Hegemonías - Xavier Domènech Sampere - E-Book

Hegemonías E-Book

Xavier Domènech Sampere

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Beschreibung

Asistimos a un momento de cesura histórica; uno de esos largos periodos –como fueron el último tercio del siglo XIX, o el periodo comprendido entre el crack de 1929 y el fin de la Segunda Guerra Mundial– en los cuales la crisis y la transformación capitalistas se entrelazan con cambios parejos en los movimientos sociales y políticos. Tiempos de rupturas y esperanzas, aun cuando resulte difícil discernir aún qué perdurará de lo nuevo y qué será lo que fenezca de lo viejo. Hegemonías aborda estas grandes transformaciones con una intención bien definida; pensar históricamente nuestro propio presente y futuro. Apoyado en las reflexiones y los análisis madurados a la luz de estas mutaciones, Xavier Domènech analiza magistralmente los viejos y nuevos movimientos de resistencia –alumbrando en especial el fenómeno del 15M y su estela–, y radiografía con brillantez la crisis de hegemonía en la que estamos inmersos, así como sus efectos en las derechas y las izquierdas, para acabar planteando finalmente la posibilidad real de que surjan nuevos tipos de movimientos políticos.

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Seitenzahl: 515

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Akal / Pensamiento crítico / 32

Xavier Domènech Sampere

Hegemonías

Crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos (2010-2013)

Diseño de portada

RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Xavier Domènech Sampere, 2014

© Ediciones Akal, S. A., 2014

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4023-1

«Cada nueva clase que pasa a ocupar el puesto de la que dominó antes de ella se ve obligada, para poder sacar adelante los fines que persigue, a presentar su propio interés como el interés común de todos los miembros de la sociedad; es decir, expresando esto mismo en términos ideales, a imprimir a sus ideas la forma de la universalidad, a presentar estas ideas como las únicas racionales y dotadas de vigencia absoluta. La clase revolucionaria aparece en un principio, ya por el solo hecho de contraponerse a una clase, no como clase, sino como representación de toda la sociedad, como toda la masa de la sociedad, frente a la clase única, la clase dominante.»

(Karl Marx y Friedrich Engels,

La ideología alemana, 1845)

«La revolución social del siglo xix no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo xix debe dejar que los muertos entierren a los muertos para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí, la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desbordaba la frase.»

(Karl Marx, El 18 Brumario

de Luis Bonaparte, 1852)

Creo en el futuro. Cada mañana

lo puedo ver en los ojos de mi hijo, Drac

A mi compañera de vida, Sònia, que una noche

se quedó para ya no irse y con ello lo cambió todo

Prefacio

Este no es un libro de historia, pero sí es el libro de un historiador. En un doble sentido. En el primero de ellos, porque a pesar de que sus textos se ocupan básicamente del presente, un presente que mantiene espectaculares rupturas con el pasado más inmediato, lo hace a veces mirando al pasado. Lo hace desde la perspectiva de intentar «pensar históricamente nuestro presente», en afortunada expresión de Pierre Vilar, en el intento de abordar debates que a veces no consiguen superar una forma circular y que se presentan como algo radicalmente nuevo, cuando mucho de viejo hay en ellos. Es copa nueva, cierto, pero a veces el vino es viejo, y saberlo saborear tiene que ver con la capacidad de captar de dónde provienen todos sus aromas, matices, colores y capacidad de maduración. Y cuando los textos que se reúnen aquí no establecen conexiones evidentes con el pasado, su perspectiva sigue estando impregnada de los usos de los hijos de la casta de Clío.

De hecho, cuando esta musa –quizá la menos querida de las nueve que nos legó la Antigüedad– empezó a iluminar una forma específica de conocimiento llamada historia, esta no significaba el estudio del pasado, sino conocimiento basado en hechos, frente a la especulación o la lógica puramente deductiva. Paradójicamente, cuando se critica a los historiadores por acercarse demasiado al presente –ya que, en palabras de Marc Bloch, temen «que la casta de Clío tenga contactos demasiado ardientes»–, se olvida fácilmente que en origen la historia era solo eso: investigación sobre el tiempo presente. Investigación sobre el presente, tal como la definió Herodoto hace ya dos milenios y medio, para que nada significativo quede borrado de la memoria del futuro y para comprender las causas que lo hicieron posible. Poco después de esa primera definición, esta nueva forma de conocimiento tomó un rumbo muy concreto con Tucídides y los historiadores de los dos siglos inmediatamente posteriores: el análisis de la naturaleza del poder en tiempos de decadencia, partiendo de las dinámicas de conflicto que deben su origen a la confrontación de intereses materiales. Rumbo inicial que a veces ha quedado en el olvido. Durante prácticamente los dos milenios posteriores quedó así la historia como única propuesta de conocimiento social basada en los hechos, hasta el surgimiento de nuevas disciplinas, como la sociología o la antropología, ya a finales del siglo xix.

La historia en esa larga singladura no conformó una teoría, pero si una tradición de intuiciones, miradas, interpretaciones y epistemologías. Cada historiador es en este sentido hijo –aun inconscientemente– de uno de los hilos, entre los múltiples posibles, del inmenso manto de Clío. Mi hilo pasa por Herodoto y Tucídides, también por Tácito y su historia como posibilidad de contrailuminar críticamente el presente respecto al pasado perdido; por el más que sorprendente historiador Ibn Jaldún y su penetrante análisis del hecho social; por el Maquiavelo de la Historia de Florencia y por Vico y su scienza nuova; por el genio de Marx, como también por Jules Michelet y su primera historia desde abajo; o por Tocqueville, el lúcido observador de un mundo nuevo desde uno –el suyo propio– que se desvanecía; por la historia socialista de Jean Jaurès, la mirada y el análisis de Gramsci, el pequeño cristal de la totalidad de Walter Benjamin, el taller de Marc Bloch o la genialidad de E. P. Thompson. Ese hilo puede parecer viejo, pero, en cierto modo, la situación que vivimos, nuestro propio presente, también se puede analizar como la bancarrota de las actuales disciplinas de análisis social en sus corrientes mayoritarias. Y si es cierto en muchos sentidos que, como afirmaba Marx para otro periodo, en nuestro propio presente «la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos», también lo es en el campo del análisis y la propuesta que la enorme prepotencia del presente respecto al pasado también se encuentra en muchos de los problemas actuales. Ello afecta tanto a los adalides de la nueva economía de los noventa que –después de la bancarrota de todas sus previsiones– siguen manteniéndose como oráculos incólumes de nuestro futuro, como, en un espejo inverso, a los que depositan todas sus esperanzas de cambio en la afirmación de la radical novedad de nuestro presente, en novedades que se consuman incesantemente con cada nueva moda intelectual que aparece y desaparece. El presente es efímero, en su precariedad se desvanece en el momento mismo en que estas palabras son escritas, y el futuro, por definición, aún no está aquí y cuando llega deviene en un presente no menos fugaz. Nos queda entonces volver la mirada hacia el pasado, y en él también hacia aquellos que componen las mejores tradiciones del análisis social; una mirada para comprender integralmente nuestro presente.

