proporción participan la razón y los sentidos en estos dos tipos de conocimiento, el matemático y el de la realidad natural?
Los lineamientos generales de la disciplina que hoy conocemos como Filosofía de la ciencia fueron trazados principalmente por los empiristas lógicos, un grupo de científicos con inclinaciones y conocimientos filosóficos, que se reunían periódicamente alrededor de la figura de Moritz Schlick, profesor de la Universidad de Viena; de ahí que al grupo se le conociese como Círculo de Viena. Entre los principales problemas objeto de estudio y análisis por parte del grupo se tienen: el carácter de la realidad natural, la diferencia entre ciencia y metafísica, el método científico, la justificación de las teorías científicas, el papel de las leyes, la explicación científica, la estructura de las teorías, la verdad de las teorías, etc. La filosofía de la ciencia ha tenido múltiples desarrollos en los últimos sesenta años, todos ellos surgidos ya sea como continuidad a los desarrollos hechos por el movimiento empirista lógico o a partir de una crítica sistemática de sus tesis, lo cual ha dado origen a disciplinas autónomas como, por ejemplo, la sociología de la ciencia y las filosofías particulares de la ciencia, como filosofía de la biología, filosofía de la mente, filosofía de la experimentación, filosofía de la tecnología, etc. Sería demasiado pretencioso intentar, siquiera, esbozar aquí, en esta presentación, esos múltiples desarrollos. Lo anterior sólo debe tomarse como un sugerente bosquejo de un par de hitos relacionados con problemas centrales y actuales de la filosofía de la ciencia, lo cual esperamos sea comprensible por tratarse sólo de la presentación de una obra colectiva.
De modo que el presente libro Problemas contemporáneos en filosofía de la ciencia busca hacer una modesta contribución al campo de la filosofía de la ciencia, la cual esperamos tenga una relativa resonancia nacional y, de ser posible, internacional. La obra también representa el segundo aporte conjunto de los miembros del grupo de investigación Episteme: Filosofía y Ciencia a este campo de la filosofía, después de la compilación de artículos publicada en 2008 bajo el título Entre ciencia y filosofía: Algunos problemas actuales, con el deseo de mantener una reflexión constante acerca de temas clásicos y actuales, y un vínculo con la comunidad nacional de filósofos de la ciencia.
El libro recoge la producción filosófica reciente de los profesores y de los estudiantes de filosofía del doctorado, la maestría y el pregrado vinculados de una u otra forma al grupo de investigación, en particular al seminario de investigación del grupo, que sesiona los martes, cada semana, durante tres horas. El seminario se ha convertido en el espacio de investigación por antonomasia del grupo, pues allí confluyen los avances y resultados de investigación que son adelantadas, por lo general, en forma individual por los miembros del grupo e invitados al seminario. En el seminario se esbozan las primeras ideas de lo que posteriormente adquiere la forma de proyecto de investigación, se somete a juicio y ampliación los avances de investigación, se corrigen en forma sistemática y cuidadosa los textos iniciales y finales que resultan de una investigación, se debaten las ideas y argumentos principales de las investigaciones y, en general, se aprende y se enseña a investigar en filosofía. De ahí que el proceso de maduración de cada uno de los artículos aquí publicados haya sido lento y gradual, cada uno de ellos fue expuesto, sustentado, criticado y revisado en el seminario; y algunos de ellos en más de una ocasión.
Aún más, ya es una tradición en el grupo abrir el seminario cada semestre con una Lección o Conferencia inaugural, ofrecida por un especialista con trayectoria internacional y con alta preparación científica y filosófica, con el propósito de que los estudiantes de pregrado y posgrado reciban conocimiento de primera mano y se familiaricen con distintas formas de investigar en ciencia y filosofía, así como con diversas maneras de presentar y sustentar resultados de investigación. En los últimos años hemos contado con la presencia de los profesores David Miller (Universidad de Warwick), Luis Fernández Moreno (Universidad Complutense de Madrid), Luis Gerardo Pedraza Saavedra (Universidad Javeriana de Cali), Juan Carlos Gallego-Gómez (Universidad de Antioquia), Edwin Germán García Arteaga (Universidad del Valle) y Luz Marina Duque (Universidad del Valle), quienes también han aceptado amablemente colaborar con un artículo en la presente compilación.
La idea general que ha cohesionando al grupo de investigación Episteme: Filosofía y Ciencia, desde su creación, es que hay una amplia zona de problemas filosóficos interesantes, algunos tradicionales y otros nuevos, en los que la ciencia y la filosofía pueden hacer causa común para adelantar soluciones. De tal manera que en muchos de estos problemas es necesario hacer uso al mismo tiempo de teorías, conclusiones y procedimientos propios de la ciencia, como también de la perspectiva histórica, la claridad conceptual y la perspicacia características de la filosofía. En este sentido, el grupo es consciente que para adelantar investigaciones serias en filosofía de la ciencia es importante conocer en profundidad, y no sólo estar familiarizado con, temas y problemas particulares de física, biología, psicología, matemáticas, lógica, epidemiología o enseñanza de las ciencias; pero igualmente está convencido de que las disciplinas sólo son formas prácticas de abordar el saber, pues el saber desborda los límites establecidos entre ellas. En el grupo existe un marcado interés por promover el trabajo interdisciplinar entre la filosofía y las ciencias particulares, el cual se materializa en la presente compilación a través de, por una parte, las contribuciones de investigadores, con intereses filosóficos, provenientes de otros campos del saber como física, epidemiología, biología, economía y enseñanza de las ciencias; y, por la otra, la diversidad de temáticas tratadas por los veinte artículos, agrupados en siete subtemas: Inducción, racionalidad y filosofía de la ciencia; Causalidad y explicación científica; Filosofía de la ciencia y enseñanza de las ciencias; Problemas históricos de la filosofía del espacio físico; Realismo científico y concepciones de teoría; Filosofía de la biología y Filosofía del lenguaje y epistemología.
Cabe aquí resaltar que un número significativo de estudiantes de filosofía ha tenido la oportunidad de publicar en los dos volúmenes, por lo que esperamos y nos esforzaremos para que estas tres actividades colectivas, el seminario permanente, la conferencia inaugural y la publicación periódica, sigan marcando el camino y una tradición dentro de la dinámica académica e investigativa del grupo Episteme: Filosofía y Ciencia. Estamos seguros que el crecimiento y la cualificación del grupo de investigación, durante su casi una década de existencia, han sido posibles gracias a este conjunto de actividades, unidas al esfuerzo y constancia de cada uno de los miembros del grupo, entre los que se cuentan profesores, estudiantes de doctorado, maestría y pregrado. Aprovechamos, entonces, esta ocasión para resaltar, una vez más, el papel crucial que han jugado, juegan y seguirán jugando los estudiantes de filosofía en las distintas actividades del grupo, pues garantizan la continuidad y la innovación en la investigación en un campo tan técnico y especializado como es el de la filosofía de la ciencia. Queremos, igualmente, hacer un reconocimiento especial al estudiante de Maestría en Filosofía Pablo Jiménez por su colaboración y dedicación en la preparación y edición inicial de la compilación. También agradecemos al Departamento de Filosofía por el apoyo brindado durante estos años de preparación del libro y al Programa Editorial de la Universidad por el cuidado puesto en la edición final y publicación del mismo.
