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Es el octavo onomástico de la única niña del albergue Alegría y como cada año desean que se rompa la mala racha que cubre ese día, una serie de acontecimientos extraños que parecen llegar a su fin o eso creen hasta que aparece un misterioso hombre que les pide el desalojo inmediato de su propiedad. ¿Qué destino tendrá el albergue y sus huérfanos? ¿Quién es en realidad aquel extraño propietario? ¿Por qué un haz de inquietud se cierne sobre el albergue y, principalmente, su director? Por los niños alguien susurra.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© María Luisa Andrade
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-17818-66-1
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Dedicado a mi primer sobrino.
Mi pequeño amor, Antonio Ortega.
1
El frío recorría los angostos pasillos de la flemática casa de los señores Complejo, las ventanas colosales lucían con orgullo aquel siniestro color de hielo, en tanto sus marcos de madera resentían con total discreción la humedad que en ellos pasaba hacia una sala un tanto grande para su pequeña chimenea, para su pequeña alfombra circular, donde descansaba el único sillón, justo al frente de un pequeño banco en el que se hallaba sentado el doctor Beltrán.
—Siento —dudó unos segundos al escuchar los ecos de su propia voz— siento no poder hacer nada más por usted —indicó apesadumbrado—. Lo único que puedo decirle, cuídese… así sea por este corto tiempo —bajó la mirada.
El ambiente frío era débilmente iluminado por el fuego languidecido en la chimenea, donde unos trozos de madera luchaban por consumirse antes de que el fuego cesara, pero la habitación era demasiado grande para colmarla con su luz, por lo que en los rincones no muy lejanos todavía se presenciaba las sombras cada vez más palpables al caer la noche, en tanto el calor se consumía en nubecillas volátiles del aire expedido de los dos presentes.
—¿Cuándo dice que viajará? —preguntó el doctor luego de un ininterrumpido silencio.
—Antes —respondió cortando la frase para oír el vibrar de las ventanas, el sonido seco llenó la atmosfera y resonó en los muros, por un vago momento al señor Complejo le pareció ver el miedo en los ojos del doctor, pues la vibración se prolongaba como en potencia, al extremo de dar la clara impresión de que en cualquier momento los vidrios fueran a estallar.
—Siéntese —pidió al verlo de pie.
El doctor no había caído en cuenta de aquella respuesta instintiva de su cuerpo, se puso de pie sin mediar por un segundo su siguiente acto, asombrado de sí mismo se sentó al sentir que el viento cesaba y que el vibrar de los vidrios había cesado, por unos segundos se sintió algo incómodo ante los ojos de su cliente, un hombre de contextura delgada que parecía hundirse en el sillón, cuya actitud era tan pasiva que pudiera desfallecer en ese instante.
—Lo siento —se disculpó.
—No tiene —dijo el señor Complejo que hundido en su mueble miraba el rostro avergonzado del doctor—, viajaré antes de que culmine el invierno… ¿no era eso lo que quería saber? —sonrió al ver la sorpresa que le causaron sus palabras.
—Sí —confirmó— pero, déjeme decirle que eso de viajar solo me preocupa —cesó en el momento en el que por unos segundos tuvo la clara impresión de que algo se movía en las sombras— no, no creo que debiera viajar solo y más aún en su condición —volviendo su mirada.
—Estoy consciente de ello.
—Yo creo que no —espetó— yo creo, creo que la idea de su muerte ha distorsionado su juicio… viajar solo, cuando en cualquier momento puede desfallecer en cualquier lugar, incluso durante el viaje —aclaró— dígame, ¿por qué este deseo de querer viajar y porque hasta allá?
—Es la casa de mi abuelo —sonrió— el lugar donde todo comenzó —hizo una pausa para observar las llamas que ardían en la chimenea y cuya luz llegaba precariamente hacia él—, tengo que ir.
—¿Cuál es la razón? —preguntó.
—Quiero morir ahí —respondió. Y antes de que el doctor llegara a decir algo se vio callado por el retumbar del primer rayo que bañó de una luz enceguecedora la habitación, seguido de otros dos no muy distantes que los sumieron en la oscuridad, al extinguirse la llama de la chimenea ahora humeante.
Aún era invierno, no podía imaginar una estación más acorde al pueblo de su infancia que el frío invierno, había pasado casi ocho años de su vida en aquel lugar, pero sus recuerdos siempre lo vestían entre nieve y escarcha, como si las demás estaciones fueran solo una brisa efímera que solo acontecía en sueños que al despertar ya no recordaba, estaban ausentes de su memoria que no evocaba el calor de la primavera.
Había nacido un invierno en aquel pueblo que solía dibujar en su mente, era un pueblo pequeño que se perdía en medio del bosque, un bosque de pinos y abetos que crecían silvestres sobre colinas que se abrían a una planicie, una planicie amplia donde se alojaba el pueblo, al margen de una cadena de montañas que lo limitaba y que solían alzarse a una altitud temerosa cuando la blanca nieve rompía sus límites con el cielo.
