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Hace 500 años España llega a México e impone, entre muchas otras cuestiones, lengua, gobierno y religión. ¿Qué era México antes de la llegada de los españoles? ¿Cortés destruyó una maravillosa civilización? ¿Por qué en el imaginario colectivo al conquistador se lo considera un militar cruel? ¿Qué habría pasado si los europeos no hubiesen llegado a América? En este libro Antonio Cordero analiza todas estas cuestiones de forma directa. Distinguiendo entre "nación" y "patria", Cordero afirma que La Malinche, compañera de Cortés, es la mujer más importante que ha dado América. Que la toma de Tenochtitlán supuso una liberación de los pueblos indígenas del yugo mexicano y que el propio Cortés fue quien dio el banderazo de salida de la nacionalidad mexicana. Las razones de la grandeza del conquistador y también de su desprestigio, las virtudes, los defectos... pero sobre todo, las consecuencias de su olvido. ¿Cuáles son los aspectos positivos de toda conquista, el posterior intercambio cultural y los beneficios del mestizaje racial y cultural. Para el autor México es España aunque no se sea consciente de ello. Desconocer lo anterior tiene hoy un precio, y el país lo está pagando. El lector tiene entre sus manos una obra que no elude las grandes preguntas y se atreve a dar respuestas. Con valor, visión personal y sin miedo a la polémica.
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Seitenzahl: 259
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Más allá de la conquistaHernán Cortés
Más allá de la conquistaHernán Cortés La verdadera historia
ANTONIOCORDERO
Colección: Historia Incógnita
Título:Más allá de la conquista. Hernán Cortés. La verdadera historia
Autores: © Antonio Cordero
Copyright de la presente edición: © 2021 Ediciones Nowtilus, S. L.
Camino de los vinateros, 40, local 90, 28030 Madrid
www.nowtilus.com
Elaboración de textos:Santos Rodríguez
Diseño y realización de cubierta:Efímero Estudio (www.efimeroestudio.com)
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjasea CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com;91 702 19 70 / 93 272 04 47).
ISBN edición digital:978-84-1305-241-0
Fecha de edición: noviembre 2021
A Alejandra
Gracias:
A los míos, quienes llegaron y se fueron antes, favoreciendo se filtrara en mí el espíritu de la historia. No tienen la culpa de mis obsesiones, pero sí son responsables de algunos de mis afectos.
A mis padres y hermanos, por estar.
Al escritor e historiador Christian Duverger que, entusiasta, leyó el manuscrito haciendo precisiones importantes.
Al Doctor Alejandro Carrillo Castro, entendido del tema y entendedor de la necesidad de recuperar la verdad de nuestros personajes históricos. De paso, se atrevió a prologar la primera edición.
A Daniel Borbolla, promotor cultural que «empujó» y coordinó la publicación de este escrito.
Al historiador e investigador Carlos Sola Ayape, experto en las relaciones de nuestros países, por lo que entiende mejor que nadie que la cuestión de México mucho tiene que ver con la España de donde él proviene. Además le quité mucho del poco tiempo que tenía.
A Ramón Cifuentes y Santos Rodríguez, editores de oficio, por lo que saben librar tormentas.
Al reconocido filólogo y catedrático español Lidio Nieto, un claro ejemplo de que se pueden combinar las virtudes del vino con la literatura (él lo entiende). Cuando le pedí una opinión de mi escrito, me ofreció una asesoría profesional y detallada. Yo agradecí el gesto, pero no quise aceptar de manera contundente su propuesta por no «molestarlo», evidenciando de alguna manera una mexicanísima característica a la que contestó: «revisaremos el texto. Por favor, dímelo claramente. Recuerda que soy castellano y me gusta la franqueza y la sinceridad. Sin rodeos». Firmeza que agradezco profundamente. El libro no sería el mismo sin la levadura lidiana.
A los que leyeron y revisaron estas líneas. Desde el afecto parcial de mi hermana Pilar, al interés de muchos y desdén de otros. A todos, gracias.
A mis amigos, a quienes les importa un bledo el tema, pero juntos encontramos un motivo más para regocijarnos en la crítica de mis pasiones.
