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¿Quién es Hildegarda de Bingen? ¿Quién es esta mujer que, ausente en las historias de la Filosofía, se ganó un lugar, curiosamente, entre los "Padres de la Iglesia"? Teóloga, visionaria, profeta, compositora, mística, sanadora, santa y doctora de la Iglesia, científica, poeta, dramaturga... ¿filósofa? En Hildegarda conviven la intimidad del claustro con la sonoridad de la prédica pública. La contemplación y exploración del mundo natural, con la experiencia mística de la visión interior. La armonía de la música que compuso para la danza de sus monjas en las fiestas religiosas, con la armonía del universo, donde danzan las esferas celestes. Por todo esto, en este volumen de la colección La otra palabra, Claudia D´Amico nos ofrece las claves para reconocer la impronta filosófica en la obra de Hildegarda en el contexto del lejano siglo XII, tarea que pone de manifiesto la potencia de la palabra de esta filósofa de lo invisible.
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Seitenzahl: 297
Veröffentlichungsjahr: 2023
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D´Amico, Claudia
Hildegarda de Bingen / Claudia D´Amico. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-950-556-923-6
1. Filosofía Medieval. I. Título.
CDD 180.9
©2022, Claudia D´Amico
©2022, RCP S.A.
Directora de la colección: Jazmín Ferreiro
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.
ISBN 978-950-556-923-6
Digitalización: Proyecto 451
Primera edición en formato digital: febrero de 2023
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
Diseño de la colección: Pablo Alarcón | Cerúleo
Diagramación del interior y de tapa: Pablo Alarcón | Cerúleo
Retoque de imágnes de tapa e interior: Carlos Aguilar Uriarte
“Oh tú, que mísero polvo de la tierra eres, sin labranza de maestros carnales porque mujer naciste, eres indocta, pues, para leer las Escrituras con la ciencia de los filósofos, pero viña que solo Yo he cultivado”.
Scivias, Parte II, visión primera.
PALABRAS PRELIMINARES..................................................
Al encuentro de Hildegarda filósofa
Maestra, visionaria, teóloga, compositora, sanadora, líder de mujeres, santa y doctora de la iglesia. Así es definida Hildegarda de Bingen por quienes se han dedicado al estudio de su vida y de su obra. A estos títulos se han añadido los de poeta, dramaturga, escritora, mística, científica y, en alusión a sus visiones proféticas y a su lugar de procedencia, el de profetiza o “Sibila del Rin”. Esta mujer del siglo XII es una figura que ejerce una irrenunciable fascinación. Aun quienes no saben nada de ella es probable que estén familiarizados con algunas de las imágenes que ilustran sus manuscritos, miniaturas de colores y bien ornamentadas que parecen haber sido realizadas sobre la base de sus propios dibujos. Una Hildegarda con su comunidad de monjas, coros de ángeles en círculo, aves extrañas, la imagen de un huevo que representa al mundo o de una rueda en cuyo centro se yergue un ser humano con los brazos y piernas extendidos que preludia el célebre diseño de Leonardo da Vinci, son parte ya de nuestro acervo iconográfico.
Acaso no haya otra mujer de la Edad Media acerca de la cual se haya escrito tanto. Quizá ninguna otra haya tenido una producción escrita tan impresionante. Y esto por sí mismo es un dato curioso.
Solemos utilizar los términos “visionario” o “visionaria”, en sentido amplio, para aludir a personas que se adelantan a su propio tiempo o bien ven más allá de lo que resulta evidente para la mayoría. En sentido estricto, en cambio, suele llamarse así a quienes tienen una experiencia interior que se presenta a modo de imágenes solo perceptibles por ellos mismos. Hay muchos relatos de experiencias visionarias desde la Antigüedad: Pablo de Tarso dice haber tenido una visión en la cual fue arrebatado al tercer cielo y al Paraíso, o el emperador Constantino quien afirma también que tuvo una visión de la cruz cristiana que le ordenaba cambiar las insignias de los soldados romanos por aquel símbolo.
