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Vivir parece fácil, pero no lo es tanto. Tiene un comienzo involuntario, una duración impredecible y un final que no solemos elegir. Surgen obstáculos, que controlamos solo en parte, y exige desafíos que ayuden a superar el vacío de la monotonía y el agobio, y llenen de sentido la existencia. Este libro reúne a 37 profesionales de la salud mental, filósofos y educadores, que buscan dar respuesta a cuestiones de enorme actualidad: relación entre mente y cerebro, libertad, identidad, el papel del padre y de la madre, exclusión social, acogida, infancia, adolescencia y vida plena, sufrimiento, envejecimiento y muerte, soledad, culpa y perdón, amor y sexualidad, agresividad y violencia, terapias psicológicas, ansiedad y estrés, perfeccionismo, depresión y suicidio, trastornos alimentarios, etc. Un libro que ayuda a vivir, y también a aconsejar.
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Seitenzahl: 539
Veröffentlichungsjahr: 2022
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JAVIER CABANYES TRUFFINO
(Editor)
FRÁGILES
Desafíos en la salud mental y social
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2022 by JAVIER CABANYES TRUFFINO (ed.)
© 2022 by EDICIONES RIALP S. A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
Preimpresión y realización eBook: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-6113-1
ISBN (edición digital): 978-84-321-6114-8
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra
A todos los que buscan conocer mejor al ser humano, sufren con sus penalidades y se gozan con sus alegrías
Importante es lo que siempre es
Robert Spaemann
Sobre Dios y sobre el mundo
Quien solo sigue a otros, no sigue ninguna causa,
no encuentra ninguna causa
y ni siquiera busca causa alguna
Michael de Montaigne
Ensayos
No hay montaña difícil de subir
cuando en la cumbre hay un amigo
Proverbio keniano
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
DEDICATORIA
CITAS
RELACIÓN DE AUTORES
PRESENTACIÓN. RESPUESTAS A ALGUNAS PREGUNTAS
1.SALUD MENTAL. UN ENFOQUE PSICOSOMÁTICO PARA EL SIGLO XXI. Manuel Álvarez Romero
Introducción
Salud y enfermedad
El enfermar psicosomático
Aspectos terapéuticos: pastillas y palabras
Bibliografía
2. MENTE Y CEREBRO. RELACIONES Y LÍMITES. José Manuel Giménez Amaya y José Angel Lombo
Introducción
Acercamientos a la cuestión
La perspectiva de la ciencia experimental
La tradición aristotélico-tomista
El problema de la conciencia y los trastornos neurales
Conclusiones
Bibliografía
3. LIBERTAD PERSONAL. CONDICIONAMIENTOS Y AUTODETERMINACIÓN. José María Barrio Maestre
Concepto de libertad
La libertad de albedrío
Condicionamientos de la libertad electiva
Ejercicio y desarrollo de la libertad: la responsabilidad
Libertad y autonomía
Libertad y verdad
Bibliografía
4. CULTURA(S) E IDENTIDAD. DIFERENCIAS Y TOLERANCIA. David Reyero García
El problema de la cultura
Formas tradicionales de enfrentar la diferencia cultural y sus límites
Por otro concepto de cultura
Lo natural, lo cultural
El principio de tolerancia frente a la diferencia cultural
Bibliografía
5. COMUNICACIÓN SOCIAL. VIDAS ONLINE Y OFFLINE: UN NUEVO MODELO DE COMUNICACIÓN. Pilar Escotorín Soza y Daniela Lazcano-Peña
Introducción
Vidas online
Comunicacionalmente hablando: de dónde venimos y dónde estamos
Comunicación interpersonal en la era digital
Revolución triple
Una vida dual
¿Y ahora qué?
Bibliografía
6. PERSONAS E INSTITUCIONES. RELACIONES Y VINCULACIONES. Aquilino Polaino-Lorente
Introducción
Dialéctica del individuo y las instituciones
Una relación asimétrica
Reajuste desde la asimetría
La institución y su staff directivo
El crecimiento de la libertad de los que obedecen al gobierno
El curso inexorable de la historia
Bibliografía
7. DIMENSIÓN ESPIRITUAL DE LA PERSONA. IMPLICACIONES EXISTENCIALES Y EN LA SALUD MENTAL. Francisco Javier Insa Gómez
Noción de espiritualidad
Confluencia de espiritualidad y psicología: la autotrascendencia
Religión y salud mental
Riesgos de la religión para la salud mental
Conclusiones
Bibliografía
8. PERSONA Y FAMILIA. RELACIONES Y RETOS. Mercedes Haydon Lamberti
Introducción
Pilares fundamentales en la familia
Relaciones familiares
Diversidad familiar
Retos y riesgos en las familias del hoy
Conclusiones
Bibliografía
9. PATERNIDAD Y MATERNIDAD. EL PADRE, LA MADRE Y VICEVERSA. Alfonso Paredes Pérez
Panorama actual
Convertirse en padre
Un padre heroico
Una madre que todo lo puede
10. FAMILIAS EN EXCLUSIÓN SOCIAL. PAUTAS PARA SU INTEGRACIÓN. Laura Vargas Villalobos
Introducción
Familias en situación de pobreza y exclusión social
Vulnerabilidad social
La familia y la inclusión social
La prevención positiva y el fortalecimiento de las habilidades
Conclusiones
Bibliografía
11. ACOGIDA EN LA FAMILIA. ACOMPAÑANDO EN LA ACOGIDA. María García Arias
Introducción
Motivos y fines
Acompañando en la familia
Acompañando mientras se educa en la acogida
Bibliografía
12. EDUCACIÓN EN LA INFANCIA. RETOS Y ORIENTACIONES. Araceli del Pozo Armentia
La educación hoy
Necesidad de la educación: educabilidad
La educación y la atención de la primera infancia (EAPI): evolución
Riesgos y amenazas a la infancia
Algunas pistas en la educación infantil
Bibliografía
13. ADOLESCENCIA. CONTEXTO SOCIOCULTURAL Y SALUD MENTAL. Mercedes de Lucas Collantes
Introducción
Identidad
Autonomía
Desarrollo de competencia emocional, social y conductual
Bibliografía
14. VIDA PLENA. AUTOCONOCIMIENTO Y MADUREZ. Joan de Dou Playá
Introducción
Madurez y trascendencia
Autoconocimiento
¿Cómo autoconocerse?