Germán Guerrero Pino
Luz Marina Duque Martínez
PRIMERA PARTE
INDUCCIÓN, RACIONALIDAD Y FILOSOFÍA DE LA CIENCIA
CAPÍTULO 1
ADIVINACIÓN AUTOMÁTICA
David Miller
CAPÍTULO 2
KUHN Y LA NATURALIZACIÓN DE LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA
Carlos Adolfo Rengifo Castañeda
CAPÍTULO 3
LA RACIONALIDAD ECONÓMICA COMO MAXIMIZACIÓN DEL PROPIO INTERÉS
Hernando Hernández David
SEGUNDA PARTE
CAUSALIDAD Y EXPLICACIÓN CIENTÍFICA
CAPÍTULO 4
EL MODELO DE EXPLICACIÓN MECANÍSMICO DE MARIO BUNGE
Olga Lucía Gómez Gutiérrez
CAPÍTULO 5
CAUSALIDAD Y EXPLICACIÓN: SALMON VS. VAN FRAASSEN
Fabián Andrés González López
CAPÍTULO 6
HUME: CAUSALIDAD Y CONOCIMIENTO HUMANO
Pablo Andrés Jiménez González
TERCERA PARTE
FILOSOFÍA DE LA CIENCIA Y ENSEÑANZA DE LAS CIENCIAS
CAPÍTULO 7
PRÁCTICAS EXPERIMENTALES EXPLORATORIAS. EL CASO HISTÓRICO DE LA CONDUCCIÓN ELÉCTRICA: APORTES A LA ENSEÑANZA DE LA FÍSICA
Edwin Germán García
CAPÍTULO 8
LA COMPLEMENTARIEDAD EN TEORÍA CUÁNTICA DE CAMPOS
Luis G. Pedraza S., Luis F. Bejarano A.
CUARTA PARTE
PROBLEMAS HISTÓRICOS DE LA FILOSOFÍA DEL ESPACIO FÍSICO
CAPÍTULO 9
KEPLER, SACERDOTE DE DIOS
Luz Marina Duque Martínez
CAPÍTULO 10
EL CONCEPTO DE ESPACIO EN LA FILOSOFÍA NATURAL DE GALILEO GALILEI E ISAAC NEWTON
Leidy Marcela Estrada Orozco
CAPÍTULO 11
LA POLÉMICA NEWTON-LEIBNIZ DOS ARGUMENTOS CONTRA LA SUSTANCIACIÓN DEL ESPACIO
Heyman D. Ortiz Magaña
QUINTA PARTE
REALISMO CIENTÍFICO Y CONCEPCIONES DE TEORÍA
CAPÍTULO 12
B. RUSSELL VS. BAS C. VAN FRAASSEN: REALISMO CIENTÍFICO Y EMPIRISMO CONSTRUCTIVO
Germán Guerrero Pino
CAPÍTULO 13
REALISMO SIN VERDAD EN EL EMPIRISMO LÓGICO
Jairo Isaac Racines Correa
CAPÍTULO 14
DEDUCCIÓN Y CONSECUENCIA. CRÍTICA A LA VERSIÓN DE DÍEZ Y MOULINES DEL ENFOQUE SINTÁCTICO DE LAS TEORÍAS
Julián Mauricio Valdés Toro
CAPÍTULO 15
LA EVIDENCIA OBSERVACIONAL Y LAS CONCEPCIONES METAFÍSICAS DE LAS LEYES DE LA NATURALEZA
Pablo César Riveros
SEXTA PARTE
FILOSOFÍA DE LA BIOLOGÍA
CAPÍTULO 16
DARWIN Y ALGUNAS REFLEXIONES EN FILOSOFÍA, SOCIOLOGÍA E HISTORIA DE LA BIOLOGÍA
Juan Carlos Gallego-Gómez
CAPÍTULO 17
NATURALISMO ÉTICO: PERSPECTIVA EVOLUTIVA Y COGNITIVA DE LA MORALIDAD
Juan Carlos Vélez
SÉPTIMA PARTE
FILOSOFÍA DEL LENGUAJE Y EPISTEMOLOGÍA
CAPÍTULO 18
LA TEORÍA DE LOS NOMBRES PROPIOS DE PETER F. STRAWSON
Luis Fernández Moreno
CAPÍTULO 19
EPISTEMOLOGÍA: NUEVOS PROBLEMAS DE VIEJAS CERTEZAS
Jaime Sanclemente Trujillo
CAPÍTULO 20
EL CAMINO CARTESIANO Y EL SOLIPSISMO EN EDMUND HUSSERL: LA PREFERENCIA POR UNA TRADICIÓN
Miguel H. Guamanga
NOTAS AL PIE
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1
David Miller1
Resumen: Según Karl Popper, la evolución de la ciencia, lógica, metodológica e incluso psicológicamente, es una interacción enrevesada de conjeturas agudas y refutaciones rotundas. Como la evolución biológica, ella es una ronda incesante de variación ciega y retención selectiva. Pero ella incorpora, a diferencia de la evolución biológica, el uso de la razón en la etapa de selección. El artículo empieza por rechazar las creencias comunes de que el problema de la inducción de Hume (que niega de manera convincente la tesis de que la ciencia es racional, en el sentido de “racional” que la mayoría dan por sentado cuando dicen que la ciencia es racional) puede resolverse asumiendo que la ciencia es racional o que Hume fue irracional (es decir, pasando por alto su argumento). El problema de la inducción sólo puede resolverse mediante una teoría no autoritaria de la racionalidad. Se demuestra además que la inducción no juega ningún rol en la generación de conjeturas, pero sí en la evaluación de las mismas. A continuación, el artículo expone una versión del racionalismo crítico de Popper que ubica enteramente la racionalidad de la ciencia en los procesos deductivos, por medio de los cuales se critican y perfeccionan las conjeturas. Sin embargo, se rechazan algunas versiones extremas del deductivismo. El artículo concluye descartando enfáticamente el punto de vista de que los logros en el campo de la inteligencia artificial, incluido el método JSM cultivado ampliamente por Victor Finn, afecta de alguna manera al racionalismo crítico. El aprendizaje automático no aclara el problema de la inducción ni el rol que la lógica juega en el desarrollo del conocimiento científico.
Palabras clave: inducción, inteligencia artificial, abducción, deductivismo, el método JSM, Whewell, Mill, Peirce, Popper, Finn.
Hay un punto de vista sobre la lógica que es anticuado y que, tal vez, tiene sus orígenes en Aristóteles, de acuerdo con el cual el razonamiento en las matemáticas se rige por los cánones de la deducción; mientras que el de las ciencias empíricas se rige por unos muy diferentes, los de la inducción. No obstante, pese a todas sus diferencias, se sostiene que tanto la lógica deductiva como la lógica inductiva son departamentos de la ciencia de la lógica y que comparten tres características importantes: ser disciplinas formales, en el sentido de que, en gran medida, sus principios no cambian con el contenido al cual se aplican, sea éste matemático o empírico; ser disciplinas creativas, en el sentido de que suministran recursos por medio de los cuales podemos aumentar nuestro conocimiento desde lo que nos es dado por la intuición o la experiencia, de ser posible; y ser disciplinas regulativas, en el sentido de que autorizan o legitiman o justifican sus conclusiones, dotándolas con un sello de fiabilidad y credibilidad, si no con una garantía de certeza apodíctica.
