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Este libro explora, desde varias disciplinas, y siempre desde la perspectiva de género, distintos discursos que surgen como respuesta a la dominación masculina. Su postura contestaria sigue una larga tradición, que en el mundo occidental se inaugura con la obra de Cristina de Pizán, La ciudad de las damas (1405), y en la cual a lo largo del tiempo iban a intervenir desde Olimpia de Gouges y Mary Wollstonecraft en el siglo XVIII, hasta Flora Tristán en el XIX, para desembocar en la teoría feminista y los estudios de género de los siglos XX y XXI. El primer capítulo del presente libro, a cargo de Carmiña Navia, aborda una cuestión trascendental, la de los retos que las mujeres —y algunos hombres— han lanzado a la imagen de Dios como el gran patriarca en la teología tradicional, centrándose en la forma como se ha tratado a la mujer en el discurso de la teología de la liberación. Siguen dos capítulos sobre los generolectos, por Gabriela Castellanos; el primero teórico, explicando la necesidad de este concepto en los estudios de género, y el segundo brindando los resultados de una investigación sobre la feminidad y la masculinidad en el discurso de sujetos de estrato seis en la ciudad de Cali. A continuación, tenemos la propuesta de dos prácticas pedagógicas desde un enfoque de género para la formación literaria juvenil, escrito por Mery Cruz Calvo. Se cuenta asimismo con un estudio introductorio sobre las masculinidades y la construcción-significación de la mujer en la narrativa literaria colombiana, por Juan Moreno Blanco. Finalmente, Luz Elena Luna Monart aborda el estudio del teatro de mujeres como un espacio para la reconstrucción de las identidades femeninas en afrodescendientes desplazadas de la costa del Pacífico colombiano.
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Seitenzahl: 355
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Castellanos Llanos, Gabricla, 1944-
Género y poder discursos de rebeldía sobre feminidades y masculinidades / Gabriela Castellanos Llanos, Mery Cruz Calvo.-- Cali: Programa Editorial Universidad del Valle, 2019.
192 páginas ; 24 cm. -- (Ciencias sociales)
Incluye índice de contenido.
1. Estudios de género 2. Equidad de género 3. Mujeres. 4. Masculinidad 5. Teología de la liberatión. I. Cruz Calvo, Mery, 1964- , autora. II. Tít. III. Serie.
305.3 cd 22 ed.
A1639308
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: Género y poder: Discursos de rebeldía sobre feminidades y masculinidades
Compiladoras: Gabriela Castellanos Llanos, Mery Cruz Calvo
ISBN: 978-958-765-978-8
ISBN PDF: 978-958-765-979-5
ISBN epub: 978-958-5164-90-1
Colección: Ciencias Sociales
Primera edición
Rector de la Universidad del Valle: Edgar Varela Barrios
Vicerrector de Investigaciones: Jaime Cantera Kintz
Director del Programa Editorial: Omar J. Díaz Saldaña
© Universidad del Valle
© Gabriela Castellanos Llanos
© Mery Cruz Calvo
Diseño de carátula y diagramación: Sara Isabel Solarte Espinosa
Corrección de estilo: G&G Editores
Este libro, o parte de él, no puede ser reproducido por ningún medio sin autorización escrita de la Universidad del Valle.
El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es el responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación, razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Cali, Colombia, diciembre de 2020
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
INTRODUCCIÓN
Gabriela Castellanos Llanos, Mery Cruz Calvo, Luz Elena Luna
CAPÍTULO 1
LA MUJER EN LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN
Carmiña Navia Velasco
CAPÍTULO 2
DISCURSO, GÉNERO Y BINARISMO. DE POR QUÉ NECESITAMOS LOS GENEROLECTOS
Gabriela Castellanos Llanos
CAPÍTULO 3
FEMINEIDAD Y MASCULINIDAD EN EL DISCURSO DE MUJERES DE ESTRATO SEIS EN CALI: LOS GENEROLECTOS EN EL ESTUDIO DE DOS CASOS
Gabriela Castellanos Llanos
CAPÍTULO 4
FORMACIÓN LITERARIA JUVENIL: DOS PRÁCTICAS PEDAGÓGICAS DESDE UN ENFOQUE DE GÉNERO
Mery Cruz Calvo
CAPÍTULO 5
MASCULINIDADES Y CONSTRUCCIÓN-SIGNIFICACIÓN DE LA MUJER EN LA NARRATIVA LITERARIA COLOMBIANA. UNA INTRODUCCIÓN
Juan Moreno Blanco
CAPÍTULO 6
TEATRO DE MUJERES: UN ESPACIO PARA LA RECONSTRUCCIÓN DE LAS IDENTIDADES FEMENINAS EN AFRODESCENDIENTES DESPLAZADAS DE LA COSTA PACÍFICA COLOMBIANA
Luz Elena Luna Monart
AUTORES
NOTAS AL PIE
Gabriela Castellanos Llanos, Mery Cruz Calvo, Luz Elena Luna
Desde hace siglos, las mujeres del mundo —así como algunos hombres—han venido esgrimiendo discursos contestatarios para combatir la misoginia. Ya en 1401, Christine de Pizan, escritora y poeta famosa en la Corte de París, comenzó una polémica al criticar al poeta Jean de Meun, autor de El romance de la rosa, por su misoginia1. En 1791, también en París, Olimpia de Gouges2 publicó su Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, en respuesta a la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano, que no incluía a las mujeres. En 1792, una inglesa, Mary Wollstonecraft, publicó Vindicación de los derechos de la mujer —una de las primeras obras de filosofía feminista—, donde defendió los derechos de las mujeres a la educación en respuesta a tratados y otros textos de la época. Sus más apasionados pasajes fueron dedicados a rebatir las ideas expresadas en Emilio, o de la educación, de Jean-Jacques Rousseau, donde el filósofo sostiene que las mujeres deben ser educadas para satisfacer a los hombres.
