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Hermelo Molero (Burgos, 1967). Ingresó en la Ertzaintza en el año 1992, desde 1999, dirige el grupo de drogas de la Ertzainetxea de Bilbao. Condecorado por la Guardia Civil en 2011. Medalla con Distintivo Blanco de la Ertzaintza en 2015. En el año 2021 escribió su primera novela El Rey de Pikas (Caligrama). Es esta obra la que da inicio a la saga con el mismo nombre.
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Seitenzahl: 461
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Hermelo Molero
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-641-9
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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A mi mujer,
el norte de mi estropeada brújula
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Dedicado a mi compañero Txema Aguirre. Asesinado
en Bilbao, en 1997
por la banda terrorista ETA.
El honor, la valentía y la verdad nunca serán
vencidos por un nuevo relato de la historia.
NOTA DEL AUTOR
En esta novela, al igual que lo expresado en El Rey de Pikas (Caligrama 2021), encontraréis un relato que se asemeja mucho a la realidad de una investigación policial cuando se persigue un delito de tráfico de drogas. Son situaciones muy similares a algunas vividas por mí mismo, como consecuencia de mi profesión y sobre todo por los más de veintitrés años que llevo ligado a perseguir este tipo de delito, por lo que estas situaciones relatadas han sido reales o lo podían haber sido. En su momento algunas de las historias relatadas en estas novelas, y debido al tiempo trascurrido, han sido ya juzgadas, por lo cual sus sentencias son de acceso público y al alcance de cualquiera de los lectores. Aun así, este autor, adrede, ha querido en todo momento modificar o disimular identidades, lugares y épocas, para evitar con ello que algún traficante real, de los que merodean las calles de nuestro país quiera identificarse como protagonista de alguna de mis novelas, algo que como es lógico no voy a permitir. En estas obras literarias y en las futuras, si las hay, los únicos protagonistas con derechos más que reconocidos son los policías que aparecen reflejados en las novelas. Son estos funcionarios y otros muchos, que se pelean en el día a día para intentar vencer una batalla, que no la guerra, en condiciones siempre de desventaja. Una pelea sobre organizaciones criminales con presupuestos dinerarios ilimitados y en ocasiones con apoyos inconfesables. Estos profesionales de la seguridad pública, incomprendidos y abandonados por los gobiernos de turno, aquellos que también cargan uniforme de cualquiera de los colores por todo el territorio nacional, ellos, los que están en esa lucha continua, sin tregua, todos, son y serán los únicos que merecen el respeto de este autor.
Que ningún lector con conspiraciones delictivas piense ni por un solo momento que en alguna de mis novelas pueda obtener alguna información que le permita identificar a algún colaborador policial. Este autor, dentro del relato de ficción de la novela negra y policiaca, se ha esforzado en todo momento en esconder y ocultar cualquier dato que pueda generar alguna pista sobre ello, modificando para ello, los inicios y el trascurrir de los casos, recreándose en su imaginación para crear un relato ficticio que juguetea entre la realidad y la ficción. De la misma forma, en esta novela figuran técnicas policiales de investigación, muchas de ellas caducas y ampliamente conocidas por los propios delincuentes, (algunas las conocen mejor que los propios investigadores) dejando otras técnicas más novedosas para futuras historias cuando su divulgación no perjudique la labor policial.
Como es de esperar, todos los nombres que figuran en este relato son ficticios y cualquier persona que se sienta identificada con alguno de los personajes será por pura casualidad o imaginación propia. Los únicos nombres que respetan la realidad y por lo cual su existencia, son los motes o sobrenombres de guerra de los agentes de la Ertzaintza que desarrollan su trabajo o lo hicieron en algún momento de sus vidas profesionales en el grupo de drogas de la comisaría de la Ertzaintza de Bilbao. Faltan en estas páginas los alias de otros muchos compañeros y amigos que han sido artífices de los cuantiosos éxitos de este grupo de investigación. Pero el hecho de haber llenado este texto de todos esos nombres habría dificultado la comprensión de la lectura de esta novela a las personas ajenas al mundo policial.
A todos y cada uno de esos ausentes, como fue el caso en El Rey de Pikas, va dedicada esta novela ya que, sin todos ellos, sin dejar a ninguno fuera, nunca habría sido posible para este autor vivir y sentir todas y cada una de estas maravillosas y sacrificadas experiencias. En estas novelas os dedico mi reconocimiento, intentando en ellas, reflejar una parte de todos vosotros. Agradeciendo, sin poder recompensaros, aquella época que os hizo perder días de muchas horas de la compañía de vuestras familias y amigos, a cambio de poco, o igual de mucho, ya que nadie como vosotros mismos para sentirse reconfortados por un trabajo complejo y extenso finalizado en algunas ocasiones con un éxito.
1CORTES 38
Bilbao, 3 de junio de 1999
Según el calendario hace días que tendría que ser primavera, aunque para los agentes policiales que se encuentran refugiados y apostados en portales y en el interior de los vehículos policiales estacionados en la zona, creen que, al parecer, en este día, esta estación solo ha llegado al centro comercial más importante de la ciudad. La noche es muy desapacible, llueve de forma racheada y el frío es considerable. Muchos ojos vigilan sus relojes, verifican el paso del tiempo en sus muñecas esperando a que marque la una de la madrugada; es la hora fijada para actuar.
Cuando las manecillas coinciden con la hora estipulada, una serie de agentes de paisano forman una línea y caminan rápidamente por la acera, van pegados a la pared, intentan no ser detectados desde las ventanas del propio edificio. Dos de ellos, transportan en sus manos dos pesados arietes metálicos. El primer agente que inicia la marcha abre la puerta del portal, hace mucho tiempo que no hay cerradura en el mismo, es más, la propia puerta se basa en un par de trozos de tablas clavadas entre sí, están sujetadas al marco con unas bisagras que arrastran el portón por el suelo, un nudo en una cuerda verde agarra los dos trozos de madera como único sistema de seguridad. De forma coordinada llega a la puerta del edificio una furgoneta de la Ertzaintza, es el vehículo que está asignado de forma fija al denominado dispositivo policial de La Palanca. Siete agentes con uniforme de antidisturbios, verduguillo y casco rojo en sus cabezas abandonan la furgoneta y se introducen de forma rápida y silenciosa al interior del portal. Ningún ruido ha roto el silencio de la noche. Todo se hace muy rápido, en menos de veinte segundos el vehículo de transporte policial continúa su ruta por la calle Cortes, circula con la puerta corredera lateral abierta para evitar su sonido en el cierre. Al parecer nadie se ha percatado del desembarco de los agentes.
