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«Están a punto de asistir a un espectáculo de fuegos (o juegos) artificiales (es decir, profunda e inequívocamente literarios) que les dejará boquiabiertos y arrancará sus más encendidos aplausos», reza el exordio de Sara Mesa al presente volumen. Y es que Fricciones es, en efecto, una brillante exhibición del endiablado sentido del humor, la finísima ironía y la envidiable inteligencia de un escritor en estado de gracia. En manos de Pablo Martín Sánchez, estos relatos—perspicaces, irreverentes y tramposos—conforman un fascinante puzle literario que celebra el potencial de la literatura, la fragmentación y la intertextualidad, y que en esta nueva edición ampliada y revisada hará las delicias de los lectores más inquietos. Con un exordio de Sara Mesa y una apostilla de Eduardo Berti. «Pablo Martín Sánchez es un enamorado del lenguaje incapaz de conformarse con lo ya conseguido». Nuria Azancot, El Cultural «Pablo Martín Sánchez hace cómplice a su lector, al que exige inteligencia. Esa es otra prueba de su madurez, pues nada brilla mejor que la ironía». José María Pozuelo Yvancos, ABC Cultural «Historias de lo micro a lo macro que enganchan la lectura con una prosa depurada, estilo intenso y sintético y un fondo siempre juguetón, con personajes y situaciones que transitan de lo corriente a la anomalía […]. La voz singular de Martín Sánchez cultiva un territorio donde el adverbio y la coma se hacen carne». Iñigo Urrutia, El Diario Vasco «¿Puede un libro ya publicado seguir escribiéndose? Pablo Martín Sánchez está convencido de que sí y decidido a demostrarlo. La literatura es dinámica y este nuevo volumen de Fricciones llega con variaciones, historias inéditas, más humor y bastante erotismo». Leonor Mayor Ortega, La Vanguardia «Leer Fricciones es volver a ese estado de la infancia en que nada más que un libro, o tebeo, podía succionarnos con tanta fuerza». Pedro Bosqued, Heraldo de Aragón «La lectura de Fricciones es una aventura fascinante salpicada de sorpresas agradables». Fulgencio Argüelles, El Comercio «Fricciones es un libro que no se acaba nunca». Glòria Azar, Diari de Tarragona
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Seitenzahl: 319
Veröffentlichungsjahr: 2026
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PABLO MARTÍN SÁNCHEZ
FRICCIONES
(NUEVA EDICIÓN
AMPLIADA Y REVISADA)
CON UN EXORDIO DE SARA MESA
Y UNA APOSTILLA DE EDUARDO BERTI
ACANTILADO
BARCELONA 2026
CONTENIDO
Exordio, por SARA MESA
1. MICROFRICCIONES
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
2. PEQUEÑAS FRICCIONES
9, rue Truffaut
Mirando las flores del lado de las raíces
Sopor
Rigor mortis
Las gafas de antes
Minoxidil
El subrayado es tuyo
3. FRICCIONES
Metamorfosis
Ósculos ® (vía oral)
La soledad de los espejos
Reír o no reír
Nemesio
Rodolfo dedos de lápiz
Tres redacciones
Etc.
De sueños y de versos
Tragicomedia de Mefito y Tentorea
El cubo de Rubik
4. GRANDES FRICCIONES
A las tres y veinte más o menos
Luego están los dentistas
Por qué nunca he escrito un cuento erótico
Verbigracia
Cambio de sentido
Faustine
Poesía métrica
Un oficio peligroso
5. MACROFRICCIONES
Accidente
Tanatopractor
Entropía
La extraña y discreta muerte de H. Hallynch, natural de Ypres
La historia de Agatha
Apostilla, por EDUARDO BERTI
Origen de los relatos
A Paco Torres, que friccionó primero.
Y a Teresa, cómplice de tantas fricciones.
El pollo es simplemente la manera que tiene el huevo de hacer otro huevo.
SAMUEL BUTLER
Están a punto de asistir a un espectáculo de fuegos (o juegos) artificiales (es decir, profunda e inequívocamente literarios), un espectáculo que les dejará boquiabiertos y arrancará sus más encendidos aplausos. La cosa irá de menos a más. Primero serán unos breves chisporroteos, un calentamiento ambiental, explosiones fugaces, rápidas e intrépidas. Después, de unas líneas de fuego brotarán otras y se desplegarán posibilidades insólitas y sorprendentes, se dibujarán formas sobre el cielo (sobre el papel, sobre la imaginación) calculadas con la precisión de un astrónomo, pero bulliciosas como animalitos que nunca se dejan atrapar por completo. Al final nos dejaremos asombrar por una pirotecnia más larga y sofisticada, llena de resonancias, humo, pequeños objetos volantes como cajas que se abren y contienen otras cajas, el desarrollo de complejas estructuras de color, luz y sonido proyectadas sobre el telón de la palabra.
Estas Fricciones hacen saltar chispas, son una exhibición de la infinita capacidad de jugar de un escritor tocado por la gracia, nuestro querido Pablo Martín Sánchez, del que sabemos muchas cosas (que es el único oulipiano español, que ha escrito novelas en torno a nombres, fechas, lugares y las casualidades que los rodean, que es alegre, incansable y un poco gamberro), pero del que en realidad no sabemos nada, porque es el rey del trampantojo.
