Hablemos de Historia otra vez - José Ignacio Mason - E-Book

Hablemos de Historia otra vez E-Book

José Ignacio Mason

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Indagar en el pasado es un ejercicio reflexivo, que nos somete a un sin fin de preguntas que detonan una exquisita curiosidad por saber quiénes somos. El ayer nos construye, y a su vez, nos permite desmitificar lo que por años, y muchas veces por siglos, hemos creído sobre ciertos acontecimientos. Hablemos de Historia otra vez, es el segundo título que forma parte de la colección Memoria y Patrimonio, que Ediciones Filacteria ha creado para difundir proyectos de investigación vinculados a las Ciencias sociales y a la divulgación de un relato histórico que visibilice y reconstruya los hechos que han caracterizado el pasado épocal de nuestro país. Es habitual, y tomando una idea sobre el tiempo de Borges, que olvidamos la mayor parte del pasado, porque lo que se recuerda es él mínimo, y lo que se olvida es casi todo. Esta idea calza perfectamente al arrojo consciente de entender que lo que somos hoy, en los años 20 del siglo XXI, se lo debemos a todos esos ayeres, que no necesariamente provienen de esa representación simbólica del héroe descrita por los vencedores. Ediciones Filacteria les presenta este notable ejercicio de memoria desde una didáctica socrática y que articula un ejercicio de tensión entre centro y margen; donde la no oficialidad del relato histórico cobra un protagonismo esencial en este siglo de preguntas y reconstrucciones. Rodrigo Peralta Director Ediciones Filacteria

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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©José Ignacio Mason ©Xaviera Salgado ©Karin Sánchez ©Nicolás Camino ©Jorge Olguín ©Carlos Sottorff HABLEMOS DE HISTORIA OTRA VEZ Desde la Colonia al siglo XX chileno Conversaciones sostenidas en Radio UC Primera Edición de 300 ejemplares: septiembre de 2020 Editor de colección: Rodrigo Peralta Diseño y diagramación: Ediciones Filacteria Diseño portada: Rodrigo Peralta Corrección de estilo: Francisco Marín Naritelli R.P.I: 2020-A-8692 ISBN: 978-956-9896-37-8 E-mail: [email protected] www.edicionesfilacteria.cl www.facebook.com/Ediciones Filacteria www.instagram.com/edicionesfilacteria/ Contacto del autor: [email protected] / Twitter: @HistoriaRadioUC

Ediciones Filacteria SpA /SANTIAGO/ Chil ©2020

Introducción

Historia y Medios de Comunicación: espacios de producción, difusión y enseñanza

En tiempos actuales, es innegable el poder e influencia que los medios de comunicación tienen en la sociedad. Basta recordar –anecdóticamente – cuando en 1938, Orson Welles junto a la compañía teatral Mercury, sembraron el pánico colectivo al representar en un programa de radio una dramatización basada en La guerra de los mundos de Herbert George Wells. Los miles de auditores que escuchaban la transmisión en ese momento, pensaron que se trataba de una emisión real de noticias sobre una supuesta invasión alienígena a Estados Unidos, dejando de manifiesto el poder de alcance masivo de los medios de comunicación.

La cultura de masas, introducida en Chile a partir de fines del siglo XIX se dio en el contexto de urbanización, crecimiento demográfico y prácticas de consumo asociadas a nuevas formas de entretención como lo fueron el cine, la radio, el teatro y otras expresiones culturales1 (Valdés, 2012). La incorporación de tecnologías modificó la manera en la que nos comunicamos, y por ende, nos relacionamos. Dicha transformación cultural, producto de la proliferación de los medios de comunicación de masas, ha abierto nuevos campos de análisis sobre este fenómeno, así como a los estudios de los procesos de comunicación y difusión de información.

Hoy en día, medios de comunicación como la prensa escrita y digital, el cine, la radio, la televisión, entre otros, forman parte indivisible de los fenómenos culturales y sociales. Nos vemos rodeados de ellos en todo momento, en todo lugar. Más que un simple proceso de difusión de contenidos, se han posicionado como parte esencial de los procesos de construcción e interpretación de la realidad.

Si consideramos su rápido crecimiento en las últimas décadas, también surge la duda en torno a cuestiones relacionadas con el poder y su nivel de influencia en nuestra sociedad contemporánea. En tal sentido, los medios de comunicación como industria, constituyen instrumentos activos de poder en términos políticos y económicos. Un claro ejemplo de ello, ha resultado ser la prensa escrita, la radio y la televisión, que han servido por décadas, como plataforma de las clases dirigentes para desplegar determinadas estrategias de dominación política y cultural, al punto de ser consideradas como uno de los poderes más grandes del siglo XX y XXI.

En nuestro país, el mercado de los medios se materializa en una industria altamente concentrada en manos de capitales privados, muchas veces, ligada a la clase empresarial-política chilena, y que por ende, monopoliza y direcciona intencionalmente los contenidos informativos que se entregan a las audiencias. Frente a esta situación, es que ha surgido la necesidad de apostar por medios de comunicación alternativos que permitan formular una contra respuesta a esta voz hegemónica, que a su vez sirvan como plataforma para difundir, educar y promover reflexiones críticas.

Desde la vereda de la disciplina histórica, los medios de comunicación se han posicionado como una interesante herramienta para el rescate, promoción y difusión de esta. Dicho aquello, nos gustaría referirnos a dos medios que han sido indiscutiblemente relevantes en la difusión de la historia. Nos referimos a la radio y la televisión.

La radio, pese a ser uno de los medios de comunicación más antiguos, ha sabido ocupar –y mantener– un lugar preponderante en la era de las nuevas tecnologías. Como fenómeno comunicativo, se hizo parte del acontecer nacional durante los inicios del siglo XX, cuando en 1922 se realizó la primera trasmisión radial en nuestro país, en las dependencias de la Casa Central de la Universidad de Chile, a cargo de Arturo Salazar y Enrique Sazié.

Desde sus comienzos, la radio estuvo presente en distintos ámbitos de la sociedad, acompañando procesos históricos que marcaron el desarrollo del país, pero también la vida privada de los chilenos. En este sentido, podríamos señalar que las continuidades y transformaciones experimentadas por la radiodifusión en Chile estuvieron estrechamente relacionadas por el contexto histórico nacional. La década del sesenta en nuestro país ilustra muy bien el fenómeno de la incorporación masiva de medios de comunicación en el territorio nacional. Por un lado, se vivió un auge en materia comunicativa, mientras que por otro, medios como la radio vivieron un declive relativo producto de la incorporación de nuevas tecnologías como la televisión. No obstante, la radiodifusión local logra afrontar este hecho con sorprendente éxito, pues, gracias a – entre otras cosas – su alcance masivo, inmediatez, cercanía y maleabilidad, supo renovarse y responder satisfactoriamente a las demandas de los auditores2.

La radiodifusión, debido a su amplio alcance y a su credibilidad, generó que los partidos políticos no dudaran en ocupar estos espacios para llegar a las masas. Para la década del 70, el proyecto de la Unidad Popular consideró la producción y difusión cultural como uno de los pilares fundamentales de la transformación social, buscando “crear una auténtica cultura de masas, destinada a reemplazar a la seudo cultura comercial que aún domina(ba) los medios masivos de comunicación”3. De esta manera, la radio contribuyó a difundir música folclórica tradicional chilena y ritmos latinoamericanos, con un marcado contenido social. Durante estos años, sonaron en las emisoras de amplitud modulada afines a la izquierda, artistas de La Nueva Canción Chilena como Víctor Jara, Isabel Parra, Patricio Manns, Quilapayún, Inti-Illimani y tantos otros.

