HEX (Historias extraordinarias) - Daniel López Valle - E-Book

HEX (Historias extraordinarias) E-Book

Daniel López Valle

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Beschreibung

Más allá de cifras, fechas y grandes nombres, está la otra historia. La historia de los seres humanos tal como son, capaces de hazañas sobrenaturales, cargados de debilidades muy comunes. El relato de unos hechos aparentemente irrelevantes, pero que describen, tanto o más que los hitos de la historia oficial, el esplendor y la miseria de la vida humana. El hombre más poderoso de la historia se pasó la vida sufriendo porque era calvo. La que llegó a ser la actriz más famosa de Hollywood solo quería bailar para combatir a los nazis. Dos jefes militares de dos países enemigos a orillas de un lago africano fingieron hacerse la guerra (mientras el resto del mundo se mataba) para poder seguir bebiendo juntos. Un miserable inventó el terrorismo moderno para estafar a una compañía de seguros. Dos pilotos de guerra que se disparaban en el cielo se abrazaban en la tierra. Un poeta de dientes verdes y aliento fétido decidió tomar una ciudad, inspirando así el primer fascismo. Dos dentistas decidieron invadir Francia, durante la Segunda Guerra Mundial... porque se aburrían. «En esta fascinante galería de miniaturas históricas, Daniel López Valle crea una crónica del mundo en ágiles biografías. Nos reconocemos en los instantes íntimos de personajes célebres y en los momentos estelares de vidas olvidadas. Un libro informado, irreverente, iluminador.» Irene Vallejo

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Seitenzahl: 293

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Walter Benjamin siempre decía que era necesario

«pasarle a la historia el cepillo a contrapelo».

La perrita Blackie no sabía quién era Benjamin,

pero lo del cepillo a contrapelo le daba mucho gustito.

Índice

Portada

Historias extraordinarias

Créditos

De Ilici a Cracovia: a modo de introducción

Gente fuera de sitio

Alta, flaca y con una nariz demasiado grande

Farsa y complot

Balada de los Allahakbarries

Elegida por Dios

Puente de las Lágrimas

Cuando escuches el trueno la recordarás

Interludio #I

Extrañas parejas

Como a un perro

Charlie y la fábrica de James Bond

El corazón de ningún sitio

Vivir y morir en las alturas

Dos héroes románticos

Interludio #II

La chispa del mal

El pionero

Revuelta contra la razón

Interludio #III

Venganza

Dos monedas romanas

Lengua de plata

Interludio #IV

Familias

Los tres nombres del pequeño gorrión

Viejo y eterno dolor

Oveja roja

Lanzar antorchas al Tíber

La vida exagerada del sobrino Willy

Causas naturales

Escenas privadas de la dominación del mundo

De Kiev a Florencia: a modo de despedida

DANIEL LÓPEZ VALLE lleva toda la vida escribiendo este libro. O contándolo. En medio de un cumpleaños, en lo mejor de la noche, en el encuentro de consuelo a la luz del sol, entre cafés, cervezas y manteles de papel. Sus amigos brindan cada vez que acaba de explicar una historia. Ese es el efecto que logra. De hecho, ha despertado tal vocación historiadora en ellos que lo llaman Damo (por la Dama de Elche).

Como los buenos tusitalas, entre la belleza épica y la ternura de la contradicción, es capaz de atrapar la atención con cualquier relato de romanos, de nazis, de egipcios, de personajes de su barrio, de futbolistas de su equipo, el Elche. En esta ciudad, donde nació en 1982 y donde creció, descubrió las primeras placas romanas en las calles y también los primeros libros en la biblioteca pública. Estudió periodismo en la UAB, en Barcelona, una buena forma de acabar en el paro, y superó baches laborales ganando dinero como concursante en programas como Saber y Ganar.

Su erudición, libre de pedantería y preñada siempre de emoción, tiene que ver con la magia del descubrimiento de la grandeza en lo pequeño, de la debilidad en el poder, del heroísmo del humilde, y con la euforia narradora, que invade a quien cuenta bien y a quien sabe escuchar. Elige y narra historias llenas de humanidad porque es, entre otras cosas, un buen ser humano.

Durante todos estos años ha estado alegrando y enriqueciendo nuestros veranos firmando el Cuaderno. Mientras lo hacía, leía largos ensayos para contrastar un dato o encontrar esa anécdota rotundamente brillante e injustamente desconocida. Esa pequeña gran historia. Hasta ahora solo sus amigos tenían acceso a esa otra historia. Y le pedían siempre una historia más. Una historia diferente. Una historia extraordinaria. Ahora esas historias extraordinarias ya son de todos los lectores. Pueden brindar al final de cada una.