Como escritora, tardé un poco en comprender que, a veces, gracias a las constricciones y a la aplicación de ciertos mecanismos y/o engranajes, nace una voz nueva (quizá esa vocecita oculta que tenemos pero ignoramos), es decir, que cuando una cosa roza (o fricciona) con otra es posible llegar a un lugar tan desconocido como valioso. Los fuegos artificiales, esa danza exquisita y bellísima, aplicados al texto literario, son considerados a veces con condescendencia, como si toda construcción literaria no fuese siempre artificial, como si el problema estuviera en jugar demasiado, en explorar y toquetear sin respeto. Pablo salta a pídola sobre esta concepción tan puritana, solemne y pobre de la escritura literaria. Salta y da volteretas y por el camino construye una presa, un nido, una colmena, un soneto métrico. Viaja en el tiempo, adelante y atrás, arriba y abajo, disecciona cadáveres, mira desde un lado de la acera y desde el otro, hace una nueva acrobacia y cae de pie. Divertidas, oscuras, irreverentes, perspicaces, tramposas, sus brillantes historias nos mantienen pegados a las páginas, se friccionan, frotan, pegan, restriegan con quienes las leemos. ¿Fuegos artificiales? Sí, y a mucha honra: no deberíamos olvidar que este tipo de (j)fuegos son siempre una celebración, la culminación de una gran fiesta. Y, además, por si quedaran dudas, estos son silenciosos.
Pasen y lean.
Desde hace varios días tengo un problema: cuando me miro en el espejo, me veo el cogote. Como en el cuadro de Magritte. Me pasa en todos los espejos: en el del baño, en el del recibidor, en el retrovisor del coche. Incluso mis fotos se dan la vuelta al reflejarse en el azogue. Por eso hoy he ido al médico, harto de darme la espalda a mí mismo. «Tome asiento», me ha dicho el doctor al entrar en su consulta. Y al sentarme, ha añadido: «Pero de cara a mí, hombre».
Los organizadores del Congreso de Literatura Fantástica me piden que acompañe al Maestro a la estación. El Maestro se acomoda en el asiento del copiloto y se muestra locuaz durante todo el camino. Sin embargo, cada vez que entramos en un túnel, el Maestro guarda silencio. Al llegar a la estación, no puedo reprimir una pregunta:
—Maestro, perdone mi indiscreción, pero ¿por qué ha callado usted cada vez que pasábamos por un túnel?
El Maestro me mira de un modo que no consigo interpretar y dice:
—Qué extraño es usted, joven. Yo no he pasado por ningún túnel.
Y se aleja arrastrando los pies y meneando la cabeza.
El editor consagrado recibe al autor novel con cara de preocupación:
—No entendemos lo que ocurre—dice—. Al imprimir las galeradas, sale un texto diferente. No sólo se cambian las palabras, ¡sino hasta frases enteras!
—Tendría que haberlo imaginado—suspira el autor—. A mí me hizo lo mismo mientras lo estaba escribiendo. Me cambió todo el relato a primera persona y los tiempos pasados los puso en presente…
—¿Y ahora qué hacemos?—pregunta el editor con voz temblorosa.
—Nada, no podemos hacer nada: poner a la venta lo que salga y cruzar los dedos para que no siga mutando cuando esté en las librerías.
A David Roas, dichosos números.
—Sólo me queda la 201—te dice el recepcionista.
—No importa, no soy supersticioso—respondes con un suspiro.
Entras en la habitación, dejas la maleta a los pies de la cama y abres el armario para colgar la gabardina. Pero en lugar de perchas encuentras una maqueta del hotel a escala 1:35. En la fachada delantera de ese edificio en miniatura, descubres la ventana de tu habitación, marcada con una flechita roja. Al asomarte, ves a un hombre diminuto con la cabeza metida en el armario. Sonríes y empiezas a quitarte la ropa. Antes de acostarte, miras por la ventana, justo en el instante en que el cielo se oscurece, nublado por un rostro a escala 35:1.
A José María Merino, plagiario por anticipación.
Te compras un bonsái y tu vida cambia radicalmente. Es un manzano en miniatura. Al principio no le prestas demasiada atención, hasta que un día oyes el canto de un jilguero. Extrañado, te acercas al bonsái y descubres en una de sus ramas un pajarillo diminuto. Llamas a un amigo ornitólogo y le cuentas lo que has visto. Te dice que no está para bromas. Al día siguiente, observas con una lupa cómo el jilguero se zampa una lombriz; a los pies del manzano ha crecido un hongo del tamaño de una chincheta y una ardilla da brincos como si fuera un saltamontes. Vuelves a llamar a tu amigo el ornitólogo y te cuelga el teléfono. Entonces decides deshacerte del bonsái antes de que sea demasiado tarde. Pero al acercarte descubres a los pies del árbol una pareja de homúnculos desnudos que al verte se cubren sus partes con hojitas de manzano.
