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Desde sus inicios, el Partido Socialista Obrero Español tuvo una gran influencia y protagonismo en los movimientos sociales más importantes de nuestra historia reciente con una activa participación en la política de España. Y sin la figura fundamental de Pablo Iglesias, su fundador, no es posible entender lo que significó el nacimiento de este partido y su desarrollo en medio de una época especialmente convulsa. Es por ello que se hacía necesaria presentar a los lectores una semblanza del fundador del PSOE y de la UGT, acercándose a su figura desde su dimensión histórica que hoy, pasado un siglo de su fallecimiento en 1925, la perspectiva temporal, social y política, permiten acercarse a su figura con la objetividad y la distancia que solo la mirada de la historia es capaz de proponer. Austero, firme, honesto, inteligente, buen comunicador, solidario, marxista convencido y profundamente comprometido con el propósito de obtener unos derechos para los trabajadores que consideraba tan justos como básicos, dedicó su vida a este logro y por ello, el legado y memoria de su trabajo aún están presentes. En el recuerdo queda también su fundación del periódico El Socialista, órgano de expresión del ideario obrero con todo lo que significaba en aquella época, o cuando encabezó la manifestación del 1 de mayo de 1890 que clamaba por la jornada laboral de ocho horas y exigía que los niños no fueran utilizados como mano de obra, derechos que hoy día resultan tan obvios como asumidos por la sociedad. En resumen, un libro imprescindible que, de la mano de un historiador con un largo bagaje como escritor y divulgador, presenta a un personaje histórico cuyo pensamiento tuvo y tiene una enorme influencia en el presente más allá de la ideología que cada lector profese.
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Seitenzahl: 236
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© EDUARDO MONTAGUT
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Primera edición: septiembre de 2025
EDUARDO MONTAGUT
Es licenciado con premio extraordinario en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM donde posteriormente alcanzó el doctorado. Colabora activamente en distintos medios impresos y digitales que compatibiliza con su carrera docente en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid. Es autor de varios libros publicados en esta misma editorial, entre los que destacan: El Antiguo Régimen; El tiempo de las revoluciones; Historia del socialismo español; La España del siglo XVIII; Del Abrazo de Vergara al bando de guerra de Franco; La organización territorial de España; Las relaciones Iglesia-Estado en España; Las Constituciones en España; El libro de la Gran Guerra; Diccionario de Historia Contemporánea; Europa en su cénit; El republicanismo en España; Los liberales en España; Feminismo liberal; Historia de la Francia contemporánea; La construcción de la Unión Europea; El periodo de Entreguerras; La Guerra Civil española día a día; Diccionario de símbolos masónicos y La Segunda República.
A la memoria de Pablo Iglesias.
¿Tiene sentido recordar la figura de Pablo Iglesias en el centenario de su fallecimiento? Parece evidente que sí. Iglesias fue un personaje de un origen extremadamente humilde, autodidacta, entusiasta, serio, comprometido, con la energía de las personas que padecen una mala salud casi permanente, y que ha dejado un legado que hoy sigue presente en nuestras vidas a través de dos organizaciones fundamentales en la historia del movimiento obrero y de España, es decir, el Partido Socialista y la UGT. Pero ese legado va más allá porque ha dejado una memoria de compromiso, trabajo, honradez y voluntad. Seguramente, algunos considerarán que fue algo inflexible y seguramente no les faltará razón, pero esa firmeza debe entenderse en su contexto, el de una España que avanzaba, aunque con gravísimas brechas sociales y con una intensa y sangrante desigualdad. Ante ese panorama no parece que valieran «medias tintas», sino trabajo, denuncia y planteamiento de una clara alternativa más justa.
Iglesias no se rindió nunca y comprendió muy pronto en su vida que los trabajadores y las trabajadoras de la España que le tocó vivir entre dos siglos se desarrollaba en una situación de evidente explotación con salarios muy bajos, padeciendo jornadas laborales interminables y viviendo en unas condiciones más que lamentables, sin posibilidad de mejora en ningún aspecto de la vida. Y por ello, dedicó sus esfuerzos a fomentar la organización obrera desde las tesis marxistas, aunando la lucha política con la sindical, escribiendo en El Socialista, viajando por España, representando al PSOE en los Congresos de la Segunda Internacional, teorizando sobre las huelgas desde un elevado sentido responsabilidad sobre las mismas, y trabajando por la extensión de la conciencia obrera en el sentido de que la emancipación de los trabajadores les incumbía exclusivamente a ellos mismos alertando sobre los acercamientos que las fuerzas republicanas podían realizar hacia la cuestión social. Efectivamente, Pablo Iglesias imprimió en el Partido Socialista una clara dimensión obrerista al considerar que los republicanos, es decir, las «fuerzas políticas progresivas», en el fondo defendían los intereses de la burguesía, aunque fuera la más avanzada. Esta estrategia generaría debate en el seno del socialismo, pero Iglesias fue siempre inflexible hasta que consideró que había que cambiar la estrategia ante los hechos de 1909, formándose la Conjunción Republicano–Socialista. En todo caso, siempre defendió la autonomía del Partido y de la clase obrera frente a los republicanos sobre los que siempre se desarrollaron muchos resquemores en gran parte del socialismo español. Por otro lado, la alianza le permitió entrar en el Congreso de los Diputados. Su trabajo parlamentario fue siempre muy intenso, interviniendo constantemente, como también lo hizo en el Ayuntamiento de Madrid cuando fue concejal.
Este libro no es una biografía al uso, aunque tenga algo de género biográfico. Se ha primado el estudio de las ideas de Pablo Iglesias sobre distintas cuestiones, basándonos en las fuentes de hemeroteca, especialmente, de El Socialista, aunque también de Vida Socialistay Acción Socialista. Supone la recuperación de unos materiales que, a nuestro juicio, nos ayudan a comprender más a un personaje singular.
Por fin, hemos recogido momentos fundamentales de la historia del socialismo español en vida de Pablo Iglesias en los que fue partícipe para completar este acercamiento a su figura.
Lo primero que abordamos en este capítulo es un bosquejo biográfico de Pablo Iglesias para situar al personaje en un contexto histórico determinado, para luego comprobar algunos aspectos de su personalidad a través del ejemplo de un momento difícil al encontrarse detenido y condenado en prisión. Completamos el capítulo con uno de los ejemplos de las campañas de calumnias que padeció en vida que, en este caso, se basaba en una acusación tan inverosímil como si se tratase, si se nos permite la licencia, de una «fake news» avant la lettree.
Pablo Iglesias Posse nació en Ferrol en el año 1850. Su padre era peón del Ayuntamiento. Murió muy joven dejando una familia compuesta por una viuda y dos niños, Pablo y Manuel. La extrema necesidad en la que se quedaron obligó a la madre a emprender con los niños un penoso y fatigoso viaje hacia Madrid en busca de la protección y auxilio de un familiar. Al llegar a la capital descubrieron que este pariente había fallecido también. Juana Posse tuvo que emplearse como criada y mandar a sus hijos al hospicio de la capital porque no contaba con recursos suficientes para sacar adelante a los niños. Allí Pablo aprendería el oficio de tipógrafo. El joven Pablo Iglesias adquirirá desde muy pronto un temperamento e inquietudes reivindicativas, tanto por la experiencia del hospicio como en sus primeros trabajos. Se afilió a la AIT, fundada en Madrid el 24 de enero de 1869, siendo elegido por su Consejo Federal, en septiembre de 1871, secretario–corresponsal de la comarca del Norte, y delegado del mismo para el Congreso de Zaragoza de abril del año siguiente.
Cuando se produjo la escisión entre los marxistas y los bakuninistas a raíz del Congreso Internacional de La Haya, de septiembre de 1872, Pablo Iglesias y un pequeño grupo de compañeros se mantuvieron fieles a Marx, integrándose en la Nueva Federación Madrileña pero que terminaría por extinguirse tras el fracaso del Congreso de Toledo de marzo de 1873. Pero Pablo Iglesias no renunció a desarrollar su defensa del asociacionismo porque ya en 1873 había ingresado en la Asociación General del Arte de Imprimir. Presidirá dicha Asociación al año siguiente. Además, Pablo Iglesias se dedicó a colaborar en la prensa. Inició una serie de artículos en los semanarios obreros de La Solidaridad y La Emancipación. Su participación en una huelga de impresores de 1882 le impidió acceder a la redacción de los periódicos por el boicot de sus propietarios. Pablo Iglesias no podría volver a publicar hasta que en 1886 se fundase El Socialista, el que terminaría siendo el órgano oficial del PSOE, del que sería, además, su director. Posteriormente, colaboraría en otras publicaciones: La Ilustración Popular, La España Moderna, La Nueva Era, Acción Socialista, o La Correspondencia de España, entre otras.
El 2 de mayo de 1879, junto con una serie de compañeros, miembros internacionalistas marxistas, fundaba en una taberna de la calle Tetuán, al lado de la Puerta del Sol, la Agrupación Socialista Madrileña, el germen del Partido Socialista Obrero Español. Iglesias quería un partido con cohesión interna y que se destacase por su honradez y moralidad. Por ello, exigió siempre el mantenimiento de la pureza ideológica, recurriendo, si era necesario, a una férrea disciplina. Pablo Iglesias prefería la calidad de los afiliados que la cantidad. Este es uno de los factores que explican el lento crecimiento del Partido durante mucho tiempo. Esta falta de proyección terminó por hacer cambiar, en cierta medida, el planteamiento inicial de Pablo Iglesias, ya que comenzó a considerar que si se quería influir en la vida política y social había que fomentar la apertura en relación con la afiliación. El cambio de estrategia comenzó a darse en 1888 cuando se fundó la UGT que, supuso, innegablemente, un fortalecimiento del Partido. Otro factor que influyó en el crecimiento del PSOE y de la UGT a finales del siglo XIX fue la evidente flexibilización política y social que introdujo Sagasta en el régimen político de la Restauración. Fue el momento en el que comenzaron a abrirse Casas del Pueblo, organizarse las Juventudes Socialistas, y se decidió ampliar la labor de captación de militantes al mundo rural, aunque sin dejar nunca de renunciar a los principios ideológicos proletarios, a la aplicación de la disciplina y a la insistencia en la fortaleza de la estructura organizativa. El Partido consiguió un gran protagonismo por ser la única fuerza política que se opuso con energía a la guerra colonial de fin de siglo, aunando su crítica a la guerra en sí con la denuncia de la desigualdad que se practicaba a la hora del reclutamiento.
A partir de 1905, el Partido experimentó un claro aumento de su proyección en la vida política española. Pablo Iglesias, Largo Caballero y García Ormaechea fueron elegidos concejales del Ayuntamiento de Madrid. Iniciaron una campaña contra la corrupción que caló en la opinión pública madrileña y, especialmente, entre el pueblo. A raíz de los sucesos de la Semana Trágica de 1909 el Partido entró en una coalición republicanosocialista que permitió que Iglesias fue elegido diputado en las elecciones de mayo de 1910, suponiendo un evidente giro en la estrategia política del socialismo español enfrentado hasta ese momento a los partidos republicanos, considerados como partidos de la burguesía, aunque fuera progresista. Sería la primera vez que un socialista obtenía un escaño en la Historia parlamentaria española. Pablo Iglesias tendría rotundas intervenciones en el Congreso sobre la moralidad política. La salud de Pablo Iglesias, que nunca había sido buena, se deterioró mucho en aquella época. Desde 1914 ya no pudo ni asistir a los Congresos nacionales, y desde 1916 tuvo que dejar gran parte de la actividad en la vida organizativa del PSOE y de la UGT, algo que terminó siendo definitivo en 1919. Lo que sí mantuvo hasta su fallecimiento fue la presidencia del PSOE y de la UGT, además de seguir escribiendo incansablemente artículos y cartas.
Pablo Iglesias vivió con su madre hasta que falleció en diciembre de 1886. Después vivió en la vivienda de Matías Gómez Latorre. Posteriormente, pasó a residir en la calle de Hernán Cortés, número 8 en casa de Ruperto Sánchez Martínez y donde estuvo un tiempo la redacción de El Socialista. En 1895 pasó a vivir con Amparo Meliá Monroig en la calle Bailén, 15. Amparo había venido a Madrid con su hijo Juan Almela Meliá, desde Valencia en el año 1893, al separarse de su marido. Vivieron en distintas direcciones para terminar haciéndolo en la calle Ferraz, 68, compartiendo la vivienda con Inocente Calleja. Pablo Iglesias y Amparo se casarían civilmente en noviembre de 1921, después de que ella enviudara de Juan Almela Santafé, uno de los fundadores de la Agrupación Socialista de Valencia. Amparo sobreviviría casi veinte años a Pablo Iglesias. Cuando estalló la Guerra Civil se trasladó a su Valencia natal donde moriría el 31 de enero de 1945.
Pablo Iglesias falleció en Madrid el 9 de diciembre de 1925. Su cadáver fue embalsamado y expuesto en la capilla de la Casa del Pueblo de la capital española; 150 000 ciudadanos acudieron a su funeral.
A su muerte salieron a la luz las contradicciones internas del socialismo español, algo que se venía fraguando desde la huelga de 1917, con el intenso debate sobre la pertenencia o no a la III Internacional y con las distintas posiciones internas sobre la relación con la Dictadura de Primo de Rivera.
«No soy hombre que odie a nadie, pero creo que hay que luchar con firmeza cueste lo que cueste».
Pablo Iglesias estuvo en la cárcel en muchas ocasiones, por huelgas, por delito de «coaligación», por intervenir en mítines, por injurias a alguna autoridad, etc. Del 25 de noviembre de 1904 al 23 de enero de 1905 cumplió pena de arresto mayor en la cárcel Modelo de Madrid por un delito de injurias a la Guardia Civil a consecuencia de un suelto que se publicó en El Socialista, y del que se hizo responsable, aunque no había sido su autor, pero sí en calidad de director.
Pues bien, al día siguiente de ingresar en prisión escribió un texto, que El Socialista publicó a primeros de diciembre, donde hablaba sobre su indulto, toda una declaración de intenciones que refleja su personalidad. Iglesias agradecía a todos los que sin ninguna segunda intención habían solicitado que se le indultase, pero también afirmaba que sentiría mucho que los deseos de esas personas se vieran atendidos por la autoridad.
El preso explicaba que luchaba, como el Partido Socialista, contra lo que representaba o defendía el régimen de privilegio en el que se vivía. Por eso le molestaba que se luchara por la concesión de un indulto.
Los indultos que con frecuencia se solicitaban no correspondían con los «arrestos» que debía tener todo luchador y conducían al compadrazgo. Pedir un indulto dañaba la idea revolucionaria del defensor de la misma.
Por eso, Iglesias era contundente, al afirmar que nunca pediría esa gracia, ni aún concedida sin pedirla la recibiría de buen grado. Iglesias recordaba que cumplía condena por haber opinado que debía juzgarse un atropello cometido por una pareja de la Guardia Civil, y confesaba que estaba dispuesto a hacer lo mismo en cuanto ocurriera un caso igual. Además, se le había procesado, y acaso se le condenase, porque había llamado «protectores de asesinos» al Gobierno por indultar a un expresidiario que había matado a un socialista en Bilbao en las penúltimas elecciones legislativas. Añadió al final de su texto que esa lucha era por desterrar bárbaras costumbres y por acabar con escándalos, recordando que las víctimas eran, en primer término, los trabajadores.
Sin lugar a dudas, Pablo Iglesias fue un hombre de intensas y profundas convicciones, de una gran fortaleza, a pesar de los avatares que padeció, y muy firme. Este texto es un ejemplo de todo ello1.
Si en el anterior apartado no hemos fijado en el texto que remitió Pablo Iglesias a El Socialista donde explicaba su oposición a que se le concediese el indulto, en dicho periódico se publicó la instancia que dirigió, firmada el 2 de diciembre de 1904, al ministro de Gracia y Justicia donde se oponía a la concesión de dicha gracia2. Esto nos permite profundizar en sus razones y en su compromiso.
Iglesias escribió al ministro porque Alejandro Lerroux, a la sazón diputado en ese momento, había solicitado en el Congreso de los Diputados el indulto para Pablo Iglesias. Pero, como ya sabemos, él no quería esa concesión, manifestando que estaba decidido a permanecer en la cárcel todo el tiempo de la condena que le había impuesto la Audiencia Provincial.
Aceptar esa merced era, en su opinión, cohibir su libertad de crítica de los actos que las autoridades realizasen.
Pero, además, explicaba que la censura, es decir, la crítica de esos actos no podía constituir un delito, como habían conceptuado los jueces al dictar la sentencia condenatoria. Su crítica se había referido, además, a abusos cometidos por agentes de la autoridad contra trabajadores.
Era necesario seguir manteniendo la diferencia entre los que dirigían una sociedad cimentada en privilegios, que Iglesias consideraba odiosos, y los que luchaban por su abolición. Si aceptaba el indulto esa diferencia desaparecía porque era una merced o gracia otorgada por esos directores de la sociedad como si fueran consideraciones que el poder público no podía considerar como justas, pues de serlo, los Tribunales de Justicia no habrían dictado un fallo condenatorio.
Pablo Iglesias fue calumniado en distintas ocasiones en su larga y comprometida vida política y sindical. Una de las calumnias más inverosímiles que se realizó fue la de que estuvo implicado en el asesinato de Canalejas, aunque fue una campaña en diciembre de 1915, cuando el presidente del Consejo de Ministros había sido asesinado el 12 de noviembre de 1912.
Al parecer, en la mañana del domingo 12 de diciembre de 1915 aparecieron en las calles del centro de Madrid unos carteles de color rojo. En estos cartelones se podía leer lo siguiente:
«Pablo Iglesias en el complot contra Canalejas. Enormes acusaciones contra el jefe del socialismo español. Pardinas (recordemos que el asesino de Canalejas fue Manuel Pardiñas Serrato) y Pablo Iglesias, doce horas antes del crimen. El complot. Denuncias gravísimas. ¡Sensacionales revelaciones! Leed mañana».
Era, por lo tanto, el anuncio de un semanario sensacionalista. Según relataba El Socialista en el número de ese día de diciembre de 1915, muchos trabajadores arrancaron estos carteles, indignados por las acusaciones contra «el abuelo».
Pero la indignación de los socialistas iba más encaminada hacia las autoridades porque, al parecer, estos carteles se habían puesto legalmente en las fachadas y esquinas porque tenían los sellos correspondientes al cumplir los requisitos que la ley marcaba en ese momento para poder poner un cartel en la calle. Los socialistas acusaban al Gobierno Civil de doble vara de medir. Se habían prohibido los carteles en la reciente campaña del pan emprendida por los socialistas, y ahora se habían permitido estos carteles llenos de calumnias. El Socialista acusaba, por tanto, de complicidad a las autoridades. Además, el hecho era grave porque podía haber generado problemas de orden público si hubiesen aparecido personas que hubieran defendido lo que ponía en los carteles, produciéndose enfrentamientos violentos con los trabajadores.
Una comisión del Comité Nacional del PSOE se dirigió al Ministerio de la Gobernación para protestar por lo que se consideraba una ofensa. En ese momento era ministro Santiago Alba, en un Gobierno de Romanones, formado el 9 de diciembre de ese mismo año. El ministro condenó dichos carteles, pero comunicó a la delegación socialista que no tenía medios para impedirlo, considerando que siempre las personas honradas estaban expuestas a estas «canalladas», y elogió a Pablo Iglesias. El ministro aconsejó a la comisión que el Partido se dirigiera al Juzgado de Guardia.
El 18 de diciembre de 1915 tuvo lugar un gran mitin en honor de Pablo Iglesias. En el mismo intervinieron Lucio Martínez, Daniel Anguiano, Francisco Mora, y Andrés Ovejero, además de leerse dos textos, uno de Jaime Vera y el otro de Luis Araquistáin.3
El texto de Araquistáin:
«He de confesar que no sentí gran indignación cuando me informaron de que a nuestro querido amigo y compañero Pablo Iglesias se le acusaba de complicidad en el asesinato de Canalejas. Es como si nos hubieran dicho que había trabajado secreta y ardientemente para reinstaurar la monarquía en la China, o que en el centro del Africa tiene un negocio de esclavos y que con sus pingües ganancias se dedica ahora a sobornar al conde de Romanones para decidirle a que España intervenga en la guerra a favor de Alemania. Cuando la difamación se excede de ciertos límites cae en lo grotescamente cómico y se destruye a sí misma. Eso ha ocurrido ahora con la imputación fantástica y absurda que se le ha hecho. No solo nadie la ha creído probable, ni los desdichados: que la han lanzado a los vientos, ávidos de pescar alguna calderilla en el río revuelto del escándalo, sino que todo el mundo la ha colocado fuera del reino de las cosas posibles. Otra cosa hubiera sido suponer que el pueblo español había caído colectivamente en estado de vesania.
Precisamente, es Pablo Iglesias uno de esos raros hombres a cuyos pies tiene fatalmente que deshacerse la ola de fango de la difamación cuantas veces trata de cubrirlos. Pocos le igualarán en austeridad, en desprendimiento, en abnegación, en sinceridad, en lealtad para consigo mismo y para con el prójimo. Los que le han acusado de concupiscencia y epicureismo a expensas de la clase obrera no conocen su vida ascética; tan ascética, que, a mi juicio, ha dañado a su propia salud; tan ascética, que más bien parece la de un apóstol o la de un anacoreta, En cuanto a su sinceridad, su espíritu no tiene muros para esconder tras ellos su verdadera naturaleza; es un temperamento cristalino, transparente, que nunca dice lo que no es su sentir y que acaso nunca calle lo que siente: un hombre de una pieza, sin doblez, sin eufemismos y hasta sin reservas. De un hombre así, que es la rectitud misma, ¿cómo puede suponerse, no tratándose de un loco o de un degenerado moral, que sea cómplice cobarde de un crimen?
Pero no se ventila aquí su culpabilidad o su inculpabilidad, lo cual sería tan absurdo como atribuirle participación en el crimen de Sarajevo y acusarle en consecuencia de ser causante de la guerra europea. La imputación de ese libelo, cuyo título revela por sí solo una imaginación enfermiza y ramplona, hecha para vivir entre creaciones folletinescas, debe tomarse como un síntoma culminante de una grave dolencia social. De un tiempo a esta parte se ha recrudecido en forma alarmante la barbarie que aún queda, como poso de los siglos, en ciertas, zonas, no en las más pobres, por cierto, del pueblo español, Nuestros bárbaros son de ordinario gentes bien vestidas, gracias casi siempre a su rígido principio de no pagar a los sastres. Estos bárbaros, por lo general señoritos arruinados, son sujetos que, careciendo de inteligencia. o de destreza muscular para ganarse noblemente la vida, utilizan la Prensa como ganzúa o somo encrucijada para desvalijar a los ciudadanos pacíficos. Tras el escándalo no buscan la notoriedad, sino la calderilla de un público enfermizo que se deleita en la injuria y calumnia del prójimo o las pesetas de las conciencias timoratas o intranquilas. Estos bárbaros, en el desierto, robarían a mano armada; como en España, a pesar de nuestro atraso, no pueden hacerlo, convierten la pluma en estilete y la tinta en veneno.
Contra esta barbarie hay que combatir. La pureza de nuestro Pablo Iglesias, intachable como hombre, venerable como creador y conductor del Partido Socialista español, no necesita defensa alguna. Solo suponerlo sería ofenderle, equivaldría a preocuparse de que una víbora pudiese emponzoñar las aguas del Atlántico. Pero los socialistas, como los más celosos guardianes del bien público, de los intereses de la comunidad, están obligados a iniciar una cruzada enérgica contra esta barbarie sorda y subterránea. No es menester crear leyes nuevas. Con las que hay, una vez que se les quite el orín y se las engrase un poco, basta. La injuria y la calumnia tienen su castigo en nuestro Código. Infúndase espíritu y vida a esa letra muerta. E introdúzcase una innovación: la de sustituir las penas de cárcel y de destierro por las indemnizaciones económicas, que son las que duelen. El calumniador puede salvarse de la cárcel y del ostracismo mediante el abyecto recurso del testaferro, De la reparación económica, directa o subsidiaria, nadie podrá salvarse. Y, sobre todo, hay que proseguir esta vigorosa acción de higiene social hasta que estos bárbaros, que viven de envenenar la atmósfera pública, sin respeto para la idea de comunidad que debe regir en todo grupo de hombres, vuelvan a sus guaridas naturales, arrojades por un medio ambiente celoso de su pureza. Esta clase de gente, no los ideólogos, es la que con sus atentados contra la dignidad humana amenaza los fundamentos sociales. De ellos, no de los teorizantes, debe defenderse la sociedad».
1. El Socialista de 2 de diciembre de 1904.
2. El Socialistade 9 diciembre de 1904.
3. Una reseña del acto en El Socialista, número del 19 de diciembre de 1915.
Este capítulo aborda las ideas que Pablo Iglesias tenía sobre el socialismo desde distintos aspectos y en diferentes etapas de su trayectoria, aunque su filosofía política no se alteró nunca, en realidad.
A propósito de la celebración del primero de mayo de 1910, Pablo Iglesias reflexionó en las páginas de Vida Socialista sobre la llegada del socialismo. El texto destila un evidente optimismo4:
«El advenimiento del socialismo aseguran los enemigos del Socialismo que este tardará mucho en venir. Antes decían que no vendría nunca. Han hecho, pues, una concesión.
¿Pero están en lo cierto al afirmar esa tardanza? No. Lo mismo que se equivocaron cuando sostenían que el Socialismo no vendría nunca, se equivocan ahora.
Trabaja por el advenimiento del nuevo régimen social el desarrollo de las fuerzas productivas, que nadie puede contener. Este desarrollo, concentrando el capital, barriendo la pequeña industria, acentuando el antagonismo de intereses entre la clase explotadora y la clase explotada, une á esta, despierta en alto grado su sentimiento de solidaridad y la conduce al vasto campo del Socialismo. El poder de este, considerable ya hoy, será arrollador dentro de poco.
Las dos fuerzas principales de la burguesía —la Iglesia y el Ejército— no son tan potentes como se las supone. La primera, á pesar de los esfuerzos que hace para mantener su antigua influencia, está á punto de caducar; la segunda, aunque algo más consistente, muestra ya signos de que no es sólida. ¿Quiénes constituyen el Ejército? En su inmensa mayoría proletarios. Pues basta saber esto para comprender que dicha institución no puede ser hoy una fuerza fiel a la clase opresora.
Acaso se nos objete: —¿Y las Ordenanzas? ¿Y la disciplina militar? ¿Y la vida de cuartel? A esa objeción respondemos:— Para las ideas todo eso es débil freno. Soldados socialistas no harán armas contra sus compañeros de taller y de fábrica, ni tampoco irán á la muerte por arrebatar á otros pueblos terrenos que sirvan para hacer millonarios á unos cuantos buitres sociales.
Quizá se nos replique: —Eso sucederá con los obreros de la ciudad y de los centros fabriles, pero no con los del campo. Los obreros rurales constituirán el núcleo principal del Ejército y con ellos se mantendrá el régimen del salario.
—No, volvemos á responder nosotros. La inmensa masa campesina no pensará en burgués; pensará en socialista, y pensará asi porque los obreros de las ciudades, que están en contacto con ella, se cuidarán de inculcarla las ideas que el Socialismo sustenta.
El Ejército, pues, dejará de ser fuerte garantía para los intereses de la clase privilegiada.
Si hoy el Socialismo es ya en el mundo una fuerza colosal, ¿qué no será dentro de cinco, de diez ó de veinte años? ¿Qué elementos burgueses, al cabo de este tiempo, serán capaces de resistir su empuje y de oponerse á que se haga dueño del Poder?
No somos ilusos ni soñadores los que afirmamos que el Socialismo vencerá pronto; lo son, sí, los que ante los millones de hombres que hoy constituyen sus legiones aseveran que tardará mucho en venir».
Pablo Iglesias tenía claro que el socialismo llegaría en un momento determinado. Por el triunfo del nuevo régimen estarían trabajando ya el desarrollo de las fuerzas productivas, siguiendo las pautas del marxismo. El capital concentrado estaría terminando con la pequeña industria, acentuando el antagonismo de clases. La clase explotada se estaría uniendo y caminando hacia el campo del socialismo. El poder del mismo terminaría siendo arrollador.
