Hablar como los dioses - Fernando Castelló - E-Book

Hablar como los dioses E-Book

Fernando Castelló

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Del talón de Aquiles al suplicio de Tántalo; del Can Cerbero al Minotauro y la Quimera; del hilo de Ariadna a la caja de Pandora y el tejedesteje de Penélope; de lo afrodisíaco y lo erótico a las Bacanales y la lluvia dorada; de la Ambrosía al Néctar de los dioses; del Arco Iris y la Aurora Boreal a los signos del Zodiaco; del complejo de Edipo a los de Electra, Diana y Narciso; el Caballo que hizo Arder Troya; de los demonios del Averno a los dioses del Olimpo; de limpiar las cuadras de Augias a empujar la piedra de Sísifo… Ser una Amazona, ponerse hecho una Furia, ser Agraciada, una Casandra, una Esfinge, una Harpía, Musa de alguien, una Ninfa, una Sirena, una Vestal… Son muchas las expresiones que a diario utilizamos cuya base está en la mitología grecolatina. Este libro pretende señalar muchas de ellas y darles una explicación pertinente. Tras años de periodismo y lecturas clásicas, Fernando Castelló desmenuza, a modo de diccionario, los anteriores (y muchos más) términos y frases hechas.

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Seitenzahl: 319

Veröffentlichungsjahr: 2015

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HABLAR COMO LOS DIOSES

Diccionario de nuestras expresiones y términos coloquiales de origen mitológico grecolatino

Fernando Castelló

EL ORÁCULO DE HOMERO

Un idioma, o código comunicativo verbal y escrito, se conforma en parte por el uso de términos, expresiones y frases hechas de referencia común, reconocibles y comprensibles por todos e inspirados en hechos o dichos históricos, literarios o legendarios.

La mitología grecolatina es una de esas referencias lingüísticas patrimoniales comunes a las lenguas llamadas latinas, cuyas raíces ahondan hasta la Grecia antigua. Pero las huellas que ha dejado en nuestra habla no siempre son populares, dado que los hechos que reflejan son a menudo desconocidos por el pueblo llano y el sentido expresivo que transmiten no siempre es claramente reconocido.

Y, sin embargo, la lengua española está enriquecida, trufada por el aroma mítico de los hechos, heroicos o aberrantes, y personajes, divinos o humanos, que forman la mitología griega, aquella «religión de Homero» que era como el espejo celeste, reflectante y deformante de la realidad terrestre en el que se miraban los antiguos griegos.

Si la patria es el idioma, una provincia aborigen del nuestro es Grecia y otra, Roma. En ambas germina la raíz sobre la que han crecido el tronco semántico, las ramas idiomáticas y los frutos metafóricos que alimentan nuestra imaginación literaria y no pocas lenguas europeas.

Sin embargo, hoy asistimos al intento, promovido por los adalides de la corrección política, el buenismo antropológico y la «discriminación positiva», de desmantelar nuestro (de los europeos) pasado cultural diferenciador de otras culturas extra europeas. Así, dentro del relativismo y el nihilismo con respecto a nuestros valores morales, políticos y estéticos se llega a suprimir la enseñanza de la cultura clásica grecolatina que nos es común y está en la base de nuestra democracia. En aras, a escalas interna como externa, del multiculturalismo (según el cual todas las culturas y sistemas equivalen), el multietnismo (es racista decir multirracismo), el multisexismo (masculino, femenino y epiceno) y la mala conciencia poscolonial por haber llevado las luces democráticas y los Derechos del Hombre y del Ciudadanos a los pueblos atrasados (y habernos traído a cambio, eso sí, sus materias primas y plusvalías)...; en aras de todos estos síndromes, a los que se añade el miedo al choque frontal con el terrorismo islámico, hay, pues, que eliminar freudianamente las gónadas culturales, políticamente incorrectas, heredadas del «macho occidental dominante y blanco muerto»; o sea, como si se tratase de «tríadas» mafiosas y machistas: liquidar a Homero, Hesíodo, Píndaro; Esquilo, Sófocles, Euripides; Diógenes, Zenón, Epicuro; Heráclito, Demócrito, Parménides; Sócrates, Platón, Aristóteles; Horacio, Ovidio, Virgilio... Y, de paso, otras «tríadas» camorristas, como las formadas por el Dante, Shakespeare y Goethe, Kant, Hegel y Nietzsche, Descartes, Rousseau y Montaigne, o, aquí, Lope, Quevedo y Góngora son condenadas al sacrificio del olvido en el altar multicultural, plurirracial y trisexual.

La depuración llega al extremo de poner en duda los nuevos inquisidores de la corrección política los beneficios del Siglo de las Luces, porque, en el fondo, Voltaire, Diderot, D´Alambert (otra «tríada» mafiosa) lo que pretendían en realidad era deslumbrar al mundo con el faro pretencioso de la superioridad cultural eurogrecolatina. Que cada cual, acogiéndose al derecho permisivo a la diferencia cultural, beba Verdad, Belleza y Bondad no en el ascetismo estoico, el hedonismo epicúreo o el escepticismo cínico, reflejados en la mitología grecolatina y que son trilogía vital básica de nuestra democracia europea, sino en otras fuentes culturales. Aunque de estas mane a menudo Maldad, Fealdad y Mentira. Tras la independencia de los países colonizados hay que (mala conciencia y tercermundismo obligan) reconocerles también la equivalencia cultural, para expiar nuestra soberbia racial blanca.