Diseño de colección y cubierta: Setanta

www.setanta.es

© de la fotografía del autor: Triana Muñoz

© del texto: Daniel López Valle, 2022

© de la edición: Blackie Books S.L.U.

Calle Església, 4-10

08024 Barcelona

www.blackiebooks.org

[email protected]

Maquetación: Acatia

Primera edición digital: septiembre de 2022

ISBN: 978-84-19172-36-5

Todos los derechos están reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.

¿Es un imperio esa luz que se apaga o una luciérnaga?

JORGE LUIS BORGES

Cuando estás dentro de una historia, cuando la vives, no es una historia sino una confusión; un oscuro rugido, una ceguera, un montón de vidrios rotos y madera astillada; como una casa en medio de un vendaval o un barco aplastado por los icebergs o empujado hacia unos rápidos sin que los que van a bordo puedan hacer nada por impedirlo. Solo después se convierte en algo parecido a una narración. Cuando lo estás contando, a ti misma o a otra persona.

MARGARET ATWOOD

De Ilici a Cracovia: a modo de introducción

>En la ciudad donde nací, pero en el otro extremo de los siglos, sucedió una pequeña tragedia familiar romana. La conocemos por dos placas de piedra rojiza empotradas en una céntrica fachada con aire de pastel de boda. La placa más grande tiene un texto en latín y la pequeña, una traducción. El texto en latín dice: DM | ULP MARCIANAE | VIXIT AN XXX | L CASSIUS IUNIA | NUS MARITAE | KARISSIMAE. Y más o menos significa:

A los dioses manes

de Ulpia Marciana,

que vivió treinta años.

De Lucio Casio Juniano

para su esposa

queridísima

La temprana muerte de Ulpia Marciana y la pena de Lucio Casio Juniano en el Elche de hace dos mil años son un asunto sin importancia en el gran relato del mundo, pero desde que en la infancia vi por primera vez esta inscripción funeraria soy incapaz de pasar por su lado sin girarme y mirarla, aunque solo sea de reojo. En sí, aparte del hecho de que veinte siglos después esté junto al escaparate de una zapatería, en plena calle, a la altura de las cabezas de la gente, no tiene nada de particular: empieza evocando a los espíritus familiares de la fallecida, nos dice cuándo murió y luego su marido le dedica una última memoria con una sobriedad que no podría ser más romana. Ya está. Parca y ritual. Sin embargo, he leído pocos textos que me emocionen tanto.

Obviamente, con ojos contemporáneos, aunque no sabemos nada más de Ulpia y Lucio podemos imaginar que muchísimos aspectos de su matrimonio y relación nos resultarían intolerables. Además de que en aquella época, dada la cantidad de cosas que podían matarte, tampoco era tan raro morir a los treinta. Pero hay que tener el corazón de mármol para leer esas líneas y no percibir cariño, tristeza y verdad. Y eso es lo que siempre me ha fascinado de esta inscripción: su profunda humanidad. Veinte siglos después y en un mundo que no podría ser más distinto no nos cuesta comprender y sentir el drama de aquella pareja romana que pisó la misma tierra que pisamos. Viviendo unas vidas que no tienen nada que ver con las suyas el estremecimiento resulta tan claro: es la muerte de un ser querido y no hay nada más que entender. Es así de sencillo ahora, entonces y siempre.

El narcisismo de los vivos y nuestra innata necesidad de encontrarle un sentido a todo hace que con frecuencia la historia se nos presente como una sucesión de Grandes Nombres y Grandes Acontecimientos necesarios e inevitables, una narración lineal que desemboca en nuestro hoy y en la que las cosas ocurren como ocurren porque no podrían haber ocurrido de otro modo. Pero lo cierto es que hemos llegado hasta aquí como podríamos haber llegado a cualquier otro sitio. Y que la historia del Imperio romano, por ejemplo, puede ser la historia de Julio César o la de Ulpia Marciana y los millones de Ulpias que lo habitaron. E incluso dentro de los Grandes Nombres la historia del mismo César puede ser una retahíla de fechas y hechos o puede iluminar otros detalles. Porque, para entender su figura, ¿qué es más importante: saber que César llegó al consulado en tal o cual año o que, como nos cuenta Suetonio, se depilaba, era presumido en el vestir y que semejante fuerza de la naturaleza lo pasaba fatal cuando se reían de él por su alopecia? Alejandro Magno quemó Persépolis después de que le picasen sus amigos en una feroz borrachera y esa anécdota nos acerca más a él que cualquier explicación de las maniobras de una batalla, aunque solo sea porque, después de todo, quizá no terminaron con el incendio de la ciudad más fabulosa del mundo, pero quien más y quien menos ha tenido noches complicadas.