En cuanto a los varones, desde el siglo XVIII socialistas como Saint-Simon o Fourier, y liberales como John Stuart Mill han abogado por los derechos de las mujeres. Sus ideas influyeron en Flora Tristán, socialista y protofeminista francesa de ascendencia peruana, quien en la primera mitad del siglo XIX escribió y militó en pro de la causa de los obreros y de las mujeres.
Desde entonces, son innumerables los textos donde hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres, emplean el discurso para analizar o refutar ideas misóginas, o para tomar en cuenta a las mujeres y así transformar las visiones del mundo que las excluían. En este libro, cuatro mujeres y un hombre, escribiendo en Colombia, cuestionan y examinan distintos tipos de discursos sobre las mujeres y sobre género. El libro presenta los resultados de una investigación titulada Discursos y subjetividades: feminidades y masculinidades, que venimos realizando desde 2015, y que recibió el apoyo de la Vicerrectoría de Investigaciones de la Universidad del Valle. Los temas se tratan desde campos académicos como la teología, la pedagogía, el análisis del discurso, la literatura y el estudio del teatro. Haremos un breve recorrido por los principales aportes de los estudios de género en estos campos, para que sirvan de telón de fondo de los seis capítulos que aquí presentamos, antes de pasar a resumir sus contenidos.
El primer tema es quizás el más importante, por dos razones: primero, porque las ideas sobre Dios están en la base de gran parte de nuestra cultura, de modos tanto conscientes como inconscientes, y tanto de la cultura académica como de la popular; y segundo, porque la relación entre estas ideas y la categoría de género es uno de los temas más desconocidos.
La historia de los retos que las mujeres—y algunos hombres— han lanzado a la imagen de Dios como el gran patriarca comienza con Hildegarda de Bingen (1098-1179), abadesa benedictina alemana que fue escritora, compositora, filósofa, científica y mística (Góngora, 2006). En su obra Liber divinorum operum presenta diez visiones, donde varios de los atributos de la divinidad, como la Caridad o Amor Divino, y la Sapiencia o Sabiduría, son representados por figuras femeninas (Díez, 2017; Llamas, 2015). Por su condición de mística —es decir, según la teología católica, alguien que recibe revelaciones directamente de Dios—, el Papa le permitió predicar e interpretar la Biblia, algo entonces reservado exclusivamente a los varones (Delgado, 2016). Hildegarda de Bingen fue canonizada y declarada Doctora de la Iglesia en 2012 (Enciclopedia Católica, 2012).
Casi dos siglos más tarde nos encontramos con Juliana de Norwich (c. 1342-c. 1416), ermitaña inglesa, considerada una de las más grandes escritoras místicas cristianas. En su obra Sixteen Revelations of Divine Love (Dieciséis revelaciones del amor divino, circa 1393) se aparta del Dios vengador y severo, y habla del amor de la deidad en términos de alegría y compasión y no de ley o castigo. Para Juliana, más allá del Infierno residía el amor misterioso e inagotable de Dios. Tal como lo había hecho Hildegarda de Bingen, Juliana de Norwich utiliza imágenes tanto femeninas como masculinas para referirse a Dios. Por una parte, compara a Jesús con una madre sabia y amorosa; por otro lado, ensalza al Dios Creador como una madre que hace nacer la Naturaleza. El respeto que se le tenía por su santidad y por su condición de ermitaña impidió que las autoridades de la Iglesia la condenaran por sus ideas poco ortodoxas.
Ya en el siglo XX tenemos la figura de Dorothee Sölle (1929-2003), teóloga y feminista alemana, quien fue líder entre los teólogos liberacionistas al reinterpretar el mensaje de Cristo en términos de socialismo y pacifismo. Para Sölle, la liberación no podía ser solo de los pobres y de los países colonizados sino también de las mujeres, por lo cual creó el concepto de la “colonización” de las mujeres.
Muchas de estas ideas llegan a sus versiones más modernas en la obra de Elizabeth Johnson, monja (de las Hermanas de San José), teóloga católica feminista y profesora distinguida de Teología en Fordham University, de la ciudad de Nueva York. Una de sus obras más conocidas es La que Es: el misterio de Dios en el discurso teológico feminista(2002). En esta, Johnson arguye que Dios, como espíritu, no tiene género. Además, busca integrar las experiencias femeninas a la teología católica clásica. El libro recorre la historia del lenguaje cristiano sobre Dios y arguye que se debe usar un lenguaje neutro o equilibrado en cuanto al género sobre la deidad en la doctrina cristiana. Johnson ha sido cuestionada por las autoridades eclesiásticas y en 1987 la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el Cardenal Ratzinger (luego Papa Benedicto XVI) la interrogó por varias horas, aunque finalmente no pudieron prohibir su ascenso como profesora de Teología (Manson, 2014).
