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NADIE ME HABÍA DICHO JAMÁS QUE EL AMOR FUESE TAN PELIGROSO... Él apareció en mi vida para ponerla patas arriba, pero nadie me dijo que al enamorarme de él mi vida estaba en juego. ÉL ES MI SECUESTRADOR. YO SOY SU REHÉN. El peligro que nos ha unido es el mismo que cambiará nuestras vidas por completo.
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Seitenzahl: 297
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Marisa García
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-170-4
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A mi gran amor, el que siempre apoya todas mis locuras y siempre está a mi lado para sujetarme si caigo. Gracias por seguir a mi lado después de tantos años.
No supe lo que era el amor Hasta que te vi…
A ti, mi estrella en el cielo.
Capítulo 1(Esmeralda)
Ese jueves por la mañana hacía frío y en las noticias habían dicho que venía una borrasca de lluvia. Aun así, Drago y yo íbamos a ir de compras, ya que no quedaba mucho para mi veinticinco cumpleaños. Tenía tantas ganas de que llegase ese día… Quería ir con mis amigas, pero Drago insistió en acompañarme y que no fuese sin él; mis amigas nos esperarían en Larios (Málaga). Ya íbamos de camino, no tardaríamos en llegar. Mientras él conducía, yo tenía la sensación de que algo no iba bien: era como si alguien nos estuviera siguiendo desde que salimos de casa. Drago miraba por el retrovisor en todas las direcciones y puso su mano en el arma que llevaba en el lateral de la cintura, casi a punto de desenfundar. Fue cuando supe que todo cambiaría, que algo estaba a punto de ocurrirnos… En milésimas de segundo, estábamos rodeados por todos partes y no podíamos hacer nada. No entendía qué pasaba y me entró el pánico: vernos rodeados de coches blindados y personas armadas… Pensé: «¡Nos van a matar!». En ese instante, Drago me miró; una mirada que heló mi alma. Él debió de ver el pánico en mis ojos. Me cogió de la mano y me dijo:
―Esmeralda, mírame. ¡Esmeralda, mírame! Te van a secuestrar… Quiero que entiendas lo que va a ocurrir. Que sepas que haré todo lo posible por encontrarte y traerte de vuelta a casa. Pase lo que pase, no salgas, ¿lo has entendido?
―¡¿Qué?! ¡¿Secuestrarme?! ¡¿Por qué?! Yo no hice nada, Drago, ¿quién me va a secuestrar? ―Estaba en shock.
―Tranquila, todo va a estar bien, Esme…
No pudo terminar la frase: cuando mi escolta personal sacó el arma, apuntó a la cabeza al hombre que abrió la puerta del coche. El hombre al que estaba apuntando Drago con su arma también lo apuntaba a él, directo a la cabeza. Drago salió del coche sin dejar de apuntar a ese hombre; mientras tanto, mis lágrimas caían sin control por mis mejillas. Yo gritaba que quiénes eran y qué querían y, en aquel último grito, como por arte de magia, la puerta de uno de los coches se abrió. Salió un hombre joven y corpulento: parecía un hombre fuerte y atractivo por lo que mis ojos alcanzaron a ver; no pude verle bien la cara porque estaba de espaldas hacia mí, pero se veía fuerte y musculado. Solo era una ligera visión de lo poco que pude ver. En aquel momento, me di cuenta de que mi vida cambiaría para siempre.
* * *
Un año antes.
Me desperté como de costumbre más temprano que nadie. Fui al baño a lavarme la cara con agua fría para así espabilarme un poco antes de bajar a desayunar. Abrí mi armario y me cambié de ropa: me puse unos leggins negros que me acababa de comprar no hacía mucho en Shein y un top amarillo con una sudadera negra que iba a juego. Me recogí el pelo con un moño desenfadado y salí de mi habitación. Cuando llegué a la cocina, ahí estaba mi padre: un hombre de semblante serio, pero a su vez cariñoso; de pelo moreno, piel dorada por el sol y ojos de color miel que a sus cincuenta y dos años siempre se había mantenido en forma. Él había sido el primero en levantarse, para mi sorpresa, y esa mañana tenía una cara de felicidad que no entendía por qué. ¿Qué motivo tendría mi padre para estar tan feliz? ¿A qué se debía ese madrugón?
―Buenos días, mi niña ―dijo con su voz grave mi padre. Tenía esa manera cariñosa de llamarme que me gustaba tanto.
―Buenos días, papi. ¿Qué haces despierto tan temprano?
―Hoy es un gran día, mi Esme: hoy es día de celebración.
―¿Qué es lo que celebramos hoy? Que yo sepa, no es el cumpleaños de nadie de la casa.