Pero este no es un libro de historia, sino la recopilación de textos de un historiador que niega que la historia haya terminado –tal como anunciaba Fukuyama en un libro publicado en 1992 y generosamente financiado y distribuido por una red de fundaciones conservadoras por todo el globo, titulado El fin de la historia–. Predicaba él entonces, como lo predicaban el resto de los apologetas de aquel presente, que habíamos llegado ya al último y único de los sistemas posibles donde el cambio ya solo sería resultado del progreso económico y científico. Fin de la historia que, vista desde nuestro presente, habría terminado con una sonora carcajada de los de arriba frente a los de abajo. En lo que se conoció como la «batalla de Seattle» de 1999 –cuando las movilizaciones contra el modelo de globalización del que ahora somos víctimas–, un grupo de historiadores llevaban una pancarta donde se leía: «Los historiadores queremos que la historia no termine». Hay en este sentido una conciencia de especie que, entre sus múltiples componentes, es temporal. La historia es continuidad, pero también es cambio, a veces cambio radical, y de ello damos cuenta también desde nuestra ciencia. Sin cambio, ni la sociedad ni la especie son viables, y menos en momentos de peligro como es el actual, y ello también atañe al compromiso del historiador. En otra hora oscura de nuestra contemporaneidad, Marc Bloch –en el paso de la vida pública a la clandestinidad de la resistencia al fascismo– escribía desde esa conciencia sobre cómo se gestó la derrota:

Todo eso lo sabíamos. Y, no obstante, por pereza, por aburrimiento, hemos dejado que sucediera. […] No nos hemos atrevido a ser en la plaza pública la voz que clama al principio en el desierto pero a la que, por lo menos, sea cual sea su suerte final, siempre le quedará el consuelo de haber expresado su credo. Preferimos encerrarnos en la quietud de nuestros talleres […]. En la mayor parte de los casos solo nos queda el consuelo de decir que fuimos buenos obreros. Pero ¿fuimos siempre también buenos ciudadanos?1.

En 2010 yo llevaba ya años fuera –o casi fuera– de cualquier compromiso social y político activo, más allá de ir a algunas manifestaciones. Durante la década de los noventa había participado profusamente en campañas y movimientos relacionados con la situación de la educación, el antimilitarismo o la nueva precariedad laboral. Pero a partir de un cierto momento, entre finales de la década y el inicio del nuevo milenio, me retiré de esta parte de mi vida. Había insatisfacción política entre una izquierda anclada en peleas y miserias del pasado y una cierta prepotencia que me resultaba incomprensible en las nuevas corrientes que estaban surgiendo (aunque ahora veo que lo nuevo surge como desafío a lo viejo y que ese nacer tiene una parte inseparable en una afirmación que difícilmente puede dejar de lado rasgos iniciales de soberbia). Pero de todas formas probablemente lo fundamental fue que me surgió la posibilidad de dedicarme a la investigación y, posteriormente, a la docencia y a la difusión de la historia. Trabajos que me apasionaron y me apasionan. Ese fue casi mi único mundo durante mucho tiempo, pero mientras esto me sucedía a mí –como le sucedía a mucha más gente de mi generación que se integraba cada vez más en su mundo laboral y afectivo–, lo cierto era que el mundo como espacio compartido se estaba transformando radicalmente. Entre 2008 y 2010 el asombro ante lo que estaba sucediendo –no solo la crisis, sino el profundo impacto que estaba produciendo en todos nosotros como sociedad y la pérdida radical de derechos y libertades con la que se pretendía superarla– me devolvió, como a muchos otros, al activismo. Desde entonces hasta ahora me he visto implicado en múltiples iniciativas, en campos extremadamente diversos.

Un ensayo fragmentado

El corte fue fuerte. Al principio había algo de irreal en todo lo que veía y vivía; ahora –cada vez más– pienso que la etapa anterior era la irreal, una especie de reedición de los felices años veinte antes de que llegara la crisis económica, social y política de lo que se conoció como el mundo de entreguerras. Pero fue esa sensación de irrealidad lo que me llevó a reflexionar sobre lo que veía, vivía y experimentaba. Abrí en ese sentido un pequeño blog, que es el que da título a este libro, escrito en catalán. Primero, para aclararme dubitativamente a mí mismo; después, en la medida en que sus entradas eran reproducidas en las redes, fue tomando más la forma de un intento de incidir en un debate y una reflexión colectiva. Pero no era mi intención llevarlo más allá de eso. Es cierto que a veces, desde diferentes sitios, me pidieron poder publicar en otros formatos las entradas, a la vez que algunas de ellas se creaban a partir de demandas específicas para desarrollar temas que no me había planteado inicialmente. Fue Ivan Miró de la Ciutat Invisible, uno de los principales referentes del espacio alternativo de Barcelona, el que me sugirió la idea de ordenar las entradas realizadas entre 2010 y 2013 –y, en algunos casos, la finalización de algunas que nunca vieron la luz– para publicarlas en forma de libro. Posteriormente, el editor Tomás Rodríguez vio posibilidades a esta propuesta que yo no acababa de vislumbrar y ha concretado su publicación.

Este libro presenta, pues, una forma muy concreta, la de ensayo fragmentado, y en este sentido cada uno de sus textos puede ser leído autónomamente, pero todos comparten un núcleo de reflexión común: la mutación de nuestras sociedades es leída como crisis orgánica y, por tanto, también como una crisis –aún no recomposición– de la hegemonía social, cultural y política que abre y cierra posibilidades a un nuevo tipo de movimientos de protesta y a las mismas izquierdas. La aproximación multilateral a este núcleo común está fuertemente influida por el gran pensador de la hegemonía –de ahí el título–, Antonio Gramsci, pero también intenta captar los elementos completamente nuevos de la situación actual. Esta es una perspectiva del libro; otra se refiere también –a pesar de que ello no se me ha hecho claro hasta ahora– a un camino común que han seguido los movimientos de protesta desde el inicio de la crisis. Camino que ha pasado de los primeros intentos de articulación a finales de 2010 a la explosión del 15M y de todo el optimismo generado allí, cuando se pasó del aislamiento a la percepción de que se podía ser mayoría; pero también por el descubrimiento de que con ello no era suficiente, que hacía falta alimentar infinidad de nuevas y viejas formas de oposición, y a la visión más clara de la fuerza real de la derecha y su capacidad de adaptación; y el paso final –en el que todavía nos encontramos desde propuestas diferentes e incluso contradictorias entre sí– hacia formas de intervención políticas más articuladas. La trayectoria en este sentido es común, aunque lo que en este ensayo se expresa es evidentemente una perspectiva determinada. Finalmente, hay una tercera línea que recorre las páginas de este libro, y que no es otra que la construcción de sus reflexiones desde un espacio determinado: Cataluña. En muchos de sus textos no se habla de ella ni desde ella, en otros sí, pero es evidente que la experiencia de la protesta en Cataluña durante estos años ha tenido unas características específicas, como también las tiene la hegemonía de la derecha y un sistema político propio o el desafío que plantea el proceso soberanista. Realidad que impregna la mirada, como también algunos de los análisis concretos que se realizan.