En todos los casos, lo que se relata trasciende los modos regulares de percepción hacia un estado alterado o elevado de conciencia. Hildegarda es una visionaria en ambos sentidos. Sin duda, se ha adelantado a su tiempo: fundó monasterios solo para mujeres, escribió libros, predicó ante multitudes como ninguna otra mujer lo había hecho hasta entonces. Hizo que sus monjas se sacaran el velo en las fiestas litúrgicas, que se adornaran, danzaran y cantaran, realizó curaciones con pócimas extrañas que revelan conocimientos que superan los habituales en su época. Pero también, desde niña y hasta los últimos días de su vida, tuvo visiones que fueron entendidas por ella misma como un don o un regalo de Dios y que, a partir de una edad madura, la condujeron a escribir y actuar conforme a lo que estas percepciones interiores le indicaban.
Hildegarda comienza a escribir a los 42 años cuando una visión que ella dice haber recibido del mismo Dios, “en medio de un gran temor y temblor”, se le presentó y le dijo: “Frágil ser humano, ceniza entre las cenizas, podredumbre entre la podredumbre, di y escribe lo que veas y oigas”. Esta decisiva visión fue inmortalizada por el miniaturista que ilustró su obra, tratando de ser fiel a lo escrito. La ilustración la muestra vestida como monja benedictina, puesto que lo era, con lenguas de fuego cayendo sobre su cabeza como en una imagen del Apocalipsis y sosteniendo una tablilla en las manos a fin de cumplir la orden de escribir que le había sido impuesta. Otro personaje aparece en la imagen: un varón azorado que está junto a ella. Se trata de su secretario Volmar, quien la ayudará en la tarea. Este hecho representa un quiebre en su vida, no porque hubiera tenido una visión —según relata, tenía visiones desde la infancia—, sino porque comenzará a escribir y lo hará de un modo casi compulsivo: obras en las cuales describe sus visiones, textos naturalistas, léxicos, poemas, obras de dramaturgia, canciones, recetas curativas, sermones y centenares de cartas.
Hildegarda y las lenguas de fuego (Scivias, Testimonio).(1)
La imagen por sí misma es deslumbrante, no solo por las lenguas de fuego que caen sobre ella, sino porque no es usual para la época la asociación de una mujer con la tarea de escribir. Durante ningún período de la extensa Edad Media las mujeres son vinculadas con la escritura. Una tradicional clasificación procedente del tiempo de Hildegarda las agrupa en vírgenes, casadas y viudas. Como se ha señalado acertadamente en Historia de las Mujeres, dirigida por Duby y Perrot, esa clasificación está atravesada por el ejercicio de la sexualidad. Como puede suponerse, en todos los casos se privilegia a las vírgenes por su opción por la permanente castidad. Otra posible alusión a las mujeres es por su linaje, princesas o reinas, y también en estas ocasiones se las presenta al resto como ejemplos de moralidad y de castidad, incluso en el matrimonio. Pero en ningún caso una mujer es definida por su quehacer o profesión. Ciertamente esto tiene que ver con la decidida inclusión de las mujeres en la esfera privada: el claustro o el hogar reducen el mundo de la mujer al vínculo con su círculo cercano, el que cohabita con ella. Pues bien, he aquí un extraño caso: una mujer del siglo XII, virgen por opción, que no solo escribe, sino que, además, ocupa un decisivo lugar en la esfera pública.
Su tarea como abadesa y predicadora, el reconocimiento en su propio tiempo como visionaria y teóloga, así como su largo camino hacia la canonización contribuyeron en gran medida a la divulgación y a una muy prolongada deriva de sus textos. Sin embargo, en toda la profusa literatura sobre ella es casi inexistente la denominación de Hildegarda como filósofa. Solo en las últimas décadas los trabajos de Peter Dronke, Michela Pereira, Coralba Colomba y sobre todo los recientes estudios de Georgina Rabassó comenzaron a explorar el vínculo de Hildegarda con la filosofía pero ciertamente en este campo queda mucho por hacer.
Si su identificación como filósofa es problemática todavía hoy, la consideración de su vastísima producción intelectual desorientó a muchos desde su propio tiempo y en los siglos posteriores, a tal punto que en ocasiones su condición de mujer necesitaba opacarse. Pondremos un ejemplo. En el límite entre el siglo XV y el XVI Trithemius de Sponheim (1462-1516) introduce a Hildegarda en el Catálogo de los varones ilustres y de Los escritores eclesiásticos (Catalogus virorum illustrium, De scriptoribus ecclesiasticis): un varón ilustre entre los escritores de la iglesia. Esto no ha sido solo un fenómeno del lejano Renacimiento. Con sorpresa vemos hoy que la versión en inglés de una de sus obras más importantes, El libro de las obras divinas, publicada en 2018 por The Catholic University of America Press, forma parte de una colección llamada The Fathers of the Church, quizá como un eco procedente del siglo XIX cuando sus obras fueron incluidas como volumen 197 de la Patrología latina de Migné. Ciertamente la categoría “madres de la iglesia” no existe y tratándose de una de las poquísimas mujeres que forma parte de la colección no se ha pensado en una “matrología”, pero el caso no deja de ser sorprendente. Ahora bien, esta inclusión tiene una contracara: Hildegarda es considerada tan teóloga como algunos varones, a tal punto que ha merecido ser incluida como uno más entre ellos.
