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Ante la gran exhibición mediática de las oportunidades y beneficios del emprendimiento y de la economía naranja o economía creativa como "fórmula para mejorar vidas en América Latina y el Caribe", y la decepción, el desconcierto o el rechazo fragmentario que este discurso y sus políticas han suscitado en el sector cultural y el sector académico, este libro emprende una indagación sobre la realidad de la economía naranja, sobre las economías creativas y sobre las modalidades de política pública y de desarrollo que se han venido estableciendo en América Latina, como consolidación de ciertas tendencias en lo económico, en lo político y en lo cultural que permiten hoy hablar de la hegemonía de un sentido común neoliberal, soporte y legitimación de estas propuestas. Esta indagación se realiza desde el concepto de gestación cultural, que articula tres líneas de reflexión y acción: la noción sociosemiótica y relacional de cultura como dimensión constitutiva de la vida social; el campo de la ciudadanía cultural y los derechos culturales, la capacidad de movilizar a las comunidades para que asuman la dimensión cultural como un espacio vital de participación, organización y decisión; y la sistematización de experiencias, como movimiento latinoamericano de gestión social de conocimiento. En este libro se aprovecha la construcción conceptual y metodológica de la gestación cultural, para interpretar los discursos, políticas y modos de gestión que, desde cierta cultura económica y desde cierta concepción cultural, han hegemonizado el campo de la economía cultural. El escrito finaliza, a modo de conclusión, con La gestación del futuro como inédito viable, donde se asume la situación con la que se encontró su escritura, la pandemia del SARS-CoV-2, para presentar y valorar un conjunto de interpretaciones sobre este acontecimiento y sus proyecciones de futuro.
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Seitenzahl: 465
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Hleap B., José
Gestación cultural - en vez de economía naranja- / José
Hleap B.
Cali : Universidad del Valle - Programa Editorial, 2022.
244 páginas; 24 cm -- (Colección: Ciencias Sociales)
1. Gestión cultural - 2. Política cultural - 3. Política pública
- 4. Industrias creativas - 5. Desarrollo social - 6. Colombia
306.4 CDD. 22 ed.
H677
Universidad del Valle - Biblioteca Mario Carvajal
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: Gestación cultural ‒en vez de la economía naranja‒
Autor: José Hleap Borrero
ISBN-EPUB: 978-958-507-006-6 (2023)
ISBN: 978-628-7566-25-5
ISBN-PDF: 978-628-7566-26-2
DOI: 10.25100/peu.7566255
Colección: Ciencias Sociales
Primera edición
© Universidad del Valle
© José Hleap Borrero
Diseño de carátula: Hugo H. Ordóñez Nievas
Diagramación: Danny Stivenz Pacheco Bravo
Corrección de estilo: G&G Editores
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Este libro, o parte de él, no puede ser reproducido por ningún medio sin autorización escrita de la Universidad del Valle.
Esta publicación fue sometida al proceso de evaluación de pares externos para garantizar altos estándares académicos. El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad del Valle, ni genera responsabilidad frente a terceros. El autor es el responsable del respeto a los derechos de autor y del material contenido en la publicación, razón por la cual la Universidad no puede asumir ninguna responsabilidad en caso de omisiones o errores.
Cali, Colombia, septiembre de 2022
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Docente de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle desde 1982 y miembro de los Grupos de Investigación en Educación Popular y Nexus Comunicación de la Universidad del Valle. Doctor en Educación (2011) del Doctorado Interinstitucional de Educación (Universidad Pedagógica Nacional, Universidad Distrital y Universidad del Valle); magíster en Educación, Énfasis en Educación Popular (1997) y comunicador social (1986) de la Universidad del Valle; licenciado en Educación, Énfasis en Literatura e Idiomas (1981) de la Universidad Santiago de Cali. Ha sido director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle y decano de la Facultad de Artes Integradas.
Desde la articulación entre educación y comunicación social, ha desarrollado un trabajo sostenido en gestión social de conocimiento (políticas de conocimiento y cultura ciudadana); gestión cultural; sistematización de experiencias educativas; diseño de estrategias participativas de información, educación y comunicación (IEC) en la intervención social, y un enfoque específico de la investigación narrativa sobre prácticas culturales denominado “hermenéutica figurativa”.
CONTENIDO
INTRODUCCIÓN
Deriva sobre un concepto, una práctica y varias experiencias
La génesis del concepto de gestación cultural
La estructura del libro
La estrategia de comunicación de este escrito
CAPÍTULO 1
LA “ECONOMíA NARANJA”
Naranja Nieves y los siete enanitos
La política pública naranja
CAPÍTULO 2
DE LA ECONOMÍA CULTURAL A LA CULTURA ECONÓMICA
Economía, cultura, desarrollo
El neoliberalismo como racionalidad rectora
Los creativos como trabajadores inmateriales del capitalismo cognitivo
La naranja en el capitalismo cultural
CAPÍTULO 3
EL ENVÉS DE LA NARANJA
La gestión de la naranja
En vez de la naranja
CAPÍTULO 4
A MODO DE CONCLUSIÓN: LA GESTACIÓN DEL FUTURO COMO INÉDITO VIABLE
El futuro establecido para América Latina
La bolsa o la vida
La gestación del inédito viable
REFERENCIAS
NOTAS AL PEI
Lo que más falta nos hace no es el conocimiento de lo que ignoramos, sino la aptitud para pensar lo que ya sabemos.
EDGAR MORIN (1983)
El camino del conocimiento va de la mano con el deambular existencial, el intelectual lo olvida con demasiada frecuencia.
MICHEL MAFFESOLI (1990)
La economía naranja o economía creativa ha surgido en las últimas décadas como la panacea para el desarrollo y crecimiento económico de los países de América Latina y el Caribe (ALC); al menos así lo han promocionado el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y algunas otras instituciones multilaterales, incluyendo a la Unesco. En Colombia, debido a que Iván Duque Márquez, uno de los autores del Manual más promocionado sobre economía naranja, se convirtió en Presidente de la República (2018-2022), la economía naranja se volvió política de Gobierno, soportada en una ley “naranja”, la Ley 1834 de 2017, que el mismo autor había promovido como senador y que ahora hace parte de su plan de desarrollo, con una serie de mecanismos y estímulos para hacer crecer esta economía, sobre la base de amplificar y potenciar lo que en ese documento llaman “las industrias culturales y creativas”.
Ante la gran exhibición mediática de las oportunidades y beneficios de la economía naranja como “fórmula creativa para mejorar vidas en América Latina y el Caribe”, y la decepción, el desconcierto o el rechazo fragmentario que este discurso y sus políticas han suscitado en el sector cultural y el sector académico, decidí emprender una indagación sobre la realidad de la economía naranja, sobre las economías creativas y sobre las modalidades de política pública y de desarrollo que se han venido estableciendo en América Latina, como consolidación de ciertas tendencias en lo económico, en lo político y en lo cultural (trayectorias dependientes) que permiten hoy hablar de la hegemonía de un sentido común neoliberal, soporte y legitimación de estas propuestas. He efectuado una lectura de estos procesos desde el concepto de gestación cultural, desde el cual es posible abordar el reconocimiento y movilización del entramado de trayectorias que constituye la dinámica cultural local, en su vínculo problemático con el complejo de intermediaciones en las que entra cualquier proyecto creativo; de esta manera, se examinan los discursos, las prácticas, las políticas, los actores y los saberes que son el envés o, en algunos casos, en vez de la economía naranja.