Las primeras dos partes del libro tratan de un momento que, con la perspectiva de los tres años transcurridos, y sabiendo que esta perspectiva es indudablemente corta, fue extraordinario. No llegó al nivel de la primavera de los pueblos de 1848, pero en muchos aspectos se le asemeja. Tanto por la extensión de la protesta, su apariencia y realidad innovadoras acompañadas por la sensación de que con ella todo empezaba de nuevo, como por su cierre extremadamente rápido. En este sentido el bienio 2010-2011 necesita todavía de un análisis adecuado que nos permita tanto entenderlo como comprender qué había allí de radicalmente nuevo y perdurable en nuevas situaciones por venir. En ese corto espacio de tiempo vimos, entre muchas otras cosas, nacer las revoluciones árabes; las movilizaciones estudiantiles que intentaron rodear el Parlamento británico y los disturbios en los barrios de Gran Bretaña, algo que sucedió también de forma parecida en el caso de Italia; el nacimiento de un movimiento que tuvo mucho de precursor para nuestro caso como fue el de la Gerãçao à Rasca, en Portugal; la irrupción del 15M en España y su internacionalización con las varias iniciativas de Occupy, la más conocida y con mayor influencia de las cuales fue Occupy Wall Street en Estados Unidos… ¿y después? Es cierto que muchos han señalado ecos de este ciclo en las movilizaciones más recientes de Turquía y Brasil, pero la densidad de las protestas y su innovación ya no ha retornado. No sabemos si lo hará en un ciclo breve de pocos años, como sucedió en 1917 respecto a 1905, o si nos espera un tiempo de espera mucho más largo. Tiendo a pensar que lo vivido ya no se repetirá de la misma manera, ni siquiera exactamente con los mismos agentes y contenidos. Pero en todo caso, lo que se intuía el inicio de una oleada imparable ya no volvió en 2012. Se ha mantenido su empuje entre aquellos que ven su alma en movimientos como la PAH –sin duda el más exitoso de los que se relacionaron con los nuevos activistas del 15M– y la continuidad de la gran transformación en los microcambios que se están produciendo en el seno de la sociedad, y aquellos que han optado por vías más directamente políticas. Pero lo cierto es que el 15M ha devenido más en espacio de identidad y de legitimidad –a veces con usos extremos y abusivos en este sentido– que en sujeto operativo. Más allá de ello hace falta acercarse al significado real de lo que sucedió durante aquel momento, no solo quemar etapas hacia delante, sino poder parar un momento para poderse dirigir hacia atrás.

Cuando 1848 se cerraba, también la confianza en que solo era un prólogo invadía a sus protagonistas –el optimismo de un texto como el Manifiesto Comunista es todo un signo de ese momento–, pero lo que vino después fue una dilatación temporal larguísima, en la que las propuestas de la izquierda mutaron radicalmente. Pero aquello que era nuevo en esa primavera de los pueblos se hizo progresivamente evidente, a saber, la emergencia de un nuevo sujeto social y político en el proletariado, y fue esta la base para la articulación de los nuevos proyectos emancipatorios. ¿Qué es lo que se hizo evidente en los movimientos de 2010-2011? Para algunos la respuesta más inmediata es la red como nuevo motor de la historia, en un optimismo que a veces les lleva a una visión muy unilateral y deudora de las ideologías del progreso –entendido en este caso como progreso de base técnica–. En el caso de este libro, sin negar la importancia de la red, se considera que las mutaciones vividas son de más largo alcance, y es en ellas donde se debe comprender el papel desempeñado en un momento dado por las nuevas tecnologías de la comunicación y no a la inversa.

El libro

Es en este marco donde se desarrollan las dos partes iniciales del libro. La primera de ellas, que hemos titulado «Prolegómenos», es una primera aproximación a fenómenos que se perciben como nuevos. Los textos de esta primera parte ocupan en este sentido un arco cronológico que va de la huelga general del 29 de septiembre de 2010 hasta la salida del 15M de las plazas, ya en junio de 2011. Espacio de tiempo en el que la huelga de 2010 ya es analizada en su momento como un espacio de experimentación nuevo que no se asemejaba las huelgas generales anteriores. No era una huelga que se enfrentase tan solo a un gobierno o a una patronal, sino a toda una nueva orientación sistémica impuesta a ese mismo gobierno. A su vez, en ese contexto, sus propios convocantes mantuvieron un perfil discursivo bajo al no querer aparecer como los responsables de una posible futura victoria electoral de la derecha. Es en el marco de esas contradicciones que esas primeras reflexiones ya apuntan a la importancia de un nuevo espacio emergente y a la futura aparición de nuevas formas de protesta. Los textos que siguen en esta parte dan cuenta en este sentido de la irrupción de un nuevo actor, el 15M, precisamente como expresión de una crisis de sistema, pero también de una crisis de las izquierdas, en un marco donde el dominio político quedaba, a pesar de la confianza expresada en el movimiento de las plazas, en manos de la derecha.

De hecho, el 15M y los movimientos de protesta surgidos a su alrededor como precursores, o bien impulsados por él mismo más allá de nuestras fronteras, ocupan toda la segunda parte de este libro. En él se recoge una primera valoración de todos los libros que salieron durante el primer ciclo de este movimiento, fundamentales en la construcción de su primera memoria e interpretación, y algunos de una frescura enorme al transmitir en términos vivenciales la incorporación de muchas gentes que nunca antes se habían movilizado. En ese sentido el 15M marcó un antes y un después en muchas vidas, incluso entre quienes ya militaban anteriormente. Por ello en esos primeros libros se recogen muchas y diversas interpretaciones que en algunos casos extasiaban al movimiento y sus capacidades, compartiendo una ilusión más que explicando los fundamentos de una nueva esperanza. Era comprensible en el clima de un instante que se vivía como profundamente disruptivo, pero en todo caso esa primera valoración ya apuntaba una perspectiva crítica que creía necesaria para no quedar atrapados en un momento, por grande que este fuera. La explosión inicial en términos editoriales, absolutamente espectacular, dio paso a un mayor sosiego y, de hecho, posteriormente ha sido relativamente poco lo que, de relevante, se ha publicado –a la espera de las tesis doctorales que, sin duda, se concibieron en ese momento–. En este sentido destacaría dos libros posteriores. El primero de ellos es Planeta indignado2, de Esther Vivas y Josep Maria Antentas, obra que, siguiendo la línea trazada por sus autores en publicaciones anteriores, muestra una gran capacidad de síntesis, información y lectura política sobre el ciclo de la protesta global de 2010-2012, conectándolo con el ciclo más largo del neoliberalismo y sus resistencias. El segundo, con una voluntad también global pero con un carácter más interpretativo, es de Manuel Castells, Redes de indignación y esperanza3. Extremadamente sugerente y a la vez, en mi opinión, a veces demasiado acotado a un análisis muy deudor de la centralidad de las redes y de las emociones que se crean y circulan por ellas. En un tipo de análisis, desarrollado ya por algunos de los nuevos teóricos del 15M, de un optimismo contagioso pero a veces también desbordado.

