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La creación de la Unión Europea es uno de los procesos históricos más importantes de la Historia moderna pues supuso la superación de muchos problemas y antagonismos en un continente siempre enfrentado a sí mismo y escenario de numerosas conflagraciones. Ello supuso un enorme ejercicio de voluntad, trabajo y compromiso a partir del convencimiento de que era mejor ir juntos, cooperando e intercambiando bienes, servicios y saberes sin que las fronteras nacionales significasen un obstáculo Esta obra recorre todos los procesos, tanto ideológicos como estructurales, que permitieron el nacimiento y consolidación de la UE, así como el funcionamiento de los organismos que la forman y dirigen.
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Seitenzahl: 127
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© EDITATUM
© Eduardo Montagut
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Primera edición: mayo de 2024
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Eduardo Montagut nació en Madrid en 1965, licenciándose en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM en el año 1988, con premio extraordinario. En la misma Universidad alcanzaría el doctorado en 1996 con una tesis sobre “Los alguaciles de Casa y Corte en el Madrid del Antiguo Régimen, un estudio social del poder”. Por otro lado, el autor emprende estudios de la época ilustrada a través de la Real Sociedad Económica Matritense y la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País sobre cuestiones de enseñanza, agricultura, montes y plantíos. En 1996 comienza su carrera de docente en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid.
Con el nuevo siglo, Eduardo Montagut inicia una intensa actividad en medios digitales y escritos con publicaciones de divulgación e investigación históricas, política y de memoria histórica, siendo autor de libros como GuíaBurros: Del Abrazo de Vergara al bando de guerra de Franco; GuíaBurros: Episodios que cambiaron la Historia de España; GuíaBurros: La España del siglo XVIII; GuíaBurros: Historia del socialismo español; GuíaBurros: El tiempo de las revoluciones; GuíaBurros: El Antiguo Régimen, GuíaBurros:El Republicanismo en España, GuíaBurros: Europa en su cenit; Guíaburros: Diccionario de Historia Contemporánea; GuíaBurros: El libro de la Gran Guerra;GuíaBurros: Las Constituciones en España; GuíaBurros: Las relaciones Iglesia-Estado en España; GuíaBurros: La organización territorial de España y GuíaBurros: Los liberales en España.
Este libro está dedicado a la memoria de Aristide Briand, Robert Schuman, Altiero Spinelli, Jean Monnet, Simone Veil, Walter Hallstein, Úrsula Hirschamann, Melina Mercouri, Paul-Henri Spaak, Guy Mollet, Nilde Lotti, François Mitterrand, Helmut Kohl, Jacques Delors, y Manuel Marín, entre otros personajes clave que siempre creyeron en una Europa unida.
Este libro pretende ser un manual de la Historia del proceso de integración europea, empezando con sus antecedentes más o menos lejanos, para luego intentar plantear las claves del proceso de integración europea que culminaría con la Unión Europea, así como, su desarrollo hasta nuestro siglo, pero sin olvidar tampoco a otras organizaciones, especialmente el Consejo de Europa, ya que, nos interesan todos los mecanismos institucionales que han pretendido y pretenden la construcción de Europa.
La creación de la CEE, luego transformada en la Unión Europea, constituye uno de los procesos históricos más sobresalientes de la Historia contemporánea porque ha supuesto la superación de muchos problemas y antagonismos del pasado en un continente siempre enfrentando a sí mismo, núcleo, además, de conflagraciones que superaron su marco geográfico para convertirse en conflictos mundiales. Es importante destacar este aspecto porque entre los europeos del presente puede cundir la idea de que la Unión Europea es consustancial al espíritu europeo, pero no es así, ya que su construcción y desarrollo ha tenido que ser un ejercicio de voluntad, de trabajo y de compromiso para no volver a las antiguas rivalidades que terminaban en sangre y desolación, llegando al convencimiento de que era mucho mejor caminar juntos, cooperando, intercambiando bienes, servicios, saberes, formas de vida, en fin, conviviendo sin que las fronteras nacionales fueran un obstáculo para desarrollarse en todos los aspectos. Pero, además, en un tiempo de crecimiento del euroescepticismo bucear en la Historia puede convertirse en un antídoto contra ideas que se sustentan en medias verdades o en interpretaciones muy sesgadas y populistas sobre un supuesto poder incontrolable proveniente de Bruselas y sus instituciones.
Por fin, para nuestro país la integración europea ha sido una de las aspiraciones más intensas de quienes siempre vieron en Europa durante el pasado siglo un factor clave para el desarrollo general de España porque este país habría sido siempre, a pesar de los pesares, intensamente europeo. Por eso el libro termina con un capítulo sobre la Historia de la integración española.
Si queremos estudiar la integración europea habría que intentar definir qué es Europa. El primer problema que nos encontramos estaría en los propios documentos constitutivos de la Unión Europea porque no aparece una definición. Así no estaría en el Tratado de la Unión de Europa, que se firmó en Maastricht en 1992, aunque, al parecer, se intentó.
