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[La amistad] Consiste en amar a un ser humano como se querría amar a toda la humanidad. De la amistad, Simone Weil Nosotras y las autoras que participan en este volumen, hamor 9 amigas, reivindicamos y practicamos la amistad en múltiples y diversas formas. Que las amigas nos pueden salvar la vida lo gritan desde siempre los feminismos, y lo llevamos como bandera las minorías, migrantes, racializadas y el colectivo LGTBQIA+. Como bibolleras también sabemos que las amigas pueden ser amantes, o sujetos de deseo, y esta forma de amistad-amorosa puede ser vivida desde la idealización, el rechazo o la identificación absoluta. Y además nos hemos dado cuenta de que la amistad en ocasiones necesita distancia, de que hay amigas que se separan, temporalmente o para siempre, de que el duelo es también un dolor que puede llegar a formar parte de este tipo en apariencia tan universal y sin embargo absolutamente particular de relaciones. La amistad, por último, debería ser crítica y no convertirse en otro concepto susceptible de ser transformado en producto de consumo por el neoliberalismo. Como bien dice Nerea Pérez de las Heras: En momentos críticos, la verdadera tragedia es no tener amigas, y añadimos: y en momentos de gozo, también.
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Seitenzahl: 182
Veröffentlichungsjahr: 2024
VV. AA.
(h)amor9amigas
VV.AA.,
(h)amor9 amigas, Editorial Continta Me Tienes,
colección La pasión de Mary Read, Madrid.
Primera edición: febrero de 2024
Edición a cargo de Sandra Cendal.
258 pp., 11,5 x
ISBN versión papel:9788419323422
IBIC: JFFK Feminismo
Continta Me Tienes
C/ Belmonte de Tajo 55, 3º C
28019, Madrid
914693512
www.contintametienes.com
www.facebook.com/ContintaMeTienes
@Continta_mt
Los textos e imágenes son propiedad de sus autorxs
© de esta edición: Continta Me Tienes
Corrección: Dina Camorino Bua
Diseño de colección: Marta Azparren
Maquetación: Marta Vega
Colección La pasión de Mary Read, 49
Impossible to ignore
, Elisa Coll Blanco
Yo soy porque nosotras somos
,Mujeres, Voces y Resistencias
Mundos que hacen el amor
, Sara Torres
Comentario de texto de dos amigas
, Anna Pacheco
Amistad radical
, Alicia Valdés
Tres amigas
, María Bastarós
También la euforia: una genealogía de sosiegos, erupciones y alegrías de la amistad
, Ana Garriga y Carmen Urbita
Tapar las estrellas con un puñado de ranas
, Andrea Momoitio
¿Por qué solo vas con chicas?
, Rubén Serrano
Amanda
, Maltita
Queloide
, María Folguera
Cubierta
Índice
Inicio
Impossible to ignore
Elisa Coll Blanco
Elisa Coll Blanco (Madrid, 1992)se dedica a escribir, agitar, comunicar y navegar lo multidisciplinar. Es autora de Nosotras vinimos tarde (Amor de Madre, 2023) y Resistencia bisexual (Melusina, 2021), con el que se consolidó como una de las voces fundamentales del activismo bisexual del panorama actual. En los últimos seis años, sus charlas y talleres han pasado por universidades, centros culturales e instituciones de todo el territorio español y también de Argentina y Chile. Su trabajo ha abordado, entre otros, los temas de la amistad, el fracaso, las casas y el amor romántico, siempre desde un enfoque feminista y queer. Ha prologado los libros Bi: Apuntes para una revolución bisexual (Shiri Eisner, trad. Clara Bafaluy, Descontrol, 2023) y Best friends 4ever (Cris Lizarraga, Pikara Magazine, 2023). Sus textos han sido publicados en medios como El Salto, elDiario.es, Vice y Vanity Fair. Actualmente escribe su propia sección en Pikara Magazine.
Elisa Coll Blanco
La encontraron en la bañera de su habitación en el hotel Hilton en Londres. Había pasado aquellos días gélidos y extraños que seguían al comienzo del año grabando una nueva versión de Zombie. Aquel fue el primer día que lo vi.