Ni en su propio tiempo ni en el nuestro se ha dudado de su condición de teóloga que puede advertirse claramente tanto en la interpretación de sus visiones, en sus prédicas, en las cuales se vuelve exégeta de la sagrada escritura, como en sus cartas en las cuales ha debatido acerca de temas dogmáticos, litúrgicos y eclesiológicos ligados con el ejercicio del poder eclesiástico y su relación con los poderes temporales.
Sin embargo, el lugar que ocupa en las “Historias de la filosofía de la Edad Media” es casi inexistente. Salvo algunas excepciones, no se incluye su nombre a pesar de que su contribución escrita sobrepasa en profundidad a la de varones con una producción semejante o significativamente menor y que abordan los mismos temas. Todavía más: un prejuicio bastante arraigado conduce a pensar que muy poco de filosófico se puede encontrar en lo que escribe una mujer con hábito de monja. Y así como desde cierta perspectiva se ha subrayado su santidad, incluso su actividad política y teológica, y se ha desmerecido su carácter como intelectual impulsora de conceptos novedosos para su tiempo; desde otra, se la ha ignorado por completo. Por mencionar solo algunos ejemplos relativamente cercanos a la deriva de su obra, Hildegarda no está incluida en el primer catálogo de mujeres ilustres escrito por Bocaccio en el siglo XIV; tampoco en el que ofrece Christine de Pizán en la primera mitad del siglo XV en su célebre alegato contra la misoginia, La ciudad de las damas. Quizá no se la ha considerado lo suficientemente transgresora para que su pensamiento fuera valorado por encima de su figura pública, otro elemento que vuelve inclasificable a nuestra abadesa, y en este sentido hace que su figura sea aún más atractiva en un vaivén de reconocimientos y desconocimientos actuales y pretéritos.
Sus principales obras, fruto directo de sus visiones, concentran un tratamiento tan profundo de algunos temas, que ganaron la admiración de importantes personajes de su tiempo. Hildegarda se movió en un mundo de saber y poder encarnado hegemónicamente por varones y disputó con ellos en condición de par, desde obispos y maestros universitarios, hasta el emperador o el mismísimo Papa.
Ciertamente su mundo cotidiano era el femenino: fue discípula de una mujer y maestra de mujeres. Fue conductora y fundadora de una comunidad de religiosas y mantuvo intercambios epistolares amables y tensos con otras mujeres, algunas de su misma orden, como la abadesa visionaria Elisabet de Schönau, y algunas otras muy poderosas como la reina Leonor de Aquitania o la emperatriz bizantina, Irene. El copioso intercambio epistolar y la consideración con la que Hildegarda contó en el mundo masculino tiene una simple razón: a diferencia de la de la mayoría de las mujeres, la suya fue una palabra pública, una palabra que, después de ser autorizada por las autoridades eclesiásticas, trascendió los límites del claustro o la intimidad del escrito espiritual.
Es importante señalar también que las principales obras de Hildegarda comienzan con una localización puntual en tiempo, espacio y marco político-institucional que refiere en qué año se redacta, en qué lugar geográfico y quién gobierna en ese momento. Lo que ella ofrece es la transmisión de una sabiduría que considera eterna pero que se presenta a los lectores y lectoras como un saber situado: la Palabra eterna habla a través de ella en un aquí y ahora que quien lee debe conocer. Reconstruir el contexto en que estas obras aparecen no será entonces un vicio de erudición sino una exigencia que nos impone la propia autora.