Su mirada se aclaraba en el camino que lo llevaba a la casa de su infancia, acobijado en el asiento trasero del coche, observaba una fila de árboles que estiraban sus ramas hacia él, por un momento sintió el deseo de enderezarse y estirar su mano fuera de la ventana para poder tocarlos, pero su deseo solo lo limitaba a acercar las manos de su mirada, en tanto el chófer observaba con cierto asombro aquel bosque blanco que se abría como un túnel hacia la planicie. El pueblo de pinos y abetos había crecido desde su partida solo un quince por ciento y, aunque habían pasado casi veintiséis años, aún se mantenía tal como lo recordaba; de casas angostas y calles anchas, de techos inclinados y ventanas largas, de pórticos abiertos y veredas comidas por la hierba escarchada, de vecinos taciturnos y niños risueños, de colores tibios y chimeneas humeantes, de…
—Disculpe señor —interrumpió el chófer—, ¿podría guiarme a la mansión?
—Espera —respondió mientras se enderezaba en el asiento— le debo una visita al alcalde.
—Sí, señor.
En la alcaldía del pueblo el aire frío viajaba apaciblemente en todos los espacios que se hallaban abiertos, ni una ventana impedía el paso de sus brazos que se alargaban en los pasillos angostos y anchos, y se encontraban de cuando en cuando atajadas por cerrados muros que se abrían a numerosas puertas abiertas, en los cuales había tanta actividad que podría decirse sería casi imposible que pasara una persona desapercibida; pero pasó.
La figura delgada de un joven hombre que no destacaba físicamente con nadie en la estancia, pasaba sin ser siquiera vista hasta por los ojos más perceptibles del pasillo, sus pasos livianos se perdían en el bullicioso lamentar de las hojas que se acomodaban en los archiveros, su respiración acompasada pasaba ligera como la brisa, la fricción de su traje se disfrazaba en el sonido mudo de un cerrar y abrir de puertas hasta la meta trazada, la oficina del alcalde Blas.
—Lamento, es una pena —se corrigió, no sabía exactamente qué palabras le podían servir de consuelo, qué podría decir ante la figura de una niña que espera atemorizada el incierto futuro de la orfandad, cómo calmar la marea de dudas y el alcance de unos acontecimientos todavía por revelar, su padre yacería muerto y él, como su feje, le corresponde dar algunas palabras ante la sepultura.
El alcalde Blas está perdido en sus pensamientos, no percibe que se encuentra acompañado por una figura que lo observa desde el punto vivo de la oficina. En tanto, la secretaria, una mujer atrincherada por documentos que va ordenando de manera mecánica, va tomando sorbos de café tan inconsciente que a vista de cualquiera pudiera temer se le volteara la taza, algo que, hasta la fecha y que tengo de conocimiento, no ha pasado.
—Lamento, no —se decía— Joanna —llamó antes de ahogar un grito al voltear— usted.
—Dígame, señor alcalde —contestó ahogando un grito— ¿cómo, cómo ingreso usted aquí?
—Me disculpo si ingresé sin avisar. —A pesar de que su voz era grave se sentía suave—. Es una mala costumbre.
—Al alcalde —dijo dudosa— yo, yo no lo vi entrar, es imposible. —Y era en verdad imposible, Joanna Verde había sido hasta aquella fecha una mujer muy perceptiva, que aunque se le viera ataviada de tareas, siempre estaba atenta a todo cuanto ocurría a su alrededor, se podía decir que casi nada se le escapaba, bueno, casi nada… hasta ahora— imposible —sentenció.
—Posible —respondió el alcalde— señorita Verde, ¿podría traernos un poco de café? —Ante la mirada incrédula de la mujer que no dejaba de repasar mentalmente todas las actividades que había estado realizando en el día como para dejar pasar a tan extraño hombre— señorita Verde.
—Como usted mande —terminó por decir ante su insistencia— enseguida.
Poco a poco la tensión ocasionada por la sorpresiva visita se iba disipando, cuando los pasos de tacón de la secretaría se detuvieran en el pequeño estar de su oficina abierta y el alcalde Blas recobrara la calma y las pulsaciones de su pecho, al tintinear de las tazas sobre la bandeja, la cafetera humeante y un platito con galletas que rompió aquel silencio incómodo.
—Déjelo sobre la mesa —se anticipó el alcalde al ver que se disponía a servir, a lo que solo asintió con la cabeza y se retiró, no sin antes voltear y echar una última mirada— discúlpeme, yo… había olvidado que iba a visitarme hoy —trató de sonreír— es un gusto conocerlo, señor Complejo —tendiéndole la mano.
—Me disculpará usted —respondió para su sorpresa— pero yo no soy el señor Complejo, soy su abogado —y sacando una tarjeta del bolsillo superior de su saco dijo— el abogado Nelson Fe Olarte, para servirle. —Extendiéndole una tarjeta negra con letras doradas.