No solo las mujeres han cuestionado y transformado el discurso tradicional sobre Dios. El teólogo y sacerdote ortodoxo Christophorus Schuff fue apartado del sacerdocio por la Iglesia Ortodoxa Griega debido a sus “errores teológicos”, que incluyen llamarle a Dios “Nuestra Madre” y abogar por la igualdad eclesiástica de las mujeres y la aceptación de homosexuales y lesbianas en la iglesia. Además, Schuff habla de la Divinidad como la Madre Tierra, al postular la conexión entre lo humano, lo divino y toda la red de vida (Christ, 2017).
Una teóloga feminista más joven es Elina Vuola, nacida en Finlandia en 1960. Es profesora de la Universidad de Helsinki y autora del libro Los límites de la liberación: la teología feminista y la ética de la pobreza y la reproducción, donde arguye que una gran deficiencia de la Teología de la Liberación es su falta de foco en la experiencia y los derechos reproductivos de las mujeres pobres.
Las latinoamericanas no han estado ausentes de estos debates. Ivone Gebara es una monja católica nacida en 1944 en São Paulo, en una familia sirio-libanesa. A la edad de 22 años se convirtió en monja agustina. Recibió un Ph. D. en Filosofía de la Pontifícia Universidade Católica de São Paulo. Gebara enseñó en el Instituto Teológico do Recife (ITER) por 17 años, junto a su fundador Hélder Câmara, institución que fue cerrada por el Vaticano en 1989. Desde 1973, Gebara vive en un barrio pobre cerca de Recife. En los noventa, fue juzgada por el Vaticano por sus críticas a la Iglesia y su posición sobre el aborto; se le condenó a dos años sin dar declaraciones públicas. Durante este tiempo escribió un libro titulado Rompiendo el silencio: una fenomenología feminista del mal.
Gebara manifiesta que el feminismo le dio algunas luces para entender lo que sucede a muchas mujeres, y para preguntarse por qué “la teología patriarcal nunca ha considerado la intervención del género” y por qué no se denuncian las injusticias sociales que inciden directamente en los cuerpos de las mujeres.
Otra teóloga latinoamericana es Elsa Támez, nacida en Monterrey (México) en 1951 y residente en Costa Rica por más de 40 años. Ha publicado varios libros, entre estos Jesús y las mujeres valientes (2001) y Las mujeres en el movimiento de Jesús, el Cristo (2003), así como otros sobre la lectura bíblica desde una perspectiva feminista, donde cuestiona el patriarcalismo de la Iglesia. A su vez, es importante mencionar a María Pilar Aquino, quien en su libro Teología feminista latinoamericana(1998) —donde también aparece un texto de Elsa Támez— destaca la relevancia de la teoría feminista y de género en relación con la teología.
Finalmente, aquí en Colombia contamos con Carmiña Navia, quien contribuye a este libro con el primer artículo. Nacida en Cali en 1948, es teóloga, feminista, poeta y crítica literaria; desde la década de los ochenta ha venido publicando textos como Judit, relato feminista en la Biblia y La mujer en la Biblia. Opresión y liberación. En textos como El Dios que nos revelan las mujeres (1998) y La nueva Jerusalén femenina (1999), Navia ha aportado importantes reflexiones a la teología feminista.
Navia es también una de las líderes del Colectivo María de Magdala, grupo compuesto por mujeres y hombres de varios países que defienden la imagen de la comúnmente llamada María Magdalena, cuyo destacado papel en la Iglesia de los primeros tiempos del cristianismo ha sido ocultado y enturbiado por discursos patriarcales. Este grupo aboga por
[…] el sacerdocio femenino, el celibato sacerdotal opcional, la transformación del Estado Vaticano en la Red Internacional de Justicia, Paz e Integridad de la Creación, la democratización laical a partir de asambleas eclesiales con protagonismo de mujeres y jóvenes y la transformación del Banco Vaticano (IOR) en la Banca Social de los Pobres para luchar contra la pobreza en el mundo; todos estos, como puntos de partida para una renovación eclesial profunda y duradera. (Colectivo Feminista María de Magdala, 2014)
En segundo lugar, dos de los capítulos de este libro se enmarcan en el campo del análisis del discurso en relación con el género, el cual puede considerarse un segmento del campo más amplio de género y lenguaje. Este último se inauguró hace más de 40 años, como lo plantea Deborah Tannen (1993):
El año de 1975 puede considerarse como el del lanzamiento del campo de género y lenguaje. En ese año vieron la luz tres libros que serían de importancia crítica: El lenguaje y el lugar de la mujer (Language and Woman’s Place), de Robin Lakoff; Lenguaje masculino/femenino de Mary Ritchie Key (Male/Female Language); y el volumen editado por Barrie Thome y Nancy Henley, Sexo y lenguaje: diferencia y dominación (Language and Sex: Difference and Dominance). Estos trabajos pioneros hicieron posible considerar las diferencias sistemáticas en las formas como hombres y mujeres usan el lenguaje: es más, hicieron posible reconocerlas como diferencias. (p. 3)
Surgieron así dos grandes áreas de investigación: las formas en las cuales el lenguaje que todos y todas empleamos discrimina a la mujer, y las diferencias en la manera como hombres y mujeres usan el lenguaje. En el primer caso, fundamentalmente se encuentran diferencias léxicas; por ejemplo, el hecho de que la forma masculina de algunas palabras (zorro, gallo, hombre público) tiene connotaciones positivas cuando se aplica a los varones, mientras que la forma femenina (zorra, gallina, mujer pública) tiene un significado peyorativo. Igualmente, el uso “obligado” del masculino genérico para referirse a la humanidad (“el Hombre”) o a determinados grupos (los estudiantes, los maestros) aunque incluya mujeres3.