Nunca seguí su trayectoria y no sabía nada sobre su vida personal, y sin embargo –o tal vez gracias a esto– la noticia de la muerte de Dolores O’Riordan se deslizó entre mis costillas como un temblor húmedo, difícil de compartir. The Cranberries me ha acompañado durante más años que la mayoría de las personas y su música llegó a ser para mí el rincón mullido y cálido en el que acurrucarme cuando la lluvia repiquetea contra las ventanas, no porque nada vaya mal, sino porque simplemente a veces llueve. De adolescente solía refugiarme en estas relaciones parasociales porque eran las únicas en las que la persona al otro lado no solo se arrojaba a la vulnerabilidad, sino que lo convertía en algo bello sin temor a compartirlo, y eso me fascinaba. Con dieciséis años, aun sin saberme habitante de un armario hábilmente decorado por mi propia capacidad para el autoengaño, la amiga que no sabía que me gustaba compartió en su perfil de Tuenti la canción Free to Decide. Inconsciente de esta ironía, pasé semanas subiéndole el volumen cuando saltaba en mi mp3 la voz desgarrada de Dolores retumbando en mi pecho como una brújula, en esa época en la que al fuego que nos crece dentro le falta aún puntería para saber hacia dónde arder.
Aquel fue el primer día que lo vi. Lo vi cuando abriste la puerta de casa y me dijiste «se ha muerto Dolores O’Riordan» y yo te dije «ya me he enterado». Lo vi y lo viste tú en mis ojos, el mismo dolor pálido y silencioso y las dos nos quedamos quietas por un segundo, reconociéndolo sin hablar. Fue un segundo. Solo llevábamos quince días viviendo juntas, nos habían conectado amistades en común que sabían que estaba buscando piso y me elegisteis a mí. Yo no sabía tu apellido la tarde en que nos sentamos junto a la mesa de ese salón que aún me era extraño. La casa estaba vacía, afuera un Lavapiés encapotado por los nubarrones. Sentí el impulso de hablar, esa maldita manía de aterrizar a la concreción del lenguaje aquello que simplemente flota. Pero no lo hice. Tú tampoco. Estábamos conectadas a un estado anímico tan concreto y a la vez tan abstracto que apenas mediamos palabra y ninguna rompió ese entendimiento animal. Te dije «¿cuál prefieres escuchar?» y me dijiste «Dreams» y encendimos una velita sobre la mesa de madera. Éramos dos desconocidas. No dijimos ni una palabra mientras nos acompañamos en la quietud de una despedida que no hizo falta explicar.
La música con la que he crecido está abarrotada de referencias al flechazo romántico y tal vez por eso durante tanto tiempo pensé que simplemente me gustabas. Usé los recursos que tenía en mi mano, sobre todo en esos días en los que tanto se hablaba de no monogamias. Lo achaqué a una atracción romántica solo porque era lo más parecido a lo que sentía cuando me arrollaba la ternura de verte doblada de la risa en el sofá por alguna tontería que se me había ocurrido decir. Pensé que me gustabas, como nos pasa tan a menudo a las que hemos crecido sin saber distinguir entre admiración y atracción. Pero esta vez el epicentro no eran ni una cosa ni la otra, si acaso ambas se enredaban en torno a algo mayor que no sabía explicar.
Pensé que me gustabas, pero lo que pasaba era que te quería. Te quería desde unas profundidades que no se correspondían al chapoteo en el que aún se encontraba nuestra amistad. Era un amor cavernoso y ancestral, un abismo oceánico cuya exploración requiere de todos los sentidos porque se hace a tientas. Reconocer ese amor fue hacerlo sin entender su naturaleza. ¿Cómo aproximarse a un lugar tan inabarcable que estaba ahí incluso antes que una misma? Había vivido flechazos amorosos, pero llamar a aquello «flechazo amoroso» era como llamar rectángulo a un trapecio. Y a lo mejor también me gustabas, de hecho sí, así era. Pero ahí no estaba lo importante.
Yo lo vi y tú también lo viste, pero no nos dijimos nada. Nos acompañamos en ese amor de la misma manera en que nos acompañamos en la despedida de Dolores: en silencio. Empezamos a dejar que las miradas duraran a veces un segundo más, que nuestros cuerpos se dieran un pequeñísimo apretón antes de separarse del abrazo tras una conversación difícil. Ese fue nuestro código. Nunca comprobé, nunca te lo pregunté para asegurarme, supongo que ese era el precio a pagar: no saber nunca con absoluta certeza si aquello era recíproco, porque verbalizarlo habría sido ponerle fin. Si fue una fantasía que me monté, bendita sea. Y si no lo fue en aquel momento, no me importa que lo sea ahora.