—Ah, pero…
—No se preocupe, la verdad es que me anticipé, pero estoy seguro de que el señor Complejo ya debe encontrarse en camino —agregó al ver que recibía la tarjeta y la revisaba con cautela antes de volver su mirada hacia él.
Era sorprendente verlo; un hombre de contextura delgada le hablaba suavemente, aunque su voz era claramente grave, la tonalidad de su piel era casi transparente y sus párpados tenían la extraña impresión de alzar unos ojos profundos como fosas, parecía un hombre realmente delicado, pero irradiaba una tensión casi asesina.
—Entiendo —terminó por decir el alcalde Blas.
Era el octavo onomástico de la única niña del albergue Alegría, por lo que tal acontecimiento no podía pasar desapercibido por sus compañeros que madrugaron para salir a comprar el regalo más bonito y el que estuviera dentro de sus posibilidades económicas, en tanto la cumpleañera no se molestaba en levantarse temprano, era su día y tenía como todos la licencia de poder levantarse tarde, si ese era su deseo.
La tranquilidad se respiraba en el albergue que hacía cinco años atrás había sido la mansión abandonada de la familia Complejo. La propiedad estaba constituida por dos plantas y un sótano, un patio delantero donde se apreciaba una hermosa pileta de color negro —donde se representaba a un querubín sosteniendo una copa por donde fluía el agua— en oposición del color blanco del portón que se abrazaba a los arbustos que se alzaban cual gruesos muros verdes que bordeaban todo el perímetro del terreno, el patio trasero era una clase de campo fino donde crecía césped y dientes de león silvestres.
Pero, a pesar de contar con una propiedad tan amplia, sus huéspedes no gozaban de todo su espacio porque se encontraban cerrados, el más amplio era el segundo nivel, que se encontraba bloqueado por muros de cedro grueso que tapaban el contorno del balcón interior de la mansión y se cerraba en una pesada puerta —del mismo material a solo medio metro del término de la escalera caracol que parecía nacer del piso como una gruesa columna vertebral— que era resguardada por un grueso candado que no lograron abrir a pesar de todos los esfuerzos.
Esta misma odisea de poder tener acceso al segundo nivel se vio reflejada en varias habitaciones del primero que se encontraban cerradas con llave, atrancadas con una fuerza que ni el más robusto cerrajero pudo con ellas, ni siquiera pudieron romper las ventanas que se hallaban cegadas por cortinas blancas o hacer alguna perforación en sus muros porque eran demasiado pétreos, por lo que el albergue se constituía de los espacios a los cuales tenían acceso.
Dejando la complicada tarea de asignar un nuevo uso a las piezas que tenían disponibles; una de ellas fue la de habilitar la oficina a recámara, el comedor por su extenso tamaño en una recámara comunal que dividieron de la sala con una cortina pesada, la sala de té se convirtió en el cuarto de aprendizaje y juegos, la cocina ya contaba con un pequeño comedor que les cayó a bien, lo mismo con el baño de visita que incluía una regadera muy aparte del baño del cuarto de servicio, que fue tomado por el director, de la sala solo se removieron algunos muebles que fueron depositados junto con otros al sótano, este último era un espacio bastante amplio, pero muy oscuro, solo contaba con una pequeña bombilla que a pesar de ser cambiada periódicamente siempre se quemaba.
Si hasta este punto se preguntan si la mansión solo tenía una escalera de acceso al segundo nivel, es claro que no, la mansión contaba con cuatro escaleras aparte de la principal, todas selladas a excepción de la escalera que llevaba al sótano, pero este era un espacio demasiado oscuro y, aunque amplio y con numerosas habitaciones, no contaba con red eléctrica, solo la entrada exhibía una bombilla, además de que en su interior siempre parecía filtrarse el aire por una abertura muy estrecha que daba la sensación de un silbido lánguido y frío que recorría la estancia haciéndola bastante temible.
El director se sobresaltó de solo recordarlo, hasta que el olor dulce del bizcocho comenzara a expandirse por toda la cocina, despertándolo. «El pastel», se dijo y tomando sus guantes abrió con cuidado el horno para contemplar el maravilloso color que había tomado, no había necesidad de cerciorarse si estaba listo, solo el olor y el color ya lo pronosticaba, así que manos a la obra lo sacó del horno y esperando un par de minutos lo comenzó a desmoldar con mucho cuidado. «Se ve exquisito», se dijo complacido.
Al terminar de desmoldar el bizcocho comenzó a pensar en los ingredientes para hacer la crema, cuando escuchó la campanilla, algo que lo tomó por sorpresa, pues aún era temprano para que los niños regresarán de hacer las compras, por lo que dejando su actividad en la cocina salió dubitativo, «quizás se olvidaron de llevar el dinero», pensaba antes de abrir la puerta.
—Chicos, ¿qué ocurrió?
Parada bajo el pórtico se hallaba una joven de cabellos enredados cuyo rostro afilado se había quedado perplejo ante el recibimiento.
—Discúlpeme, señorita Blas —dijo avergonzado.
—No se disculpe —sonrió— por lo que veo esperaba a los niños.