Mi interés particular en esta temática nace del trabajo que, desde hace cuatro décadas, he venido haciendo en el campo de la intervención social desde estrategias de comunicación, educación y gestión cultural, así como de la investigación1 sobre algunas de estas experiencias. La labor actual de escritura ha sido la oportunidad para compartir las reflexiones, aprendizajes y elaboraciones conceptuales que me ha generado este recorrido.
Desde mi trabajo como docente, investigador y gestor de proyectos de extensión en la Universidad del Valle durante 38 años, he ido construyendo un particular enfoque del trabajo cultural, alimentado por los aprendizajes surgidos de las varias experiencias en este campo, por la interlocución con mis colegas de la universidad, especialmente con los miembros del grupo de investigación en Educación Popular (GEP) y profesores, estudiantes y egresados de la Escuela de Comunicación Social, así como con un variado grupo de gestores culturales, con quienes he compartido la difícil tarea de sacar adelante sus iniciativas culturales. A esa construcción conceptual y metodológica le he dado el nombre de gestación cultural.
Partiendo de reconocer en las dinámicas cotidianas los actores, escenarios, ámbitos, prácticas y conflictos donde se crea y recrea el “sentido práctico de la vida”, asumiendo como eje de este trabajo no la administración sino la potenciación de estos procesos, más que de gestión se trata de gestación: de sustentar, desarrollar y hacer crecer la multiplicidad cultural como potencia creadora de la ciudad y de la región (de su presente y de su futuro), en donde las diferencias y desigualdades entre los participantes se convierten en interpelación y reflexividad, descentramiento y contrastación, no solo para la comprensión de la situación sino para emprender su transformación.
Esta concepción del trabajo cultural se alimenta de tres líneas de reflexión y acción: La primera, parte de la noción sociosemiótica y relacional de cultura (versión antropológica), como dimensión constitutiva de la vida social, de modo que se caracteriza por su densidad y conflictividad, al asumir la legitimidad y pluralidad en los modos de conocer, de ser y estar en el mundo, como potente fundamento para gestar un futuro de posibilidades inéditas y viables: ámbito en el cual se juega el sentido de lo que somos y hacemos, tanto como lo que queremos y/o debemos ser; la segunda es el campo de la ciudadanía cultural y los derechos culturales, la capacidad de movilizar a las comunidades para que asuman la dimensión cultural como un espacio vital de participación, organización y decisión; la tercera es la sistematización de experiencias, como movimiento latinoamericano de gestión social de conocimiento que, frente al desperdicio de experiencia, genera opciones de reconocimiento y potenciación de saberes, prácticas y sujetos excluidos, subalterizados o refuncionalizados por las políticas de conocimiento, los discursos y ordenamientos hegemónicos.
El concepto de gestación cultural se fue construyendo en los procesos de comprensión y acción suscitados por las experiencias. En un encuentro de “gestores culturales” realizado en Bogotá, en noviembre de 1999, promovido por el recién creado Ministerio de Cultura (agosto de 1997), presenté la primera versión del concepto de gestación cultural en la ponencia “Actores para la gestación cultural, una promesa incumplida”. Esta elaboración surge de la experiencia que arroja la implementación de la Tecnología en Gestión Cultural, programa académico que desde 1996 ofreció la Universidad del Valle en la modalidad de educación desescolarizada, desde el Instituto de Educación y Pedagogía y el Grupo de Educación Popular, que tenía como propósito fundamental formar, cualificar y actualizar gestores culturales comprometidos con el desarrollo de procesos de dinamización cultural a nivel institucional y comunitario en el ámbito local y regional.
La segunda fuente de elaboración conceptual y metodológica surge del encargo que hace el Convenio Andrés Bello (CAB) al Instituto de Educación y Pedagogía y específicamente al Grupo de Educación Popular, de realizar “un manual pedagógico que permitiera ofrecer a diversas poblaciones mayores niveles de formación, conocimientos y herramientas para el ejercicio cotidiano de la gestión cultural”, destinado a los países del convenio, lo que se concretó en dos módulos (“La misión: vida viva” y “El regreso: buscando la simiente”), los cuales fueron publicados en 1997. El equipo de autores de estos módulos (Rocío Gómez, Jaime Londoño, Guillermo Salazar y José Hleap) parten de un estado del arte de la problemática cultural en la visión antropológica y sociológica que los lleva a problematizar la noción ilustrada de cultura, pasando por la idea de cultura de masas hasta estallar la versión restringida en un plural que acoge la diversidad de culturas, su condición polémica y el carácter intercultural de las construcciones identitarias. En lo metodológico, se asume la cultura como construcción de tejido social y el trabajo de los gestores inicia con un mapa y diagnóstico de las prácticas culturales públicas de una localidad, para luego establecer las políticas e instituciones que apoyan este trabajo cultural y adelantar un ejercicio de planificación participativa del desarrollo cultural de la localidad, basado en el “diagnóstico de potencialidades” y la prospectiva cultural, vinculando en la labor del gestor cultural la gestión y la gestación.
La tercera fuente de elaboración del concepto y de la práctica de gestación cultural la constituyen un conjunto de proyectos de intervención e investigación sobre la convivencia en los que participa el autor entre los años 2002 y 2010, construcción centrada en el reconocimiento de la fuerte influencia que pueden ejercer iniciativas artísticas y culturales en el fortalecimiento y/o transformación de la convivencia (su gestación cultural), al mismo tiempo que se entrevé críticamente la operación de uso terapéutico de la convivencia, fundada en el desconocimiento de la convivencia misma que, en la cotidianidad y en condiciones de precariedad, desigualdad y exclusión, realizan los “intervenidos”; a los cuales solo se les admite su condición necesitada, paciente, dependiente de la intervención experta. La convivencia previa, de algún modo aludida en las definiciones del problema que se va a intervenir, es siempre juzgada desde la tabla de valores establecida por una idealidad armónica inexistente, erosionando la legitimidad de muchas de sus prácticas y lugares socioculturales; para luego buscar el concurso de los intervenidos en la convivencia prescrita, obviamente con el sello “autóctono” de su “creatividad cultural”, en la “sostenibilidad” de la intervención.
Uno de los momentos más significativos en el desarrollo de la perspectiva de gestación cultural fue el proyecto “Cali de vida, estrategia transversal del Programa de Apoyo a la Convivencia y Seguridad Ciudadana” que, desde la Escuela de Comunicación Social y para la Alcaldía de Cali, coordiné entre el 2002 y el 2005. Asumiendo la comunicación como espacio privilegiado de manifestación de los conflictos culturales, de la diversidad contradictoria que nos conforma, se buscó ubicar la gestación cultural como reconocimiento y movilización del entramado de mediaciones que constituye la dinámica cultural local, al encontrarla en la conformación misma de las localidades, en la diversidad de intereses y patrones culturales que la habitan, en las transformaciones de la socialidad en la conflictiva cotidianidad donde, muchas veces, es la connivencia con la ilegalidad el recurso fundamental para la supervivencia.