Al margen de la valoración de las primeras publicaciones sobre el 15M, esta segunda parte del libro incorpora un primer intento de interpretación del 15M realizada a finales del mismo 2011. Se parte también del papel de las redes, pero no como algo singular, sino propio de todo momento crítico de nuestra contemporaneidad, para situar este movimiento en el marco de una crisis de hegemonía, intentar aproximarse a sus genealogías, almas y proyectos implicados, y describir sus principales rasgos innovadores. Se cierra, finalmente, este apartado con un texto menor que se sitúa en el contexto de la huelga general del 29 de marzo de 2012. En ella se mostró claramente la fuerza de toda un área alternativa que, si ya había tenido su primer momento de afianzamiento en la huelga del 29 de septiembre de 2010, había visto cómo crecía su área de influencia con la eclosión del 15M, alimentando también la fuerza de esa huelga. Se llegó así, en el caso de Barcelona, a bordear la posibilidad de una huelga metropolitana o, lo que es lo mismo, de un bloqueo de los flujos económicos como nueva forma de protesta más allá de las plazas y manifestaciones. Pero si los sindicatos ya habían perdido la oportunidad de convocar una huelga general en alguno de los momentos cumbre del mismo 15M –en un proceso que, sin duda, nos habría llevado hacia una nueva realidad de la protesta–, tampoco este movimiento había generado un pensamiento estratégico a largo plazo, teniendo en cuenta las etapas de reflujo que vendrían. En este sentido el 15M había salido de las plazas para alimentar nuevas formas de protesta ligadas a los derechos sociales y a las condiciones materiales de las gentes, y durante un breve periodo lo consiguió, alimentando desde un nuevo marco la protesta social como no se había visto con anterioridad. En el mismo escenario de Barcelona donde ahora se expresaba la huelga del 29-M se habían vivido, en noviembre de 2011 y febrero de 2012, dos gigantescas movilizaciones universitarias que nos hablan de la potencia de este giro. Pero sin ir más allá estratégicamente, cuando llegó de nuevo el 15 de mayo en 2012, las nuevas movilizaciones se convirtieron en una conmemoración de sí mismas, no en la apertura de un nuevo ciclo de protesta; y así, falto de nuevos repertorios de acción, el 15M como sujeto activo y unitario murió, en medio de un amplio amasamiento de poder institucional por parte de las derechas.

La tercera parte del libro surgió paralelamente a este declinar de la centralidad del ciclo 2010-2011, inicialmente más como una demanda que como una iniciativa propia. La Red de Apoyo Mutuo me pidió una explicación histórica de la relación entre movimientos sociales y crisis. Una reflexión histórica que se volvía de nuevo relevante en un momento de impasse. Después de esa primera aproximación seguí por ese camino en el marco de los debates que se estaban desarrollando en diferentes ámbitos sobre qué caminos tomar, cuando las alternativas se iban configurando con muchos retornos inconscientes al pasado. Eso me llevó a la elaboración de dos reflexiones en un análisis más global de la situación. Se intentaba allí, por un lado, retornar ya claramente a una lectura de clase de nuestra situación actual, analizando tanto cómo se relacionaban las clases dominantes entre sí –y sus posibles contradicciones– como la relación que habían establecido con los sistemas políticos para garantizar sus intereses en un momento de peligro. Este análisis se desarrollaba también en el marco espacial, en el intento de ver cómo eran las formas de actuación de la casta financiera, cómo debían ser las formas posibles de actuación de los movimientos de resistencia en un marco nacional y cómo, en este sentido, las identidades nacionales y su actuación en ellas resultaban indispensables para articular esos movimientos. Por otro lado se incorporaba a esta reflexión una aproximación ya no espacial, sino temporal, en el intento de dilucidar cómo habían actuado los movimientos sociales y políticos contemporáneos en sus diversos intentos de transformar y superar momentos especialmente difíciles del pasado. Enmarcando así los debates actuales en un contexto histórico y mostrando hasta qué punto nos encontrábamos al inicio, y no al final, de un camino complejo de mutación de las izquierdas.

También se incluye en este apartado un texto largo dedicado a Salvador Seguí, el sindicalista más importante del siglo pasado en nuestro país. Inicialmente mi acercamiento a esta figura histórica fue para dilucidar un tema que después sería menor en la reflexión. El impacto producido por la movilización a favor de la independencia de Cataluña el 11 de septiembre de 2012 llevó a evidenciar un cambio central en el corazón del catalanismo: el paso de ser una propuesta básicamente de reconstrucción de España a ser una propuesta de construcción de un Estado propio. Eso conllevó que en los meses siguientes, y de hecho ya con anterioridad, la tradición cultural, social y política del catalanismo sufriese una relectura, a veces un tanto forzada, en un sentido netamente independentista. Esta relectura incluyó en el campo de las izquierdas al propio Salvador Seguí. Integrado por tanto en un marco donde aparecería como el principal dirigente obrero del siglo xx que habría aceptado, de una forma u otra, como parte de su propio proyecto la independencia de Cataluña. De hecho, la fuente de esta operación era muy anterior al momento actual y, en este sentido, aquellos que reclamaban a un Seguí proclive a la independencia no hacían sino beber de esa fuente dada ya por válida y difundirla en un nuevo marco que multiplicaba sus efectos. Esto, en un sentido más amplio, comporta un problema en la construcción de las diversas tradiciones políticas en relación al nacionalismo y afecta especialmente a las tradiciones de las izquierdas catalanas. Su construcción memorial se realiza muchas veces en la medida en que se integran en el río común del catalanismo, río en el que a veces son transmutadas hasta llegar a ser incomprensibles fuera de sus aguas, para finalmente llegar a hacer incomprensible el propio catalanismo si no es como un proyecto autorreferencial. De un modo tal que Seguí sería reclamado en algunos casos por su catalanismo, confrontado a otros de su misma tradición anarcosindicalista y despojado prácticamente de cualquier otro atributo. Pero esta historia ya era vieja en el caso de Salvador Seguí; también otras tradiciones políticas lo habían reclamado como precursor suyo, buscando legitimidades en uno de los líderes principales del proyecto hegemónico del movimiento obrero catalán durante el primer tercio del siglo xx: el anarcosindicalismo. En este contexto procedí a bucear en los textos de este dirigente obrero, pero en el proceso quedé atrapado y fascinado por otros aspectos de su singladura (la historia a veces responde a tus preguntas con respuestas inesperadas, modificando tus interrogantes).