—Ah… no, es decir, sí… pero todavía es temprano, no es que no… —Pero al notar que se perdía en sus palabras— usted me entiende, ¿no? —terminó por decir.
—Por supuesto —respondió— pero ¿podría dejarme pasar? pesa un poco. —Bajando la mirada ante una apetitosa tarta que llevaba en su regazo— es para Mariel, tarta de mango, su favorita.
—Se ve exquisita —señaló dándole paso— la tarta —se corrigió—, a Mariel le va encantar.
La señorita Blas que, como ya lo habrán notado, es pariente del alcalde, para ser más exactos es su hija.
—Creo haberle dicho que no me hable con formalidad —decía mientras depositaba la tarta de mango sobre la mesa de la cocina y observaba el aromático bizcocho— dígame solo Anna o me obligará a llamarlo director Bueno, ¿qué piensas de ello? —preguntó.
—Lo sé —respondió avergonzado— pero todavía no me acostumbro.
—Anael, ¿es acaso que no somos amigos? —sonrió—. Voy a saludar a Mariel, quiero ser la primera en darle los buenos días —prosiguió al notarlo nervioso.
—Somos amigos —respondió algo acalorado antes de que la señorita Blas llegara a retirarse de la cocina— Anna. —Pronunciando estas últimas palabras con clara dificultad y para placer de los ojos brillantes de la joven, que giró sobre sus pies por unos segundos para dedicarle una sonrisa antes de volver sus pasos hasta la oficina o la alcoba de Mariel.
La alcoba de la pequeña Mariel no era sino la que había sido por años la oficina, que aunque remodelada seguía manteniendo ese aire serio y un tanto lúgubre de su antigua actividad, manteniendo algunos muebles como el librero, el escritorio y el sillón —donde jugaba y realizaba sus tareas— agregando solo una cama de plaza y, al pie de esta, un pesado baúl, sin contar un par de muñecas que sorteaba entre los libros como pequeñas hadas que juguetean en una antigua y reducida biblioteca.
Cuando hubo ingresado a la alcoba, encontró a la cumpleañera todavía en la cama, envuelta en las sábanas blancas como una oruga de seda que parecía no moverse, ya que sus movimientos eran muy descansados, podría decirse estaba aún dormida, pero antes de acercarse y despertarla con todo el esmero que podría prodigar una madre a su hija —pues la pequeña despertaba en la joven Blas esa sensación—.
Se asomó hacia la ventana para abrir las cortinas y bañarse con la tenue luz de la mañana, luego con esfuerzo aflojo el cerrojo de la ventana y la abrió haciendo paso a la frescura que solo puede crear la nieve y los vagos rayos del sol, sintiéndose segura de sí misma, capaz de enfrentar cualquier inconveniente que pudiera pasar ese día, sí, ese día.
Desde la llegada del director Bueno y los siete niños del albergue Alegría, cada onomástico de su única niña era memorable en un tono un poco sarcástico, no porque no fuera un día alegre o especial, ya que lo era, pero desde que tenía conocimiento siempre una serie de acontecimientos extraños o lamentables tendían a ocurrir en esos días, especialmente en ese día, tanto que había conseguido talar un cierto rechazo por parte de la niña, acto por el cual ella, conjunto al director, habían intentado cambiar, siendo lo más optimistas posibles, aunque también les desconcertaban ciertos hechos.
Uno de ellos habría sido el extraño robo de los regalos de la pequeña, lo habían asumido así porque de un momento a otro habían desaparecido y nadie había visto nada y, a pesar de que se hizo toda la investigación debida, nunca se halló al culpable. Otro, había sido la humareda en la cocina, se estaba cociendo el pastel de la festejada hasta que se trabo la puerta, nadie podía entrar y la exasperación se multiplicó cuando empezó a salir humo seguido de un pequeño estallido, temieron lo peor, fueron los bomberos y solo hallaron en el horno el pastel quemado, mejor dicho carbonizado y la cocina irrespirable, aunque nada se quemó, nadie podía entrar en la cocina hasta que se apaciguara el olor a carbón asado.
Seguido a ello, un día antes de su esperado onomástico, se había preparado una excursión al bosque que tuvo que ser cancelada de manera inmediata porque sin previo aviso una fuerte nevada había asolado al pequeño pueblo casi enterrándolo, por lo que ese día la mayoría de los pobladores se lo pasaron lampeando las calles después de haber invernado toda la mañana y parte de la tarde. Lo que más había espantado a los niños sin duda había sido la caída que tuvo la cumpleañera un día que salieron a comer fuera, estaba tan feliz que salió corriendo y resbaló con el hielo quedando inconsciente dos días.
Pero uno de los más extraños, aparte de la desaparición de los regalos, había sido el día en que todos pasaron desapercibido su cumpleaños, hasta la misma festejada lo había olvidado, a pesar de que habían alistado todo con anticipación, nadie había notado que el día en especial había transcurrido sin pena y sin gloria, solo al día siguiente notaron lo ocurrido, intentando realizar sí o sí la fiesta el día posterior, pero con el extraño sabor de haber pasado un día especial como un día de amnesia, ese fue el término que decidieron darle al extraño hecho.
