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Nadie habla de las familias de los adictos. En los medios de comunicación, nos cansamos de escuchar testimonios de personas famosas que hablan de su experiencia con las drogas. Son historias tremendas de mucho sufrimiento y, en el mejor de los casos, de superación. Pero, ¿dónde están todas esas familias que viven el mismo horror mientras acompañan al adicto? Esta es la historia de una madre valiente que lucha por entender qué le pasa a su hijo y, que en el camino, se enfrenta a su propia dificultad para aceptar que este consume drogas. Es la misma historia que viven día a día cientos de miles de familias en este país. Familias que hoy sufren la adicción de un hijo, que están perdidas porque no existen recursos en los que apoyarse, que sienten miedo de verbalizar lo que sospechan, de compartirlo con el resto de su familia o sus amigos, familias que están dispuestas a cualquier cosa con tal de que su hijo deje de consumir. Incluso cuando él se resiste una y otra vez.
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Seitenzahl: 481
Veröffentlichungsjahr: 2023
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D’ANNE BURWELL
Traducción de MAR COBOS VERA
Título original:Saving Jake: When Addiction Hits HomeTraducción autorizada de la edición inglesa © D’Anne Burwell. Esta traducción se publica y comercializa con el permiso de su Autora, titular de todos los derechos de publicación y venta.
© Del textoD’Anne Burwell
© De la traducciónMar Cobos Vera
© Next Door Publishers, SLPrimera edición: octubre 2023
Editor: Oihan IturbideDiseño: Ex.EstudiCorrección y composición: NEMO Edición y Comunicación, SL
Next Door Publishers, SLwww.nextdoorpublishers.comwww.yonkibooks.com
ISBN: 978-84-127532-0-2ISBN ebook: 978-84-127532-1-9DEPÓSITO LEGAL: NA 1918-2023
Gráficas AlzateImpreso en Navarra, España
El papel utilizado tiene certificado FSC y PEFC que garantizan la gestión sostenible de las materias primas y una trazabilidad completa desde los bosques de origen.
Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea mecánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros medios, sin el permiso previo y por escrito de los titulares delcopyright.
Con la colaboración de la Fundación María Aranzadi
A mi esposo, a mi hija y a mi hijo, así de simple
«Hay un dinamismo, una fuerza vital, una energía, una reactivación que a través de ti se traduce en acción.Y, puesto que no hay nadie exactamente igual que tú en este mundo, dicha acción es única. Si la bloqueas, nunca existirá en ningún otro medio y acabará perdiéndose».
Martha Graham
Prólogo
Primera parte. Las piezas del puzle
1. Un dulce comienzo
2. Los inicios
3. Boca abajo
4. Carbonilla
Segunda parte. Una nueva mirada
5. Enfermedad
6. Cerrarse en banda
7. Cerebros adolescentes
8. Bajo la lluvia
9. Buscar respuestas
10. Una madre distinta
11. El vacío en Acción de Gracias
Tercera parte. Volver a intentarlo
12. Alivio y dolor
13. Una enfermedad progresiva
14. Arrancar esa culpa
15. Jaywalker
16. La última en enterarse
17. Una tregua al dolor
Cuarta parte. Carrera de larga distancia
18. Caer en picado
19. El mismo sofá
20. Una madre histérica
21. Desintoxicación
Quinta parte. Un guerrero sobrio
22. El nuevo mejor amigo de la adicción
23. Liberar las lágrimas
24. Una travesía más
25. Atraída por un adicto
26. Nido vacío
27. No te metas
Sexta parte. Desconocimiento
28. Un poquito de alegría
29. Desprogramar conductas
30. Despegar como un cohete
31. Juntos
Epílogo
Agradecimientos
Recursos
Créditos
«El mejor modo de salir de un sitio es atravesándolo».
Robert Frost
Estaba allí de pie, agarrada a la encimera de la cocina, resollando, sintiéndome aprisionada en un túnel muy oscuro. «Solo tienes que llevarlo al aeropuerto», me dije. «Llévalo al aeropuerto».
Jack salió de su habitación y por el pasillo iba haciendo pausas para toser con un sonido grave y seco. Entró en la cocina. Iba vestido como siempre, con pantalones cortos, camiseta, sus Vans blancas y la gorra negra de los Giants. Dejó caer al suelo su bolsa de lona. Mi hijo de diecinueve años estaba tan delgado que me daban ganas de llorar. Tenía la piel tan pálida que casi parecía translúcida, teñida ligeramente de verde.
—¿Quieres desayunar? —le pregunté, muy poco convencida.
Negó con la cabeza. Las pupilas se le veían enormes. Rehuyó mi mirada.
Durante muchos meses, como si de un manto de nubes se tratara, la tendencia de mi hijo a minimizar o a omitir detalles, todas aquellas mentiras y excusas, habían ocultado el hecho de que su vida se estaba haciendo pedazos. Pocos días antes, de repente, yo había atado cabos: la carbonilla en la frente, los bolis Bic vacíos desperdigados por su habitación de alquiler, que siempre estuvierasin blanca. Jake era adicto a la oxicodona (OxyContin), un fármaco opioide que se utiliza para el dolor.
Estaba a punto de enviar a mi hijo a un centro de rehabilitación que, con mucho esfuerzo, había conseguido encontrar. «¿Era el más adecuado?». Mi marido estaba en un viaje de negocios y, de todos modos, se mostraba más resentido que comprensivo. Mi hija de diecisiete años se encontraba sumida en su propia crisis porque su novio había amenazado con suicidarse. Y yo me sentía completamente sola, rota por muchas partes, agotada, decidida a seguir adelante por el simple hecho de que alguien tenía que hacerlo.
Aquel momento en la cocina me pareció el peor de toda mi vida. Aún no entendía que la adicción es una enfermedad. Aún no había aprendido a retroceder un paso para dejar que mi hijo luchara por su propia alma. Si hubiera sabido que tan solo me encontraba en la línea de salida, quizá no habría tenido las fuerzas suficientes para coger las llaves, poner la mano en la espalda de mi hijo y conducirlo hacia el coche.
En los asoladores meses que siguieron, mi familia presenció de primera mano las diversas maneras en que la sociedad margina a los adictos y alcohólicos, al considerar que son ellos mismos quienes deciden por voluntad propia consumir drogas o alcohol hasta autodestruirse. Tras varios años de sufrir aquella crisis compartida, afloró un pensamiento en mi cabeza: un libro podría ayudar a desmentir aquel mito. Podría contar la historia de la lucha de mi familia, las lecciones aprendidas, los patrones repetidos, los progresos y cambios, el amor. Con un libro podría arrojar luz sobre la enfermedad de la adicción ypermitir que otras familias supieran que no están solas. Con algo tan sencillo como un libro, una historia, quizá pudiéramos ayudar a poner fin a parte de esa devastación.
Los adictos se sienten abrumados por la vergüenza porque la sociedad sigue cargándolos con la culpa. Espero que esta historia ayude a Jake, entre otros, a eximirse de tanta culpa y vergüenza. Espero que, mediante la descripción de este feroz combate, queden claros los retos a los que se enfrenta una persona con esta enfermedad, que la acompañará de por vida. Y espero que, de algún modo, eso ayude a darle sentido a este caos. Quiero que los lectores sepan hasta qué punto la adicción puede desgastar a una familia y cómo nos convierte en sus prisioneros, cómo se fortalece si no estamos en alerta continua. Las sobredosis por drogas arrebatan una vida cada ocho minutos. De hecho, son la causa principal de muerte accidental en los Estados Unidos. Se está produciendo un descenso de casi todas las causas de muertes evitables, pero no ocurre lo mismo con la muerte por drogas. Si debatimos sobre las adicciones a las drogas y el alcohol, poniendo nuestra cara y nuestra voz al movimiento comunitario hacia la rehabilitación que está emergiendo a nivel nacional, podemos también debatir sobre posibles soluciones y unir fuerzas para provocar el cambio que necesita el eterno problema de las drogas.