A mi querido Germán Ortega Chávez, maestro y amigo que con sabiduría conjuga humor y conocimiento.
Al historiador Pedro Fernández Noriega, por su comentario tan preciso.
Mi gratitud (por las ilustraciones en la primera edición) está siempre con los artistas que enriquecen todo con su talento. Ustedes son «los notarios del tiempo», dan fe de lo que sucede, de manera hermosa. Gracias a Rafael Cauduro, Víctor Contreras, Antonio Luquín, Ismael Ramos, Narcissus Quagliata y Marco Zamudio. Son personas normales que hacen cosas extraordinarias, lo que ya los descalifica como lo primero. A mi tío José por su aprobación post mortem del uso de sus magníficos dibujos de caballos.
Finalmente, dedico este libro a mi esposa Alejandra, mi pirámide (en la que a menudo me sacrificaría) y mi catedral, y a mis hijos Marco, Jerónimo y Pedro, haciendo votos para que sean ciudadanos del mundo conscientes de su mexicanidad.
Cortés no sabía que la gloria de los grandes hombres es como la semilla de los grandes árboles; tiene un periodo en que es flor y se abre lozana, pero dura poco; después, convertida ya en semilla, necesita pasar largo tiempo sepultada en el olvido, para levantarse sobre la tierra, espléndida y vigorosa, desafiando el huracán de la calumnia y las tempestades de la envidia. Vicente Riva Palacio,«México a través de los siglos»
Amable lectora, amable lector:
Me asiste el convencimiento de que tiene entre sus manos un gran libro. Le aseguro que gozará su lectura, inquietará sus pensamientos y no pocas creencias y le dejará un poso de reflexión sobre nociones de tanta valía como la mismidad y la otredad. Verá que estas páginas recrearán su valoración de ciudadanía consciente y comprometida, doble naturaleza que me consta por el simple hecho manifestar interés por la presente obra.
Si bien la curiosidad por la lectura comienza por el título1, francamente prometedor, afirmo también que Antonio Cordero, nuestro autor, ha concebido su manuscrito no solo pensando en sus paisanos mexicanos, sino también en España y los españoles. Su particular forma de tratar la problemática –siempre fascinante y retadora a la luz del intelecto– es una invitación a situarnos en el epicentro de la singular relación bilateral hispano-mexicana, dos países que, desde hace dos siglos, transitan por veredas diferentes, pero que comparten un pasado común.
Y, al respecto, creo no estar equivocado al afirmar que, en materia de raíces compartidas, España y México pueden presumir, sin rubor alguno, de un patrimonio propio, porque es más lo que les une de lo que, en realidad, les separa. Siendo este país americano uno de los altares donde se venera la figura de Cervantes y su Don Quijote, constato cada día la presencia de ese puente entre ambas esquinas de La Mancha.
A decir verdad, una de las muchas tesis que comparto es que, por momentos, nuestro presente pareciera opacarse por una niebla espesa ante la recuperación disímil de un pasado enquistado en una retahíla de temas que nuestro ciudadano autor aborda con una decidida y serena responsabilidad. Determinación necesitaba para tal abordaje y determinación le ha sobrado al consumar el final del trayecto.
A lo largo de estas páginas, y al vaivén del entrelazamiento de las palabras, emergen figuras históricas como Hernán Cortés, Moctezuma Xocoyotzin o la tan conocida Malinche; fenómenos religiosos como la aparición de la Virgen de Guadalupe ante Juan Diego y su ayate y también temas de gran trascendencia histórica como la conquista española de aquellas tierras mesoamericanas, la evangelización producto de la labor misionera de religiosos, que fueron sembrando de pilas bautismales la Nueva España o la herencia poliédrica que testó el virreinato novohispano. A modo de tesis, se advierte que, en lo que hoy es México, España no dejó conquista ni conquistados, sino civilización y civilizados. He aquí uno de los pilares donde se asienta la arquitectura de este libro.
