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Todo tipo de historias se han escrito sobre el asesinato de Carlos Castaño Gil, máximo comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC. Fueron 11 años que demoró la búsqueda de Manuel Salvador Ospina Cifuentes, alias 'Móvil 5', la persona que apretó el gatillo aquella tarde del 16 de abril de 2004 en el sitio conocido como Rancho al hombro, poniéndole fin a la existencia de Carlos Castaño. Tras casi cuatro de décadas de fidelidad y servicio por parte de Ospina al jefe de las AUC ¿quién se iba a imaginar que este jornalero de una finca iba a convertirse en una máquina de guerra que terminaría matando a su comandante? Hermanos de Sangre entreteje las historias paralelas (reconstruidas mediante la reportería, la entrevista y la crónica realizadas por el periodista y abogado 'Toño' Sánchez Jr.), la de un antisubversivo y la de un campesino unidos por la familia, por la amistad y una causa común pero a quienes la guerra los lleva a un nefasto e increíble desenlace.
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Seitenzahl: 429
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Hermanos de sangre
© 2022, Antonio Rafael Sánchez Sánchez.
© 2022, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, julio de 2022
Edición
Pilar Bolívar Carreño
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico, diseño y diagramación
Alexánder Cuéllar Burgos
Equipo editorial Intermedio Editores
Imagen de portada
Jaime García - EL TIEMPO
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B-70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
ISBN:
ISBN: 978-958-504-074-8
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
“Solo los muertos han visto el fin de la guerra”
PLATÓN
A todas las verdaderas víctimas de este conflicto… A las víctimas del silencio… del silencio de la gente buena ante tanta violencia. A las víctimas de este Estado indolente. A todas esas madres que tienen enterrado a su hijo en algún paraje de esta bella, pero cruel, Colombia
Agradecimientos
Prólogo
Presentación
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
La bonanza de los pilotos
Capítulo 4
Llega el temible ‘Telésforo’
Capìtulo 5
‘Telésforo’ llega a Puerto Berrío con su grupo de ‘muchachos’
Capítulo 6
Fidel Castaño rumbo a Córdoba
Capítulo 7
Un ‘enlace’ de la CIA operando en Córdoba
Capítulo 8
Córdoba: guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo y autodefensas
Capítulo 9
La terrible década de los 70 y 80 del siglo XX
Capítulo 10
La sangrienta guerra de los años 80
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Fidel Castaño se levanta otra vez en pie de guerra
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
La reunión en Volador
Capítulo 17
“Saliendo, muchachos…”
Capítulo 18
La historia de Sor Teresa
Capítulo 19
Carlos Castaño comienza a armar su ataúd
Capítulo 20
La otra entrevista
Capítulo 21
Relaciones peligrosas
Capítulo 22
“Doctor, estas son las coordenadas de La Primavera”
Capítulo 23
Andrés Pastrana y las Autodefensas
Capítulo 24
La pelea estaba entre Horacio Serpa Uribe y Álvaro Uribe Vélez
Capítulo 25
El indescifrable Carlos Castaño Gil
Capítulo 26
El principio del fin… el Parqueadero Padilla
Capítulo 27
“‘Don Adolfo’: ¿puede venir urgente, pero urgente, a La 21?”
Capítulo 28
Los Chatarra
Capítulo 29
Este pedazo merece ser contado al detalle
Capítulo 30
Un proceso de paz para el país… Un proceso de guerra en las AUC
Capítulo 31
Nadie lo vio venir
Capítulo 32
“Usted se atreve a arrancarle a Carlos… pero ‘frentiao’”
Capítulo 33
El último cumpleaños de Carlos Castaño*
Capítulo 34
“Entonces, embósquelo”
Capítulo 35
La mala suerte de Carlos Castaño ese viernes…
Capítulo 36
“Vayan a ver qué pasa con ‘Choroto’”
Capítulo 37
“¡Llamen a mi hermano!”
Anexos
Anexo 1. Gobernantes del departamento de Córdoba en la década de los años 80
Anexo 2. Ganaderos secuestrados y/o asesinados en Córdoba en la década de los años 80
Anexo 3. Apartes de la investigación Dinámica de la Violencia en el Departamento de Córdoba 1967-2008
Anexo 4. Fragmento de la carta de renuncia de Otto Morales Benítez a la presidencia de la Comisión de Paz
Anexo 5. Disertación sobre el miedo, del médico Remberto Burgos de la Espriella
Anexo 6. Listado de fuentes consultadas
Notas al pie
El momento más sublime para mí, cuando termino un libro, es este. No me cansaré de repetirlo uno puede perder todo en la vida, menos la gratitud. Y quiero ahora expresar mi agradecimiento a todas esas bellas personas que me ayudaron en este proyecto.
Quiero iniciar agradeciendo a todas las fuentes que accedieron y confiaron en mí, al darme toda la información que les solicité. Si fueron buenos o malos, no soy nadie para juzgar a nadie. Pero este libro no existiría sin sus testimonios. Por eso, ¡gracias!
Todo estaba oscuro en mi vida en ese momento. Y los ángeles aparecen cuando tienen que aparecer. Un amigo me puso una cita en el Restaurante Texas de Brazil, en Dadeland Mall, en Miami.
Llevaba en mi morral un viejo borrador de un libro que no había podido terminar. Después de hablar de la vida, de las alegrías, de mis penas, de mis dolores y de mis sueños se me ocurrió decirle si era capaz de leer ese incompleto borrador y decirme si valía la pena. Aceptó. Antes de 48 horas después, me dijo: “¿Tú sí sabes lo que has escrito?”. Yo ni sabía. Estaba en un punto bien bajo de mi vida.
“Tienes que terminar eso ya mismo”, me conminó.
Entonces se me ocurrió proponerle: “¿Tú me lo puedes prologar?”. No lo dudó. “Claro que sí”, me respondió.
A ti, mi hermano del alma, Juan Carlos Gossain Rognini, toda mi gratitud y agradecimiento. Esta casa editorial no me va a permitir extenderme, pero tú sabes, y yo también, lo que significó aquella conversación. De esas que cuando uno mira para atrás sabe que tu vida dio un giro y cambió para bien ese mediodía. Está en el archivo Encuentros Inolvidables. ¡Gracias!
Ahora tengo que agradecerle a otro gran amigo, que fue el primero que leyó mi primer libro y que me dijo que yo sabía escribir, cuando ni yo lo sabía: Juan Antonio Gossain Abdala.
¡Nunca olvidaré ese sábado de marzo de 2022 cuando me recibió en su apartamento! No pude estar sentado, porque la emoción de contarle de este proyecto no me dejaba. Solo se reía y me escuchaba. Hasta la señora que trabaja en su casa no dejaba de reírse. Y hasta creo que su jefe de escolta se paró asustado, cuando me le acerqué a Juan y lo señalé con mi dedo índice para recalcarle algo de la historia que iba a leer.