―Hoy tenemos que celebrar que tu papi acaba de cerrar un acuerdo con S. L. Enterprise de millones de euros y que por fin nuestra empresa va a expandirse…
Nuestra empresa viene de hace muchos años atrás, de herencia familiar. Mi abuelo paterno, Mario García, era un hombre bueno, simpático y cariñoso al que todo el mundo admiraba por su forma de ser y su don de gentes. Se casó en el año 1967 con mi abuela, Rosario Rivas, una mujer fuerte y de gran corazón, pero a la vez testaruda como ella sola; pero se querían y se respetaban como ninguna pareja lo ha hecho. Con ellos entendí que el amor a primera vista sí existe y que sí es posible. Él fue de los primeros constructores de España: lo llamaban el Garbancito por su estatura de metro y medio, pero de gran talento para los negocios.
―¡¿Eso es en serio?!
―¡Sí, esto va muy en serio!
―¡Entonces esta noche tenemos que hacer una fiesta para celebrarlo!
―¡Por supuesto! Hay que organizarlo todo. Llama a Drago para que se encargue de la seguridad y tú y Tony os encargáis de la preparación ―mandó mi padre.
Toni es un hombre alto de pelo castaño, ojos marrones, piel morena y de su misma edad. Él es la mano derecha de papá y su mejor amigo de la infancia. Recuerdo que siempre estuvo presente en todos los momentos de nuestras vidas, incluso cuando murió mamá fue uno de nuestros mayores apoyos. Por eso y muchas cosas más, papá decidió contratarlo y encargarlo de sus cosas personales, hasta de solucionar cualquier problema que pudiésemos tener… Él siempre ha formado parte de nuestra familia.
―Sí, papi, nosotros nos encargaremos de todo, no te preocupes. Llamaremos al cáterin, a la orquesta y, por supuesto, a nuestros amigos del club golf.
―Vale, no me preocupa porque sé que lo dejó en las mejores manos.
Aunque siempre lo he tenido todo en la vida ―he sido la niña mimada de papi―, al ser hija única, mi padre siempre ha intentado darme todo lo mejor de él; me ha llevado al mejor colegio de pago de Madrid y a la mejor universidad. Pero siempre me ha faltado el pilar más fundamental en mi vida: mi madre. Ella murió cuando yo tenía diez años; esa maldita enfermedad que tanto daño nos hizo a mi padre, a ella y a mí. Ella era la luz de nuestras vidas, la alegría de nuestra casa, y por desgracia todo eso se desvaneció por completo. Fuimos testigos de cómo se iba apagando lentamente la luz de nuestras vidas… Nunca me hubiera imaginado que una llamada cambiaría tanto: ese 18 de abril del 2006 jamás olvidaré cuando a mi madre le dicen por segunda vez que le han vuelto a diagnosticar leucemia. Ver a mi padre tirado en el salón llorando de impotencia, de incertidumbre, sin saber qué pasaría esta vez porque, como ya sabemos todos, esta enfermedad acaba destrozándolo todo. Sin embargo, ahí estábamos los tres como una familia unida, dispuesta a seguir luchando de nuevo hasta el final; un final que no tardó mucho en llegar, muy a nuestro pesar.
Fue un día bastante estresante para mí, pero por suerte, con la ayuda de Tony, todo fue mucho más fácil. Tuvimos que llamar al cáterin, a la orquesta favorita de papá y a cada uno de nuestros amigos del club de golf. Aun así, estaba feliz porque por fin mi padre pudo conseguir su sueño: que la empresa de sus padres se expandiera. Si mi abuelo estuviese aquí con nosotros, estaría muy orgulloso de su Dani, como él lo llamaba, porque siempre habían tenido una muy buena relación padre e hijo.
Subí a mi habitación para empezar a arreglarme. Me hice un moño bajo y me puse el vestido verde que mi padre me había comprado para esa noche: era precioso porque iba a juego con mis ojos; tenía la espalda al descubierto, la parte de arriba era ajustada hasta la cintura y la falda caía hasta los pies, con una abertura en el lado derecho. Me maquillé y me pinté los labios rojo carmín, me puse mis tacones negros y salí de mi habitación. Pero al bajar, mi padre estaba esperándome en el recibido. Tenía una caja de terciopelo negra en las manos.
―Eres la viva imagen de tu mamá, princesa. Eres tan hermosa como ella: tienes sus mismos ojos, la misma sonrisa que un día me enamoró, su piel morena, ese pelo tan rizado color azabache y ese mismo lunar en la mejilla… ¡Incluso su carácter tan impredecible! ―dijo mi padre con lágrimas en los ojos.