En el vestíbulo del edificio no hay ni una sola luz a excepción de las pequeñas linternas que manejan alguno de los policías. Es un edificio de vigas de madera construido antes de la guerra civil española, tiene seis alturas, en cada una de las plantas hay dos puertas, no hay ascensor. Según las informaciones que manejan los agentes intervinientes de la Ertzaintza, las cuatro primeras plantas están totalmente deshabitadas, sus puertas se encuentran tabicadas para evitar que entren personas y utilicen sus estancias como viviendas. En la planta quinta las dos moradas tienen mucha actividad, son utilizadas por una organización de Guinea-Bissau para distribuir en esos pisos su heroína. Los agentes también conocen que en el piso sexto y último vive Teresa, una señora septuagenaria, la cual, cada vez que necesita salir de su elevado domicilio avisa a la policía para que envíe una patrulla y le acompañe para no ser atracada y atacada. La señora es muy conocida por los patrulleros de la zona que no dudan no solamente en acompañarla, sino también en subirle las compras, la bombona de butano o cualquier otro servicio que requiera la solitaria y frágil anciana.
La hilera de agentes sube las escaleras de los pisos lo más pegados posible a la pared. Abriendo camino se encuentra el suboficial Javier Navarro, hace poco más de un mes que ha sido nombrado jefe del grupo de drogas de la comisaría de la Ertzaintza de Bilbao y con esta actuación está perdiendo su virginidad operativa en este delito. Detrás de él suben intercalados agentes de su nuevo grupo con agentes de uniforme. Cerrando la hilera camina despacio toda la comitiva judicial, encabezada por el juez de guardia de Bilbao, el secretario judicial y dos mujeres fiscales noveles que casualmente han coincidido en ese juzgado efectuando sus prácticas procesales. No es habitual que un juez acompañe a los agentes en este tipo de actuaciones, pero esa noche está de guardia el número 10 de Bilbao. Es un magistrado especial, no se conforma con conocer las causas y los actores participantes a través de papeles escritos, por muy buena redacción en el atestado policial nunca es lo mismo que vivir los acontecimientos en directo, le gusta ver las actuaciones en primera persona, le encanta la acción, es en cierta manera un buen policía bajo la toga de juez.
El suboficial Javier Navarro asciende despacio las sucias escaleras de madera. La velocidad pausada no es solamente para evitar hacer ruidos, el motivo más imperante es evitar el gran número de vómitos, excrementos humanos, jeringuillas y restos de basura que hay en cada uno de los escalones. Las numerosas ratas corren y se esconden por las innumerables madrigueras que han edificado detrás de los destartalados rodapiés. Los roedores no han sido sorprendidos, conocen la existencia de la operación policial. Esas mismas escaleras, por donde se escuchan los ruidos de las ratas en su huida, son utilizadas por los yonquis para inyectarse casi de inmediato su mísera compra antes de llegar a la calle. Tienen prisa los toxicómanos en utilizar su dosis, ya que igual tienen la desgracia de que les esté esperando abajo, en la vía pública, alguna patrulla policial y les ocupa su bien más preciado. En el tramo de escaleras entre el piso segundo y tercero yacen dos jóvenes drogadictos que acaban de introducirse la heroína en sus venas. El segundo de ellos, acurrucado entre los escalones y la pared, intenta ocupar el mínimo espacio posible para evitar molestar a las personas que suben por las escaleras. El joven, poco más que un adolescente, está colocado en posición fetal esperando que en cualquier momento le comiencen a golpear. No intenta huir, conoce mejor que nadie su desgracia, aun siendo un niño sabe de su situación, para ese ser humano le es indiferente quién utilice las escaleras, nada tiene, nada pierde. Una de las linternas de los agentes busca con su haz de luz el rostro del pobre desgraciado, su cara está demacrada, tiene varios espacios entre sus filas de dientes y resaltan varios golpes tanto en la boca como en las proximidades de su ojo derecho. Por encima de su cabeza, sobre la pintura desconchada de color azul de la pared, es apreciable que alguien con espíritu artístico se ha molestado en dibujar una especie de pergamino, en cuyo interior resalta la palabra «muerte». Parece que el artista desconocido ha utilizado su sangre como pintura y la jeringuilla para proyectar la expresión más profunda de su situación espiritual interna. La obra artística no requiere firma que lo individualice, es el legado de todos y cada uno de los usuarios de esas frías y agonizantes escaleras.
El responsable del operativo desde el mismo momento en el que ha comenzado a subir por las escaleras vio que en las mismas no existe ningún tipo de barandilla de seguridad. Según va subiendo las plantas, en la penumbra, va apreciando que el hueco de las escaleras es cada vez más estrecho, más profundo, ya no ve el suelo de baldosas sucias en la oscuridad total. Cuando la fila de agentes llega al descansillo de la cuarta planta detecta una mísera luz amarillenta en el rellano de la planta cinco, en ocasiones esa luz desaparece como resultado de que una persona se interpone ante ella. Los agentes comienzan a subir despacio el último tramo de escaleras. Javier y los primeros agentes que le acompañan identifican la masa orgánica humana que intermitentemente se interpone con la pequeña luz. Se trata del Tyson.
El nombre del Tyson no es como consecuencia de la coincidencia del color de su piel con el famoso campeón del mundo de los pesos pesados, tampoco es a consecuencia de que sus pesos corporales sean similares, con esas características existen muchos personajes en La Palanca. Su mote es debido a que, al igual que el campeón del mundo de boxeo, no se le atisba tramo de unión entre la cabeza y sus hombros. En definitiva, que no porta cuello y si lo porta es del grosor de su testa por lo que no se le distingue. No es una buena noticia para Javier, ese personaje enfadado podría tirar a media docena de agentes por el hueco de la escalera, no hay herramientas policiales de uso legal válido para esa coyuntura, nada comparable con las películas americanas donde le habrían disparado al individuo, y más siendo de ese color de piel, con una pistola con silenciador cayendo por el hueco de la escalera, vociferando un grito largo hasta golpear con el duro terrazo, dando así por finalizado el problema. Chirrían un par de tablones, Javier se queda parado en seco, sus ojos se han cruzado con los de Tyson e intenta pensar en alguna solución rápidamente. El mando del personal uniformado que le sigue sobrepasa a Javier, empuña en su mano derecha un negro bastón policial y con gestos le indica a Tyson que suba por las escaleras hacia el piso superior. Tyson saca sus manos de los bolsillos del pantalón vaquero, cierra fuertemente los puños y tensa todo su cuerpo, sus fosas nasales se hinchan y cogen aire de forma continua. Su mirada está fijada en los primeros agentes situados a cuatro escalones de llegar al descansillo donde los pies de Tyson se clavan como garras a la madera sucia y vieja. Javier tiene la sensación de torero novato, embuchado en un traje de luces de talla pequeña, esperando su muerte a puerta gayola en una plaza de toros de quinta categoría, sin existencia de médico, ni enfermería disponible, ni un rápido traslado al hospital.