Cabe destacar el rol que desempeñó la radio durante el día del golpe de Estado en nuestro país y en los posteriores años de dictadura cívico-militar, convirtiéndolo en espectador activo de dicho momento histórico. Durante aquel día, las estaciones radiales se encargaron de entregar informaciones en tiempo real, pudiéndose escuchar en vivo minuto a minuto, y que hoy en día ha pasado a formar parte importante del patrimonio político y cultural de nuestro país. Emisoras como Corporación, Portales, Nacional, Luis Emilio Recabarren, Candelaria y Magallanes, transmitieron en conjunto los mensajes del Presidente Allende y el levantamiento de las Fuerzas Armadas.

Debido a la importancia de la radio, una de las primeras acciones del golpe consistió en silenciar las frecuencias afines al gobierno, mientras que en algunos casos, fueron expropiadas y puestas al servicio de la dictadura; siendo vinculadas directamente con el gobierno militar, Fuerzas Armadas o Municipalidades, como fue el caso de Radio Corporación (posteriormente Radio Nacional de Chile). El objetivo de esta estricta censura a los medios de comunicación, fue impedir cualquier cuestionamiento y manifestación frente a la dictadura. A raíz de esto, muchas radioemisoras comenzaron a transmitir en la clandestinidad y/o en el extranjero, difundiendo información y llamando a la organización social y a la resistencia. Durante este período, destacan emisoras como por ejemplo Radio Iquique, Radio Moscú, Radio Chacabuco, entre otras, que buscaron mantener abiertos y vigentes los espacios para que la cultura continuara difundiéndose.

Otras tantas, se mantuvieron al aire sorteando ingeniosamente la censura impuesta por el régimen. Como bien relata el libro Historia de la vida privada en Chile4, entre las acciones en contra de la dictadura, destacó el llamado a paro, realizado por Jaime Celedón en el programa A esta hora se improvisa de Radio Chilena con el mensaje: “Recuerden que mañana tienen restricción las personas cuyos carnés de identidad finalizan en 0-1-2-3-4-5-6-7-8-9 y K”, o el recordado llamado de Sergio Campos, en radio Cooperativa, a apagar las luces de las casas durante una jornada de protesta, haciendo sonar reiteradamente la canción de José Luis Perales Apaga la luz.

Hoy en día, hay algunos programas radiales de corte cultural y educativo que tiene como objetivo acercar y difundir contenidos históricos. En este contexto se enmarca el programa que da origen a este libro. Hablemos de Historia, transmitido por Radio UC, la emisora de la Facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile, ha tenido como propósito informar y entretener a su audiencia, como asimismo divulgar programas culturales y educativos. El 2014, por iniciativa de José Ignacio Mason y José Tomás Labarca, fue emitido el primer capítulo de este programa radial, que hasta nuestros días se mantiene como una instancia de conversación y aprendizaje acerca de la historia de Chile y el mundo. Pensado como un programa radial de divulgación histórica, y no como un espacio realizado por especialistas para especialistas en esta materia, Hablemos deHistoria busca incentivar el interés por esta área del conocimiento, usando un lenguaje sencillo y fácil de comprender por la audiencia.

A través de conversaciones guiadas con historiadores nacionales, el programa busca abarcar la disciplina histórica desde un ángulo que escape de la concepción clásica de la historia como un cúmulo de “fechas, héroes y batallas”. Por los estudios de la emisora han pasado invitados tan diversos como los temas de sus investigaciones, como por ejemplo: Anarquismo en Chile, Prostitución en el siglo XIX y XX, Historia política de los mundiales de fútbol y Los “hijos” de Pinochet.

Afín a las nuevas tecnologías, la radio ha sabido adaptarse y ofrecer nuevas plataformas de transmisión. El uso cotidiano de aparatos electrónicos, el auge del internet y las redes sociales, han dejado relegados los días en que las familias se reunían por horas alrededor de la radio para entretenerse o informarse. La inmediatez de la comunicación y la capacidad de disponer de esta sin interrupciones, en todo momento y lugar, ha generado que el mercado radial haya diversificado sus formatos.

En esta misma línea, la introducción del formato podcast –una publicación digital periódica en formato audio, que es posible descargar de internet – ha renovado la manera de hacer radio, pues a diferencia de un programa radial emitido de manera tradicional, el podcast permite mantener los contenidos en el tiempo para ser escuchados independientemente de la temporalidad. Actualmente, las emisoras de radio disponen de sus propios podcasts, lo que permite acceder a los distintos programas que ofrecen aunque no sea en directo. La disponibilidad de herramientas tecnológicas y soportes de almacenamiento de información, ha favorecido la difusión y expansión de los podcasts no solamente para las emisoras convencionales, pues, actualmente, son muchos los usuarios que han creado y desarrollado espacios propios de difusión. El universo de los tópicos para tratar en un podcast es ilimitado. Hoy podemos encontrar fácilmente temáticas tan diversas como deportes, tecnología, religión, moda, salud, cine, música, y por supuesto, historia, entre tantas otras.

Obviamente, la radio no ha sido el único medio que ha tenido participación en la difusión de la historia, pues, desde un tiempo a esta parte, la televisión ha contribuido a la circulación de distintos saberes, usando un lenguaje sencillo y cercano a las audiencias. De esta manera, el lenguaje audiovisual de la pantalla chica cumple la función de motivar, ilustrar, ejemplificar y facilitar la comprensión de lo transmitido5, y para el caso de la divulgación de material histórico, la televisión se convierte en la gran fuente de conocimiento de la historia local y mundial para la mayoría de la población6.

Si bien es cierto que, a primera vista, la televisión no suele ser considerada como un vehículo idóneo para la educación, este medio puede (y debe) servir para educar7. Dicho de otra forma, es un medio desaprovechado y denostado por las élites, por algunos circuitos intelectuales e incluso dentro de los colegios y escuelas8. De hecho, un debate que siempre está presente versa en torno a qué espacio le dan los profesores a los medios de comunicación, más allá de internet, al momento de dictar sus clases. Muchos de ellos ignoran que, de facto, en múltiples ocasiones, tanto la radio como los canales de televisión emiten contenidos educativos sin habérselo propuesto; más aún, en no pocas oportunidades, los auditores y televidentes, sienten haber sido educados por programas desde los cuales jamás hubiesen esperado extraer aprendizajes9.

En cuanto a la divulgación de la historia de Chile a través de los medios de comunicación, un primer asunto que debe ser pensado dice relación con la construcción que un país hace de su propia memoria, entendida como el recuerdo personal o colectivo que grupos, sociedades o naciones tienen de su pasado y de los otros, y que resignifica el pasado constantemente dependiendo del contexto histórico y de los grupos humanos que recuerdan10. Una segunda cuestión que merece ser analizada se refiere a cómo los medios de comunicación, a través de distintos formatos, juega un protagonismo relevante en esa edificación de la memoria, donde además se evidencia una pugna entre la memoria colectiva versus la historia oficial11.

En torno a lo anterior, la estrecha correlación entre los medios de comunicación y las nuevas generaciones, quienes se encuentran inmersas desde sus primeros días en un entorno altamente mediatizado y tecnológico, ha llevado a plantearse nuevas interrogantes sobre los usos educativos de estas plataformas. La nueva sociedad de la información ha puesto en jaque algunas de las estrategias más tradicionales de enseñanza dentro de las aulas. Si consideramos que los medios de comunicación, en conjunto con las nuevas tecnologías, conforman un sistema educativo informal12 estaríamos frente a lo que Georges Friedmann denominó como escuela paralela y que sugiere alterar la idea de que los estudiantes aprenden exclusivamente en las escuelas.