La desembocadura de esta operación limpieza es la propuesta Alianza de Civilizaciones, que nos lleva a la «neutralidad axiológica» weberiana forzada ante e incluso a favor de culturas represivas, cuyas diferencias con la nuestra debemos tolerar en aplicación del derecho a la diferencia, aunque esa diferencia sea lapidaria y ablacionista con las mujeres o mortal para los homosexuales.

Pero esa vasta operación choca con un muro inexpugnable: el idioma. Desde las raíces etimológicas a los frutos metafóricos, cualquier indagación estructural arbórea se encuentra con Homero y Cía., con laIlíaday laOdiseacomo las mayores epopeyas de guerra y aventuras jamás contadas; con Edipo como padre putativo de todo el psicoanálisis; con Orestes y Hamlet meditamundos; con Don Quijote y Sancho, Jekill y Hyde, sucesores imaginativos de desdoblamientos de personalidad esquizoide tanato/erótica o apolíneo/dionisiaca...

El muro de contención idiomático se ve reforzado y adornado por la hiedra báquica y florida de mil metáforas, que afloran a la punta de nuestra lengua culta, desde el hilo de Ariadna al Caballo de Troya, del talón de Aquiles al suplicio de Tántalo, del lecho de Procusto a la manzana de la discordia, del mito existencial de Sísifo al hedonista de Narciso...

Nélida Piñón, blanca aunque hembra, lo ha escrito en su «Aprendiz de Homero», cuyos personajes le «son familiares»: «conmigo a la mesa, nos repartimos el banquete común». Ese banquete común es el idioma.

En defensa, pues, de esos orígenes idiomáticos que compartimos con tantos otros europeos, van estas más de trescientas entradas a palabras y dichos metafóricos que los adornan y enriquecen gracias a tantos machos blancos, muertos en el mundo grecolatino antiguo no sin antes legarnos sus obras inmortales. Y a través de todos esos términos y expresiones nos habla especialmente el oráculo de Homero. Este libro va destinado a iluminar e interpretar las oscuridades y ambigüedades preceptivas de esos mensajes oraculares, en los que reverdece la siempreviva Jonia añorada por Hölderlin.

-A-

ABORIGEN

«Originario del suelo en que vive», «dícese del primitivo morador de un país» (DRAE). El pueblo ibero es el aborigen de España.

Los aborígenes, «pueblo originario», son, en la mitología romana, los primeros habitantes de la Italia central. Considerados como hijos de los árboles, se alimentan de frutos silvestres, viven en estado salvaje, sin agricultura ni ciudades. Sin Dios ni Patria, pero con un Rey: Latino, epónimo del pueblo latino, formado por la unión de los aborígenes con los troyanos que desembarcaron en el Lacio conducidos por Eneas, tras la destrucción de Troya. A la muerte de Latino, Eneas, casado con la hija del monarca, Lavinia, pasaría él mismo a ser rey del pueblo de los latinos.

ADONIS. Ser un...

«Por alusión a la hermosura de Adonis, personaje mitológico. Fig. Joven hermoso» (DRAE).

El mito de Adonis es originario de Siria, aunque pasó a Grecia a través de Egipto y Chipre.

Adonis es hijo del rey Tías de Siria y de su hija Mirra, según unos; de Ciniras, rey de Chipre, con su hija Esmirna, según otros; fruto de un incesto en todo caso. Objeto de pederastia y adulterio por parte de dos diosas, murió en plena juventud.

El incesto fue provocado por la diosa del amor, Afrodita, quien, ofendida porque la madre de Mirra dijo que su hija era más bella que la diosa, infundió a la joven el deseo de acostarse con su padre. La nodriza de la chica hizo coger al padre una borrachera que le duró doce noches, durante las cuales Mirra, haciéndose pasar en la oscuridad por su madre, yació con él y quedó encinta.

Al darse cuenta el rey del engaño, que podría convertirlo en padre y abuelo de una misma criatura espuria, persiguió a su hija para matarla, y Mirra, para salvarse, invocó la ayuda de los dioses, que la transformaron el árbol de la mirra.

De la corteza de este árbol surgió diez meses después un niño guapísimo, al que llamaron Adonis (El Señor). Adoptado por Afrodita, diosa que sabía tanto enternecerse como enfurecerse, ésta lo confió al cuidado de Perséfone, esposa de Hades, dios del Averno.

Perséfone, durante su estancia anual de ocho meses (los cálidos) en la Tierra (los otros cuatro, gélidos, vivía en el Averno, por decisión salomónica de Zeus tras su rapto por Hades) se prendó del niño, lo convirtió en su amante y se negó a devolverlo a Afrodita una vez criado. Zeus (o la musa Calíope) zanjó la disputa decidiendo que Adonis pasase, al igual que Perséfone, un tercio del año con ésta en el Reino de las Sombras, otro tercio con Afrodita y un tercero donde quisiera, para reponerse de las exigencias amorosas de las dos insaciables diosas.

Adonis terminó pasando dos tercios del año con Afrodita, y dicen que Ares, al enterarse de los devaneos de su querida y adúltera Afrodita con Adonis, dijo despectivamente de éste: «No es sino un perro mortal, y, además, un afeminado».

Las estancias cíclicas de Adonis bajo y sobre tierra, además de su nacimiento de un árbol, simbolizan, al igual que el mito de Perséfone, el misterio de la vegetación, cuya semilla germina bajo tierra en la sombra invernal e infernal y luego florece a la luz del sol primaveral. Representa la muerte y resurrección anuales de la naturaleza. En la tradición fenicia, resucitaba al tercer día, como posteriormente Jesucristo.

