Guanajuato - Mónica Blanco - E-Book

Guanajuato E-Book

Mónica Blanco

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Beschreibung

Ensayo histórico que analiza los momentos sociales, políticos y religiosos más importantes del estado de Guanajuato desde la época prehispánica, dando cuenta de la riqueza cultural de sus primeros pobladores, pasando por la época de la Conquista y dar cuenta del auge económico de la localidad, para llegar a los primeros movimientos sociales insurgentes y colocar al Estado como la cuna del movimiento de Independencia; para terminar con las luchas políticas entre la Iglesia y el Estado.

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Seitenzahl: 491

Veröffentlichungsjahr: 2012

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MÓNICA BLANCO. Doctora en historia, ha sido galardonada con el premio Historia de Guanajuato. Es especialista en la historia de este estado, sobre el que tiene una vasta obra. Es profesora de la Facultad de Economía de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

ALMA PARRA. Maestra en historia económica por la London School of Economics y candidata al doctorado en historia de México por la UNAM. Especialista en temas sobre minería, los empresarios y las inversiones extranjeras, es investigadora titular de la Dirección de Estudios Históricos del INAH desde 1992. Es coautora de Estado y minería en México (1767-1910), además de esta Historia breve. Es miembro del Comité Internacional de la Mining History Association, miembro fundador de la Asociación de Historiadores de la Minería Latinoamericana y de la Asociación de Historia Económica de México.

ETHELIA RUIZ MEDRANO. Doctora en historia por la Universidad de Sevilla (1990), con un posdoctorado en la Universidad de Bonn, Alemania (1995). Ha sido merecedora del Premio Francisco Javier Clavijero (1991), el Premio de la Academia Mexicana de Ciencias en el área de Ciencias Sociales al mejor investigador joven (2001) y la beca Guggenheim 2006. Profesora invitada por el David Rockefeller Center de la Universidad de Harvard y profesora invitada en el posgrado de historia en la Universidad de Harvard, es autora de diversos libros en inglés y español acerca del mundo indígena.

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

Fideicomiso Historia de las Américas

Serie HISTORIAS BREVES

Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ

GUANAJUATO

MÓNICA BLANCO ALMA PARRA ETHELIA RUIZ MEDRANO

Guanajuato

HISTORIA BREVE

EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS FONDO  DE  CULTURA  ECONÓMICA

Primera edición, 2000 Segunda edición, 2010 Tercera edición, 2011    Primera reimpresión, 2012 Primera edición electrónica, 2016

Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar

D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México

D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-4070-3 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

PREÁMBULO

LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?

El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.

Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.

Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.

Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.

El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.

La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.

En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.

Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.

Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.

ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Presidenta y fundadora delFideicomiso Historia de las Américas

 

PRIMERA PARTE

EL PASADO INDÍGENA Y EL PERIODO COLONIAL

I. GEOGRAFÍA

UNO DE LOS GRANDES CONOCEDORES de la región de Guanajuato y de sus habitantes indígenas en el siglo XVI fue sin duda el fraile Guillermo de Santa María. En el año de 1575 este notable agustino escribió, entre otras cuestiones, acerca de los indios chichimecas y su hábitat:

La nación de estos chichimecas más cerca de nosotros, digo a la ciudad de México, son los que llaman Pamies, y es un buen pedazo de tierra y gente. Están mezclados entre otomíes y tarascos. Los españoles les pusieron este nombre Pami que en su lengua quiere decir no, porque esta negativa la usan mucho y así se han quedado con él. Su habitación o clima comienza de 20 grados de latitud, poco más o menos, que por lo más cercano es el río de San Juan abajo. Comienzan en la provincia de Mechuacán [Michoacán] en pueblos sujetos a Acámbaro, que son San Agustín y Santa María y en Yrapundario [Yuriapúndaro] y aún llegan en términos de Ucareo, que es de esta otra parte del Río Grande [Río Lerma]. De ahí van a pueblos sujetos a Xilotepeque, que son Querétaro y El Tulipán San Pedro, por el río San Juan abajo, y tocan a Izmiquilpa, y Pescadero de Mestzilán [Meztitlán, en el actual Estado de Hidalgo], y por aquellas serranías, hasta el fin de Pánuco, y vuelven por los pueblos de Parrón a Posinquía y a Sichú y a los Samúes, que son de la misma lengua, y Cuevas Pintadas, donde acaban. Es la gente para menos y menos dañosa de todos los chichimecas.

Luego se siguen los Guamares que a mi ver es la nación más valiente y belicosa, traidora y dañosa, de todos los chichimecas, y la más dispuesta. Su habitación o clima es de 20 grados de latitud hasta 22. Empiezan desde la villa de San Miguel, y ahí fue su principal habitación, y alcanza a la de San Felipe y minas de Guanajuato y llega hasta la provincia de Mechuacán [Michoacán] y Río Grande [Río Lerma]. Están poblados en pueblos de Juan Villaseñor [encomendero] Pénjamo y Corámaro [Cuerámaro], y ahí fue su primera población y de ahí van por las sierras de Guanajuato y Comanja.

Gran parte de lo que nos describe fray Guillermo de Santa María es el actual estado de Guanajuato, el cual se creó el 20 de diciembre de 1823. Actualmente cuenta con 46 municipios y su capital es la ciudad de Guanajuato, aunque la ciudad con mayor población es León. La palabra Guanajuato viene de los vocablos kuanasi y uato del idioma purépecha o tarasco. El nombre significa “Lugar montuoso de ranas” o “Cerro de ranas”.

El estado de Guanajuato tiene una superficie de 30 471 km2 y se ubica en la Mesa Central; colinda al oeste con Jalisco, al noroeste con Zacatecas, al norte con San Luis Potosí, al este con Querétaro y al sur con Michoacán. El estado tiene tres tipos de clima relacionados con su altura y latitud: en su parte sur, a una altura de 1 700 msnm, el clima es semicálido; en su región central, a 2 000 msnm, es templado con lluvias, y en la parte norte, a una altura también de 2 000 msnm, el clima es semiseco extremo.

El estado se divide en tres grandes regiones geográficas que son la región Norte, el Bajío y la región Sur. A su vez, estas regiones comprenden cinco subregiones, que son los Altos, la Sierra Gorda, la Sierra Central, el Bajío y los Valles Abajeños. La región de los Altos, localizada en el norte de la entidad, también se conoce como la región de “Lomas Arribeñas”, pues está situada a más de 2 000 msnm, con la excepción de algunos lugares de los municipios de Dolores Hidalgo y Allende.

En la orografía de Guanajuato intervienen la Sierra Madre Occidental, el Eje Transversal Volcánico y la Sierra Madre Oriental, además del sistema montañoso local. Lo anterior le da al estado una excepcional importancia geológica aprovechada por la minería, en la que siempre destacó como gran productor de plata y oro. El distrito minero de Guanajuato, la principal zona extractiva del estado, se ubica en la Sierra Central y la Altiplanicie del Norte; ahí se encuentra la Veta Madre, que ha sustentado la excepcional producción minera del distrito a lo largo de 400 años.