Pero, ahora, qué podía pasar ese día, era la incógnita que se dibujaba en la mente de Anna, que mirando como el pequeño gusano de seda empezaba a girarse y a mostrar su cándido rostro infantil que delineaba una sonrisa tímida y a la vez temerosa, quizás temiendo por el evento que podría ocurrir ese día, era muy posible que sus pensamientos temieran lo mismo, pero decidió responderle con una sonrisa amigable para no abrigar más aquellos temores.
Los nervios delataban al alcalde Blas que no dejaba de caminar de un lado al otro de su oficina mientras observaba a cada minuto su reloj pulsera, miraba los minutos transcurridos para luego comenzar un extraño conteo mental hacia una hora incierta, dudaba a veces de su operación, por lo que volvía a mirar la hora tratando de sacar la cuenta de manera correcta, aunque no tenía la mínima idea de ello, solo lo hacía para calmar su ansiedad, esperando el momento, era el cumpleaños de la única niña del albergue y eso le molestaba, tenía que ser justo ese día, de todos, bueno, ya no podía hacer nada, solo esperar el momento y salir a desarrollar el mejor papel que había hecho en toda su vida, «por los niños», se dijo.
«Por los niños», se repetía a sí mismo el sargento Rosso, sentado en el marco de la ventana observando al pequeño pueblo; entre sombras lánguidas que aparecían y se perdían, de ventanas iluminadas en las cuales de vez en cuando atravesaba una sombra fortuita, de farolas que iluminaban la vereda desigual en la cual, si se ponía mucha atención, se podía oír algún paso corto o casi apresurado. La rutina de todos los días, las actividades que se repetían, pero esa noche no era igual, ya no podría mirar a la gente con los mismos ojos, estrechar sus manos con la misma intención y asentir la mirada con el mismo sentimiento, podría disimular entonces, lo temía, pero no podía arruinarlo.
—No, no puedo arruinarlo, por los niños.
El coche se estacionó frente a la mansión seguido de unos escasos minutos en los cuales el abogado Olarte buscaba la manera de dirigir alguna palabra al señor Complejo, que se había quedado ensimismado, mirando al frente como si se negara a mirar de manera directa hacia su antiguo hogar, parpadeaba tratando de mantener el cuello rígido y una sonrisa forzada, estaba ensayando antes de bajar, estaba seguro de sus siguientes actos y no temía por las consecuencias, era el miedo de entrar, el miedo de hallarse, de hallar el motivo y de arrepentirse de su vuelta. Tragó saliva antes de abrir la puerta.
Era una noche tranquila, esa clase de noche en la cual no crees que puede ocurrir nada extraño por su monotonía, el cielo estaba despejado y repleto de estrellas, recordaba el cerco de ligustrina que rodeaba toda la mansión y las rejas de hierro blanco que abría hacia el jardín frontal, la pileta negra que su abuelo tanto odiaba y en la cual jugaba… en los veranos, intentaba con cierto esfuerzo recordar los veranos, pero su memoria se reprimía al invierno, el coche no ingresó para no llamar la atención de los inquilinos así que su trayecto hacia el pórtico fue a pie, repleto de recuerdos, repleto de muerte.
Cada paso abría la puerta hacia un recuerdo momentáneo, de solo unos segundos, un lapso de tiempo se cortaba como la distancia que lo separaba del pórtico, un paso que abría a recuerdos que estaban siendo vividos, en ese momento tan crucial escuchaba de manera más cercana el cántico de celebración, el happy birthday, por lo que se detuvo un segundo antes de dar el siguiente paso, alzó la vista y evitando mirar hacia la ventana se paró frente a la puerta.
—Aquí estoy —susurró— ya estoy en casa, ya llegué.
El pastel de crema blanca salió de la cocina en brazos del director Bueno, sobre él iban las fresas y los kiwis cortados en láminas que iban una detrás de la otra formando una ronda superpuesta, bordeados por lazos delgados de crema que habían sido espolvoreados por minúsculas virutas de chocolate blanco que se perdían ante los trozos un tanto más grandes de chocolate negro, en él se alzaba una vela dorada en forma de ocho que iluminaba la sala donde la cumpleañera esperaba rodeada de los otros niños del albergue y la señorita Blas.
Era el día esperado, el día en que la mala suerte era por fin vencida, ese día no había ya nada que pudiera arruinar el momento, ya nada podía pasar porque el momento del cántico estaba sucediendo, el maravilloso pastel se estaba acercando, la vela estaba esperando el momento justo de ser soplada, la cumpleañera estaba preparada para romper la mala racha con su deseo, ese deseo que había reservado para un momento como ese, momento en que llamaron a la puerta y todo se hizo silencio.
Todos se miraron sin comprender quién podría ser en ese instante, cada uno se miró como si mentalmente buscarán algún invitado que pudiera haber llegado tarde, pero nadie tenía una idea.