Montaigne, que tanto se sirvió de la historia antigua para sus reflexiones, escribió que lo que más le interesaba de las vidas de personajes célebres era «lo que derivaba del espíritu». Según él, en esas historias encontraba «la pintura del hombre», «la verdad y variedad de las condiciones internas de la personalidad humana». Ver el pasado con esta mirada tiene varias ventajas. Para empezar lo vuelve más comprensible, más fascinante, lo puebla de gente tan real como la que hoy respira este aire, gente valiente y cobarde, buena y miserable, generosa y mezquina y, a menudo y por supuesto, varias de estas cosas a la vez. Gente en la que, aunque habitara en otro mundo mental, reconocemos todo aquello que nos hace lo que somos: pasiones, vanidades, motivaciones, afanes de venganza, amores y amistades, la propia identidad y el lugar en el mundo, la lucha por pertenecer, la pulsión de ir siempre un poco más allá y romper el cielo y todo lo contrario. También la fuerza de un azar que muchas veces gobierna lo que acontece bastante más de lo que querríamos reconocer.

Por desgracia no se suele aprender en carne ajena y por tanto la historia es una maestra cuyas lecciones, de haberlas, no escucha nadie, pero aplicar esta mirada al pasado también tiene otra ventaja: lo desacraliza y nos libra del insoportable peso de las historias sagradas. Además, lo vuelve mucho más entretenido. Y así, quienes se asomen a estas páginas verán que están pobladas de nombres grandes y pequeños, de momentos decisivos y marginales, de historias estelares, olvidadas, desgraciadas y absurdas, todas extraordinarias en algún sentido y todas muy humanas, pero también que su mayor aunque humilde pretensión es la de, por seguir con lo que Montaigne gustaba de encontrar en los libros, unir la enseñanza con el entretenimiento y hacerlo en una lectura que pueda ser fragmentaria y que no requiera «esfuerzo grande»: el pobre confesó, quinientos años antes de internet, que para lo contrario se sentía «incapaz». No vamos a ser menos.

Por último, un deseo. Quienes se asomen a estas páginas también encontrarán, como no podría ser de otro modo, mucho horror: «Hay dos cosas que siempre corren y retornan y se conservan frescas y eternas por el movimiento, como las aguas de los ríos: son la sangre y el oro», escribió Ferlosio. Y sin embargo, si sobre estas aguas ha de caminar algún espíritu, que sea el de Wisława Szymborska y su palabra clara, precisa y profundamente humana: «La realidad exige que también digamos esto: la vida sigue». En el poema que así empieza Szymborska, que como tantos millones de personas sufrió los dos totalitarismos de su siglo, se pregunta si hay algún campo que no sea un campo de batalla, pero se dice, nos dice, que en Cannas y en Borodino, en Verdún y en Pearl Harbor, en Kosovo y en Accio la vida sigue y hay cartas que vuelan, parejas que bailan, camiones que circulan y niños que comen helado: «Donde Hiroshima estuvo Hiroshima está de nuevo, produciendo cosas para el uso de cada día. No le faltan encantos a este mundo terrible, no le faltan mañanas por las que despertar». Y se pregunta: «¿Qué enseñanza moral sacamos de esto?». Y se contesta: «Quizá ninguna». Pero, concluye, «en trágicos pasos de montaña el viento hace volar sombreros de cabezas inconscientes y no podemos evitarlo: nos reímos».

Nos vemos al final de este viaje a través de los siglos. Mientras tanto, riamos. Porque la vida sigue y la realidad exige que también lo digamos.

Gente fuera de sitio

Cuando el poeta Marco Valerio Marcial pisó Roma por primera vez, tenía ya veinticinco años, poco dinero, escasos contactos y la esperanza, quién sabe si la convicción, de que en el centro del mundo encontraría lo que su Hispania natal no podía darle: fama y fortuna. A diferencia de tantísimos otros que acudían a Roma en busca de lo mismo, Marcial triunfó, aunque solo en parte. Justamente en la parte que menos le importaba.