Tradicionalmente, se considera que Europa sería una enorme península de Asia, por lo que, en realidad, no podría considerarse como un continente como el resto, sino como un subcontinente. Su límite oriental estaría en los Montes Urales, aunque esto, en realidad, es una convención que, como tal, empleamos con fines operativos. Otra cuestión que dificulta la definición de Europa es su división entre Occidente y el Este, con grandes diferencias políticas, económicas y socioculturales históricas. Además, algunos de los Estados miembros de Europa han vivido grandes debates sobre su condición de europeos, siendo el caso español paradigmático, tanto en la época ilustrada con ese cuestionamiento desde ámbitos ilustrados foráneos, como, sobre todo, en el cambio entre los siglos XIX y XX, ya en clave interna, cuando el regeneracionismo cuestionó la condición europea de España, aunque, en compensación se abogaba por realizar un ingente esfuerzo para que se incorporara al continente.
Europa, en fin, vendría a ser más que una realidad geográfica, una especie de entidad de signo cultural que se habría conformado históricamente.
Europa comenzó a tener una dimensión más allá de sus límites geográficos con el inicio de la Edad Moderna, especialmente en América, para luego, con la época contemporánea convertirse en el continente, o al menos de su parte occidental, que pasó a ejercer un evidente dominio político, económico y cultural sobre casi todo el mundo. Después las dos Guerras Mundiales y sus consecuencias destructivas desplazaron el poder fuera de la misma por el lado occidental, pero también por su límite oriental. En todo caso, sigue siendo un espacio de enorme influencia en el mundo. La propia existencia de la Unión Europea demuestra la permanencia de ese peso, a pesar de la fuerza y emergencia de nuevos focos de poder en otros continentes.
En las Edades Media y Moderna aparecieron algunas ideas que pretendían más que conseguir una integración organizativa europea, el que la paz pudiera reinar entre los Estados y los pueblos del continente. Deben ser tenidas en cuenta porque, en realidad, la integración en la segunda mitad del siglo XX buscaría, además de un conjunto de objetivos de tipo político, económico, social, y cultural, la paz en una Europa tan enfrentada entre sí, y que acababa de salir de la Segunda Guerra Mundial.
En el siglo XIX asistimos al inicio más inmediato de ideas, proyectos y realizaciones en relación con la necesidad de coordinar esfuerzos de los Estados, en una tendencia superadora de los límites fronterizos.
En los inicios de dicha centuria, en la denominada época de la Restauración, estaríamos hablando, de la organización de los Congresos, resultado de lo acordado en el Congreso de Viena, de la Santa Alianza y de la Cuádruple Alianza, con el fin de mantener el equilibrio en el continente, eso sí, sobre premisas basadas en el mantenimiento de la alianza del Trono y la religión, del absolutismo y de la tradición, pero, sin lugar a dudas, constituyeron un precedente organizativo europeo evidente.
El Zollverein, en el marco alemán, plantea una primera unión económica, como paso previo a la política. Bien es cierto que se ajustó al espacio alemán, pero abarcó a un conjunto considerable de población en el centro europeo, y no podemos dejar de estudiarlo como otro precedente lejano del proceso de integración europea.
Mientras se desarrollaron estos esfuerzos organizativos, en el seno de la intelectualidad europea surgirían voces, más modernas, y que seguramente, conectarían más con el espíritu posterior, sobre la necesidad de la colaboración efectiva de los Estados, y desde una posición más favorable a principios democráticos y en favor de los pueblos, como estudiaremos a través de Mazzini y Víctor Hugo, además de otros autores menos conocidos. Por esas razones tienen mucha más importancia que los esfuerzos organizativos citados. Pretendieron ir más allá de los triunfantes nacionalismos.
Terminamos el capítulo del siglo XIX con el inicio del primer esfuerzo en favor de la paz a través de una organización de justicia, la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya.
En cierta medida, podemos considerar que sería en la Edad Media cuando cristalizaría una idea de Europa. En la misma comenzaron a surgir, además, ideas que buscaban la integración, aunque ninguna se llevaría a cabo, realmente, pero tienen su interés porque nos permiten ver ya en épocas tan lejanas como se pensaba en la superación de conflictos y en la necesidad de coordinar esfuerzos.
En 1306, el francés Pierre Dubois abogó por la creación de una especie de República Cristiana, a modo de asamblea de los príncipes con el fin de arbitrar sobre los conflictos que surgieran. Es evidente que no estaríamos hablando de una organización supranacional en una época donde eso era impensable, simplemente por el anacronismo del concepto, sino de la defensa del universalismo cristiano frente a los intereses particularistas de Reinos y Estados. El mérito de este tratadista francés residiría en la idea de que había que establecer algunos mecanismos organizativos en favor de la paz, una idea que llegaría hasta el proceso ya claro de integración europea en el siglo XX. Muchos años después de Dubois, el gran humanista Erasmo de Rotterdam retomó la idea de Dubois.