Guanajuato posee dos cuencas hidrológicas: la del sistema Lerma-Chapala-Santiago y la de los ríos Pánuco-Tamesí. El Río Lerma es muy importante ya que tiene un cauce de más de 180 km en el territorio del estado y drena 84% de su agua hacia el Océano Pacífico; sus principales afluentes son los ríos Tigre, Laja, Guanajuato, Silao, Turbio, Verde Grande e Ibarra, entre otros. Los ríos Pánuco-Tamesí sólo drenan 16% de las aguas del estado y las vierten en el Golfo de México. La cuenca del Pánuco-Tamesí está constituida por los ríos y arroyos que nacen en los municipios de Ocampo, San Felipe, San Luis de la Paz, San Diego de la Unión, Xichú, Victoria, Atarjea, Tierra Blanca y Santa Catarina.

Una parte del Lago de Cuitzeo pertenece al estado de Guanajuato y sirve de límite con el de Michoacán en el municipio de Acámbaro. La Laguna de Yuriria tiene 17 km de largo por seis de ancho, aproximadamente, y una profundidad media de 2.60 m. Tiene una capacidad de más de 200 millones de metros cúbicos y beneficia a los municipios de Yuriria, Jaral del Progreso y Valle de Santiago. En el municipio de Huanímaro hay una pequeña laguna que lleva el nombre de este municipio. En la región del Valle de Santiago existen cráteres-lagos de profundidad y diámetro variable. El más grande es la Alberca o Joya de Yuriria, cuyo diámetro es de 1 500 m aproximadamente. Otros lagos-cráteres importantes son la Olla de Zíntora, la Alberca de Valle de Santiago, Rincón de Parangueo y San Nicolás.

A pesar de la presencia de climas secos y semisecos en el estado, parte del agua de los ríos y arroyos es retenida para formar bordos, represas y presas. Las presas más importantes son la Solís, que se ubica donde ingresa el Río Lerma en el estado, y la presa Allende, que intercepta al Río Laja antes de llegar al Bajío. Estos cuerpos de agua son aprovechados para el riego, la generación de electricidad, la piscicultura, la dotación de agua potable y actividades recreativas. En la cuenca del sistema Lerma-Chapala-Santiago se localizan la mayoría de los acuíferos subterráneos del estado. Hay aproximadamente 10 000 pozos con profundidades desde nueve hasta 430 m. En la cuenca del Pánuco-Tamesí, por ser más seca, hay muy pocos pozos. A causa de que la extracción anual de agua del subsuelo es mayor que la recargada, hay un control en la perforación de pozos y casi todo el estado está sometido a vedas para evitar la sobreexplotación de los acuíferos. Los manantiales son abundantes en el estado; algunos dan origen a arroyos o ríos y son utilizados para el consumo doméstico o para el riego. También hay una gran cantidad de manantiales de aguas termales en los municipios de Silao, Irapuato, Abasolo, Apaseo el Grande, Apaseo el Alto, San Miguel de Allende, Acámbaro, Salvatierra, Celaya, Pénjamo, Jerécuaro, San Felipe, Dolores Hidalgo, Cuerámaro, Santiago Maravatío, Manuel Doblado, Tarandacuao y Huanímaro.

Por otra parte, la vegetación de Guanajuato está compuesta principalmente por matorrales crasicaule, micrófilo, rosetófilo y submontano, pastizales, mezquitales y selva baja caducifolia. Es importante señalar que 60% de la superficie está dedicada a la agricultura. Asimismo, había bosques en la Sierra Central y en la Sierra Gorda, pero en los últimos 30 años ha habido una tala inmoderada que ha propiciado una gran deforestación en ambas sierras. A pesar de ello, el estado todavía cuenta con una gran riqueza ecológica en un conjunto de ecosistemas terrestres y acuáticos. Sin embargo, tanto las poblaciones animales como las vegetales han estado sujetas a presiones ambientales, a cambios genéticos, a aislamientos diversos y, en su mayor parte, al constante acecho y explotación irracional, lo que ha provocado su disminución numérica y, en algunos casos, su extinción. El crecimiento de la población, el uso de nuevas áreas de cultivo, la utilización de otras zonas para la ganadería, la explotación de minerales, la contaminación y la cacería no controlada, lamentablemente, han acelerado el proceso de extinción de plantas y animales.

II. LOS POBLADORES INDÍGENAS DE GUANAJUATODe la cultura Chupícuaro a los grupos chichimecas (650 a.C.-1526/1530 d.C.) 

LA HISTORIA DEL ÁREA NORTE DE MÉXICO es muy compleja. Ello se debe a los diferentes tipos y niveles de sociedad que abarca, desde indios cazadores-recolectores hasta los llamados “civilizados”. La región parece un ancho corredor que ocupa del Altiplano mexicano a las llanuras costeras tamaulipecas. Estas semiáridas tierras comprenden gran parte de los territorios de Nuevo México, Texas, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, Durango, Zacatecas, Guanajuato, San Luis Potosí y Querétaro. La región se encuentra delimitada, hacia el este, por la Sierra Madre Oriental y, hacia el oeste, por la Sierra Madre Occidental. En este capítulo nos interesa describir a la población nativa que habitaba uno de esos territorios antes de la llegada de los españoles: Guanajuato.

Es importante señalar que, para desconsuelo de muchos, es poco lo que se conoce del pasado indígena de la región que actualmente conforma el estado. Al parecer, los grupos indígenas prehispánicos que lo habitaron procedían de diferentes troncos étnicos y su desarrollo social acrisoló ricas y variadas características del área denominada Mesoamérica septentrional o Mesoamérica chichimeca.

EL PROBLEMA DE LA FRONTERA MESOAMERICANA

Los límites geográficos tradicionales entre las sociedades agrarias (agricultura de temporal) y las nómadas recolectoras se fijaron en la década de 1940. La frontera se señala mediante los ríos Sinaloa, Lerma y Pánuco y, como se puede observar en el mapa II.1, sufrió modificaciones en las distintas épocas. En la Mesoamérica septentrional no sólo habitaron grupos nómadas y recolectores, sino también sociedades más complejas gracias a la influencia que los pobladores del norte recibieron de los habitantes de la Mesoamérica nuclear, que, a su vez, también fue influida por los norteños.

 

MAPA II.1. Frontera septentrional de Mesoamérica

FUENTE: Roy B. Brown, Arqueología y paleoecología del norcentro de México, INAH, México, 1992, p. 12.

UNA CRONOLOGÍA PARA GUANAJUATO

Al estudiar el desarrollo de los distintos grupos humanos, es importante establecer cortes temporales o cronológicos. Para llevar a cabo esta tarea los arqueólogos se basan en los restos cerámicos y en los patrones de asentamiento de los pobladores en distintas épocas históricas. En la región de Guanajuato existen vestigios de ocupación a lo largo de tres periodos: uno llamado “de poblamiento” —que estaría representado por la tradición Chupícuaro y que se extendería a lo largo del primer milenio de nuestra era—; un segundo periodo denominado “de despoblamiento” —de 800 a mediados de 1300 d.C.— y, finalmente, un tercer periodo conocido como “de repoblamiento” —que se inició en la segunda mitad del siglo XIV.