Voy a contar con honestidad y veracidad la historia de mi familia. La adicción nos ha cambiado la vida por completo, pero a lo largo del trayecto hemos llegado a vislumbrar destellos de esperanza. Seguiremos echando la vista atrás para encontrar el camino a seguir. Seguiremos recordándonos que debemos ir paso a paso.
1
«Tener un hijo es una decisión trascendental, pues consiste en decidir que tu corazón ya siempre camine fuera de tu cuerpo».
Elizabeth Stone
En 1992 yo era una madre primeriza de veintidós años que vivía en Portland (Oregón) con mi marido, Bruce, en una casa recién estrenada y con una amplia zona verde alrededor. Una noche, estaba acunando en mis brazos a mi precioso bebé, con su pijama azul y recién bañado, mientras en la oscuridad de su cuarto le cantaba una nana, tratando de detectar señales de somnolencia en su mirada. Como a mí sí que se me cerraban los ojos, decidí ponerme a tararear. De pronto, mi hijo me dio un patadita. Sorprendida, decidí volver a cantar («Ya que sueño no tenéis, una historia os contaré. Escuchadla, no os durmáis, los ojitos no cerréis…»), pero enseguida sucumbí al cansancio y volví a tararear una vez más. Él me dio otra nueva patadita. ¿Acaso estaba aquel niño de nueve meses transmitiéndome su desagrado por no usar palabras? Hice la prueba unas cuantas veces más y, en efecto, cada vez que pasaba a tararear, él me daba una patadita. Me quedé asombradísima de que aquel bebé tan pequeño estuviera absorbiendo mis palabras y expresando su necesidad.
Cuando repaso la trayectoria vital de Jake, se me agolpan en la mente miles de recuerdos. Aquellos primeros días en Portland solía pasear con el carrito por elparque, seguida de nuestra perra canela de raza labrador. «Pío, pío», solía decir mi hijo cuando le enseñaba los pájaros. «Cielo», decía, y «luna». Una vez que salimos en un día lluvioso, justo antes de cumplir siete meses, gritó su primera frase: «¡Ma-má,paguas,ové!».
A los dos años y medio, Jake era prácticamente inseparable de su alfombrita de piel de borrego, su «corderito». Era igual de tierno con nuestra perra: solía extender su corderito sobre la tripa de esta mientras dormía y lo usaba como almohada. Un día, a mis nueve meses de embarazo, se subió a mi abdomen abultado e hizo como que sus manitas eran un megáfono para hablarle directamente a mi ombligo. «Cuando salgas, tútabéntu corderito y chupete», le comunicó a su hermanito antes incluso de que este naciera.
Jake se mostraba muy preocupado cada vez que lloraba su hermana recién nacida. Una mañana que yo la estaba amamantando, Jake la golpeó en la cabeza, no sé si por accidente o si en un experimento de causa-efecto, y se puso pálido de susto al verla llorar. Supe por cómo la miraba que estaba angustiado.
Cuando Jake tenía tres años y Alea dos meses, el trabajo de Bruce como asesor de finanzas nos llevó a la localidad californiana de Palo Alto, donde nací y crecí. Mis padres aún vivían en la laberíntica casa donde me crie y casi todos mis hermanos también vivían por la zona.
Mis padres estaban encantados de tenernos tan cerca. Nuestra casa alquilada no disponía de mucho jardín, así que a menudo me llevaba al bebé, a la perra y a Jake a casa de mis padres mientras Bruce viajaba por trabajo.Jake solía dar saltos montado en su triciclo Hot Wheels y corría por la casa a toda velocidad, girando en las esquinas como un poseso y gritando: «¡Abuelitos, mirad lo que hago!». Mi padre —padre de seis hijos, abuelo de ocho nietos— no se podía creer la excelente condición física de Jake.
Uno de mis hermanos pequeños, Tom, futbolista de primera división en sus años de universidad, organizaba cada verano un campamento de fútbol en la pista deportiva de mis padres. Jake daba saltitos muy emocionado fuera del campo de juego, mientras observaba a niños de seis y siete años practicar el pase de balón y los regates. Al final, Tom hacía rodar un balón de fútbol hasta Jake y este lo paraba y se lo devolvía utilizando el lateral del pie, tal como le había visto hacer a Tom. Tras unos momentos de timidez, respondía a las señales con que lo llamaba su tío y salía a jugar con los niños mayores.
Alea empezó a gatear, caminar y trepar a la mesa del comedor antes de que encontráramos una casa que más o menos pudiéramos comprar, una de estilo rancho con tres habitaciones en una tranquila calle de Palo Alto. El día de la mudanza, Jake comprobó cada recoveco y cada grieta tanto dentro como fuera, y me acribilló con preguntas mientras Alea nos seguía, arrastrando su propio corderito. «Mamá, ¿cómo va a caber el piano ahí?», «Mamá, ¿por qué las abejas no tienen sangre?», «¿Por qué se mueve el sol, mamá?». Tras un día entero de mover muebles, responder las preguntas de Jake y perseguir a Alea, que había descubierto que podía subirse a casi cualquier cosa, Bruce y yo caímos rendidos en la cama.
Habíamos hablado sobre esperar un año antes de enviar a Jake a la guardería infantil —su cumpleaños era a principios de octubre, así que todavía no había cumplido los cinco años—, pero él parecía tan seguro y dispuesto a empezar el colegio que nos lo replanteamos. En agosto, Jake decidió inventarse un día especial para la familia: el Día de los Regalos.
—¿Qué quieres para el Día de los Regalos, mamá?
—Un día entero de obediencia.
—Bueno, a lo mejor Alea podría darte eso. ¿Qué más?
Me di cuenta de que yonecesitabaque mi hijo fuera al colegio.
Se integró enseguida, le gustaba su profesor y pronto hizo amigos. Su profesor tenía una regla especial solo para él: en el recreo, cuando Jake estaba jugando alkickball,tenía que colocarse más separado delhomepara evitar aplastar a otro compañero.
Durante los años de primaria, nuestra perrita se quedaba en la ventana esperando a que Jake y Alea volvieran a casa. Por suerte para nosotros, los colegios de Palo Alto estaban entre los más valorados del estado, y el de primaria estaba a solo unas manzanas. Los profesores de Jake me decían una y otra vez cuánto se alegraban de tenerlo en clase, que era un chiquillo precoz y estimulado intelectualmente, que era el primero en solidarizarse con cualquier niño marginado injustamente en el patio, que seguía las normas y era respetuoso, y que se merecía tener unas notas altas.
Por las tardes, desde las ventanas de las cocinas respectivas, los padres estaban pendientes de los niños delbarrio cuando estos bajaban a la calle comohuskiesen la nieve. Cada año, cuando el suelo se llenaba de hojas secas de los olmos gigantes, los niños juntaban montones enormes para saltar encima. Y, después, utilizaban aquellos montones de hojas como obstáculos cuando patinaban.
