Hijos de 1812 - Esteban Goti Bueno - E-Book

Hijos de 1812 E-Book

Esteban Goti Bueno

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Beschreibung

Esta obra pretende ofrecer una rápida visión introductoria de la historia liberal española y una exposición sintetizada de los aires liberales que se respiraban en Europa en la segunda mitad del siglo XX. El liberalismo español entre 1940 y 1980, supuso una ruptura con las luchas clásicas de los liberales de raíz decimonónica. La importancia de la política liberal debía discurrir en términos de sosiego y estabilidad. Las páginas que tienen en sus manos han querido ser testigo de la entrega que los liberales protagonizaron en la Transición española a la democracia.

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Seitenzahl: 968

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Esta editorial es miembro de la Unión de Editores Universitarias Españolas UNE, lo que garantiza la difusión y comercialización de sus publicaciones a nivel nacional e internacional.

 

Unión de Editoriales

Universitarias Españolas

www.une.es

 

© 2021Universidad Pontificia Comillas

C/ Universidad Comillas, 3

28049 Madrid

© 2021 Esteban Goti Bueno

 

ISBN: 978-84-8468-450-3

Depósito Legal: M-24847-2021

Diseño de cubierta: Belén Recio Godoy

Imagen de cubierta: Gracia Gómez-Cortázar Romero

Conversión ebook: Dolphin Tecnologías

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por las leyes, que establecen penas de prisión y multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeran total o parcialmente el texto de este libro por cualquier procedimiento electrónico o mecánico, incluso fotocopia, grabación magnética, óptica o informática, o cualquier sistema de almacenamiento de información o sistema de recuperación, sin permiso escrito de los propietarios del copyright.

Amada esposa, mi vida.

Amados hijos, mi vida entregada.

«Ya nos llaman a las armas

compañeros acudid,

y corramos sin demora

nuestro deber a cumplir:

¡a vencer o a morir!

Somos auxiliares

sin color ni grito,

somos defensores

de este pueblo invicto,

somos liberales

y derramaremos

toda nuestra sangre

por la Libertad.

Nunca cederemos

a leyes injustas;

no sucumbiremos

a la fuerza bruta,

sepan desde ahora

los que nos escuchan

que antes moriremos

por la Libertad.

Dios que nos protege,

Dios que nos atiende,

sabe que este pueblo

su gloria defiende.

Si su suerte aciaga

es morir luchando,

sépase que muere

por la Libertad.

Hemos jurado morir

antes que capitular;

si tomasen nuestros fuertes

¡fuego al parque…y a volar!»1.

1 Himno en honor de los voluntarios Auxiliares de Bilbao, activos en su defensa durante el sitio carlista de 1873-1874. La melodía fue compuesta en 1874 por Manuel Villar –auxiliar en el asedio–, y la letra corrió a cargo de Sabino Goicoechea. Referencias completas en R. Talasac, La sociedad “El Sitio”. Memoria de la desmemoria. Ed. Sociedad “El Sitio”, Bilbao, 2018. pp. 14, 51, 60, 115, 135, 175, 176, 192, 237, 279-280, 328, 362-363.

ÍNDICE

AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO, de Miguel Satrústegui

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1. LOS CIMIENTOS LIBERALES

1. LAS RIÑAS DECIMONÓNICAS

2. LA RESTAURACIÓN

2.1. El establecimiento del sistema canovista

2.2. La consolidación del bipartidismo en la Regencia de María Cristina

2.3. La inestabilidad política en el reinado de Alfonso XIII

CAPÍTULO 2. AQUELLOS LIBERALES EN BLANCO Y NEGRO

1. LA IRREPETIBLE FIGURA DE SAGASTA

2. LIBERALES ESPAÑOLES CON IDEAS PROPIAS

3. LIBERALES MÁS ALLÁ DE LAS FILAS DEL PARTIDO

4. EL PASO DEL TIEMPO Y LOS LEGADOS DE SALVADOR DE MADARIAGA Y GREGORIO MARAÑÓN

CAPÍTULO 3. LIBERALISMO Y ESPAÑA EN LA MADUREZ DEL SIGLO XX

1. LOS DISTINTOS LIBERALISMOS

2. Y MIENTRAS, EN ESPAÑA, FRANCO

CAPÍTULO 4. LIBERALES EN ESPAÑA: JOAQUÍN SATRÚSTEGUI Y SU ACCIÓN POLÍTICA

1. JOAQUÍN SATRÚSTEGUI Y EL LIBERALISMO MONÁRQUICO

1.1. La apuesta por la Monarquía de Don Juan de Borbón

1.2. Entre «Unión Española» y el IV Congreso del Movimiento Europeo de Múnich

2. JOAQUÍN SATRÚSTEGUI EN LA RECTA HACIA LA DEMOCRACIA, 1963-1977

3. JOAQUÍN SATRÚSTEGUI EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA DEMOCRACIA

CAPÍTULO 5. LOS DEMÓCRATAS DE JOAQUÍN GARRIGUES WALKER

1. EL PERFIL POLÍTICO DE JOAQUÍN GARRIGUES Y SU LIBERALISMO

2. VOLVIÓ EL PARTIDO DEMÓCRATA

3. EL LIDERAZGO DE JOAQUÍN GARRIGUES WALKER

4. EL VERBO DE JOAQUÍN

5. ENTRE LA ARENA POLÍTICA Y LA ACTIVIDAD INTELECTUAL

6. Y, JOAQUÍN GARRIGUES, SE FUE

CAPÍTULO 6. UN LIBERAL A LA IZQUIERDA: IGNACIO CAMUÑAS

1. IGNACIO CAMUÑAS Y EL PARTIDO DEMÓCRATA POPULAR (PDP)

2. LA IDEOLOGÍA LIBERAL DEL PDP

3. IGNACIO CAMUÑAS, CD Y UCD

CAPÍTULO 7. LOS LIBERALES DE ENRIQUE LARROQUE

1. ENRIQUE LARROQUE DE LA CRUZ, UN LIBERAL APASIONADO

2. EL PARTIDO LIBERAL DE ENRIQUE LARROQUE

3. LA ANDADURA DEL PARTIDO LIBERAL

EPÍLOGO

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

GALERÍA DE FOTOGRAFÍAS

AGRADECIMIENTOS

Dar las gracias es un protocolo inexcusable, pero, en este caso, es una honesta actitud que me brota de forma natural. Escribir un libro es un proceso muy complicado, por la propia esencia de la labor y por las implicaciones humanas que tiene. Es imposible no vincular este trabajo a las personas que más quiero: mi familia. La forja del hogar me ha acompañado desde la niñez hasta la edad adulta, gracias a mis padres, a mis tíos, hermana y abuelos. La casa en la que vivo se ha fundado sobre mi esposa Gracia y los hijos que hemos ido trayendo a este mundo, Ignacio, Jaime y Borja. Ellos son mi vida, ellos están en esta investigación.

¡Cuántos autores han escrito para que nosotros, los historiadores del tiempo presente, podamos elaborar nuestros estudios y trabajos! A todos ellos, humildemente, he de agradecer que mi aprendizaje haya ido en aumento con el paso de los años. La historia del liberalismo está haciéndose, y hemos de perseverar en ella. La razón es simple: las libertades concretas y cotidianas no están aseguradas, sino que responden al trabajo civilizado que, en su favor, estemos dispuestos a hacer. La propia libertad debe salvaguardarse de la manipulación y su uso espurio.