El agente que le ha indicado a Tyson con la porra para que se desplace hacia las escaleras superiores le dice con voz autoritaria y seca:
—Tyson, esto no va contigo, apártate, sube las escaleras hacia el piso superior si no quieres tener problemas y ser detenido.
Trascurren unos pocos segundos que, para toda la hilera de agentes, se hacen interminablemente agónicos. Todos empujan su peso hacia abajo intentando crear la máxima tracción de su calzado sobre la madera del suelo, pretendiendo testar el grado de aguante que podrán soportar en caso de que el Tyson se decida a embestir contra la línea de funcionarios. Es en ese preciso momento cuando varios de los agentes se arrepienten de no haber cenado un poco más esa noche y haber aumentado de esta forma su peso corporal, igual es cuestión de unos pocos gramos el caer o no por el hueco de la escalera. Cuando la situación parece abocada a la tragedia, de nuevo el agente primero uniformado da tres pasos hacia arriba y se coloca en el propio descansillo, vuelve a indicarle a Tyson con el bastón policial que suba hacia el sexto piso. Aprovecha Javier para subir ese último peldaño y colocarse también en el rellano. Para sorpresa y alivio interno de todos los allí presentes, en esta ocasión Tyson obedece, sube unos pocos escalones y decide sentarse para observar desde primera línea la actuación policial.
Los agentes se distribuyen en dos grupos formados tanto de uniformados como de paisano, la comitiva judicial se queda esperando entre el piso cuarto y el quinto, las dos fiscales se han colocado un pañuelo en su boca y nariz para intentar filtrar, sin buenos resultados, los nauseabundos olores que emana el lugar. Charly con uno de los arietes y Willy con el otro se hacen un gesto que indica la señal de luz verde y golpean a la vez las dos puertas que dan acceso a ambos domicilios. Las viejas puertas caen de forma casi idéntica dando la impresión de estar hechas de cartón piedra.
A la voz única de policía comienzan las entradas. Los agentes van llegando a cada una de las habitaciones existentes y van esposando con bridas de nailon a las personas que localizan en los distintos lugares de las viviendas. La actuación dura unos pocos segundos. Los pisos son antiguos de techos altos y grandes dimensiones, cada uno de ellos tiene cuatro habitaciones, un salón, cocina y un cuarto de baño inmenso. Ambos inmuebles están totalmente destrozados y resulta difícil asumir que haya personas que puedan morar en esas circunstancias. Sobre el suelo de la vivienda de la derecha hay un total de nueve personas inmovilizadas, en el de la izquierda el número asciende hasta la docena. Ya ha accedido la comitiva judicial a la zona, el juez de guardia, en persona, visita los dos pisos y en voz alta informa de la situación de la diligencia que se va a efectuar ordenada por él mismo. Mientras los agentes de seguridad ciudadana dan protección a ambos pisos, los agentes del grupo de drogas dirigidos por Javier Navarro comienzan a efectuar de forma sistemática la identificación de todas las personas que yacen en el suelo. Javier tiene en sus manos un listado con nombres y fotografías de los sujetos que hay que detener gracias a las investigaciones previas que se han realizado. En total son nueve, todos ellos son de raza negra y a excepción de uno, son de nacionalidad guineana. Las personas que estén en los pisos y que no figuren en el listado se procederá a su identificación, cacheo y si no hay nada que les incrimine serán acompañados a la puerta del edificio para que lo abandonen. Se les tratará como consumidores de sustancias estupefacientes.
De los nueve inscritos en la lista, siete de ellos están en el suelo, otro no aparece y el noveno es Tyson que sigue observando de forma interesada desde el rellano de la escalera. Javier habla con el jefe de la furgoneta policial para comentarle la situación. Confía que él y su equipo son los más adecuados y efectivos para estas situaciones de hostilidad y el manejo de este tipo de personas por la forma en la que actuaron anteriormente en la escalera. La estrategia es sencilla, Javier desde la puerta del piso de la mano derecha le hará indicaciones a Tyson para que entre con el fin de hacerle unas preguntas. Tyson solo verá a Javier con un cuaderno y un bolígrafo en la mano, muy calmado y despreocupado, haciendo el suboficial un intento de ser convincente para intentar trasmitir a Tyson desde la distancia la sensación de tranquilidad en el interior de la vivienda. Sucede que la estrategia funciona y una vez que Tyson entra en el hall de la casa, se cierra tras su espalda el trozo de puerta que se mantiene sujeta a través de las bisagras al marco de la puerta, Tyson se gira sobre sus pies para ver quién ha cerrado la puerta, y se ve rodeado por un total de ocho agentes. La gran mayoría están uniformados y con los cascos rojos antidisturbios protegiendo sus cabezas, en sus manos manejan sus negros y largos bastones policiales de dura madera. Tyson, acorralado, mira a su alrededor buscando alguna arma, pero todo objeto que se podría soltar de las paredes ya ha sido retirado previamente. Tyson escucha las órdenes de los agentes de que se tire al suelo, tiene los ojos inyectados en sangre, valora por unos instantes luchar, pero sabe que, además de ser una pelea perdida, va a ser muy dolorosa para su cuerpo. Unas gotas de sudor recorren su frente y, entre medias, otras gotas de raciocinio le llegan a su materia gris dentro del interior de su fuerte cráneo y piensa: «no tengo droga encima y en mi habitación tengo algo de heroína, pero no creo que sean capaces de localizarla». Decide confiar en su suerte. Rodeando su estómago lleva varios amuletos que le han traído desde su tierra natal y hasta ese día le han protegido de un viaje largo y peligroso. Se arrodilla en el suelo, coloca sus manos por detrás de donde se supone tendría que tener la nuca y espera la llegada de los agentes. El jefe de la furgoneta coloca su defensa en el talín, coge con su mano derecha los grilletes metálicos y se dispone a colocárselos en sus muñecas, pero tal y como se lo temía, y corroborando un comentario efectuado con anterioridad, las esposas no son apropiadas para el tamaño de esas gruesas muñecas. La solución es colocar tres bridas de cordón de nailon para tener inmovilizado al Tyson.