Con los habitantes de las comunas “intervenidas” aprendimos que las expresiones culturales y artísticas no son solo formas de expresión y comunicación, o fuentes de recursos económicos para la subsistencia, sino maneras de hacer una “lectura del mundo”, la que va permitiendo el desciframiento de las “situaciones límite” en las que se vive, para vislumbrar opciones más productivas para la convivencia. Se partió de valorar la creatividad cotidiana, basada en el aporte que hacen los mismos ciudadanos (con su imaginación, su humor, su conocimiento y su sensibilidad) como la base para el diseño de condiciones y posibilidades para esa convivencia, recreando la cultura como expresión de la vida, al promover el encuentro productivo desde la diferencia, las posibilidades reflexivas y negociadas de asumir los conflictos, estimular el intercambio entre los ciudadanos y su ciudad, la promoción de la creación artística y la participación en la construcción de otros modos posibles de ser habitantes, ciudadanos y públicos; es decir, se diseñó una empresa cultural que buscaba atravesar la relación entre los individuos y de estos con su ciudad.
La cuarta fuente de construcción conceptual y metodológica fue la investigación “La sistematización de experiencias como movimiento latinoamericano de gestión social del conocimiento: su dimensión educativa”. En su elaboración, además de hacer un rastreo del origen y las modalidades que en América Latina constituyeron esta manera de gestar conocimiento, pude advertir su importancia
no solo por haber acumulado en las últimas cuatro décadas y a lo largo de América Latina, un acervo de conocimientos sobre las maneras como han experimentado ciertos sectores sociales (precisamente los excluidos de los estudios expertos sobre los impactos de estas transformaciones) los profundos cambios económicos y culturales de lo que se ha llamado últimamente “sociedad del conocimiento”, sino que también ha aportado peculiares maneras de articulación entre saberes académicos y saberes sociales en la construcción de estos conocimientos, que en la práctica desafían los dualismos maniqueos de cierta inteligencia de lo social. (Hleap, 2011b, p. 2)
Esta investigación buscó indagar, en la narrativa de institución y desarrollo del “movimiento de sistematización” en América Latina, los procesos de mediación (la constitución de ámbitos de legitimación, vínculos, mitos y rituales) desde los cuales determinados actores, saberes y prácticas sociales son potenciados, cierto conocimiento y de cierto modo es logrado, así como específicas dinámicas sociales son propiciadas; esto es, establecer la eficacia de su dimensión educativa, en la trama de interpretaciones en la que emerge, mostrando el carácter incompleto de cada una, su equivalencia desde la diferencia de perspectivas y su pertinencia cultural.
Asumiendo esta hermenéutica como una perspectiva clave para nutrir la idea y la práctica de la gestación cultural, de este trabajo también emergió el concepto de interculturalidad como experiencia, como forma de convivencia en la ciudad. Encontramos aquí la productividad de la diferencia que no es lo mismo que la estéril relación de desigualdad. La sistematización de experiencias muestra en detalle cómo se efectúa esta interculturalidad en la cotidianidad de las experiencias sistematizadas y allí encontramos un potente dispositivo que nos permitió enriquecer el concepto y la práctica de la gestación cultural, desde el reconocimiento de la eficacia contextual de los saberes localizados; la existencia de varias temporalidades y muchas prácticas desconocidas u omitidas desde el canon temporal de la modernidad occidental capitalista (Santos, 2005), así como la valoración de las sociabilidades y lógicas de organización de la productividad cultural localizada.
La quinta fuente de elaboraciones la componen un conjunto de investigaciones y proyectos de intervención basados en la problemática relación universidad-sociedad, cuando las transformaciones culturales y los modos actuales de gestión del conocimiento han desubicado el papel arraigado de la universidad como única y óptima generadora de investigación, extensión y docencia de alta calidad en nuestras sociedades; pero sigue siendo potencialmente la fortaleza crítica y renovadora frente a la razón instrumental y al unanimismo reinante.
En una sociedad donde vivir depende cada vez más de un entramado de saberes y competencias cuyas claves de dominio y transformación han quedado en manos de los “expertos”, el sentido de la universidad, y particularmente el de la universidad pública, depende de la medida y manera como se articule con su contexto. Conociendo la importancia y la debilidad de la autonomía epistémica y política de la academia, sabiendo que en la universidad actual impera un régimen de gestión que conduce toda opción de cambio hacia la re-funcionalización corporativa, la alternativa consistía en generar “voluntad política” y actores capaces de emprender una reorientación solidaria de la relación universidad-sociedad, asumiendo la “extensión universitaria” y las políticas culturales de la institución como procesos y prácticas de gestación cultural.
Desde lo avanzado en la conceptualización y la práctica de la gestación cultural, asumimos la necesidad de reconocer, consolidar y potenciar la dimensión cultural que atraviesa los tres ejes misionales de la universidad: la docencia, la investigación y la extensión o proyección social, mediante la construcción participativa de una política cultural. Asumimos que la cultura no es una práctica autónoma y centrada en las obras, los cultores y su espectáculo, ni solo un contenido, sino una dimensión fundamental de las sociedades y de las subjetividades, del vivir en común y de la identidad, de enfrentar los conflictos y de las maneras de generar conocimiento y productividad; esta concepción permite entender lo educativo (universitario) como espacio de construcción cultural, en donde se juegan identidades y memorias, saberes y proyectos de vida. La integración del proyecto cultural con los currículos universitarios, la formación estética desde las expresiones del arte y la cultura como parte del bienestar de la comunidad universitaria, el estímulo a los grupos artísticos como visibilidad de las nuevas manifestaciones de los jóvenes educandos, la consideración no solo de los estamentos docente y estudiantil, sino también de administradores y trabajadores como agentes en el proyecto cultural, y la relación co-elaboradora con otras entidades culturales de la ciudad conformaron las aristas de esta política orientada por la concepción de gestación cultural.
En este libro se aprovecha la construcción conceptual y metodológica de la gestación cultural lograda en este recorrido, para interpretar los discursos, políticas y modos de gestión que, desde cierta cultura económica y desde cierta concepción cultural, han hegemonizado el campo de la economía cultural.
El libro está compuesto por cuatro capítulos. El capítulo 1, La economía naranja, inicia con la lectura del manual “La economía naranja, una oportunidad infinita”, qué publicó el BID en el 2013, cuyos autores, Felipe Buitrago e Iván Duque, se convirtieron en expertos en economía naranja y el manual fue muy solicitado. Desde una perspectiva socioenunciativa del análisis del discurso, hago una exploración indicial del manual, registrando un conjunto de marcas que identifican el género discursivo, su estrategia de comunicación, mostrando que aunque se presenta como un tipo textual específico, el manual, tanto en el recurso al dataísmo que, en ausencia de explicaciones y de contexto, busca maximizar el efecto de sustentación que pueden dar un conjunto de datos y de comparaciones (muchas de las cuales no son pertinentes), como en el uso del eslogan en sus categóricas afirmaciones, lo ubican como un discurso publicitario, en donde cierta concepción de economía (la gobernanza empresarial: el “libre mercado”, la rentabilidad y la eficiencia corporativa) se articula con cierta concepción de cultura (la reducción a “su realidad comercial”) desde una “teología monetaria”, para vendernos las nuevas “oportunidades de desarrollo social y económico de Latinoamérica y el Caribe”.