Durante y después del estudio de la bibliografía y la documentación, tuve el honor de entrevistar a diversas personas que habían tomado parte en el liberalismo español durante las décadas de 1960, 70 y 80, ya fuese a través de los partidos o los clubs liberales. El liberalismo de los años 80 será presentado en otro volumen, por ello, varias de las personalidades entrevistadas verán parcelado su testimonio, y otras serán incluidas en una próxima publicación. Doy sinceramente las gracias a Beatriz Garrigues Areilza, la primera en mostrarme los documentos de su padre, el irrepetible Joaquín Garrigues Walker. Mi más hondo agradecimiento a Miguel Satrústegui Gil-Delgado, que me abrió también la puerta al conocimiento de su padre, el extraordinario Joaquín Satrústegui, y que aceptó prologar esta obra. Gracias de todo corazón a Ignacio Camuñas Solís, Antonio Garrigues Walker, Bernardo Rabassa Asenjo, Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, Rafael O’Donnell Gallego, Enrique P. García-Agulló y Orduña, y a Manuel Jiménez Benítez. Espero y deseo poder prolongar esta lista en el curso de futuras indagaciones.

Muchas gracias al Archivo de la Universidad de Navarra, por facilitarme consultar sus fondos, cuyos contenidos aún me reservan gratas averiguaciones. Gracias sinceras a los clubs liberales y liberales en solitario, que han tomado parte en mi adquisición de una cultura histórica liberal que espero me acompañe toda la vida. Concretamente, quiero citar al Club Liberal 1812 de Cádiz, Club 1812 de Málaga, Club Nuevo Liberalismo Siglo XXI, y, por supuesto, a mi querida sociedad El Sitio de Bilbao, donde por vez primera conferencié sobre estos temas, y de cuya Junta soy vocal en la actualidad.

En mi actividad política, tuve la suerte de desarrollar los ideales de los liberales españoles que están referidos en este trabajo. Eso no hubiese sido posible sin el camino que me abrieron mis amigos Ángel Rodrigo, Amaya Fernández y Alfonso Alonso en el Partido Popular Vasco. Nunca podré olvidar lo que hemos compartido.

He querido siempre mantener la diferencia entre el historiador y el político, y, si alguna de estas dos condiciones se quisiera imponer, espero que sea la Historia la que nutra de verdad a la Política.

¡Qué duda cabe de que el liberalismo y la Iglesia Católica han vivido una relación difícil en el devenir histórico! Y, ¡qué complicado todo ello para un liberal católico! Sin embargo, el Papa Francisco ha hecho siempre hincapié en que el ser humano ha de estar en el centro de nuestras acciones. Ningún ámbito de la vida debe deshumanizarse, en definitiva. Lo cierto es que no he encontrado mejor unión entre el verdadero liberalismo y la fe cristiana que este cuidado de la persona. Ello me ha alentado a consolidar un liberalismo humanista, al igual que lo preconizaron tantos liberales pretéritos. En esta empresa, irá conmigo la creencia del doctor Gregorio Marañón acerca de la preeminencia que la bondad ha de tener sobre la inteligencia.

La Universidad Pontificia de Comillas ha querido que los esfuerzos de dar a luz este libro pasasen por su servicio editorial, y, sin esta decisión que tuvo a bien avalar mi buen amigo Emilio Sáenz-Francés, no tendrían en sus manos las páginas que siguen. Sólo tengo buenas palabras para Belén Recio, que desde el área editorial de la universidad me ha dado todas las facilidades. Gracias, desde lo más profundo de mi conciencia.

Perdón por cualquier injusto olvido que haya podido tener en estos agradecimientos, espero que lamentarlo de verdad sirva de reparación.

ESTEBAN GOTI BUENO

PRÓLOGO

DE MIGUEL SATRÚSTEGUI

El título Hijos de 1812. Liberales para una España en transición (1940-1980) expresa claramente que esta obra trata de un sujeto plural (hijos, liberales) y no de un individuo o de una organización. Que se ocupa en definitiva de una serie de personalidades. Y es que el autor ha estudiado la historia de una familia política, la liberal, especialmente desde el final de la Guerra Civil hasta la Transición, una familia que puede considerarse singularmente plural, si se excusa el oxímoron.

En otras palabras, tenemos aquí una historia política bien distinta a la de otras familias políticas coetáneas, como por ejemplo la socialista, a la que Santos Juliá dedicó en 1997 un importante libro sobre “Los socialistas en la política española”. El planteamiento de ambas historias no difiere por la extensión del período considerado –de 1879 a 1982, en el caso del libro de Santos Juliá– porque Esteban Goti también ha incluido dos capítulos que versan sobre la historia del liberalismo español desde el siglo XIX hasta la República y la Guerra Civil, aunque hay que reconocer que la función que cumplen estos capítulos es más bien propedéutica o introductoria de su investigación principal, sobre los liberales en la segunda parte del siglo pasado.

La principal diferencia de enfoque entre ambas historias deriva de la naturaleza del sujeto estudiado. En el primer caso, un partido político, el PSOE, con sus pugnas y divisiones internas, un partido con altos y bajos en cuanto a su importancia y significación, pero que ha perdurado a lo largo de ese periodo, incluso en la clandestinidad y en el exilio, hasta que resurgió con un protagonismo renovado en el escenario de la Transición.

Sin embargo, la historia que narra Esteban Goti carece de un sujeto colectivo dotado de semejante continuidad histórica, porque el Partido Liberal de la Restauración no sobrevivió al hundimiento de la monarquía constitucional en los años 20 del siglo pasado y aunque en la vida política de la República participaron personalidades destacadas de indudable significación liberal su acción no cuajó en un partido político específico, y la Guerra Civil y la dictadura de Franco se encargaron finalmente de impedir cualquier continuidad del liberalismo como formación política. Por eso, después de la guerra, la tradición liberal solo pudo encarnarse en personalidades del exilio y también de la disidencia interior más o menos manifiesta. Y hay que destacar –como lo hace el autor de esta obra– que, salvando la distancia de sus respectivas experiencias, al cabo de los años, los liberales exiliados y los del interior acabaron por confluir. En ese sentido no puede subrayarse bastante el papel histórico del Congreso del Movimiento Europeo celebrado en Múnich en 1962, el famoso “contubernio”, como lo calificó la propaganda franquista, porque aunque esa reunión desde luego no fue de signo exclusivamente liberal –ya que su valor distintivo provino de la participación de diversos partidos, corrientes y personalidades de la oposición que acordaron las condiciones generales para una transición pacífica hacia la democracia y para la incorporación de España al proceso de integración europea–, lo cierto es que en ella participaron destacadamente liberales tanto del exilio como del interior, como Salvador de Madariaga y Joaquín Satrústegui, entre otros.

Para interpretar el significado que los participantes en Múnich atribuyeron a esa reunión, nada mejor que extraer una cita de la alocución con la que Madariaga presentó el proyecto de resolución que allí se aprobó: “Yo os aseguro que en la Historia de España el Congreso de Múnich será un día singular y preclaro. La guerra civil comenzó en España el 18 de julio de 1936 […] terminó en Múnich anteayer, el 6 de junio de 1962 […]. Los que antaño escogimos la libertad perdiendo la tierra y los que escogieron la tierra perdiendo la libertad nos hemos reunido para otear un camino que nos lleve juntos a la tierra y a la libertad. Aquí estamos todos menos los totalitarios de ambos lados; […] la coincidencia de miras ha sido tal que, en el proceso de redacción de la resolución que voy a presentar a la asamblea, las dos veces que se discutió el texto, sirvió de base el que traían los españoles del interior”.

Por otra parte, hay que reseñar que para los liberales la reunión de Múnich no quedó en un episodio aislado. De hecho, a partir de entonces, Satrústegui estableció con Madariaga una relación política que con los años se fue reforzando, hasta el punto de que durante la Transición ambos promovieron, conjuntamente con otras personalidades, la creación de una formación de carácter liberal: el Partido Liberal Progresista.