―Gracias, papá. Te quiero muchísimo ―agradecí con voz triste.
―Hoy es un día muy especial para mí, por eso quiero darte este regalo. Abre la caja, princesa.
―¿Qué es, papi?
―Ábrela, no seas impaciente ―invitó mi padre entre risas.
―¡Qué colgante más bonito, papá!
―¿Te gusta? Es una esmeralda, como tú. Fue de tu mamá y se la regalé en el día que tú naciste. ―Mi madre me puso ese nombre: decía que, cuando me tuvo en sus brazos por primera vez y abrí los ojos, le impactó tanto el color verde que tenían que por eso supo en ese momento que mi nombre sería Esmeralda, como el de una piedra preciosa―. Por eso es tan especial para nosotros. Así siempre irá contigo y te protegerá.
―Siempre la llevaré conmigo, papá ―prometí con lágrimas en los ojos.
―Bueno, ya basta de lágrimas por esta noche y disfrutemos de la fiesta, que es una noche muy importante.
Nos fundimos en un abrazo de amor. Él me besó la frente y salimos al jardín, donde estaba la celebración. La fiesta fue todo un éxito; mis esfuerzos merecieron la pena. Todo salió a pedir de boca y la gente disfrutó de una noche especial donde bailaron, comieron y bebieron. Fue una celebración fantástica y, por supuesto, todo el mundo nos deseó todo lo mejor para nuestros próximos proyectos.
Capítulo 2(Esmeralda)
Pasaron seis meses de aquella noche tan especial y maravillosa. Estos meses habían sido de muchos cambios en mi vida: tuve que ayudar a papá con la empresa y trabajar con él a jornada completa. Habíamos empezado a hacer nuevas urbanizaciones de casas espectaculares con S.L. Enterprise en Marbella y también nos habíamos tenido que trasladar todos allí: papá, yo, Drago (el jefe de seguridad) y Tony (la mano derecha de papá). Como hacíamos muchos viajes y necesitábamos hacer un cambio de vida, decidimos venirnos a vivir a Marbella. Yo la verdad es que echaba de menos Madrid: mis amigos, mi trabajo, mi vida allí en general. Por suerte, para mí, vino nuestro jefe de seguridad, Drago, al que llaman el Oso de Vallecas por su gran físico y su enorme barba; es un hombre de unos cuarenta y cinco años muy alto y de complexión robusta, ojos marrones y de carácter fuerte; pero a su vez bondadoso. Para mí, es como un osito protector. Nos conocemos desde que yo tengo uso de razón: es un viejo amigo de papá, es nuestro jefe de seguridad y mi escolta personal cuando salgo de casa. Significaba mucho para mí que estuviera con nosotros porque siempre ha estado en mis peores momentos, me ha sacado de situaciones muy difíciles y me ha protegido siempre. Es como mi ángel de la guarda.
Quizás lo mejor fue habernos venido a Marbella porque así podría olvidar el pasado, un pasado que tanto daño me ha hecho, un pasado que tiene un nombre el cual no quiero ni recordar… Los días pasaban y, aunque me costaba adaptarme a este lugar, me gustaba vivir aquí: se vivía bien y se respiraba aire puro, ese aire que huele a mar de verano cuando sus aguas están en calma. Habíamos comprado una casa nueva fantástica frente al mar que tenía unas puestas de sol increíbles y donde se vivía muy tranquilo. Y, por supuesto, mi padre no tardó en presentarse en el club de golf de Marbella; quería que hiciéramos amigos para que todo esto no fuese tan difícil y fue genial que nos conocieran en el club de golf. De hecho, me hice muy amiga de una chica de unos veintisiete años ―la misma edad que yo― que se llama Daryanka, Darya para los amigos. Tiene descendencia rusa y andaluza: su padre, Dimitri, nació en Rusia y su madre, Julia, es malagueña; de ahí que tenga esos rasgos tan peculiares, aunque a la vista está que su genética rusa es la que predomina. Su pelo rubio, sus ojos azules y fríos como el hielo y su piel blanca como la nieve la hacen una chica realmente llamativa. Por otro lado, su hermano, al igual que su madre, es de rasgos cálidos, piel morena, pelo oscuro y ojos color cielo…; aunque solo estaba en mi imaginación, ya que solo tenía un tímido esbozo de cómo era su apariencia real. Darya siempre hablaba de él, pero nunca lo había conocido en persona y me hubiera gustado conocerlo…
El verano casi está terminando y con él también las maravillosas puestas de sol en la playa de las que tanto disfrutamos Darya y yo, ya que en ese tiempo nos hicimos inseparables. Es como la hermana que nunca tuve… Adquirimos un velero en una subasta que ganó papá y le pusimos el nombre de Elisabeth, porque así es como se llamaba mi madre; lo usamos para navegar que nos quedaban de verano… Lo que quedaba pasó deprisa y, casi sin darme cuenta, entre salidas en barco, fiestas en casa, días de compras y cenas con amigos, casi no me di cuenta de que ya habíamos llegado a octubre. Aquí en el sur, como siempre, hacía tan buen tiempo no te dabas cuenta en qué mes vives. Pero llegó la hora de dejar el verano atrás y volver al día a día: tenía bastante trabajo acumulado, firmas de contratos, entregas de viviendas…
Como teníamos tanto que hacer en la empresa, mi padre decidió comprar un coche nuevo para mí y el renovar el suyo, el cual empezaba a dar problemas. Fuimos al concesionario del padre de Darya. Cuando lo conocimos en el club de golf, nos comentó que tenían varias casas de coches de alta gama en Marbella y que podíamos pasar cuando necesitáramos cualquier cosa. Al entrar en el concesionario, ahí estaba Dimitri, esperándonos en su despacho.
