Hijos de Ben-Hur - Fernando Lillo - E-Book

Hijos de Ben-Hur E-Book

Fernando Lillo

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Siguiendo el estilo de su libro Gladiadores: mito y realidad (Evohé, 2011), Fernando Lillo nos introduce esta vez en el fascinante y poco conocido mundo de las carreras del circo de Roma y Bizancio. Conoceremos los entresijos de las cuadras encargadas de la organización de las carreras y nos convertiremos en consumados aurigas. Contemplaremos la grandeza del Circo Máximo y, acomodados en las gradas, viviremos la emoción de las competiciones de un día cualquiera. Compartiremos la pasión de los aficionados más entregados que hacía que los motivos circenses se vieran en mosaicos, pinturas, cerámicas y lámparas de aceite con el deseo de recordar a sus ídolos y de atraer a su hogar la buena suerte del auriga vencedor. Tendremos oportunidad de conocer a estrellas del espectáculo, como el lusitano Diocles, o asombrarnos con las locuras de los distintos emperadores, como Calígula, que pensó incluso en nombrar cónsul a su caballo preferido. Incluso habrá espacio para la magia, maléfica o protectora, con la que se deseaba asegurar la victoria del equipo favorito. En un apartado final comprobaremos que la pasión por las carreras de la antigua Roma permanece viva en la gran pantalla gracias, por ejemplo, a las distintas versiones de Ben-Hur (1925, 1959, 2016).

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Seitenzahl: 128

Veröffentlichungsjahr: 2018

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HIJOS DE BEN-HUR

Fernando Lillo Redonet

INTRODUCCIÓN

En la Antigua Roma las carreras de carros eran muchísimo más populares que los juegos de gladiadores. Frente a los 50.000 espectadores del anfiteatro flavio o Coliseo, el Circo Máximo podía albergar como poco a 150.000 enfervorecidos fans que pertenecían a todas las clases sociales, de forma que el poeta romano Juvenal afirmaba que toda Roma estaba cautiva del circo1. La plebe del Imperio, perdido el interés por la política, solo deseaba con ansiedad dos cosas: pan y circo (panem et circenses)2. El público experimentaba desde la gradas una sensación similar a la del espectador que contempla la conocida secuencia de la carrera de cuadrigas del Ben-Hur de William Wyler o del más reciente de Timur Bekmambetov.

En este libro analizaremos los entresijos de las facciones o cuadras encargadas de la organización de las carreras conociendo a todo el personal que las hacía posibles. Nos convertiremos en aurigas y examinaremos cómo eran los caballos y los carros de la competición. Contemplaremos la magnitud del Circo Máximo y el esplendor del hipódromo de Bizancio asombrándonos de la simbología de sus elementos y de la forma en que reflejan el mundo del poder.

Nos acomodaremos en las gradas del Circo Máximo para contemplar el fasto del desfile inaugural y experimentar un día cualquiera de carreras y otros espectáculos. Enardecidos por la emoción nos daremos cuenta de la inmensa popularidad de estas competiciones que producían recalcitrantes fans y se hacían presentes en la vida cotidiana a través de mosaicos, lucernas y cerámicas en un deseo de recordar las sensaciones vividas y de atraer al hogar la buena suerte de la victoria del auriga vencedor.

Los nombres y el palmarés de famosos aurigas, como Diocles o Porphyrius, y de caballos como Incitatus o Volucer (alado) nos traerán la gloria que un día disfrutaron y pudieron conmemorar en inscripciones y estatuas.

Sabremos que la pasión desbordante por aurigas y caballos afectaba a los mismísimos emperadores que no podían disimular sus preferencias por los azules o los verdes, llegando a la locura de Calígula que agasajaba de forma exagerada al caballo Incitatus pensando incluso en nombrarlo cónsul.

Tal era la locura del circo que no se dudaba en recurrir a la magia para alcanzar la deseada victoria, bien por medio de tablillas que maldecían a cocheros y caballos oponentes, bien con amuletos protectores que preservaran a animales y aurigas de estos males. El dinero que se apostaba y el afán de victoria propiciaban igualmente la consulta de numerosos astrólogos. Solo unos pocos intelectuales como Séneca o Plinio el Joven preferían la calma del estudio al bullicio del circo.