Mamá estaba viendo el culebrón de la tarde cuando me acerqué y le dije:
—Mira qué llaga tan grande me ha salido en la boca.
Ni siquiera se volvió:
—¿Otra vez, hijo?
—Ésta es diferente, mamá.
—Pues haz gárgaras con sal y vinagre.
—No, tienes que verla—insistí.
—Ay, qué pesadito eres, de verdad. Anda, ven aquí y déjame ver.
Cuando abrí la boca, puso cara de espanto, pero ya era demasiado tarde: la llaga la había succionado, para cicatrizar al instante.
—Ya nunca más volveré a molestarte, mamá—murmuré antes de tumbarme en el sofá y acabar de ver su culebrón favorito.
—Sólo me queda la 201—te dice el recepcionista.
—No importa, no soy supersticioso—respondes con un suspiro.
Entras en la habitación y te tumbas en la cama sin quitarte los zapatos. Enseguida caes en un sueño profundo. Te despierta el ruido atronador de un borborigmo, das un respingo y a punto estás de golpearte la cabeza con la lámpara. Saltas de la cama, chocas contra la pared, encuentras el interruptor y te parece de juguete. Al hacerse la luz descubres que la habitación se ha ido encogiendo mientras tú dormías: a estas alturas tiene el tamaño de una cámara frigorífica. Y lo peor es que sigue menguando a pasos agigantados. Obligado a encorvarte, das un paso hacia la puerta, agarras el pomo con dos dedos y tiras, pero no se abre. Gritas y tu grito te parece el chirrido de una cigarra. Intentas meterte debajo de la cama. Ya no cabes. Te acurrucas en posición fetal y lo último que oyes es el crujido de huesos que antecede a un tremendo eructo satisfecho.
Te despiertas y algo no funciona: tu cuerpo se niega a seguir las órdenes que le manda tu cerebro. Quieres apagar el despertador y lo que haces es rascarte la cabeza. Intentas encender la luz y se te escapa un aplauso. Cuando pretendes incorporarte, lanzas un grito de espanto. Y cuando quieres gritar de verdad, acabas incorporándote. «Ah—te dices—, ya entiendo el mecanismo: tengo que hacer lo que me sale cuando quiero hacer otra cosa para acabar haciendo esa cosa que quería hacer al principio». Lo pruebas y funciona: al ir a aplaudir, enciendes la luz; al querer rascarte la cabeza, apagas por fin el despertador. Pasas el día intentando descubrir qué leyes rigen tu cuerpo. Por suerte es domingo y no tienes que salir de casa. Al caer la tarde estás completamente agotado y decides hacer una locura: ordenarle a tu cuerpo que se tire por la ventana. Y tu cuerpo lo que hace es abrir la nevera y comerse un bombón de chocolate. «Si esto sigue así por mucho tiempo—piensas funestamente—, no me quedará otra que ordenarle a mi cuerpo que se coma un bombón de chocolate».
—Diga mesa.
—Silla.
—No, mesa.
—Silla.
—Mmm, ya veo.
El doctor toma algunas notas en su cuaderno de hojas cuadriculadas.
—Ahora diga silla.
—Perro.
—No, silla.
—Perro.
—Ya.
El doctor se levanta y le pone una inyección al paciente.
—A ver, diga mesa.
—Mesa.
—Ahora diga silla.
—Silla.
—Está bien, puede irse.
El paciente da las gracias y se va, no sin antes apuntar la fecha de la próxima inspección técnica.
Al salir del metro tomas la primera a la derecha y luego al final la primera a la izquierda y luego más tarde la segunda a la derecha y te encuentras ya entonces en la calle Truffaut. Sí, sí, Truffaut, como el cineasta. Vives en el número 9, segundo piso, puerta 21. El espacioso apartamento tiene ventanas a ambos lados, de modo que el sol entra a raudales durante todo el día y parte de la noche. Los muros macizos conservan el calor en invierno y el fresco en verano, y el suelo de madera aporta una calidez de pañales y biberones. Los vecinos, discretos y atentos, te saludan efusivamente al encontrarte en el ascensor y están siempre dispuestos a compartir un café contigo. El propietario del apartamento es como de la familia y los domingos por la tarde suele retarte a una partida de ajedrez: a veces, si consigue ganarte y está de buen humor, te rebaja el alquiler. Por la calle la gente sonríe, feliz, contenta de vivir en un sitio como éste; se abraza, ríe, salta, corre y habla animadamente. Los bares están llenos, los metros son gusanos alegres que serpentean bajo tus pies y el sol brilla beatífico en un cielo despejado. Así que al llegar a casa, ante tanta felicidad, abres la ventana y, sonriendo, te suicidas.