Juan Gossain Abdala me trajo a esta grandiosa editorial Intermedio Editores.
Juan, contigo la palabra ‘gracias’ se hace tan pequeña. Toda mi gratitud para contigo; mi corazón y mis sentimientos de gratitud estarán comprometidos contigo por siempre.
Toda mi gratitud para con mi madre Rosiris, que a diario sé que doblaba sus rodillas por mí. A mi padre, quien me inspiró a ser periodista. A mis hijos, y en especial a Felipe, quien es hoy en día mi partner del alma.
Mis agradecimientos a esta editorial por darme la oportunidad de estar con ellos. A Misael Belisario Blanco, por escuchar mi proyecto y creer en él. A Pilar Bolívar Carreño, mi editora.
Este libro no existiría si unos entrañables amigos no hubiesen estado a mi lado en mis momentos más oscuros… Gracias Zulema del Carmen Jattin Corrales… Gracias Jorge Doria Corrales, muchos malquerientes no entenderán esto, pero tú y yo sí, y eso basta… Gracias Jaime Bechara Chamat… Gracias Raymundo Berrocal, mi amigo del alma, tú sí que conoces mis tristezas y alegrías… Gracias Gustavo Santiago Soto, mi amigo y colega. Gracias Mary Pastrana… Gracias Luis Carlos Ordosgoitia… Gracias Luis Hoyos Cartagena… Gracias Lina Margarita Gómez Hernández y a tu Susurros del Alma; ni te imaginas lo que hiciste conmigo… Gracias a esas personas que se fueron cuando más las necesitaba, pero eso me dio la fuerza que me faltaba… Gracias a esa persona que llegó, desató todo y creó la magia que faltaba.
Gracias al universo… Gracias a la vida… Y gracias a quien algunos llaman Dios.
Todo está bien.
Por: Juan Carlos Gossain Rognini
Estaría bien entender que los seres humanos no hemos dejado atrás en el proceso evolutivo la parte de la agresividad que todavía se hace inherente a nuestra naturaleza, por lo tanto la violencia y la maldad aún subsisten, y ello, por incómodo que sea, es una realidad tangible pese a que los civilizados ciudadanos quieran ignorarlo y las nuevas generaciones, al escuchar el pasado no tan lejano, se mantengan en estado de signo de exclamación.
El documento que se encuentra en manos de los lectores tuvo que permanecer largos años apaciguado en la mente de su autor, esperando a que una suma de circunstancias políticas y personales le dieran finalmente el autoconsentimiento para, inicialmente, sentarse a escribirlo, y luego con lógica posterioridad llevarlo a publicación. No se consignan en estas páginas –al menos no en su total dimensión– la zozobra existencial que padeció el periodista Antonio Sánchez Jr., junto con el tormentoso camino de redención profesional que le implicó zambullirse una vez más en aquel mundo que llegó a conocer como muy pocos, sin contar que su propia sobrevivencia fue por mucho tiempo una ocupación prioritaria, atiborrada de sobresaltos y pesadillas. No es un secreto y mucho menos un descubrimiento señalar que para la gente que sabe demasiado de los sucesos que han dejado huella en la historia reciente de Colombia, su vida deja de pertenecerles. Para ellos, cada día siguiente transcurre como una licencia obsequiosa que algún protagonista de tales sucesos le ha otorgado.
Solo la vocación y la voluntad impulsan a decir lo que no toca al margen de a quien tocan.
Después de varios libros y centenares de columnas valientes, directas y esclarecedoras, que hoy son consulta obligada cuando se quiere conocer, sin las divagaciones ni conjeturas que surgen desde las cómodas distancias andinas, como fueron los orígenes y el transcurrir de lo que académicos e investigadores han dado en llamar el proceso de las autodefensas en Córdoba y los territorios fronterizos, Sánchez se dedicó a la búsqueda incansable de información que permitiera armar el incompleto rompecabezas en que se convirtió la muerte del más reconocido de los comandantes antisubversión que el conflicto armado colombiano haya dado.
Con paciencia e insistencia de buen investigador pudo construir esta crónica casi imposible, cuya naturaleza sórdida y bizarra por lo que en ella se cuenta, se asemeja con declarada intención, a una de aquellas novelas negras que sus inestimables maestros literarios, Truman Capote, Dashiell Hammett y Raymond Chandler le dejaron perpetuamente en su memoria. Se alcanza a sentir detrás de los telones narrativos de esta obra el andamiaje literario del que se nutren los buenos lectores cuando su oficio es escribir. De no haber ocurrido en la realidad todo lo que aquí se cuenta, esta bien podría haber sido la novela negra del periodista monteriano, agitada por la exuberancia del trópico y el halo de misterio de aquel mundo violento, clandestino y salvaje que le dio origen a uno de los episodios más raros y prolíficamente estudiados de la historia reciente de Colombia.
‘Toño’ Sánchez Jr. siempre ha navegado en tiempos convulsos, tiempos de asesinatos y bombas en las calles, tiempos de populismos peligrosos, tiempos de intrigas cortesanas en los palacetes de provincia, pero en ningún tiempo ha consentido con el periodismo débil, con el facilismo de la profesión, tan común cuando se sustituye el deber, por el activismo.
El mundo de la subterránea política del poder, de la realidad paralela a la sociedad formal, del narcotráfico y los invisibles conectores que unen lo legal con lo ilegal, ha sido y seguirá siendo objeto de análisis, debates e interpretaciones donde lo que más seguirá faltando sea la verdad. Decía Edén Pastora, el afamado comandante de la guerrilla sandinista en Nicaragua, que en una guerra irregular pasa de todo, pero lo que nunca pasa es que se llegue a saberlo todo.
Es probable que una de las causas que hacen naufragar continuamente a la verdad en Colombia sea la de haber renunciado desde las regiones a intentar descubrirla, a dejarnos imponer la verdad que viene de afuera. En estas páginas hay una verdad; si bien no es la única, sí fue buscada con coraje, con ambición informativa, justa orilla para quienes nos hacemos cada vez más exigentes intelectualmente, reclamando del informante independencia y sentido crítico.
Sobre la muerte de Carlos Castaño, por las extrañas circunstancias en que ocurrió, se continuará discutiendo en el calendario sin fechas, a donde llegan exclusivamente las personas y los hechos susceptibles de convertirse en leyenda. Cuando por primera vez se supo lo que había ocurrido, la gente, por las calles, comentaba entre incrédula y sorprendida; había quienes decían que no estaba muerto, e incluso más tarde, hay quienes siguen afirmando que está vivo en otro país organizando una autodefensa internacional para luchar contra los nuevos regímenes comunistas que han surgido en el continente.