Líder sindical de la mayor organización de masas de Cataluña y España, articuló con otros un proyecto revolucionario basado tan solo en las fuerzas y capacidades del movimiento social, en esta caso el movimiento obrero, considerándolo además como un espacio apolítico y no ideológico donde la unidad se realizaba a partir del acuerdo sobre el objetivo de la emancipación de la clase. A su vez, partiendo de esta base, fue capaz de percibir el cambio de ciclo político que se operó a principios de los años veinte, cuando se pasó de un contexto de ofensiva de la clase obrera en toda Europa al inicio de la reacción que llevaría al ascenso de los fascismos. Esta percepción le llevó a repensar la estrategia de clase en términos absolutamente singulares, tanto en el campo del anarquismo como en el de las izquierdas de ese momento. Giro que incluía la necesidad de la lucha no solo directa, sino por la hegemonía social, cultural y política. Intentó entonces articular un proyecto a medio plazo, desde el cual el movimiento social impulsase a diversos sujetos políticos para conquistar posiciones dentro del Estado, sin perder en el camino la centralidad del propio movimiento como sujeto revolucionario, pero posibilitando un cambio de marco donde poder desplegar mejor su acción. Estrategia que se combinaba en el largo plazo con la articulación de su propio espacio como centro de amplias alianzas sociales y de formación de la sociedad futura, para poder transmutar finalmente toda la realidad. No es este un proyecto transportable a nuestro presente, ya que las realidades –empezando por el propio papel del movimiento obrero– son distintas, pero sus intuiciones, apertura de miras y audacia sí que me parecieron altamente relevantes para los debates que se estaban viviendo en el impasse posterior al ciclo de 2010-2011.

Cierra este apartado un texto dedicado a ciertos aspectos de la obra del historiador más influyente en la segunda mitad del siglo xx y, en mi opinión, el pensador marxista más interesante de este periodo, E. P. Thompson. Este texto surgió de la colaboración en unas jornadas sobre la obra de este historiador, en el marco de la conmemoración del medio siglo de la que es su obra más conocida, La formación de la clase obrera en Inglaterra. Thompson había marcado como pocos mi propio proceso formativo y, de hecho, en los momentos de duda es con él que aprendí a apreciar ciertos hilos de lo mejor de la tradición del materialismo histórico. Ahora me veía obligado a releerlo intensamente, y fue así como encontré en sus reflexiones elementos que antes se me habían escapado por completo. Ciertamente, el pasado nos sirve para iluminar con una luz diferente los matices de nuestro presente, pero también, con cada nuevo presente que vivimos, zonas enteras del pasado nos hablan con palabras nuevas sobre nosotros mismos.

En este caso, lo que tenía que ser una intervención básicamente historiográfica –algo siempre difícil partiendo de alguien como Thompson– derivó en una lectura que me permitía observar de otra manera los problemas con los que nos estamos enfrentando en el campo social y político. Thompson fue un historiador de frontera, la que se estableció entre el mundo del naciente capitalismo inmediatamente anterior a la revolución industrial y el mundo en el que se formó un nuevo tipo de sociedad de clases ya en la era de la civilización del vapor. Encrucijada en la que se mostró como un analista extremadamente perspicaz de las complejas relaciones entre clases sociales, la conciencia de clase y la lucha de clases, ayudándonos a pensarlas de un modo radicalmente diferente. Esto se refiere a cómo nos mostró la formación de las clases sociales, como un proceso extremadamente plural y no predeterminado en ningún sentido (acostumbrados como estamos a identificarlo como un proceso de asunción de un marco ideológico y político específico), pero también a cómo y hasta qué punto nuestra primera mirada debe partir no de la clase, sino de la lucha de clases. En este sentido, su planteamiento más provocador –también más sugerente– en el análisis de esos dos mundos le llevó a considerar la posibilidad de sociedades donde hubiera lucha de clases pero sin clases, o no al menos tal como las hemos entendido siempre en el pasado y también en nuestro propio presente. Ciertamente esta reflexión apunta a una problemática actual: parece evidente que hay lucha de clases, pero ya no lo es tanto que existan unas clases –ni, sobre todo, una conciencia de clase– definidas. Pero no se trata en este texto de presentar las reflexiones de Thomp­son como solución a los debates de nuestro presente, sino poder pensar con él desde una forma más abierta la dinámica de clases de nuestras sociedades actuales. Es patente que en esto, como en muchas otras cosas, nuestro campo analítico no está a la altura de los retos que presenta nuestro tiempo. Entre la gran reacción en todos los terrenos que se dio durante la década de los ochenta y esa peculiar Belle Époque que fue para muchos, aunque no para todos, la década de los noventa y el inicio del nuevo milenio, mucho fue lo que se echó por la borda en el análisis social. La obra de Thompson no es una solución a esto, pero sí marca, a mi entender, posibles vías de salida de los restos de marxismo ortodoxo en el análisis político, de los novísimos intentos interpretativos –que en realidad ya tienen más de treinta años– muy sofisticados discursivamente, pero extremadamente circulares, como finalmente también del callejón sin salida en el que se situaron el conjunto de las disciplinas sociales para dar cuenta de nuestra propia realidad.

La última parte de este ensayo fragmentado está dedicado a dos realidades que juzgo interrelacionadas: las bases reales del poder y arraigo, en el seno de la sociedad, de las derechas y la necesidad de la reconstrucción del espacio de la política sobre nuevas bases –como espacio de articulación de principios, valores, proyectos y alianzas sociales– que permitan iniciar el camino hacia una nueva hegemonía social, cultural y política. Esta reflexión se inició accidentalmente. Un artículo de Enric Juliana, director adjunto de La Vanguardia, sobre las conexiones anarcoitalianas de los disturbios vividos en Barcelona durante la huelga del 29 de marzo de 2012 encendió las redes sociales. En el proceso muchos activistas vinculados al 15M se preguntaban, además de criticar el texto de Juliana, quién era ese periodista. Eso me sorprendió. Juliana era para mí uno de los pensadores más lúcidos del principal medio de comunicación de las derechas catalanas, con profundas y múltiples conexiones con las elites catalanas y españolas. Lo más parecido por estos lares a un intelectual orgánico de tipo gramsciano. El desconocimiento sobre ello me llevó a analizar y explicar quién era esa derecha, cuál su poder y qué utopía la movía, proceso en el que además, para mi sorpresa, conocí personalmente al propio Juliana y pude apreciar su finezza intelectual y política. Se trataba de mostrar cómo las derechas, más allá de la vulgata neoliberal, eran capaces de articular y pensar un proyecto altamente complejo para sortear y salir de la situación actual.