Desde el punto de vista ideológico, la genealogía de estos liberales podría remontarse, en último término, al liberalismo español originario (y al momento fundacional de 1812), pero –como es lógico– las ideas que profesaban en la segunda parte del siglo XX estaban a la altura de los tiempos –que distaban del escenario histórico en que el liberalismo germinó– y venían sobre todo influidas por la orientación actualizada y progresista de la doctrina liberal que se había llevado a cabo especialmente en el ámbito anglosajón (Keynes, Beveridge) que reconocía junto al carácter indivisible de las libertades políticas y económicas la importancia de la función del Estado en el terreno económico a fin de garantizar una constante mejora de las condiciones laborales y los derechos sociales. Así lo proclamó en 1947 el Manifiesto de Oxford, de la Internacional Liberal, en cuya redacción tuvo una participación destacada Salvador de Madariaga. Además, hay que recordar los esfuerzos de renovación ideológica realizados en los años setenta por liberales como Enrique Larroque y Joaquín Garrigues.

En todo caso, el principal empeño de los liberales durante los largos años de la dictadura fue prioritariamente de carácter político: promover la reconciliación de los españoles a fin de recuperar las libertades y la democracia. Porque el régimen de Franco, autocalificado de nacional, excluía a media España y había secuestrado la voluntad de la nación. Sobre esas bases no podía haber una forma de gobierno legítima. Así lo proclamó Joaquín Satrústegui en 1959 en su discurso en el hotel Menfis de Madrid, por el que fue sancionado: “una guerra civil es una inmensa tragedia sobre la que no cabe fundar el porvenir”.

El empeño por superar la guerra civil y por la reconciliación de los españoles no fue desde luego exclusivo de los liberales. Porque parecida idea, aunque con distintos nombres y matices, sobre los que no cabe detenerse aquí, se aireaba desde los años cincuenta por el Gobierno republicano en el exilio, los comunistas o el núcleo de intelectuales que procedentes del falangismo habían roto con el régimen, entre otros sectores. Lo que fue característico de la posición de los liberales que formaban parte de ese “vínculo moral” que fue Unión Española, es la apuesta decidida por la monarquía constitucional representada desde el exilio por Don Juan de Borbón, para lograr la reconciliación y el restablecimiento de la soberanía nacional. Rechazaban el planteamiento de un referéndum previo sobre la opción monarquía o república, pero consideraban que la restauración de la monarquía no debía realizarse por el régimen de Franco (aunque era necesario que este facilitara la transición) sino que había de realizarse “de abajo a arriba”. La restauración en definitiva debería ser “obra de los españoles” y la legitimación de la monarquía democrática debía de proceder de una Constitución ratificada libremente por el pueblo. En este sentido, estos liberales pueden ser idealmente percibidos como “hijos del 12” y defensores de la soberanía nacional proclamada por primera vez en la constitución gaditana. Con una marcada diferencia, sin embargo, en cuanto a la posición de la Corona respecto de este fundamental planteamiento liberal que fue asumido por el rey en el exilio en su famoso Manifiesto de Lausana de 1945, en contraste con el desmentido y la traición que padecieron los liberales del 12 por parte de su rey.

Por otra parte, la liberación de la dictadura y la reconstrucción democrática del Estado no agotaban el proyecto de los liberales. Porque seguramente con la conciencia de los repetidos fracasos del Estado liberal en el siglo XX (viene a cuenta citar de nuevo al historiador Santos Juliá, que dedicó a esta cuestión un libro con el título afligido de “Demasiados retrocesos”) nuestros liberales defendieron también el proyecto de integración europea y la participación en el mismo de la España democrática, no solo como un medio para impulsar el desarrollo y la estabilidad económica, sino sobre todo para incorporarnos a un proyecto político supranacional que se proponía garantizar las libertades y el Estado de Derecho en el continente. En este sentido los liberales defendieron una soberanía compartida, una idea en la que coincidieron con otras fuerzas de la oposición democrática en el seno de la Asociación Española de Cooperación Europea y del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, aunque ese planteamiento desbordaba completamente el horizonte con el que la soberanía nacional fue proclamada en 1812. Por añadidura hay que tener en cuenta que Salvador de Madariaga participó en el Congreso del Movimiento Europeo de la Haya, en 1948 y que fue fundador del Colegio de Europa de Brujas en 1949, lo que simboliza de forma elocuente el temprano compromiso europeísta de los liberales españoles.

Los miembros de Unión Española –que asumieron con valor cívico las consecuencias desfavorables de su posicionamiento frente a la dictadura– se esforzaron por promover durante muchos años la causa de la monarquíademocrática y también por cooperar con distintos sectores de la oposición democrática contra el franquismo con una larga serie de iniciativas –muchas de las cuales se refieren en esta obra– y en las que persistieron, también después de la proclamación en 1969 de D. Juan Carlos como sucesor de Franco a título de rey, hasta que finalmente se despejó el escenario de la Transición.

Pero, a medida en que fue avanzando el proceso de la Transición, los liberales de distintas tendencias también intentaron reagruparse en coaliciones o agrupaciones con ese perfil ideológico, a fin de lograr una presencia pública eficaz en ese nuevo escenario político, más abierto, que se estaba conformando. De ese modo, en diciembre de 1976, y en representación de toda la familia política liberal, Satrústegui fue designado miembro de la conocida como “Comisión de los Nueve” que negoció con el Gobierno de Suarez las condiciones necesarias para asegurar que fueran verdaderamente libres y democráticas las elecciones generales convocadas para el 15 de junio de 1977. Después, la Alianza Liberal, que se había constituido en 1976 por los liberales que formaban parte de Unión Española, el Partido Liberal de Larroque y la Federación de Partidos Demócratas y Liberales, encabezada por Joaquín Garrigues, designó a Satrústegui como candidato al Senado por Madrid en esas primeras elecciones libres. La campaña a favor de su candidatura fue realizada conjuntamente con la de Villar Arregui (Democracia Cristiana) y Aguilar Navarro (PSOE), bajo el lema de “Senadores para la Democracia”, buscando el objetivo principal de garantizar un Senado que cooperara en el proceso constituyente. Satrústegui fue el senador más votado en Madrid y participó activamente en el Senado en debates fundamentales como el que trató sobre la amnistía –defendiendo en particular que alcanzara a los militares republicanos y a los de la Unión Militar Democrática para su completa reintegración en las fuerzas armadas– o el debate sobre el proyecto de Constitución –donde consiguió que fuera aprobada una enmienda que reconocía a Juan Carlos I como “legítimo heredero de la dinastía histórica”, a consecuencia de la renuncia a los derechos dinásticos que en su favor había realizado su padre, D. Juan de Borbón, el 14 de mayo de 1977, en vísperas de la elección a las Cortes Constituyentes-.

Pero el triunfo en la elección al Senado en Madrid no bastó para asegurar la continuidad de Alianza Liberal. Y es que el esfuerzo por organizar durante la Transición una coalición o un partido político específicamente liberales no contaba con suficiente respaldo desde el punto de vista organizativo (las agrupaciones liberales en los años setenta eran apenas partidos en estado naciente) ni con el apoyo difuso de una tradición popular de liberalismo político que se había interrumpido –como ya se ha dicho– desde la crisis de la monarquía constitucional en los años veinte (a diferencia de lo que ocurría en el caso del electorado socialista). Por eso la propia lógica de la competición electoral, sugería la conveniencia de que los liberales actuasen en el seno de proyectos políticos más amplios, de carácter centrista, que incluyeran además a conservadores, demócrata-cristianos, y socialdemócratas y finalmente también–como ocurrió en el caso de la UCD de Adolfo Suárez– a reformistas procedentes de las filas del franquismo.

Los dirigentes liberales resolvieron este dilema optando en unos casos –sobre todo durante los primeros momentos de la Transición– por preservar la identidad liberal, en un esfuerzo por mantener la mayor exigencia democrática por recelo de que los proyectos esbozados desde el poder restringieran el alcance del cambio político. Esto se tradujo, en la creación de distintos partidos liberales que, sin embargo, la mayoría de las veces terminaron disolviéndose, en fases ulteriores de la Transición, con incorporación de sus miembros a la UCD. Esos episodios están detalladamente narrados en esta obra, así como el papel importante que desempeñaron los liberales, en particular Joaquín Garrigues, en la propia UCD para apoyar sus opciones más progresistas, sin olvidar tampoco las tensiones que surgieron en el seno de ese partido centrista por su conglomerada definición ideológica.