El suboficial de la Ertzaintza Javier Navarro tiene antigüedad en este cuerpo desde el año 1992. Después de pasar su periodo de formación por la Academia de Arkaute, salió destinado hacia territorio guipuzcoano como la gran mayoría de sus compañeros de promoción, aprovechó ese tiempo para efectuar cursos de ascenso y el de investigación. Después de seis años en distintos destinos por esa provincia, fue destinado a la comisaría de la Ertzaintza de Bilbao, seis meses en atestados y en la primera ocasión que tuvo se colocó como responsable del grupo de drogas de esa delegación. Su llegada fue fortuita y de carácter interino. El grupo lo forman un total de doce agentes, la gran mayoría de ellos no ha realizado el correspondiente curso de investigación que imparte la academia de la Ertzaintza. Por el contrario, todos sus conocimientos se basan en sus experiencias diarias, que sin lugar a dudas marcan el poso de la esencia en el tráfico de drogas. Esa experiencia aprendida en la calle es la que permitió adelantarse a los movimientos de los moradores camellos que vivían en el edificio. Dos de estos delincuentes, en el mismo momento en el que escucharon caer la puerta del inmueble, intentaron deshacerse de su producto basura a través de las ventanas del patio interior, pero esa posibilidad ya había sido avanzada por Txirri, por lo que una patrulla estaba convenientemente colocada en el citado patio, no solamente para recuperar la sustancia, sino a la vez localizar la ventana desde donde se habían deshecho de la sustancia estupefaciente y así, de esa manera, podérsela asignar a su correspondiente propietario.
Otro poderío que da la experiencia del oficio, aniquila el funcionamiento de los diversos amuletos adosados a la barriga del Tyson. Beni acaba de localizar, atada con un delgado cordel que se descuelga a través de la ventana, una pequeña bolsa con más de ochenta dosis de heroína propiedad del doble del afamado boxeador. Debajo de una tabla del suelo y también atado con una fina cuerda que permite recuperar el resultado de sus ventas, 450 000 pesetas. La fuerza del fetiche se ha perdido, igual se han agotado las imaginarias baterías de tanto usarlo.
En el recibidor de la vivienda de la derecha se instala una pequeña sala de crisis, en ese lugar, se van recopilando todos los datos y evidencias localizadas. Las jóvenes fiscales que acompañan al juez de guardia están sorprendidas y sobre todo asustadas. Hoy aprenden una lección de realismo que jamás olvidarán. Nunca se habrían podido imaginar las condiciones en la que se puede llegar a vivir cuando eres un triste toxicómano de heroína. Si hay algo que no distingue de clases sociales ni raza es ser un yonqui. En los pisos intervenidos hay gente pudiente y pobres miserables, todos comparten suelo, suciedad, proveedor y muchas veces también la jeringuilla. En el interior de los pisos hay un total de catorce individuos que solo son clientes, están considerados como VIP por sus camellos y por eso les permiten inyectarse la droga en el interior de las viviendas, el estatus de privilegio dura tanto tiempo como el dinero que llevan en sus bolsillos. Hay cuatro menores de edad, dos de ellos son varones que son utilizados para efectuar algunas entregas en los alrededores del edificio, su recompensa es el acceso temporal a una droga gratuita. En un futuro muy cercano cuando estos niños pasen por dependencias policiales y sean fichados, dejarán de ser interesantes para sus nuevos amos, pasarán a ser exclusivamente un cliente más, de ese producto marrón con olor avinagrado, que es la dañina y adictiva heroína. Con su sangre se volverán a pintar lienzos en las paredes de esa escalera o de otras tantas que llenan el barrio bilbaíno de La Palanca. Las otras dos menores, seguramente, satisfacen a cambio de sus dosis, alguna de las necesidades sexuales de los traficantes o de algún cliente que quiere el servicio completo. Todos los funcionarios se quedan perplejos al ver que una de las menores, de tan solo dieciséis años, está embarazada de más de siete meses. Es una niña guapísima, pelo rubio y largo, cara redondeada destacando unos ojos grandes azules claros, de los cuales brotan lágrimas de forma estrepitosa. Aún revela en su boca una bonita dentadura e incluso la ropa que usa, estando sucia, es de buena marca. El pantalón vaquero que lleva, lo usa totalmente desabrochado como consecuencia de su importante barriga. Cuenta la adolescente que lleva tres semanas sin salir de ese piso. Alimenta a su bebé a través de picotazos de heroína en sus venas como primer plato acompañado en su dieta diaria de algún producto lácteo y algo de bollería industrial. Impresiona. Da igual que sea la primera vez que te encuentras ante tus ojos con esa situación, como si fuera la número dos mil, se te parte el alma.
De los cuatro menores, dos de ellos y como consecuencia de la aparición de sus nombres y de sus acciones como pequeños repartidores de sustancia estupefaciente en las diligencias policiales, van a ser entregados en la comisaría a sus tutores legales, comunicándole los hechos a la fiscalía de menores. Los otros dos menores y que coinciden que son las chicas, se ha procedido a llamar a sus padres desde el propio lugar para efectuar la entrega in situ, ha sido una decisión tomada por el mismo juez que quiere mostrar a sus progenitores el lugar donde se encontraban sus hijas.
Es el propio Javier quien llama por teléfono al domicilio familiar de la adolescente embarazada. Son las tres de la mañana, en el segundo timbre de teléfono se escucha una voz femenina.
—Sí, dígame.
—Buenas noches, le llamo de la Ertzaintza.
—¿Está bien Susana? ¿Le ha ocurrido algo? —Las preguntas amontonadas son acompañadas de los primeros lloros.
—Sí señora, Susana está bien, si es que esta situación en la que vive se puede considerar estar bien. —Se escucha la voz de un varón de fondo al que se le escucha preguntar si su hija está bien—. Necesitamos que vengan a recogerla a una dirección.
—Estaremos allí en quince minutos.
No han transcurrido trece de esos quince minutos cuando a Javier le informan desde la calle de que ya se encuentran los padres de Susana en el lugar. Baja a recibirlos y, después de presentarse y comentarles la situación en la que se encuentra Susana y su actual circunstancia, les invita a ambos padres a subir a los pisos donde han efectuado la actuación policial. Para esas horas ya hay instalados unos potentes focos en el trayecto de la escalera para que su tránsito no resulte tan peligroso. El padre reconoce la vivienda, en alguna ocasión ha intentado localizar a su hija en ese lugar, pero nunca le permitieron entrar a su interior. Una vez arriba Javier les presenta al juez de guardia.