—Mi padre —avisó la señorita Blas sin seguridad, este no era el primer cumpleaños de la única niña del albergue Alegría y el alcalde solo había asistido una vez, desde esa ocasión solo se dedicaba a enviar su presente dos o tres días fuera de fecha. Entonces, ¿quién podría ser?
Solo el sonido de varios golpes secos contra la puerta mantenían el silencio, golpes como el que anuncia un juez para pedir calma en la sala, golpes que anuncia el inicio de una sesión al que todos deben estar atentos, golpes secos que solo pueden aplacar el cántico de un cumpleaños y, que proseguirá si nadie que esté presente no se acerca de una vez a atender a la puerta. Alguien debe atender a la puerta. ¿Quién va a atender a la puerta? ¿Quién?
—Yo voy —respondió el director poniendo el pastel en los brazos de la señorita Blas.
—Quién podrá ser —se preguntó uno de los niños y, al notar que nadie respondía, solo se resignó a mirar con atención en dirección a la puerta, punto de encuentro entre el director y aquella extraña visita.
—Tengo hambre —expresó el más pequeño de los niños.
El director tomó aire antes de abrir la puerta, estaba extrañado porque la visita no tocara la campanilla, esta solo se limitó a tocar la puerta con los nudillos, ¿sería acaso que no vio la campanilla colgando en el dintel o se la habrían robado? ¿Quién podría ser?
Solo la silueta delgada de un hombre se aclaraba dentro de la mansión, su terno color grisáceo quedaba opacado por un peculiar poncho de tonos marrones que llevaba encima, parecía un extraño mendigo que pedía asilo en esa fría noche, pero su postura augusta declaraba todo lo contrario, tenía la mirada serena pero los labios severos, una nariz pequeña para unos pómulos casi rosados, podría haberse creído que estaba resfriado, pero su voz serena y clara lo negaba.
—Buenas noches —saludó en el momento en que se hizo paso dentro de la mansión para sorpresa de todos los presentes— me disculpo si acabo de interrumpir su celebración. —Al observarlos unidos alrededor de la señorita Blas que sostenía el pastel— pero —girando su mirada hacia el director y volviéndola hacia el punto de celebración— he venido para instalarme. —Volviendo a observar todo el interior— por lo que les pido encarecidamente que desalojen mi propiedad, si fuera posible hoy mismo —sonrió en el instante en que la llama de la vela se extinguió.
»Feliz cumpleaños —se dirigió a los niños— ¿quién de ustedes es el festejado? —preguntó en el momento en el que Mariel se desmayó.
2
Por alguna razón los niños del albergue Alegría desconocían los motivos de su orfandad, se podría decir que desde que tenían uso de razón solo conocían esa realidad, lo que les llevaba a formular la idea de que todos —los siete huérfanos que conformaban el albergue—, habían sido abandonados a su suerte en un porque sí. Sin alguien a quién poder llamar mamá, sin alguien a quién poder llamar papá y sin alguien a quién poder considerar familia más allá de sus propios compañeros que padecían el mismo pasado y posiblemente el mismo futuro; pequeños brotes de diente de león llevados demasiado lejos de su rumbo por el cruel viento llamado infortunio.
La habitación de Mariel le pareció pequeña, aunque vislumbraba detalles de su propietaria, se le antojó más a la vieja oficina de quien en vida fue el señor Complejo, no aquel hombre extraño que había llegado a desalojarlos, sino al viejo señor Complejo, el anciano que vivió en completa soledad hasta los últimos días de su vida, si bien tenía a su disposición una suerte de empleados que velaban por él, estos no podrían suplantar a su familia y menos aun cuando se encontraba en medio de aquellos delirios a los cuales lo sometía su enfermedad, demencia senil, había oído decir de la boca de varias personas que aún lo recordaban con cierta pena.
Un hombre solo en aquella mansión era cruel, así pensaba mientras razonaba la sola idea de tener que vivir ahí sin compañía en medio de un silencio fuera de palabras, porque la presencia de los sirvientes estaba, por momentos esporádicos, pero estaban ahí como para apaciguar el lamentar de los ecos viajando entre los muros, silbando en los orificios angostos de algún punto inexacto de la casa y aquel silencio que abre puerta a los sonidos exteriores, hasta llegó a pensar si habría oído el ruido del espacio o de la tierra rotando a su pies o el peor de todos, su corazón bombeando sobre la mente en blanco, logrando que se perturbara.
Inclinado sobre la cama de la festejada, mientras una clase de cofradía clandestina se había abierto en medio de miradas furtivas, Matías razonaba. Era el mayor del grupo con solo nueve años, solo seguido por Dardo con quien se llevaba tres meses aproximadamente, un año y medio con Mariel. Después de ellos tres les seguía Noel de siete años, luego venían los gemelos André y Luca de seis años cumplidos hacía seis semanas atrás y, por último, Daniel, de solo unos tres años, era el único que había llegado al albergue luego de su inauguración, un veinticuatro de diciembre, cuando solo contaba con tres meses.