PERIODO DE POBLAMIENTO

Chupícuaro y su cronología

Sin duda, una de las tradiciones culturales más importantes durante el periodo Preclásico —que abarca Preclásico Medio y Tardío, de 1200 a.C. a 200 d.C.— es la de Chupícuaro. Desafortunadamente, sólo muy pocos arqueólogos han podido trabajar en esta zona. De sus misteriosos pobladores poco a poco se van conociendo diversos elementos de una magnífica cultura. Los antecedentes de Chupícuaro habían sido vagos hasta años recientes; es por ello que el fechamiento del sitio arqueológico varió, aunque hubo concordancia acerca del periodo que abarcó: del Preclásico Tardío al Clásico Medio (como fecha más temprana los especialistas señalaron 650 a.C., y como la más tardía, 500 d.C.). Afortunadamente, en la actualidad algunos especialistas han podido avanzar más en nuestro conocimiento acerca de esta importante cultura. Así se ha podido mostrar que el conjunto cultural Chupícuaro es la pauta de los principales desarrollos del periodo Clásico, no sólo en el Bajío y el centro-norte de Michoacán, sino también en las regiones noroccidentales y el sureste de Estados Unidos, y que Chupícuaro floreció entre el 600 a.C. y el 250 d.C. Recientemente se ha postulado que existe un indudable vínculo de parentesco entre Chupícuaro y las culturas del Occidente, y que tuvo una tradición estilística en su cerámica y figurillas completamente local, sin influencia de otras zonas culturales.

Esta cronología nos permite situar a Chupícuaro como una tradición cultural que abarcó un largo periodo, de 800 a.C. a 450 d.C. Al parecer, a partir de 1200 a.C. algunos pobladores de Mesoamérica se constituyeron en conglomerados o unidades con suficiente poder económico, político y social como para integrar y sujetar dentro de su área de influencia a otras regiones. Así, algunas de las formas de interrelación regionales fueron posibles desde la etapa preclásica. Posteriormente (200 a.C.-150 d.C.), el desarrollo pre-urbano de estas unidades o grupos humanos les permitió la integración de nuevos territorios y la consolidación de su influencia sobre los que ya controlaban. Se cree que en esos momentos existieron interrelaciones y también rivalidades entre los Estados o sociedades complejas nacientes para ensanchar sus territorios a la manera del modelo denominado “unidades políticas en igualdad”.

Este modelo explica cómo los cambios sociales, en ciertos niveles de desarrollo de las concentraciones humanas, pueden producirse en forma endógena o interna; también permite reconocer las relaciones externas como parte fundamental de los procesos de desarrollo de estas sociedades. En la etapa del Preclásico (200 a.C.-150 d.C.), en el límite norte de Mesoamérica había tres grandes sitios que son considerados núcleos de unidades políticas en igualdad: Chupícuaro (Guanajuato), Teuchitlán (Jalisco) y Cuicuilco (cuenca de México), lo que revela la gran importancia de Chupícuaro en este periodo histórico. Lo anterior nos habla de que Chupícuaro fue un foco cultural regional con una sociedad estratificada y complejos rituales. Al respecto, resulta interesante saber que en Chupícuaro se han encontrado entierros de individuos decapitados asociados a rituales.

El sitio arqueológico de Chupícuaro

Sabemos que la ubicación geográfica de la cultura Chupícuaro eran los bancos del Río Lerma, en Guanajuato. Concretamente, se extendía desde un punto localizado en el vértice de unión de los ríos Coroneo y Lerma. Sin duda, este río desempeñó un importante papel en el desarrollo de la tradición cultural de Chupícuaro; por ello, y por ser parte de la frontera mesoamericana, es necesario recordar que el Lerma es uno de los grandes sistemas hidráulicos de México. En lo que se refiere a Guanajuato, comienza en la parte sur del Valle de Toluca y corre hacia el noroeste, después gira en dirección suroeste, donde se vuelve frontera de los estados de Querétaro y Michoacán. De ahí, entra en el estado de Guanajuato cerca del pueblo de Tarandacuao, de donde atraviesa el Valle de Acámbaro hasta llegar al poblado del mismo nombre. En este lugar se le une un pequeño río tributario llamado Tigre o Coroneo; es precisamente en esta confluencia donde descansa la antigua Chupícuaro. Desafortunadamente, en los años cuarenta del siglo XX se construyó la presa Solís, y el lago artificial creado por ésta inundó la zona arqueológica conocida como Chupícuaro el Viejo, en las faldas del Cerro del Toro. Por suerte, antes de que ello acaeciera ya se habían realizado estudios de la zona arqueológica.

En 1926 se menciona por vez primera el sitio de Chupícuaro. Al parecer, el descubrimiento del lugar se debió a pobladores de la zona que, para su sorpresa, encontraron figurillas de barro y otros objetos pequeños. En esa época se supuso, de manera errónea, que se trataba de un sitio tarasco; posteriormente, se pudo demostrar que todo el material encontrado correspondía al Preclásico, muy anterior a la cultura tarasca.

Lo más espectacular de Chupícuaro son las cerca de 400 tumbas encontradas en el sitio. Por ellas y por sus ricas ofrendas, se le definió en 1926 como necrópolis. De hecho, se desconocen el centro rector y el tipo de vivienda de sus pobladores. En estas fosas, junto a los muertos, se encontraron cráneos, instrumentos musicales, perros y rica cerámica con diseños rojos y negros sobre fondo bayo; esta última es muy conocida por su finura y características únicas. Al parecer, la alfarería de Chupícuaro comparte estilos con las de otros sitios contemporáneos del occidente, el norte y el centro de Mesoamérica. Sin duda, es en Chupícuaro donde los especialistas han podido ubicar la primera ocupación de agricultores sedentarios en Guanajuato.

Áreas de influencia de Chupícuaro

Algunos especialistas han señalado que es lugar común considerar a Chupícuaro como una sociedad inamovible en el tiempo, como una cultura que perduró casi 1 000 años sin cambios aparentes. Estos especialistas han mostrado pruebas arqueológicas de la influencia de Chupícuaro en distintos lugares de Guanajuato, lo que permite pensar que su centro cultural se desplazó hacia la periferia. Por eso se considera que Chupícuaro es más bien una tradición cultural que permite distinguir estilos básicos que perduraron durante largo tiempo y que se definen en cuatro etapas. Ello permite relacionar el sitio con otros complejos arqueológicos que conformarían indistintamente antecedentes y herencias regionales de Chupícuaro.

