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Guerra de razas. Negros contra blancos en Cuba. Rafael Conte Mayolino y José M. Capmany Fragmento de la obra I. LUCHA DE RAZAS El movimiento insurreccional cuyas postreras vibraciones estremecen todavía las montañas orientales, ha sido un brote racista, una protesta armada de los negros contra los blancos, de los antiguos siervos contra los antiguos señores. Suponer otra cosa, atribuirle otro carácter, sería pueril y absurdo, y acusaría un desconocimiento absoluto del más trascendental y difícil de nuestros grandes problemas nacionales. No hay que hacerse ilusiones sobre este punto: las dos razas que pueblan la República de Cuba se han declarado recíprocamente la guerra, han venido a las manos, han hecho correr la sangre; y de hoy más, el profundo recelo de los blancos servirá de contrapeso al odio inextinguible de los negros. Uno de los dos bandos tiene forzosamente que sucumbir o someterse: pretender que ambos convivan unidos por lazos de fraternal afecto, es pretender lo imposible. Tal vez hubiera sido esto realizable antes del 20 de Mayo de 1912, porque hasta entonces el negro y el blanco, que en el fondo se detestaban, habían logrado mantenerse dentro de los límites de la prudencia; pero hoy, después del choque armado, después de la agresión brutal y del terrible escarmiento, no es lógico ni humano suponer que la paz, que no pudo conservarse con halagos y promesas, haya de surgir de los campos ensangrentados de la lucha. En todo caso, los blancos, vencedores a muy poca costa, podremos olvidar; pero los negros, vencidos, humillados, los negros que han sentido de nuevo en sus espaldas el infamante látigo del dominador, ni olvidarán el afrentoso castigo, ni perdonarán nunca a sus implacables ejecutores. No es probable que los hombres de color, desalentados por el fracaso, se sientan dispuestos a reanudar inmediatamente la lucha; pero esto no significa ni mucho menos que las brillantes victorias de nuestros soldados en las abruptas serranías del Oriente deban considerarse como decisivas. Todo hace creer, por el contrario, que el problema, lejos de haber sido resuelto, no está sino planteado. Tardará más o menos tiempo en surgir un nuevo Estenoz, pero surgirá; y si para entonces no estamos convenientemente preparados, las consecuencias serán funestas.
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Seitenzahl: 140
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Rafael Conte Mayolino y José María Capmany
Guerra de razas Negros contra blancos en Cuba
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Guerra de razas. Negros contra blancos en cuba.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-9953-516-6.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-131-9.
ISBN ebook: 978-84-9897-344-0.
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Créditos 4
Dedicatoria 9
Dos palabras 11
I. Lucha de razas 13
II. Una leyenda desvanecida 15
III. A cada cual lo suyo 19
IV. Un viaje terrible 23
V. Hands Across the Sea 29
VI. Un accidente 33
VII. El fuego de Boquerón por fuerzas del comandante Castillo 37
VIII. Imprevisión 41
IX. El imperio de la convulsión 47
X. El combate de Yarayabo 53
XI. A través de la zona infestada 59
XII. Cómo se presentó Lacoste 63
XIII. La odisea de un gallego 67
XIV. La noche trágica de La Maya 71
XV. Nuestros bravos soldaditos 79
XVI. Honor a quien honor se debe 83
XVII. El padrón de honor 89
Muertos 90
Heridos 91
XVIII. Juicio del alzamiento 93
XIX. La captura de Surín 97
XX. Suspensión de las garantías constitucionales 101
XXI. Literatura afro-independiente 103
XXII. Algunas observaciones 107
XXIII. El fuego de Palma Mocha 111
Epílogo. Al pueblo de Cuba 119
La patriótica proclama del señor presidente 119
El banquete monstruo 121
Jefes y oficiales 127
Veteranos 133
Guardia Local de La Habana 134
Plana mayor del coronel Machado, que tanto se distinguió en Oriente 138
Libros a la carta 141
Al mayor general José de Jesús Monteagudo, Comandante en Jefe del Ejército Cubano, a su lugarteniente, el brigadier Pablo Mendieta, a los brillantes jefes y oficiales y heroicos y abnegados soldados de la República, que, al aplastar la revolución racista, salvaron a Cuba de la anarquía interior y la ingerencia extranjera.