―Buenos días, familia ―saludó Dimitri.
―Buenos días, Dimitri ―dijimos mi padre y yo.
―¿Qué os trae por aquí?
―Esmeralda necesita un coche y yo vengo para cambiar mi viejo Mercedes ―contestó mi padre con voz alegre.
―Perfecto. Ya sabéis que habéis venido al lugar indicado.
―Lo sé, por eso estamos aquí.
―Vamos, os enseñaré lo mejor que tengo.
Nos enseñó cada uno de los coches de alta gama que tenía allí. A mí me encanto un Audi A1 Sportback amarillo que había; siempre había sido el coche de mis sueños y por fin podría tenerlo. Mi padre no tardó mucho en escoger: eligió un Mercedes clase A de color negro, ya que él era más clásico a la hora de elegir un coche. Fuimos a la oficina de Dimitri para firmar los papeles reglamentarios. Yo solo quería salir de allí con mi coche nuevo y poder estrenarlo.
Pasaron varias semanas desde entonces y no tuve mucho tiempo para hacer otra cosa que no fuese trabajar y necesitaba desconectar un poco. La pobre Darya me llamaba y me escribía cada fin de semana, pero no me daba la vida. Tuve un fin de semana libre, así que quería hacer algo diferente y que fuese un finde de chicas. Llamé a Darya y le propuse un plan que sabía que no iba a rechazar.
―Hola, corazón. ¿Cómo estás? ―saludé yo.
―¿«Hola, corazón» me vas a decir? ¿Sabes que llevas dos semanas sin dar señales de vida y pasando de mi cara?, solo trabajo, trabajo y más trabajo ―dijo ella en tono de enfado.
―Sí, tía, llevo dos semanas con mucho trabajo y encima se nos complicaron las cosas en la empresa y hemos estado bastante liados. Sorry por tenerte abandonada tanto tiempo.
―Sí, claro, excusas y más excusas… ―dijo ella entre risas.
―Bueno, te llamaba para proponerte un fin de semana de chicas y compensarte por todo el tiempo que te he tenido abandonada.
―Si, a ver qué plan me vas a proponer…
―¿Quieres que vayamos a Madrid? A mi casa, así te enseño mi tierra.
―¡¡Oh!! ¡Me encanta la idea de un finde en Madrid! Así la conozco, que nunca he estado. Siempre hemos viajado con mi familia, pero fuera de España ―aceptó ella contenta.
―Vale, pues haz las maletas que en dos horas paso a recogerte ―la avisé emocionada.
―Vale, en dos horas nos vemos, amiga. Un beso.
―Un beso.
Fui a casa para hacer las maletas y decirle a papá que me iba con Darya a pasar el fin de semana a Madrid. Entré en casa y ahí estaban papá y Drago en el salón charlando.
―Hola, papi.
―Hola, pequeña. ¿Qué haces aquí tan pronto?
―He salido antes de la oficina, así que vengo para hacer las maletas. Me voy con Darya a pasar el fin de semana a la casa de Madrid.
―Me parece genial, así ves cómo va todo por allí. Pero tú sola no irás, Drago te acompañará.
―No, papá, no hace falta que Drago venga conmigo a todos sitios. Yo sé cuidarme sola.
―Sí que iré contigo, Esmeralda, y no hay más que decir ―intervino Drago.
―No hace falta, Drago. Aunque me encante tu compañía, ya no soy una niña para que estés siempre a mis espaldas.
―Vale, no irá contigo, pero sí que irá a Madrid por si las moscas. Y ahí no hay discusión que valga ―ordenó papá en tono serio.