Veremos también cómo esta pasión ha seguido viva gracias al cine en el que podemos revivir las espléndidas carreras de las distintas versiones de Ben-Hur (1925, 1959, 2010 y 2016) o la menos espectacular, pero representativa del mundo bizantino, de la cinta Teodora de Bizancio (1953).

Una breve bibliografía final encaminará al curioso que, preso de la locura del circo, desee profundizar en el conocimiento del fascinante mundo de las carreras de la Antigua Roma.

Deseo dejar constancia de mi agradecimiento al profesor Ángel Ruiz Pérez de la Universidad de Santiago de Compostela que me inspiró la idea de escribir esta obra como continuación de mi libro Gladiadores: mito y realidad. También al profesor Francisco José Udaondo Puerto de la Universidad de Salamanca, amigo siempre fiel, que me proporcionó abundante bibliografía, así como a las profesoras de la Universidad Autónoma de Madrid Rosario López Gregoris y Helena González Vaquerizo, que también me ayudaron en la localización de fuentes bibliográficas.

Y por supuesto a mi facción familiar, no nos ponemos de acuerdo si azul, verde, blanca o roja, compuesta por Santiago, Tomás, Andrés y Pablo, y la domina factionis Marisa.

1 Juvenal, Sátiras, 11, 197.

2 Juvenal, Sátiras, 10, 80-81.

I. Antes del espectáculo

Las carreras de carros: religión, política y espectáculo

En sus orígenes las competiciones de carreras de carros estaban relacionadas con festividades religiosas. Los romanos celebraban el 21 de agosto y el 15 de diciembre los Consualia, en honor de Conso, dios de la siembra y del grano almacenado, en las que había carreras de carros. Estas carreras despertaban a los dioses subterráneos que favorecían la vegetación. Además, el hecho de que los carros realizaran un recorrido cerrado y continuo se relacionaba con el ciclo agrícola. Precisamente durante estas celebraciones en el valle entre el Palatino y el Aventino, donde luego se instalaría el Circo Máximo, tuvo lugar el legendario rapto de las sabinas. Rómulo había invitado a los pueblos vecinos a los espectáculos y en el curso de los mismos raptó a las mujeres de los sabinos. Este sentido religioso nunca se perdió del todo como se verá cuando describamos el desfile inaugural o pompa, en la que los dioses tenían un destacado papel, o cuando hagamos referencia a las imágenes de divinidades que adornaban el Circo Máximo.

Las carreras de carros se incorporaron a las diversas festividades religiosas romanas y, a medida que fue creciendo el número de fiestas durante la República, aumentaban los días dedicados a juegos del circo. En el siglo I a. C. había 17 días anuales de circo repartidos en las distintas festividades. Por ejemplo, los Ludi Romani en honor de Júpiter, Juno y Minerva, del 4 al 19 de septiembre, ofrecían cinco días de estos espectáculos y los Ludi Plebei en honor de Júpiter (4-17 de noviembre) tenían tres días. Aparte de estos festivales establecidos los magistrados de la República y los generales utilizaban los juegos circenses para atraerse la voluntad popular o conmemorar sus logros electorales y sus grandes victorias. Durante la época imperial en las provincias romanas los magistrados locales y los sacerdotes del culto al emperador fomentaban dicho culto ofreciendo carreras en honor de los miembros de la familia imperial.

La popularidad de las carreras creció de tal manera que en el siglo IV d. C., según el calendario de Filocalo (354 d. C.), había ya 64 días dedicados en exclusiva a los juegos del circo. Por otro lado, en Bizancio la edad dorada de estas competiciones se sitúa entre los años 500-540, cuando en Roma ya eran una pálida sombra de los gloriosos dos primeros siglos cuando el Circo Máximo estaba plagado de estrellas del espectáculo. En Bizancio los juegos del circo se ligaron fuertemente al emperador y su culto y se siguieron ofreciendo hasta el siglo XII, aunque no era comparable el número de cuarenta y seis o cincuenta carreras diarias de la época de Justiniano con las apenas ocho que tenían lugar en el siglo XI.

En las carreras de carros se unían los elementos religiososos con la intención política para captar el favor del pueblo de cara a ganar unas elecciones o mantener una estrecha relación entre el emperador y sus súbditos. Pero también constituían un electrizante espectáculo que necesitaba una cuidadosa organización en la que tomaban parte los equipos, aurigas y caballos, que actuaban en el contexto del circo o el hipódromo y generaban en sus espectadores las más variadas pasiones.