De aquí, entonces, surge la necesidad de planificar una educación que responda a las inquietudes de los niños y jóvenes, – en una sociedad cada vez más mediática – , y que logre integrar los procesos de enseñanza con las herramientas didácticas que brindan los medios de comunicación. Para el caso particular de la enseñanza de la historia, se presenta un obstáculo recurrente relacionado con la capacidad de traer al presente hechos que tuvieron lugar en el pasado.

En el contexto del avance de las tecnologías de la comunicación y el creciente uso de nuevos formatos de difusión, esta propuesta didáctica, implica a su vez, la necesidad de replantearnos algunas de las limitaciones propias de la disciplina. Concretamente, nos referimos a la autoimposición de que la historia debe ser transmitida, casi de manera exclusiva, a través de un texto escrito13. Texto que, por cierto, está inmerso dentro de los cánones de la producción academicista; escrito por historiadores para otros historiadores, en un lenguaje técnico muchas veces incomprensible para el común de la población, y cuya finalidad no contempla la difusión del saber histórico fuera del espacio científico.

No obstante, cada vez son más los docentes que buscan innovar en las aulas a través de propuestas didácticas que incorporen el uso de medios de comunicación en los procesos de aprendizaje. Por una parte, se pretende que los estudiantes puedan desarrollar y complementar los contenidos recibidos en los establecimientos educacionales, pero al mismo tiempo, que dichas herramientas promuevan el desarrollo de una visión crítica y reflexiva sobre los medios de comunicación, transitando de un estado de consumidores pasivos a consumidores activos.

En razón a lo anterior, Hablemos de Historia otra vez, busca ser un aporte a los debates sobre la historiografía pasada y reciente del país y el continente, al mismo tiempo que pretende ser una herramienta útil para la difusión y entendimiento de la historia, tanto dentro como fuera del aula. A modo de sugerencia, y debido a la variedad de temas y periodos históricos en los que se centra, el presente texto puede ser utilizado como material complementario en los diferentes niveles educacionales, según los contenidos establecidos por el Ministerio de Educación.

Las entrevistas que se presentan a continuación fueron realizadas en los estudios de Radio UC por José Ignacio Mason (Magister en Comunicación y Educación), José Tomás Labarca (Doctor © en Sociología) y Sergio Durán (Doctor © en Historia). Las transcripciones corrieron por cuenta de José Ignacio Mason. Por último, las veinte conversaciones se encuentran agrupadas en cinco capítulos temáticos, cuyas introducciones y revisiones estuvieron a cargo de: Xaviera Salgado, Karin Sánchez, Nicolás Camino, Jorge Olguín y Carlos Sottorff. Por último, la introducción del libro y la revisión final de esta publicación fue realizada por Xaviera Salgado y José Ignacio Mason. Para concluir, solo nos resta invitar a nuestros lectores a sumergirse en la historia de nuestro país y del continente, y disfrutar de temas tan variados como la hechicería amorosa en América Latina, los inicios del cine en Chile, la amistad entre Salvador Allende y Francisco Franco, o la historia de los profesores en nuestro país, entre otros tantos. Esperamos lo disfruten.

Los editores

1 Valdés, S. (2012). El fenómeno de la radio en la década de 1960: características, desarrollo y representaciones. Tesis para optar al grado de Licenciada en Historia, Universidad Alberto Hurtado, Santiago. <<

2 Valdés, S. (2012). El fenómeno de la radio en la década de 1960: características, desarrollo y representaciones. Tesis para optar al grado de Licenciada en Historia, Universidad Alberto Hurtado, Santiago. <<

3 Bowen, M. (2008). El proyecto sociocultural de la izquierda chilena durante la Unidad Popular. Crítica, verdad e inmunología política. Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En línea], Debates, http://journals.openedition.org/nuevomundo/13732  <<

4 Sagredo, Rafael y Gazmuri, Cristián (2005). Historia de la vida privada en Chile. El Chile contemporáneo. De 1925 a nuestros días. Taurus-Aguilar chilena ediciones. Santiago. <<

5 Ferrés, Joan (2000). Educar en una cultura del espectáculo. Paidós. Barcelona. <<

6 Rosenstone, R. (1998). La historia en imágenes / la historia en palabras: reflexiones sobre la posibilidad real de llevar la historia a la pantalla. Texto aparecido en el “Forum” de The American Historical Review, vol. 93, núm. 5, diciembre 1988, pp. 1173-1185. <<

7 Pérez Tornero y José Manuel (1994). El desafío educativo de la televisión: para comprender y usar el medio. Paidós. Barcelona. <<

8 Pérez Tornero y José Manuel (1994). El desafío educativo de la televisión.<<

9 Morduchowicz, Roxana. (2001). El sentido de una educación en medios. Revista Iberoamericana de Educación. Número 26. <<

10 Peñaloza, Carla (2011). Memorias de la vida y la muerte. De la represión a la justicia en Chile, 1973 – 2010. Tesis para optar al grado de Doctor en Historia. Universitat de Barcelona. <<

11 Ferro, Marc (1993). Cómo se cuenta la historia a los niños en el mundo entero. Fondo de Cultura Económica. Argentina, Grez Toso, Sergio (2008). Grandes Chilenos de nuestra historia. Rápidas reflexiones acerca de un programa de televisión; la historia y la memoria. Espacio Regional. Revista de Estudios Sociales, ISSN-e 0718-1604, Vol. 5, Nº 2, págs. 119-122, y De Groot, Jerome. (2016). Consuming history: Historians and heritage in contemporary popular culture. Taylor & Francis Ltd. Londres. <<

12 Aparici Marino, Roberto (2005). Medios de comunicación y educación.Revista de Educación, núm. 338, pp. 85-99 <<

13 Mason, José Ignacio; Labarca José; Peñaloza, Estephanie; y Durán, Sergio (Eds.) (2016). Hablemos de historia: 20 entrevistas del programa de Radio UC – 2014, Editorial Quimantú, Santiago de Chile. <<

Papelucho ¿por qué estudiamos la Colonia?

En el libro Papelucho Historiador, el querido personaje recorría diferentes periodos de nuestra historia, desde antes de la llegada de Colón hasta el Chile republicano. Sin embargo, al llegar a la Colonia, el protagonista no evitaba mostrar su tedio. “Yo encuentro que el tiempo de la colonia es el más aburrido”, decía el muchacho.

¿Y es que cuántas veces nos enseñaron este periodo así? ¿Quién acaso no tuvo, en su etapa escolar, una visión de que esos más de doscientos años – siguiendo la cronología tradicional – fueron una etapa estática, sin movimientos? Fiesta de la élite, encumbrar volantines, y una que otra leyenda propia de Chile (como por ejemplo el Cristo de Mayo y La Quintrala) parecen ser los principales productos de la Colonia, tradiciones que poco a poco fueron apropiadas por periodos posteriores de nuestra historia.

Sin embargo, sabemos que no es así. Diversas voces dentro de la historiografía chilena han comenzado a cambiar dichos paradigmas para mostrarnos un periodo mucho más complejo. Nuevas voces dentro de la historiografía han permitido la entrada de distintas metodologías y miradas interdisciplinarias de este periodo. Y es que no podía ser que tanto tiempo fuese, al mismo tiempo, tan poco.