Esta lectura indicial del manual permite también caracterizar cada uno de los argumentos presentados en él, desde la intertextualidad como dispositivo interpretativo: la definición de “economía naranja”, como el nombre que se le da a una “zona común” constituida por la creatividad, artes y cultura como materia prima, valorizada por el copyright e incluida en una cadena de valor creativa (industria cultural), es contrastada con las elaboraciones de varios autores sobre la creatividad hegemónicamente distribuida, el “capitalismo cultural” y el “gobierno económico” del marketing transcultural, permitiendo comprender cómo las industrias culturales globalizadas explotan el recurso de “las enormes reservas de patrimonio cultural de Latinoamérica y el Caribe”, en la maquila tercermundista de “lo mejor de su talento creativo”.
La segunda parte de este capítulo, La política pública naranja, despliega la interpretación de la Ley Naranja (Ley 1834 del 23 de mayo de 2017), “por medio de la cual se fomenta la economía creativa”. Aunque pretende ser el marco para una “política integral”, realmente es una versión simplificada del manual, con todas sus carencias: se omite la referencia al conjunto de actores y procesos que conforman el “ecosistema creativo”; adolece de explicación y contexto; omite una referencia a las condiciones económicas y culturales existentes, en cuya transformación o consolidación tendría justificación la “ley naranja”; ni en su trámite ni en su implementación se han tenido en cuenta los sectores “gremiales y asociativos en el ámbito de la cultura”; notable es la ausencia de una estrategia de implementación que prevea los obstáculos y condiciones para hacer factible su aplicación; no vinculó los derechos culturales, ni las innovaciones sociales endógenas necesarias para el diseño de una sociedad del aprendizaje (Greenwald y Stiglitz, 2014) y elude los costos sociales de la “destrucción creativa” que implica.
En conclusión, esta ley (como el manual) no apunta a fortalecer las condiciones de posibilidad (fomento, formación, sostenibilidad) para el desarrollo de una “economía creativa”; se limita a establecer un marco inaplicable para “el aprovechamiento de la oferta institucional existente”, para “mejorar la empleabilidad del talento creativo” y para “generar incentivos tributarios para las empresas que inviertan en el sector”, buscando consolidar “las industrias creativas, así como su formalización y adecuación, con la finalidad de que se privilegie y apoye su contribución en el producto interno bruto” (en el artículo 5 de la ley).
En el segundo capítulo, De la economía cultural a la cultura económica, se aborda el uso que el discurso naranja hace de concepciones determinadas, restringidas, tanto de “economía” como de “cultura”, las cuales aparecen como nociones universalmente válidas que no requieren precisión ni contextualización. Al examinar las dos caras de la moneda naranja, una que sería “la representación abstracta de su valor simbólico” y la otra, “su validación cuantitativamente precisa”, se ubica el concepto de “valor”, que parece funcionar de manera equivalente en las dos, como la clave para comprender esta cultura económica; en la cual no se trata simplemente de la mercantilización de la cultura sino de rentabilizar la experiencia cultural: se inscribe así este discurso en el mapa constituido por el cruce de las líneas de fuerza que determinan la dinámica económica y cultural actual, que tiene como fondo la transformación específica de la cultura en recurso, su utilidad sociopolítica y económica.
Indagando por la cultura económica que le subyace a la naranja, así como el proceso por el cual se consolida el sistema global neoliberal y la condición de subalternidad cultural del “tercer mundo”, en Economía, cultura, desarrollo, la primera parte de este capítulo, se expone la manera como el discurso del desarrollo/modernización, estructurado desde la articulación de la narración colonial y la euromodernidad liberal, ha servido de sustento a la construcción y hegemonía de cierto orden mundial, estableciendo una específica concepción de economía como referente y patrón desde el cual determinar el grado de progreso y modernización de las naciones, así como las rutas que llevarían a superar el estado de subdesarrollo. La noción de “economía” como una esfera distinta de la realidad social, entendida como una totalidad independiente con su propia dinámica interna, constituida por las relaciones de producción, distribución y consumo dentro de una unidad geoespacial definida, es una invención reciente, que no solo impulsa una disciplina (un modo de conocer) y unas tecnologías (econometría, estadística), sino que, en la segunda mitad del siglo XX, encuentra un escenario propicio para cristalizar el discurso hegemónico del desarrollo, en el cual se articulan, incluso hoy, las concepciones y prácticas no solo de lo económico sino del Estado y de la vida social.
Para América Latina, el discurso del desarrollo en sus diferentes modulaciones ha sido clave en la configuración de políticas económicas y culturales que —con sus diferencias nacionales— han logrado mantener el papel dependiente y precarizado de estas naciones, así como la negación, invisibilización o desaparición de las economías y formas culturales que no se adecuaron al mito del progreso. Entre el desarrollismo y el monetarismo neoliberal, modulaciones coyunturales del discurso del desarrollo en la región, se ha logrado mantener este discurso y su hegemonía en las agendas y las políticas de los países, asimilando y desactivando las críticas (por ejemplo, las de las teorías de la dependencia y de la necesidad de un nuevo orden económico mundial) y ajustando el modelo, conforme a los avances y transformaciones económicas y tecnológicas del “primer mundo” y del entorno globalizado; lo que ha agravado las desigualdades, la dependencia y la crisis ambiental.
El discurso del desarrollo, que se mantiene como norte indicativo para las políticas nacionales y globales en lo económico y lo social, encuentra desde la década de 1970 la modulación neoliberal que lo aligera de la carga del gasto público y de la intervención del Estado en procura del progreso, la redistribución de la riqueza y la equidad. En las distintas inflexiones del discurso del desarrollo se ha ido modificando el recurso: del capital físico en la década de 1960, al capital humano en la década de 1980, al capital social en la de 1990 y al capital cultural en la década siguiente (Yúdice, 2002).
En los ajustes y modulaciones más actuales en los discursos del desarrollo y la modernización, consecuentes con ensamblajes coyunturales del capitalismo, proliferaron los estudios y la promoción de la “economía creativa” o “economía naranja”. El marco en que surge esta revitalización de la “economía creativa” está configurado por la acción de movimientos sociales que luchaban por el reconocimiento de la diversidad cultural y los derechos culturales, un fuerte activismo y reivindicación en clave cultural que surge como respuesta a la globalización capitalista. Hace parte de este escenario la consolidación de la formación y desempeño de profesionales en “gestión cultural”, desde una racionalidad económica y una concepción de la cultura en la que prevalece su administración, conservación, el acceso, la distribución y la inversión. Completa este marco de emergencia de la creatividad como recurso, el influjo de las industrias creativas, los medios masivos y las tecnologías de información y comunicación, en la vida cotidiana de los diversos sectores urbanos y rurales del mundo, así como el vertiginoso desarrollo de las redes sociales.
