Genio de oriente - Joaquín Córdoba - E-Book

Genio de oriente E-Book

Joaquín Córdoba

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Beschreibung

"Genio de Oriente" reflexiona sobre la cultura y el pensamiento de los pueblos del Oriente Próximo Antiguo, conservada en el secreto de los archivos desde finales del IV milenio a.C. hasta bien entrado el I d.C. Contra lo que algunos suponen, el mundo de los letrados religiosos o laicos activos entre sumerios, acadios, eblaítas, asirios, babilonios, persas, partos, sasánidas y otros pueblos y naciones, no solo fue autor de cosmogonías y ritos mágicos o religiosos, sino dueño también de un espíritu irónico y especulativo profundamente filosófico. Con él, los letrados se movieron con seguridad en el campo de la matemática, la astronomía, la medicina, la física aplicada y distintas tecnologías ligadas a la producción, además de hacerlo en saberes mucho más tradicionales como la poesía, la literatura, la historiografía, el derecho, la diplomacia o la administración. Algunos retazos llegarían hasta nosotros a través de los griegos y la literatura bíblica, alcanzando a inspirar así la pintura de P. Brueghel, el teatro de Calderón de la Barca o ciertas óperas de W. A. Mozart o G. Verdi. Pero solo tras los descubrimientos de los siglos XIX y XX, con las excavaciones y el descifre de escritura y lenguas, comenzamos a desvelar un pensamiento y una cultura de cuya riqueza y realidad nos debemos reconocer deudores.

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Seitenzahl: 139

Veröffentlichungsjahr: 1996

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Akal / Hipecu / 4

Joaquín Córdoba

Genio de Oriente

Cuatro mil años de cultura y pensamiento en el Asia Anterior y el Irán

Diseño de colección

Félix Duque

Diseño de portada

Sergio Ramírez

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

Título original

Poner título original

© Ediciones Akal, S. A., 1995

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4039-2

A Juan y Mercedes, en

recuerdo de los años que vivimos

en Oriente

Prolegómenos

Pensamiento y cultura en el Oriente antiguo

Con toda certeza, cualquier lector curioso de nuestros días habrá de quedarse sorprendido al leer este proverbio común en el Oriente antiguo: “En boca abierta entran moscas”. Y pienso que su sorpresa tal vez se deba a dos evidencias inmediatas: la chocante proximidad del dicho a uno de nuestros más populares proverbios —“En boca cerrada no entran moscas”— , y la sintonía de sensaciones y sentimientos que la similitud de ambas expresiones de la sabiduría popular dejan traslucir. Pero su asombro ha de crecer todavía más, cuando sepa que las gentes que usaban dicho proverbio en su lenguaje corriente fueron los sumerios, un pueblo que hace más de cuatro mil años habitaba las tierras meridionales de Mesopotamia. Acostumbrados como estamos a escuchar que nuestra cultura nace con el pensamiento griego y la literatura bíblica, una tan curiosa comunión popular por encima del tiempo nos ha de hacer reflexionar. ¿Acaso no fueron las cosas como se suele decir? Pues resulta que miles de tablillas de arcilla y papiros demuestran que no. Y si de los griegos heredamos la acción, por fuerza tendremos que corregir a Fausto, que quería verla en el principio de todas las cosas. Pues en el principio de nuestra cultura está la palabra. La palabra de los sumerios. La palabra y el pensamiento de Oriente.