Temperamento y carácter
Modelar el carácter
Inteligencia emocional y virtudes
Cosas, ideas y personas
Bibliografía
15. SUFRIMIENTO. CONTRADICCIÓN Y PARADOJA. Agustín Melián García y Javier Cabanyes Truffino
Triste realidad
Dimensiones y formas
Aceptación
Afrontamiento
Bibliografía
16. ENVEJECIMIENTO Y MUERTE. FACTORES SOCIOCULTURALES Y AFRONTAMIENTO. Manuel Sánchez Pérez
Concepto de vejez
Transformaciones socio-sanitarias
Envejecimiento: actitudes y cambios
La perspectiva de la muerte
Afrontar la muerte
Bibliografía
17. SOLEDAD. ESTAR Y SENTIRSE SOLO. Javier Cabanyes Truffino
Concepto
Uno y los demás
Formas de soledad
Variables personales
Variables socioculturales
Grados de soledad
Manifestaciones y afrontamiento
Bibliografía
18. CULPA Y PERDÓN. DOLOR Y LIBERACIÓN. Javier Schlatter Navarro
Culpa y arrepentimiento
Qué es el perdón
Las características del perdón
El proceso del perdón
Cualidades del que perdona
Actitudes morales que nos disponen a perdonar
Aspectos culturales
El perdón en las principales religiones
Otros aspectos del perdón
La petición de perdón
El perdón y la salud
Bibliografía
19. AMOR Y SEXUALIDAD. NEXOS Y DIFERENCIAS. Joaquín Muñoz Creus e Isabel Llanes Bermejo
Introducción
La sexualidad humana
El concepto de amor
Amor y actividad sexual
Nuestra cultura actual
Antropología personalista y salud mental
Bibliografía
20. AGRESIVIDAD Y VIOLENCIA. UNA PERSPECTIVA SISTÉMICA. José Ignacio del Pino Montesinos
Concepto de agresividad y violencia
Epigenética
Perspectiva sistémica familiar
La persona violenta
Epílogo
Bibliografía
21. REALIDAD Y FICCIÓN. UNIVERSOS PARALELOS, CONVERGENTES Y DIVERGENTES. Javier Cabanyes Truffino
Introducción
Realidad y existencia
Objetividad y subjetividad
Imaginación y fantasía
Ficción y virtualidad
Temporalidad
Realidad y psicopatología
Bibliografía
22. EL TRASTORNO MENTAL. LÍMITES Y CONSECUENCIAS. Manuel Bousoño García y Ángel García Prieto
Conceptos
Dificultades en la delimitación de la normalidad
Características del trastorno mental
Causas y factores
Tipos de trastornos
Tratamientos
Sociedad enferma
Bibliografía
23. PSICOTERAPIA. INTERVENCIÓN EN LA SALUD MENTAL. Daniel Merino Luna
Introducción
Concepto integral de salud mental
Dificultades en la vida
Papel de la psicoterapia
Motivos para una psicoterapia
Tipo de psicoterapia
Bibliografía
24. ESTRÉS Y ANSIEDAD. FACTORES, DIMENSIÓN Y AFRONTAMIENTO. Manuel Barceló Iranzo
Definición de estrés
Definición de estresor
Acontecimientos vitales estresantes
Bases científicas del estrés
Activación emocional normal y patológica
Personalidad tipo A
Transición del estrés a la ansiedad
Influencia del estrés y la ansiedad en otras enfermedades
Consejos para la prevención del estrés y la ansiedad
Bibliografía
25. PERFECCIONISMO. CARACTERÍSTICAS Y CONSECUENCIAS. Domingo García-Villamisar
Introducción
Perfeccionismo y personalidad
Perfeccionismo y salud mental
Relaciones interpersonales
Cómo superar el perfeccionismo
Bibliografía
26. PERSONALIDADES DIFÍCILES. CONVIVENCIA PROBLEMÁTICA. Raúl Franco Mora
Introducción
Personalidad histriónica
Personalidad narcisista
Personalidad límite
Personalidad antisocial
Pautas educativas y de formación
Bibliografía
27. DEPRESIÓN Y SUICIDIO. ESA EPIDEMIA SILENCIOSA. Ernesto Aviñó Navarro
Introducción
Depresión
Suicidio
Prevención
Bibliografía
28. ADICCIONES A DROGAS. FACTORES, PROCESOS Y TRATAMIENTO. Félix Reina Galán
Introducción
Situación actual
Consumo de drogas en adolescentes
Qué es una adicción
Factores socioculturales
Implicaciones psicológicas de la adicción
Tratamiento de la adicción
Bibliografía
29. ADICCIONES COMPORTAMENTALES. CAUSAS, CONSECUENCIAS Y MANEJO. Pedro Antón Fructuoso
Introducción
Factores implicados
Procesos y fases
Tipos de adicciones comportamentales
Intervención terapéutica
Bibliografía
30. ADICCIÓN AL SEXO. NUEVAS RESPUESTAS. Alejandro Villena Moya y Carlos Chiclana Actis
Introducción
Bases antropológicas
Implicaciones psicológicas
Factores implicados
Retos actuales
Psicopatología
Prevención y tratamiento
Conclusiones
Bibliografía
Enlaces de interés
31. ANOREXIA NERVIOSA. DISTOPÍA DEL SIGLO XXI. Montserrat Giner Lladós y Enrique Armengou Orús
Introducción
Teoría estratiforme
Modelo transdiagnóstico
¿Qué hay de fondo?
Claves de resiliencia para el adolescente
32. CUIDAR Y SER CUIDADO. SITUACIÓN Y TAREA HUMANA. Enrique Berrocal Valencia
Cuidar como tarea humana
Cuidador informal
La persona objeto de cuidado
La actividad de cuidar
Experiencia del cuidado
Sobrecarga del cuidador
Prevención de la sobrecarga del cuidador
Apoyos externos al cuidador informal
Conclusión
Bibliografía
33. EL RETO DE VIVIR. AVENTURA APASIONANTE. Javier Cabanyes Truffino
Un reto
Dimensión biológica
Dimensión psicológica
Dimensión social
Dimensión espiritual
Afrontar el reto
Bibliografía
ÍNDICE ANALÍTICO
AUTOR
RELACIÓN DE AUTORES
Álvarez Romero, Manuel
Médico internista.
Presidente de la Sociedad Andaluza de Medicina Psicosomática.
Expresidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática.
Académico correspondiente de la Real e Ilustre Academia de Medicina y Cirugía de Cádiz
Centro Médico Psicosomático. Sevilla.
Antón Fructuoso, Pedro
Doctor en Medicina. Psiquiatra.
Especialista consultor. Hospital Internacional Vithas Medimar. Alicante.
Armengou Orús, Enrique
Médico Psiquiatra. Especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria.
Ita Saludmental. Barcelona.
Director Médico de la Fundación Ayuda y Esperanza.
Profesor en la Universidad Abat Oliba CEU. Barcelona.
Aviñó Navarro, Ernesto
Médico. Psiquiatra.
Unidad Cuidados Psiquiátricos Prolongados (UCPP) Hospital Dr. R. Lafora. Madrid.
Barceló Iranzo, Manuel
Doctor en Medicina. Psiquiatra.
Académico correspondiente de la Real Academia de Medicina de Valencia.
Barrio Maestre, José María
Doctor en Filosofía.
Profesor Titular de la Universidad Complutense. Madrid.
Berrocal Valencia, Enrique
Médico especialista en Medicina Interna.
Hospital Central de la Cruz Roja San José y Santa Adela. Madrid.
Bousoño García, Manuel
Doctor en Medicina. Psiquiatra.
Profesor Titular de Psicología Médica y Psiquiatría. Universidad de Oviedo.
Cabanyes Truffino, Javier
Doctor en Medicina. Neurólogo.
Departamento de Pediatría. Clínica Universidad de Navarra. Sede Madrid.
Colegio Virgen de Lourdes. Majadahonda. Madrid.
Facultad de Educación y Psicología. Universidad de Navarra. Pamplona.
Chiclana Actis, Carlos
Doctor en Medicina. Psiquiatra. Psicoterapeuta.
Director médico Consulta Dr. Carlos Chiclana. Madrid-Sevilla.
Instituto Estudio de las Adicciones.
Profesor de la Universidad CEU San Pablo. Madrid.
De Dou Playá, Joan
Médico. Psiquiatra.
Profesor extraordinario del IESE.
Director de consulta psiquiátrica y psicológica. Barcelona.
De Lucas Collantes, Mercedes
Psicóloga General Sanitaria.
Máster en Técnicas de Psicoterapia. Máster en Bioética.
Consulta de psicología. Madrid.
Del Pino Montesinos, José Ignacio
Médico. Psiquiatra. Psicoterapeuta de Familia y de Sistemas.
Hospital “Virgen Macarena”, Sevilla.
Director General de Salud Mental del Real e Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Sevilla.
Del Pozo Armentia, Araceli
Doctora en Pedagogía.
Profesora del Departamento de Personalidad, Evaluación y Psicología Clínica. Facultad de Educación. Universidad Complutense. Madrid.
Profesora visitante de la Instituto Universitario Sophia. Incisa Valdarno-Florencia, Italia.
Escotorín Soza, Pilar
Doctora en Psicología. Licenciada en Comunicación Social y Periodismo.
Profesora de Lengua y Literatura Hispánica. Profesora de Psicología Evolutiva. Universidad Autónoma de Barcelona.
Co-directora del Laboratorio de Investigación Prosocial Aplicada (LIPA) de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Franco Mora, Raúl
Psicólogo clínico. Logoterapeuta.
Director del Programa Académico de Psicología. Universidad de Piura. Campus Lima. Perú.
García Arias, María
Psicopedagoga. Terapeuta ocupacional. Doctora en psicología.
Directora del gabinete de orientación. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid.
García Prieto, Ángel
Doctor en Medicina. Psiquiatra.
Oviedo.