Rafael Conte.
José M. Capmany.
Fue nuestra primera idea al dar a la publicidad el presente libro, hacer lo que podríamos llamar la pulimentación literaria de nuestros trabajos; pero como hemos creído que esto vendría a alterar los conceptos de los episodios de la guerra, resultando unos más opacos y otros de mejor colorido, hemos optado por dejar las reseñas periodísticas tal cual se escribieron en los días de ardorosa lucha, para que nuestros lectores no vean en este libro otra cosa que la verdad de los hechos tal como en el desenvolvimiento de la revolución racista acontecieron.
No presentamos esta obra como un dechado de literatura, porque esto no es posible cuando se escribe al día, pero sí podrán nuestros lectores encontrar en ella la historia verídica de casi todos los combates librados y de las principales causas del movimiento.
Muchos otros trabajos inéditos hemos creído prudente intercalar, con ilustración de datos, seguros que con esto complaceremos la natural curiosidad de la opinión y del país, que está ávido de conocer con certeza todos los pormenores del nefasto movimiento racista, ya dominado, por fortuna.
No se nos oculta que algunos, y acaso muchos, de nuestros juicios han de parecer excesivamente severos; pero tal consideración no puede inducirnos a modificarlos, pues si tal hiciéramos dejaríamos de ser sinceros.
Al ofrecer al público este modesto libro, nos propusimos, ante todo, decir la verdad; y creemos haber cumplido fielmente nuestros honrados propósitos.
El movimiento insurreccional cuyas postreras vibraciones estremecen todavía las montañas orientales, ha sido un brote racista, una protesta armada de los negros contra los blancos, de los antiguos siervos contra los antiguos señores. Suponer otra cosa, atribuirle otro carácter, sería pueril y absurdo, y acusaría un desconocimiento absoluto del más trascendental y difícil de nuestros grandes problemas nacionales.
No hay que hacerse ilusiones sobre este punto: las dos razas que pueblan la República de Cuba se han declarado recíprocamente la guerra, han venido a las manos, han hecho correr la sangre; y de hoy más, el profundo recelo de los blancos servirá de contrapeso al odio inextinguible de los negros.
Uno de los dos bandos tiene forzosamente que sucumbir o someterse: pretender que ambos convivan unidos por lazos de fraternal afecto, es pretender lo imposible.
Tal vez hubiera sido esto realizable antes del 20 de Mayo de 1912, porque hasta entonces el negro y el blanco, que en el fondo se detestaban, habían logrado mantenerse dentro de los límites de la prudencia; pero hoy, después del choque armado, después de la agresión brutal y del terrible escarmiento, no es lógico ni humano suponer que la paz, que no pudo conservarse con halagos y promesas, haya de surgir de los campos ensangrentados de la lucha.
En todo caso, los blancos, vencedores a muy poca costa, podremos olvidar; pero los negros, vencidos, humillados, los negros que han sentido de nuevo en sus espaldas el infamante látigo del dominador, ni olvidarán el afrentoso castigo, ni perdonarán nunca a sus implacables ejecutores.
No es probable que los hombres de color, desalentados por el fracaso, se sientan dispuestos a reanudar inmediatamente la lucha; pero esto no significa ni mucho menos que las brillantes victorias de nuestros soldados en las abruptas serranías del Oriente deban considerarse como decisivas.
Todo hace creer, por el contrario, que el problema, lejos de haber sido resuelto, no está sino planteado. Tardará más o menos tiempo en surgir un nuevo Estenoz, pero surgirá; y si para entonces no estamos convenientemente preparados, las consecuencias serán funestas.