Abordar la figura de Hildegarda de Bingen en una colección que procura hacer escuchar “la otra palabra”, la de las mujeres filósofas, constituye un desafío en más de un sentido. Por una parte, porque hay que reconocer el sesgo femenino en su trabajo intelectual y mostrar cuáles han sido los caminos para que, en pleno siglo XII, la voz de una mujer haya tenido peso teórico y político; por otra, porque hay que indagar en su condición específicamente filosófica, y esto último debe conducirnos de inmediato a tratar de establecer qué se entiende por filosofía en su tiempo y también qué noción de filosofía suponemos aquí para su inclusión en esta colección.
Si atendemos a la caracterización que Hildegarda ha dado de sí misma, la cuestión presenta una tensión que revela la riqueza del tema que abordaremos. Por una parte, como mujer y, según sus propias palabras, se considera una “pobrecita forma nacida de una costilla”. Por otra, a esta “pobrecita forma” se le revela en imágenes, según ella misma manifiesta, nada menos que la Sabiduría misma. Y es en este punto en el que la vinculación con la filosofía no puede ser soslayada. Las perspectivas para abordar su obra pueden ser múltiples y trataremos de dar cuenta de ellas en este libro. De un lado, puede analizarse la relación de Hildegarda con lo que podríamos llamar la filosofía como oficio. De hecho, como nunca antes en la Edad Media, el siglo XII es el escenario en el que aparece el “filósofo profesional”, aquel que debe acreditar determinada formación y, a la vez, recibe una retribución por su trabajo intelectual. Ese territorio estaba vedado a las mujeres cuya condición, como mencionamos, reducía sus opciones a la vida religiosa, ligada al servicio y la contemplación; o al matrimonio y sus obligaciones relativas a los cuidados domésticos, trabajos manuales o rurales. En ningún caso se vincula a las mujeres con el trabajo vinculado con el pensamiento y la palabra. Por lo tanto, para evaluar la relación de Hildegarda con la tarea filosófica profesional, es preciso poner de manifiesto quiénes se consideraban filósofos en el siglo XII y qué distintas reacciones se produjeron frente a estos personajes considerados muchas veces como soberbios y una verdadera amenaza para la vida religiosa.
De otro lado, y acaso esta sea la perspectiva más interesante, es necesario trazar una noción más amplia de “filosofía” que sea, al mismo tiempo, aquella que obre como criterio según el cual Hildegarda aparezca a la par de las otras mujeres de la historia del pensamiento que componen esta colección. Si consideramos la filosofía como una especulación que inscribe las experiencias en un campo de relaciones conceptuales que constituyen una trama que crea sentido, entonces no podemos sino considerar a Hildegarda como filósofa. Ella se ha erigido en intérprete de sus propias visiones reveladas por la Sabiduría, y desglosa cada una de ellas en un universo simbólico que va cargando de contenido conceptual. Ella expone conceptos en sus tratados, epístolas y prédicas, y establece fundamentos teóricos para distintas praxis.
Una primera presentación biográfica se impone en la medida en que no sea solo una sucesión de datos sino el intento de vislumbrar una personalidad que va desarrollándose lentamente hasta producir frutos especulativos de una madurez inusitada. Este ejercicio nos permitirá, al mismo tiempo, presentar la riqueza de una época, de un momento de este largo período que llamamos Edad Media, que lejos de ser una instancia monolítica se vuelve multiforme según los períodos y las geografías.
Ingresaremos así al ámbito de las tensiones propias del siglo XII entre filósofos, teólogos y maestros espirituales para reconocer en el pensamiento de Hildegarda un nuevo tipo de saber que prefiere la imagen al argumento sin reducir en nada la profundidad especulativa. Revisaremos los tópicos presentes en su obra que no dudamos en llamar “filosóficos”. Al abordarlos, intentaremos poner de manifiesto sus posibles lecturas y fuentes que, en la mayoría de los casos, permanecen implícitas. Por último, procuraremos mostrar hasta qué punto su praxis como predicadora y escritora se combina con tareas artísticas, que no carecen de fundamento teórico, y con sus prácticas como naturalista y sanadora.
CLAUDIA D'AMICO
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Noviembre de 2022
1. Las ilustraciones correspondientes a la obra Scivias proceden de un manuscrito hoy perdido (Ms. W.: Wiesbaden, Hess. Landesbibliotek, Hs. 1) y se conservan en un facsímil del mismo. Las ilustraciones correspondientes al Libro de las obras divinas (Liber divinorum operum) proceden del manuscrito conservado hoy en la Biblioteca estatal de Lucca (Ms. L.: Lucca, Biblioteca Statale 1942). Acerca de las ilustraciones o miniaturas que ilustran los manuscritos, puede verse V. Cirlot (1997, 269-273).