Pero todo eso parece hoy relativamente secundario. Lo más relevante es la contribución que hicieron los liberales para la recuperación de la democracia en España y también que, a pesar de que en la Transición no triunfaran los partidos liberales, las ideas del liberalismo moderno y progresista permearon ese proceso histórico, como se refleja incluso en la Constitución. Esta aparente paradoja no es tal, porque como advirtió Guido de Ruggiero en su monumental “Historia del liberalismo europeo”, “el liberalismo y el partido liberal solo coinciden parcialmente”, ya que el espíritu liberal puede emigrar y manifestarse en otros partidos opuestos o concurrentes. Seguramente es lo que ha acabado por suceder en España, pero esa circunstancia no debe hacernos olvidar el mérito de quienes defendieron los valores liberales durante la dictadura y la Transición. Hay que agradecerle a Esteban Goti que haya estudiado y reivindicado la contribución a nuestra democracia de estos liberales españoles. Personalmente le estoy agradecido y me siento también honrado de que me haya invitado a prologar este libro, sin otra razón que el ser hijo de Joaquín Satrústegui.

Madrid, enero de 2021

INTRODUCCIÓN

Al pensar en la palabra liberal, sobreviene la llegada de una gran cantidad de conceptos; ideas preconcebidas, experiencias políticas o el propio acontecer histórico. Pero aplicando la humildad –que no es otra cosa que ser fieles a la verdad– quizá deberíamos concluir que los intentos de marcar un esto es, lo otro no, contienen una dosis de arrogancia que procuraremos dejar a un lado. Las definiciones, por más asentadas, aplaudidas y escritas que estén, no pueden impedir que sean revisadas con el tiempo, por la misma generación que las hace surgir o por una nueva. La soberbia es poco liberal. Ahora bien, nos asiste el derecho de intentar transmitir nuestras tesis, únicamente hemos de ser conscientes de que no serán definitivas para otros. Las cuestiones políticas, en definitiva, son problemáticas. Como estableció Isaiah Berlin «(...) la política ha seguido estando entremezclada con todas las demás formas de la investigación filosófica»1.

Por otro lado, desde nuestra perspectiva, concluimos que resulta enormemente difícil constatar qué ha sido realmente liberal a lo largo de la Historia. Tenemos que huir de la tentación de aferrarnos sólo a lo que nos sentenciarán los propios liberales, porque han vivido durante largo tiempo en los debates acerca de quiénes eran ortodoxos o heréticos en esta filosofía política. Asumamos la duda, también, como forma de avanzar en el conocimiento, pues la prudencia es mejor compañera que la febril arenga.

El primer momento en que el concepto liberal adquirió un sentido político, se dio en el proceso de las Cortes de Cádiz (1810-1812). Todo él se inauguró con el juramento de los diputados, en septiembre de 1810, de ser resolutos en la defensa de la integridad de la nación y la mejora de sus leyes2. Fueron liberales, porque quisieron luchar contra la dominación napoleónica y romper con el poder absoluto, con las decisiones de un tipo de Monarquía, cuya fuente de legitimidad era ella misma, por su sola existencia.

Para progresar en el estudio del liberalismo, más allá de lo que pretende este trabajo, habríamos de interrogarnos acerca de las coyunturas históricas, pensamientos de impronta o decisiones políticas que, en el tiempo anterior a las revoluciones del siglo XVIII, pudieran ser tildados de liberales. Ello exigiría de nosotros indagar en autores previos a los padres del liberalismo. Ya contamos con varias respuestas, pues aun cuando no era fácil la reivindicación de la libertad del individuo frente al poder en el Antiguo Régimen, se fueron abriendo paso autores e ideas que constituyeron focos de desarrollo del liberalismo.

Dedicamos un lugar destacado para los intelectuales de la Escuela de Salamanca. Fueron profesores universitarios –de Salamanca y Coímbra– que buscaron el renacer del pensamiento centrado en el ser humano, entre los siglos XV y XVII. Figuran en la historia de las ideas dominicos como Francisco de Vitoria (1483-1546), Domingo de Soto (1494-1560), y, por otro lado, jesuitas como Luis de Molina (1535-1600) o Francisco Suárez (1548-1617). Estos autores creían en el Derecho Natural como fuente de justicia. De este modo, clarificaban cuestiones tan importantes como considerar a todos los seres humanos libres desde su nacimiento, y no posesiones o bienes de otras personas. A este respecto, siempre entendieron a los nativos americanos como sujetos de Derecho, en toda su dignidad.

En el ámbito del citado Derecho Natural, introdujeron disquisiciones sobre la propiedad; fuese en lo corporal, el derecho a la vida, la propiedad material o la espiritual. Admitieron, por tanto, el derecho del ser humano a ser libre, en cuerpo y alma. Para los miembros de la Escuela de Salamanca, el Derecho Natural surgía, en efecto, de la naturaleza, y, puesto que todos los seres humanos compartían la misma condición natural, eran receptores de los mismos derechos. No fue poca cosa.

Entendieron que el poder era limitado, porque los gobernados eran los verdaderos ostentadores de la potestad que, con condiciones, delegaban en el príncipe, a quien correspondía ser sólo un administrador. Éste podía ser depuesto y desobedecido si no era justo, pues la justicia emanaba de la propia naturaleza. Tal y como establecía el jesuita Gabriel Vázquez (1549-1604), era un deber vivir de acuerdo con la justicia, pues ésta emanaba de la ley natural. Todas estas ideas no se quedaron en el ámbito ibérico, sino que dieron el salto a las universidades europeas de los siglos XVI yXVII, y bien pudiera aceptarse que fueron un estímulo para la historia del pensamiento liberal posterior.

Se debe dedicar más investigación a los autores de la Escuela de Salamanca, y confiamos en que sean protagonistas de futuras publicaciones. Es probable que, en ese viaje a los orígenes, hallemos más conocimiento acerca de los fundamentos del liberalismo. Éste se nos presenta como una fuente de problemas, y uno de ellos es la distinción entre la cáscara de las ideas y su fruto auténtico. Se hace complicado saber hasta dónde llega el protagonismo de esta filosofía política; si solo a establecer las reglas del juego, como son la democracia parlamentaria, la separación de poderes y los derechos individuales, o, además, contiene un significado exclusivo, más allá de los marcos políticos que se han asimilado en el mundo occidental.

En 1987, el Club Liberal 1812 de Cádiz y la Federación de Clubs Liberales, firmaron un manifiesto en el 175 aniversario de la Constitución gaditana. En ese documento se expresaba la duda que acabamos de plantear, porque, en efecto, parecía que toda la doctrina liberal estaba aceptada, que los asentados principios de la democracia occidental habían inutilizado, de hecho, la existencia del liberalismo como fuerza política independiente. Sin embargo, los clubs liberales no consideraron que el liberalismo estuviera amortizado en las formas del modelo de Estado. Aunque los patrones jurídicos y políticos proclamados por el liberalismo estén absorbidos por la mayoría de las fuerzas políticas, no todas ellas son garantía de los ideales liberales. Expresado de otra forma, en el espacio del sistema constitucional y democrático, pueden alzarse ideologías contrarias a la libertad particular de las personas y del conjunto de los ciudadanos.