Sin embargo, es en el segundo grupo —el de los usos diferenciales del lenguaje— donde se han dado los desarrollos en el campo que llamamos análisis del discurso. Por un lado están los estudios sobre los discursos en culturas particulares que se enmarcan en la denominada etnografía del habla (véase Sherzer, 1987). Adicionalmente, se presenta hoy una gran diversidad de estudios sobre los usos del lenguaje por hombres y mujeres desde la perspectiva de las relaciones de género en nuestra cultura (incluyendo relaciones de dominación, sumisión y resistencia), enfocados en la consideración de aspectos culturales de la identidad femenina y masculina.
De hecho, pueden diferenciarse dos grandes tendencias en este campo. Por una parte, trabajos que analizan los usos del discurso por hombres y mujeres en términos de diferencias culturales; por otra parte, aquellos que visualizan estos usos en términos de ejercicios de poder y de dominación. El primer grupo ha sido fuertemente criticado, ya que individualiza las relaciones entre los géneros, desconociendo el hecho de que existen estructuras sociales y culturales de dominación en las cuales están inmersos los individuos que interactúan, a menudo independientemente de sus voluntades, de modo tal que el discurso se convierte en una herramienta para ejercer el poder masculino sobre lo femenino, casi siempre independiente de las voluntades individuales. Sin embargo, como lo plantea Aki Uchida (1998), no se trata de escoger entre un modelo que enfatiza la diferencia y otro que resalta la dominación, pues en el campo de las relaciones de género “la diferencia es dominación” (p. 285), al menos en la ideología hegemónica4.
Deborah Tannen, una de las sociolingüistas que trabajaron en el campo de las diferencias, fue quien popularizó el término generolecto, usado para designar las diferencias lingüísticas y discursivas entre hombres y mujeres. El concepto, sin embargo, fue muy criticado por la forma como lo empleó Tannen en su libro Tú no me entiendes (1992), donde a pesar de profesar la importancia de las diferencias regionales, étnicas, raciales, de clase y orientación sexual, en las anécdotas que analiza se refiere predominantemente a hombres y mujeres estadounidenses de clase media, educados y heterosexuales, excluyendo así la influencia de otras variables. Al mismo tiempo, aunque Tannen afirma que el generolecto femenino puede ser utilizado ocasional o habitualmente por hombres, así como el masculino puede ser empleado por mujeres, en los ejemplos que utiliza parece igualar “femenino” con individuo mujer y “masculino” con individuo varón, como si la diferencia discursiva se basara en la realidad biológica. Otros autores (Castellanos, 2010; Motschenbacher, 2007) han replanteado el término a fin de que pueda ser utilizado en formas más aceptables de como lo hace Tannen. No se dirá más sobre la cuestión, ya que tales replanteamientos se encuentran incluidos en dos de los artículos contenidos en este volumen.
Uno de los capítulos de este libro se enmarca en las relaciones entre género y educación. Antes de proceder a comentar dichas relaciones, se deben considerar a partir de un desarrollo histórico: se hace referencia a la estrecha correlación entre el proyecto de la modernidad y la pedagogía. Esta correlación se da en la medida en que dicho proyecto y ciertas concepciones educativas comparten ideales como el descubrimiento del sujeto, la primacía de la razón y la idea de un progreso ilimitado.
Para el logro de estos objetivos se hizo necesario trazar un plan. Eduardo Terrén (1999) afirma que la cultura ilustrada se instituyó como una cultura pedagógica; esto significa que las ideas modernas se difundieron a través de la institución escolar en un trabajo educativo sin precedentes. Gracias a la escuela, como se conoce hoy, las nociones, valores e imaginarios modernos se interiorizaron en el mundo de Occidente. Para ser modernos/as era necesario pasar por esta institución escolar, mediadora entre el proyecto naciente y la sociedad; sin embargo, los referentes de este modelo tenían geografía —Europa—, color de piel —blanca— y género —masculino—.
Algunos de estos postulados educativos siguen vigentes en el imaginario colectivo, a pesar de que investigaciones actuales indican que las trayectorias contemporáneas de tipo lineal, finalista y progresivo del proyecto moderno ceden espacio a trayectos circulares, similares a una rueda de la fortuna (Gil, 2010). Las oleadas migratorias que generan nuevas configuraciones culturales y étnicas en países de acogida, así como la generalización del trabajo femenino que ha socavado la imagen de la familia tradicional, bien pueden ser considerados elementos configuradores de estos nuevos paradigmas. Un lugar destacado lo ocupan las maneras particulares de apropiarse del mundo, interpretar la realidad y actuar en consecuencia en esa dimensión tan fundamental de la vida que es la subjetividad de cada persona.
