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La vida es como un telar que va tejiendo historias, nos dice el narrador de estos doce relatos, de singular penetración y originalidad. [...] Sin duda encontramos en la intención de Gerardo Rodríguez Salas un particular empeño en abrir en cada historia una especie de cortinilla que nos asoma al espacio recreado para dejarnos ver y escuchar las voces sencillas de la gente corriente, para recuperar el lenguaje popular, el lenguaje rural y los sucesos cotidianos, atravesados muchas veces por una especie de realismo mágico o surrealismo que deja al descubierto el corazón oscuro de la humanidad. La vida es dura, trágica, parece decirnos el autor, pero a veces es también entrañable, dulce y amarga a un tiempo. [...] Pero lo más singular es cómo el autor recupera el lenguaje popular, dentro de una corriente neo-ruralista, utilizando el modo de hablar, el dialecto de los pueblos andaluces, que aparece en los diálogos con toda naturalidad, espontaneidad y capacidad de evocación. Invito al lector a que se atreva a cruzar la puerta que nos abre un mundo que no tiene límites: el espacio de la imaginación y el conocimiento, el espacio tantas veces enigmático y seductor de la literatura. Ángeles Mora
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Seitenzahl: 174
Veröffentlichungsjahr: 2018
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HIJAS DE UN SUEÑO
Gerardo Rodríguez Salas
HIJAS DE UN SUEÑO
Prólogo de
Ángeles Mora
{ColecciónETCÉTERA}
Primera edición, noviembre 2017
© Gerardo Rodríguez Salas, 2017
© Esdrújula Ediciones, 2017
© Ángeles Mora, por el prólogo
ESDRÚJULA EDICIONES
Calle Martín Bohórquez 23. Local 5, 18005 Granada
www.esdrujula.es
Edición a cargo de
Víctor Miguel Gallardo Barragán y Mariana Lozano Ortiz
Foto de solapa: Fernando Agustín Medina Molina
Impresión: Ulzama
«Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el Código Penal vigente del Estado Español, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística, o científica, fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.»
Depósito legal : GR 1486-2017
ISBN : 978-84-17042-53-0
Impreso en España· Printed in Spain
A mi abuela Trini
Prólogo
por Ángeles Mora
Cuando la abuela nació el mundo empezó a morir.
Gerardo Rodríguez Salas
La vida es como un telar que va tejiendo historias, nos dice, en el primero de ellos, el narrador de estos doce relatos, de singular penetración y originalidad. Son doce historias, de diferente estilo, que nos sumergen en mundos sorprendentes, mundos cotidianos, que están dentro del discurrir de cada día, y mundos mágicos, por así decirlo, que nos llevan a un universo onírico, pero todos, en el fondo, enraizados en la vida. Nuestra vida, que está llena de historias, dentro y fuera de nuestro entorno.
Leyendo estos relatos, escritos con la minuciosidad de quien indaga en lo más profundo de nuestro ser y de nuestra sociedad, me he preguntado a veces por elhacerliterario, la construcción del relato de nuestra vida. Me he preguntado si la vida teje estas historias o si estas historias crean la vida. Y, claro, no tengo otra respuesta que aceptar las dos posibilidades. La vida crea la literatura y la literatura crea y de alguna manera modifica la vida. Puesto que las reflexiones que un buen relato se hace y nos hace modifican sin duda nuestra percepción de las cosas y nos llevan a otra realidad, que tiene que ver con nosotros, pero que es nueva y trae nueva luz.
Gerardo Rodríguez Salas irrumpe en el mundo literario, o más bien en el de la publicación, pues sin duda la madurez de estos relatos indica que hay mucho trabajo anterior queno ha visto la luz(por decirlo así, un poco tópicamente); irrumpe, digo, con fuerza, para añadir un nuevo nombre a la nómina de escritores en nuestro país y nos invita a sumergirnos en estos doce relatos sin prejuicios, dejándonos llevar de su mano por universos diferentes cada uno, pero unidos por una voz, una manera de acercarse a la compleja realidad de nuestra vida.
Vienen aderezados o encabezados estos relatos por citas literarias de escritores y escritoras, como referencias que nos acercan no solo a los textos, sino también al ámbito literario del autor. Y sin duda encontramos en la intención del mismo, de Gerardo Rodríguez Salas, un particular empeño en abrir en cada historia una especie de cortinilla que nos asoma al espacio recreado para dejarnos ver y escuchar las voces sencillas de la gente corriente, para recuperar el lenguaje popular, el lenguaje rural y los sucesos cotidianos, atravesados muchas veces por una especie de realismo mágico o surrealismo que deja al descubierto el corazón oscuro de la humanidad. La vida es dura, trágica, parece decirnos el autor, pero a veces es también entrañable, dulce y amarga a un tiempo.