Por lo demás, el conflicto no es nuevo, ni obedece (como propalan algunos maliciosos) a determinadas causas de orden local. Los cubanos caucásicos y los cubanos africanos luchan entre sí por las mismas razones que desde que el mundo es mundo han tenido para combatir y exterminarse los hombres de distinto origen. Es el problema eterno: desde los tiempos más remotos, toda la historia de la humanidad se ha reducido a una perpetua e implacable lucha de razas. Cuba no ha podido sustraerse a la ley general. Y menos mal que se tratara de grupos étnicos afines, oriundos de una misma raza madre, pues en este caso podría esperarse que con el transcurso de los siglos acabarían por mezclarse y confundirse, como se confundieron y mezclaron los blancos germánicos de Ataulfo y Alarico, con los blancos latinos de las provincias romanas; pero, tratándose como se trata de caucásicos y etiópicos, la mezcla es imposible, puesto que ni aun por medio del cruzamiento continuado y científico, puede lograrse la desaparición total de una de las dos razas en provecho de la otra.
La llamada Campaña de Oriente ha servido, entre otras cosas, para destruir muchos prejuicios y disipar numerosas tradiciones de «la Cuba que se fue», y casi casi nos atrevemos a decir «la Cuba que hizo bien en irse».
Creíamos, por ejemplo, y nadie que se considerase bien enterado lo hubiera puesto en duda, que el negro era más valiente, más fogoso y más insensible a las fatigas y privaciones que el blanco. Recordábamos el comportamiento heroico, la acometividad, la audacia y el valor casi salvaje que habían desplegado los hombres de piel oscura en nuestras guerras emancipadoras, y llegamos en nuestra exaltación tropical a creer que eran ellos los únicos cubanos capaces de soportar sin abatirse las crudezas de una campaña militar bajo los abrasadores rayos del Sol de los trópicos.
Los negros orientales, sobre todo, se nos antojaban punto menos que invulnerables titanes; y muchas veces, al meditar sobre las posibles contingencias de una lucha de razas, temblábamos de espanto ante la terrible perspectiva de vernos atacados al machete (¡nada menos que al machete!) por los legendarios escuadrones de negros montañeses, que en nuestra encendida fantasía nos parecían capaces de derribar con sus aceros las murallas seculares de la Cabaña y el Morro.
El movimiento estenocista ha servido para destruir esta épica leyenda. Los negros orientales, los legendarios negros del indomable Oriente, no han dado muestras, en esta ocasión al menos, de su decantado valor. Lamentamos sinceramente tener que decir esto, y no tanto por lo que con ello podamos mortificar a los GUERREROS racistas, como porque, hasta cierto punto, podrían interpretarse nuestras palabras en sentido desfavorable para el valiente Ejército de la República, puesto que al rebajar la calidad de los enemigos con quienes tuvieron que habérselas, parece como que se desmerita un tanto la labor heroica realizada por las tropas.
Afortunadamente, como tendremos ocasión de demostrar, el mérito de los soldados cubanos en esta campaña no se basa en los triunfos militares, a causa de la misma despreciable condición del enemigo. Y por otra parte, ¿quién nos dice que la poca acometividad de los alzados no obedeciera a que desde los primeros momentos se dieron cuenta de que tenían que habérselas con un contrario formidable?
Hay que confesar que los negros de Oriente, los mismos que al alborear nuestra gloriosa guerra de Independencia, se lanzaban sin armas ni pertrechos contra los valerosos soldados españoles, para arrancarles a viva fuerza los fusiles de que carecían, no han mostrado ahora el valor heroico, desesperado, salvaje, si se quiere, que hizo de ellos en aquella época un objeto de admiración y de terror.