La pareja es joven, ambos rozan los cuarenta años. Él es camionero y se parte la espalda diez horas diarias desde que tenía los dieciocho. Ella es enfermera en una residencia de ancianos donde trabaja mucho más de lo que le pagan. Llevan casi un año sin dormir bien, en un duermevela, esperando una llamada telefónica en la noche con una noticia que les acabe de hundir. Susana es hija única, era una niña modelo, buena niña, excelente estudiante en un colegio privado regentado por una comunidad cristiana. Tenía buenos amigos y un día sin determinar, algo le paso a Susana, algo que sus padres no son capaces de comprender, ni asimilar. Discutieron por una tontería, Susana reaccionó de forma muy violenta, gritando e insultando a sus padres, cogió unos pocos enseres personales y se fue de casa, era la primera vez. Cuando la encontró la policía cinco días después y se la entregaron a sus padres ya no era ella, su sonrisa rosada de niña bien había desaparecido, su mirada tierna ya no estaba. Algo se había apoderado de su frágil cuerpo y ese algo la utilizaba para conseguir la siguiente dosis, siendo el único motivo por el que vive. Ese nuevo dueño y señor de Susana es la heroína. La pareja de padres conocía del embarazo de su hija, pero desconocen tanto ellos como la propia Susana quién es el padre de la niña que vive en sus entrañas. En su momento, hablaron con ella de todas las opciones que existían para su recuperación, parecía que Susana reaccionaba de forma positiva, estuvo en el domicilio familiar un mes seguido, hasta que volvió a desaparecer, en esta ocasión no fue necesaria ninguna pelea, robó a sus progenitores cualquier cosa de valor que encontró en el domicilio familiar y se fue. Su padre se cansó de buscarla por todas las zonas donde se vende droga. Rastreó pisos, naves, puentes. Le empujaron y amenazaron. Agotado y demolido, dejó de preguntar.
El juez de guardia les informa a los padres de Susana de las posibilidades de internar a la niña en algún centro de desintoxicación, bien bajo su voluntad o con una orden judicial si los padres lo solicitaran. Lo tendrán que estudiar, pero las cinco personas presentes allí, entre ellas Susana, saben que, si ella misma no decide actuar contra su adicción, de nada servirá cualquier ayuda que se le quiera prestar. Se despiden los tres de los funcionarios. La madre no ha dejado de llorar en ningún momento. El padre aguantaba a duras penas como podía pero en el último momento se ha rendido hundiéndose en un lloro incesante. Unos ruidos que salen de sus entrañas de alguien que no sabe llorar acompañan las lágrimas de ese hombre, un sonido seco y duro hasta que se lleva la mano a sus ojos, se limpia sus caudalosas secreciones y observa a su hija con la cabeza caída mirando hacia el suelo. A Javier le ha sobrepasado la situación, él, padre de un niño de ocho años, intenta evitar ponerse en el lugar del lloroso progenitor, pero no lo consigue. El policía intenta evadirse del momento encendiendo un cigarrillo, apenas lo consigue. Susana ha comenzado a llorar al ver a su padre así, seguramente durante los últimos tiempos había sido testigo de los lloros habituales de su madre a los cuales ya se ha hecho inmune, pero la reacción de su padre, ese dolor tan profundo, tan visceral, tan seco, ha traspasado la dura piel de la joven Susana. Se han abrazado y caminan juntos por la acera buscando su vehículo. Ninguno de los tres habla, solo lloran. Es una familia totalmente despedazada.
En el caso de la otra joven menor, todo ha sido más corto, pero no menos impactante. Un varón ha contestado al teléfono en el tercer timbre, ha preguntado por el estado de su hija y una vez que ha conocido que seguía viva, ha colgado diciendo que hasta que no le digan que se ha muerto no quiere saber nada de ella. Javier ha intentado volver a llamar pero da comunicando, han dejado el teléfono descolgado. Este padre ya se ha rendido, se ha cansado de dar oportunidades que siempre son pagadas con el robo de las pocas propiedades que hay en la casa para ser usadas como moneda de cambio. Ya lleva tres televisiones compradas porque su hija cada vez que desaparece del domicilio materno se lleva todo los que no está atornillado a las paredes. Sus padres saben que el día que le comuniquen que su hija ha aparecido muerta tirada en cualquier callejón oscuro, ese día descansarán. Hasta dónde puede llegar la desesperación. Nunca dejarán de sufrir, pero se atendrán y resignarán a lo que saben que va a ocurrir. Hace mucho que dejaron de tener hija. Tienen un hijo menor y necesitan darle una oportunidad con las pocas fuerzas que les quedan.
Javier acompañado por el juez son los últimos en salir del edificio, son más de las seis de la mañana, ya se han llevado a todos los detenidos a la comisaría de la Ertzaintza de Bilbao. Hace tiempo que el secretario judicial y las dos fiscales marcharon. Último cigarro en la puerta del vehículo. Allí apoyados sobre la fría carrocería del turismo, hablan de la situación, es difícil de entender. Javier le dice al juez:
—Uno de mis mejores amigos de la infancia, del colegio, de perseguir chicas y frecuentar discotecas, comenzó con esto de la heroína para librarse del servicio militar. Él empezó con la heroína y ella acabó con él. Falleció a los veintiocho años. Le convirtió en esclavo de tal manera que vivía para ella, robaba y estafaba a todos los que podía, empezando por sus familias y allegados. A este amigo, cuando yo acababa de entrar en la policía y con las relaciones muy rotas, le fui un día a visitar al hospital por una hepatitis, le pregunté qué tenía esa mierda para que no pudiese dejarlo y me dijo: «las primeras veces que te metes heroína al cuerpo, cuando corre en tu sangre, por tu cuerpo, te rellena todos los huecos que hay en tu cerebro, lo convierte en una esfera perfecta y brillante, sin problemas, ni preocupaciones, eres totalmente feliz, una felicidad completa, desconocida hasta ese momento, y cuando los efectos de la droga comienzan a desaparecer vuelven los mismos agujeros que tenías antes, pero ahora, se han convertido en precipicios donde no te quieres, ni puedes mirar, no vuelves a estar bien hasta la siguiente dosis, ya no hay amor, amistad, fiesta, familia, solo hay heroína».
Javier baja su cabeza mirando al suelo, cuando la levanta observa que el juez asiente mientras expulsa el humo del cigarro por su boca.
Justo en ese momento llega el vehículo policial que llevará al juez al juzgado de guardia de Bilbao, se dan la mano, se despiden y quedan en volver a hablar tomando un café en el juzgado. Cuando se aleja la patrulla Javier se intenta deshacer de la colilla del cigarro, intenta buscar una papelera dándose cuenta de su inexistencia. Todo el barrio esta llenó de suciedad y basuras por todas las esquinas.