Organización del espectáculo: las facciones

Las facciones (factiones) eran empresas comerciales dirigidas por miembros del orden ecuestre (domini factionum) a las que debían acudir el emperador, los magistrados o cualquiera que deseara organizar carreras de carros. También era posible organizar juegos circenses negociando con los criadores sin la mediación de las facciones como hizo Símmaco, que en sus cartas de los años 399-401 desea celebrar los juegos de la pretura de su hijo y negocia aurigas y caballos de forma directa.

En Roma había cuatro facciones que se identificaban por el color de la túnica corta que vestían los aurigas de cada una: la blanca (albata), la roja (russata), la azul (veneta) y la verde (prasina) (f i g. 1). Según Tertuliano1 al principio solo existían la blanca y la roja. Por otro lado, el emperador Domiciano creó dos facciones más: la dorada (aurata) y la púrpura (purpurea), pero no sobrevivieron a su reinado2. La rivalidad entre equipos era manifiesta: los rojos despreciaban a los blancos y viceversa, mientras que los verdes y los azules estaban en permanente oposición. Se ha considerado que las facciones azul y verde eran las más influyentes y poderosas, mientras que la roja y blanca eran menos significativas. No obstante, al equipo rojo perteneció el campeón Diocles en el siglo II d. C., mientras que en el VI en Constantinopla aparecen Juliano de los rojos y Constantino de los blancos como cocheros victoriosos. En ocasiones se aliaban los rojos y azules contra verdes y blancos, aunque las alianzas variarían según las circunstancias y lugares.

Las facciones tenían sus caballerizas (stabula factionum) en el Campo de Marte3, pero también habría establos y lugares de entrenamiento en el campo fuera de Roma.

Cada equipo poseía personal especializado que atendía a todos los aspectos del espectáculo circense. La cría y mantenimiento de los caballos comportaba la existencia de criadores y cuadras bien provistas. Había que ocuparse de la construcción y mantenimiento de carros, arreos y uniformes de los aurigas y para ello disponían de carpinteros, artesanos, sastres o zapateros. La salud de los aurigas y caballos obligaba a disponer de médicos y veterinarios.

Por debajo del dominus factionis, el responsable máximo del equipo, estaba el vilicus, encargado de ayudarle en la gestión tanto en el campo de las finanzas como en la supervisión del personal, las caballerizas y el material. A continuación en el escalafón estaba el conditor encargado de la alimentación y cuidado de los caballos, que podía tener subalternos a su servicio. En la inscripción funeraria del conditor L. Avillius Dionysius4 aparece este dando de comer a dos caballos cuyos nombres y victorias figuran en el epígrafe: Aquilo, que ganó 130 carreras, quedó segundo 88 veces y tercero 37, e Hirpinus, campeón en 114 carreras, segundo 56 veces y tercero 36. Los entrenadores, que recibían el nombre de doctores o magistri, eran otro de los elementos importantes. Un cochero podía, al retirarse, convertirse en entrenador de su equipo e incluso pasar luego a trabajar para otros.

En el ámbito del material, la construcción de carros estaba encargada a un artesano denominado sellarius. Los carros eran extremadamente ligeros con un peso de 25 a 30 kilos y construidos a base de un armazón de madera ligera recubierto de cuero en la parte frontal y de 70 centímetros de alto por esa misma parte (f i g. 2). Las ruedas eran pequeñas de seis u ocho radios. De la caja del carro partía el timón en cuyo extremo estaba el yugo al que se uncían los dos caballos iugales.

Todo lo relacionado con los utillajes de cuero se encomendaba al sutor. El sarcinator, una especie de sastre, se ocupaba de confeccionar los trajes de los cocheros y los cobertores para los caballos. Incluso podía haber necesidad de un margaritarius, joyero especialista en perlas preciosas para adornar los collares de los caballos y las decoraciones de sus colas.

Existía también el cargo de despensero, cellarius, dedicado a atender las necesidades del personal del equipo. Se ha conservado el epitafio de M. Kanius Ephebus, despensero de los verdes5. Su función también comprendería atender a los personajes importantes que apoyaran al equipo y que a veces visitaban las instalaciones de la facción. El emperador Calígula solía comer y pasar la jornada en las caballerizas de los verdes, su equipo favorito6.