El neoliberalismo como racionalidad rectora, segunda parte de este capítulo, se ocupa de la construcción y arraigo en América Latina del sentido común neoliberal, como la emergencia de una nueva hegemonía cultural que ha implicado tanto la convergencia de intereses entre actores locales y globales, como la desactivación, o incorporación de ideas y prácticas resistentes o abiertamente contrarias a sus principios económicos, políticos y culturales. Desde el concepto de creatividad, que vacía a la dimensión cultural de densidad, anclaje y resistencia, haciéndola proclive a su administración funcional, queda claro que no se trata simplemente de su mercantilización; es mucho más que eso, se trata de una construcción cultural que implica la cimentación amplia de consensos y la desactivación de principios culturales resistentes a su instauración. Además de una valoración para el mercado financiero de aspectos que, aunque siempre han estado presentes en el capitalismo, emergen hoy como alternativa de crecimiento, se gestan nuevas formas de control y ciertas formas de conocimiento, ligadas a determinadas formas de tecnología, en una articulación específica que logra liderar el campo social, convirtiendo sus presupuestos económicos, ideológicos, políticos y culturales en el sentido común hegemónico: una batalla cultural en un terreno desequilibrado por la fuerza conformante de la geopolítica del mundo globalizado.
En Los creativos como trabajadores inmateriales del capitalismo cognitivo, tercera parte del segundo capítulo, se presentan las implicaciones de un conjunto de transformaciones económicas, en donde se capitalizan las “externalidades positivas” (capital social, capital humano), desde la preeminencia de un tipo de trabajo y producción —el inmaterial—, cuyas modalidades se basan en lo que podemos llamar la captura del conocimiento, mediante las formas de control y las tecnologías que copan el escenario actual. Desde el grado de educación, ahora “capital humano”, hasta la solidaridad, confianza, creatividad, informalidad y demás cualidades que han sido llamadas “capital social” y los saberes no formalizados e incluso excluidos por el conocimiento científico, ahora son la base del nuevo recurso de esta “economía líquida”.
Este concepto de “capital humano” en esta economía, es la clave para la valorización del trabajo inmaterial, en donde el trabajador es “empresario de sí”, que invierte en su formación para hacerse más rentable, lo que en un mercado cerrado y competitivo, con saberes y competencias rápidamente obsoletas, significa su permanente “actualización” funcional o reciclaje profesional, lo que algunos llaman “reinventarse”. Se establece así la nueva división cognitiva del trabajo, donde la labor inmaterial se distribuye entre el trabajador asalariado autónomo que, en medio de gran inestabilidad, precariedad salarial y contractual, realiza “una mezcla de trabajo material e inmaterial” vinculada a la gestión de los flujos de mercancías; y el trabajador-artesano cognitivo, que realiza los “servicios inmateriales para empresas, desde la investigación hasta la comunicación, desde la producción de símbolos hasta los distintos servicios de comunicación en red, desde la producción y diseño de imágenes, hasta las actividades financieras y aseguradoras o las actividades de consultoría” (Fumagalli, 2010, p. 246), quien vive una ilusoria autonomía y creatividad rígidamente inscrita en los imperativos del mercado.
En La naranja en el capitalismo cultural, la cuarta parte del capítulo 2, se examinan las elaboraciones sobre el capitalismo cultural, específicamente el aporte de Jeremy Rifkin (2000), para quien estamos ante el nacimiento de un nuevo sistema económico definido por el acceso a los servicios y a las experiencias, y cada vez menos en términos de propiedad de las cosas. Si desde la producción, el tránsito de la economía industrial a la economía de servicios implicó la externalización de buena parte de las fases de producción y el énfasis en el marketing, el “servicio al cliente” y la productividad de los “activos intangibles”, en el campo del mercado y de la realización de la mercancía se inaugura una nueva etapa del “hipercapitalismo”, que comercia con el acceso a las experiencias culturales.
Surge en esta era del acceso la división social y global del trabajo cognitivo, que muestra una tendencia a profundizar una desigual diferenciación entre una nueva clase de “intermediarios culturales”, “artistas e intelectuales, genios de publicidad y comunicadores, estrellas y famosos contratados por empresas nacionales y multinacionales para unir a la audiencia con la producción cultural en una red de experiencia de vida” (Rifkin, 2000, p. 114) y los creadores culturales, tanto dentro de los países como entre aquellos “desarrollados”, que detentan el poder de mediación cultural, y los países “en vías de desarrollo”, que aportan como materia prima “lo mejor del talento creativo y de las enormes reservas de patrimonio cultural”; la maquila creativa y la explotación por empresas multinacionales de sus recursos culturales.
El capitalismo cultural no se define solamente por la centralidad del capital intelectual en la producción, sino también porque la realización del valor de la mercancía depende cada vez más de la conexión con la experiencia del consumo como vivencia cultural, terreno que explica el gran auge de las grandes industrias culturales multinacionales, cuyos recursos tecnológicos y financieros dedicados a la producción cultural son asombrosos. Ampliando el mercado desde la segmentación de gustos en formas culturales vaciadas de sentido —la gente adquiere su misma existencia en forma de pequeños segmentos comerciales—, se logra “colonizar” la dimensión cultural de la vida social; de esta manera se completa una transformación del capitalismo, que inicia con la centralidad de los bienes manufacturados y luego incorpora “la provisión de los servicios básicos”, ampliándose a la comercialización de “las relaciones humanas” y finalmente a “vender el acceso a las experiencias culturales”, de tal modo que la vida personal se convierte en una “experiencia” por la cual se paga.
Concluyo este capítulo señalando que antes que hablar de “revoluciones” (de la “productividad”, de la “administración”, de la “nueva economía”, de la infotecnología y la biotecnología) o de “sociedades” (del conocimiento, de la información, del acceso, del “big data”), es necesario destacar cómo este relato neoliberal ha sorteado las dificultades, oposiciones y fracasos para consolidarse en el sentido común global que ha permitido sostener al capitalismo en sus inflexiones; donde el recurso a la cultura ya no es su estadio más reciente: de los servicios al acceso, del acceso a la experiencia, de la experiencia a la interioridad; hoy este capitalismo cognitivo ha logrado colonizar hasta la mente misma de los ciudadanos.
El capítulo 3, El envés de la naranja, inicia con la revisión de dos publicaciones del BID, Las industrias culturales y creativas en la revitalización urbana (2019) y Cómo acelerar el crecimiento económico y fortalecer la clase media: América Latina (2020), en las cuales se fomenta la “cultura” y la “creatividad”, tanto para la recuperación de las ciudades que serán ahora ocupadas por la “clase creativa” y el turismo, como para reconducir a América Latina por la senda del desarrollo acelerado, sobre la base de la diversificación económica, la innovación y el crecimiento del empleo.