Imagínate, imagínate por un instante, que un día te despiertas a media noche y hueles a muerto. Ojo, no es que huela a muerto, no, sino que hueles a muerto. Te levantas, vas al lavabo y… todo normal. Salvo el olor. Definitivamente: hueles a muerto. Lo curioso es que tú nunca has olido a un muerto. Claro que has estado en varios entierros, e incluso en un par de velatorios, pero no te has puesto a olisquear a los difuntos, faltaría más. En cualquier caso, ahora estás convencido de que hueles a muerto. No es que sea un olor repulsivo, tal vez un poco agrio, como de queso rancio, pero soportable. Además, te sientes bien, no notas nada extraño, incluso llegas a bostezar. Notas la boca un poco pastosa, eso sí. Haces crujir tus falanges. Todo normal, salvo el olor. Al final, vuelves a la cama y te quedas dormido enseguida. Cuando despiertas de nuevo, todo está oscuro. El olor a muerto es cada vez más intenso. Intentas alargar el brazo para encender el interruptor, pero tu mano choca contra una pared de madera. Intentas incorporarte y tu cabeza golpea contra un techo excesivamente bajo. No hay duda: estás dentro de un ataúd. Pero lo que no sabes es si te han enterrado vivo o es que se puede pensar después de muerto. Imagínatelo, imagínatelo por un instante. Y luego olvídalo.
Apago el despertador de un manotazo y salgo de casa sin ducharme. En el espejo del ascensor me peino como puedo y observo mis ojos enrojecidos por el sueño. Al pasar junto al portero, ni siquiera levanta la cabeza para darme los buenos días. Y cuando salgo a la calle, descubro un espectáculo devastador: una epidemia de sueño parece haberse apoderado de la población entera. El quiosquero dormita encima de sus periódicos, el cartero está tumbado en la acera con la cabeza recostada sobre el carro, los coches se han detenido en medio de la calzada y los conductores echan una cabezadita apoyados en el volante. Y aunque reina un caos absoluto, lo peor es el insólito silencio que hace de este espectáculo algo completamente aterrador. Empiezo a correr de un lado a otro, gritando como un poseso y zarandeando a todo aquel que encuentro dormido. Hago varias llamadas telefónicas, pero nadie responde al otro lado. Desconcertado y exhausto, apoyo la frente contra el frío escaparate de una tienda de electrodomésticos y varios televisores encendidos me muestran la misma imagen reveladora: la presentadora del telediario matutino se abandona sobre la mesa a un sueño ecuménico. Me marcho de allí corriendo. Deambulo durante horas. Finalmente, intentando encontrar una explicación, subo al capó de un coche y, alzando los brazos al cielo, exclamo: ¿¡Pero se puede saber qué cojones es esto!? Y desde las alturas recibo como única respuesta un atronador ronquido que resuena urbi et orbi.
Llevaba unos tejanos rotos y una camiseta naranja con un dibujo del Pato Donald. Por eso me sorprendió cuando apareció en mi cuarto y me dijo:
—Hola, soy la Muerte.
Había que ganar tiempo como fuese, así que respondí lo primero que se me pasó por la cabeza:
—Perdona, pero estás muy equivocada: la Muerte soy yo.
Se quedó de piedra, desconcertada, como intentando evaluar si a ella también le habría llegado la hora. Posó su mirada sobre mi pijama azul con dibujos del Tío Gilito y pareció entenderlo todo, porque de inmediato respondió:
—Lo siento, lo siento de veras… Debe de tratarse de algún error. Revisaré mis archivos…
—No importa, no importa—le dije con una amplia sonrisa mientras la acompañaba tranquilamente hacia la puerta de salida—. Otra vez será.
Musitó una nueva excusa y desapareció por el hueco de la escalera. Entonces cerré la puerta y corrí hacia el armario de mi cuarto. Saqué la escopeta de caza y me aposté en la ventana que daba a la calle. En cuanto vi la camiseta naranja salir del portal disparé dos veces. Y antes de que cayera al suelo le grité:
—¡Nunca me han gustado los cargos vitalicios!
«Por lo de mi tío Anselmo», pensé mientras volvía al armario a dejar la escopeta y buscar entre mis ropas. Una camisa floreada y unas bermudas a rayas me parecieron la combinación ideal para mi nuevo cargo. «Lo importante es pasar desapercibida», me dije observándome en el espejo.
Salí a la calle y me puse a trabajar, pensando ya en las vacaciones.
Entro en la óptica y pregunto por las gafas que están en boca de todo el mundo.
—En efecto—me dice el dependiente—, son el último grito en visión aumentada. Porque con ellas no sólo verá mejor, sino que además verá antes…
Arqueo las cejas.
—Se anticipan cinco segundos a lo que vería sin ellas—me explica—, lo cual puede ser muy útil en determinadas circunstancias. Imagine que va por la calle con las gafas puestas y ve cómo un coche atropella a un niño que acaba de invadir la calzada. Entonces se quita las gafas y detiene al chiquillo antes de que baje de la acera. ¿No le parece maravilloso?
Vuelvo a arquear las cejas.
—Otro ejemplo: está usted cocinando, hace un mal gesto y se vierte encima una sartén llena de aceite hirviendo. Don’t worry: se quita las gafas y rectifica el gesto. ¿No es maravilloso?
Como no respondo, me invita a probarlas:
—Pruébese éstas, haga el favor.
Las miro, las cojo y me las pongo. Entonces el dependiente desaparece.
—Oiga, ¿dónde se ha metido?—le pregunto.
—Rápido, quíteselas—oigo que responde a mis espaldas.