Alea veneraba a su hermano mayor; y él, por su parte, la cuidaba mucho. No había cosa que le gustara más a Jake que participar en juegos alocados con los demás niños, pero también pasaba muchas horas jugando con Alea, en los términos que esta fijaba, levantando casas hechas de palos y piedras para los insectos que cazaban. Les gustaba disfrazarse de manera estrafalaria y bailar juntos.
—Mamá, pon esa canción derock and roll—me pidió Jake una tarde que siempre recuerdo.
—¡Mamá, mírame! —ronroneó Alea, disfrazada por completo de gato negro, con su larga cola y sus orejitas, dando saltos y golpeando con la pata, totalmente metida en el personaje. Por lo visto, habían encontrado la caja con las cosas de Halloween. Jake, con unas gafas descomunales, una peluca de melena larga, un chaleco con los colores del arcoíris y unos vistosos pantalones, rotaba los hombros sin cesar mientras Alea daba vueltas de un lado para otro.
La música sonaba a todo volumen y mis hijos bailaban, dando un espectáculo que me hacía reír.
El entusiasmo que ponía Jake en la actividad física lo llevó directamente al deporte. Durante toda la escuela primaria, su entrenador de béisbol siempre se ponía en contacto conmigo para asegurarse de que mi hijo jugaríahasta el final de la liga en curso. El entrenador de fútbol encargaba a Jake todos los saques de esquina, debido a la puntería y la potencia de su pie izquierdo. Y, como era un niño alto y rápido, en el baloncesto le pasaban el balón a él, lógicamente. Su lema era «Demasiados deportes para tan poco tiempo».
Cuando Jake estaba en quinto curso, se cambió a una liga de fútbol más en serio. Yo organizaba y dirigía su equipo, compuesto básicamente por los impetuosos amigos de Jake, y persuadí a su tío Tom para que los entrenara. Los chicos adoraban a Tom y solían quedarse después del entrenamiento para recibir sus cumplidos, compitiendo para tirar a portería con la mayor fuerza posible. Cuando mis padres asistían a los partidos de Jake, el abuelito —que había sido el entrenador de sus tres hijos durante varios años— animaba orgulloso a su nieto, que jugaba de lateral izquierdo, y al grandullón de su hijo Tom, que no dejaba de tropezar con los jugadores por todo el campo mientras estos competían por estar cerca de su entrenador.
Al acabar el sexto curso, en el Día del Padre, Bruce, mis padres y yo asistimos como público al importante partido de béisbol de final de temporada. Alea, siempre descalza, se movía bajo las gradas a la caza de gusanos. Jake estaba en el montículo, lanzando sus bolas rápidas con la izquierda y ajustándose la gorra a menudo debido a la emoción del día. La multitud coreaba: «¡A por todas, Cohete!», apodo que Jake se había ganado gracias a su velocidad del rayo y al ímpetu con el que podía lanzar una pelota. En un abrir y cerrar de ojos, atrapó una bolarecta y se la pasó a su compañero en la primera base. Doble juego. En la siguiente entrada, al bate, había fallado dos golpes. La pelota se le acercó y él la mandó al arbolado, tras lo cual rodeó las bases felizmente. De vuelta aldugout, le guiñó el ojo a Bruce y articuló las siguientes palabras: «Feliz Día del Padre». ¡Vaya chico!
Hacia mediados de otoño, después de que Jake empezara séptimo curso y Alea cuarto, en una inusual mañana de sábado en la que no teníamos que llevar a Alea a gimnasia ni hacer de taxistas para que Jake y algunos compañeros llegaran a un partido de fútbol, Bruce y yo nos sentamos en nuestro patio a saborear el café al sol.
—¿Qué te parecería pasar un año en Europa? —preguntó Bruce mientras apoyaba la taza en la mesa.
—¿Cómo?¿Lo dices en serio?
—No hago más que trabajar. Sería un modo de echar el freno.
Habíamos hablado en varias ocasiones de cómo habría sido Silicon Valley en los tiempos de la fiebre del oro, cuando los mineros, en busca del filón de su vida, nunca se daban un descanso. El auge de las puntocoms había enriquecido la zona hasta niveles insospechados y, pese a la crisis del año 2000 y la recesión económica mundial, aquella parte del planeta no se había visto afectada. Bruce tenía cada vez más responsabilidades laborales, lo cual lo tenía atado al ritmo frenético de Silicon Valley, así que mi sensación de responsabilidad como madre me obligaba a librar una batalla continua para cumplir la cultura dominante de agendas repletas de compromisos, además de tener que anticiparme a las necesidades de los niños encuanto a entrenadores profesionales, tutores y clases de refuerzo para cubrir sus tardes. Bruce hacía lo que podía para conciliar el trabajo y la vida familiar. Yo hacía todo lo que estaba en mi mano para encontrar un hueco para los paseos en bicicleta, la caza de renacuajos, los picnics en un bosquecillo de secuoyas y, para el Día de San Valentín, cortar la masa en forma de corazón y espolvorearla de azúcar rosado.
—¿Te acuerdas de lo impresionante que es Italia? — preguntó Bruce.
—Sí, claro.
Quince años atrás, habíamos pasado dos semanas en una casa de campo alquilada a las afueras de Roma. El llevadero ritmo de vida de allí parecía funcionarles a todos: a niños, a adultos y a ancianos. De Italia nos había gustado todo: lapizzay la pasta, los expresos y los capuchinos, las siestas por la tarde, la historia y los yacimientos históricos. Italia era el lugar donde Bruce y yo nos habíamos prometido.
—Podríamos contárselo a Jake y Alea —continuó Bruce—. He estado pensando que podría trabajar como asesor autónomo, acabar algunos proyectos y luego tomarme un descanso. Podríamos poner nuestra casa en alquiler mientras estamos fuera. Seguro que funcionaría.
Yo no sabía qué decir. No quería que unos extraños vivieran en mi casa. ¿Y qué haríamos con nuestra perra?
Bruce sabía que necesitaba pensármelo un poco más, así que lo dejó correr de momento. Sin embargo, unas semanas más tarde, retomó el tema en cuanto Jake y Alea se hubieron ido a dormir.
—¿Te imaginas un fin de semana sin nada que hacer? Estoy convencido de que a los chicos les encantaría Roma.
Yo no estaba tan segura. Por las mañanas, Jake iba tan contento en bicicleta a su colegio recién remodelado. Hasta la fecha, había practicado todo tipo de deportes. También le gustaba tocar en la banda, pese a que no practicaba demasiado con el clarinete. Alea, que ya estaba en cuarto curso, tenía un buen grupo de amigas donde no había muchos chicos.
Aun así, la idea de mudarnos empezaba a ilusionarme. Quizá con los inquilinos adecuados todo iría bien. Quizá mi madre podría hacerse cargo de nuestra perra —mi padre había fallecido el año anterior, así que la dulce presencia de la perra podría servirle de consuelo—. Poco a poco, fui profundizando un poco más en el plan. Yo misma había acabado el quinto curso en Nueva Zelanda —exactamente el mismo curso en el que estaría Alea si diéramos el salto— porque el trabajo de mi padre nos había llevado allí. Sabía que viajar era transformador.
—Está bien —respondí entre nerviosa y entusiasmada—. Vamos a hablar con ellos.
Cuando les contamos a nuestros hijos que queríamos vivir en Roma, la reacción de Alea fue meterse en su habitación dando un portazo y negarse a hablar con nosotros. Jake fue menos dramático, pero se quedó tumbado en la cama durante mucho tiempo. Más tarde, deslicé una nota por debajo de la puerta de Alea: «¿Por qué no sales y hablamos de ello?».
