Herejía - S. J. Parris - E-Book

Herejía E-Book

S. J. Parris

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Beschreibung

Una historia de asesinatos, conspiraciones, espías y herejía en el Oxford de los Tudor Oxford, 1583. La ciudad universitaria es un hervidero de secretos, enigmas y conspiraciones que Giordano Bruno, antiguo monje, poeta, científico y filósofo célebre, debe sortear. Oficialmente, Bruno está en Oxford para participar en un debate sobre la teoría copernicana del universo; extraoficialmente, está a las órdenes de sir Francis Walsingham para investigar un complot contra la reina Isabel. Pero cuando una serie de horribles asesinatos asola la comunidad de estudiantes y profesores, solo una mente como la suya puede atrapar al asesino. Pronto queda claro que nadie es quien dice ser y que el propio trono de los Tudor está en juego. Con ecos de El nombre de la rosa,Herejía fascinará a los amantes de la novela histórica.   Finalista del Premio Ellis Peters de Novela Histórica

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Seitenzahl: 745

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Contenido

Portada

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Página de créditos

Sobre este libro

Prólogo

Primera parte

Capítulo 1

Segunda parte

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Epílogo

Sobre la autora

Notas

Herejía

La primera investigación de Giordano Bruno

S. J. Parris

Traducción de Fernando Garí Puig

Página de créditos

Herejía

V.1: abril de 2025

Título original: Heresy

© Stephanie Merritt, 2010

© de la traducción, Fernando Garí Puig, 2011

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2025

Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción total o parcial de la obra.

Diseño de cubierta: Taller de los Libros

Imágenes de cubierta: James Irvein of Lions Gate | Freepik - hanakaz - user13880988 - yingyang - upklyak

Corrección: Laura Serral

Publicado por Ático de los Libros

C/ Roger de Flor n.º 49, escalera B, entresuelo, oficina 10

08013, Barcelona

[email protected]

www.aticodeloslibros.com

ISBN: 979-13-87592-02-8

THEMA: FV

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Herejía

Una historia de asesinatos, conspiraciones, espías y herejía en el oxford de los Tudor

Oxford, 1583. La ciudad universitaria es un hervidero de secretos, enigmas y conspiraciones que Giordano Bruno, antiguo monje, poeta, científico y filósofo célebre, debe sortear.

Oficialmente, Bruno está en Oxford para participar en un debate sobre la teoría copernicana del universo; extraoficialmente, está a las órdenes de sir Francis Walsingham para investigar un complot contra la reina Isabel. Pero cuando una serie de horribles asesinatos asola la comunidad de estudiantes y profesores, solo una mente como la suya puede atrapar al asesino. Pronto queda claro que nadie es quien dice ser y que el propio trono de los Tudor está en juego.

Con ecos de El nombre de la rosa, Herejía fascinará a los amantes de la novela histórica.

Finalista del Premio Ellis Peters de Novela Histórica

«En esta fascinante primera novela de S. J. Parris, el famoso científico Giordano Bruno irrumpe con la fuerza de un volcán.»

Katherine Neville, autora de El ocho

«Una deliciosa combinación de literatura histórica y novela negra.»

The Times

«La novela está impregnada de una sensación de constante peligro.»

The Daily Mail

«Personajes inolvidables, tramas trepidantes y un mundo en el que un paso en falso […] puede significar una muerte espeluznante.»

The Sunday Times

«Una apasionante mezcla de intriga, historia y misterio.»

Kate Mosse

«Imposible resistirse.»

The Daily Telegraph

«Un thriller histórico atmosférico y muy bien escrito.»

The Guardian

Prólogo

Monasterio de San Domenico Maggiore, Nápoles, 1576

La puerta exterior se abrió repentinamente con un golpe que resonó en el pasillo, y el suelo de madera se estremeció con el firme paso de numerosos pies. En el interior del cubículo, donde me hallaba sentado al borde de un banco, cuidando mucho de no acercarme demasiado a la boca del pozo negro que se abría a mis pies, la llama de mi pequeña vela se agitó ante la repentina corriente de aire de aquella irrupción, lanzando sombras que danzaron en las paredes de piedra. Allora, me dije alzando la vista. Por fin han venido por mí.

El ruido de pasos se detuvo ante la puerta del cubículo y fue sustituido por el furioso golpear del puño del abad contra la puerta acompañado de los gritos de su voz, enronquecida más allá de su tono habitualmente plácido y diplomático.

—¡Fra Giordano!, os ordeno que salgáis ahora mismo a plena vista con lo que sea que tengáis entre manos.

Percibí una risita apagada de uno de los monjes que lo acompañaba, seguida por la severa reprimenda del abad, fra Domenico Vita, y, a pesar de la situación, no pude evitar sonreír para mis adentros. Habitualmente, fra Vita daba la impresión de ser un hombre a quien todas las funciones corporales ofendían gravemente. Sin duda, el hecho de tener que arrestar a uno de sus monjes en un lugar tan ignominioso como aquel le estaba provocando un disgusto sin precedentes.

—Un momento, padre, si me lo permitís —contesté, desatándome el hábito para dar la apariencia de haber estado utilizando el escusado para su auténtico fin. Contemplé el libro que tenía entre manos y, por un instante, pensé en ocultarlo entre los pliegues de la ropa, pero no serviría de nada. Me iban a registrar de todos modos.

—¡Ni un momento ni nada, hermano! —respondió fra Vita desde el otro lado de la puerta con tono amenazador—. Esta noche lleváis más de dos horas encerrado en el escusado. Creo que es tiempo más que suficiente.

—Será algo que he comido, padre —contesté mientras dejaba caer con gran disgusto el libro en el pozo y tosía con fuerza para que no se oyera el chapoteo que produjo al caer en el charco de heces. Lástima, porque se trataba de una excelente edición.

Descorrí el cerrojo y abrí la puerta para ver a mi abad de pie ante mí, con sus toscas facciones temblando de rabia contenida, aún más destacadas a la luz de las antorchas que portaban los cuatro monjes que lo acompañaban y que me contemplaban, tan fascinados como horrorizados.

—¡No os mováis, fra Giordano! —me espetó Vita agitando su admonitorio dedo índice ante mi rostro—. ¡Es demasiado tarde para ocultar algo!

Entró en el cubículo arrugando la nariz ante el hedor que allí reinaba y examinó sus cuatro esquinas a la luz del farol. Al no hallar nada, se volvió hacia su séquito.

—¡Registradlo! —bramó.

Mis hermanos cruzaron una mirada de consternación; entonces, fra Agostino da Montalcino, aquel malicioso monje toscano, dio un paso al frente con una desagradable sonrisa en el rostro. Yo nunca le había caído bien, pero su desagrado se había convertido en abierta animosidad desde el día en que yo lo había derrotado públicamente en un debate acerca de la herejía arriana, tras lo cual se había dedicado a esparcir la maledicencia de que yo negaba la divinidad de Cristo. Sin duda, había sido él quien había puesto sobre aviso a fra Vita.

—Disculpadme, fra Giordano —me dijo sin disimular una mueca burlona. Empezó a palparme por la cintura, descendiendo por los muslos.

—Procurad refrenar vuestro placer, mi buen hermano —murmuré.

—Me limito a obedecer a un superior —contestó. Cuando hubo acabado, se dio la vuelta hacia fra Vita con expresión abatida—. No tiene nada escondido entre su ropa, padre.

Fra Vita se acercó en silencio y me fulminó con la mirada durante unos segundos. Su rostro estaba tan cerca del mío que pude contar los pelos de su nariz y oler su apestoso aliento a cebolla rancia.