Le hago caso y veo cómo sale del mostrador, se pone detrás de mí y dice:
—Éstos son los cinco segundos que no ha visto usted al ponerse las gafas… ¿Se las queda, entonces?—añade mientras vuelve a su sitio tras el mostrador.
—¿Me las puedo llevar puestas?—respondo sacando la cartera.
—Faltaría más, caballero.
Me pongo las gafas y alcanzo a ver cómo se le escapa una sonrisita al pasar mi tarjeta de crédito por el datáfono. Entonces me quito las gafas y exclamo:
—Uy, pero si me he dejado la tarjeta en casa. ¿Le importa que pase otro día?
Salgo de la óptica y respiro con alivio, feliz por haber derrotado al diablo con sus propias armas.
—Te estás quedando calvo—me reprocha mi mujer, como si yo tuviera la culpa—. Deberías empezar a usar el Minoxidil.
—Y eso ¿qué es?—le pregunto con displicencia.
—El líquido que usa tu hermano. Y mira qué pelo tan fuerte tiene.
Al día siguiente voy a la farmacia y compro un frasco de Minoxidil. Durante las primeras semanas no pasa nada, pero al cabo de un par de meses empiezo a notar los resultados. Y mi mujer también:
—Parece que funciona, ¿no?—me pregunta un día en la cama.
—¿Tú crees?
—Sí. Tendré que probarlo, últimamente dejo la ducha llena de pelos.
—Mira que eres exagerada, cariño—le digo, aunque yo también me he dado cuenta.
Pasan los meses y mi cabeza está cada vez más poblada, al contrario que la de mi mujer. Un día llega a casa y me dice:
—He ido al dermatólogo.
—¿Para qué?
—Para lo del pelo.
—Ah, ya. ¿Y qué te ha dicho?
—Que el pelo que te está saliendo a ti es el que se me está cayendo a mí.
—¿Cómo? Menuda tontería.
—Pues eso ha dicho.
—¿Y tú le has creído?
Mi mujer no responde, pero en el baño, antes de acostarnos, veo que mira de reojo mi frasco de Minoxidil. Luego, ya en la cama, me dice:
—Deberías dejar de usarlo.
—¿El qué?
—El Minoxidil, qué va a ser.
—Pero, cariño, ese médico está mal de la cabeza. No lo estarás diciendo en serio, ¿verdad?
—Puede que tenga razón. Déjalo durante algunas semanas, y así vemos qué ocurre.
—Está bien—digo antes de apagar la luz.
Espero a que mi mujer se duerma. Entonces me levanto con sigilo, cojo el Minoxidil y me voy de casa, dispuesto a empezar una nueva vida. Un año más tarde me cruzo con mi exmujer por la calle. Lleva un pañuelo en la cabeza para intentar ocultar su calvicie. Antes de que me reconozca, me quito la goma de la coleta y dejo que el pelo me caiga sobre la cara.
Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?
JORGE LUIS BORGES
Imaginemos a un lector leyendo al anochecer. Supongamos que el lector eres tú, tumbado en la cama; y el texto que lees, «La biblioteca de Babel», de Borges. Pongamos que lo lees una vez y te cuesta entenderlo. Aceptemos que lo relees y empiezas a descifrarlo. Coges un lápiz por si te apetece señalar algún pasaje importante para la comprensión del texto, y no tardas en subrayar la primera frase, que aparece curiosamente en nota a pie de página: «Basta que un libro sea posible para que exista». Se está haciendo tarde y deberías ir pensando en apagar la luz e intentar dormir, pero no puedes resistir la tentación de emprender una nueva lectura. Esta vez subrayas dos frases, que te parecen tanto o más significativas que la primera. Una nueva lectura te sorprende con sentidos ocultos que no habías llegado a imaginar.
Continúas releyendo y subrayando. Bien entrada la madrugada, caes rendido de sueño y el lápiz se desliza entre tus dedos, repiqueteando en las baldosas.
A la mañana siguiente te despiertas sudando y te sorprende descubrir el libro de Borges tirado en una esquina de la habitación, sin entender muy bien cómo ha podido llegar hasta ahí. Te duchas rápidamente y te vas a trabajar, olvidando el frenesí nocturno. Por la tarde vuelves a casa, te quitas los zapatos y te tumbas en el sofá tras encender el televisor. Te quedas dormido. Al despertar, recuerdas el cuento de Borges y entras en tu cuarto: el libro continúa tirado en el rincón, y el lápiz, a los pies de la cama. Inicias una nueva lectura y te sorprende comprobar que la noche anterior no habías entendido absolutamente nada: cada frase que lees te parece un descubrimiento, y te resulta difícil parar de subrayar.
Supongamos que al cabo de una semana has leído el relato de Borges más de treinta veces y está tan subrayado que no tiene sentido continuar haciéndolo; llega un momento en que apenas quedan por subrayar algunas frases sueltas. Las lees y te das cuenta de la importancia que tienen, a pesar de su aparente trivialidad (o quizá precisamente por ella). Las subrayas, sonriendo por la ironía. Pero te parece que aún no has agotado todos los sentidos que el texto encierra y la verdad es que te apetece continuar leyéndolo. Emprendes una nueva lectura y no tardas en descubrir una excelente frase que te gustaría remarcar. Como subrayarla por segunda vez te parece poco elegante, decides borrar el subrayado anterior, de manera que la frase resalte sobre el resto. A partir de entonces, empiezas a borrar los pasajes interesantes.