ENSAYO..................................................
IAbandonar la celda, tomar la palabra
Contamos con muchos datos biográficos de Hildegarda, los cuales son de diversa confiabilidad dependiendo de las fuentes de las que procedan. En este sentido, el documento más importante es su biografía “oficial”. Todavía en vida de Hildegarda, Volmar, su secretario y amigo, comenzó a escribir esa biografía que fue continuada por otro monje, Gottried, al morir Volmar. Ambos aseguran haber plasmado en el escrito los relatos que la misma Hildegarda les transmitió. En muchas ocasiones interrumpen el discurso para hacer escuchar la propia voz de la abadesa, incluyendo citas en primera persona. Todo esto será retomado en la definitiva Vida de Santa Hildegarda de Bingen (Vita Sanctae Hildegardis) de Theoderich de Echternach, escrita en 1179, es decir, apenas después de su muerte.(2) Por otra parte, Guillermo de Gembloux, quien primero tuvo con ella una abundante correspondencia y más tarde decidió trasladarse al monasterio que ella había fundado en Ruperstberg para ser su secretario y director espiritual en el convento, completa algunos aspectos de esta obra en vistas a iniciar el proceso para su canonización. Respecto de esto último, hay que considerar que Hildegarda fue nombrada “santa” en su propio tiempo, pero el proceso de canonización por el cual se la declara oficialmente así llevará varios siglos. Lo cierto es que han intervenido cuatro manos distintas en la obra que hoy se conoce como Vida de Santa Hildegarda de Bingen: Volmar, Gottried, Theoderich y Guillermo. La obra se divide en tres partes, la primera relativa a los principales acontecimientos de su vida, la segunda dedicada a sus visiones, la tercera a sus milagros. Así pues, lo que allí puede leerse es por momentos una autobiografía —cuando se descubre que ella misma indica qué escribir a sus secretarios—, y por otros, una exaltación de su personalidad —cuando ese escrito se convierte en el insumo fundamental para el inicio de su proceso de canonización—.
Otra fuente de información importante para la construcción de su biografía es el profuso intercambio epistolar: se conservan más de trescientas cartas entre Hildegarda y muy importantes figuras gracias a las cuales es posible reconstruir parte de su actividad en el ambiente eclesiástico y político de su tiempo. Por último, pueden recogerse datos biográficos también en sus obras en las que, como anticipamos, siempre se detallan las circunstancias históricas pero también personales que ponen marco a la escritura.
Cuando exploramos la vida de Hildegarda, entre los numerosos elementos que la conforman, propios de una vida activa, fecunda y de gran incidencia pública, encontramos acontecimientos recurrentes y determinantes: sus visiones. Leemos en su libro Scivias:
...desde mi infancia, desde los cinco años, hasta el presente, he sentido prodigiosamente en mí la fuerza y el misterio de las visiones secretas y admirables, y la siento todavía.(3)
Las visiones no le producían necesariamente gozo, a veces todo lo contrario. Después de tales experiencias, la niña Hildegarda se sentía desfallecer y de hecho enfermaba. En la cita mencionada arriba, Hildegarda dice haber tenido su primera visión a los cinco años, en su biografía se dice que a los tres, sea como fuere, deberán pasar muchos años para que venza la vergüenza y el temor que le provocan tales experiencias y logre contárselo a otros.
Hildegarda recuerda haber preguntado a su nodriza si veía lo mismo que ella percibía y el consiguiente terror que se apoderó de ella cuando comprendió que no. Tales visones aparecían repentinamente, sin control alguno de su voluntad.
A mi me sorprendía mucho el hecho de que, mientras miraba en lo más hondo de mi alma, mantuviera también la visión exterior y así mismo el que no hubiera oído nada parecido de nadie, hizo que ocultara cuanto pude la visión que veía en el alma.(4)
Este es el modo especial de la experiencia que relata Hildegarda: la visión interior no cancelaba la visión exterior sino que ambas coexistían, lo que le resultaba todavía más aterrador. A partir de esa experiencia interior quedaba paralizada y en ocasiones pronunciaba sonidos incomprensibles y, como ya dijimos, enfermaba severamente.