—El pecado de nuestro primer padre fue el deseo de conocimientos prohibidos —declaró, pronunciando cada palabra con deliberada lentitud mientras se pasaba la lengua húmeda por los labios—. Creía que podía ser como Dios. Y ese es también vuestro pecado, fra Giordano Bruno. Sois uno de los jóvenes más dotados que he conocido en los años que llevo al frente de San Domenico Maggiore, pero vuestra curiosidad y el orgullo que despierta en vos vuestra inteligencia impiden que utilicéis vuestro talento al servicio de la Iglesia. Es hora de que el padre inquisidor se ocupe de vos.

—No, padre, por favor. No he hecho nada —protesté, dándome la vuelta para salir; pero, justo en ese momento, fra Montalcino soltó una exclamación a mi espalda.

—¡Fra Vita! Aquí hay algo que deberíais ver.

Estaba alumbrando el pozo negro con su antorcha, y una expresión de malévolo placer inundaba su enjuto rostro.

El rostro de Vita palideció, pero se asomó para ver lo que el toscano había descubierto. Aparentemente satisfecho, se volvió hacia mí.

—Fra Giordano, regresad a vuestra celda y no salgáis hasta que se os avise. Esto requiere la intervención inmediata del padre inquisidor. —Se volvió hacia fra Agostino—. Recuperad ese libro. Así sabremos qué clase de herejía o de nigromancia ha estado estudiando nuestro hermano con tanta devoción, una devoción que desde luego no le he visto aplicar a las Sagradas Escrituras.

Montalcino miró al abad y después a mí con expresión de horror. Yo llevaba encerrado en la letrina tanto rato que me había acostumbrado al hedor, pero la idea de tener que meter la mano en el charco que había bajo la tablazón hizo que se me revolviera el estómago. Contemplé al toscano con aire de suprema satisfacción.

—¿Yo, mi señor abad? —preguntó este en tono ofendido.

—¡Sí, vos! ¡Y mejor será que os apresuréis!

Fra Vita se envolvió en su capa para protegerse del frío aire nocturno.

—Os puedo ahorrar la molestia —intervine—. Se trata de los Comentarios, de Erasmo. No hay ninguna magia negra en ellos.

—Como bien sabéis, hermano Giordano, las obras de Erasmo figuran entre los libros prohibidos de la Santa Inquisición —dijo Vita en tono severo, mirándome de nuevo con sus ojos inexpresivos—. Pero esta vez nos ocuparemos nosotros. Lleváis demasiado tiempo tomándonos por tontos, y es hora de poner a prueba la pureza de vuestra fe. ¡Fra Battista! —llamó a otro de los monjes con antorchas, que se acercó obedientemente—. Avisad al padre inquisidor.

En ese momento podría haberme hincado de rodillas y suplicado clemencia, pero mis súplicas habrían resultado indignas, y fra Vita era un hombre de palabra. Si había llegado a la conclusión de que yo debía enfrentarme al inquisidor, quizá como ejemplo ante mis hermanos de la orden, nada lo haría cambiar de parecer hasta ver cumplido su propósito. Y yo sabía lo que eso significaba. Me cubrí con la capucha y seguí al abad y a sus ayudantes, deteniéndome brevemente para ver cómo Montalcino se subía la manga del hábito y se preparaba para recuperar mi perdido Erasmo.

—Mirándolo bien, sois afortunado, hermano —le dije, lanzándole un guiño de despedida—, mi mierda huele realmente mejor que la de los demás.

—A ver si os mostráis tan ocurrente cuando os metan por el culo un atizador al rojo vivo, Bruno —replicó, haciendo gala de una notable falta de caridad cristiana.

Fuera, en el claustro, el aire nocturno de Nápoles era gélido, y, agradecido por hallarme fuera de la letrina, vi cómo mi aliento formaba unas nubecillas blancas. Los altos muros de piedra del monasterio se alzaban por todas partes, sumiendo el claustro en las sombras. La gran fachada de la basílica surgió a mi izquierda mientras yo caminaba con pasos de plomo hacia los dormitorios de los monjes con la vista en lo alto para observar las estrellas que brillaban. La Iglesia enseñaba, siguiendo a Aristóteles, que las estrellas estaban fijas en la octava esfera, más allá de la Tierra, que todas eran equidistantes de esta y que se movían juntas en órbita, lo mismo que el Sol y los seis planetas, cada uno en su respectiva esfera. Pero también estaban los que, como el polaco Copérnico, osaban imaginar un universo diferente, con el Sol en su centro y una Tierra que se movía en la órbita de este. Nadie se había aventurado a ir más allá, ni siquiera con la imaginación. Nadie salvo yo, Giordano Bruno, el nolano, con mi secreta teoría que únicamente yo conozco, más audaz de lo que nadie se ha atrevido a formular: que el universo no tiene un centro fijo, sino que es infinito y que cada una de las estrellas que yo veía brillar en esos momentos en la aterciopelada negrura del cielo era su propio sol y estaba rodeada de sus propios mundos donde, en esos momentos, quizá seres como yo estuvieran observando también los cielos, preguntándose si existía algo más allá de los límites de su conocimiento.

Algún día escribiría todo aquello en un libro que sería la obra de mi vida, un libro que estremecería a la cristiandad igual que lo había hecho Copérnico con su De Revolutionibus Orbium Coelestium; o incluso más, un libro que acabaría con todas las certidumbres no solo de la Iglesia católica, sino de toda la religión cristiana. Sin embargo, había muchas cosas que no alcanzaba a comprender, demasiados libros que todavía no había leído —de astrología y antigua magia—, libros que estaban prohibidos para los dominicos y que nunca podría encontrar en la biblioteca de San Domenico Maggiore. Era consciente de que si comparecía en esos momentos ante la Santa Inquisición, usarían hierros candentes o el potro hasta que acabara vomitando mis hipótesis a medio elaborar para después condenarme a la hoguera por hereje. Tenía veintiocho años y no quería morir aún. Por lo tanto, no me quedaba otro remedio que huir.

Acababan de dar las completas, y los monjes de San Domenico se aprestaban a retirarse para la noche. Entré rápidamente en la celda que compartía con fra Paolo de Rímini, arrastrando el frío de la noche con mi hábito y mi cabello, y me puse a reunir frenéticamente mis escasas pertenencias para meterlas en una bolsa de tela encerada. Paolo, que había estado tumbado contemplativamente en su jergón de paja hasta que abrí la puerta, se incorporó sobre un codo y contempló mi frenesí con preocupación. Los dos habíamos ingresado en el monasterio como novicios a la edad de quince años, y entonces, trece más tarde, era la única persona a la que consideraba un hermano en el sentido más auténtico de la palabra.

—¡Han mandado llamar al padre inquisidor! —le expliqué con el aliento entrecortado—. No hay tiempo que perder.

—Has vuelto a saltarte las completas. Ya te lo advertí, Bruno —me dijo Paolo meneando la cabeza—, que si pasabas tantas horas todas las noches encerrado en el escusado la gente acabaría por sospechar. Fra Tommaso le ha dicho a todo el mundo que sufres una grave dolencia estomacal, pero yo le dije que Montalcino no tardaría en deducir tu verdadera actividad y denunciarte al abad.

—¡Por el amor de Dios, si solo se trataba de Erasmo! —exclamé, irritado—. Debo marcharme esta misma noche, Paolo, antes de que me interroguen. ¿Has visto mi capa de invierno?

Paolo se puso serio de repente.

—Bruno, ya sabes que un dominico no puede abandonar la orden si no es bajo pena de excomunión. Si huyes, lo interpretarán como una confesión de culpabilidad y ordenarán tu detención. Serás condenado como hereje.

—Y si me quedo, me condenarán igualmente por lo mismo. Estoy seguro de que la condena será menos dolorosa in absentia.

—Pero ¿adónde irás? ¿De qué vivirás?

Mi amigo parecía abatido, de modo que interrumpí mi búsqueda y apoyé una mano en su hombro.