Empero, con arrojo nuestro autor también aborda esas particulares duplas enquistadas en el imaginario colectivo, mismas que parecieran indispensables en la emotiva recreación de nuestro pasado histórico. Como si se tratase de un maniqueísmo adictivo, las páginas de este libro también acogen a esos héroes y villanos, a esos buenos y malos, a esos ángeles y demonios, en suma, a ese doble constructo sustentado en el parteaguas del mito y la realidad.
Frente a semejante pórtico, el análisis nos invita a explicar y comprender el pasado desde la debida contextualización histórica, despojando el ánimo de prejuicios varios, bajo la premisa última de abrazarlo sin resentimientos. Puesto que la explicación requiere de serena racionalidad y el enjuiciamiento, de arrebatada emotividad, la propuesta se encarama sobre el fiel de balanza que mira, con prudencia, distancia y por igual, la historia y la memoria y a su extraño y no siempre afortunado maridaje.
La temática y el afinamiento de la mirada bien lo ameritaban y, con el fin de estar a la altura del reto, el resultado final es un manuscrito bien pensado y mejor escrito que a nadie dejará indiferente. En su condición de artesano de la palabra, Antonio Cordero sabe cuidar la forma porque, primeramente, quiso cuidar el fondo. En él no hay improvisación, ni simulación, ni mucho menos máscara, sino un intento genuino por contar «su» verdad, postergando la opinión en pro de la argumentación. Se agradece, por consiguiente, la honradez intelectual al cuajar el deseo de huir de simulaciones y hasta pretensiones ventajistas.
Planteado el enfoque, cada página se convierte en una caja de resonancia donde la palabra entretejida da forma a un hilo narrativo bien urdido. Concebido desde el aseo académico, el manuscrito va adquiriendo naturaleza de ensayo, donde el que escribe se mueve tan libre como certeramente en el venero de la interpretación y la reflexión. Buscar respuestas haciendo preguntas es el objetivo que se propone desde el inicio.
El resultado final es una prosa vibrante, que le permite al autor –no podía ser de otro modo– abordar un tema espinoso particularmente por las múltiples emociones encontradas que, aún a fecha de hoy, sigue generando. ¿Por qué será?, se preguntará amable lectora o amable lector. Desde las primeras páginas, el escritor nos deja sobre la mesa una primera e inquietante pregunta: ¿acaso el México del siglo XXI es heredero de una tierra conquistada o, por el contrario, lo es de una tierra civilizada?
Como el lector irá descubriendo, el que propone reclama para sí y para los demás el derecho ciudadano de conocer la verdad –para la ocasión, la verdad histórica–, a través de la búsqueda consciente y del rigor metodológico que brinda la disciplina de la Historia, bajo la premisa de conocer verdaderamente el pasado para saber qué hacer «en» y «con» el presente. Por ello, y a modo de anclaje de partida, la mirada debe hacerse distante, serena y racional, bajo la encomienda de ser brújula que oriente los vectores del porvenir. En suma, la provisión de un conocimiento que, lejos de ser arma arrojadiza o distractor malintencionado para ocultar acuciantes problemas del presente, asegure un caudal ingente de aprendizajes, puestos al servicio de la construcción de la verdad como un derecho ciudadano irrenunciable. Renegando de la lectura única, se nos invita a recrear el caleidoscopio de miradas, bajo el único requerimiento de la argumentación.
A este respecto, se agradece, y mucho, la autenticidad del autor y su compromiso de no huir, ni mucho menos esconderse, a la hora de mostrar su forjada opinión. Su mérito consiste en apartarse del miramiento emocional, pauta tan común en la gestación de las viejas narrativas nacionales, para formar una propuesta arropada con el don siempre necesario de la mostración y demostración. No concibe maniqueísmo alguno y, si bien no es historiador, y así lo reconoce, tiene la virtud de adentrarse en el proceloso territorio del pasado histórico, rodeado de reconocidos historiadores y de sus aportaciones bibliográficas. Invita a la búsqueda para cuestionar los dogmas.