Actualmente está desacreditada totalmente la doctrina de que las inferencias deductivas son exclusivas de las matemáticas. A mi parecer, la contribución más poderosa de Mill a la lógica fue argumentar que la conclusión de un silogismo (y, por extensión, cualquier inferencia deductiva) sólo repite, parcial o completamente, lo que afirman las premisas; y, por lo tanto, la conclusión no puede estar mejor garantizada por las premisas, de lo que éstas lo están por sí mismas (1843, libro II, capitulo III, § 1). Este argumento muestra que la lógica deductiva, aunque admirablemente formal, no tiene ninguna fuerza creativa o regulativa. Las inferencias deductivas no son demostraciones, pruebas concluyentes de sus conclusiones, incluso dentro de las matemáticas; sino solamente son derivaciones que pueden transmitir la verdad pero no la introducen. Sin embargo, la expresión inferencia no-demostrativa se emplea exclusivamente para aquellas inferencias que son deductivamente inválidas, esto es, tanto las que tradicionalmente son catalogadas como inductivas, como también las catalogadas como abductivas. Esto ha definido un área en la que las doctrinas mencionadas en el párrafo de arriba han tenido desacuerdos permanentes. Las dificultades expuestas por Goodman (1954) han revelado el costo alto de sostener que la lógica inductiva consista de reglas puramente formales (Hume (1738) libro I, parte III, § xii) a pesar de conceder que la conclusión de una inferencia por generalización a partir de ejemplos (inducción por enumeración) pueda ser creíble y, hasta en efecto, irresistible, socavó la idea de que esa credibilidad tenga un significado distinto a uno psicológico, aunque las premisas empíricas sean innegables. Aunque varios filósofos se liberaron de las dudas escépticas de Hume, ellos no han identificado claramente errores en sus premisas o su argumento, y la justificación de la inducción sigue siendo un sueño insustancial. No obstante, hay un apoyo creciente a la idea de que las inferencias no-demostrativas pueden ser racionales y creativas, y que una lógica funcional del descubrimiento provee un método para vencer al escepticismo humeano. Esta perspectiva la han popularizado, especialmente, quienes trabajan en el campo de la inteligencia artificial.
El objetivo de este artículo es producir cierto desencanto, pues se propone que una inferencia no-demostrativa es, o bien una adivinación simple, no afectada por el razonamiento, o bien la aplicación de procedimientos que han sido conjeturados para adecuarse a determinada tarea. Así, la lógica tiene un papel puramente negativo en el descubrimiento científico, el de ayudar a eliminar las conjeturas incorrectas. En pocas palabras, el desarrollo de máquinas de aprendizaje puede constituir una hazaña ingenieril impresionante y, también, puede incentivar la especulación metafísica; pero carece de significado metodológico. El problema de Hume no se resuelve por evasión.
A mi parecer, el problema lógico de la inducción de Hume se resuelve mejor renunciando al prejuicio de que el conocimiento requiere justificación y acogiendo sin reservas, pero no servilmente, el racionalismo crítico de Popper, que es un racionalismo que prescinde de la justificación. En el apartado 2, diré un poco acerca de porqué las soluciones justificacionistas tienen graves dificultades y no es inteligente despreciar el problema. En el apartado 3, muestro que el rol que juega la inducción en la creación de hipótesis no es más grande que el que juega en su evaluación (este asunto lo discuto ampliamente en el apartado 1 de mi artículo 2007a). En el apartado 4 proporciono un resumen de mi propia versión del racionalismo crítico y en el apartado 5 lo distingo de otras posiciones que bien podrían llamarse deductivistas2. Luego inspeccionaré minuciosamente los alegatos hechos en nombre del aprendizaje automático. En el apartado 6 mostraré los errores en la tesis de Gillies, según la cual los éxitos conseguidos en el desarrollo de la inteligencia artificial proyectan una sombra oscura sobre el rechazo de la inferencia inductiva por parte del racionalismo crítico; y por último, en el apartado 7, consideraré los argumentos de Finn a favor de su método JSM, el cual ofrece “una síntesis de la inducción, la analogía y la abducción” (2002). Espero mostrar por qué este método tampoco hace ningún adelanto metodológico.
El problema que Carnap, escribiendo en 1968 sobre lógica inductiva, bautizó como “el gran viejo problema de la justificación, tan discutido desde de la época de Hume”, no es muy discutido actualmente por los filósofos, excepto en el aula. Hay varias excusas para este desinterés; el mismo Carnap declaró que “el viejo problema no es el modo correcto de plantear la cuestión” (p. 258) y a continuación dijo (259s):
Muchas personas creen que la esencia del razonamiento inductivo es hacer inferencias de una índole especial [y, que por consiguiente,] la exigencia para la justificación estaría, naturalmente, dirigida a presentar cualesquier supuesto principio de la inferencia inductiva. No diría que tener como objetivo la elaboración de inferencias sea un error […] pero me parece preferible considerar la determinación de los valores de la probabilidad como el punto esencial del razonamiento inductivo […] La probabilidad inductiva está relacionada con los grados de creencia, como explicaba Ramsey […] en la lógica inductiva tratamos el grado racional de creencia. Entonces tenemos que considerar la pregunta: “¿cómo descubrir los principios que nos conducen hasta los grados razonables de creencia?”
Los bayesianos personalistas austeros consideran, incluso, que esta pregunta de Carnap pide demasiado; lo único importante son los principios razonables para la coherencia de los grados de creencia (las credenciales) y para su modificación a la luz de la evidencia. Otros personalistas, como Lewis (1980) suponen que algunas credenciales no extremas pueden valorarse racionalmente. Al manejo de las credenciales, que consiste, enteramente, en los pasos deductivos dentro de la teoría de la probabilidad, frecuente y tendenciosamente, se le llama inferencia inductiva. No obstante, debido a que Carnap tenía poco tiempo, y los pensadores personalistas no tienen ninguno, para hacer inferencias inductivas con conclusiones fácticas, es justo decir que al problema de Hume se le puso a dormir sin resolverlo (Miller (1994), Capítulo 6, § 5). A pesar de lo mucho que se habla de la justificación de creencias, como en el título del libro de Howson (2000) los bayesianos no dicen nada sobre cómo las creencias pueden justificarse.
Desde luego, Popper también opinaba que el problema filosófico tradicional de la inducción, es decir, la pregunta “¿Cómo se justifica la creencia de que el futuro será (en gran medida) como el pasado? O, tal vez, ¿Cómo se justifican las inferencias inductivas?”, está ‘mal formulado’ (proemio a 1971). Su objeción a estas formulaciones fue que, en primer lugar, parecen suponer que el futuro será (en gran medida) como el pasado, lo cual es una suposición grave, y, en segundo lugar, que existen inferencias inductivas que necesitan justificación. El punto de vista de Popper, bien conocido y aquí refrendado, es que no existen tales inferencias y que, por ende, no es necesario darle muchas vueltas para su justificación; en su lugar, lo que existen son conjeturas, o actos de adivinación o hipótesis, que no son generadas por ningún procedimiento determinado, y refutaciones que se generan deductivamente. Ni las conjeturas ni las refutaciones están justificadas, ni son justificables, pero la racionalidad no es igual a la justificación.