—Viajaré de noche. Cantaré, bailaré y, si es necesario, mendigaré por un trozo de pan; y cuando haya puesto suficiente distancia entre mi persona y Nápoles, me ganaré la vida enseñando. El año pasado me dieron el título de doctor en teología, e Italia está llena de universidades.

Intentaba sonar optimista, pero lo cierto era que el corazón me latía desbocadamente y que tenía las tripas revueltas. No dejaba de resultar irónico que en esos momentos no pudiera acercarme a un retrete.

—Si la Inquisición te declara hereje, nunca estarás a salvo en Italia —dijo Paolo, tristemente—. No se rendirán hasta que te vean ardiendo en la hoguera.

—Entonces debo marcharme antes de que tengan la oportunidad de echarme el guante. Quizá me vaya a Francia.

Me di la vuelta en busca de mi capa, y en mi memoria destelló, con la misma claridad con la que quedó impresa, la imagen de un hombre engullido por las llamas, agonizando con la cabeza ladeada mientras intentaba apartarla del fuego que le devoraba la ropa. Había sido aquel gesto, humano e impotente, el movimiento de proteger su rostro de las llamas a pesar de tener la cabeza atada al poste, el que me había acompañado desde entonces y me había llevado a evitar el espectáculo de otra cremación. Por aquel entonces, yo tenía doce años, y mi padre, un soldado profesional de creencias piadosas y sinceras, me había llevado a Roma para que presenciara una ejecución pública y mejorara así mi educación e instrucción. Buscó un lugar ventajoso para ambos en el Campo de Fiori, por detrás de la muchedumbre que no cesaba de darse empellones. Me sorprendió ver la cantidad de gente que se había acercado para obtener provecho del acontecimiento, como si se tratara de un número circense o de una feria ambulante: vendedores de panfletos, frailes mendicantes, hombres y mujeres que se paseaban con bandejas colgadas del cuello llenas de dulces, panecillos o pescado frito. También me sorprendió la crueldad de la gente, que se burló del prisionero y le escupió y tiró piedras cuando lo sacaron y lo llevaron, callado y cabizbajo, hasta la estaca. Me pregunté si su silencio obedecía a la derrota o se trataba de un gesto de dignidad, pero mi padre me explicó que le habían atravesado la lengua con un clavo para que no intentara convertir a los espectadores repitiendo sus abominables herejías camino de la pira.

Lo ataron a la estaca y amontonaron haces de leña a su alrededor hasta que quedó prácticamente oculto. Cuando el verdugo arrimó la antorcha, se oyó un fuerte crepitar, y la seca madera prendió al instante para arder con un feroz resplandor. Mi padre asintió en gesto de aprobación y me contó que, a veces, si las autoridades se sentían compasivas, permitían que se utilizara madera verde en la pira, ya que, de ese modo, el reo solía morir asfixiado por el humo antes de que su cuerpo sufriera el azote de las llamas. No obstante, con los herejes de peor calaña —brujas, hechiceros, blasfemos, luteranos y benandanti—,1 se aseguraban de que la leña estuviera más seca que las laderas del monte Cicala en verano, para que así las llamas castigaran al ofensor hasta que este invocara a Dios en su postrero arrepentimiento.

Deseé apartar la mirada cuando el fuego se precipitó a devorar el rostro del hombre, pero mi padre se hallaba firmemente plantado junto a mí, imperturbable, como si presenciar el tormento de aquel infeliz formara parte de sus deberes hacia Dios, y yo no quise parecer menos viril o piadoso que él. Escuché los alaridos que salieron de la abrasada garganta del reo cuando le estallaron los globos oculares. Oí el siseo y el chasquido de su piel a medida que se le llenaba de ampollas, se le levantaba y las llamas la convertían en una pulpa sanguinolenta. Olí el hedor de la carne quemada y me recordó espantosamente el olor de los cerdos que solían sacrificar en la plaza de Nola, cuando yo era pequeño. Y entre todo ello, los gritos de entusiasmo que lanzó la muchedumbre cuando el hereje expiró al fin no tuvieron nada que envidiar a los que prorrumpían el día de Todos los Santos o en las fiestas públicas. Mientras regresábamos a casa, pregunté a mi padre por qué aquel hombre había tenido que morir de un modo tan atroz. ¿Acaso había matado a alguien? Mi padre me explicó que se trataba de un hereje, que había desafiado la autoridad del Papa negando la existencia del purgatorio. Así fue como aprendí que en Italia las palabras y las ideas se consideran tan peligrosas como las espadas y las flechas, y que un filósofo o un científico necesita tanto o más coraje que un soldado para atreverse a expresar en voz alta sus pensamientos.

Oí que en alguna parte del edificio de los dormitorios una puerta se abría con violencia.

—¡Ya vienen! —susurré presa del pánico a Paolo—. ¿Dónde demonios está mi capa?

—Aquí —contestó, y me entregó la suya y me ayudó a echármela sobre los hombros—. Y toma esto también. —Depositó en mi mano una daga con la empuñadura de marfil y una funda de cuero. Lo miré, sorprendido—. Fue un regalo de mi padre —me dijo entre susurros—. A donde vas la necesitarás más que yo. Y ahora, sbrigati, ¡date prisa!

La estrecha ventana de nuestra celda era lo bastante ancha para que yo pudiera salir por ella de lado, pasando primero una pierna y luego la otra. Estábamos en el primer piso del edificio, pero a menos de dos metros por debajo, el inclinado tejado del refectorio de los hermanos seglares sobresalía lo suficiente para poder saltar sobre él si medía mi caída con cuidado. Desde allí, podría bajar por un contrafuerte y, suponiendo que fuera capaz de cruzar el jardín sin que me vieran, saltar los muros del monasterio y perderme por las calles de Nápoles al amparo de la oscuridad.

Guardé la daga entre los pliegues del hábito, me eché la bolsa encerada al hombro y pasé una pierna por el alféizar antes de detenerme para echar una ojeada al exterior. Una enorme luna, redonda y pálida, colgaba sobre la ciudad, oscurecida parcialmente por jirones de nubes. Fuera reinaba el silencio más absoluto. Durante un instante, me sentí suspendido entre dos vidas. Llevaba trece años siendo monje. Cuando pasara la otra pierna por la ventana y me descolgara sobre el tejado de abajo, daría la espalda para siempre a aquella vida. Paolo tenía razón: fueran cuales fuesen los cargos que alzaran contra mí, me excomulgarían por abandonar la orden. Me miró con el rostro muy apenado y me tendió la mano. Me disponía a cogerla y besarle los nudillos cuando oí de nuevo el insistente estruendo de pasos corriendo por el pasillo.

—Dio sia con te —me susurró Paolo mientras yo salía por la ventana y giraba el cuerpo de tal manera que quedé colgado de la punta de los dedos, desgarrando de paso el hábito. Luego, encomendándome a Dios y a la suerte, me solté. Aterricé torpemente en el tejado de abajo, oí que la ventana se cerraba y confié en que Paolo lo hubiera logrado a tiempo.

La luz de la luna era una bendición y una maldición al mismo tiempo. Me mantuve pegado a las sombras de la pared mientras cruzaba el jardín, detrás de las dependencias de los monjes y, con la ayuda de las parras salvajes, me las arreglé para trepar el muro del monasterio, saltar fuera del recinto y rodar por una pequeña pendiente hasta el camino. Al instante tuve que buscar refugio entre las sombras de un portal porque un jinete montado en un caballo negro galopaba a toda prisa por la estrecha calle en dirección al monasterio, con la capa ondeando al viento tras él. Cuando me atreví a asomarme, con el corazón desbocado, reconocí la redonda ala del sombrero de la figura mientras esta desaparecía camino arriba, hacia la entrada principal del monasterio, y supe que se trataba del padre inquisidor que había sido llamado en mi honor.