¿Acaso no acceden al poder, partidos que son reticentes a las libertades individuales y colectivas? ¿No es el liberalismo, per se, quien inexorablemente abanderará siempre la democracia representativa y la libertad individual y pública ante el poder? Parece ser así con alta probabilidad. El liberalismo no renuncia a tenerse en cuenta a sí mismo como fuerza política, como entidad propia. Toda vez que se ha conseguido en Occidente el modelo de Estado liberal, el liberalismo lo sigue alimentando y salvaguardando con sus convicciones. En el caso de España, los liberales se han reivindicado a sí mismos manifestando, a través de los distintos partidos y clubs que formaron, que sus principios no son hieráticos, sino que se impregnan de las necesidades y exigencias de los tiempos. El liberal es también aquél que se pone en disposición de auto cuestionarse. El espíritu liberal permanece, pero los contenidos evolucionan. Si éstos son flexibles no es por frivolidad, sino por la asunción de los retos que plantea la sociedad en cada momento. En esto se empeñaron los protagonistas de este estudio, en actualizar los principios liberales con el mantenimiento de sus pilares imprescindibles.

¿Por qué esta obra quiere llamar a los liberales españoles del siglo XXHijos de 1812? Queremos expresar que, en el fondo, todo liberal en España es heredero de los doceañistas que dieron a luz la Constitución de Cádiz3. La España liberal echaría a andar desde entonces, acompañándole más o menos éxito, mayor o menor convulsión. Como hemos aseverado, fue en las Cortes de Cádiz cuando el término liberal trascendió su significado relativo a la generosidad y el desprendimiento, y pasó a tener un contenido político. Este concepto nuevo le dio un nombre a los movimientos revolucionarios de la Europa decimonónica, a fin de derribar viejos imperios y la doctrina del Congreso de Viena (1814-1815), intento de asentar el Antiguo Régimen absolutista4. Liberal ha sido un vocablo capaz de extenderse por todo el mundo, para significar la lucha a favor de las libertades civiles, el compromiso con la democracia parlamentaria y la puesta en marcha de un sistema económico que busque generar riqueza sin control arbitrario del poder. Además, el liberalismo no ha sido una ideología estática, sino capaz de ser debatida y tener escuelas. Las puertas abiertas del liberalismo pueden hallarse en palabras de George H. Sabine, «(...) no puede identificarse, naturalmente, con la ideología de ninguna clase social ni con ningún programa limitado de reforma política; puede decirse que es la culminación de toda la “tradición política Occidental” o “la forma secular de la civilización Occidental”»5.

En el campo económico y social, la abolición de las estructuras del Antiguo Régimen no supuso la llegada del Edén, sino que se dio la aparición de nuevos conflictos, como el surgimiento de una clase obrera a expensas de la ausencia de regulación laboral y al límite de su supervivencia. Consecuentemente, tanto en el caso español, como en el de otros países europeos, apareció la indignación ante el contexto material en el que se hallaban hombres, mujeres y niños, familias que no vivían como tales. Esto también fue considerado en el seno de los partidos liberales, dando lugar a un liberalismo renovado, consciente de la necesidad de incorporar a su discurso la solución a estos problemas. Son referencias ineludibles de esta reflexión liberal, los británicos Thomas Hill Green (1836-1882) y Leonard Trelawney Hobhouse (1864-1929), entre los siglos XIX y XX. Estos autores añadieron a las banderas de individuo y libertad, la de sociedad. Junto a ellos, hemos de destacar la labor política de primeros ministros como Lloyd George (1863-1945).

En la década de 1940, William Henry Beveridge (1879-1963) fue el artífice de los planes de asistencia social y de ocupación plena en Gran Bretaña, orientados al tiempo posterior a la II Guerra Mundial. Desde su perspectiva, la economía para la guerra total no podía mantenerse en tiempo de paz, y esta época subsiguiente exigía medidas que hicieran digna la vida de los ciudadanos. Aunque Beveridge fue un economista afiliado al Partido Liberal, sus proyectos de posguerra fueron adoptado por el gobierno laborista de Clement Atlee, a partir de 1945.

Los liberales españoles, durante la consolidación del Partido Liberal a fines del siglo XIX, también incluyeron las cuestiones sociales entre sus aspiraciones. Hemos incluido una rápida panorámica del liberalismo español a caballo entre el ocaso de aquella centuria y los comienzos de la del XX. Aunque el Partido Conservador de Cánovas del Castillo tuvo una raíz liberal, se ha decidido centrar nuestro interés en el partido que llegó a consolidar Práxedes Mateo Sagasta, plenamente identificable con el liberalismo. Con posterioridad a los traumas que sufrió España en las primeras décadas del pasado siglo XX, los liberales activos en su segunda mitad, se hicieron eco de los retos necesarios para consolidar una democracia completa. Quisieron ser liberales, pero también aterrizar la democracia en el país. Tanto para el proyecto liberal, como para el afianzamiento del sistema democrático, el liberalismo español, al unísono con el europeo, tomó un cariz social que pretendía enarbolar las libertades no sólo en el plano formal, sino también en el práctico. Así se explica que hayamos atendido con interés al contexto del liberalismo en la Europa occidental, con su intrínseca variedad de matices. Es a estos liberales insustituibles a quienes se dedica principalmente este estudio, sobre todo a los españoles, por su compromiso con la filosofía policía de la libertad y la entrega a su modernización. Son merecedores de ser reconocidos como políticos involucrados en tiempos de profundo y difícil cambio.

Ser liberal en una España en transición, responde al hecho de haber querido ser eco de las libertades fundamentales en esos momentos vitales de la historia de España, desde el fin de la guerra civil hasta la democracia actual, pasando por la dictadura de Franco. Este trabajo, al margen de sus méritos y lagunas, se ha revelado como la ocasión de comprender la gran aportación que los liberales españoles hicieron a la consecución del sistema democrático. El papel de estos liberales en una España de transición, lleva los nombres de importantes líderes intelectuales y políticos, como Salvador de Madariaga, Gregorio Marañón, Joaquín Satrústegui, Enrique Larroque, Joaquín Garrigues Walker o Ignacio Camuñas, entre otros. El carácter transitivo que hemos dado a esta historia liberal de España, se relaciona con las distintas etapas que vivió el país bajo el régimen franquista, tomando fuerza definitiva en la década de 1970.

Además de los partidos liberales que surgieron en esta última fase, han sido los clubs de esta inspiración ideológica, los que de manera continuada han llevado adelante el espíritu liberal hasta el presente. Es más, son los que han mantenido el ideal liberal, cuando desaparecieron la mayor parte de los partidos de esta significación. Los clubs existen por sí mismos, no como sustitutos de los partidos, su vocación es diferente. Si se quiere, han sido instituciones más liberales que los partidos que llevaban dicho calificativo, en tanto que nunca han vivido desunidos en virtud de un certificado de calidad liberal, al contrario, han aglutinado un capital humano entroncado con la libertad de discusión y la incorporación de iniciativas. Los clubs ven con claridad que su presencia no empieza ni termina con la existencia de partidos que pudieran llamarse liberales.

Hagamos una confesión: éste es un estudio inacabado. Acogemos indispensable seguir abundando en el pensamiento y trayectoria de los liberales que hubo en España desde 1980 en adelante. Las páginas de este volumen no son sino la primera parte de una investigación que nos habrá de llevar aún mucho esfuerzo. Queda, por tanto, un gran trabajo al que nos sentimos comprometidos, y, por ello, dedicaremos nuestra futura labor a terminar felizmente lo que hoy puede leerse aquí.

Durante el periodo conocido en España como la Transición, los partidos liberales y sus coaliciones electorales, tuvieron un denominador común: la vocación política. Los dirigentes de estos partidos fueron excelentes profesionales en sus respectivos campos. Lo que los animó a participar en la vida de la Polis, no fue la ambición personal o el acomodo a un modus vivendi, sino la dedicación personal y material al servicio de la sociedad española. Los liberales de la historia reciente de España afrontaron personalmente costes económicos para abrirle espacio a la libertad y la democracia, tal cual las disfrutaban en los países del entorno europeo.