El primer relato, relato principal y uno de los más extensos y ambiciosos, que da tono al resto de las diferentes historias, es una especie de autobiografía ficcional, titulado «Hijas de un sueño», que también da título al libro. El autor se inventa un pueblo: Candiles, un espacio literario, y también una historia familiar, en la que las mujeres cobran todo el protagonismo. El relato comienza alrededor de la abuela, es decir, de los momentos finales, de la muerte de la abuela. Alrededor de su cama aparecen las hijas, que van contando y recreando esa historia familiar, salteada de anécdotas curiosas, trágicas o divertidas. Pero lo más singular es cómo el autor recupera el lenguaje popular, dentro de una corriente neo-ruralista, utilizando el modo de hablar, el dialecto de los pueblos andaluces, que aparece en los diálogos con toda naturalidad, espontaneidad y capacidad de evocación, en tono, como decimos, autobiográfico.
De pronto, el segundo relato da un salto espectacular y, utilizando un lenguaje poético depurado y surrealista, nos lleva al Lorca dePoeta en Nueva York, entrando en diálogo con ese oscurantismo lorquiano y combinando su tragedia con la caída de las Torres Gemelas y la propia tragedia de los protagonistas de la historia de este relato titulado lorquianamente «No duerme nadie». Un surrealismo que provoca en el lector un extrañamiento (¿algo brechtiano?) y pone distancia al tono utilizado en el primer relato y en general en el resto del libro. Aunque otro de los relatos, «Retales», nos acerque de nuevo a Lorca, pero al otro Lorca, populista, de «Doña Rosita la soltera», que ya entronca más con el resto del libro.
Hay que destacar en estos relatos el protagonismo de las mujeres o de los personajes que tradicionalmente han sido discriminados en nuestra sociedad (homosexuales, travestis, «santos» o curanderos, a los que la gente sencilla acude, en los que cree). Protagonistas que nos llevan a historias fuertes, cuestiones de género, lenguajes y ambientes marginales: sobre todo en cuentos como «Babel», impresionante, duro. O historias fantásticas, de aquí o del otro lado del tiempo, literarias, dejándonos belleza e incertidumbre. Todo vale, cuando lo que se quiere, también, es hacernos dudar de una realidad que no sabemos dónde acaba ni donde empieza el sueño o la literatura. Como ocurre cuando leemos el relato «A la vuelta de los sueños» («El sueño no soy yo a este lado; eres tú en el tuyo»). Entre magia y realidad («La lámpara») nos llevan de la mano muchos de estos relatos de mujeres, hacia un mundo mitad de luz, mitad de sombra. Hasta llegar, finalmente, a «Doce mariposas», de nuevo una historia mágico-trágica, localizada en tiempos lejanos, cuando aún existía la inquisición, que abunda en la marginación de las mujeres y en esa rebelión soterrada y valiente, que siempre ha existido y que las ha llevado a situaciones y momentos absolutamente trágicos y también de alguna manera absolutamente sublimados por la leyenda.
Invito al lector a que se atreva a cruzar la puerta que nos abre un mundo que no tiene límites: el espacio de la imaginación y el conocimiento, el espacio tantas veces enigmático y seductor de la literatura.
Hijas de un sueño
En aquel laberinto de luces de tu mente,
fui la invitada que se quedó a cenar.
Ángeles Mora
Hijas de un sueño
Si las verdades dijeran la verdad
mentirían.
Ángeles Mora
I
Cuando la abuela nació el mundo empezó a morir.
La niebla del ayer tiñó su pelo de blanco y los ojos se enredaron en las zarzas del pasado.
El atardecer voló hacia su ventana lamiendo las violetas del alféizar, que respiraron por fin tras un largo día de bochorno. Desde la cama eterna, la abuela giró su rostro empapado, tal vez para guardar ese recuerdo antes de partir.
—Mama, deja de mirar la ventana y come una mititilla —le riñó sor Vicenta.
Su madre era ya una sombra y las hermanas se habían acostumbrado al deterioro. Sor Vicenta la destapó con delicadeza mientras el ventilador desprendía un aire fresco que hacía el dormitorio más habitable. Sus ojos se clavaron en las piernas momificadas de la abuela, que el camisón añil subido hasta la cintura había dejado al descubierto.