Esa noche, cuando ya no pude seguir caminando, me eché a dormir en una cuneta de las afueras de Nápoles, y la capa de Paolo me sirvió de débil protección contra el frío nocturno. El segundo día me gané un sitio donde pasar la noche y media hogaza de pan después de trabajar toda la jornada en los establos de una posada de carretera. Por la noche, un desconocido me atacó mientras yo dormía y me desperté con las costillas doloridas, la nariz ensangrentada y sin la hogaza de pan. Al menos, mi agresor había utilizado los puños y no un cuchillo, como no tardaría en aprender que era costumbre entre los vagabundos y los viajeros que frecuentaban las tabernas y posadas que jalonaban el camino hasta Roma. El tercer día ya había aprendido a mantenerme alerta y llevaba recorrido más de la mitad del trayecto. Añoraba ya las familiares rutinas monásticas que habían gobernado mi vida durante tantos años, pero, al mismo tiempo, me sentía emocionado ante la perspectiva de la libertad. Ya no me hallaba sometido a nadie ni nada que no fuera mi propia imaginación. Sabía que ir a Roma era como meterse en la boca del lobo, pero me gustaba la audacia de desafiar la Providencia. Una de dos: o empezaría una nueva vida como hombre libre, o bien la Inquisición daría conmigo y entregaría mi cuerpo a las llamas. De todas maneras, estaba decidido a hacer lo imposible para evitarlo. No me daba miedo morir por mis creencias, pero no quería dejar esta vida sin averiguar cuáles lo merecían.

Primera parte

Londres, mayo de 1583

1

La mañana del 20 de mayo de 1583 crucé el puente de Londres galopando a lomos de un caballo que había pedido prestado al embajador francés ante la corte de la reina Isabel de Inglaterra. A pesar de que aún no era mediodía, el sol brillaba con fuerza y arrancaba destellos de diamante a la ondulada superficie del Támesis. La cálida brisa que me apartaba el cabello de la cara llevaba con ella el hedor del río. Mi corazón rebosaba expectación cuando alcancé la orilla sur y giré a la derecha, siguiendo el curso del río en dirección a Winchester House, donde debía reunirme con la comitiva real para embarcarme en el viaje que nos llevaría a la famosa Universidad de Oxford.

El palacio de los obispos de Winchester era de ladrillo rojo, construido al estilo inglés, alrededor de un patio, y sus tejados estaban adornados con floridas chimeneas que se alzaban por encima de los altos ventanales del ala principal, que daba al río. Ante ella se extendía una amplia superficie de césped que descendía hasta un gran muelle y un embarcadero donde, según vi al acercarme, se hallaba reunida una pintoresca multitud. Las notas musicales de la orquesta que ensayaba inundaban el aire, y parecía que la mitad de la sociedad londinense se hubiera vestido con sus mejores galas para contemplar el espectáculo de la comitiva real al sol de primavera. Junto al embarcadero, los sirvientes cargaban una gran embarcación de oropeles, cortinajes de seda y cojines tapizados en rojo y oro. En la proa se hallaban los bancos de los ocho remeros, y una lujosa toldilla bordada protegía del sol los asientos de popa. Vistosos pendones tachonados de pedrería ondeaban al viento entre centelleos.

Desmonté, y un sirviente se acercó para ocuparse de mi caballo mientras yo me dirigía a la casa entre las miradas suspicaces de varios caballeros elegantemente vestidos. De repente, sentí un manotazo entre los omóplatos que estuvo a punto de hacerme caer al suelo.

—¡Giordano Bruno, viejo canalla! ¿Todavía no te han arrojado a la hoguera?

Recobré el equilibrio, me di la vuelta y vi a Philip Sidney, que se hallaba de pie, sonriendo de oreja a oreja, con las piernas separadas y los brazos en jarras y peinado con ese tupé tan suyo que le daba el aspecto de un colegial que acabara de saltar de la cama a toda prisa. Sidney, el soldado, poeta y aristócrata a quien había conocido en Padua, durante mi huida de Italia.

—Para eso tendrían que haberme atrapado primero, Philip —respondí, al tiempo que le obsequiaba con mi mejor sonrisa.

—Para ti soy «sir Philip», patán. Como ya sabrás, este año he sido nombrado caballero.

—Cuánto me alegro. ¿Significa eso que a partir de ahora adquirirás mejores modales?

Soltó una carcajada y me abrazó nuevamente, dándome fuertes palmadas en la espalda. Mientras recobraba el aliento y le devolvía el gesto, pensé que la nuestra era una curiosa amistad. Nuestros antecedentes no podían ser más dispares: Sidney había nacido en el seno de una de las familias más importantes de la corte inglesa y no se cansaba de recordármelo, pero en Padua habíamos descubierto que teníamos el mutuo don de hacer reír al otro, cosa agradable y poco frecuente en aquel lugar, austero y con frecuencia sombrío. En ese momento, seis años después, no solo no sentía la menor incomodidad en su compañía, sino que volvíamos a nuestra vieja costumbre de lanzarnos cariñosas puyas.

—Ven, Bruno —me dijo Sidney, rodeándome los hombros con el brazo y conduciéndome a través del césped hacia el río—. Por Dios que me alegro de verte otra vez. Esta visita real a Oxford sería insoportable sin tu compañía. ¿Has oído hablar ya de ese príncipe polaco?

Negué con la cabeza, y Philip alzó la vista al cielo.

—Bueno, pues no tardarás en conocerlo. Se trata del palatino Albert Laski, un dignatario polaco con demasiado dinero y muy pocas responsabilidades que, como no podía ser de otro modo, dedica su tiempo a convertirse en un pelmazo para las distintas cortes europeas. Se suponía que debía partir a París, pero el rey Enrique de Francia se niega a dejarlo entrar en el país. Así pues, su majestad no tiene más remedio que cargar con la tarea de entretenerlo un tiempo más. De ahí esta lujosa comitiva para tenerlo lejos de la corte. —Hizo un gesto con la mano, señalando la barcaza y después miró en derredor para asegurarse de que nadie nos escuchaba—. No puedo reprochar al rey francés que le haya prohibido la visita, porque se trata de un individuo singularmente insoportable. Aun así, se trata de una verdadera hazaña. Se me ocurren varias tabernas donde tengo prohibido entrar, pero que a uno le impidan entrar en un país es algo que pone en evidencia un talento especial para resultar indeseable. Como verás, el tal Laski lo tiene a carretadas. De todas maneras, tú y yo lo pasaremos estupendamente en Oxford: tú dejarás a los zoquetes boquiabiertos con tus ideas, y yo disfrutaré aprovechándome de tu gloria y enseñándote mis guaridas favoritas. —Me dio un codazo de complicidad—. Aunque, como tú bien sabes, esa no es nuestra única misión —añadió bajando la voz.

Nos quedamos un rato, codo con codo, contemplando el río lleno de pequeñas embarcaciones, chalanas y barcas de vela que surcaban las aguas bajo el brillante sol que iluminaba las fachadas de las elegantes casas de madera y ladrillo de la orilla opuesta; un glorioso paisaje rematado por la gran cúpula de la catedral de San Pablo, alzándose por el norte, entre los tejados. Pensé en lo magnífico que era el Londres de nuestra época y en lo afortunado que debía considerarme por encontrarme allí y con semejante compañía. Esperé a que Sidney fuera el primero en hablar.

—Tengo algo para ti, de parte de mi futuro suegro, sir Francis Walsingham —murmuró sin apartar la vista del río—. Ya ves a lo que me ha reducido mi condición de caballero: a ser tu chico de los recados. —Se enderezó y miró en dirección a la barcaza, protegiéndose del sol con las manos, antes de meter la mano en la bolsa impermeable que llevaba con él y sacar un abultado saquito de cuero—. Walsingham te envía esto porque es posible que incurras en algunos gastos durante tus averiguaciones. Llámalo un pago por adelantado, si quieres.