—¿Creen que se van a demorar lo suficiente como para que me quede dormido? —preguntó Noel— ya hasta el hambre se me ha quitado.
—Pero si ya hemos cenado —anunció algo apesadumbrado André.
—Sí —afirmó Noel— pero no hemos comido pastel.
—Pero si la cumpleañera no ha soplado la vela —expresó Luca mientras acomodaba a Daniel en su regazo— será de pasarles la voz antes de que Daniel me entumezca el pie.
—Pierna —le corrigió al ver como Daniel comenzaba a dormitar en su regazo.
—¿Y dónde queda mi pie? —había preguntado como si estuviera retándolo.
Por un momento sintió el deseo de desvanecer pero la comodidad que esta le generaba le hacía olvidar la presencia de aquel extraño, el ingreso del alcalde Blas acompañado por el siniestro sujeto que decía ser abogado, la reunión que estaban llevando en ese preciso momento en la cocina, la distancia que habían marcado entre ellos al enviarlos a todos a la habitación de Mariel, esperando quién sabe qué, como si no lo supiera o no lo quisiera saber.
—Podría que esta sea la última vez.
Aunque Dardo lo había susurrado todos lo escucharon, sumido en sus pensamientos se habría mantenido en silencio.
—¿Creen que cuando pasemos a otro albergue, podrá festejar su cumpleaños de manera normal? —Parecía más hablar para sí mismo que para otros, se hallaba ensimismado mientras acariciaba superficialmente la mano de la durmiente, mirando el proceso embelesado.
—¿Nos van a cambiar de albergue? —preguntó André al taciturno Dardo, pero al notar que no lo escuchaba decidió dirigir su mirada hacia Matías, el hermano mayor, que si bien no estaba tan ensimismado tampoco parecía estar con ellos.
—Eso no es verdad —negó su gemelo.
—¿Es acaso que no lo han entendido todavía? —dijo Dardo volviéndose al grupo— el señor Complejo ha venido a desalojarnos y ¿a dónde creen que vamos a ir? —nadie respondió— nos enviarán a otro albergue o a un orfanato y con suerte iremos juntos —sentenció.
—Eso no puede ser —respondió Matías— no es verdad —poniéndose de pie mientras sostenía la mirada del grupo.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó André al ver que Dardo negaba con la cabeza.
—Voy a ir.
Las palabras de Dardo resonaban en su cabeza como ecos en una honda cueva, no las aceptaba a pesar de que sabía que no mentía, no mentía y nunca lo había visto mentir, ni siquiera una mentira piadosa y su palabra siempre había tenido ese tono serio y casi adulto del grupo, Matías podría ser el mayor, pero a su lado era solo un niño más y por eso mismo lo enojaba, y el que tuviera la razón justo en ese tema lo hacía odiarlo a sobremanera, el odioso de Dardo ya habló, pensaba en tanto salía de la habitación de Mariel para internarse en la sala.
Apenas cerró la puerta tras de sí se vio envuelto en la oscuridad, no había tomado en cuenta que al pasarlos a aquella habitación y haberse ido a la cocina habían optado por apagar la luz, por lo que se quedó un momento estático casi pegado a la puerta esperando a que sus ojos se adaptaran, aunque tentado a volver a ingresar con sus compañeros, pero la sola idea de tener que darle la razón y sentarse junto a ellos sin tener otra actividad que esperar no le agradaba nada, así que resuelto a su cometido tomó aire antes de despegar hacia la cocina.
La sala de la mansión era demasiado amplia, esta consistía en el juego de muebles tapizados en un rojo vino que no se lograba apreciar, ya que el director los había cubierto con una funda floreada para evitar el desgaste, aunque para ser más sinceros los protegía de las travesuras y ciertos accidentes de los niños en sus juegos, de un lado de la sala descansaba un antiguo piano que solía tocar la señorita Blas para amenizar las tardes, al frente de un muro repleto de marcos vacíos, aunque nadie logró entender el porqué de ello, nadie los movió, ni ellos mismos que a veces solían jugar adivinando qué clase de fotografía se habría exhibido en cada uno, aunque lo único seguro es que fuera de gente muerta o eso había argumentado Dardo —el recuerdo de los argumentos de su compañero le agrío un tanto el recorrido—.
Cuando en un descuido casi se cae de bruces si no fuera porque logró agarrarse de una gruesa cortina, fue ahí cuando reconoció que se encontraba justo en la frontera que el director Bueno había marcado entre la sala y el antiguo comedor —ahora el cuarto comunal—, las dos estancias estaban separadas por dos peldaños que alzaban la habitación de la sala, por una cortina gruesa de color verde oscuro que daba la sensación del escenario de un teatro, solo que al abrirse el telón se hallaran con el cuarto de los niños.