Nos queda una justificación que dar. El tratamiento cuantitativo que hemos concedido a los liberales españoles aquí estudiados, ha sido diferente. No hemos podido equiparar sus biografías políticas, porque fueron distintas y sucedieron en dispares momentos. Los capítulos dedicados a Joaquín Satrústegui y a Joaquín Garrigues Walker destacan por ser los más amplios. Tengamos en cuenta, por ejemplo, que Satrústegui, como monárquico y liberal, fue infatigable desde la década de 1950 hasta su muerte en 1992. Garrigues, por su parte, aglutinó cerca de él la colaboración de buena parte de la joven generación liberal española, contribuyendo ésta con actividades políticas e intelectuales. Otros líderes como Ignacio Camuñas al frente del Partido Demócrata Popular y Enrique Larroque a la cabeza del Partido Liberal, se hicieron presentes de manera muy meritoria, contando con menor influencia que la Unión Española de Satrústegui o la Federación de Partidos Demócratas y Liberales de Garrigues.

Este libro, probablemente, nunca hubiera tenido lugar sin un reencuentro fundamental. En los años universitarios tuvimos la ocasión de estudiar la obra de Juan Marichal, El secreto de España. Ensayos de historia intelectual y política6. Con todo, no fue entonces cuando sobrevino todo lo que aquel ensayo tenía reservado para nuestros intereses. Al cabo de los años, al calor de un inidentificable interés, volvió la lectura de sus páginas. Nos topamos de nuevo con la descripción de un liberalismo que previamente no había sido suficientemente considerado. Se trataba del énfasis en una filosofía política que aunaba libertad y Estado; parecía llegar a solucionarse el gran dilema entre el ejercicio de la libertad y la intervención del poder público en aras de la solidaridad. Y lo hacía apuntando al ejemplo de los anteriormente mencionados Hill Green, Hobhouse o el propio Miguel de Unamuno. La obra de Marichal apoyaba lo que, por otra parte, nos mostraba E. Inman Fox en su trabajo acerca de los intelectuales de fines del siglo XIX. Éste incluía un capítulo dedicado a las cartas inéditas de Ramiro de Maeztu a José Ortega y Gasset entre 1908 y 1915. Lo titulaba Sobre el liberalismo socialista7. Todo ello parecía anunciar un desafío, una nueva aventura para el saludable hábito de pensar e investigar. ¿Podía constatarse en la historia reciente de España la presencia de un liberalismo democrático y de contenido social? ¿Habían surgido líderes liberales con un renovado mensaje? Éstas eran las preguntas que señalaban la labor.

Así, comenzó un viaje que aún no podemos delimitar en el futuro. Por ahora, sólo es posible mostrar una parte de él. No hay nada finalizado. Posiblemente, lo que sigue a continuación aclarará varios interrogantes, pero confiamos en que consiga dejar en nosotros ecuaciones sin resolver, para que nunca nos sintamos satisfechos.

Esteban Goti Bueno, 2020-2021. Una época difícil.

1 I. BERLIN, Cuatro ensayos sobre la libertad. Alianza Editorial, Madrid, 1993, p. 189. En relación a la dificultad de la acción política, y vinculado a lo específico de un estudio sobre liberalismo, tomemos en cuenta el reto que se propuso Henry George en el Prefacio a la cuarta edición en lengua inglesa de su célebre obra Progreso y Miseria: «Lo que yo he hecho en este libro, si he resuelto acertadamente el gran problema cuya investigación me propuse, es unir la verdad percibida por la escuela de Smith y de Ricardo con la percibida por la escuela de Proudhon y de Lassalle; probar que el laissez faire (en su pleno y verdadero significado) franquea el camino a una realización de los nobles sueños del socialismo; identificar la ley social con la ley moral, y refutar ideas que en muchos espíritus oscurecen grandes y elevadas percepciones». H. GEORGE, Progreso y Miseria. Indagación acerca de la causa de las crisis económicas y del aumento de la pobreza con el aumento de la riqueza. El remedio. Ed. Fomento de Cultura, Valencia, 1963. La obra se publicó en 1879.

2 F. GARCÍA DE CORTÁZAR, Biografía de España. Ed. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 1998, p. 272.

3 Por ser doceañista, se conecta con la tradición política de las libertades civiles. El profesor Martínez Val, alude a Luis Rodríguez Aranda, quien, en su estudio preliminar sobre el Segundo Tratado del Gobierno Civil de John Locke, señalaba como evidente la influencia de éste en la Constitución de 1812. J. M. MARTÍNEZ VAL, Historia del pensamiento político, económico, social. vol. 2. Ed. Bosch, Barcelona, 1975.

Nos parece interesante el concepto de Locke sobre el origen de la libertad, que nos ofrece José María Lassalle en su obra Liberales. Locke entendía como fuente de toda libertad, la suspensión de la voluntad, con el fin de poder juzgar la bondad o maldad de lo que se desea. Esta perspectiva es importante para el estudio que aquí presentamos, pues si algo caracterizó a los liberales españoles de los años 1970, fue la capacidad de reflexionar y ofrecer alternativas ante la realidad contemporánea.

4 He matizado la expresión Antiguo Régimen, con la palabra absolutista, pues el absolutismo sólo fue la forma que adoptó el Antiguo Régimen en su última etapa, el siglo XVIII. En Francia, Luis XIV adelantó este comportamiento político al siglo XVII. Los movimientos tradicionalistas, como el carlismo, lucharon por reinstaurar el Antiguo Régimen puro, aquél que llevaba al Rey a la observación y sustento del cuerpo de leyes que le precedían.

5 G. H. SABINE, Historia de la teoría política. Ed. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1995, pp. 551-552.

6 J. MARICHAL, El secreto de España. Ensayos de historia intelectual y política. Ed. Taurus, Madrid, 1995.

7 E. INMAN FOX, Ideología y política en las letras de fin de siglo (1898). Ed. Espasa Calpe, Madrid, 1988, p. 331.

CAPÍTULO 1

LOS CIMIENTOS LIBERALES

La historia del liberalismo en España siempre ha sido tormentosa, el siglo XIX es testigo de ello. Durante toda la centuria, los liberales se distinguieron con diversos aspectos, y cada facción aspiraba al Gobierno y a conformar su propia constitución.

1. LAS RIÑAS DECIMONÓNICAS

La tormenta fue larga. Tras los años del absolutismo fernandino, se sucedieron las pugnas entre liberales moderados y progresistas8. Se trata de un tiempo que transcurrió entre 1833 y 1868. Cada uno de estos partidos deseaba llegar al poder, prescindiendo del método electoral, y una vez en el Consejo de Ministros, buscaban establecer sus propios modelos de constitución. Como es sabido, las principales diferencias entre liberales moderados y progresistas fueron, sobre todo, el tipo de soberanía; nacional (progresistas) o compartida con el monarca (moderados). Por otro lado, era diferenciador de ambos partidos, el número de ciudadanos aptos para ejercer el derecho al voto. Aunque ambos grupos defendían el sufragio censitario, los liberales progresistas estaban dispuestos a permitir una mayor participación. En cualquier caso, los procesos electorales nunca estuvieron pensados para una medida amplia de la ciudadanía.

Desde otro punto de atención, la confesionalidad del Estado marcó también diferencias entre los dos partidos liberales, ya que los moderados eran partidarios de establecer la religión católica como el credo oficial de España, mientras que los progresistas o exaltados, se mostraron, en general, partidarios de la libertad de cultos. En sus estancias en el Gobierno, los exaltados, llevaron a cabo medidas contra las propiedades de la Iglesia, como, por ejemplo, las desamortizaciones de sus tierras9. Por supuesto, hubo otras diferencias entre progresistas y moderados, y en ese sentido cabe mencionar el modo de elección de alcaldes. Los moderados, sustento básico de la monarquía de Isabel II, eran partidarios de la elección de alcaldes por parte de la Corona, mientras que los progresistas defendían la elección vecinal. El reinado de Isabel II estuvo marcado por estas divisiones y los correspondientes pronunciamientos militares, de los cuales, sólo el de 1854 en Vicálvaro, le forzó a llamar a Espartero, liberal progresista, para formar Gobierno. Poco duró la experiencia, dado que las políticas del veterano espadón, originaron revueltas obreras y campesinas. Espartero, al igual que una década anterior, tuvo que abandonar el poder. Con el ascenso al Consejo de Ministros de Leopoldo O’Donnell, la política española se templó, y las aguas isabelinas volvieron a su cauce. Cuando el proyecto de O’Donnell se desgastó, Ramón María Narváez volvió a ser presidente de Gobierno. Éste fue el gran valedor de Isabel II y cabeza visible de la política moderada en España.