Venía de Bíbilis, una ciudad a poca distancia de Caesaraugusta y a cinco días a matacaballo de la capital provincial, Tarraco. Es tentador imaginar al recién llegado, un hombre orgulloso de haber «nacido de iberos y celtas» y que presumía de su «contumaz pelo hispano», en su primer día en la megalópolis. Aterrado, abrumado, desamparado. Quizá espantado por el gentío, por el ruido, por el olor, por la lunática actividad de sus calles. Seguramente asombrado. Fuese como fuese este primer día en Roma, podemos suponer que los que lo siguieron no fueron buenos porque sabemos muy poco de él. Solo que durante las dos décadas posteriores al año 64, el de su llegada, probó suerte como abogado, como escritor de textos comerciales y como propagandista de la familia imperial. También que escribió algunos versos de los que más tarde preferiría no acordarse y que vivió de alquiler en un cuartucho de un tercer piso en la calle del Peral, más tugurio que habitación, donde solo había una ventana. Una ventana que, además, no cerraba bien. Pese a todo, teniendo en cuenta que hizo muchos amigos y que no murió de hambre, podemos suponer que tampoco fueron días malos.

Estos dos decenios de supervivencia bohemia, alabanzas a poderosos, mendicación de favores e inmersión en el agotador bullicio de la capital cristalizaron en un libro de epigramas (un tipo de poema corto, punzante, festivo, satírico y muy adecuado al humor romano), publicado en el año 86. Sería el primero de los doce libros que lo harían pasar a la posteridad. Libros con los que podemos recorrer Roma a pie de calle y pisar foros, teatros, mercados, burdeles, tabernas, bibliotecas, templos, palacios, pórticos de mármol y rincones inmundos, manzanas de cuchitriles y baños públicos, pequeñas librerías y grandes villas; versos que nos hablan de cantineros estafadores que venden agua sucia como si fuera vino, de médicos inútiles que no curan enfermedades sino que las causan, de borrachos profesionales que solo viven para las cenas y las fiestas, de seductores de viejos moribundos sin hijos en busca de una herencia, de dandis, mercaderes, sablistas, mujeres y hombres, amos y siervos, plebeyos y patricios, nuevos y antiguos ricos, jóvenes atractivos y calvos con peluca, y de grandes hipócritas como ese Névolo al que Marcial le dice: «Si a tu esclavo le duele la polla y a ti te duele el culo, no hace falta ser adivino para saber qué pasa». También hay quejas, muchas quejas. Contra los panaderos que no le dejan dormir de noche, contra los maestros de escuela que no le dejan dormir de día, contra los herreros, pregoneros, comerciantes, vendedores ambulantes y pedigüeños que no le dejan dormir en ningún momento. Contra el amigo gorrón que le pide sus libros en lugar de comprarlos. Contra una conocida que tiene la asquerosa costumbre de besar en la boca a su perro. Contra esa ventana que no cierra bien. Contra esa Roma tan agitada que la siente a los pies de la cama, una ciudad cruel en la que «pasar hambre sale caro» y donde solo es posible vivir de milagro, una ciudad que le hace lamentar que los «imbéciles» de sus padres le dieran una educación de letras en lugar de enseñarle algo más práctico. Una ciudad frenética como ninguna, un volcán de un millón de almas que le hace exclamar: «Rompe camas, pide vinos, coge rosas, píntate con nardos». Un lugar único en el tiempo que le dio la fama pero no la fortuna. Un sitio en el que siempre se sintió fuera de sitio.

O eso decía. Lo cierto es que acabó harto de malvivir, de ser pobre y de depender de la protección de otros. También de los pleitos, las envidias y las complicaciones de la vida social de la gran ciudad. Echaba de menos Hispania y fantaseaba una y otra vez con regresar a su Bíbilis natal y volver a ver las nieves del Moncayo y las aguas del Tajo y el Jalón. Soñaba con vivir de sus campos, de la leña y la caza de los bosques cercanos, con una existencia tranquila y sencilla que le permitiese, por fin, dormir un poco. Sus libros eran leídos no solo en toda Roma sino en todo el imperio, pero nunca alcanzó la clase de prestigio que viene acompañada de dinero. Para eso había que escribir chorradas épicas llenas de cíclopes, minotauros y gorgonas. Tonterías que él, vago, chulo y sentimental, no estaba dispuesto a escribir. «Mis páginas —proclamó orgulloso— saben a ser humano.» Es decir, que por mucho que fantaseara con volver no tenía ni para pagar el viaje. Su amigo Plinio el Joven, quién sabe si apiadándose de él, terminó por dejarle el dinero. Y treinta y cuatro años después Marcial regresó al fin a su añorado hogar.