Del culto al bello Adonis, muerto joven de una cornada de jabalí lanzado contra él durante una cacería por la diosa de la caza Ártemis o, según algunos, por el celoso Ares, surgieron en Alejandría los «jardines de Adonis», conjuntos florales efímeros regados con agua caliente y cuya muerte plañían ritualmente las mujeres. En Grecia se celebraban las «adonías» que conmemoraban la muerte del hermoso joven con himnos «adonideos» cantados al son de la flauta fenicia.

Este mito floral se ve enriquecido por algunos autores que atribuyen a la sangre de Afrodita, herida por una espina de rosa blanca al acudir en socorro de su amado, la conversión de las rosas blancas en rojas, así como el surgimiento de la anémona, primera y efímera flor de la primavera, de la sangre del propio Adonis.

Tras su muerte, el alma frívola de Adonis cayó en los lóbregos infiernos, en los que, por el resto de la eternidad y por decisión de Zeus a petición de Afrodita, tiene su residencia invernal, mientras en la estación cálida cae en brazos de la terrestre y luminosa Afrodita, con la que algunos autores sostienen que tuvo a Príapo, paternidad que la mayoría atribuye a Dioniso.

Algún mitógrafo basa en el mito de Adonis el origen de la tauromaquia española, al haber muerto destripado por una fiera, lo cual se relaciona también con la caza a lazo de búfalos salvajes para sacrificios rituales en los circos, en tiempos de Alejandro.

AFRODISIACO

Afrodisiaco, o «que estimula el apetito sexual», según el Diccionario de la Real Academia, es un adjetivo que deriva de Afrodita (lo mismo que venéreo, «deleite sexual», viene de Venus, la equivalente romana de Afrodita) y se aplica a aquellas sustancias que tienen esa propiedad.

La griega Afrodita, emparentada con la fenicia Astarté, es la gran diosa mediterránea del mar, del amor y la fecundidad, la primavera y las flores, identificada por los romanos con Venus. Reside en el Olimpo, junto a los otros once dioses principales de la mitología helena. Tiene asignada como única obligación hacer el amor, tarea que cumple divina y promiscuamente, con dioses, héroes y simples mortales.

Se la representa a medio vestir, sonriente con su ceñidor, que despertaba un deseo amoroso irrefrenable hacia su bella poseedora, de dorados cabellos y plateados pies, disponiéndose seductora al baño, con las manos apretadas sobre el pecho o el vientre, o surgiendo desnuda y voluptuosa de una concha entre la espuma del mar, como en elNacimiento de Venus, de Sandro Boticelli. Son famosas, además, las Afroditas desnudas de Praxíteles, la Venus guerrera hallada en Milo y la sensual del Espejo, de Velázquez.

Para Homero, Afrodita es hija extraconyugal de Zeus, pero Hesíodo, más poéticamente, la hace nacer del semen de Urano, caído a la mar, que quedó así grávida, cuando Crono, el hijo rebelde de aquél, que le disputaba el trono de los dioses, cortó los órganos sexuales a su padre (algunos sostienen que con una hoz que empuñaba con la mano siniestra, desde entonces sinónimo de mal agüero). Subida al Olimpo, los dioses que allí moran (sus consanguíneos), al verla, desean hacerla su esposa y llevársela al tálamo.

Se la conoce como la diosa «nacida de la espuma del mar» (afróssignifica espuma en griego) y simboliza la alegría de vivir y amar, aunque su carácter ambiguo la lleva a suscitar pasiones culpables, incestuosas o bestiales en mortales e inmortales (Mirra, Fedra, Medea, Ariadna, Helena, Pasifae...), cuando incurren en su rencor.

Diosa, pues, tanto del amor puro, conyugal, como del impuro o venal (algunos la consideran patrona de las prostitutas), Zeus la forzó a casarse con Hefesto, el dios herrero, feo y cojo (la cojera era antítesis del amor, pues el pie era un símbolo fálico) del Olimpo, pero en seguida buscó consuelo en un amante, el fogoso y viril (cuando no estaba borracho) dios de la guerra, Ares (Marte en Roma).

Conocedor de estos devaneos, por denuncia de Helios (el Sol), Hefesto, acaso el primero de tantos maridos engañados, tendió una trampa a los amantes: dijo irse de viaje, pero regresó de improviso, como en una comedia picante, pillándolos en fragante (al menos, para ellos) delito de adulterio.

Para castigar y exponer a los traidores a la befa y mofa divinas, el habilidoso herrero dejó caer sobre ellos una invisible red de hilo de bronce y luego llamó a los demás dioses del Olimpo, los cuales, ante el espectáculo ridículo de sus dos colegas en cueros e intentando sin éxito zafarse, prorrumpieron en grandes carcajadas. Todos los autores están de acuerdo en que los dioses, con su «risa olímpica» (expresión culta que designa una risa estentórea e incontenible) se burlaron de los corridos amantes y no del marido cornudo. De este lance podría venir también la expresión «caer en la red» o en una asechanza.

De los amores de Afrodita con Ares nacieron Eros (el Amor) y Fobo (el Terror); con Dioniso (Baco en Roma) engendró a Príapo, el geniecillo de falo descomunal; con Anquises tuvo a Eneas, héroe troyano fundador de Roma, y con Hermes a Hermafrodito, el de los dos sexos.