García-Villamisar, Domingo
Doctor en Psicología.
Catedrático de Psicopatología y Tratamiento Psicológico.
Facultad de Educación. Universidad Complutense. Madrid.
Giménez Amaya, José Manuel
Doctor en Medicina y Cirugía. Doctor en Filosofía.
Profesor de Antropología y Ética. Universidad de Navarra. Pamplona.
Grupo Ciencia Razón y Fe (CRYF) de la Universidad de Navarra. Pamplona.
Giner Lladós, Montserrat
Psicóloga Clínica. Doctora en Psicología. Especialista en psicoterapia por la FEAP. Terapeuta familiar.
Directora del Master de Psicología General Sanitaria. Universidad Abat Oliba CEU. Barcelona.
Haydon Lamberti, Mercedes
Psicóloga infanto-juvenil. Terapeuta de familia.
Barcelona.
Insa Gómez, Francisco Javier
Médico. Psiquiatra. Sacerdote
Profesor de Teología Moral. Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Roma. Italia.
Lazcano-Peña, Daniela
Doctora en Comunicación Social. Licenciada en Comunicación Social y Periodismo.
Académica de la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile.
Directora Proyecto CUVIC - Colectivo Universitario de Vinculación y Comunicación Ciudadana- de Periodismo. Pontificia Universidad de Valparaíso, Chile.
Llanes Bermejo, Isabel
Médico. Máster en terapia de conducta. Terapia de familias.
Girona.
Lombo, José Angel
Doctor en Filosofía.
Profesor de Ética. Facultad de Filosofía. Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Roma. Italia.
Melián García, Agustín
Médico. Psiquiatra.
Las Palmas de Gran Canaria.
Merino Luna, Daniel
Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta.
Profesor Asistente. Programa Académico de Psicología. Universidad de Piura. Campus Lima. Perú.
Muñoz Creus, Joaquín
Médico. Psiquiatra.
Girona.
Paredes Pérez, Alfonso
Abogado. Escritor.
Máster en Matrimonio y Familia.
Oviedo.
Polaino-Lorente, Aquilino
Doctor en Medicina. Psiquiatra.
Catedrático de Psicopatología (jubilado). Universidad Complutense. Madrid.
Reina Galán, Félix
Doctor en Medicina. Psiquiatra. Terapeuta ocupacional.
Director del Instituto Bitácora. Sevilla.
Reyero García, David
Doctor en Pedagogía.
Profesor de Filosofía de la Educación.
Facultad de Educación. Universidad Complutense. Madrid.
Sánchez Pérez, Manuel
Médico. Doctor en Psiquiatría.
Vicepresidente de la Sociedad Española de Psicogeriatría.
Hospital Sagrat Cor. Martorell. Barcelona.
Schlatter Navarro, Javier
Médico. Psiquiatra.
Subdirector del Departamento de Psiquiatría y Psicología Médica. Clínica Universidad de Navarra, sede Madrid.
Vargas Villalobos, Laura
Psicóloga. Maestría en Educación.
Vicedecana del Programa Académico de Psicología. Universidad de Piura. Campus Lima. Perú.
Villena Moya, Alejandro
Psicólogo General Sanitario. Sexólogo Clínico.
Coordinador Unidad de Sexología Clínica y Salud Sexual
Consulta Dr. Carlos Chiclana. Madrid.
PRESENTACIÓN. RESPUESTAS A ALGUNAS PREGUNTAS
UN LIBRO QUE DICE LLAMARSEFrágiles y que pretende apellidarse Desafíos en la salud mental y social requiere, al menos, una explicación. Más aún si se repasa el índice y se revisan los autores.
De entrada, puede sorprender que se entremezclen temas del ámbito de la salud mental, incluyendo algunos trastornos, con otros propios del campo de la educación, unos cuantos que hacen referencia a temas sociales y un grupo que plantea cuestiones antropológicas con claros contenidos filosóficos.
A su vez, el listado de autores pone de manifiesto una diversidad de perfiles profesionales y una procedencia muy heterogénea, al menos, respecto a su ubicación laboral. Así, pues, podrían plantearse preguntas del tipo ¿de dónde sale todo esto?, ¿por qué se plantea esta temática?, ¿para qué se tratan esos temas?
Descartando otras muchas preguntas —incluso la más comprometedora: ¿para qué un libro más sobre la salud mental y la sociedad?—, intentaré dar algunas pistas sobre las tres explícitamente formuladas.
Este libro surge en el contexto de los Encuentros de Psiquiatría Antropológica, unas reuniones, completamente informales, para analizar y discutir temas del ámbito de la psiquiatría desde una perspectiva clínica y antropológica. Estas reuniones las promovió, en los años ochenta del siglo pasado, el ya fallecido psiquiatra Juan Cardona, junto con Joaquín Muñoz y Joan de Dou con la pronta colaboración de Aquilino Polaino. A lo largo de los años, desde diversos puntos de la geografía española y con perspectivas diferentes, nos hemos ido sumando unos cuantos, también interesados en el enfoque antropológico de los problemas psíquicos.
En el contexto de la pandemia, con las limitaciones impuestas por el confinamiento, es donde se ha fraguado el deseo de plasmar en un libro muchas de las cuestiones abordadas en los Encuentros de Psiquiatría Antropológica. La temática del libro podría ser muy diversa, pero se decidió tomar como eje la dimensión social del ser humano y abordar las repercusiones, positivas y negativas, en la salud mental de su estar en la sociedad. ¿El motivo? los importantes cambios sociales que estamos viviendo, en todos los ámbitos —tecnológicos, lúdicos, culturales, relacionales, familiares, grupales, ecológicos, etc.— y su indudable repercusión en los estilos de vida y en las relaciones humanas, con beneficios y riesgos para la salud mental y, diríamos también, para la salud social.
Desde el principio se pretendió que los contenidos no estuvieran muy condicionados por situaciones transitorias, como puede ser la propia pandemia, aunque lógicamente, hay referencias a ella, y abordar, más bien, las tendencias de fondo de nuestra sociedad y sus implicaciones en la salud mental. Tampoco se pretendía hacer un estudio psicosocial, que se nos escapa a la mayor parte de los autores, sino apuntar factores que podrían incidir en la salud mental, particularmente aquellos con expresión clínica. Aún así, la temática podría haber sido mucho más amplia y se echarán en falta cuestiones también interesantes y relevantes, sin embargo, el espacio y el tiempo son limitados y son los mayores condicionantes del índice. Por estos mismos motivos, los temas han sido tratados de forma escueta y limitada con la deliberada intención de provocar el interés por seguir ahondando de la mano de algunas sugerencias bibliográficas.
Por tanto, el por qué es un deseo de compartir lo que a lo largo de los años se ha analizado, discutido y reflexionado en los Encuentros de Psiquiatría Antropológica. Y el para qué tiene una triple intencionalidad: seguir alimentando la reflexión sobre variables de nuestra sociedad que repercuten en la salud mental, resaltar aquellas que parecen ser más positivas para la propia salud mental y alertar sobre las que tienen connotaciones de riesgo para la salud mental y, consecuentemente, revierten negativamente en la propia sociedad.
Lógicamente, bastantes de los autores de este libro participan en los Encuentros de Psiquiatría Antropológica, si bien no todos los asiduos han decidido asumir la elaboración de un capítulo. Al mismo tiempo, otros autores nunca han participado en los Encuentros de Psiquiatría Antropológica, pero tienen una relación profesional y/o de amistad con algunos de los asistentes. En consecuencia, se podría decir que este libro es fruto de estrechas relaciones profesionales, muchas de ellas consolidadas por la amistad, con el denominador común del interés por la persona, donde nada de lo humano nos resulta ajeno, convencidos todos de que cualquier acercamiento a las diferentes facetas del ser humano requiere un enfoque transdisciplinar y multidimensional.
Cada capítulo ha pretendido dibujar un sencillo marco de la cuestión, poner de relieve la relación con las líneas dominantes de la sociedad actual, apuntar los beneficios y riesgos para la salud mental y sugerir algunas pautas de actuación. Sin embargo, el contenido y estilo lo ha marcado cada autor, otorgando al conjunto una heterogeneidad que nos ha parecido enriquecedora.