Es innegable que los 10.000 soldados regulares de la República, que con facilidad pasmosa aplastaron la rebelión, tenían sobre los españoles la ventaja (la única ventaja) de ser naturales del país, y poder, por lo mismo, soportar mejor las inclemencias de la campaña; pero esto no justifica la falta de empuje, total, absoluta de los rebeldes. Ni una sola vez se atrevieron a cargar al machete; ni en una ocasión tan siquiera hicieron frente a las tropas leales, ni tuvieron valor para levantar un raíl, ni llevaron su osadía hasta el extremo de detener un tren de viajeros. Todos sus rasgos de audacia quedaron limitados al saqueo e incendio parcial de La Maya, que realizaron gracias a la cooperación de algunos negros habitantes del lugar y aprovechando la ausencia del destacamento de rurales que lo guarnecía, y a la destrucción de lugarejos indefensos y estaciones aisladas y desprovistas de toda protección.
Esta cobardía (no encontramos palabra más adecuada para expresar la timidez de los soldados estenocistas) ha sido objeto de muchos y muy encontrados comentarios y ha dado origen a inacabables controversias. Atribúyenla algunos a las eficaces combinaciones militares del general Monteagudo y a la pericia y el valor de sus oficiales y soldados. Los que así opinan, afirman que los cabecillas de la rebelión fueron derrotados con sus propias armas, merced a la táctica mambisa que emplearon las tropas. Otros, en su inútil afán de restarle importancia y gravedad al alzamiento, despojándolo de su carácter racista, aseguran que los rebeldes no hacían armas contra el ejército leal, porque les repugnaba derramar sangre de hermanos. Y por último, los más radicales, los más escépticos (y según ellos los más lógicos) afirman categóricamente que lo sucedido no les ha causado mayor sorpresa, por ser cosa demostrada que el negro, capaz de acometer las más heroicas empresas cuando se siente dirigido y amparado por el blanco, se convierte en el ser más inofensivo de la creación al encontrarse solo y sin más guía que su propia iniciativa.
Los que tal dicen traen a colación y en apoyo de sus teorías, las famosas exploraciones de Livingston y Stanley al «África Tenebrosa».
En aquellos peligrosos viajes a través de inmensos territorios desconocidos, los intrépidos exploradores, a fuerza de dádivas y halagos, lograron la amistad de algunos indígenas, tan salvajes, tan cobardes y tan abyectos como los demás, y que sin embargo, no bien se vieron junto al hombre blanco, convirtiéronse en verdaderos héroes y llegaron a inspirar invencible terror a los tribeños, a los cuales vencieron con facilidad pasmosa, no obstante conservar sus primitivos armamentos.
Los autores de este libro, modestos periodistas que no abrigan al publicar esta obra otro pensamiento ni persiguen otra finalidad que reseñar fielmente lo que vieron durante su permanencia en las montañas Orientales, no son los llamados a pronunciar la última palabra en cuestión de tanta trascendencia como la que sirve de tema a este capítulo.
Nosotros nos limitamos a consignar que los negros rebeldes de Ivonet y Estenoz no desplegaron ninguna de las legendarias dotes de energía y audacia que caracterizaron en otros tiempos a los montañeses orientales.
Por lo que hace a las causas que hayan podido motivar esta carencia absoluta del legendario valor, ya hemos dicho que nos son desconocidas, y no tenemos el menor interés en averiguarlas.
Se ha repetido con marcada insistencia, que la suprema aspiración de Evaristo Estenoz y sus lugartenientes (Ivonet, Lacoste, Surín y otros) consistía nada menos que en el establecimiento de una república negra, calcada sobre los moldes de Haití.
Nada más lejos de la verdad: Estenoz, sobre todo, era demasiado sagaz para no darse cuenta de lo absurdo y descabellado de semejante propósito; y podemos asegurar sin temor a equivocarnos, que en todo pensaba él, menos en convertir a Cuba en una edición de bolsillo de la Nigricia.