Como podemos sospechar, la infancia en la Edad Media no era un tiempo con privilegios, tampoco tenía una larga duración. Particularmente las niñas, desde muy pequeñas, eran confiadas a la vida religiosa o bien a un matrimonio incluso cuando debieran esperar un tiempo para su consumación. A Hildegarda le tocó el primer destino. Nacida en 1098 en una familia noble de Bermersheim, en la zona oeste de Alemania cercana a la frontera con Francia y Luxemburgo, fue la menor de diez hermanos y estuvo destinada desde su nacimiento a ser consagrada a la vida religiosa. Con este propósito a los 8 años fue entregada a otra mujer solo 6 años mayor que ella, Jutta de Sponheim, hija de un conde, quien la instruyó en su propio castillo. Dos niñas: una maestra, la otra discípula. Jutta le enseña a leer los salterios en latín y el canto gregoriano para alabar a Dios.(5)En 1112 —es decir cuando tenía 14 y Jutta 20—, ambas, junto con otra niña, toman sus votos en el monasterio benedictino de Disibodenberg, encerrándose en una celda de reclusión. Disibodenberg era un monasterio de varones que, por excepción, había aceptado que estas tres jovencitas vivieran recluidas en una celda anexa.
La reclusión era muy habitual en esta época y podía tener mayor o menor rigor. Guillermo cuenta que Jutta había elegido Disibodenberg debido a su ubicación apartada y al celo religioso de la población local. También afirma que la “maestra” hizo construir ella misma el claustro allí. Si bien la reclusión era estricta, había personas que se acercaban a Jutta para que sus hijas se inicien en la vida espiritual, logrando formar así una pequeña comunidad de reclusas, es decir, de niñas y mujeres apartadas del mundo, encerradas en una pequeña celda y dedicadas a la oración. Hildegarda permanece en el claustro nada menos que 24 años, precisamente hasta la muerte de Jutta en 1136. Su maestra muere a los 44 años, producto de un durísimo ascetismo, ayunos y mortificaciones, y es posible que la aversión de Hildegarda por este tipo de prácticas proviniera del impacto de esta muerte y de haber descubierto bajo el hábito de su maestra un cuerpo lleno de vejaciones. Además de los salterios y los cantos, esa primera y larga formación con Jutta la puso en contacto con las Escrituras y, presuntamente, con algunos escritos de los llamados “Padres”, es decir los santos fundadores del pensamiento cristiano, como san Jerónimo o san Agustín, quienes presentan las bases doctrinales de la fe. Al parecer no recibió mucha más formación en estos años pues ella misma afirma que su tutora no era una persona ilustrada. Sin embargo, no solo reconoce en ella magisterio y santidad, sino también cierta sororidad: cuando vivían juntas, Hildegarda tenía visiones que no relataba a nadie, sin embargo, refiere:
... cuando cesaba algo la fuerza de la visión... me avergonzaba y lloraba, y habría preferido callarme si hubiera sido posible. Por miedo a los hombres, no me atrevía a decir a nadie lo que veía. Pero la noble mujer que me educaba lo notó [...].(6)
Después de la muerte de Jutta, Hildegarda con 38 años fue electa por sus hermanas como sucesora de su maestra. Se resistió a asumir el cargo, pero finalmente aceptó, alentada por su propia comunidad y por la autoridad del abad de Disibodenberg, Kuno. Es entonces cuando se produce un giro en su vida y personalidad: comienza a abandonar paulatinamente la celda para enseñar y predicar; ahora ella sería la maestra para otras monjas. Muy pocos años después, a los 42 años —o 43 según otro testimonio— recibe una visión que cambia su vida. Esta llegó con una indicación especial desde lo alto: se le ordenó proclamar y escribir aquello que veía. Inmediatamente, dirige una carta a un personaje muy reconocido en la espiritualidad de su tiempo, Bernardo de Claraval:
Padre, estoy muy angustiada por esta visión que se me apareció en el espíritu del misterio, y que jamás vi con los ojos exteriores de la carne. Yo, miserable y más que miserable en mi condición de mujer, vi desde mi infancia grandes maravillas que mi lengua no puede relatar, a no ser porque el Espíritu de Dios me ha instruido para que crea, y confíe.(7)