Escribe Jean Bottéro que, queramos o no, nuestra civilización occidental fue originalmente dinamizada por el cristianismo, y éste a su vez nacido en la confluencia de la cultura grecorromana y la ideología bíblica, dos vías tributarias del lejano mundo de sumerios y babilonios. Pero más allá de la autoridad que queramos conceder a su pensamiento, su aserto ha de quedar validado por la simple constatación de los documentos. Hemos de remontarnos en el tiempo muchos miles de años atrás, mucho antes de que los griegos fueran griegos y la Biblia fuera Biblia. Más allá de esa Edad Oscura de cuyas tinieblas emerge el canto de Homero. Más allá de las tablillas micénicas, balbuceante sistema de notación elemental pronto olvidado. Más allá de la versión bíblica de los setenta, que recoge tradiciones nacidas en varias épocas pero nunca más atrás de algunos siglos. Más allá de todo eso están los antepasados más remotos de nuestra cultura y nuestro pensamiento: las gentes y los pueblos del Oriente antiguo. A diferencia de los modernos diletantes, los antiguos griegos y los viejos judíos de la prerromanidad lo sabían y lo reconocían. Como R. Rtskhiladze demostrara tiempo atrás, cuando Heródoto se refería a los orientales hablaba de bárbaros, pero no con el significado peyorativo que nosotros le damos al concepto, sino con el de alóglosos, los que hablan otra lengua. Porque Heródoto estimaba que la historia de los pueblos del Oriente Próximo constituía una aportación valiosa a la civilización humana. Y cuando los judíos deportados a Babilonia evocaban a la orilla del Éufrates su añorada Sión, lo hacían viendo ante sí la inmensidad de la zigurat del templo de Marduk, el modelo de lo que sería en sus relatos la torre de Babel. Por ello y por mucho más, si se pretende escribir sobre la historia del pensamiento y la cultura, detenernos en los griegos —el milagro griego— o en el mundo bíblico —la santidad de la Biblia como esencia suprema— equivale a quedarnos en la mitad del camino. Teogonías y cosmogonías, sistemas religiosos y rituales, cultura política y administrativa, matemática, astronomía y física, literatura, historiografía, ciencias de la naturaleza, medicina, arquitectura, todo tiene sus raíces en Oriente. Pero más allá que las disciplinas las tiene sobre todo lo que más importa para nosotros, base del espíritu de la cultura y la ciencia: el espíritu deductivo. El espiritu observador. El espíritu ordenador. El espíritu científico.

Este libro intenta adentrarse en todos los campos posibles de la cultura y el pensamiento de los antiguos pueblos del Oriente Próximo, especialmente en aquellos que tienen que ver con el reposo de la reflexión solitaria, con la proyección escrita del espíritu humano. Excluyo por tanto cualquier consideración relativa a la cultura material, el arte o la arquitectura en sus manifestaciones físicas, no así en lo que la arquitectura tiene de aplicación o evidencia de un espíritu científico. Porque en todo aquel mundo existió un pensamiento singular, una forma de analizar, de exponer. Una cultura profunda en todos los sentidos. Sin embargo, con frecuencia se dice que en los textos escritos de la cultura oriental antigua faltan los enunciados abstractos a partir de la observación de los hechos. Y se repite que el espíritu oriental antiguo no fue capaz de dar el paso que hay entre el análisis y la ley. Más aún, que dada la pretendida ausencia de elaboraciones teóricas, sus números y sus medidas por ejemplo no eran más que simples habilidades técnicas, progresos si se quiere, pero poco más, reservando a los griegos la virtualidad matemática y geométrica. Mas, dejando aparte lo erróneo de tal reserva, hay que avanzar desde ahora que todos los principios teóricos que hacen posible el pensamiento creador y el espíritu científico estaban presentes sin duda en las primeras manifestaciones de la cultura.

Los primeros textos escritos nacen de una voluntad de racionalización administrativa, de un plan de organización elaborado por un cuerpo de especialistas. En ellos estaba pues presente la conciencia de la necesidad de recopilar los datos, organizarlos mediante códigos y guardarlos. Es una experiencia de la lógica que se remonta al 3500-3200 a. C. Al tiempo o poco después, se comenzaría la definición intelectual de las cosmogonías y las teogonías, para lo que era preciso un esfuerzo previo de abstracción de las fuerzas naturales que llevaría en principio a una teología poética que es casi filosofía o metafísica. Y luego vendrían las primeras empresas enciclopédicas, como esas diez mil rúbricas que organizan en listas todo el universo material, un esfuerzo sobrehumano de clasificación emprendido por los escribas sumerios y que hoy conocemos bien gracias a B. Landsberger. Para acabar, en fin, con verdaderos tratados escritos en una o en cien tablillas, según la importancia o la complejidad del asunto. Cuando estudiamos las tablillas de Mul.Apin, por ejemplo, ¿qué importa que los autores hablen de constelaciones, estrellas y planetas de Enlil, Anu o Ea, si al leerlas y contemplar el universo nos damos cuenta que lo que hacen con tal clasificación no es otra cosa que dividir el hemisferio Norte en tres sectores según la observación, más allá de los 13,5°, en la banda de ± 13° y por debajo? Así lo tradujo L. W. King en 1912, y no hace mucho lo explicó como astrónomo Vladimir S. Tuman. No había pues simple astrología como dicen algunos, sino verdadera y tenaz observación del universo y los fenómenos celestes, refrendada en tablillas separadas por más de mil años. Incluso la adivinación y la magia, como pensaba J. Bottéro, se convertía en conocimiento deductivo y sistemático, capaz de prever.