Había trazado su recorrido, teniendo en cuenta que la habitación de su compañera se hallaba del lado opuesto de la cocina, solo tenía que cruzar el largo de su separación que era sin duda la sala, tomó como referencia las cortinas que dividían las dos estancias y empezó a caminar, era noche de luna nueva y solo las estrellas brillaban en el cielo y aunque no pudiese verlas en su posición ya había marcado su norte, la pálida luz que proyectaba la pequeña distancia de la parte posterior de la puerta con el suelo.
Dejar a los niños en la habitación de la cumpleañera mientras la recostaba en su cama no había sido para nada de su agrado, pero tenía que actuar rápido si no quería perderse en medio de la incertidumbre y la sorpresa, no podía en ese momento verse con la guardia baja, ya estaba, por así decirlo, preparado para este tipo de acontecimientos, sabía que algún día pasaría y quizás por ello no lo tomó desprevenido —con el haz bajo la manga que había reservado— pero seguía intranquilo, algo, dentro, muy dentro de su ser le decía que olía a arroz quemado, aunque las presentes acciones no parecieran salir de lo normal, bueno, no tan normal para ese día.
Con la llegada repentina del alcalde Blas y seguido de un hombre cuya presencia le hizo erizar los pelos, ingresaron a la cocina, no deseaba que ninguna palabra que fuera a decirse se filtrara a oídos de los niños, no quería que se preocuparan por adelantado, aunque aquello estaba demás después de semejante presentación que había dado el misterioso propietario de la mansión, el cual se mantenía imperturbable dentro de aquel poncho que parecía haberse puesto como escudo, para defenderse de qué, probablemente ya estaba claro, pero ese día lo único que no esperaba era que fuese ese día, quizás por lo mismo se sentía irritado y casi efusivo.
Por lo que tratando de calmar la tormenta en su cabeza se había asido de la tetera y acercado al lavaplatos para llenarla de agua mientras ordenaba todos los sucesos uno por uno, para poder hacer frente a lo que se avecinaba detrás suyo, observando cómo los presentes reunidos tomaban asiento en el pequeño comedor, no tomó atención a que la tetera rebasaba, por lo que tuvo que vaciar parte de su contenido cuando sintió el tacto de Anna, una mano fría y delgada que tocaba la suya mientras lo buscaba con la mirada a la cual no acudía.
—¿Quiere que llame a mi abogado? —propuso en voz baja, a lo que negó sin pensarlo— ¿Está seguro?
Alzó la mirada y asintió, no podía pedirle semejante cosa a la hija del alcalde, llamar a su abogado no ayudaría en nada su situación, solo podía actuar según los vientos, estaba preparado para ello y la presencia de terceros entorpecería su juego, por lo que sonrió lo más natural posible antes de que la joven se percatara de su intención, además de que no quería tenerla demasiado cerca a la vista de su padre que, aunque algo nervioso, no dejaba de mirarlos con recelo, como si pudiera leer su complicidad.
—Estoy bien —terminó por contestar— ¿por qué no va poniendo la mesa? —la invitó para su asombro, mientras colocaba la tetera sobre la cocina y prendía la cerilla pensando si estaría bien servir té o café, riéndose en el momento en que pasó por su mente el invitarles con la bebida un pedazo de pastel, a lo que tuvo que contenerse para no ser percibido.
Para evitar la gracia de su pensamiento tuvo que volver a rememorar qué día era y a quién había dejado reposando en su cama después de un sorpresivo desmayo, esta escena en especial enfrío su ánimo y listo para la guerra se enfundo su mejor máscara y se acercó a encarar a las personas non gratas.
El itinerario dio pie con la presentación de los presentes, el señor Abner Complejo —nieto del ya fallecido propietario de la mansión— y su abogado Nelson Fe Olarte, cuya expresión taciturna despertaba cierta desconfianza en el director como en la señorita Blas, que separados por el alcalde, que hacía un increíble sobreesfuerzo por parecer natural que rayaba la incomodidad, se dio por iniciar con el primer punto de la improvisada agenda; la propiedad.
La propiedad había sido adquirida por Sebastián Complejo, acto que quedó a la posteridad ya que a la venta del terreno este no figuraba como uno solo sino como una manzana, por lo que a su compra bloqueó la posibilidad de los otros compradores que habían levantado su voz en protesta, pero dada la claridad y transparencia de la compra no pudieron más que hacer nada, así el terreno que había sido previsto para ocho viviendas se transformó con la ayuda de un abogado en una mansión, cuya construcción duró dos años con siete meses y catorce días exactos.
Se contaba que al tiempo de la construcción la familia Complejo no fue conocida hasta la inauguración de la misma, a excepción de su comprador, que había tomado un cuarto alquilado para estar pendiente de todos los pormenores de la obra, cuya construcción minuciosa despertaba la curiosidad ajena y más cuando el terreno había sido cercado con altos muros que obstruía la vista, solo maquinaria y hombres entraban y salían en un vaivén monótono del que ya casi se acostumbran hasta la fecha de culminación, cuando los muros fueron sustraídos para hallarse frente a otro muro de ligustrina que bordeaba el terreno en una C cerrada por el portón blanco, por el cual se podía observar la elegancia y presencia de la construcción.