El autor no solo es mexicano, sino de ascendencia mexicana por los cuatro costados, dos cualidades que, en otras circunstancias, pasarían desapercibidas si no fuera por el hecho de que Antonio Cordero también se declara español, una declaración rotunda y sin tapujos, tal y como la hicieran aquellos hispanistas mexicanos del siglo XX como José Elguero, Alfonso Junco o Jesús Guisa y Azevedo. Los mexicanos «somos España», matiza a modo de exhorto, dando la espalda a la inveterada carga de prejuicios que, como capas de cenizas, han venido cubriendo y momificando, y hasta fechas presentes, la verdad histórica en su país natal. Valora y argumenta, partiendo de la base de que, antes de la llegada de los españoles a territorio mesoamericano, su México natal no existía como nación. Por ello, y en calidad de ciudadano de su tiempo, piensa y se piensa al margen de esos estereotipos trabados, dando paso a contemplación tranquila pero crítica de la historia, así como de la memoria que envuelve al gran personaje y figura central en su libro: Hernán Cortés.
A quinientos años –se dice pronto– del arribo de este extremeño a aquellas costas de América, su presencia sigue viva en el imaginario colectivo como cuña que une y a la vez desgaja. Consciente del hecho, la intrahistoria de este libro se concibe como un ejercicio de diagnosis con su consiguiente prontuario de respuestas. Y el autor nos lleva a la raíz del problema: ¿es Hernán Cortés o, más bien, todo lo que se ha venido haciendo, con buena o mala intención, con su figura y legado? Siendo pregunta que insinúa respuesta, de la lectura del libro se desprende que la subjetividad sigue sacrificando a la objetividad y, por tanto, solo el conocimiento del pasado nos puede llevar a revisar y hasta desmantelar la supuesta verdad de tan arraigadas memorias.
Consciente de los prejuicios como agentes hacedores de la psique colectiva, el investigador toma distancia crítica de relatos tan sesgados como interesados, sabedor de que las memorias oficiales y sus particulares narrativas acabaron imponiéndose a esa pretendida verdad histórica. Por eso, entre líneas, se advierte su encomienda de dudar de lo aprendido y de fomentar el acto contemplativo de aprendizaje cancelando el juicio peyorativo. El actor y el hecho recreado en su debido contexto.
En un ejercicio de honradez profesional, rescato del autor su anhelo por mirar de frente a los problemas, de diagnosticar su génesis, de analizar su etiología, de explicar sin condenas y de resolverlos de manera consciente o, cuando menos, de señalar la ruta de salida. Ciertamente, es un libro de respuestas, tal y como se advierte en la portada, y una invitación a reflexionar sobre ese «nos» colectivo –consciencia empática de sí, del otro y del común–, reclamando la presencia de ese ciudadano del siglo XXI, desprovisto de prejuicios inventados y hasta de atavismos heredados. Un escrito que busca educar la mirada para salir al encuentro de la conciliación, donde se concibe y se entrega un documento con vocación propositiva, en busca de lo que llama un «pensamiento conciliado».
Buena parte de esas preguntas tienen por objeto descubrir las raíces de una tradición memorística oficial basada en la calificación del pasado desde la cosmovisión del presente –y los otros presentes pretéritos–, incurriendo premeditadamente en lo que nomina como la «temeraria praxis de la especulación». «Creamos dioses y demonios a nuestra imagen y semejanza», añade. Dicho de otra forma, esa memoria oficial que, a modo de verdad absoluta, condena, exonera y a la vez reduce la realidad de ayer a un santoral de héroes y villanos: para los primeros, pedestal en el altar patrio; para los segundos, ignominia, distorsión y olvido.
Contra ello se rebela nuestro autor, que se muestra, sin tapujos, como un gran defensor de la figura y obra de Hernán Cortés, a quien considera el principal impulsor de la nacionalidad mexicana, lamentando en consecuencia que México siga cometiendo el viejo error de tener «recluido» al «principal constructor del país» en una pequeña urna, de una descuidada iglesia, de un olvidado hospital de la capital mexicana. Además de esta reclusión, que anuncia fractura interna y ausencia de reconciliación del «nos» colectivo con su propia biografía nacional, la lectura recuerda el olvido infligido contra Cortés en los anales oficiales y la consiguiente condena como si se tratase del primero de los villanos, un parricidio contra el fundador de un país que, en palabras del propio creador, bien podría llamarse, por méritos consustanciales, «Cortesia». Por todo ello, el libro se presenta como un reclamo contra esa manipulación «irresponsable y cortoplacista», que se ha hecho de la figura de Cortés durante los dos siglos del México independiente.