Un velo de misterio cubre la muerte del que fuera el creador de las autodefensas unidas, el azote de las guerrillas, el hombre que con voz ronca y por quince años lideró, por fuera del Estado, todo lo que era antisubversivo en el país. El hombre que en vida se convirtió en leyenda había muerto en un enfrentamiento con un comando de paramilitares, o dicho de mejor manera, los suyos lo habían matado. No fue en ese momento –ni lo sigue siendo ahora– una noticia fácil de asimilar, de entender. Apenas comprensible para un país cuyo centralismo impide que los ciudadanos vivan lo que ocurre en las regiones y como en el mejor estilo de la caverna platónica, nos trasladan la idea que ellos tienen de la realidad en nuestras regiones. La mayoría de los colombianos no supo (ni sabrá nunca) cómo vivieron las poblaciones periféricas del país el fenómeno del paramilitarismo; pero tendrán, eso sí, la idea de lo que fue el fenómeno del paramilitarismo gentilmente filtrada por el selectivo grupo de concesionarios de la historia, que unos cuantos medios de comunicación nos han impuesto.
Quienes escuchaban las noticias del deceso del comandante paramilitar no podían saber que desde hacía tiempo estaba enfrentado al resto de los poderosos comandantes, que ahora contaban con miles de hombres armados y, por contado, controlaban la economía regular e irregular en vastas regiones estratégicas del país.
Apenas ahora se sabe por las orillas que Carlos Castaño pretendió direccionar a su entender el proceso de desmovilización que el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe había iniciado. Entre las decisiones polémicas que más tarde le pasarían cuenta de cobro estuvo la de negarle la entrada al proceso a los entonces poderosos miembros del Bloque Central Bolívar, a quienes les correspondió forzadamente abrir una mesa paralela de diálogo. Castaño vio salírsele de las manos el poder que en los comienzos les había otorgado a ilustres narcotraficantes que ayudaron a financiar su lucha armada.
Dispuesto a mantener el estatus político de las autodefensas, había iniciado conversaciones con la DEA y la CIA para entregarles a los comandantes que desobedecieron sus órdenes de cesar el tráfico de drogas. Este arreglo secreto con la justicia de los Estados Unidos resultó no ser tan secreto y ocasionó la fractura definitiva dentro de las AUC con dos bandos plenamente definidos, los comandantes que usaban al narcotráfico como una alternativa secundaria de financiación para sostener las operaciones militares, y los narcotraficantes camuflados con uniforme de combate que habían comprado el título de comandantes.
Carlos Castaño murió el día que dejaron de confiar en su jefatura. Cuando se produjo en un miserable paraje del Urabá el ataque del comando paramilitar contra su vida, ya solo contaba con su garde du corps (cuerpo de guardia), pocos hombres pero veteranos leales que ofrecieron resistencia a la fuerza superior de mercenarios, cuya fidelidad estaba entregada a quien les había pagado para matar al que meses antes llamaban todavía con respeto, ‘comandante’. Se ha dicho también que un mes antes había intentado matar en una emboscada a su hermano Vicente, alias ‘El Profe’; que la DEA lo esperaba hacía días en Panamá y que un helicóptero de los ‘gringos’ iría a recogerlo en la zona de Canalete donde se ocultaba. ¿Qué es real de todo esto?
La mayor significación de este libro radica entonces en aportar luces sobre las sombras, de ocuparse con el único testimonio difícil de adulterar, de la mejor de todas las posibles verdades. ‘Toño’ Sánchez Jr. retrata con fidedigno talento renacentista a dos hombres unidos por un solo destino. Por una parte, registra el drama del temible comandante justiciero a quien tuvo oportunidad de conocer en el cénit de su gloria, y por otra, la espeluznante secuencia de vida, con testimonio de primera mano, de quien fue su ejecutor. Los despojos del pasado, la desesperación en el filo de la angustia, las sombras de sus familias, hacen el decorado final de esta truculenta trama que es toda realidad y que nos muestra cómo la historia es un bucle en el tiempo que no hace más que repetirse para aquellos hombres que nacen con la tragedia incrustada en el alma. ¿Qué otra cosa es la historia del asesinato de Carlos Castaño que no sea la misma de Lope de Aguirre, aquel conquistador enloquecido que acabó enfrentado a sus propios hombres?, ¿acaso no es Carlos Castaño aquel sanguinario comandante Kurtz que Joseph Conrad describió magistralmente en El corazón de las tinieblas?
‘Toño’ Sánchez Jr. ha sido periodista siempre, este magistral relato lo consagra como un escritor que sabe tratar los grandes temas como lo que son, grandes historias. Con un estilo franco, su investigación no solo nos da luces –más que necesarias– sobre parte de la verdad del conflicto colombiano, sino que también nos atrapa y deleita en su lectura. Este libro no va sobre la guerra y la muerte, ni de apropiaciones del conflicto, ni toma de partidos o salvaguardas de algún bando; va sobre algo más concreto, sencillo y profundo, sobre el ciego destino, tan aciago.
Para quienes no deseamos permanecer indiferentes, para no dejarnos atribular con hechos que salen de las bocas menos limpias, para sostener un poco más lo que la inexorable memoria acaba borrando aplastada por los afanes humanos, la labor de un periodista investigador se convierte en nuestra principal aliada, sin su ayuda no seríamos nada, o si acaso, una memoria adulterada. En estas páginas se brinda certidumbre, conocimiento, cercanía, contexto, crédito y criterio, con los que surge la capacidad de vertebrar sólidamente a la sociedad. No es otro el legado de los buenos periodistas que enseñarnos lo que han aprendido, poniendo en valor una manera de trabajar sin complacencias ni más ataduras que la honradez en el oficio. ‘Toño’ Sánchez Jr. sí que lo es.
En la última conversación que sostuvimos y donde fui honrado por encima de mis capacidades para hacer esta presentación, hablamos largamente de los demonios que ambos, como todo el mundo tiene, quiero suponer, llevamos mal atados adentro nuestro, y de las peripecias que cuesta mantenerlos así. También hablamos de la templanza que viene con la madurez, y de las experiencias que vamos necesitando para crearnos fortaleza, para mantenernos firmes frente a las presiones y ponernos a la distancia justa, apropiada, para que ya nada nos afecte. Días después, cuando acabé de leer el manuscrito de Llamen a mi hermano, sonreí satisfecho. ‘Toño’ les ha puesto un doble nudo a sus demonios.