Algunos autores que descartan el problema tradicional de la inducción, lo hacen a pesar de no tener ninguna forma de resolverlo, al contrario de Carnap y Popper. Papineau (1995) 4s., escribe:
Es cierto que la inducción presenta un rompecabezas filosófico abstracto. Las inferencias inductivas no son lógicamente forzosas y, por ende, su autoridad primordial es una cuestión de controversia filosófica. Así, es un rompecabezas y no el inicio de un sistema filosófico. Es similar a la cuestión, ‘¿Cómo sé que hay una mesa delante de mí?’ Este es un buen asunto en el cual pueden ir metiéndose los estudiantes de filosofía de primer año; pero fuera del aula, nadie duda seriamente de que tenemos conocimiento de las mesas.
Searle (1999: 2079s), igualmente despectivo hacia la importancia de la investigación filosófica abstracta, escribe:
Creo que debemos abordar los problemas epistémicos, tales como ‘¿Cómo, definitivamente, podemos tener algún conocimiento a la luz de varias paradojas escépticas?’, de la misma manera como se han abordado otras paradojas similares en la historia de la filosofía. Por ejemplo, las paradojas de Zenón sobre el espacio y el tiempo plantean rompecabezas interesantes, mas nadie supone que no podemos intentar seriamente cruzar una sala hasta que resolvamos primero el escepticismo de Zenón sobre la posibilidad del movimiento a través del espacio. Análogamente, en mi opinión, debemos asumir la misma actitud hacia las paradojas sobre la posibilidad del conocimiento que los filósofos escépticos plantearon. Es decir, aunque son rompecabezas interesantes y proveen buenos ejercicios elementales para adiestrar a los filósofos jóvenes, no debemos suponer que la posibilidad de conocimiento y entendimiento descansan en nuestra capacidad de refutar primero el escepticismo de Hume.
Al parecer, a ninguno de estos dos autores se le ocurrió que intentar resolver el problema de la inducción pudiese enseñar algo de importancia; así como fue mucho lo que se aprendió de los intentos por resolver las paradojas de Zenón. Tanto Papineau (la ciencia nunca produce resultados positivos) como Searle (el científico no llega a verdades sobre la naturaleza) atribuyen a Popper una imagen de la ciencia como una empresa sin rasgos positivos. Si se hubiesen interesado por resolver el problema de Hume, habrían aprendido qué tan equivocados están, esto es, que la ciencia consiste tanto en conjeturas como en refutaciones, y que mientras las últimas son negativas, las primeras son afirmativas, no en el sentido autoritario de estar justificadas, que Papineau y Searle ven evidentemente como el único parámetro del conocimiento, sino en el sentido de pretender la verdad.
Según Russell, “la ruina del empirismo”, debida a Hume, se basaba “enteramente en su rechazo del principio de la inducción”; el principio, en pocas palabras, de que las regularidades sin excepciones que han sido observadas repetidamente en el pasado, probablemente se cumplirán en la próxima ocasión (1946: 699). Además:
[si] este principio no es verdadero, todo intento por llegar a leyes generales científicas a partir de observaciones particulares es un error y, por tanto, el escepticismo de Hume es inevitable para un empirista. Por supuesto, el principio mismo no puede inferirse a partir de las uniformidades observadas, sin caer en una circularidad, ya que éste es requerido para justificar tal inferencia. Por lo tanto, éste debe ser, o debe deducirse de, un principio independiente que no se base en la experiencia. Hume probó, hasta este punto, que el empirismo puro no provee una base suficiente para la ciencia.
Sin embargo, Russell se equivocó aquí; lo que Hume expuso no fue la debilidad del empirismo sino su presunción de justificacionismo, la idea de que es por inferencia, en lugar de adivinación, el único modo respetable de “llegar a leyes generales científicas” u otros enunciados generales. Verdadero o no, empírico o metafísico, el principio de la inducción, como cualquier ‘principio independiente’ del cual se deduzca, sigue siendo injustificado y no puede proporcionar ninguna justificación en su momento. Debemos buscar en otro lugar el elemento racional de la ciencia, ya que nada puede darle “una base suficiente”. Se requiere una teoría no justificacionista de la racionalidad, y esta la suministra el racionalismo crítico.
Zahar (2007) capítulo II, quien introduce un principio (metalingüístico) de la inducción y reconoce que éste no es “ni justificable ni abierto a la crítica”, es un ejemplo reciente de la estrategia recomendada por Russell; lo que Zahar dice es que “nos permite valorar la ciencia” (p. 19). Sin duda los fanáticos de las religiones fundamentalistas pueden sugerir principios alternativos de valoración. Zahar, como otros, presenta la posición de Popper a través de la interpretación de alguien que desconoce que el racionalismo crítico no tiene ningún uso para la justificación. Al tratar el problema de cómo las teorías científicas se llevan a la práctica, Zahar discute el enfoque de Popper (1971) § 9, pero no hace ninguna referencia al tratamiento mejorado que aparece en Popper (1974b) § 14; y a partir de la declaración de Popper de que “no puede haber buenas razones…para esperar que la elección [de una teoría] resulte afortunada en la práctica” (§9) Zahar infiere que, según Popper, “hay que admitir la no-racionalidad en las ciencias… al nivel de la tecnología” (p. 10). Es sorprendente que la apelación de Popper a la teoría no-justificacionista, bosquejada en el capítulo 24 de su (1945) sea descalificada por Zahar (2007) como “bastante engañoso” (p. 15).
Hay una distinción familiar, frecuentemente atribuida a Reichenbach, pero básicamente formulada antes por Whewell (Hoyningen-Huene 1987, § II) entre el descubrimiento (sería mejor: invención) de una hipótesis y su justificación (sería mejor: evaluación). Por ejemplo, la distinción la hace Whewell (1847) Libro XI, Capítulo vi, § 7. Podemos todos estar de acuerdo en que una hipótesis no puede ser evaluada antes de que haya sido inventada, pero es posible que los dos procesos, el de invención y el de evaluación, estuviesen fusionados en unas reglas de inferencia que se autorregulen. Los “métodos de investigación experimental” de Mill se presentan a veces como reglas de inferencia inductiva de este tipo, las cuales llevan infaliblemente de datos cuidadosamente reunidos a leyes causales verdaderas. El mismo Mill describió originalmente el método de acuerdo a un “modo de descubrir y probar las leyes de la naturaleza” (1843, Libro III, Capítulo viii, § 1); y Whewell, quien frecuentemente no estaba de acuerdo con Mill, escribió que, por el contrario, no existen tales reglas de descubrimiento (ibídem ii, IV): “El descubrimiento científico siempre debe depender de un pensamiento feliz, del cual no podemos rastrear su origen; es un paso afortunado de la inteligencia por encima de todas las reglas. No pueden darse máximas que conduzcan inevitablemente al descubrimiento”.
En la conferencia VI.2 de Conferencias sobre el pragmatismo, Peirce (1903) distinguió tres modos de razonamiento: deducción, inducción (confirmación) y abducción (conjeturas); y en la conferencia VI.4 explicó:
La abducción es el proceso mediante el cual se forma una hipótesis explicativa. Es la única operación lógica que introduce una idea nueva, porque la inducción no hace más que determinar un valor, y la deducción sólo desarrolla las consecuencias necesarias de una hipótesis pura. […] La deducción prueba que algo debe ser, la inducción muestra que algo realmente está operando, y la abducción se limita a sugerir que algo puede ser.