Desde esta perspectiva, Antonio no oculta una realidad que persiste, donde Hernán Cortés se presenta como punto de fractura, como ese símbolo de explotación que nutre una «leyenda negra», debidamente alimentada por quienes, en su día y hasta la fecha, desde adentro y desde afuera, recrean la hispanofobia para provecho propio. Si bien sabe que hablar de Cortés es «causar polémica», no tiene reparo alguno en afianzar su tesis: «Cortés es ante todo México». Por eso, y frente al viacrucis de su desprestigio, aboga no solo por el rescate consciente del personaje y por una valoración racional de su legado, sino que alerta de las graves consecuencias de su olvido.
Si bien el ensayista hace hagiografía y hasta panegírico de Cortés, también advierte que lo hace para reivindicar esa verdad histórica y no para evocar acostumbradas falacias propagandísticas de quienes se siguen sabiendo conquistadores o de quienes recrean su victimismo en su noción consciente de conquistados (o sometidos). Así se deja bien claro –tesis que comparto–, que Cortés no puede seguir siendo nutrimento legitimador de banderías al uso, sino fuente de aprendizaje para la reunión de ese «nos» mexicano –y añadiría para la ocasión, hispano-mexicano– que, a fecha de hoy, y después del paso de tantos y tantos años, pareciera seguir fragmentado. Superar estos maniqueísmos es intención del autor, partidario como es, eso sí, de un solo anhelo para México: el descubrimiento del «nosotros».
Como se dice, Antonio analiza ese «colectivo» al que pertenece en su condición de mexicano –y hasta español– para avanzar una inquietante reflexión: «no hemos tenido ganas de pensarnos; nos da miedo buscarnos, porque, en una de esas, nos encontramos». De nuevo, la ausencia de una reconciliación del mexicano con su propia biografía nacional, una apelación que también serviría para procurar la revisión de la particular relación entre España y México.
Por ende, reclama la pertinencia de una mirada interior consciente, con el único propósito de salir de la trampa en la que se encuentra enquistado el «ser nacional» de un México que ha venido siendo rehén de una mitología patria, «tan útil a la historia oficialista estancada y estancadora». Por eso, y de nuevo, el libro nos pone en la senda de la propuesta para descubrir que la solución pasa por la recuperación de esa herencia rechazada, esto es, por la vivificación de toda huella de «lo español». Frente al señalamiento de la orfandad, el ocaso definitivo de la misma pasa ineludiblemente por lograr ese tránsito que asegure la conciliación de México con su particular «hormonismo histórico», una de las acertadas expresiones en el libro.
Pongo el punto final a este introito y les dejo con la vibrante prosa de Antonio Cordero. Nuevamente, les hago la cordial invitación a leer este libro, de principio a fin, aunque siempre con las pausas debidas para asentar la reflexión. Si secunda el propósito, navegará por las aguas calmas de sus páginas con la brújula de la explicación, pero nunca del juicio. Para quienes se sienten cómodos oteando fronteras nuevas, disfrutarán y aprenderán de su lectura; para quienes, por el contrario, se aferran a los estereotipos arcanos, con mayor razón hago la invitación a que lo lean. Me consta que solo la lucidez puede vislumbrar de nuevo el rumbo, tantas veces perdido, más aún en estos tiempos de tanta incertidumbre y confusión, aunque para ello sea preciso abrir con serenidad, prudencia y suma responsabilidad la Caja de Pandora del pasado.
Carlos Sola Ayape
Doctor en Historia y profesor e investigador
en el Tecnológico de Monterrey
(campus Ciudad de México).
1La versión original publicada en México se titulóHernán Cortés o nuestra voluntad de no ser.