La cultura y el pensamiento del Oriente antiguo responden en conjunto a la primera expresión de madurez intelectual de la humanidad. Porque aquellos antiguos antepasados de nuestra cultura fueron capaces de mirar el universo de las cosas y las ideas con el suficiente espíritu analítico, con el suficiente sentimiento de curiosidad ante lo desconocido, con la suficiente capacidad de abstracción como para que veamos en ellos el origen de las más altas expresiones de la ciencia, la cultura y el pensamiento que hoy llamamos occidental. Y eso, preciso es recordarlo, miles de años antes de que Sócrates se preguntara sobre el todo.

I. Imagen, espacio y tiempo

Un estudio que pretende trazar una imagen general de la cultura y el pensamiento habidos en el mundo del Oriente Próximo antiguo, desde los orígenes hasta la crisis del imperio sasánida, requiere una reflexión primera que, en el espíritu del autor, tiene algo de justificación.

A comienzos del pasado siglo y en el curso del mismo, numerosos viajeros y curiosos europeos iniciaron el redescubrimiento del Oriente a través de sus propias vivencias y sus estancias más o menos prolongadas en Egipto, Turquía, Siria, Iraq, Irán e incluso la Arabia profunda y las pistas y montañas del remoto Omán. De tales experiencias y circunstancias dejaron luego testimonio en numerosos libros que, andando el tiempo, constituirían el nudo de lo que ha dado en llamarse la “literatura orientalista”, tan duramente criticada por estudiosos como E. W. Said. Sin embargo, las obras de gentes tan singulares como D. Badía y Leblich, J. L. Burckhardt, E. W. Lane, R. F. Burton o F. T. Palgrave entre muchos otros nos sorprenden y nos maravillan. Todos ellos tenían un conocimiento profundo de las lenguas de los países que visitaron, de sus costumbres que compartieron, de sus gentes entre las que se contaron y con las que disfrutaron de la amistad, el riesgo e incluso a veces el amor. Pero lo que para nuestros bisabuelos fuera viaje imaginario a lo imposible, maravilla de un mundo dominado por la imagen turbadora de la danza excitante de Kuchiuk-Hanem, dibujada en los recuerdos exaltados de Gustave Flaubert, se reputa hoy como fuente perversa de la relativización “orientalista”, de simplificación de lo oriental a un común y muy negativo denominador.

A decir verdad, cuando E. W. Said critica la reconstrucción europea simplista y reductora de una cierta imagen del Oriente a través de esa literatura “orientalista”, se refiere al Oriente islámico y a los medios académicos o filoacadémicos decimonónicos a él dedicados. No por tanto al horizonte sobre el que versa este libro, el Oriente preislámico. Pero con mucha frecuencia, comentaristas y lectores no avisados consideran que el Oriente antiguo hubo de ser tan semejante entre sí, en el tiempo y en el espacio, como cierta literatura del pasado siglo tendió a considerar el Oriente entonces contemporáneo. Es la repetición del viejo error cometido por un mundo que, de forma innata, está acostumbrado a pensar en griego y latín cuando pretende hablar de cultura o de pensamiento. Pero ni es ni fue así.

Gentes y paisajes

En un espacio de millones de kilómetros cuadrados cubierto de montañas, desiertos, ríos y mares, sobre el que nuestra mirada se vierte además en la historia allí sobrevenida durante casi cuatro mil años, difícilmente puede estimarse uniformidad en el terreno cultural, como piensan algunos. Por pura lógica es imposible defenderla como rasgo propio del Oriente antiguo. Suponerla tan sólo sería un error: desarrollarla en un tratado cualquiera muestra de absoluta ignorancia. Y este libro, pese a sus pretensiones declaradas en el título, ni desea cometer el mismo error ni quisiera que así se entendiera. Siguen páginas que hablan de la cultura habida en un amplio escenario durante miles de años. Pero si aquéllas son reducidas en número, en modo alguno se debe a la tan propiamente europea presunción de uniformidad radical de la cultura oriental, sino a la pura necesidad. Pues muy al contrario, estas páginas quisieran dejar patente la riqueza, la complejidad y la amplitud de una cultura y un pensamiento que durante siglos hubieron de permanecer ocultos por la imagen bíblica. Una imagen que empezó a cuartearse cuando el 4 de marzo de 1875, el Daily Telegraph incluía una información de G. Smith relativa al hallazgo de un texto cuneiforme que relataba el milagro maravilloso de la creación, redactado en fecha y mundo muy diferente y anterior al del Génesis.