En la misma sección, él señala que la “única justificación” para el uso de la abducción es que “a partir de su sugerencia la deducción puede extraer una predicción, que se prueba por inducción”, y que es sólo por abducción que “entenderemos cualesquier fenómeno en absoluto”. Pero esto explica sólo por qué la abducción es útil, y no por qué tiene éxito cuando lo tiene. “En absoluto, ninguna razón puede darse para ello…por lo que he podido descubrir; y no se necesita ninguna razón, ya que sólo ofrece sugerencias”.
Popper también pensaba que “el acto de concebir o inventar una teoría, no… parece que exija un análisis lógico, ni sea susceptible de él”*. La psicología empírica podría estar interesada en “la cuestión acerca de cómo se le ocurre una idea nueva a una persona”, pero ésta “carece de importancia para el análisis lógico del conocimiento científico” (1934, § 2). Popper había identificado previamente “la lógica de la investigación científica” con “la lógica del conocimiento” (ibídem, proemio del Capítulo 1) y llegó a sugerir que su tarea “–en contraposición a [la de] la psicología del conocimiento– consiste pura y exclusivamente en la investigación de los métodos empleados en las contrastaciones sistemáticas a que debe someterse toda idea nueva…”. A pesar de esta aversión hacia el psicologismo, en su trabajo anterior, Los dos problemas fundamentales de la teoría del conocimiento, Popper influenciado por el enfoque de orientación biológica de Otto Selz (ter Hark 2004, 2006) había planteado lo que él llamó “una psicología deductivista del conocimiento” (1930-1932), Capítulo II, § 4). Popper excluyó, al igual que Hume, la inferencia inductiva de la lógica del conocimiento, pero lo hizo por ser tanto deductivamente inválida como superflua; y también excluyó, contrariamente a Hume, el aprendizaje inductivo (aprendizaje por repetición) de la psicología del conocimiento (Popper, 1971, § 10; 1974a, ibídem) por ser lógicamente imposible. Pero muchos filósofos, comenzando por Whewell, y contrariamente a Hume y Popper, han rechazado que la inducción (generalización a partir de casos) tenga algún papel en la psicología del descubrimiento, pero han insistido en el carácter indispensable de la confirmación por casos en la lógica de la evaluación.
Hace 25 años estaba tan pasado de moda el punto de vista de que la inducción juega un papel en la formulación de las hipótesis científicas, que en un texto (Mortimer, 1982, 90s.) para especialistas en Inteligencia Artificial (IA) se lee:
[…] Los partidarios de la inducción no cuestionan el método hipotético-deductivo difundido por Popper, sólo expresan la opinión de que la inducción es el elemento esencial de este método…Los argumentos de Popper en contra del induccionismo, por lo general, parecen estar dirigidos a esta concepción de la inducción como el proceso para llegar a hipótesis en el sentido heurístico; una idea para la cual sería difícil encontrar adherentes hoy en día […]Este tipo de crítica puede ser considerado como relevante sólo con referencia a una versión grotesca del induccionismo. Sería difícil citar un ejemplo de un induccionista contemporáneo al cual se le pueda acusar de psicologismo […] Todos los intentos conocidos por la creación de una lógica inductiva se refieren al problema de la justificación, al problema de los criterios para la correcta aceptación de hipótesis y no al problema del origen de las ideas de una hipótesis en la mente de un investigador.
Este pasaje es una extraña manera de abrir un capítulo titulado “El anti-induccionismo y anti-probabilismo de Popper”, ya que la tesis de que una característica importante de una hipótesis es su probabilidad relativa a la evidencia disponible pertenece, sin duda (aunque erróneamente) a la etapa de su evaluación y no al momento de su creación. Sin embargo puede aún ser sana la opinión de Mortimer de que ha caído en desgracia (excepto entre los psicologistas, como los colaboradores en Oaksford & Chater 2008) el poner atención a la psicología empírica del conocimiento, ya que los defensores actuales de la abducción y la heurística no aspiran a contribuir a la psicología de la ciencia sino a su lógica.
A mi entender, el principal punto de desacuerdo entre quienes están dispuestos a formular una lógica del descubrimiento, autores como Aliseda (2006)Catton (2004)Finn (2002) (2011) Josephson & Josephson (1994)Simon (1973) y Zahar (2007) y los racionalistas críticos, que no lo están, es si las nuevas hipótesis son conjeturas libres o si se forman por un proceso de inferencia o razonamiento, por muy vagamente articulado que sea. Aquí puede haber lugar para que se presenten muchas confusiones; pues, como hemos visto, Peirce llamó a la abducción un proceso de razonamiento y más adelante, en la misma sección, utilizó el término conjeturas para referirse a las hipótesis científicas (“el hombre… no puede dar ninguna razón exacta de sus mejores conjeturas”). Convengamos, entonces, en que las inferencias se ven limitadas por reglas, mientras que las conjeturas no. Pero hay otra grave ambigüedad en relación con el término abducción; y es que éste, en ocasiones, no se utiliza para referirse al proceso de invención sino para referirse al proceso de selección de una hipótesis entre hipótesis que ya han sido formuladas y examinadas. La abducción en este sentido, más conocida como inferencia a la mejor explicación, es posterior a la evaluación empírica y no pertenece propiamente a una lógica del descubrimiento; en tanto que, en realidad, entendida como inferencia, la abducción es abductivamente inaceptable, del mismo modo que la inducción es inductivamente inaceptable (Popper 1971, § 6) puesto que existe una explicación mucho mejor de cómo crece nuestro conocimiento. En esto consiste el racionalismo crítico.
Este es el momento apropiado para ser más explícito sobre el racionalismo crítico y para explicar por qué éste no tiene nada que ver con la abducción como proceso de inferencia, a pesar de la importancia que da a las hipótesis explicativas (Popper 1957b, Deutsch 2011, Capítulo 1). Dada la frecuencia con que ha sido expuesto el racionalismo crítico, tanto por el mismo Popper como por aficionados (que es mi caso) y por antagonistas, se puede ver como exagerado dedicar un espacio aquí para exponer sus ideas centrales; sin embargo, lo cierto es que el racionalismo crítico, una y otra vez, ha sido interpretado como incorporando tendencias justificacionistas, tendencias que son innecesarias y no deseables, a pesar de que algunas de éstas puedan sustentarse en ciertos planteamientos de Popper (ejemplo: en sus discusiones sobre la verosimilitud de 1972, Capítulo 2, § 7, y de 1983, parte I, § 2, que se discuten brevemente en la p. 126 de mi 2006). En el Capítulo 2 de mi (1994) reprobé muchas de las críticas que dicen que el racionalismo crítico (o falsacionismo) en su aplicación a las ciencias empíricas, no puede dejar de apelar a la inferencia inductiva o a un principio de inducción y, que por lo tanto, es un fracaso. Por otro lado, algunos autores, influenciados por Lakatos y alentados por las declaraciones más conciliadoras de Popper sobre su posición, han confeccionado crudas versiones del racionalismo crítico, enriquecidas con sabores justificacionistas (que, para mi gusto, son desagradables). En la misma medida, opositores y defensores “son, a mí juicio, testigos inconscientes…de la originalidad de [Popper], pues [ahora] no logran captar… su idea principal”*, como el mismo Popper (1945, Capítulo 2, nota 2) escribió sobre quienes menospreciaban la novedad de la doctrina de Heráclito del flujo universal.
