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En esta antología abunda la imagen corporal, pelo, boca, curvas pero sobre todo, pliegues, hondonadas, hormonas que irrigan los nervios y los hacen recorrer toda esa geografía de sueños e instintos, forjada de soplidos y taladros de amor en una mujer orgullosa de su sexo que celebra día a día. Sinuosidades, reverberaciones, miembros descuadernados, barrunto de señas identitarias: habla la alfarera de sí, sexo acezante, embalaje horadado por afectos familiares genuflectos que desembocan en la amplia geografía pulsional de un país, de un continente -historias varias, diferendos amorosos, eróticos, filiales, maternales, etapas del ser mujer. Esta es una antología intimista, identitaria, de poemas siempre frescos, atrevidos, sagaces, donde el yo desaloja sentires, sensaciones, recriminaciones que fermentan primero a ras de piel y hurgan a garfio las profundidades de un cuerpo que comparte sus sentidos todos con decires de mundo que al paso de los años configuran ontología e imaginario de mujer.
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Seitenzahl: 35
Veröffentlichungsjahr: 2021
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GIOCONDABELLI
Nota introductoria de
lLEANA RODRÍGUEZ
UNIVERSIDADNACIONALAUTÓNOMADEMÉXICO
MÉXICO,2020
Una mañana lluviosa, en el más completo ocio, las flores de mi jardín en pleno brote, me dispuse desmadejadamente a leer esta antología para escribir el prólogo. Como mujer, divagaba sobre el cómo leerían hombres y mujeres estos poemas, mientras me detenía a gozar esa rutilante osadía intimista de Gioconda Belli que no abjura de nada. De pronto, el poema “Infierno de Cielo” me para en seco. Reconozco en él la tradición culterana lado a lado con la irreverente experimentación. Me dejo llevar por entero; cabalgo a rienda suelta el estilo. Pero de pronto, en el poema más dariano de la antología, dariano por oros y centauros, por ese orientalismo tan celebrado por ese otro poeta nicaragüense, Rubén Darío, me sorprenden los siguientes versos: “El anverso extenso del pie/ Pies de centauro. Feos tus pies, excitantes. Como los cascos/ del unicornio removiendo arbustos con su cuerno de infinitas espirales”. Sonrío complacida: el adjetivo feo no calza; los cascos de unicornio, de seguro no se observan, se sienten. Se siente donde “Saltan los omóplatos; los fémures se hacen trizas/ La rigidez del esqueleto se abandona a la carne trémula”. Vagabundeo suelta en ese ardor visceral al que luego, incrédula de sí, esa misma yo poeta inquiere: “Quién sos criatura desencajada que así me despojás/de mi decencia de sacerdotisa? ... “ Y de ahí en adelante sigo la caída vertiginosa en lo animal: “Chasquea tu boca sobre la mía ... “ y cuando ya estamos a ras del suelo, el poema alza el vuelo lírico: “Sobre el aceite de la noche/velámenes ardientes lamen el lago quieto/del espejo incandescente”. ¡Qué lamen quiénes, dónde, en esa deliciosa oscurana erótica! Sola, en silencio, corno toda lectora, conjuro el lago quieto lamido de ese espejo en llamas, pegadita a la poeta que nos lleva de la mano impúdica a experimentar el placer que la agita. La espiarnos en el acto pero leernos el poema corno reflexión posterior al goce de la que habla. Porque es en el acto reflexivo post que puede observar ese “pie allá”, “una uña roja”, “una pierna íngrirna»; después, sí, de tener «Las pieles sumergidas en lavas ígneas/resollando borboteando vaporizándose. El fuego/ viene y va con el sonido del mar sobre los arrecifes”. El final del poema me arrebata por anticlirnático: “Me sacudo el cabello. Me levanto, ave Fénix de las cenizas./Soy un infierno de cielo”.