El libro comienza con un acercamiento a la salud mental, que lleva a cabo Manuel Álvarez desde un planteamiento psicosomático. Le siguen breves reflexiones sobre la relación entre la mente y el cerebro que exponen Juan Manuel Giménez y José Ángel Lombo. A continuación, José María Barrio plantea la cuestión de la libertad humana. Por su parte, David Reyero aborda la cultura como identidad y diferencia. Pilar Escotorín y Daniela Lazcano analizan lo que se considera una nueva modalidad de comunicación social. Aquilino Polaino reflexiona sobre la relación entre la persona y las instituciones y Francisco Insa apunta cuestiones relevantes sobre la dimensión espiritual de la persona.
En el capítulo 8, Mercedes Haydon habla de la persona y la familia y en el siguiente, Alfonso Paredes aborda el papel del padre y de la madre. Laura Vargas analiza el problema de las familias en exclusión social y María García da orientaciones en la tarea de acompañamiento en la acogida.
Por su parte, Araceli del Pozo propone algunas ideas sobre la educación en la infancia; Mercedes de Lucas trata diferentes cuestiones vinculadas con la adolescencia y Joan de Dou analiza el concepto de vida plena.
Agustín Melián y yo hemos procurado estudiar el sufrimiento; mientras que lo relativo al envejecimiento y la muerte lo trata Manuel Sánchez. Así mismo, también intento acercarme al hecho de la soledad y Javier Schlatter aborda la culpa y el perdón. Joaquín Muñoz e Isabel Llanes reflexionan sobre el amor y la sexualidad; José Ignacio del Pino sobre la agresividad y la violencia, y yo intento hacer algunos comentarios sobre la realidad y la ficción.
Desde el capítulo 22 al 31, los temas tratados tienen más connotaciones clínicas. El primero de ellos, a cargo de Manuel Bousoño y Ángel García Prieto, define el concepto de enfermedad mental y sus implicaciones. Posteriormente, Daniel Merino da unas pinceladas sobre diferentes terapias psicológicas útiles en algunos problemas derivados del contexto social. El estrés y la ansiedad lo aborda Manuel Barceló. Algunos problemas relacionados con las maneras de ser, como el perfeccionismo o las personalidades difíciles, lo tratan respectivamente Domingo García Villamisar y Raúl Franco.
Por otro lado, la depresión y el suicidio son abordados por Ernesto Aviñó; y diferentes problemas con un perfil adictivo son tratados por Félix Reina —las drogas—, Pedro Antón —los comportamientos— y Alejandro Villena con Carlos Chiclana —el sexo—. Finalmente, los trastornos de la conducta alimentaria son presentados por Montserrat Giner y Enrique Armengou.
El capítulo acerca de los cuidados de las personas y del propio cuidador lo escribe Enrique Berrocal. Y en el último capítulo pretendo plantear lo que supone el reto de vivir.
Cómo se ve el temario es amplio, quizá demasiado ambicioso, por lo que, necesariamente, se tiene que quedar en apuntar cuestiones, proponer reflexiones y sugerir enfoques. Sin embargo, con que solo algo de esto se logre, todos los autores estaríamos muy satisfechos y enormemente agradecidos.
El que sea posible esta publicación tenemos que agradecerlo a la ayuda y facilidades de Ediciones Rialp y, particularmente, al aliento de su editor y director general Santiago Herraiz.
Por mi parte, agradezco sinceramente a todos y cada uno de los autores de este libro el esfuerzo que han realizado para centrar y condensar cada una de las temáticas y adaptarse a los tiempos, extensión y formato, y por las sugerentes ideas que han vertido en cada capítulo, que son indudable fruto de una sólida trayectoria profesional.
En mi caso, tengo que subrayar mi agradecimiento a cada una de las personas que han participado en alguno de los Encuentros de Psiquiatría Antropológica, especialmente al grupo promotor —Juan, Joaquín, Joan y Aquilino— y aquellos que han fallecido a lo largo de estos años, particularmente, al sociólogo Pablo Carreño y a los psiquiatras Enrique Amat, Pablo de Lucas e Ignacio Basurte.
También quiero dejar constancia que mis aportaciones en este libro son realmente aportaciones de todos porque de todos he aprendido y con todos he fundamentado mejor esos aprendizajes.
Por último, animo a todos los lectores a compartir con nosotros sus reflexiones sobre la salud mental y la sociedad y a recibir de ellos críticas y sugerencias sobre nuestro trabajo.
JAVIER CABANYES TRUFFINO
Madrid, diciembre de 2021
1. SALUD MENTAL
Un enfoque psicosomático para el siglo XXI
Manuel Álvarez Romero
Introducción
El 30 de julio de 2021, en plena celebración olímpica, la gimnasta estadounidense Simone Biles hizo pública su baja en la final por equipos de los Juegos Olímpicos de Tokio debido al problema de salud mental que padecía. Explica que en nuestra sociedad estamos muy acostumbrados a ver a los deportistas lesionarse un músculo, un hueso o no encontrarse bien físicamente para competir, pero, ¿y psicológicamente? El mundo se ha quedado perplejo ante la decisión de interrumpir el ejercicio y la competición admirable e inalcanzable de esta gimnasta de 24 años que hizo pública la importancia de compartir los problemas que puede sufrir un deportista de élite, no solo físicos, sino también mentales, ya que el cerebro también es un como un músculo que puede lesionarse y exige ser tratado. Con sencillez y humildad, dando ejemplo universal, Simone Biles muestra cómo abordó su crisis personal, con valentía y eficacia.
Pasemos ahora, a valorar la relación de nuestra Salud mental con el Cambio climático, tan considerado y estudiado hoy en día. Las conclusiones aportadas por los expertos sobre el valor de esa relación son bastante devastadoras. A menos que las emisiones de gases de efecto invernadero se reduzcan de manera inmediata, rápida y a gran escala, los expertos prevén que limitar el calentamiento a cerca de 1,5º C, será un objetivo inalcanzable. Se dice que no hemos sabido cuidar al planeta y ahora estamos sufriendo las consecuencias. Cada vez hay más olas de calor y sequías, las precipitaciones son más intensas, con sus correspondientes inundaciones, el nivel del mar ha aumentado y estamos siendo testigos del deshielo de los polos y de la acidificación de las aguas. Hemos de preguntarnos ¿afecta todo esto a la salud mental?
La aparición de trastornos mentales tras un desastre natural está bien establecida: depresión, ansiedad, sentimientos de culpa, suicidio, migrañas, trastorno por estrés postraumático, pero ¿puede el mero hecho de ser conscientes de que el clima está cambiando provocar trastornos psicológicos? Los efectos de la temperatura cambiante, de las variaciones en la ionización o en la presión atmosférica, el grado de humedad, etc., están en la base causal de las citadas enfermedades. Y aparecen nuevas formas de malestar psicológico, como la solastalgia o la ecoansiedad, sobre todo entre los más jóvenes.
La ecoansiedad es el temor crónico de un cataclismo ambiental, un estrés causado por observar los impactos aparentemente irrevocables del cambio climático, y la preocupación por el futuro de uno mismo, de los niños y de las generaciones futuras.
La solastalgia, por otro lado, es un neologismo que describe una forma de angustia, estrés mental o existencial causado por el cambio ambiental, haciendo referencia a la angustia causada por la pérdida del medioambiente.
Veamos ahora, las relaciones entre la pandemia y la salud mental. Aumentaron notoriamente los cuadros de ansiedad, insomnio, depresión y dificultades para la serena comunicación con los convivientes. Las personas con edad más avanzada recibieron una mayor influencia negativa, afectando especialmente al deterioro cognitivo y al perjuicio causado por el agravamiento y el menor cuidado de sus afecciones concomitantes. Los adolescentes aumentaron la adicción a los medios informáticos, juegos, apuestas y otros tipos de adicción. Los niños pequeños aumentaron sus miedos, pesadillas y triste malestar, en buena parte por el encierro sufrido. En los hospitales, aumentó la atención a los trastornos mentales agudizados o provocados por la pandemia, así como, la afectación de los profesionales de atención a la salud, que sufrieron especialmente la infección pandémica y sus consecuencias, en mayor proporción a la media.