El espíritu del racionalismo crítico puede condensarse en tres principios, aunque haya otros aspectos secundarios importantes, como el reconocimiento de que las buenas hipótesis resuelven auténticos problemas:
a) Las hipótesis pueden ser libremente conjeturadas, como Whewell dijo. Incluso, si existe algún procedimiento para inferir hipótesis a partir de los hechos, tales inferencias no son necesarias.
b) Es obligatorio hacer el mayor número de intentos posibles para rechazar una conjetura, deduciendo consecuencias de ella que entren en conflicto con los hechos, o de otra manera éstas se revelan como insuficientes.
c) Las conjeturas que no son rechazadas siguen siendo aceptadas. No son necesarias medidas adicionales, excepto las comprobaciones adicionales. Incluso si la “confirmación” es posible, ésta no cumple ninguna función.
De acuerdo con esta posición, la ciencia realmente consiste en poco más que conjeturas positivas controladas por refutaciones negativas. La inducción y la abducción no desempeñan ningún papel en la dialéctica febril. La importancia de cada uno de estos principios es: de (a) que la inducción y la abducción no son necesarias en el ámbito de la invención; de (b) que la deducción es necesaria en el ámbito de la evaluación; y de (c) que la inducción y la abducción tampoco son necesarias en el ámbito de la evaluación. Nada le sucede a una conjetura que sobrevive a duras contrastaciones, pues en tal caso ésta no está confirmada, ni mejorada ni soportada. Al contrario, el razonamiento juega un gran papel en la demolición de conjeturas, pero no en su elaboración. El racionalismo crítico hace gala de las dos partes de su nombre: racionalismo y crítico.
Aunque el racionalista crítico espera identificar entre las hipótesis explicativas disponibles la que mejor explica los fenómenos en el dominio objeto de investigación, esto no lo inferirá no deductivamente a partir de la evidencia empírica, sino que intentará focalizar la atención en dicha hipótesis mediante la descalificación de las hipótesis competidoras. Cuanto más empirista sea el racionalista crítico, el tipo de descalificación que mejor suscribiría sería la refutación empírica, en lugar de objeciones metafísicas u otras andanadas críticas. (Nota que nada de lo dicho en este escrito debe tomarse como una recomendación para suscribir un empirismo puro). En caso de que más de una hipótesis explicativa escape a la refutación, el racionalista crítico considerará su proyecto como inacabado. Desde este punto de vista, el recurso a una inferencia no demostrativa para completar el trabajo parece una estafa antiempirista. Como Russell observó, el empirismo se ve amenazado por una demanda impaciente por la finalidad. Lo que Russell no comprendió claramente fue que tanto el empirismo como el racionalismo pueden salvarse desechando la justificación.
Muchos autores han pensado que se deja demasiado a la casualidad si el origen de las conjeturas se le deja a la imaginación desenfrenada e indisciplinada. Peirce, por ejemplo, preguntó (1903):
Pero, ¿cómo es que toda esta verdad [de la ciencia] ha sido iluminada por un proceso en el que no hay compulsión ni tendencia a ella? […] ¿Esto ha sido por casualidad? Considérese la multitud de teorías que podrían haber sido sugeridas […] Un físico se encuentra con un fenómeno nuevo en su laboratorio […] Piénsese en los trillones de trillones de hipótesis que se pudieron formular, de las cuales sólo una es verdadera. Y sin embargo, después de dos o tres o, a lo sumo, una docena de conjeturas, el físico se aproxima a la hipótesis correcta. No habría sido probable que lo hiciera por casualidad, ni si quiera en todo el tiempo transcurrido desde que la tierra se solidificó. Vosotros podéis hacer tal o cual relato psicológico genial de la cuestión, pero dejadme deciros que toda la psicología del mundo dejará el problema lógico tal y como estaba […]Vosotros podéis decir que la evolución explica el asunto. No me cabe duda de que esto es evolución; pero cómo explicar la evolución por casualidad, si no ha habido tiempo suficiente.
Es bastante cierto que las conjeturas no se producen al azar o completamente a merced del azar; pero tampoco la evolución. Las conjeturas son ciegas. Incluso la tesis que dice, más o menos, que lo que se conoce no implica nada acerca de lo que no se conoce, a mucha gente especialista en un campo le parece excesiva. Les disgusta bastante que se les diga que las ideas brillantes que han producido con tanto esfuerzo no son más que conjeturas ciegas, aunque, tal vez, brillantes. De manera inexplicable, ellos valoran más el peso de su aprendizaje arraigado que la chispa de su libre imaginación. Los objetores dicen que las nuevas hipótesis pueden ser conjeturas, pero no son meras conjeturas; ellas son conjeturas informadas o educadas. Quine lo expresó de esta manera: “Saltar a conclusiones precipitadas hace parte de nuestra forma de vida diaria pero saltar a conclusiones razonables es la forma de vida del científico ocupado…” (1986: 332). Pero las conjeturas informadas también pueden ser ciegas. Las conjeturas anteriores, que no son menos ciegas y que han sobrevivido a la investigación crítica a la que han sido expuestas, son las que informan a las conjeturas informadas. Es decir, estas son conjeturas que son informadas por el conocimiento conjetural, pero ciego a lo desconocido; en otras palabras, ciego a lo que va más allá de las conjeturas anteriores. Como sabiamente declaró Campbell (1974: 422): “Al ir más allá de lo que ya se sabe, uno no puede dejar de ir a ciegas. El ir sabiamente, indica sabiduría ya lograda de alguna clase general”. En realidad, algunas conjeturas cuando son examinadas pueden resultar siendo implicadas por lo ya conocido; y, en consecuencia, nuestro conocimiento objetivo no avanza. Incluso, este es un caso de la guía ciega de lo ciego (Miller 2005b: 79).
Las conjeturas no tienen ningún componente racional. Como audazmente afirmó Peirce, en el pasaje citado en la sección § 2 anterior (p. 5): “En absoluto, ninguna razón puede darse para ello…, y no se necesita ninguna razón, ya que sólo ofrece sugerencias”. El descubrimiento, ya sea científico o no, es racional en la medida en que utiliza el razonamiento para exponer los errores de estas sugerencias. Popper dijo más o menos lo mismo en “Retorno a los presocráticos” (1958) § xii, aunque para esa época él conocía muy poco de la filosofía de Peirce: “Sólo hay un elemento de racionalidad en nuestros intentos por conocer el mundo: es el examen crítico de nuestras teorías. Estas teorías son conjeturas”*. Este hecho también genera mucha inquietud. Por ejemplo, Bernays (1974) § 14, después de haber citado las mismas palabras, añadió que “parece que… [en estas palabras] existe la suposición tácita de que la racionalidad debe conocer”, y llama a una ampliación del papel de la razón más allá del proceso crítico. En el documento de Bernays, no encuentro ningún argumento sustancial en contra de la idea de que las conjeturas no involucran ningún razonamiento, y esto es lo que, seguramente, Popper tenía en mente. La respuesta de Popper fue respetuosa, pero rechazó la suposición atribuida a él. Concedió sólo que las conjeturas cuentan con la crítica racional; cuyo propósito se cumple sólo si los enunciados criticados son mantenidos como conjeturas (1974b § 28.IV).