Ya estaba en su sitio. Al principio se instaló en una propiedad que le regaló una admiradora y amiga llamada Marcela y parece que disfrutó de algo parecido a la bucólica vida que había idealizado en su cabeza. De hecho, en un epigrama dedicado a su amigo el poeta Juvenal, se ríe de los padecimientos que debe estar sufriendo el otro en Roma y le dice que él, en cambio, se levanta tarde, come bien, no gasta en ropa y se acompaña de gentes buenas y sencillas: «Así quiero vivir, así quiero morir», concluye. Con el tiempo, sin embargo, algo se torció. Tres años después, en el que quizá fuese el último texto que escribió en su vida, le dice a otro amigo que está harto de los campos, las montañas y los bosques y que echa de menos las calles, teatros, bibliotecas y fiestas de Roma. Ya ni siquiera hace versos, a menos que se lo imponga como una obligación. Y en cuanto a las gentes buenas y sencillas, Marcial solo soporta a Marcela. Sus paisanos le resultan mezquinos y envidiosos y hay en su pueblo unos malnacidos, le dice a su amigo, que le hacen la vida imposible. Además, por si fuera poco, incluso en Hispania hay que mendigar favores y levantarse pronto si uno no quiere morir de hambre: «Roma mía: si aquí también hay que madrugar, yo vuelvo». Pero no volvió.

En Roma siempre fue un hispano y en Hispania, un romano. Por eso la historia de Marcial, más allá de lo obvio, nos resulta tan interesante. Porque nos habla directamente de algo tan humano como la risa: el sentirse fuera de sitio. Todo el mundo lo experimenta con frecuencia y hay quien, por desgracia, se siente así toda la vida. A veces esa sensación viene de dentro y a veces viene impuesta desde fuera; a veces tiene que ver con estar o no estar físicamente en un sitio y a veces tiene que ver con la estructura social que nos rodea. Hay ocasiones en que sentimos que ocupamos un lugar que no nos corresponde y hay otras, quizá las más, en que sentimos que no nos dejan ocupar el lugar que queremos. Y por más que hagamos como Marcial y recorramos una y otra vez caminos de ida y vuelta, esa sensación siempre reaparece. Quizá podamos aprender algo de su historia y de las historias que vienen a continuación, vidas de personas que, por diversas razones, estuvieron fuera de sitio en el mundo que las rodeaba. A veces, de hecho, ese mundo ni siquiera tenía un sitio para ellas.

Pero antes hay que contar que Marcial murió, no sabemos cómo, unos seis años después de haber vuelto a Hispania. La noticia afectó mucho a su amigo Plinio. En una carta dirigida a una amistad común para informarle de su muerte definió al fallecido de un modo que no necesita traducción: «Erat homo ingeniosus». Y también se preguntó si, como era la intención de su autor, sus versos se recordarían en la posteridad. Siendo así, quizá a Marcial le habría gustado saber que dos mil años después seguimos leyendo sus epigramas. O quizá no. Quizá, por lo que lo conocemos, es muy posible que nos dijera que la fama póstuma está muy bien, pero que él preferiría dinero. Y, a poder ser, un piso silencioso y no muy alto. Uno con muchas ventanas. O con una sola, pero que por lo menos cierre bien.

Alta, flaca y con una nariz

demasiado grande

De una adolescente que se enfrentó

a los nazis haciendo lo único que sabía hacer

MUCHO PEOR DE LO QUE PUEDAS IMAGINAR. Edda van Heemstra no era su verdadero nombre. El suyo sonaba muy inglés, quizá demasiado. Y en la Holanda ocupada por los nazis ese era un detalle que podía costarle la vida. La idea del cambio de nombre había sido de su madre, que se sentía culpable de haberla condenado a vivir una situación así y no quería correr ningún riesgo innecesario. Seis años antes, en 1939, todo era muy distinto. Ambas vivían en la campiña inglesa y Edda disfrutaba de una educación privilegiada. Entonces Alemania invadió Polonia, Reino Unido le declaró la guerra a Alemania y la madre de Edda decidió volver a Holanda, su país, confiando en que su tradicional neutralidad las haría sortear el conflicto. No acertó: en 1940 y sin declaración de guerra los nazis invadieron como un relámpago los Países Bajos. Cinco años después, refugiadas en un sótano, Edda y su madre estarán al borde de morir de hambre y frío.