La educación y la escuela a menudo se obstinan en permanecer en una tradición que da poca —o ninguna— cabida a estas nuevas maneras de ser y estar en el mundo. En el caso concreto de la relación entre género y educación, la perspectiva de género en la escuela es un enfoque que aporta herramientas a la comunidad educativa para hacer visible y asumir correctivos en relación con ciertas situaciones; por ejemplo, frente al diagnóstico que presenta Carlos Iván García en su investigación Diversidad sexual en la escuela (2007), en la cual plantea el espejismo coeducativo que crea la ilusión de igualdad porque en las escuelas conviven ambos sexos. En realidad, lo que las indagaciones de campo arrojan como conclusión es que niños y niñas comparten espacios en la escuela, pero no se les enseña lo mismo: a partir del género se crean y se establecen relaciones diferentes frente a las áreas del conocimiento y a las maneras como se desarrollan las competencias académicas de unos y otras.
Si bien existen programas institucionales que visibilizan, denuncian y previenen las violencias contra las mujeres, hoy se hace perentoria la incorporación real en los currículos y, por ende, en la cotidianidad del aula de clase, de perspectivas incluyentes. Como muy bien plantea la escritora estadounidense Siri Hustvedt en una entrevista (Ortiz, 2017), solamente se superará la idea que se tiene sobre el papel secundario de la mujer en la creación artística e intelectual cuando la sociedad sea consciente de esta injusticia y lo lleve al debate público. Es justamente en la escuela donde se ha construido toda una simbología de las mujeres que reproduce roles de lo que una sociedad patriarcal y arraigadamente machista impone.
El reconocimiento del currículo oculto de género (COG) que circula en las instituciones educativas se constituye en el conjunto interiorizado y no visible de construcciones de pensamiento, valoraciones, significados y creencias que estructuran, construyen y determinan las relaciones y las prácticas sociales de y entre hombres y mujeres (Lovering & Sierra, 1998). Este dispositivo reproduce relaciones de desigualdad y opresión entre las personas. La incorporación de la perspectiva de género al medio escolar se perfila así como una alternativa para elaborar nuevas representaciones y valores culturales, y de este modo expresar otras formas de conocimiento (Braidotti, 2004).
Otro campo que sirve de marco a uno de los capítulos de este libro es el de los estudios literarios desde la perspectiva de género, campo ya tan vasto que no se puede hacer más que señalar algunos hitos y tendencias de dichos estudios.
Este campo se inaugura con una obra clásica que ha tenido enormes influencias: el ensayo de Virginia Woolf, Una habitación propia, publicado por primera vez en 1929. Además de plantear la importancia de la independencia económica y cultural (independencia de la cual carecían desde siempre las mujeres) de quien escribe para poder crear, Woolf hace un análisis de la literatura misógina. Contra este telón de fondo crea la figura de Judith Shakespeare para mostrar que, a lo largo de la historia, una mujer de gran talento solamente podría tener un destino trágico. Finalmente, considera los logros de las principales novelistas inglesas del siglo XIX y hace énfasis en la importancia de una tradición propia (en este caso femenina) para que una mujer se atreva a escribir.
En 1970, Kate Millett publica su libro Política sexual, que se convertiría también en un clásico y en un texto clave del feminismo radical. Arguyendo que el sexo tiene un aspecto político que casi siempre se soslaya, Millett analiza las relaciones entre los sexos como relaciones de dominación en la sociedad y en la cultura, y examina obras de D. H. Lawrence, Henry Miller y Norman Mailer, mostrando el sesgo patriarcal y sexista de estos autores.
La obra de Millett tuvo una gran cantidad de sucesoras feministas que exploraban los sesgos patriarcales en las obras masculinas, sobre todo en su presentación de personajes femeninos; es decir, las imágenes de las mujeres en la literatura canónica. Sin embargo, pronto surge una nueva tendencia denominada ginocrítica, en la cual se hace mayor énfasis en la lectura y recuperación de las obras literarias escritas por mujeres y que han sido ignoradas por la crítica y excluidas del canon literario. La pionera y principal exponente de esta tendencia fue Elaine Showalter, quien en 1977 publica Una literatura propia, donde se propone y se documenta un regreso a la experiencia femenina como fuente de la creación literaria.
Una de las obras más influyentes de esta corriente fue The Madwoman in the Attic, de Sandra Gilbert y Susan Gubar, publicada en Estados Unidos en 1979 y traducida al español en España en 1998 bajo el título La loca del desván: la escritora y la imaginación literaria del siglo XIX. Parafraseando la tesis de Harold Bloom sobre la “ansiedad de influencia” que afectaba a los escritores hombres al querer ser originales —tratando de evitar que los estilos de los grandes de la tradición literaria los dominaran—, Gilbert y Gubar plantearon que las escritoras sufrían una “ansiedad de autoría”, precisamente por no contar con una tradición femenina. Según estas autoras, la falta de modelos femeninos a seguir a menudo constreñía a las escritoras, quienes debían vencer sus dudas sobre su derecho a la pluma.
Por otra parte, en las décadas de los setenta y ochenta una serie de autoras negras y lesbianas plantearon serias críticas al feminismo en general y a la crítica literaria en particular; esto por haber desconocido la experiencia y las perspectivas de las mujeres “de color” (negras, latinas y asiáticas), así como de las lesbianas. Igualmente, Audre Lorde, poeta estadounidense negra y lesbiana, en su ensayo Las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo (1979), repudió la falta de análisis de “nuestras numerosas diferencias” y la tendencia de las feministas a no conceder “espacio a las significativas aportaciones de las mujeres pobres, negras, del tercer mundo y lesbianas”. En 1984, la poeta Adrienne Rich —blanca, estadounidense, judía y lesbiana— propuso “una política de la ubicación” que contrarrestara “el egocentrismo blanco de Occidente”. Estas posiciones tuvieron una fuerte influencia en la crítica literaria feminista y en el cuestionamiento al canon tradicional, conduciendo a la inclusión de obras literarias de más diversa procedencia en los currículos universitarios.