Llegué a contárselo a mi pareja. Bueno, le dije que me gustabas, porque entendía que esa era la parte que podía ser problemática. Así fue como lo formulé, a falta de palabras más acertadas. Me preguntó si quería hacer algo al respecto. Responder a esa pregunta me llevó varios días. En realidad, yo ya estaba haciendo todo lo que quería. Abrazarte durmiendo la siesta, hablarnos bajito, quedarnos hasta tarde deshojando conversaciones en el salón aunque al día siguiente hubiera que madrugar, y por la mañana encontrarnos en la cocina con los ojos hinchados de sueño y una mueca de sonrisa gruñona. Pero esa pregunta me permitió, por primera vez, disfrutar de que alguien «me gustara» sin necesitar hacer algo al respecto. Me llenaba de alegría quererte desde la quietud y atisbar reflejos de ese amor en la palidez de tus ojos o en tu forma de decir mi nombre. Qué liberación permitirme no tomar acción ni palabra ante un sentimiento tan fuerte, no necesitar hacerlo. Tal vez fue eso lo que me permitió explorarlo con tranquilidad, en solitarias excursiones a lo hondo que eran solo mías. Fue una especie de pacto omitido el nuestro, incluso cuando empezamos a decirnos que nos queríamos, como se acaban diciendo las amigas. Incluso ahí, esas palabras eran a veces un bosquejo de algo más grande que nos envolvía.
Por eso se hizo tan difícil lo que vino entonces.
Un tiempo después de que perdiéramos el contacto, volvió a ocurrirme con otra amiga. En nuestra primera conversación algo en mí supo que ya nos conocíamos. Con ella el entendimiento no vino tanto de sintonizar un lenguaje común, sino de nuestras propias similitudes. Tú, aun con toda tu pasión, eras una persona retraída, cauta, muy distinta a mí en muchos sentidos y en esa diferencia confluíamos de una forma muy exacta y nuestra. Ella era todo lo contrario: una llamarada sacada de la misma hoguera. Si nos hubiéramos reconocido de otra vida, habría sido la de dos caballos salvajes trotando desbocados por la estepa. Era valiente y tierna y con ella siempre se me encendían las ganas de alimentar ambas cosas en mí misma. Como tú, me tocó de una de esas maneras sobre las que solo se puede escribir de madrugada. Sin embargo, nosotras sí nos lo llegamos a decir. Yo no lo habría hecho, porque con ella dudé mucho más de si era recíproco, quizá porque no tenía dónde agarrarme más allá de una corazonada. Me limitaba a quererla con la mirada y la escucha y a abrazarla cuando me dejaba. Y una tarde dorada de verano, encaramadas a un muro de piedra, me dijo «tú y yo ya nos conocemos de antes» y yo apoyé por fin mi cabeza en su regazo y le dije «ya lo sé».
Los flechazos de amigas, las amigas que llegan a nuestra vida como flechas mucho antes de que se desplieguen los protocolos que marcan el desarrollo de una Amistad™, no aparecen en ninguna de las canciones que he escuchado. La amistad se retrata siempre como el resultado de un proceso, y lo es, pero no hay cabida en ella para la narrativa de los fuegos artificiales o del teníamos-que-encontrarnos, de ese presentimiento impossible to ignore, comosusurró Dolores en nuestro pequeño homenaje. No existe una palabra que lo recoja así que escojo torpemente las que más se asemejan a este milagro, a este misterio que no soy aún capaz de explicar pero que existe. Creo que es esta falta de referencias lo que hace inevitable que aparezcan los paralelismos con lo romántico. Tampoco tengo muy clara la línea entre uno y otro, si la hay. Tal vez por eso a veces ambos flechazos colisionan o compiten por los mismos espacios, como bestias que se husmean, por muy feministas que intentemos ser. Y tal vez por eso algunos de estos milagros fueron perdiendo brillo cuando aparecieron parejas en la ecuación. Estamos aún estúpidamente convencidas de que es el sexo lo que marca la diferencia entre una pareja y una amiga, pero nunca fue esto lo que se interpuso entre nosotras, sino algo mucho más complejo. La intimidad. La vulnerabilidad total. A quién le cuentas primero un secreto o un anhelo o lo que te hicieron de pequeña. El monopolio por alguno de estos espacios, o por todos ellos. Y son estos, no el sexo, basta ya con el sexo, son estos los factores que nos acaban llevando a proyectarnos juntas.