Su respuesta llegó llena de furia: «Vais aarruinarmela vida. NO pienso dejar a mis amigas durante un año ENTERO. ¡Se olvidarán de mí!». No accedió a salir.
Después de que pasara sola en su cuarto varias horas, deslicé otra nota: «He hecho una deliciosa cena y ya está lista. Por favor, ¿vas a salir?».
A los pocos minutos se reunió con nosotros en la cocina para cenar.
—No os podéis imaginar lo riquísima que está lapizzaen Roma —dijo Bruce—. Y la pasta. Además, tienen el mejor helado del mundo.
—Visitaríamos unos lugares geniales —añadí yo.
—¿Podemos ir a Londres? —preguntó Jake, que empezaba a apoyar la idea—. He estado leyendo sobre los prisioneros de la Torre de Londres.
—Quizá —contestó Bruce—. ¿Qué te parece ver dónde luchaban los gladiadores con los leones en el Coliseo?
—Yo preferiría ver los tulipanes de Holanda —intervino Alea, conectándose a la conversación.
—Tus amigas pensarán que estáguay, la cantidad de sitios que llegarías a ver. Claro que no te olvidarán.
Llegamos en agosto, unas semanas antes de que comenzaran las clases en la American Overseas School de Roma. En la ciudad hacía un calor abrasador y no conocíamos absolutamente a nadie. Nuestro italiano consistía enbuon giorno,graziey contar hasta diez. Desafiando las altas temperaturas, nos aventuramos en busca de víveres en el bullicioso mercado al aire libre del Campo dei Fiori, una plaza llamada «campo de flores» en la Edad Media yque se utilizaría más tarde para las ejecuciones públicas. Tardamos una hora, chorreando sudor, en llenar nuestras bolsas de exquisitos productos, quesos, pasta, zumo y pan de aceituna y recorrer las callejuelas adoquinadas y las escalinatas antiguas hasta llegar al apartamento. Nuestro frigorífico en Estados Unidos parecía del tamaño de todo el estado de Montana, en comparación con el que teníamos ahora. Nos adaptamos pronto a hacer compras más pequeñas y frecuentes en el frescor de las primeras horas de la mañana.
Un día nos asomamos un poco al Panteón, pero nos resultó difícil apreciar la grandiosidad del enorme edificio circular.
—¡Vaya! —exclamé—. No quiero compartir este lugar con hordas de turistas. Volvamos otro día.
—Nosotros también somos turistas —respondió Jake. Alea se enfadó al oír aquello.
—Yo no soyuna turista. ¡Ahora vivo aquí!
Nos habíamos esforzado muchísimo para hallar la manera de simplificar las cosas. Decidimos optar por el «allí donde fueres haz lo que vieres» y tiramos para la costa. Unos días más tarde, estábamos nadando en un mar tranquilo de aguas cálidas junto a una destellante playa mediterránea, en cuyas rocas nos tumbábamos luego para secarnos. Jake se quedó al borde del agua, arrojando piedras. Una chica muy mona con un bikini verde se separó del grupo de adolescentes que estaba detrás de nosotros, movida por la curiosidad que le despertaba aquel chico americano con el brazo más rápido que un cohete. Cuando Jake lanzó una piedra, uno de los otroschicos se levantó y empezó a pavonearse hasta la orilla. La competición había comenzado.
Los dos chicos alternaban lanzamientos, con el objetivo de darle a una pequeña boya a bastante distancia. No intercambiaron una sola palabra, aunque la pandilla jaleaba al chico (o quizá a Jake, no sabríamos decirlo). El chico dirigía furtivas miradas de frustración a su insólito rival cada vez que la chica del bikini verde posaba sus ojos en él. Al final, el italiano hizo diana, abandonó el juego y volvió a relajarse agarrado a la cintura de su chica. Jake miró por encima del hombro, nos sonrió y luego le dio cuatro veces seguidas a la boya.
***
Aquel año, que incluyó aventuras en Londres y Holanda, nos cohesionamos como familia. Lejos de arrepentirse de haber dejado el trabajo, Bruce asimiló muy bien el lujo de pasar tiempo con los chicos y conmigo, aunque le preocupaba no encontrar empleo a nuestro regreso.
Volver al frenetismo de Silicon Valley le supuso unshock. Alea estaba exultante porque sus amigas no se habían olvidado de ella; su hermano estaba más tranquilo. Una semana antes de que Jake empezara el instituto y Alea el sexto curso, los llevé al centro comercial. Ambos habían dado un buen estirón y necesitaban ropa nueva con urgencia; además, de repente se interesaban por las últimas marcas que llevaban sus amigos. Nuestra salida acabó en una acalorada discusión. Era evidente que habían superado la etapa en que su madre intervenía en lo que deberían ponerse.
Le pedí consejo a mi hermana mayor, quien me sugirió un libro sobre enseñar responsabilidad económica a los adolescentes. Después de hablar bastante sobre ello, Bruce y yo trazamos un plan: cada uno de nuestros hijos recibiría una asignación mensual para ropa, más una modesta paga para sus gastos.
Una noche, durante la cena, les expliqué el nuevo programa a Jake y Alea.
—Está bien, chicos, así es como funciona. La próxima vez que vayamos al centro comercial, me limitaré a hacer de chófer. Yoúnicamentedaré mi opinión si me la pedís… como una especie de asesora. Vosotros decidiréis lo que queréis comprar con vuestro dinero, y hasta donde os llegue.
A Jake se le subieron un poco los humos al recibir aquella noticia, como si se tratara de una señal de emancipación.
—¡Vamos de compras! —exclamó Alea.
Justo al sábado siguiente hicimos una prueba. De vuelta a casa en el coche, los dos sumaron meticulosamente susticketsde compra para determinar quién se había gastado menos y a quién le quedaba más dinero. Ambos se ciñeron a su presupuesto. Jake no tardó en conseguirse unos trabajitos en el barrio para cortar el césped y así aumentar sus ingresos.
Muchos de sus compañeros de instituto procedían de familias acomodadas que encaminaban a sus hijos hacia las universidades privadas más prestigiosas. Jake asistió a todas las clases de colocación avanzada requeridas, pero durante su penúltimo año en el instituto empezó a hacermás el vago y a estudiar tan solo lo suficiente como para mantenerse en el nivel de los más listos. Su interés y su éxito en los deportes decayeron. Dado que no frecuentaba malas compañías, nunca sospechamos que tuviera que ver con el alcohol o las drogas. Pasaba la mayor parte del tiempo con tres amigos aficionados al deporte, compitiendo con ellos a meter canastas, a partidas de videojuegos e incluso aligarsea alguna chica.
Sin embargo, una tarde de primavera de aquel curso, abrí la puerta de su habitación y noté olor a marihuana. Avancé dos pasos, sin salir de mi asombro.
—Jake, ¿qué está pasando aquí? Huele a droga.
Estaba sentado a solas en la cama, con ambas ventanas abiertas de par en par.
—Mamá, esmaría, no droga —respondió bastante relajado.
Me quedé sin palabras.
—Saqué mala nota en mi examen de Trigonometría y un amigo me dijo que me sentiría mejor si fumaba maría, así que me regaló un poco. No es para tanto.
—Hay mejores formas de superar las cosas que fumar marihuana. Además, ¡es ilegal! ¿Cómo ha llegado aquí? ¿Ennuestrocoche?
—Mamá, la maría es inofensiva. Todo el mundo la fuma.