Días después de aquel viernes 16 de abril de 2004 en que asesinaron a Carlos Castaño, recibí una perturbadora razón. Fue corta, no me levantaron la voz siquiera: “No se atreva a escribir de la muerte de Carlos Castaño”. No agregaron una palabra más.
Esa advertencia fue algo más duro que la misma muerte de un ser querido, porque para un reportero, para un contador de historias, no hay nada más maravilloso que contar historias, así sean trágicas. ¡Y qué aprendiz de cronista no quisiera escribir una crónica con lo acontecido esa tarde en Rancho al Hombro!
Entonces opté por algo que llamé “repliegue periodístico táctico”, algo eufemístico, porque eso mismo en las calles del barrio donde nací lo llamaban recular… o acobardarse.
Cuando asesinaron a Carlos Castaño Gil ese día de 2004 pude haber estado allí…
Era el lunes 12 de abril, me encontraba en mi oficina, era jefe de prensa de la Alcaldía de Montería, había llegado allí por uno de esos giros inexplicables de la vida que están en el archivo No lo voy a entender.
Hacía unos días le había escrito a Carlos Castaño, el martes 6 de abril, que tenía una versión de cómo habían asesinado al excoronel de la Policía Danilo González, y que sabía quién estaba con él cuando pasaron los hechos. Desde hacía años le había pedido que me contara la historia de Danilo González, que esa historia tenía todos los ingredientes para ser una gran crónica y cada vez me respondía: “Lo mata aquí mismo en Montería, usted no se imagina quién es esa fiera”.
Por una fuente de entero crédito supe que Danilo González, el día que estaba con el abogado Candamil, tenía como conductor y escolta a un exoficial de la Policía de apellido Guerrero, que estuvo con él cuando operaban en el bloque de búsqueda persiguiendo a Pablo Escobar.
Ese día, Danilo González bajó con Candamil a almorzar a un restaurante cerca de su oficina. Al regresar, González pasó por el lado donde estaba Guerrero y le dijo: “Mueva ese carro de allí, no demoro y bajo”.
El exoficial de la Policía estaba arreglando con Candamil cómo iban a quedar sus bienes, ya que estaba conversando con la justicia de los Estados Unidos.
¡Y de las ironías de la vida!, el hijo más querido de Danilo González era un adicto a las drogas, al que los tratamientos que su padre había pagado no le habían servido. Desde Estados Unidos le mandaron a decir que allá había unas exclusivas clínicas donde habían desintoxicado a adictos a la heroína. Esto convenció a González para querer negociar con los americanos la adicción de su hijo a las drogas, pero él trabajaba para quienes las ponían en el mercado.
Carlos Castaño fue mi fuente de primera mano para los dos primeros libros que escribí: Las crónicas que no me dejaban contar y Crónicas que da miedo contar; por este último supe todo lo que el capitán Guerrero había hecho al lado de los Pepes. Por lo que le escribí a su correo privado.
No me respondió de igual manera, sino que me llamó a las 10 de la mañana del 12 de abril de 2004 y me pidió que lo visitara ese mismo día para hablar sobre el asesinato de Danilo González. Le digo que soy un servidor público y que no puedo abandonar mi puesto de trabajo. Se echa a reír y me pide que solicite permiso para el viernes 16 de abril de 2004, que me recogerán bien temprano y que me contará ‘todo’ sobre Danilo González, y agregó: “Danilo era más bandido que yo”.
Así quedamos.
No puedo negar que al colgar, sentí una gran emoción ante la expectativa de poder escribir una crónica sobre ese misterioso y peligroso oficial de inteligencia de la Policía, a quien todo el mundo respetaba y temía en esa institución; tanto, que el general Óscar Naranjo, director de la Dijín para cuando ocurrió el asesinato, fue a expresar sus respetos al funeral pero asistió vestido de civil. A la funeraria también llegó quien fuera su comandante en el bloque de búsqueda, el general Hugo Martínez Poveda, este en uso de buen retiro ya hacía muchos años.
El jueves 15 de abril de 2004, Carlos Castaño vuelve a llamar y dice que una gente de Medellín le pidió una cita urgente y debe atenderlos el viernes 16.
“Discúlpeme, ‘Toñito’, —porque así se refería a mí y esto tuve que explicarlo en la honorable Corte Suprema de Justicia—, pero más bien yo el sábado (17 de abril) lo mando a recoger y hablamos del tema Danilo González; le voy a contar todo”.
Con esa llamada, Carlos Castaño me salvó la vida.
Empezaron a salir noticias, crónicas y reportajes de lo que pudo haber pasado. Hasta apareció un libro1 donde se transcribían textualmente expedientes con las declaraciones de combatientes de las AUC que participaron en ese atentado. Cuando vi que ya todo era público decidí buscar fuentes, y qué mejor fuente que los dos escoltas sobrevivientes.
Entonces, me senté con alias ‘Carrancho’, el menor de la dinastía de los Rojas, más conocidos como ‘los Vaca’, sicarios que estuvieron primero al servicio de Hernán Giraldo, y después de Fidel, Vicente y Carlos Castaño Gil. Su esposa había dado a luz hacía unos días. Estaba demacrado y asustado. Nos encontramos en un ‘metedero’ que tenía un aviso que decía vender los mejores almuerzos y los más baratos de Montería; pero por la tarde era un bebedero de mala muerte.
Allí me enteré de los primeros detalles de lo que había sucedido aquel viernes de abril de 2004. Le pedí que fuera mi fuente, aceptó y quedamos en vernos después. Teníamos casi cuatro horas de estar allí, cuando la dueña se acercó y dijo que nos teníamos que ir porque ya ella tenía sueño. Pagué y me paré para irme. ‘Carrancho’ me puso su mano en el hombro y me dijo: “Nosotros nos vamos primero; después, usted”.
Decidí entonces buscar otra fuente: un coronel que fue comandante del Batallón de Infantería Vélez, adscrito a la temida XVII Brigada con sede en Carepa, Urabá antioqueño. Me contó que fue al sitio donde decían que sucedieron los hechos, y que lo único que encontró fueron cientos de vainillas de balas calibre 7,62. Que la gente de los alrededores se había desaparecido.
Solo tenía esos datos y los guardé. Lo mismo hice cuando entrevisté por primera vez a Carlos Castaño para el diario El Meridiano de Córdoba, el 20 de julio de 1999. Desde ese día empecé a escribir notas en papelitos, que se convirtieron en una especie de bitácora. Para esos tiempos me preguntaba, “¿para qué haces esto?”. Pasaba con los bolsillos de atrás de mi pantalón llenos de escritos. Hasta los más curiosos e insólitos.