Salud y enfermedad
Salud y enfermedad son las dos caras de una misma moneda: presencia y ausencia. Se trata de un continuo, con mil vías, entre los que siempre obligadamente habrá algunas que no están en dónde idealmente las esperábamos. Esa sería la salud ideal teórica, pero ¿tiene buena salud quién es portador de una afección que desconoce? Es el caso de un diabético enmascarado, que no percibe los síntomas o signos y tiene buena salud percibida, pero carece de buena salud real.
¿Cómo catalogar a quién sufre indeciblemente con sus preocupaciones y obsesiones sin hallazgos médicos percibidos ni remedios claros para su dolor? Claramente ha perdido la salud mental y que va a requerir ayuda cualificada para recuperarla.
¿Goza de buena salud quien, por optimismo natural, por euforia patológica o por evasividad, mira para otro lado y vive ignorando su concreta enfermedad sea una diabetes, descalcificación, perfeccionismo, narcisismo o paranoia? Pienso que no, y podríamos añadir que carga con dos padecimientos: el propiamente dicho y ese otro que encubre al primero que no es corregido pese a que se lo lleguen a señalar con frecuencia y oportunidad.
La repercusión de nuestros hábitos o acciones relativas a la salud, propia o ajena, tienen siempre un referente moral, como lo es, el no valorar las consecuencias que el descuido de nuestro estado de salud (obesidad, dislipemias, tabaco, alcohol, sedentarismo, adicciones, incumplimiento terapéutico o diagnóstico, imprudencias en la conducción, etc.) tendrá al precisar las atenciones que nos habrán de prestar tras la discapacidad producida por el accidente vascular cerebral, la parálisis o la invalidez por accidente de circulación que de esas conductas insanas se derivarían. Hemos de pensar, pues, en nosotros y en los demás, en activo o en pasivo. Es una faceta de la salud mental que suele pasarnos desapercibida, con frecuencia.
Fue la Organización Mundial de la Salud (OMS), quien propició la definición de salud más conocida, y a la par más criticada, entre las posibles. Es ya clásica y a la vez rica en críticas, a nuestro juicio, no siempre exentas de razón. Se promulgó con la Carta Fundacional de la OMS el 7 de abril de 1946 y fue concebida originalmente por Stampar (1945): La salud es el completo estado de bienestar físico, psíquico y social y no solo la ausencia de enfermedad o achaque. Nosotros apostaremos por un concepto integral y holístico de salud en que se integren diferentes ámbitos, bien definidos, en el paradigma psicosomático que en páginas siguientes desarrollaremos.
La falta de normalidad en Salud mental incluye un cuadro psicótico o paranoide, una demencia, un estado o episodio depresivo, el desajuste afectivo, la rareza, etc., pero ¿qué queremos decir con un has perdido la cabeza, no hay quien te aguante, me sacas de quicio con tu modo de pensar o tu conducta, etc.? Concretando, definimos salud mental como la capacidad o competencia para mantener un estado de bienestar y tender a la plenitud de las facultades mentales: pensamientos, emociones, recuerdos, conductas, relaciones sociales, resistencia en la adversidad, toma de decisiones, etc. Lógicamente, no se trata de algo lineal y constante, sino vivo y moldeable por la vida interna del sujeto y por las circunstancias. Y su alteración varia con un límite no preciso, sino a modo de franja o banda en la intensidad de los cambios vividos. La normalidad o anormalidad no están separadas por una línea sino por una banda. El cuidado de la salud mental se inicia en la gestación, importando la normalidad del parto, la crianza, la alimentación, la educación, el entorno familiar y afectivo, que ha de ser cercano, pleno de cariño y con la protección razonable.
La figura de apego o próxima es fundamental (madre, padre, pariente o cuidador/a). Todo yo necesita para su buen desarrollo de un tú que no falle.
Algunos signos identitarios o señales de buena salud mental podrían ser:
Serenidad.Ausencia de conflicto personal interno. Autoestima saludable y correcta.No bajadas o subidas emocionales, no complejos de inferioridad o superioridad.Relaciones interpersonales normales o adecuadas.Constancia en el quehacer. Responsabilidad.Capacidad de prestar atención.Suficiente capacidad de memoria.Y si ponemos el foco en el segundo concepto citado —la enfermedad— destacaremos que es precisamente lo que nos convierte y constituye en enfermos. Pero ¿cómo dividir la población entre sanos y enfermos? ¿Quién podría proclamar su estado incólume de salud? ¿Quién no presenta un algo de enfermedad? Es por eso por lo que, con un criterio razonable y ecléctico, defendemos la amplitud de una franja intermediao tierra de nadie, en la que estaremos incluidos la mayor parte de la población que no puede preconizar su magnificencia saludable ni tampoco aceptar con veracidad el calificativo de enfermo. A esa franja del continuo salud-enfermedad se accede por pequeñas enfermedades —en la intensidad o el tiempo—, por actitudes o comportamientos raros o extraños, por el alto o bajo tono vital o anímico, por la predisposición al enfermar en las llamadas vulnerabilidades.
La cultura actual nos ha conducido a una huida del dolor o la incomodidad hasta medicalizar gran parte de nuestra existencia. Sensaciones y vivencias clásicamente tomadas como parte del vivir son consideradas hoy como síntomas. Y así un mal sueño, un duelo, las piernas nerviosas o la inapetencia sexual, son diagnosticadas ahora como alteraciones del sueño, depresión, síndrome de piernas inquietas o disfunción sexual. Pensemos en un niño que tose tras el ejercicio físico y es considerado asmático, tiene dificultades en la lectura y pasa a ser disléxico, goza de vitalidad y es integrado entre los trastornos de hiperactividad con déficit de atención, no se le ve feliz y pasa al ámbito de la depresión, etc. Hay que saber descubrir cómo tales a los síntomas leves, intermitentes o transitorios, sin catalogarlos de enfermedad propiamente dicha.
Además, el temor y la prisa nos han conducido a la ansiedad por descubrir las enfermedades a tiempo. Buena cosa el diagnóstico precoz, pero con riesgos, estigmatizar con pre-enfermedades a quienes presentan síntomas aislados de algún mal y más aún cuando se trata de hallazgos asintomáticos y banales desvelados por técnicas diagnósticas analíticas o de imagen, que precisan de segura comprobación.
Nuestra cultura, con su perfil de desconfianza y búsqueda de seguridades, ha generado una costosísima medicina defensiva que se asocia a enfermedades causadas por la actuación y el entorno sanitarios.
El enfermar psicosomático
Desde que Heinroth (1773-1843) utilizase por vez primera el término psicosomático, fue ampliándose hasta lograr con George Engel (1836-1878) enunciarse como bio-psico-social, entendiendo esos tres parámetros, no aislados sino en continua interacción. Recientemente, entre nosotros, Pedro Ridruejo, destacó hasta dotarlo de autonomía, el factor ecológico o medio-ambiental, que comprende las variables físico-químicas del entorno en el que nos movemos y su influencia en el equilibrio homeostático de la persona. La consideración del valor de la libertad del paciente en la evolución de la salud, tanto hacia la recuperación de la salud como hacia su deterioro, llevó a la corriente de pensamiento de la Sociedad Andaluza de Medicina Psicosomática (SAMP) a integrar en el paradigma psicosomático el factor libertad, añadiendo el término espiritual. Con este paso se quiere reforzar la consideración del paciente como ser personal, enriquecido por la libertad. Surge así el paradigma psicosomático bio-psico-socio-eco-espiritual.
Alma y cuerpo forman una unidad o, por lo menos, los impulsos secretos de nuestra vida emocional tiran de los hilillos del guiñol de la enfermedad y el deterioro. Florece esta opinión sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, y salta de Europa a América dando lugar a un movimiento universal: la Patología Psicosomática, que incluye los numerosos pacientes que buscan en la medicina, disfrazadas de enfermedades, el remedio a su desamparo, a su vacío emocional y a sus conflictos personales. Pronto se detectó que si todos aceptamos fácilmente la unidad del ser humano en la consideración teórica, no es tan fácil bajar a la arena de la relación médico-paciente y, como decía el Dr. Marañón, usar la silla como primerísima herramienta terapéutica del médico, armarse de paciencia, empatizar, sugerir, convencer y encauzar la fuerza curadora natural del hombre, para restaurar la salud del paciente, removiendo obstáculos conceptuales o emocionales creados, tantas veces, inconscientemente, por el propio paciente, que se niega a reconocerlos como presentes y más aún como responsable de su autoría.