El primer documento es una guía práctica (como el manual naranja) que retoma algunas experiencias exitosas de revitalización urbana a través de las Industrias Culturales y Creativas (ICC), en una lectura ligera de los contextos, ausente de especificidad sobre las características de la producción cultural localizada e indiferente a las enormes disparidades socioculturales y económicas entre los casos estudiados, buscando “evidencia” para recomendar la reconversión de las ciudades desde su potencial turístico y relevancia económica.
El segundo documento es un estudio, que se publica en tiempos de la pandemia del SARS-CoV-2, para recomendar, como escenario deseable para el crecimiento económico acelerado de ALC luego de los efectos de la pandemia, una reforma que, mediante el optimismo tecnológico y el poder tecnocrático, se centra en los aspectos administrativos y gerenciales, orientada solo a lograr mayor eficiencia y diversificación en el gasto público y en la inversión privada, sin tener en cuenta la dimensión política, los procesos históricos y las características particulares de cada país. No obstante, esta publicación aporta un conjunto de datos sobre las condiciones de la región para afrontar la crisis y encaminarse nuevamente en la ruta del crecimiento acelerado; lo que, a mi modo de ver, resulta en un diagnóstico crítico sobre las posibilidades, capacidades instaladas y conveniencia de emprender esa vía.
Para comprender la incidencia de las políticas y decisiones en torno a la economía creativa en la industria, el empleo y en los “sectores creativos” y de servicios, acompaño el estudio del BID con un informe de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) y de la Dirección Nacional de Derecho de Autor (DNDA) de Colombia (2008) y con un ejemplo de gestión y gestación, el surgimiento de la producción de cine como potente emprendimiento cultural en Colombia. Tanto en los datos aportados por las últimas publicaciones del BID como por lo encontrado en la mirada a las Industrias Protegidas por el Derecho de Autor (IPDA) en Colombia, queda claro que las propuestas de la economía naranja, buena parte de las políticas relacionadas y toda la perorata neoliberal del emprendimiento, desconocen u omiten intencionalmente las realidades específicas previas en materia económica y cultural y el lugar de ALC en la actual división internacional de la producción, distribución y consumo cultural. Con el ejemplo del proceso de surgimiento y consolidación del sector cinematográfico en Colombia, busqué concretar las trayectorias y las condiciones de posibilidad para las ICC, destacando el carácter complejo de las condiciones necesarias para su surgimiento y la multidimensionalidad de su gestación.
En la primera parte del capítulo 3, La gestión de la naranja, les hago seguimiento a los procesos mediante los cuales el concepto “técnico” de gestión y la formación del “experto en gestión”, validan subrepticiamente, en el campo cultural, los imperativos de la racionalidad rectora neoliberal: la intervención en la productividad cultural localizada, desde la eficacia, la eficiencia y la evaluación. No obstante, bajo el paraguas protector de la gestión cultural, en los resquicios, en las fisuras de su concepto administrativo y empresarial, se ha manifestado en América Latina la gestación cultural, esa “gesta de la cultura en sus sentidos, sueños colectivos, interconexiones culturales” (Noguera, 2019, p. 19); al mismo tiempo, en el campo de actuación del gestor cultural experto, que aplica la eficacia, la eficiencia y la evaluación para intervenir los procesos de emprendimiento cultural, vemos emerger a la gestión cultural como “práctica reflexiva y sensible” (Yáñez, 2018, p. 37) de implicación, interpelación, reconocimiento y potenciación a la gestación cultural ordinaria.
Para ilustrar esta relación de mutua productividad entre la gestión y la gestación, expongo la experiencia de Arte en común. Procesos artísticos de ciudad (Andica et al., 2019), en la cual, desde la problematización de un modelo de intervención, regido por una lógica muy convencional de la gestión cultural —instrumentar las artes y prácticas culturales para lograr los objetivos institucionales y vincular a estas comunidades a la oferta cultural reconocida en la ciudad—, se buscaron opciones más creativas, participativas y disruptivas de incidir en las instituciones educativas y en las comunidades, desde el reconocimiento y valoración de diversas experiencias relacionadas con las artes y prácticas culturales surgidas en los territorios de la ciudad que se querían intervenir, descubriendo no solo la riqueza cultural que se gestaba en estos territorios, sino las iniciativas solidarias, ampliamente participativas, de redes complejas e informales que no solo crean y experimentan en el campo de la producción cultural y buscan vías innovadoras para circular y distribuir los bienes y servicios culturales localizados, sino que están creando ciudad.
En la segunda parte de este capítulo, En vez de la naranja, profundizo en el concepto de gestación cultural desde una mirada comprensiva a una experiencia particular: Cali de vida, nuestra empresa cultural, una estrategia de comunicación para la gobernabilidad democrática de la ciudad. Inicio planteando que el concepto de gestación cultural permite considerar los actores y las modalidades de acción, los procesos y operaciones, los ámbitos y sus temporalidades de una dimensión cultural que se está haciendo, la producción cultural localizada, ampliada a los usos, abierta a los aconteceres y articulada a las costumbres y memorias. Insisto en que esta dinámica entre la productividad y riqueza colectiva (en tanto potencia de creación y como memoria, patrimonio y repertorio) y la creatividad individual, está en el centro hoy de la disputa por el capital simbólico, cuando la apropiación de la creatividad y la innovación mediante las patentes y el copyright, así como la explotación de “las enormes reservas de patrimonio cultural de Latinoamérica y el Caribe” y la capitalización de la actividad productiva no remunerada de los consumidores, borran la deuda con esa productividad cultural colectiva.
Para esclarecer la concepción de gestación cultural en su dimensión metodológica y para exponer el tejido complejo de dinámicas que entran en juego en una intervención cultural sobre la convivencia, presento las inquietudes teóricas y prácticas que se generaron al inicio de una experiencia concreta: Cali de vida, nuestra empresa cultural (2002 al 2005); también los particulares cursos de acción, las políticas y tecnologías de intervención que la precedieron y originaron, así como el particular enfoque y el conjunto de ámbitos, mecanismos y dispositivos que se activaron en esta experiencia.
En el capítulo 4, A modo de conclusión: La gestación del futuro como inédito viable, se asume la situación con la que se encontró su escritura, la pandemia del SARS-CoV-2, para presentar y valorar un conjunto de interpretaciones sobre este acontecimiento y sus proyecciones de futuro. Vinculada con el capítulo anterior, aparece la vida en común, las posibilidades, riesgos y contingencias de su intervención, como el trasfondo de esta indagación; y como consecuencia de todo lo desarrollado en el libro, se reiteran en el capítulo los interrogantes sobre la intervención y el activismo cultural, así como las inquietudes sobre el lugar social y el papel del mediador cultural inscrito en los contextos específicos de la producción cultural localizada.