Es interesante observar que en el Preclásico Tardío (200 d.C.) Mesoamérica se extendió hacia el norte del Río Lerma e integró parcialmente la Mesoamérica septentrional. De tal manera, la frontera norte estaría delimitada por zonas áridas, donde la agricultura de temporal era imposible. El área sobre la cual incidió Chupícuaro abarcó básicamente la Mesoamérica septentrional. Podemos saber acerca de su nivel de organización social gracias a los estudios sobre su amplia esfera de influencia. Por ejemplo, la presencia de rasgos de Chupícuaro ha sido señalada en la cultura Chalchihuites de Altavista (Zacatecas), en el lugar denominado Cerro Encantado de Teocaltiche. La influencia de la cultura Chupícuaro en esa región es similar a la que tuvo la olmeca en otras áreas de Mesoamérica. La arqueología nos muestra que el área de influencia de los misteriosos pobladores de Chupícuaro se extendió ampliamente hacia el norte e influyó desde épocas muy tempranas entre los pobladores de esa región y en áreas tan distantes como Tulancingo (Hidalgo), la costa de Guerrero, Ixtlán del Río (Nayarit) y La Quemada (Zacatecas).

Esta cultura se difundió a partir de la región media del Río Lerma, por el sur, hacia la cuenca de México, hasta la región de Puebla-Tlaxcala, y hacia el norte y norponiente hasta el ya mencionado sitio de Altavista. Algunos consideran que Teotihuacan ocupó las zonas norteñas de Chupícuaro, constituyendo, entre los años 600 y 800, lo que se ha denominado cultura pretolteca, que abarcaba desde Zape, Durango, hasta San Miguel de Allende, formando un amplio arco que comprendía Altavista y Tultitlán. Se puede pensar que la influencia de Chupícuaro sobre varias regiones facilitó indirectamente la penetración teotihuacana, ya que, conforme se acrecentaba la distancia entre la cultura de Chupícuaro y el gran centro clásico, Teotihuacan, la penetración de este último se extendía mediante los diferentes filtros que constituían los grupos agrícolas sedentarios que antes se encontraban en contacto con Chupícuaro.

De vasijas y sonajas: la cerámica de Chupícuaro

En realidad, la información más acabada en lo relativo a Chupícuaro se encuentra en diversos estudios acerca de los distintos tipos cerámicos de esta cultura. La cerámica de Chupícuaro es inconfundible ya que se trata de vasijas policromas en colores rojo, crema y negro con diseños geométricos. También muy conocidas son las figurillas, muchas de ellas femeninas y asociadas a la fertilidad, decoradas con estos mismos diseños y con los ojos rasgados. La cerámica y figuras de Chupícuaro se han encontrado en el sur de Querétaro y en la cuenca de México, lo que habla de un intercambio con estas regiones. De hecho, Chupícuaro tuvo acceso a recursos importantes para Mesoamérica como era la obsidiana, la cual abunda en la cercana Sierra de Zinapécuaro-Ucareo. Las excavaciones así como la investigación de los enterramientos y ofrendas asociadas a los tipos cerámicos señalan que hubo dos periodos importantes de ocupación en Chupícuaro, temprano y tardío, con una etapa de transición.

La etapa temprana muestra que en las creaciones de los alfareros de Chupícuaro la arcilla es fundamental y su estilo particular. Esto se puede observar en sus curiosas vasijas con asas en forma de estribo; en las figuras con rostros humanos y complicados peinados; en las orondas figuras de matronas, con vientres y pechos abultados; en las pequeñas cunas y figuras que parecen ser juguetes, así como en los diseños geométricos. Las figurillas con adornos al pastillaje, o sobrepuestos, son sin duda las más conocidas; tienen cuerpos aplanados y delgados, con la cabeza grande en relación con el cuerpo; la forma de los ojos es en extremo alargada y la nariz les llega hasta la barbilla. Todas las piezas encontradas muestran restos de pintura azul, roja y amarilla. Sobresalen las representaciones femeninas y tanto las figuras de hombres como las de mujeres carecen de vestimenta; sin embargo, en algunos casos se observa el uso de bragueros o taparrabos y una especie de sandalias. Contrasta el hecho de que, pese a su escasa vestimenta, todas las figuras de Chupícuaro muestran grandes y elaborados peinados o tocados; el cabello, en las figurillas femeninas, está pintado de rojo, con una curiosa raya en medio, mientras que en las figuras masculinas está pintado de blanco. También se pueden observar elementos decorativos, como cadenas de rombos, en algunas figuras humanas.

La etapa tardía de Chupícuaro se caracteriza por la cerámica en color café, por la decoración de los cuerpos basada en cruces, triángulos escalonados y líneas verticales, lo mismo que por la factura de figurillas muy pulidas cuya característica principal es una gargantilla ancha que cubre toda la porción del cuello. Los rasgos faciales están delineados con la técnica de pastillaje. Como en la etapa temprana, los alfareros representaron la figura humana desnuda, aunque los tocados son más sencillos; llevan el cabello partido y muestran turbantes o bandas horizontales sobre la frente y la cabeza. También hay figuras huecas policromadas, semejantes a la cerámica policroma negra. Un tipo muy llamativo de cerámica de Chupícuaro es la de objetos musicales como ocarinas, silbatos, flautas y sonajas hechos de barro, y una doble sonaja elaborada con hueso. Entre las figurillas sobresalen dos figuras masculinas con sendos instrumentos musicales; especialmente ha llamado la atención de los especialistas un alegre tocador de flauta.

Actualmente, la colección más importante de cerámica proveniente de Chupícuaro se encuentra resguardada en el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México, cuyas vitrinas exhiben las alegres y en ocasiones frondosas figuras humanas de esta región de Guanajuato, que parecen invitarnos a conocer más sobre el misterioso pueblo que las creó.

La influencia de Mesoamérica en la región

Hay testimonios que muestran la influencia del estilo Chupícuaro en distintas zonas arqueológicas de Guanajuato durante el periodo Clásico (años 200 a 900 o 1000). Uno de estos sitios es el denominado Morales, cerca de Comonfort, donde, durante la fase del mismo nombre (300-450), se observa una clara influencia de la tradición Chupícuaro. Estos elementos señalan una presencia mesoamericana en la zona norteña durante el periodo Clásico. Una muestra de lo anterior es la clara similitud entre los materiales mesoamericanos y los de algunas zonas de Guanajuato y Jalisco entre los años 200 y 350. Existen, por ejemplo, restos de llamativos diseños de aves, entre otros animales, motivos de greca escalonada así como una simetría biaxial en la decoración de materiales y restos de la Mesoamérica septentrional. Se ha diagnosticado que este tipo de vestigios son elementos propios de la estructura de las sociedades mesoamericanas y muestra de la presencia de Mesoamérica en la región. Junto a estos restos materiales se ha hallado un tipo de cerámica local llamada Coyotlatelco, cuyos motivos principales suelen ser cruces, grecas y puntos. Básicamente, es una técnica que aplica una decoración roja sobre fondos de color bayo y tiene su origen en este periodo del Clásico en las regiones de Guanajuato y Querétaro. Esta cerámica ha permitido a los especialistas ubicar a los posteriores grupos migratorios norteños en distintas zonas.