Este es uno de los puntos más complejos de la Historia. Tal como decía Braudel, esta se mueve a distintos tiempos14. Hay tiempos cortos, de eventos, como lo es un disparo a un Archiduque en Sarajevo. Otros, tales como un proceso de cambios en la estructura política y la creación de una nueva nación, se mueven en un tiempo más extenso. Y luego, está la Colonia: ese tiempo largo que parece que cristaliza la historia de Chile, y sirve a veces para llevarnos desde un mundo precolombino y de encuentros, a uno nuevo en que – al menos en lo exterior – parecen concretarse procesos. Tal como menciona Carolina González en su entrevista “(…) lo colonial es más bien una relación de poder, es el tipo de relación que establece la dominación española con los habitantes que había en el territorio (…)”. Pareciera no estar tan equivocado entonces Papelucho, cuando nos explica que “España mandaba a Chile grandes buques con familias enteras de españoles para que vivieran aquí, criaran hijos y después de unos años todos fueran españoles de la colonia de Chile”.

¿Qué es entonces la Colonia dentro de este sin fin de tiempos en los que baila la Historia?

Quizás la crítica de Papelucho no apunta directamente a la Colonia como un tiempo estático, si no a quienes estudiamos en este periodo. Hasta hace algunos años, parecía ser que el estudio de la Colonia se limitaba a elementos normativos y/o a los temas que competían a las élites de nuestro país. No en vano, pareciera ser el primer momento que se historizó, especialmente desde una mirada historiográfica más conservadora y tradicional, donde siguiendo los viejos paradigmas, la documentación oficial y los grandes nombres se robaban la atención de los estudiosos. No en vano, el periodo fue analizado en mayor profundidad –en un principio– por aquellos que estudiaban los orígenes de nuestro sistema legal. Nombres como los de Aníbal Bascuñán o Alamiro de Ávila Martel merecen especial mención, pues ellos comenzaron una revalorización de lo propio, especialmente mirando lo que se ha llamado el Derecho Indiano.

Afortunadamente, esas nuevas visiones han comenzado a verse complementadas con perspectivas más críticas. Ya no es solo un estudio de las élites.

La Colonia es, posiblemente, uno de los momentos más importantes para Chile –y América– pues será en este momento cuando las relaciones de poder queden cristalizadas, y sienten las bases para cómo se comportará nuestra sociedad. Va a ser durante estos años cuando se constituirán los grandes latifundios, las grandes riquezas asociadas a familias, y las influencias políticas, religiosas y militares que definirán los siglos siguientes, e incluso hasta nuestros días. Cómo dice Papelucho “A esas familias el Rey de España les daba tierras y fundos, para tenerlos contentos, minas y todo lo que descubrieran. Ellos construían sus casas, trabajaban sus tierras, explotaban sus minas y se hacían ricos”.

Entonces, querido Papelucho, ¿por qué nos enseñaron así la Colonia?

Es posible que una explicación se mantenga por las limitaciones de los actores. Muchas veces, pareciera que la historia de la Colonia se había limitado a un análisis de cómo las élites se desempeñaban y pasaban sus días, más allá de cómo detrás de cada fiesta o pequeña historia, se comenzaban a sentar las bases de la estructura de poder que será dominante en Chile hasta nuestros días. Y es que en ellos hay una intencionalidad importante, mucho más activa de lo que muchas veces se ha presentado. Basta con ver las motivaciones que existían detrás de los hechizos: lo económico para los hombres; el amor, en su sentido más amplio y con todos sus significantes de esa época, para las mujeres. No era una sociedad que deseara el poder en lo público (y esta es una curiosa inversión): lo querían también en privado. No solo buscan el poder por el poder, como una inercia dentro de un sistema en el cual se obligan a buscarlo. Ellas y ellos viven por él, se desvelan, recorren callejones y se arriesgan a llevar la marca de Caín con tal de poder acceder a este.

¿Qué podemos aprender entonces de este periodo, que sea aplicable a otros momentos?

Probablemente, una de las lecciones más importantes, es dejar de pensar que existen tiempos más calmados, más inmóviles. El final de la Guerra Fría, pareció ser también el término de la era de los conflictos. El politólogo norteamericano Francis Fukuyama incluso se atrevía a decir que era “el fin de la historia”15. Y, sin embargo, la entrada del siglo XXI nos dio una gran bofetada de realidad, que quedó grabada en nuestras retinas cuando ese martes 11 de septiembre del año 2001 cayeron las Torres Gemelas. Vimos entonces que todo aquel proceso de fin de las dinámicas no era más que una ilusión. Quizás fue lo mismo que los españoles y criollos pensaron durante tantos años.

Hoy en día, la Colonia parece ser un mero antecedente; algo así como un capítulo “de paso” en los libros de historia, en los que Papelucho nuevamente se quedaría dormido. Afortunadamente, una nueva camada de historiadoras e historiadores han comenzado a devolverle la vida a la Colonia. Ya no son simplemente fiestas de la élite, ni tampoco un sistema religioso de fe ciega: hay un sistema complejo de percepciones y creencias que llevan a reinterpretar cómo vivían, pensaban y amaban los hombres y mujeres de este periodo.

La sección que hemos intentado introducir presenta estas visiones: los sujetos coloniales vuelven a cobrar vida dentro de un contexto que definió tantas estructuras. Ya no son simplemente procesos de dominación camuflados bajo una fachada de calma. Son momentos vivos, donde diferentes hombres y mujeres guiaron sus intereses y motivaciones: es una época de intenciones.

Nicolás Camino

14 Braudel, Fernand (1958). Histoire et Sciences sociales: La longue durée. Annales, 13, 725-753. <<

15 Fukuyama, Francis (1992). El fin de la historia y el último hombre. Buenos Aires: Planeta. <<

La Justicia en tiempos colonialesENTREVISTA A MARÍA EUGENIA ALBORNOZ

La historiadora Albornoz nació en Valparaíso a inicio de los años 70. Es DEA en Historia y Civilizaciones (EHESS de París), Magíster en Estudios de Género y Cultura por la Universidad de Chile, Licenciada en Historia y Profesora de Historia y Geografía por la Universidad Católica. Integra el Equipo Editorial de la Revista Historia y Justicia, es investigadora en el Grupo de Estudios Historia y Justicia y socia de Acto Editores. Actualmente se desempeña como docente en la Universidad Alberto Hurtado, en Santiago.

Algunos de sus temas de investigación están relacionados con la historia social y cultural de Chile colonial y republicano (1650 – 1880); historia de los sentimientos, emociones y sensibilidades; historia de los conflictos y de las violencias; historia de los imaginarios y de las representaciones; historia de las identidades y de las subjetividades; historia de la cultura y de las prácticas jurídicas y judiciales.

Para ella, lo mejor de ser historiadora es tener una mirada donde todo se cuestiona, se imagina, se des construye. Esta investigadora estima que su labor le permite ampliar los horizontes y relajarse con los absolutos, porque la diversidad de maneras de existir a lo largo de miles de años demuestra que todo es relativo.

Algunos de los temas tratados a continuación son: los principales rasgos del período colonial, el protagonismo de las mujeres en esa época, quiénes dictan justicia en esos años, las labores del Teniente de Corregidor, y los tipos de delitos que se sometían al veredicto de los jueces.

¿Dónde estudiaste historia y qué tal la experiencia?