Los estudios literarios feministas, en el Occidente hegemónico y en el sur global, recibieron además el influjo de los trabajos de autoras como Julia Kristeva, Luce Irigaray y Helene Cixous. Estas escritoras, influidas por el post-estructuralismo de autores como Lacan y Derrida, desarrollaron posiciones originales sobre la necesidad de una escritura femenina que rompiera con los modelos teóricos e inclusive con el lenguaje de los hombres.
Una autora que ha tenido gran influencia en este campo es Toril Moi, noruega, profesora en Duke University, en Estados Unidos. En su libro Teoría literaria feminista (1988), hace una crítica de algunos planteamientos del libro de Kate Millett, a partir de lo que se ha llamado “giro lingüístico” o giro textual, con base en el post-estructuralismo. Moi contrastó la escuela anglo-estadounidense de la crítica feminista, con la escuela francesa que propugna la écriture feminine, cuyos planteamientos pareció defender. Sin embargo, Moi posteriormente se acercó a una postura más politizada, opuesta al idealismo de los post-estructuralistas (véase su libro What Is a Woman? And Other Essays, 2001).
En los ochenta y noventa se produce el paso de los estudios de la mujer a los estudios de género, lo cual influyó en la teoría y en la crítica literaria. Lo anterior, en la medida en que en los últimos se parte de una perspectiva relacional, con énfasis en la importancia de tomar en cuenta no solamente las identidades de género, tanto femeninas como masculinas, sino también otros condicionamientos sociales como la clase, la raza, la orientación sexual, etc.
Por último, se debe reseñar brevemente la crítica literaria feminista colombiana. Sin aspirar a presentar una lista exhaustiva de estos estudios, se señalan obras germinales como el prólogo de Montserrat Ordóñez (1990) al libro de Diane Marting, Escritoras de Hispanoamérica, donde reflexiona sobre la ausencia casi total, antes de ese momento, de estudios sobre las autoras latinoamericanas. A su vez, cabe mencionar La Scherezada criolla. Ensayos sobre escritura femenina latinoamericana(1989) de Helena Araújo, una colección de ensayos donde se destacan las reflexiones sobre el discurso literario femenino y las dificultades que enfrentan las escritoras de América Latina y sus causas, así como algunas características de los modos de expresión que a menudo adoptan las autoras.
Otras compilaciones importantes en el campo de los estudios literarios sobre las mujeres incluyen ¿Y las mujeres? Ensayos sobre literatura colombiana (1991) (editoras: María Mercedes Jaramillo, Ángela Inés Robledo y Flor María Rodríguez) y Literatura y diferencia. Escritoras colombianas del siglo XX (1995) en dos volúmenes (editoras: María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio de Negret y Ángela Inés Robledo).
No se puede dejar de mencionar la extensa obra de Carmiña Navia sobre la literatura femenina, que incluye el libro Guerra y paz en Colombia, las mujeres escriben(2004), el cual obtiene el Premio Casa de las Américas en la modalidad de Premio Extraordinario sobre Estudios de la Mujer; y el más reciente trabajo de Elvira Sánchez-Blake y Laura Kanost (2015): Latin American Women and the Literature of Madness: Narratives at the Crossroads of Gender, Politics and the Mind; así como el libro de ensayos de Gabriela Castellanos, La mujer que escribe y el perro que baila. Ensayos sobre género y literatura (2004). Igualmente, nuestro propio trabajo, Rebelión contra el olvido. Mujeres escriben sobre los escritos de mujeres (Gabriela Castellanos y Mery Cruz Calvo, compiladoras, 2016).
Finalmente, el campo sobre el cual se trabaja el último de los capítulos de esta compilación: el teatro de mujeres, término que se refiere al trabajo escénico realizado desde la mirada de las mujeres, reflejando sus propios sentires (Lamus, 1999). El interés de este tipo de trabajo es visibilizar en la escena, a partir de sus propias experiencias, las situaciones que viven las mujeres; por tal razón, es un teatro ante todo político, pedagógico y social, donde las mujeres, más que actrices, son testigos, “memoria física del pasado, la presencia de un cuerpo que cuenta un pasado en tiempo presente” (Cornago, 2009, p. 6). Es un teatro que bien puede ser un espacio para darle voz a mujeres marginadas socialmente, convirtiéndose en instrumento de denuncia y de sensibilización para el público (Luna, 2011).
Sus antecedentes podrían remontarse a la historia del Movimiento del Nuevo Teatro en las décadas de los setenta y ochenta y la necesidad de hacer un “teatro para el pueblo”, reflejando la realidad nacional (Rizk, 2011); en este se desarrolla un estilo de trabajo denominado creación colectiva, que establece una nueva relación con el público comprometido con reivindicaciones sociales (Jaramillo & Osorio, 2004). En tal contexto fue gestándose un ambiente propicio para que las mujeres, por primera vez en Colombia, tuvieran una gran influencia en el teatro, no solamente como actrices sino en la dramaturgia y en la conformación y dirección de grupos (Lamus, 1999).