En la primera parte: El futuro establecido para América Latina, se retoma la publicación del BID: Cómo acelerar el crecimiento económico y fortalecer la clase media: América Latina (2020), para mostrar cómo, aunque el diagnóstico que se hace sobre la región y sus trayectorias en lo económico y lo tecnológico, incluso sus vulnerabilidades para enfrentar la pandemia, no permiten vislumbrar un “retorno a la normalidad” en la senda del crecimiento y del “fortalecimiento de la clase media”, el discurso persuasivo del BID proyecta un futuro para América Latina en el cual, asumiendo la crisis actual como oportunidad para adelantar los ajustes económicos y la re-funcionalización institucional, se reiniciaría el camino del desarrollo, potenciado y acelerado por “la Cuarta Revolución Industrial”.
La bolsa o la vida reúne las opiniones de pensadores actualmente reconocidos a nivel mundial como intérpretes calificados de lo que ocurre (Giorgio Agamben, Slavoj Žižek, Byung-Chul Han y Yuval Noah Harari); con la visión de académicos cercanos a la realidad de América Latina (Maristella Svampa, Luis Carlos Castillo y Julián González), para comprender las consecuencias de la pandemia y la construcción de un futuro pospandémico. Žižek, Han y Harari coinciden en que para superar lo acontecido y generar un futuro distinto, se requiere “una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global”; lo que implica, aunque claramente no lo expresaron así, una ardua labor de gestación cultural de otra cultura económica, de otra ciudadanía, de otro tipo de globalización, de una nueva manera de estar juntos. De la misma manera, Svampa, Castillo y González desean un futuro ligado al empeño colectivo por cambiar la situación actual y su repetición optimista o fatalista. Estas concepciones contrastan de manera radical con el llamado institucional a una “nueva normalidad”, ajustada al régimen epidemiológico ahora imperante y su falso dilema de optar por La Vida (la vida desnuda, sin el ropaje ciudadano) o por La Economía (la cultura económica del capitalismo financiero global), como quieren hacérnoslo creer.
En La gestación del inédito viable recurro al pensamiento de Paulo Freire para destacar que, ante la pandemia, ha prevalecido una construcción cultural específica, la inhibición generalizada de la capacidad de comprender, como ejercicio propio de inteligencia sobre el mundo; lo que nos obliga a recurrir a los expertos (asumiendo desprevenidamente sus visiones de mundo) o a las historias de conspiraciones y fake news que inundan las redes sociales. Si a esto le sumamos un largo trabajo de intervención en lo social, que ha generado la dependencia de los satisfactores institucionalizados de bienestar, como eficacia simbólica de estos sistemas de asistencia y tutelaje de la población, resulta absolutamente necesario y pertinente asumir la “lectura del mundo” como ejercicio colectivo de reflexividad e interpelación desde las diferencias de perspectiva (descentramiento y contrastación), para hacer emerger tanto sus ideas de bienestar como posibilidades de futuro inéditas, y en ese proceso se hacen (o potencian) los actores para hacer ese futuro viable.
Seguramente al lector le sorprenderá la manera como se avanza en este libro, particularmente el conjunto de citas ampliamente presentadas, que lo hacen aparecer como una especie de fichero sobre un recorrido bibliográfico extenso, en relación con cada uno de los núcleos conceptuales abordados. Se trata de una estrategia de comunicación en la que se articula un recorrido investigativo y experiencial con una pretensión pedagógica; por lo cual, en vez de recurrir a la paráfrasis y al rodeo de los conceptos desarrollados por los autores referidos, se pretende evidenciar la relación intertextual y polifónica desde la cual avanzó el autor en la trayectoria de comprensión de cada uno de los elementos abordados.
El escrito pertenecería a un género discursivo híbrido, entre el informe de investigación y el archivo2, en donde se ofrece al lector un acceso amplio a la unidad hermenéutica desde la cual se ha constituido la aproximación a las temáticas trabajadas. Así, el desarrollo temático invita al lector a recorrer las citas en su específica modalidad enunciativa, pero advirtiendo que la autoría se está ejerciendo tanto en la selección y en el recorte de esas citas, como en la determinada interpretación que de ellas se hace; de modo que lo que puede aparecer como una farragosa situación para la lectura, es una oportunidad para hacer visibles las operaciones intertextuales que funcionan en él como dispositivo interpretativo.
En el segundo plano de construcción discursiva: la dimensión pedagógica, el texto se encarga de presentar los recorridos conceptuales, las lecturas configurantes de la perspectiva del autor y las elaboraciones específicas que le fueron dando forma tanto al concepto de gestación cultural como a las modalidades de intervención y a las experiencias sistematizadas. El interés de construir este texto dentro de la estrategia de comunicación enunciada, tiene que ver fundamentalmente con el destinatario y el uso previsto para él, puesto que el escrito surge como la consolidación de una modalidad de ejercicio profesional y de trabajo cultural, en polémica con la forma instrumental en que se ha constituido el campo de la gestión cultural. Entonces, se trata de un escrito donde se quiere no solo condensar una trayectoria o explicar un concepto, sino fundamentalmente sostener la posibilidad de la gestación cultural como opción ética, política y estética del trabajo cultural, para quienes quieran vincularse a este campo.
Lucas, sus estudios sobre la sociedad de consumo
Como el progreso no-conoce-límites, en España se venden paquetes que contienen treinta y dos cajas de fósforos (léase cerillas) cada una de las cuales reproduce vistosamente una pieza de un juego completo de ajedrez.
Velozmente un señor astuto ha lanzado a la venta un juego de ajedrez cuyas treinta y dos piezas pueden servir como tazas de café; casi de inmediato el Bazar Dos Mundos ha producido tazas de café que permiten a las señoras más bien blandengues una gran variedad de corpiños lo suficientemente rígidos, tras de lo cual Ives St. Laurent acaba de suscitar un corpiño que permite servir dos huevos pasados por agua de una manera sumamente sugestiva.
Lástima que hasta ahora nadie ha encontrado una aplicación diferente a los huevos pasados por agua, cosa que desalienta a los que los comen entre grandes suspiros; así se cortan ciertas cadenas de la felicidad que se quedan solamente en cadenas y bien caras, dicho sea de paso.
JULIO CORTÁZAR (1996, p. 117)
“Economía naranja” (EN) es el nombre que, en un “manual” publicado, difundido y promocionado por el BID, adoptaron los autores, Felipe Buitrago Restrepo e Iván Duque Márquez (2013), para una “zona común” o “ecosistema” de concepciones, ideas, prácticas y definiciones en torno a la “economía de la cultura y de la creatividad”, con la finalidad de “darle una identidad que le hace falta”. Economía naranja también ha sido una política, basada en determinadas concepciones de la economía, del desarrollo y de la cultura que se ha venido implementando para “mejorar vidas en América Latina y el Caribe” (Institute for the Future y BID, 2017). En Colombia, desde el 23 de mayo de 2017, es una ley que “tiene como objeto desarrollar, fomentar, incentivar y proteger las industrias creativas. Estas serán entendidas como aquellas industrias que generan valor en razón de sus bienes y servicios, los cuales se fundamentan en la propiedad intelectual” (Ley 1834 de 2017). La lectura de estas tres líneas de la “economía naranja”, buscando establecer las concepciones y prácticas que la avalan, es el objeto de este capítulo y una forma de introducir la gestación cultural como el envés, y en muchos casos como en vez, de la economía naranja.