Por otra parte, algunos especialistas consideran que el Río Lerma, además de ser uno de los más importantes de México, es también una frontera ecológica, en donde hacia el sur la lluvia permite una eficaz agricultura a los pueblos del centro de México, pero al norte, en dirección al actual estado de Guanajuato, la lluvia es escasa y por ende las sociedades prehispánicas sedentarias que habitaron esta región crearon ingeniosos sistemas para cuidar el agua de la lluvia y cultivar sus áridas tierras. Esto favorecía que en la temporada de mayor escasez de agua los indios chichimecas dependieran para su supervivencia de la caza y recolección, y en la época de lluvias se dedicaran a la agricultura.

Ahora bien, gracias a nuevos trabajos de investigación hoy sabemos que las tierras de Guanajuato no siempre fueron tan áridas y que estaban pobladas por grupos sedentarios con un considerable grado de civilización, los que construyeron imponentes sitios y tuvieron una fuerte influencia de la cultura tolteca. Sin embargo, entre los siglos X y XI d.C. se dieron las grandes sequías en el territorio de Guanajuato, lo que provocó que sus habitantes sedentarios abandonaran la región en busca de mejores condiciones para la agricultura. Así, al comienzo de nuestra era, del 100 o 200 y hasta por lo menos el 900, hubo un buen número de sociedades agricultoras muy dinámicas y organizadas en aldeas. La mayoría de estos sitios se hallan en un área denominada Tunal Grande, que comprende una parte de Guanajuato además de los estados de San Luis Potosí y Zacatecas.

Aún permanece en la incógnita el origen del desarrollo del área de Tunal Grande; se requieren más estudios que muestren una tradición agrícola de los grupos locales, o bien contactos prolongados entre los grupos sedentarios de Mesoamérica y los grupos de cazadores-recolectores del Septentrión, como son los guamares, quienes permanecieron en la región y son parte de estos grupos a los que de manera genérica los nahuas del centro y, posteriormente, en el siglo XVI, los españoles denominaron chichimecas. Algunos especialistas están interesados en demostrar que la relación que se estableció entre sedentarios y nómadas obedeció a la migración al norte de diversos grupos, provenientes principalmente de Chupícuaro, Cuicuilco, Tlatilco (estos últimos en la cuenca de México) y el Golfo, entre otros lugares. Esta migración pudo ser paulatina, o bien intempestiva, debido a una presión demográfica en las áreas originales de los agricultores o debida a cambios climáticos que favorecieron el aumento de las lluvias y la posibilidad de desarrollar la agricultura en tierras que antes eran áridas.

Los sitios arqueológicos de Peralta, Los Garos y San Miguel Allende Viejo, entre otros, muestran un importante nivel de complejidad social en esta etapa de desarrollo. Asimismo, en los sitios arqueológicos de este periodo, al igual que en otros situados en el sur de Querétaro, el altiplano potosino, Zacatecas y Durango, se observan contactos con el occidente de México y una aparente independencia respecto de Teotihuacan; sin embargo, se debe mencionar que se ha encontrado influencia teotihuacana en la arquitectura de un sitio ceremonial del periodo Clásico llamado Cañada de la Virgen, cercano a la ciudad de San Miguel de Allende. El sitio está ubicado al suroeste del municipio de Allende, a 30 km de San Miguel, en el estado de Guanajuato. Este importante asentamiento prehispánico estuvo ocupado de 450 a 1100 d.C., y tuvo su máximo esplendor en el periodo Epiclásico (600, 700-900, 1000). Recientemente los especialistas han podido establecer que La Cañada de la Virgen estuvo habitada por pueblos otomíes. La zona está conformada por cinco conjuntos arquitectónicos y una calzada. Sin duda, el llamado Complejo A es el más importante y cuenta con un basamento piramidal de 16 m de altura, un patio hundido y tres plataformas. Asimismo, en el sitio se han encontrado 11 entierros humanos y el de un perro xoloizcuintle. Los pobladores de este sitio tenían rutas de intercambio comercial con otras áreas de Mesoamérica, como la cuenca de México y la costa del Golfo. En el sitio se encontró el patio hundido, el cual es un elemento arquitectónico muy generalizado dentro de la tradición arqueológica de Guanajuato y forma parte del complejo religioso y de culto de los pueblos indígenas prehispánicos que habitaron el estado. El patio hundido consiste en una plataforma que configura uno o varios patios hundidos cerrados y sobre la cual desplantan cuartos o basamentos piramidales. Los especialistas han documentado más de 200 sitios prehispánicos de Guanajuato que cuentan con patio hundido.

Otro sitio arqueológico muy interesante de este periodo es Plazuelas, en el municipio de Pénjamo, en las estribaciones sureñas de la Sierra de Pénjamo. Cuenta con cinco edificios asentados sobre tres laderas y dos juegos de pelota. Un importante descubrimiento en este lugar es la presencia de pequeñas maquetas o representaciones en miniatura de numerosos conjuntos arquitectónicos como son palacios, templos y casas. Estas construcciones diminutas se encuentran talladas en 650 rocas del sitio y de ellas sobresalen nueve maquetas con cancha de juego de pelota. En opinión de los especialistas, las canchas de juego de pelota no forman parte de las características arquitectónicas prehispánicas de la región de Guanajuato, y su presencia en Plazuelas muestra la cercana relación cultural de los pueblos que habitaron Guanajuato con el resto de Mesoamérica. Plazuelas tuvo un carácter eminentemente religioso y floreció entre 600 y 900 d.C.; se encuentra abierto al público desde el año 2006.

Otro ejemplo importante de esta época es el sitio de Cerro Barajas, también en el municipio de Pénjamo, que alberga uno de los conjuntos arqueológicos más grandes y en mejor estado de conservación de Guanajuato. Posee vestigios de edificios con muro de laja de roca volcánica de hasta tres metros de altura, una impresionante muralla de piedra de más de 600 m de largo y un sitio ceremonial; todo ello es muestra de rasgos propios de las sociedades mesoamericanas, lo cual es muy interesante ya que se trata de una zona en donde durante la conquista española habitaron grupos nómadas de cazadores y recolectores. Los especialistas consideran que las imponentes construcciones de Cerro Barajas no fueron elaboradas por estos cazadores-recolectores, ya que sus habitantes eran sedentarios y probablemente abandonaron la zona hacia el año 1000 d.C. La ocupación de Cerro Barajas se inició en el Clásico Medio, entre 400 y 650 d.C., y se prolongó hasta 950-1000. El abandono del lugar por parte de sus pobladores al parecer fue vertiginoso y planificado, causado quizá por la sequía que en esa época azotó la región.

Finalmente, Guanajuato cuenta con otro sitio arqueológico imponente llamado Peralta, en la localidad de Abasolo, en el suroeste del estado. Sus pobladores tenían un magnífico entorno natural con abundante agua ya que se encuentra en la gran planicie aluvial del Río Lerma. Peralta floreció durante el periodo Clásico, entre 300 y 700 d.C., y su población era agrícola y con una compleja organización social. El núcleo de Peralta tiene 75 ha pero la extensión completa del sitio llega a las 300 ha. El llamado Recinto de los Gobernantes es la más grande construcción del sitio de Peralta y, como su nombre lo indica, fue un espacio destinado a la celebración de actos públicos y el lugar de residencia de la clase gobernante. En este recinto se han encontrado entierros humanos rodeados de ofrendas con objetos suntuarios como vasijas finas y collares de concha y turquesa. Este magnífico sitio arqueológico, que forma parte de la tradición el Bajío, se encuentra abierto al público.