El pregrado fue en la Universidad Católica y fue una experiencia interesante. Antes de postular estudié todos los planes de estudios de las universidades y, por lo tanto, fue una decisión pensada. En ese momento, hablo de 1990, estaban como profesores Ricardo Krebs, Sergio Villalobos, Armando de Ramón y otros. También conversé con los profesores del preuniversitario, ellos me dijeron ‘aquí hay una escuela que funciona’. Veníamos saliendo de la dictadura y había una imagen de la Universidad Católica como un lugar que se la había jugado por no estar demasiado adscrita a una historia oficialista. No necesariamente a una historia contestataria, porque eso no fue ni es la Universidad Católica.

La experiencia fue buena en la formación profesional, uno sale sabiendo escribir, sabiendo plantearse problemas. La licenciatura la terminé el año 1995 y al año siguiente terminé la pedagogía. Y la pedagogía de esa época eran catorce ramos de pedagogía, catorce ramos de geografía, un semestre entero de práctica y además hice una tesis, por lo tanto, uno salía bien preparada.

¿Qué temas te llamaban la atención en esos años?

Claramente, historia colonial e historia medieval. Lamentablemente, el profesor que le tocó a mi generación no era bueno, por lo tanto yo me nutrí por mi cuenta en los cursos que daba Luis Eugenio Silva. Ahí tomé tres cursos y profundicé en las cruzadas, en los señores medievales, etc. Me interesaba historia de Chile en todos sus niveles, a pesar de que las enseñanzas que recibíamos no nos satisfacían y éramos bien críticos; mi generación en particular fue bien crítica. Luego, cuando hice seminarios de profundización, me metí con la historia de las mentalidades y la historia de la vida privada. También tuve clases con Julio Pinto e hicimos talleres paralelos, literalmente extra-programáticos, voluntarios, sin nota, con Claudio Rolle. Este último nos formó a varios. Pienso en particular en los profesores actuales de la Universidad Alberto Hurtado: Marcos Fernández, María Teresa Rojas y otras personas. Con ellos nos juntábamos los viernes en la tarde y reflexionábamos en torno a la historia de Chile, literatura histórica e historia oral. Entonces, yo lo pasé bien.

¿Qué ocurrió en el doctorado?

Antes de hacer el doctorado pasé por la Universidad de Chile para hacer el Magíster en Género y Cultura en la Facultad de Filosofía y Humanidades. Y ahí tomé como elemento de trabajo los pleitos por injurias en Chile. Como era un magíster en género, el enfoque fue historia de las mujeres dentro de la historia de la justicia. Eso fue entre agosto del 2002 y septiembre del 2003. Y cuando entré en ese corpus de fuentes decidí que tenía que investigar de manera más profunda para hacer la tesis de doctorado, por lo tanto, la tesis de doctorado son pleitos judiciales, son documentos que analizo en profundidad. La orientación que le di fue analizar un tipo de fuente en profundidad, y son más de ochocientos pleitos.

¿Qué busca transmitir una investigación como la tuya?

Primero, considera que la justicia como lugar, como espacio, como institución y como valor no se conoce en Chile. No existen estudios sobre la justicia en Chile, no existe en los planes de estudio en colegios ni en universidades una apropiación de parte de la sociedad chilena acerca de lo que es justicia.

A mí lo que me interesa es analizar las prácticas y las culturas en el pasado. Existe el discurso de que se empieza la república y todo lo que hay detrás se olvida, se sepulta y queda obsoleto. Todo lo contrario. Hay tiempos lentos que van por los imaginarios, los valores, por las conductas heredadas, por los saberes populares y también los saberes profesionales que se van reproduciendo. Entonces, creo que hay que investigar en lo que está registrado en los expedientes más allá de lo que dice la ley o cómo se constituyeron las instituciones interesadas en asegurar un espacio de justicia para los habitantes. En ese sentido, los que trabajamos este tema, nos damos el tiempo para leer todos los expedientes. Esto porque hacer historia como lo hacemos nosotros es hacer historia interdisciplinaria, es decir, uno dialoga con la lingüística, la literatura, la antropología, sociología, filosofía, etc. ¿Por qué? Porque presta atención al lenguaje que está en los documentos, no se trata solo de memorizar datos y nombres.

A mí me interesan las prácticas, me interesa cómo se plantea lo que se quiere solucionar, qué se decide que es un problema para llevar a la justicia, a quién le pido ayuda, etc. Creo que todas las personas tienen la capacidad para decidir que es grato o ingrato, bueno o malo, justo o injusto, y en todas las épocas, incluso en las que conocemos menos o que nos han sido presentadas como menos interesantes, incluso ahí todo el mundo sabe lo que le está pasando y hace algo para modificar lo que le pasa, lo que le duele, lo que le molesta, lo que le presiona. Yo no me amparo en las ideologías, tampoco creo que “el pueblo” sea ignorante o que mientras haya alguien culto que lo oriente siempre estará a la espera de que le digan qué hacer. Todos los individuos de una sociedad, a mi juicio, saben qué es justo y qué es injusto.

Dentro de ese contexto, ¿cómo es la negociación entre estas percepciones individuales y la institucionalidad para establecer prácticas jurídicas?

Primero hago una observación: la oposición institución / abajo es algo teórico que no compartimos dentro del grupo donde reflexionamos estos temas. Por lo tanto, plantear que una gran cantidad de población, desde abajo, se dirige o es solicitada por instituciones que la pilotean, la tutelan, la administran o la cuidan desde arriba, nos parece divorciado de lo que sucede en realidad.

Todo esto lleva un apoyo teórico importante, es decir, la participación o la negociación no nace con los tiempos modernos de la vida urbana en la década 1870 sino que se ha dado siempre. Y las posibilidades de los márgenes para influenciar y construir junto con los personeros institucionales son amplias. En el caso de la injuria y en el caso de sistema judicial hispanoamericano – donde se inscribe Chile – la palabra es muy importante. Dentro de los temas que me interesan, más que la justicia, es la historia de la palabra, eso lo encuentro fascinante. La palabra oral obviamente, porque no estamos hablando de la imprenta ni de la palabra erudita, académica o universitaria. Por eso me refiero a que hay sensibilidad, una percepción, una visión del mundo que se expresa a través del habla.

En los tiempos coloniales existe una jerarquía social marcada. A nosotros nos formaron creyendo que había estamentos y que no se podía salir del lugar donde naciste. Eso es mentira. Es visible en los documentos que por cierto existe un orden moral y de valores, pero en la práctica tú puedes, a partir del habla, decir tu pensamiento. Por lo tanto, un esclavo, un criado, un peón de hacienda, un minero, tiene el habla, y con el habla opinan, preguntan, gritan, se quejan. Y ahí es donde empieza a temblar la institución. El habla implica queja, querella y pleito. Es a través del habla acusatoria que señala o dice “él se está portando mal, no está cumpliendo, usted no está haciendo lo que corresponde”, estás haciendo que el sistema de justicia esté alerta. ¿Por qué? Hay que acordarse de que la Real Audiencia viene de audio y los jueces principales se llaman oidores. Tienen que estar atentos a lo que él habla. Entonces, vemos que hay estructuras que se tienen que respetar pues no todo el mundo puede ser juez.

¿Qué entiendes tú por “período colonial” y qué lo caracterizaba?