El juez ha ordenado el precinto de ambos pisos, va a encausar a su propietario por las condiciones en las cuales mantiene y alquila ambos inmuebles. Ya solo queda en el edificio la señora Teresa, pronto llegará una buena oferta del Ayuntamiento para su realojo en otra zona más amable de la ciudad, cuando se lleve a cabo el traslado el viejo edificio será tabicado como otros tantos más de la zona. Javier está frente al portal, ha escrito ese número doscientas veces en el atestado, aun así, lo vuelve a mirar, es el número 38 de la calle Cortes. Unos años después, de sus mismas entrañas, construirán un edificio totalmente nuevo que se convertirá en el lugar de reposo y estudio de jóvenes universitarios. En esos mismos metros cuadrados donde hoy solo hay desgracia, aparecerá en un futuro nuevos brotes de vida y conocimiento. Aunque ahora mismo, en este preciso momento, Javier solo piensa si la ropa que lleva puesta hay que lavarla o tirarla directamente a la basura. El hedor se ha introducido por sus fosas nasales de tal manera que le resulta imposible respirar sin recordar lo que ha visto esta noche.
2LA CASONA
Lagos, Nigeria 2 de julio de 2001
Comienza a asomarse muy tímidamente sobre el lejano horizonte lo que luego se convertirá en un gigantesco sol rojizo que llenará de luz y de calor inclemente ese territorio africano. Es lunes y aún no son las seis de la mañana cuando por las carreteras llenas de polvo, tierra y piedra se desplazan a pie con cierta dificultad una madre con su hija de poco más de seis años. En realidad, no es importante qué día de la semana sea, este desplazamiento de algo más de una hora de camino se repite todos los días de la semana, todos los días del año, todos los días de sus vidas. A la vuelta, de regreso, en muchas ocasiones, tienen la suerte de que las trasladan en una camioneta hasta las cercanías donde está enclavada su pobre morada. La madre responde al nombre de Sandra Abubakar su hija es Faith Usman.
Sandra es una mujer práctica y sobre todo valiente, su vida siempre la recuerda luchando. Su pelea es la misma lucha que mantienen casi todas las mujeres de este planeta, aunque hay muchas diferencias dependiendo en qué lugar del mundo la mujer tenga puestos sus pies. Donde están ahora mismo ubicadas sus alpargatas medio rotas, no es un lugar donde la lucha sea por la igualdad con el hombre para acceder a un puesto de trabajo, cobrar su mismo sueldo o para que sea tratada con los mismos derechos, Sandra ni tan siquiera sabe que esos derechos se están defendiendo en los países occidentales. Donde vive Sandra, es un país africano y la lucha feminista se considera la guerra por la vida, son batallas diarias perdidas, cuando el único rédito que se puede conseguir es simplemente el alimentar a tus hijos. Sandra es sobre todo realista, aunque ella realmente no lo sabe, se sabe y se siente en esta época muy afortunada, su trabajo no le genera unos beneficios importantes en cuanto a lo económico, pero el hecho de que trabaje en la casa de unas personas muy importantes y ricas que le autorizan el acompañamiento de su única hija, le permite tenerla mucho tiempo con ella y, sobre todo, tener a la pequeña Faith aseada, cuidada y bien alimentada y, aún más importante para una madre, tener a su hija protegida. Madre e hija pasan unas catorce horas al día fuera de su domicilio, lo cual es del agrado de Sandra ya que en su casa siempre está su esposo Emmanuel Abubakar. Su marido es un hombre problemático, que bebe en demasía, casi nunca tiene trabajo y tampoco va a la iglesia, pero lo que sí hace muy bien es quedarse con el poco dinero que gana Sandra. Ya lo sabía cuando se casó con él, en ningún momento se sintió engañada por esa circunstancia, pero para ella era muy difícil sacar adelante a la pequeña Faith sola. Sandra es una mujer muy atractiva con unos ojos almendrados que en ocasiones dependiendo del reflejo de la luz simulan el color de la miel. Desde que era una adolescente levantaba todas las pasiones de sus vecinos, pero fue el joven Charles con su traje militar, su alegría, el encanto y una sonrisa que fascinaba a Sandra el que la enamoró. Charles era el padre de Faith, perdió la vida en un accidente con un camión militar unos meses antes de que viera la luz Faith. No había pasado ni un corto luto de tres semanas y con Faith pegando patadas en el vientre cuando las hienas ya estaban asediando a la joven viuda. La situación laboral de la futura madre era envidiada por todo su entorno. Uno de estos carroñeros, el de los dientes más cortos y zarpas hundidas, era Emmanuel Abubakar. Cuatro meses después del nacimiento de Faith ya estaban casados. Seis años hace de aquello y no hay un día que pase que no discutan. Aparte del profundo alcoholismo de Emmanuel, hay dos motivos que producen mucha tensión en la pareja, aunque no con la misma intensidad. El primero, y menos importarte para Sandra, es que todavía no le han cambiado el apellido a la pequeña niña. Continúa con el rastro de su desaparecido padre. Pero el foco de problemas que preocupa de verdad a Sandra, el que no la deja dormir cuando llega agotada de trabajar, el que le recuerda trágicos momentos vividos por ella en su infancia, es el afán de aplicar la mutilación genital a Faith. Sandra nunca lo permitirá.
Madre e hija ya van viendo a lo lejos la fabulosa hacienda de la familia Musa frente a ellas. El sol golpea con fuerza sobre las paredes blancas de las casas de la zona, acaban de pasar las dos féminas el puente Lekki-Ikoyi, infraestructura fabricada e intencionalmente instalada para separar el bienestar de la miseria. Cada metro de lejanía en dirección contraria a la isla de Ikoyi va multiplicando por dos la pobreza, hasta que llega un momento donde es imposible tener peor calidad de vida. En ese lugar donde la miseria roza su perfección es donde tienen su morada Sandra y Faith.
La casona de la familia Musa es una de las muchas grandes casas que se asienta en la isla de Ikoyi, se encuentra rodeada por un alto muro que protege tanto de posibles ataques de delincuentes como de miradas indiscretas. Es lo que tienen las personas ricas, es indiferente el país donde estén instalados, todos ellos gastan medios y recursos para proteger derechos individuales de los cuales los pobres no saben ni de su existencia. Detrás de los muros se distinguen varias edificaciones, una gran casa en el centro totalmente blanca a excepción del tejado de pizarra de color gris que dota de protección adecuada al edificio. A su alrededor existen varios pequeños edificios de servicio, todos ellos a su vez pintados con un blanco cegador. Justo en la parte trasera de la gran mansión hay una magnífica piscina con cristalinas aguas rodeada de un seto alto y robusto que le da aún mayor protección. En la puerta principal del recinto, haciendo las funciones de control de acceso, hay una persona uniformada y armada con un revólver en su cintura. No es para nada extraño ver también a una patrulla policial pasando o apostada en la puerta todo el turno de trabajo, está mandada por el mismísimo jefe de policía, que, casualidades de la vida, es familia directa de la familia Musa.