Sir Francis Walsingham era el secretario de Estado de la reina Isabel, y el hombre que se hallaba detrás de mi sorprendente presencia en aquella comitiva real de visita a Oxford. La sola pronunciación de su nombre bastaba para que un escalofrío me recorriera la espalda.

Caminamos para alejarnos de la muchedumbre que se había reunido para contemplar cómo adornaban la barcaza con flores antes de nuestra partida. Un poco más allá, un grupo de músicos inició una tonadilla y observamos cómo la gente se agolpaba alrededor de ellos.

—Ahora dime la verdad, Bruno. No has puesto tus ojos en Oxford solamente por la oportunidad de hablar sobre Copérnico ante un montón de académicos de segunda. Tan pronto como me enteré de que estabas en Inglaterra comprendí que debías de andar tras la pista de algo importante —concluyó Sidney.

Miré rápidamente en derredor para asegurarme de que no había nadie cerca que pudiera oírnos.

—He venido en busca de un libro —le dije—. Uno que llevo cierto tiempo buscando y que creo que fue traído a Inglaterra.

—¡Lo sabía! —Sidney me cogió por el brazo y se acercó—. ¿Y de qué trata ese libro? ¿Acaso de algún oscuro arte para desentrañar los secretos del universo? Si no recuerdo mal, en Padua te dedicabas a entretenerte con ese tipo de cosas.

No supe si seguía burlándose de mí, pero decidí confiar en la amistad que habíamos forjado en Italia.

—¿Qué me dirías, Philip, si te contara que el universo es infinito?

Me miró con aire dubitativo.

—Diría que eso va más allá incluso de la herejía copernicana, y que mejor harías en bajar la voz.

—Bien, pues eso es precisamente lo que creo —le dije por lo bajo—. Copérnico solo contó una verdad a medias. El retrato del cosmos de Aristóteles, con sus estrellas fijas y sus seis planetas que giran alrededor de la Tierra, es pura falsedad. Copérnico sustituyó la Tierra por el Sol como centro del universo, pero yo voy más allá. Yo digo que existen muchos soles, muchos centros, tantos como estrellas brillan en el cielo. Digo que el universo es infinito y que, si eso es cierto, ¿por qué no había de estar lleno de otros planetas como el nuestro?, ¿con habitantes como nosotros? He decidido que dedicaré mi vida a demostrar que lo que digo es cierto.

—¿Y cómo puede ser demostrado?

—Los veré con mis propios ojos —repuse mirando hacia el río, sin atreverme a observar su reacción—. Me adentraré en los espacios insondables del universo, más allá de las esferas.

—¿Y cómo piensas hacerlo exactamente? ¿Aprenderás a volar?

Philip parecía incrédulo, y no pude reprochárselo.

—Lo conseguiré mediante los conocimientos secretos que se esconden en el libro perdido del sabio egipcio Hermes Trimegisto, que fue el primero que desveló esos misterios. Si consigo dar con él, aprenderé los secretos necesarios para remontarme a través de las esferas gracias a la luz de la divina sabiduría y entrar en la Mente Divina.

—¿Me estás diciendo que vas a entrar en la mente de Dios, Bruno?

—No, escucha. Desde la última vez que nos vimos, he estudiado en profundidad la antigua magia de la escritura hermética y la cábala de los hebreos y he empezado a comprender cosas que no creerías posibles. —Vacilé—. Si puedo aprender a realizar la ascensión que Hermes describe, podré atisbar lo que hay más allá del cosmos conocido, el universo sin final y el alma universal de la que todos formamos parte.

Pensé que Philip se echaría a reír, pero permaneció pensativo.

—La verdad, Bruno, es que todo esto me suena a peligrosa brujería. Además, ¿qué demostrarías?, ¿que Dios no existe?

—Al contrario, que todos somos Dios —contesté en voz baja—, que la divinidad se halla en todos nosotros y en la sustancia del universo. Con los conocimientos adecuados, podríamos hacernos con el poder del cosmos. Cuando lo comprendamos, podremos ser iguales que Dios.

Philip me miró con asombro.

—¡Por la sangre de Cristo, Bruno, no puedes ir por ahí proclamándote igual a Dios! Es posible que aquí no tengamos la Inquisición, pero no habrá congregación cristiana que esté dispuesta a escucharte con ecuanimidad. Te arrojarán directamente a la hoguera.

—Y lo harán porque la Iglesia cristiana está corrompida en todas sus variantes. Eso es lo que pretendo comunicar: que no es más que una pobre sombra, una versión descolorida de la antigua verdad que existía mucho antes de que Cristo caminara sobre la tierra. Si la gente comprendiera eso, entonces la verdadera reforma de la religión sería una posibilidad. Los hombres podrían alzarse por encima de los cismas que tanta sangre han derramado y siguen haciendo correr y comprender por fin su unidad esencial.

La expresión de Philip se tornó grave.

—He oído al doctor Dee, mi antiguo tutor, decir cosas parecidas. Sin embargo, amigo mío, debes andarte con cuidado. El recogió muchos de esos manuscritos de magia antigua durante la destrucción de las bibliotecas monásticas y por ello lo llaman «nigromante» o cosas peores. Y no es solo la gente sencilla la que lo hace. Y eso que, de nacimiento, Dee no es solamente inglés, sino también el astrólogo oficial de la reina. Será mejor que no te ganes fama de dedicarte a la magia negra porque, como católico y extranjero, ya resultas sospechoso. —Dio un paso atrás y me contempló con curiosidad—. O sea, que crees que ese libro del que hablas se halla en Oxford, ¿no?

—Cuando vivía en París, descubrí que había sido sacado de Florencia a finales del siglo pasado. Si mi confidente dijo la verdad, lo trajo un coleccionista inglés que lo depositó en una de las grandes bibliotecas del país, donde ha permanecido inadvertido porque ninguna de las personas que lo han hojeado ha comprendido su significado. Muchos de los ingleses que viajaron a Italia en esa época eran universitarios y dejaron sus libros como legado, de manera que Oxford me parece un lugar tan bueno como cualquier otro para iniciar mis pesquisas.

—Deberías empezar preguntando a John Dee —comentó Sidney—. Tiene la mayor biblioteca del país.

Negué con la cabeza.

—Si tu doctor Dee tuviera ese libro sabría lo que tiene entre manos y habría dado a conocerlo por algún medio. No. Estoy seguro de que nadie lo ha descubierto todavía.

—Lo que tú digas, pero no te olvides del encargo de Walsingham mientras estés en Oxford. —Me dio otra palmada en la espalda—. ¡Y por el amor de Dios, tampoco te olvides de mí para ir a husmear a las bibliotecas! Espero un poco de buen humor por tu parte mientras estemos allí. Ya es bastante malo que tenga que hacer de niñera del polaco atontado de Laski, de manera que no pienso pasar todas las noches con un puñado de anticuados teólogos, muchas gracias. Tú y yo tenemos que irnos de juerga por la ciudad ¡y dejar tras nosotros un rastro de mujeres patizambas!

—Creía que ibas a casarte con la hija de Walsingham —dije, poniendo cara de fingida sorpresa.

Sidney alzó la vista al cielo.

—Eso será cuando la reina se digne dar su consentimiento. Hasta que llegue ese momento, no me considero atado por compromiso matrimonial alguno. Y, cambiando de tema, ¿qué me dices de ti? ¿Has compensado los años que pasaste en el claustro mientras recorrías Europa? —me preguntó, clavándome el codo entre las costillas.