Estos sitios de gran importancia han llamado la atención de los especialistas y en los últimos 10 años han sido estudiados, como otros de la región, mostrando la enorme riqueza cultural de la antigua población de Guanajuato.

PERIODO DE DESPOBLAMIENTO: LA SALIDA DEL NORTE

El vigoroso impulso se interrumpe y estos centros aldeanos decaen de manera poco clara hacia el periodo Posclásico, concretamente entre los años 900 y 1000. Aparentemente, los grupos de agricultores abandonaron la mayor parte de la Mesoamérica septentrional a comienzos de este periodo. Durante más de 20 años se creyó que el abandono de los agricultores del norte había ocurrido por vez primera hacia 1200, con la caída de Tula y a raíz de diversos cambios climáticos; pero en distintos sitios ubicados en Río Verde (San Luis Potosí), Tunal Grande y la Sierra Gorda fue posible establecer como fecha aproximada del inicial colapso de la frontera mesoamericana el año 1000.

Pero ¿cuál fue la causa del derrumbe de la frontera mesoamericana y de la salida de los agricultores de gran parte de la Mesoamérica septentrional? La hipótesis más conocida señala que hacia 1200 hubo un importante deterioro climático que volvió áridas las tierras, lo que obligó a los agricultores a emigrar hacia el sur en busca de condiciones más propicias. Con el tiempo, se ha tenido que revisar esa teoría pues se ha descubierto que no existió tal inversión climática en esos años. Esto permite suponer, entonces, que quizás el éxodo de los agricultores se debió a cambios sociales.

Los norteños y Tula

Lo que sí se ha podido verificar es que para finales del año 1000 hubo importantes movimientos migratorios en casi toda la región del Septentrión, al igual que en el resto de Mesoamérica. Así, grupos del norte emigraron hacia Tula (Hidalgo), donde se han encontrado restos de cerámica del estilo Coyotlatelco. Al parecer, estos primeros emigrantes norteños, o chichimecas, como mencionan algunas fuentes coloniales, se unieron y mezclaron con los nonoalcas para fundar la ciudad de Tula.

Los norteños o chichimecas que emigraron al centro de México no eran sólo grupos de cazadores-recolectores, sino también de agricultores. Poseían rasgos culturales mesoamericanos, fueron constructores de pirámides, pertenecían a sociedades estratificadas y celebraban elaborados cultos. Gracias a los descubrimientos arqueológicos del área norte de México, que incluyen a Guanajuato, los especialistas han podido establecer que en el primer milenio de nuestra era gran parte del norte fue colonizado por pueblos sedentarios mesoamericanos. Estos pueblos son los llamados “chichimecas”, que comenzaron a emigrar hacia el sur a partir del Epiclásico (600, 700-900, 1000 d.C.). Los nuevos descubrimientos de importantes zonas arqueológicas, como las de Guanajuato que ya señalamos, dan fundamento a estas tesis y muestran que grupos sedentarios con un avanzada cultura fueron quienes poblaron el norte de nuestro país.

Al iniciarse el auge político y económico de Tula se observaron en ella elementos de la Mesoamérica septentrional, tanto en la arquitectura —los pórticos columnados, por ejemplo— como en las cerámicas —las denominadas blanco levantado y cloisonné—. Esta influencia del norte se observa en elementos asociados a esculturas y relieves como el llamado chacmool, las representaciones de animales devorando corazones y el impresionante tzompantli, compuesto por una estructura de madera con estacas en las que se ensartaban los cráneos de los cautivos sacrificados. Hay quienes ven en estos elementos un carácter guerrero, en ocasiones asociado a la idea de barbarie, pero en realidad obedecen a un complejo contexto social y religioso cuya comprensión está más allá de los lugares comunes. En las culturas prehispánicas la guerra desempeñaba un papel importante, así como la relación del hombre con la naturaleza.

Es muy importante señalar que la salida de los agricultores no parece haber sido absoluta en lo que se refiere a Guanajuato. Hacia 950-1100 encontramos que, en la fase de auge de Tula, hubo contactos y relaciones de este sitio con otros lugares de la región, donde hay indicios de la permanencia de los grupos agricultores, especialmente en el área del Bajío. De tal forma, en diversos lugares de Guanajuato están presentes elementos toltecas, concretamente en El Carabino y La Cañada de la Virgen. Aquí, la cerámica de Tula convive con la local, que es más sencilla. En cuanto a la arquitectura, es notable la influencia de Tula, especialmente en la construcción de plantas circulares y columnas. En general, en la región se han encontrado distintas señales de contacto con los habitantes de Tula; por ejemplo, en El Carabino se halló un patrón de asentamiento idéntico al de Tula, aunque en menor dimensión, lo que ha permitido afirmar que se trata de una pequeña Tula, quizá habitada por toltecas. Parece ser que en el sitio ceremonial de La Cañada de la Virgen la ocupación no se interrumpió del Clásico al Posclásico; además, en su última fase (850-1000) se aprecia un estilo de arquitectura tolteca-chichimeca de un alto grado de dificultad técnica, lo que indica una compleja estructura social.

Nueva salida del norte

Si bien la etapa de despoblamiento de la Mesoamérica septentrional se inició en el año 1000, a partir de 1150-1200, como ya dijimos, hubo importantes movimientos migratorios, los cuales parecen coincidir con la caída de Tula. El abandono de las tierras norteñas por parte de los agricultores en el siglo XIII se ha asociado a una época de sequía y colapso de la agricultura —a excepción de algunos cuantos lugares del sur de Guanajuato—, pero el fenómeno continuó hasta la invasión española. Finalmente, hubo una última y tardía despoblación, que se inició con una paulatina presencia tarasca en el sur, hacia 1350, en el Posclásico Tardío, que se extendió por Acámbaro y Maravatío. No es de sorprender esta presencia tarasca si se toma en cuenta el desarrollo social y cultural del occidente de México a partir de 1200. Después de 1350, esta cultura controló la mitad suriana de la región, mientras que los grupos nahuas dominaron la parte oriental y la sudoccidental.