Al fijarme en lo enrojecidos que tenía los ojos, entendí que no era el momento idóneo para discutir.
—Ya hablaremos cuando tu padre llegue a casa.
Bruce llegó justo antes de cenar. Lo puse al corriente, incluido el argumento de Jake de que era «inofensiva»
—¿Inofensiva? Si cree que es inofensiva, quizá debería averiguar lo que ocurre si te pillan con droga en el coche.
—Esmaría—le corregí.
—Vale, lo que ocurre si te pillan conmaría.—Negó con la cabeza mientras lo procesaba todo—. Supongo que no es tan raro que la haya probado. Casi todos los chicos la prueban, en algún momento.
—Pero ¿aquí en casa?
—Quizá sea preferible a que esté fumando en un callejón con sus colegas.
—De todos modos, ¿qué vamos a hacer? Esto debe tener sus consecuencias.
—Insisto en lo que he dicho sobre hacer averiguaciones. Creo que debería averiguar el precio que tendría que pagar si lo pillaran. Debería aprender cómo afecta la marihuana a tu tiempo de respuesta, tu memoria y tu motivación.
Le dimos un papel para que respondiera a todas aquellas preguntas. Y, además, también le prohibimos durante un buen tiempo que utilizara el coche.
El verano antes de su último año de instituto, Jake nos pilló totalmente por sorpresa al preguntarnos si podía acudir a un psicólogo. No queríamos meter las narices, pero sí apoyarlo si sentía la necesidad de hablar con alguien ajeno a la familia. Localicé a un reconocido terapeuta vinculado a la Universidad Stanford y con una agenda bastante apretada, que le encontró un hueco a Jake para cada dos semanas. A Jake pareció gustarle ir y comentaba que el doctor Nolan era muy perspicaz.
Las notas de Jake bajaron un poco en invierno, pero no hubo más incidentes relacionados con la marihuana o el alcohol. A lo largo del curso, tuve que afrontar los mismos retos de todos los padres a medida que sus hijos empiezan a vivir su propia vida. Yo quería estar ahí para mis hijos y, a la vez, darles la libertad de que cometieran sus propios errores; quería prestar atención a lo que iba a ocurrirles en la vida, pero sin meterme en sus asuntos; quería enseñarles valores y mantenerlos a salvo al mismo tiempo que les dejaba espacio para explorar.
Siempre habíamos asumido que nuestros hijos irían a la universidad. «Nosotros financiaremos vuestra educación, siempre y cuando no toquéis las drogas ni os hagáis un tatuaje», les decía yo. Con todo, hablé con Jake sobre la posibilidad de un año sabático entre el instituto y la universidad. Me pareció que podría sacar un gran provecho de pasar un tiempo trabajando o prestando algún servicio, pero él insistió en que quería seguir estudiando. Viajamos a varias universidades para visitarlas. Cuando se acercaban las fechas límite para la solicitud, me encontré azuzándolo, tratando de persuadirlo y ya por fin exigiéndole que escribiera sus textos y enviara las solicitudes. Y lo hizo. Empezaron a llegar cartas de admisión y unas cuantas becas. Sentí un alivio enorme cuando el engorroso proceso dio sus frutos.
Jake se debatía entre la Universidad de California en Santa Bárbara y la Universidad de Colorado en Boulder. Al final eligió Boulder, asegurando con orgullo que su beca parcial ayudaría. Todo lo que tenía que hacer era mantener sus notas por encima de un ocho de media. «Le resultará fácil», pensé.
En el baile de graduación, Jake y su novia Ella, con quien salía desde hacía cuatro meses, formaban una de esas parejas que atraen las miradas. Él era alto y apuesto, y vestía un esmoquin de alquiler. Ella se veía deslumbrante con aquel vestido corto de color verde aguamarina y sus zapatos de tacón alto, exhibiendo unas bronceadas piernas de corredora. Una melena oscura rizada enmarcaba su dulce rostro. Jake estaba claramentecoladopor ella. Trabajó todo el verano con el objeto de ahorrar dinero para sus gastos universitarios y pasó casi todo su tiempo libre con Ella. Pronto estarían lejos el uno del otro, ya que la chica se iba a la Universidad de Tacoma en Washington.
Ella y los tres mejores amigos de Jake se presentaron sin avisar la mañana en que Jake se marchaba a la universidad. Puse cuatro platos adicionales en la mesa y me apresuré en cocinar más huevos mientras Bruce y Jake cargaban el coche. Los cuatro se quedaron a la entrada de nuestra casa despidiendo a Jake con la mano cuando salimos en coche hacia el aeropuerto.
«La cruda realidad es que todas las personas que empiezan a consumir alcohol u otras drogas lo hacen creyendo que controlan su consumo. Esta creencia, sin embargo, no cambia el hecho de que una de cada ocho personas que optan por los psicofármacos se vuelve adicta sin llegar siquiera a preverlo».
Jeff y Debra Jay,Love First
De repente, nuestra mesa parecía estar vacía. Alea había empezado su segundo curso en el instituto, y sus largas horas de gimnasia —justo a la hora de cenar— la ayudaban a no echar terriblemente de menos a Jake. De vez en cuando recibíamos una breve llamada de este. La tercera semana del curso, su voz sonaba arrepentida cuando nos explicó que él y su compañero de habitación, Scott, habían sido citados por la policía de Boulder.
—Ahorame entero de que hay una ley que dice que tienes que usar el monopatín por la calzada y no por las aceras.
—¿Qué ocurrió? —le preguntó Bruce.
—Volvíamos de una fiesta en nuestro monopatín y nos pararon dos polis. Nos preguntaron si habíamos bebido.
—¿Y qué les dijisteis? —quise saber yo, básicamente con el freno puesto para no lanzarme a sermonear sobre las alocadas fiestas fuera del campus.
—Dos cervezas.
—Ya veo —dijo Bruce. Él se las apañaba mejor que yo para no reaccionar de inmediato. En realidad, ambos habíamos contemplado ya la posibilidad de que Jake tomara alcohol alguna vez durante sus años de universidad, incluso habíamos hablado de que nos tocaría retroceder un paso de gigante para que Jake descubriera las cosas por sí mismo. Sin embargo, nunca habíamos imaginado que lo pillarían quebrantando la ley ya en su tercera semana lejos de casa.
—Me pusieron una multa por beber siendo menor de edad —continuó Jake—, así que no solo tengo que pagareso,sino que también tengo que ir a una estúpida clase sobre el alcohol y, para colmo, he de presentarme ante un juez dentro de tres semanas.
—Bueno, parece que te estás ocupando del tema — comentó Bruce, dejando claro que lo consideraba responsabilidad de Jake.
—Sí, eso parece. Lo bueno es que, aunque se supone que tengo que ir con un padre, me dejarán presentarme sin ninguno de vosotros porque estoy en la universidad.
—Pues sí, qué suerte —dije yo—. Asíteahorras el coste del billete de avión para uno de nosotros.
Jake respondió con un gruñido.
Cumplió los dieciocho a las seis semanas de universidad. Nos dijo que había asistido a la clase sobre el alcohol y que había pagado la multa de cien dólares, y que el juez había archivado su expediente. No nos dio muchos detalles sobre cómo había celebrado su cumpleaños. Cuando vino a casa para las vacaciones de Acción de Gracias, había perdido peso y tenía una tos bastantefea. El Día de Acción de Gracias, se encerró a cal y canto en su habitación. Yo llamé a la puerta y asomé la cabeza.