Edda van Heemstra nació en Bruselas en 1929. Su padre, Joseph Ruston, era de origen británico y había sido cónsul en las Indias Orientales. Su madre, Ella van Heemstra, era la aristócrata heredera de unos barones holandeses. Tal ascendencia hizo que la joven Edda se dedicara al ballet desde los cinco años y que hablara con fluidez inglés, francés, holandés, español e italiano. La familia viajaba de un país a otro, siguiendo los negocios de su padre, hasta que finalmente se establecieron en Inglaterra, donde Ruston se dedicó a militar en la Unión Británica de Fascistas y a fugarse con las niñeras. Harta de infidelidades, Ella se divorció de su marido y se estableció en el sur de Londres. Cuando estalló la guerra se mudó con su hija al entonces tranquilo y pintoresco pueblo holandés de Arnhem, donde los padres de Ella vivían en la casa familiar. Holanda, un país moderno, desarrollado y culto, pasó los primeros años de ocupación nazi con una aparente tranquilidad. A pesar de que las posesiones de su familia habían sido confiscadas, en la vida de Edda había partidos de fútbol, pícnics en el campo y clases de ballet. Pero todo eso se torció a partir de 1942. Alemania, que estaba empezando a sufrir importantes derrotas, recrudeció su control sobre los territorios ocupados y Edda tuvo que presenciar cómo fusilaban a su tío por pertenecer a la Resistencia y cómo deportaban a su hermano Ian para morir como esclavo en una fábrica de Berlín: «Vimos a jóvenes puestos contra la pared y fusilados. Cerraban la calle para hacerlo y luego la abrían tranquilamente para que pudieses pasar otra vez... no descartes nada horrible que hayas oído o leído sobre los nazis. Era mucho peor de lo que puedas imaginar». Estas dos muertes la determinaron a contribuir a la lucha contra los alemanes de algún modo. Y Edda decidió combatir haciendo lo que mejor sabía hacer: bailar.

EL HUMO DE UN CIGARRILLO INGLÉS. Con trajes confeccionados por su madre y acompañada por un amigo que tocaba el piano, Edda bailó innumerables veces en obras clandestinas cuyo fin era recaudar fondos para ayudar a la Resistencia. Estas actuaciones se celebraban en trastiendas y bodegas, con puertas atrancadas y ventanas selladas, donde el miedo se podía tocar y nadie se atrevía a moverse por temor a hacer ruido. Por supuesto, no había aplausos: «El mejor público que he tenido no hacía un solo sonido al final de mis funciones», bromeó Edda mucho después. Pero no solo bailó en escenarios furtivos sino que hizo de correo para los resistentes, entregando documentos y paquetes que escondía en ropas que le venían demasiado grandes. Rozó la desgracia varias veces. En una ocasión fue detenida y llevada a trabajar a una cocina como paso previo a ser prostituida en un burdel militar, pero consiguió escapar. En otra, engañó a unos soldados gracias a su apariencia: los alemanes tenían noticias de que un resistente estaba en el bosque esperando la llegada de un paracaidista aliado, pero cuando arribaron al lugar creyeron que su información era falsa porque, en lugar del feroz guerrillero que esperaban, lo que vieron fue a una joven de aspecto inocente que cogía flores. La vida de Edda, además, no solo estaba en peligro por sus actividades clandestinas: su holandés tenía un particular acento británico que la podía delatar y se veía obligada a hablar en monosílabos, a hacerse la sorda y a pasar por medio tonta para evitar que los alemanes la descubrieran. Por puro milagro se salvó de que la capturaran en muchas ocasiones, pero hacia 1944 su situación y la de todos los holandeses cambió. Y pasó de mala a desesperada.

Además del invierno más duro en años y del bloqueo de alimentos y suministros, llegó la guerra. Los Aliados habían desembarcado en Normandía y los alemanes lanzaron su contraataque. Arnhem estaba en medio y fue alfombrada por bombas. Edda y su madre se refugiaron en un sótano durante los combates y subían solo para ver qué partes de su casa quedaba aún en pie. La ofensiva aliada fracasó y los nazis consiguieron alargar su agonía un año más. Los holandeses terminaron comiendo tulipanes. Hubo un momento en que se agotaron hasta los ataúdes.