—Mi mama tiene unas piernas preciosas que ya quisiera yo pamí —pensó sor Vicenta—. Tan blancas y tan lisas. ¿Se echará leche de burra? Porque mira que yo me pongo toas las cremas que pillo y hasta aceite del bueno, perona, las tengo llenas de varices.
Se levantó la falda hasta las rodillas y examinó sus piernas refunfuñando.
—Las suyas serán más bonicas, no digo yo que no, pero las mías, quitando esas venillas, son piernas de bailarina.
Por un instante cerró los párpados y, al abrirlos, se topó con el fantasma de su madre: el pelo blanco aplastado contra la almohada, la piel transparente bajo la luz del ocaso, lunares y verrugas devorándola sin piedad, brazos y piernas esqueléticos propios del dibujo simplón de un niño, dientes saltones y amarillos tallando en su rostro una sonrisa dolorida, y esos ojos autoritarios ahora entornados, plácidos, lejanos.
Sor Vicenta se fijó en el cuadro de la Reina de los Cielos. Cuántas veces le había pedido su mama que la curara y, en los últimos tiempos, que se la llevara de una vez al otro mundo. Desde su cama veía a la Virgen a través del espejo y se sentía protegida.
—¡Viva la Reina de los Cielos!
Sor Vicenta se estremeció al recordar los gritos de su madre en la procesión de Candiles, cuando el trono de la Virgen bailaba frente al balcón con un fervor que dejaba al mundo en silencio.
—Venga, mama, abre la boca. Come algo, chiquilla.
Rellenó la jeringa de gelatina y se la puso con dulzura entre los labios agrietados. La anciana miraba con ojos vacíos. El líquido resbaló por la comisura y sor Vicenta notó que el pulso le temblaba.
—Mama, por favor, traga, ¡traga!
Reme llevaba un rato observando tras la puerta y entró de un salto.
—¡Vicenta, apártate y déjame que le dé yo!
—¡Ay, niña, qué repullo me has dao! —exclamó desenredando el nudo de su garganta— No hace falta que…
Pero Reme no dejó que terminara la frase.
—¡Apártate ahora mismo que yo soy la que entiende a mama!
Sor Vicenta, que estaba recostada junto a la abuela, se levantó sin chistar y le cedió el sitio a su hermana.
—Mama, mírame —dijo Reme con ternura—. Tienes que comer, ¿me oyes? ¡Anda! Hazlo por mí, bonica.
A pesar de su temperamento, la abuela siempre cedía con la hija menor porque era su ojito derecho. Reme cogió una cucharada de natillas y la introdujo en la boca de su madre, pero el mejunje se deslizó por la barbilla hasta caer como un pegote en el babero. Repitió la operación y, aunque las natillas se escurrían sin tregua, la abuela iba tragando algo y su hija parecía satisfecha. Al terminar, miró a su hermana con disimulo y cara descompuesta.
—Mama, cierra los ojos y descansa un ratico que hoy te has portao como una campeona. Estoy mu orgullosa de ti, que lo sepas.
Le acarició la mejilla y se levantó de la cama.
—¿Dónde está la Matilde? —preguntó en voz baja.
—Hace un rato estaba a ca la María, que le ha dao calabacines pa que nos hagamos una cremica esta noche —y los sacó de un cubo para enseñárselos—. No me digas tú a mí que no es detallosa. La Matilde hace ya rato que ha vuelto y está en el cuarto baño, la mu jilona. Se ha ío de vareta con la calor y ya sabes tú que ella no puede con estas cosas. No la veo yo con gábilos de limpiar a mama. Como no es tiquismiquis…
—Déjala a la pobre, que lleva unos díastocá del corazón y tiene la tensión por los cielos —respondió Reme con firmeza—. La veo yo mu torpe últimamente, ¿sabes, Vicenta?
Sin más dilación, las hermanas comenzaron el rito de los fines de semana. Reme arreglaba a su madre casi todos los días, pero el viernes se encargaba sor Vicenta, que llegaba religiosamente en autobús y regresaba a Sevilla el lunes por la mañana. A pesar de sus setenta años y achaques en las piernas, buena voluntad no le faltaba. Hacía más falta que nunca y debía ayudar a la niña, que ya bastante cargo tenía. Matilde estaba más sorda que una tapia y, claro, ¿cómo iban a dejarla sola para que le pasara algo a mama y siguiera roncando tan pancha?