Sabía el astuto cabecilla, y de fijo que no lo ignoraban sus edecanes, que aun en el caso —muy improbable por otra parte— de obtener un triunfo completo y decisivo sobre los blancos, no les habría sido posible constituir una república de negros, puesto que a ello se hubieran opuesto resueltamente los norteamericanos, que, como se sabe, no se distinguen por su amor a los hombres de piel oscura.
Otra era, a juicio nuestro, la finalidad que perseguía Estenoz; y aún a trueque de que se nos tache de excesivamente crédulos —de cándidos, si se quiere— afirmamos sin vacilar que su sueño dorado consistía en obtener la derogación de la llamada «Ley Morúa».
Evaristo Estenoz, hombre ambicioso y de muy elástica moral, producto acabado y típico de una gigantesca revolución ultrademocrática que trastornó por completo la vida social y política del país, encumbrando a los menos capacitados y hundiendo en las sombras del olvido los más brillantes talentos y los más sólidos prestigios; Estenoz, que sin estar dotado de verdadera inteligencia poseía la vivacidad característica del politicastro surgido de los comités de barrio, era tal vez entre todos los suyos, el único que aspiraba con toda sinceridad a obtener la derogación de la expresada ley, que inspirada acaso en el deseo de contener a los blancos, solo ha servido, a juzgar por los hechos, para exasperar a los negros.
Si Estenoz hubiera obtenido la derogación de la Ley Morúa, bien por medio de la propaganda pacífica, bien empleando la violencia, se habría convertido en jefe nato de los negros que habitan la isla, y que constituyen un crecido tanto por ciento de su población total, lo que equivale a decir que el ambicioso cabecilla hubiera dispuesto a su antojo de una fuerza electoral irresistible, que ora empleada en beneficio de su raza, ora valiéndose de ella para robustecer a cualquiera de los partidos legítimamente constituidos, habría jugado, en todos los casos, un papel decisivo en la política cubana.
Los conservadores para obtener el poder y los liberales para conservarlo, hubieran pagado a cualquier precio la cooperación de Estenoz; y el leader de los titulados Independientes de Color, cargado de honores y riquezas, habría llegado a ser la figura central de todas las situaciones.
Con esto, sin embargo, poco o nada adelantaban los miles de negros, analfabetos en su inmensa mayoría, que seguían las inspiraciones del audaz jefe racista: esos desventurados, no obstante su ignorancia, se daban cuenta de que la derogación de la Ley Morúa ningún beneficio directo habría de reportarles: individual y colectivamente, ellos continuarían siendo los más humildes, los más desgraciados, los más perseguidos por el destino adverso.
Fue, pues, necesario, para obtener la cooperación entusiasta de esos hombres, ofrecerles algo que estuviera más en consonancia con sus deseos y aspiraciones; y...
...
¿Será necesario repetir aquí lo que sabe todo el mundo y nadie se atreve a negar?
Estenoz, Ivonet, Surín, Lacoste, todos los llamados jefes del Partido Independiente de Color, que habían de convertirse poco después en cabecillas del movimiento armado, convencidos de que con promesas de futuras ventajas políticas no lograrían despertar el dormido entusiasmo de sus parciales, recurrieron al criminal expediente de excitarlos a la lucha, propalando las más calumniosas especies contra los blancos, y ofreciéndoles como horribles trofeos de victoria, el saqueo de nuestros hogares, la sangre de nuestros hombres y la honra de nuestras mujeres.
Todavía resuenan en nuestros oídos aquellas insultantes palabras que profiriera el cabecilla racista en la tribuna de Guantánamo, cuando en medio de los aplausos y rugidos de una multitud frenética y enardecida por el alcohol y la lujuria, aseguró que, después del triunfo del Partido Independiente de Color, los mulatos, que hasta el presente habían sido producto del cruzamiento del blanco y la negra, nacerían de la unión del negro con la blanca.