Con las cronologías que recibimos no me siento cómoda, pero creo que sirve para ubicarnos. La Colonia la defino, a muy grandes rasgos, como un tiempo en que hay una instalación hispano católica en este territorio. Y esa instalación viene prefabricada; no se empieza a pensar acá, sino que se traen modelos, códigos y mandatos hispanos. Y es católica y esto es algo que muchas veces se olvida decir, pero cuando uno trabaja con estos documentos tiene que recordar que es así. Esto implica todo un ordenamiento moral, social, institucional, incluso afectivo–sentimental, y, para mí, eso comienza a existir desde el momento en que llega, usando las palabras de la época, una hueste de varones, unos hidalgos, otros no, a instalar vida en nombre del rey. Por lo tanto, para mí la Colonia empieza con Pedro de Valdivia y sus hombres. Es la vida bajo el formato hispano–católico. ¿Hasta dónde llega? Si es la definición que me sirve, llega hasta el momento en que se decide dejar de lado el sistema hispano–católico.

Y en ese caso, ¿cuáles son los marcadores del sistema hispano–católico? A mi juicio, los códigos civil y penal. Ahí es cuando Chile decide darse un ordenamiento valórico en torno a la justicia distinto a lo que hasta el momento le ha servido. Hasta que el código civil no se promulgó el año 1854 y se empieza a usar el 1855, todavía se seguía apelando, por ejemplo, a Las Siete Partidas y a los Fueros y a las Leyes de Estilo, y con el código penal pasa lo mismo. Por eso, lo colonial clásico que aprendimos no me resulta, y por eso prefiero cambiar las cronologías.

¿Cómo era Chile antes de la República?

Chile se autodenominaba reino y eso venía de la época de Carlos V. Además existía una nomenclatura militar de Capitanía General como otras que había en Hispanoamérica. Chile comparte con Guatemala y otros lugares el ser Capitanía General, que es una demarcación política–militar, y el ser denominado reino, no virreinato. Esa es una formación geopolítica donde hay un jefe militar que es el capitán general, un gobernador – presidente del país o del espacio, y un consejo que es la Real Audiencia que gobierna junto al gobernador. Este gobernador y presidente de Chile es también presidente de la Real Audiencia. También hay otras instituciones como la secretaría de la Capitanía General que es todo el equipo que apoya a la Capitanía General.

Territorialmente, Chile se divide en corregimientos hasta la segunda mitad del siglo XVIII donde, con las reformas borbónicas, aparecen las dos intendencias y sus delegaciones. Entonces, está espacialmente dividido en grandes zonas, pero agrupado en Santiago, La Serena y Concepción, así como hay mucha población desperdigada en los valles. Hasta que en la década de 1740, empieza la segunda oleada de fundación de ciudades. Ahí aparecen principalmente las del valle central como San Felipe, San Fernando, y otras como Copiapó. Es una población eminentemente rural, mestiza, hay población afro, hispana, indígena y todas las mezclas entre ellos, mayoritariamente masculina en los campos y principalmente femenina en las ciudades y en las villas o aldeas. Había contingente militar asentado en la frontera más allá del río Bío Bío, hay algunos puertos funcionando como Valparaíso y Coquimbo.

¿Cuál es el rol de las mujeres en la etapa colonial y cómo las sitúas en el marco de tu investigación acerca de la justicia?

Primero, las mujeres tienen varios roles. Segundo, en el período colonial no tienen ninguno políticamente importante, en el sentido de que no hay mujeres gobernantes, no hay mujeres políticas, no hay mujeres que toman decisiones titularmente. Pero existen mujeres en todos los ámbitos de la vida. Para empezar los que han sido más estudiados, mirados como comunidades femeninas, son los conventos. Hay una enorme cantidad de conventos en Chile, incluso se piensa que proporcionalmente, en el mundo hispano-católico, es uno de los lugares donde más ha habido. Pero están las mujeres de las élites, las casadas, o madres, o hijas de gente encumbradas en la élite que tienen acceso a un patrimonio que controlan, pues ellas toman decisiones, lo que se demuestra cada vez con más fuerza. Hay cartas o documentos donde se nota esto. Por ejemplo, una carta donde un varón dice “esto perteneció a mi madre y ella me dijo que hiciera tal o cual cosa”. Aquí se notan decisiones, influencias y consejos de mujeres en el ámbito del manejo patrimonial. Luego, por supuesto, todas las nodrizas, nanas, amas de casa, lavanderas, cocineras, cuidadoras de niños, son mujeres. Siempre. Aunque también hay mujeres implicadas en distintos tipos de negocios como venta de alimentos, de ropa, lavado de lugares y en la artesanía de primera necesidad.

¿Quiénes dictaban justicia en esos años, qué los caracterizaba y por qué solamente eran hombres?

Hay dos formas de plantearlo. Hay justicia que se hace en nombre del rey, por lo tanto es una justicia que tiene un carácter bastante sagrado en el sentido de que se asume como bien ponderada, justa, equilibrada y que está en función de un futuro.

En ese caso, en Chile hay dos instancias que dictan justicia: primero, la Real Audiencia, como este tribunal colegiado constituido por oidores, que han estudiado en universidades de España, México o la Universidad de San Marcos de Lima. Esta gente hace carrera profesional. Hay que considerar el espacio hispano americano como el lugar de desplazamiento para estos estudiantes que salen egresados de licenciatura en derecho y doctorados en teología y en derecho. Esa es una justicia colegiada, es decir se reúnen los oidores y deliberan sobre cada caso. Ellos escuchan, se informan, emiten una sentencia. Esa representación del rey también la tiene el presidente de Chile, gobernador de Chile y capitán general, que cumple el rol de justicia personal, y a él se acude como uno ve en las películas donde un sujeto pobre, miserable, viene a clamar la piedad del rey. Esa representación individual la cumple el presidente o gobernador de Chile. En teoría, según lo que se plantea para la península ibérica en los siglos XIII, XIV y XV y de la cual nosotros somos herederos, los corregidores en los 16 corregimientos que tiene Chile hasta 1786 también son imagen y representación del rey. Todo eso en teoría, pues en la práctica en Chile, como en todos los otros espacios panamericanos, habiendo esta intervención del océano Atlántico, de las reales audiencias, de los virreyes, el corregidor empieza a disminuir en importancia. En lo concreto, esto significa que dentro de su corregimiento, el corregidor es la autoridad máxima, aunque no cumpla el rol de ser imagen y representación del rey. Y hasta ahí llegamos con las justicias que son homologadas al poder del rey.

En segundo lugar, también están otras justicias, que se llaman justicias delegadas, y ahí intervienen una pléyade de hombres. Cuando hay vida urbana organizada, el cabildo tiene la facultad de ejercer o aplicar justicia a través de sus dos primeros alcaldes, el alcalde de primer voto, que se denomina así porque representa a los vecinos, propiedad solar en el lugar; y está el alcalde de segundo voto, que se llama así pues representa a los moradores o estantes en la villa, es decir a los que están de paso, o a los que viven ahí sin ser propietarios, porque su casa principal está en otro lugar. Estos dos tipos de alcalde tienen derecho a poseer un foro o lugar para acoger a los que litigan, esa es la primera justicia del cabildo que se denomina justicia capitular. Esos hombres ejercen justicia delegada, es decir, se asume que la monarquía delega su facultad de ejercer justicia en los representantes del gobierno local. También están los corregidores, pero en un gran distrito. Hay que pensar que un corregimiento era lo que hoy es la región de Rancagua, la región de San Fernando y la región de Chillán. Todo esto era un solo corregimiento, era enorme. A su vez, los corregidores se hacen ayudar por los jueces o tenientes de corregidor y son varios pues depende de la dimensión del corregimiento. Son individuos que ejercen justicia delegada, que se desplazan, que tienen pequeñas porciones de tierra a cargo, y es lo que se denomina justicia jurisdiccional pues dentro de su jurisdicción, ellos ejercen justicia. Esta justicia delegada a ese nivel, en ningún caso es una justicia absoluta, más bien está para escuchar pleitos, diferencias en temas limítrofes entre pedazos de tierras, en temas de usos de agua y al derecho a la acequia que puede definir el cultivo, la cosecha y otras situaciones, en temas de problemas domésticos donde se pelearon miembros de una familia o vecinos. Entonces, hay distintos niveles.