―Vale…, pero Drago, no quiero que seas mi sombra, por favor.
―No sabrás ni que estoy ahí.
Capítulo 3(Esmeralda)
Por fin llegamos a Madrid y a mi casa después de cinco horas de camino; Drago llegó justo detrás nuestra. Me dispuse a enseñarle la casa a Darya para que pudiese dejar sus cosas en una de las habitaciones y así poder salir y mostrarle Madrid. Teníamos mil planes por hacer y quería que conociera parte de mi vida… y sobre todo presentarle a mis amigas, Claudia y Ana; ellas estuvieron en mis peores momentos. Sabía que se llevarían genial.
Fuimos a la cafetería donde siempre nos reunimos; siempre íbamos allí porque tienen un café delicioso, para mí el mejor de la ciudad, sin duda. Allí habíamos quedado con Claudia y Ana, que, en el momento en que se enteraron de que venía, no querían esperar para verme. Cuando llegamos a la cafetería, allí estaban ellas, tan puntuales como siempre, porque la impuntual de las tres siempre era yo.
―¡Hola, cariño! Pero bueno, ¡qué bien te sienta el sur! ¡Estás guapísima! ―dijo Claudia con una gran sonrisa.
―¡Hola, Claudia! Gracias, ya sabes que el sur le sienta bien a cualquiera.
―Hola, Esme. ¿Cómo te va todo por allí? ―saludó Ana.
Ellas son muy distintas entre sí: Claudia es una chica enérgica y alegre, de pelo castaño, ojos color café y piel bronceada; pero a la vez es tan cabezota como buena persona. Sin embargo, Ana es todo lo contrario: es tranquila y sensata, de pelo color cobre, ojos verde oliva y piel blanca como el azúcar; siempre había sido la protectora de las tres. Habían sido mi mayor apoyo después de lo que pasó aquella trágica noche en la que casi pierdo la vida… Aún me quedan cicatrices que no han terminado de sanar.
―Hola, Anita. Me va todo genial y me siento como en casa, al menos eso me hace sentir Marbella… ―dije con calma.
―Nos alegra escuchar eso ―dijeron Claudia y Ana al unísono.
―Bueno, chicas, os presento a Darya. Darya, ellas son Claudia y Ana.
―Encantada, chicas: es un placer conocerlas por fin. Esmeralda me ha hablado mucho de vosotras ―se presentó Darya contenta.
―Lo mismo decimos. Es un placer conocerte. Esmeralda también nos habló mucho de ti
Aprovechamos la tarde las cuatro juntas entre risas y charlas. Las horas pasaron tan deprisa que, casi sin darnos cuenta, ya eran las siete de la tarde.
―Por cierto, no quiero remover el pasado, pero veo que las cicatrices te han sanado muy bien. Estás muy guapa, Esmeralda ―comentó Ana con ojos tristes.
―Las heridas físicas han sanado muy bien, Ana, pero aún sigo teniendo pesadillas y sigo recordando aquella noche una y mil veces…
―¿Has vuelto a saber más de ese desgraciado?
―Ni preguntes, que, si lo veo, ¡no sé qué sería capaz de hacerle! ―protestó Claudia en tono enfadado.
Nunca habíamos vuelto a hablar de esa noche, aunque intenté olvidarla y fue imposible. Aún me desvelaba por las noches entre sollozos y con miedo de que volviese. Si no hubiese sido por mis amigas, yo hoy estaría…
―¿Qué te pasó esa noche, Esmeralda? ¿Quién es ese desgraciado del que hablan? ―Me sacó de mis pensamientos la voz preocupada de Darya.
―Cuéntale, Esmeralda, lo que te hizo ese malnacido. Ella debe saberlo: también es amiga tuya y las amigas están para apoyarse ―me aconsejó Claudia.
―Es algo muy delicado, Darya. No te lo he contado antes porque he intentado olvidar el pasado y empezar una vida nueva, pero hay cosas que no se pueden borrar por mucho que yo quiera… Lo que pasó fue que estuve a punto de morir a manos de Marcos.