La muerte de Margaret Thatcher, prácticamente un año después, me llevó a ampliar esta reflexión en el campo de lo que he llamado el «pacto social neoliberal». En este caso, se trataba de entender las causas, arraigo y fuerza en nuestras sociedades de la hegemonía del neoliberalismo hasta hoy mismo, a pesar de su crisis actual. Entendido el neoliberalismo demasiado a menudo como una mera operación de hegemonía ideológica, en este texto se aborda tanto la reacción de las clases dominantes que lo explica como el pacto social que lo ha sustentado hasta hoy y que sigue siendo la base –aunque sea solo como ilusión– de su mantenimiento actual, tanto en términos políticos como sociales, entre amplias capas de la población. Todo ello sobre la base de una gran derrota histórica, la de las izquierdas, que demanda a su vez de una reconstrucción a la altura de su caída, acaecida no ahora, sino en los años ochenta y noventa, precisamente cuando más poder institucional amasaban en Europa. Pero, a pesar de todo ello, también estos tiempos son de una enorme crisis para la hegemonía dominante y para la propia realidad institucional, que es lo que se aborda en los siguientes textos de este apartado como bases de posibilidad de reconstrucción de las izquierdas. Todo ello entrelazado con el debate sobre el proceso soberanista catalán. En este caso, los dos textos aportados reflejan dos momentos de este proceso: el inicial, en un intento de explicar qué activadores sociales y políticos explican su emergencia, y el actual, analizado como un camino hacia el bloqueo del sistema político, tanto el catalán como también quizá el español, donde más que probablemente el problema se redefinirá sobre nuevas bases. Mi análisis quedó corto, errado en algunos aspectos más políticos, y en otros no incorporó en toda su complejidad el horizonte de esperanzas y posibilidades que despierta, en amplias y transversales capas de la población, la independencia de Cataluña en un marco donde las resistencias tienden a tomar la forma también de movimientos de dignidad nacional. Tampoco estos textos analizan en profundidad hasta qué punto la dialéctica Estado central y nacionalismo español versus proceso soberanista puede llevar a un progresivo decantamiento de actitudes. Pero de todas formas he mantenido los textos, ya que sigo creyendo que pueden ayudar a pensar un momento que, como apunto en el último texto, se debe tanto poder integrar en el proceso de reconstrucción de los proyectos de las izquierdas, como prever qué efectos puede tener.

Finalmente nada de lo presentado aquí es concluyente, tanto por su carácter aproximativo como por el hecho de que nos encontramos en medio de varios ciclos temporales que distan mucho de estar cerrados. En el tiempo corto 2015 presenta todos los elementos para convertirse en una tormenta perfecta en términos sociales, políticos e institucionales. El 15M irrumpió en el medio de un ciclo electoral largo, que se volverá a repetir en 2015, pero ahora además el desafío soberanista de Cataluña se encontrará en su cenit y, si en 2011 llevábamos tres años de crisis, ahora esta ya ha superado la media década. De hecho, con la irrupción inesperada de la protesta del 22 de marzo de 2014 y el inicio del ciclo electoral que se abrirá con las elecciones europeas, a la que van a seguir las municipales, autonómicas y generales en 2015, iniciamos el nuevo ciclo. Cabrá ver entonces qué es aquello que hemos metabolizado y aprendido en el interregno vivido. Pero en esto, como en todo, no hay automatismos. En el tiempo largo, nos encontramos en un periodo de profundas mutaciones en todas las esferas sociales, y entre ellas las que afectan a la capacidad de resistencia de las clases populares, a su capacidad de desafío y de transformación. Solo al final del ciclo se podrá vislumbrar con mayor claridad qué fue relevante y qué no.

Este ensayo incluye buena parte de las entradas publicadas en el espacio de reflexión que abrí en 2010, como también las entradas que –por diversos motivos– no fueron publicadas en su momento y algunas otras aportaciones que se realizaron en otros ámbitos. Guardan una lógica temporal y en ese sentido se han mantenido prácticamente intactas, respetando su momento –también posibles errores de apreciación–, salvo algunas pequeñas cuestiones de estilo. No se aspira a sentar ninguna conclusión; las aproximaciones siempre son fragmentarias, muchas de ellas hechas a partir de un proceso de conocimiento que es iniciático. Pretende contribuir a un debate complejo para una época, la nuestra, que ha devenido en sumamente compleja, donde probablemente nos jugamos mucho y en la que hay tanto, o más, que aprender de nuestras derrotas que de nuestras victorias. No sabemos aún qué será válido y qué no de todo aquello que estamos experimentando –ello solo nos lo dirá el futuro–, pero, si no lo hacemos, probablemente no conseguiremos volver a articular unos principios y unos proyectos que nos permitan pensar una sociedad que merezca la pena ser vivida. No es nada nuevo; la historia de los proyectos emancipatorios ha vivido etapas históricas de profundas mutaciones, y nuestra sociedad está construida tanto desde sus victorias como desde sus derrotas. Así antes como ahora.

En el proceso que me llevó de nuevo al activismo social y político me reencontré con muchos antiguos amigos de luchas pasadas que, al igual que yo, ahora volvían al campo del compromiso. Conocí también a nuevos amigos y compañeros que me ayudaron, en caminos compartidos, a entender este nuevo mundo que nos ha tocado vivir. En pocos sitios he encontrado tanta inteligencia, y también en pocos he aprendido tanto, como a su lado. Las resistencias actuales se articulan en espacio diversos que incluyen tanto el mundo de las redes como un banco ocupado o un pequeño local en un barrio periférico, la lucha sobre nuevas bases en el mundo laboral o los debates sobre cómo crear un mundo nuevo sobre los cenizas de lo que se resiste en fenecer, tanto en una plaza inmensa tejida de nuevas esperanzas como en un recóndito pueblo a altas horas de la noche. En estos espacios y con estas gentes he aprendido que palabras como solidaridad y compromiso ya no son solo un valor a considerar, sino la diferencia entre ganar o perder un sitio donde vivir, la diferencia entre ganar o perder un trabajo, la diferencia entre ganar o perder la esperanza, la diferencia entre nuestro presente y un posible futuro. A todos ellos va dedicado este libro, ya que solo ha sido posible por ellos, por aquellos que en un mundo en crisis superaron la soledad y se miraron, y en ese mirar se sonrieron y con ese gesto aprendieron primero a resistir y ahora pretenden, en su osadía, desafiar. Sé que no estarán de acuerdo con muchas de las cosas que aquí se afirman, pero son ellos los que las hacen posibles.

Xavier Domènech Sampere

@xavierdomenechs

1 M. Bloch, La extraña derrota, Barcelona, Crítica, 2002, pp. 163-164.

2 J. M. Antentas y E. Vivas, Planeta indignado, Madrid, Sequitur, 2012.

3 M. Castells, Redes de indignación y esperanza, Madrid, Alianza, 2012.

PROLEGÓMENOS

«En el principio fue la Acción»

(Goethe, Fausto, 1807)

Capítulo I

Reflexiones de después y para después de una huelga1

«“Que el número de nuestros miembros sea ilimitado”. Esta es la primera de la “reglas fundamentales” de la Sociedad de Correspondencia de Londres […] Hoy en día podríamos omitir un lema como este considerándolo una perogrullada; y sin embargo es uno de los ejes sobre los que gira la historia. Significaba el fin de cualquier noción de exclusividad, el fin de la política como el coto de alguna elite hereditaria o grupo de propiedad. […] Rechazaba también el radicalismo […] en el que “la multitud” no se organizaba a sí misma con arreglo a sus propios fines, sino que un grupo –incluso un grupo radical– la convocaba a una acción intermitente para fortalecer su influencia y asustar a las autoridades. […] Suponía una nueva noción de democracia, que desechaba antiguas inhibiciones y confiaba en los mecanismos de movilización y organización de sí misma que existían entre la población. Un desafío revolucionario como este tenía que desembocar, forzosamente, en la acusación de alta traición.»