En 1836, Edward William Lane publicaba su libro Maneras y costumbres de los modernos egipcios. Acaso en sintonía con lo que la ciencia de entonces afirmaba como indiscutible, comenzaba su introducción recordando la importancia que las características físicas de un país tenían sobre las maneras, costumbres y carácter de una nación. Cierto que el determinismo geográfico es un exceso, pero en cualquier caso consta como condicionante muy preciso de la cultura humana. Y los múltiples paisajes y pueblos del Oriente antiguo son al tiempo escuela de diversidad e imposición de la naturaleza. Por ello también es de rigor acercarse en principio a la realidad del espacio y el tiempo que consideramos, un escenario inmenso. Desde los bosques húmedos del norte de Anatolia e Irán, cerrados y umbríos, hasta los desiertos requemados de la península de Arabia o del Irán interior. De la orilla mediterránea de Siria o Palestina hasta los horizontes inacabables del Asia Central, las imponenentes montañas del Baluchistán o las aguas del golfo y el océano Índico que bañan las costas de Arabia, Irán y Omán. Visto así, comprenderemos que el espacio interesado está lejos de poderse abarcar en un vistazo. Porque en realidad es la imagen de un continente enorme hacia el que convergen rutas, mares y vientos muy diversos. Difícilmente puede haber, en tan gran espacio, la uniformidad cultural supuesta a veces.

Un paseo por la historia

Este libro trata pues de la vida de un continente y de la cultura de muchos mundos. Dado que por fuerza hay que poner un comienzo y un final, el relato se inicia en la región de Uruk, al sur del actual Iraq, en torno al 3500 a. C. Por vez primera se comenzaron a escribir allí unos documentos balbucientes, elementales si se quiere, escritos sobre modesto barro pero fruto al fin de una operación intelectual, de un esfuerzo mental llevado a cabo por gentes que deseaban guardar memoria y registro de sus actividades. Y el final de la historia, casualmente, más o menos en la misma región. El año 636 d. C., los árabes musulmanes del califa Omar derrotaban en Qadisiya a los sasánidas de Yazdegird III. Lo que vino después sí que supuso un cambio radical en la milenaria cultura a la que estas páginas se refieren. Pero entre una y otra fecha, reinos e imperios diversos se fueron sucediendo, prestando marco y recuerdo a las mujeres y los hombres que hicieron la cultura y el pensamiento del Oriente Próximo antiguo.

Los mil quinientos primeros años de nuestra historia tienen como protagonistas principales a sumerios, acadios, sirios y elamitas. En Mesopotamia se fue desarrollando la cultura de las gentes de Uruk y las ciudades estado sumerias (3500-2350 a. C.), en cuyos templos y archivos debieron irse anotando los mitos ancestrales, las cosmogonías más arcáicas o las más viejas leyendas, al tiempo que se llevaban a cabo las primeras operaciones deductivas, clasificatorias o especulativas. Luego, con los acadios y su primer imperio (2350-2150 a. C.) tendría lugar la más temprana centralización administrativa y cultural, capaz de superar el estrecho horizonte de la ciudad estado. Simultáneamente, una lengua nueva debía traducir el pensamiento antiguo. Con ella se fue imponiendo un esfuerzo de simplificación más capaz de expresar el espíritu práctico y enérgico del genio acadio. Y finalmente, tras la desintegración de aquella estructura imperial, el último siglo de la brillantez sumeria (2100-2000 a. C.), bajo la égida política y cultura de la ciudad de Ur, que como cumbre de una época desarrolló una sorprendente síntesis sumero-acadia del saber mesopotámico habido a lo largo de más de un milenio.

Durante aquellos siglos, fuera de Mesopotamia otros pueblos y otras culturas seguían su propio camino. En Siria, a mediados del milenio, en la ciudad de Ebla y en otras muchas que apenas hoy empezamos a entrever, se producían esfuerzos semejantes. Los archivos o los documentos hallados hasta ahora, muchos de ellos todavía en curso de estudio, nos permiten conocer los empeños llevados a cabo por aquellas gentes en los más distintos campos de la cultura humana. Y en Irán, en las regiones de la Susiana y el Elam, en las imediaciones del Lut, el Sistán o el Asia Central, a finales del milenio se culminaba otro proceso original iniciado al tiempo que el de Uruk, a mediados del cuarto milenio. Con un sistema cercano aunque propio de escritura, y que circuló sin duda por todo el Irán antes de que fuera “normalizado” al cuneiforme mesopotámico, los iranios expresaron ideas, mitos y organización. Mucho peor conocida todavía que la mesopotámica, la cultura susiano-elamita es la primera manifestación original del espíritu iranio, próximo y lejano al tiempo respecto al ámbito mesopotámico.