Cuando cambia el tema, con los Borbones en 1786, se constituyen veinte subdelegaciones en dos intendencias, se hace acompañar a este tipo de justicia por personas conocedoras del derecho, específicamente se nombra a los asesores letrados a cargo de aconsejar como secretarios a los dos intendentes. Antes de eso había un solo Chile y 16 corregimientos, ahora hay dos intendencias y cada intendencia tiene distinto número de subdelegaciones. A cargo de cada intendencia hay un intendente que se hace aconsejar por ese asesor letrado, una especie de secretario especialista en derecho, que tiene estudios demostrados y debe ser lúcido de mente. De ahí hacia abajo se ordena: el intendente tiene a los subdelegados que también operan con asesores letrados en derecho, es decir, con conocimiento profesional del derecho. Lo que hasta ese momento se exigía era que aplicaran justicia en arbitrio, eso significa usar la conciencia, los valores y el saber común ponderando qué será mejor. Aquí no se fundamentaban por escrito los argumentos para tomar una decisión y dictar sentencia. Y eso es algo que choca cuando uno retrocede en el tiempo y, desde la forma actual de hacer justicia, se da cuenta que no hay argumentación de la sentencia. Solamente hay sermones, retos o se dice que se ha condenado, por ejemplo, a un asesino, a tal pena, pero, no hay un fundamento como lo conocemos hoy en función a tal o cuál ley, de acuerdo a tal código, etc; algo así no se usa.

Entonces, esta intromisión de los asesores letrados, que es una exigencia del ordenamiento Borbón, que viene de Francia y donde hay todo un sustento teórico e institucional detrás, pretende organizar de mejor manera, sobre todo visible pues se deja ahora por escrito, la fundamentación en derecho de las sentencias y de la jurisprudencia, que no obedezcan solamente al criterio personal de estos sujetos que ejercen de juez. Pero eso lo escribe el asesor letrado, las sentencias siguen sin ser fundamentadas, en Chile eso empieza a ocurrir solo en 1837.

¿Existe algún registro acerca de los delitos más comunes de esa época y el perfil de esos delincuentes?

Uno hace historia con los documentos que existen y los documentos que existen están conservados en el Archivo Nacional. Se llama Nacional porque fue conformado bajo la República con el criterio de que sirva a toda la nación. Con ese criterio se seleccionó qué documentos heredados del período colonial se iban a conservar y de qué manera. En Chile, el criterio que primó fue: la Real Audiencia tiene una cantidad de papeles y esos documentos se llamará “Real Audiencia”, la institución Capital General con sus escribientes, secretarios, su asistente, etc., tiene tal cantidad de papeles y su fondo se llamará “Capitanía General”. En otros lugares, se dieron más tiempo, miraron ese tipo de documento y comprendieron que tanto la Real Audiencia como el capitán general ejercían justicia, más tarde sacaron los expedientes judiciales de un lado y del otro y constituyeron el fondo “pleitos judiciales del siglo XVIII”, como sucedió en el archivo de Lima. Pero en Chile no tenemos eso. En Chile tenemos una masa de documentos, hablamos de catorce mil documentos para cada uno de los fondos, empastados en muchos volúmenes, sin un criterio ni cronológico ni temático. Entonces, responder una pregunta como la que ustedes hacen es un trabajo de años y no de una sola persona sino que de equipos. Menos mal que existen catálogos e índices, no necesariamente completos, pero que por lo menos te permiten bucear.

Lo que podemos decir, por contraste, respecto a estudios históricos hechos sobre la justicia en los siglos XVII, XVIII y XIX en otros países, es que en Chile, como en gran parte de Hispanoamérica, no eran mayoritarios los asesinatos o los delitos de sangre. Lo que más abundaba eran los pleitos como los que yo estudio, de cosas llamadas “menores”, de cosas no espectaculares, ni traumáticas sino que de problemas cotidianos.

En Chile tampoco se hizo una separación, que sí existe en otros países, de por ejemplo Real Audiencia pero subdividida en criminal y civil. Resulta que hasta por lo menos 1840, en los casos que yo trabajo, que son los pleitos por injuria, los litigantes se querellan civil y criminalmente contra alguien, no lo separan. Por lo tanto, no tiene ningún sentido diferenciar aquello que es criminal de lo que es civil, porque están reunidos. Pero, si me hacen la pregunta desde hoy, yo puedo decir que la mayoría son pleitos que hoy en día llamamos civiles: conflictos entre personas, divisiones de herencia, identificación del origen de bienes, temas de legitimidad o ilegitimidad de hijos, separaciones por maltrato entre marido y esposa o entre un amo y su esclavo, entre otros asuntos.

En cuanto a delincuentes: hay construcciones, según la época, acerca de individuos que merecen ser descartados. Es un tema que ha trabajado Alejandra Araya en su libro Ociosos,vagabundos y mal entretenidos en Chile colonial. Está también la justicia eclesiástica para abarcar temas que son pecados y delito a la vez, y ahí, según las necesidades del obispo de la época, se puede perseguir con más acento a los adúlteros, a los bígamos, a los que están amancebados, sin casarse. Todo eso, a una como historiadora le permite darse cuenta que en la década de 1670 por ejemplo, uno podría creer que todos eran bígamos, pero sucede que hubo un énfasis en perseguir a aquellos que se están portando mal. Pero, yo no podría decir que en Chile abundaron los bígamos o eran abundantes los vagos o los ociosos, porque cuando uno comienza a comparar con otros lugares las preocupaciones eran las mismas.

¿Cuál es la argumentación, lenguaje o conceptos usados por los litigantes en los pleitos por injurias?

Los argumentos van cambiando. En el tiempo medieval, que es anterior al nuestro, está muy marcado por lo que se ve en las Siete Partidas y son tomados tanto por los litigantes no expertos en derecho como por los defensores de los litigantes en la Real Audiencia. El primer lenguaje es el daño del cuerpo. En la época medieval lo que prima es lo que puedes ver, es decir tienes que ver la sangre, tienes que ver el tajo, tienes que ver la ropa rota o el moretón que te dejó el golpe de alguien. No basta con que – en un papel muy bien escrito – tú declares que te pasó algo si no hay alguien que vea lo que tú dices que te ocurrió. Ver para creer y para, más tarde, ponderar. Porque alguien puede decir “me hicieron una herida tremenda” y la miras y en realidad es un centímetro, pero, la persona te puede decir que sí es tremenda, pues es en su mano derecha con la que él trabaja y con la herida le cortaron el tendón y no puede laborar.

Por lo tanto, es una época donde los lenguajes tienen que ser súper gráficos y convincentes, y tienen que vincularse con la herida, con el dolor, con el sufrimiento y con la pérdida. Y, además, deben demostrar, a través de las palabras, que lo que a ellos les pasó fue muy relevante y, a razón de eso, merece molestar al juez o al representante que administra lo justo. Al mismo tiempo, engendra consecuencia, tiene efectos. No es solamente un herida que si se cicatriza mañana ya no dolerá. No. Es: lo que duele hoy le va a afectar a mi hijo pues tendrá un papá manco y al tener un papá manco se reirán de él en la calle y no lo van a contratar pues dirán que es así pues se trató de robar algo y le pegaron.