(E. P. Thompson, sobre una de las primeras formas

de organización política de las clases populares fundada

en 1794, en The Making of the English Working Class, 1963)

I

La huelga del 29 de septiembre ha sido desde todos los puntos de vista posibles un éxito de convocatoria. Ni sus impulsores iniciales, ni los que se organizaron en torno de la misma, ni los que decidieron hacerla a pesar de todo –y de todos– lo esperaban. Muchos fueron los que no la siguieron, pero fueron también muchos, muchos más de los que se quiere y se dice, los que se atrevieron a hacerlo. Y no era fácil. Se pueden decir y se seguirán diciendo muchas tonterías sobre los piquetes, tonterías útiles que muchos reproducirán incesantemente y otros creerán ciegamente; o sobre un supuesto derecho al trabajo opuesto al derecho de huelga, que con la misma fuerza que es invocado en un día de huelga se incumple el resto del año por los mismos que lo pregonan por los medios, en un ejercicio de cinismo sin parangón: el derecho al trabajo, reconocido por nuestro ordenamiento jurídico, es el derecho a tener una ocupación digna, no a ir a trabajar en un momento determinado, y son precisamente los huelguistas quienes lo defienden. Pero estos discursos parten de una falsedad evidente: esta no es una sociedad libre. No lo es en un espacio donde unos tienen la fuerza de despedir y los otros la debilidad de ser despedidos. Donde unos pueden determinar tu vida y los otros la pueden ver transformada de un día para otro. Y es justo en el mismo medio de esta forma de coacción y opresión donde se sitúa una acción necesaria: ahora y hace doscientos años. Esto no cambiará.

No obstante, a pesar del éxito en unas condiciones especialmente duras, difícilmente se plasmará la huelga en un cambio de política sobre la reforma laboral del gobierno. El hecho era que esta huelga, por primera vez desde la de 1985, no se enfrentaba solo a las necesidades de una patronal local o a las decisiones de un gobierno, sino a una realidad más amplia: un sistema que tiene nombres y apellidos. Un sistema global y concreto que se reunía en una cena con el presidente del Gobierno tan solo unos días antes de la misma huelga, en un signo inequívoco de quien quiere gobernar nuestras vidas. Esta democracia, ya poco democrática en muchos aspectos, es ahora una caricatura de sí misma; que algunos piensen otra cosa solo nos habla de la extensión del síndrome de Estocolmo, pero de poco más. Y, no obstante, a pesar de ser una huelga donde no se podía ganar inmediatamente, había mucho que perder en ella: futuros posibles e imposibles. Y estos no se han perdido. Es más, se han demostrado dos cosas esenciales: dignidad y capacidad de hacer frente al poder. Parece poco y es mucho.

II

La crisis gestada desde el sector financiero, a pesar de que se quiera reducir a un solo ámbito no responde solamente a sus malas prácticas de los años noventa del siglo pasado, cuando los brillantes teóricos de la nueva economía y el neoliberalismo proclamaban el final de la historia y la llegada de una nueva, y de hecho ya muy vieja, utopía en la Tierra: la del capitalismo sin ataduras. Y es por eso que cualquier intento de reforma de estas prácticas será, si se llega a hacer, un mero parche de contención de algo que no se puede controlar sin una transformación radical en un sentido u otro. La crisis, de hecho, tiene unas causas anteriores a lo que se hizo en la década de los noventa; la decisión de abandonar un modelo de crecimiento –gestado después de la Segunda Guerra Mundial– caracterizado por una fuerte intervención del Estado en la economía y la capacidad creciente de las poblaciones para imponer sus necesidades al capital. Esta decisión, tomada sobre la derrota del ciclo de luchas de la década de los setenta, llevó a un modelo de crecimiento que ha situado el capitalismo financiero como principal espacio de reproducción de la tasa de beneficios, subordinando y ahogando el resto de realidades económicas. Si a principios de la década de los ochenta la proporción entre capital financiero y capital real era de 5 a 1, con el cambio de milenio el primero ya sobrepasaba 16 veces al segundo.

Lo virtual ha superado y ahogado lo real y el sistema, en el proceso, se ha convertido en una gran ilusión que los ricos han impuesto a los pobres. En este marco, destruir trabajo –y no solo explotarlo– se convirtió en una forma de generación de beneficios, que iba más allá de la introducción de nuevas tecnologías productivas sustitutivas de fuerza de trabajo; en este marco, era preferible la inversión especulativa a invertir en nuevos sectores productivos donde las tasas de productividad –y, por tanto, las de beneficio– eran difícilmente multiplicables (a pesar de que se intenta constantemente en la forma de precarización laboral y privatización del sector de servicios); y en este marco, para poner tan solo un ejemplo, los dirigentes empresariales en Estados Unidos pasaron de cobrar 40 veces el salario medio en la década de los setenta a 367 veces en el año 2000. Esta situación impone, si es que hay alguna voluntad real de hacerlo, cosa más que dudosa, una readecuación del sistema que no tiene como marco una sola crisis. La situación es muy similar a la de finales de los años veinte, y entonces la historia solamente acabó después de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, hay diferencias también radicales respecto de aquel periodo.

La crisis financiera es tan solo un aspecto más de la crisis de un modelo. Se interrelaciona con la misma –y lo hará cada vez con más fuerza– la crisis energética, donde por primera vez la humanidad se enfrenta al agotamiento del modelo energético y no a su sustitución a partir de la implementación de una nueva energía más barata y eficiente. Si en el pasado la base energética civilizatoria transitó de la biomasa al carbón y del carbón al petróleo sin que se produjera un agotamiento de la energía anteriormente dominante, en el presente esto ya no es así. A su vez, por si esto fuera poco, asistimos también a una crisis del modelo alimentario y a un agotamiento ecológico en ciernes. Ciertamente el capitalismo es un sistema que ha mostrado una capacidad extraordinaria de adaptación a diversos escenarios en su turbulenta historia. Pero siendo esto cierto, también lo es que, a pesar de sus esfuerzos constantes y exitosos de mostrarse como el sistema natural –es decir, conforme a nuestra propia naturaleza– y único posible para la humanidad, en su forma industrial solo tiene poco más de doscientos años de vida. Y eso es prácticamente nada en términos de predicción de su perdurabilidad. A lo largo de su historia, los seres humanos han vivido cómo algunos de sus sistemas –pocos– conseguían transformarse a sí mismos, mientras que otros –muchos– sencillamente implosionaban atrapados en sus propias contradicciones. La diferencia radical ahora reside en lo siguiente: nunca un sistema había sido mundial ni tampoco nunca su posible implosión estuvo tan conectada con la misma posibilidad de la perdurabilidad de la vida. Los escenarios previsibles son en este sentido sombríos y, ante los mismos, las posiciones se radicalizan. El hundimiento de todo aquello que postulaba el neoliberalismo en el campo económico no ha supuesto su sustitución como nuevo proyecto ordenador de las relaciones sociales y económicas. Hay demasiado en juego como para que esto suceda a partir de la constatación de su fracaso como teoría.