Hubo muchas veces en las que el conductor de Carlos Castaño, ‘Montador’, llegaba y me decía que el comandante necesitaba hablar conmigo para una noticia importante, que estaba esperándome. Al llegar a la finca donde se encontraba, me preguntaban cuánto calzaba y cuál era mi talla en pantaloneta y camiseta. Todo era para jugar fútbol en una improvisada cancha adecuada en un potrero.
Al terminar el partido, empezaba la tertulia en un baño turco invadido del aroma a eucalipto que cada semana le traía su estafeta, ‘Lucho’, de Medellín. Allí, Carlos Castaño comenzaba a recordar historias de donde había estado. Yo me excusaba, decía que estaba acalorado y que también debía ir al baño. Salía corriendo al cuarto donde estaba mi morral, sacaba una libreta y a las carreras escribía una especie de tips de lo que me había narrado y regresaba al turco. Al rato repetía la excusa, hasta que un día me preguntó:
—‘Toñito’, ¿usted cuántos años tiene?, porque debe tener un problema de próstata para ir tanto al baño.
¿Por qué hacía todas esas piruetas para tener registros escritos de lo escuchado? No lo sabía. 23 años después supe porque lo hacía.
Un día de 2006 logré que Diego Fernando Murillo Bejarano, alias ‘Don Berna’, me recibiera en la cárcel de Itagüí. Allí me narró su versión de por qué mataron a Carlos Castaño. Él estaba detenido en lo que llaman el Anexo 1, junto con Francisco Caraballo, el comandante fundador del Ejército Popular de Liberación, EPL, al que combatieron las AUC. ¡Aquí están las ironías de esta guerra! Allí, en esa celda, juntos en una cárcel dos acérrimos enemigos en el pasado. Ahora Caraballo era como una especie de secretario de ‘Don Berna’.
Cuando me paré para irme, comentó: “No se meta con la muerte de Carlos, es peligroso”. Me quedé en silencio. Al llegar a la puerta de salida me dijo que debía ir al patio principal donde estaban detenidos todos los comandantes de las AUC. Me sorprendí.
—Yo no he pedido cita para entrevistarme con ellos —dije.
—Pero es que ellos quieren hablar con usted —me contestó.
En el otro patio, un comandante implicado en la acción contra Carlos Castaño me dijo que sabía que estaba hablando con alias ‘Carrancho’, me advirtió que no debía escribir sobre ese tema. Le respondí que ya todo mundo escribía del tema y que hasta un libro había salido. Terminé con una pregunta: “¿Dime qué periodista de Colombia o del mundo no quisiera escribir esa historia?” No esperé la respuesta. Me paré y me fui.
No puedo negar que esas advertencias me hacían sentir muy frustrado, no me sentía con plena libertad para hacer la reportería que exigía esta tremenda historia. Pero no dejaba de seguir en busca de datos por si algún día servían.
Pasó un tiempo, y recibí una invitación para ir al pabellón de máxima seguridad de La Picota (allí quedó registrado el ingreso), para encontrarme nuevamente con Diego Fernando Murillo Bejarano, ‘Don Berna’. A un lado de su celda estaba detenido a quien habían denominado ‘El Ventilador del DAS’, Rafael García. Le volví a decir que quería escribir sobre la muerte de Carlos Castaño. Me miró y respondió: “Esto está hoy en día muy peligroso, hay mucha gente que no quiere que se hable de ese tema, menos ahora”.
Hasta que por fin me di a la tarea de buscar a la única fuente válida para escribir la historia, el hombre que verdaderamente asesinó a Carlos Castaño. Demoré un poco más de 10 años buscando a Manuel ‘Salvador’ Ospina Cifuentes, alias ‘Móvil 5’. Empecé a buscarlo desde el 2007, aunque con más intensidad desde finales de 2008. Me hicieron ir más de 6 veces a Medellín a hablar con contactos y abogados; me pusieron cita en casi todos los centros comerciales de Medellín: el Obelisco, Monterrey, Oviedo, Unicentro, ¡y ni hablar de los restaurantes donde me hacía esperar por horas! Al final, la respuesta siempre era la misma: “Que más adelante”.
No puedo negar que la frustración me golpeaba muy duro, se reflejaba en mi estado emocional. Personas cercanas pagaron de manera injusta mi fracaso por no poder escribir esa historia. Hoy entiendo a esas personas que quieren escribir y tienen al frente una hoja en blanco y en la mente la historia, pero un solo detalle no las deja. Eso es lo más terrible de la vida. No se lo deseo a nadie, porque las consecuencias de esa frustración te hacen ser la persona que no eres y terminas destruyendo bellas relaciones.
Cuando ya todo lo di por perdido, veo en un periódico del lunes 12 de mayo de 2014 que un paramilitar conocido con el alias de ‘Móvil 5’, fue capturado en la vereda El Plan en Santa Elena, Antioquia. Era tal mi derrotismo, que lo primero que pensé era que la historia ya se había perdido, porque a ese personaje lo iban a matar dentro de la cárcel.
Aun así, comencé a mandarle razones. Lo mismo de antes. Me hacían ir esta vez a Bogotá y a esperar largas horas en la entrada de la cárcel La Picota.
—Don Manuel Salvador dijo que no.
La frustración crecía y se reflejaba aún más en mi vida emocional. Y se me metió que esa era la historia que quería escribir o ninguna. Hasta me empecé a meter con Dios, la vida y el universo. ¡Todo mundo tenía que pagar!
Y algo mágico sucedió un día de octubre de 2017: como a eso de las 11 de la mañana, cuando me estoy despidiendo de unos detenidos que están en lo que llaman el pabellón R-Sur de la cárcel La Picota, luego de darle la mano al expresidente de la Corte Suprema de Justicia, Francisco Ricaurte, giro para la salida, en ese momento, Bernardo Elías Vidal, grita:
—¡Oye ‘Toñito’, ¿sabes a quien conocí cuando me mandaron para máxima seguridad?! —Hoy lo puedo escribir, pero algo divino o misterioso me detuvo. Giré y le dije:
—No me lo digas: a Manuel Salvador Ospina Cifuentes, ‘Móvil 5’, el tipo que mató a Carlos Castaño—. Se quedó mirándome con asombro.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó.
—Llevo buscándolo más de diez años y sé dónde está, con quién duerme, qué come y hasta qué piensa, pero jamás he podido hablar con él. —Bernardo Elías Vidal quería interrumpirme y no lo dejé— ¿Te puedo pedir un favor? Nunca te he molestado para nada. Dile a ese señor que me reciba sin ningún compromiso, que solo quiero que me escuche 10 minutos, es el mejor favor que me puedes hacer en la vida.
¡Y me lo hizo! ¡No me lo creía! Mi gratitud para con Bernardo Elías.