Cuando se enfría una amistad con una conexión primitiva tan fuerte, el desgarro no es que sea mayor que con otras, pero sí es más evidente. Duele de otra manera no racional y es fácil (y duro a la vez) achacarlo a la presencia de una pareja que ocupa estos espacios con rapidez, con ese atajo que solo concedemos a los romances. Las conversaciones nocturnas, el apretón tras los abrazos, la forma de pronunciar un nombre van desapareciendo. Las amistades que no parten de ahí no se tambalean de esa manera ante esta situación, porque o bien se habían colocado en espacios diferentes, o bien se habían ganado poco a poco su lugar en estos de una forma más pausada, menos pasional. En cualquier caso, tienen menos en común con la pareja. Muchas veces ni siquiera las gestionamos con ella: ya están asentadas, a menudo a una distancia prudencial del núcleo volcánico y no son vistas como una amenaza. Son amistades que avanzan con lentitud pero también con el peso de una manada de elefantes, y por tanto el fogonazo de una nueva relación supone, como mucho, un pequeño desvío temporal en su ruta.
La noche que explotó el barrio nos enfundamos en nuestros abrigos y antes de abrir la puerta volvimos a mirarnos de aquella manera. Atravesamos el portal y salimos a un Lavapiés en llamas convertido en batalla campal. Los rugidos hacían temblar los edificios de ladrillo, los contenedores ardían frente al Centro Dramático Nacional y la policía, comprobamos con satisfacción, no daba abasto. Apenas habíamos empezado a callejear cuando al doblar una esquina se oyeron disparos y corrimos calle abajo. Nuestros pies pisaban con fuerza el asfalto a pocos centímetros de los casquetes de balas de goma que rodaron por las calles aquella noche de duelo rabioso. Nos detuvimos junto a un portal oscuro. En cualquier película frívola ese habría sido el momento del beso, pero nosotras éramos parte de esa marejada furiosa de impotencia y dolor, aunque únicamente pudiéramos atisbar una parte de su totalidad, y lo que brotaron fueron lágrimas y cuatro gritos a un vecino facha que salió a quejarse del jaleo. Juntas nos permitíamos mostrar todo aquello que sentíamos intensamente y que habíamos ido reprimiendo con los años por vergüenza o miedo a molestar. También la ira. La sensación de injusticia no la podíamos soportar, ni tú ni yo, por eso colisionábamos cuando la arrojábamos la una contra la otra. Una vez me confrontaste de tal manera, erguida y con los labios tensados en una finísima línea, que juro que vi el temblor de un relámpago asomar por tus pupilas. Pero hacía tanto tiempo que nadábamos en la tibieza, que ese gesto, lejos de abrir una brecha, me hizo sentir que aún quedaba algo de aquella conexión entre nosotras.
Nadie más murió aquel año. Las velitas del salón me las llevé cuando me fui del piso.
He conocido a más amigas-flechazo desde entonces y las he reconocido también en el pasado, al echar la vista atrás después de salir del armario: no, no todas las amigas a las que admiraba en la adolescencia me gustaban, o no solo. Algunas de ellas llevaban consigo esta magia eléctrica que erizaba la mía y que me hacía descubrir recovecos escondidos a los que mis inseguridades adolescentes no me permitían acceder. Es una pena que, pasado cierto nivel de intensidad, se fuerce siempre esa reformulación de los vínculos casi infantil: si tu amor por alguien entra en este terreno, significa simplemente que te gusta, así que rápido, rápido, ¿cómo la convertirás en tu pareja? ¿Qué harás al respecto? Y no es que me sorprenda, en un fulminante contexto de hipervelocidad capitalista, que también esto haya sido tocado por esa urgencia de la acción. Que se niegue el espacio para el disfrute quieto, fascinado, intuitivo, observante. ¿Cómo monetizamos eso?
Por suerte, la mayoría de los caminos que he cruzado con estas amigas no se desdoblaron desde el desgarro, sino con el flujo natural de un riachuelo que se va bifurcando y volviendo a unir varias veces en su travesía hacia el mar. Casi todas llevan sus vidas a kilómetros de la mía y nuestros encuentros están espaciados por meses, incluso años, que no siempre necesitamos rellenar con mensajes de «¿qué tal vas?» y «¿tú qué tal vas?». Simplemente, ocurren. Y se sienten como un reencuentro con un joven amor que, por haber sido arrancado de cuajo demasiado pronto, dejó para siempre una cierta sed de regreso. Por eso los acercamientos espontáneos se hacen tan intensos y las despedidas tan repentinas. Son un recordatorio de lo esencial, un regreso al centro de nosotras mismas. Sofía escribiéndome para decirme que en dos horas viene a Barcelona y que vayamos a merendar y acabar la noche hablando con ojos brillantes del miedo a la muerte. Cris zambulléndose en el mar mientras sonrío sentada en la orilla tras meses sin vernos, porque bañarnos es más importante ahora que contarnos este problema y el otro. Clara, que no sé ni dónde estás ahora, amiga, pero que en una sola conversación aquella tarde primaveral en la Plaza de la Cebada conseguiste que lo dejara todo para comprar un billete a la otra punta del planeta. Laura, a cuya vida ahora solo me asomo por el espejismo tramposo de las redes sociales, más dulce y valiente de lo que nunca seré.