Lo que inventen los otros acerca de lo que te pasó o de lo que me pasó es muy importante. Estamos en una época en que se duda constantemente de la pureza de sangre. Eso está instalado por el orden católico, de los reyes católicos en función de distinguirse de los nuevos católicos. La gente sabe que basta que se diga del otro “parece que tu padre es judío converso” para que eso se expanda con el rumor, con el chisme con el “dicen que”, para que el que está afectado con esa idea se tenga que esforzar y se preocupe de esta pesadilla, tratando de demostrar su inocencia. ¿Y cómo lo demuestra? Ahí empieza una guerra de palabras y si tienes dinero puedes acceder también a registros escritos como documentos de bautismo, estructuras de familias que desean demostrar que son limpios de sangre entre cuyos integrantes no hay infames, aquellos que hayan sido acusados de verdugos, de haber cometido un fraude económico, etc. Por lo tanto, en aquel tiempo, el lenguaje tiene que ver con todo eso.

¿Hay diferencias en las formas como se argumenta según el lugar en que se vive y la clase social a la que se pertenece?

Por ejemplo, las mujeres alegan por cosas distintas que los hombres; los mulatos por cosas distintas que los indígenas, los militares españoles no dicen lo mismo que señala un panadero o un ayudante de sastre. Ellos saben que el que los escucha los va a situar en un orden. Entonces, si por ejemplo, hay un general del ejército que se ve afectado porque tiene a un capitán que le tira mala leche, el primero usa palabras elaboradas, frases magníficas, cita al obispo y al conde, demuestra un recurso verbal elevado. Por el contrario, cuando en Santiago tenemos a una vendedora de pan, a mediados del siglo XVII, que se pelea con una vecina que le da vuelta el canasto y por lo tanto no puede seguir vendiendo, sus argumentos son diferentes al del caso anterior. Ahora ¿qué comparten entre los dos? En el caso de la monarquía y en el caso de período colonial comparten que los dos súbditos del rey, necesitan consuelo, ser escuchados y ayudados por lo que les está pasando. Los dos designan a un culpable: en el caso de la señora que vende pan, culpa a la señora con que se topa en la calle, y en el caso del coronel que está siendo vapuleado por el capitán. Entonces, se comparte que son súbditos del rey que necesitan consuelo y no, necesariamente, que se cumpla la ley. En este período, en estos pleitos, se habla de ti, de tu cuerpo, de tu entorno, de tu familia.

Hubo una figura llamada teniente de corregidor. ¿Qué función cumplía?

El teniente de corregidor podía ser cualquier persona, de partida varón. Y aquí respondo algo que quedó pendiente: el ordenamiento castellano definió que las mujeres no estaban facultadas para dictar justicia porque corporalmente son incompletas y sumamente frágiles. Es decir, están gobernadas por los humores, por los ritmos biológicos y eso, según entendimiento del siglo XIII, XIV y XV, les impedía acceder a un nivel de sabiduría, de equilibrio y de tranquilidad suficiente para dictar una sentencia. Repito que esto es el ordenamiento castellano, porque en otro reino de la península como era Aragón las mujeres sí podían participar en la justicia. Por cierto que debían cumplir requisitos: se prefería mujeres de cierta edad, que hubiesen pasado por experiencias marcadoras, o sea si pasaron toda su vida encerrada en la casa sin ver a nadie no eran interesantes, pero, si le había tocado pasar por la viudez, por penurias económicas y otras, acumulaba un capital de experiencia y la mujer podía ser considerada útil para dictar sentencias en pleitos. En ese tiempo se les llamaba arbitradoras. En el caso castellano y en Hispanoamérica era solamente varones.

Y para ejercer como teniente de corregidor, esta justicia delegada que ejercen ayudantes del corregidor, el requisito principal era ser alguien de confianza del corregidor. No hay un perfil. No se pide que tenga tal nivel de estudios o que haya hecho ciertas cosas previas. En teoría, se plantea que sepan leer y escribir, pero muchas veces no se da el caso. Lo que importa es que se relacione con el corregidor y que sea capaz de responder a los requisitos de este. En segundo lugar, el requisito para que funcione es que dentro de la comunidad o en la zona dentro del corregimiento donde él va a ejercer su jurisdicción tiene que ser respetado, es decir que le hicieran caso. Por eso, a través de los pleitos por injuria vemos a vecinos que les tiran agua caliente, que le echan los perros, le quitan ropa y les dicen literalmente ‘a ti no te conozco por juez, pero a ti sí te reconozco como mi juez’. Y eso tiene que ver con el poder de la palabra.

¿Para concluir, qué libros del período colonial recomendarías leer?

En Chile no se ha publicado mucho sobre el tema que yo investigo, falta una síntesis sobre como se hacía justicia en el tiempo colonial, pero, sí puedo recomendar el sitio del grupo Historia y justicia que nosotros desarrollamos hace cinco años. El sitio es www.grupo.historiayjusticia.org. También está la Revista Historia y Justicia de la que soy editora. Aquí hay artículos, reseñas, traducciones, transcripción de documentos, acá buscamos y abordamos temas que en Chile no se han tocado.

Donde sí estos temas se han estudiado y mucho, es en Argentina. Ahí recomiendo los trabajos de Darío Berriera, Eugenia Molina y otros que hacen historia de la justicia pero también historia del derecho.

Compra y venta de esclavos, 1740 – 1823ENTREVISTA A CAROLINA GONZÁLEZ

Carolina González es Licenciada en Historia de la Universidad Católica de Chile, Magíster en Estudios de Género y Cultura por la Universidad de Chile y Doctora en Historia por El Colegio de México. Sus publicaciones están relacionadas con la historia de la Justicia y de la esclavitud africana en América colonial e inicios de la república. Desde 2019 es Directora del Centro de Estudios de Género y Cultura en América Latina (CEGECAL) de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

En agosto del año 2014 publicó el libro Esclavos y esclavas demandando justicia. Chile 1740 – 1823. Documentación judicial por carta de libertad y papel de venta. En la parte introductoria de aquel libro se puede leer: “la esclavitud africana o “negra” en la Capitanía General de Chile, la vida de esclavos, esclavas y sus descendientes en situación de servidumbre perpetua y libertad, son temas de reciente interés en la historiografía chilena. Durante la última década una diversidad de encuentros académicos, tesis de pre y posgrado, artículos y libros lo evidencian”.

Esa investigación, realizada por esta académica de la Universidad de Chile, fue el sustento para elaborar un total de quince preguntas que, a su vez, fueron el punto de inicio para conversar sobre el desarrollo de la esclavitud en Chile durante más de ocho décadas. Nosotros, de alguna manera, quisimos igualmente sumarnos a esa tendencia o interés indagando sobre temas tales como qué fue el período colonial, desde cuándo hubo esclavitud en Chile, qué instituciones dictaban justicia en temas ligados a la esclavitud, qué era el “papel de venta” o qué otras investigaciones se han llevado adelante en relación a esta materia.

¿Desde cuándo está presente tu interés por la historia? ¿Por ejemplo, fuiste buena para estudiar historia durante tu época escolar?

Me gustaba la historia, la literatura, el área de las humanidades y tuve un pequeño coqueteo con las matemáticas, que no terminó muy bien. Más tarde, seguí con las humanidades y entré a estudiar la licenciatura en historia en la Universidad Católica. Después de eso, hice un Magíster en Género y Cultura mención Humanidades en la Universidad de Chile y, por último un Doctorado en Historia en el Colegio de México.

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