III

Estamos probablemente ante un ciclo reaccionario largo, absolutamente reaccionario. La izquierda que intentó adaptarse a los nuevos tiempos durante la década de los ochenta y los noventa no tiene o no parece tener de momento respuestas al estado de cosas imperante. Ojalá no fuera así, pero ahora mismo no parece que pueda aportar mucho, más allá de ir a la deriva, apostando un día por la inversión pública y los nuevos modelos productivos –sin hacerlo finalmente–, para el siguiente atacar el déficit y proclamar la necesidad de reformas en el mercado laboral –sin duda el espacio legal más reformado desde los noventa hasta hoy– y las jubilaciones. Todo en aras de proteger un «Estado del bienestar» cada vez más escuálido. Y sobre esta deriva se gesta su más que posible derrota electoral. En este marco, además, los espacios tradicionales de socialización de los valores y las prácticas de la izquierda están experimentando una rapidísima erosión, en un proceso, que se inició durante los años setenta, inseparable de la mutación económica, social y política que nos ha llevado a la crisis actual, pero que ahora está tomando unas dimensiones inusitadas. Las trayectorias laborales segmentadas –cuando existen–, el debilitamiento de los tejidos sociales tradicionales, la organización política entendida en la práctica como organización para ganar elecciones –cuando en realidad se percibe que la soberanía última sobre las decisiones que afectan a la vida cada vez tiene menos que ver con los espacios institucionales– llevan a una ruptura en la transmisión de valores y prácticas. Ruptura que se dio de una forma similar durante los años veinte, siendo la antesala de la emergencia del fascismo.

No obstante, esta huelga, si demuestra alguna cosa es precisamente la permanencia de amplias capas de población dispuestas a resistir. Por un lado, los sindicatos mayoritarios, en una convocatoria marcada por el dilema –insuperable en su lógica interna– de articular una respuesta a las agresiones sin que esta erosionase en exceso a la izquierda institucional gobernante, han mostrado intacta su capacidad de convocatoria en los sectores industriales tradicionales. Por otro lado ha emergido, como en ninguna huelga anterior, una cierta capacidad de organización, tanto en los barrios –hoy por hoy, el único espacio posible de conexión de los sectores más precarizados– como en acciones –la ocupación de un banco de la plaza de Catalunya, por ejemplo– de aquellas personas que el sindicalismo tradicional no puede recoger actualmente.

Esta dinámica organizativa genera tensiones que no son nuevas. Cuando un sindicato ha intentado agrupar en su seno realidades que van más allá del trabajador industrial, como los trabajadores precarios o en paro, usualmente el proceso se ha zanjado –sobre todo en momentos de crisis– con la ruptura interna. Mientras los primeros priorizan en su acción la organización y las luchas parciales en el ámbito laboral, los precarios y desempleados tienden al conflicto disruptivo en la calle. La misma dinámica que llevó a la ruptura de la CNT, durante los años treinta, entre aquellos sectores hegemonizados por la FAI y los trentistas, o que, a finales de los sesenta, explica la pluralidad organizativa que adquirieron las primeras CCOO catalanas, aquellos que se organizaban en la fábrica y aquellos que lo hacían por zonas. Rupturas organizativas y discursivas que de todas formas, en términos de movimientos sociales, a veces han demostrado capacidades complementarias. Decía un viejo dirigente obrero de los años cincuenta que el sindicalismo era como la física, no hay espacios vacíos; o bien ocupas un espacio, o bien te lo ocupan. Los sindicatos no se pueden inventar. La emergencia de CCOO en los sesenta es inexplicable sin la práctica desaparición de la CNT durante el primer franquismo, y en estos momentos aquí solo existen tres opciones viables: UGT, CCOO y CGT. Tres sindicatos con discursos diferenciados y prácticas divergentes, pero sindicatos al fin y al cabo. Tampoco se puede negar una realidad: segmentos crecientes de la población a duras penas encontrarán, en las formas sindicales tradicionales, el espacio desde donde articular sus demandas. Datos como los de más de un 40 por 100 de paro juvenil –en unas trayectorias laborales que en el mejor de los casos solamente se recuperarán en una década–, un 20 por 100 de paro global –sin ningún tipo de esperanza de una reducción significativa inmediata– o las 40.000 familias amenazadas de desahucio –solo en Barcelona– nos hablan de una realidad vital durísima que está sufriendo aquí y ahora gran parte de la población. Realidad que tendría que imponer formas de organización flexibles en las acciones sindicales, o que vislumbrará –como se ha podido ver en esta huelga– la organización de la protesta fuera de los espacios sindicales mayoritarios. Este nuevo tipo de formas organizativas ahora son débiles, pero para aquellos que las critican sin más, hace falta ver que en ellas se encuentra una de las posibles claves para empezar a revertir la impregnación del ciclo reaccionario entre la población y encontrar las vías de una resistencia que tendrá que ser larga y, en esencia, constantemente innovadora. Y en esta ocasión se ha demostrado una capacidad que no puede ser minusvalorada sin más ni ahogada en debates estériles.

En este contexto, concentrarse en el debate sobre la violencia no tiene ningún sentido. Es un debate absolutamente impuesto donde las cartas están marcadas antes de empezar la partida. Es evidente que el conjunto de disturbios vividos durante la jornada de la huelga no fueron organizados. Como también lo es que no existe un supuesto triángulo de la violencia entre Barcelona, Grecia e Italia, falacia que ha dado para muchos titulares, tertulias y excitaciones varias mientras olvidamos fenómenos de una dimensión mucho más intensa, como los vividos durante las movilizaciones estudiantiles de los años noventa en Francia, que se han reproducido periódicamente adquiriendo unas dimensiones que dejan en mero juego de niños lo vivido en Barcelona, o las semanas de fuego de Londres durante los ochenta. Es en este sentido un debate que, tal como ha sido planteado, es absolutamente inaceptable. Después de un año de ayudas al sistema financiero, después de un año en que este mismo sistema, retornando favores a la población, impone ahora recortes draconianos a la sociedad, convirtiendo a los salvados en verdugos y a los salvadores en víctimas, después de que se plantee la posibilidad de que la mayor parte de la población se quede sin jubilaciones para asegurar que los recursos públicos estén disponibles para fines privados, que ahora el gran debate en los medios de comunicación sea precisamente unos disturbios de bajo nivel es como mínimo un ejercicio de cinismo. El propio FMI –institución que probablemente es uno de los principales núcleos de organización de la violencia global actualmente– anuncia en su informe sobre Europa que los disturbios crecerán. Son, en todo caso, la expresión de un problema, no el problema en sí mismo.

IV