Pero en la mañana del 29 de abril de 1945, Edda y su madre, al límite de sus fuerzas, deciden abandonar el escondite. Han olido el humo de un cigarrillo que viene del piso de arriba. Es inglés. Saben que están salvadas. Edda tiene anemia, graves problemas respiratorios y las piernas hinchadas por la hidropesía. Los soldados le dan comida y cae enferma al instante por beberse de golpe un bote de leche condensada. No le importa. El 4 de mayo, día de su decimosexto cumpleaños, el mariscal Montgomery acepta la rendición de las fuerzas alemanas que aún quedan en Holanda. Para ella la guerra ha terminado.

Tras la liberación, Edda volvió al ballet. Nunca, ni en las peores horas, había dejado de soñar con una vida dedicada al baile y la actuación. En el sótano, para aplacar la inquietud, dibujaba perros que juegan con sus amos, a niños extasiados ante árboles de Navidad, globos de colores y leones que danzan al sol. Los años de clandestinidad y refugio le dejarían secuelas físicas para siempre. La adolescente que había arriesgado su vida para luchar contra los nazis creía ser muy alta, muy flaca y tener una nariz demasiado grande, pero nada de eso le impidió triunfar: el 25 de marzo de 1954, menos de diez años después de haber olido el humo de aquel cigarrillo inglés, Edda van Heemstra, llamada Audrey Hepburn, recogía el Óscar a la mejor actriz por Vacaciones en Roma.

Nunca se acabó de acostumbrar. Encarnó como nadie lo que el mundo espera de una estrella de Hollywood, pero jamás se sintió del todo a gusto entre nubes de fotógrafos, alfombras rojas y fiestas llenas de celebridades. Imposible dejar atrás la memoria de la niña que había visto y sufrido tantas atrocidades. El dolor que siempre sintió fue tan grande que durante el resto de su vida ni siquiera se atrevió a pronunciar el nombre de los familiares asesinados por los nazis. Llegó a una cima vedada para la inmensísima mayoría, pero el recuerdo del hambre y de la muerte la marcarían hasta el final: «He conocido el frío mordisco del terror humano. Lo he visto, lo he sentido, lo he olido, lo he oído». En medio de un torbellino de fama, premios y adoración de las masas siguió siendo aquella adolescente traumatizada por los bombardeos, los fusilamientos y la imagen de los trenes cargados de judíos directos al matadero. Más de dos décadas después del final de la guerra declaró: «Todas mis pesadillas tienen que ver con eso».

Farsa y complot

De un caballero francés que hizo de su vida un secreto

y que pasó por esta tierra sin ganar ni perder

BAJAR DEL PEDESTAL. El 10 de junio de 1763 un aterrorizado Luis XV, rey de Francia, descubre que la marquesa de Pompadour, su amante, le ha robado las llaves de sus cajones más ocultos y ha tenido acceso a documentos que revelan la existencia de una organización más que cuestionable. Se llama el Secreto del Rey y es una red de espionaje que opera al margen del gobierno y que desde hace veinte años ha derribado tronos, instalado coronas e influido en el juego político europeo según la voluntad personal del monarca. Hay alguien en Inglaterra que aún no lo sabe, pero ese día se ha decidido su futuro, porque Madame de Pompadour, quien temía estar perdiendo el favor de Luis XV, explota su recién adquirida información y presiona al rey para que designe y destituya cargos según su voluntad. Uno de los nombres que pone sobre la mesa es el del embajador de Francia en Londres, un viejo enemigo suyo. Se llama Charles d’Éon, es un caballero y capitán del cuerpo de élite de los Dragones, un espadachín sin sombra y el miembro más secreto y poderoso de la red de espionaje. Y Pompadour quiere su cabeza.

Hasta ese momento D’Éon ha vivido sin sobresaltos en Inglaterra. Su carrera como embajador en Londres la ha dedicado a las fiestas, el vino, la comida y los enredos de la alta sociedad. Se ha excedido tanto durante su tiempo en el cargo que sus gastos superan con mucho el presupuesto de la embajada, pero su vida le encanta y no está dispuesto a bajar del pedestal. Y menos por un ajuste de cuentas cortesano. Sobre todo porque tiene algunas cartas bajo la manga que pueden decantar la partida a su favor: D’Éon sabe que el rey sabe que, además de divertirse y de ejercer de diplomático, durante su estancia en Londres ha hecho más cosas. Por ejemplo, preparar un plan para una posible invasión. La clase de plan que, de airearse, podría llevar a dos países a la guerra. La clase de plan cuya enormidad requiere un secreto casi total. De hecho, es posible que nadie más esté al tanto aparte del diseñador del plan y el propio monarca. Así que D’Éon, necesitado de adelantarse a los acontecimientos y de tomar el control de la situación, planea su movimiento contra Pompadour y el rey. Él también explotará lo que sabe.