Sonreí, frotándome el costado.

—Hará unos tres años, en Toulouse, hubo una mujer. Se llamaba Morgana, y era hija de un noble hugonote. Yo daba clases particulares de metafísica a su hermano, pero, cuando el padre no estaba en casa, ella me rogaba que me quedase y le leyera. Estaba hambrienta de conocimientos, lo cual constituye una rareza entre las mujeres de alcurnia, tal como he tenido ocasión de comprobar.

—¿Y era hermosa? —quiso saber Sidney con una chispa de malicia en sus ojos.

—Mucho. —Recordé los azules ojos de Morgana y la forma que tenía de hacerme reír cuando me veía demasiado melancólico—. La cortejé en secreto, pero creo que supe desde el primer momento que se trataba de algo pasajero. Su padre quería casarla con un hugonote aristócrata como él, no con un católico italiano que encima era un fugitivo. No aceptó dar su consentimiento ni siquiera cuando me convertí en profesor de filosofía de la Universidad de Toulouse y me procuré un buen sustento. Me amenazó con utilizar toda su influencia en la ciudad para destruir mi buen nombre.

—¿Y qué pasó? —preguntó Philip, intrigado.

—Ella me rogó que nos escapáramos juntos —suspiré—. Estuve a punto de dejarme convencer, pero en el fondo de mi corazón sabía que ese no habría sido el futuro que ninguno de los dos deseaba. Así pues, una noche me marché a París, donde dediqué todas mis energías a escribir y a presentarme ante la corte. Aun así, a menudo me pregunto acerca de la vida a la que di la espalda y adonde me habría conducido. —Mi voz se apagó mientras bajaba la vista y me perdía en los recuerdos.

—Pero entonces no te tendríamos aquí, amigo mío. Además, lo más seguro es que ahora esté casada con algún viejo conde —dijo Sidney con su mejor intención.

—Seguro que lo estaría —convine—, si no hubiera muerto. Su padre concertó el matrimonio con uno de sus mejores amigos, pero ella sufrió un accidente poco antes de la boda. Se ahogó. Su hermano me escribió para contármelo.

—¿Crees que fue por su propia mano? —inquirió Sidney abriendo los ojos desmesuradamente.

—Supongo que nunca lo sabré.

Callé un momento y me quedé con la mirada perdida más allá del río.

—Vaya, sí que lo siento —dijo Sidney al cabo de un momento y me dio una palmada en la espalda con esa naturalidad tan inglesa—. Aun así, las damas de la corte del rey Enrique deben de haberte proporcionado todo tipo de distracciones, ¿no?

Lo observé un instante, preguntándome si la nobleza británica carecía realmente de sensibilidad, tal como parecía, o si cultivaban aquella actitud como una manera de soslayar las emociones dolorosas.

—Oh, sí, las damas eran realmente hermosas y se mostraban dispuestas a ofrecerme sus atenciones, pero no tardé en averiguar que carecían de la menor conversación digna de ese nombre —dije, forzando una sonrisa—. Por su parte, ellas encontraron que yo carecía de la menor fortuna y títulos necesarios para una relación seria.

—Bueno, pues aquí lo tienes: estás predestinado al desengaño si esperas encontrar una mujer cuya conversación valga la pena. —Sidney meneó la cabeza con perplejidad, como si semejante idea fuera absurda—. Acepta mi consejo: afila tu ingenio en compañía de otros hombres y busca a las mujeres para los placeres más simples de la vida.

Me guiñó un ojo y sonrió traviesamente.

—Ahora debo ir a supervisar los preparativos del viaje. De lo contrario, nunca nos pondremos en marcha. Esta noche tenemos que cenar en el palacio de Windsor, así que debemos hacer buen camino. Dicen que tendremos tormenta. La reina no asistirá, como es natural —me dijo y, al ver mi expresión de sorpresa, añadió—: Sí, Bruno, me temo que la responsabilidad de entretener al príncipe polaco será exclusivamente nuestra hasta que lleguemos a Oxford, así que será mejor que reces a esa alma universal tuya para que nos depare suerte.

—No debería ser yo quien presuma, pero mis amigos me consideran un poeta bastante bueno, sir Philip —dijo el palatino Laski con su voz chillona, que siempre sonaba como si estuviera expresando disgusto, mientras la barcaza se aproximaba a Hampton Court—. Tenía pensado que si nos cansamos de las discusiones en la universidad —continuó, y en ese punto me lanzó una significativa mirada—, vos y yo podríamos dedicar parte de nuestra estancia en Oxford a leernos mutuamente nuestra poesía y darnos consejos, de compositor de sonetos a compositor de sonetos. ¿Qué os parece?

—Que en ese caso deberíamos incluir a Bruno en nuestros debates —repuso Sidney lanzándome una sonrisa cómplice—, puesto que, además de sus eruditos libros, ha escrito un drama cómico en verso para ser representado en escena, ¿verdad, Bruno? ¿Cómo se llamaba?

—Los portadores de antorchas —murmuré, dándome la vuelta para contemplar el paisaje. Había dedicado aquella obra a Morgana, y siempre la asociaba con su recuerdo.

—No he oído hablar de ella —dijo el palatino en tono despectivo.

Antes incluso de que nuestra comitiva hubiera llegado a Richmond, yo ya coincidía plenamente con mi señor, el rey Enrique III de Francia: Laski era insoportable. Gordo y rubicundo, tenía un concepto totalmente equivocado de su propia importancia y sentía un amor desmedido por el sonido de su voz. A pesar de sus aires de grandeza y de sus elegantes atuendos, resultaba evidente que no era muy amigo del agua, y aquel cálido sol hacía que emanara de su cuerpo una insoportable pestilencia que, en las distancias cortas, se mezclaba con los vapores del pardusco Támesis y lograba distraerme de lo que debería haber sido un agradable viaje.

Habíamos partido del embarcadero de Winchester House entre una gran fanfarria de trompetas. Una barca con músicos había recibido orden de seguirnos, de modo que los interminables monólogos del palatino estaban constantemente acompañados por el gorgojeo de flautas y otros instrumentos. Para agravar mi disgusto, las flores que con tanta generosidad adornaban la barcaza me hacían estornudar. Me recosté en los cojines de seda, intentando concentrarme en el rítmico chapoteo de los remos mientras nos deslizábamos majestuosamente a través de la ciudad, y los ocupantes de las embarcaciones que navegaban por el río contemplaban la barcaza real y se ponían en pie y se descubrían respetuosamente a nuestro paso. Por mi parte, casi había conseguido reducir el parloteo del polaco a un simple rumor de fondo mientras contemplaba el paisaje, y me habría contentado sobradamente con disfrutar del verdor de las orillas al dejar atrás la ciudad, pero Sidney estaba decidido a divertirse tomando el pelo al polaco y deseaba mi colaboración.

—Contemplad el gran palacio de Hampton Court, que en su día perteneció al favorito de nuestra reina, el cardenal Wolsey —dijo gesticulando pomposamente a medida que nos acercábamos a los imponentes muros de ladrillo rojo—, aunque no se puede decir que lo disfrutara mucho tiempo, porque tal es el capricho de los príncipes. No obstante, Laski, a juzgar por la atención que os dispensa durante vuestra visita, parece que la reina os tiene en gran estima.

El palatino mostró su fea y afectada sonrisa.

—Bueno, no me corresponde a mí decirlo, desde luego, pero creo que en estos momentos es sabido por todos en la corte que el palatino se ha hecho acreedor a la mejor hospitalidad de su majestad.

—Y ahora que no estará el conde de Anjou, me pregunto si sus súbditos no empezarán a hacer cábalas sobre una posible alianza con Polonia —siguió diciendo maliciosamente Sidney.

El palatino juntó las yemas de sus gordos dedos y frunció los labios, sus ojos porcinos brillaban con autocomplacencia.