Famosas son sus disputas con Perséfone, diosa del Infierno, por el amor del efebo Adonis, y su participación en el juicio de Paris, un concurso de belleza precursor para ver a quien de tres diosas (las otras eran Hera y Atenea) se atribuía la Manzana de la Discordia a la más bella. Este hecho daría origen a la guerra de Troya. Precisamente, la manzana era considerada en aquellos tiempos lo que hoy se llamaría un afrodisiaco, y su ofrecimiento simbolizaba una declaración de amor, según señala Antoninus Liberalis.

Afrodita recibía culto en toda Grecia y tenía un séquito formado por Eros, Himeros (el Deseo), las Ninfas, las Gracias, las Horas, Tritones y Nereidas.

AMAZONA. Ser una...

«Mujer de alguna de las razas guerreras que suponían los antiguos haber existido en los tiempos heroicos. Figuradamente, mujer de ánimo varonil» (DRAE).

Las amazonas, mujeres guerreras descendientes del dios de la guerra Ares que montaban briosos caballos y habitaban en el Cáucaso y en Asia Menor, vivían sin hombres, a los que utilizaban una vez al año para reproducir el género femenino. A los hijos varones los sacrificaban al nacer o bien les fracturaban los miembros para que tuvieran que dedicarse sólo a tareas domésticas y serviles.

Hábiles jinetes, montaban a horcajadas y no, contrariamente a lo que se dice, al «estilo amazona», es decir, pudorosa e incómodamente con las dos piernas a un lado.

De armas tomar, vestidas con pieles de animales salvajes, provistas de armadura y casco, tahalí y aljaba, y expertas en el manejo del arco, el hacha y el venablo, se dedicaban a la conquista de territorios colindantes, donde se entregaban al pillaje y la rapiña, además de al culto de Ártemis, su ídolo.

Su nombre, amazonas, parece significar «sin» (a) «seno» (mazos), lo cual podría venir de que desde su nacimiento les cauterizaban, o les fajaban, el seno derecho para poder mejor tensar el arco y lanzar la jabalina. Robert Graves hace provenir su nombre de las montañas Amazonas, donde nace el río Termodonte a cuya orilla habitaban.

Varios héroes míticos se enfrentaron a esas fierecillas, a la postre domables, que lucharon contra Hércules y Belerofonte, sitiaron a la misma Atenas de Teseo y combatieron junto a los troyanos contra los griegos. Sus constantes derrotas simbolizan el fracaso de la mujer antigua en sus intentos de emancipación y de competitividad con respecto al hombre. Su indumentaria y su dedicación a tareas masculinas son antecedentes de la imagen de la lesbiana o «marimacho» en el subconsciente colectivo popular, pese a que mantenían relaciones sexuales con hombres, aunque sólo fuera para la perpetuación de su género femenino.

El noveno de los trabajos que el rey Euristeo impuso a Hércules fue traerle el ceñidor de oro, regalo de Ares, que llevaba puesto Hipólita, reina de las amazonas, cuyo territorio tenía su capital, Temiscira, junto al río Termodonte. El ceñidor simbolizaba el poderío de su portadora, al tiempo que despojarla de él significaba, según los ritos matrimoniales, la sumisión de la despojada al marido en la noche de bodas.

Hércules llegó al frente de una expedición guerrera, en la que figuraba Teseo, al reino de Hipólita. Esta se enamoró de él y se mostró dispuesta a darle gustosamente el cinturón a cambio de su amor, pero Hera, celosa, promovió una sedición entre las amazonas lanzando el rumor de que Hércules quería raptar a su reina. El héroe se vio obligado a matar a Hipólita y luchar contra su femenino pueblo, al que derrotó.

Teseo raptó en esta ocasión a otra reina de las amazonas, llamada Antíope o Melanipa, y se la llevó a Atenas, ciudad que cercaron las varoniles mujeres, repuestas ya de su derrota, para rescatar a Antíope. Parece ser que ésta, enamorada de Teseo, al que había dado un hijo, Hipólito (del que después se enamoraría su madastra Fedra, en la tragedia de Eurípides), contribuyó, tomando las armas, a la derrota de sus antiguas súbditas, que fueron puestas en fuga.

Según otra versión, Hércules no mata a Hipólita sino que se la entrega a Teseo tras desposeerla del cinturón simbólico de su poderío y derrotar a las amazonas, cuya decadencia como nación conquistadora comenzó entonces.

Tiempo después, Pentesilea, otra reina de las decadentes amazonas, reunió a una docena de sus últimas guerreras y acudió en ayuda de los troyanos cuando ya éstos estaban casi derrotados. Al frente de las doce amazonas que formaban su aguerrido ejército femenino, encabezó una salida devastadora contra los aqueos y sembró la muerte y el pánico en las filas griegas, dando muerte a no pocos de sus héroes. Hasta que Aquiles y Ayax, que se encontraban llorando ante el túmulo de Patroclo, al oír el fragor de la batalla se incorporaron a ella, deteniendo primero y luego poniendo en retirada a las fuerzas combinadas amazónico-troyanas.

Cuenta la leyenda que Aquiles, al atravesar con su lanza envenenada en combate singular a la brava y bella Pentesilea, la cual, moribunda, le miró por fin dulce y no fieramente, se enamoró de ella y vertió lágrimas ante su cadáver, tras reprocharle haberse enfrentado a él, un héroe invencible. Es decir que como mujer arisca la mata y, una vez vuelta a la eterna y tierna condición femenina, la ama. Pentesilea y sus doce guerreras, también muertas en el combate, se convierten así en las últimas amazonas.