Las dos asearon a la abuela con un barreño y le cambiaron el camisón. Mientras Reme limpiaba sus dientes con algodones mojados, se escucharon unos pasos achacosos que trajeron a Matilde. El color de su cara era famoso en Candiles, pero se había apagado. De su mano colgaba un rosario y, aunque le había echado la cruz a la Iglesia, ella acompañaba a la abuela cada noche con sus rezos. Al llegar a la cama, besó a su madre en la frente y le puso el rosario en la mano helada.
La habitación olía a muerte.
—Matilde —la llamó sor Vicenta buscándole la boca—, has echao lejía en la lavadora y están los trapos descoloríos. ¡Menúo pifostio! Encima has tendío la ropa sin pinzas y está to en tenguerengue.
—Mira, Vicenta, déjame en paz que no estoy en paraje de aguantar tus tonterías. Estás siempre poniéndole faltas a to lo que hago. Que yo no he lavao con lejía, ¿me oyes? Ni que fuera tonta…
—No sé qué te diga, más que un cebollazo. Está to pa echarle un guiño. Si es que vas como las locas.
—Te creerás que por tener carrera eres más lista que nadie. ¡Digo! Encima que he puesto la lavadora…
—Con ese melón se llenó el serón.
—¡Dejar de pelearos como chotas! —intervino Reme con una frase que ya era parte del legado familiar— Vicenta, parece mentira que estés con tus folletás tal y como está el patio. Desde luego, eres lo mismitico que tu papa.
—Bueno, niña, tampoco es eso. Le estoy regañando pa que aprenda a hacer las cosas de una vez.
—¿Ya estamos? —gruñó Matilde— Mama te tenía que haber puesto Doña Sargenta porque estás tol santo día mandando, que si Matilde por aquí, que si Matilde por allí. ¡Qué jartera!
Sor Vicenta pretendía alargar la regañina, pero Reme le lanzó la mirada de Bernarda Alba. La habitación se quedó en silencio, solo interrumpido por el zumbido del ventilador, y las tres se sentaron junto a su madre, como si quisieran retenerla del viaje. El aire viciado desprendía un olor extraño al que ya se habían acostumbrado. Sor Vicenta sacó el aparato de la tensión del taburete de cuero y se lo puso a su madre. El corazón de la monja se aceleró y su rostro, de por sí blanco como la porcelana, palideció al instante. Antes de abrir el pico, repitió la operación, pero las demás ya sabían que algo no iba bien. Dislocada, la tensión estaba dislocada. Sor Vicenta sintió que también enloquecía y miró fijamente a sus hermanas, que le devolvieron la mirada sin cruzar una palabra.
II
¡Ay, madre! Cuánto tiempo sin ver la foto de mi toma de hábito. La habrá puesto mi niña hace poco en la mesita de mama. Desde luego, la vida tiene mandanga. ¿Quién me iba a decir que acabaría de monja?
Ya ves tú, de chica me podía haber quedao en el sitio. Ese día fuimos a la Viñuela con la fresquita pa no pillar el calorín del mediodía. Todavía huelo la tierra mojá. Yo sola cogía más papas que mis dos hermanas juntas. ¡Dónde va a parar! De repente, noté un picotazo en el tobillo y pegué un chillío.
—Vicenta —me dijo mi papa—, te acaba de picar un alacrán.
Después de hacerme un torniquete, me cargó a cuestas y tiró de mí que se las pelaba en busca del médico zarandeándome como si fuera un saco de papas, y sentí un escalofrío que sería el veneno que me estaba comiendo por dentro, más agrio por segundos.
La verdad es que siempre he sío la más guapa de mi casa y me salían novios a porrillo, pero a mí me daban asco porque eran mu babosos. ¡Ay! Mi trenza es que quitaba el sentío, tan rubia y tan larga, y mis pelos parecían hebras de trigo como el de la cosecha de mi papa. Algunas noches deshacía la trenza y me tiraba las horas muertas mirando el espejo. ¡Qué bonico era mi pelo! Lo lavaba con champú del bueno y le rociaba manzanilla y, antes de dormir, lo cepillaba como si no hubiera mañana. Cuando acababa, estaban tos dormíos como lirones y me tumbaba en la cama con los ojos como platos hasta que me quedaba frita acariciando mi melena.