Antes del comienzo de la carrera el cochero contaba con varios ayudantes que le harían más fácil la salida de las carceres o cocheras de partida. El morator refrenaba la impaciencia de los caballos y los tentores eran los encargados de abrir las puertas de las carceres cuando oyeran la señal de la trompeta, mecanismo que debían reajustar para la siguiente carrera.

Ya durante la carrera el cochero tenía dos ayudantes: el sparsor y el hortator. El sparsor era el encargado de esparcir (spargere) agua sobre la cabeza de los caballos para refrescarlos y que no se vieran afectados por el polvo que se producía durante la carrera (f i g. 3; superior izquierda). Su oficio era arriesgado, puesto que podía ser atropellado por los carros mientras realizaba su función. El hortator iba a caballo y tenía las mismas protecciones que los aurigas por si se caía durante el desarrollo de la prueba en la que corría junto a los carros (f i g. 3; inferior derecha).Su misión era animar a los cocheros y caballos de su facción y ayudarles en los momentos más peligrosos haciéndoles determinadas señales y comunicándoles la posición de sus rivales. Podía llevar un látigo en la mano derecha. No sabemos si estaban presentes en todas las carreras ni tampoco si acompañaban a su facción durante todo el recorrido o si solo intervenían en determinadas fases de la carrera. Otra de sus funciones era preceder a la cuadriga vencedora en la vuelta de honor. Conservamos los nombres de algunos de ellos como Nicephorus de los rojos7, Caricus de los azules8, Astactus de los verdes9 o el joven Herrius Seuerus que falleció a los 17 años y cuya inscripción funeraria a cargo de sus padres fue descubierta en Bari10.

Otro ayudante menor era el viator que tenía la función de mensajero del equipo, bien en los momentos de organización de la carrera, bien durante el desarrollo de la misma.

La asistencia sanitaria a cargo de médicos y veterinarios era muy importante en el seno de cada equipo. Los médicos consignaban en sus epitafios su pertenencia a alguna facción como Hyla, médico de los azules11 o Hyllus de los rojos12. Uno de los remedios para curar a los conductores de cuadrigas que habían sido arrastrados o heridos por una rueda y sufrían cualquier tipo de hematoma consistía en utilizar excremento de jabalí aplicándoselo fresco en linimento13. No menos fundamentales eran los veterinarios. Según el Libro de Ceremonias de época bizantina, antes de las carreras dos veterinarios por cada facción examinaban a los caballos para ver si eran aptos para correr. Se encargaban también de la salud de los caballos heridos en accidentes acaecidos durante las carreras.

Los ingresos de las facciones provenían del alquiler de sus servicios a los organizadores de los juegos circenses, y de los donativos de sus seguidores o de los propios emperadores como por ejemplo Calígula14.

Es posible que el sistema de facciones funcionara también en las ciudades provinciales más importantes y que en los lugares de menor importancia se contratara con ganaderos particulares.

En los vasos del alfar de La Maja que conmemoran carreras del circo de Calagurris (Calahorra) aparecen cuatro aurigas de facciones diferentes:

Fronto del equipo de los blancos, Incitatus del equipo de los rojos o verdes15, Blastus del equipo de los azules y Thereus del equipo de los verdes o rojos participaron en los juegos circenses dados en el municipio de Calahorra el 12 de diciembre por los duoviros Caius Sempronius Avitas y Lucius Aemilius Paetinus. Gaius Valerius Verdullus lo pintó16.

Convirtiéndose en auriga

La mayoría de los cocheros eran esclavos o libertos, aunque no parece que haya habido una prohibición expresa para que los senadores y miembros del orden ecuestre no participaran como aurigas, como sí sucedía con los oficios de actor o gladiador17. Sin embargo, en los juegos circenses dados por Julio César compitieron en cuadrigas, bigas y en caballos para realizar acrobacias jóvenes de las más nobles familias18 y en los organizados por Augusto hubo aurigas procedentes también de noble cuna19.

Los cocheros recibían el nombre de aurigae y agitatores. Para algunos investigadores los términos son equivalentes, pero para otros auriga sería una palabra genérica que designaba a todos los conductores de carros, mientras que agitator estaría reservado para los cocheros que habían conseguido triunfar en su oficio, aplicándose solamente a los conductores de cuadrigas (quadrigarii) (f. i. g. 4), por oposición a los principiantes que conducían bigas (bigarii) (f. i. g. 2). El título de agitator aparece en los epitafios de las grandes estrellas como el lusitano Diocles20.