Pero antes, en el siglo XV y en la corte bohemia, encontramos un proyecto sugerente. El rey de Bohemia, Jorge de Podiebrad, ha pasado a la Historia tanto por ser el primer príncipe europeo que rechazó el catolicismo por la versión moderada de las ideas de Jan Hus, como también por abogar por una Europa Unida. Consciente, por su cercanía geográfica, del avance turco en la segunda mitad del siglo XV después de la caída de Constantinopla, propuso crear una suerte de confederación europea conocida con el nombre de Universitas, con un fin defensivo.
La idea vertebradora sería la religiosa, en torno al cristianismo. Pero también se ha interpretado que su idea integradora tenía que ver con su deseo de ocupar un lugar en Europa, ya que su Reino era muy pequeño frente al Sacro Imperio Romano Germánico. Era una manera de obtener reconocimiento y de intentar que no fuera atacado. No tuvo ningún éxito entre las distintas Monarquías, porque, además, Roma lo acusó de hereje.
En el siglo XVII se perfiló más la idea de la paz, especialmente a través del Gran Proyecto de Sully, fundamental ministro de Enrique IV que, aunque iba encaminado a combatir la hegemonía española y el poder otomano a través de una alianza en sentido estratégico, pretendía conseguir una paz permanente.
El Siglo de las Luces no podía dejar de insistir en la paz. Al comenzar la centuria, en 1716, apareció el Proyecto de Paz Perpetua del abate de Saint Pierre, es decir, Carlos-Irene de Castel. Posteriormente, en 1728 publicó un resumen dirigido a Luis XV, basándose en los Tratados de Utrecht.
También Rousseau y Voltaire se preocuparon por la paz, y hasta Necker teorizó de forma muy moderna sobre las relaciones económicas de los conflictos y de la paz.
Por fin, Kant escribió una obra fundamental, Sobre la Paz Perpetua (1795), eso sí abarcando el mundo entero. En todo caso, sus planteamientos no dejaron de influir posteriormente. Kant hablaba, en primer lugar, de unos “artículos preliminares” para alcanzar la paz de forma casi inmediata, y que pasaban porque ningún tratado de paz debía contener clausulas sobre la posibilidad de guerras futuras, que ningún Estado pudiera ser cedido por ningún medio, que no hubiera ejércitos permanentes, que la deuda nacional contraída no pudiera generar conflictos, que ningún Estado pudiera inmiscuirse por fuerza en la vida política interna de otro Estado, y que en caso de guerra ningún contendiente pudiese usar medios, que podríamos definir como muy duros, que hicieran imposible la confianza mutua en una paz futura.
Las condiciones para la paz entre los pueblos se establecerían a través de los “tres acuerdos definitivos”: la constitución de todos los estados debía ser republicana, la ley de las naciones tenía que estar fundada en una federación de estados libres, y la ley de la ciudadanía mundial debía estar limitada a condiciones de una hospitalidad universal. Posteriormente, amplió estas cuestiones con dos suplementos y dos apéndices.
Aunque el Congreso de Viena, la Santa Alianza, la Cuádruple Alianza y los Congresos que se fueron celebrando en la Europa de la Restauración obedecían a principios exclusivamente políticos y vinculados al mantenimiento de un orden internacional basado en la alianza entre el Altar y el Trono frente al liberalismo y al naciente nacionalismo, no podemos negar que supusieron el primer intento de institucionalizar relaciones internacionales en Europa de forma estable a través de un mínimo organizativo.
En la época de la Restauración se remodeló el mapa de Europa que había cambiado con la Revolución francesa y el Imperio napoleónico. Esta reordenación se desarrolló en el Congreso de Viena (1814−1815). Las potencias aliadas —Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia— marcaron los principios y tomaron las decisiones en dicho Congreso, organizado por el príncipe de Metternich, canciller de Austria. En las sesiones del Congreso también estuvo presente Francia. El mapa de Europa se organizó bajo cuatro principios fundamentales.
En primer lugar, estaría el principio de legitimidad frente al principio de soberanía nacional. El origen del poder era divino y los monarcas legítimos derrocados por Napoleón debían ser entronizados de nuevo.
El segundo principio sería el del equilibrio. Las fronteras de los Estados europeos debían establecerse respetando los derechos históricos de sus gobernantes, sin tener en cuenta los derechos de los pueblos. Se pretendía el equilibrio en el concierto europeo, intentando contener a las dos grandes potencias territoriales europeas —Francia y Rusia—, fortaleciendo a los países vecinos. Gran Bretaña estaba muy interesada en la aplicación de este principio, ya que no deseaba la existencia de ninguna potencia europea continental demasiado fuerte. Por su parte, Austria pensaba seguir ejerciendo influencia sobre los estados alemanes y el norte de Italia.