También el héroe Belerofonte derrotó a las amazonas a su regreso, sobre su alado caballo Pegaso, de despachar a la monstruosa Quimera.

De las versiones de diversos autores se podría deducir que Hipólita, Melanipa y Pentesilea, hijas las tres de Ares, eran hermanas y cada una reinaba sobre una de las tres tribus en que se dividían las amazonas. Como se ha visto, dos de ellas, Hipólita y Pentesilea, murieron a manos de sendos héroes a los que amaron o que las amaron, Hércules y Aquiles, mientras la tercera, Antíope, depuesto su ardor guerrero y reconvertida en mujer/mujer, se casó con otro, Teseo en el sigloXVI, el explorador Orellana fue atacado por unas mujeres a orillas del río Marañón, luego llamado río de las Amazonas. Otros exploradores posteriores hablan de la existencia en la Amazonía de tribus de mujeres varoniles y valerosas, de raza blanca, que se aman a menudo entre sí y se abstienen del comercio carnal con los hombres salvo una vez al año, en que los admiten con el único fin de engendrar hijas, sin que, al igual que ocurre con sus antepasadas mitológicas, se sepa con certeza qué hacen con los hijos.

ANFITRIÓN. Ser un buen...

«De Anfitrión, rey de Tebas, espléndido en sus banquetes. Fig. Persona que tiene invitados a su mesa o a su casa» (DRAE).

Anfitrión fue regente de Micenas refugiado en Tebas, y padre supuesto de Heracles (a quien los latinos llamaban Hércules, nombre que utilizaremos en adelante por ser el que se ha pasado al castellano, popularizándose), aunque, en realidad, este era hijo de Zeus, quien, metamorfoseado en Anfitrión, yació con su esposa, Alcmena. Marido engañado, pero consintiente, advertido por el adivino Tiresias de que Hércules era hijo Zeus, sin culpabilidad de Alcmena, lo crió junto con su hijo Ificles, gemelo del futuro héroe, concebido la misma noche en que Zeus sedujo a Alcmena (aquí aparece el mito de los Gemelos que son uno de origen divino y el otro, humano).

Para averiguar cuál de los dos gemelos era su hijo, introdujo dos serpientes gigantes en la habitación de los niños, que sólo tenían diez meses: Ificles huyó despavorido, mientras Hércules estrangulaba con sus manitas a los dos monstruos, cumpliendose así la primera hazaña del héroe.

Posteriormente, tras matar Hércules, iracundo, sin querer a su preceptor Lino, Anfitrión, temiendo que la fuerza de su hijo putativo se volviera contra él, lo envió a cuidar sus bueyes al campo, donde se hizo hombre. Fiel esposo y abnegado padre, Anfitrión rechazó los favores que le ofrecía Cometo, la bella hija de Pterelao, rey de Tafos, ciudad a la que Anfitrión había puesto sitio. Cometo, por amor hacia su enemigo, cortó a su padre un bucle de oro que lo hacía invulnerable, con lo que murió y la ciudad fue tomada por Anfitrión, quien repudió a la hija descastada y la mató.

Anfitrión murió combatiendo heróicamente junto con Hércules contra los minios, que exigían impuestos abusivos de los tebanos.

Anfitrión, cuya leyenda fue dramatizada por Plauto y por Molière, entre otros, pasó a ser sinónimo de quien recibe en casa, de acuerdo con los versos de Molière: «El verdadero Anfitrión / Es el Anfitrión donde (o, mejor, con perdón del autor, el señor en cuyo hogar) se cena» (¿y que después cede al invitado su castillo con su Alcmena?, añadimos nosotros).

Un servidor de Anfitrión, Sosias, personaje que en la comedia de Plauto es suplantado por Hermes para ayudar a Zeus a seducir a Alcmena, ha pasado también al lenguaje cotidiano como sinónimo de doble de alguien.

APOLÍNEO. Un tipo...

«Perteneciente o relativo a Apolo. Que posee algunas de las cualidades atribuidas a Apolo, en especial la hermosura» (DRAE).

Apolo es uno de los grandes del Olimpo, situado inmediatamente después de Zeus, su padre, en el panteón de los dioses griegos. Es el sabio y polifacético (incluso contradictorio) dios de la belleza y la luz, la música la poesía, la filosofía y las ciencias, la medicina y el arte adivinatorio, además de la agricultura, la ganadería y la navegación, amén de ser temible guerrero, lanzador de infalibles flechas. Pese a atribuirsele orígenes asiáticos, Apolo se convierte en el dios helénico por antonomasia y resume los ideales griegos de belleza y progreso.

Es hijo extramatrimonial, algunos dicen que sietemesino, de Zeus con la hija de titanes Latona, y hermano gemelo de Ártemis. Algunos identificaron a Apolo con Helios, el Sol, y a su hermana con Sémele o Selene, la Luna.

Criado, no con leche materna sino por la diosa Tetis con Néctar y Ambrosía, pronto, pese a su constitución originalmente feble, se convirtió en un hermoso y «apolíneo» joven, que inspiró al autor del famoso Coloso de Rodas.

Se le representaba atlético, pero grácil, ancho de hombros y estrecho de caderas, alto, con bucles negros de reflejos azulados (o, mejor, con cabellera dorada, que hace se le llame en Roma Febo, «el brillante») sobre alta frente y rostro imberbe de trazos delicados, tocado con una mitra de oro que le regaló su padre, y armado paradójicamente de un arco y una lira.