—No soy yo quien debe decirlo, pero me he percatado de que, durante mi estancia en la corte, la reina me ha dispensado ciertas atenciones… ¿cómo diríamos…?, personales. Naturalmente se ha mostrado modesta, pero creo que los hombres de mundo como vos y yo, sir Philip, que no hemos vivido encerrados en un claustro, siempre sabemos cuándo una mujer nos mira con deseos de mujer, ¿no es así?

No pude contener un bufido de indignación, y tuve que disimularlo fingiendo un estornudo. Los músicos finalizaron otra de sus insoportables melodías populares y alegres y empezaron otra más melancólica que me permitió sumirme en un meditabundo silencio mientras los campos y los bosques pasaban ante mis ojos y el río se hacía más estrecho y menos ruidoso. Las nubes se amontonaban a lo lejos, reflejándose en la superficie del agua. Parecía que Sidney había acertado al decir que habría tormenta.

—En cualquier caso, sir Philip, me he tomado la libertad de componer un soneto alabando la belleza de la reina —anunció el palatino al cabo de un rato—, y me preguntaba si no sería mejor que lo recitara para vos antes de hacerlo ante los delicados oídos de su majestad. Me agradaría contar con el consejo de alguien que también es poeta como yo.

—Entonces, sería mejor que consultaseis con Bruno —repuso Sidney lánguidamente, mientras acariciaba el agua con la mano—. Fueron sus compatriotas los que inventaron esa forma poética, ¿verdad, Bruno?

Le lancé una mirada asesina y dejé que mis pensamientos se perdieran en el horizonte mientras el palatino empezaba su insoportable recital.

Si durante los días en que había mendigado de ciudad en ciudad a lo largo de la península italiana, dando clases cuando podía y viviendo en las míseras posadas de los viajeros, los buhoneros y los músicos, alguien hubiera predicho que acabaría convertido en confidente de reyes y cortesanos, la gente lo habría tomado por loco. Pero yo no. Siempre he confiado en mi capacidad no solo para sobrevivir, sino para mejorar de situación gracias a mi esfuerzo. He valorado más la inteligencia que los privilegios de la alcurnia, una mente curiosa y deseosa de aprender antes que el rango o la posición, y siempre he mantenido firme la convicción de que los demás acabarían comprendiendo que yo estaba en lo cierto. Eso es algo que me ha proporcionado la voluntad necesaria para superar obstáculos que habrían doblegado a hombres menos perseverantes. Así ha sido como a la edad de treinta y cinco años he pasado de ser un maestro itinerante y un hereje fugitivo a alcanzar las mayores cotas a las que puede aspirar un filósofo y convertirme en uno de los favoritos de la corte de Enrique III, en París, en su profesor particular en el arte de la memoria y en profesor de filosofía en la gran Universidad de la Sorbona. Por desgracia, en esa época, Francia también se hallaba desgarrada por los mismos conflictos religiosos que asolaban otros países por los que había pasado durante los siete años que llevaba exiliado de Nápoles. La facción católica de París, guiada por la poderosa familia Guisa, ganaba cada día mayor fuerza e influencia ante los hugonotes, hasta el punto de que se rumoreaba que la Inquisición se encontraba camino de Francia. Al mismo tiempo, mi amistad con el rey y la popularidad de mis clases me habían granjeado numerosos enemigos entre los académicos de la Sorbona, y no tardaron en correr maliciosos rumores que llegaron a oídos de la corte y que decían que mi especial sistema mnemotécnico era una variante de la magia negra que yo utilizaba para ponerme en contacto con los demonios. Al saber aquello, comprendí que debía marcharme igual que había hecho en Venecia, Padua, Génova, Lyon, Toulouse o Ginebra cuando el pasado amenazaba con darme caza. Y como otros tantos fugitivos antes que yo, busqué refugio bajo los más tolerantes cielos del Londres de Isabel, donde el Santo Oficio carecía de jurisdicción y donde, además, confiaba en poder hallar el libro perdido del alto sacerdote egipcio Hermes Trimegisto.

La barcaza real atracó en Windsor a última hora de la tarde, donde fuimos recibidos por un séquito de sirvientes en librea que nos acompañaron a nuestros aposentos en el palacio real y después a cenar y a pasar la noche antes de que, al día siguiente, siguiéramos nuestro viaje a Oxford. La cena fue un trámite deslucido, puede que en parte debido a que el cielo se había cargado de nubes cuando llegamos, haciendo necesario que encendieran las velas antes de hora. La lluvia no tardó en hacer acto de presencia y, al final de la cena, el agua caía como una cortina al otro lado de los altos ventanales del comedor.

—Si esto sigue así —comentó Sidney, mientras los sirvientes retiraban los platos—, mañana no podremos continuar en barcaza. Tendremos que proseguir el viaje por carretera, suponiendo que encontremos caballos suficientes.

El palatino adoptó una expresión malhumorada, ya que había disfrutado claramente de la languidez del viaje en barcaza.

—Soy mal jinete —se quejó—, así que, como mínimo, vamos a necesitar un carruaje. Aunque también podríamos esperar aquí a que el tiempo mejorara —sugirió en tono menos sombrío, recostándose en su asiento y contemplando el lujoso mobiliario del comedor.

—No tenemos tiempo —contestó Sidney—. La gran controversia de Bruno ante la universidad será pasado mañana, y debemos dar a nuestro orador la ocasión de que prepare debidamente sus irrefutables argumentos, ¿verdad, Bruno?

Aparté la vista de la ventana y se lo agradecí con una sonrisa.

—Lo cierto es que estaba a punto de disculparme y retirarme precisamente con ese propósito —le dije.

El rostro de Sidney pareció desencajarse.

—¡Ah! ¿No piensas quedarte y jugar un rato a las cartas con nosotros? —preguntó con un deje de inquietud en su voz ante la perspectiva de verse a solas con el palatino durante el resto de la velada.

—Me temo que esta noche debo entregarme por completo a mis libros —dije, empujando la silla hacia atrás—. De lo contrario, esa «gran controversia», como tú la llamas, no valdrá la pena ser escuchada.

—He asistido a pocas que lo valieran —comentó el palatino—. No os preocupéis, sir Philip, vos y yo nos ocuparemos de hacer que esta noche sea larga. ¿Os parece que nos leamos el uno al otro? Ordenaré que traigan más vino.

Cuando pasé junto a él, Sidney me lanzó la mirada implorante de un hombre que está a punto de ahogarse, pero yo me limité a guiñarle el ojo y a cerrar la puerta al salir. El diplomático profesional era él. Es más, había nacido para tratar con gente así. Un potente trueno resonó en todo el castillo mientras subía a mi habitación por una escalera vistosamente pintada.

Durante un buen rato no consulté mis papeles ni intenté poner en orden mis pensamientos, sino que me quedé tumbado en la cama, con la mente tan revuelta como el turbulento cielo, que había adquirido un siniestro tinte verdoso a medida que los rayos y los truenos iban en aumento. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales y las tejas y me pregunté por qué el sentimiento de expectación que me había invadido por la mañana había dado paso a tanto desasosiego. Mi futuro en Inglaterra, por no hablar del de mi obra, dependía en gran medida del resultado de aquel viaje a Oxford, y me sentía invadido por un extraño presentimiento. Durante todos aquellos años de desarraigado deambular, en los que había dependido exclusivamente de mi instinto para sobrevivir, había aprendido a prestar atención a los cosquilleos de mi ánimo. Siempre que había intuido peligro, los acontecimientos habían acabado por darme la razón. No obstante, cabía la posibilidad de que obedeciera simplemente al hecho de que me disponía a tomar otra apariencia, a convertirme en algo que no era.