Una noche, como a las ocho, alguien llamó a mi celular y me dijo: “Soy alias ‘el Indio’, lo llamo de parte del ‘Viejo’, él está muy enfermo, tiene cáncer de colon, pero lo va a recibir. Necesitamos su cédula y nombre completo para enviar la autorización. Venga el martes de la otra semana”.
¡Tenía mucho tiempo, en mi vida, que una llamada no me emocionaba tanto como lo hizo esta! Alisté las libretas amarillas, los lapiceros y comenzó una aprensión que no me soltaba. Llegué un lunes a Bogotá en el primer vuelo que salió de Montería. El martes, a las 7:30 a.m., estaba en la puerta de entrada de La Picota. Para más dramatismo ese día prohibieron la entrada a máxima seguridad del centro de reclusión, sector donde estaba ‘Móvil 5’; ni familiares ni abogados podían entrar. Había llegado un nuevo director al penal.
Al día siguiente, tampoco se pudo entrar. Hubo un motín en uno de los patios que dejó a varios guardianes del Inpec2 heridos. El jueves se restringió nuevamente la entrada para abogados y familiares al pabellón de máxima seguridad. El viernes me tocó regresar para Montería. Fue un regreso triste.
Como resultado de los cambios en La Picota, trasladaron a alias ‘el Indio’ para otra cárcel del país. Ya no tenía contacto en el patio donde estaba ‘Móvil 5’, por lo que le pedí a la persona que me ayudó inicialmente, para que contactara nuevamente al interno. La cita quedó para finales de octubre de 2017.
Y ese día llegó.
Entré a una especie de sala, donde había una sucia mesa Rimax y tres sillas. En una de ellas estaba sentado –y me esperaba– ‘Móvil 5’; en otra estaba su abogada, Ángela Guarnizo. Tenía un tapabocas puesto, por lo que no podía verle bien la cara. Lo usaba porque tenía cáncer, estaba programado para quimioterapia y no quería que le diera gripa. Estaba viejo, encorvado y con barba. Me sorprendió la deferencia y decencia con la que se dirigió a mí cuando entré.
—Yo a usted lo recuerdo muy bien. ‘Carlitos’ lo quería mucho —fue lo primero que me dijo.
La abogada se retiró y un guardia gritó: “¡Abogados, les quedan 30 minutos!”. Menos de ese tiempo me quedaba para convencer a este exmiembro de las AUC, para que me contara todo lo que pasó ese viernes del 16 de abril de 2004.
Y desde ese día comenzó a contarme todo. De allí en adelante entré varias veces al Erón3 de La Picota a entrevistar a este excombatiente de las AUC y de allí nace este libro.
Entré como el abogado Antonio Rafael Sánchez Sánchez, con tarjeta profesional número 266672 expedida por el Consejo Superior de la Judicatura el 12 de enero de 2016. El Instituto Nacional Penitenciario de Colombia, Inpec, jamás podrá desmentir esto, pero sé que la palabra ‘imposible’ para ‘torcido’ y ‘retorcido’, en Colombia, no existe. De todas maneras, aún conservo las boletas de entrada.
Manuel Salvador Ospina Cifuentes es mi fuente principal para esta crónica. Casi todo el mes de noviembre de 2017 nos reunimos de martes a jueves a conversar, desde las 8:30 a las 11:30 a.m. La entrada se me facilitaba por ser abogado y él me anotó como su abogado suplente. En todo ese mes comencé a conocer no solo al criminal, sino la intimidad de un ser humano. Comencé a preguntarme: “¿será que la vida es de suerte? ¿Será que para nuestros campesinos la vida depende de quien fue su patrón en una hacienda?”.
Siempre me decía “doctor”; yo le pedía que me dijera ‘Toño’, jamás lo hizo. Un día me dijo: “‘Doctor’, cuando salgamos de esto de ‘Carlitos’ le voy a contar unas historias, pero las publica cuando yo me muera, que va a ser pronto”. No me las dijo todas, pero sí algunas.
La próxima entrevista había quedado para el miércoles 11 de abril de 2018. Llegué temprano (como siempre) y pasada una hora, Manuel Salvador no llegaba. Yo esperaba pacientemente, hasta que logré hablar con el funcionario del Inpec que ejercía como jefe de patio. Se sorprendió de que no me hubiesen dicho que había salido de urgencia en la madrugada para el hospital. Cuando le mostré mi tarjeta de abogado me dio la dirección donde estaba.
Lo habían llevado al Instituto Cancerológico de Bogotá, en la calle diez sur con carrera primera. Allí estaba en una cama del sexto piso, cuidado por siete guardianes del Inpec bien armados. Estaba a la espera de la primera de varias quimioterapias que le ordenaron un año antes, pero que el Inpec se negaba a dar permiso para que se las hicieran.
No tenía a ningún familiar al lado. Me tocó poner mi oído muy cerca de su boca porque casi no le escuchaba. Tenía una voz apagada. Tuve el sentir de que podía ser la última vez que lo veía. Pero aun así programé reunirnos otra vez el miércoles nueve de mayo de 2018. Nos despedimos.
Cuando salí, uno de los guardias del Inpec me dijo: “Mire, ‘doctor’, van a ser las 12 y no hay ningún familiar, ¿qué va almorzar ese señor?”. Regresé y le pregunté por su almuerzo. Me señaló su mochila y me dijo: “Yo traje de la cárcel unas cositas para comer”.
Me acerqué un poco más para que no me escuchara el guardia, y le dije: “Esta gente del Inpec debe almorzar algo. Yo le voy a dar una platica y usted se la da a ellos para que almuercen algo, como cosa suya, ¿le parece?”. Saqué un billete de 50 mil y uno de 20 mil pesos y se los puse en la palma de su mano derecha. Fue en ese momento que escuché las últimas palabras que tuvo para conmigo: “Gracias, mi ‘doctor’; Dios se lo pague”.
Este libro se soporta en todos esos apuntes, entrevistas, vivencias e investigación de esa tenebrosa época de Colombia. No pretende tener una verdad única, sino aportar pequeñas fichas de este gran rompecabezas que ha sido la violencia en Colombia.
El asesinato de Vicente Castaño Gil —que no hay duda, fue un crimen de Estado—, la historia del Bloque Central Bolívar, el secuestro de varios congresistas, la mayor movilización campesina conocida como No al despeje y el mal llamado Pacto de Ralito merecen ser narrados al detalle en otros libros (espérenlos). De mi parte, narraré lo que pueda documentar, pero la verdad revelada de Colombia no está hipotecada. Y voy a escribir lo que investigué.