VIDA DE ESTE CABALLERO. Nacido en 1728, hijo de una familia rural, noble y bien relacionada, Charles d’Éon se abrió paso en el entramado estatal francés a base de ingenio y esfuerzo hasta que consiguió a los treinta años el nombramiento como censor real de historia y literatura. El rey, sin embargo, ya había reconocido su talento y dos años antes lo había introducido en el Secreto. En 1756 le encomendó su misión más singular: ir a Rusia y hacerse pasar por mujer para acceder al círculo íntimo de la emperatriz. Era una idea estúpida y suicida, pero no salió mal. D’Éon era de una androginia extrema y gracias a su físico poco robusto, a la ausencia de vello en su cara y a su capacidad para el complot y la farsa, logró que lo nombraran doncella de honor de la emperatriz y fue capaz de mantener la mascarada durante cuatro años. O eso contó él. Lo único cierto es que fue a Rusia, que sirvió allí como espía y que, cuando Luis XV ordenó su retorno, capitaneó al cuerpo de Dragones en las últimas etapas de la guerra de los Siete Años y fue enviado a Londres para desarrollar el tratado de paz que pondría fin al conflicto. Convertido por obra y gracia de su propia vida en una leyenda subterránea de la que se hablaba en toda Europa, el rey, finalmente, lo nombró embajador en Inglaterra. A partir de aquí, la caída.

SALVAR LA CABEZA. El nuevo embajador, aliado de Pompadour, ya ha llegado a Londres, pero D’Éon se niega a dejar su puesto y volver a Francia. De hecho, sigue acudiendo cada día a la embajada como si no hubiera cambiado nada. Lleva una década espiando para Luis XV y la cantidad de secretos y confidencias que maneja es abrumadora, de modo que puede permitirse el riesgo de echarle un pulso al monarca si eso le sirve para asegurarse de que, en caso de regresar, lo hará bajo sus propias condiciones. Por ejemplo, la de no morir. Solo tiene que demostrarle que es un enemigo con el que no se debe jugar. Y sabe cómo hacerlo. Así que le dice al nuevo embajador que o le pagan una suma desorbitada y le permiten volver a Francia sin problemas o hará público el plan de invasión y también la existencia del Secreto. La respuesta no es en absoluto la que esperaba.

El rey pide que lo extraditen y el nuevo embajador trata de envenenarlo. La disputa salta pronto a los periódicos y hay un cruce de acusaciones y libelos. Las autoridades inglesas, aunque desconocen cuál es el fondo de la cuestión, están encantadas con el espectáculo que supone esta truculenta trifulca entre diplomáticos de una potencia extranjera y se niegan a extraditarlo. D’Éon decide entonces contraatacar y, guardándose la información más comprometedora, publica parte de su correspondencia confidencial, en la que revela hechos explosivos que incendian la agitada atmósfera de Francia. El escándalo es total. El rey se cansa y termina por entender que lo mejor es comprar su silencio, de modo que no solo deja de perseguirlo, sino que además le otorga una pensión. Puede incluso, si así lo desea, seguir siendo espía. Lo único que tiene que hacer a cambio es renunciar a esa suma desorbitada, callarse, quedarse en Inglaterra y no volver jamás a Francia. El pulso ha terminado. El chevalier ha ganado y su cabeza está a salvo. Al menos de momento.

Pero sucede que salvar la cabeza no es suficiente. Y que su nueva existencia, precaria e insignificante, alejada de las fiestas y sin ningún esplendor, no se parece en nada a esa vida que llevaba antes y que tanto le gustaba. Además, quiere volver a Francia. Lleva mucho tiempo fuera y sueña con regresar. Sin embargo, sabe que el rey no se lo va a permitir así sin más. Necesita, por tanto, adelantarse otra vez a los acontecimientos y recuperar el control de la situación. Lo bueno es que esta vez también sabe cómo hacerlo. Solo tiene que usar la última carta que le queda por poner encima de la mesa. Y por eso, un buen día, el caballero Charles d’Éon, capitán de Dragones, diplomático y espía de la Corona francesa, el espadachín sin sombra que lleva más de una década echándole un pulso a la monarquía, decide empezar a vestir con ropa femenina y revelar al mundo que, en realidad, no es un hombre.

D’Éon, ahora mademoiselle