El hombre es un ser de encuentro que se despliega abriéndose a los otros seres y creando relaciones de encuentro. De ahí la fecunda tensión interior que representa nuestra vida en cada instante, por anodina que parezca. Descubrir y valorar debidamente esta tensión es prueba de sabiduría y constituye fuente de hondo consuelo para quién lo logra. Nuestra biografía, también en cuanto a la salud y sobre todo la salud mental, es aditiva y el éxito acompañará, de ordinario, a quien sepa abrirse a nuevos ámbitos de la vida, dentro y fuera de sí mismo, ensamblándolos en los ya creados.
Frente a la medicina basada en la evidencia, tan en boga hoy en día, hemos de considerar la medicina basada en la persona que se propone mirar personas, para entenderlas, saber qué las hace sufrir y pro-curar aliviarlas o curarlas, mediante los recursos que ese saber proporciona. Es tarea que requiere tiempo (¡en esta cultura acelerada!), empatía (¡en esta sociedad individualista y egoísta!), compromiso asistencial (en un sistema regido por los índices estadísticos) ¿Mirar, o más bien escuchar? Pues mirar y escuchar, verbos que denotan actitud envolvente y atenta, aunque pueden sugerir pasividad.
Me sorprendió encontrar en una de las cartas de santa Teresa de Jesús, recogidas por José María Poveda, en La Psicología de Teresa de Jesús:
Verdad es que a mí me tiene espantada y lastimada (…) lo mucho que participa la pobre alma de la enfermedad del cuerpo que no parece, sino que ha de guardar sus leyes, según las necesidades y cosas que hacen parecer.
En nuestros días podríamos recoger, en una línea similar, un texto de san Josemaría Escrivá:
Hay que procurar con particular esmero, que el cuerpo responda siempre como un buen instrumento del alma y, por todos los medios, evitar que alguien pueda llegar —por las circunstancias de su trabajo o por otras causas— al agotamiento físico, que suele llevar también a la ruina psíquica y producir una falta de energías que son tan necesarias para la lucha interior: porque, insisto, la gracia de Dios cuenta ordinariamente con esas fuerzas naturales del hombre.
La experiencia lo avala: no hay que olvidar esta gran influencia psicosomática y somática-psíquica en el día a día de cada persona.
En el devenir biográfico de cualquiera de nosotros, lo primero a considerar es que nadie encuentra lo que no busca o conoce. Es preciso estar atento a descubrir los procesos en los cuales la afectación emocional es significativa o prevalerte entre las causas del padecer del cuerpo. Realmente se puede enfermar ahora por un trauma antiguo, incluso infantil, por asociación o remoción de lo antes vivido con algo actual. Y puede tratarse de una sobrecarga cuantitativa o cualitativamente nociva. Otras veces se tratará de un estrés agudo o continuado, de algo nacido fuera de nosotros o en el propio interior, y quizá aún presente.
Otras veces es en el cuerpo donde se inicia el enfermar. Y por mucho que busquemos factores emocionales originarios no los hallaremos. Es lo que sucede en los procesos tiroideos en que la ansiedad es debida a un exceso hormonal o la depresión a tasas bajas de tiroxina. Otro tanto sucede en las depresiones y psicosis orgánicas —tumor cerebral o de páncreas, hepatitis, etc.— o tóxicas tales como, drogas, alcohol, interacciones medicamentosas o por productos químicos, etc.
Cuando desde la medicina y la familia se cuenta con este bagaje psicosomático será, sin duda, mucho más fácil, eficaz y gratificante la comprensión y la resolución de las patologías que presentamos.
Aspectos terapéuticos: pastillas y palabras
Suelo decir que en la atención de la salud mental es preciso echar mano de pastillas y palabras. Y así actúo en mi ejercicio profesional, aplicando la proporción y cualidad oportunos para lograr la curación o la prevención, según los casos. Hay que contar con la psicoeducación y las psicoterapias.
Los fármacos tienen su sitio, un importante papel si se adecúan a la especie, dosis, tiempo de uso y pautas de implantación o de eliminación. Los psicofármacos son utilísimos, a veces imprescindibles, pero bien indicados. Y destacamos el valioso papel —creciente hoy— de los psicólogos.
Son muchas las voces que vienen reclamando tiempo como el mayor tesoro que puede ofrecer el médico a sus pacientes. Tiempo, para escuchar, para observar, para reflexionar, para valorar los determinantes psicosociales que rodean al paciente. Los médicos y los pacientes, quieren recuperar y consolidar el alto valor del humanismo en medicina, la cercanía, la compasión y el consuelo también sanan.
Y qué decir de nuestra personalidad, que ha de ser cuidada durante nuestra vida para una mejor evolución de nuestra salud mental y física.
En el cuidado de la propia salud mental es preciso destacar la creación de hábitos saludables que eviten la aparición de pequeñas o grandes alteraciones y enfermedades:
— El oportuno descanso.
— El sueño reparador.
— La nutrición y alimentación equilibradas y adecuadas a las circunstancias de la persona.
— El ejercicio físico moderado y adecuado a las circunstancias de cada persona.
— El conocimiento de la microbiota intestinal por su influencia en el estado general y en la salud mental.
— El equilibrio personal y el sentido que le damos a la propia vida.
— La responsabilidad en el cuidado de la propia salud general y mental, frente la mera pasividad, invita a la construcción de una personalidad responsable y dueña de sí, capaz de resistir la presión comercial de los estilos de vida autodestructivos. Todo lo contrario, a las utópicas propuestas de salud pública desvinculadas del papel insustituible de cada persona.
Concluyendo, también en el ámbito de la salud mental es preciso cultivar una política sanitaria de anticipación que incluya la cultura, legislación, moda, educación, mensajes periodísticos, etc. Y desde esa perspectiva multidisciplinar lograr el pretendido llegar a tiempo y no cuando puede ser demasiado tarde.
Con los avances científicos y técnicos de nuestro tiempo, con el desarrollo de la responsabilidad de los individuos, con una cultura social y personal que genera hábitos saludables, con el incremento de la actual actitud solidaria de los ciudadanos, con el adecuado desempeño de la libertad responsable alcanzaremos el necesario equilibrio social capaz de propiciar una mejor salud mental en todas las circunstancias.
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2. MENTE Y CEREBRO
Relaciones y límites
José Manuel Giménez Amaya y José Angel Lombo
Introducción
La relación entre la mente y el cerebro es hoy un campo de encuentro privilegiado de una antigua discusión que recorre la historia del pensamiento humano: las relaciones entre el alma y el cuerpo o entre lo espiritual y lo corpóreo. Se trata de un tema en el que se han entretejido de distintas maneras el enfoque de la filosofía y el de la ciencia experimental. De manera general, pueden descubrirse tres situaciones en estas relaciones. Una primera, que se observa en el pensamiento antiguo, en la que se da una continuidad entre el saber empírico y la reflexión sapiencial. En una segunda etapa, sin embargo, con el desarrollo de la ciencia moderna (sobre todo a partir del siglo XV), comienza un proceso de divorcio entre la filosofía y la ciencia experimental. Ha sido en un tercer momento más reciente (desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX) cuando esta separación se ha ido percibiendo como algo insatisfactorio, para abrir paso a un nuevo camino de diálogo y de cooperación. Uno de los campos en el que este impulso reconciliador se ha visto más favorecido es, precisamente, el de las relaciones entre mente y cerebro, o también entre la filosofía y las ciencias biológicas del estudio del sistema nervioso.