Este libro no trata de mostrar quienes fueron los buenos o quienes fueron los malos, porque en mi criterio, en parte, todos hemos podido ser buenos o malos. De lo que sí no tengo dudas es que el gran Satán perverso y malo, ha sido y sigue siendo el Estado colombiano en cabeza de esos políticos centralistas que siempre han visto a la provincia como la gleba, donde se pueden pelear todas las guerras mientras no toquen a sus capitales.
En este libro tal vez quedarán algunas preguntas, en especial, con respecto a mí. Como por ejemplo: ¿es bueno que una relación fuente–periodista termine en amistad? No sé, me gustaría debatirlo, si se puede, en una academia de periodismo, no en otro escenario.
Lo que sí aprendí es que a uno como periodista a veces le hace falta decir un “No”. A mí me hizo falta un “No” en Ralito y lo reconozco. Lo acepto con dignidad y arrepentimiento, por lo que no quiero que a ningún periodista más le falte.
No puedo negar que simpaticé con un fenómeno que llegó a combatir a unos asesinos que el Estado no perseguía, y más bien permitía que se ensañaran con Córdoba y los cordobeses. Si simpatizar ofende a las verdaderas víctimas de este conflicto ‘matapobres’, les pido perdón.
Creo que todos los colombianos hemos sido en algún momento víctimas de este Estado, y otros están siendo revictimizados por ese mismo Estado.
Esto investigué, esto viví y esto contaré.
‘TOÑO’ SÁNCHEZJR.
ABRIL DE 2022
“¡Cómo me carcome el recuerdo de esa niñita!”Esta es la matriz de todo.
Entre la fila de pasajeros que abordarían el avión iba una jovencita que llevaba entre sus manos una muñeca de trapo a la que abrazaba, miraba, besaba y le hablaba. Cuando comenzó a subir las escaleras hacia la puerta de la aeronave se le cayó. No permitió que quien la acompañaba bajara a recuperarla, ¡se le adelantó!, ella misma corrió escaleras abajo y la recogió. Comenzó a subir nuevamente las escaleras, al mismo tiempo que acariciaba los rizos de su muñeca y le susurraba algo.
Quien miraba a la distancia, no imaginaba que en su subconsciente quedaría fijo cada movimiento de esa jovencita. Tal vez por eso sintió, por primera vez en sus 24 años, tal escalofrío que lo hizo retroceder del vidrio donde se había acercado para ver abordar a los pasajeros del vuelo 203 de Avianca. Atribuyó rápidamente su inusual reacción, al frío que hacía a esa hora de la mañana. Reacomodó sus hombros, suspiró fuertemente y se quitó un inexistente sucio de la chaqueta de cuero que le había traído de París su mentor y hermano.
Se recriminó mentalmente por tal reacción. Hasta ese momento fue cuando notó el súbito sudor que le empapó toda la camiseta blanca que llevaba. Se sorprendió. Sensación como esta jamás había recorrido su cuerpo, ni siquiera en los momentos más calientes de ‘gatilleo’ que había vivido y en los que había participado. Era considerado por amigos y enemigos “un tipo muy peligroso y áspero”, en lo que denominaban la ‘guerra urbana’. Muchos años después volvería a sentir una igual sensación, pero más pavorosa todavía.
Volvió la mirada a las escaleras del avión. Al hacerlo se extrañó del calor repentino que empezó a sentir. Su vista se detuvo en la muñeca de trapo que comenzó a incendiarse en las manos de la niña. La jovencita no soltó su muñeca, sino que la abrazó con fuerza. Lo que hizo que una inmensa llama consumiera ahora sus brazos, llegara a los hombros y subiera por el cuello hasta alcanzar toda su cabeza.
En la imagen del solitario espectador, la joven no gritaba. Ella solo giró, levantó la mirada y la fijó en él. Alzó sus incendiadas manos con lo poco que quedaba de lo que fuera la muñeca; el carbonizado rostro de la niña se quedó mirándolo unos segundos, luego extendió la muñeca, como si quisiera entregársela o para que él la viera antes de consumirse por completo. Había algo curioso con esta jovencita, las llamas consumieron todo su rostro, menos sus tiernos ojos. Jamás hubo un solo gesto de dolor. Las llamas crecían, pero los ojos no eran consumidos por el fuego. Estaban fijos en él. Y comenzaron a hablarle:
—¡¿Por qué me hiciste esto?! — Luego esa imagen calcinándose se acercó hasta el vidrio donde estaba él y le gritó:
—¡Nunca te olvidarás de mí!
En ese mismo instante, Carlos Castaño Gil sintió como si cientos de brazos que lo atenazaban lo hubiesen soltado, y despertó sobresaltado en la cama del cuarto principal de la Finca La 28, también conocida como La Ciudad Punto Com, ubicada en El Tomate, Antioquia, en la vía que va de Arboletes a Santa Catalina en San Pedro de Urabá.
Turbado e inquieto por ese terrible sueño, Castaño miró el reloj: eran un poco más de las tres de la madrugada del viernes 16 de abril de 2004. Iba a ser un día difícil para él, además tenía que serlo, porque diez u 11 horas después iba a ser asesinado por sus amigos y compañeros de armas.
Esta pesadilla venía persiguiendo a Carlos Castaño desde hacía muchos años. Entre los muy pocos que conocían de ella estaba su viejo aliado Manuel Salvador Ospina Cifuentes, quien con este nombre no atemorizó a nadie, fue con la ‘chapa’ de ‘Manolito’ y después con la de ‘Móvil 5’ que sembró de muerte y terror al Magdalena medio, Córdoba, Urabá y otras zonas de Antioquia.
Una noche, Carlos llegó hasta la casa de ‘Móvil 5’; estaba tomando aguardiente y volvió a contarle sobre su pesadilla:
—¡Cómo me carcome el recuerdo de esa niñita! —dijo con pesar.
Le reveló que esa pesadilla se había vuelto más recurrente, cuando uno de los más prestigiosos genetistas de la Universidad de Antioquia le confirmó que la hija que tuvo con Kenia Gómez había nacido con el síndrome cri du chat (maullido de gato).
Allí, llorando, ‘Móvil 5’ lo escuchó decir por primera vez, con su ronca voz ahora quebrada por el dolor:
—Dios como que sí lo castiga a uno—. ‘Móvil 5’ lo miró y le dijo con aquella frialdad de los resignados guerreros, que saben desde hace muchos años que el perdón no existe para ellos, ya que la sombra de los crímenes que los acompaña es demasiado gigante:
—Comandante, Dios ya nos castigó desde hace tiempo —dijo con sequedad.
—¿Cómo se le ocurre decirme eso? —levantó la voz Carlos.