* * *
Esto pasó hace un año, pero aún lo recuerdo como si de ayer mismo se tratase. Marcos era mi expareja: llevábamos saliendo más de tres años. Al principio fue muy bien: todo era amor, caricias, regalos, cumplidos, viajes… hasta que el último año de relación algo cambió en él. Frecuentaba lugares extraños, se rodeaba de gente diferente la cual a mí no me gustaba y él lo sabía; pero eso era un motivo más para discutir. Empezó a cambiar su forma de ser, su carácter y hasta la manera en la que me trataba; empezó a despreciarme en cada cosa que intentaba hacer por él y me insultaba cada vez que tenía ocasión sin motivo ninguno hasta tal punto que un día me dio el primer golpe… Nunca lo olvidaré. Me dije a mí misma que ese era el final de nuestra relación y que no me volvería a tocar más en su vida; qué tonta fui al pensar eso. Quería alejarme de él, pero él no me dejaba que lo hiciese… Me engañó con falsas promesas y lágrimas, me decía que lo sentía, que no iba a volver a ocurrir, que lo perdonase. Hoy en día aún pienso cómo de verdad en algún momento creí en él. Por esa vez lo perdoné, lo creí, dije que solo había sido esa vez, que había sido sin querer y que por supuesto no iba a volver a hacerlo porque me amaba… o al menos eso me decía él. Sin embargo, no fue así y nunca lo fue: hubo una y cien veces más. Me había convertido en una princesa encerrada en un castillo, custodiada por un ogro. No sé cuántas veces lloré, supliqué que se acabara aquella tortura por fin… Pensé mil veces en quitarme la vida porque aquello no era vivir, no de esa forma, hasta que llegó aquel día en el cual pensé que mi vida había acabado, el que deseé tantas veces que llegase. «Te acordarás toda tu vida de mí», me dijo él y cuánta razón llevaba porque siempre me acordaría de él.
El día de su cumpleaños, como todos los años, su familia organizaba una gran fiesta por todo lo alto. Era una de las fiestas más populares de Madrid, ya que su familia era una de las más prestigiosas de la ciudad: su padre era un político muy importante, de los intocables como él decía. No quería ir a esa fiesta; ¿cómo iba a ir con ese aspecto, con esos moratones en la cara? Aunque me los tapase con maquillaje, no conseguiría cubrirlos por completo. Tampoco quería ver a nadie, no quería que nadie supiera por el calvario que estaba pasando. Si él se enteraba de que alguien lo sabía y su reputación quedaba manchada, me mataría. Pero como siempre y por mi propio bien, cedí y fui a esa maldita fiesta. Me dejó muy claro que nadie podría saberlo y que me arreglara bien, que me pusiera guapa para exponerme como si yo fuese un cuadro de Goya porque es lo único que sabía hacer: llevarme a fiestas y exponerme delante de sus amigos, gente famosa, familia… Pero eso era solo un espejismo de lo que realmente pasaba. Eso fue lo que hice: me puse mi mejor vestido, me recogí el pelo y me maquillé lo mejor que pude. Yo era consciente de que el hecho de haberme arreglado me metería en problemas, pero era lo que él me había dicho, que me arreglara bien y me pusiera guapa. Cuando él me vio salir de mi habitación lista para irnos, lo primero que me dijo fue:
―¿Por qué te has vestido así? Pareces una prostituta con ese vestido tan ajustado y ese color rojo. ¿Piensas realmente que vas a ir así a mi casa, a mi cumpleaños, donde todo el mundo te va a ver?
―Marcos, tú dijiste que me arreglara para tu cumpleaños y eso he hecho. ¡Y no soy ninguna puta! ―dije yo furiosa.
―Te he dicho que así no vas a salir. ¡Ya puedes quitarte eso y ponerte otra cosa!
―¡No, no me lo voy a quitar! ¡Iré así a tu fiesta, te guste o no!
En esa milésima de segundo, me dio una bofetada en la cara. Me cogió por sorpresa: no me lo esperaba. Sentí un dolor increíble y me retumbaron los oídos.
―Te he dicho que te cambies y nunca más me vuelvas a faltar el respeto de esa manera y mucho menos a gritarme. ¿Quién te has creído que eres?, ¡niñata de mierda! ―protestó él con voz autoritaria, una autoridad que tenía sobre mí que ni yo misma tenía sobre mi propia vida.
Hizo que me cambiase, al menos de vestido. Me puse uno que tenía un poco menos ajustado y más largo para no volver a discutir con él y que no me pegara más. Era consciente de que este altercado tendría consecuencias; tarde o temprano, pero las tendría.
Cuando llegamos a la fiesta, todo el mundo nos miraba y su madre fue la primera en acercarse a nosotros:
―Hola, cariño. ¡Feliz cumpleaños!
―Hola, mamá. Gracias, este año te has lucido con la fiesta.
―Hola, Graciela.
―Por suerte, hoy traes un vestido muy bonito, Esmeralda.
―No tenía más remedio que ponerme este.
―¡¿Por qué le hablas así a mi madre?! ¡¿Qué te pasa?! ―dijo él con tono enfadado.
―Déjala, Marquitos, no te enfades, que hoy es tu cumpleaños y es noche de festejar.