Imaginemos que continúas leyendo y borrando hasta que sólo queda una frase subrayada. Supongamos que la frase que queda es: «Basta que un libro sea posible para que exista». Sólo entonces aceptas que ya puedes dejar de leerlo; y reconoces que no sabes si has estado en el cielo o en el infierno.
En Barcelona hay una plaza con una espiral.
Miento: en Barcelona había una plaza con una espiral. No es que la plaza haya desaparecido, es que ha desaparecido la espiral.
Pero ya estoy mintiendo otra vez: la espiral no ha desaparecido, sólo se ha transformado.
Es una plaza asfaltada, redonda, amplia, despejada y solitaria, desde cuyo centro surge (o surgía) una enorme espiral de pintura blanca, que desaparece tras girar sobre sí misma en el sentido de las agujas del reloj. Tendrá unos veinte metros de diámetro (si es que es posible hablar de diámetro tratándose de una espiral) y el grosor de la línea rondará los treinta centímetros. Tal como empieza, se acaba: abruptamente. Como la vida o una novela inacabada. Suelo ir a pasear por allí al caer la tarde. Me gusta sentarme en los bancos que rodean la plaza y reseguir con la vista la espiral de pintura blanca. Algunas veces, incluso, si no hay nadie en la plaza, me aventuro a recorrer a pie la sinuosa línea: pasito a pasito, punta con talón y talón con punta, avanzo lentamente con los brazos en aspas y la mirada baja. Sísifo funambulista en infinita penitencia. Seguro que no soy el único que lo hace, siendo la tentación tan fuerte. Hacer y deshacer la espiral. Hacer y deshacer y hacer y deshacer una y otra vez la espiral. Una forma como cualquiera de ordenar mi vida. Pero ahora estoy confuso: la espiral se ha transformado.
Ocurrió la semana pasada. Al caer la tarde de un caluroso día de verano. Estaba tan absorto en mis pensamientos que sin darme cuenta llegué al centro de la espiral. No había nadie en la plaza y empecé a reseguir maquinalmente la línea de pintura blanca. Pero al llegar al punto en que habitualmente se acaba la espiral y doy media vuelta, la línea seguía. Quedé profundamente desconcertado. Cierto es que la pintura era menos intensa y el trazado más irregular, pero al alzar ligeramente los ojos comprobé que continuaba todavía unos metros y giraba entonces repentinamente hacia la izquierda. Continué caminando con la mirada baja, talón con punta y punta con talón. Torcí a la izquierda en el recodo y levanté la vista: la pintura se prolongaba en línea recta veinte o treinta metros más, hasta abandonar la plaza y perderse en el cambio de rasante de la acera que anuncia la calle. Di un respingo. Y me puse a correr. Al llegar a la acera, la línea de pintura terminaba, coronada a poca distancia por un punto blanco de unos cincuenta centímetros de diámetro. Me di la vuelta, y la perspectiva puso ante mis ojos con claridad meridiana el resultado de la metamorfosis: la espiral se había convertido en un enorme y alambicado signo de interrogación.
Desde entonces no he vuelto a ir a la plaza. Me inquieta la posibilidad de que se hayan producido nuevas transformaciones. En el bar donde desayuno cada mañana presto atención a los comentarios de la gente; y aunque todo el mundo actúa como si no hubiese ocurrido nada, puedo percibir en sus miradas esquivas y en sus inhabituales silencios un poso de preocupación. Pero si me he decidido a escribir estas líneas es porque hace unos minutos ha ocurrido un hecho excepcional: han llamado a la puerta de mi casa. Yo no suelo recibir visitas. He abierto. No había nadie, pero en el suelo habían dejado un sobre. En el anverso, una espiral dibujada; en el reverso, un interrogante. He salido corriendo al balcón, con el tiempo justo de ver a una chica de pelo moreno y revuelto alejándose calle abajo. Le he gritado no recuerdo qué y se ha dado la vuelta. Me ha parecido que sonreía. Con un dedo ha dibujado en el aire la forma de un interrogante y ha desaparecido al doblar la esquina.
El sobre me quema en las manos. Hay algo duro dentro. Lo miro, lo huelo, lo abro. Tan sólo hay un CD. Lo introduzco en el ordenador. Es un vídeo de unos tres minutos. Al acabar la proyección, respiro aliviado. Sonrío. Enciendo un cigarrillo y vuelvo a la plaza.
En Barcelona hay una plaza con un interrogante.1
COMPOSICIÓN
Un ósculo contiene:
Hidróxido de saliva………………………………… 2,5 mg
Cloruro bucal ……………………………………… 1,3 mg
Dióxido de amor…………………………………… 4,5 mg
Celulosa de lascivia………………………………… 2,7 mg
Excipientes: eventualmente aroma de menta o fresa, componentes orgánicos en descomposición, residuos dentífricos.