Bernardo consulta al Papa que en ese momento se encontraba muy cerca del monasterio, en la ciudad alemana de Trier. El Papa envía una comisión para confirmar la “veracidad” de tales visiones.(8) Nos resulta difícil pensar con qué criterios puede establecerse la verdad de una mirada interior, intimísima. Hildegarda dice que ve, esto es un hecho. Lo que ve, y en ocasiones oye, son imágenes desligadas de lo real, maravillosas, en las que aparecen figuras humanas, animales, elementos naturales, edificios, monstruosidades propias de un bestiario, todo enlazado sin una lógica aparente; sin embargo, ella les impone sentido, no solo ve, sino que interpreta lo que ve. La iglesia debe cuidar que tales visiones no provengan del demonio sino, como ella afirma, provengan de la “Luz Viviente de la divinidad”. Sean cuales fueren los elementos de juicio que se pusieron en juego, las visiones fueron consideradas provenientes de la divinidad e Hildegarda fue autorizada a escribir. Con todo, es necesario llamar la atención sobre esto: a pesar de contar con el reconocimiento del mismísimo Papa, Hildegarda menciona algunas opiniones adversas de los varones que se preguntan, tal como se relata en su biografía:
¿Qué es esto de que tales misterios sean revelados a esta mujer inculta y necia, cuando existen tantos hombres fuertes y sabios?(9)
Las objeciones misóginas tenían fundamentos bíblicos. Abundan los textos en los cuales la palabra de la mujer aparece vedada. En la primera Carta a los Corintios, Pablo de Tarso expresa claramente: “En las iglesias que las mujeres callen, pues no les está permitido hablar…”. Y como bien señala Azucena Fraboschi, aunque el apóstol Pedro también en una carta recuerda la profecía de Joel: “Y sucederá en los últimos días, dice el Señor, que derramaré Mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas”, el carisma profético en la mujer queda reservado para un tiempo futuro, mientras que en el presente solo se le permite hablar y escribir a mujeres para edificación espiritual de otras mujeres —religiosas o laicas—, y en el ámbito privado.
Hildegarda no pudo desconocer la advertencia de Pablo y por esa razón, a pesar de haber tenido visiones desde pequeña, como ella misma confiesa, tardó tanto tiempo en comenzar a escribir; este silencio autoimpuesto explica los largos períodos de enfermedad.(10) Recién alcanzó el alivio cuando obedeció a la misma Luz Viviente que le ordenó comunicar sus visiones, cuando las imágenes ofrecidas por esa voz y luz interiores se hicieron palabra:
Y de nuevo oí una voz que me decía desde el cielo:
'Anuncia entonces estas maravillas, tal como has aprendido ahora: escribe y di'.(11)
La orden es interior pero viene de lo alto y a pesar de sus propias dudas la escritura se vuelve inevitable.(12) Para Hildegarda este tipo de experiencia, que podemos llamar “mística”, en cuanto consiste en un contacto directo con lo absoluto, debe ser comunicada.(13) Sin embargo, como bien señala Rabassó, hablar y escribir eran dos actos poco comunes para mujeres de su mundo. La escritura se vinculaba con el género masculino pero también con la vanidad. De hecho, no era completamente aceptado en el ámbito monacal que un escritor firmara su obra: si se consideraba solo un vehículo de la verdad, su nombre debía permanecer anónimo. ¡Cuánto más podía valer esto para una monja! Por otro lado, como adelantamos, los conocimientos que Hildegarda tenía del latín, la lengua de los escritos con valor, provenían únicamente de las lecturas directas de la Escritura y los salterios. Para que su obra fuera tomada en serio debía ser redactada en un latín legible y no en lengua vulgar. Finalmente, necesitaba ser avalada por la autoridad eclesiástica que solo la leería si estaba correctamente escrita.
Con la ayuda de su secretario Volmar y Ricarda, su discípula dilecta, comenzó la redacción de su primer gran escrito, Scivias o Conoce los caminos. Envió la primera parte para la supervisión eclesiástica y la obra pudo comenzar a circular cuando obtuvo la autorización papal.