En efecto, se hizo maestro en el manejo del arco de plata, que le proporcionó Hefesto y con el que se le representa, al igual que en el de la lira de siete cuerdas sobre concha de tortuga, recibida de Hermes, su inventor junto con el plectro, con el que la tañe en los banquetes del Olimpo o mientras, en el origen de la tradición pastoril, cuida ganados. También recibió de Hermes la flauta de dos cañas, que su hermanastro había igualmente inventado, y le dio a cambio su caduceo de oro, con el que se representa a Hermes. En el Olimpo ameniza con su cítara los banquetes de sus pares, mientras las ninfas, Ganímedes y Hebe sirven bebida a los dioses en áureas copas, las Gracias danzan y las Musas cantan.

Mató a la monstruosa serpiente Pitón enviada por Hera contra la madre de Apolo, Latona, y que, con sus cien cabezas y cien fauces por las que escupía fuego, custodiaba en las faldas del monte Parnaso una antigua gruta oracular, de la que emanaban vapores proféticos. Allí estableció Apolo su Oráculo de Delfos, nombre derivado de «delfín», en el que, anticipándose a modernas técnicas médicas, se utilizaba la música de su lira como cura terapéutica.

Dicen que el templo de Apolo en Delfos, el más importante de cuantos se dedicaron a su culto, era el centro de la tierra plana y del universo, donde se hallaba el Ónfalo u «Ombligo del mundo», punto de encuentro entre el cielo y el Infierno.

Oficiaba allí de sacerdotisa y transmitía, en trance y crípticamente, los oráculos o vaticinios del dios, sentada sobre el Trípode (banquillo de tres pies que Hércules le intentó robar) del templo y mascando una mezcla, posiblemente estupefaciente, de apolíneo laurel, la llamada pitia o pitonisa, sibila adivinadora y profetisa. Para celebrar su toma de posesión del santuario, los habitantes de Delfos crearon el peán, canto coral en honor de Apolo, contrapuesto al ditirambo, en loor de Dioniso.

En el origen, fue, junto con su hermana Ártemis, divinidad de la muerte, y mataba a los hombres, al igual que su hermana a las mujeres, con sus flechas certeras, que daban muerte cruel o suave, según su humor.

Como dios guerrero, luchó con los Olímpicos contra los Gigantes e intervino en favor de los troyanos (nueva contradicción: él, dios griego por excelencia, pese a sus posibles orígenes asiáticos, reconvertido en defensor de éstos) en la guerra de Troya, donde dirigió la flecha de Paris que alcanzó el talón de Aquiles y le causó la muerte.

Mató a los Cíclopes, forjadores del rayo divino, en venganza por haber asesinado Zeus a su hijo Asclepio.

Convertido en dios pacífico después, no obstante dio cruel muerte al sátiro Marsias, al que desolló tras vencerle en un concurso musical, en el que aquél tocaba una flauta desechada por Atenea al comprobar la diosa que su soplido la desfavorecía, pues le inflaba ridículamente los mofletes.

Apolo no se casó, pero se le atribuyen numerosas aventuras con ninfas, musas y humanas, además de con efebos, práctica homosexual de la que se le considera precursor divino, junto con su padre, raptor del efebo Ganímedes.

Padre de numerosos hijos, lo fue de Ion (ancestro de los jonios o griegos), de Orfeo, Asclepio, los Centauros, Cicno (el Cisne)...

Pese a ser gran seductor, no era irresistible para todas, y así la ninfa Dafne, para eludir su acoso, se transformó en el árbol del laurel, con el que Apolo, para consolarse, se hizo una guirnalda (desde entonces el laurel era consagrado a Apolo y en forma de corona premiaba a los vencedores de concursos artísticos. Famoso es el poema de Fray Luis de León «Vida retirada», donde, al final, se ve a sí mismo, lejos del mundanal ruido, «de yedra y lauro eterno coronado, puesto el atento oído al son dulce acordado del plectro suavemente meneado»).

La joven Castalia se memorfoseó en fuente para eludir los requerimientos amorosos del dios. También Casandra le negó sus favores, pese a haber recibido de él el don de la adivinación, y Marpesa prefirió al mortal Idas en la disputa amorosa de éste con Apolo. También pasó por el trance de amante traicionado, por Corónide, que le dió por hijo a Asclepio, estando embarazada del cual se casó con el príncipe de Arcadia Isquis, traición por la que fue ajusticiada por Ártemis, llegando justo a tiempo Apolo para rescatar de su seno a Asclepio.

Cortejó al joven príncipe espartano Jacinto, amado por el poeta Támiris (el primer hombre que se enamoró de uno de su sexo) y al bello efebo Cipariso (el ciprés).

Castigado por Zeus en dos ocasiones a cuidar ganados, dicen que el pastoreo fue lo que morigeró sus costumbres: terminó dirigiendo a las Musas e inventando los lemas socrático y estoico de «conócete a ti mismo» y «nada con exceso».

Pese a lo contradictorio del mito, en lo apolíneo prevalecen finalmente los conceptos de mesura, equilibrio, violencia refrenada, control de sí mismo y del propio entusiasmo; alianza entre pasión y razón; luminosidad, coherencia... que Nietzsche, en sus manuales para uso del perfecto Superhombre, contrapondrá a su antítesis dionisiaca (o báquica), donde domina lo irracional, impulsivo, desordenado, instintivo.