Lo mejor eran las fiestas de Candiles. Sacaba yo del armario mi vestío corto de encaje blanco y, ¡hala!, iba monísima. Me echaba unas goticas de colonia en el cuello y el escote y ¡a comerme la plaza! Los mozos del pueblo se me pegaban como moscas.
—¡Vicenta, qué guapa!
—¡Vicenta, qué bien hueles!
—¡Vicenta, me tienes enamoraíco!
Pero eran tos unos magantos de mucho cuidao y yo les daba pasaporte de momento. Hasta me pretendió el Luis de la Ratona, y eso que tenía novia. ¡Vaya pencorro malo! No entiendo por qué levantaba esas pasiones, supongo que por mi trenza o mi tipito. ¡Vete tú a saber!
—Vicenta, no te arrimes al Pepe Luis que ya verás como se entere la Jacinta.
Me decía la Mercedicas, pero yo ni caso y me lanzaba a los brazos del Pepe Luis o del que fuera con tal de bailar, porque solo quería parar el tiempo y darle una patá a aquella España de miseria.
De repente, aparté al maromo y me apoyé en un muro desconchao lejos del jaleo y me acordé de aquel muchacho terciao en la burra, que apareció en mitad de la verbena. Los gritos de la gente se tragaron la música del acordeón y la plaza se quedó en silencio. El joven, que sangraba a borbotones por el costao, se desplomó en el suelo.
—¡Es el niño de la Brígida! —gritó una vecina— Eso ha sío la Guardia Civil —le dijo a mi mama susurrando mientras yo me agarraba a su falda—, porque dicen que era rojo y tenía unos líos mu raros con los de la sierra.
El entierro fue al día siguiente. La iglesia estaba de bote en bote y mi mama y yo nos sentamos al final porque los primeros bancos estaban reservaos pa los señoricos.
—¡Qué farsos son esa gente! —le dijo la Mari a mi mama mirándolos con asco— San compinchao con los civiles que mataron al chiquillo y míralos, tan panchos en primera fila. ¡Mal rayo los parta!
Dicen las malas lenguas que, al terminar la misa, los civiles hartaron de palos a los señoricos, o eso dijo el Lunarico, que era un muerto de hambre y un lameculos.
—Hoy a los señoricos del pueblo nos han pegao —dijo mu serio con su chaqueta cochambrosa.
El pueblo se rio de él y yo nunca olvidé al joven de la burra.
Desde los quince años me ganaba el jornal en la casa de los Pinticas. La verdad es que me hinchaba de limpiar y preparaba comía pa toa la familia: puchero, lentejas, papas a lo pobre, guisao de yerbas, sopas de pimiento y tomate, tortillas de collejas… Aunque siempre he sío una buena cocinera, doña Angustias le ponía faltas a mis guisos, pero es que la mujer era mu melindrosa, que to hay que decirlo. Tú fíjate, los niños tol día regalándome el oído y ella ni mu, pero bien que se metía los platos doblaos, que ya tiene perejiles. Pa más inri, le pagaba a mi mama en especie y las dos tan contentas, pero a mí me llevaban los demonios porque yo quería dinero contante y sonante.
Un día la Adela me dijo de ir con ella a Graná al colegio de las Salesianas. No estaba yo mu convencía porque no salía nunca del pueblo, pero me picaba el gusanillo. Recuerdo el patio de la entrá con la fuente de cemento, los peces de colores y unas pilistras enormes. Mientras la Adela subió al torreón, yo me senté en un banco rodeá de yedras viendo a una monja que jugaba a la rueda con las niñas.
El mundo dejó de girar.
La carta del cura, la solicitud, el permiso de mi papa y adiós a los Pinticas.
Después de tanta penuria, los muros del convento olían a libertad: charlas, risas, comida, rezos, sueños. Es cierto que al principio noté un tufillo rancio, pero el colegio me salvó de la cárcel del pueblo. Yo liaba a las hermanas y nos saltábamos las reglas: unos cartones de leche pa la vecina de la Nati, que tenía ocho criaturas y a nosotras nos salía por las orejas, una cena pa los pobres que andurreaban por la zona o unos chupitos de aguardiente pa alegrarnos el corazón. Bueno, lo de los chupitos era un homenaje, pa qué decir otra cosa, pero también teníamos derecho a divertirnos, digo yo. El licor se guardaba a buen recaudo en la cómoda de sor Virtudes. Una vez preparamos una cena pal conserje porque la Superiora lo había despedío de mala manera y esa noche cayó una copita de coñac y hasta unas sevillanas.