Es claro, por tanto, que en la situación actual del estudio de las relaciones entre la mente y el cerebro se demanda una respuesta que sobrepasa los límites de una ciencia individual. En este sentido, los estudios sobre el cerebro humano a lo largo del siglo XX han puesto de manifiesto, progresivamente, la necesidad de una conexión entre distintas disciplinas biológicas. Precisamente, esta necesidad ha propiciado el surgimiento de lo que hoy entendemos como neurociencia, enfoque que ha ido alcanzando éxito en el estudio del sistema nervioso en su conjunto y de sus implicaciones en el comportamiento humano, tanto normal como patológico.
Este acierto metodológico de la neurociencia, desde el punto de vista interdisciplinar, ha propiciado su propia apertura —y, con ella, del saber empírico en general— al diálogo y a la discusión con otras disciplinas de corte humanístico y sapiencial.
La peculiaridad de esta apertura interdisciplinar propia de la neurociencia, en la que se aúnan las diferentes ciencias experimentales con un objetivo común, ha conducido a un cuestionamiento histórico del paradigma moderno del saber científico. Efectivamente, la modernidad se había caracterizado por un enfoque marcadamente analítico y sectorial del mundo observable. Esta perspectiva permitía, sin duda, una aplicación del conocimiento al dominio de los objetos; pero había quedado estancada en su capacidad de acceder a distintos niveles de la realidad. En ese sentido, el final del siglo XIX e inicio del XX se había caracterizado por una creciente desconfianza acerca de la aptitud del saber científico-experimental para llegar a las cosas mismas, en un confuso clima de crisis cultural y social.
Esta situación, sin embargo, no se había quedado estancada en un mero escepticismo hacia el conocimiento humano, sino que iba a dar lugar a nuevas propuestas y paradigmas, como demuestran las revoluciones científicas de principios del siglo XX en el campo de las ciencias físicas y biológicas. En esta atmósfera de nuevas propuestas, la filosofía buscaba también una superación de enfoques puramente idealistas, que habían reducido la realidad exclusivamente a objeto del pensamiento, separando este de la experiencia.
Acercamientos a la cuestión
Una primera respuesta a esa situación de crisis sería la posición de Edmund Husserl y de toda la corriente fenomenológica posterior. Este autor percibe la necesidad de volver a las cosas mismas y descubre la conveniencia de conectar los saberes entre sí para llevar a cabo esa tarea. Precisamente en la línea de la fenomenología, otros pensadores llegaron a proponer un estudio del ser humano en el seno de un diálogo interdisciplinar con las ciencias experimentales. Estos enfoques constituirían el inicio de lo que hoy llamamos antropología filosófica, que surge con la obra de filósofos como Max Scheler, Helmuth Plessner o Arnold Gehlen.
Un enfoque filosófico distinto de la fenomenología, pero conectado también con la crisis de la modernidad, fue la corriente denominada positivismo lógico, que se desarrolló entre la Europa continental y la filosofía anglosajona a partir de los años veinte del siglo pasado. En definitiva, se trataba de llevar a cabo un retorno a la experiencia a través de la mediación del lenguaje, y por tanto dando a este el peso de criterio de verdad del conocimiento. En todo caso, siempre se hablaba de una compresión de las cosas estrechamente ligada a la evidencia sensorial. El límite de este enfoque era el riesgo de reduccionismo, al considerar el conocimiento humano cómo circunscrito rígidamente a los fenómenos sensibles y a su expresión lingüística. Por ello, esta corriente fue abriéndose progresivamente a otros modos de conocer, en lo que hoy se denomina filosofía analítica.
En continuidad con este último enfoque, se ha desarrollado lo que hoy conocemos como filosofía de la mente. Esta disciplina estudia temas que eran tradicionalmente objeto de la psicología (actividades psíquicas cognitivas, afectivas, desiderativas, etc.), pero que ahora son consideradas en su relación con el sistema nervioso, y muy especialmente con aquellas zonas del mismo que se encuentran más desarrolladas y localizadas en el cerebro.
En definitiva, las distintas reacciones a la crisis del modelo moderno del saber, tanto en el ámbito científico experimental como en el filosófico, han conducido a una creciente toma de conciencia de la necesidad de un diálogo interdisciplinar entre distintos enfoques acerca de la realidad. Esto se ha manifestado en el desarrollo de disciplinas como la ya mencionada antropología filosófica (que puede conectarse históricamente con la fenomenología) y, más recientemente, en la filosofía de la mente (que se entronca más directamente con la filosofía analítica).
Es en este ambiente más constructivo donde surge el problema de establecer los límites y los vínculos de cada disciplina, pero manteniendo no obstante su complementariedad y sin confundir sus diferentes perspectivas. De esta manera, surge una verdadera interdisciplinariedad, que puede verse de forma cada vez más floreciente precisamente en el estudio de las relaciones de la mente y el cerebro por parte de la neurociencia y de la filosofía.
Como ya indicamos anteriormente, las relaciones entre mente y cerebro expresan el tema más amplio de la conexión entre lo espiritual y lo corpóreo. Sin embargo, en los últimos decenios —y también en conexión con el avance de los estudios neurocientíficos sobre el cerebro humano— esta relación se ha visto, cada vez más, como algo problemático. Para poder ilustrarlo, conviene describir brevemente cómo llega la ciencia experimental al estudio del ser humano.
La perspectiva de la ciencia experimental
La perspectiva propia de las ciencias experimentales reconoce en los seres vivos, y muy particularmente en el ser humano, actividades específicas que podemos englobar en el concepto de vida. Estas se caracterizan ante todo por funciones metabólicas, es decir, aquellas en las que se aprovechan elementos del medio para la conservación y el desarrollo del propio individuo. Entre esas actividades, sin embargo, pueden identificarse distintos niveles, de acuerdo con su complejidad e importancia en la constitución del viviente.
Ante todo, algunas actividades están orientadas a mantener la propia estructura y con ella permitir las funciones más básicas, entre las que podemos señalar la alimentación, el crecimiento y la reproducción. Este tipo de actividades se encuentran en todos los seres vivos, pero algunos están restringidos solo a ellas, como sucede en el caso de las plantas. Otros seres vivos, en cambio, poseen además otras capacidades más complejas y especializadas, en las que surgen nuevas propiedades, que no se explican por la mera suma de las partes implicadas. Esas propiedades se revelan en el surgimiento de estructuras y funciones orgánicas diferentes, que constituyen precisamente el sistema nervioso. Este, además, resulta cada vez más sofisticado en la medida en que ascendemos en la escala filogenética.
Las propiedades apenas mencionadas sobrepasan la conservación del propio organismo, dando lugar a funciones cada vez más complejas y unitarias, que se encuentran implicadas en lo que de manera general se entiende por experiencia. Es muy especialmente en este ámbito donde las relaciones entre la mente y el cerebro han podido verse como problemáticas.
En el análisis de la experiencia, en efecto, se descubre una dimensión corpórea que puede examinarse a partir de elementos tangibles. Sin embargo, esos componentes no son suficientes para explicar lo más esencial de dicha experiencia, a saber, su contenido temático y su carácter unitario. Por ello, parece oportuno referirse también a otra dimensión, que podríamos denominar formal, la cual incluye aspectos que entran ya en el campo de lo psíquico.
La tradición aristotélico-tomista
En este ámbito, nuestra investigación común nos ha permitido recuperar la teoría de las facultades de la tradición aristotélico-tomista, en la que destacan el estudio de los sentidos internos y el de la afectividad sensible. Todas estas facultades se caracterizan por su índole orgánica y, al mismo tiempo, por su capacidad de hacerse cargo de la dimensión inmaterial de las realidades corpóreas con las que pueden entrar en contacto.
Por una parte, los sentidos internos (imaginación, memoria, etc.) concuerdan con los externos (visión, audición, etc.) en que también reciben información sensorial acerca de realidades materiales concretas. Sin embargo, los internos añaden sobre los externos la capacidad de alcanzar dichas realidades sin una presencia física inmediata de ellas. Tal capacidad apunta a un grado más alto de inmaterialidad por parte de los sentidos internos, que permite llevar a cabo una síntesis asociativa en un nivel superior.