Sandra y Faith ingresan saludando al guarda de seguridad. Es muy habitual que Faith entre corriendo y gritando en la garita del vigilante, la pequeña sabe que siempre le espera alguna figura de papiroflexia que habitualmente Fernando le tiene preparada. Fernando es un reciente viudo, que maldice todos los días que su situación amorosa no le permitiera declararse a la bella Sandra antes de que se casara con el bebido Emmanuel. No le importaría que un día apareciera el borracho muerto en alguna cuneta o en algún profundo pozo. Además, al guarda le encanta jugar con la pequeña Faith, hoy le toca una mariposa con sus alas totalmente desplegadas al viento. Faith sale corriendo de la garita gritando y jugando con su trozo de papel perfectamente doblado. Cuando ya se ha alejado unos metros, se para en seco y se vuelve corriendo para dar las gracias al señor Fernando dándole un beso en su carrillo derecho, consiguiendo, con ello, una sonrisa amplia y limpia del empleado de seguridad. Es una sonrisa muy parecida a la que consigue de su madre cuando va de camino al edificio, manteniendo ese gesto mientras se gira para dedicársela a Fernando. Sandra siente algo especial hacia Fernando, le encanta cómo trata a su hija, disfruta de sus miradas, siente su deseo recorriendo todo su cuerpo carente de uso. El guardia de seguridad es un buen hombre y ella lo sabe.
La amplia mansión de la familia Musa es dirigida con mano dura por la señora Doris Musa, una persona con mucho carácter, pero muy justa en sus decisiones. Su difunto marido, el comandante Shehu Musa, fue un héroe de la guerra contra los biafreños, muriendo en acto de servicio en el año 1970 en una acción militar. El comandante era un hombre con gran influencia en el país, le hablaba en el oído del presidente de la nación. Sus acciones bélicas en defensa de su nación serán siempre agradecidas por su patria.
El comandante Shehu Musa y su mujer Doris tuvieron dos hijos, ambos varones, al mayor de ellos le fue impuesto el mismo nombre que su padre, y siguió con la dinastía militar llegando a ser capitán. Por desgracia, imitando de la misma manera a su padre, cayó muerto en acto de servicio en el año 2000, en este caso, en una acción contra un grupo armado que hacía funciones de secuestradores. Esta banda de delincuentes posteriormente acabó siendo bautizada como el grupo terrorista Boko Haram. En el año 1993 Shehu Jr., durante su corta vida por el mundo terrenal, tuvo a su único hijo, Malik Musa, que nació el mismo día que murió su madre a consecuencia del parto. Por otra parte, el hijo pequeño de la señora Doris Musa, de nombre Víctor, dos años y unos meses después de la muerte de su hermano mayor se fue a vivir a España y transcurrido algún tiempo, terminó estableciéndose en la ciudad de Bilbao, llevándose a su mujer y a su único hijo de nombre Jhon. Esta familia solo regresaría a Nigeria para disfrutar de las vacaciones estivales. Víctor, por el contrario de su hermano mayor Shehu Jr., nunca quiso saber nada del ejército. Fue un buen estudiante y acabó de forma sencilla sus estudios de derecho, aunque, si bien es cierto, nunca ejerció la profesión, ni tan siquiera lo intentó.
La pequeña Faith ya sabe que una vez que entra por la puerta que da acceso a las cocinas de la gran casa, está prohibido gritar y correr por las instalaciones de la misma. Faith se suele quedar en una esquina de la cocina, en una pequeña mesa, jugando, en este caso, con la preciosa mariposa de papel que le ha regalado el guarda Fernando. A esas horas no hay ruidos en la casa, solo la moran la señora Doris y su nieto Malik, pero la pequeña sabe que él a estas horas está en el colegio. La niña Faith es consciente de que existen los colegios y su madre le dice que igual el año que viene la lleva a uno ahora que se va haciendo mayor. Faith tiene ganas de ir al colegio para estar con otros niños, pero ahora mismo es muy feliz así, siempre con su madre. En un rato llegará Malik y podrá gritar y jugar con él por todos los rincones de la hacienda.
El niño Malik Musa, hijo del difunto capitán Shehu Jr., la verdad es que no ha tenido mucha suerte en su corta vida. A su madre no la conoció al morir durante su parto y de su padre poco sabe, siempre distante y siempre fuera de casa por su condición de militar. Murió, hace ahora, un año. Igual por tantas ausencias, es por lo que le extraña tan poco, sus recuerdos se basan en algún regalo de cumpleaños mandado a comprar a última hora a su abuela; ese era el único buen recuerdo que mantiene en su cerebro de su padre. Ningún abrazo sincero y algún beso obligado cuando marchaba a cualquier misión peligrosa a la que no dudaba apuntarse de forma voluntaria. La abuela Doris siempre le decía a su hijo que daba la sensación de que quería que lo mataran, que no se atrevía a suicidarse y utilizaba su trabajo para ello, para buscar la muerte, y probablemente no se equivocaba. Malik Musa es un niño débil, no solo de alma sino también de cuerpo, esto es debido a que desde los cuatro años tiene una tuberculosis pulmonar crónica que no le permite jugar todo lo que le gustaría; tampoco puede nadar mucho en la piscina, se cansa, se ahoga. Siente mucha envidia de Faith que aprendió a nadar hace apenas unos pocos meses y ya le gana en la piscina. Ni en el propio colegio tiene facilidad para hacer amigos, es el más pequeño y el más débil de la clase, ahora mismo su única amiga es Faith. Menos mal que tiene a su abuela que le quiere y le protege del mundo exterior lleno de peligros.
En el verano, y algunas escasas veces en navidades, llegan a la casa sus tíos de Bilbao con su primo Jhon. Jhon es tres años mayor que Malik y le encantan las historias que le cuenta su primo de las cosas que hay y hace en Bilbao, y, sobre todo, cómo puede ir por la calle sin tener que ser acompañado de algún escolta. Jhon es alto, fuerte y, aunque es aún un niño, se ve que se come el mundo a bocados con esa amplia sonrisa que siempre le acompaña. Malik está entusiasmado. Dentro de poco, en unas semanas, por vacaciones, llegarán desde Bilbao sus tíos, y su primo le podrá contar nuevas historias.
La madre de Faith, Sandra, tiene como funciones de trabajo tanto la cocina como la limpieza de toda la casa, pero no es la única como era de esperarse. Hay otra persona en el servicio de la mansión que se llama Thomas. Thomas lleva con la señora Musa toda la vida, se crio desde niño con el comandante Shehu Musa y le acompañaba a todas las misiones bélicas por todo el país. El día que mataron a su amigo y compañero de aventuras también él acabó herido, quiso morir en ese instante al no haberse interpuesto entre la bala asesina y el cuerpo de su amigo. Una vez repuesto de sus heridas, cumpliendo los deseos del comandante, aceptó la propuesta de la viuda Shehu Musa y se instaló en la gran casa. Vive en ella, brinda seguridad, se encarga de ir al mercado y realiza labores de chofer y escolta.