Llevaba menos de una semana en Londres, alojado como invitado en casa del embajador francés a petición de mi señor, el rey Enrique III, que había accedido a regañadientes a mi súplica de que me dejara partir a Inglaterra con carácter indefinido, cuando recibí una llamada de sir Francis Walsingham, el secretario de Estado de la reina. No era la clase de invitación que se podía rechazar a la ligera; sin embargo, la forma en que me había llegado no me brindaba la menor pista de cómo tan importante personaje se había enterado de mi presencia en Inglaterra ni qué podía desear de mí. Al día siguiente fui a caballo hasta su mansión en la próspera calle de Seething Lane, próxima a la Torre, en el lado este de Londres. Me abrió la puerta un mayordomo de aspecto preocupado que me acompañó hasta un pulcro jardín donde un seto recortado en dibujos geométricos daba a una amplia extensión de césped. Más allá vi un huertecillo de árboles frutales cuyas florecidas ramas formaban una magnífica bóveda rosa y blanca, y debajo de ella, contemplando las retorcidas ramas, la figura de un hombre alto, vestido de negro.

Siguiendo la indicación del mayordomo, me encaminé hacia aquel hombre, que se había vuelto para mirarme; o al menos eso me pareció, puesto que el sol de la tarde empezaba a declinar justo detrás de él, perfilándolo como una negra y afilada silueta contra el dorado resplandor. No pude escrutar su expresión, de modo que me detuve a unos pasos de él y lo saludé con una reverencia por considerarlo lo más adecuado.

—Giordano Bruno de Nola a vuestro servicio, excelencia.

—Buonasera, signor Bruno, e benvenuto, benvenuto —me dijo afectuosamente, acercándose con la mano derecha tendida para estrechar la mía al estilo inglés. Su italiano apenas tenía acento y, cuando se aproximó, pude ver su cara con claridad por primera vez. Era un rostro alargado, cuya severidad se veía subrayada por el gorro negro que cubría buena parte de sus ralos cabellos. Le calculé unos cincuenta años. Sus ojos parecían animados por un brillo inteligente que denotaba claramente su indisposición a perder el tiempo con fatuos y farsantes. Sin embargo, aquel rostro también mostraba las marcas de una gran fatiga, como si su dueño fuera el portador de una carga insoportable y le costara conciliar el sueño.

—Hace un par de noches, doctor Bruno, recibí una carta de nuestro embajador en París en la que me informaba de vuestra inminente llegada a Londres —dijo sin mayores preámbulos—. Sois bien conocido en la corte de Francia. No obstante, nuestro embajador dice que no puede determinar vuestra religión. ¿Qué creéis que puede querer decir con eso?

—Quizá se refería al hecho de que, en otro tiempo, vestí los hábitos y que ya no lo hago —respondí con franqueza.

—O quizá se refería a algo completamente distinto —repuso Walsingham, observándome con atención—. Pero, bueno, ya llegaremos a eso. Primero, contadme qué sabéis de mí, Filippo Bruno.

Di un respingo y lo miré a los ojos, tan desconcertado como era su intención que me sintiera. Yo había abandonado mi nombre bautismal el día que ingresé en el monasterio de San Domenico Maggiore y adopté el monástico de Giordano, y solo lo había recuperado ocasionalmente durante mi huida de Italia. Que Walsingham se hubiera dirigido a mí con él no era más que un pequeño truco para demostrarme lo mucho que sabía. Saltaba a la vista que estaba complacido con el resultado. Me rehíce con rapidez y le dije:

—Sé lo bastante para darme cuenta de que solo un insensato intentaría ocultar algo a un hombre que no me ha visto nunca pero que, aun así, me llama por el nombre que me dieron mis padres y que no he utilizado en los últimos veinte años.

Walsingham sonrió.

—Eso significa que, por ahora, sabéis de mí todo lo que hace falta saber. Me consta que no sois ningún insensato. Intrépido, puede, pero no insensato. ¿Qué os parece si ahora soy yo quien os diga todo lo que sé de vos, doctor Giordano Bruno de Nola?

—Os lo ruego, excelencia, siempre que me permitáis ayudaros a separar de los rumores infundados lo que es la ignominiosa verdad.

—Muy bien, así sea —repuso sonriendo con indulgencia—. Nacisteis en Nola, cerca de Nápoles, hijo de un soldado profesional, e ingresasteis en el monasterio de San Domenico Maggiore siendo un adolescente. Abandonasteis la orden trece años más tarde y fuisteis perseguido por la Inquisición, acusado de herejía. Más tarde, disteis clases en Ginebra y en Francia antes de beneficiaros del mecenazgo del rey Enrique III, en París. Enseñáis el arte de la memoria, que muchos consideran una forma de magia, y sois un apasionado partidario de las teorías de Copérnico, que sostienen que la Tierra rota alrededor del Sol, y eso a pesar de que semejante idea ha sido declarada herética tanto por Roma como por los luteranos.

Me miró en busca de confirmación, y yo me limité a asentir, asombrado.

—Vuestra excelencia sabe mucho.

El sonrió.

—No hay en ello el menor misterio, Bruno. Cuando os detuvisteis brevemente en Padua trabasteis amistad con un noble inglés llamado Philip Sidney, ¿no? Bueno, ese joven no tardará en casarse con mi hija, Frances.

—Vuestra excelencia no podría haber encontrado mejor yerno, os lo aseguro. Estoy impaciente por verlo —le dije sin faltar a la verdad.

Walsingham asintió.

—Decidme, como simple curiosidad, ¿por qué abandonasteis el monasterio?

—Me descubrieron leyendo a Erasmo en el escusado.

Me miró fijamente unos segundos y después echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada, profunda y grave, la que podría haber soltado un oso si los osos pudieran reír.

—También tenía escondidos otros ejemplares incluidos en el índice de libros prohibidos del Santo Oficio, los suficientes para hacerme comparecer ante el inquisidor. Por suerte, pude escapar. Por eso fui excomulgado. —Enlacé las manos a la espalda mientras caminaba, pensando en lo extraño que me resultaba revivir aquellos momentos en la tranquilidad de un jardín inglés.

Walsingham me miró con expresión inescrutable y meneó la cabeza, como si no supiera qué pensar.

—Me intrigáis, Bruno. Huisteis de Italia, perseguido por la Inquisición por presunta herejía; sin embargo, también fuisteis arrestado y llevado a juicio por los calvinistas, en Ginebra, a causa de vuestras creencias.

Asentí ligeramente.

—Lo de Ginebra fue una confusión por mi parte. Al poco de llegar me di cuenta de que los calvinistas no habían hecho sino cambiar un dogma ciego por otro.

De nuevo, Walsingham me miró con algo parecido a la admiración y se echó a reír.

—Nunca he conocido a un hombre que se las haya ingeniado para ser acusado de herejía tanto por los calvinistas como por el Papa. ¡Es toda una hazaña, doctor Bruno! Una hazaña que me lleva a preguntarme… ¿cuál es vuestra religión?

Se produjo un expectante silencio mientras me miraba como si quisiera animarme a responder.

—Vuestra excelencia sabe bien que no soy amigo de Roma. Os aseguro que soy fiel en todo a su majestad y que me alegraría poder ofrecerle mis servicios en cualquier materia mientras me halle en su reino.

—Sí, Bruno, sí, eso está muy bien, pero no habéis contestado a mi pregunta. Os he preguntado cuál es vuestra religión. En el fondo de vuestro corazón ¿qué sois, baptista o protestante?

Vacilé.

—Vuestra excelencia acaba de señalar que ambos me han pillado en falta.

—¿Me estáis diciendo que no sois ni lo uno ni lo otro, que os declaráis ateo?

—Antes de responder a eso, excelencia, ¿podría saber qué consecuencias puede tener mi contestación?