Ya en este nivel operativo puede observarse una clara diferencia entre el ser humano y el animal irracional: los mencionados sentidos internos están dotados de una particular organización y complejidad en el hombre, que les permite una mayor capacidad de integración sensorial y va a constituir el punto de partida de las denominadas facultades superiores. Dicha integración se realiza en dos dimensiones, a saber: tanto en la representación de objetos (sentido común e imaginación) como en su valoración o estimación (cogitativa y memoria).
Por lo que se refiere a la afectividad sensible —siempre al hilo de la tradición filosófica ya mencionada—, esta presupone la actividad de los sentidos internos, muy particularmente de los valorativos, pues consisten en reacciones tendenciales a partir de la estimación práctica de lo conocido. A su vez, ejercen un influjo directo sobre la acción, de manera que el sujeto llega a poner por obra sus actos a partir de la secuencia entre conocimiento y afectividad.
De otra parte, la afectividad sensible reviste un carácter especial en el ser humano, en virtud del cual tiene un mayor influjo en la toma de decisiones. En efecto, esa dimensión operativa está dotada de una flexibilidad mucho mayor que en el animal, y puede ser modulada y orientada por el sujeto a través de los hábitos.
En definitiva, nuestra investigación común ha puesto de manifiesto de manera notable una profunda correspondencia entre la teoría aristotélico-tomista de las facultades y los hallazgos de la neurociencia moderna. Esta correspondencia revela, además, no solamente una conformidad epistemológica entre la perspectiva filosófica y la científica experimental, sino también una profunda unidad entre la dimensión espiritual y la corpórea en el ser humano.
El problema de la conciencia y los trastornos neurales
Junto a lo anterior, conviene señalar dos temas en el ámbito neurocientífico que ponen en crisis, de alguna manera, esta visión unitaria del ser humano: el problema de la conciencia y el origen de algunas enfermedades neurodegenerativas y de los trastornos mentales.
En primer lugar, en el estado actual de la investigación neurocientífica, no se ha alcanzado todavía una comprensión suficiente del funcionamiento integral del cerebro humano, o, si se prefiere, de su actividad global como un todo unitario. Consiguientemente, la comprensión de la actividad de la conciencia resulta altamente problemática, tanto en su consideración psicológica como en su relación con las bases biológicas del funcionamiento del sistema nervioso.
Un enfoque reductivo de la actividad de la conciencia al solo ámbito biológico se ha demostrado netamente insuficiente por un motivo preciso: la dificultad (y hasta ahora imposibilidad) de mostrar en su totalidad de los denominados correlatos neuronales de la conciencia dentro del cerebro; y de poder señalar, además, cómo se implican entre sí con un funcionamiento unitario.
En segundo término, otro desafío al carácter unitario del ser humano y su actividad está constituido por la existencia de algunas enfermedades neurodegenerativas (la enfermedad de Alzheimer y otras demencias, y, de alguna manera, también la enfermedad de Parkinson) y los trastornos mentales (psicosis, alteraciones de la personalidad y de la identidad, etc.). En relación con estas afecciones neurológicas o psiquiátricas, la investigación biomédica ha dirigido últimamente sus esfuerzos por los cauces de la tecnología y de las terapias farmacológicas o quirúrgicas. Sin embargo, sigue sin responderse de manera clara y coherente la pregunta sobre el origen de estas dolencias en un marco neurobiológico.
Conclusiones
Aunque estamos constatando, en tiempos recientes, un cierto estancamiento en la investigación neurobiológica, nos parece que la profundización en el método interdisciplinar puede ayudar a alcanzar conocimientos más fecundos en esta ciencia biológica. De manera específica, podemos señalar algunos campos en los que estos avances revisten particular importancia. Podemos enumerar algunos particularmente relacionados entre sí, como son la atención, la memoria, los hábitos y la identidad. En conjunto, la investigación en estos ámbitos podrían ampliar nuestro conocimiento de las bases antropológicas de las relaciones entre la mente y el cerebro, así como de los fundamentos del enfermar y de los principios terapéuticos de los cuadros clínicos ya mencionados.
De manera conclusiva, cabe preguntarse sobre las causas de esta reciente inflexión negativa en los estudios de las relaciones entre mente y cerebro. Una clave puede encontrarse en la creciente demanda social de estudios que sean directamente aplicables a la salud de las personas. Con ellos se están primando mucho las investigaciones clínicas relacionadas, por ejemplo, con el cáncer o las enfermedades cardiovasculares, pero se dejan de lado análisis más teóricos sobre las relaciones mente-cerebro como la que aquí nos ocupa. Esta situación, además, se ha visto extraordinariamente agudizada en los dos últimos años con la pandemia de la COVID-19.
Por otra parte, desde un punto de vista más teórico, se va alimentando una nueva concepción acerca de la salud y de la duración de la vida. Estas concepciones entran en el planteamiento de lo que en tiempos recientes se viene llamando transhumanismo. Entre las muchas facetas de este enfoque, podemos destacar al menos dos, una biológica y otra tecnológica.
De una parte, en el ámbito biológico la estructura genómica se concibe como un importante elemento de manipulación. En efecto, a través de sus modificaciones se podría obtener como resultado una mejora duradera —y radical— de la especie humana. De otra parte, el progreso tecnológico aplicado directamente a los problemas humanos ha conducido al desarrollo de lo que se ha venido a llamar inteligencia artificial. Esta aplicación está cambiando, de hecho, las relaciones entre el conocimiento humano y la acción, permitiendo un amplio alcance de esta última, pero también plateando problemas acerca de su control y de su sentido. Algunas de las dificultades que esta situación plantearía entran de lleno en el ámbito de las relaciones humanas y de su regulación legal.
Nos parece claro que un enfoque interdisciplinar, como el que hemos expuesto en estas breves reflexiones, puede ser de utilidad para mejorar no solo nuestra comprensión biológica del ser humano, sino también para hacernos más competentes desde el punto de vista ético.
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3. LIBERTAD PERSONAL
Condicionamientos y autodeterminación
José María Barrio Maestre
Concepto de libertad
Cabe distinguir tres tipos de libertad, que podrían caracterizarse de forma negativa: no encerramiento, no determinación, y no esclavitud, y que se corresponderían, respectivamente, con la libertad en sentido ontológico, psicológico y moral, o bien, de acuerdo con la nomenclatura acuñada por Antonio Millán-Puelles (1995), con la libertad trascendental, la libertad de albedrío y la libertad moral.
De la primera y la tercera no nos ocuparemos aquí nada más que lo estrictamente necesario para ver la relación que tienen con la segunda. Baste decir que son, en un caso, condición necesaria, y, en el otro, consecuencia no necesaria, del empleo de la libertad de albedrío, o electiva.
La libertad trascendental —la expresión es de Martin Heidegger (transzendentale Freiheit)— consiste en la irrestricta apertura a la totalidad de lo real que al ser humano le confiere su naturaleza racional. Merced a las potencias cognoscitiva y apetitiva propias de su psiquismo superior, el hombre está abierto a todo ser, concretamente a título de verdadero y bueno. Entendemos lo que se nos antoja verdadero y queremos lo que se nos antoja bueno, al menos en principio. Estas dos facultades, las específicas del ser racional humano —la aprehensión y el apetito conscientes—, hacen posible que el hombre no viva encapsulado, digamos, prisionero de su naturaleza física, sino con la actitud presta —que a su vez presupone la correspondiente aptitud— a trascenderse, i.e. a salir de su propia piel para relacionarse significativamente con lo otro y con los otros. Este no estar preso constituye para el ser humano una forma, ciertamente muy profunda, pero desde luego una forma de eso: libertad.
Por otra parte, consecuencia no necesaria del empleo de la capacidad electiva es esa forma de libertad que Millán-Puelles designa con el nombre de libertad moral. Del buen uso de la libertad electiva —el que podemos llamar moralmente bueno, o virtuoso— se deriva la adquisición de esta otra, la moral, que consiste en una cierta no esclavitud. Así como la libertad trascendental estriba en un no-encerramiento, la libertad moral libera de una doble sujeción. Por un lado, quien la posee no es esclavo del egoísmo, y, por otro, vive desprendido de los bienes que tiene o usa. Nunca el ser humano llega a estar completamente suelto de ambas cosas; no es lo mismo tenerlas que ser tenido, o retenido, por ellas. Esta relativa soltura