El sentido es algo incomparable. Lo monetario no otorga por sí mismo sentido ni identidad. La violencia de lo global como violencia de lo igual destruye esa negatividad de lo distinto, de lo singular, de lo incomparable que dificulta la circulación de información, comunicación y capital.
BYUNG-CHUL HAN (2017)
En La economía naranja, una oportunidad infinita (Buitrago y Duque, 2013) se nos advierte que “Presenta ideas en lugar de párrafos. Información en lugar de datos. Tiene conceptos en lugar de imágenes” (de ahora en adelante referido como EN, p. 9); no obstante, la fugacidad de las “ideas” (el hecho de que no se desarrollan, ni se sustentan e incluso se presentan como dogmas), la “información” reducida a la acumulación de datos (no contextualizados ni ponderados) y los “conceptos” como eslóganes basados en cuadros e informes (no analizados) constituyen la textura de este manual que contradice sus propios preceptos. Sin embargo, ha sido un documento que ha servido de sustento a políticas y estudios3 (ver El futuro de la economía naranja. Fórmulas creativas para mejorar vidas en América Latina y el Caribe, Institute for the Future y BID, 2017), animando a Estados y a “emprendedores” a explotar “una riqueza enorme basada en el talento, la propiedad intelectual, la conectividad y por supuesto, la herencia cultural de nuestra región” (EN, p. 8).
Haciendo uso de la tendencia al dataismo, al asumir que “cuando hay suficientes datos, la teoría sobra” (Han, 2014, p. 89), el manual (referido como EN) genera un agregado de datos con el cual cree sustentar de manera fáctica los eslóganes reiterativos sobre la importancia económica de los productos y servicios agrupados en la economía naranja y su potencial para la generación de riqueza y empleo. Para establecer la magnitud de la “economía naranja” se parte de un manejo globalizante de datos sobre exportaciones, haciendo una comparación por rubros con claros efectos ideológicos (comparar “bienes y servicios creativos” con armamento), sin discriminar el entorno desigual de la división internacional de la producción/trabajo/distribución cultural (Yúdice, 2014), ni la composición de esos bienes y servicios agrupados:
el comercio de bienes y servicios creativos ha tenido una muy buena década: según la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD), entre 2002 y 2011 las exportaciones de bienes y servicios creativos crecieron 134% casi el doble que el 71% presentado por las transferencias de armas incluyendo donaciones, cooperación militar y armamentos de segunda (y eso que fue una década de guerras activas en Irak y Afganistán). Las exportaciones de bienes y servicios creativos en 2011 alcanzaron los $646 mil millones de dólares. Si las insertáramos en la clasificación que hace el Centro Internacional de Comercio (ITC por su sigla en inglés), serían la quinta mercancía más transada del planeta, al tiempo que el valor de las transferencias militares ni siquiera aparecería entre las diez primeras. (EN, p. 17)
Este modo de operación, común tanto al “manual” como a publicaciones posteriores del BID y la Unctad, en donde se agregan y se comparan datos que aplanan las “mercancías” y borran la cualidad, generando un efecto de “transparencia” (Han, 2013), en el cual “los datos colman el vacío de sentido” (Han, 2014, p. 90), se constituye en la lingua franca de esta economía. Veamos qué nos dice esta lengua franca:
Apoyándome en la propuesta de dinámica social enunciativa (DSE) desarrollada por María Cristina Martínez4 (2013), que desde una perspectiva socioenunciativa establece “la correlación entre las prácticas sociales y los usos del lenguaje que permiten el surgimiento de los géneros discursivos”, busco caracterizar la situación de comunicación (SC) inscrita en el texto referido desde una marca de género discursivo particular, el didáctico, y desde un tipo textual específico, el manual. Hablo de “marca de género”, pues se parte de que la evidencia enunciada presenta el manual con una eficacia pedagógica:
Al terminar este manual, usted contará con una base informativa que le permitirá comprender y explicar qué es la Economía Naranja y porqué es tan importante. También habrá adquirido herramientas de análisis para aprovechar mejor las oportunidades que se esconden en las avenidas del conocimiento que constituyen las artes, los medios y las creaciones funcionales. (EN, p. 8)
No obstante, entre la marca y su funcionamiento discursivo puede existir la simulación o transgresión del “contrato de comunicación” (Charaudeau, 2004, p. 34), lo que se puede establecer al identificar el locutor, el interlocutor y el tema, así como el tratamiento y las modulaciones discursivas: El género discursivo se caracteriza por un contrato social de habla (Bajtín, 2005) en el que se identifica un Locutor con una Intención respecto a un Tema y un Propósito respecto a un Interlocutor. Estos serían los componentes de la Situación de Comunicación o contrato social comunicativo que se encuentra en un Género Discursivo (M. C. Martínez, 2007).
En nuestro caso, la lectura indicial del manual provee un conjunto de marcas para identificar tanto a los interlocutores como al género en cuestión. El vínculo entre los registros textuales y ciertos dispositivos discursivos permite “comprender las interrelaciones entre los sujetos discursivos representadas tanto en el plano de la situación de comunicación como en el de la situación de enunciación y la interrelación entre éstos” (M. C. Martínez, 2013, p. 26)5. Se parte así de asumir el carácter dialógico interno al enunciado, así como la semantización en él del contexto extralingüístico, de modo que el enunciado articula dos planos, el de la SC —espacio discursivo semántico en el que se evidencian las relaciones de fuerza social, las relaciones de poder entre los sujetos discursivos— (M. C. Martínez, 2013, p. 30) y el de la situación de enunciación —espacio discursivo semántico donde se realiza la dinámica enunciativa de la valoración social, donde se encuentran los planos axiológicos valorativos bien diferenciados, que en algunos casos se contraponen— (M. C. Martínez, 2013, p. 32). El otro recurso para abordar el manual que nos ocupa es la intertextualidad6 como dispositivo interpretativo, partiendo de la intertextualidad manifiesta (textos absorbidos en forma evidente dentro del texto interpretado) que hace parte de la estructura del manual, haciendo envíos explícitos a textos: “los códigos QR que encontrará a lo largo de este manual, lo llevarán a documentos y videos que complementan la conversación” (EN, p. 12). La intertextualidad, como dispositivo de interpretación para este manual, asume el conjunto de textos referidos como partes constitutivas del enunciado y los conceptos expresados en ellos como parte de la “voz ajena” legitimada en el enunciado, de modo que la segunda dimensión de la intertextualidad, la correlación que hace el intérprete entre lo enunciado y otros textos en los que se refiere, amplía o contradice lo enunciado (aunque no estén manifiestos en el texto), responde al carácter situado y contingente de la interpretación, que enfrenta al texto con el tejido textual que constituye al intérprete, validando así su perspectiva interpretativa.
“La economía naranja. Una oportunidad infinita” (EN) se nos presenta como un enunciado claramente matriculado en un género, el didáctico, bajo un tipo textual específico, el manual, lo que implicaría una SC determinada, donde una voz experta (locutor) enseña —tanto en el sentido de mostrar como en el de instruir— a una voz lega (interlocutor) sobre un tema de su dominio:
