(h)amor 8: gordo - Iranzu Varela - E-Book

(h)amor 8: gordo E-Book

Iranzu Varela

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Beschreibung

¿Cómo se habita el mundo desde un cuerpo no-normativo? ¿Cómo (se) desea? ¿Cómo se establecen vínculos desde la desmesura? ¿Cómo se vive la violencia disciplinaria del mandato de delgadez? ¿Cuál es la relación entre gordofobia y colonialismo? ¿Cuánto de animalidad y monstruosidad habita las resistencias gordas? (h)amor8 gordo es una compilación de voces que, desde corporalidades distintas y vivencias diversas, se aproximan a la opresión, el daño y las distintas formas de gordofobia más o menos explícitas que de manera individual y colectiva han visto ejercidas sobre sus/nuestros cuerpos. Coordinado por la activista mexicana Tatiana Romero, perra prieta y sudaka.

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Seitenzahl: 167

Veröffentlichungsjahr: 2023

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VV. AA.

(h)amor8gordo

VV.AA.,

(h)amor8 gordo, Editorial Continta Me Tienes,

colección La pasión de Mary Read, Madrid.

Primera edición: febrero de 2023Segunda edición: abril de 2023

Edición a cargo de Sandra Cendal.

248 pp., 17 x 11

ISBN:9788419323491

IBIC: JFFK

Continta Me Tienes

C/ Belmonte de Tajo 55, 3º C

28019, Madrid

914693512

www.contintametienes.com

[email protected]

www.facebook.com/ContintaMeTienes

@Continta_mt

Los textos e imágenes son propiedad de sus autorxs

© de esta edición: Continta Me Tienes

Corrección: Sergio Herrero

Diseño de colección: Marta Azparren

Maquetación: Marta Vega

Colección La pasión de Mary Read, 41

(h)amor8 gordo

En mi foto con más likes en Instagram estoy flaca

, Irantzu Varela.

Tortugas, vacas y ballenas cayeron sobre su rostro

, Lucrecia Masson Córdoba.

Hotel Xenocorpórea

, Alicia Santurde

Marica gordo, gordo marica

, Enrique Aparicio.

El amor gordo es un amor en lucha. Conversaciones sobre el amor gordo a seis voces

, Komando Gordix

Cuerpo(s)-Hogar(es)

, Tess Hache

¿Cuál de todos estos cuerpos seré yo? (La psiquiatrización violenta –también– nuestros cuerpos)

, Marta Plaza.

Cuerpo Quelonio. Anatomía de una escritura tortuguil

, Gabriela Contreras

Ni princesas ni magical girls: devenir heroínas gordas en un mar de representaciones magras

, Liz Misterio.

«Gente bonita». Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa

, Tatiana Romero

Referencias

Cubierta

Índice

Chapter

En mi foto con más likes en instagram estoy flaca

Irantzu Varela

irantzu Varela.Periodista feminista. Coordinadora de Faktoria Lila, creadora de El Tornillo en Público TV y colaboradora en Pikara Magazine y otros medios de comunicación. Autora de (Ya no) soy esa (Pikara, 2021). Opina que poco quemamos.

En mi foto con más likes en Instagram estoy flaca

Irantzu Varela

Ya no me gusta desnudarme.

Antes me encantaba.

Sabía que ese momento en que el cuerpo con el que me disponía a follar veía el mío entero por primera vez era un pequeño shock. Solía pensar «lo sé», toda chula. Y me quitaba la ropa con teatralidad de cabaretera experimentada.

Pero ahora no quiero desnudarme por primera vez.

De hecho, hace años que no me desnudo por primera vez delante de nadie.

En los últimos años, por lo menos cuatro, solo me he desnudado delante de personas que ya me habían visto desnuda. Porque en los últimos años, por lo menos cuatro, solo he follado con personas con las que ya había follado antes.

Antes de los kilos. Por lo menos veinte.

Hace unos meses me desnudé después de algunos años y muchos kilos delante del cuerpo con el que más he follado y le pedí perdón por haber engordado.

No hubo quejas ni caras de susto o disgusto y había lujuria y deseo y saliva y manos y pieles mezclándose. Y mis nuevas enormes tetas le parecieron una ventaja asumible, a cambio. Pero pedí perdón.

Y sé que estuve más pendiente de la carne que de la piel.

También sé que no me he rozado con otras pieles en los últimos años porque no soy capaz de olvidarme de la carne que rellena la mía.

No conozco ningún cuerpo marcado como mujer que se guste tal y como es. Por la inseguridad insaciable, la autoestima en coma y la autopercepción cruel y mezquina a la que nos condena el patriarcado a todas.

Pero ser gorda es otra cosa.

Es verte y no reconocerte.

Es aplazarte.

Planificar constantemente una transformación a corto plazo en la que tu cuerpo obedezca a las fotos de Instagram y los sueños de tu madre y así poder empezar a vivir. Anhelar «este verano, sí», «en esa fiesta, sí», «en esa cita, sí», y vivir en una distopía cercana en la que no estás gorda y entonces te mereces vivir de verdad, y no en el estado pasajero en el que vivimos las gordas. Adelgazar para vivir la vida que te mereces. Alcanzar el cuerpo que se merecen quienes te rodean.

Que es cosa tuya, te dicen. Que eres bella así. Que no estás peor que antes. Que las curvas te sientan bien.

Te lo dice gente que se mataría si fuera como tú. Te lo dicen cuerpos que nunca van a ser como el tuyo, más les vale.

Cuando te relacionas con el mundo desde un cuerpo gordo eres una apátrida en muchos espacios.

Una mesa no es tu sitio, porque nunca vas a comer tranquila. Por eso estás gorda. Porque no comes tranquila. Porque comes por ansiedad o comer te da ansiedad o que no haya suficiente comida te da ansiedad o comer más que las demás te da ansiedad o solo estuviste delgada cuando tenías ansiedad. O le da ansiedad a la gente verte comer, porque no comes tanto como para estar tan gorda o porque comes mucho, con lo gorda que estás.

Mesa, mal.

Un probador no es tu sitio, porque nunca te vas a mirar al espejo tranquila. Porque estás gorda. Porque la industria textil ha decidido el tamaño y la forma de los cuerpos para los que va a hacer ropa y tú tienes que intentar caber, entrar, meterte. Y dentro del probador, mirarte de reojo con un poco de pena y mucho asco a un espejo que te enseña lo que la gente ve, que es horrible.

Probador, mal.

Una consulta médica no es tu sitio, porque nunca te van a ver sana pero tampoco te van a ver enferma. Porque estás gorda. Porque tu cuerpo es erróneo en sus tablas y solo pretenderán corregirlo para que entre en ellas o para que te invada la culpa, el desprecio por ti misma, por esa bolsa de basura insana que habitas.

Medicina, mal.

Una familia no es tu sitio, porque nunca te van a mirar encarnada, solo la carne. Porque estás gorda. Y tu grasa habla de que no te han enseñado a no comer lo suficiente como para ser una mujer doméstica(da). Prefieres comer a complacer, así que en algo han fallado contigo.

Familia, mal.

La cama no es tu sitio, porque no cabes. Porque estás gorda. Tu cuerpo hace ruidos y pliegues y aplasta y embiste y rebota y te lo imaginas dando asco. Te sientes agradecida y ridícula, torpe y gigante. Te da miedo hacer(te) daño.

Sexo, mal.

Cuando eres gorda, no matarte es un acto de valentía. Y salir a la calle, vestirte como puedas, pretender follar, encontrar trabajo, enamorarte o hacer deporte es intrusismo.

Y a la gente le incomoda tanto que dicen que te admiran por ser capaz de ir a la playa, de ponerte sandalias, de salir en tirantes, de que te guste alguien, de maquillarte, de salir sin maquillar, de ponerte divina, de ir con lo primero que pillas, de hacer deporte, de hacerte selfies. Los actos más mínimos de autorrepresentación, la pura presencia en el espacio público, son alabados como osadías propias de activistas de la autoaceptación. Como si tuvieras otra puta alternativa que existir, salir a la calle, vestirte, ser.

Aparte de adelgazar, claro.

Podrías llegar a pensar que eres la única, porque lo pensamos todas. Y porque, en realidad, tú no eres gorda, estás gorda. Seguramente como todas las que te cruzas, que están en transición a un cuerpo acertado (¿o era aceptado?).

Probablemente hayas tomado hoy mismo varias decisiones orientadas a adelgazar, adelgazar, adelgazar. Seguramente has pensado hoy mismo en la caja cerrada desde las dos últimas mudanzas en la que está esperando la ropa para cuando adelgaces, adelgaces, adelgaces. Seguramente has tomado hoy mismo alguna sustancia (un té, un zumo, una pastilla) para adelgazar, adelgazar, adelgazar.

Y eso te hace sentir en la senda de las que abandonan el «País de las Gordas», donde solo se quedan las que se han abandonado. Todas las gordas necesitamos estar haciendo algo para dejar de estarlo (aunque evidentemente, no esté funcionando) y así seguimos alimentando el placebo de que podemos dejar de serlo.

Todas las gordas nos sentimos mejor si tenemos una excusa (seguramente inventada) para –temporalmente– serlo. Una medicación, la tiroides, el estrés, la retención de líquidos, lo que haga falta.

No te tomas la molestia de enfadarte o de hacer una lectura política de la violencia que atraviesa tu cuerpo, de la falta absoluta de representación, del hecho de que las gordas en la cultura popular lo sean como personalidad, trama y giro único, o de que se relate la gordura desde lo patetológico (no sé cómo ha quedado esta fusión entre patético y patológico, pero yo ahí lo dejo) porque no va contigo. PORQUE TÚ NO ERES GORDA, estás gorda. Provisionalmente.

Y porque la represión de cuerpos más eficiente de la historia, dado que no hacen falta fuerzas represoras (más allá de ti misma –y, seguramente, tu madre–), ha conseguido convencerte de que mereces el destierro de los reinos de la aceptación, la autoestima, el deseo y el amor. Hasta que adelgaces.

No sé si es peor el amor o el deseo.

Porque en el amor eres siempre una versión idealizada de tu mediocridad. Y en esa versión eres siempre más delgada. Te imaginas besándote en tu portal y yendo a cenar y bailando y follando a deshoras con la ropa a medio quitar y tiradas en el sofá. Y nunca eres tú. Eres el cuerpo que necesitarías tener para merecerte que te pase.

Y en el deseo te ves siendo mirada, pero no quieres verte como te ves tú. Quieres verte siendo mirada con la barbilla cóncava, el cuello estirado, los hombros huesudos, la ropa cayendo lánguida sobre un cuerpo leve como un jarrón bueno. Quieres ser cualquier escena de Una mujer en llamas, de Céline Sciamma.

No quieres que desearte implique avanzar entre tus muslos irritados hasta la postilla, rozarse con tu tripa blanda y temblorosa, separarte los carrillos del culo para lamerlo, escalar tu cuerpo hasta acomodarse en él, contener tus tetas enormes…

Porque en el deseo anhelamos belleza y futilidad, hambre insaciable del cuerpo contrario que no nos recuerde que esos cuerpos se alimentan de algo que no sea sexo. Y es imposible abstraerse de que una gorda llegó a serlo comiendo.

Llegué a pesar 100 kilos y me asusté. Es una cifra objetiva que contrarresta todas las afirmaciones condescendientes aunque amorosas –a veces– que te hablan de bellezas en el interior, voluptuosidades hermosas y grasa sexi. Porque te las regala gente que no come hidratos de carbono o se encadena a la elíptica. Gente que ni se imagina que pudiera ser como tú. Gente que, seguramente, tampoco se imagina deseándote.

Llegué a pesar 59 kilos y me asusté. Se me cortó la regla y me afloraron músculos que desconocía y luego me dio mucho miedo que se volvieran a enterrar en grasa. Los vigilaba cada día. Todo el mundo me deseaba o me envidiaba o las dos cosas y nadie me hablaba de la belleza interior, porque podían elegir la evidente.

Y me tocaba el cuerpo firme, a trozos duro, y me gustaba toda la ropa, porque me quedaba como en las fotos. Y leía las miradas al entrar en un garito y sabía que tenía mucho donde elegir. Y me compraba muchos bikinis pequeños y me pavoneaba con ellos y sabía que me miraban.

Y ahora odio comprar ropa. Porque tengo que comprarme lo que me entra. Y hay tiendas donde prefieren que no entre. Y me olvido de que alguien me puede mirar con deseo y me aflojo la ropa y estiro la papada cuando siento una mirada. Y solo tengo un bikini enorme, de gorda. Solo para emergencias.

Y me siento una traidora, una farsante. Porque me gusta mirar de reojo y lamer un cuello firme, morder un poco una barbilla angulosa, prolongando un beso. Me gusta mirar y rozar y enroscarme en unos brazos musculosos, restregarme contra una tripa plana, cincelada, meter la cabeza entre unos muslos tiesos, agarrar un culo en el que no se hundan los dedos.

Me gustan los cuerpos que no son como el mío.

Y los vivo como un premio.

Porque los cuerpos como el mío solo se merecen entre ellos.

Hasta yo me lo creo.

No sé qué hacer.

Pago a un médico para que me pinche en la tripa y los muslos una fórmula mágica y me diga que coma menos y haga más ejercicio, que no hay fórmulas mágicas.

Sigo en Instagram a gordas bellas –pero gordas–para que me den ganas de ser como ellas. Pero en mi foto con más likes en Instagram estoy flaca. Y triste. Muy flaca. Y muy triste.

Encuentro mujeres bellas y listas y divertidas y libres que me miran y bailamos y me pregunto si me desean. Y me asusto antes de saber la respuesta.

Porque no quiero desnudarme por primera vez.

No quiero que descubran las rozaduras ya casi perennes entre mis muslos, que no me veo el coño hace tiempo, sino es en el espejo. No quiero que se asusten o se aplasten si me pongo encima. No quiero tumbarme después de follar y sentirme enorme, blanda. No quiero invadir la cama.

No quiero levantarme al baño desnuda y ofrecer un espectáculo que antes me ponía a mí, y que ahora me asusta que ponga triste.

Es difícil vivir en un cuerpo que no sientes tuyo. Es difícil ver las fotos o los vídeos y pensar que esa no eres tú, porque el deseo sigue inmutable, el deseo de ser deseada sigue intacto y los parámetros sobre cuáles son los cuerpos deseables permanecen engarzados en el mismo molde. En el que no cabes.

Adelgazar. Espejos que adelgazan, ropa que adelgaza, filtros que adelgazan, ejercicio que adelgaza, comida que adelgaza, infusiones que adelgazan, pastillas que adelgazan, amigas que adelgazan. Adelgazar.

Le escuché una vez a Enrique Aparicio Esnórquel que «gorde» es la única identidad de la que reniegas, de la que te irías. Que sí, que eres una gorda feliz… pero ¿lo que darías por ser una delgada cualquiera? No hay solución para este cuerpo «equivocado». Solo adelgazar o aprender a ser gorda.

Muchas gordas prefieren el amor al sexo. Porque una historia de amor te ofrece (debería) una seguridad condescendiente según la cual la persona con la que la compartes renuncia a desearte a cambio de la autocomplacencia que le proporciona sentirse alguien tan altruista que se folla (con amor, supongo) a una gorda. Sabe que estarás agradecida y que temerás que te cambie por una más delgada (hay cientos) o que te deje si engordas más.

Se lo preguntas muchas veces, si te dejaría si engordaras más, y te dice que no, como te dice que no te dejaría si te quedaras paralítica o en coma. Pero vete a saber.

Sabes que la gente se pregunta qué hace contigo. Sabes que piensan que es más deseable que tú. Sabes que creen que es buena persona y que tú tienes suerte. Puede que ella también lo piense.

Te da vergüenza que te presente a su familia, a sus amigas del trabajo, te preguntas si estarán todas delgadas en el grupo con el que viaja, te sientes amenazada cuando va a escalar (tú comprobaste que es difícilmente compatible escalar con estar gorda), te apuntas a sus planes deportivos porque quieres demostrar que solo eres gorda por fuera. Pero te duelen los pies y las rodillas y te rozan los muslos y te hacen llagas las rozaduras y te cansas y te sientes más gorda y más triste y piensas si ella también pensará que tienes suerte de que sea tan buena.

Llegas a pensar sobre si te quiere o te fetichiza. Vete a saber.

He participado en varios proyectos contra la gordofobia, a ver si se me quita la mía. No sé si ha funcionado.

Quizás estas mismas letras sean el último, hasta la fecha, porque no puedo escribir sobre estar gorda sin politizar mi cuerpo y las violencias sistémicas que lo atraviesan. Espero salir más sana –que no más flaca– de este texto.

El anterior fue una sesión de fotos. En las fotos contra la gordofobia siempre salimos gordas medio desnudas. Soy más exhibicionista y egocéntrica que ninguna otra cosa así que me presto. En las fotos contra la gordofobia las maquilladoras, las de vestuario y las fotógrafas suelen ser delgadas. No me importa, yo soy la protagonista. Los focos, a mi persona, la gorda.

Voy desnuda pero con tules, strass, plumas, taconazos y guantes. Estoy guapa, me siento sexi, el concepto es «diva». Se me da bien. Muy bien.

Pero me gusta la fotógrafa. Me gusta ella y quiero gustarle. No me refiero a su trabajo ni al mío. De repente quiero resultarle deseable y estoy desnuda y gorda.

Nunca me he sentido tan vulnerable.

Nunca me he sentido tan sexi.

Me muevo y me mira y me fotografía y me da órdenes y me gusta más y tengo que seducir a la cámara (lo hago siempre que tengo una delante) pero quiero seducirla también a ella. Una gorda follándose a la cámara con la esperanza de que quien la sujeta se imagine la posibilidad de follar con ella. Si adelgazo se lo preguntaré.

Tuve miedo de ver las fotos, pero son preciosas. Sale una gorda guapa desnuda con tules, strass, plumas, taconazos y guantes que está intentando follarse a la cámara y a la fotógrafa. No me di pena.

Me da miedo lo que me van a decir cuando la gente las vea. Gorda y que doy pena, seguramente.

No entiendo cómo hemos llegado a consensuar que algunos cuerpos son erróneos y les hemos quitado la agencia de la seducción, la belleza, el deseo, el amor, la salud, la existencia.

No entiendo cómo hemos comprado (y no es una metáfora) que hay moldes válidos para los cuerpos y que hay que desterrar a los que no los cumplen, en vez de desterrar la posibilidad de no romperlos.

No entiendo cómo hemos llegado a odiar nuestro cuerpo por cambiar, como si fuera posible que no lo hiciera.

No entiendo cómo puedo haber pensado todo esto y seguir teniendo intactas las ganas de adelgazar.

Cinco kilos llevo.

Tortugas, vacas y ballenas cayeron sobre su rostro

Lucrecia Masson Córdoba

Lucrecia Masson Córdoba (Ombucta, Argentina). Investigadora transdisciplinar, escritora y artista. Desde posiciones anticoloniales y transfeministas trabaja alrededor de cuerpo, animalidad, disidencias sexuales y corporales. Es parte del Colectivo Ayllu.

Tortugas, vacas y ballenas cayeron sobre su rostro

Lucrecia Masson Córdoba