En los noventa, este fenómeno del teatro de mujeres toma fuerza debido a la influencia de los movimientos feministas y de mujeres y a la creación de los programas de teatro en las universidades (Restrepo, 1998). Es así como diferentes dramaturgos y grupos profesionales de teatro se han interesado en trabajar a partir de acontecimientos tocantes a la realidad atravesada por la violencia, dando como resultado obras centradas en la temática del conflicto armado, los asesinatos y las desapariciones, entre otros temas relacionados con hechos que a diario ocurren en Colombia. A partir del surgimiento de la Ley de Víctimas 1448 de 2011, son muchos los artistas que en los últimos años han trabajado en procesos de reconstrucción social desde el arte, exponiendo sus obras en diferentes escenarios, bien sea realizadas en interacción con poblaciones vulneradas o bien inspiradas en las vivencias de las víctimas.
Este parece ser el contexto que posibilita el teatro de mujeres a través del trabajo de la Corporación Colombiana de Teatro (CCT) y el teatro La Máscara como manifestación de nuevas formas de representación, tal como lo menciona Dubatti (2011). Son las propias artistas, ligadas al Movimiento del Nuevo Teatro —Patricia Ariza, Lucy Bolaños y Pilar Restrepo—, quienes empiezan a trabajar con mujeres víctimas de diversas violencias, reconociendo así el alto potencial político y transformador del teatro en sus vidas. En tal medida, son mujeres artistas ligadas al feminismo, al trabajo en comunidades y al teatro profesional, convergencia sumamente importante por el aporte que este eje revierte sobre el presente trabajo (Corporación Colombiana de Teatro, 2008).
Estos trabajos realizados desde el teatro han generado una relación muy cercana entre realidad y dramaturgia, propiciando que grupos profesionales deriven hacia el trabajo comunitario mediante diferentes formas de creación, producción y pedagogía escénica. Se trata de una perspectiva en la cual las estructuras dramáticas tradicionales se han transformado en diversos aspectos, tales como: el abordaje de la multiculturalidad; la apropiación de nuevas modalidades de producción y contacto con el público; formas de comunicación entre artistas-público; la convención entre público y actor en la que se hace realidad una ficción (Berenguer, 1992); el hecho de reemplazar la actuación por el testimonio; el propio proceso de montaje y escritura; y el fin que persigue el espectáculo.
Ahora bien, el discurso no solamente hace referencia a las palabras, bien sea orales o escritas, sino también a experiencias subjetivas, a las formas como las personas instalan y se apropian socialmente de ese saber (Foucault, 2002) que se legitima y se avala en contextos determinados (Austin, 1962). De tal manera, se puede pensar que el teatro de mujeres es un discurso que trabaja desde la representación escénica, con códigos culturales sobre aquello que se cree o se sabe a través de discursos y prácticas de poder que circulan en la sociedad y desde los cuales el público lee y entiende (Foucault, 2002).
De acuerdo con lo anterior, el teatro bien puede servir para reproducir los discursos hegemónicos sobre la situación de las mujeres en la sociedad y sobre las formas de construirse a sí mismas en sus cuerpos y actitudes, o bien para llamar la atención sobre los discursos de poder y proponer nuevas formas de construcción de los cuerpos desde la diferencia (Viveros, 2007). Tal puede ser el caso de algunas obras del teatro feminista o del teatro de mujeres (Gambaro, 1980); de allí que la pregunta por las identidades en el teatro de mujeres —donde en muchos casos, sin ser actrices profesionales, ellas cuentan sus propias historias en el escenario— permite ampliar las posibilidades y riquezas que este teatro puede brindar. Lo anterior no solamente a las mujeres que se exponen de cuerpo presente a contar sus historias de vida, generalmente cargadas de múltiples violencias y discriminaciones, sino también a un público que se conmueve con su testimonio y que las escucha en su representación.
A partir del anterior panorama teórico, ya se puede hacer referencia a los trabajos que componen este libro. En primer lugar está el ensayo de Carmiña Navia, titulado La mujer en la Teología de la Liberación, que recoge la investigación sobre el tema, realizada por la autora. En este trabajo se examina el tratamiento que ha recibido la mujer —su ocultamiento— en el discurso teológico de la llamada Teología de la Liberación en América Latina. Se indagan sus postulados centrales en torno a las opciones que se impulsan; igualmente, se abordan las imágenes que pueblan los imaginarios del conjunto creyente que se alinea en dicha teología. Esta mirada se realiza a lo largo de 50 años, desde los inicios hasta el presente. La conclusión a la que se llega es que la perspectiva de género fue y sigue siendo ignorada en esta propuesta teológica.
A dicho texto le siguen dos capítulos a cargo de Gabriela Castellanos. El primero, titulado Los estilos discursivos de género y el binarismo. De por qué necesitamos el concepto de generolecto, parte del análisis y discusión en torno al concepto de generolecto, acuñado por Deborah Tannen —como ya se dijo— para designar las diferencias entre los estilos discursivos femeninos y masculinos. Se revisan los conceptos básicos en los estudios de género para delimitar el alcance del generolecto, y se plantea la importancia de este concepto para definir cuál es el contenido específico de esos estilos y cuáles son sus características. Es decir, se propone un acercamiento a la definición de lo que llamamos femenino y masculino, reconociendo ambos términos como construcciones culturales. En cuanto a los generolectos, se plantea que consisten en estereotipos que le dan contenido a lo que se denomina expresión de género o estilos de género, y que permiten calificar un enunciado o un gesto que presenciamos como más o menos femenino o masculino. La importancia de este tipo de estudios radica en el uso que comúnmente se hace de los modelos ideológicos de feminidad y masculinidad para construir identidades femeninas y masculinas, así como para vigilar y castigar a quienes los usen de manera “incoherente” de acuerdo con la heteronormatividad.