Supongo que no está en discusión que las conjeturas y las refutaciones están estrechamente entremezcladas. En lo que pueden diferir la posición racionalista crítica de que las conjeturas puras no contienen ningún elemento de razonamiento y la opinión popular puede ser sólo en relación con el nivel en el que las conjeturas sucesivas se analizan y se individualizan. Las conjeturas inconscientes que son condenadas en juicios sumarios y eliminadas de la contienda sin ser totalmente formuladas, se harán invisibles en la etapa de comenzar a escribir. Sobre este punto, véase el comentario que hace Popper sobre la facilidad con que, evidentemente, Russell redactó sus manuscritos (1978: 245) su informe anecdótico sobre el método de trabajo de Einstein (ibídem) y la afirmación de que fue la “actitud crítica deliberada [la que]… hizo posible que Einstein rechazara, de forma rápida, cientos de hipótesis como inadecuadas antes de examinar una u otra de manera cuidadosa para ver si era capaz de hacer frente a las críticas más severas” (1966 § XXI). El descuido por lo que no se escribe nunca es la única excusa, aparte de un desconocimiento profundo del trabajo matemático, para no reconocer que en “las nuevas pruebas matemáticas está primero la idea intuitiva e imaginativa de cómo podría avanzar la prueba y luego viene la comprobación crítica de las diversas etapas de la prueba —una revisión crítica que revela, por lo común, que la prueba no es válida” (Popper 1974b § 28.IV).
Algunas veces, el racionalismo crítico es conocido, más brevemente, como deductivismo; este no es un mal nombre para una doctrina que sostiene que todas las inferencias genuinas son deductivas. Sin embargo, aquí evité el término, ya que varios autores han extendido aún más la hegemonía de la lógica deductiva e, incluso, han interpretado como producto del razonamiento deductivo las conjeturas desde las cuales, según los racionalistas críticos, comienza el desarrollo del conocimiento. Según Worrall (1995: 91):
El hecho es que los científicos no simplemente conjeturan sus teorías; ellos no hacen conjeturas popperianas “audaces”. En su lugar, si bien no hay duda que los científicos involucran la intuición y la creatividad en la obtención de sus teorías, la manera como lo hacen puede ser reconstruida como un argumento sistemático y lógico, basado en los éxitos anteriores de la ciencia y en partes de “conocimientos de fondo”, que se asumen como premisas… [Pero] incluso, en ausencia de un análisis general de la construcción de teorías, no es difícil demostrar, examinando los detalles de episodios históricos particulares, que tal análisis tiene que existir.
De hecho, es un misterio para mí cuál es el significado de la tesis de Worrall. No hay ninguna duda de que hipótesis que no han sido previamente formuladas pueden, en ocasiones, ser incorporadas en una red deductiva compuesta por “éxitos anteriores de la ciencia y partes de conocimiento de fondo”. Esto ocurre muy a menudo en las matemáticas modernas, en donde la mayor parte de este tipo de hipótesis puede integrarse en la teoría axiomática de conjuntos. Pero esto no puede ser la norma, ya que la red deductiva (o uno de sus antepasados) debe haber sido una de esas “conjeturas popperianas audaces” que han escapado a la atención de Worrall. Tampoco cabe duda de que, como hemos visto, el trabajo necesario para encajar una hipótesis en la “estructura ya existente de las doctrinas científicas” (Popper 1934, prefacio) es más “ensayo y error, experimentación, conjeturas” (Halmos 1985: 321) que “un argumento sistemático y lógico”. Las doctrinas anteriores controlan a las posteriores tanto como la orilla de un río controla su flujo; ellas no las dirigen, pero las redirigen. No niego el valor histórico y científico de desenredar las conexiones de esta manera, pero me resisto a la conclusión de que la organización deductiva del artículo terminado revela la lógica de su descubrimiento.
Otra actividad en la que a menudo se hace un esfuerzo excesivo por imponer una estructura deductiva en partes difusas de la conversación y la escritura es el culto educativo conocido como pensamiento crítico o lógica informal. La principal tarea asignada a quienes estudian el “pensamiento crítico” (considero que el nombre debe ser permanentemente confinado dentro de unas comillas despectivas) es la de identificar y reparar lo que se consideran argumentos incorrectos; lo cual significa, a menudo, identificar premisas suprimidas u omitidas para restaurar la validez deductiva. Pero rara vez se reconoce que, considerados objetivamente, los pasajes sospechosos pueden no ser argumentos en absoluto, incluyendo los incorrectos, a pesar de que tengan conectores tales como si, así y porque. Ya que se admite que las supuestas conclusiones están seriamente desconectadas de las premisas supuestas, seguramente es mejor considerar estas conclusiones como simples conjeturas; y el sabor argumentativo, de haberlo, será dado, en su lugar, por palabras tales como menos, pero y a pesar de, las cuales indican que hay en juego reservas y consideraciones negativas. Por lo tanto, desde un punto de vista objetivo, el “pensamiento crítico” está triplemente mal concebido (Miller 2005a). En primer lugar, se interpretan erróneamente las conjeturas como conclusiones de entimemas; en segundo lugar, la atención crítica no se dirige a lo que una conjetura dice sino al espurio argumento que supuestamente se ha reunido para apoyarlo; y en tercer lugar, se crea la impresión de que todo iría bien si el argumento se hiciese deductivamente válido. En breve, el “pensamiento crítico” equivoca tanto el propósito como el poder de la crítica. Después de todo, la única función de la argumentación (excepto, posiblemente, en las matemáticas) es que nos ayude a averiguar qué es verdadero (o digno o sabio o prudente) y qué no lo es. Un argumento inválido que busca justificar su conclusión, a pesar de ser provocador, merece ser ignorado; ya que no nos dice nada acerca de lo que queremos saber, esto es, el valor de verdad de la conclusión. Incluso, si las otras premisas no están en disputa, la “premisa faltante”, que impone la validez al argumento, no da ninguna orientación, ya que el valor de verdad de la conclusión estará a nuestro alcance solamente cuando esta nueva premisa sea aprehendida como verdadera. Musgrave tiene razón en que “[n]o todo argumento [inválido] debe considerarse como un argumento al que le falta una premisa” (ibídem: 206) y también en que “[l]a lógica deductiva se verá privada de cualquier función crítica” si todos los argumentos inválidos se interpretan como entimemas; pero en el último caso tiene razón sólo si la tarea infructuosa de criticar argumentos no se distingue de la tarea fructífera de criticar sus conclusiones.
En el § 3 anterior propuse que debemos usar el término inferencia sólo para aquellas transiciones a nuevas hipótesis que están restringidas, de alguna manera, por reglas; y también reconocer que otras transiciones quedan mejor consideradas como conjeturas. He tenido el cuidado de no decir que las reglas de inferencia no-demostrativas (inductivas o abductivas) no pueden formularse, ya que es innegable que pueden serlo. Igualmente es fácil formular reglas contrainductivas que permitan inferir de un informe, en el que todas las instancias encontradas de X han sido seguidas por Z, la conclusión de que no hay instancias futuras de X que serán seguidas por Z. Ya que un agente podría, por supuesto, dejarse guiar por reglas inductivas y una máquina podría estar diseñada para trabajar de acuerdo con ellas, tenemos que indagar la cuestión de si la factibilidad de dichas máquinas inductivas, como las podemos llamar, contradiga el punto de vista de Popper de que la inducción no existe lógica ni psicológicamente. Porque según Gillies (1996: 53) al informar sobre “los avances en las máquinas de aprendizaje”, este punto de vista “no puede mantenerse a la luz de programas como ID3 o GOLEM que hacen inferencias inductivas basadas en muchas observaciones y han resultado ser una parte del procedimiento científico”.