PRESENTACIÓN
Suele presentarse en forma de músculo bilabial propio en contacto epidérmico directo con músculo bilabial del paciente adyacente (con participación ocasional de determinados órganos situados en las respectivas cavidades bucales). No es infrecuente, no obstante, la existencia de contacto epidérmico directo entre músculo bilabial propio y zonas colaterales del paciente adyacente.
ACTIVIDAD
El ósculo presenta una actividad desinhibitoria, afrodisíaca y analgésica importante en el tratamiento de depresiones, trastornos psíquicos, inhibición sexual y demás tipos de enfermedades de carácter nervioso y/o psicosomático.
INDICACIONES
Está indicado en todo tipo de afecciones amorosas, lujuriosas y/o pasionales, particularmente en casos de enamoramiento agudo con trastornos del aparato locomotor e hiperestesia de los órganos genitales.
CONTRAINDICACIONES
Depresión respiratoria, hipertensión arterial severa o rechazo acusado del músculo bilabial del paciente adyacente.
Hipersensibilidad a alguno de los componentes.
No aplicar el ósculo sobre mucosas, aftas, úlceras o lesiones abiertas de la piel, ni en ninguna otra circunstancia en que concurra en el mismo punto otro proceso cutáneo y/o fisiológico.
PRECAUCIONES
Debe administrarse con precaución en caso de graves trastornos cardiovasculares y alteraciones del ritmo cardíaco, así como ante la aparición de elementos exógenos de carácter reprobatorio. Asimismo, deben tomarse las necesarias precauciones ante la presencia de aparatos ortodónticos en el paciente adyacente o la existencia de procesos mefíticos de origen halitósico.
INTERACCIONES
El uso simultáneo de componentes alcohólicos y/o psicotrópicos puede ocasionar un aumento de los efectos de ambos.
ADVERTENCIAS
Embarazo y lactancia: no se han descrito.
Efectos sobre la capacidad de conducción y manipulación de maquinaria: no se han descrito (siempre y cuando la aplicación del ósculo y la conducción no tengan lugar de manera simultánea).
Se informa a los deportistas que el ósculo contiene un componente que puede establecer un resultado analítico de control de dopaje como positivo, debido a sus efectos eufóricos y vasodilatadores.
POSOLOGÍA
El ósculo puede aplicarse las veces que el paciente considere oportunas. A título indicativo: de 30 a 40 aplicaciones por día.
La administración de dosis excesivas y a largo plazo puede crear dependencia.
SOBREDOSIS
Es difícil que se produzca una intoxicación. En caso de sobredosificación extrema pueden presentarse síntomas de nerviosismo y palpitaciones, que se combatirán con las medidas habituales. Si se detectara hipersensibilidad, suspéndase el tratamiento inmediatamente.
En caso de sobredosis o aplicación indeseada, consulte al Servicio de Información Toxicológica (o Traumatológica).
REACCIONES ADVERSAS
Ocasionalmente pueden aparecer náuseas, palpitaciones, sequedad de boca, hastío o somnolencia que cesan al suprimir el tratamiento.
En el caso de aplicación accidental o indeseada las reacciones adversas pueden resultar imprevisibles y de muy diversa índole.
Si se observa cualquier otra reacción adversa no descrita anteriormente, consulte a su médico o consejero sentimental.
CADUCIDAD
La fecha de caducidad del ósculo la determina el paciente.
Texto revisado: febrero de 2021. Sin receta médica. No es necesario mantener los ósculos fuera del alcance de los niños.
Coges un espejo y lo pones encima de la mesa. Es un espejo redondo, de pequeñas dimensiones, apropiado para un maquillaje minucioso, con un marco metálico y dos caras, una de las cuales amplifica el tamaño de los objetos y la otra los refleja a escala natural. Un pie y dos brazos, también metálicos, mantienen el espejo como suspendido en el aire, permitiendo un movimiento de rotación que hace posible pasar de una cara a la otra con un simple gesto. El sistema es parecido al de las bolas del mundo, pero con el eje cambiado y la masa terrestre escuálida, como los globos terráqueos de un universo bidimensional. Ya ni recuerdas cuál de tus antiguas amantes debió de olvidarlo en casa antes de salir para no volver jamás. Mientras lo pones sobre la mesa observas que está cubierto de polvo, casi exangüe en su ostracismo, pues un espejo que no refleja a nadie es como un libro que nadie lee: no existe. Y tú no eres precisamente de los que se miran en el primer espejo que encuentran. Tal vez por eso esta tarde, cuando volvías de la oficina, no has sabido reconocer tu cara al verla reflejada en el escaparate de una tienda de juguetes. Y has llegado a casa preocupado y has cogido el espejo y lo has colocado encima de la mesa y has empezado a observarte con detenimiento, por la parte del espejo que reproduce el mundo sin distorsión aparente. El espejo es ahora un inmenso ojo escrutador, fiscal polifemo de ti mismo, aleph reflejo de todas tus máscaras. En realidad es una suerte que esté cubierto de polvo, pues produce así un efecto brumoso que distorsiona tu