Yo miraba la llamita titilante de la vela porque me daba vergüenza mirarte a ti. La canción terminó y no nos movimos, así que empezó a sonar Just My Imagination. Qué otra cosa podía pasar, si nuestro primer vínculo fue el de honrar la muerte de una persona a la que nunca conocimos. En las paredes colmadas de plantas resonaron aquellas palabras como una premonición agridulce: «We were living for the love we had, living not for reality». Años más tarde busqué información sobre Dolores O’Riordan y resulta que estaba en contra del aborto. Me dio igual. Y es que aquella tarde realmente no rendimos homenaje a su persona. No hicimos un juicio racional que probablemente habría terminado en cogerle manía, sino que honramos una parte de su ser, mágica e innegable, que nos tocaba y unía a las dos. Y tal vez, de habernos conocido de otras maneras, nos habríamos cogido manía nosotras, tal vez idealizamos las partes de la otra que aún permanecían en la sombra. Tampoco me importa. Hay una verdad quebrada y tan bella escondida en el fondo de este enigma que fuiste, que eres, que sois. Y aunque luego nos esperara la distancia templada y la cordialidad, lo que atesoro es aquel presente. El presente en el que fuimos casa y catedral, un rincón mullido para los días en que simplemente llueve.
Supongo que lo que quiero decir es que a aquello que nos hizo estremecer siempre merece la pena encenderle una velita.
Yo soy porque nosotras somos
Mujeres, Voces y Resistencias
Mujeres, Voces y Resistencias somos una colectiva conformada desde 2019 por mujeres migrantes y racializadas diversas que habitamos la ciudad de Valencia. No somos solo un grupo o un proyecto, somos una apuesta política por la amistad, el cuidado, la comunidad y la alegría. Acogemos distintas expresiones feministas y antirracistas, buscando denunciar las violencias que atraviesan nuestras vidas y sobre todo desde nuestras voces visibilizar las resistencias y tejidos que creamos juntas en este territorio.
Mujeres, Voces y Resistencias
Soy mujer y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, de piel suave y tierno corazón guerrero.
Alejandra Pizarnik
Quiero iniciar esta carta convencida de que nos servirá para pensarnos y reconocernos dentro de nuestras complicidades, porque sé que juntas anhelamos construir un hogar nuevo. Te siento escribiendo a mi lado, mientras cocinamos, mientras trabajamos, mientras hacemos fila en las oficinas de Extranjería.
Cuando te miro veo una mujer sencilla, pero compleja. Fuerte y vulnerable. Alegre y rabiosa. Eres dulce y ácida. Tienes café en la sangre, tienes merkén en las venas. Ese es el sabor que traes de tu tierra y que alimenta nuestro grito frente a la injusticia del reino. Me llena el corazón cuando te veo en la calle a mi lado y marchamos juntas para cambiar las cosas. Inventamos pasos, bailes, máscaras, vociferamos discursos y planeamos acciones. Me recargas cuando llegas (a la hora) a cada asamblea, a cada jornada de trabajo, cuando traes tu frutita, tus masitas y los dulces que tu mamá te enseñó a hacer por allá lejos, al otro lado del mar.
Me gusta cuando te ríes a carcajadas hasta que te salen lágrimas (o te meas). Me gusta escucharte porque eres inspiradora y conduces mis incertidumbres. Eres inteligencia hecha acción, AMAS la lucha contra el opresor, ODIAS la inconsciencia del privilegio. He visto que tienes armas filosas, resistentes, y también traes vendas y povidona para cuando nos equivocamos y nos hacemos daño. Intentas reparar lo que rompes.
¡Eres profundamente amorosa, políticamente amorosa!
Querida amiga, quiero decirte que admiro tu bagaje, la energía que desprendes, la sensibilidad que te caracteriza, y este tacto por decir las cosas, por cuidar los detalles y tu valentía. Todavía recuerdo las primeras charlas que hemos dado juntas, con la garganta seca y con las manos temblando, pero juntas, animándonos a hablar por primera vez en público. Valoro todo lo que he aprendido de ti, sobre tu cultura, tu vocabulario, tu comida, sobre tu lucha contra las injusticias, y esta mujer berraca que eres. Tu amistad para mí es este cordón de seguridad en las manifestaciones pero que no se desarticula nunca, porque contigo me siento protegida, respaldada, porque contigo me siento segura.