¿Se la podía llamar madre a esa mujer? Una señora estirada, alta, rubia como el trigo y polioperada. Era tan pija que hasta me daba asco escucharla hablar; esa mujer que había criado a un monstruo porque ella y su marido sabían lo que su hijo me hacía, pero era mejor mirar hacia otro lado para que su reputación no fuese manchada. Ellos eran conscientes de los golpes que me daba, de las veces que me había roto una mano, una costilla o incluso la nariz. En más de una ocasión me habían visto moratones o incluso habían visto a su hijo pegarme y no hicieron nada para ayudarme, absolutamente nada. Sí que habían hecho una sola cosa: culparme a mí de todo, decirme que era yo quien provocaba esa situación, que yo no lo quería… Por suerte, mi padre siempre estaba ocupado y yo le decía que estábamos de viajes, que tenía mucho trabajo. Siempre había una excusa para que no supiera ni viera nada; de haberlo sabido, hubiese acabado con él. Como ya sabía, esa respuesta a su madre y el altercado de antes serían un motivo más para pegarme. Eso me costaría caro, ya lo sabía de otras veces. Si no hacía o decía lo que él quería, eso significaba un golpe. Había veces que temía por mi vida y pensaba que esa sería la última vez.
―Bueno, cariño, me voy a recibir a los invitados. Ahora nos vemos. Un besito, cariño ―se despidió su madre.
―Vale, mamá, ahora en un rato nos vemos ―la despidió él y me miró con los ojos ennegrecidos―. ¿De qué vas?
―¿De qué voy de qué, Marcos? No he hecho nada malo, por favor, solo le he dicho hola a tu madre ―contesté con voz asustada.
Según todas mis expectativas, el ojo del huracán se acercó a mí como siempre lo hacía, dañando todo lo que tocaba; pero esta vez con más furia que nunca. Me agarró del brazo tan fuerte que pensé que me lo atravesaría con sus sucios dedos.
―Quieres estropear mi cumpleaños, ¿verdad?
―No, no quiero eso, perdóname.
―Pues lo parece. Te he dicho mil veces, que a mi madre le hables de señora, pero parece que aún no te has enterado, ¿no? Y a mí no tienes que pedirme perdón, tienes que pedírselo a ella ―ordenó con voz autoritaria.
―Vale, luego le pido perdón. ¿Puedes soltarme del brazo, por favor? Me estás haciendo daño, Marcos. ―Sabía que lo que me estaba haciendo era una locura sin sentido alguno, pero yo me sometía con tal de que el dolor acabará.
―¿Te vas a poner a llorar en serio? No me lo puedo creer, eres como una niña pequeña ―se burló de mí. En ese instante, quería haberle reventado la cara, haberle hecho sentir lo que él me hacía sentir a mí; pero, si lo hubiese hecho, estaría cavando mi propia tumba―. Esmeralda, no te muevas de aquí. No quiero que me causes problemas esta noche y mucho menos que me fastidies el cumpleaños. Voy a saludar a los invitados.
Como si a mí me importase su cumpleaños. El año pasado le había preparado una fiesta en casa con sus amigos y le compré mil regalos, todo para que estuviese feliz y no pasara nada; pero eso de nada había servido. Por eso, este año no le había organizado nada: no tenía ni las fuerzas suficientes ni las ganas, no después del año que llevo sufriendo en silencio.
Me aislé en un lado de la fiesta donde nadie pudiera verme. No quería ver ni hablar con nadie de allí; no conocía a nadie y tampoco quería. Sabía que tarde o temprano vendrían las consecuencias de no haberle comprado nada por su cumple, pero había llegado hasta tal punto que me daba igual si me pegaba por ello o me mataba, porque quería que se terminase ya ese sufrimiento. Me sentía culpable por ello, por no haber podido comprarle nada, pero es que él en los últimos dos meses me tuvo encerrada en casa y no quería que saliera a la calle. Decía que salía a la calle a buscarme a otro y me hablaba como si fuese una cualquiera, una puta como él me llamaba. Así, me fue imposible comprarle nada, además de que también me quitó todas las tarjetas de crédito, el móvil, el ordenador… No quería que hablase con ninguna de mis amigas ni con mi padre ni siquiera con Drago, porque sabía que si él se enteraba de la más mínima cosa, sí que sería capaz de matarlo con sus propias manos. Aún recuerdo el día que vino a casa a verme porque llevaba varias semanas sin poder hablar con ellos y se presentó de improviso. Cuando vio mi pómulo morado y los brazos marcados de moratones, casi lo mata; fui yo la que le dijo que lo dejase. Le salvé la vida a ese cabrón cuando no tendría que haberlo hecho y debería haber dejado que lo matase. No fue así y por desgracia los malos tratos siguieron y fueron a peor.