Nota aclaratoria:
Antes de lo sustantivo, mencionemos la forma en que este libro fue escrito. Al inicio fue concebido únicamente para el lector mexicano, después se valoró la importancia de hacerlo conocer al resto del público interesado en los temas del papel del hispanismo en la historia del mundo, para lo que se adaptó esta versión. El resultado es el siguiente, no sin esfuerzo de quien aceptó la tarea de conciliar un estilo personal muy mexicano a otro que pudiera comprender con facilidad quien no esté habituado al mismo. No obstante, para no desvirtuar el sentido de algunos fragmentos, se estimó apropiado respetar la dirección íntima y forma gramatical que tenía el texto original en ciertas partes.
Entonces, digamos:
Tienen razón quienes piden a España que se disculpe. Como las personas, toda nación que ofende a otra debería hacerlo. Motivos hay muchos y por los cuales ya varios perdones y en distintas épocas se ofrecieron. Pero si se demandan justificaciones de otro, si se es congruente, antes habría que reconocerle sus contribuciones. Correspondería entonces enviar, primero, un detallado pliego de agradecimientos, extensos listados de legados recibidos y una medalla al mérito acompañada de carta explicativa de por qué la primera solicitud no debe ser tomada en serio. Después, tener muy claro de qué España se pretenden cuentas: de la de allá o la de acá. La de América se llama México, porque todos sus habitantes también son España, desde el Presidente de la República hasta el indígena más puro con el que se entabla comunicación. Poder hacerlo, hablar, es la prueba más clara del legado español. Los hispanoamericanos, los que llegaron hace 500 años, hace 40 o los que ya estaban hace 5.000 y se latinizaron, lo son. Los primeros tendrían que enviar la mencionada diligencia después de la entrega de los documentos. Y como mexicanos – yo mismo me incluyo–, también debemos exculparnos por las horribles ofensas que cometimos contra nosotros mismos a lo largo de las centurias en las que todavía no éramos España: fuimos muy duros y crueles entre nosotros y apenas nos conocíamos. Sería una larga y absurda cadena de absolución.
Otra petición lamentable es la que hizo públicamente en una entrevista con un conocido periodista una diputada del Partido Verde Ecologista de México2. Omito su nombre para no avergonzar a sus hijos o nietos si en un futuro leen este escrito. Sugirió, con una clara intencionalidad política, pero también con ingenuidad que llama a la ternura, la desaparición de todos los monumentos de Cristóbal Colón y Hernán Cortés que hubiese en México, «para no ofender a los pueblos originarios». Es decir, aspiraba no al retiro de objetos de bronce, sino a la negación de la cultura misma. Todo ser humano es beneficiario de la cultura y, como probablemente esté de acuerdo el lector conmigo después de contar con su paciencia, los pueblos originarios, los secundarios o los que resulten de las mezclas de todos los anteriores, no solo son beneficiarios de la cultura, son la cultura. La legisladora no propuso un debate de especialistas, tampoco hizo un llamado a la investigación histórica, a la revisión o análisis de hechos, sino exigió la negación del pasado, borrarlo (por eso el presente se tambalea).
Con el mismo criterio de la diputada, o más bien, con igual falta del mismo, habría que retirar los miles de bustos de los emperadores romanos regadas por Europa debido a los excesos que infringieron a los conquistados y gobernados, los de los santos que impusieron su fe a la población de distintos lugares, las estatuas de deidades mitológicas que abundan en el mundo, los monumentos a Cuauhtémoc y los otros señores del Anáhuac que acabaron con sus iguales para ascender al trono, o el de Mickey Mouse que custodia el acceso a Disneylandia3. En fin.
Cómo exigir en el extranjero que a los mexicanos se les reconozcan ciertas cuestiones si niegan lo que más podrían exhibir para ser bien tratados. Debemos examinar la complejidad del dilema y aceptar que no hay, en la cultura, buenos y malos. Los que creemos buenos, no lo son tanto, y los malos, tampoco lo son mucho.