PERIODO DE REPOBLAMIENTO: LOS TEOCHICHIMECAS

Es muy importante mencionar que desde 1000 o 1200 la Mesoamérica septentrional también estuvo ocupada por los famosos cazadores-recolectores, tan asociados siempre al norte. Diversos estudiosos han señalado que estos errabundos son los verdaderos teochichimecas. Las características sociales de los pueblos teochichimecas son poco conocidas. Ello se debe, en gran medida, a la aniquilación de dichos pueblos por parte de los conquistadores españoles durante el siglo XVI. También obedece a la simplificación étnica que se hace en varias fuentes documentales de esa época, especialmente en las administrativas, en las que se les designa con el nombre genérico de “bárbaros”. Hasta hace poco tiempo se consideraba que, durante el periodo Posclásico, los únicos pobladores de la Mesoamérica septentrional habían sido los nómadas. De hecho, los términos chichimeca y teochichimeca designan diversas etnias, lenguas, costumbres y grupos con distintos niveles de desarrollo. Había pobladores norteños nómadas y otros sedentarios; ocasionalmente, los nómadas se volvían agricultores, y viceversa. En fin, las variaciones entre la Mesoamérica central y la septentrional son grandes, y recíproca su influencia.

Fray Bernardino de Sahagún y sus informantes indígenas mencionan en el Códice Florentino que los llamados chichimecas se dividían en tres grupos: otomíes, “tamime” y “teuchichimecas”. Más allá de cuál era la definición cultural y étnica de los otomíes en el siglo XVI, interesa conocer aquí las definiciones que establece Sahagún para los otros dos grupos. Menciona que los tamime eran “deudos” o parientes de los teochichimecas, que “fueron algo republicanos” (civilizados, en términos de la época) que vivían en cuevas, peñascos o casas de paja y que cultivaban sementeras de maíz; que los tamime convivían con los otomíes y con los “mexicanos” o nahuas; que solían tener frecuentes contactos culturales y de “trato” (intercambio de bienes) con ambos grupos, e incluso relata que hablaban algo de otomí y de náhuatl para facilitar sus relaciones interétnicas.

La misma fuente especifica que los “teuchichimecas” habitaban “lejos y apartados del pueblo”; eran nómadas, aunque algunos tenían casas de paja. Asimismo, según otros autores religiosos del siglo XVI los chichimecas gustaban del juego de pelota, que denominaban “batey” y practicaban a la manera tradicional mesoamericana, con una bola de resina de árbol, golpeándola con las caderas. Estos autores señalan que los chichimecas también solían bailar por la noche alrededor del fuego tomados de los brazos, dando saltos y gritos. En medio de estos bailes solían introducir, antes de matarlos, a los desdichados cautivos que habían hecho durante sus jornadas bélicas. Sin duda, eran pueblos con una compleja cosmovisión, y parte de este legado lo dejaron plasmado en bellas pinturas rupestres. La población de Victoria, antiguamente llamada San Juan Bautista Xichú y que se encuentra en la parte norte del estado de Guanajuato, estaba habitada desde tiempos antiguos por chichimecas, quienes plasmaron su arte ritual milenario en piedra en varias cuevas de la zona. Los especialistas han ubicado 30 sitios de arte rupestre en Victoria. En estas pinturas los dibujos se encuentran delineados. En su mayor parte abunda la figura humana en posiciones de cacería o de guerra, pero se representaron también figuras de animales, especialmente ciervos, perros o coyotes, así como águilas, garzas, patos, ranas y lagartos. Se dibujaron también plantas como el maíz, el maguey y el peyote. Los colores más utilizados en estas composiciones son el amarillo, el rojo, el negro y en pocos casos el blanco. De especial interés es que, como los especialistas han señalado, en esta región de Victoria la práctica del arte rupestre se prolongó hasta principios del siglo XX, lo que le da una gran continuidad temporal a este aspecto del arte antiguo y tradicional indígena de Guanajuato.

En cuanto a la organización social de los chichimecas, fray Bernardino de Sahagún señala que vivían agrupados en torno a un dirigente: tenían un “señor y caudillo que los regía y gobernaba”; en señal de sujeción y “tributo”, entregaban a dicho “señor” piezas de caza (venados, conejos, “leones”, etc.). Seguramente de interés para el fraile debió de ser el hecho de que los teochichimecas fueran monógamos, así como que conocieran con gran detalle las propiedades de un gran número de plantas. El nombre tamime significa “tirador de arco” y, según Sahagún, el gentilicio obedece a que esta gente portaba siempre sus arcos y flechas. No es de sorprender, pues fueron ellos los que introdujeron su uso en la Mesoamérica nuclear, a la vez que adoptaron objetos y costumbres de ésta; por ejemplo, el juego de pelota, el pulque, instrumentos musicales como el teponaztli (tambor horizontal) y los espejos de cintura —cuya utilidad debió de ser ritual—, entre otros.

En opinión del fraile Guillermo de Santa María, el nombre de chichimeca proviene del náhuatl chicha, perro, y mecatl, cuerda o soga, y es un nombre que según Santa María los mexicanos dieron a los grupos cazadores nómadas del norte de manera despectiva y genérica, ya que la traducción según este fraile sería “perro con soga o que trae la soga arrastrando”. Este nombre lo aplicaron también los españoles desde el siglo XVI. Los grupos sedentarios no ignoraban las formas de vida de los cazadores-recolectores, y sus contactos o relaciones no siempre fueron de enfrentamiento. Ambos grupos podían reconocerse dentro de una tradición cultural similar.

En la región de Guanajuato los pobladores indígenas tuvieron un patrón de asentamiento disperso, con moradas en los montes ya que tenían predilección por las partes serranas; asimismo, mudaban de vivienda con frecuencia. Los principales grupos de chichimecas que habitaron el estado hablaban distintas lenguas. Eran principalmente pamis (pames, de la familia otopame), que vivían entre los otomíes y los purépechas a partir de Yuriria y Acámbaro hasta Ixmiquilpan y Mextitlán (actualmente en el estado de Hidalgo). Debido a que muchos de estos pames habían sido doctrinados, el fraile Santa María los consideraba relativamente tranquilos de carácter. Sin embargo señaló que, a diferencia de los pames, los uamares (guamares), que habitaban desde Pénjamo (Guanajuato), San Miguel y la zona de minas de Guanajuato hasta la lejana región de Pánuco, eran en extremo belicosos, valientes y muy diestros guerreros.

Los chichimecas utilizaban con destreza las navajas de pedernal, las macanas y las hondas. Fray Guillermo de Santa María observó que “es su manera de pelear con arco y flechas, desnudos y pelean con harta destreza y osadía, y si acaso están vestidos, se desnudan para el efecto [de pelear] y traen su aljaba [caja de flechas que llevaban colgada al hombro] siempre llena de flechas, y cuatro o cinco en la mano”. Tiraban con tal fuerza las flechas que fácilmente podían atravesar un caballo.

En las guerras y en otros enfrentamientos los chichimecas formaban una estructura social cohesionada y de mando unitario; incluso se organizaban en verdaderas confederaciones, como lo señalan algunas fuentes documentales administrativas del siglo XVI. Más aún, en el Códice Florentino se explica que los tamime “eran vasallos de señores o de principales en cuyas tierras vivían” y que, al igual que los teochichimecas, tributaban a sus señores con productos obtenidos de la cacería. Asimismo, la fuente señala —y en ello coincide con representaciones de dirigentes chichimecas en códices coloniales tempranos, como la Tira de Tepexpan, el Mapa Quinatzin y los Primeros Memoriales, entre otros— que los “señores” o “caudillos” chichimecas portaban prendas distintivas de su rango, como mantas de piel y guirnaldas de piel de ardilla.