Pasé desapercibida toda la noche, o al menos la mayor parte del tiempo. Él bebía y bailaba con otras chicas mientras yo estaba allí sentada, mirando, hasta que vi como le metía la lengua hasta la campanilla a una chica morena que había allí. No sé ni quién era ni cómo se llamaba, pero sé que iba desfasado de todo en general y que me estaba siendo infiel en mi cara. Ya había aguantado suficiente. Me levanté para irme. Salí corriendo de aquel jardín, subí escaleras arriba y abrí la primera puerta que vi. Cerré tras mis espaldas y caí sentada en un rincón de la habitación con la cara enterrada entre mis rodillas. Quería quedarme allí para siempre… No podía creer lo que acababa de ver. Después de todo lo que me había hecho y todo lo que le había perdonado, había sido capaz de llegar hasta ese punto para humillarme delante de todo el mundo. Mis ojos estaban llenos de lágrimas y comenzó a caer por mis mejillas una tras otra. No podía parar de llorar: era un llanto de dolor; la pena que me comía por dentro salió a flote. En mi mente pensaba cómo había sido tan tonta, cómo había podido permitir todo eso. Solo quería coger mi teléfono y llamar a mis amigas para que pudieran sacarme de aquel infierno, uno en el cual había caído hasta lo más hondo y nadie lo sabía. También quería llamar a Drago, pero si lo llamaba sería peor cuando viese lo que tanto tiempo llevaba guardando. Cogí mi teléfono y marqué el número de Ana; sabía que ella y Claudia estarían juntas. Pulsé el botón de llamada y sonaron dos tonos:
―Hola, Esmeralda, ¿cómo va esa fiesta? ―contestó Ana.
―Ana, por favor, ven a buscarme, necesito salir de aquí… ―pedí con un llanto desconsolado.
―Pero cálmate. ¿Qué ha pasado? ―preguntó Claudia con voz asustada.
Al otro lado de la puerta se escuchaba a Marcos aporreando la puerta y gritándome:
―¡¡Abre la puerta, puta!! ¡¡Sé que estás ahí!! ¡¡Has sido capaz de dejarme solo en mi fiesta!
―¡¡No voy a quedarme ahí para ver cómo te lías con una guarra!! ¡¡Eres un cabrón!! ―respondí con valentía.
―¡¡No te atrevas a hablarme así, en tu puta vida!! ¡¡Voy a matarte, hija de puta!!
En ese momento supe que mi vida corría peligro de verdad, que me iba a matar; me lo había dicho e iba muy borracho y drogado.
―¡¡Chicas, me va a matar!! ¡¡Por favor, ayudadme! ―supliqué yo temblando.
De una patada, consiguió abrir la puerta. Cuando lo vi entrar, supe que mi vida había terminado. Me escondí debajo de la cama para que no me viera, pero no tuve mucho éxito, ya que la habitación no era muy grande y ya otras veces ese había sido mi escondite cada vez que venía de noche, ebrio y drogado. Sentí como me tiraba de las piernas. Cuando consiguió sacarme de debajo de la cama, me agarró del pelo tan fuerte que me levantó del suelo y me puso a la altura de su cara para que lo mirara a los ojos.
―Te pensabas que no te iba a encontrar, Esmeralda. ¿Con quién te crees que estás jugando? ―amenazó él con voz burlona.
―¡Suéltame, cerdo! No te mereces ni el aire que respiras. Yo que lo he dado todo por ti, que te he perdonado mil veces las pali…
No me dio tiempo a terminar la frase cuando me dio el primer puñetazo. Fue directo al estómago. Me hizo encogerme de dolor; me retorcí y caí al suelo. Aun estando en el suelo, me dio una patada que fue directa a la columna vertebral. Sentí tanto dolor que me caló hasta lo más profundo de mi cuerpo. Consiguió ponerse encima mía y pensé que me iba a matar a golpes allí mismo. Me dio un puñetazo en la cara y luego otro y otro. Yo sentía cada golpe que me daba como si me diera con un bate de béisbol hasta que dejé de sentirlos. Era como si no fuese yo la que estaba ahí mismo tirada en el suelo de esa habitación y con ese asesino encima de mí que me pegaba una y otra vez sin parar.
―Por favor, Marc, para… ―rogaba entre golpes casi sin poder hablar―. Por favor, ya bast…
Entonces, sentí como mi alma abandonaba ese cuerpo, un cuerpo con el cual ya no me reconocía; fue cuando me vi tira