Entre tanto, en 1150, completa otra proeza: fruto directo de una de sus visiones, decide trasladar su comunidad de 20 monjas a Rupertsberg, cerca de Bingen, de donde procede el toponímico con que la conocemos. A pesar de haber declarado que había recibido la misión de autonomizar a su comunidad en una visión, el traslado fue resistido por el abad y por toda la comunidad de monjes varones de Disibodenberg. El mismo que en el pasado la alentara a dirigir su grupo de mujeres, ahora no la dejaba volar por sí misma. La objeción tenía varias razones: la comunidad de monjas contaba con prestigio, sobre todo la propia Hildegarda, quien recibía y aconsejaba a personas adineradas quienes, en agradecimiento, ofrecían donativos que beneficiaban a todo el monasterio; por otra parte, las niñas que ingresaban a la comunidad dirigida por la abadesa lo hacían con dote, y si se trasladaban, restaban otra fuente de ingresos al monasterio.(14)
Curiosamente, las propias monjas se quejaban de la separación: ya no estarían tan cómodas como en el consolidado monasterio benedictino de varones. Hildegarda no cedió a las presiones y con la mediación de Ricarda von Stade, que además de ilustrada pertenecía a una influyente familia, pudo trasladar a su comunidad. El vínculo de Hildegarda con Ricarda merece una mención especial. Es posible encontrar en diversos textos testimonios del intenso amor que une a la abadesa con su protegida. Era para ella un importante soporte tanto para su actividad intelectual como pastoral. Sin embargo, el estrecho vínculo se rompe cuando un año después de la mudanza a Rupertsberg, a instancias de su poderosa familia, Ricarda es obligada a ser ella misma abadesa en otro convento. La insistencia desesperada de Hildegarda ante la familia de su discípula para que permanezca en el convento y el dolor por la decisión de Ricarda se expresa en un intercambio epistolar en el cual pueden advertirse los durísimos términos contra quien, según Hildegarda, “eligió los honores y la posición social al amor”. Ricarda disfrutó poco tiempo de su papel de abadesa: muere solo un año después de la separación de su maestra.(15)
Hildegarda nunca pudo olvidar que Ricarda había sido su asistente en la escritura pero valoraba todavía más su apoyo en la audaz proeza conjunta: la fundación del primer monasterio femenino autónomo, el primero que no guardaba dependencia alguna respecto de una abadía de varones.
El alejamiento de Hildegarda y su grupo de monjas del monasterio de varones acarreó severas consecuencias. Varias cartas reflejan la hostilidad de los monjes de Disibodenberg contra Hildegarda, hostilidad a la que ella responde con convicción acerca de la decisión tomada tal como se manifiesta en esta respuesta al abad:
Y algunos de entre la turba de tus hermanos rugían sobre mí como sobre una ave negrísima, o incluso como sobre una horrible bestia; y tensaban sus arcos contra mí para que yo huyera de ellos. Pero en verdad estoy segura de que Dios, en sus misterios, me sacó de aquel lugar, puesto que mi alma había sido conmovida de tal modo con sus palabras y sus milagros, que casi hubiera muerto antes de tiempo, si hubiese permanecido en aquel lugar.(16)
La pluma de Hildegarda revela su pasión y el carácter existencial de sus decisiones: hubiera muerto si no se independizaba, tal como hubiera muerto si no escribía cuando la voz en la visión se lo ordenó.
Desde la fundación del monasterio de Rupertsberg, la fama de Hildegarda se extendió todavía más atrayendo numerosas vocaciones; esta fama llegó a los oídos del emperador Federico Barbarroja quien, en 1150, pidió conocerla. Durante esa entrevista nació un vínculo que se cristalizó en una correspondencia recíproca y en la protección que el propio emperador dio a partir de entonces al monasterio de Rupertsberg. Como podemos ver nuestra abadesa contaba con amistades poderosas tanto en la iglesia como en el Imperio Romano Germánico.
Este es un tiempo de cartas, viajes y predicaciones, y también de escritura en tanto continúa completando textos que había iniciado en los tiempos de Disibodenberg y comenzando otros.(17)
Entre 1158 y 1171 realizó cuatro viajes en barco y a caballo por Alemania atravesando las localidades a orillas de los ríos Nahe, Meno, Mosela y Rin. El objetivo de los viajes era la predicación. Sus sermones no solo se llevaban a cabo en los templos y abadías sino también en las plazas y podían ser escuchados por religiosos y laicos. En esas prédicas, Hildegarda era implacable contra los herejes pero también contra los clérigos, los canónigos y el pueblo en general a quienes consideraba faltos de piedad y entregados a una vida disoluta, terreno fértil para que florezcan las herejías. Sus amonestaciones llegan hasta el mismo Papa.(18)