No obstante la dicotomía en la que vivimos, por un lado la esperanza de un mejor futuro que incluya a todos, y por otro, el reino de la «cangrejocracia»4, este es el momento histórico para reanudar el futuro. Se necesitaría hacer una limpieza nacional y reinterpretar la propia cruz.
El simple hecho de cuestionar, en territorio mexicano y en la propia España, que la celebración del quinto centenario del encuentro de dos mundos puede molestar al gobierno y al pueblo de México, es razón suficiente para atender de manera urgente las causas reales, las internas de tal malestar. Esta es la oportunidad de autoexaminación para saber a dónde vamos y si vamos bien. No hemos tenido ganas de pensarnos, nos da miedo buscarnos porque, en una de esas, nos encontramos.
Hoy, a menos que se siga redundando en la torpeza, debe entenderse que la identidad mexicana es resultado de dos vertientes con capacidades sobresalientes. Liberarse de prejuicios y reconciliarse con uno mismo da lugar a lograr lo extraordinario. La conquista de hoy es el descubrimiento de los mexicanos.
Por último, no me quiero quedar sin una reflexión particular para esta edición. Pienso cuán distintas perspectivas tendremos de lo mismo en ambos continentes. Entiendo que en España, así como en otros países de Europa, la visión de Cortés es de un caudillo, un avezado guerrero, un segundón; un personaje histórico más de ese pedazo de la historia tan importante para España.
En México en cambio, Cortés es un personaje de relevancia determinante en nuestra historia, dueño de los principios y de las consecuencias, que sin embargo, una gran mayoría niega. Por eso me invade la curiosidad por descubrir la opinión que la lectura de este análisis tendrá en el lector no mexicano.
2Cuando este prefacio fue escrito no habían retirado aún el monumento a Colón, del Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México. Lo que se creía una ocurrencia, pronto fue una acción de una ideología corta.
3Unconcejal de Segovia, España, sugirió destruir el acueducto romano de esa ciudad«para borrar la huella de esa conquista». Ilustres luminosos hay en todas partes del mundo.
4Neologismo proveniente del griegokrateîn(«gobernar») y «cangrejo», el cual describe al sistema que, como hacen esos animales, se desplaza hacia atrás, en lugar de avanzar.
Hablar de Hernán Cortés es causar polémica. El propósito de este escrito es provocar aún más. No responder, sino hacer preguntas que obliguen a escudriñar hasta el fondo de la conciencia.
En el 2019 se cumplieron 500 años del inicio de la gesta de la Conquista y, dos años después, 500 de su culminación. Es tiempo de reflexiones. Medio milenio no es cualquier asunto. Resulta necesario cerrar un ciclo doloroso para abrir una etapa de aceptación que conduzca con serenidad al futuro.
Quise empezar declarando mi pretensión objetiva e imparcial sobre la cuestión cortesiana, pero después de releer mis palabras opto por la versión apasionada de mí mismo y no la veladamente hipócrita que a veces nos empeñamos en representar.
Entenderé que no todos coincidan conmigo, porque aunque crea que esto es la verdad, no por ello quiero imponerla, pero sí proponerla y, más, desvelarla. No soy un obseso de la verdad. Creo que todos tenemos derecho a conocerla, aunque, también, en ocasiones, la responsabilidad de no decirla, salvo que nos perjudique a todos, en cuyo caso habrá de irse liberando con prudencia, como el buen administrador que gasta para recuperar la inversión.
Me adentro en la historia como un viajero y me escudo en la inmunidad que me otorga mi calidad de ciudadano observador. La historia se escribe siempre de manera retroactiva; no es sino un recuento, una narración personal de lo que sucedió según la visión de quien lo escribe, pues así nos convertimos en el presente, en autores del pasado.
Hoy, lejos de las circunstancias que determinaron la versión de los hechos concretos de una época, podemos tranquilamente hacer una lectura más objetiva de lo que en realidad pasó, sin pesos emocionales ni juicios racionales cargados de intención. Nos volvemos dioses de la nueva creación remota cuando la lejanía disuelve la primera pretensión. Sin embargo, la verdadera utilidad de la historia no es conocer lo que sucedió en el pasado, sino saber qué hacer en el presente.