Después de toda la jornada de trabajo, cerca de las siete de la noche, Sandra y su hija Faith llegan a su humilde hogar. Hoy han tenido suerte ya que Thomas las ha acercado con la furgoneta de los recados hasta su casa. Como casi todos los días se encuentran con Emmanuel bastante borracho y también como casi siempre violento y enfadado. Cuántas veces piensa la felicidad que tendría sin su marido, vivir con su hija en soledad. A sus treinta y dos años de edad ya se considera demasiado mayor para estas cosas. La esperanza de vida en Nigeria, entre los pobres, es de unos cuarenta y cuatro años para las mujeres. Se siente cansada y si no fuera por Faith ya se habría rendido, pero esa pequeña que tardó tanto en llegar le hace aguantar todo lo que le echen encima. Sandra no sabe que, en ese momento en su interior, hay una pequeña criatura que lucha para sobrevivir dentro de su útero.
3LA PALANCA
Bilbao, 7 de marzo de 2000
La comisaría de la Ertzaintza de Bilbao se encuentra situada en el barrio bilbaíno de Deusto, es uno de esos barrios que forman la periferia de la ciudad de Bilbao. Este distrito antiguamente fue independiente de la capital vizcaína y pasaba por ser una de las huertas más ilustres de la provincia. En la actualidad está formada por distintas edificaciones que casi constituyen un catálogo arquitectónico, puesto que se pueden ir interpretando las diferencias según las formas de construir guiadas por la influencia de las épocas económicas. En los años noventa, en uno de esos robos de terreno a los aledaños de las faldas del monte Artxanda, fue construida la principal comisaría de la Ertzaintza en todo Euskadi. No solo es la más importante por el número de agentes que la forman, sino también por la cantidad de trabajo que les corresponde atender. Todo como consecuencia de dar servicio a la ciudad más importante del País Vasco. A Bilbao se le suman a sus calles, comercios y eventos que desplazan gran parte de la población de las localidades vecinas, generando que el número total de ciudadanos atendida por esta institución sea cercano al millón de personas.
El ritmo de trabajo es frenético, pero las ganas de los funcionarios siguen intactas. Son policías jóvenes, muy motivados y gracias al haber estado destinados con anterioridad a otras demarcaciones, han recopilado una cantidad importante de experiencia, habilidad o mérito que, sin lugar a duda, es una de las mayores virtudes de un buen policía.
El terrorismo de la banda ETA sigue aumentando el número de víctimas inocentes a esa lista sin sentido que comenzó hace casi cuarenta años y que nadie entiende por qué continua. Esta actividad terrorista hace que una gran parte de los recursos de la Ertzaintza, así como de los otros cuerpos policiales que trabajan en esta comunidad autónoma, sean destinados a esta labor. Pese a ETA, no se pueden abandonar las otras funciones asignadas. La jefatura de esta comisaría junto con los planes del Ayuntamiento de Bilbao, con su alcalde a la cabeza y su policía municipal en la vanguardia, se han empecinado en golpear duramente el tráfico de drogas que se produce, sobre todo, en el barrio bilbaíno de Las Cortes, o siendo más purista en su definición, La Palanca.
El deterioro de esta zona es brutal. Si se instalara una cámara fija que mandase un fotograma en un tiempo fijado, se podría apreciar paso a paso cómo la carcoma de los clanes delincuenciales va devorando a las personas humildes de la zona que, por desgracia, no pueden hacer sus maletas y escapar de allí corriendo. Casi toda la estructura comercial del barrio ha cambiado, no solamente de manos sino también de tipo de negocio. Restaurantes de buena carta se han convertido en kebabs malolientes y peor iluminados; farmacias tituladas acaban siendo locales esotéricos; locales familiares en peluquerías oscuras especialistas en pelos afro, y junto con un sinfín de locutorios y tiendas de productos alimentarios de dudosa procedencia, hacen que el simple hecho de pasar por la acera de cualquiera de esos negocios, trasmita la sensación de que vas a ser engullido por un agujero negro de donde jamás podrás salir.
Grupos de jóvenes, la gran mayoría de ellos integrados por extranjeros, sin afán de aplicar a ninguna oferta de empleo, pasan horas y horas ocupando las aceras sin hacer casi ningún movimiento. En lo que sí invierten el tiempo es en mantenerse alerta con la intención de detectar víctimas o vehículos policiales. En eso son auténticos expertos.
La Palanca es la denominación con la que se identifica una parte de los aledaños del casco histórico de Bilbao, lo forman principalmente la calle Cortes y su paralela calle San Francisco, unidas por varias calles perpendiculares que hacen de comunicadoras entre ambas. Las Cortes, desde antes de la guerra civil española, ya era una referencia cultural y artística no solo de la ciudad de Bilbao, sino de todo el norte de España. Denominado a su vez como barrio chino, se podían apreciar las mejores obras de teatro y cabaret, siendo visitado por los mejores artistas del país. Grandes, modernos y fabulosos locales de copas llenos de luces de colores convivían con una prostitución conocida y consentida. La decadencia y el deterioro de toda la zona de La Palanca llegaría a finales de los años setenta y principios de los ochenta, con un importante aumento de robos y agresiones.
Algunas personas gitanas provenientes de otros barrios de Bilbao comenzaron a dominar la zona, controlando la prostitución y dando inicio a la distribución de la recién llegada heroína. Estos primeros vendedores solo tenían como competidores, en esos momentos, a alguna pequeña fracción de las fuerzas policiales de la época que, abusando de su posición, aumentaban sus ingresos particulares con el control violento de alguna chica obligándola a prostituirse y a trapichear con sus clientes la droga facilitada por los funcionarios. No era de extrañar ver alguna patrulla de aquellos cuerpos de la Policía Nacional vigilando sus intereses particulares. Se les podía identificar fácilmente ya que solían modificar sus pantalones de uniforme de color marrón claro, haciendo con tijeras costureras un efecto pitillo con campanas, enriqueciendo su vestuario laboral calzando unas botas camperas con una buena punta brillante y un marcado tacón cubano. No tardó todo en degradarse. Las mejores chicas que vendían sus cuerpos se fueron a trabajar en clubes de alterne donde estaban mejor protegidas y menos atracadas por chulos drogadictos e indeseables, quedando en la triste y abandonada zona las chicas toxicómanas, cada día ellas se vendían más baratas y cada hora La Palanca se ofrecía más peligrosa para todos.