imagen, lo cual es un alivio cuando uno llega cansado a casa y hace tiempo que no se mira al espejo. La distorsión impone además la distancia necesaria para que puedas observarte sin tener que apartar la mirada, para que puedas enfrentarte a tu propia imagen sin sentirte insoportablemente increpado. Entre la polvorienta neblina te percatas de que la imagen de ti mismo poco o nada tiene ya que ver con la imagen de la imagen que te has hecho de ti mismo. Te cuesta reconocer en esa mirada lánguida la chispa de aquel que un día peregrinó a París. Intentas sonreír y te cuesta reconocer en esa sonrisa opaca el prístino fulgor de un gin-tonic en el Jamboree. Te cuesta reconocer en ese ceño fruncido la frente despejada de aquel atardecer en Nayarit. Te cuesta reconocerte, en fin. Cierras los ojos, inclinas ligeramente la cabeza y te aprietas con suavidad los lacrimales con la ayuda de los dedos índice y pulgar. En esa posición, concentrado en tu penumbra interior, intentas cotejar la imagen que el espejo te devuelve con la imagen que devuelve el espejo de tu memoria. Ves un balancín de flores rojas y marrones. Ves un barquito de corcho en el estanque de un parque en primavera. Ves un perro que te lame la mano. Ves una máquina de escribir con una hoja en blanco en la que sólo está escrito el extraño título de un relato: «Trágica agonía de una cerveza». Ves una orgía en la que nunca has estado, y una partida de ajedrez que no has jugado. Ves una carrera de obstáculos. Ves un papel chamuscado. Ves una tienda de campaña bajo la lluvia y una guerra de mazorcas de maíz. Notas el roce de unos pies bajo la mesa. Ves versos escritos en una servilleta. Ves una cita de Wilde grabada en un pupitre. Oyes gemidos. Notas en la cara el viento frío de una mañana de febrero en Menorca. Ves una iglesia abandonada. Ves una caravana forrada con fotos de revistas pornográficas. Ves furtivamente el rostro de un indio de una película que no te han dejado ver. Ves una habitación de hotel, doble y en tinieblas. Oyes una puerta que se abre chirriando. Sientes la ebriedad de una noche de San Juan. Ves un accidente de tráfico. Abres los ojos.
El espejo sigue ahí. Siguen ahí tus ojos lánguidos y tu sonrisa opaca. Sigue ahí el reflejo polifemo. Pasas el dedo índice por la superficie polvorienta, en diagonal, de arriba abajo, de derecha a izquierda. Una reluciente cicatriz parece ahora rasgar tu rostro, la cicatriz que deja el rastro de un caracol en su camino. Vuelves a pasar el dedo, pero esta vez dibujando la diagonal contraria. Una gran X domina ahora el espejo. En la intersección que forman sus aspas, aparece nítidamente tu entrecejo fruncido. Parece el punto de mira de un incierto futuro de cañón recortado. De repente suena el teléfono. Lo dejas sonar una, dos, tres, cuatro veces; a mitad de la quinta, enmudece. Con el flanco de la mano, compulsivamente, quitas el polvo que queda sobre la superficie del azogue y la limpidez con que ahora apareces te resulta intolerable. De un manotazo haces girar el espejo, que parece ovillarse sobre sí mismo, perdiendo poco a poco velocidad. Le vuelves a dar impulso, como si fuese una ruleta. Una y otra vez. Finalmente, dejas que se detenga. Y el rostro desenfocado que el espejo te devuelve resulta ahora monstruoso, convexo, deforme, turbulento. Apagas la luz, y te preguntas qué demonios hacías tú esta tarde al volver de la oficina mirando el escaparate de una tienda de juguetes.
El actor cómico Roberto Olaya (1927-2004) cuenta muchas anécdotas jugosas en su reciente Autobiografía póstuma (título escogido por él mismo a mediados de los años noventa, sabedor tal vez de las dificultades que su obra tendría para ser publicada en vida; pero la muerte, como el bicarbonato a la plata, saca a relucir tesoros olvidados en el fondo de un cajón, y la editorial Ave Fénix nos ha obsequiado este verano con la publicación de unas memorias frescas, irónicas, incluso sarcásticas, pero que son ante todo un auténtico homenaje al mundo de la farándula, ese mundo casi mitológico y en «claro peligro de extinción», en palabras del propio actor vallisoletano en el prólogo a su libro).
Especialmente hilarante es el cuarto capítulo de la obra, dedicado a las tournées por ciudades de provincias, donde en los años cincuenta encontrar un camerino con agua corriente era un auténtico milagro. Pero es en 1975 cuando tiene lugar una de las anécdotas que más me han llamado la atención y que reproduciré ahora con todo detalle, no sólo por el interés intrínseco que tiene, sino porque curiosamente ocurrió en mi ciudad natal y fui yo un testigo de excepción (aunque debo reconocer que no ha sido hasta la lectura de esta Autobiografía póstuma cuando he llegado a comprender el sentido exacto de lo ocurrido).
A principios de 1975, Roberto Olaya inició una gira por el levante peninsular, con un monólogo (género, ciertamente, no muy en boga en aquellos años) titulado Por los cerros de Úbeda