El segundo capítulo sobre el tema se titula Femineidad y masculinidad en el discurso de mujeres de estrato seis5 en Cali: los generolectos en el estudio de dos casos. En el artículo, Castellanos se acerca a la definición de tales contenidos al presentar una caracterización de lo que consideran femenino y masculino dos mujeres de estrato seis de Cali, como un paso hacia la descripción de los generolectos o estilos discursivos de género en dicho grupo social. Es importante subrayar que no consiste en describir cuáles son las conductas comunicativas que pueden atribuirse a hombres y a mujeres reales por el hecho de ser hombres o mujeres, sino que se establece la diferencia entre el modo como efectivamente se comunican los sujetos y sujetas en la realidad y la ideología sobre esas prácticas comunicativas; es esto último lo que a la autora le interesa desvelar. En otras palabras, se trata de establecer los rasgos ideológicos de lo que un grupo humano tiende a rotular como “propio” de los hombres o de las mujeres en sus interacciones, en su comportamiento discursivo; para aproximarse a ello, se analizan dos entrevistas en profundidad, que son parte de un conjunto de entrevistas realizadas a hombres y mujeres de Cali.
El siguiente capítulo, cuya autora es Mery Cruz Calvo, versa sobre la pedagogía de la literatura, y tiene su sustento teórico en los estudios de educación y género. Pensar en una propuesta didáctica que incorpore la perspectiva de género en la formación literaria de estudiantes de educación básica secundaria y media, es el punto de partida de este artículo. Para ello, se presenta en un primer momento un diagnóstico general que evidencia la ausencia, en los grados de bachillerato, de literatura escrita por mujeres; simultáneamente se demuestra que si bien existe una legislación colombiana que incorpora la perspectiva de género y la lucha contra la violencia que se ejerce sobre las mujeres, tales medidas no son suficientes si no se adopta una pedagogía integral y transversal que ponga al orden del día esta temática y problemática en la escuela.
De otra parte, en este capítulo se hace un recorrido por reflexiones que han indagado sobre las prácticas lectoras de las mujeres. Se plantea que las investigaciones actuales han llegado al punto donde se revisa la tradición de la teoría y la crítica literarias de la academia como dispositivos que han impuesto lecturas que preservan la autoridad del hombre; de allí la necesidad de reivindicar la tradición del pathos o las emociones que surgen en la actualización de los textos, y que se vuelven fundamentales al momento de las recepciones lectoras. Desde este enfoque se proponen dos constelaciones literarias para los grados sexto-séptimo y décimo-undécimo, creando un escenario de lectura donde circulen obras en distintos formatos, de diversas épocas y con registros femeninos que muestran otras maneras de narrar y de escribir. El objetivo es activar las subjetividades de hombres y mujeres, ampliando los horizontes al leer y apreciar la escritura y producción femeninas en el aula de clase.
A continuación aparece el trabajo de Juan Moreno Blanco, Masculinidades y construcción-significación de la mujer en la narrativa literaria colombiana. Una introducción. En el texto se trabajan las narrativas literarias como un plano donde las inequidades y las asimetrías sociales y culturales pueden ser prolongadas o, por el contrario, revaloradas e incluso subvertidas. Desde una perspectiva diacrónica, dicho trabajo busca plantear un prisma de observación para poner en relieve en la narrativa colombiana un corpus de obras que reafirman la puesta en intriga de la mujer dentro de los esquemas estereotipados de las masculinidades convencionales, como también otro corpus en que el dispositivo narrativo introduce superaciones de esas convencionalidades. El prisma de observación se basa en el concepto de frontera sémica.
Finalmente está el trabajo titulado Teatro de mujeres: un espacio para la reconstrucción de las identidades femeninas en afrodescendientes desplazadas de la costa Pacífica colombiana, elaborado por Luz Elena Luna Monart. En este capítulo se propone el abordaje de los discursos orales de cuatro mujeres provenientes de la costa Pacífica y habitantes de la ciudad de Cali hace aproximadamente 17 años como consecuencia del conflicto armado, quienes conforman el grupo Aves del Paraíso, del teatro La Máscara. A partir de la experiencia como actoras naturales en las representaciones escénicas que ellas mismas realizan en la obra El Solar, surge una inquietud por la construcción de sus identidades. Dicha inquietud cobra importancia por el hecho de que estas mujeres, como actoras no profesionales en el teatro de mujeres, actúan sus propias historias en el escenario, representándose a sí mismas. Para la reflexión se tienen presentes factores interseccionales, tales como raza, etnia, clase social y origen rural, los cuales permiten entender las múltiples y simultáneas violencias que experimentan estas mujeres racializadas habitantes de la ciudad (Crenshaw, 1995) como consecuencia de diversos factores que vulneran su vida, entre los que se encuentra su condición de género. En tal sentido, el género como categoría para el análisis toma especial relevancia para entender estas realidades del contexto colombiano en cuanto se asume su carácter dinámico y ligado a procesos históricos y culturales (Scott, 2011).
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