—Jake, estoy haciendo las patatas como te gustan. Da la impresión de que allí no estás comiendo mucho.
—La comida de la cafetería es horrible, mamá.
—Parece que estás un poco de bajón. ¿Qué te pasa?
Se quedó un rato callado, con una tristeza que se reflejaba en todo su cuerpo.
—¿Sabes que vi a Ella ayer, que está aquí?
—Sí, lo sé.
—Bueno, pues vamos a romper. Me contó que, en los diez meses que hemos salido juntos, se ha estado acostando con uno de mis amigos.Diceque lo siente mucho. ¿Te lo puedes creer?
—Lo siento, Jake.
—Y no solo eso. Dice que lo sabían todos mis mejores amigos, pero que ninguno me lo quiso contar. Los amigos no hacen esas cosas. ¿Por qué no me lo contaron? No sé qué pensar.
Estaba aturdida. Jake tenía roto el corazón y se sentía traicionado, todo al mismo tiempo. Lo abracé y entonces sonó el timbre. Empezaron a llegar familiares, así que no pude preguntarle nada más sobre Ella. Por lo general, Jake se ponía eufórico al ver a su prima Tara, pero en aquella ocasión estuvo callado y compungido. Debía de haberse sincerado con su hermana, pues hacia el final de la noche esta le pasó el brazo por los hombros. Alea se había sentido abandonada desde que Jake se fue a la universidad.
***
Para cuando llegaron las vacaciones de Navidad, Jake parecía cansado, callado y todavía triste. Sus notas eran aceptables, sin más. Yo sabía que el primer semestre podía ser duro para los novatos. A la segunda semana de estar en casa, tras haber dormido mucho y comido bien, se lo veía ya en mejor forma. Una tarde llegué a casa y lo encontré mirando en el ordenador propiedades para alquilar. Me dijo que tenía que cerrar el tema del alojamiento para el año siguiente.
—¿Y por qué no te quedas en el campus?
—Ni pensarlo. Todo el mundo se cambia después del primer año. Además, odio la comida de la residencia.
Me enseñó fotos de algunas casas en alquiler. Me sorprendió ver lo enormes que eran, pero no se lo dije.
Entonces, un día de febrero, Jake llamó para decir que Scott y él habían encontrado algo para alquilar en otoño con otros cuatro amigos.
—Bueno, Jake, eso significa que seríais seis chicos bajo el mismo techo. Muchos me parecen.
—Mamá, es una casa grande y está genial, en serio. A ti te encantaría. Se encuentra en la ladera y cerca de todo, exactamente lo que estábamos buscando.
Bruce y yo teníamos nuestras reservas sobre el hecho de que viviera con tantos chicos: ¿pasarían más tiempo de fiesta que estudiando? Nos habíamos enterado hacía poco de que a Scott lo habían arrestado por tener droga en la habitación que compartía y que lo habían citado en el Departamento de Vivienda. Por asociación, también habían citado a Jake, pero nos aseguró que no se tomabanmedidas a menos que te citaran tres veces. No sabíamos nada de los otros cuatro chicos con los que Jake quería vivir. Y, aunque en una casa grande llena de chicos habría demasiadas distracciones, Jake estaba deseoso de tener su propia vivienda. Al final, presionados por su entusiasmo, decidimos firmar con él el contrato de alquiler.
A medida que el segundo semestre avanzaba, nos sentíamos cada vez menos conectados con nuestro hijo, que apenas nos llamaba. Ya finalizados los exámenes finales, perdió el vuelo a casa. Llamó para decir que se había quedado dormido mientras esperaba en la puerta de embarque en el aeropuerto de Denver y que no oyó su nombre cuando lo llamaron por megafonía. Lo primero que pensé es que debía de estar agotado tras los duros exámenes.
Al segundo día de las vacaciones de verano, Jake nos sentó a Bruce y a mí en nuestro soleado patio.
—He sacado un sobresaliente y dos notables, pero no me ha ido muy bien en dos asignaturas.
—¿Y eso? —preguntó Bruce.
—Pues…
Me puse tensa. Tuve la impresión de que nos estaba dando largas.
—Cálculo Financiero me fue bien en el segundo trimestre. Me sentía confiado, sobre todo porque ya tenía el curso AP de cálculo, así que me salté algunas clases. Pero, hacia el final, ya no sabía de qué estaba hablando el profesor. Como no logré ponerme al día, he suspendido.
Bruce abrió los ojos como platos.
—Y me han puesto un insuficiente en Estadística.
Yo seguía sentada sin poder articular palabra.
—Esto es serio —dijo Bruce—. ¿Cómo vas a solucionarlo?
—Me he enterado de que hay un programa para repetir la asignatura, como quien dice, así que puedo volver a hacerla. Ya me he inscrito y también he pagado la mitad de las clases. Este verano puedo conseguir el dinero para costearme el resto. Quiero volver en otoño. Puedo hacerlo.
—¿Y qué pasa con la beca?
Desvió la mirada.
—Mis notas no llegan al mínimo. La he perdido.
—Danos a tu madre y a mí algo de tiempo para pensar en ello.
Más tarde, ya a puerta cerrada en nuestro dormitorio, Bruce me dijo:
—Noestoy dispuesto a pagar ningún recargo para que se matricule en ese tipo de cursos.
Yo asentí cogiéndome la cabeza con las manos.
—Nunca pensé que podría suspender. ¿Qué hacemos?
—Parece tener un plan. Lo que no sé es si deberíamos aceptarlo.
—Bueno, podría volver a casa y asistir a clases en la JC, pero prácticamente nos está suplicando. Se nota que quiere una segunda oportunidad.
—Podría buscar trabajo y posponer los estudios un año —sugirió Bruce.
No me parecía buena idea que Jake se alejara de la universidad. Tanto Bruce como yo queríamos que siguiera, que prosperara.
—¿Y qué me dices de su contrato de alquiler? —pregunté—. No podemos romperlo así como así. ¿Qué te parece si Jake trabaja en tu oficina este verano y así consigue el dinero que le falta para compensar lo perdido con la beca?
—No es mala idea. Y recupera esa asignatura que ha suspendido.
—Podríamos decidir cada semestre si seguir pagando, según las notas que saque. Creo que debería sacar un ocho de media, como mínimo.
—Me parece bien —respondió Bruce.
***
Jake trabajó todo el verano, pero no terminó las clases de Cálculo Financiero. Cuando intenté meterle presión al respecto, me dijo que aún tenía seis meses para aprobar y que no me preocupara. Rompió todo vínculo con el amigo que lo había traicionado, pero Ella logró mostrarse lo bastante arrepentida como para recuperar el corazón destrozado de Jake. Yo no entendía aquella relación.
Cuando se retomaron las clases, en casa se palpaba la tensión. En su tercer año de instituto, Alea se unió al equipo de waterpolo, además de seguir con su entrenamiento anual de gimnasia. A veces entrenaba cuatro horas al día y se quejaba de que nunca veía a sus amigos. No le hacía gracia que Jake volviera a sus clases, pues eso significaba que ahora la mirada escudriñadora de sus padres recaería por completo en ella. De vez en cuando mencionaba a un chico y, aunque nosotros no dejábamos de decirle que nos gustaría conocerlo, ella estaba convencida de que lo acribillaríamos con preguntas incómodas, así que se negaba a traerlo por casa. Alea hacía todo lo posible por mantenernos al margen. Y, cuanto más hermética se volvía, más me inquietaba yo. Como siempre, yo intentaba mantenerme al margen, dejar que tomara sus propias decisiones, pero ella no tenía la misma impresión. Bajo su punto de vista, la estaba controlando porque no confiaba en ella.