Dios de la religión órfica, que prometía a sus iniciados la salvación eterna, Apolo reina sobre las Islas Bienaventuradas, oaraíso prometido por los órficos, sito en algún lugar del Averno.

Uno de los misterios del culto apolíneo era su desaparición periódica de Delfos (algunos dicen que cada 19 años, en tiempo mitológico) para viajar al país hiperbóreo, que los griegos consideraban, al igual que Etiopía o la Atlántida, un paraíso lejano, estancia de los Bienaventurados, mal definido geográficamente.

A Apolo deben su nombre ciertos órganos musicales oapollonicony las «apollonias», lauráceas de jardín.

En Roma se le dedicaban las Fiestas Apolinarias, que en su origen conllevaban sacrificios humanos.

Es posible que fiestas actuales como la de las hogueras de San Juan tengan su raíz en una costumbre mitológica griega (luego debidamente cristianizada) de celebrar el solisticio de verano consagrando la renovación estacional del fuego, robado por Prometeo a los dioses y acarreado desde el altar de Apolo en Delfos, donde se mantenía vivo.

APOTEOSIS, APOTEÓSICO.

«Apoteosis: Concesión y reconocimiento de la dignidad de dioses a los héroes entre los paganos, y acto de tributarles honores divinos» (DRAE). También, ensalzamiento de alguien y escena espectacular con que culminan algunas obras teatrales. Se obtiene una victoria o se hace una entrada en escena apoteósica.

La deificación más famosa de la mitología griega es la de Hércules, quien, al estar a punto de inmolarse en la pira hecha por él mismo para librarse del dolor mortal que le causa la túnica de Neso, en el momento en que las llamas van a alcanzar su cuerpo, Zeus le concede la Apoteosis: baja del cielo una nube y, en medio de rayos y truenos, el hijo espúreo del dios asciende, libre de su carne mortal, al Olimpo, donde, él que tantas penalidades sufrió en la tierra, compartirá la feliz eternidad con los doce dioses mayores, aunque en calidad de portero del cielo. Allí, reconciliado con Hera, la hija de ésta, «la encantadora Hebe, de gráciles tobillos, es su esposa», según el himno homérico. El propio Homero, en laOdisea, no obstante, incluye a Hércules entre las sombras del Tártaro.

Aquiles, el segundo de los más famosos héroes griegos, también es deificado por su madre, la nereida Tetis, quien, tras morir su hijo mortal (que tuvo con Peleo) al atravesarle Paris (o Apolo) el talón que le hacía vulnerable, lo hizo inmortal y lo transportó a la Isla Blanca, donde, de día, quien pasa cerca escucha un entrechocar de espadas, y, de noche, de copas.

AQUILES. El talón de...

El DRAE alude varias veces al héroe griego:

Talón de Aquiles: Punto vulnerable de algo o de alguien. En Medicina, el tendón que, en la pierna, une el talón con la pantorrilla se llama «de Aquiles». Argumento Aquiles: raciocinio que se tiene por decisivo para demostrar justificadamente una tesis.

Aquiles («sin labios»), el más valiente de los griegos, es uno de los grandes héroes de la mitología helénica y principal protagonista deLaIlíada, la epopeya homérica que narra la guerra de Troya o Ilión.

Hijo de la diosa marina Tetis, hija a su vez de Océano, y del héroe tesalio Peleo, rey de Ptía, su madre quiso hacerlo inmortal y del procedimiento que siguió se dan dos versiones. Según una, cauterizaba todas las partes mortales de su hijo con fuego y las ungía con ambrosía, el manjar de los dioses que confería la inmortalidad. Pero Peleo arrancó al niño de las manos de la madre, de modo que quedó con los labios quemados y un calcáneo del pie carbonizado, que Quirón, el Centauro médico, reemplazó por el del gigante muerto Daniso, célebre por su velocidad en la carrera. De ahí le viene a Aquiles el ser llamado «el de los pies ligeros». Zenón de Elea, en su famoso sofisma sobre la imposibilidad del movimiento, tomó a Aquiles como ejemplo de cómo, pese a su ligereza, no podría alcanzar a una tortuga al tener que recorrer para ello infinidad de distancias parciales.

La versión más común del mito, no obstante, es que Tetis sumergió a Aquiles en la Estigia, laguna (o río) infernal cuyas aguas conferían la inmortalidad, cosa que consiguió para todo el cuerpo del niño salvo el talón derecho, por el que lo sostenía. Ese punto vulnerable le sería fatídico, como se verá.

La educación de Aquiles corrió a cargo del anciano Fénix y del sabio centauro Quirón, quien, para aumentar su valentía, lo alimentó con entrañas de león, higado de jabalí y médula de oso, le enseñó el arte de la elocuencia, la moderación y la prudencia, y el de curar heridas, además del tiro con arco, mientras la musa Calíope le enseñaba a cantar y tañer la lira.

El adivino Calcante predijo que Aquiles debería escoger entre una vida larga y anodina o corta y gloriosa, a lo que el héroe eligió lo segundo y siguió una breve vida de aventuras.