La experiencia revolucionaria de 1868, la Revolución Gloriosa, además de expulsar del país a su Reina, puso de manifiesto el primer intento de democratización del sistema político español, y, por consiguiente, la exposición electoral de la pluralidad de partidos que había en España. Así, además de progresistas y moderados-isabelinos, alcanzaron representación parlamentaria, demócratas, unionistas de O’Donnell, republicanos y carlistas. Fue una revolución que, tras venir de un pronunciamiento militar, estaba dispuesta a asentarse sobre la práctica democrática.

Ciertamente, la experiencia no fue estable ni duradera; desde las Cortes constituyentes de 1869 se palpaba la tensión a la hora de acordar el modelo de Jefatura del Estado. Los debates entre los republicanos y los partidarios de mantener el régimen monárquico, obviamente sin Isabel II, fueron arduos. Finalmente, la decisión se inclinó del lado de estos últimos, y así, Amadeo de Saboya fue proclamado Rey de España. El hecho de pertenecer a la dinastía que había llevado a cabo la unidad de Italia, con aire constitucional, junto con el hecho de haber sido rival de la Iglesia por la adhesión de sus Estados a la nueva Italia unificada, le convirtió en el candidato ideal para una España que deseaba democratizarse. Poco duró la experiencia saboyana, pues el rey Amadeo I sólo tenía un apoyo claro y definitivo, el de su presidente de Gobierno, Juan Prim. Éste fue asesinado. Además de este hecho, la existencia de una nueva guerra carlista (1872-1876), la persistencia de los republicanos y la sublevación cubana, entre otros acontecimientos, hicieron que Amadeo de Saboya abdicase del trono10.

El siglo XIX había avanzado, y la cuestión liberal se había distribuido en varios puntos de interés político, como, por ejemplo, la forma del Estado, la amplitud del sufragio, o bien, la centralidad o la federación de los territorios de España. Todo ello queda perfectamente reflejado en este periodo revolucionario, que comienza en 1868 y termina en 1874, tras el derrumbe de la I República. Soberanía, sufragio, constitución o forma del Estado, fueron disputas entre demócratas del sufragio universal y liberales del sufragio censitario; entre republicanos y monárquicos, y entre republicanos defensores de un sistema federal o centralista. La I República fue un segmento de tiempo breve pero tremendamente intenso. Llega como consecuencia del abandono del poder por parte del monarca saboyano, y finaliza como consecuencia de un golpe de mano militar. Esta primera experiencia republicana tuvo cuatro presidentes, ninguno de sus mandatos estuvo exento de problemas, en especial, el movimiento cantonalista y la Segunda11 Guerra Carlista (1872-1876). Precisamente, esos cuatro presidentes son un ejemplo de la pluralidad política a la que se ha hecho referencia; prácticamente cada uno de ellos representaba una familia republicana, y todos ellos a la vez, comparten los ideales liberales de soberanía, sufragio y constitución. Quizá sean adecuadas las siguientes líneas, parte del contenido de una circular del Ministerio de la Gobernación, en 1873, como consecuencia del advenimiento de la I República. No se trataba sólo de republicanismo, sino de espíritu liberal:

«ORDEN, LIBERTAD y JUSTICIA: Este es el lema de la República. Se contrariarían sus fines si no se respetara y se hiciera respetar el derecho de todos los ciudadanos, no se corrigieran con mano firme todos los abusos y no se doblegará al saludable eje de la Ley en todos los terrenos. Se le contrariaría también, si no se dejara amplia y absoluta libertad y absoluta libertad a las manifestaciones del pensamiento y de la conciencia; si se violara el más pequeño de los derechos consignados en el Título I de la Constitución de 1869(...) Conviene no olvidar que la insurrección deja de ser un derecho, desde el momento en que, universal el sufragio, sin condiciones la libertad, y sin el límite de la autoridad real la soberanía del pueblo, toda idea puede difundirse y realizarse sin necesidad de apelar al bárbaro recurso de las armas(...)»12

Al cabo del tiempo, en enero de 1874, el golpe militar del general Pavía introdujo en España el corto periodo de la República autoritaria, que regirá Serrano hasta el pronunciamiento de diciembre, en Sagunto, de Martínez Campos. Con ello, se proclamaba a Alfonso de Borbón, el hijo de Isabel II, Rey de España. Daba comienzo así el tiempo de la Restauración.

2. LA RESTAURACIÓN

El periodo de la Restauración puede explicarse mediante la existencia de tres fases internas. Para un sucinto análisis del liberalismo en esta época, he creído oportuno establecer tres etapas: el establecimiento del sistema canovista en los años del reinado de Alfonso XII; la Regencia de María Cristina y la consolidación del sistema bipartidista; y, por último, la inestabilidad política del reinado de Alfonso XIII.

2.1. El establecimiento del sistema canovista

Los planes de Antonio Cánovas del Castillo (1828-1897) para la entronización de Alfonso de Borbón eran poco habituales en aquel momento histórico, ya que Cánovas esperaba que el desgaste de la República trajera consigo la recuperación de la Monarquía, en la persona del heredero de Isabel II. Sin embargo, el uso recurrente del pronunciamiento apareció como broche final de la I República. El general Martínez Campos proclamó a Alfonso como Rey en Sagunto. Cánovas lo asume viendo desbaratada su estrategia de presentar al monarca en medio de la descomposición de la República. En cambio, se volvía, una vez más en la historia de España, a la intervención militar. Eso sí, sería la última vez en el siglo XIX, pues dentro de la historia del liberalismo español, la Restauración significó una estabilidad sin precedentes. El propio Cánovas lo calificó como un sistema completamente nuevo13. Cánovas tenía, ya en 1875, una dilatada vida política en el liberalismo español. Quizá, una de sus aportaciones más célebres fuese la redacción del Manifiesto delManzanares, hecho público el 7 de julio de 1854. Este documento forma parte de la Vicalvarada, el pronunciamiento de Leopoldo O’Donnell en Vicálvaro, en ese mismo año, y, por el cual, se forzaba a Isabel II a cambiar el Gobierno de los sempiternos moderados, por una alternativa progresista. Este pronunciamiento daría lugar al periodo conocido como Bienio Progresista. Con todo, la obra política de Cánovas llegaría en los años de la Restauración, en el momento en el que diseña un sistema político y constitucional que buscó, por un lado, evitar la presencia del ejército14 en la vida política española, y, por el otro, la estabilidad en el acceso de los partidos políticos al Gobierno de la Monarquía.