Una organización social de esta naturaleza, que desempeñó un papel importante en la conformación de la Mesoamérica central durante el Clásico y el Posclásico, no puede ser simplificada. Gracias a diversos estudios sobre la organización social indígena ha cambiado la idea que se tenía de las unidades sociales organizadas en modo tribal. Antes se consideraba que la existencia de tribus excluía la formación de sociedades complejas; sin embargo, las organizaciones tribales estaban cimentadas en jerarquías y en sistemas de parentesco, lo que les confería una enorme complejidad social. Un grupo de tribus o linajes podía formar unidades políticas amplias.

La influencia de los grupos teochichimecas en la conformación de las sociedades mesoamericanas del centro, propiciada por los movimientos migratorios durante el periodo Posclásico, es particularmente compleja, como es posible apreciar en las fuentes documentales de los grupos centrales nahuas que actualmente se conservan. Tanto en los escritos alfabéticos como en los registros pictográficos o códices indígenas se observa una gran confusión en lo que se refiere al término chichimeca, así como al papel que tuvieron como antepasados y fundadores de las sociedades del centro. Esta complejidad se debe, en gran medida, al importante contenido mítico de los relatos históricos de los pueblos nahuas del centro. Las fuentes tradicionales coinciden en que los antepasados de los nahuas eran chichimecas y provenían del norte. Estos antepasados deambularon en prolongada peregrinación hasta llegar a la Meseta Central, donde se adaptaron gradualmente a los pueblos más antiguos y civilizados de la región.

En algunas de sus historias, los cronistas indígenas y españoles, frailes principalmente, como Toribio de Benavente o Motolinía, Diego Durán y Bernardino de Sahagún, o cronistas indígenas como Alva Ixtlilxóchitl, señalan que los chichimecas eran un grupo de nómadas salvajes, belicosos, que irrumpieron en un antiguo mundo cultural y sufrieron una lenta y efectiva transformación en agricultores gracias a distintos tipos de alianza con los grupos más refinados, particularmente los toltecas. En estas fuentes se observa cierto orgullo y lealtad, de parte de los grupos del centro, por el antiguo espíritu guerrero de los chichimecas. Por ejemplo, en algunas narraciones nahuas son considerados como la personificación de las estrellas, y se les identifica con los mimixcoa, o estrellas del cielo del norte. Alva Ixtlilxóchitl escribió que el término chichimeca quiere decir, en la lengua del mismo nombre, “las águilas”. En las tradiciones nahuas, sin embargo, subyace también la necesidad de legitimar el nivel de policía, o civilización, a la que habían llegado; por ello recordaban sus alianzas bélicas, matrimoniales y de sometimiento con los refinados y cultos toltecas. En su carácter de conceptos históricos y culturales, los chichimecas y toltecas referirían el contraste entre barbarie y “civilización”.

En la actualidad se cree que este tipo de historias tiene más un sentido metafórico y mítico que real. Los norteños no eran sólo nómadas, y las alianzas con el centro fueron complejas pues incluían, por ejemplo, redes de intercambio. Por otro lado, resulta difícil entender cómo pasaron de ser sociedades nómadas a organizaciones estatales en un lapso histórico de no más de 200 años. Esto sugiere que los supuestos nómadas que arribaron al centro no eran tales y permite entrever que, desde antes de su llegada, existían complejas y extensas redes de intercambio. Las fuentes documentales del siglo XVI no bastan para explicar los contactos culturales que debieron de existir desde tiempo atrás entre el centro y el norte.

Es probable que el tan confuso como citado, traducido y analizado término de chichimeca se encuentre asociado a un gentilicio, y no a la idea de “bárbaro” o nómada. Una propuesta reciente menciona que la palabra se refiere a la gente que vivía en Chichiman, o “Lugar de los Perros”, en huasteco. Este lugar se encuentra en Tampico, cerca de Pánuco, adonde, según Sahagún, arribaron varios pobladores en canoas, quienes se adentraron después hasta Tamouanchan y de allí partieron a Teotihuacan, desde donde emprendieron una peregrinación hacia el norte.

Pese a que el asunto de Chicomoztoc (Siete Cuevas) ha sido muy tratado, nos parece interesante mencionarlo aquí, principalmente por la relación que guarda con los teochichimecas de Guanajuato. Sin duda este episodio, bellamente narrado en la Historia tolteca-chichimeca, forma parte de los problemas que presentan la historia y el mito del origen de los migrantes nahuas. Allí se narra, en el mejor estilo épico, cómo en el siglo XIII se colapsó la gran Tollan (lugar mítico) y fue abandonada por sus pobladores, los tolteca-chichimecas, quienes se establecieron en Cholula, Puebla. En este lugar señoreaban los olmecas xicalancas, quienes, en principio, someterían a los emigrantes tolteca-chichimecas. Sin embargo, éstos se rebelaron a su suerte y se apoderaron de Cholula; pero para someter totalmente a los orgullosos olmecas xicalancas debían vencer a varios pueblos situados al oriente del Volcán Popocatépetl. Sin duda, la ayuda militar fue imprescindible para los toltecachichimecas, quienes la buscaron entre la gente que habitaba en un lugar llamado Chicomoztoc. Los estudiosos han identificado este sitio con el llamado Cerro de Culiacán, cercano a San Isidro Culiacán, en Guanajuato. Hacía allí se encaminaron los tolteca-chichimecas y lograron una alianza ritual con siete grupos chichimecas, quienes marcharon hacia el centro.

Los chichimecas vencieron a los grupos olmecas y consolidaron el triunfo tolteca. A partir de entonces la tradición señala alianzas matrimoniales entre los refinados toltecas y los valientes chichimecas, quienes, además, recibieron en compensación importantes extensiones de tierra. Sin duda, aquí el mito y la historia se unen y nos revelan que el resultado de esta alianza permitió a los norteños fundar numerosos centros de poder.

Los tarascos y los teochichimecas

Volvamos ahora con los pobladores de Guanajuato que no emigraron durante el Posclásico Tardío. Como ya se mencionó, la presencia tarasca en el sur de la región ocurrió a partir de 1350 y hasta poco antes de la llegada de los españoles. En esta zona geográfica los tarascos mantuvieron el control tributario —que compartieron con los nahuas centrales— sobre los pobladores del sur de la región y generaron cierto tipo de defensas contra los teochichimecas, aunque aparentemente mostraron poco interés por su frontera norteña, por razones poco claras. No obstante, algunos sitios muestran una clara influencia tarasca; por ejemplo, en el sitio de Cerro Gordo, cercano a Salamanca, se han encontrado restos de cerámica y construcciones típicamente tarascas, como la yácata. Otro ejemplo de la presencia tarasca es el sitio llamado Cerro El Chivo, cerca de Acámbaro, cuya ausencia de elementos defensivos hace pensar que mantenían buenas relaciones con los tarascos.

Ceremonia dedicada al pulque