—Mire ‘Carlitos’; perdón, comandante: lo de la pesadilla que hoy lo persigue me imagino que fue por lo del avión de Avianca—. Carlos dejó de llorar, se paró y gritó:
—¡Usted sabe que yo no tuve nada que ver con eso! Usted bien sabe que fue Pablo con el ‘Arete’—. Miró hacia donde estaban los escoltas y tronó su ronca voz nuevamente:
—¡Saliendo!
Todos los conductores de las tres camionetas en las que llegaron encendieron los motores al mismo tiempo, y el resto de la escolta corrió a coger sus puestos en los platones de las modernas Toyota en que se movían (esta eficiente marca japonesa ha jugado un papel decisivo en la guerra en Colombia).
—Mijo, ¿usted por qué le dijo a Carlos eso? —preguntó una mujer que apareció de la nada en la casa de ‘Móvil 5’.
Este se giró. Parecía que la miraba, pero su vista estaba clavada en la inmensa oscuridad que hacía unas horas se había tragado a los potreros. En un helado tono le susurró:
—No se meta en estas ‘güevonadas’. Usted ni sabe en qué va a terminar esto, y ya me voy acostar, no me moleste más.
‘Móvil 5’ se fue a otra habitación que tenía, la cerró con seguro. Se dirigió a una cama y levantó lo que podría llamarse un colchón. Ahí estaba un reluciente y recién aceitado fusil AK-47 que parecía que nunca hubiese sido usado. Lo cogió. A un lado había dos proveedores listos para usar con la munición de guerra que le gustaba: la calibre 7,62. Evitaba todos los fusiles que usaran munición 5,56 porque según su experiencia, dejaba muchos heridos y no mataba.
No le importó repetir lo que había hecho hacía un poco más de 24 horas: mantenimiento a ese AK-47. Era como un ritual nocturno. Comenzó a aceitarlo muy despacio pero muy concentrado en lo que hacía. No lo usaba, lo tenía solo para una acción de esas que llaman ‘especial’… o para una ocasión que solo él imaginaba… o soñaba... o esperaba, por lo que había que tener el ‘fierro’ bien lubricado y listo.
“Yo no soy nadie, pero no me gusta la humillación”
Este temible miembro de las Autodefensas, ‘Móvil 5’, venía desde la época de Fidel Castaño Gil, de los llamados ‘Tangueros’, en alusión a que todos trabajaban en la hacienda Las Tangas en jurisdicción del corregimiento de Villanueva (Montería, Córdoba), en el margen izquierdo del río Sinú.
‘Móvil 5’ sabía que su relación con Carlos Castaño había venido deteriorándose de manera peligrosa y creía saber por qué. Era un terrible secreto que llevó a la desaparición y muerte de una hermosísima mujer de Amalfi. Pero esta espeluznante historia tendrá su momento.
Manuel Salvador conoció y conocía muy bien a ‘Carlitos’ o ‘El Pelao’, porque así era que le decían cuando se tropezaron en Amalfi, un municipio ubicado en el nordeste antioqueño cuya particularidad es que 22 ríos o riachuelos recorren sus tierras. En esa apartada zona se vive de la agricultura, la ganadería, los trapiches para elaborar panela de caña de azúcar y de la minería legal, ilegal y artesanal del oro.
Años después se reencontrarían Manuel y Carlos en Montecasino, una inmensa propiedad ubicada en el barrio El Poblado, de Medellín, a la que se le atribuyó elegancia, belleza, lujos, crueldad y muerte. Fue allí donde verdaderamente creció una gran amistad entre ‘el Pelao’ y ‘Móvil 5’, al punto que pasaban juntos y operaron en el mismo grupo sicarial para ‘tumbar’ a enemigos. Pero la infundada sospecha de Carlos hacia ‘Móvil 5’, en el sentido de que este fue quien reveló el secreto que le guardaba, lo llevó a despreciarlo, odiarlo y hasta querer asesinarlo. Pero no se atrevía a tocarlo porque de por medio estaba Fidel Castaño quien consideraba a ‘Móvil 5’ indispensable, leal y como de la propia familia.
‘Móvil 5’ nació el 4 de abril de 1955 en una miserable y pobre vereda –inexistente para el poder centralista incrustado en Bogotá– irónicamente llamada La Esperanza, que estaba a hora y media, a caballo, de Amalfi (Antioquia); y a pie, a dos horas y media. Fue el menor de seis hermanos: tres mujeres y tres varones. Su padre tenía allí 20 hectáreas donde cultivaba plátano, yuca y café. Tenía 14 vacas a partir utilidad y unos pedazos de tierra donde sembraba también maíz y fríjol. Todo apuntaba a que Manuel Salvador iba a ser un buen campesino más como su padre.
Eran muy pobres. Cuando servían la comida el primer plato era para su padre, y allí iba lo mejor de lo poco que cocinaban. Cuando terminaba, ese mismo plato también se usaba para servir a los otros hijos porque los platos no alcanzaban para todos. De último comía su madre. Muchas veces ella se hacía la que comía, pero era mentira ya que no le había quedado nada. Manuel Salvador muchas veces cogía de lo que le tocaba y se lo llevaba a su mamá. Esta se ponía a llorar porque su hijo menor tenía este gesto para con ella.
—¿Cuándo podré estar grande para jornalear y ayudarla, mamá? —Le decía.
Como el colegio quedaba muy lejos y no podían ir a estudiar, el padre le pagaba a una profesora que pasaba cada ocho días por la vereda, para que les enseñara a leer y escribir. Tenía como cinco años para ese entonces. A la edad de 11 se cumplió su sueño: ser jornalero. Se fue a la finca de un próspero vecino que cultivaba café, don Libardo Avendaño. Había que cruzar dos quebradas para llegar hasta allá; el jornal se pagaba a tres pesos, pero como él era menor de edad se ganaba sólo un peso con 50 centavos.
¡Y cumplió su promesa! Todo lo que ganaba se lo entregaba a su mamá.
Pero un día, desayunando con todos los demás trabajadores de la finca de don Libardo alguien le preguntó:
—Manuelito, ¿qué va a hacer con toda esa plata que se gana?
Y él, por hacer un chiste, respondió:
—Yo eso me lo gano jugando bola en mi casa.
El dueño del cafetal se enteró y lo echó:
—Entonces, ¡váyase para la gran puta mierda a jugar bola en su casa!
Fue duro para Manuel Salvador entender que lo que se dice en chanza, muchas veces se paga con dolor. Su madre lo regañó, pero a la vez lo abrazó y le dijo que no se preocupara, que fuera y le pidiera trabajo a don Julio Sánchez, otro próspero finquero de la región. Este, al verlo, le dijo:
—¿Usted sí trabaja tan pequeño? Porque aquí la cosa es ‘voliando’ machete todos los días y limpiando potreros —sentenció su nuevo patrón.