Para conseguir este objetivo, sin experiencia en la historia de la España, eran necesarios, en primer lugar, una nueva constitución, y, seguidamente, unos partidos políticos sin tentaciones de alcanzar el poder por medio de las armas. La Constitución de 1876 vino a implantar un marco jurídico basado en la soberanía compartida entre el Rey y las Cortes, un parlamento bicameral, un sufragio censitario que mutó hacia uno universal y masculino desde 1890, y, la proclamación de la religión católica como la oficial del Estado, permitiendo el culto de otras, siempre y cuando respetaran la católica. La cuestión de los partidos políticos necesitaba una gran solidez, por ello, se llegaron a formar dos grandes organizaciones: de un lado, el Partido Liberal-Conservador, dirigido por el propio Cánovas del Castillo desde 1874, y, de otro, el Partido Liberal –de signo progresista–, cuya cabeza fue Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), a partir de 1880. En definitiva, era la articulación formal y sosegada de los veteranos moderados y progresistas. Antonio Cánovas encontró en Sagasta a un hombre proclive a aceptar las nuevas normas de juego. Su talante contenía transigencia y comprensión, la igual que el líder conservador15. Estos dos partidos, para ser perdurables en el tiempo, debían convertirse en aglutinadores de una considerable cantidad de tendencias políticas dentro de sí. Así, por tanto, el Partido Liberal-Conservador, o simplemente Partido Conservador, fundado en el momento de la Restauración de la Monarquía, comprendió a la familia liberal moderada, a miembros de la antigua Unión Liberal16 de O’Donnell y a monárquicos alfonsinos, entre otros. Por su parte, el Partido Liberal, fue la formación política que pretendía recoger a la mayor parte del liberalismo progresista, en sentido amplio, incluyendo a los posibilistas de tendencias democráticas, e incluso a los republicanos de Castelar. Por ello, además del liberalismo que representaba Sagasta, se incluyó también el Partido Constitucional del general Serrano, así como los radicales de Ruiz Zorrilla.

Este sistema precisaba aún más que la mera existencia de partidos grandes, llamados dinásticos; era absolutamente necesario que se cambiase la tradición española de imponerse en el Gobierno por medio del pronunciamiento militar, siguiendo por la tendencia a teñir del color del partido ascendente, toda la política nacional y las constituciones. Es aquí, para detener esa dinámica, donde Cánovas quiso pactar un turno pacífico entre los dos partidos dinásticos. Gobernarían los dos, apoyados por un sistema electoral que garantizaría el cambio en el Ejecutivo. Esta garantía vendría dada por la acción de los gobernadores civiles, que darían instrucciones a los caciques locales para que “orientasen” el voto en los municipios, según fuese el tiempo de gobernar de los conservadores o los liberales.

2.2. La consolidación del bipartidismo en la Regencia de María Cristina

El joven Alfonso XII murió en 1885, y, bajo su reinado, se habían dado los primeros pasos del sistema canovista. Tras el fallecimiento del Rey, asumió las responsabilidades de la Corona, la Regente María Cristina de Habsburgo-Lorena; madre del futuro rey Alfonso XIII. La segunda esposa de Alfonso XII consiguió ser, no sólo la madre de un monarca, sino la garante de todo un modelo político que encontró en ella, una estadista consciente de lo que significaba su posición. La vida política, según el sistema canovista, siguió desarrollándose bajo su Regencia.

Desde que en 1880 se fundara el Partido Liberal, tras años de consolidación paulatina, el liderazgo de este grupo estuvo en Práxedes Mateo Sagasta. Es importante destacar al historiador Carlos Dardé, como uno de los mayores expertos en la figura política de Sagasta, y como un magnifico conocedor del periodo de la Restauración. Sus obras son altamente inspiradoras, para quien quiera seguir la pista de los partidos políticos y sus líderes en ese tiempo histórico. A su juicio, Sagasta bien merece la consideración que de él hizo el Conde de Romanones al llamarle «el político». Rescatemos aquí una reflexión que Dardé hace de Sagasta:

«El caso de Sagasta resulta extraordinario, máxime considerando que se trató de un político civil y de izquierda que actuó habitualmente en sistemas con elecciones, con el Parlamento abierto, y con un amplio margen de libertades, incluida la de prensa. Es verdad que perteneció a una generación política que tuvo una importante presencia durante casi medio siglo: los Cánovas, Castelar, Ruiz Zorrilla, Pi y Margall, Martos, Alonso Martínez…que se dieron a conocer hacia 1854 y desaparecieron en torno al cambio del siglo XIX al XX, pero Sagasta los superó a todos, si no por la trascendencia de su labor política –Cánovas tiene en esto la preeminencia–, sí por el tiempo que ocupó cargos públicos y por la versatilidad demostrada al desempeñarlos en regímenes de distinto tipo»17.

Cabe enfatizar aún más lo que aquí se refiere, ya que, sin la figura de Sagasta, el modelo que pretendía Cánovas no se habría sostenido en pie. La Restauración no podía funcionar, tal y como fue proyectada, sólo con la concurrencia de la tradición liberal moderada y monárquica. Era absolutamente necesario que existiese una fuerza política que representase el sufragio universal, la democratización de la vida política española y la audacia de ampliar las libertades civiles. Con ambos partidos, Conservador y Liberal, uno actuaría como compensación del otro, para evitar la identificación de la Constitución y el Gobierno con un solo color político. Práxedes Mateo Sagasta fue, en este sentido, el hombre que tomó el reto de hacer posible esa fuerza política diferenciada del Partido Conservador. España parecía estable, se asemejaba en las formas al parlamentarismo británico, que pivotaba sobre dos partidos de igual nombre que los españoles. El caso español, no obstante, contaba con la inestimable ayuda de la red de gobernadores civiles y caciques, más que con los sufragios, para sostener la alternancia política de liberales y conservadores. El turnismo en el Gobierno descansaba sobre el fraude electoral, el clientelismo y la corrupción18.

El periodo que comprende la Regencia de María Cristina tiene grabados los nombres de Cánovas y Sagasta. Este último sobrevivió a aquél, puesto que Cánovas fue asesinado en el balneario de Santa Águeda, Mondragón (Guipúzcoa), en 1897, a manos del anarquista italiano Michele Angiolillo. Sagasta era la figura clave de la permanencia del sistema de la Restauración. Este riojano, ingeniero de caminos, sucedió a turnos en el cargo de presidente del Gobierno hasta momentos antes de su muerte, en 1903. Desde el fallecimiento de Cánovas, Sagasta compartió el bipartidismo con Francisco Silvela (1843-1905), que sobrevivió tan sólo dos años al célebre Sagasta.

Esta segunda etapa de la Restauración es altamente significativa, en primer lugar, porque España experimentó una estabilidad política desconocida hasta el momento, y, en segundo término, porque el país fue capaz de mantener esa calma en unas circunstancias críticas: la abolición de la foralidad de los territorios vascos en 1876 –coincidiendo con la derrota de las tropas carlistas–, el asesinato de Cánovas del Castillo (1897) y la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas (1898). Sin caer en la historia-ficción, puede indicarse que estos sucesos habrían alterado sustancialmente la política española en el periodo que transcurrió desde 1833 a 1875. Sin embargo, el diseño canovista del turno pacífico, una Constitución que se asumió el sufragio universal masculino, así como la aparición en libertad de nuevas opciones políticas, hicieron posible que la vida pública española no reventara en una nueva revolución o un pronunciamiento militar. La España de la Restauración resistía con los pilares de los partidos Conservador y Liberal, pero la vida social experimentaba cambios que daban a luz nuevos partidos políticos e ideologías que deseaban canalizar anhelos y carencias vitales. Así, aparecía en 1879 el PSOE y el sindicato UGT en 1888. En otra dimensión ideológica, el anarquismo se manifestó, sobre todo, en el mundo rural y en la industria catalana. En el plano de los nacionalismos, Sabino Arana fundó el PNV en 1895; el catalanismo encontró en Enric Prat de la Riba a uno de sus primeros activos al fundar, en 1891, Unió Catalanista, y en 1901 cofundó la Lliga Regionalista. El galleguismo, por su parte, estuvo reflejado en la Asociación Regionalista Gallega (1890), de Manuel Murguía y Alfredo Brañas.

Los liberales de Sagasta centraban su política en el intento de llevar al sistema canovista la llama de 1869, año de la Constitución que oficializaba la Revolución Gloriosa, que había tenido lugar un año antes, en 1868. Así lo expresa con gran solidez Ramón Villares:

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