Para las vacaciones de Acción de Gracias, Jake llegó a casa muy delgado, con el rostro bastante pálido y apagado. Me preocupó mucho que le hubiera vuelto la tos. ¿Quizá estaba trasnochando demasiado? ¿Se quedaba dormido toda la mañana? ¿Se encerraba para jugar a videojuegos? Jake siempre había sabido gestionar su dinero, pero ahora nunca le alcanzaba para hacer la compra.
—A juzgar por su aspecto, no gasta mucho en comida. Y, desde luego, no está muy conversador.
—A ver qué notas saca. Falta menos de un mes para que acabe el semestre.
La última tarde de las vacaciones de Acción de Gracias, una vez que Jake había tomado ya su avión de vuelta, Christopher, su mejor amigo de la infancia, llamó para pedirme amablemente que fuera a su casa. Su madre y él me recibieron en la entrada, y luego me acompañaron a la sala de estar para que nos sentáramos. Sus semblantes eran tan graves que se me oprimió el pecho.
—Me preocupa el comportamiento temerario de Jake —soltó Christopher. Sus palabras no encajaban con la imagen que yo tenía de mi hijo. ¿Me estaba hablando dealgo relativo a las drogas? La puerta de mi aciaga intuición se abrió violentamente.
—Pero vosotros no estáis en la misma universidad — conseguí tartamudear.
El chico no se atrevía a mirarme.
—Lo vi el verano pasado. Y este fin de semana. También veo lo que cuelga en Facebook.
El rostro de Christopher se contrajo mientras decidía hasta dónde contarme. Yo me daba cuenta de que, si bien no quería traicionar a su amigo, necesitaba expresar en voz alta sus temores. No me dio muchos detalles sobre lo que él consideraba exactamente un «comportamiento temerario». Además, yo me había quedado sin palabras. La madre de Christopher parecía a punto de llorar. Supuse que estaban suavizando todo lo que sabían. Tras el toque de atención que Christopher me había dado, lo único que yo quería era volver corriendo a casa para asimilar el duro golpe. Les agradecí su valentía entre balbuceos y salí a toda prisa.
Ya en casa y a solas, pensé detenidamente en lo que acababa de oír. ¿Acaso Jake se pasaba todo el día de fiesta sin ningún control y experimentando con drogas duras? Algo así explicaría perfectamente su conducta disfuncional y su desconexión. Estaba claro que algo no iba bien.
Cuando llegó Bruce aquella noche, compartí con él lo que me habían contado.
—Todos los chicos salen de fiesta cuando están en la universidad —me dijo.
—¿Pero tú has oído lo que acabo de decirte? —Un pánico creciente me hizo arder de rabia—. ¡Esto es mucho más serio! ¡Ve a ver a Christopher y que te lo cuente él mismo!
Discutimos sobre el asunto durante unos cuantos días, hasta que Bruce se decidió a llamar al amigo de Jake.
Cuando por fin colgó el teléfono, se frotó la frente durante varios minutos antes de decirme:
—Parece que Jake está desperdiciando delante de nuestras narices una valiosa oportunidad con todos los gastos pagados. Y, además, está poniendo en grave riesgo su futuro.
—Deberíamos dejar de pagarle la universidad inmediatamente.
A Bruce se le daba mejor que a mí retroceder un paso para reconsiderar una situación.
—Quedan tan solo diez días antes de los exámenes finales. Será mejor que hablemos con él cara a cara y que nos enseñe las notas.
Acepté esperar, aun a riesgo de dos semanas de pánico, ira y miedo.
Cuando Jake llegó a casa por las vacaciones de Navidad, le sacamos el asunto a colación.
—Pues sí, he ido a alguna fiesta. ¿Qué problema hay? Puedo arreglármelas.
No negó nada. Entonces, cuando por fin llegaron las notas, su media se quedó corta. Al principio, se enfadó por haber sacado un suficiente en Música, cuando él esperaba un notable. Pero luego pareció más bien triste y resignado. Bruce y yo nos sentíamos tristes y decepcionados porque el futuro de nuestro hijo daba bandazos. Así pues, le dijimos a Jake que tendría que dejar la universidad y buscar un empleo.
Alea no se podía creer que nos negáramos a seguir costeándole los estudios a Jake, aunque en realidad ella solo había oído que era por salir de fiesta. Por otro lado, se alegraba de tener alguayde su hermano otra vez en casa. Bruce y yo nos sentíamos desubicados. Una y otra vez afloraba a la superficie la idea de que quizá necesitáramos ayuda para seguir adelante en aquella travesía.
Jake volvió a acudir a la consulta del doctor Nolan, quien sugirió una batería de pruebas diagnósticas. De acuerdo con un especialista, Jake tenía un elevadísimo coeficiente intelectual, pero puntuaba sumamente alto en algunas funciones ejecutivas y sumamente bajo en otras tantas. Le diagnosticaron TDAH. Jake quiso saber si le podían recetar algún medicamento para aquello. Por algún motivo, mi reacción fue quitarle aquella idea de la cabeza. No me parecía que tal diagnóstico explicara por qué a Jake le iban mal las cosas. Insistimos en que buscara un trabajo.
Al cabo de un mes, Bruce y yo asistimos a una sesión con el doctor Nolan y Jake.
—Algunos de mis pacientes —explicó el doctor Nolan— se han beneficiado mucho de terapias en entornos naturales con una empresa llamada Soltrails. En esta época del año, ofrecen programas individualizados en Nuevo México, ya que es el único sitio donde no está nevando.
Después describió los efectos positivos de aquella especie de intervención terapéutica al aire libre. A los participantes se les asignaba un asesor experto en naturaleza y, además, tenían sesiones con un terapeuta titulado. Recibían apoyo y orientación para examinar problemas personales y obstáculos en su camino, a la vez que también se divertían en un entorno natural. Al final de la terapia, los participantes se iban con una idea más clara sobre quiénes eran y quiénes querían ser.
—¿Cuánto tiempo dura el programa? —preguntó Bruce.
—Seis semanas, creo.
Jake se puso tenso al oír esto último.
Al observar su reacción, el doctor Nolan le dijo:
—Jake, ¿por qué no llamas a Soltrails y les preguntas todo lo que necesites saber?
Ya en casa, Jake hizo varias llamadas al director y conversó con él largo y tendido. Después, pasó algunos días dándole vueltas a lo de la terapia en plena naturaleza. Bruce y yo lo animamos con la esperanza de que fuera. Pero ¿y si al final no iba? Sentí una gran ansiedad. Todo padre camina por una línea fínísima entre mantenerse al margen y tomar decisiones en nombre de sus hijos adolescentes. ¿Acaso no es ese desafío el quid de la paternidad? ¿Cómo podemos saber cuándo tomar cartas en el asunto para mantener a nuestros hijos a salvo y cuándo permitirles la dignidad de elegir por ellos mismos? Tal como yo lo veía, Jake acababa de salirse del carril de la universidad, no parecía buscar trabajo y daba la impresión de estar perdido. Yo no entendía por qué. La intuición me decía que la introspección que iba a facilitarle aquel entorno natural volveríaa centrarlo, lo fortalecería y lo encarrilaría otra vez. Cuando Jake acabó aceptando ir cuatro semanas, en vez de las seis que se sugería, Bruce y yo nos sentimos aliviados y decidimos no insistir más. Nos dijo que él mismo decidiría sobre la marcha si se quedaba las otras dos semanas.