Sin negar el ingenio que sin duda hubo en el diseño de estos programas y otros, creo que debemos adoptar una perspectiva cauta sobre la importancia metodológica de tales afirmaciones. En primer lugar, como Tamburrini (2006: 268) ha argumentado en su cuidadoso estudio de esta cuestión:
En inteligencia artificial, las investigaciones sobre sistemas de aprendizaje no obligan a renunciar al escepticismo radical de Popper hacia la inducción. Para comprender adecuadamente los resultados tanto en las teorías del aprendizaje como en las máquinas de aprendizaje no se requiere ninguna apelación a supuestos principios de inducción, los cuales proporcionarían una justificación parcial de las hipótesis que efectivamente se generan sobre la base de los datos disponibles por parte de los agentes computacionales.
Tamburrini dice, a continuación, que “el comportamiento inteligente exhibido por los sistemas de aprendizaje puede ser explicado adecuadamente en términos de procesos de ensayo y error-corrección”. De modo que si aquí algo es calificado de inductivo, no es regulativo, por lo tanto, en el sentido del § 1 de arriba. En segundo lugar, debemos notar una característica inevitable de todos los enfoques que introducen reglas para generar hipótesis o inferir conclusiones: es decir, que la hipótesis de que la regla sea apropiada para la situación en la que se adopta no está comprendida en el ámbito de la regla, y por lo tanto, si no es una conjetura ciega, ésta debe ser generada o inferida por alguna otra regla. He señalado, en otra parte, que adoptar una regla para tomar decisiones no aísla a la decisión tomada de la incertidumbre inherente al dilema que toma la decisión necesaria. El resultado de la decisión sigue siendo incierto, por supuesto, pero eso no es lo que quiero decir; ya que la conveniencia de atenerse a la regla no es menos incierta. En la filosofía bayesiana, por ejemplo, es casi un axioma que tomar decisiones correctas es tomar decisiones de acuerdo con la regla de Bernoulli de maximizar la utilidad esperada. Sin embargo, la regla de Bernoulli no es una “regla de la racionalidad” incontestable, sobre todo si las probabilidades involucradas son subjetivas, y la decisión de guiarse por esta regla puede ser suscrita sólo por el juicio, totalmente conjetural, de que se trata de una regla adecuada para usar (Miller 1998, § 1).
En el camino hay una cantidad no despreciable de la actividad de ensayo y error, pero los resultados arrojados por ID3, el cual “trata de inducir reglas de clasificación” (ibíd: 33) y GOLEM, que está diseñado para inducir generalizaciones (41-44) no son implicados deductivamente a partir de los datos de entrada. Estos y otros programas, en efecto, hacen inferencias inductivas. Cada programa incluye una regla de inferencia, y se informa que las inferencias que han sido autorizadas por la regla son inferencias correctas, en cierto sentido acordado. Esto no quiere decir que todas las conclusiones han sido verdaderas, o precisas, sino que (supongo) sólo la mayor parte de ellas han tenido éxito. Hasta el momento no hay ningún problema real. Pero si hay una hipótesis en la que la propia regla es una regla correcta que sigue autorizada, en el futuro y en nuevas áreas, para hacer inferencias correctas, esta hipótesis no ha sido obtenida mediante el uso de la regla. Así, el argumento de Hume no es tan fácilmente pasado por alto. Si no existe una hipótesis tal, entonces los éxitos apuntados por las reglas no son más que una curiosidad interesante de la historia.
La posibilidad de que las máquinas inductivas tengan éxito cuando las condiciones son favorables fue explicada por el mismo Popper al final del § V de (1957a) y con más detalle en § 13 de la Parte II de (1983). La máquina de Popper genera un flujo de datos (una sucesión de bolas de diferentes materiales y colores) y utiliza lo que él llama la regla inductiva simple (a veces llamada la regla recta) para inferir, a partir de las frecuencias observadas de los diferentes sucesos, las probabilidades de su ocurrencia y, si hay alguna válida, las generalizaciones universales. Por ejemplo: “[La máquina] puede descubrir, de este modo, que la probabilidad de que a un par de cobre-acero le siga un suceso de cobre o un par de acero-cobre, o cualquier terno, excepto un terno acero-acero-cobre, es cero… La máquina ha descubierto la “ley” de que los sucesos acero tienden a ocurrir… en una sucesión exactamente de tres”* (1983, p. 322). Popper señala que se asume en la construcción de la máquina que el mundo a ser investigado es tal que “la regla inductiva simple puede aplicarse con éxito a éste”. Como sabemos por el juego Rojo o Azul (explicado en ibídem, Parte II, § 8) esta condición no es trivial. Popper (1983: 322) concluye:
Nunca he dicho que […] no podamos utilizar con éxito la regla inductiva simple, si las condiciones objetivas son apropiadas. Pero sí que afirmo que no podemos descubrir por inducción si las condiciones objetivas son apropiadas o no para el uso de la regla inductiva simple […] los arquitectos de la máquina […] debemos decidir qué es lo que constituye su “mundo”; qué cosas han de ser sus sucesos individuales […] que constituye una repetición.
Por supuesto, es posible construir una máquina con la función de aprender sobre el mundo, pero sin ninguna idea de las condiciones bajo las cuales se supone ella funciona. Es imposible evaluar la eficacia de tal máquina, a menos que sea exitosa en todas las condiciones. Sabemos que las máquinas inductivas no funcionan así. Si la pretensión de tener una máquina exitosa es digna de consideración, es esencial, por lo tanto, que el diseñador de la máquina especifique su campo de aplicación. El punto que Popper subraya es que la máquina inductiva en sí misma no nos puede ayudar a descubrir las condiciones en las que trabaja, aunque podría ayudarnos a descubrir las condiciones bajo las cuales se bloquea. Detrás de cada máquina inductiva o regla de inferencia inductiva exitosa hay una conjetura desmesurada. Cuanta más precisión tengamos de las condiciones necesarias y suficientes para la operación exitosa, más cerca estamos de una explicación deductiva de lo que la máquina hace.
Tamburrini hizo el mismo diagnóstico de ID3: si las “presuposiciones… o los sesgos arraigados en ID3 de verdad (lo cual determina tanto el lenguaje para expresar los conceptos y la construcción de árboles de decisión)…pueden ser adecuadamente expresados en forma declarativa, entonces un algoritmo para el aprendizaje de conceptos, tal como ID3, puede redescribirse como un probador de teoremas” (ibídem § 4). Gillies tenía dos respuestas para esto (2009, p. 107). La primera respuesta expresa dudas no muy precisas acerca de que ID3 pueda redescribirse así en la práctica; así, esta respuesta puede ignorarse. La segunda respuesta afirmaba que ID3:
redescrito como un probador de teoremas, sería mucho más complicado que el ID3 original, el cual fue presentado como un sistema de aprendizaje inductivo. ¿Por qué debemos introducir toda esta complicación innecesaria, que nunca sería adoptada en la práctica? [Si] permitimos la introducción de reglas de inferencia inductivas, obtenemos simples sistemas de inducción computacionales que tienen éxito en la práctica […] [Si] permitimos sólo reglas deductivas […] nos vemos obligados a tratar de transformar estos sistemas en probadores de teoremas que sean equivalentes […] Esta es una tarea difícil, probablemente imposible, que añade complejidad sin ganancia práctica.