Sin embargo, su madre, contradiciendo esa elección, sabedora de que el mismo Calcante había predicho que Troya (ver) no caería sin la participación de Aquiles, el cual moriría en el intento, lo vistió de doncella y, bajo el falso nombre de Pirra («la rubia»), lo ocultó en la corte de Licomedes, asesino de Teseo, en la isla de Esciro. Allí convivió durante nueve años con la hija del rey, Deidamía, y alternó con sus damas. Por esto, por representársele a veces con un pendiente de mujer, y por tener a su amigo Patroclo, según Apolodoro, como amante (al igual que el viril Hércules amaba, según otros, a su amigo Hilas y también se vistió en alguna ocasión de mujer), se le podría considerar uno de los precursores de la homosexualidad y del travestismo.

Revelado por Calcante el lugar donde se ocultaba Aquiles, fueron a buscarlo los héroes Diomedes y Ulises, quien se sirvió de un truco para descubrir al desertor, camuflado entre las jovencitas del gineceo de Licomedes. El astuto héroe se presentó como mercader y ofreció a las chicas joyas y brocados, entre los que ocultó unas armas, al tiempo que hacía sonar el clarín de guerra. Al escucharlo, las jóvenes huyeron despavoridas, mientras la falsa Pirra de rostro virginal tomaba las armas y se disponía al combate, desvelando su identidad varonil. Liberado así del humillante truco ideado por su madre y reconvertido en el aguerrido Aquiles, siguió con gusto a Ulises y combatió heroicamente en Troya.

Bueno, no todo el tiempo, pues durante un buen momento, despechado por una mala pasada de Agamenón, caudillo de los sitiadores de la ciudad, se retiró a su tienda y dejó que los troyanos, de acuerdo con la profecía, diezmasen a los griegos.

La cólera de Aquiles, que constituye el argumento central de laIlíada, se produjo al quitarle Agamenón, jefe de los griegos, a su esclava Briseida, a cambio de devolver él a la suya, Criseida, a su padre, sacerdote de Apolo, para que la peste enviada por éste contra los griegos cesase.

Aquiles depuso su enojo tras habérsele devuelto a Briseida y prometido valiosos presentes (entre ellos, veinte mujeres), y para vengar a su amigo Patroclo, muerto por Héctor, al que, a su vez, Aquiles dio muerte en combate singular con su lanza de fresno que causaba heridas incurables. Luego, implacable, lo arrastró por los pies, perforados por el talón y atados a su carro, en torno al túmulo de Patroclo hasta que se avino a entregar el cadáver al afligido padre de Héctor, Príamo, rey de Troya —no, según algunos, sin previo pago de su peso en oro.

Aquiles, revestido con una armadura mágica forjada por Hefesto, el herrero del Olimpo, auriga de su carro tirado por caballos inmortales (entre ellos, Janto, «el alazán», dotado de voz y del don de la profecía), causó estragos en las filas troyanas y mató a la reina de las Amazonas y aliada de los troyanos, Pentesilea. Hasta que Apolo, uno de los dioses del Olimpo que apoyaban paradójicamente a los asiáticos troyanos, ayudó a Paris a vengar la muerte de su hermano Héctor, dirigiendo una flecha de aquel hacia el talón vulnerable de Aquiles, lo que causó la muerte de este.

En el plano psicológico, el mito del talón de Aquiles y su pie así vulnerable es, siguiendo a Jung, símbolo del contacto directo con la realidad, así como fálico.

Aquiles es un héroe ambivalente, no solo sexual, sino también en cuanto a su carácter, valeroso cuando lucha, a la vez que pusilánime cuando rehuye el combate; abnegado (da su vida por Grecia) a la vez que interesado (se hace pagar por volver a la lucha y por devolver el cadaver de Héctor); dulce (con su esclava Briseida), tierno (cuando tañe su lira) y sentimental (se opone al sacrificio de Ifigenia, se enamora de la amazona Pentesilea después de matarla, llora como mujer por Patroclo, su «amante» según lo califica literalmente Apolodoro) al tiempo que feroz (inmola a veinte jóvenes troyanos en la pira funeraria de Patroclo) y despiadado (arrastra el cadaver de Héctor ante los ojos del padre de éste) con sus enemigos.

Bello, violento, de ojos centelleantes, voz poderosa y cabellos de bucles dorados, bien pudiera ser el prototipo del superhombre o «bestia rubia» nietzscheano. Despreciado por los estoicos, por violento y pasional, Alejandro Magno lo tomó como modelo y murió joven como él.

El semidios pasa la eternidad en la Isla Blanca, en la desembocadura del Danubio (o, según laOdisea, en el prado de asfódelos del reino de las sombras, donde es visitado por Ulises, heredero de las armas de Aquiles, en su descenso al Averno), con sus camaradas Patroclo, Antíloco y Ayax, con los que, para matar el aburrimiento eterno, de día corre aventuras heroicas y de noche celebra ruidosos banquetes (como atestiguan los marinos que escuchan al pasar los entrechocares de espadas, de día, o de copas, de noche), mientras su atribuida y atribulada esposa póstuma, la mismísima Helena de Troya, le aguarda en casa, rumiando sus recuerdos entre suspiro y suspiro.

ARAÑA. Una tela de...

Aracne, «la araña», princesa, o simple hija de un tintorero, de Colofón (Lidia, región conocida por la calidad de su púrpura, usada para teñir los tejidos) era tan diestra en el arte de tejer y bordar que Atenea, hilandera del Olimpo, tuvo envidia y la retó (o fue retada por ella) a hacer el mejor tapiz.

Manos a la obra, Atenea representó en su tela a los doce dioses del Olimpo en actitudes mayestáticas y los rodeó de escenas en las que se ejemplificaba el castigo de los mortales que desafiaban a los dioses.