«La mejor manera de lograr que los adolescentes sean unos irresponsables y fracasen en la vida es poner demasiado empeño en asegurarse de que acaben así. Porque el mensaje que subyace tras tal insistencia es este: “Dudo que triunfes, así que mejor que esté yo ahí”. El adolescente acaba adaptándose a eso».
Foster Cline y Jim Fay,Parenting Teens with Love and Logic
Una semana antes de que Jake se marchara para empezar su terapia, Bruce se encontraba de viaje por motivos de trabajo y yo estaba dando vueltas en la cama a altas horas de la noche. Entre las ramas de nuestro magnolio gigante se colaban fuertes ráfagas de viento. La lluvia borboteaba al bajar por nuestras ruidosas cañerías.
Alea había llegado a las once y media, su hora límite, y estaba sana y salva en la cama. Yo también quería dormir, pero mi hijo aún no había vuelto a casa. ¿Dónde podría estar? En la oscuridad de la noche, intenté no ponerme en lo peor. La medianoche se fue igual que había llegado. Más viento. Lluvia intensa. Justo antes de la una de la madrugada, escuché la llave girar en la cerradura. Con un profundo suspiro de alivio, me acurruqué en la cama y esperé sus pisadas silenciosas por el recibidor y el clic de su puerta al cerrarse. Pero, en lugar de eso, Jake entró a zancadas en mi habitación y encendió la luz.
Me incorporé asustada.
—Mamá, tengo que contarte algo. —Su voz sonaba demasiado fuerte, demasiado amplificada—. ¡He tenido un accidente de coche!
Se me encogió el corazón. Por mi cabeza pasaron zumbando miles de preguntas.¿Dónde? ¿Estáis todos bien? ¿Por qué no has llamado?Claramente, la adrenalina seguía bombeándole por todo el cuerpo. Y aunque, por un instante, me pregunté si sería algo más que adrenalina, enseguida aparté aquel pensamiento.
—Wade, Logan y yo íbamos por la 101 a comprar helado… —¿En la autopista a las tantas de la madrugada para ir a por helado? ¿Con esta tormenta?—… y al conductor del coche que venía de frente no se le ocurre otra cosa que cambiar de carril, con esta lluvia y a más de cien kilómetros por hora. Total, que va y choca de frente contra el coche de Wade, y los dos coches empiezan a dar vueltas de campana.
—Ay, Dios mío —dije mientras la cabeza también me daba vueltas. Luego pensé: «Espera, ¿no se llamaba Wade el chico que le dio aquella hierba a Jake cuando estaban en el instituto?».
Jake prosiguió, a ratos exagerando y a ratos contando la verdad. Me confesó cómo dieron vueltas de campana por cuatro carriles, preparados para recibir los golpes de otros coches, y cómo él y sus colegas acabaron boca abajo, suspendidos de sus cinturones de seguridad.
—Aquello era surrealista, mamá. Como si el tiempo se hubiera detenido. Venga chirridos, venga vueltas, y luego todo se quedó en silencio. Yo no lograba desabrocharme elcinturón; y, cuando por fin lo conseguí, me caí de cabeza. Tuve que darle una patada a la puerta para salir.
—¿Pero estáis todos bien? —pregunté, entre incrédula y estupefacta.
—Sí, el poli dijo que nunca había visto dos coches boca arriba en la autopista sin que nadie acabara en el hospital. Saqué una foto con el móvil. Mira.
Me lo acercó para que la viera. ¿Cómo había tenido la sangre fría de sacar una foto? Las lágrimas afloraron en mis ojos mientras procesaba la información. El techo del coche de Wade estaba aplastado, destrozado en el barro. Pudieron haberse matado todos, peroestaban vivos.El corazón me latía con fuerza cuando me levanté de la cama y abracé a Jake.
—Dios mío, cariño, cuánto me alegro de que estéis todos bien —dije con lágrimas en los ojos.
—Yo también. Me voy a la cama. —Le dio al interruptor con el dedo para apagar la luz y se fue a su cuarto.
Me quedé como paralizada cuando me cerró la puerta, pero luego me colé entre las sábanas y me abracé las rodillas. ¿Por qué Jake no parecía estar alterado en absoluto? ¿Por qué no me había telefoneado desde el lugar del accidente? ¿Por qué solo llamaron al padre de Wade? ¿Por qué habían pasado las últimas dos horas en casa de aquel? Me debatía entre el agotamiento y la sospecha. ¿Estaba ocultándome algo Jake? Deseé que Bruce estuviera allí conmigo abrazándome muy fuerte.
«Lo importante es que está vivo», me dije. «Está vivo».No veía el momento de que Jake se fuera a aquella terapia. Ojalá encontrase su camino.
A la semana siguiente, Jake parecía más nervioso por tener que ir a la terapia que trastornado por haber rozado la muerte en la autopista. El primer día de marzo, se marchó por la mañana temprano y me llamó cuando hizo escala en Alburquerque.
—Mamá, tengo dos problemas serios.
Sin darme cuenta, cogí aire y lo mantuve.
—Han cancelado mi vuelo a Silver City y ahora no consigo encontrar mi permiso de conducir.
Respiración profunda.
—¿Qué ha pasado?
—¿Con el avión? Un problema mecánico o algo así.
Visualicé a alguien del programa de terapia esperando en vano en un minúsculo aeropuerto, con un cartel que llevaba escrito el nombre de mi hijo.
—¿Qué ha ocurrido con tu permiso?
—Lo llevaba conmigo cuando pasé por el control en San José, pero he rebuscado en todos los bolsillos y también en la mochila, y ahora no lo encuentro.
—Hablaré con la oficina de objetos perdidos del aeropuerto. Tendrás que suplicarle a la compañía aérea que te deje seguir sin él.
—Están mandando a todo el mundo en autobús a un hotel y mañana debo estar de vuelta en el aeropuerto a las cinco y media de la mañana.
—Uf, qué temprano. No olvides ponerte la alarma. Yo llamaré a Soltrails y les contaré lo sucedido.
Localicé su permiso. Debía de habérselo dejado en el control de seguridad. Me pasé la tarde sobrellevando la preocupación —un sentimiento que me resultaba cadavez más habitual— de que no se despertara a tiempo o que no le dejaran subirse al avión. Angustiada con lo que podía venir después, me fue imposible quedarme dormida. Milagrosamente, cuando los rayos de luz matutinos surcaban el cielo, me llamaron de Soltrails para decirme que Jake había llegado.
***
Lorri Hanna se encargaba de organizarlo todo en Soltrails. Ella era la psicoterapeuta que pasaba tiempo al aire libre con las personas inscritas y quien las ayudaba a procesar los asuntos dominantes en sus vidas. También era quien solicitaba a las familias que escribieran sentidas cartas a sus seres queridos, a quienes el equipo de Lorri enviaba al campamento con comida y otras provisiones. Nos animó a sincerarnos por escrito con mensajes de apoyo, con páginas llenas de nuestras alegrías, preocupaciones y frustraciones, de nuestro amor y tristeza.
A los pocos días, recibimos la primera carta de Jake, que Soltrails nos envió escaneada como documento adjunto.
[…] Nuestro primer campamento está a solocien metros de la camioneta, así que imaginoque empezaremos poco a poco. De momento,siento bastante ansiedad. No sé cómo voy a llenarlos días. Esto es preocupantemente tranquilo y
